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Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
HACIA UNA ERÓTICA DEL MICROTEXTO
Lobsang Castañeda
1
Resumen
En el artículo se aborda el tema de la literatura microtextual (aforismo, minificción, etc.)
desde una perspectiva sensualista. Se ofrecen diversos ejemplos.
Abstract
In this article we discuss microtextual literature (aforisms, minifictions, etc.) from a
sensualist perspective. Several examples listed.
Línea que se eleva del papel a los sentidos: línea desalineada, línea leída. Explosión no
sorpresiva (ni tolerada, ni imprevisible, ni angustiante) sino requerida y saboreada por el
lector que desalinea la línea; detonante de un algo desconocido y sensual que conmueve (o
sea: que se mueve y nos mueve), producto de las hábiles estratagemas del burlador; fulgor
que se produce al levantarse la línea hacia nosotros y que logra percibirse en la oscuridad
de la noche, cuando el afuera ya está en calma y en silencio; plenitud que nos hace respirar,
transpirar, jadear, el microtexto, para despuntar (es decir: para gastar su punta, para
embotarse), tiene forzosamente que ser orgásmico. Lo mínimo escrito, para moverse y
desalinearse, debe acalambrar y liberar; acelerar el pulso, dilatar las pupilas, destapar los
poros; poner en máxima tensión cada músculo e inaugurar, al mismo tiempo, el
relajamiento paulatino del organismo.
Lo breve escrito debe ser un mazazo en la cabeza (
sic
), un golpe efervescente y certero que
dañe de manera irreparable. Lo breve, cuando escrito, burbujea, produce esferas de aire que
suben y revientan enfurecidas; globos, bolas (
sic
), pompas (
sic
) que alivian. El orgasmo de
la escritura, cuando breve, es ahogo y desahogo perfectamente concatenados. La exigua
línea que tras la lectura se desalinea y emerge del texto va directo a los genitales,
produciendo una caricia novedosa y placentera, provocando la respuesta dura o húmeda del
lector(a). La desalineación de la línea se da solamente donde hay receptividad y disposición
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para la compañía, donde no hay temor, pudor ni remilgo. La línea sube cuando se quiere
querer.
Cuando leemos aforismos (u otros microtextos parémicos) o cuentos breves (minificciones)
buscamos, como quien dice, el receptá
culo
que nos a
cogerá
. Buscamos el hábitat de la
eyaculación y, por lo tanto, la polución misma. Leemos microtextos parémicos o de ficción
solicitando la efusión del semen: la triunfante expulsión de la bestia que llevamos dentro.
Leemos aforismos o brevísimas ficciones para llegar. Al presentir el estallido (el espasmo,
la punzada, la convulsión anunciadora) sabemos que hemos encontrado un oasis inagotable
de
placer
literario. Un buen microtexto (parémico o de ficción) nos gusta porque nos excita.
En
Elias
Canetti,
por
ejemplo,
encontramos
delicias
psicosomáticas,
regodeos
que
comienzan siempre en la cabeza y terminan en las partes pudendas: “Nada es más grande
que el pensar, cuando empieza siempre de nuevo: el salto, el salto, el apartarse de la nada,
del punto muerto.”
De Joseph Joubert, por el contrario, podemos extraer sólo encuentros insípidos,
coitus
interruptus
: “Ser natural en las artes, es ser sincero” o “Hay una edad en que las fuerzas de
nuestro cuerpo se desplazan y se retiran a nuestro espíritu”.
Por su parte, Antonio Porchia nos proporciona instantes de pasión melancólica: “Cada vez
que me despierto, comprendo que es fácil ser nada.”
Georg Christoph Lichtenberg es más agudo y sofisticado, más parafílico: “¿Creéis acaso
que el buen Dios es católico?” o “Eso que ustedes llaman corazón está bastante más abajo
del cuarto botón del chaleco” o “La invención más fácil para el hombre: el paraíso”.
En Pessoa no hay tanta soltura como recato, sólo posiciones convencionales, nada de
doggie style
: “Me duele la cabeza y el universo” o “Me gustaría amar el amar”.
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En cambio, Juan Filloy es mucho más sensual y cantarín: “Si no quieres padecer
materializa al amor; pues tocante a la mujer lo „tocante‟ es lo mejor.”
En
Péndulo y otros papeles
Cristóbal Serra, él mismo amante de los microtextos, despliega
un erotismo juguetón y perverso: “Me gusta escribir con lápiz y con látigo”.
Y otro español, Carlos Edmundo de Ory, es toda lubricidad festiva, pura cópula al decir:
“La gula que estrangula” o “Lo que llaman angustia yo le llamo el coco” o “El hombre está
compuesto por 90% de agua.
.. sucia” o “La esencia calienta la conciencia” o “Kierkegaard
una tarde borracho sus camaradas lo arrastran a un lupanar”.
Uno de los clásicos, Vauvenargues, se muestra más recatado y simplón como un ósculo
infantil: “Los grandes pensamientos proceden del corazón”.
Supongo, entonces, que escribir buenos microtextos (parémicos o de ficción) es como hacer
bien el amor. Es decir: no sólo “hacerlo” (como lo “hacen” los adolescentes y los zafios)
sino hacerlo bien, eróticamente, con
detenimiento
y pericia. No cabe duda, todos podemos
fornicar; no todos, en cambio, sabemos hacerlo bien. Todos sentimos que podríamos, dado
el
caso,
escribir
aforismos
o
minificciones
sin
problema
alguno;
no
todos
lo
conseguiríamos. El desempeño de una escritura breve es proporcional al desempeño
erótico-sexual de su autor. Escribir microtextos contundentes depende de un considerable
sex appeal
. Escribir buenos aforismos o cuentos breves significa
saber
bien-excitar a
alguien; echarlo a andar; poner en marcha ―mediante la práctica congruente de ciertos
preceptos: mediante el
oficio
de pensar o de contar― el deseo del lector hasta volverlo
irreversible: dejarlo ir, permitirle fugarse en líquido. Si a mí, como lector, me gusta un
microtexto es porque ha conseguido “eyectarme”, porque ha suscitado en mí ―a partir de
una forma de trabajo
aforística
o
cuentística
que logra engendrar otra forma de trabajo
erótica
― un procedimiento eyaculatorio que se encamina al éxito. He aquí, pues, uno de
tantos amalgamamientos entre lo difícil y lo placentero. Cuando leo un microtexto sin
gracia, sin encanto, que ha sacrificado por quién sabe qué cosa la guarnición de agudeza
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que le corresponde a todo lo breve; cuando termino por enumerar unas cuantas palabras
quizá bien acomodadas pero sin chiste; cuando acabo por masticar frases ramplonas,
rústicas, no puedo evitar pensar en un autor estéril, con el miembro marchito o purulento, o
en una autora con los senos desahuciados, tristes, llena de arrugas que ya no representan la
sapiencia amorosa sino el franco declive.
Me parece ridículo (y miserable) quien piense que escribir un microtexto es cosa fácil, algo
sencillo, pues creería también que copular es un asunto elemental. Desde siempre, el
aforismo y la minificción han sido placeres complejos. Así como uno no va por la vida
sumando orgasmos sino puliéndolos, refinándolos, construyéndolos, trabajándolos, de igual
manera uno no va por ahí leyendo o escribiendo microtextos (parémicos o de ficción) por el
simple hecho de que parece ser una tarea superficial o nimia. El microtexto es de quien
pone en él su máximo empeño. El microtexto es de quien lo labra con paciencia, ya que
implica, para el autor, un
verse bien con poco
y, para el lector, un quedarse adherido desde
la vista a un “bikini” que, sin descubrirlo todo, enseña “lo necesario”. Pero una escritura-
bikini no sirve de nada si no remedia, a su vez, la frigidez, la anorgasmia, la disfunción
eréctil o la eyaculación precoz del lector. La gran explosión del microtexto debe ir
precedida por y ser consecuencia de una serie de implosiones miniatura anticipadoras del
clímax. En el fondo, la escritura, cuando breve, contiene la desalineación total de la línea,
su liberación.
El autor de microtextos parémicos o de ficción debe ser un seductor que, como todo
seductor, la mayoría de las veces lleva las de perder. El lector, en cambio, es el objetivo de
los poderes de seducción del autor: la seducción en potencia. El primero, digo, tiene
muchas más posibilidades de fracasar, tal y como se fracasa, por ejemplo, el 95% de las
veces en las que se intenta abordar a una mujer desconocida. El segundo, por el contrario,
se entrega con regularidad a la indiferencia, ni nociva ni reparadora, como cuando, en una
noche de fiesta, la mujer que nos interesa se va sin despedirse, sin buscarnos entre la
muchedumbre, sin aprenderse siquiera nuestro nombre. Llamo “frase” a todo aquello que
linda con la frustración del fracaso y con el suplicio de la indiferencia. Las frases son
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cuerpos glaciales, zonas de hielo que ahorcan los ímpetus amatorios, icebergs que
desorientan a los erotómanos. La frase es la copia defectuosa del microtexto: un microtexto
malogrado. Un libro de frases no le aporta nada a la cultura ecuménica desde el momento
en que está construido con desechos humanos, con excrecencias pestilentes que neutralizan
las feromonas del apetito carnal. Todo libro de frases es la representación exacta de una
sociedad asexuada.
Para que el fracaso y la indiferencia no se hagan presentes, el microtexto tiene que
sorprender, atraer y descargar. Estos tres momentos: la invocación de la sorpresa, el ardid
de la atracción y la consecución descargante del deseo, son los que, al superar la materia,
graban la obra en el lector haciéndolo llegar a la cresta del deseo. O sea: que en el idilio de
la lectura que desalinea-la-línea la extensión pasa a un segundo plano, se excluye por
insignificante. Si la duda persiste no hace falta más que trasladar la experiencia literaria de
la lectura desalineante al terreno de la experiencia sexual genital: si el otro cuerpo se acopla
bien a nosotros, si se con-mueve y nos con-mueve, poco importa su complexión: si es
gordo o flaco, grande o pequeño, ancho o estrecho. Así también, si el microtexto logra
levantar la línea y provocar la explosión del lector es porque, sin importar su pequeñez, está
cargado de una serie de energías orgiásticas que lo pueden conducir a una satisfacción
enorme (¡
Le grand finale
!). En el ámbito de la escritura brevísima los extremos se tocan:
Microtexto-Macrosexo.
1
(Ecatepec, Estado de México, 1980). Es escritor. Estudió la licenciatura y la maestría en filosofía en la
Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Parte de su trabajo ha sido incluido en las revistas
Este País
,
Punto de Partida
,
Alforja
,
Luvina
,
Metapolítica
y
Casa del Tiempo
, así como en las antologías de ensayo:
El
hacha puesta en la raíz
(México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2006),
Contra México lindo
(México,
Tumbona Ediciones, 2008) y
La conciencia imprescindible
(México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2009).
Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, de los programas Jóvenes Creadores e
Intercambio de Residencias Artísticas México-Argentina del FONCA y del Programa de Estímulos a la
Creación Artística del FOCAEM.
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