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Entrevistas
1
“Hay que dejar claro que la universidad es una realidad política por que es
una realidad histórica”.
Entrevista con Héctor Samour
Por Daniel Miguel Juárez
TEMA
.
Compromiso Social Universitario.
Héctor Samour nació en San Salvador en 1952. Después de obtener un profesorado en
ciencias y licenciarse en filosofía en 1979, pasó a formar parte del Departamento de
filosofía de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador (UCA).
Desde ese año hasta el presente ha impartido numerosos cursos sobre temas diversos de
historia de la filosofía, metafísica, epistemología, lógica, filosofía política, filosofía del
derecho y filosofía latinoamericana. Entre 1980-1982 realizó estudios de maestría en
filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En 1994 obtuvo en la
UCA una licenciatura en sociología y en el 2000 obtuvo en la misma universidad un
doctorado en filosofía con una tesis sobre la génesis y estructura del pensamiento
filosófico de Ignacio Ellacuría. Durante diez años fue decano de la Facultad de Ciencias
del Hombre y de la Naturaleza y en la actualidad se desempeña como Jefe del
Departamento de Filosofía y Director de las carreras de maestría y doctorado en filosofía
iberoamericana de la UCA. Ha sido profesor visitante de Swarthmore College, en
Philadelphia, Estados Unidos, y ha sido ponente y conferencista en varios congresos y
foros internacionales de filosofía. Ha escrito varios libros, entre los que destacan
Voluntad de Liberación
,
Filosofía del Derecho
y
Visión existencialista del ser humano
, y ha
publicado varios artículos en revistas internacionales.
1.- ¿En que momento de su experiencia académica conoce la obra de Ignacio Ellacuría?
R
. Conocí a Ellacuría por primera vez en 1974 cuando ingresé a la carrera de filosofía de la
UCA. Desde ahí comenzó una relación de discípulo-maestro que después se convirtió en
colaboración estrecha en las tareas universitarias a lo largo de la década de los ochenta, hasta
su asesinato en 1989. Su personalidad y su trayectoria vital marcaron profundamente mi vida y
me alentaron a dedicar mi labor intelectual hacia un compromiso humanista, sensible a los
graves problemas que padecen las mayorías populares en El Salvador y en el resto de América
Latina. No se trata de asumir la liberación de una forma meramente teórica, como un tema
externo en torno al cual se dan razones y argumentos para justificarla, sino como una forma de
vida, como una forma de existencia entregada a la ingente tarea de superar la negatividad y la
maldad históricas y abrir cauces para posibilitar un proceso humanizador y liberador en la
situación concreta en la que estamos ubicados. No debe haber disociación alguna entre la forma
de vida del intelectual y lo que inspira su labor teórica.
2.- En un texto titulado
La Universidad, Derechos Humanos y mayoría populares,
Ellacuría
propone dos tareas que deben ser realizadas por la Universidad (se comprende tanto
pública como privada); “
la formación de técnicos, así como la transmisión de esos
Entrevistas
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saberes técnicos a la sociedad y la formación de élites dirigentes”,
ante estas dos tareas
¿cuál es la posición de La Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas"?
R
. No sé si se habrá leído bien ese artículo de Ellacuría, pero ahí afirma todo lo contrario. La
pregunta fundamental que se hace Ellacuría en dicho texto es la siguiente: ¿Por qué la
universidad debe ocuparse
primariamente
de las víctimas de la sociedad o de las víctimas de
todo sistema? Su respuesta es que la existencia de mayorías empobrecidas y de grandes
sectores excluidos en las sociedades latinoamericanas es un hecho real, es un hecho irracional y
es un hecho injusto, y la universidad por las exigencias de la realidad, de la razón, de la verdad y
de la justicia, no puede sino asumir su superación como objetivo primario de su misión
universitaria.
Ellacuría insiste en esto, porque está combatiendo la idea de que la universidad debe dedicarse
primariamente a atender las necesidades del sector productivo y de la modernización de la
sociedad, y secundariamente a ejercer una función social supletoria a favor de los sectores
pobres. En este modelo, que es el predominante en estos tiempos de globalización, la
universidad busca atender primariamente las necesidades de las empresas y de los productores
en detrimento de su quehacer social y político y de la actividad humana. Según esto, a la
universidad se va a aprender los saberes, las experiencias, las herramientas para el aprendizaje
y los contenidos básicos. A la universidad le corresponde introducir a los alumnos en el mundo
de la ciencia y de la tecnología, con todo lo que implica de modernización de las mentalidades y
de sometimiento a la autoridad académica y a la disciplina estricta del aprendizaje. Lo cual
puede ser cierto y válido, pero no es suficiente para el tipo de universidad que la UCA ha
pretendido ser y pretende ser, en el contexto de la realidad histórica salvadoreña,
centroamericana y latinoamericana.
Ellacuría, en el artículo mencionado, denuncia justamente la “trampa mortal” de este tipo
universidad cuyo rol se reduce a dos tareas que se supone deben ser realizadas por ella y que
tienen que ver con el desarrollo y el crecimiento económico: la formación de técnicos, y en
general de élites dirigentes, y la transmisión de determinados saberes técnicos, sin los cuales
una sociedad no podría subsistir, una vez que se ha entrado en el circulo del mercado capitalista.
Se dice que la sociedad necesita la formación de élites dirigentes para afrontar las necesidades
de las mayorías pobres, con lo cual o se robustece más a los detentadores del poder económico,
que racionalizan así su dominación con la ayuda de élites dirigentes, muchas de ellas formadas
en la universidad, o se crea una clase de tecnócratas, que busca su propia reafirmación y
autoreproducción, que le permite ser una minoría y le permite separarse de los modos de vida de
las mayorías populares. El segundo aspecto consiste en la recepción de unas técnicas y de un
conjunto de saberes, valores y pautas de conducta, que se suponen son necesarios para el
desarrollo y para una vida “feliz”, pero que, de hecho, son el cebo para perpetuar el sistema, en
el cual siempre son favorecidos no las mayorías populares, sino los más fuertes, los que lograron
inicialmente una mayor acumulación de capital y de recursos educativos.
Entonces, la salida a la trampa mencionada está en que la universidad asuma conscientemente
a las mayorías populares como su objetivo último e integral. Para Ellacuría la liberación y la
superación de las mayorías populares tienen en sí mismas características más que suficientes
para potenciar e integrar cualesquiera objetivos legítimos, que pueda proponerse la universidad
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como un todo o en cada uno de sus sectores, ya sea en el ámbito de la docencia, de la
investigación y de la proyección social, sin perder por ello rigor científico y calidad académica y
técnica.
3.- Ellacuría tenía muy en claro la dificultad de la estructura universitaria en relación a
otros sectores de la sociedad, “
el separarse lo más crítica y radicalmente posible de las
exigencias del sistema en la cual vive y que de algún modo se ve obligada a servir
” y por
otro lado; “
volcarse al servicio liberador de las mayorías oprimidas
”. Ante esta
encrucijada, cuál es la situación de la UCA y el compromiso actual para con las
minorías
oprimidas
.
R.
Ellacuría afirma esto en el sentido de que la universidad debe convertirse en un “lugar de
libertad”, entendiendo por dicha libertad, no lo que comúnmente entendemos por ella, ya sea
libertad de cátedra o autonomía universitaria, sino el esfuerzo que debe hacer la universidad en
cuanto tal para liberarse, para separarse lo más crítica y radicalmente posible, de las exigencias
del sistema y al cual de algún modo se ve obligada a servir (momento de liberación-de), con el
fin de “volcarse al servicio liberador de las mayorías oprimidas” (momento de liberación-para).
Es un esfuerzo de liberación que también debe realizar la comunidad universitaria, porque si esta
comunidad reproduce los intereses del sistema social imperante y de las minorías privilegiadas
(y no oprimidas, como se afirma en la pregunta), si los estudiantes acuden al recinto universitario
para lograr un puesto dominante y lucrativo en una sociedad injustamente estructurada, ya nos
encontramos con una seria hipoteca de la labor universitaria ideal; si, lo que es peor, los
profesores acuden a la universidad con las mismas disposiciones e intereses con que otros
profesionales acuden al mercado de trabajo, bien poco será lo que se pueda hacer. Si ni ellos ni
la universidad como un todo están liberados de los préstamos que hace la sociedad para obligar
a sus miembros a someterse a sus demandas, el ingente esfuerzo por ponerse a favor de las
mayorías populares y de las víctimas del sistema en general, está condenado al fracaso desde el
principio.
Ahora bien, realizar esto no es fácil. Hay que entender que nos encontramos en el camino de
transformar la universidad hacia este ideal, pero que al intentar hacerlo tenemos también que ser
realistas (que no es lo mismo que ser pragmáticos y acomodaticios) y tener en cuenta las
posibilidades reales y los recursos con los que contamos (no solo en recursos humanos, sino
también en recursos materiales, tecnológicos y financieros). Además, nuestros estudiantes y
nuestros profesores, y todo el personal administrativo de la universidad, están sometidos al
condicionamiento de la sociedad, a sus influjos y seducciones, y a toda la diversidad de
mecanismos que tiene el sistema en la actualidad para troquelar las conciencias y someterlas a
sus exigencias. En este sentido, es importante que haya en la universidad un núcleo de gente
comprometida, con claridad y convicción de lo que debe ser una universidad distinta de
inspiración cristiana, que asuma el liderazgo para orientar el cambio de la universidad en el
sentido requerido, utilizando lo más eficientemente posible los recursos con los que cuenta.
Eso
es lo que ha intentado hacer la UCA en los últimos años.
Entrevistas
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4.-La región de Centroamérica, al igual que otras de Latinoamérica y del mundo, es una
zona donde la concentración de la riqueza es profundamente desigual. En algunos casos,
Organizaciones No Gubernamentales (ONG´S) han ocupado el lugar tradicional del
Estado, trabajando con sectores de la sociedad altamente marginados y excluidos del
proceso de “modernización”. ¿Qué papel debe, en estos tiempos, representar la
Universidad para disminuir esta preocupante desigualdad?
R
. La universidad debe jerarquizar sus actividades según el criterio de las mayorías populares y
de lo que más favorece la satisfacción de sus necesidades y, en definitiva, su liberación. Este
principio permite jerarquizar qué se debe investigar prioritariamente, qué se debe intentar
enseñar y cómo, qué dimensión debe tener la universidad y cuántos alumnos deben ser
aceptados, qué carreras deben tener prioridad y como deben ser estudiadas, qué valores y qué
formación profesional deben ser impartidos, qué estructura debe tener la propia universidad.
De lo que se trata no es crear una “universidad popular”, en el sentido usual que se ha
entendido, ni una universidad que dedique una parte sustancial de su esfuerzo a la extensión
cultural o al servicio social, sino una universidad que se convierta en la “razón pública y
procesada” (Ellacuría) de la razón de las mayorías populares, de los sectores marginados y
excluidos, la cual siendo verdadera razón, no puede presentarse como tal, porque no se les ha
posibilitado articular su razón en razones y razonamientos que puedan hacerse presentes en el
“foro público” y hacer valer así sus demandas e intereses.
Esto implica hacer de la cultura el campo propio de la actividad universitaria, entendida la cultura
como acción cultivadora y transformadora de la realidad. La cultura creada por la universidad
tiene así una esencial sentido práxico. Lo que se debe buscar es la configuración de una
conciencia colectiva debidamente procesada y convenientemente operativizada en función de los
cambios necesarios para lograr la liberación, pero sin caer en un idealismo de la historia, que
supone que los cambios se darán en el puro ámbito del saber y de la conciencia con
independencia de las estructuras sociales y de la praxis colectiva.
En la búsqueda de esta cultura crítica y liberadora, la universidad debe intentar dar resonancia al
sentir profundo del pueblo, al sentir de sus necesidades, de sus intereses, de sus sentimientos,
de sus apetencias, de sus valores. Cultura nacional no es, entonces, folklore nacional, aunque el
folklore puede que exprese algunos aspectos importantes del ser popular. Se debe evitar, por
tanto, una consideración estetizante de la cultura nacional que puede llevar al narcisismo y la
quietud. La cultura debe ser vigilancia despierta, tensión hacia el futuro, transformación. Lo que
está en juego en la cultura es la realidad histórica de un país o de la región. La cultura debe ir
también a la constitución de nuevos valores, lo cual supone desenmascarar los presentes, en
muchos de los cuales se legitima la dominación. Desde esta perspectiva, la cultura se convierte
en crítica ideológica o lucha ideológica, lo cual supone sacudimiento y ruptura con la cultura
dominante.
Esta es la manera como la universidad puede convertirse en “conciencia crítica y creadora” de la
realidad socio-histórica. Se debe construir una cultura liberadora –decía Ellacuría- para no dejar
“la historia de un pueblo en las manos exclusivas de los cultivadores políticos del pueblo, de los
cultivadores que buscan el poder (supuestamente) para el pueblo, y ya no digamos de
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cultivadores de otro corte político”. La cultura de la universidad debe ser “una cultura que rompa
todo vínculo de dominación, una cultura que avance hacia una liberación siempre mayor, pero
una cultura realmente vivida en cada paso del proceso”.
El método fundamental de la acción universitaria en esta tarea es, según Ellacuría, el de la
“palabra eficaz”. Por palabra hay que entender aquí la comunicación recibida y comprendida de
la cultura reelaborada por la universidad. Cultura y palabra son así inseparables; la cultura de la
universidad no puede quedarse dentro de ella sino que es, desde un principio, cultivo, acción o,
al menos, principio de acción. Esta palabra debe caracterizarse por ser “poderosa”, en el sentido
de su racionalidad y cientificidad, y debe mostrar su eficacia en diversos órdenes: en el orden del
análisis de la realidad, del juicio que esa realidad merece y de los medios para transformarla; en
el orden del enjuiciamiento ético tanto de orientaciones generales como de determinadas
acciones públicas. Lo que se debe pretender es que esa palabra se haga historia, porque es la
única manera de que sea eficaz.
En esta línea Ellacuría recalca que la actividad universitaria no busca primariamente la
transformación de las personas, sino de las estructuras. No es que ambos objetivos –la
referencia a las personas y la referencia a las estructuras- sean contradictorios o que se
excluyan entre sí, pero el poner el acento en una de ellas cambia notoriamente la dirección del
trabajo universitario. La universidad debe focalizar su aporte específico sobre el problema
estructural. Aquí está implícito un supuesto filosófico en el planteamiento ellacuriano, de raíz
zubiriana: la única manera de alcanzar la realidad y de atinar con su esencia es alcanzar su
estructura, de lo contrario “no se encontrará la realidad”. Es decir, no hay otra posibilidad de
alcanzar una dimensión como es la realidad socio-histórica, que la de ir en busca de sus
estructuras; de lo contrario, la realidad perseguida a través de sus partes o de sus individuos, es
evidentemente inalcanzable, y aunque fuera alcanzable, resultaría inoperable.
Este acento en lo estructural puede parecer que soslaya lo personal, o por lo menos minimiza su
importancia en la labor universitaria, pero lo que hay que entender es que la realización de lo
personal no puede concebirse realísticamente al margen de lo estructural. La pregunta,
entonces, es qué estructuración de la sociedad permite el desarrollo pleno y libre de persona
humana y qué acción personal en la transformación de las estructuras debe ser la de quienes en
ella participan. En definitiva, se trata de que la universidad, con su ciencia, su técnica, su
profesionalización y su composición misma, se realice participando en una praxis histórica de
transformación de estructuras, y que en esta acción y objetivación históricas posibilite la
recuperación del ámbito real para una auténtica entrega y realización personal.
5.- Desde la perspectiva teórica, Max Weber por ejemplo, siempre dejó claro las funciones
típicas de la actividad académica y política (“
La ciencia como vocación y la política como
profesión
”), Ellacuría, por su parte, propone involucrar el trabajo académico con otros
sectores de la sociedad, principalmente a los sectores que él denomina las “mayorías
oprimidas”, en una mezcla de teoría y praxis. Esta posición lleva sin duda a una
politización de la universidad, ¿Se tiene que politizar la universidad para comprender a los
sectores de la sociedad menos favorecidos?
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R
. Hay que dejar claro que la universidad es una realidad política por que es una realidad
histórica. Esto significa, por un lado, que no existe
la
universidad o una universidad que deba
implantarse en todos los tiempos y en todos los lugares –punto importante para no trasladar
mecánicamente modelos impuestos de universidad-; por otro, significa que la universidad está
condicionada por lo que es la realidad en la que se da, y que, por lo tanto, debe esforzarse en no
ser arrastrada por lo que es su contexto histórico, buscando contra-condicionar o transformar
dicho contexto desde su carácter de universidad. De aquí se desprende que no puede ni debe
haber una universidad a-política. No debe haberla, porque una universidad que no quisiera
positivamente y desde sí misma ser política, estaría forzosamente politizada, pues tendría una u
otra relación con el poder del Estado y tendría uno u otro influjo sobre el conjunto de poderes
que condicionan el ser de la sociedad; sería política a su pesar, esto es, irracional e
indeliberadamente, lo cual sería la negación de su propia esencia.
Por tanto, por universidad política Ellacuría entiende en primer lugar, una universidad que debe
pretender incidir sobre la reestructuración y conformación de la sociedad, de los poderes
sociales y, mediatamente, de los poderes político-estatales. En segundo lugar, que no sea
universidad y “además” tenga algunas actividades políticas, sino que toda su labor universitaria
esté orientada y animada por una clara intencionalidad política, que no distorsione la
especificidad de la labor universitaria, pero sí la obligue a optar y a orientarse por una opción
socio-política fundamental. En tercer lugar, que tenga un juicio y una opción fundamentales
sobre la realidad política como un todo y sobre la dirección que ha de dársele a esa realidad
política. Y, finalmente, que permanentemente se pregunte por qué fuerzas de la sociedad está
consciente o inconscientemente dirigida y a qué fuerzas está positivamente sirviendo o
negativamente dejando de servir.
Desde estos presupuestos, Ellacuría afirma que, en nuestro contexto histórico, la politicidad
fundamental de la universidad se elabora al darle prioridad y liderazgo a la proyección social
sobre la docencia y la investigación, entendiendo aquí dicha proyección como aquella que busca
prioritariamente la transformación del desorden (institucional) establecido y la injusticia que lo
caracteriza. Según esto, la proyección social no debe confundirse ni con la extensión
universitaria, que busca regalar migajas de cultura a grupos que no pueden acceder a la
universidad ni tampoco se confunde con el servicio social, esto es, con el trabajo que alumnos y
profesores pueden hacer supletoriamente en favor de determinados grupos sociales.
El objetivo último de la politización universitaria debería estar determinado por las exigencias
objetivas de las mayorías populares, esto es, de los amplios sectores excluidos y marginados de
la sociedad; exigencias deducibles tanto de su propia realidad objetiva en el contexto social
como de su voluntad expresa manifestada en sus luchas de resistencia y de emancipación. Y
esta opción preferencial por las mayorías oprimidas, desde la perspectiva ellacuriana, se realiza
configurando toda la labor universitaria desde las necesidades de las mayorías y liberando el
mayor potencial posible para la proyección social formalmente tal.
Esta postura parecería que atenta contra la supuesta imparcialidad del saber y de la ciencia que
deberían ser cultivados en la universidad. La cuestión de la parcialidad en el conocimiento de lo
real es una cuestión epistemológica debatida en el ámbito de la filosofía de la ciencia, porque
supuestamente estaría atentando contra las características de pureza, objetividad y neutralidad
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que deberían caracterizar el conocimiento científico de la realidad, según el paradigma del cogito
cartesiano y del método científico moderno. Sin embargo, la epistemología contemporánea ha
cuestionado definitivamente la orientación empirista y positivista y cada vez ha ido poniendo en
claro el carácter histórico, situado y hermenéutico del conocimiento de la realidad, incluyendo el
conocimiento producido por las ciencias físico-matemáticas.
Según esto, lo que afirma Ellacuría es que en sociedades divididas y contrapuestas, donde
predomina la injusticia, como las nuestras, son las mayorías y su realidad objetiva el lugar
adecuado para apreciar la verdad o la falsedad del sistema en cuestión; un sistema social que
mantiene por largo trecho de tiempo a la inmensa mayoría en una situación deshumanizada,
queda refutado por esta misma deshumanización mayoritaria. De ahí la importancia que
Ellacuría le da, en la producción de conocimiento, al momento opcional por el “lugar-que-da-
verdad y que hace verdad”, y que está vinculado a la postura ética que rechaza las situaciones
de injusticia y de no-libertad que se dan en nuestra realidad histórica, y vinculado, también, a la
valoración teórica-epistemológica que ve en aquellas las represiones fundamentales de la
verdad.
6.- Por último, a 17 años del asesinato de Ignacio Ellacuría ¿cuál de sus aportaciones
políticas, filosóficas, académicas y teóricas son congruentes en el análisis socio-político
de la realidad actual de América Latina?
R
. Los planteamientos de Ellacuría en torno al papel político de la universidad se fueron
ampliando y profundizando, y fueron adquiriendo cada vez más una perspectiva mundial. En su
último discurso, en noviembre de 1989, con motivo de la concesión a la UCA del premio
internacional Alfonso Comín, Ellacuría volvió a reiterar la tarea liberadora de la universidad y de
los intelectuales, en general, en el marco de su crítica radical a la civilización del capital y de su
propuesta alternativa de una civilización del trabajo o de la pobreza. En esos momentos,
Ellacuría ya conocía las dificultades, las desviaciones y los fracasos de los procesos
revolucionarios en América Latina, especialmente en Nicaragua, Guatemala y El Salvador, de la
perestroika en la ex Unión Soviética, de los graves problemas y de las lacras del llamado
“socialismo real”, y las dificultades que enfrentaban las fuerzas progresistas en esa época, en un
contexto cultural cada vez más postmoderno y conservador. Sin embargo, él siguió sosteniendo
la validez y la vigencia de sus ideas sobre la misión política de la universidad y del paradigma de
la liberación.
En ese discurso, Ellacuría habló de la necesidad de promover un nuevo proyecto histórico y de
revertir el signo principal que configura la civilización mundial, desde la perspectiva universal y
solidaria de las mayorías populares. Para Ellacuría, la actual civilización del capital ha ampliado
la brecha de ricos y pobres, ha endurecido los procesos de explotación y de opresión con formas
más sofisticadas, ha depredado
ecológicamente la totalidad del planeta y ha contribuido a la
deshumanización palpable “de quienes prefieren abandonar la dura tarea de ir haciendo su ser
con el agitado y atosigante productivismo del tener, de la acumulación de la riqueza, del poder,
del honor y de la más cambiante gama de bienes consumibles”. El “análisis coprohistórico” de las
heces de nuestra civilización –afirmaba Ellacuría-“parece mostrar que esta civilización está
gravemente enferma”.
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Los hechos actuales en el escenario nacional y mundial han venido a confirmar en lo
fundamental este diagnóstico y a mostrar la necesidad, por tanto, de la exhortación de Ellacuría
de “revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”, con el fin de “evitar un desenlace
fatídico y fatal” de la humanidad. El horizonte utópico de esta transformación debe ser la
construcción de una civilización del trabajo como sustitutiva de la civilización del capital, en la
que la primacía la tenga el trabajo humanizador frente al capital y sus dinamismos, que son los
responsables principales del “mal común” predominante en la realidad histórica del presente y de
la violación de los derechos humanos que hoy padecen las mayorías de la humanidad, alojadas
fundamentalmente en América Latina, África y Asia.
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