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31
Perspectivas Teóricas
La normalidad como excepción: la banalidad del mal,
la conciencia y el juicio en la obra de Hannah Arendt
Marco Estrada Saavedra
*
A Karine Tinat,
por el privilegio de su amistad
Resumen
En este artículo, el autor expone la re-
levancia de las cuestiones morales en la
obra de Hannah Arendt. Con este fn, se
establece el signifcado de la Fórmula “la
banalidad del mal” para explicar las com-
plejas conexiones entre el pensamiento,
la conciencia y el juicio y cómo este
circuito es destruido en el totalitarismo
mediante la ideología, el terror y el ani-
quilamiento de la política.
Abstract
Moral questions in Hannah Arendt’s work
have an enduring relevance. Thus, there
is a need to establish the meaning oF
the expression “banality oF evil” in order
to explain the complex connections be-
tween thought, consciousness and judg-
ment, and how this circuit is destroyed
in totalitarian regimes through ideology,
terror, and the obliteration oF politics.
Palabras clave:
Hanna Arendt, AdolF
Eichman, banalidad del mal, flosoFía
moral, totalitarismo, nacionalsocialismo,
moral, juicio, normalidad, pensamiento
*
El Colegio de México,
Camino al Ajusco 20,
Pedregal de Santa Teresa, México, D.±., c.p.
10740.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
32
Sé muy bien, y Dios lo sabe de antemano, que sus mandatos no
habrán de ser respetados y que siempre y en todo lugar habremos
de violar sus palabras. Sin embargo, al menos se helará el corazón
de todo aquel que infrinja uno de ellos, pues han sido escritos en su
carne y en su sangre para que esté consciente de que su palabra de
verdad tiene validez
Thomas Mann
A los alemanes no les ha bastado con ser crueles; han creído ne-
cesario construir una teoría previa de la crueldad, una justiFcación
de la crueldad como postulado ético.
Jorge Luis Borges
Introducción
E
ntre comentaristas influyentes del pensamiento
de Hannah Arendt, domina la opinión de que en
su flosoFía política habría un descuido e inclusive
cierto desprecio por los problemas morales.
1
En rea-
lidad, Arendt no desatendía estos temas sino, más
bien, los distinguía analíticamente de las cuestio-
nes políticas con el fn de evitar toda Fundamenta-
ción de la política en lo subjetivo y poder ubicarla
en el espacio
entre
los actores. La diFerencia entre
la moral y la política no supone una desvinculación
en su obra. De hecho, estaba plenamente consciente
de su conexión la cual debía abordarse mediante el
estudio del “juicio” en el contexto del problema de
la “teoría y la práctica” y, más específcamente, en
el de una “teoría de la ética”.
2
Al ocuparnos de la “banalidad del mal” podemos
darnos cuenta de la importancia que la pensadora
judeoalemana concedía a la moral en su flosoFía
política.
3
En este sentido, primero introduciré la ca-
racterización de la personalidad de AdolF Eichmann,
1
De manera representativa,
vid.
George Kateb,
Hannah Arendt. Politics, Conscience, Evil
, OxFord, Martin Robertson, 1984. Este mismo autor ha
repetido una crítica semejante en su trabajo “The questionable influence oF Arendt (and Strauss)”, en Peter GraFF Kielmansegg
et al
. (eds.),
Hannah Arendt and Leo Strauss. German émigrés and American political thought after World War II
, Cambridge, Cambridge University Press, 1995,
en particular, la p. 37.
2
Cfr.
Hannah Arendt,
Das Urteilen. Texte zu Kants politischer Philosophie
, Herausgabe und mit einem Essay von Ronald Beiner, Piper, München,
1985, p. 15. Sobre los Fundamentos en la obra de Arendt de una “ética del reconocimiento”,
vid
. Roland W. Schindler, “Del diagnóstico de la
ruptura de la civilización hacia un nuevo inicio en la ética política”, en Marco Estrada Saavedra (ed.),
Pensando y actuando en el mundo. En-
sayos críticos sobre la obra de Hannah Arendt
, México, Plaza y Valdés, Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco, 2003. Y acerca de las
bases de una “moral reflexiva” en Arendt, consúltese Marco Estrada Saavedra,
Die deliberative Rationalität des Politischen. Eine Interpretation
der Urteilslehre Hannah Arendts
, Würzburg, Königshausen & Neumann, 2002, en particular las pp. 157-163.
3
Por razones de espacio, no abundaré aquí en su teoría de la acción ni del juicio político. Sobre el tema pueden consultarse Marco Estrada
Saavedra, “Acción y razón en la esFera pública”, en
Revista Sociológica
, ,año 16, núm. 47, septiembre-diciembre de 2001, pp. 65-100, y “Plurali-
dad y mundo: una perspectiva desde la teoría política del juicio de Hannah Arendt”, en Oliver Kozlarek (ed.),
Entre cosmopolitismo y “conciencia
del mundo”. Hacia una crítica del pensamiento atópico
, México, Siglo Veintiuno Editores, 2007.
33
tal y como Hannah Arendt la observó durante su jui-
cio en Jerusalén, para explicar cómo surgió y qué
entendía la flósoFa por esta Fórmula. Después res-
ponderé a la pregunta de por qué dicho mal implicó
el colapso de la moral occidental. En los siguientes
tres apartados me ocuparé de las condiciones socio-
lógicas generadoras de la banalidad del mal, así co-
mo de la manera en que la ideología, el terror y la
ley totalitaria contribuyen a hacer superfluos a los
seres humanos y a destruir a la persona humana. A
continuación, trataré la cuestión de la destrucción
de la Facultad mental del juicio y los peligros que
ello encierra para la política. Posteriormente, dilu-
cidaré por qué el pensar puro, como una actividad
mental autónoma, no es sufciente para tener un
eFecto liberador en la esFera pública y, en su caso,
evitar el mal. Esto nos llevará a establecer las com-
plejas vinculaciones entre pensamiento, conciencia
y juicio. ±inalmente, abordaré la cuestión del ‘sen-
tido del mal’ para retornar a las cuestiones morales
que preocuparon a Hannah Arendt.
4
Hanna Arendt,
Eichman en Jerusalén, un estudio sobre la banalidad del mal
, trad. Carlos Ribalta, Barcelona, Lumen, 1999, p. 39.
5
Ibid
., p. 375 y ss.
6
Cf.
Matthias Storm,
Organisierte Schuld von Hannah Arendt,
±reiburg, Albert-Ludwigs-Universität ±reiburg, 2004 (Philosophie des 20. Jahrhun-
derts / Gegenwart).
Adolf Eichmann: un hombre sin atributos
Miembro del Partido Nacionalsocialista y, en par-
ticular, de la temible SS (
Schutzstaffel
o escuadras
de protección), Karl AdolF Eichmann era jeFe de la
Subsección B-4 de la Sección IV de la Ofcina Central
de Seguridad del Reich, por lo que Fungía como “es-
pecialista en asuntos judíos”. Dicha subsección era
la encargada de la arquitectura logística y organiza-
tiva de la concentración y deportación de los judíos
europeos a los campos de exterminio.
Exiliado y viviendo en el anonimato de posguerra
en Argentina, Eichmann Fue detenido el 11 de mayo
de 1960 en Buenos Aires por el Mossad, el servicio
secreto israelí, y nueve días después puesto a dis-
posición de un tribunal en Jerusalén acusado, entre
otras cosas, de “crímenes contra el pueblo judío,
contra la humanidad y crímenes de guerra” perpe-
trados durante la Segunda Guerra Mundial bajo el
régimen nazi.
4
±ue hallado culpable y sentenciado a
muerte. Después de dar trámite a los procedimientos
de apelación y revisión de sentencia, el veredicto
Fue confrmado y el
Obersturmbannführer
(teniente
coronel) murió ahorcado el jueves 31 de mayo de
1962.
5
Mucho antes de tener la oportunidad de asistir
al proceso judicial contra Eichmann como reportera
del
New Yorker
, Hannah Arendt quedó existencial-
mente conmocionada al observar que los crímenes
más execrables del nazismo no Fueron perpetrados
por degenerados sexuales, sadistas, psicópatas, cri-
minales consuetudinarios o Fanáticos ideológicos
(sin que éstos hayan Faltado, por supuesto, en su
maquinación y ejecución), sino, en su mayoría, por
hombres ‘normales’, ‘comunes y corrientes’, amoro-
sos ‘padres de Familia’, empleados y trabajadores ho-
nestos y laboriosos, así como por burgueses respe-
tuosos de la ley.
6
Arendt estaba perpleja por el abismo que existía
entre la magnitud de los crímenes y la personalidad
del acusado, porque tal disparidad contradecía fla-
grantemente nuestras teorías flosófcas y teológi-
cas sobre el mal. “El mal, como se nos ha enseñado,
es algo demoníaco; su encarnación es Satán, un ‘ra-
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
34
yo que cae del cielo’,
7
o Lucifer, el ángel caído cuyo
pecado es el orgullo, es decir, aquella soberbia de la
que sólo son capaces los mejores: no quieren servir
a Dios, sino ser como Él.”
8
En efecto, la opinión co-
mún acerca de los nazis es que, para haber organiza-
do la destrucción del pueblo judío con tal crueldad,
debieron ser, en verdad, monstruos infernales. En
cambio, Arendt observa en Eichmann no al demonio
en persona sino a alguien del ‘montón’, vulgar, un
bufón que carecía de la grandiosidad diabólica de un
Yago, un Macbeth o un Ricardo III. “No había nin-
gún signo en él de Frmes convicciones ideológicas
ni de motivaciones especialmente malignas y la úni-
ca característica notable que se podía detectar en
su comportamiento pasado y en el que manifestó a
lo largo del juicio y de los exámenes policiales ante-
rior al mismo fue algo enteramente negativo: no era
estupidez, sino falta de reflexión.”
9
El amor de Eich-
mann por los retruécanos, las frases hechas, los cli-
chés, las ‘palabras aladas’; su Fdelidad a los códigos
de conducta; su obediencia a las normas estableci-
das; su atento respeto por la opinión mayoritaria; su
idolatría del éxito como criterio de todo acto y per-
sona; su deFciente memoria, imaginación y juicio;
su incapacidad de articular frases gramaticalmente
correctas, etc., se manifestaba condensadamente en
la “ausencia de pensamiento”. “Para expresarlo en
palabras llanas, podemos decir que Eichmann, sen-
cillamente, no supo jamás lo que hacía.”
10
Lo siniestro de la ausencia de pensamiento en
Eichmann yace en que él simplemente se ajustó al
código moral reinante y a la ley de su entorno so-
cial, tal y como lo habría hecho sin mayores proble-
mas y con extraordinaria plasticidad en otro contex-
to social, por ejemplo, uno liberal y democrático.
Su sentido de moral y justicia no fue conmovido en
forma especial por los crímenes cometidos estatal-
mente, porque la voz de su ‘conciencia’, en perfecta
armonía con la de sus conciudadanos, fue silencia-
da mediante el establecimiento revolucionario de un
nuevo código moral y una política sancionada por
el gobierno. “Según Eichmann, dijo, el factor que
más contribuyó a tranquilizar su conciencia fue el
simple hecho de no hallar a nadie, absolutamente
a nadie, que se mostrara contrario a la Solución ±i-
nal.”
11
Adolf Eichmann “actuó, en todo momento,
dentro de los límites impuestos por sus obligaciones
de conciencia: se comportó en armonía con la nor-
ma general; examinó las órdenes recibidas para com-
probar su ‘maniFesta’ legalidad, o normalidad, y no
tuvo que recurrir a la consulta de su ‘conciencia’, ya
que no pertenecía al grupo de quienes desconocían
las leyes de su país, sino todo lo contrario.”
12
En un mundo social corrupto moralmente, el que
fuera el encargado de la organización de la logísti-
ca de transportes del Holocausto, no se sentía, en
consecuencia, ‘culpable’. Una y otra vez repetía en el
tribunal que “ninguna relación” tuvo “con la matan-
za de judíos”.
13
Las pocas oportunidades en que la
voz de su conciencia se dirigía al obediente servidor
público para recriminarlo eran en los casos “de que
no hubiese cumplido las órdenes recibidas”.
14
En la
sociedad criminal nacionalsocialista, sus actos sólo
eran, en su opinión, delictuosos a
posteriori
. Debido
a ello, no tenía nada de qué arrepentirse, pues siem-
pre había sido “un ciudadano Fel cumplidor de las
leyes”.
15
Hasta aFrmaba, sin asomo de sorna, pro-
ceder según la Flosofía práctica kantiana y vivir en
consonancia con los preceptos morales del Flósofo
de Königsberg. Nada más corrupto e innoble se le
7
Lucas, 10:18.
8
H. Arendt,
La vida del espíritu
.
El pensar, la voluntad y el juicio en la flosoFía y en la política,
trad. ±ernando Montoro y Ricardo Vallespín,
Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1984, p. 13.
9
Ibid
., p. 14.
10
H. Arendt,
Eichman en Jerusalén… op. cit
., p. 434.
11
Ibid
., p. 178.
12
Ibid
., p. 442.
13
Ibid.,
p. 40.
14
Ibid
., p. 46.
15
Ibid
., p. 44.
35
hubiese antojado que preferir, para orientar su con-
ducta, sus propias inclinaciones a la ley y hacer una
excepción a la norma para su persona. El gobernador
general de la Polonia ocupada, Hans Frank, reformu-
ló el imperativo categórico kantiano que bien pudo
habérselo apropiado el mismo Eichmann: “Compór-
tate de tal manera, que si el Führer te viera aprobara
tus actos.”
16
Esta nueva fuente del derecho legalizó
la injusticia y el crimen. Más que a su conciencia o
al código moral de su juventud, Eichmann le prestó
atención a aquélla. Y aquí reside el escándalo. La
voz de la conciencia no es un sentimiento moral in-
nato y general en el corazón de los hombres, ningún
lumen naturale
que nos pueda guiar iluminándonos
en situaciones moralmente aporéticas. La concien-
cia se actualiza, como más tarde revisaremos, en el
silencioso diálogo del pensamiento del yo consigo
mismo. Justo allí donde se le silencia, uno no puede
más que esperar no caer en situaciones ambivalen-
tes en las que las normas morales convencionales
no son siempre las mejores consejeras. Eichmann no
reconoció dicha situación, ni pudo juzgar su signi±-
cado e implicaciones, porque su conciencia funcionó
obedeciendo a lo que se ordenaba y hacía alrededor
suyo, y no pensando autónomamente. Su obedien-
cia fue, qué duda cabe, su ‘culpa’, pero vale recordar
que “la obediencia es una virtud harto alabada. Los
dirigentes nazis habían abusado de su bondad.”
17
Adolf Eichmann no era ningún fanático; tampoco
un simpatizante entusiasta del Partido Nacionalso-
cialista de los Trabajadores Alemanes. Muchos psi-
quiatras y curas atestiguaron durante el proceso ju-
rídico que no sólo “era un hombre ‘normal’”, sino
hasta “ejemplar” y “con ‘ideas muy positivas’”
18
. es-
tos juicios tan ‘positivos’ sobre el acusado no tienen
nada que ver con una supuesta intención del “Arqui-
tecto del Holocausto” de engañar a sus entrevista-
dores (aunque es cierto que, a veces, se comportaba
mendazmente para colocarse bajo una luz más pro-
picia y exaltar su ‘idealismo’). Lo que tenemos a la
vista es, más bien, su plástica capacidad de adap-
tación a las normas y costumbres imperantes en el
medio social en el que se encuentra, de las cuales
únicamente demandaba que le ofrecieran directri-
ces para orientarse en un mundo oscuro. Reclamaba
“un jefe que lo guiara”
19
y anhelaba pertenecer a
alguna organización o grupo que ordenara su vida y
le diera sentido. Una vez integrado en un colectivo
—cualquiera que éste fuera. De hecho, su entrada
al Partido Nacionalsocialista no fue más que mero
capricho del azar, por decirlo así— no deseaba otra
cosa que hacer ‘carrera’, escalar febrilmente hacia
las posiciones más altas y gozar del éxito material y
del prestigio social resultado de su heroico esfuerzo.
Por desgracia para el de Solingen, a ±n de encajar
en el tipo de sociedad en la que había de encontrar
la oportunidad de llevar una ‘vida ordenada’, decidió
normalizar y rutinizar sistemáticamente el crimen,
la mentira, el autoengaño y la estupidez bajo la guía
revolucionaria de los nazis. “A pesar de los esfuer-
zos del ±scal, cualquiera podía darse cuenta de que
aquel hombre no era un ‘monstruo’, pero en realidad
se hizo difícil no sospechar que fuera un payaso.”
20
El exterminador en masa de judíos no tenía “perso-
nalmente”, como él mismo aseguraba, “nada” con-
tra los judíos. Muy al contrario, “le asistían muchas
‘razones de carácter privado’ para no odiarles”.
21
No
obstante, en el tribunal de Jerusalén, nadie le cre-
yó, ni el ±scal ni la defensa ni los jueces mismos,
porque habrían éstos hallado absurdo suponer que
una persona que no fuera ni doctrinaria ni cínica o
insana mentalmente, “fuese totalmente incapaz de
distinguir el bien del mal” y no tuviese conciencia
de la calidad criminal de sus actos. Y debido a la in-
16
Ibid
., p. 207.
17
Ibid
., p. 375.
18
Ibid
, p. 46.
19
Ibid
., p. 55.
20
Ibid
., pp. 86 y ss.
21
Ibid
., pp. 46 y ss.
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
36
credulidad general, “no abordaron la mayor difcul-
tad moral, e incluso jurídica, del caso”:
22
que Eich-
mann era un hombre común y corriente.
La turbación Frente a la banalidad del mal surge
de la desproporción entre los horrendos crímenes de
Eichmann y su personalidad buFonesca. “Lo más gra-
ve era precisamente que hubo muchos hombres co-
mo él, y que éstos no Fueron pervertidos ni sádicos,
sino que Fueron, y siguen siendo, terrible y terroríf-
camente normales. Desde el punto de vista de nues-
tras instituciones jurídicas y de nuestros criterios
morales, esta normalidad resultaba mucho más te-
rrorífca que todas las atrocidades juntas, por cuan-
to implicaba que este nuevo tipo de delincuentes.
..,
que en realidad merece la califcación de
hostis ge-
neris humani
, comete sus delitos en circunstancias
que casi le impiden saber o intuir que realiza actos
de maldad.”
23
Para Hannah Arendt, tal despropor-
ción sólo podría haberse originado y expandirse en
el contexto institucional de una esFera pública au-
téntica destruida, donde todo sentido por la política
y la moral, lo público y lo privado se había extra-
viado, donde era posible desentenderse, sin mayo-
res consecuencias, de la responsabilidad política de
los actos propios y del apoyo a las acciones de los
otros. En eFecto, la banalidad del mal no es una pro-
blema de corazones y almas torcidos, sino que “tie-
ne lugar entre los hombres. Aparece justamente allí
donde este espacio ha sido destruido”.
24
La conspicua ausencia de pensamiento capturó
la atención de Arendt y la condujo a plantearse las
siguientes interrogantes: “¿Es posible hacer el mal
(los pecados de omisión y comisión) cuando Faltan
no ya sólo los ‘motivos reprensibles’ (como los llama
la ley), sino también cualquier otro tipo de motivos,
el más mínimo destello de interés o volición? ¿No es
acaso una condición necesaria del mal, como quiera
que deseemos defnirlo, este ‘estar dispuestos a ser
malvados’? ¿Puede estar relacionado el problema del
bien y del mal, nuestra Facultad de distinguir lo que
está bien de lo que está mal, con nuestra Facultad
de pensar?”
25
22
Ibid.
, p. 47.
23
Ibid
., p.
417.
24
Ingeborg Nordmann,
Hannah Arendt
, ±rankFurt am Main, Campus Verlag, 1994, p. 88.
25
H. Arendt,
La vida del espíritu… op. cit.,
pp. 14 y ss.
26
Ibid
, “Some questions oF moral philosophy”, en
Social Research
, núm. 61, invierno de 1994, p. 742.
Sobre el signifcado del colapso de la moral
Horrorizada por la ‘colaboración’ casi sin Friccio-
nes de la mayoría de los alemanes de todas las cla-
ses y capas sociales con el nuevo régimen (
Gleichs-
chaltung
), Hannah Arendt observa, y no sin cierta
sorna, que la palabra ‘moral’ únicamente signifca
more
, literalmente, ‘costumbres y hábitos’, los cua-
les pueden ser modifcados por otro ‘conjunto’ de
normas de comportamiento social sin más compli-
cación que lo que costaría hacer con las ‘maneras a
la mesa’ de un individuo o un pueblo, tal como el
ejemplo de la Alemania nazi puso al descubierto. La
cooperación activa de los alemanes en la dictadura
totalitaria nacionalsocialista puso de manifesto el
“colapso total de todas los criterios morales en la vi-
da pública y privada”
26
de Occidente, resultado, a su
vez, de un largo y complicado proceso de ‘ruptura’
con la tradición, la religión y la autoridad.
Tal colaboración implica un colapso moral, por-
que personas honestas, comunes y corrientes, que
no estaban convencidas de, ni simpatizaban con la
ideología nacionalsocialista, se adaptaron a los va-
lores y normas de los nazis sin mayor esFuerzo inte-
37
Perspectivas Teóricas
lectual y sin mayor dolor por dejar a un lado sus an-
tiguas convicciones y creencias morales. “La moral
se derrumbó en un mero conjunto de
mores
... frente
a gente normal que nunca soñó en dudar en lo que
se les había inculcado y en lo que creían, mientras
que los criterios morales fuesen socialmente acep-
tados.”
27
Lo que quedó claro es el hecho perturbador
de que la moral y sus imperativos no son evidentes
por sí mismos, como se había supuesto desde el ini-
cio de nuestra tradición intelectual. Al contrario, “la
verdad moral”, comenta Arendt, “se asemejan más
a los acuerdos que a las verdades necesarias de la
ciencia”
28
En otras palabras, el “no mataras” o el “no
levantarás falsos testimonios” no conllevan la evi-
dencia de los enunciados matemáticos como 2+2=4
o de las verdades fácticas como que el autor de la
Divina Comedia
es Dante.
Para Arendt, la crisis de la moral revela, además,
“el colapso de la facultad personal del juicio” como
un hecho consumado.
29
Esta revelación se asemeja
a un destierro en un degenerado estado de la na-
turaleza hobbesiano, pues, como comenta Arendt,
“...no teníamos a nuestra disposición ni catego-
rías ni reglas generales bajo las cuales subsumir
esta experiencia [totalitaria]”.
30
En efecto, ¿cómo
ser capaces de comprender nuestra experiencia a la
luz de una realidad radicalmente nueva y, por tan-
to, desconocida históricamente como lo era el to-
talitarismo?
31
Lo cierto es que la existencia de un
sinfín de ejemplos históricos más bien nos ofusca
si es que queremos encontrar una analogía preci-
samente allí donde no existe precedente histórico
alguno. La plausibilidad de categorías y fórmulas,
resultado de experiencias sedimentadas ya olvida-
das, descansa necesariamente en su “coherencia
lógica”
32
y no en que si tales categorías y fórmulas
son justamente adecuadas para los sucesos históri-
cos reales. En este sentido, no estábamos prepara-
dos para la tormenta de novedades con las que el
totalitarismo nos confrontó. Así, pues, “¿qué su-
cede con la facultad humana el juicio cuando topa
con acontecimientos que, en cierto modo, no están
contenidos en la regla general, ni siquiera como
excepción a esta regla?”.
33
El carácter adecuado de
nuestros conceptos intelectuales y nuestras nor-
mas morales consiste, en términos prácticos, en su
utilidad aceptada para los casos típicos. Sin em-
bargo, allí donde la excepción, como en las socie-
dades y estados totalitarios, se ha vuelto derecho
y caso normal, nuestros criterios comunes se re-
velan insuFcientes e inservibles. Nuestro intelecto
se siente, con razón, ofendido ante una realidad
que no logra entender. Enamorado de lo univer-
sal, el intelecto sufre de vértigo cuando lo parti-
cular descontrola sus operaciones silogísticas bajo
condiciones generales de causalidad. En esta situa-
ción, lo que hacemos es, gracias a la autonomía de
nuestra mente, echar mano de nuestra facultad del
juicio y, en lugar de subsumir lo particular en un
universal preestablecido, nos arriesgamos a juzgar
por cuenta propia la realidad singular de dicho par-
ticular. Los pocos que se negaron a cooperar con el
régimen nazi, cuyos orígenes sociales y educación
eran de lo más variopinto, fueron aquellos que “se
atrevieron a juzgar por sí mismos”.
34
Juzgaron au-
tónomamente, porque se liberaron del código mo-
27
Ibid
., p. 744.
28
H. Arendt citada por Margaret Canovan,
Hannah Arendt. A Reinterpretation of Her Political Thought
, Cambridge, Cambridge University Press,
1994, p. 196.
29
H. Arendt, “Persönliche Verantwortung in der Diktatur”, en
Israel, Palästina und der Antisemitismus
, Berlin, Verlag Klaus Wagenbach, 1991, p. 15.
30
Ibid.
, p. 16.
31
Sobre la relevancia epistemológica del juicio reflexivo,
vid.
mi artículo, “Eine Hermeneutik des Präzedenzlosen. Die Urteilskraft und die histo-
rische Imagination”, en Bernd Neumann, Helgard Mahrdt y Martín ±rank (eds.), ‘
The Angel of History is Looking Back’. Hannah Arendts Werk unter
politischen, ästhetischen und historischem Aspekt
, Würzburg, Königshausen & Neumann, 2001.
32
H. Arendt, “Persönliche Verantwortung…
op. cit
., p. 28.
33
Ibid
., p. 18.
34
Ibid
., p. 34.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
38
ral de la sociedad y actuaron libremente en lugar
de conducirse guiados por las normas sociales. En
fn, reconocieron que la situación en la que se ha-
llaban totalmente distinta era a las típicas y co-
nocidas. De esta manera, revelaron una capacidad
sorprendente de pensar y juzgar.
35
Cfr
. sus declaraciones en la entrevista televisiva con Tilo Koch, en Ursula Ludz (ed.),
Hannah Arendt
.
Ich will verstehen. Selbstauskünfte zu
Leben und Werk
, München, Piper, 1996, en especial pp. 39 y ss.
36
Cfr
. H. Arendt,
Eichman en Jerusalén…op. cit
., p., 423 y ss.
37
Ibid
., p. 417.
38
Vid
, especialmente, H. Arendt,
La condición humana
, Barcelona, Paidós, 1998, pp. 48-59 y 97-156. La mejor monograFía sobre el tema es
Hanna ±enichel Pitkin,
The Attack of The Blob. Hannah Arendt’s Concept of The Social,
Chicago, Londres, The University oF Chicago Press, 1998.
Los contextos sociales generadores de la banalidad del mal
Hannah Arendt denuesta a AdolF Eichmann como
banal, no a los crímenes mismos. Califcarlo así, no
signifca minimizar sus delitos, sino colocar en su
justa dimensión humana al perpetrador.
35
Por tanto,
Arendt no exculpa en ningún sentido al alemán y es-
tá de acuerdo con la sentencia, es decir, su muerte
por la horca, aunque su Fundamentación del veredic-
to difera de la del juez.
36
Lo horrendo de la normalidad de criminales de
la calaña del acusado es que cometen sus crímenes
“en circunstancias que casi le impiden saber o intuir
que realiza actos de maldad”.
37
Con esta afrmación,
Arendt trasciende el ámbito meramente personal de
la “banalidad del mal” y devela los contextos Fomen-
tadores de ésta. Principalmente sospecha de lo que
denomina “lo social”, esa esFera de las relaciones
humanas que se organiza bajo el principio laboral
de la reproducción de la vida y en la que el com-
portamiento de los individuos está determinado y
gobernado por las normas sociales de un colectivo
humano.
38
En términos Funcional-estructuralistas, la socie-
dad se caracteriza por la racionalidad de la necesi-
dad para la reproducción de la existencia. Su modo
de integración es el de la compulsión conFormista
de los comportamientos coordinados Funcionalmen-
te de los actores socializados a través de la obser-
vancia de roles y expectativas sociales en las orga-
nizaciones e instituciones sociales. El actor social
no es más que un amasijo de roles y estatus socia-
les, cuyos sentido y signifcado se hallan más allá de
sus intereses y que son determinados por las orga-
nizaciones e instituciones sociales de manera inde-
pendiente de su voluntad. Como ser socializado, el
actor social es sólo una criatura del sistema social,
por lo que se identifca, de Forma compulsiva, con
el horizonte social y cultural del sistema, cuya sin-
taxis reproduce al ejecutar su papel respectivo en
el entramado de relaciones sociales. El malestar que
ocasiona la sociedad consiste en la eliminación de
la diversidad humana a Favor de la ‘calculabilidad’
sistémica, en la absorción y asimilación de la diFe-
rencia individual, en la homogenización de la plura-
lidad humana y en la exclusión de la espontaneidad
de la acción. Allí donde se elimina la acción libre y
el juicio independiente a Favor del comportamiento
disciplinado normativamente y la aceptación ciega
de las creencias imperantes en una sociedad, el sue-
lo puede ser propicio para cometer actos criminales
sin que el actor sea consciente de lo que realmente
hace o dice, pues está acorazado para evitar con-
Frontarse con la realidad.
¿Cómo Favorecen las instituciones burocráticas,
como las del régimen nacionalsocialista, la ‘irre-
39
Perspectivas Teóricas
flexión’ y la transmutación de la moral? Para Hannah
Arendt, la forma típica de la organización política de
la sociedad es la “dominación de nadie” o la “buro-
cracia” que no está vinculada a ninguna persona en
particular y, por eso mismo, fomenta las condicio-
nes para la falta de responsabilidad individual. “En
opinión de Arendt, la mayoría de la gente tiene ‘la
necesidad de pensar’, pero ésta puede ser suprimida
por las ‘necesidades más apremiantes de la vida’. Las
instituciones burocráticas son particularmente exi-
tosas en inculcar a la gente un sentido de urgencia
y premura, de tal suerte que individuos, que en otras
situaciones son atentos a su conciencia, se vuelven
capaces de aceptar un giro total de sus esquemas de
valor previos.”
39
El fracaso moral de personas como
Eichmann se empotra en la opacidad y anonimato de
las modernas instituciones y de sus correspondien-
tes procesos de socializaciones. El ejercicio de los
roles sociales en las instituciones burocráticas exige
de los individuos adaptación a las normas codiFca-
das y comportamientos prescritos por medio de una
limitación severa de la acción espontánea y libre. En
este contexto, en el que cada acto se amolda a un
proceso coordinador de la maquinaria burocrática, el
individuo, que se considera sólo como ‘una pequeña
tuerca’, pierde fácilmente la vista del conjunto así
como el sentido y la responsabilidad sobre su propia
actividad, la cual se delega a los escalones superio-
res del organigrama institucional. De allí que la leal-
tad con la institución, sus normas y objetivos pue-
den ‘desbancar’ las metas personales y las conviccio-
nes morales propias. “Una vez que el burócrata nazi
perdió el sentido de la responsabilidad personal por
sus acciones dentro de la institución, los escrúpu-
los morales normales son desechados. Con el Fn de
reobtener un sentido de honor y virtud, el burócra-
ta se vale del concepto de moral a la mano a costa
de sus creencias morales previas. Así, logra gozar de
nuevo de honor y virtud mediante la lealtad.”
40
Las
instituciones pueden ejercer una influencia enorme
en las dimensiones cognitivas, evaluativas y mora-
les de la vergüenza y el sentimiento de culpabilidad
(ancladas en el mundo de vida, y, además, provocar,
en determinados casos como el de Eichmann, su re-
funcionalización y hasta reemplazo total a favor de
los objetivos y metas institucionales. Los efectos de
tales refuncionalización y reemplazo son palpables
ya en el nivel lingüístico: “El último efecto de ese
modo de hablar [el
Sprachregelung
o ‘lenguaje en
clave’ utilizado para llevar a cabo las operaciones de
la
Endlösung
(‘Solución ±inal’) o, en términos nada
mendaces, el exterminio absoluto de los judíos] no
era el de conseguir que quienes lo empleaban ig-
norasen lo que en realidad estaban haciendo, sino
impedirles que lo equiparasen al viejo y normal con-
cepto de asesinato y falsedad.”
41
El funcionario público Adolf Eichmmann se com-
portó asimismo como un hombre privado, uno parti-
cularmente insulso y de estrechas miras, en el terre-
no público, en donde debieron imperar otros crite-
rios y parámetros. Acicateado por el miedo del des-
clasamiento social y de la inseguridad económica,
persiguió fervientemente sus propios intereses con
la esperanza de que su carrera le retribuyera con re-
conocimiento social y éxito Fnanciero. Su obsesión
por el reconocimiento y el éxito lo cegaron frente
a las consecuencias de sus actos criminales y ante
el carácter moral y político de su medio social, asi-
mismo anestesió su conciencia y su juicio y paralizó
toda posibilidad de actuar libremente. En esta con-
fusión, en la que no existía a sus ojos ningún contrae-
jemplo en la sociedad mayoritaria, no surgió para
Eichmann prácticamente ningún deseo de resistir o
sentimiento de culpa. Prisionero de su niveladora
forma de pensamiento instrumental, no le fue posi-
ble distinguir entre administración pública y crimen
39
Larry May, “Socialization and Institutional Evil”, en Larry May y Jerome Kohn, (eds.),
Hannah Arendt. Twenty Years Later
, Cambridge, Londres,
MIT Press, 1996, p. 8.
40
Ibid
., p. 86.
41
H. Arendt,
Eichman en Jerusalén… op. cit.,
p. 131.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
40
estatal. Para él, ambos eran básicamente lo mismo,
pues sólo los evaluaba a la luz de los criterios de la
competencia, efciencia, éxito y obediencia. Eich-
mann no habitaba el mundo, no convivía ni consi-
go mismo ni con sus congéneres. Esta pérdida del
mundo se maniFestaba conspicuamente en su aver-
sión contra la Formación auténtica de juicios y el
hacerse responsable de sus propios hechos y dichos.
Renunció, así, a ser una persona entre las otras y
prefrió la comodidad del anonimato. “La banalidad
del mal no es un Fenómeno moral ni de la voluntad,
sino de la ausencia de la Facultad de juicio, de la
incapacidad de pensar la diFerencia… El lugar en el
que se puede pensar verdaderamente esta diFerencia
sigue siendo el espacio público.”
42
Precisamente
esta esFera pública Fue destruida en la Alemania na-
cionalsocialista y su luz, para hablar con Heidegger,
obscurecía todo. “¿Por qué debía”, reFutó en una
ocasión Eichmann, “quebrarme la cabeza si no era
más que un hombre común y corriente?”
43
¿No sa-
bían y decidían mejor en torno a la “Solución ±inal”
todos “los Papas del Tercer Reich” reunidos en la
ConFerencia de Wannsee que el minúsculo Funcio-
nario público que tuvo la gracia y Fortuna de parti-
cipar en tan histórico cónclave? Después de todo,
“¿Quién era él para juzgar?”
44
42
I. Nordmann,
Hannah Arendt… op. cit.,
pp. 89 y ss.
43
H. Arendt,
Eichman en Jerusalén… op. cit
., p. 205.
44
Ibid
., p. 174.
45
Consúltese al respecto, Margaret Canovan
,
“Beyond Understanding? Arendt’s Account oF Totalitarianism”, en
Hannah Arendt Newssletter
, núm. 1,
abril de 1999, pp. 25-30.
46
H. Arendt,
Los orígenes del totalitarismo
.
Vol. III,
Totalitarismo
,
trad. de Guillermo Solana,
pról. de Salvador Giner, Madrid, Alianza Editorial,
2006, p. 694.
Ideología y terror
El totalitarismo (esa novísima Forma de gobierno
que el siglo XX dio a luz y que Hannah Arendt vio ex-
presado exclusivamente en el nazismo alemán y en
el comunismo estalinista)
45
implica la materialización
promovida activa e intencionalmente en el mundo hu-
mano de las pseudos leyes que determinan el destino
de los hombres. Los nazis afrmaban obedecer a las
“leyes de la Naturaleza” que supuestamente goberna-
ban los destinos humanos, dividiendo, de tal suerte,
a los seres humanos en razas superiores e inFeriores.
Los comunistas soviéticos proclamaban ejecutar las
leyes materialistas de la historia del conflicto de cla-
ses. Para unos implicaba el cumplimiento de dichas
leyes la eliminación de las razas inFeriores, “incapa-
ces e indignas de vivir”; para los otros, en cambio, el
aniquilamiento del enemigo de clase, miembro de una
“clase moribunda o un pueblo decadente”.
Para Arendt, la ideología signifca literalmente “la
lógica de una idea”
46
que, mediante la deducción de
sus premisas, nos lleva a consecuencias Férreas y ne-
cesarias. La ideología gana una plausibilidad aparen-
te para el intelecto gracias a que conjuga certezas
axiomáticas con coherencia lógica, pero a costa, sin
embargo, de la abstracción de la experiencia y del
distanciamiento del mundo. Ni la pérdida de la ex-
periencia ni del mundo merman la validez de la ideo-
logía a los ojos de los ideólogos y Fanáticos; muy al
contrario, debido a ella, afrman, se accede a la ‘ver-
dadera’ realidad. La ideología Funge, entonces, como
un oráculo omnisciente que explica el mundo y el
sentido de la historia con claridad geométrica y ne-
cesidad irreFutable, siempre y cuando se saquen las
conclusiones correctas e ineludibles de las premisas
únicas dadas. “Cualquiera que aceptase que existían
41
Perspectivas Teóricas
cosas tales como las ‘clases moribundas’ y no extra-
jera la consecuencia de matar a sus miembros o que
el derecho a la vida tenía algo que ver con la raza, y
no extrajera la consecuencia de matar a las ‘razas no
aptas’, era simplemente un estúpido o un cobarde.”
47
El pensamiento ideológico se subyuga volunta-
riamente a la ‘fuerza coactiva del argumento’, pues
tiene ‘temor’ de contradecirse. No busca otra cosa
más que certeza y seguridad por lo que sospecha pa-
ranoicamente de la libertad. “Su objeto es la Histo-
ria, a la que es aplicada la ‘idea’; el resultado de esta
aplicación no es un cuerpo de declaraciones acerca
de algo que es, sino el despliegue de un proceso que
se halla en constante cambio. La ideología trata el
curso de los acontecimientos como si siguieran la
misma ‘ley’ que la exposición lógica de la ‘idea’.”
48
Al
renegar furibundamente del ámbito de la contingen-
cia, la ideología no pretende otra cosa que destruir
nuestras facultades para la política y la historia: la
acción y el juicio. Comparte así un rasgo fundamen-
tal de la corriente más influyente del pensamiento
político occidental (el cual, Arendt, por cierto, no
duda en caliFcar como “el pecado más antiguo de la
Flosofía política de Occidente”): el intento de subs-
tituir la acción por medio de la fabricación (
Herste-
llen/work
) como la actividad que debería imperar en
la esfera de los asuntos humanos debido a su calcu-
labilidad y conFabilidad, a que tiene un comienzo
y un Fn determinados y, también, porque los pro-
ductos de la fabricación pueden ser manipulados y
destruidos según los requerimientos del
homo faber
(cualidades, todas éstas, que no son propias de la
actividad humana de la acción).
49
Ahora bien, cuando el pensamiento ideológico es
introducido consecuente y violentamente en la polí-
tica, en la esfera de la acción y el discurso libres, la
ideología se expresa como terror. El terror “es con-
cebido para traducir a la realidad la ley del movi-
miento de la historia o de la naturaleza.”
50
En un
Estado verdaderamente totalitario, el terror ya no es
simplemente el medio para suprimir a la oposición
interna, sino que se vuelve él mismo, para decirlo
en términos de Montesquieu, el principio de toda
política totalitaria. “Si la legalidad es la esencia del
gobierno no tiránico y la ilegalidad es la esencia de
la tiranía, entonces el terror es la esencia de la do-
minación totalitaria.”
51
En efecto, mientras que la tiranía se maniFesta
como la ausencia de leyes y se sujeta a la voluntad
de un individuo o de una camarilla; en cambio, la
dominación totalitaria es la encarnación misma de
la Ley, es, paradójicamente, el reflejo negro del go-
bierno constitucional, su desdoblamiento negativo.
No es un gobierno ilegal, pues sus actos se someten
a la ley de la naturaleza o a la de la historia. DeFen-
de su superioridad argumentando que su legalidad
no tiene que ver con la de las limitadas leyes positi-
vas humanas, sino con una más alta y trascendental.
“El terror es la realización de la ley del movimiento;
su objetivo principal es hacer posible que la fuerza
de la naturaleza o la historia corra libremente a tra-
vés de la humanidad sin tropezar sin ninguna acción
espontánea.”
52
Así, elimina la acción y todo espacio
público y privado de la libertad con el Fn de alcan-
zar el control y la dominación totales del compor-
tamiento de la pluralidad de seres humanos a través
de la ejecución inflexible de la ‘conclusión’ de las
premisas ideológicas. “Reemplaza a las fronteras y
los canales de comunicación entre individuos con un
anillo de hierro que los mantiene tan estrechamente
unidos como si su pluralidad se hubiese fundido en
Un Hombre de dimensiones gigantescas.”
53
47
Ibid
., p. 697.
48
Ibid
., p. 694.
49
Vid
. H. Arendt, “Geschichte und Politik in der Neuzeit”, en
Zwischen Vergangenheit und Zukunft
,
Übungen im politischen Denken I
, München,
Piper, 1994, pp. 98 y 109.
50
H. Arendt,
Los orígenes del totalitarismo
op. cit
., p. 688.
51
Ibid
., p. 688.
52
Idem.
53
Ibid
., p. 689.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
42
De la banalidad a la normalidad: la ley totalitaria
y los asesinos totalitarios son los más peligrosos de
todos porque no se preocupan de que ellos mismo
resulten estar vivos o muertos, si incluso vivieron o
nunca nacieron”
58
.
Si el totalitarismo intenta hacer al ser humano
superfluo subvirtiendo su condición humana, enton-
ces la institución fundamental del totalitarismo es,
en consecuencia, el campo de exterminio donde “to-
do es posible” y permisible y la dinámica del terror
no encuentra límite. Éstos “son los laboratorios para
el experimento de la dominación total”. Alcanzan su
objetivo “cuando la persona humana –que siempre
es una combinación particular de comportamiento
espontáneo y determinado- es transformada en un
ser totalmente condicionado, cuyo comportamiento
puede ser detalladamente calculado cuando es con-
ducido a la muerte segura.”
El proceso de la destrucción de la persona huma-
na se realiza gradualmente: comienza con la des-
trucción de la ‘persona jurídica’. La detención de la
persona en un Estado totalitario inicia este proceso
no justamente por la injusticia del hecho, sino por-
que entre éste y las acciones y opiniones del arres-
tado no existe ninguna ‘conexión’. Delito y culpa
son deFnidos ‘objetivamente’ por la ideología (por
ejemplo, pertenecer a una ‘raza inferior’). El segun-
do paso es la destrucción de la ‘persona moral’ que
implica que, bajo las condiciones de la dominación
totalitaria del campo de exterminio, cualquier acto
de protesta individual pierde signiFcado porque, en
la soledad del campo, no es registrado ni recorda-
do por nadie; ni siquiera el martirio representa una
opción heroica, porque se vuelve ‘vacío y ridículo’
en medio del olvido organizado. La catástrofe mo-
ral se completa cuando las víctimas son obligadas a
colaborar con sus verdugos en la realización de los
En la tercera parte de su obra,
Los orígenes del
totalitarismo
, Arendt había caliFcado al totalitaris-
mo como “el mal radical”, haciendo uso del término
kantiano, pues sus crímenes se ubicaban más allá de
toda pena o absolución, de toda comprensión y re-
conciliación sobre las que la “solidaridad” humana
se fundamenta. “Cuando lo imposible es hecho po-
sible se torna en un mal absolutamente impunible e
imperdonable que ya no puede ser comprendido ni
explicado por los motivos malignos del interés pro-
pio, la sordidez, el resentimiento, el ansia de poder
y la cobardía. Por eso la ira no puede vengar; el amor
no puede soportar; la amistad no puede perdonar.”
54
Hannah Arendt postulaba que el exterminio físico
de los judíos era un “crimen contra la humanidad”
cometido en contra del “pueblo judío”. En efecto, el
genocidio es un crimen de lesa humanidad porque
amenaza radicalmente la “condición humana”, la
pluralidad de los seres humanos, al intentar destruir
la “comunidad” del “género humano”.
55
Este crimen
hace al ser humano uno superfluo a través del ex-
terminio organizado de su humanidad, es decir, de
las condiciones de la pluralidad, natalidad, espon-
taneidad e individualidad. El totalitarismo no tiene
solamente el objetivo de dominar dictatorialmente
a los hombres, sino que pretende, tal y como en los
campos de exterminio nazi se intentó sistemática-
mente, transformar de manera nihilista la naturaleza
humana. En términos políticos, el mal radical tota-
litario destruye absolutamente las condiciones de
la acción pues “trasciende la esfera de los asuntos
humanos y las potencialidades del poder humano”.
56
Es un hecho abominable ya que “imposibilita toda
acción posterior”
57
. Los líderes y simpatizantes de
movimientos y gobiernos totalitarios “creen en su
propia superfluidad tanto como en la de los demás,
54
Ibid
., p. 680.
55
Cfr.
H. Arendt,
Eichman en Jerusalén
op. cit
., pp. 410 y ss.
56
H. Arendt,
La condición humana… op. cit
., p. 260.
57
H. Arendt,
Vita activa oder Vom tätigen Leben
, München, Piper, 1992, p. 24.
58
H. Arendt,
Los orígenes del totalitarismo.
.. op. cit.
, p. 661.
43
Perspectivas Teóricas
crímenes, buscando borrar así toda distinción entre
unos y otros. El último paso de este proceso es la
desintegración de la ‘individualidad’ por medio de
la tortura permanente y mecanizada. “El resultado
es la reducción de la naturaleza humana al míni-
mo denominador común de las ‘reacciones idénticas’
condicionadas.”
59
La eliminación de la condición humana de la ‘plu-
ralidad’ no afecta sólo a los enemigos y víctimas de
la dominación totalitaria. También los mismos eje-
cutores de la ley de la naturaleza o de la historia se
someten a dicha eliminación y se entienden como
‘agentes’ o ‘instrumentos’ del movimiento inherente
a aquélla o a ésta. En última instancia, la creación
de “Un hombre de dimensiones gigantescas” incluye
a todos los que han caído en la dinámica totalitaria.
Las personas individuales no cuentan. El ‘todo’ es lo
absoluto para la ideología totalitaria que pretende
nada menos que ‘fabricar’ a la ‘humanidad’. Gracias
a la noción de ‘enemigo objetivo’ —es decir, todos
aquellos que ‘obstaculizan’ el movimiento de la na-
turaleza o de la historia independientemente de su
‘intención subjetiva’ o no— toda persona en un ré-
gimen totalitario es apta para intercambiar papeles
de acuerdo a las necesidades de la ideología. Las
purgas estalinistas demostraron una y otra vez có-
mo los verdugos de antaño no estaban a salvo de la
violencia arbitraria del terror totalitario. Su some-
timiento ideológico al veredicto de los tribunales
de Moscú dan una idea de cuán bien preparados es-
taban para cumplir cualquier papel que se les asig-
naran con tal de cooperar en el triunfo de la idea
comunista y ‘acelerar’ el movimiento de la historia.
Si se negaban a acatar la sentencia, se demostraba
que eran ‘enemigos del pueblo’, y así toda su vida
hubiera perdido sentido.
60
Como vimos, la dominación totalitaria se iden-
tiFca a sí misma con la ley. Su autoridad y legitimi-
dad se fundan en su reconocimiento y cumplimiento.
Ahora bien, en el Tercer Reich, la ley se redujo a la
voluntad de Adolf Hitler y ésta era su única fuen-
te legítima. La ley totalitaria fue adquiriendo, poco
a poco, carta de ciudadanía en la nación germana.
±ue apoderándose del ordenamiento legal y consti-
tucional de la República de Weimar, suplantándolo
y socavándolo al mismo tiempo.
61
La subversión del
orden constitucional por parte de la legalidad ideo-
lógica se logró, entonces, a través de un insólito
‘mimetismo’: el mal imitaba el bien y se instituía
como la norma. En la Alemania naziFcada, el mal
había perdido su capacidad de seducir; las cualida-
des por las cuales se le reconoce e identiFca en su
carácter extraordinario se habían difuminado en la
normalidad legal. De esta forma, al establecerse el
‘mal radical’ como norma, se devela, inesperada y
sorprendentemente, como ‘banal’ “
si
par
banalité
on entend ‘normalité’
”.
62
Así, la diferencia entre un
acto político o administrativo y el crimen estatal-
mente dirigido se había esfumado. Paradójicamente,
todo acto auténticamente moral y político bajo con-
diciones totalitarias se le perseguía como un delito,
mientras que el crimen gozaba de la protección y
apoyo de la ley.
59
Idem.
60
Ibid
. pp. 698 y ss.
61
Vale recordar que el ascenso al poder de los nazis fue mediante una elección democrática; el orden constitucional no fue violentado por lo que
Hitler era un gobernante legal. De hecho, la Constitución de la República de Weimar nunca fue derogada. Y, por si esto fuera poco, la conFanza
y simpatía del pueblo alemán por el nuevo gobierno se incrementó con los ‘triunfos’ de su política económica que, gracias a la reactivación
industrial, entre otras cosas, mediante el rearme, bajó la inflación y el número de desempleados disminuyó. A los ojos del ciudadano alemán
promedio, Hitler no sólo era un canciller legal, sino hasta legítimo.
62
Roberto Esposito, “Le mal en politique. Reflexions sur Hannah Arendt”, en Marina Cedronio, (ed.),
Modernité, démocratie et totalitarisme:
Simone Weil et Hannah Arendt
, París,
Klincksieck, 1996 (Actes et Colloques, 47) p. 136.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
44
La destrucción del juicio y sus peligros para la
polis
Filosofar, como la expresión radical del pensar
puro, no es otra cosa que permanecer en el asombro.
“Heidegger habla, en consonancia con Platón, de la
‘capacidad de asombrarse frente a lo sencillo’, pero,
a diferencia de Platón, agrega: ‘y tomar este asom-
bro como residencia’.”
67
Por supuesto, el ±lósofo es
un hombre como todos los demás y habita el mun-
do común como todo mortal; sin embargo, hace de
la tierra del pensamiento su ‘residencia’ cuando se
sumerge en la reflexión, por lo que su estado medi-
tativo bien puede adjetivarse como una cierta dis-
tracción del mundo.
Regresemos ahora a nuestra cuestión principal:
¿es su±ciente, pues, el pensar puro para evitar el
mal? Traigamos el caso Martin Heidegger a colación.
Hannah Arendt denomina a su antiguo maestro el
“rey oculto” del “reino del pensar”. Ella y muchos
más sabían que, gracias a Heidegger, el pensar había
“vuelto a la vida”.
68
Como vimos, en “su esencial separación del mun-
do, el pensar sólo se ocupa de lo ausente, cosas u
objetos, que se han sustraído a la percepción in-
mediata”.
69
Lo cercano físicamente queda desterra-
do del campo de observación del pensar; mientras
que lo lejano le es lo más próximo. Esta capacidad
del pensamiento de “aproximarse a la lejanía”, co-
mo diría Heidegger (es decir, de abstraerse de los
negocios cotidianos y entretenerse con conceptos e
ideas), se paga al precio de una ‘retirada’ de la esfe-
ra de los asuntos humanos. Efectivamente, la retira-
63
H. Arendt, “El pensar y las reflexiones morales”, en
De la historia a la acción
, Barcelona, Paidós, 1995, pp. 115 y 128.
64
Para el tema,
vid
H. Arendt,
La vida del espíritu… op. cit
especialmente la primera parte. El mejor trabajo dedicado al concepto de pensar
en la obra de Hannah Arendt es, sin duda, el de Dag Javier Opstaele,
Politik, Geist und Kritik. Eine hermeneutische Rekonstruktion von Hannah
Arendts Philosophiebegriff
, Würzburg, Königshausen & Neumann, 1999.
65
H. Arendt, “Martin Heidegger ist achtzig Jahre alt”, en Hanna Arendt y Ursula Ludz,
Menschen in Fnsteren Zeiten
, München-Zürich, Piper,
1989, pp. 176 y ss.
66
Ibid
., pp. 177 y ss.
67
Ibid
., p. 179.
68
Ibid
., p. 174.
69
Ibid
., p. 180.
Reflexionando sobre Eichmann, Hannah Arendt
sabía muy bien que “para causar un gran mal no es
necesario un mal corazón”, así como que “la mayo-
ría de las veces el mal es hecho por gente que nunca
se había planteado ser buena o mala”.
63
Pero, ¿cómo
ocasiona la ausencia de pensamiento el mal? ¿Bas-
ta el pensar puro para evitar el mal y la injusticia?
¿Qué entiende Arendt por pensar? ¿No es una acti-
vidad exclusiva de los sabios, ±lósofos y cientí±cos?
y, si es así, ¿con qué derecho la esperamos encon-
trar en personas cuyas tareas tienen un aire familiar
y más práctico?
El pensar es una facultad mental fundamental y
autónoma, cuya actividad es, como la vida, un ±n
en sí mismo que se actualiza en la especulación.
64
El pensar puro es una actividad que “no es impulsa-
da por una sed de saber o un afán de conocimiento
y que puede volverse una pasión que, más que do-
minar, ordena y gobierna todas las demás capacida-
des y talentos”.
65
El pensar surge del asombro ante
el espectáculo cotidiano del mundo que lo impele a
reflexionar sobre el sentido de todo lo que es. Por
eso, no tiene ±nalidad ni objetivo, como tampoco
pretende obtener resultados teóricos o prácticos. La
actividad del pensar se asemeja al ‘velo de Penélo-
pe’, pues una y otra vez recomienza su labor sin llegar
a resultados concretos. Así, el pensamiento desbara-
ta por la noche lo que tejió en el día pero no en el
sentido de revocación de lo alcanzado, sino en el de
pensar de nuevo lo pensado.
66
45
Perspectivas Teóricas
da para residir en la tierra del pensamiento conlleva
sus peligros para el flósoFo porque, ascendiendo al
cielo de las ideas, esForzando su razón para alcanzar
lo puro e invisible, va perdiendo, al mismo tiempo,
su sentido común y la Facultad de juicio los cuales
nos ponen en consonancia con el mundo y sus ha-
bitantes. Para el hombre común y corriente, dueño
de un sano sentido común, la salida del flósoFo de
la caverna no parece más que un disparate sin pies
ni cabeza. En el diálogo
Teetes
, Platón ilustra dicha
situación. Allí relata la historia del flósoFo Tales y
la campesina tracia “que atestiguó cómo el ‘sabio’,
que dirigía su vista hacia los cielos para observar los
astros, caía al pozo por lo que estalló en risas por-
que, el que pretendía conocer el cielo, no sabía qué
se encontraba bajo sus pies”.
70
Heidegger asimismo cayó en el pozo pardo del
nazismo con su corta, pero signifcativa, participa-
ción como rector en la universidad de ±riburgo. Co-
mo muchos flósoFos de antaño, que conFundieron
el mundo con la tierra del pensamiento, Heidegger
también quiso intervenir en los asuntos humanos
‘colaborando’ con el régimen nazi. Es verdad que,
a diFerencia de muchos otros, no perpetró ningún
crimen, pero lo que obtuvo al fnal no Fue sino su
Siracusa.
Entre la ausencia de pensamiento de AdolF Eich-
mann y el pensar puro de Martin Heidegger surge,
entonces, un parentesco sorprendente y bizarro:
ambos renuncian al mundo y a nuestra herramienta
mental para nuestra orientación mundana, es decir,
a la Facultad del juicio. El juicio, la Facultad men-
tal más política de todas, es el órgano del espíritu
que requerimos para orientarnos en un mundo de
apariencias caracterizado por la variedad y la diFe-
rencia. Gracias a él, podemos comprender lo nue-
vo y nunca antes visto sin disponer de criterio o
concepto alguno para su enjuiciamiento. Eichmann
estaba perdido en la ausencia de pensamiento de
la vida cotidiana, mientras que Heidegger se halla-
ba extraviado en las esFeras del pensamiento puro.
El primero despreciaba el juicio y la libertad que lo
habita e imitaba de hecho y palabra todo lo que
los demás hacían alrededor suyo. El segundo, dis-
traído por problemas metaFísicos e interpretando
la toma de poder nacionalsocialista como un suce-
so revolucionario con consecuencias casi cósmicas,
marginó el juicio a Favor del pensamiento y no pu-
do más percibir la diFerencia política en el mundo.
Ambos, en fn, cayeron víctimas de la alienación
del mundo.
70
Ibid
., p. 182.
Juzgando en la plaza pública: la conciencia
Está claro que Eichmann no estaba Familiariza-
do con ejercitar el pensamiento. Lo desconcertan-
te es el caso de Heidegger. ¿No era Arendt misma,
pues, quien afrmaba que el pensar evitaba cometer
el mal? Resolvamos este acertijo. Aquí hay sólo una
contradicción aparente. Al concepto de pensar de
Arendt no sólo le subyace la actividad del pensa-
miento puro que ejercitaba magistralmente Heideg-
ger; para ella, el pensar posee asimismo connotacio-
nes morales al actualizar la conciencia.
Sócrates es un raro ejemplo de un flósoFo que
conjuga en su persona tanto el talento para la ac-
tividad del pensar como el de la acción política. En
otras palabras, sabe, como Heidegger, apartarse del
mundo; pero, a diFerencia de éste, también sabe
cómo regresar a la esFera de los asuntos humanos,
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
46
que es, en todo caso, la verdadera ‘residencia’ de los
hombres.
Veamos ahora las metáforas que Sócrates utili-
zaba acerca de su propia actividad como pensador,
para ilustrar los efectos de la actividad de pensar. Él
decía que a veces era como el pez “torpedo”, otras
como el “tábano” y, en otras tantas ocasiones, como
una “comadrona”.
71
Como el pez “torpedo”, el pensar paraliza y entu-
mece al que lo activa, lo deja en la incertidumbre y
en un absoluto “embrollo”, pues al revisar lo que se
tenía por cierto y bien sabido, queda uno desconcer-
tado al percatarse que, en realidad, no sabía nada.
72
Nuestros conceptos, creencias, valores y normas no
son sino “pensamientos congelados” que el pensar,
al escrutarlos, los “descongela”.
73
Igual que el “tá-
bano”, el pensar aguijonea al pensante y lo impele
a la “reflexión y al examen crítico” de todo lo que
sucede a su alrededor y de toda proposición que cai-
ga en el radio de su atención.
74
Y, Fnalmente, tal
como la “comadrona”, el pensar nos “purga” de pre-
nociones, prejuicios y creencias no examinados que
se daban por sentados y que nos “impiden pensar”
por nosotros mismos. Si bien es cierto que, como las
comadronas de la antigua Grecia, el pensamiento es
“estéril”, esto es, no produce resultados concretos,
en cambio sí “sabe cómo librar a otros de sus pen-
samientos”.
75
Aunque es verdad que el pensar no ofrece nada
alternativo a lo destruido, en cambio nos inculca el
ethos
de una vida dedicada al examen y a la crítica.
Esto nos lleva, ahora, a revisar qué entiende Aren-
dt por ‘conciencia’ y su importancia en cuestiones
morales.
Las personas aparecen como una y la misma an-
te sus semejantes gracias a su identidad. Pero, des-
de un punto de vista mental, los hombres también
aparecen ante sí mismos, pero ya no como uno sino
como ‘dos’. El desdoblamiento interno del Yo y el Sí
mismo es lo que denominamos conciencia. Para mí
mismo, soy dos a la vez, y esos dos ‘conviven’ en mí:
“En mi unicidad se inserta una diferencia.”
76
Esta
diferencia interna no es la mera
alteritas
de la iden-
tidad de todo ser ante los demás, frente a lo que no
es: A es A, porque no es B ni C, etc.
El pensar es el socrático ser-dos-en-uno, el pla-
tónico diálogo silencioso de “yo conmigo mismo”.
“El pensar, hablando existencialmente, es una em-
presa solitaria, pero no aislada; la solitud es aquella
situación humana en la que me hago a mí mismo
compañía.”
77
Cuando pienso, soy doblemente acti-
vo: soy el que pregunta y el que contesta. Soy esos
dos, a los cuales mantengo en vida a través del diá-
logo silencioso, pero no mudo, de la conciencia. La
dualidad interna sólo se maniFesta, pues, en el pen-
sar de la conciencia.
Mientras que el criterio del discurso cientíFco es
la verdad, el del diálogo interno es el acuerdo: “el
estar conforme con uno mismo”. Si los interlocuto-
res se contradicen, en realidad se han convertido
en “enemigos”.
78
En otras palabras, al actualizar mi
conciencia mediante el pensar, los dos participantes
del diálogo deben estar en buena relación entre sí y
mantener su amistad; porque del amigo que concurre
al diálogo no se puede “escapar” más que dejando
de pensar. Está siempre presente examinando nues-
tros actos, opiniones y pensamientos. Es un testigo
insobornable de nuestra vida que convive con noso-
tros. De tal suerte, si cometiésemos un delito, por
ejemplo un asesinato, ¿cómo podríamos acallarlo?
Peor aún, ¿cómo podríamos vivir en paz y amistad
con él que esta allí para censurarnos, interrogarnos
71
H. Arendt,
La vida del espíritu… op. cit.,
p., 202.
72
Idem.
73
Idem.
74
Ibid.
, p. 203.
75
Idem.
76
Ibid
., p. 214.
77
Ibid
., p. 216.
78
Ibid.
, p. 219.
47
Perspectivas Teóricas
y llenarnos de remordimientos? Y ¿quién quisiera vi-
vir, después de todo, con un asesino? Ciertamente
nadie, ni siquiera otro asesino. El remordimiento y
el sentimiento de culpa nacen, precisamente, de la
reprobación que nos hace la conciencia. Para no po-
ner, pues, en riesgo la armonía del espíritu, los dos
que me habitan tienen que llegar a un acuerdo. Y el
único posible es el de no hacer peligrar la amistad
cometiendo actos que nos impidan vivir en armonía
con nosotros mismos. Por eso, vale la máxima “no te
contradigas”, porque tendremos que rendir cuentas
al tribunal de nuestra propia conciencia. El temor
de perpetrar el mal es, pues, “la anticipación de la
presencia de un testigo” que nos hará reproches una
vez que estemos solos con nosotros mismos.
79
“El temor de estar solo y a tener que enfrentarse
con uno mismo puede disuadir de la fechoría pe-
ro este temor, por su verdadera naturaleza, no es
persuasivo para otros.”
80
Cometer el mal amenaza la
armonía interna del espíritu, la amistad de los in-
terlocutores, pero sólo en tanto uno se ocupe de la
cuestión pensando. “La validez de las proposiciones
socráticas depende de la clase de hombre que las
expresa y de la clase de hombre a quien se dirigen.
Son verdades evidentes por sí mismas para un hom-
bre en tanto que éste es un ser que reflexiona; para
quienes no reflexionan, para quienes no mantienen
comunicación consigo mismos, no son evidentes en
sí ni pueden ser demostradas.”
81
Hannah Arendt aFrma que “los únicos que no
participaron [en la dictadura nacionalsocialista] po-
seían otro criterio [al generalmente aceptado]: se
preguntaron en qué medida hubieran vivido en paz
consigo mismo si hubiesen cometido determinados
actos”.
82
Aquellos pocos hombres y mujeres actua-
lizaron la diferencia interna del diálogo silencioso
mental consigo mismos: el pensar. Quien piensa, in-
terrumpe sus actividades, medita sobre una situa-
ción o evento particulares y re-evalúa, con el mismo
viento perturbante del pensar, las respuestas gene-
ralmente aceptadas y los modelos de comportamien-
to convencionales para la presunta situación corres-
pondiente. Quien, pensando, refuta la relevancia y
pertinencia de una norma o una idea, no actúa co-
mo los demás y no imita lo que los demás hacen y
tienen por cierto. El que piensa se halla intranqui-
lo espiritualmente, inquiere y reflexiona, está lleno
de interrogantes, dudas y escrúpulos, examinando lo
que es, lo que ha sido y anticipando lo que puede
llegar a ser. Seguramente no sabrá qué hacer, pero sí
que evitar u omitir. Mas el que descuida el coloquio
interior puede ser entramparse en una situación en
la que cause el ‘mal inFnito’ sin estar consciente de
ello. Las consecuencias en el mundo, es decir, en la
política pueden ser monstruosas, como lo revela el
caso de Eichmann. En este sentido pensaba Jean-
Jacques Rousseau que la libertad debería ser ina-
lienable, pues, de otra forma, se corría el riesgo de
convertirse involuntariamente en un “
instrument du
crime
”.
83
Eichmann, un hombre hecho de hábitos, carece,
sin embargo, de la costumbre de pensar y someter
lo que hace a juicio. Vive en la soledad, pues hasta
se ha abandonado a sí mismo al no permitirse el lujo
de hacerse compañía mediante el diálogo silencio-
so. Eichmann está desierto de sí y tampoco habita
el mundo como persona. Como ha silenciado su con-
ciencia, no conoce el remordimiento. Una persona
que desconoce el diálogo interior “no teme contra-
decirse”
84
ni siente el deseo de justiFcarse. Si hace
el mal o el bien no lo sabrá, pues no está acostum-
brada a evaluar sus acciones. Si coopera en la comi-
79
Ibid.
, p. 222.
80
H. Arendt, “Desobediencia civil”, en
Crisis de la república
,
Madrid, Taurus, 1998. P. 76.
81
Ibid
., p. 72.
82
H. Arendt, “Persönliche Verantwortung.
..
op. cit
, p. 34.
83
Jean-Jacques Rousseau, “Discours sur l’origine et les fondements de l’inégalité parmi les hommes
, en J. J. Rousseau,
Schriften
zur Kulturkritik: Über Kunst und Wissenschaft
(1750). Über den Ursprung der Ungleichheit unter den Menschen (1755),
±ranzösich-
Deutsch
eingeleitet, übersetzung und herausgabe von Kurt Weigand, Hamburg, ±elix Meiner Verlag, 1995, p. 242.
84
H. Arendt,
La vida del espíritu
op. cit
., p. 222.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
48
sión de un delito, ni lo sabrá y bien pronto lo olvi-
dará. Por eso Arendt afrma que hacer el mal no era,
para la mayoría de la gente, una cuestión de inten-
ciones malas, de inteligencia o estupidez. “Los que
no piensan son como sonámbulos.”
85
Y su sonam-
bulismo, es decir, su aFerrarse a las convenciones,
normas sociales y hábitos intelectuales imperantes
en la sociedad, los puede llevar a realizar crímenes a
pesar de no estar plenamente conscientes de ello ni
comprender el signifcado de sus obras. Al renunciar
a un escrutinio crítico, el no pensar acostumbra a la
gente a asirse a cualquier ‘regla de conducta’ dispo-
nible en la sociedad; esto es, más bien, a aFerrarse
a la ‘posesión’ de la regla que a su ‘contenido’. Como
ya vimos, la mera posesión irreflexiva de la norma
bajo condiciones totalitarias se había vuelto proble-
mática. Si en la Rusia bajo Stalin, la nueva moral
bolchevique trastocaba el octavo mandamiento y lo
reFormulaba como ‘levantarás Falso testimonio a tu
prójimo’, en la Alemania nazi el quinto mandamien-
to Fue transFormado en el simple y llano ‘matarás’.
86
El pensar “despierta del sueño” y esto, según Só-
crates, ya es un gran bien para la ciudad y para uno
mismo.
87
En un contexto inusitadamente extremo
como el totalitario, el pensar y el juzgar se convier-
ten en una Forma de la actividad política pues nos
prohíben la obediencia y el apoyo a la dictadura.
Debido a que en esta situación el juzgante se ve
imposibilitado para actuar, su negativa a obedecer
y cooperar lo salva de convertirse en un criminal (si
bien esto resultará políticamente insignifcante en
la medida en que su no involucramiento no cambiará
el curso de los acontecimientos). El aspecto políti-
co de dicha negativa se manifesta en el hecho de
que el juzgante no cierra los ojos ante la realidad y
la “conFronta” tal y como es.
88
Quien se rehúsa, en
cambio, a ver la realidad tal cual es, acepta indirec-
tamente la responsabilidad respectiva de su consen-
so con el régimen, puesto que en el campo políti-
co la obediencia signifca aprobación y apoyo. Para
Arendt, esto supone que la acción política requiere
de un inicio y su realización cooperativa para com-
pletarla, es decir, de un líder y de seguidores que
lo socorran (lo cual es, por cierto, también válido
para los movimientos totalitarios); entonces, pues,
no existe empresa política alguna “sin la coopera-
ción de los otros que realizan el proyecto”. En este
sentido es cierto que “cuando obedezco las leyes del
país, en realidad estoy apoyando su constitución”.
89
Si bien es cierto que el pensar se sustrae del mun-
do Fenomenal y lo abandona, no obstante el contac-
to con éste permanece cuando el viento del pensar
sopla en Forma del juicio en la plaza pública. El pen-
sar sólo puede ser relevante para el mundo cuando
es capaz de Formar una alianza con la Facultad del
juicio. En la obra de Immanuel Kant, la esFera pú-
blica Funge como correctivo para las correrías espe-
culativas de la razón. “Sin embargo, ¡cuánto y con
qué licitud pensaríamos si no pensáramos, en cier-
to modo, en comunidad con otros, a los que comu-
nicar nuestros pensamientos y ellos a nosotros los
suyos!”
90
Kant era de la opinión que el pensamiento
únicamente se puede desarrollar allí donde se pue-
den comunicar las ideas en libertad. Este lugar es,
para Kant, un “público” y, para Arendt, el “mundo”.
En términos ilustrados, la libertad consiste en “ha-
cer uso público en todas partes de [la] razón”.
91
El
pensar sin reFerencia a la esFera pública permanece
puro, pero inhumano. A diFerencia de Heidegger, Só-
crates ubica el pensar en el ágora, o sea, hace públi-
co el pensar y un asunto de todos, lo cual establece,
bien visto, una relación entre el juicio y la acción a
85
Ibid.
, p. 233.
86
Cfr
. Deuteronomio 5: 20 y 5: 17.
87
H. Arendt,
La vida del espíritu
op. cit
., p. 209.
88
H. Arendt, “Persönliche Verantwortung.
..
op. cit
, p. 36.
89
Ibid
., p. 37.
90
Immanuel Kant, “¿Qué signifca orientarse en el pensamiento?” y “¿Qué es la Ilustración?”, en
En defensa de la Ilustración
, Barcelona, Alba
Editorial, 1999, p. 179.
91
Ibid.
, p. 65.
49
Perspectivas Teóricas
través de la formación de opiniones en el espacio pú-
blico. De tal manera, Sócrates escapa a los peligros
que el pensamiento puro puede ocasionar al mundo
que compartimos con nuestros semejantes. “Lo que
Sócrates estaba insinuando.
.. es que convivir con
otros seres humanos empieza con la convivencia con
uno mismo. La enseñanza de Sócrates signiFca que
sólo quien sabe vivir consigo mismo es apto para
vivir con los demás.”
92
El diálogo silencioso, que no
mudo, entre el yo consigo mismo es un elemento
constitutivo de la vida política; además, la forma
como aparezco ante los otros depende, a su vez, de
la manera en que aparezco ante mí mismo. En efec-
to, “la conciencia” signiFca “que no sólo aparezco
ante otros sino también ante mí mismo”.
93
Estar so-
lo (
Alleinsein
) no implica soledad (
Einsamkeit
). Mi
‘mí mismo’ da cuenta de mi propia realidad cuando
dialogo conmigo mismo. “La relevancia política del
descubrimiento de Sócrates postula que la solitud.
..
es.
.. la condición necesaria para el buen funciona-
miento de la
polis
, una mejor garantía que las reglas
de comportamiento impuestas por las leyes y obe-
decidas por el miedo al castigo.”
94
El diálogo interior meditativo es, entonces, de
naturaleza prepolítica pero no antipolítica. Su rele-
vancia política consiste en que nos purga de nues-
tros prejuicios y despeja la mirada del juicio reflexi-
vo, el cual opera sin necesidad de reglas, por lo que
así puede ocuparse de hechos y no de meras preno-
ciones heredados y distinguir la diferencia de una
situación particular.
Hannah Arendt parte del supuesto que, a pesar
de que el pensar no puede ofrecer ninguna doctrina
moral o prudencia práctica, existe, no obstante, una
relación entre el pensar y la moral ya que el pensar
libera mediante sus labores de Penélope un ‘subpro-
ducto’, la facultad del juicio, el cual hace maniFes-
to al pensamiento “en el mundo de las apariencias,
donde nunca estoy solo y siempre demasiado ocu-
pado para pensar. La manifestación del viento del
pensar no es el conocimiento; es la capacidad de
distinguir lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo. Y
esto, en los raros momentos en que se ha llegado
a un punto crítico, puede prevenir catástrofes, al
menos para mí”.
95
Así, entonces, el pensar, el juzgar
y la moral conforman juntos un circuito en el que
la facultad del juicio funge como vínculo entre las
partes. En este sentido, Arendt aFrma que el pensar
puede evitar cometer el mal, es decir, el “inFnito
mal” que es causado, sin motivo o intención espe-
ciales, por “la persona normal, no mala” sin estar
consciente de ello. En tales “casos de emergencia”,
el pensar deja de ser verdaderamente “un asunto
marginal” para el mundo.
96
92
H. Arendt, “Philosophy and Politics”, en
Social Research,
vol. 57, núm. 1, primavera de 1990, pp. 86 y ss.
93
Ibid
., p. 87.
94
Ibid
., p. 89.
95
H. Arendt, “El pensar y las reflexiones morales”, en
De la historia a la acción
, Barcelona, Paidós, 1995, p. 137.
96
Ibid.
, pp. 135 y ss.
Conclusión: el sentido del mal
Hannah Arendt no creía en las Flosofías de la
historia ni en Fguras equivalentes de explicación
de los avatares humanos que encuentran el sentido
de éstos en un plano metahistórico. Sabía que estas
son maneras insatisfactorias de enfrentar la realidad
humana, pues niegan las únicas facultades humanas
capaces de generar sentido en la esfera de los asun-
tos humanos: la acción discursiva y el juicio. El sen-
tido se constituye en la acción y mediante el juicio
de nuestros actos. El mundo humano adquiere sen-
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
50
tido sólo en cuanto somos capaces de conferírselo.
En sí, ningún fenómeno humano posee sentido sin
nuestra intervención intencional. Y esto incluye al
mal. Para Arendt, el mal no es un ser o una esencia
sino producto de nuestros actos. Por decirlo para-
dójicamente, su ser está en el acto y sólo podemos
caliFcarlo como tal si lo juzgamos. Esto no quiere
decir otra cosa que la paradoja del mal proviene de
su “indeterminabilidad objetiva”.
97
Sin el esfuerzo
del juicio, de nuestra facultad mental que se ocupa
de los casos particulares y deFne qué es lo justo y lo
injusto, lo bello y lo feo, no podemos ‘determinar’
qué es el mal. La banalidad del mal no hace refe-
rencia a otra cosa que a la abdicación de la persona
de su responsabilidad de confrontarse reflexivamen-
te con los propios actos y sus consecuencias y so-
meterlos al tribunal de la conciencia. Así entendía
Arendt la conexión entre la ausencia del pensamien-
to y el mal. “La inhabilidad para pensar es la inha-
bilidad de ir más allá de la conformidad del acto a
la norma admitida.
.. En su extraña interdependencia
con el mal, la ausencia de pensamiento es, enton-
ces, la ausencia de la reflexividad y, por tanto, de
la lucidez y sinceridad con respecto a uno mismo.”
98
El que rehúsa a dialogar consigo mismo en el foro
de la conciencia, lleva una vida de ‘autoengaño’, co-
mete un fraude contra sí mismo porque no se toma
en serio como persona, esto es: como un ser libre,
racional y responsable. “Hablar del mal presupone la
capacidad de interrogar lo dado, el evento o el fe-
97
±abio Ciaramelli, “±rom Radical Evil to the Banality of Evil: Remarks on Kant and Arendt,” en Alan Milchman y Alan Rosenberg, (eds.),
Post-
modernism and the Holocaust
, Amsterdam-Atlanta, Editions Rodopi, 1998.
98
Ibid
., pp. 106, 107.
99
Ibid
., p. 110.
100
H. Arendt, “El pensar y las reflexiones.
..
op. cit
., p. 135.
nómeno en referencia a su signiFcado. Sin este va-
cío mínimo entre lo que es —lo que nos afecta, lo
que se nos da, lo que aparece para ser visto y expe-
rimentado— y lo que tiene un sentido, nada podría
ser percibido como un mal.”
99
El juicio reflexivo es
la facultad que tiende el puente entre ser y signiF-
cado. Sin ese enlace, el mal puede resultar de actos
sin sentido.
En el mundo totalitario nazi la normalidad civiliza-
da se había convertido en excepción, mientras que lo
insólito había tomado carta de ciudadanía en forma
de crímenes promovidos por el Estado mismo.
El pensar, como actividad mental no especializa-
da cognitivamente, “no es una prerrogativa de unos
pocos sino una facultad siempre presente en todo
el mundo.”
100
Si es una facultad humana universal,
podemos entonces presuponer el ejercicio de dicha
capacidad a toda persona sana, y no sólo en los
‘pensadores de profesión’; por tanto, es exigible a
cualquiera la capacidad de distinguir lo bueno de lo
malo, lo bello de lo feo aun en ausencia de reglas y
conceptos dados.
En el presente artículo, me he ocupado de puros
fenómenos morales. No importa cuán grande es su
importancia, Hannah Arendt sabía muy bien que el
totalitarismo no era un simple problema moral. Al
contrario, es un fenómeno político y, por tanto, só-
lo se le puede comprender y combatir en términos
políticos y no ofreciendo un nuevo código moral o
proponiendo nuevos valores.
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