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Sistema de Información Científica
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
CETERIS PARIBUS
Carlos Zermeño
1
I hurt myself today
To see if I still feel
I focus on the pain
The only thing that's real
Johhny Cash
Si yo en este momento lanzara al aire la pregunta "¿qué fue primero, el huevo o la
gallina?", el lector promedio, quizás no preparado para asumir tan sencillo reto, la
consideraría una paradoja insensata (el huevo viene de una gallina que viene de un huevo
que viene de una gallina.
..). Sin embargo, si se toman algunos segundos para pensarlo, es
posible decantarse por una u otra posibilidad. Una parte de quienes crean saber la respuesta
dirán que la gallina fue primero, pues simplemente es, y su estar, incuestionable, obedece a
las leyes de un diseño superior (la primera gallina, por lo tanto, fue simplemente creada).
Por otro lado, se entiende que hablamos de un huevo de gallina (de lo contrario, la pregunta
sería una trampa), pero existe un caso posible donde de un huevo de no-gallina nace una
gallina. Le corresponde a otros definir las características
sine qua non
de una gallina, pero
supongamos, por un momento, que dichas características están claramente delimitadas: de
faltar una, el ser en cuestión no puede ser una gallina. Por un momento, imaginemos a un
ser increíblemente parecido a una gallina y que, sin embargo, carece de uno de estos
elementos constitutivos. Este ser, como especie, está a poco de hallar un equilibrio físico
que le permita adaptarse a un medio determinado; ese poco que falta es, precisamente, el
elemento que les impide ser gallinas. De la mezcla genética de esta especie surge, en un
momento dado, un ser que sí reúne las características de la gallina. Esta gallina, sin
embargo, no nació de una gallina sino del huevo de un ser que podríamos llamar, para fines
prácticos, proto-gallina. El huevo, por lo tanto, debió ocurrir primero.
Tal es el milagro de la evolución, que avanza lentamente a través de los siglos. Tan
lentamente que no hay memoria que pueda registrarlo. Los seres se encuentran en un
estadio evolutivo eternamente en presente. El pasado es demasiado borroso ("así siempre ha
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El otro calentamiento global
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sido", es la descripción habitual) y el futuro es imposiblemente inalcanzable. Las proto-
gallinas estaban a un paso evolutivo de ser gallinas. Este paso evolutivo está representado
por una necesidad específica, una carencia que limitaba sus capacidades de adaptación a un
medio determinado. Una vez alcanzado de manera generalizada dicho estado evolutivo, es
el medio el que cambia para adaptarse a las gallinas. Así, el ciclo se reproduce
infinitamente, a lo largo de un tiempo igual de infinito.
Sin embargo, existen casos donde el proceso evolutivo puede ser modificado, incluso
acelerado. Muchas de las mascotas modernas tienen antecedentes en animales salvajes; los
cambios gestados se pueden realizar a través de técnicas de
breeding
selectivo, donde los
criadores seleccionan las características que querían o no conservar. El proceso es lento
pero, como puede observarse a simple vista, muy efectivo (sólo imagínese un lobo salvaje
junto a un perro faldero).
El problema es que para todas las especies dirigir su propia evolución es imposible por una
sencilla
razón:
carecen
del
self-awareness
necesario
para
detectar
sus
necesidades
evolutivas. Existe sólo una especie, la humana, capaz de analizarse a sí misma en un
contexto dado y, a partir de allí, clasificar una serie de carencias que deben corregirse.
Desafortunadamente, que la humanidad se evolucionara a sí misma por estos métodos
requeriría un esfuerzo imposible. Sólo queda una alternativa: la evolución “artificial”.
A través de algunas sustancias y cirugías se pueden modificar las cualidades físicas de un
individuo, pero estos cambios no son perdurables porque en el proceso evolutivo no hay
herencia de características adquiridas. De modo que el primer paso sería la evolución
genética: la manipulación de cualidades intrínsecas que puedan heredarse. A través de ella
podría potenciarse la fuerza o el intelecto, e incluso eliminar características indeseables.
Este proceso tiene una limitante fundamental, pues ni la fuerza ni la inteligencia pueden
llevarse más allá de
excederse de las características físicas de los músculos, o sobrepasar la
capacidad de las neuronas finitas.
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El siguiente paso, más artificial que el anterior, sería modificar aquellas partes del cuerpo
que no sean capaces de manejar las funciones mejoradas. De este modo, un esqueleto
podría contribuir a la resistencia necesaria para soportar la fuerza extra. Estos implantes
biónicos podrían, incluso, reemplazar algún miembro perdido o cumplir la función de un
órgano dañado. Hasta este punto aún hablamos de humanidad, pues los implantes no son
heredados (son características adquiridas) y los genes, aunque modificados, siguen siendo
los mismos.
Siguiendo (en este sentido) esta misma línea, el avance lógico sería la mejora de los propios
implantes. En la tierra, la vida está compuesta por materia orgánica, cuyo elemento
fundamental es el carbono, por lo que los implantes mejorados deberían ser creados a partir
de materia orgánica artificial, que podríamos llamar materia biosintética. Si las mejoras se
registraran en el código genético (escribiendo en el ADN las instrucciones para que el
cuerpo genere este material híbrido), los humanos mejorados de este modo pertenecerían a
una especie distinta, y podríamos clasificarlos como transhumanos, por su
carácter
transitorio y trascendente.
El gran problema adaptativo
(y la razón por la cual requiere evolucionar) es el consumo
desmedido de recursos, de modo que la fase final tendría dos momentos principales:
la
purificación y la depuración. Purificar implicaría eliminar de la especie transhumana los
vínculos humanos, representativos de sus limitaciones; si es posible la vida orgánica a base
de carbono, es posible la vida sintética a base de algún componente no degradable (los
implantes biosintéticos representan el punto intermedio entre ambas formas de vida). El
paso de los transhumanos a una forma sintética de vida implicaría un cambio tan grande
que se crearía una especie nueva: los posthumanos. A ellos les corresponde la última tarea
de la humanidad (pues fue una labor humana acelerar la evolución): la depuración: eliminar
sistemáticamente todo rastro de las especies humana y transhumana.
Al ser el posthumano un ser que conscientemente ha evolucionado hasta un estado superior,
se tiene por cierto que sus rasgos más sobresalientes deberían ser el consumo eficiente de
recursos no orgánicos, capacidades físicas aumentadas, potencial intelectual ilimitado e
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inmortalidad biológica. La humanidad, en este punto considerada un fósil viviente, debería
ser erradicada y, con ella, su parasitismo. Sólo entonces podría el mundo seguir su curso
evolutivo, sanando las heridas causadas por los voraces homínidos. Los posthumanos, un
pequeño grupo de seres inmutables, deberían habitar la Tierra en paz, cultivando por
siempre las ciencias y las artes. Todas menos la historia, condenada a
desaparecer, pues
una generación se extendería indefinidamente. La vida de un ser infinito no tiene
horizontes; no hay sendero andado ni rumbo. No hay memoria ni esperanza.
Les juro que así es como ocurrió.
1
Egresado de la carrera de comunicación del ITESM y actualmente estudiante de maestría en la misma
institución.
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