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Estudios Políticos ISSN 0121-5167 Nº 37, Medellín, julio-diciembre de 2010: pp. 187-205
Nacimiento del bipartidismo colombiano:
pasos desde la Independencia hasta mediados del siglo XIX*
Óscar Andrés Moreno Montoya**
Lily García***
Jonathan Clavijo****
Resumen
Con el propósito de aportar al debate de las ideas políticas en Colombia en el
marco del Bicentenario, se plantea una mirada al desarrollo de los partidos políticos
tradicionales en Colombia, destacando el papel preponderante que en ese proceso
desempeñaron las ideas de la ilustración y del liberalismo moderno de finales del
siglo XVIII y de principios del XIX, que fueron claves en el desarrollo del proceso de
independencia latinoamericano y, en consecuencia, neogranadino; igualmente, es
interesante resaltar el conjunto de ideas que antecedieron la consolidación formal del
bipartidismo colombiano que tuvo lugar al final de la década de 1840, destacando, por
último, el papel de la prensa como agente movilizador de ideas y como plataforma de
lanzamiento de los programas e ideologías asumidas por el bipartidismo colombiano
en sus años iniciales.
Palabras clave
Partidos Políticos; Prensa; Clases Sociales; Independencia; Violencia Política.
Fecha de recepción: 23 de agosto de 2010
Fecha de aprobación: 4 de octubre de 2010
*
Este artículo es producto del trabajo desarrollado por los integrantes de la Línea de investigación
Historia y política del grupo Historia Contemporánea de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de
la Universidad de Antioquia, enero-junio de 2010. Hace parte de las refexiones en torno al Bicentenario
que viene adelantando la Línea bajo la Coordinación del historiador Oscar Andrés Moreno Montoya.
**
Historiador de la Universidad de Antioquia, estudiante de la Maestría en Ciencia Política del Instituto
de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia y docente de cátedra en los pregrados de Ciencia
Política, Antropología y Periodismo de la Universidad de Antioquia. E-mail: omorenomontoya@
hotmail.com
***
Estudiante de Periodismo, Universidad de Antioquia. E-mail: li2garva@hotmail.com
****
Estudiante de Periodismo, Universidad de Antioquia. E-mail: jonathan1058@hotmail.com
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Cómo citar este artículo
Moreno, Oscar; García, Lily; Clavijo, Jonathan. (2010, julio-diciembre).
Nacimiento del bipartidismo colombiano: pasos desde la Independencia hasta
mediados del siglo XIX.
Estudios Políticos,
37, Instituto de Estudios Políticos,
Universidad de Antioquia, (pp.187-205).
The Born of Colombian Bipartidism: Steps from
Independence to Mid-nineteenth Century
Abstract
This paper holds an analysis of the collection of initial steps that marked the
growing of politics parties in Colombia, pointing the important role that, in this process,
had the Press as a mobilization agent of ideas and as throw platform of programs and
ideologies of Colombian politics parties in their initial years. Besides, the analysis
perspective takes something of the past and inspect the collection of ideas that take a
place before to formal born of the Liberal Party and the Conservative Party in the final
years the fourties decade of the nineteen century, thus, is interesting to analyze the
former trends and thoughts from Colony´s final years and that were key in development
of Latin-American and Neogranadian independence.
Key words
Politics Parties; Press; Social Classes; Independence; Politic Violence.
Óscar Andrés Moreno / Lily García / Jonathan Clavijo
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“Se es ante todo de su clase, antes de ser de su opinión.
Pueden oponérseme, sin duda, individuos;
hablo de clases; sólo ellas deben ocupar la historia”.
Tocqueville (
Ancien Régime)
Introducción
E
n el periodo de tránsito del orden colonial a la Independencia y
posteriormente a la etapa republicana, es preciso advertir que el proceso
que se gestó en suelo americano, aunque estuvo alentado por los sucesos
acaecidos en Europa y más precisamente en la metrópoli, adquirió una singular
identidad a partir de lo sucedido en cada uno de los lugares en los que los
debates de la independencia y la libertad tuvieron resonancia, lo cual, a su
vez, desencadenó una dinámica muy propia en estas sociedades tradicionales
alejadas de los marcos europeos
1
.
La génesis de los partidos políticos en Colombia se modeló a partir de
la influencia de toda una serie de cambios que, aunque lentos, manifestaron
la posibilidad de nuevos tipos de expresión y organización política que por la
vía del liberalismo cuestionaron el poder absolutista, dando lugar a una díada
de ideas marcadas por la acentuada diferenciación entre los sectores políticos
neogranadinos favorables a la conservación del régimen monárquico español
y las porciones de ciudadanos cercanos a la implantación del orden liberal
que ya había marcado la pauta revolucionaria en Europa y Estados Unidos. Lo
anterior, condujo a la división de algunos sectores de la elite neogranadina y
puso en juego, además, sus intereses económicos bajo la defensa de cualquiera
de estas posiciones políticas, que más adelante fueron primordiales en la
estructura ideológica que asumieron los partidos Liberal y Conservador.
Es conveniente mencionar, antes de entrar en materia, que el objetivo
último de este análisis no descansa en la pretensión de develar el entramado
ideológico que alimentó el nacimiento del Partido Liberal y del Partido
Conservador, sino que se formula como un acercamiento que permita
entender algunas de las razones por las cuales en Colombia se ha vivido una
violencia sistemática que ha generado un panorama de confrontación por las
1
Según José Luis Romero, esa situación americana “desencadenaba también unas corrientes de ideas
estrictamente arraigadas a aquellas situaciones que, aunque vagamente formuladas y carentes de precisión
conceptual, orientan el comportamiento social y político de las minorías dirigentes y de los nuevos
sectores populares indicando los objetivos de la acción, el sentido de las decisiones y los caracteres de
las respuestas ofrecidas a las antiguas y nuevas situaciones locales”(Cf. Romero, 1985, p. 9 ).
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vías partidistas; que ha insertado, de manera paulatina, en sus dinámicas de
guerra y odio a las diversas clases sociales colombianas.
No puede obviarse que los distintos tipos de violencia que ha vivido
Colombia obedecen a periodos concretos de la historia en los que los actores y
directos implicados en la confrontación han camuflado su accionar. Tampoco
puede desconocerse la responsabilidad de los partidos políticos tradicionales
como promotores de los muchos
odios heredados
que se convirtieron en
acicate para la eliminación de todos aquellos que hicieran parte del partido
contrario.
1.
Pensamientos anteriores a la
independencia
Sugerir que fue apenas a mediados de siglo cuando pudieron
vislumbrarse los cimientos de lo que sería la conformación bipartidista de la
Nueva Granada, sería obviar el hilo conductor que demarcó los antecedentes
y los elementos contextuales que dieron pie a la escisión ideológica y que,
finalmente, desencadenaron en la consolidación de los partidos. Los hombres
de la Nueva Granada no estuvieron desde siempre en la misma franja de
pensamiento político, sino que el conjunto de individuos interesados en la
política, antes de la existencia misma de los partidos tradicionales, fueron
permeados por una serie de pensamientos que se modelaron desde el siglo
XVIII. Inclusive, podría pensarse que la existencia de un movimiento disidente
al régimen monárquico en la Nueva Granada se origina desde finales del siglo
XVIII, momento en el que las clases ilustradas se hacen receptoras de ideas
liberales provenientes de los movimientos revolucionarios de Norteamérica
y Europa.
El influjo de la ilustración y la búsqueda de la modernidad política como
reflejo de las sociedades avanzadas en Hispanoamérica, condujo a que en
el cuadro de incertidumbres que tomaba forma aún antes de la caída de la
monarquía hispana en 1808 se presentaran divisiones en las elites americanas
frente al poder absoluto del monarca
2
. Ante tal situación la habilidad de los
hombres de la Nueva Granada no se hizo esperar; sus primeros intentos de
organización política estuvieron dirigidos a “imaginar un nuevo régimen” bajo
las formas de representación política que inauguraron las juntas de gobierno
que se crearon en los albores de la Independencia (McFarlane, 2002, p. 51).
2
“Surgió el designio de romper el círculo vicioso mediante la acción revolucionaria y radicalizada.
Muchos querían pactar con el pasado, pero otros quisieron declararlo inexistente y construir a sangre y
fuego un nuevo orden político, social y económico” (Romero, 2001, p. 76).
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Al valor de las instituciones políticas que se crearon en el calor de la
Independencia —como las juntas de gobierno—, al igual que el papel de
control que cumplieron los cabildos y las redes parentales que sustentaron
las bases de dominación en ese tránsito de órdenes: colonial-independentista-
republicano, deben sumarse las ideas científicas y políticas de la ilustración.
Señala McFarlane, que ya desde comienzos de 1790 el pensamiento ilustrado
estimuló a miembros de la elite criolla neogranadina. Su intención buscó “ver a
la Nueva Granada como una patria con la cual identificarse, y les proporcionó
un enfoque novedoso para pensar acerca del futuro” (McFarlane, 2002, p. 57)
y de la relación con España bajo pautas alternativas a los lazos de sumisión
propios de la dinámica colonial.
Las nuevas preguntas por la soberanía, por la ciudadanía y la
representación política que se materializaron a través de la conformación
de las juntas de gobierno y los cabildos, fueron consolidando posiciones
respecto al poder en las que se mezclaban los intereses de los sectores más
influyentes de la sociedad neogranadina. En tal sentido, resulta interesante
mencionar a Margarita Garrido para tener un referente más claro de lo que
puede considerarse como un germen de los partidos en Colombia en los
albores del XIX. En la descripción realizada por la autora de un partido durante
la coyuntura de la Independencia, destaca que su formación se
[…] iniciaba con reuniones y con la preparación de pasquines que se
pegaban en los muros de las ciudades. Estos partidos, con características
similares a las tertulias, estaban constituidos por grupos pequeños que
tenían las mismas características que las de los clubes sociales […] Se
diferenciaban de las tertulias en que éstos debían convocar una base de
apoyo popular más amplio (Garrido, 1993, p. 285).
De esa manera, las ideas y la nueva organización política se consolidaba
desde muy diversos ámbitos, sus diferencias partían de la identificación
de enemigos comunes pero sin tener aún una claridad frente a las ideas
compartidas.
En los años iniciales de la Independencia, la política —tal y como lo
menciona Garrido— no estuvo determinada por la fuerza de partidos políticos.
Por el contrario se basaba en una amplia red de lealtades y rivalidades que se
habían construido desde la Colonia; una serie de viejas facciones predominaban
en la política y planteaban sus intereses al calor de sus actuaciones (Garrido,
1993, p. 340).
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Para explicar el nacimiento de los partidos políticos en Colombia,
algunos han acudido a destacar la tendencia doble que comenzó a modelarse
durante la Independencia, ya que en ella “hicieron explosión las tesis de
libertad política y de autonomía del individuo que constituyen la esencia de
la escuela liberal. Por contraposición quedaba configurado el conservatismo:
en él irían a situarse los amigos del poder autoritario y los escépticos acerca
de la sabiduría atribuida a la razón” (Molina, 1982, p. 13). Asimismo, se ha
tomado el año de 1826 para dar cuenta de la división de poderes en torno
a los dos grandes prohombres de la historia política colombiana: Bolívar y
Santander, a partir de los cuales se fueron definiendo parcialidades políticas
y proyectos de partidos nostálgicos; unos bolivaristas ceñidos a la figura de la
autoridad y unos santanderistas adheridos a los principios de la constitución
y la democracia (Molina, 1982, p. 14).
En tal sentido, sería quizá una exageración hablar de unas tendencias
políticas inscritas en un proyecto nacional unificado o al menos concertado
desde una oligarquía de carácter nacional, por el contrario, tal y como lo
menciona Fernán González, citando a Jaime Jaramillo Uribe y Margarita
Garrido, lo que existía era una “red protonacional de poderes que preparaban
esa construcción, aunque ellas no cubrían homogéneamente a todo el país”
(González, 2006, p. 17). Sin embargo, aquellos lugares en los que comenzaron
a aparecer tendencias políticas a favor o en contra del poder colonial o adscritas
a los personalismos militares de la época, fueron determinando la negociación
del poder y ciertas formas de organización y grados de articulación entre
élites y sectores populares, evidenciando de ese modo las “interacciones
entre instituciones centrales, poderes regionales y locales y entre estratos
sociales, élites locales y sectores subalternos” (González, 2006, p. 21), lo cual
constituyó una base importante para la organización de los partidos políticos
a mediados del XIX.
1.1 Una precisión necesaria
Para entender la naturaleza de las organizaciones partidistas de esa
época en Colombia y teniendo presente la realidad política que caracterizó
el periodo anterior a la consolidación de los partidos, conviene aclarar la
conceptualización que se mantiene en este texto de la noción
partido político
.
En tal sentido, este concepto parte de la consideración que en el momento en
que el conjunto de soluciones y respuestas que definen el accionar político de
una facción de pensamiento se torna global, al punto de estructurar propuestas
holísticas avaladas por un consenso significativo de la sociedad y sustentado
por un cuerpo ideológico, entonces, se puede hablar de la existencia de un
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partido político. De acuerdo con lo anterior, nos podríamos preguntar ¿desde
qué momento se puede hacer referencia a la existencia de partidos políticos
en la Nueva Granada? Las visiones más generales apuntan a la conformación
de los partidos políticos tradicionales a mediados del siglo XIX,
momento en
el que el ideario conservador y el programa político del liberalismo fueron
expuestos en los órganos informativos y proselitistas de los ideólogos políticos
(Duverger, 2001).
Pero, antes de empezar a discernir sobre la existencia de estos
protopartidos políticos
es importante aclarar el carácter coyuntural y mutable
de todos los tipos de facciones que circundaron las agitaciones políticas del
siglo XIX; tal y como lo explica Germán Colmenares en su texto
Partidos
Políticos y Clases Sociales
:
Los partidos políticos, por ejemplo, no constituyen
entidades históricas
inalterables ni menos aún seres corpóreos
que puedan ser objeto de un
proceso condenatorio, ni conceptos metafísicos de tal naturaleza que
puedan ser conjurados o abolidos. Su acción está encuadrada dentro
de circunstancias concretas y, por lo tanto, irrepetibles. Su composición
mínima puede variar dentro de ciertos límites, según los intereses que
el partido tienda consciente o inconscientemente a prohijar. Si existen
algunas constantes por las que pueda identificarse un partido, esto
no quiere decir que su esencia permanezca inalterable (Colmenares,
2008, p. 12).
2.
El nacimiento del bipartidismo desde la prensa
Los movimientos periodísticos y partidarios de 1848 y 1849 dan
cuenta de la visión retrospectiva que tenían sus líderes del devenir político
neogranadino y los orígenes mismos de sus partidos. Tanto liberales como
conservadores escribieron versiones particularizadas acerca de la metamorfosis
ideológica de la primera mitad de siglo y se encargaron de publicarlas en sus
periódicos —que jugaban un papel protagónico en la labor de adoctrinamiento
de sus simpatizantes y electores.
Fue así, como Mariano Ospina Rodríguez publicó en los ejemplares tres,
cuatro y cinco del periódico
La Civilización
lo que para el conservatismo era
la historia del bipartidismo en la Nueva Granada:
Hemos visto que esos partidos jamás se han reproducido; hemos visto
que la Nación ha estado siempre dividida, partida en dos, siempre,
pero siempre de distinto modo. Los partidos jamás se han reproducido
porque la cuestión ha sido siempre distinta, distinta esencialmente. Los
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partidos no se han reproducido, porque las causas de la división no se
han reproducido, han ido variando […] la cuestión de los realistas a los
independientes era la cuestión de la independencia, era la cuestión
nacional: la cuestión de los centralistas a los federalistas era la cuestión
de la forma de Gobierno, era la cuestión política: la cuestión de los
bolivianos a los liberales era la cuestión de Bolívar, era la cuestión
personal: i (sic)
hoy, entre conservadores i (sic)
rojos ¿cuál es la cuestión?
¿Es la independencia? ¿Es el centralismo? ¿Es Bolívar? (Ospina, 1849, p.5).
Por su parte, el liberalismo optó por una división enfocada en las cabezas
de partido. Aún hoy, el Partido Liberal
atribuye al siglo XIX la existencia
inicial de un Partido Patriota contrario a un Partido Regentista; un Partido de
Artesanos y Chisperos que se oponía a un Partido Neorrealista y Regentista;
un Partido Piñerista vs. un Partido Toledista en Cartagena; un Partido Nariñista
y Devarguista, Carbonellista y Piñerista vs. el Partido de Notables, Frondistas
y Oligarcas; el Partido de los Pateadores vs. el Partido de los Carracos; un
Partido liberal independentista y, posteriormente, un Partido santanderista vs.
el Partido boliviano (Partido Liberal Colombiano, 2009)
3
.
El conservatismo condenó fuertemente la manera personificada y
caudillista que debieron utilizar los liberales para construir su propia historia
partidista. En el ejemplar número tres de
La Civilización
, Mariano Ospina R.
escribió en contra de la taxonomía partidista liberal:
Hai (sic) quien suponga, que la República ha estado constantemente
dividida en dos bandos que combaten cerca de 40 años. Hai (sic) quien,
suponiendo que los hombres que han encabezado los partidos en el
país han sostenido siempre los mismos principios cree que un partido
puede ser conocido por el nombre del jefe que lo encabezó alguna vez.
(Son estas) opiniones todas mui (sic)
erróneas, i (sic)
que la historia
desmiente (Ospina, 1849, p. 4).
Sin embargo, sería erróneo afirmar que el Partido Liberal y el Partido
Conservador encuentran filiaciones congruentes con las viejas facciones
políticas. Al contrario, para mitad de siglo, los oponentes políticos solían
buscar lazos que relacionaran los nuevos idearios partidistas con antiguas
corrientes como método de desprestigio. Fue por ello que en
La Civilización,
Mariano Ospina y José Eusebio Caro firmaron una declaración conservadora
que se hizo histórica por la definición de fronteras ideológicas: “El partido
conservador no es lo mismo que el partido boliviano de Colombia ni ninguno
3
Extraído de: Partido Liberal Colombiano. (2009). “El liberalismo antes del liberalismo” (en línea).
(Consultado 3 de diciembre, 2009)
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de los viejos partidos de este país. Nosotros no reconocemos como partido
liberal rojo al partido liberal de Colombia, ni al que restableció en la Nueva
Granada el orden constitucional” (Ospina, 1849, p. 6).
Anteriormente, ya habían abordado la discusión en el mismo periódico:
“¿Los partidos liberal i (sic) boliviano eran la continuación de los federalistas
i (sic) centralistas de la primera época? Evidentemente no. Los principios de
la contienda eran diversos i (sic) los hombres que habían figurado en los
bandos de la Nueva Granada se habían alistado indistintamente en los que
dividían a Colombia” (Ospina, 1849, p. 4). Lo que sí es evidente, es que en
los cimientos de cada uno de los partidos yacen características esenciales que
encuentran puntos continuados en relación con las viejas facciones; es por eso
que durante la primera mitad del siglo XIX se puede identificar un proceso de
fundición en el que los contrarios de una contienda no eran necesariamente
los mismos de otra. Así, no todos los independentistas se alinearon en las
filas de federalistas, y no fue raro encontrar en las listas del conservatismo a
un viejo santanderista.
Por otra parte, desde la instauración de la República de la Nueva
Granada, no hubo una consolidación institucional, social o ideológica que
permitiera hablar específicamente de partidos políticos, sino meramente de
corrientes políticas transitorias. Por lo anterior, se puede considerar lo siguiente:
Es bien sabido que cuando nos independizamos de España no había —y
no podía haber— partidos propiamente dichos. La confusión de esos
tiempos, la inestabilidad general, los desplazamientos de las gentes de
una agrupación política a otra, hacían que las fronteras doctrinarias entre
los bandos resultaran provisionales y ambiguas. Había que esperar, por
eso, una etapa de pensamiento más elaborado para que se pudiera decir
que la Nueva Granada disponía de partidos” (Gaviria, 2002, p. 139).
El momento apropiado para la conformación de dichas ideologías puede
ubicarse en un rango que comprende la década del 30 y del 40, fecha en la
cual se declara formalmente el fin del conservatismo boliviano, justo después
de la caída de la dictadura de Urdaneta; y la desintegración del santanderismo
en una vertiente de liberales moderados y en otra de progresistas, o lo que
más tarde se conocería como liberales conservadores y liberales rojos.
3.
La mirada a los sectores populares: las sociedades políticas
Las dinámicas de las nuevas conformaciones ideológicas obedecieron
a un raciocinio en el que la búsqueda de consenso en la clase popular se
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convirtió en determinante para el acceso al poder, idea contraria a la estrategia
tradicionalmente usada por los protopartidos, en donde las relaciones con las
clases sociales bajas se reducían a una pequeña casta de dominantes y una
clase popular dominada.
Según Víctor M. Uribe-Urán, las búsquedas de los letrados por simpatizar
con las masas los llevaron al encuentro con una verdad irrefutable:
No solo resultaba difícil ‘manipular’ a las masas, sino que incluso parecía
ser evidentemente peligroso. Las masas tenían su propia agenda y maneras
de entender la política local. Es cierto, de todas formas, que el pueblo
también se mostraba en ocasiones ávido de responder positivamente
las invitaciones de unirse a cruzadas religiosas o políticas, promovidas
por grupos que prometían recompensas materiales atractivas” (Uribe
Urán, 2003, p. 94).
En 1838, el surgimiento de una
Sociedad Católica
organizada por un
segmento de la élite aristocrática, buscó simbolizar la renovación de choques
ideológicos que habían protagonizado las contiendas en la década del 20 y
que volverían en el 40. Al mismo tiempo,
la Católica
—como era llamada
esta organización— buscó la simpatía popular para apropiarse de varias
candidaturas en las elecciones del Congreso y de asambleas provinciales. Como
contraparte, en el mismo año, surgió la
Sociedad Democrática Republicana
de Artesanos y Labradores Progresistas
, compuesta mayoritariamente por
abogados provinciales, pero preocupados por captar mayorías como método
de movilización; además, como la única forma de contener la consolidación
de un gobierno aristocrático de corte colonial (Cf. Sowell, 1991 p. 97).
La consolidación de estas asociaciones que se contraponían en diversos
puntos y la participación popular en las mismas, demarcaron un momento
fundamental para el afianzamiento de un proyecto político e ideológico y, a
su vez, de la apropiación que estas facciones hicieron de unos intereses de
clases. En principio, la voluntad política de las masas y el papel que jugaban
en la contienda política parecía reducirse al de objetos de manipulación por
parte de las emergentes cabezas de partido. Sin embargo, después de la Guerra
de los Supremos de 1840 y de manera progresiva hasta 1849, las masas se
convirtieron en actores definitorios en la contienda política.
Con el regreso de Florentino González de Inglaterra, y su vinculación
a la Secretaría de Hacienda, las políticas económicas de la Nueva Granada
presenciaron un giro de las tradicionales políticas mercantilistas al librecambismo
proveniente de las ideas europeas. Las clases populares viéndose gravemente
afectadas por las nuevas medidas del Ministerio de Hacienda, se tornaron aún
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más participativas en la contienda política y reivindicaron viejas disputas de
orden social y racial. Colmenares lo argumenta así:
Cualquier observador imparcial no deja de extrañarse ante el espectáculo
de una república en la que reinaban las más chocantes desigualdades
sociales y en la que la barrera racial jugaba un papel muy importante.
Saltaba a la vista que una casta de abogados y militares ejercía una
verdadera tiranía sobre una gran masa de indios, mestizos y mulatos a
los que se sometía mediante una influencia directa, o a través de leyes
vejatorias o, simplemente, explotando su ignorancia; [.
..] la lucha por
el poder del Estado significaba una lucha por la libertad, aún dentro de
un régimen republicano. Las aspiraciones de los nuevos dominadores
solo podían colmarse con el control absoluto del Estado, y este control
coincidía con la libertad. [.
..] Así, el más primitivo origen de los partidos
buscó, ante todo, constituir un medio de protegerse de pretensiones
opuestas sobre la dominación estatal. Su organización como una
cohesión orgánica de intereses que se expresan mediante la formulación
de una ideología, es más bien tardía (Colmenares, 2008, p. 26).
Las agitaciones de 1848 marcan una diferencia en relación con las
agitaciones de tiempos pasados, en la medida en que estas contaron con
elementos que aludían a las clases populares y no exclusivamente a las clases
militares y dirigentes. “Solo a partir de 1848, un esbozo de conciencia de
clase, de afirmación económica de clase, va a abrirse paso a través de las
supervivencias coloniales y contra el prestigio militar y la influencia del clero”
(Colmenares, 2008, p. 25). El poder de decisión de esta masa y la importancia
creciente que adquirió dentro del contexto político neogranadino, se hacen
manifiestas con la elección de José Hilario López como Presidente de la
República el 7 de marzo de 1849 con un gran apoyo por parte de los artesanos.
Desde la misma prensa los conservadores criticaban la forma en que
se había propalado por medio de estas asociaciones lo que denominaban
“doctrinas perniciosas”. En el primer ejemplar del periódico
La Civilización
,
que circuló a partir del 9 de agosto de 1849, sus redactores escriben un artículo
llamado “¿Qué es la civilización?:
[…] apandillarse en grandes clubs, o sociedades de artesanos, de obreros
i (sic) de vagamundos, para propalar que la propiedad es el robo, que
las doctrinas que sustentan el edificio de la sociedad son quimeras
perniciosas, para insinuar que es licito el degüello de los hombres
ilustrados para que todos sean iguales en ignorancia, i (sic) el asesinato y
el despojo de los ricos para que haya igualdad de fortunas o de miseria,
reunirse en fin para inmoralizar i (sic) corromper la sociedad ignorante i
(sic) lanzarla contra la parte más civilizada, no se ocurre allí ni al literato
ni al obrero […]” (Ospina, 1849, p. 2).
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Las ideas europeas, sin duda, creaban estremecimientos en la Colombia
de mediados del XIX “de Sismondi, de Fourier, de Saint-Simon, de Proudhon,
de todos los reformadores de la época, tomaron el interés por la cuestión social
al menos en términos prácticos. La causa de los pobres, como entonces se
decía, fue su causa” (Molina, 1982, pp. 48-49), ello explica en buena medida
el alcance de los partidos y su destacada movilización popular.
4.
La importación de los pliegos políticos
La relevancia que paulatinamente tomaron sectores de la sociedad
antes invisibilizados en la política, refleja un flujo de ideas afrancesadas
sobre democracia y república que habían permeado los discursos del
liberalismo, igualmente, puntos claros como la división de poderes, el régimen
constitucional y la democracia representativa ya hacían parte del ideario
político liberal. Por su parte, los referentes del futuro Partido Conservador eran
notablemente diferentes en su origen: Estados Unidos e Inglaterra, eran sus
“dos astros de la libertad humana” (Ospina, 1849, p. 4) sin desconocer otra
serie de influencias ideológicas provenientes del viejo continente. Asimismo,
las ideas francesas propias de los liberales mantenían una connotación negativa
que los conservadores resaltaban con adjetivos irónicos y satanizantes, como
es el caso de lo publicado en
La Civilización
:
Voltaire, de aquel jenio (sic) abominable, de aquel jenio desvergonzado,
de aquel jenio embustero, de aquel jenio (sic) inmundo, de aquel jenio
(sic) cobarde, de aquel que, por la agudeza de su jenio (sic), i (sic) por
el abuso increíble de su mismo jenio (sic), realizó sobre la tierra, para
nuestra desgracia, la inteligencia i (sic) la perversidad de Satanás […] ¡I
(sic)
decid ahora que vuestros doctores no son volterianos! Pero tendréis
razón en decirlo: Voltaire no negaba a Dios, el diablo tampoco lo niega;
Voltaire era deísta, vuestros doctores son ateos! (Ospina, 1849, p. 3).
La importación de los pliegos de idearios franceses, ingleses o
norteamericanos apenas correspondió a una reducida clase ilustrada que
había sido educada fuera del contexto nacional y que estaba seducida por un
modelo externo de república democrática, de librecambismo, de utilitarismo o
de monarquía constitucional. Las demás clases sociales se familiarizaron, más
lentamente, con los planteamientos de Constant, Montesquieu Tocqueville,
Rousseau y Bentham, mediante la intermediación de sectores mejor formados
de la sociedad, sin embargo, en su cotidianidad la realidad planteada poco o
nada tenían que ver con su entorno.
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En relación con los acontecimientos que delimitaban la realidad
neogranadina no podían ser siquiera comparables con las transformaciones
socio-políticas por las que estaba atravesando la Francia de 1848. Según
Germán Colmenares, la idea de vincular la realidad francesa al acontecer de la
Nueva Granada de mediados de siglo, corresponde a una manera provinciana
de interpretar la estratagema criolla de dominación:
Interpretación provinciana quiere decir, en este caso, la que se localiza
demasiado estrechamente; es decir, aquella que se establece con respecto
de factores que no trascienden el horizonte geográfico de América. Este
tipo de error está vinculado al intento de interpretación casual, que liga
siempre un antecedente al hecho que se trata de explicar [.
..] Si hubo de
alguna manera una influencia o puede señalarse una relación de causa
a efecto entre los hechos europeos y nuestra discutida revolución de
1848, no cabe duda de que la forma en que tales hechos fueron captados
por una minoría en la Nueva Granada, no corresponde exactamente
a su configuración histórica. Existió una necesaria deformación en la
perspectiva de los granadinos, y esta sola circunstancia excluiría el
intento de emparentar las dos órdenes de acontecimientos […] En la
Nueva Granada de mediados del siglo XIX, la teoría política se presentaba
enriquecida por una experiencia histórica ajena, la experiencia francesa
y, por consiguiente, con una terminología y con unos conceptos
perfectamente inadecuados a las condiciones sociales y económicas
locales (Colmenares, 2008, pp. 23-25).
Sin embargo, el constructo ideológico del liberalismo no sólo se
constituía de una propuesta de república, sino que también se conformaba
de diversas vertientes de liberalismo económico que fueron la causa de varias
escisiones ideológicas dentro de la misma facción. De un lado, una visión
industrialista, de corte Saint-simoniano y de otro lado, una postura utilitarista
de tendencias más conservadoras. Asimismo,
en el proceso de asentamiento
de las bases económicas y políticas de la propuesta liberal y el proyecto
conservador, ambos partidos definieron conceptos referentes a un ideario
propio de
nación, de independencia, de libertad y de legalidad
4
.
4
En la edición número 43 de El Aviso, los liberales publicaron:
“La Independencia sola no constituye la
nacionalidad de un pueblo. Lo que la constituye es la perfecta posesión de una independencia adquirida
de hecho y de derecho; la seguridad de no perderla jamás, ó al menos de no verla expuesta a mil azares;
la dignidad propia del que es completamente independiente y libre: la fama de la existencia material y
política; y Fnalmente el respeto y acatamiento con que lo miren las demás naciones por el conocimiento
que tengan de su historia, de su poder y de su riqueza […] los pueblos que no ambicionan las riquezas
adquiridas por medio del comercio, de la agricultura ó de la minería, no ambicionan la felicidad y el
bienestar social, no llevan su misión sobre la tierra, no merecen tener instituciones propias, ni aspirar al
rango de nación civilizada, ni contar su nombre en el catálogo de los pueblos ilustrados y grandes […]
El comercio y la inmigración son causas y efectos a un mismo tiempo; el uno trae al otro, y la ausencia
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Mientras los liberales más radicales pregonaban la libertad desde
diversos ángulos a partir de un ideario mucho más utópico que crítico de la
realidad. Los conservadores enarbolaban las banderas religiosas y apelaban
a la construcción de una moralidad interna que preservara el buen juicio y
la buena conducta. De la mano de teorías abiertamente Durkheimianas, las
nuevas élites emergentes conservadoras publicaban en
La Civilización:
“La
Independencia, la Constitución, la Libertad son cuestiones exteriores. La Moral
es una cuestión interior. Aquellas son todas
cuestiones de situación:
ésta sola
es una
cuestión de carácter
” (Ospina, 1849, p. 5).
El Partido Conservador describía las ideas francesas y liberales como
mecanismos de destrucción de la buena moral. De esta manera, las alusiones
al carácter sacrílego de las teorías liberales radicalizaron la discusión política
y la llevaron de las élites hacia los círculos sociales populares. Según Germán
Colmenares:
La oposición neta entre creyentes y rojos, entre católicos e irreverentes,
parecía encerrar la razón última de una discusión apasionada que se
desenvolvía en una secuencia de puntos accesorios que concernían a
la tradición y a la novedad, al atraso y al progreso. Los hombres podían
converger acerca de estos puntos, pero su opinión era irreductible en
cuanto se tocaba la cuestión religiosa. La religión era un dique a los
excesos o una barrera a los beneficios del progreso, según el punto de
vista, pero en todo caso constituía un punto de referencia ineludible
(Colmenares, 2008, p. 61).
Mientras las grandes ciudades se acogían de manera mucho más flexible
a los idearios de corte francés, el campesinado constituyó continuamente
un punto de quiebre y una búsqueda constante por la conservación de las
costumbres y por el mantenimiento de una estática social que, además, era
alimentada por las condiciones externas y por la realidad general:
La arquitectura colonial, los caminos, los puentes, las técnicas más
primitivas constituían un punto de apoyo, un mirador constante hacia
el pasado. No representaban solamente, como lo pretendían los
teóricos, los frutos del fanatismo o la fuerza de la inercia de la herencia
española, sino el armazón íntegro de la vida material, el sustrato íntimo
más evidente, a lo que se aferraba la conciencia como a una garantía
de estabilidad, o al menos, como un talismán contra lo desconocido
(Colmenares, 2008, p. 72).
de este mata los elementos de aquel. Sin inmigración el comercio no puede tener alimento en un país
despoblado y poco industrioso, así como el comercio es necesario para hacer conocer las ventajas de un
país y determinar la inmigración”. Rojas, Ezequiel. (1848, octubre). El Aviso, Número 43.
Nacimiento del bipartidismo colombiano.
..
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Los conservadores comprendían las angustias de sus adeptos y en
el periódico
La Civilización
aludían al acto de conservación: “Si hoi (sic)
conservásemos las costumbres de nuestros padres viviríamos en el seno de
la paz, las leyes serian profundamente acatadas, las autoridades respetadas,
ecsecrados (sic) los traidores i (sic) los sediciosos, i (sic) por consiguiente
gozaríamos de plena seguridad, i (sic) el país habría alcanzado ya un alto
grado de prosperidad” (Ospina, 1849, p. 4).
Cabe resaltar que fue tal la importancia de estos medios de divulgación
—dirigidos y redactados por los ilustres e ideólogos de cada vertiente— en
el proceso de consolidación de las estructuras ideológicas, que fue en ellos
donde se dieron a conocer los idearios políticos de cada uno de los nacientes
partidos. Fue así como el 16 de julio de 1848, en un ensayo publicado bajo
el título “Las razones de mi voto” en el diario bogotano
El Aviso,
el político y
profesor Ezequiel Rojas publicó un verdadero ideario liberal que se convirtió
en el faro del Partido y en base sustancial fuerte durante el periodo del Olimpo
Radical (Gaviria, 2002, p. 46).
Ahondando en el discurso liberal, se pueden encontrar claros
planteamientos frente a la división de poderes, propia de Montesquieu, y
frente al temor de la coerción que pueda ejercer el poder ejecutivo sobre
los demás poderes, pues podría desencadenar en un régimen dictatorial o
tiránico. Igualmente, la lejanía del programa liberal con la vinculación de la
Iglesia a los asuntos del Estado se hace visible en la mención al “gobierno
teocrático”
y el planteamiento que defiende la no adopción de la Religión
como un medio para gobernar.
De igual manera, el Partido Conservador, con José Eusebio Caro y
Mariano Ospina Rodríguez a la cabeza, publicó una “Declaratoria Política” en
el periódico
La Civilización
del 4 de octubre de 1849 (Gaviria, 2002, p. 146)
en la que se incluyen los primeros principios programáticos del conservatismo
colombiano. Lo más importante de esta dicotomía es que genera una disputa
no entre contrarios que tienen dos formas distintas de entender la organización
y la forma del Estado, sino que crea una disputa entre buenos y malos que,
literalmente, sataniza al detractor y atiza odios entre individuos de ambos
bandos.
Declaratorias como la siguiente, hecha por el periódico
La Civilización
,
hacen pensar no en una disputa electoral o política, sino en una batalla campal
entre dos ejércitos enemigos:
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Se levanta una sombra siniestra, ayer no mas, pequeña, insignificante
i (sic) despreciada, hoy enorme, amenazante y terrible: el pauperismo,
hambriento y feroz
sin freno interior, sin esperanza en el porvenir de
la sociedad actual, con el corazón henchido de rabia i (sic)
de rencor,
estimulado i (sic) dirijido contra el resto de la sociedad por hombres
instruidos, pero sin fé (sic) ni conciencia, aguijoneados sólo por la
ambición y la codicia. El pauperismo por sí solo sería una amenaza
seria para la civilización, pero él no es más que el núcleo al rededor
del cual se agrupan las masas proletarias que sucesivamente se van
inmoralizando i (sic)
corrompiendo, i (sic) afiliándose en ese terrible
ejército que se organiza contra la parte más civilizada de los pueblos
(Ospina, 1849, p. 4).
Los liberales, por su parte, emprendieron ataques de carácter mucho
más político que dogmático, y acostumbraron el uso de cobro de cuentas y
errores a los viejos gobiernos conservadores. En 1849 escribían en El Aviso:
Por más que se titulen defensores del orden, de la moralidad, de la relijión
(sic), de la propiedad, jenios (sic) tutelares, principios conservadores
que todos respetan, que nadie ataca, pero que han servido siempre de
pantalla a los cobardes enemigos de la libertad calumniada […] he aquí
los famosos conservadores que solo merecen ese título porque pretende
conservar lo malo, y sobre todo porque pretenden conservarse en sus
puestos que tan mal desempeñan doce años ha. ¿Qué es lo que pretenden
conservar? ¿La Constitución? Nadie ignora que la constitución existente
fue la obra del partido vencedor
en 1842, y que está calculada para
establecer el despotismo (Rojas, 1849, p. 3).
Todas estas menciones dan cuenta del verbo incendiario e intolerante
con el adversario que comúnmente era usado por los líderes de cada partido
y dispuesto a la opinión pública desde las publicaciones periódicas. “Al igual
que durante la Revolución Francesa, la prensa en nuestro país nació y creció
al calor de las luchas independentistas y partidarias como medio de expresión
y movilización” (Medina, 2009, p. 66). Es más, puede afirmarse, tal y como lo
hace don Santiago Pérez, que las guerras civiles comenzaron en las rotativas
de los periódicos; es decir, la prensa cumplió el papel de agente incitador e
incendiario de muchos de los conflictos del siglo XIX (Medina, 2009, p. 66).
Curiosamente, el mismo papel que cumpliría a mediados del siglo XX, durante
la época conocida como La Violencia.
Nacimiento del bipartidismo colombiano.
..
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Breves conclusiones
El paso al siglo XX estuvo determinado por la Guerra de los Mil Días
y, aunque muchos creyeron asistir a la última guerra civil de la historia
colombiana, como lo manifestara Rafael Uribe Uribe, la lógica de una disputa
no clausurada mantuvo encendidos los ánimos belicistas que terminarían por
demarcar uno de los períodos más convulsionados en las dinámicas de orden
público de la historia colombiana.
Según Carlos Mario Perea, “los partidos, sin falta, construyen el sentido
de sus discursos desde tres códigos imaginativos: el religioso, el de la sangre
y el de la ciudadanía segmentada. El primero dice de un espíritu partidario
irrepetible y radicalmente distinto del Otro; el segundo habla de la inamovible
presencia discursiva de la violencia; el tercero referencia la imposibilidad de
construir la ciudadanía frente a una militancia partidaria que lo invade todo”
(Perea, 1996, p. 34).
Para un pueblo que desde las guerras de Independencia había elegido
el camino de la formación regionalista como mecanismo de identidad, la
pertenencia a un partido significaba la identificación con una búsqueda común
como pueblo colombiano. El rojo y el azul lograron lo que los independentistas
olvidaron en el proceso de formación del nuevo Estado-nación.
La identidad primordial es el modo propio de cohesión social del mundo
tradicional en tanto sus nexos instituyen un mundo de significación que se erige
en sistema de saber, en normativa de la realidad y en programa de los modos
cómo ha de ser construido el mundo. La versión del mundo allí constituida
es única e inimitable; el otro, el distinto, encarna el límite y la destrucción. Y
en el corazón del sentimiento que confiere esta conciencia de autenticidad
irrepetible, el grupo inmediato se convierte en ente del orden de lo natural,
inscrito en una legalidad inmutable ajena a la historia y la cultura.
El uso de
palabras ya estigmatizadas por la experiencia externa o la
simple cosmogonía del pueblo cayó como anillo al dedo en el propósito de
satanizar al adversario. De ahí, que pueda decirse que las guerras civiles del
siglo XIX, aunque no resolvieron problemas de fondo, si sirvieron de caldo de
cultivo para madurar los odios y dejar despejado el real problema entre rojos
y azules. Los odios obedecían a un trasfondo que poco tenía que ver con lo
ideológico y que, al parecer, estuvo fuertemente ligado con las necesidades
naturales de los pueblos de identificarse y buscar causas comunes.
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El bando, desde siempre, estuvo determinado por el grupo social que
el azar del nacimiento otorgara o por la herencia ideológica que se había
hecho sagrada en los hogares; hijos de conservadores eran conservadores e
hijos de liberales luchaban por causas liberales. Eso era todo. La ideología
política trascendió el hecho de adscribirse y participar dentro del partido,
permeando, de esta manera, la vida cotidiana y las relaciones interpersonales
de los individuos. Dicha situación, ligada con la continua situación conflictiva
desencadenaron odios que más tarde se manifestarían a partir de venganzas
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