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Reseña
Los Nuevos Rostros de la Vieja
Cuestión Social. Efectos Humanos, Debates
en Ciencias Sociales y en Políticas Públicas
Título:
Desigualdad, pobreza, exclusión y vulnerabilidad en América
Latina. Nuevas perspectivas analíticas.
Autor:
Laura Mota Díaz y An to nio Da vid Cattani (coords.).
Edición:
Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública,
Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM); Centro de
Estudios sobre Marginación y Pobreza del Estado de México;
Universidad Fed eral do Rio Grande do Sul; Asociación
Latinoamericana de Sociología (ALAS).
Número de páginas:
290.
Año:
2004.
Desigualdad”, “marginalidad”, “pobreza”, “exclusión,
“vulnerabilidad” son términos que pueblan el lenguaje del sentido
común, los medios masivos de comunicación, las políticas
sociales y las discusiones académicas desde hace varios años. Como
ocurre a menudo en la historia, estos significantes se deslizan casi sin
conciencia en el discurso cotidiano; ello implica que se constituyen en
categorías autoevidentes a partir de las cuales se piensan los procesos
sociales, las trayectorias subjetivas, las políticas públicas o las
elaboraciones intelectuales. El libro que analizamos transita por los
significados que estos términos van tomando y que son poco
cuestionados.
Una interrogante fun da men tal
Ahora bien, al comenzar a leer este texto nos topamos con una pregunta
cen tral: cuando hablamos de “marginalidad”, ¿nos estamos refiriendo
a un “defecto de integración”, a una cierta “anormalidad”? y si así
fuese, ¿estaríamos pensando en la posibilidad de una “reintegración”
de una vuelta a una “cierta posición en el sistema so cial”? (Gutiérrez:
ISSN 1405-1435, UAEM, México, mayo-agosto 2005, núm. 38,
pp. 385-405
385
19). Ello reenvía a un interrogante que recorre todo el libro: ¿cómo
pensar el estatus discursivo y extradiscursivo de nociones tales como
“desigualdad”, “pobreza”, “exclusión”, “vulnerabilidad”? ¿Sólo es
posible abordarlas desde la falta, o pueden ser también pensadas desde
el lugar de la potencialidad, el poder productivo, constructivo que
habita todos los espacios humanos?
Cualquiera que sea la respuesta que de mos a esta pregunta cen tral,
en ella hay efectos materiales imposibles de desechar, pues un
concepto es “teoría sintética”; por ende, es un instrumento para pensar
y en ese sentido es “teoría de acto” (Arzate Salgado: 262).
Los
conceptos an tes mencionados nutren el sentido común, el lenguaje de
los medios, el de las teorías sociales y el de las políticas públicas. Ellos
son objeto de una “naturalización” que implica –
¾
a veces
¾
prácticas
acríticas por parte de científicos sociales, funcionarios públicos y
miembros de organizaciones privadas. El interrogante acerca de los
significados implícitos en las prácticas atravesadas por estos
significantes está en el núcleo mismo de problemáticas tanto
epistemológicas, como teóricas y políticas, dado que están presentes
en las conductas de quienes interactúan en los tres núcleos
primordiales de la construcción de políticas públicas en la actualidad:
los gobiernos nacionales, los organismos internacionales y los
miembros de la así
llamada “sociedad civil”
.
Crítica de categorías de análisis
Desde esta perspectiva el texto comienza planteando la necesidad de
someter a crítica ciertos significantes y las estrategias que ellos
implican. Así “marginalidad” en el texto de Gutiérrez”, “verdad del
mercado” en el de Cattani, “exclusión” en el capítulo de Bialakowsky y
su equipo de trabajo, “cap i tal so cial” en el artículo de To ledo,
“discapacidad” o “integración” en el texto de Castillo, “necesidades
humanas” en el trabajo de Torres Salcido, “desigualdad” y
“diferenciación” en el de Rodríguez Solera, así como “pobreza” y
“carencia” en el de Arzate Salgado son significantes desbrozados en su
evidencia ideacional.
En esta clave, los capítulos del libro tras facilitarnos precisas y
necesarias historias de los diversos significados de estos conceptos,
nos indican la urgencia de renovar las categorías de análisis de las que
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se valen las ciencias sociales; lo cual es in sep a ra ble de la intervención
de los científicos sociales en políticas públicas.
Así, el texto de Gutiérrez
¾
nos dice Ana Núñez
¾
hace una crítica
de la noción de pobreza mostrando cómo en su núcleo ideacional “aún
subsiste la noción de marginalidad, en muchos casos, a la hora de
definir condiciones objetivas en cuanto a la posición ocupada en la
sociedad, pero posición que remite a los recursos de los que se dispone
para la reproducción so cial (…). La pregunta es cómo definir esa
posición so cial sin limitarse a los recursos económicos (…) cómo
articular las condiciones estructurales con la unidad fa mil iar; qué
concepto operacionaliza esa relación”. Desde esta perspectiva la
propuesta analítica construida por Gutiérrez “va de la marginalidad a
las estrategias de reproducción”.
1
En una clave por momentos análoga a la de Gutiérrez, Mota Díaz
propone un repaso del ar se nal con cep tual referido a la pobreza ur bana,
dado que el término “pobreza” ha tomado en los últimos años una
multiplicidad de significaciones. La literatura y los diseños de políticas
han vinculado la problemática de la pobreza no sólo con los ingresos,
sino también
¾
en tre otros
¾
al cap i tal so cial que los sujetos poseen.
Respecto al lugar político y teórico del concepto de “cap i tal so cial”,
Torres Salcido nos proporciona una aguda crítica de esta herramienta
teórica de fuerte centralidad en el andamiaje con cep tual que sostiene
las políticas sociales de los últimos años y que suele presentarse como
pensamiento alternativo y crítico frente a las teorías clásicas que
abordan el problema de la pobreza.
El capítulo de To ledo, tras efectuar un minucioso estado de la
cuestión en torno al término “cap
i
tal so cial”, nos expone su
multiplicidad de significados que devienen de su tratamiento en el
cam po sociológico, antropológico y económico. Esta multivocidad
implica ambigüedades y contradicciones en el uso del término, ya que
es un in tan gi ble, alude a aspectos subjetivos, ligados a la confianza,
supone la noción de recursos activos que permiten gestar
oportunidades, se enmarca en reglas formales e informales, gen era
beneficios individuales y sociales, y su uso reiterado no implica que el
Susana Murillo.
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De bates en Ciencias Sociales y en Políticas Públicas
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1
En Buenos Aires, en octubre de 2004 durante las jornadas preparatorias al ALAS XXV,
Ana Núñez presentó el capítulo de Alicia Gutiérrez.
mismo disminuya forzosamente. El trabajo de To ledo se desprende de
toda consideración del cap i tal so cial a partir de las fuentes que lo
sostienen (la confianza, las redes) y lo caracteriza como una
potencialidad
, una capacidad para obtener beneficios con base en el
aprovechamiento de redes sociales. Esta potencialidad puede ser tanto
in di vid ual
como
comunitaria.
Los interrogantes respecto de la pobreza
abordada en esta
perspectiva mul ti di men sional se vinculan de modo ineludible con los
de la
exclusión
. En este punto, Castillo retoma la sugerente discusión
acerca de la dialéctica en tre lo uni ver sal y lo par tic u lar, problema que
atraviesa los de bates filosóficos y sociales desde el siglo XVIII.
Problema siempre presente y renovado, que implica profundas
paradojas lógicas nunca resueltas en este cam po. Así, ya textos
fundacionales de la Filosofía So cial tales como
Del
Contrato So cial
o
Emilio
de Rous seau contienen en su despliegue lógico unos planteos
paradojales que expresan problemas nunca resueltos teóricamente en
las sociedades capitalistas. Si todos los hom bres son por naturaleza
libres, el Estado no debiese intervenir para reg u lar actos privados;
ahora bien, si no lo hace posibilita la arbitrariedad, esa circunstancia
hace peligrar el contrato so cial y la ruptura del pacto se cierne como
amenaza genuina. Por otra parte, si todos los hom bres son iguales,
todos en su singularidad deben ser respetados, lo uni ver sal (desde la
perspectiva de la ley) o lo colectivo (desde la perspectiva so cial) debe
contenerlos en su alteridad; sin em bargo, esta contención de las
diferencias sólo puede hacerse desde una instancia igualadora (con el
fin de respetar la igualdad nat u ral), pero esta homogeneización aplana
las diferencias.
Las paradojas de la libertad y de la igualdad en los últimos años
¾
en los que la exclusión se presenta para muchos como una evidencia
nat u ral e incuestionable
¾
han impulsado de bates sobre la
desigualdad
, en ellos se adentra Rodríguez Solera en su artículo. Este
autor presenta la diversidad de enfoques en torno a este término, que en
los de bates de políticas sociales de la actualidad co bra importancia
inusitada; tras mostrar de qué modo en varios de los contractualistas y
liberales de los siglos XVIII y XIX, que sostenían la idea de “igualdad
nat u ral” de todos los hom bres, está presente en diversas afirmaciones
de modo contradictorio, pero inadvertida, la idea de que hay
desigualdades naturales que justifican desigualdades sociales (por
ejemplo, los negros, respecto de los blancos o las mujeres respecto de
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sus pa dres o marido). El texto muestra cómo en los últimos años la
pregunta en relación con las razones o causas de la desigualdad ha
vuelto a planteos de trazo inequívocamente racista, dado que
¾
a juicio
de algunos autores
¾
en la nueva “sociedad del conocimiento”, la
inteligencia jugaría un papel fun da men tal en la consecución de logros.
Ésta, según algunas corrientes estaría determinada por factores
genéticos ligados a la raza. Lo cierto es que las paradojas de la libertad
y la igualdad subsisten hasta el presente, aunque en la actualidad
adquieren un nuevo matiz político. Así lo sintetiza Rodríguez Solera
diciendo que ambas no pueden ser promovidas igualmente, pues la
libertad gen era desigualdad y el con trol de ésta limita o anula la
libertad (Rodríguez Solera: 251).
El planteamiento de estas paradojas permite leer el texto de Torres
Salcido en clave sobre cómo resolverlas. Quien estas letras escribe es
llevada a pensar que las paradojas de la libertad y la igualdad se
plantean, pues la carne de la historia (en términos de Arzate) ha sido
dejada de lado en las reflexiones sobre el tema. La explicación de la
relación en tre libertad e igualdad supone, frecuentemente, un
razonamiento en términos de lógica for mal ahistórica, en cuya base
subyace la idea de una sociedad conformada por individuos y cuyo
funcionamiento apunta
¾
dicho en términos de Leibniz
¾
a una
armonía de esas mónadas que la pueblan. En este punto, la apelación de
Torres Salcido a retomar en una nueva estrategia discursiva el antiguo
concepto de “conflicto” permite poner las cuestiones de otro modo.
Las paradojas lógicas emergen cuando se olvida el carácter
histórico-político de las sociedades humanas, o cuando se invisibiliza
el hecho de que ellas están ineludiblemente atravesadas por relaciones
de poder. Estos conceptos permiten reubicar los de bates sobre la
pobreza y la desigualdad.
En un paso teórico más atrevido aún, Arzate Salgado cuestiona el
concepto mismo de “pobreza”, el cual supone una teoría del siglo XIX
que se ha vaciado de sentido y que ya no alcanza para explicar la
carencia so cial y económica en las sociedades, muy especialmente en
Latinoamérica donde la desigualdad es una realidad profundamente
compleja, que
¾
según el autor
¾
no puede reducirse al ingreso
económico, sino que incluye también falta de oportunidades por
exclusión o discriminación. Así, la pobreza, como teoría fun da men tal
de la carencia, debe ser desplazada
¾
de acuerdo con Arzate, en pro de
Susana Murillo.
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una teoría de la
vulnerabilidad so cial
como un proceso construido
histórica y socialmente.
La crítica epistemológica
El desbroce al que nos enfrenta el libro implica un primer plano de
cuestionamientos terminológicos, que reenvían a problematizar
categorías de análisis, lo cual se articula en un segundo momento al
cuestionamiento epistemológico, dado que coloca en el banquillo de
los acusados al abordaje metodológico.
En algunos trabajos, como en los de Gutiérrez y Bialakowsky, se
intenta romper la tradicional dicotomía sujeto-objeto. Desde esta
perspectiva, junto con los tradicionales métodos de carácter
cuantitativo, el texto nos interna en la exploración cualitativa de
documentos y de la voz de las gentes. Particularmente osado es el
trabajo de Bialakowsky y su equipo, quien nos desafía a coproducir en
equipo, pero integrando también a aquél que tradicionalmente era
nuestro “objeto” de estudio. En palabras de Carlos Eroles: “dejarse
interpelar, coproducir, comprender y asumir adquieren la dimensión
hermenéutica, que legitima la acción desde la participación del
sujeto”.
2
La interpelación es difícil de afrontar, pero no se le puede
desoír. Para ello el investigador no puede mantener distancia frente al
“sufrimiento”, este
modo de ser en el mundo se despliega con bru tal
impacto subjetivo ante el investigador de nuestros tiempos. El
“comprender” adquiere un lugar clave en un acercamiento al otro, no
como
objeto
, sino como
prójimo
; lo cual llevaría a producir e
interpretar con el otro, quien deja de ser entonces un objeto pasivo de
nuestros estudios y pasa a ser un agente activo con el que nos
involucramos. La propuesta es atrevida. No sabemos aún con toda
claridad qué puede significar, qué efectos puede conllevar en los
sujetos
, an tes
objetos
y ahora
partícipes.
Tampoco nos atrevemos a
concluir sobre los efectos que ello conlleva en la producción teórica,
cuáles son los obstáculos que tal estrategia comporta. Aquí queda
también abierta la incógnita que ya no es sólo político-académica, sino
también irremediablemente epistemológica, pero también
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2
En Buenos Aires, en octubre de 2004 durante las jornadas preparatorias al ALAS XXV,
Carlos Eroles presentó el capítulo de Alberto Bialakowsky y su equipo.
antropológica; pues la propuesta interpela al investigador a efectuar
una torsión in te rior que supone una transformación o al menos un
profundo compromiso ético. Desde esta perspectiva, el artículo de
Bialakowsky y su equipo afrontan con decisión y compromiso la
gnoseología, epistemología y metodología, tal como ellas fueron
pensadas por buena parte de la filosofía y las ciencias a partir de
Galileo y Des cartes. En este sentido, la escisión sujeto-objeto está
presente ya en el
cogito
quien puede escindirse y tomarse como objeto
a sí mismo y, más aún, reificarse, transformarse en “cosa” para sí
mismo. El hiato, la distancia así establecida, cosifica el mundo del
existente humano, transforma la apertura del ser en cosa cerrada, la
conciencia se piensa como transparente para sí misma, al tiempo que
gen era la ilusión de neutralidad avalorativa en el investigador, quien es
atravesado por un imaginario y unas prácticas que lo sitúan en el lugar
del pensador solitario y austero más allá de la carne de la historia. Aquí
es donde el texto intenta suturar ese hiato y propone una
transformación metodológica que implica un pro fun do compromiso
del investigador con la realidad so cial, pero muy particularmente con
esas subjetividades junto a las cuales coproduce.
Dicho en términos del capítulo de Arzate Salgado, ciertos
conceptos o teorías como la de “pobreza” han sido alienados por los
saberes técnicos, y su función teórica ha sido reducida a una supuesta
función metodológica que incluye una imaginaria neutralidad y
objetividad. Esta clave de análisis nos lleva a pensar en la construcción
de índices, como los de pobreza o desarrollo humano que se han
convertido en mediciones instrumentales de la carencia, que ocultan
una necesidad puramente in stru men
tal: la planeación
político-administrativa de las políticas públicas (Arzate Salgado: 265).
Frente a ello, nos dice Ana Núñez analizando el trabajo de
Gutiérrez: “el desafío de la ciencia so cial contemporánea es el
problema de la reproducción de la sociedad y sus mecanismos de
dominación-dependencia, en todos los niveles”. Para eso, continúa
Núñez, es menester “tornar visibles los mecanismos de reproducción
so cial, no sólo
en
la pobreza sino
de
la pobreza, rescatando la
Susana Murillo.
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dimensión activa e inventiva de la práctica, recuperando al agente
social productor de las prácticas”.
3
Así, la crítica epistemológica no es sólo del orden de lo discursivo
sino también extradiscursivo; se constituye y es constituyente de
nuevas prácticas políticas, dicho en términos de Eroles: “desde el
movimiento so cial de los derechos humanos, descubrimos que no es
posible intervenir cuando se trabaja en la asistencia a las víctimas de las
violaciones a los derechos humanos, sin un alto grado de
involucramiento y compromiso ideológico con las víctimas, lo que
más tarde se extendió a otro tipo de victimización”.
4
Las condiciones epistémicas de la crítica teórica y epistemológica
En un tercer nivel de análisis, vinculado con las propuestas an tes
referidas, el libro nos hace una sugerencia respecto del horizonte de
sentido desde el cual abordar los problemas la pobreza, la exclusión o
la vulnerabilidad. Este nivel se imbrica en una mutación epistémica
que hace a la resignificación de términos y a la rearticulación
categorial, así como a una transformación de los constructos denotados
por ellos.
Si la ciencias sociales en su constitución decimonónica tomaron de
la tradición cartesiano-galileana una impronta de separación
sujeto-objeto, también en modo análogo a la física moderna adoptaron
una mirada analítica que escinde en par tes el objeto de estudio. Por otro
lado, en clara articulación con las ciencias de la vida que nacían en el
siglo XIX abordaron sus objetos sobre una matriz médico-higienista,
que midió los problemas subjetivos y poblacionales desde la óptica del
par
nor mal-patológico
. Esta díada con cep tual alimentó no sólo la
mirada de las ciencias del hom bre, sino también
¾
en relación con
ella
¾
el trazado y gestión de políticas públicas desde la última parte
del siglo XIX hasta la década de los setenta (y aún persiste en diversos
escenarios). La mirada inserta en esa dualidad
nor mal-patológico
observa a los
objetos-sujetos
que se desvían de la norma como seres
individuales que encarnan algún grado de peligrosidad para sí o para la
sociedad y que deben ser “reintegrados”.
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3
Palabras de Ana Núñez en la presentación del libro en Buenos Aires.
4
Palabras de Carlos Eroles en la presentación del libro en Buenos Aires.
En ese horizonte de sentido, buena parte de los desarrollos de las
ciencias sociales estuvieron ligadas con la cultura y a las políticas “re”.
La sociología, criminología, pedagogía, trabajo so cial o psicología
durante decenios se han presentado (y se presentan) como técnicas de
“resocialización”, de “readaptación” de individuos desviados del
sistema. Ello supone varios conceptos: el núcleo de la atención está
puesto en el individuo, en el sistema hay un adentro y un afuera, en
ambos lugares hay núcleos de diverso grado de integración o relación
con el centro, así como con variadas probabilidades de reintegrarse al
mismo cuando han caído por fuera de la línea de demarcación. El
médico, psicólogo o sociólogo poseen un sa ber experto sostenido en
una solidez moral que les posibilita efectuar el “tratamiento”
adecuado, para lograr la “reinserción”, fundamentalmente, de los
sujetos peligrosos (ya que de estos se trata en gen eral), quienes
aparecen como ma te rial moldeable en manos de los técnicos. En este
sentido, varios capítulos de este libro intentan modificar esos códigos
epistémicos.
En esa clave de ruptura con la tradicional cuadrícula del ver y del
pensar en el que fueron gestadas esas líneas de las ciencias sociales, el
texto de Gutiérrez aborda la problemática de la pobreza y la exclusión
no como un afuera del sistema ni en relación a la dicotomía
centro-margen, sino que intenta pensar las nociones referidas como
“posiciones ocupadas en la sociedad”. Lugares que ofrecen estrategias
de sobrevivencia, adaptación y cambio. Estrategias en las que se señala
la relativa autonomía de los actores, sus condicionamientos
macroestructurales y, al mismo tiempo, sus márgenes de maniobra. En
esa línea, el texto invita a pensar no desde la carencia, o la falta, sino
desde lo que se tiene, desde las potencialidades. En esta percepción
¾
en consonancia con las nociones de “habitus” y “cam po”
¾
se
asume que toda racionalidad elaborada por una unidad doméstica
(objeto privilegiado de estudio en los últimos años) está dotada
siempre de una racionalidad limitada, pero que no supone una absoluta
heteronomía y carencia.
“En esta perspectiva, las estrategias de reproducción son
concebidas como una imbricación en tre el volumen y la estructura del
cap i tal, del estado de los instrumentos de reproducción, de la relación
de fuerzas en tre las clases y de los
habitus
incorporados. Pero todos los
capitales son, también, una fuente de poder y por eso constituyen algo
Susana Murillo.
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que está en juego, que se intenta acumular”, nos decía Ana Núñez en
relación con el texto de Gutiérrez.
5
El artículo de Castillo trabaja en esta misma dirección de ruptura
discursiva y extradiscursiva. La problemática de la “discapacidad”
nació a fines de siglo XIX, ella es un indicador epistémico de la
cuadrícula epistemológica que anteriormente describíamos. El
discapacitado era considerado un individuo, con faltas o carencias de
nivel físico, intelectual y/o moral. El acento se ponía en lo per sonal, en
la falta y en la mayor o menor potencialidad de reinsertarse en la
normalidad. El discapacitado era un anormal
¾
mezcla de ruptura con
la naturaleza y violación de la ley positiva
¾
, su “tratamiento” bajo una
matriz médica era patrimonio de la psicología, la psiquiatría, la
psicopedagogía y la criminología. El “tratamiento” suponía una
“minoridad” que debía ser asistida. En los últimos años esta percepción
se ha modificado. Sobre esta mutación transita el artículo de Castillo,
quien resignifica el término “integración”, desechando la idea de que la
misma homogeneiza o aplana las diferencias, para presentarla como la
construcción de un tejido “so cial a partir del reconocimiento de la
identidad y la diferencia” (p. 216). Al mismo tiempo, plantea la
necesidad de una “sociología de la discapacidad” (p. 211) dado que tal,
como abundantes investigaciones han probado, es una construcción
so cial, implica redes sociales; además de que la vulnerabilidad que ella
puede suponer no es un fenómeno puramente subjetivo o in di vid ual,
sino que por el contrario depende del entorno per sonal y las políticas
públicas, los cuales son definitivos a la hora de lograr la integración en
la diversidad.
¿Es posible construir desde las carencias? Las estrategias
centradas en la potencialidad
Estos planteos llevan
¾
en un cuarto nivel de análisis
¾
a pensar cuáles
son las condiciones de posibilidad de aumentar el margen de
maniobras de los grupos pobres o vulnerables; de ese modo la pregunta
reenvía entonces
¾
como afirma Gutiérrez
¾
al “volumen y
estructura” del cap i tal so cial y a las redes sociales. Éstas adquieren, en
el análisis de la autora, dos dimensiones:
1)
las redes de
reciprocidad
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5
Palabras de Ana Núñez en la presentación del libro en Buenos Aires.
indirecta
especializadas, que remiten a interacciones con organismos
nacionales, sociedad civil y finalmente organismos internacionales.
2)
Las
redes de intercambio diferido intergeneracional
, que son
articulaciones de intercambios recíprocos, particularmente en tre los
más pobres. En una clave análoga de análisis, To ledo dis tingue dos
tipos de redes sociales: las de
lazos fuertes
(fa milia, relaciones
afectivas) y las de
lazos débiles
(per so nas extrañas que desarrollan
capacidades de actuar en común y expectativas de reciprocidad)
(Toledo: 192).
Esta perspectiva rechaza las categorizaciones epistemológicas que
se centran en el defecto. Esta idea es en sí misma iluminadora. No
porque dé ninguna respuesta definitiva, sino porque las ambigüedades
que implica en la práctica el concepto de
redes
¾
ya que de ellas se
trata
¾
y sus diversas formas de intercambios concretos suponen un
amplio cam po de tácticas y estrategias que ponen el acento en la
apertura, los interrogantes, el devenir. Ciertamente los artículos que
pueblan el libro no tienen una posición uniforme respecto de esta
alternativa como solución a los problemas de la pobreza y la exclusión.
Sin em bargo, la pregunta queda sugerida: los organismos
internacionales ya han visto hace tiempo esta riqueza política de las
redes capilares, también los ámbitos académicos; al mismo tiempo
ellas funcionan en discontinuidades efectivas diversas. Su potencial,
entonces, existe y es ambiguo: puede actuar para perpetuar y
multiplicar la opresión o puede establecer grietas en la dominación. En
palabras de Núñez: “con estas herramientas analíticas [se] abre el
camino para explicar cómo y por qué se re pro duce la pobreza y las
posibles vías para superarla”.
6
El texto muestra en su amplitud esta
variedad de posiciones frente al potencial de políticas basadas en la
idea de “cap i tal so cial” y “constitución de redes”, conceptos que van de
la mano con la insistencia que han mostrado en los últimos años los
organismos internacionales en “escuchar la voz de la gente”.
Susana Murillo.
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6
Palabras de Ana Núñez referidas al artículo de Gutiérrez en la presentación del libro en
Buenos Aires.
El horizonte histórico-concreto de los interrogantes: las
mutaciones de la forma so cial capitalista y sus efectos humanos
Ahora bien, en quinto lugar, todo lo an te rior reenvía a una pregunta:
¿cuáles son las condiciones de posibilidad que hacen a esta mutación
epistémica y a esta búsqueda de los científicos sociales acerca de
nuevas perspectivas epistemológicas y conceptuales?
La respuesta está presente en todos los capítulos del libro, aunque
mostrada con diversos grados de énfasis y de toma de posición. Los
avatares del modo de producción capitalista han llevado desde los
setenta a una profunda mutación en las entrañas mismas de este orden
so cial que ha generado un nuevo paradigma sociotécnico, con todo lo
que esto implica: reconfiguración del rol del Estado, las empresas y la
sociedad civil. Estas transformaciones son mencionadas en varios
artículos como “globalización”, proceso que a juicio de Torres Salcido
implica, por un lado, la integración de los productos primarios que
genera América Latina a los patrones de consumo normalizados a nivel
mundial. Por otro lado, ello comporta una transformación y
homogeneización de los procesos bajo los lineamientos del mercado y
los organismos internacionales, que subsumen bajo su órbita a las
tradicionales soberanías nacionales, particularmente de los países
emergentes como los de América Latina.
Este proceso sociohistórico lleva a Bialakowsky a mencionar el
concepto de un mundo “possocial”, ya que en él el tejido contenedor y
reparador de las diferencias está ausente. Dicho en los términos del
texto de Bialakowsky y su equipo, el devenir histórico de los últimos
treinta años ha profundizado un proceso de “exclusión-extinción”, que
emerge como un eslabón in ev i ta ble de la vulnerabilidad-exclusión.
Con el concepto de “extinción”, los autores intentan avanzar
teóricamente construyendo una categoría que permita abordar
procesos específicamente latinoamericanos (aunque no ajenos al resto
de la humanidad). Así, “extinción” puede ser enunciada en términos
históricos (pueb los originarios), en términos de fragmentos sociales
desaparecidos (patologizados, criminalizados) o en clave de la
guetificación so cial de los sectores que ya están marcados para ocupar
el lugar de subespecie, subhumanidad. Desde esta perspectiva,
“extinción” expresa un método invisibilizado donde lo que se extingue
co bra la apariencia de autoeliminación casi nat u ral. En ese sentido
¾
a
juicio de los autores
¾
, este polo estaría presente aun en las prácticas
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de disciplinamiento aparentemente no cruentas en las que las masas
sobreviven.
Este proceso, emergente de la lógica misma del capitalismo, es
producto de un “desalojo so cial”. Este fenómeno, desde la óptica de
Bialakowsky, implica unas profundas mutaciones en la forma so cial
capitalista, mutaciones que ya no requieren de un “ejército in dus trial
de reserva”, sino, por el contrario, construyen la “tendencia a la
creciente supresión del trabajo vivo”, a la “superfluidización de la
fuerza de
trabajo”, a la persistencia de formas precapitalistas de
trabajo subsumidas a la lógica del cap i tal la “precariedad laboral” y una
persistencia de las formas de acumulación originaria, expresadas en la
emergencia constante de la violencia.
Sin ninguna ambigüedad, el trabajo anuncia lisa y llanamente lo que
parece ser uno de los problemas centrales del mundo ac
tual,
particularmente en Latinoamérica: “la anulación de la capacidad de
sobrevivencia de la clase que vive del trabajo”. Esto conlleva la idea de
que la extinción es un proceso pausado y silencioso. Pero el silencio o
la morosidad del devenir no evitan, sino al contrario, la pesada carga de
sufrimiento, el padecimiento, la mortificación (la muerte diaria) de los
sujetos que pueblan nuestra América. Padecimiento que se expresa en
la creciente guetificación ur bana de la que también nos habla Mota
Díaz, en la violencia que atraviesa los cuerpos y transforma las
relaciones familiares y, con ello, las construcciones subjetivas. En
realidad, el ac tual padecimiento humano parece tener un efecto cada
vez más hondo: la profunda desestructuración subjetiva que gen era
una fuerte dificultad de actuar constituyendo lazos colectivos.
Esta problemática es abordada también en el texto de Cattani. Allí,
de modo análogo al texto de Bialakowsky y Gutiérrez, el fenómeno
llamado de “exclusión” aparece como un proceso propio de los
avatares del capitalismo: el mismo deviene de su lógica. Cattani afirma
que la lógica del capitalismo radica sencillamente en la historia de una
“hazaña”
¾
llevada adelante por pocos
¾
que consiste en lograr que
millones de individuos “busquen a cualquier costo entrar al mercado de
trabajo”. Ahora bien, desde la perspectiva de este autor, las mutaciones
aludidas por Bialakowsky no estarían produciendo la extinción de
masas de la población. Tras historiar breve, pero precisamente diversas
formas de “domesticación” de los trabajadores, el texto se inclina por
la hipótesis de que “el nuevo modelo no excluye, no desafilia, no
Susana Murillo.
Los Nuevos Rostros de la Vieja Cuestión So cial. Efectos Humanos,
De bates en Ciencias Sociales y en Políticas Públicas
397
marginaliza de manera definitiva” (Cattani: 68). Lo que estaría
ocurriendo es una redefinición de las jerarquías sociales. En esta
redefinición la precariedad laboral que con duce a una existencia
desamparada e insegura hasta el límite de la tragedia, pro duce un nuevo
efecto de domesticación. Ya no se trata de la domesticación
disciplinaria con base en los conceptos de nor mal-patológico, ya no se
trata de las disciplinas del capitalismo in dus trial, ahora el poder actúa
induciendo a “acomodarse”, a “aprender a no rebelarse”. Proceso que
afecta fundamentalmente a los más jóvenes porque se encuentran ante
condiciones laborales que los encaminan a la aceptación de un
horizonte existencial inhumano, lo cual conlleva el abandono de
prácticas colectivas de trabajo y solidaridad, así como al
acrecentamiento de la indiferencia política y el resguardo en la esfera
doméstica. Cattani sostiene sus dichos a partir del análisis de
entrevistas realizadas a más de 100 jóvenes universitarios de en tre 20 y
25 años en la ciudad de Porto Alegre. La tarea de cam po permite
constatar el abismo existente en tre las expectativas familiares y
personales respecto de estos jóvenes, en cierto modo privilegiados, y
su realidad efectiva. Los relatos muestran que están sometidos a
fenómenos de
inestabilidad, clandestinidad, tiempo parcial. Todo ello
es, en rigor de verdad, el producto de la “flexibilidad”, uno de los
signos distintivos del paradigma sociotécnico que se inaugura en los
setenta. A juicio de Cattani, esta flexibilización laboral ha creado una
cultura de la inestabilidad que favorece a trabajadores y empresarios en
tiempos de bo nanza económica; por el contrario, en momentos de
reducción del nivel de empleo esto sobrelleva la fuerte precarización
laboral que domestica a los trabajadores.
El desamparo existencial: diagnósticos
Las nuevas formas de la domesticación arraigan en la producción de
una profunda inseguridad existencial. Frente a ella los diagnósticos
difieren: para unos esto está conduciendo a un proceso silencioso de
extinción (Bialakowsky); para otros, es una nueva forma de
dominación (Cattani). Para algunos esta situación de incertidumbre
antropológica no impide la construcción
¾
por parte de quienes
padecen formas distintas de sufrimiento, dominación, humillación
¾
de estrategias activas de resistencia. O, en términos de Gutiérrez, esta
misma situación de desamparo y de carencia puede ser condición de
posibilidad para la emergencia de “estrategias de existencia” centradas
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en la fa milia y la comunidad. Para investigadores como To ledo, las
nuevas alternativas sostenidas en el concepto
o
paradigma de “cap i tal
so cial” pensado como un
flujo
que gen era redes con lazos sociales de
diverso nivel de intensidad, tiene potenciales efectos de diferente
signo, tanto positivo como negativo. En una perspectiva proactiva de
carácter positivo, la construcción de redes pro duce la posibilidad de
obtener beneficios con base en su aprovechamiento, ello ha sido
particularmente vis
i ble en
tre los sectores más pobres de
Latinoamérica, quienes parecen ser particularmente eficaces en la
construcción de redes como mecanismo efectivo con tra la inseguridad
económica (To ledo: 199). No obstante, el mismo autor señala también
los potenciales efectos disruptivos de la construcción de redes en pro
de la acumulación de cap i tal so cial. Así, las comunidades pueden
volverse fuertemente autorreferenciales y excluir o rechazar al
diferente; pueden llevar adelante fuertes restricciones a las libertades
individuales de sus miembros; pueden rechazar todo valor o
posibilidad diferente en tanto se aferran a la propia tradición. En
ocasiones ciertos grupos ahogan el crecimiento económico
defendiendo los propios intereses e incluso generan actitudes espurias
en
tre los miembros de una comunidad. En esta variedad de
diagnósticos el libro sigue vivo en manos del lector, quien puede
tomarlo a modo de herramienta.
Políticas sociales: las reformas de segunda generación
Pero más allá de los matices diferenciales, todos los trabajos abordan el
problema de la creciente pobreza y vulnerabilidad de las poblaciones
latinoamericanas. Frente a esta realidad, los Estados nacionales y los
organismos internacionales, que en la década de los noventa
propiciaban un primer tipo de reformas basadas en la aplicación lisa y
llana de las directivas economicistas del Consenso de Wash ing ton, han
comenzado a plantearse la necesidad de “aprender” de quienes se han
opuesto a esas políticas. Así han surgido las denominadas “reformas de
segunda generación”, que plantean la necesidad de elaborar políticas
sociales revalorizando el lugar de las instituciones públicas y el de la
sociedad civil en interacción constante, y a partir de un aprendizaje
con tinuo. La necesidad de aprendizaje está basada fundamentalmente
en los diversos modos de resistencia que a nivel mundial han surgido,
así como al hecho de que el proceso de “exclusión-extinción”
Susana Murillo.
Los Nuevos Rostros de la Vieja Cuestión So cial. Efectos Humanos,
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399
disminuye los márgenes de gobernabilidad y afecta con ello los
movimientos del mercado.
En consonancia con esto, al comenzar el milenio han empezado a
proponerse nuevas estrategias respecto de la pobreza, las mismas
incluyen una redefinición del término y una fuerte articulación del
mismo con el concepto de “cap i tal so cial”. De este modo, la pobreza no
se mide sólo por los ingresos, sino también por las redes en las que un
sujeto puede insertarse y por su capacidad de maniobrar en el mundo
¾
como decía Deleuze
¾
como un surfista en medio de las olas
cambiantes.
En este contexto de ideas los organismos internacionales han
propiciado la táctica de “empoderamiento” de los pobres y
vulnerables, “dar la voz a quienes no tienen voz”, con el fin de que
actúen como controladores de la gestión estatal, para aprender de sus
reclamos a maniobrar en este mundo cambiante. Ello ha forzado a
repensar las políticas sociales, particularmente la pobreza ur bana, tal
como sugiere el artículo de Mota Díaz.
¿Por qué pensar la pobreza ur bana? Precisamente porque las
transformaciones tecnológicas que se inician en los setenta en el cam po
de la electrónica, los nuevos materiales y la biotecnología tienen como
uno de sus efectos la expulsión de grandes masas de campesinos a las
ciudades, así como fuertes corrientes migratorias dentro del
continente. Los grandes centros urbanos de Latinoamérica han
modificado su rostro en los últimos años. Mota Díaz nos muestra cómo
el grado de urbanización en los países es diverso: avanzada, intensa,
moderada o incipiente. Pero independientemente del nivel hay una
nota común. Los efectos de la marginación, la expulsión, la pobreza y
la “extinción so cial” impactan fuertemente en las ciudades. En ellas la
“despacificación so cial” es un fenómeno vis i ble. La muerte es una
compañera ineludible cuando se transitan sus calles más allá de los
circuitos turísticos. Ciudades que en otros tiempos fueron trazadas
siguiendo un concepto de “universalidad”, hoy se guetifican no sólo
porque surgen vallados físicos en su in te rior y con ello se reducen los
espacios de interacción, sino porque los avatares de la economía, así
como la cultura del miedo que se difunde, pro duce guetos in vis ibles
pero perceptibles en el trato cotidiano. En relación con ello el texto de
Mota Díaz plantea una transformación en las políticas sociales que
¾
en consonancia con otros artículos del libro
¾
no liguen la pobreza
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exclusivamente a la insuficiencia de ingresos. Ello, a juicio de la
autora, impulsa “políticas paternalistas” que generan en los sujetos una
fuerte heteronomía. Tras realizar una ajustada y precisa síntesis de los
momentos históricos centrales de transformación de las ciudades
latinoamericanas, Mota constata la ausencia ac tual de políticas
integrales que permitan sortear la fragmentación. Su propuesta
establece la necesidad de construir lineamientos de política que
posibiliten lograr “integración”, “equidad” y “ciudadanía”. Respecto a
este objetivo valora la importancia de los “municipios” para “liderar el
desarrollo local”.
El planteamiento invita a la polémica. Las políticas de los últimos
años en varios países de Latinoamérica han apostado en buena medida
a ello; sin em bargo, es discutible que
hayan limitado la fragmentación
como propone Mota Díaz, o que hayan logrado la “integración en la
diferencia” que Castillo señala, sino
¾
al menos éste es el caso de
Argentina
¾
han apuntalado una mayor fragmentación, atadura a lo
local, expulsión y “extinción so cial” en términos de Bialakowsky. He
aquí la riqueza del libro: diversas miradas recorren un mismo
fenómeno, el lector puede debatir a través de sus páginas. La pluralidad
de ideas impulsa a pensar.
En este trasfondo polémico se incluye el artículo de Torres Salcido,
quien ubica la transformación de las políticas sociales a partir del
momento en el cual estas políticas se han supeditado al mercado; ello
ha conllevado en “todo el mundo un déficit so cial” (p. 143). La
emergencia del “déficit so cial” reenvía a pensar el problema de las
“necesidades humanas”. Respecto de este concepto, Torres Salcido
recoge dos tradiciones filosófico-científicas. Una que le da a las
necesidades humanas un carácter “ontológico” (se desprende del texto
que “ontológico” está pensado como “propio”, “característico” o en el
sentido griego
por fyseos
, lo cual in dica algo así como “por naturaleza”
y en ese sentido, uni ver sal en el género humano). La otra corriente de
pensamiento
¾
en el análisis de Torres Salcido
¾
presenta las
necesidades humanas como diversas, debido a la impronta cul tural que
las constituye. El autor aborda el concepto tratando de superar esta
dicotomía indicando que lo humano comporta un núcleo uni ver sal,
común, pero que el moldeamiento de los aspectos que lo conforman es
un producto histórico y cul tural. Estos análisis no son reducidos por el
autor a un asunto de “mera filosofía”, sino, que en la misma clave que
Susana Murillo.
Los Nuevos Rostros de la Vieja Cuestión So cial. Efectos Humanos,
De bates en Ciencias Sociales y en Políticas Públicas
401
Mota, To ledo o Gutiérrez, asume que la conceptualización que haga
del término “necesidades humanas” tiene efecto en las políticas que se
diseñan. Así, una definición de “necesidades” ligada
exclusivamente a
la “carencia de satisfacciones básicas (servicios urbanos, productos
alimenticios, acceso insuficiente a la escuela y a la salud)” (Torres
Salcido: 146) remite al “mero hecho de la sobrevivencia”. Esta parece
haber sido la nota común
¾
según el autor
¾
a las diversas corrientes
de pensamiento que han hecho propuestas para América Latina. Ello,
en parte, se condice con el estado de pobreza que de modo crónico
aflige a nuestro continente, aun cuando sus hom bres producen en sus
tierras alimentos para todo el mundo. A juicio de Torres Salcido, la
redefinición del concepto “necesidad humana” lleva aparejada la
redefinición de estrategias de políticas públicas hacia la pobreza. Así,
sostiene el autor, el concepto de “cap i tal so cial” fue presentado como
una categoría alternativa, en tanto ella no remite solamente a pobreza
en el sentido de carencias materiales, sino también a la dimensión
“pública, so cial y subjetiva”. Sin em bargo, afirma Torres Salcido, el
funcionamiento efectivo del concepto en la implementación de
políticas sociales ha mostrado también sus déficits: no asume que la
pobreza es un componente estructural del capitalismo, renuncia a
incidir en el trazado de políticas públicas y pone énfasis en la cohesión
so cial. Todo eso comporta no sacar a la luz los lazos de carácter
clientelar que a menudo se constituyen en nombre del concepto de
“cap i tal so cial”, al tiempo que, enfatizando en la autonomía in di vid ual,
diluye las responsabilidades de instituciones que debieran combatir la
miseria. Todo ello concita la necesidad de revalorizar el concepto de
“conflicto”, con el fin de diseñar políticas que partan del concepto de
que la “cooperación” en
tre “individuos” para satisfacer las
necesidades humanas únicamente puede darse en un marco
problemático, que obliga a los actores a negociar en un contexto de
relaciones de poder.
La asunción del lugar que ocupan las relaciones de poder en el
trazado de políticas públicas reenvía al problema de la desigualdad, su
génesis, sus tipos y las formas de abordarla analizado por Rodríguez
Solera. Esta problemática tiene fuerte incidencia en las políticas
públicas, dado que la estrategia discursiva que se asuma sobre la
desigualdad puede justificar, por ejemplo, las desigualdades en
asignaciones presupuestarias en educación, basándose en la idea de la
inutilidad de ciertas inversiones destinadas a grupos inferiores
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genéticamente, esto es, “desiguales por naturaleza”. Pensando en esta
clave habría desigualdades “justas” (por naturaleza) y otras “injustas”
(originadas en las instituciones). Esta distinción en tre lo “justo” o
“injusto” de la desigualdad lleva a plantear a Rawls (y con él a los
organismos internacionales como el Banco Mundial) que cierto grado
de desigualdad so cial es necesario, pues impulsa la innovación y eso
favorece a todos, incluso a los más pobres. Este argumento ha
sostenido teóricamente las políticas neoliberales en América Latina,
las cuales, filosóficamente, suponen el concepto lib eral de “igualdad
de oportunidades” que en realidad no existe en la región (Rodríguez
Solera: 248). Ello es acompañado por la idea cada vez más difundida de
que la desigualdad, o al menos un cierto grado de ella, es in ev i ta ble y
hasta in dis pens able como consecuencia del proceso de desarrollo
(Rodríguez Solera: 256). Las políticas públicas podrían, por ende,
paliarlas hasta cierto punto pero no resolverlas. Aquí es donde el
planteo institucional en las políticas sociales entrega la posta a la
iniciativa per sonal y emerge el lugar de la sociedad civil.
Así las cosas, nuestro tiempo nos interpela finalmente a retomar las
viejas cuestiones filosóficas acerca de la condición humana. En varios
capítulos late el planteo aunque con respuestas diversas.
La interpelación filosófica
La apelación filosófica brota de modo explícito en el texto de Arzate en
las últimas páginas del libro. El autor asevera que aquello de lo que
estamos hablando no puede ser reducido a indicadores económicos.
Aquello a lo que aludimos es la condición humana misma y se trata de
una humanidad que en las últimas décadas ha caído en las mayores
cuotas de sufrimiento, humillación, carencia. El término “pobreza”, tal
como ha sido trabajado en buena parte de la sociología, parece no poder
dar cuenta ca bal del fenómeno de la carencia como se nos presenta.
Ello ocurre porque la pobreza
¾
en buena parte de la literatura
sociológica
¾
es ligada a la insuficiencia de ingresos y eso comporta
¾
según Arzate
¾
una epistemología de raíz economicista. Es
menester asumir que las reflexiones en torno a este tema implican una
toma de posición respecto de
quién
es ese ser que llamamos hom bre.
Esto implica
¾
a juicio del mismo autor
¾
asumir el carácter
histórico-político de la condición humana y el carácter de
per sona
del
individuo. Más allá de la multivocidad de este concepto a lo largo de la
Susana Murillo.
Los Nuevos Rostros de la Vieja Cuestión So cial. Efectos Humanos,
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403
historia del pensamiento, el autor parece situar el significado de
“persona” en el lugar de la libertad, desarrollada como el compromiso
de un ser situado y, por ende, condicionado. Se trata de una condición
humana que aunque atravesada por la finitud es un hacerse activo en
una tri ple dimensión: la de la bor, trabajo y acción. Según Arzate, la
teoría de la pobreza sobre la que reflexionamos involucra una
concepción filosófica utilitarista que no alcanza para dar cuenta de
estas dimensiones de la condición humana.
Este capítulo, así como las reflexiones de Rodríguez Solera en torno
a la aparentemente in ev i ta ble desigualdad que atraviesa a las
sociedades a lo largo de la historia; o las de Torres Salcido respecto de
una estructura ontológica del existente humano; o las de Bialakowsky
sobre el lugar del prójimo en la constitución del humano; o el rechazo a
pensar en lo humano desde el déficit tal como está presente en
Gutiérrez, To ledo y Castillo apelan a un nivel de análisis que en tre los
años ochenta y noventa las ciencias sociales parecían haber
abandonado.
Se trata de pensar “el fundamento”. En correlación con el auge de
las políticas neoliberales, diversas corrientes de pensamiento en la
filosofía y las ciencias sociales dejaron toda remisión ontológica al
fundamento de la cuestión humana. Una especie de “pragmatismo
teórico” ha acompañado a una “razón in stru men tal” que se centró en el
“fenómeno”, esto es, en términos filosóficos, lo que
se muestra
o
aparece
. Los brutales efectos a nivel mundial y particularmente en
Latinoamérica de aquellas políticas, parecen coincidir con la
interpelación a un re torno
¾
en la filosofía y teoría so cial
¾
a la
necesidad al menos de interrogarse otra vez por el lugar de la condición
humana.
Pregunta ésta que reenvía a la “dimensión ética”
7
en el cam po de
trabajo de las ciencias sociales. Con estas afirmaciones no
pretendemos efectuar la frecuente reducción de la dimensión política a
la moral, que oculta, tras el manto de la solidaridad y la autonomía, el
abandono de proyectos políticos colectivos, que sumergen a los sujetos
en el desamparo de la iniciativa in di vid ual. La dimensión ética
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7
Aludida por Carlos Eroles en la presentación del libro en Buenos Aires.
interpela a los científicos sociales en su condición humana; la
interpelación nos plantea cuáles son nuestras metas efectivas, en qué
radica el cómo de nuestro hacer, cuál es el fundamento del mismo. La
dimensión ética alude a las olvidadas preguntas del viejo Kant: ¿qué
debo hacer?, ¿qué me es posible esperar?, ¿qué es el hom bre? Ellas
abren al científico so cial ante el abismo de la propia libertad.
smurillo@fibertel.com.ar
Susana Murillo.
Profesora en filosofía, Universidad de Bue nos
Aires (UBA), licenciada en psicología (UBA), ma gis ter en política
científica (UBA). Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias
Sociales (UBA). Miembro de la Comisión Directiva de la Asociación
Latinoamericana de Sociología (ALAS).
Susana Murillo.
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