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Política y Poder
Literatura Contemporánea de Partidos:
Breviario de una (inexistente) Teoría General
Víctor Hugo Martínez González
Resumen
La literatura académica de partidos políticos es un
océano creciente a olas imparables. Dicha literatura
(heterogénea por los diferentes enfoques de análisis
bajo los que los partidos son estudiados) ha tenido
etapas evolutivas con resultados muchas veces
contradictorios (de la hipótesis “la crisis de los
partidos” a la contra/hipótesis “la crisis del concepto
crisis de partido”, por ejemplo). Este ensayo (elaborado
como una brújula con la que fabricarse un breviario de
tan inmensa literatura) propone algunas señales para
orientarse dentro de ese bosque narrativo.
Palabras claves:
partidos políticos, escuelas de
análisis, líneas de estudio.
Introducción
Víctor Hugo Martínez González.
Doctor en Ciencia Política por FLACSO-
México. El presente ensayo es un extracto
del proyecto posdoctoral de investigación
Modelos Post-Clásicos de Partido 1990-
2007.
El debate actual de los partidos tiene, en el nivel de la
literatura especializada, una efervescencia parecida a la
de las décadas cincuenta y sesenta del siglo pasado,
cuando el estudio académico de estas organizaciones se
consolidara como un campo de la ciencia política.
Varias causas contribuyen a este desarrollo. La más
citada alude al papel fundamental que los partidos
jugarían en las transiciones a la democracia en distintos
continentes. Pero hay una razón menos popular, menos
visible, pero igualmente importante. Ésta constituye una
suerte de
mea culpa
por parte de los especialistas. Tras
dos décadas (años setenta y noventa del siglo XX) de
pronosticar la crisis de los partidos como un proceso
que eventualmente conduciría a su desintegración, los
partidos desacreditarían la profecía. Vivos a pesar de su
crisis, la sorprendente capacidad de adaptación de los
partidos abriría así una nueva etapa de investigación.
1
Otoño. Vol. II, No. 4, 2007
Política y Poder
Al calor de
la crisis del concepto crisis de partidos
, un sector de la literatura
contemporánea revisa, reajusta, remodela
sus anteriores hipótesis, enfoques o
procedimientos de estudio.
En este contexto, adentrarse actualmente en la literatura partidista constituye una
excelente oportunidad para conocer el trayecto e historia de ciertos conceptos, escuelas de
análisis o tipologías clasificatorias. De la mano del empeño que algunos especialistas han
puesto en esta tarea, este artículo pretende describir, en líneas generales e incompletas,
resultados emanados de este horizonte de investigación. Desde este plano, útil como
miscelánea de lecturas, el texto tiene dos partes: 1) una explicación esquemática de tres
fases de la literatura académica que trascurren por el surgimiento de los partidos de masas,
su afamada decadencia, y como tesis novedosa, la “crisis del concepto crisis de partido”; y
2) una reflexión sobre las implicaciones de la falta de una teoría general de partidos. Con
esta hoja de navegación, zarpa el texto.
De los orígenes a los horizontes literarios
Quien haya visto el filme
Roma
, de Adolfo Aristaráin, quizá recuerde uno de sus
parlamentos más lacerantes: “uno nunca debe volver a los lugares donde fue muy feliz”.
Esta frase es aplicable al estudio académico de los orígenes de los partidos. Por mucho
tiempo contamos con una versión estándar de cómo los partidos habrían emergido. Tal
relato, bebido de autores como Weber (1967), Duverger (1957), Sartori (1980), Lipset y
Rokkan (1992) o LaPalombara y Weiner (1966)
1
, nos hablaba de tres tipos de nacimiento:
el institucional (los partidos como fruto del advenimiento de la democracia y la ampliación
del sufragio: Weber, Duverger, Sartori); el histórico-conflictivo (los partidos como
producto de clivajes y grandes quiebres sociales en una comunidad: Lipset y Rokkan); y el
acuñado por la teoría de la modernización (los partidos como derivaciones de ciertos
avances estructurales de la modernidad: LaPalombara y Weiner).
En años recientes, por eso aquello de no volver al lugar donde se fue feliz, la ciencia
política ha puesto en duda la universalidad de la explicación sobre el origen de los partidos.
Más claro todavía: el estudio del origen de los partidos no es un tema agotado, sino objeto
de (re)examen y revisitaciones que cuestionan lo que hasta ahora conocíamos sobre su
irrupción histórica. El revisionismo va incluso más allá: los partidos de masas, los que
nacieron a finales del siglo XIX como efecto de la democracia, los clivajes o la modernidad
políticas, quizá no habrían sido tan parecidos a las imágenes que Duverger (1957) o
Neumann (1965) nos legaron. Veamos primero ese retrato canónico, y después al menos
una de sus últimas (de) construcciones.
1
De las obras que acabo de citar, aunque lamentablemente sin traducción al castellano, el capítulo uno de
LaPalombara y Weiner es el clásico más apropiado para conocer las teorías del origen de los partidos.
2
Otoño. Vol. II, No. 4, 2007
Política y Poder
¿Qué fue el partido de masas?
2
Forzado por razones de espacio a ponerme
esquemático, resumiré salvajemente la noción clásica de este tipo de partido bajo los
siguientes incisos:
a)
Una organización popular, impuesta sobre los anteriores partidos elitistas
(de cuadros/personas “notables” de la sociedad) del siglo XIX.
b)
Una organización clasista, representativa de sectores sociales muy
específicos (obreros, burgueses, campesinos, religiosos, etc.), con un
canon ideológico y programático fuerte e innegociable
3
que la convertía
en una comunidad con una subcultura propia y en expansión.
c)
Una organización que, mediando entre el Estado y la sociedad civil,
articulaba y agregaba las demandas de los grupos de intereses
4
bajo un
ideal de sociedad.
d)
Una organización que, siguiendo a Duverger, consideraba a la
competencia electoral sólo como uno (entre muchos) de los medios para
obtener fines que, trascendiendo el deseo de obtener cargos públicos,
incluían la mejora de las condiciones de vida de la ciudadanía, la
educación política de los ciudadanos o, como Neumann dijera, la
conversión del individuo privado en un “zoon politikon” integrado a su
comunidad y ocupado por la suerte de sus congéneres
5
.
El partido de masas, y no preciso aquí ningún exceso retórico, tendría en la literatura
(como puede verse en los incisos anteriores) una estetización considerable. Vamos, de tan
bello y exitoso que era este partido, hasta las organizaciones más conservadoras de derecha,
aseveró Duverger, imitarían la forma y actuación de un partido cargado esencialmente a la
izquierda.
La literatura contemporánea de partidos, que bien podríamos denominar “post-
clásica”, es escéptica ante el supuesto pasado glorioso del partido de masas. Razones no le
faltan. El primer estudioso de los partidos (Ostrogorski, en 1902) publicaría una impresión
de los partidos insalvablemente pesimista. Michels, otro decepcionado, se lamentaría en
1911 de la condición de los partidos europeos de izquierda. Epstein (1967), enemigo del
diagnóstico de Duverger, establecería la inexistencia de cualquier cosa parecida a “un
contagio de la izquierda” por parte de la derecha; antes, más bien, estipularía, en los años
sesenta estaría ocurriendo una derechización de los partidos.
¿En qué quedamos entonces? Para no enredarnos, concluyamos esta parte
contrastando las características casi sagradas del partido de masas con un apunte crítico
2
Ningún autor mejor que Duverger
(que publicó en 1951 su título
Los Partidos Políticos
) para obtener la
respuesta clásica a esta pregunta.
3
Desde la óptica ideológica de estudio, el libro recomendable por excelencia es el de Beyme (1986).
4
Las funciones de articulación y agregación de intereses de los partidos son pertenencia de la literatura
funcionalista concentrada en el tema. Un libro a la mano para empaparse de ese funcionalismo partidista es
Almond y Powell (1972).
5
Una visión radicalmente opuesta, que define a los partidos como equipos de personas únicamente
interesadas en el poder, prestigio y renta de los cargos públicos, es ofrecida por la teoría de elección racional
de los partidos. Para acercarse a ese vector conceptual el lector debe revisar a Downs (1973).
3
Otoño. Vol. II, No. 4, 2007
Política y Poder
caído de la pluma de Scarrow
6
(2000): el partido de masas de Duverger, dado que los
registros empíricos de militancia que se tienen de los años cuarenta y cincuenta del siglo
XX desautorizan a hablar de un verdadero partido de integración social, habría sido más
una prescripción que una descripción. Cerremos aquí este punto, dejando alevosamente que
el lector cavile sobre las dimensiones de la nota de Scarrow.
Paso ahora, a partir de este párrafo, a una segunda etapa de la literatura partidista.
En 1966, la investigación y dictados académicos darán un vuelco atizado por la
formulación de Kirchheimer del concepto de partido “catch-all” (partido agarratodo o
partido escoba)
7
. Un partido
catch-all
, informaría Kirchheimer, era distinto a un partido de
masas porque: a) ya no era clasista, sino interesado en los votos y preferencias de los
sectores sociales más disímbolos; b) por haber extendido heterogéneamente su territorio de
caza electoral, habría rebajado, hasta casi desaparecer, su identidad, contenidos y códigos
ideológicos; c) conformaba internamente su organización en función de profesionales de la
política avenidos a negociar pragmáticamente las posiciones del partido; y d) dada su
profesionalización alrededor de un círculo restringido de líderes, se deshacía
crecientemente de una militancia posible de sustituir con recursos técnicos (medios de
comunicación, por ejemplo) más apañados y eficientes para cumplir con la tarea de
buscarse apoyos.
De los años sesenta a los noventa del siglo pasado, teniendo como inspiración el
balance analítico de Kirchheimer, la literatura académica de partidos equiparía
progresivamente la evolución del partido de masas al partido
catch-all
con un síntoma de
crisis. Esa idea prohijaría al cabo del tiempo la tesis de la descomposición más absoluta e
irreversible de los partidos. Por más de 20 ó 25 años, así las cosas, quien se interesara en la
bibliografía partidaria se encontraría fácilmente con análisis y títulos que abundaban en la
decadencia, desaparición, desdibujamiento de los partidos. Me referiré, para ahorrarme las
vertientes de este debate, a un libro enteramente representativo de esta tendencia (¿moda?)
literaria:
When Parties Fail
(“Cuando los Partidos Fracasan”), editado en 1988 por Lawson
y Merkl. Ese texto, como casi todos los afines a la premisa de la crisis terminal de los
partidos, haría una apuesta académica consistente en la inminente evaporación de los
partidos y su aún más inminente sustitución por movimientos sociales que, a diferencia de
los partidos cansados y enfermos, no sufrirían la falta de representación de las demandas
ciudadanas
8
.
A la usanza de la revisitación académica de los orígenes de los partidos, la literatura
especializada pondrá en juicio (
mea culpa
) también la tesis de la muerte y enterramiento de
los partidos. La causa de ello puede ser doble. Primero: tras ríos de tintas y páginas, jamás
habría un consenso feliz sobre el significado, tamaño o consecuencias de la supuesta y
6
Scarrow es la estudiosa actual más reputada en el tema de la militancia partidista. Contra la idea de que los
militantes son ya inservibles para los partidos, ella demuestra en sus escritos la antítesis de esa idea.
7
La aparición original del artículo de Kirchheimer fue recabada en el libro de LaPalombara y Weiner al que
hice antes referencia. En 1980 un libro de Lenk y Neumann publicaría en castellano el análisis de
Kirchheimer. Cito (como todos los títulos que me sean posibles) la versión en nuestro idioma.
8
El libro de Lawson y Merkl sigue sin ser traducido al castellano. El lector puede, empero, encontrar muchos
sucedáneos en nuestro idioma.
4
Otoño. Vol. II, No. 4, 2007
Política y Poder
académicamente popular crisis de los partidos
9
. Y segundo, una razón harto simple y obvia:
¿por qué, extendido y solemnizado ya el obituario de los partidos, estas organizaciones
(neciamente darwinistas) han sobrevivido a su desahucio académico, al derrumbe del muro
de Berlín, a la levedad más insufrible del posmodernismo, al enfado y desconfianza de los
ciudadanos?
Tras millones de cuartillas, análisis, investigaciones, ¿acaso los partidos no siguen
estando ahí, convocando nuestros votos y sirviéndose de ellos para disputarse legal y
legítimamente el poder? Una pregunta como ésta abriría una tercera fase en la literatura
internacional de partidos. Voy a ella a partir del siguiente párrafo.
En los primeros años de los noventa del siglo pasado
10
, los teóricos partidistas,
dados como son a la construcción de modelos y tipologías, propondrían en términos
conceptuales la imagen de un “partido cártel” (Katz y Mair 1995
11
). Un partido cártel, nos
dicen desde entonces, es una respuesta adaptativa de los partidos a las amenazas
ambientales (desidentificación partidaria de los ciudadanos, sociedad de consumo, caída de
ideologías, globalización, imperio de los medios masivos de comunicación y tecnología,
etc.) que acechan a estas organizaciones políticas.
Para sobrevivir, los partidos (sugiere la teoría más reciente) han tenido que
transformarse y amoldarse a las condiciones de las democracias industriales. Su principal y
más exitoso cambio, me ahorro otra vez los detalles que no caben en estos folios, estaría
dado por su nueva ubicación geográfica dentro del Estado. Si el partido de masas,
recordemos, ocupaba el intersticio espacial entre el Estado y la sociedad civil, el partido
cartel habríase instalado dentro de los propios aparatos, contornos e instituciones estatales,
operando desde ahí, a la manera de un cartel, en una relación de convivencia cómplice con
los demás partidos incluidos en el régimen.
9
Las fuentes del (anti)consenso, más allá del momento específico en que la literatura discutía la crisis
partidaria, son imputables a un factor de fondo: la falta, ya no de una versión homogénea del sentido de la
crisis de los partidos, sino incluso de un concepto unívoco de partido político, esto es, una teoría general de
los partidos que, por ausente, permite las más variadas interpretaciones, matices y abordajes. Volveré sobre
esto (no para agotar el tema cuanto para sólo aludirlo) en el segundo punto de mi artículo.
10
En 1992 Katz y Mair (los estudiosos de la organización de los partidos actualmente más prestigiados)
publicarían un manual sobre datos referidos a los procesos internos de los partidos. Sin tener ahí propiamente
su comienzo, la tercera etapa de la literatura partidista posee en el trabajo de Katz y Mair uno de sus
detonadores. Con ellos, se recuperaría una línea de análisis iniciada antes por Janda: recopilar, cuanto
abrumadoramente fuera posible, datos empíricos de la organización interna de los partidos como materia
prima de un trabajo inductivo y comparativo. Luego de 1992, Katz y Mair publicarían en 1994 el segundo
volumen de su colección. Se espera hasta el momento el tercer volumen de estos autores.
11
La publicación del concepto partido cártel es anterior a 1995. Katz y Mair habían difundido ese término al
menos desde 1990 en foros y congresos. Cito su versión de 1995 porque ella aparece en el primer número de
la revista
Party Politics
, seguramente la publicación periódica más especializada y consistente en esta última
etapa de literatura partidista. En el primer número de
Party Politics
, con la aparición del texto de Katz y Mair,
el lector puede hallar también refutaciones a esta tipología. En 2004, el doble número 108/109 de la revista
Zona Abierta
traduciría al castellano el artículo de Katz y Mair y las críticas académicas al modelo conceptual
del partido cártel.
5
Otoño. Vol. II, No. 4, 2007
Política y Poder
Ciertamente poco épica, esta imagen partidista, visto que los partidos actuales viven
por y el financiamiento público, parece sin embargo poco errada. Ganando lugar dentro de
las estructuras estatales, los partidos, dueños del monopolio de la representación política, se
habrían alejado del precipicio al que fueron condenados por la literatura catastrofista.
Redivivos, fuertes y al frente de los gobiernos, su estado actual, de tan sano, no sería de
crisis sino, más bien, fuente de la tesis académica de “la crisis del concepto crisis de
partido”. Investigar y explicar el tránsito del pronosticado, pero no corroborado
agotamiento de los partidos, a su metamorfosis y renacimiento fortalecidos, ocupa hoy a la
literatura contemporánea o post-clásica
12
.
Entre los muchos temas de interés y desarrollo post-clásicos, resaltaré tres que me
parecen provocativos.
Primero, la compatibilidad de la democratización de los partidos (exigida por la
sociedad y en apariencia interiorizada por estas organizaciones) con sus históricas
tendencias a la centralización de sus mandos. Los partidos, conformados al fin y al cabo por
individuos que disfrutan del poder y ocupan sus energías en retenerlo, dan a últimas fechas
señales de su aptitud para mantener, sin romper con sus líneas verticales de autoridad, un
gobierno interno integrado por círculos restringidos, profesionales y en buena manera
legítimos. Si ello es representativo de la consabida oligarquía
micheliana
, es un asunto que
precisa investigación empírica y no la simple imputación de lo que Michels, sin haberlo
propiamente demostrado, escribió en 1911.
Segundo, el surgimiento, gracias a autores como Van Biezen (para el caso de los
partidos de sur europeo), Kitschelt (para el caso de los partidos del centro y este de
Europa), o Levitsky (para el caso de partidos latinoamericanos), de una incipiente corriente
de estudio que construye sus bases conceptuales de investigación, influida pero no
determinada, por la literatura norteamericana y europea más reputada y difundida. Para
estos autores y otros afines a su propuesta, la literatura - digamos - “clásica u oficial” no
acaba de embonar como el mejor lente conceptual desde el que observar sus peculiares
criaturas de análisis. Buscando así una relación dialéctica entre teoría y datos, autores como
los que he nombrado, diseñan, muchas veces con éxito, marcos conceptuales novedosos y
sugerentes.
Tercero, el ajuste interno de cuentas de la literatura clásica y post-clásica
(norteamericana y europea) devora, como era de esperar y celebrar, a sus propios hijos. Ya
el partido cartel, sometido a severas críticas, es cuestionado por cierta imprecisión en sus
presupuestos. Más aún, la fiebre tipológica (a la propuesta del partido cartel se han sumado
por estos años la del partido posmoderno, la del partido taxi, la del partido de firma
empresarial, la del partido presidencialista, etc.) es situada también en la silla de los
12
Recomiendo al lector particularmente tres textos post-clásicos: Gunther, Montero y Linz (2002; con
próxima traducción al castellano por la editorial Trotta); Katz y Crotty (un manual portentoso publicado en
2006); y la caza de Wolinetz (2008, en prensa), un autor atrevido que pasa por cuchilla el conocimiento
clásico de los partidos políticos.
6
Otoño. Vol. II, No. 4, 2007
Política y Poder
acusados. Cosa normal, pero digna de festejarse: la ciencia política aplicada a partidos,
como buena ciencia, avanza refutándose a sí misma.
Una Teoría ¿General? de los Partidos
Para quien pretenda acercarse al universo literario de los partidos, no debiera resultar
dramático toparse con la falta de una teoría general de estas organizaciones. La abundancia
de estas perspectivas de estudio no constituye un vacío cuanto una riqueza. Existen, vamos
a ver, enfoques de estudios organizativos (Panebianco
13
), ideológicos (Beyme),
funcionalistas (Sartori) y de elección racional (Downs). Todos ellos, además, son objeto de
la escuela comparativista ejemplarmente representada por Janda.
Cada perspectiva de estudio, por su teoría y metodología específicas, produce un
concepto diferenciado de partido que, sometido a la crítica interna de sus tradiciones de
análisis, evoluciona contingentemente. No podía ser de otra manera: cualquier concepto de
partido político adolece de la radical insuficiencia de ser universal por cuanto los partidos
no han sido lo mismo en todo tiempo y lugar. Dado esto, qué mejor, para escapar a las
decepciones, que asumir al estudio de los partidos políticos como cuna de teorías de rango
medio, esto es, teorías, si bien no universalmente aplicables, sí factibles de verificación y
comprobación empíricas.
Si esto es así, un error frecuente, con repercusiones políticas no despreciables,
radica en postular (como mediáticamente es habitual) la falsa existencia de un modelo ideal
de partido al que los partidos precaria y realmente existentes debieran plegarse. Ese modelo
soñado y reclamado (ya por periodistas, ciudadanos y hasta profesores universitarios) suele
estar aún atado a las propiedades de un partido de masas que, al menos desde 1966, la
literatura especializada ha puesto en duda que continúe existiendo. El partido de masas,
visto de una perspectiva globalmente histórica, tal vez haya sido, como ocurriese
justamente con el Estado de Bienestar Social, más una excepcionalidad que una regla en el
desarrollo de las sociedades.
Esta última reflexión, por ser dolorosa, merece otro apunte. Con él termino este
artículo. En la conexión entre los partidos y la ciudadanía quizá suceda algo parecido a las
relaciones sentimentales de pareja. Primero: una etapa de enamoramiento en la que el
partido de masas, clasista, ideológico y programático, habría seducido a la sociedad civil.
Segundo: una etapa (al parecer ineludible según el archivo sentimental de las personas) de
desgaste, donde el reemplazo del modelo de masas por el modelo
catch-all
significaría una
crisis en la relación partido-ciudadanos. Tercero: una reconciliación, pendiente o imposible
(eso está por verse), en virtud de un partido cartel que, luego de una primera separación, no
13
Panebianco es, sin duda, una excelente guía para familiarizarse con los contenidos de la escuela
organizativa de los partidos. Discípulo y seguidor de Duverger, Panebianco es en muchos centros
universitarios de México una referencia ineludible. Su conocimiento es obligado, pero también su
trascendencia. Panebianco ha escrito en 1982, luego de lo cual mucha agua ha llovido ya sobre el campo
académico de los partidos políticos.
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Otoño. Vol. II, No. 4, 2007
Política y Poder
luce ya tan guapo y posee poderes de seducción a la baja porque: a) la política misma se ha
transformado y afortunadamente no se agota más en la relación partidos-ciudadanos; b) los
ciudadanos, habrá que decirlo, tienen y exhiben deseos contradictorios sobre lo que esperan
y desean de sus partidos (¿el ciudadano de a pie, pero también el de limusina, realmente
anhela la vuelta de las ideologías heroicas o prefiere continuar su vida sin tener que pensar
en la molesta política?); y c) la naturaleza actual de los partidos, contrastada normativa e
implacablemente con lo que supuestamente alguna vez fueron estas organizaciones,
continúa incomprendida, no sólo para el público en general, sino para el interesado en
estudiar estos temas (¿cuántos de nosotros, por ejemplo, hemos cursado seminarios
universitarios y de post-grado sin revisar literatura partidaria que fuera más allá de los años
setenta del siglo pasado?).
En relaciones sentimentales, una pareja, si hay suerte, tiene sustituto o sustituta. Las
más de las veces, de hecho, pasa así. Pero en la relación de los partidos y la ciudadanía, sin
inventarse aún otra organización más apropiada y eficiente para desahogar la competencia
civilizada por el poder, carecemos de esa fortuna. Por eso, lejos del fastidio, el debate
actual de los partidos requiere de ese elemento pasional con el que las cosas suelen salir
mejor. O eso, o parafraseando el cariño irónico de Borges por Buenos Aires, nuestro lazo
con los partidos penderá del espanto.
Referencias
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Evolutiva
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1(1).
8
Otoño. Vol. II, No. 4, 2007
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