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55
El caudillismo periodístico
Félix Ortega
*
Resumen:
Este artículo analiza y describe el rol del
periodista como mediador y manipulador
de la información ante la sociedad. El
autor destaca cómo el periodista tiene
influencia sobre los ámbitos políticos,
económicos y sociales ya que tiene la
voz y el medio de comunicación ante el
público. Asimismo, aborda las diferentes
coartadas que el
periodista utiliza para
comunicar, en vez de la realidad, siempre
lo que él quiere. De igual modo, reflexio-
na sobre la reacción de la sociedad ante
lo que el periodista escribe, así como su
visión al respecto. El texto demuestra el
poder del periodista, hasta el punto en
que las ±guras políticas se tienen que
adaptar a él y convencerlo, más que con-
vencer a la sociedad.
Abstract:
This article analyses and describes the
journalist’s role in society as information
holder and how they manage to manipu-
late information and then communicate
it to society. According to the text, the
journalist has an enormous power on the
political, economical, and social real-
ms, as they are the ones that get the
information to people’s knowledge. The
article also analysed the alibis used by
the journalist to communicate what he
wants, rather than the real facts, and the
reaction and impact this has on society’s
view. It also shows how the politicians
have to adapt themselves to the journa-
lists, to the point they have to persuade
them more than persuade people itself.
Palabras clave:
populismo, periodismo,
liderazgo, opinión, caudillismo, caudillo.
*
Facultad de Ciencias de la Información de la
Universidad Complutense de Madrid,
Campus
de la Moncloa, Ciudad Universitaria, Madrid,
España, 28040.
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
56
Introducción
L
os tiempos actuales parecen haberse convertido
de manera irremediable en tierra de profetas. Los
profetas, ya se sabe, detestan el presente y en su
lugar nos prometen un radiante porvenir. Pero este
tiene poco de nuevo, ya que suele ser alguna pues-
ta al día de viejas y rancias formas de vida que pa-
recían deFnitivamente periclitadas. Lo cual importa
poco, habida cuenta de que el cántico del profeta no
se basa en la coherencia de su contenido, sino en
pulsar alguna Fbra pasional del ser humano. Movi-
lizar, agitar, revolver las aguas de la sociedad es su
objetivo, y no desde luego discutir y convencer con
argumentos cargados de razón. El profetismo con-
temporáneo es la última versión entre nosotros del
otrora campante caudillismo político, que primero
causó furor en los albores del pasado siglo y des-
pués, a partir de la década de los treinta, adquirió
tintes más virulentos en el conflicto más incivil y sus
secuelas que ha tenido nuestra historia nacional. De
todos ellos ha heredado su milenarismo, mas adop-
tando otros ropajes, otras estrategias, otros proce-
dimientos. Quizá lo más llamativo de ahora sea la
fusión en él de tres categorías de personajes histó-
ricos que, claramente diferenciados entonces, ahora
parecen haberse amalgamado en un nuevo tipo de
actor social. En efecto, intelectuales, políticos y pe-
riodistas han desdibujado sus fronteras para alum-
brar este nuevo tipo humano que denomino ‘caudillo
periodístico’, eje central del nuevo espacio público
que ha concentrado en sus manos gran parte de las
peculiaridades de los otros tres personajes pero uti-
lizando como campo de operaciones casi exclusivo
el de la comunicación mediática. Desde él, con las
armas típicas del intelectual-profeta, aspira a ser un
arbitrista de la política sin para ello someterse a la
voluble fortuna de los rituales democráticos. Insta-
lado en un ámbito que controla, pretende que todo
el mundo gire en torno a sus sermones y diatribas.
Porque este actor, lejos de practicar la información,
sólo la utiliza como coartada; es más, rara vez se
dedica a ella.
Este no es un fenómeno aislado que emerja ex-
clusivamente en los medios de comunicación. ±orma
parte de una amplia tendencia contemporánea que
subyace a la proliferación de múltiples manifesta-
ciones de lo irracional, asociadas de una u otra ma-
nera a la dominación carismática. Pero es no menos
cierto que en el periodismo encontramos particula-
ridades y potencialidades que necesitan ser aisla-
das para estudiarlas con detalle y obtener así una
mejor comprensión del fenómeno. Y ello debido a
que, a diferencia de otras eclosiones carismáticas,
la del periodismo no suele percibirse como tal, ni
a sus cultivadores se les considera como decididos
aspirantes al dominio social. Camuflados con el ro-
paje especíFco de la legitimidad de la información,
suelen enmascarar con bastante eFcacia sus reales
intenciones.
Por todo ello es necesario y urgente detenerse en
explicar este tipo de actor social que se ha ido con-
Fgurando al amparo de los medios de comunicación,
para poner de relieve, caso de haberlos, sus vínculos
con rasgos del pasado, así como las condiciones es-
tructurales que hacen posible su aparición y desa-
rrollo. De otro lado, convendrá valorar todo ello en
orden a preFgurar sus efectos tanto sobre la socie-
dad como sobre la propia profesión en cuyo seno ha
irrumpido. En este trabajo sólo me detendré en al-
gunas manifestaciones de fenómeno tan complejo,
que habrá de requerir ulteriores investigaciones de
naturaleza más empírica.
57
Un populismo con escaso carisma
Viene siendo un tópico en los análisis políticos
afrmar, siguiendo a Max Weber, que las largas e irre-
sueltas crisis sociales propician la aparición del líder
carismático, esto es, algún personaje al que se atri-
buyen cualidades excepcionales, casi sobrehumanas,
con las que puede resolver situaciones imposibles
de abordar con las Fórmulas rutinarias o habituales
hasta ese momento ensayadas. Tal vez podría ser el
caso de nuestras sociedades, de las que se afrma
que viven inmersas en una prolongada crisis política
(y hoy ya también social) al tiempo que sus clases
dirigentes son valoradas negativamente como élites
sin cualidades para hacer Frente a las nuevas y apre-
miantes necesidades. El descrédito de la política, el
‘pasar’ de la misma y la desaFección que las nuevas
generaciones muestran a participar (ya sea en los
rituales electorales ya en la necesaria renovación de
las élites) suelen presentarse como el eFecto com-
binado de la crisis y la progresiva descalifcación
(‘grisura’) de los políticos. Y sin embargo, el de la
política no es, al menos por ahora, un terreno pro-
picio para el liderazgo carismático. No por lo menos
cuando se trata de la política democrática, que es
una modalidad más bien ‘Fría’, bastante rutinaria y
no menos esquiva a la hora de repartir dones y pre-
Ferencias electorales. De manera que la tendencia
clara por ahora es que quien goza de cierto predi-
camento y un mínimo de carisma Fuera del campo
político y decide dar el paso al mismo, en vez de
acrecentarlo lo pierde en poco tiempo. Una política
basada en el ciudadano-consumidor produce pronta-
mente decepción ya que resulta inviable satisFacer
a tiempo y, renovadamente, todas sus expectativas.
El liderazgo político devora rápidamente a sus pro-
tagonistas. Como, por lo demás, a cualquiera que se
convierta en personaje público con aFanes de dar
respuestas racionales y útiles a un público cada vez
más insaciable y voluble. Que es lo que les sucede no
sólo a los políticos, sino también a cuantas ‘celebrida-
des’ pululan por el proceloso mar del espacio público.
De ahí que el liderazgo carismático quede reser-
vado o bien para Fórmulas políticas autoritarias o
bien para las versiones Fundamentalistas de las re-
ligiones. En el primer caso, se trata de un carisma
cada vez menos Frecuente, al menos en Forma pura:
es más bien un tipo mixto, en el que se pretende
combinar algún grado de legitimidad democrática
con Formas caudillistas de corte más o menos abier-
tamente dictatoriales. Por lo que a las religiones se
refere, el carisma adopta dos Formas: la una actúa
preFerentemente en el dominio religioso, dando lu-
gar a movimientos de corte medio sectarios, erigi-
dos todos ellos alrededor de un ‘Fundador’ santifca-
do. La otra tiene una proyección política más clara,
ya que se dirige a derrocar regímenes considerados
‘seculares’ (y por tanto contaminados por el pecado)
y a sustituirlos por otros teocráticos, prefgurados
como ‘puros’, que giran alrededor de una especie de
líder mitad monje mitad guerrero. Ahora bien, en
este último caso, la conservación del carisma del
líder sólo es posible de mantener a condición de
permanecer apartado de la gestión gubernamental.
El líder ocupa una posición de ‘vigilante’ o ‘guía’ in-
contaminado que puede en todo momento criticar
las medidas adoptadas por ‘su’ gobierno. Es la duali-
dad establecida en el régimen iraní, primero con Jo-
meini y después con Jamenei. Cualquier Fundamen-
talismo religioso que no diFerencie esos dos planos
acaba por transFormarse en una dictadura corriente,
es decir, limitada a mantenerse por el recurso a la
violencia sistemática.
Pero si el liderazgo carismático oFrece las dif-
cultades descritas, ello no signifca que hayan des-
aparecido las bases que lo hacen posible. En def-
nitiva, estas bases no son otras que aquellas que
permiten canalizar la dimensión dionisíaca del ser
humano (por citar a ±ederico Nietzsche, un persona-
je inexcusable en estas lides), o canalizar los impul-
sos de la horda primitiva (según otro imprescindi-
ble, Segismundo ±reud). El problema reside en cómo
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
58
hacerlo ahora, es decir, qué cauces, recursos, sím-
bolos y tácticas poner al servicio de causas que sir-
ven no para expresar lo que la democracia permite
(los intereses), sino lo que se supone orillado por
la misma (las pasiones). O para expresarlo con más
precisión: cómo hacer pasar por pasiones (morales,
religiosas y hasta ilustradas al servicio de la liber-
tad) lo que al fn y a la postre no vienen a ser más
que intereses particulares. Aquí entrevemos ya una
transmutación
importante de la dinámica carismáti-
ca: en nuestras sociedades el recurso al carisma es,
más que en otras jalonadas por Fuertes convulsiones
sociales, una mera estratagema para ejercer de ma-
nera oblicua un poder que no se tendría por las vías
Formales. Es decir, es un carisma que no busca reem-
plazar (o no totalmente) el sistema de dominación
establecido, sino coexistir con él de manera venta-
jista, cuando no chantajista.
El crisol donde anida la poca o mucha capacidad
de generar carisma en sociedades democráticas es el
populismo
, una amalgama ideológica no bien defni-
ble, dado que en cada sociedad y en cada etapa his-
tórica se nutre de valores, actitudes y estereotipos
diversos. No es propósito de este análisis adentrarse
en el mundo de los mitos que pueblan el populismo.
En todo caso, haré mención en su momento a los
utilizados por la concreta modalidad del mismo que
supone el caudillismo mediático. Pero lo que ha de
tenerse en cuenta es que tal populismo (coexisten-
te, no se olvide, con otras modalidades de dominio
que no lo son) practica alguna Forma de milenarismo
con un Fuerte contenido retrospectivo o ‘recupera-
cionista’, en el que desempeña un lugar destacado
la recreación mitológica de algún tiempo pasado (a
veces bastante cercano) ahora enaltecido. Esto es,
cimentado en lo que A.O. Hirschman
1
denominó “re-
tóricas de la intransigencia” y cuyo objetivo no es
otro que deslegitimar los cambios sociales y políti-
cos con el argumento de que o bien los mismos son
inefcaces o bien destruyen alguna realidad preexis-
tente considerada valiosa. Obvio es que esta reali-
dad de cuya destrucción se habla es mostrada como
parte esencial del acervo de un ‘pueblo’ o ‘nación’.
En defnitiva, nuevas Formas del patriotismo que se
entremezclan con ideologías deFormadas (de manera
especial el liberalismo).
Si en general este mecanismo se detecta con cier-
ta Facilidad en la dinámica política convencional, es
más diFícil descubrirlo en un ámbito cual es el del
periodismo. Y por partida doble: tanto por los con-
tenidos como por el tipo de liderazgo que origina. Es
en el periodismo donde con todo Fundamento apare-
cen con mayor intensidad lo que Lindholm
2
denomi-
nó “sustitutos seculares del carisma”. A desentrañar
esta conjunción compleja de populismo, carisma y
liderazgo en el periodismo dedico el resto del ensa-
yo. La sociedad de reFerencia es la española.
Las ventajas del liderazgo periodístico
Para entender cabalmente cómo Funciona el ti-
po de liderazgo social basado en el periodismo es
necesario retrotraerse a las postrimerías del siglo
XIX español, dado que en aquel momento encontra-
mos un modelo de imbricación entre política y pe-
riodismo que nos permite extraer tanto las afnida-
des (continuidades históricas) como las diFerencias
(rupturas debidas a la nueva estructura social). De
manera acertada las ha descrito José Álvarez Jun-
co
3
en su biograFía de Alejandro Lerroux. La pren-
1
Alberto O. Hirschman,
Retóricas de la intransigencia
, México, ±ondo de Cultura Económica, 1994.
2
Charles Lindholm,
Carisma
, Barcelona, Gedisa, 1995.
3
José Álvarez Junco,
Alejandro Lerroux. El emperador del paralelo
, Madrid, Síntesis, 2005.
59
sa se empleaba entonces como un instrumento de
lucha política, convirtiéndola en
un ámbito para
curtirse políticamente y crearse un ‘capital’ con el
que después dar el salto a la política profesional.
O expresado de manera más completa: una parte de
los miembros más destacados del periodismo de la
época no solían sobresalir por sus cualidades en el
manejo de la información, sino por su capacidad de
ejercer una modalidad de ‘matonismo’ (con duelos y
camorras incluidos), que les permitía en primer lu-
gar hacerse un hueco en posiciones destacadas den-
tro del periodismo. A continuación, se servían del
oFcio como de un mero recurso puesto al servicio de
sus valores e intereses personales, preferentemen-
te de naturaleza política. Con lo que el contenido,
tono y ritmo de lo publicado obedecía a tales obje-
tivos y poco o nada con tratar de explicar los acon-
tecimientos. La prensa venía a ser la continuación
por otros medios de sus actitudes pendencieras, con
el punto de mira enfocado a la conquista del poder
político. De manera que la relevancia en el campo
periodístico servía fundamentalmente para forjarse
un liderazgo fuera de él. En otras palabras: la carrera
que conducía a la élite política venía precedida, en
numerosos casos, del previo forjado, aguerrido y be-
licoso que proporcionaba la agitación periodística.
Esta es la tesis que precisamente desarrolló Max We-
ber al analizar la “política como vocación”, un en-
sayo elaborado en 1919 y en el cual el periodista y
el ‘caudillo’ político se asemejan en que ambos son
demagogos y en que además “la carrera periodísti-
ca continúa siendo una de las más importantes vías
para la profesionalidad política”.
4
Y si nos Fjamos en
el caso estadounidense, encontramos que en fechas
no muy diferentes el ejemplo del magnate de la co-
municación William Randolph Hearst es elocuente:
en todo momento persiguió condicionar la política
de su país y hasta trató, aunque con fracaso inclui-
do, hacer él mismo carrera política. Su interés por
la información fue escaso, lo que le permitía preci-
samente construir grandes escándalos, siempre con
Fnes políticos.
5
Ahora bien, a medida que los partidos de masas
se organizan más sólidamente, con burocracias que
oligopolizan el poder, el liderazgo político depende,
cada vez más, de la previa carrera dentro de la orga-
nización partidista, por un lado, y, por el otro, del
implacable e imprevisible resultado electoral trans-
formándole así en frágil y heterónomo. Con lo que
seguir el
largo recorrido que exigía una primera eta-
pa complicada en la prensa para después arribar a
una posición tan dependiente de los partidos y de
la voluntad electoral, se convertía en un Fasco. Si
a ello añadimos el papel cada vez más relevante e
influyente de la prensa en el juego político y en el
resultado electoral, efectuado siempre desde un es-
pacio propio y autónomo, nos enfrentamos a una
estructura social y política bien diferente a aque-
lla que hacía aconsejable a muchos periodistas dar
el paso a (o simultanear su oFcio con) la política.
Además, sustituir el periodismo por la política exige
tomar (o dejar de tomar) decisiones de cuyos efec-
tos, antes o después, han de asumirse sus conse-
cuencias. Esto es, la política, a diferencia del perio-
dismo pendenciero, obliga a asumir la denominada
por Weber “ética de la responsabilidad”. Con lo que
la carrera periodística deja de ser un medio de inte-
gración en la clase política, para ser percibida por
algunos como un
instrumento de presión política
que
no requiere de las servidumbres propias de la polí-
tica. Se conFgura así un nuevo tipo de liderazgo,
fuertemente asentado en los medios de comunica-
ción y por ende controlable con los recursos propios
del oFcio y desde el cual resulta posible ejercer una
multiplicidad de acciones políticas de cuyo resulta-
do no se derivan responsabilidades ni políticas ni
periodísticas. Y en cualquier caso,
estas acciones de
presión no se someten nunca a veredicto electoral
alguno. Como analizaré un poco más adelante, dado
que la legitimidad del periodismo reside en un dere-
4
Max Weber,
El político y el científco
, Madrid, Alianza, 1979, p. 121.
5
David Nasaw,
W.R.Hearst. Un magnate de la prensa
, Barcelona, Tusquets, 2005.
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
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cho cívico que en la práctica no puede limitarse (la
libertad de expresión), el periodista puede moverse
con más libertad y soltura que el político, obligado
a prometer y a dar siempre menos de lo que prome-
te: de manera que su práctica, aparte de otras consi-
deraciones, forma parte del trueque y la reciprocidad
y necesariamente producirá decepciones. No es el
caso del periodista que, entre otras competencias,
se erige en portavoz de exigencias que a otros co-
rresponderá satisfacer.
Sin salir de su propia esfera de acción, el perio-
dista ha renunciado a cualquier veleidad de dedicar-
se a la política profesional, pero no a la política. En
realidad es ahora, bajo estas nuevas condiciones,
cuando puede hacerlo con mayor soltura, intensidad
y eFcacia. Y lo hace al menos en los frentes siguien-
tes: (1) dotándose a sí mismo del papel de líder
social por antonomasia, que representa e inventa a
la vez la realidad de la que habla; (2) creando, pro-
tegiendo o deteriorando el liderazgo de los demás
a través de la gestión de una supuesta información
que da o quita el crédito; (3) no practicando jamás
la
accountability
(responsabilidad) que suele exigir
a todos los demás.
El fundamento del liderazgo social autoatribuido
radica en la capacidad indiscutible que el periodis-
ta tiene para deFnir la realidad, erigiéndose en su
principal (cuando no único) intérprete. En socieda-
des en las que la tradición se ha disuelto y el co-
nocimiento basado en la propia experiencia tiene
un alcance muy limitado; en una sociedad en don-
de las viejas instancias encargadas de representarla
(los intelectuales) o no existen o son irrelevantes,
es indudable que el marco dominante para interpre-
tar el mundo no puede ser otro que el del sistema
de la comunicación. Un sistema que busca sobre todo
basarse en la
credibilidad
(características persona-
les de quien lo dice) antes que en la
verifcación
(abundancia y Fabilidad de las pruebas aportadas).
Se produce así un marco de referencia personalista:
el público se convierte en ‘creyente’ que acepta las
aseveraciones sobre la realidad en virtud de la con-
Fanza depositada en su portavoz, en esa modalidad
de arúspice (que desentraña los misterios del mun-
do) y de demiurgo (que lo crea y recrea continua-
mente). Esta es una de las razones de la debilidad
estructural que, hoy por hoy, tiene Internet frente
a los medios de comunicación convencionales. La
empatía personal cuenta, y mucho, en una comuni-
cación no sobrada ciertamente de contenidos infor-
mativos; tal identiFcación afectiva es la clave de su
influencia. Y para que surja la empatía tienen que
proponerse tipos capaces de suscitarla: es ese mo-
delo de periodista que emerge como nuevo ‘héroe’ (que
lucha por la ‘libertad’, en aras del ‘bien común’, ‘con-
tra la corrupción’…). Un mito que es importante no
por su adecuación a la verdad, sino por los efectos
que produce: es siempre actual, fusiona la percep-
ción con la participación y es capaz de ilusionar o
excitar. Como escribía García Pelayo:
[…] en las culturas secularizadas, la imagen mítica
no hace referencia a personalidades o acontecimientos
santos, pero sí a la excepcional irrupción de un espíri-
tu, de un instante epocal anunciado por la palabra y los
hechos de personalidades extraordinarias, más consti-
tutivas de la historia que constituidas por ella; en una
palabra, de héroes encarnadores en grado máximo de
virtudes y cuya presencia parte los tiempos, pues antes
reinaban la oscuridad y la servidumbre y ahora reinan
la claridad y la libertad. Que la realidad sea una paten-
te negación de lo aFrmado […] es irrelevante para la
vigencia del mito […] y ni qué decir tiene que al mi-
tologema en cuestión se le puede dar una apariencia
racional mediante ese proceso de deformación de los
hechos (…). Lo importante es que el acontecimiento
histórico no se explique, o no se explique totalmente
por métodos críticos, sino en el fondo como algo mis-
terioso […].
6
En resumidas cuentas: el periodista transmutado
en líder mítico, que no explica la realidad sino que
6
Manuel García Pelayo,
Los mitos políticos
, Madrid, Alianza Editorial, 1981, p. 31-32.
61
contribuye a retrotraerla a un instante anterior al de
su secularización; reencanta el mundo, cubriéndolo
de un halo de misterio, conspiraciones y batallas
maniqueas sin fn cuyo único develador incontami-
nado es el periodista mismo.
Desde tan alta y pura atalaya se atrinchera en un
baluarte desde el cual vigilar permanentemente el li-
derazgo, siempre sospechoso, de los otros. Una vigi-
lancia ejercida en varias direcciones: seleccionando
líderes, desacreditando a otros y haciéndose indis-
pensable para cualquier tarea que guarde alguna re-
lación con el liderazgo. Porque sin la visibilidad que
Facilita el espacio público mediático no hay lideraz-
go posible. Y ello conduce a una línea de actuación
bastante sistemática por parte de estos líderes me-
diáticos: a estar continuamente poniendo en evi-
dencia tanto la dependencia que de sus campañas
tienen los otros líderes, cuanto la Fragilidad de éstos
debida a que su posición ha sido mediáticamente
construida. Una construcción que llevan a cabo con
sentido e intensidad variables en Función del tipo y
orientación de cada líder. De entrada, a cualquiera
que aspire a ser líder o que inicie su andadura por
tales derroteros (por ejemplo, los nuevos dirigentes
políticos o de grupos organizados de la denomina-
da sociedad civil), se le somete durante un cierto
tiempo a un control plagado de ambigüedades. Por-
que, por un lado, se le concede un cierto margen de
maniobra sin críticas o, si éstas aparecen, suelen
ser comedidas; pero, de otro, se le recuerda perma-
nentemente que este tiempo de gracia no durará y
que en cualquier momento podrá ser desacreditado.
Para no serlo tendrá que asumir, inexorablemente,
la agenda marcada por el liderazgo mediático. Cuan-
do tal cosa acontece, se produce una amalgama de
perspectivas e intereses en las que la determinación
de la orientación a seguir se origina con preFerencia
en los medios, dejando a los otros líderes que la eje-
cuten en su específco campo de actuación. Y trasf-
riéndoles la totalidad de las responsabilidades si el
resultado es adverso. Nada de esto suele darse si el
líder es visto desde el principio mismo como ajeno y
por ende nada o muy poco receptivo a las pretensio-
nes del liderazgo periodístico. En tal caso la crítica
global y con pretensiones demoledoras se inicia des-
de los comienzos mismos del todavía incierto papel
del líder novel.
Pero no se piense que las relaciones entre lí-
deres en el primero de los supuestos son Fáciles y
uniFormes. Están plagadas de conflictos y requie-
ren de constantes negociaciones y regateos. No se
trata, como pudiera creerse desde una perspectiva
ideal, de un proceso de discusión racional en tor-
no a proyectos de naturaleza pública. La discusión,
como bien señala Manin,
7
se refere a intercambios
desinteresados en los que la persuasión recíproca
busca adoptar una posición común en torno a la
verdad y desde actitudes éticas. Por el contrario, el
regateo es una comunicación interesada “en la que
los participantes tratan de cambiar las respecti-
vas posiciones mediante recompensas o amenazas
que aFecten a los respectivos intereses personales
inmediatos”.
8
El pacto reside en ponerse de acuer-
do en el precio, no en el argumento. Pero sobre
ello volveré más adelante al reFerirme al clientelis-
mo característico del caudillismo mediático. Basta
ahora con señalar que no hay liderazgo externo a
los medios capaz de resistir mucho tiempo seme-
jante presiones y erosiones. Es un liderazgo depen-
diente y débil, que en cualquier momento puede
ser desacreditado si deja de servir a los intereses
pragmáticos de los medios. Si la caída del líder
tuviere lugar por causas ajenas a la acción mediá-
tica, puede que ésta trate durante un tiempo de
apoyarlo; mas si su caída es percibida como inevi-
table, pasará a engrosar el cementerio de líderes
(abandonados, quemados, deslegitimados o reem-
plazados) en que el Olimpo mediático convierte a
la competencia y a los propios aliados caídos en
desgracia.
7
Bernard Manin,
Los principios del gobierno representativo
, Madrid, Alianza Editorial, 1998, p. 244.
8
Ibid
., p. 243.
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
62
Como no podía ser de otra manera en un lideraz-
go de esta naturaleza, la
accountability
, un rasgo tí-
pico de la democracia, no aparece nunca. Si por algo
se caracteriza el liderazgo periodístico es por la no
responsabilidad más absoluta. De hecho, el mismo
da origen a una élite con poder pero sin responsabi-
lidad. El fundamento de tal fenómeno y la lógica que
subyace al mismo es bien simple. El líder periodís-
tico invocará siempre, como razón suprema de sus
intervenciones, el socorrido principio de la ‘liber-
tad de expresión’, transformado en una salvaguardia
profesional detrás de la cual pueden esconderse to-
do tipo de acciones, que en poco o nada tienen que
ver con la función mediadora que para sí reclama la
ideología profesional. Porque si de tal cosa se trata-
ra, la no
accountability
estaría más que justiFcada.
Mas cuando lo que encontramos son formas de in-
tervención social encubiertas, que pretenden condi-
cionar y determinar la política, tratando de proteger
o defender intereses y opciones particulares, la si-
tuación cambia radicalmente. Bajo tales supuestos,
a estos líderes mediáticos ha de exigírseles, como a
cualquier grupo de interés y de presión presente en
la dinámica social, el congruente nivel de exigencias
y responsabilidades. Y nada tiene que ver con ello
otro problema que a veces se invoca en descargo in-
teresado: la imposible objetividad que pueda llevar
a tanto líder periodístico a equivocarse. Ello sería
así si tal liderazgo participase en el juego atenién-
dose al principio de la imparcialidad. Pero nada de
esto acontece allí donde un liderazgo periodístico se
caracteriza por el partidismo (político o de cualquier
otra naturaleza) a secas.
Pero vayamos a la dimensión que en esta ocasión
importa descubrir: cómo estos líderes periodísticos
han eliminado de sus actuaciones la responsabili-
dad. En primer lugar, si se trata de otros líderes cuya
posición privilegiada han contribuido decisivamente
a ediFcar, mientras los sostienen eluden exigirles
también a ellos cualquier modalidad de responsabi-
lidad. Aquellas dimensiones de su acción que pudieran
desacreditarles se las imputarán a otros (a quienes no
apoyan); una argucia que desde luego todos los líde-
res procuran utilizar y que, si además disponen del
sostén de sus aliados mediáticos, podrán convertir
en una ‘explicación’ pública verosímil. La
transfe-
rencia de responsabilidades
es una vieja táctica que
probablemente tuvo su primer crisol en el mundo re-
ligioso colocando, al lado de los dioses, a los demo-
nios. Ahora bien, el problema surge allí donde estos
líderes no mediáticos empiezan a dar muestras de
flaqueza y a mostrar un liderazgo en quiebra. Ante
ello, los líderes mediáticos que les habían aupado,
sostenido y enaltecido suelen responder de una do-
ble manera: bien mediante la táctica del
sorpasso
,
esto es, iniciando un proceso de feroz descrédito
(superior al de sus opositores) que borre la huella
de la hasta entonces satisfactoria alianza estable-
cida con ellos de modo que tratan de capitalizar
como mérito
lo que no sería en realidad más que
motivo de descrédito propio. O bien, manteniendo
una meliflua y débil defensa que acaba por difumi-
nar las bondades del otrora líder del cual se termi-
na por sacar algún pequeño escándalo, ciertamente
banal dentro del cuadro de descrédito generalizado.
En especial se recurre a este segundo método si se
vislumbra que el líder puede dejar de serlo en el pla-
no de la relevancia política, pero no en otros, como
por ejemplo en el de los recursos materiales a su
disposición.
Tal vez el terreno clave de la no responsabilidad
tenga su desarrollo en el ejercicio de la profesión
periodística entendida como influencia y presión. En
pos de tales objetivos, se puede difundir cualquier
contenido inventado o tergiversado y, además, en
forma seriada: un infundio tras otro. A este rasgo
del liderazgo periodístico podemos denominarlo
fa-
natismo
, ya que se caracteriza por redoblar (o per-
severar) en sus esfuerzos de enredo y confusión
a medida que pierde de vista los objetivos del oF-
cio. A decir verdad, éste sólo parece encontrar sentido,
cuando el fanatismo se aFanza, en el regocijo que
produce el enredo por el enredo y de paso también
por los beneFcios a que diere lugar. Este líder pe-
riodístico, versión profesional de la doble moral tan
cara en ciertos ambientes religiosos, jamás aceptará
63
que se ha equivocado, ya que para reconocerlo debe
haberse asimilado con anterioridad que se pretende
la búsqueda de la verdad ajustada a la realidad. Pero
si esta pretensión falta, podrá continuarse fabulan-
do sin permitir nunca la confrontación con una rea-
lidad que
forma parte de la misma falsiFcación. Y
cualquier crítica será descaliFcada como un atenta-
do a sus absolutos e inalienables derechos a ser juez
y parte de un mundo que considera su criatura.
En resumidas cuentas: frente a los cuestionados
liderazgos políticos y sociales, cada día menos du-
raderos, sometidos al fuerte desgaste de legitimi-
dad que generan los conflictos por el prestigio y la
visibilidad en el espacio público, el liderazgo me-
diático puede permanecer bastante a salvo de tales
contingencias. Y ello debido sobre todo a que con-
trola el principal resorte para administrar tal status:
la visibilidad mediática en la que impone sus reglas
y exigencias. Por el momento, estos líderes pare-
cen formar parte de una ‘casta’ aparte que, a pesar
de las vicisitudes y problemas que en ella hay, han
conseguido sortear el riesgo de la pronta descapita-
lización del prestigio que afecta a todas las formas
de liderazgo actuales. Ellos son, por tanto, quienes
se encuentran en una posición favorable para acu-
mular una parte del deslucido carisma que se distri-
buye en los estratos más visibles y de dominio de
nuestra época.
Vox mediática… vox pópuli
Todo liderazgo ha de legitimarse, para ello, ha
de buscar las fuentes que le permitan ofrecer una
imagen atractiva, creíble y dotada de una cierta es-
tabilidad. Hay liderazgos de naturaleza más instru-
mental ya que se fundan en motivaciones racionales
para cuyo logro es esencial la adecuada elección de
los métodos. Otros, por el contrario, responden más
bien a criterios expresivos y por ello se cimientan
en estimular el componente afectivo de la vida so-
cial. Sin duda alguna el liderazgo carismático es de
este último tipo, lo que no excluye que el líder sea
absolutamente racional y calculador en sus metas,
si bien para conseguirlo trata de concitar tras él
un séquito de sujetos pasionalmente movilizados. El
populismo encaja perfectamente en este caso. Los
líderes populistas han sido siempre extraordinarios
calculadores, pero en orden a alcanzar sus metas de
dominio social han invocado nociones con escaso o
nulo fundamento racional, aunque dotadas de una
alto contenido emotivo, el necesario para generar
fácil y eFcazmente una movilización social; se trata
de conceptos-mitos tales como la ‘nación’, ‘pueblo’,
‘raza’… ¿Sigue siendo válida esta caracterización al
referirnos al liderazgo mediático que acabo de des-
cribir en el precedente apartado? No del todo, por-
que quizá estemos ante una tercer modalidad de li-
derazgo, que no es propiamente ni instrumental ni
expresiva. Veámoslo.
En sociedades con un cierto grado de seculari-
zación y motivaciones pragmáticas, no siempre es
posible el recurso a la alquimia emocional por parte
de los discursos mediáticos. Al menos en su sentido
fuerte, el liderazgo carismático requiere de condi-
ciones que no se promueven satisfactoriamente en
una modalidad de relación, como la mediática, que
es distante y por tanto algo ‘fría’ emocionalmente.
Un populismo de cierta intensidad, aunque puede
promoverse utilizando los medios de comunicación,
requiere en última instancia de la comunión direc-
ta e inmediata con el líder. Pero no por ello debe-
mos excluir el liderazgo mediático de la corriente
populista, sólo que tendremos que encuadrarlo en
una modalidad de populismo de nuevo cuño. Y ello
debido a que construye sus propios mitos legitima-
dores, integrados por una mezcla de elementos racio-
nales y expresivos de la que resulta una lógica de
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
64
dominación bien diferenciada en relación con la de
los viejos mitos populistas. En resumidas cuentas,
el gran mito del liderazgo mediático es la denomi-
nada ‘opinión pública’. Vaya por delante que de ella
existen signiFcados muy diversos, pero cuyo común
denominador no es otro que la aparente naturaleza
ilustrada de la misma (fruto de la deliberación entre
sujetos racionales) y su existencia independiente de
la voluntad de poder de las élites (que se supo-
ne deben subordinarse a los imperativos de la mis-
ma). Sin entrar ahora en otras consideraciones que
nos llevarían por derroteros no adecuados para este
análisis, hay que puntualizar enseguida que en rela-
ción con el liderazgo mediático se produce una es-
pecie de ‘usurpación’ de la opinión pública por parte
de estos líderes. En general, para todos ellos viene a
ser un
cómodo sustituto de la sociedad
, ya que permi-
te reducir drásticamente sus complejidades, divisiones
internas y un grado (mayor o menor) de autoorga-
nización. Por el contrario, el esquema de opinión
pública por ellos manejado sirve eFcazmente a sus-
tentar su posición: por un lado, homogeneiza a la
sociedad haciéndola aparecer como un cuerpo com-
pacto y con una clara toma de posición respecto de
cualquier problema (siempre sugerido por el lideraz-
go mediático); es la
simplifcación
de la realidad, sin
la que ningún mito puede funcionar. Por otro, deja
inerme y sin capacidad reactiva a la sociedad que no
dispone de otra vía que la de la
identifcación
con
las imágenes propuestas, pero sin que haya podido
intervenir activamente en su construcción. Lo cual
redunda en la
no autonomía
y
dependencia
mediáti-
ca
de tal sociedad para reconocerse y dar el paso a
alguna eventual forma de movilización.
El liderazgo mediático construye así un populismo
que administra la fabricación de las representacio-
nes sociales y las emplea para neutralizar o agitar la
vida social, controlando los ritmos y las motivacio-
nes sociales. O al menos lo pretende, porque como
cualquier liderazgo puede encontrarse con resisten-
cias, efectos no queridos o perversos en esta tarea
de ‘ingeniería social’. Para sustentar su posición de
liderazgo populista a partir del mito de la ‘opinión
pública’, es necesario que fabrique la representación
de la misma. Sólo a partir de estas imágenes es co-
mo podremos vislumbrar la emergencia del ‘caudi-
llo mediático’, así como las potencialidades que del
papel se derivan. No se trata de una construcción
al estilo de la analizada por Peter Burke
9
en el caso
del Absolutismo ya que en éste todo el sistema de
fabricación del líder reposaba en la imagen del rey
y en las Fguras alegóricas que a él asociaban los
mecanismos iconográFcos de la época. Ahora nos
enfrentamos a un sistema más soFsticado, dado que
el líder mediático irrumpe como una prolongación
lógica y casi ‘natural’ de la representación de una
realidad diferente a él mismo. Es decir, que el tipo
de argumento elegido para legitimarse, la ‘opinión
pública’, exige
la creación de un personaje que asu-
ma la representación, la interprete y ayude a la so-
ciedad a dotarse de la interna articulación que de
otro modo no tendría. La Fgura alegórica no ha de
tomarse ya de las viejas tradiciones. Tampoco se ne-
cesitan, como en el caso de los políticos, agencias y
estrategias de
marketing
y publicidad ajenas al pro-
pio mecanismo de la producción de noticias para
aislar y deFnir los perFles de sus imágenes públicas.
Antes bien, la ‘opinión pública’ es un tipo de empa-
quetado cultural que viene dotado ‘de serie’ con la
imagen de la sociedad y su máximo valedor, el líder
mediático y todo ello dentro de relatos que en prin-
cipio e idealmente se ciñen exclusivamente a decir-
nos lo que pasa en el mundo.
¿En qué consiste la ‘opinión pública’ para los me-
dios de comunicación en general y para los líderes
mediáticos en particular? En tres signiFcados dis-
tintos, pero complementarios. El primero de ellos
procede de las ciencias sociales y no es otro que la
expresión de dicha ‘opinión’ a través de las encues-
tas y sondeos llevados a cabo con las técnicas apro-
9
Peter Burke,
La Fabricación de Luis XIV
, Madrid, Nerea, 1995.
65
piadas. Ahora bien, para los líderes populistas de los
medios, el rigor de estos análisis es algo irrelevan-
te del cual puede prescindirse con facilidad. Lo que
importa es apropiarse de la legitimidad cientíFca
y proceder ‘como si’ las representaciones por ellos
manejadas se hubiesen obtenido de esta manera. O
también, por expresarlo en términos más periodís-
ticos, lo decisivo es tener un buen titular supuesta-
mente basado en el no menos supuesto inapelable
de la ciencia. A partir de ahí podrán efectuarse todo
tipo de elucubraciones, sugerencias y propuestas.
Con una legitimidad prestada, y en no pocas oca-
siones infundada (leer datos de encuestas, Fchas
técnicas e interpretaciones en no pocos medios de
comunicación provocan cuando menos sonrojo), el
‘caudillo periodístico’ está autorizado a pontiFcar y
profetizar. Y además no lo hace en su nombre, sino
dando ‘voz’ a quienes no la tienen, a esos ciudada-
nos anónimos: el ciudadano ‘común’, el ‘tipo medio’,
la ‘buena gente’. Gracias a unos resultados fabrica-
dos a través de sedicentes encuestas, este líder pre-
tende convertir en asunto público lo que sólo eran
pareceres privados.
Pero no es la única ni la más decisiva represen-
tación. Es más bien la coartada que justiFca otras
dos más. No satisfechos con la ‘opinión pública’ ob-
tenida por (supuestos) procedimientos técnicos, el
liderazgo mediático fabrica una más ‘natural’ o ‘es-
pontánea’, directa y sin intermediarios: la voz en
este caso ‘de la calle’. Que sustituye a los datos de
las encuestas cuando éstas faltan, o que refuerzan,
dramatizan o hacen más verosímil el frío dato de la
encuesta. Y que de una parte trasluce la poca con-
Fanza que tienen en las encuestas (quizá porque sa-
ben cómo han sido ‘cocinadas’), y de otra que entre
‘caudillo’ y
público hay un especie de cordón umbi-
lical por el que fluye sin intermediaciones mistiFca-
dores el ‘pulso’ de la sociedad. En cualquiera de los
casos, la estratagema es clara: la ‘calle’ sabe quién
la representa realmente y el ‘caudillo’ puede apelar a
ella de manera continua para hablar en su nombre.
La tercera representación es la que completa y
cierra el círculo de la nueva mitología popular: el
periodista que no necesita de ningún artiFcio (ni
la encuesta ni la ‘calle’) para ‘saber’ qué es y cómo
piensa su sociedad. Conectado de manera empática
al pueblo, a la gente corriente, a las pulsiones pro-
fundas del ciudadano de a pie, este periodista ‘cau-
dillo’
es
la ‘opinión pública’
tout court
. Los datos o
las ‘voces’ de sus representados, caso de utilizarlos,
sólo son una simple ilustración de ese conocimiento
por él atesorado. Con lo que toda modalidad de re-
presentación diferente (la política con preferencia,
pero ninguna queda indemne al totalismo de la su-
ya) es siempre inferior, incompleta, sesgada o inte-
resada. De modo que cualquier acción emprendida
en nombre de la tal ‘opinión’ ha de subordinarse y
plegarse a la superioridad de la periodística; o me-
jor dicho: a la voluntad del pontíFce máximo de la
nueva religión.
El nuevo líder populista se arroga por tanto tres
prerrogativas, indispensables e insoslayables para
cualquier otro actor del espacio público: deFnir
qué
es
la ‘opinión pública’, concretar cuál es la
voluntad
de la misma y
qué debe hacerse
para satisfacerla.
Capacidad de producción simbólica incuestionable,
voluntad de poder y arbitrismo son tres importantes
rasgos que caracterizan a este liderazgo. Un líder
que, como todo ‘caudillo’, se siente vinculado a su
sociedad (y ésta a él) directamente, sin grupos ni
mediaciones artiFciosas. Un líder que asume el po-
der que tal capacidad expresiva le otorga y que se
traduce en última instancia en la voluntad de llevar
a cabo los designios ‘verdaderos’ de su sociedad. Pa-
ra lo cual se convierte en un arbitrista que cree te-
ner soluciones para todos los problemas; pero unas
soluciones cuya realización transferirá a otros, a los
que pretende convertir en agentes al servicio de su
voluntad de poder. De no hacerse así, siempre estará
en sus manos la movilización, unas veces cognitiva
(creando valores y fomentando actitudes contrarias
al ‘sistema’) y otras con una proyección activa más
directa con llamadas a la ‘revuelta civil’ o eslóganes
por el estilo.
Una fuente legitimadora como es la ‘opinión pú-
blica’, voluble, cambiante y no siempre previsible
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
66
podría pensarse que dota de fragilidad al liderazgo
periodístico, al no proporcionarle un marco estable
de referencia. Este es un problema para el liderazgo
político actual, que además de la legitimidad electo-
ral busca en todo momento adaptarse a la cambiante
‘opinión pública’. Pero no lo es para el periodístico.
En primer lugar, porque gracias a esta flotante ‘opi-
nión’ el líder mediático puede, al haberse convertido
en su oráculo y representación privilegiada, erigirse
en indispensable para dar cuenta constante de sus
preferencias y expectativas. En segundo lugar, el di-
namismo de su representación le faculta para com-
petir ventajosamente con el liderazgo producido por
modalidades de representación más estáticas (como
la electoral, o cualquiera otra que aspire a mantener
una larga duración). Con esta adaptabilidad a los
cambios de la ‘opinión’ el líder de los medios se per-
mite, además, ejercer una función de control y vigi-
lancia (‘mantener en jaque’) a todas las instancias
de poder que deseen gozar de una cierta buena re-
putación social. A éstas acaba presionándolas para
que se ajusten y se conviertan en dependientes de
las demandas (trasmutadas en interés de la socie-
dad) del liderazgo mediático. Y de este modo contri-
buye eFcazmente a transformar en más inestable y
subordinado a su liderazgo el de los demás. Lo cual
transforma a estos ‘caudillos’ en
árbitros imprescin-
dibles
en todo conflicto y proyecto colectivos. Unos
proyectos que deben contener buena parte de
sus ansias arbitristas. Unos conflictos en no pocos
casos creados artiFcialmente por ellos, con lo que
sin su decidida contribución no resulta fácil elimi-
narlos. Son siempre juez y parte.
Con este tipo de racionalidad, el ‘caudillo perio-
dístico’ se construye una posición social y políti-
ca que pretende ser inexpugnable. Con la que debe
contarse (casi) siempre y que debe quedar al mar-
gen de cualquier crítica. Lo primero porque reclama
para sí una labor de Fltrado de la dinámica social
del que sale un ‘mapa’ de las preocupaciones socia-
les relevantes. Y lo segundo porque oponerse a sus
designios es enfrentarse a la ‘mayoría’ de la socie-
dad, conforme queda reflejado en los ‘estados de
opinión’ por él construidos. Convertir a esta opinión
fabricada en una especie de ‘fuente sagrada’ impli-
ca atribuir a su intérprete la condición de profeta,
igualmente sacralizado y por lo mismo protegido de
toda crítica. Una
personalización
de la opinión que
en resumidas cuentas dota a sus intérpretes de la
cualidad de referente necesario e incuestionable,
la misma con la que se ha mostrado a la ‘opinión’.
De donde se desprenden casi todos los poderes que
estos ‘caudillos’ se atribuyen en cualquier campo o
ámbito de la vida social.
La información como argucia
La materia prima utilizada por esta nueva mo-
dalidad de populismo procede lógicamente del los
instrumentos empleados dentro de la profesión pe-
riodística. Se viste con sus ropajes, se camufla ba-
jo sus rituales y reclama para sí sus prerrogativas y
bondades. En suma: la información es siempre pre-
sentada por estos ‘caudillos’ como su único objetivo,
así como el fundamento legitimador de sus prácti-
cas. Como ya ha sido analizado en un trabajo pre-
cedente,
10
la información requiere de una serie de
requisitos que no siempre cumple el periodismo y
que desde luego no encontramos en nuestros ‘cau-
dillos’: lo que éstos hacen pasar por tal no es sino
la más perfecta y acabada expresión de lo que he
denominado “periodismo sin información”. En él la
(no) información es un simple pretexto, una
simu-
10
±élix Ortega (coord.),
Periodismo sin información
, Madrid, Tecnos, 2006.
67
lación
con la que desdibujar otros objetivos menos
explícitos y escasamente confesables. ¿Cuáles son
éstos? Para decirlo con palabras de Goffman, los de
“urdir tramas o fabricar falsas realidades”. La fabri-
cación es el “esfuerzo deliberado de uno o más in-
dividuos para manejar una actividad de modo que
induzca a otros a formarse una creencia falsa de lo
que está sucediendo. Se trata de un proyecto inicuo,
de una trama o plan innoble que —cuando se cum-
ple— conduce a la falsiFcación de alguna parte del
mundo”.
11
Los maquinadores o impostores del enga-
ño lo que buscan de manera deliberada, a través de
una supuesta información, es ‘enredar’ a un público
al que convierten en rehén y víctima de sus maqui-
naciones. En sociedades como la nuestra la sedicen-
te información sirve Felmente para crear el enredo.
A tal efecto se invocan por sus maquinadores tres
grandes razones para justiFcarlo: profesionales (los
periodistas como buscadores infatigables de la ‘ver-
dad’), morales (la información al servicio de la li-
bertad) y políticas (la información como develadora
de los secretos y mistiFcaciones del poder). Y como
rara vez los públicos y audiencias de los medios dis-
ponen de recursos para veriFcar lo que se les da por
información, por tal puede hacerse
pasar práctica-
mente cualquier cosa.
Porque lo que busca quien se dedica a falsiFcar,
poco o nada tiene que ver con las tres racionalidades
anteriormente señaladas sino con una Fnalidad bien
diferente: moldear la realidad conforme a sus in-
tereses, fabricando para ello marcos interpretativos
dentro de los cuales los acontecimientos realmente
acaecidos son reemplazados por otros inventados.
En virtud de esta transformación que sustituye lo
acontecido por lo fabricado, el urdidor de la misma
genera entre su público la duda y la
sospecha
en múl-
tiples direcciones. En primer lugar, desacreditando a
cuantas otras instancias (institucionales, grupos o
personas) intervienen en los acontecimientos rea-
les. En segundo lugar, generalizando la desconFanza
hacia las interpretaciones que pretenden ajustarse a
la dinámica de los hechos. En tercer lugar, habituan-
do a conFar en cualquier versión de naturaleza con-
jetural sobre la realidad, sin necesidad de aportar
pruebas que posibiliten su validación, o basándose
en pruebas no menos fabricadas y engañosas que el
acontecimiento mismo. Y Fnalmente, el descrédito
no sólo se proyecta sobre el presente, sino que tiene
efectos tanto retrospectivos como prospectivos. Es
el caso bastante conocido entre nosotros en los úl-
timos tiempos del revisionismo histórico (construi-
do sin pruebas históricas) y de la anticipación de
los acontecimientos en virtud de un periodismo de
investigación que no es ni una cosa ni menos aún
la otra. Todo ello constituye el crisol del populismo
periodístico, fuente nutricia, por lo demás, de otros
populismos políticos.
El periodismo que aspira a dirigir la sociedad es
fácilmente reconocible por la utilización masiva de
dos recursos principales, que sustituyen radicalmen-
te a la información: la
charlatanería
y la
opinión
infundada
. La primera forma parte de ese descrédi-
to generalizado al que antes me refería. En vez de
atenerse a lo que se sabe (en el caso de que se se-
pa), se procede en orden inverso: se recrea todo un
universo de posibilidades (verosímiles pero impro-
bables) acerca de lo que ha sucedido. Inundado el
campo de las explicaciones por cualquiera que cua-
dre con los objetivos inconfesados y antes de obte-
ner alguna fundada, se impide que ésta pueda al-
canzarse y, cuando se dispone de ella, su crédito es
‘uno más’ a añadir al saco de las mistiFcaciones. Es
cierto, como aFrma ±rankfurt,
12
que la charlatanería
es un discurso “vacío, sin sustancia ni contenido”,
mas no lo es como marco referencial. Porque si bien
no explica nada, impide cualquier otra explicación.
Y al hacerlo la
vaciedad
queda entronizada como la
explicación. Pero, sin duda, siguiendo con las tesis
de este autor, el efecto más demoledor de esta char-
latanería insustancial es que
elimina el eje verdad-
mentira
en que se fundamenta el conocimiento. El
charlatán, a diferencia del mentiroso (que sabe lo
11
Erving Goffman,
Frame Analysis. Los marcos de la experiencia
, Madrid CIS, 2006, p. 89.
12
Cfr.
Harry G. ±rankfurt,
On Bullshit. Sobre la manipulación de la verdad
,
Barcelona, Paidós, 2006, p. 53.
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
68
que es verdadero y por tanto puede rectifcar o exi-
gírsele que lo haga), goza de una libertad absoluta
para Falsifcarlo todo. “No se limita a introducir una
Falsedad en un punto determinado, por lo cual es-
tá condicionado por las verdades que rodean dicho
punto o intersectan con él. Está dispuest[o], si hace
Falta, a Falsear también el contexto.”
13
Los hechos
y su interpretación son algo carente de interés. Pa-
ra el charlatán lo que importa es su intención, que
en todo momento tratará de ocultar. “Su ojo no se
fja para nada en los hechos, como sí lo hacen, en
cambio, los ojos del hombre sincero y del mentiroso
[…] No le importa si las cosas que dice describen
correctamente la realidad. Simplemente las extrae
de aquí y de allá o las manipula para que se adapten
a sus fnes.”
14
El resultado global es que donde no
hay verdad ni mentira tampoco hay reglas ni normas
que permitan alcanzarla y evaluarla. Cualquier cosa
vale con tal de encajar en la construcción de la Fal-
sifcación.
De ahí que sus cultivadores se hayan volcado en
un género periodístico al que han convertido en
prácticamente único, dotándole así de la potencia-
lidad de transmutarse en cualquier otro género. Me
refero a la opinión. Ésta se presta de manera cabal
a sus pretensiones. Es un género que, desvinculado
de la atención rigurosa a los hechos, proporciona un
recurso propicio para Fabricar todo suerte de mundos
Fantaseados y de tramas
ad hoc
. En eFecto, si la in-
Formación es simplemente un pretexto (o una coar-
tada) proFesional, opinar es una acción que crea su
propio universo de deducciones y argumentos auto-
reFeridos. Invocar ‘pruebas’ en esta lógica no va más
allá de generarlas con la misma naturaleza y realidad
que la que tiene el mundo igualmente Falsifcado. Un
proceso que desde el punto de vista cognoscitivo es
similar al de la Fabricación de los mitos a los que me
reFerí un poco más arriba. La opinión así entendida
construye un orden de realidad no menos ilusorio
que el del mito. Al igual que éste, no se ve aFectado
por su verdad o Falsedad, sino por la capacidad que
tiene para ‘explicar’ ilusoriamente los acontecimien-
tos, invocando Fuerzas y poderes ocultos, tan queri-
dos por ese mundo plagado de sospechas a que dan
lugar las Falsifcaciones.
Cerramos así el círculo Falsifcador al compren-
der el continuo enredo que produce. Construyendo
impresiones que carecen de Fundamento real, pero
resultan verosímiles; alejándose de cualquier distin-
ción entre verdad y mentira, nuestro líder se erige
en opinador (o pontífce del epíteto) absoluto de
todo, sin hechos y sin saber nada sobre los mismos.
Haciendo gala de un radicalismo democrático (que
no es sino de raíz ultramontana), iguala juicios Fun-
dados con simples especulaciones inFundadas y a
éstas les concede la primacía al convertirlas en la
expresión cabal del hombre de la calle. Ahora bien,
el ardid de este pretendido igualitarismo reposa en
que no son las opiniones de la calle las que se ha-
cen circular, sino las de los ‘caudillos’, a las que se
les dota de un carácter incuestionable. DiFerir de
ellas no es para estos ultramontanos una crítica ra-
cional, sino un atentado contra el monopolio de la
libertad de expresión en que han convertido sus plá-
ticas. Porque sus evaluaciones de la realidad no se
mueven, como he dicho, en el eje verdad-mentira,
sino en el de libertad-censura. Cualquier argumento
elaborado conForme al primer eje para criticarlos,
lo descalifcarán utilizando el segundo de los ejes.
La verdad, tan manoseada por estos líderes, es un
recurso retórico que no se atiene casi nunca a los
procedimientos idóneos para lograrla. Pero su invo-
cación les sirve para trasmutar sus inFundadas opi-
niones en asertos incuestionables. Lo que les lleva
siempre a defnir su ofcio en términos morales y
nunca por el lado de los saberes y habilidades nece-
sarias para producir inFormación. De la verdad de la
que hablan no es otra que la de raigambre religiosa,
no de la propia del conocimiento empírico.
Las consecuencias de este circuito Falsifcador son
Fundamentales para comprender el populismo gene-
rado dentro del sistema de la comunicación. Son es-
13
Ibid.
, p. 65.
14
Ibid.,
p. 69.
69
tos periodistas que vengo caracterizando como ‘cau-
dillos’ los responsables, en gran medida, de
producir
el mapa de las preferencias públicas.
Por partida tri-
ple: defniendo la realidad, interpretándola y trans-
Formando el Futuro en presente. Y todo ello gracias
a que su acción de enmarcado interpretativo provo-
ca debilidad y Fragilidad a la realidad justamente no
inventada. En esta tarea compiten sobre todo con
los políticos y, al igual que ellos, dejan de ser meros
‘portavoces’ (en el caso periodístico, de los aconte-
cimientos; en el de los políticos, de su electorado)
para transFormarse en, como señala Manin,
15
actores
cuya Función como meros narradores de ‘lo que pasa’
va dejando su puesto a ‘lo que debe hacerse’. Su de-
cidida apuesta se ciFra ahora en generar demandas
sociales que de otro modo no habrían existido. Allí
donde se detecta la presencia de un periodista dis-
puesto a oFrecer ‘recetas’ para todo, Fórmulas ‘rege-
neracionistas’ (de las que con proFusión han escrito
y hablado algunos de nuestros periodistas de la no
inFormación) y programas para la acción (eso sí, que
otros han de acometer), nos hallamos en presencia
de un ‘caudillo’ que despliega su acción por partida
doble: sobre la sociedad, para que asuma sus ‘idea-
rios’ (camuflados de inFormación) y sobre los polí-
ticos, para que los transFormen en proclamas y ac-
ciones de gobierno (si no quieren verse sometidos
a la sanción de la ‘opinión’ por ellos administrada).
Un liderazgo, por tanto, en el que el periodista-cau-
dillo se arroga el papel de agente doble pero autó-
nomo, próximo a (si es que no conFundido muchas
veces con) los políticos a quienes vigila en nombre
de sus supuestos representados (la ‘opinión’), pero
Formando parte, ‘uno más’, de la masa social a la que
se encargará de hacer partícipe (o discrepante) de
las acciones políticas en la misma medida en que se
adapten a sus deseos.
16
El ‘caudillo mediático’ da un salto más en su
centralidad social: ya no es sólo su más genuino re-
presentante, el proveedor de imágenes con las que
identifcarse; es también y sobre todo el encargado
de elaborar las propuestas con las que movilizar a
su sociedad. Enredado él mismo en proyectos tan
ambiciosos, es lógico que la inFormación no pueda
obstaculizar sus planes. El Foco de su atención se
ha desplazado de contar lo que sucede, a
hacer que
suceda algo
. De cronista a demiurgo es el camino
recorrido por el proFesional transmutado en su nue-
va tarea de ‘caudillo’. En la medida en la que tiene
su
proyecto, no puede ser ya imparcial. Su acción
se volcará en arrastrar tras sus ansias Fabricadoras a
cuantas instituciones y grupos se presten a ello. El
rol de árbitro imparcial deseable en todo periodista
desaparece. En vez de tratar a todos los equipos en
la liza política y social con principios y reglas proFe-
sionales similares,
17
lo que se persigue es que salga
vencedor el equipo propio. Un equipo al que se trata
de dictarle las reglas de juego así como decidir su
alineación.
15
B. Manin,
op. cit.,
p. 276.
16
±élix Ortega, “La política y el periodismo en el nuevo espacio público”, en
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
, año XLVI, núm.
187, enero-abril del 2003.
17
Cfr.
M. Travaglio,
La scomparsa dei fatti
. Milán, Il Saggiatore, 2006. p. 23.
El periodista radical
La impronta con la que esta modalidad de perio-
dismo interviene en el debate público es proclive a
ser mostrada por sus protagonistas como la propia
de un grupo de ‘radicales’, entendiendo por tales a
quienes desarrollan un tipo de ejercicio proFesional
defnido como ‘crítico’ y que, al enFrentarse abier-
tamente con el orden establecido (denominado por
ellos ‘ofcial’), no pueden ser vinculados con las vie-
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
70
jas ideologías, situándose por tanto más allá o por
encima de ellas. Pero este populismo, como todos
los populismos, más que una ‘tercera vía’ es, como
se verá,
otra
modalidad de acción identifcada con
una muy concreta y particular visión de la realidad.
Y en el caso español, además, con un esclarecedor
precedente histórico, al que ya me he reFerido y que
no es otro que el radicalismo de corte lerrouxista,
pero que tampoco hace ascos al “tercerismo utópi-
co” latinoamericano hace años analizado por Marsal
en un excelente trabajo, caído hoy, injustamente,
en el olvido.
18
Vaya por delante que si por ‘radicalismo’ ha de
entenderse una actitud ideológica abiertamente dis-
crepante de las posiciones de la izquierda en ge-
neral y de la socialdemocracia en particular, nues-
tros ‘caudillos’ son radicales. Y si tal actitud supone
la ausencia de identifcación explícita con el Fran-
quismo y sus instituciones, también son radicales.
Incluso algunos de ellos, en esas reconstrucciones
biográfcas a las que suelen ser tan afcionados, se
presentan como ‘luchadores’ contra aquél, ya sea en
su época estudiantil (incluso en instituciones aca-
démicas en donde no se toleraba ninguna Forma de
radicalismo y en las que, sin embargo, no tuvieron
problema alguno), ya en la de las primeras etapas
proFesionales (a las que convendría acudir con más
Frecuencia para conocer mejor a estos personajes).
Cierto es que otros, los menos, tuvieron también
una etapa biográfca de militancia en alguna orga-
nización izquierdista. Sea como Fuere, el conglome-
rado ideológico de estos nuevos líderes populares
no puede explicarse recurriendo a esquemas con-
vencionales. Voy por ello a tratar de desentrañarlo
centrándome en los rasgos que me parece mejor per-
flan sus orientaciones políticas: (1) el periodismo
entendido como
campaña de convencimiento moral
;
(2) la adopción de un
sistema de valores acomoda-
ticio cuando no oportunista
; (3) una proclividad a
deslegitimar
las instituciones sociales y políticas ac-
tuales presentadas por lo general bajo el prisma de
la ‘sospecha’. Todo ello produce un tipo de liderazgo
extraordinariamente
versátil
y al tiempo
cínico
, en el
que lo que hoy se predica como moral y mañana se
denuesta como inmoral. En el Fondo, en este marco
ideológico hallamos una mezcla de dogmatismo y
casuística que sin duda nos retrotrae a otras Formas
de dominio ideológico con proFundas huellas religio-
sas, pero que tampoco dista tanto en algunos casos
de prácticas políticas de cierta izquierda autoritaria.
Vayamos por partes.
El periodismo entendido como campaña
de convencimiento moral
El periodismo como permanente campaña de con-
vencimiento moral (‘misiones periodísticas’ podría
ser la expresión que mejor se ajusta a su cometido)
es el rasgo más sobresaliente del periodismo sin in-
Formación al que antes me he reFerido. Como de lo
que se trata es no de procurar una rigurosa e im-
parcial descripción y explicación del acontecer so-
cial, sino de crearlo, tal cometido exige elaborar un
proyecto centrado en convencer a su público por
vía moral, no por procedimientos racionales. Con el
lenguaje y los recursos del periodismo, se pretende
un objetivo que es de naturaleza estrictamente pro-
pagandística, mas nunca reconociendo que de tal
se trata. Esta acción periodística, a diFerencia de
la explícitamente política, no propone abiertamente
programas, sino que emplea procedimientos retóri-
cos tales a la hora de contar el acontecer social, que
inducen a sus audiencias a adherirse con frmeza a
alguna de las oFertas políticas. O, en otros términos,
la toma de partido del ‘caudillo periodístico’ se rea-
liza convirtiéndose en árbitro
parcial
como narrador
de lo que sucede, tergiversando los datos o simple-
mente Fabricándolos. La ventaja que este mecanis-
mo persuasivo tiene respecto del político, es que
mientras hacia el último el público despliega actitu-
des de recelo (los políticos ‘van a lo suyo’, ‘no cum-
plen con las promesas’, ‘mienten’, etcétera), hacia
el periodístico no se da la misma actitud. En tanto
18
Juan ±rancisco Marsal,
La sombra del poder
, Madrid, Cuadernos para el Diálogo, 1975.
71
en cuanto el
status
general de la profesión no aca-
be por asimilarse al de la clase política (tendencia
que se ha iniciado en los últimos años), y mientras
el ‘caudillo’ siga siendo percibido como oráculo y
paladín al servicio de causas sociales, su partidismo
no será visto como tal; o en todo caso será un par-
tidismo no evaluado en términos políticos. Con lo
que dispone de la ventaja cognitiva de hacer pasar
por crítica lo que en realidad no es sino una apuesta
muy polarizada ideológicamente.
Para lograr esta
meta no es suFciente el arte
de narrar, con mayor o menor verosimilitud, el fluir
de los acontecimientos. Hay que otorgar a estos re-
latos la condición de medios al servicio de alguna
causa más noble y abstracta: la transparencia, la
libertad, el bien social; proporcionar al público las
claves auténticas de ‘lo que pasa’, más allá de las
versiones proporcionadas por otras instancias, siem-
pre presentadas como ‘oFciales’ y por ende tenden-
ciosas. De manera que siempre que sea necesario
para sus Fnes, nuestros ‘caudillos’ descaliFcarán las
interpretaciones policiales, judiciales y hasta cientí-
Fcas, para sustituirlas por la suya, única y verdadera
(el manido ‘periodismo de investigación’ de factura
hispana). Con lo que su relato se transmuta en un
metarrelato, que más que ideología es ‘teología pe-
riodística’: ya no es un simple describir y explicar
los hechos, sino
la
versión que está por encima de
ellos y a salvo de cualquier incertidumbre empírica.
Es el nuevo ‘dogma periodístico’ hacia el que no ca-
be otra actitud que la propia del creyente. En este
‘dogma’ se contienen todas las ‘pruebas’ necesarias
para saber ‘de verdad’ lo que ocurre y, sobre todo,
lo que ocurrirá, con independencia de los datos dis-
ponibles. Para creer, en deFnitiva, los datos son in-
necesarios o engorrosos. Revestido de esta natura-
leza credencial, el metarrelato nunca se equivoca y
por tanto el error le es ajeno. En consecuencia, el
‘caudillo’ nunca tiene necesidad de rectiFcar. Y ello
a pesar de que pueda ofrecer versiones distintas, e
incluso contradictorias, de un mismo acontecimien-
to. Lo cual proporciona a su relato, además, un tono
siempre innovador y excitante, al superar cualquier
regla o constricción. La estrategia en este caso es la
del relato ‘por entregas’, tan característico del pe-
riodismo de ‘escándalos’ analizado por Thompson.
19
En él, se entrelazan las técnicas del periodismo más
comercial y sensacionalista con los estados colectivos
de expectación y ansiedad que suelen acompañar a
situaciones típicas de las ‘revelaciones’ religiosas.
Es una de las razones de que todos estos periodistas
sean tan aFcionados a verse a sí mismos, o ser deF-
nidos por sus acólitos, como una especie de ‘nuevos
sacerdotes’. Y ya comprobaremos qué derivaciones
tiene estas aFnidades religiosas a la hora de esta-
blecer alianzas mundanas con el reino eclesial.
Un efecto de gran interés en este mecanismo des-
tinado a producir
metanoia
(conversión) entre los
seguidores mediáticos es el papel conferido a las sedi-
centes ‘pruebas’ periodísticas. No son tratadas conforme
a los conocimientos empíricamente fundados (obte-
nidos a través de reglas coherentes y validadas con-
forme a criterios reconocidos), sino en virtud de
otras
propiedades que los propios periodistas construyen.
En este caso, a las ‘pruebas’ se les ‘hace decir’ algo que
sólo resulta comprensible en el orden de las creencias,
no en el de las comprobaciones. El periodista actúa en
tales casos de manera similar al que tiene lugar en las
religiones totémicas. El tótem es cualquier objeto de
la realidad al que un grupo otorga un signiFcado que
no se deriva de su propia naturaleza material. En su
lugar lo que hay es la voluntad de que una comunidad
se comporte respecto del mismo en virtud de las pro-
piedades atribuidas y no de su cualidades reales. Pero
hay una diferencia entre el totemismo religioso y su
variante periodística: en el primero, el culto se diri-
ge al objeto; en la periodística, a su fabricante, a ese
líder capaz de transformar radicalmente el signiFcado
natural de las cosas. Una característica por lo demás
siempre presente en todas las formas de populismo
caudillista:
20
su líder se apropia de la palabra y de sus
signiFcados para fabricar la verdad incuestionable.
19
John.B. Thompson,
El escándalo político
, Barcelona, Paidós, 2002, p. 24.
20
Enrique Gil Calvo,
La ideología española
, Oviedo, Ediciones Nobel, 2006, p. 85.
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
72
Esta modifcación interpretativa ejecutada por
estos líderes periodísticos
Forma parte de lo que
GoFFman
21
ha llamado ‘transposición de claves’ don-
de el sentido conFerido a un elemento o actividad se
altera y reconstruye sistemáticamente para ser uti-
lizado en otro marco diFerente. Con alguna variante
notable respecto del esquema goFFmiano, los par-
ticipantes en el periodismo desconocen que se ha
producido la alteración con lo que no se encuentran
en condiciones de ser conscientes del cambio produ-
cido en el enmarcado interpretativo. Al no conocer
el signifcado que el elemento tenía en el marco
primario, se quedan exclusivamente con el signif-
cado transFormado. Un cambio sustancial: “las ac-
ciones totalmente enmarcadas en términos de un
marco de reFerencia primario son reales o suceden
de hecho […] Un cambio de clave de estas acciones
representadas […] nos aporta algo que no ocurre de
hecho, literal y realmente.”
22
Las claves interpretati-
vas, en defnitiva, privadas de su marco real, pueden
ser ahora utilizadas para cualquier otro tipo de sig-
nifcación y por ende empleadas en cualquier otro
marco de reFerencia.
Adopción de un sistema de valores
acomodaticio cuando no oportunista
El conjunto de valores que suele caracterizar a es-
te liderazgo carece de congruencia interna. Es ines-
table, se apropia de cualquier orientación valorati-
va si resulta útil y ventajosa (
oportunismo
) y puede
perFectamente dar giros y bandazos de un extremo
al otro en cualquier escala valorativa. Este cuadro
flotante
podría llevarnos a pensar que estos líderes
periodísticos no tienen una ideología defnida, o que
incluso carecen de ella en absoluto. Muy al contra-
rio, como enseguida pondré de relieve, la tienen y se
sitúa por lo general en el mismo lado del espectro.
De entrada, se desplazan con gran soltura (lo que en
el campo político ha sido bautizado entre nosotros
como ‘sin complejos’) por toda la gama del arco ideo-
lógico, de manera sucesiva y, en ocasiones, simultá-
nea. En el primer supuesto abundan los radicales que
primero lo Fueron de la revolución, y ahora lo son de
la reacción. En el segundo, quizá el más interesante,
se Funden en un mismo crisol principios que proce-
den casi siempre de sistemas autoritarios (políticos
y/o religiosos) y que luego se presentan como si se
tratase del más genuino de los liberalismos. En los
últimos tiempos, la palabra ‘liberalismo’ es, en nues-
tro universo ideológico, una suerte de comodín que
sirve efcazmente para recubrir de una cierta páti-
na de modernidad (o ultramodernidad postmoderna)
a orientaciones valorativas bastante más conserva-
doras. El problema reside, sin embargo, en que las
Fuentes nutrientes de nuestros neóftos liberales no
proceden ciertamente de las principales tradiciones
liberales. No de las Foráneas, dotadas además de cohe-
rencia teórica de una larga y consolidada historia. Se
trata más bien de versiones deFormadoras que en un
contexto como el nuestro, con un grado de cultura
política no ciertamente alto ni consistente, pueden
servir para encubrir el auténtico trasFondo ideológico
(conservador, cuando no reaccionario). Lo que ha lle-
vado a que conspicuos colaboradores del Franquismo
hayan podido presentarse después como encarnación
del más genuino liberalismo. Son esos liberales ‘re-
primidos’ (como a sí mismo se defnió un ministro de
±ranco) que cuando se ‘desreprimen’ mejor expresan
sus genuinas (y nada liberales) convicciones. En re-
sumidas cuentas, un liberalismo doctrinario y dog-
mático, que sólo admite defniciones unívocas de la
realidad y que procura desacreditar por todos los me-
dios al discrepante de ellas. Lo cual genera un clima
propicio para atraer a cuantos antes pertenecieron a
alguna de las versiones no menos dogmáticas y au-
toritarias de la izquierda.
Un aspecto particularmente importante es el re-
lativo a las relaciones de estos ‘caudillos’ periodísti-
cos con el mundo religioso, o, más concretamente,
con la Iglesia católica. Es indudable que una cierta
21
E. GoFFman,
op. cit
., p. 46-48.
22
Ibid.
, p. 50.
73
impronta católica tienen muchos de estos nuevos lí-
deres populares que, o se han formado en centros
religiosos, o trabajan dentro de medios eclesiás-
ticos, o pertenecen a los círculos de influencia de
organizaciones religiosas de corte integrista. Aho-
ra bien, ello no signiFca que constituyan un grupo
de propagandistas católicos. Pueden ser, y de hecho
no pocos son, agnósticos. Sus ligaduras y pactos
religiosos van más en otras direcciones que en la
de las creencias estrictas. De un lado, la actitud (y
no tanto el contenido) dogmática que corresponde
a quien se cree en posesión de
la
verdad y por en-
de jamás reconocerá otras verdades que las suyas
(una versión periodística del monoteísmo religioso).
De otro, la actitud pragmática que les lleva a un
uso
instrumental
de la religión en general y de sus
instituciones en particular. En esta instrumentaliza-
ción la dicotomía presente y activa no es la de cre-
yente/no creyente, sino otra muy típica de nuestra
historia:
clericalismo/anticlericalismo
. Los ‘caudillos’
periodísticos utilizan en su favor los resortes ecle-
siásticos, que no son pocos, y para ello no dudan en
alinearse con los estratos religiosos con poder (la
jerarquía). Pero cuando estos estratos (o alguno de
sus miembros) no le sirven, no dudan en demonizar-
los. Y contra ellos lanzan campañas de desprestigio
que en nada se diferencian de las que emprenden
contra otros grupos y personas ajenas al mundo re-
ligioso. Puede darse el caso, además, de que frente
a un determinado hecho religioso un mismo medio
publique informaciones y opiniones contradictorias,
cuya superación queda en manos del ‘caudillo’ que
cierra la discusión entronizando también la verdad
religiosa válida para el caso.
Hay, por lo demás, en este contradictorio sistema
de valores, otro par de rasgos que debemos conside-
rar. El uno en parte ya se ha explicado: la facilidad
para ‘saltar’ de un extremo a otro. Ha sucedido con
el enconado problema del nacionalismo, sobre el cual
ha habido ‘caudillos’ periodísticos que han pasado de
defenderlo a su condena más absoluta. Que han ben-
decido la ‘negociación’ para después ver en ella la
fuente de todos los males sociales. Eso sí, siempre
dando ‘lecciones’ de moral, integridad y patriotismo
por doquier. Y otro tanto puede decirse del análisis y
valoración de la lucha antiterrorista al pasar de nada
remilgado valedor de la llamada ‘guerra sucia’ a su fu-
ribundo denunciador. Obviamente, la información al
respecto es siempre un subproducto que cuenta poco
o nada en sí mismo y queda subordinado (da igual
que sea real o fabricada) a defender los principios (e
intereses) invocados en cada caso. Ejemplos similares
y frecuentes pueden encontrarse en otros ámbitos,
sean el de la economía, la cultura o la ecología. Todo
ello, claro está, resulta posible no por la ausencia de
memoria, sino porque también ésta se fabrica. Pues
son estos ‘caudillos’ quienes por propia o interpuesta
mano han decidido sustituir a los historiadores y así
poder reescribir, una y otra vez, la historia sin limita-
ciones. Una historia sin el más mínimo rigor dado que
en realidad no es otra cosa que propaganda. Y como
tal, admite cualquier versión.
El otro rasgo que nos permite vislumbrar la cohe-
rencia de un sistema de valores tan inestable es el de
la posición ideológica en la que suelen recalar sus va-
ledores cuando los tiempos se tornan críticos, o cuan-
do se trata de decir la última palabra. Su asidero es el
conservadurismo más rancio. Los grandes cambios, las
innovaciones sustantivas, las transformaciones que
implican rupturas con el pasado se encontrarán casi
siempre con el anatema de estos populistas, que agi-
tan y movilizan a sus públicos con ciertos ‘toques de
arrebato’ de corte apocalíptico que van del cuartea-
miento de la sociedad y el ataque a sus instituciones
más respetables a la disolución de nuestra identidad.
El mito invocado suele ser, cómo no, el de la ‘na-
ción’, entendida ésta en su versión más reaccionaria,
que incluye también la última aportación franquista
al mito. Así que cuando creíamos superada la división
izquierda/derecha en la política, reaparece ahora ba-
jo nuevos ropajes, pretendidamente modernos, en el
populismo mediático.
En resumidas cuentas, nuestros caudillos mediá-
ticos, aprendida la lección del Fn de las ideologías,
alardean como sus mentores neonconservadores de
estar más allá de las ideologías para en realidad estar
Perspectivas Teóricas
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74
más acá. En el fondo, se trata de un escudo protector
con el que poder actuar cómodamente y criticar a
quienes profesan orientaciones valorativas que des-
agradan (casi siempre a la izquierda, pero también
a la derecha liberal), y hacerlo además desde una
pretendida asepsia política. De este modo, lo que se
busca es impedir el ser criticados con argumentos
de la misma naturaleza al tiempo que se descaliFca
por ‘antiguos’, ‘ideologizados’ o ‘sectarios’ a los ad-
versarios. Criticar a los demás por parcialidad, parti-
dismo o unilateralidad desde una supuesta posición
que sintetiza a todas las posibles ha sido siempre
una cualidad
distintiva del populismo.
La deslegitimación institucional
bajo el prisma de la ‘sospecha’
La deslegitimación institucional, cuando conviene
a los propios intereses, es otro de los rasgos más no-
tables y persistentes del populismo. Éste, en deFniti-
va, se considera por encima del orden existente a cuya
concreta organización culpa de todos los problemas
presentes o que pudieran aparecer en el futuro. El po-
pulismo apuesta por construir un nuevo orden para el
cual no es sino un obstáculo o rémora el actual. Pero ello
no impide que se pretenda obtener de este último el
mayor número de ventajas. Pues bien, el crisol más
representativo del populismo actual lo encontramos
en los medios de comunicación que suelen emprender
campañas de descrédito contra las instituciones y las
élites que no se avienen a sus designios. Los populis-
tas del periodismo se reservan para sí, como ya vimos,
la posición de líderes ‘espontáneos’ y cualiFcados de la
sociedad, tanto por conocerla mejor cuanto por aten-
der más cabalmente a sus expectativas. Las demás for-
mas de liderazgo y representación contienen siempre
en su seno desvirtuaciones e intenciones espurias que
les convierten en poco Fables.
En segundo lugar, las instituciones de todo tipo
aparecen como obstáculos para la ‘auténtica’ me-
diación, la que llevan a cabo los ‘caudillos’ con su
público. En consecuencia, la política informativa en
torno a estas instituciones busca con preferencia
cuantas noticias contribuyan al recelo o el descré-
dito de las mismas. Como buen populista, este lí-
der mediático no encontrará mejor caldo de cultivo
para sus Fnes de agitación y convulsión social que
cuando muestre (real o fabricadamente) los desig-
nios ocultos de las instituciones, conFrmando así
las ‘sospechas’ de su degradación. Sólo en el caso de
que alguna de estas instituciones le resulte válida
en un momento determinado, la instrumentalizará y
salvará (momentáneamente) de sus embates. El ca-
so del aparato de justicia español es emblemático.
Antes y mucho más que los políticos, los ‘caudillos’
periodísticos han repartido toda suerte de bendicio-
nes y condenas a jueces y órganos judiciales según
actúen o no conforme a las exigencias mediáticas. A
través de una calculada política informativa creado-
ra de un profundo ‘maniqueísmo judicial’, han con-
tribuido de manera decisiva a ofrecer de la justicia
una imagen absolutamente partidista, escasamente
competente y, desde luego, menos válida y eFcaz
que los medios a la hora de ‘investigar’. InterFeren
con agresividad en los nombramientos judiciales y
luego otorgan, o no, legitimidad a las decisiones de
los tribunales siempre en función de que se adap-
ten, o no, al veredicto anticipadamente pronunciado
por los líderes periodístico. No se trata de la críti-
ca a la justicia, sino de la descaliFcación absoluta
y personal de cuantos jueces y órganos no les dan
la razón. Y como el oportunismo acomodaticio tam-
bién aquí actúa, pueden pasar de ensalzar a demo-
nizar al mismo juez o al mismo órgano en virtud de
que actúe conforme a sus presiones.
No corren mejor suerte las asociaciones y grupos
de la denominada sociedad civil. Pasada una cierta
moda informativa que tiende a ofrecernos el lado más
positivo de la misma, también ella se ha comenza-
do a ser sometida a una línea de información des-
acreditadora. Pero igualmente en este caso, siempre
distinguirán al afín del que no lo es. Y ello resulta
válido tanto para el mundo económico como para
las ONG. En suma, más maniqueísmo: de un lado, el
‘caudillo’ y cuantos reciben sus parabienes; del otro,
75
los que encarnan todos los defectos y son la causa
de todas las desgracias de la sociedad. Como afrima
Minc: el populismo es “tanto más poderoso cuan-
to más débil son la democracia representativa y la
democracia social.” Cuanto menos rica y diversa es
una sociedad, más centralidad ocupan los medios de
comunicación. “El populismo es, pues, el compañero
natural de la democracia de la opinión pública”.
23
En busca del clientelismo
El grupo de periodistas que integran la versión
mediática del populismo ocupa una posición social
harto complicada para mantener un grado de auto-
nomía que le permita actuar siempre como agentes
por cuenta propia. Se ven necesitados de generar
una compleja de red de intercambios y negociaciones
con las principales élites de la sociedad, la econo-
mía y la política. Y es en esta trama de redes donde
nos topamos con dos de los rasgos más sobresalien-
tes de su liderazgo. De un lado, la creciente
perso-
nalización
de que gozan en el espacio público que
les lleva a tratar de convertirse en protagonistas
centrales de la dinámica de los acontecimientos. De
otro, estableciendo una modalidad de
clientelismo
poliédrico
que se caracteriza por pretender convertir
a las élites en sus clientes al tiempo que, a la inver-
sa, ellos mismos son utilizados por aquéllas como
clientes y todo merced a un intricado proceso de ‘fa-
vores’ ‘regateos’ y formas diversas de presión. De re-
sultas del cual la sociedad (siempre entendida como
‘público’ o ‘audiencia’) queda reducida a objeto de
transacción, pero también puede ser transformada
en ‘cliente’ dando así lugar a una tercera modalidad
de clientelismo.
El personalismo ha sido un rasgo típico de to-
dos los populismos y de manera particular podemos
encontrarlo en esa tradición española que tiene su
Fgura más emblemática en Alejandro Lerroux. Co-
mo a propósito señala Álvarez Junco, el populismo
se caracteriza por la escasa relevancia otorgada a
los planteamientos doctrinales o a las proposiciones
cuidadosamente elaboradas, ya que lo central es el
protagonismo concedido a las personas encargadas
de realizarlos. El contenido es el dirigente mismo. A
la mediocridad del contenido se la compensa con la
glosa a la propia actuación o historia individual.
24
Es lo que cuadra a nuestros caudillos periodísticos.
Ya puse de relieve tanto su despreocupación por la
información en sí, cuanto su oportunismo ideológi-
co. Porque en deFnitiva lo importante es que este
líder siempre se mostrará como un adalid al servi-
cio de la ‘verdad’, los ‘intereses generales’ y tópicos
por el estilo, al margen de la coherencia y calidad
de la supuesta información transmitida. Para lograr
sus objetivos extrainformativos, lo decisivo no es la
coherencia intelectual o moral, sino el permanecer
siempre Feles a sí mismos, esto es, a sus propios
intereses. Para este liderazgo, la Fdelidad a sí mis-
mo es lo contrario a la Fdelidad a los hechos con su
lógica secuela moral. “Si hay una actitud intríseca-
mente antitética a una vida social decente y ordena-
da, es ésta”,
25
aFrma con rotundidad alguien que ha
escrito algunos de los opúsculos más críticos contra
los falsarios de la verdad.
Este personalismo es, como no podía ser de otra
manera, radicalmente elitista. El periodista que se
apunta a él persigue integrarse en una élite tan po-
derosa, o más, que el resto de grupos con poder. No
ser contrapoder, sino un poder más al que el resto
no pueda ni desconocer ni criticar so pena de arros-
23
Alain Minc,
La borrachera democrática
.
El nuevo poder de la opinión pública
, Madrid, Temas de Hoy, 1995, p. 197.
24
J. Álvarez Junco,
op. cit
., p. 219.
25
Harry G. ±rankfurt,
Sobre la verdad
, Barcelona, Paidós, 2007, p. 42.
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
76
trar efectos indeseados. No ser mediador ni simple
intermediario, sino detentar una posición Frmemen-
te asentada y omnipresente. Un personalismo i
m-
prescindible
para cualquier tipo de discusión, acción
y toma de decisiones. Un personalismo que dispone
de una base de apoyo que le permite a este perio-
dista dotarse de una especie de “dos cuerpos”, por
usar la metáfora que Kantorowicz
26
emplea para ana-
lizar la “mística política” medieval. Puede decirse,
trasladando los términos a nuestra época, que nos
hallamos frente a una suerte de
mística periodística
.
Al igual que en su predecesora, el caudillo periodís-
tico dispone también de dos ‘cuerpos’: el uno frágil
y efímero que se asocia a una naturaleza no menos
efímera como es la de los acontecimientos relata-
dos. Pero tiene otra ‘corporeidad’ de larga duración,
pretendidamente infalible y operativa de manera
permanente: la de poder fabricar constantemente la
realidad, capaz de anticiparse al futuro, razón por
la que se necesita de su eFcaz colaboración, co-
mo agente principal, para poder seguir contando (y
contando positivamente) en sus crónicas de lo real-
mente importante. Es esta segunda naturaleza de la
que no pocos poderosos quien impregnarse y la que
a su vez realimenta
el poder del periodista.
A diferencia de otros liderazgos, el de los perio-
distas ‘caudillos’ es recreado por sus cultivadores
como incontaminado, protegido de los escándalos
que amenazan al resto. Y ello se debe esencialmente
a la capacidad que el periodista tiene para proteger
la región en la que aparece el descrédito: la ‘región
posterior’, o bambalinas por usar la terminología go-
ffmiana.
27
Es el único actor del espacio público que
dispone de un cierto don de la ubicuidad que le po-
sibilita pasar del ámbito oculto (el de los secretos)
de los demás al espacio público sin que en contra-
partida le sea dado a un ajeno entrar nunca en esa
zona oculta del periodismo donde tienen lugar las
fabricaciones. Con ello salvaguarda el espacio donde
se ‘cocina’ la información (o sus sucedáneos), prote-
giéndose de indiscreciones y deslealtades que desle-
gitiman. Es esta característica la que dota al ‘caudi-
llo-periodista’ de una fortaleza que no tienen otras
personalidades populistas y otras élites. Es el único
de todos ellos en posesión de ardides para mantener
tal posición privilegiada, caracterizada porque ocul-
ta el trasfondo, dicta las condiciones de la puesta
en escena de los demás (reservándose para sí el pa-
pel noble) y puede mantener alejado al público de
cualquier intromisión tanto en las región posterior
de los otros poderosos (de modo que no pueda veri-
Fcarse el relato periodístico) como en la suya propia
(con lo que nadie puede desvelar los secretos que le
perjudican).
En resumidas cuentas, el personalismo de este
caudillo se maniFesta en una triple dirección. En
primer lugar, como aliado ‘conFdente’ y
partner
pri-
vilegiado de cuantos aspiran a disponer de un cierto
capital de visibilidad mediática y relevancia pública.
Es el periodista que aparece al lado y en un plano de
cierta igualdad (a veces superioridad) con políticos,
empresarios en auge (a ser posible aFcionados a ‘in-
genierías Fscales’) y poderosos de toda condición,
arropándoles con el prestigio del aura mítica engen-
drada por la comunicación de masas y protegiéndoles
de desvelamientos indiscretos. En segundo, como
co-guionista (junto a otros sujetos con poder) de
una producción de realidad en la que crea, distri-
buye papeles (por lo general maniqueos) y somete
a continua vigilancia el ‘rodaje’ de la marcha de los
asuntos públicos. Por último, reservándose para sí
el papel principal, el del demiurgo que está
au-des-
sus de la mêlée
. Con la prerrogativa añadida de po-
der intervenir en todo momento en los conflictos,
sin que sea posible exigirle responsabilidad por este
mundo fabricado a su medida.
En virtud de esta posición en el espacio público,
nuestro líder genera una forma de clientelismo sin-
gular que se dirige a dos tipos de grupos bien di-
ferentes. Con ‘los que cuentan’ (élites, poderosos,
celebridades de toda suerte y condición), el clien-
telismo es
dual
. En primer lugar, estableciendo con
26
Ernst H. Kantorowicz,
Los dos cuerpos del rey. Un estudio de teología política medieval.
Madrid, Alianza Editorial, 1985, p. 15.
27
Irving Goffman,
La presentación de la persona en la vida cotidiana
, Buenos Aires, Amorrortu, 1971, p. 117.
77
ellos connivencias en virtud de las cuales protege
los ‘secretos’ (reales o fabricados) compartidos, con
lo que el intercambio de ‘favores’ se cifra en no vol-
verse antagonistas y por ende no desvelar lo que ha
venido estando oculto. Elites, poderosos y cuantos
tengan alguna preocupación por el espacio público
se transforman en ‘clientes’ de estos caudillos del
periodismo, a quienes es necesario recompensar (en
especies varias) para seguir manteniendo del mis-
mo tipo de visibilidad del que han venido disfrutan-
do. Mas es posible, en segundo lugar, comprender
la relación clientelar en sentido inverso: el caudillo
transmutado en ‘cliente’ de otros poderosos. En la
medida que la autonomía de las élites periodísticas
es limitada, por los recursos económicos siempre in-
suFcientes que necesitan, requieren del mecenazgo
generoso de los grupos que disponen de ellos. Esta
subordinación del ‘caudillo’ a un ‘protector’ abun-
da en los medios de comunicación públicos que re-
compensan por lo general de manera harto ilimita-
da las lealtades. Una
patrimonialización vicaria
de
las instituciones públicas (y sus presupuestos) tie-
ne lugar por parte de estos periodistas. Pero igual-
mente la hallamos en los medios de comunicación
privados que, a través de multiplicidad de fórmulas
(publicidad-propaganda institucional, concesiones y
preferencia a la hora de proporcionar primicias in-
formativas), pueden llevar a que las élites donantes
esperen y exijan de estos ‘caudillos’ periodísticos la
correspondiente reciprocidad. Este clientelismo bi-
polar, en deFnitiva, mantiene atrapados en un juego
de
intercambios
a cuantos aspiran a disfrutar de una
cuota de poder e influencia basada en una imagen
mediática favorable.
La tercera relación clientelar es de naturaleza
vir-
tual
. Se trata de la que el ‘caudillo’ desarrolla con
su público o, más en particular, con la parte del
mismo igualmente fabricada: todos aquellos a los
que generosamente presta su ‘voz’ para que, a tra-
vés de la misma, expresen aquellas reivindicaciones
y deseos que se supone no son canalizados por el
orden formal de la representación institucional. El
‘caudillo’ lo es ahora en plenitud, dado que puede
arrogarse la personiFcación
par excellence
del ciuda-
dano anónimo, del hombre de la calle, de la gente
de bien. Portavoz de los ausentes del escenario pú-
blico, construye sus preferencias y exigencias, que
convierte en ‘causa’ propia. A esta ‘delegación po-
pular’ que el ‘caudillo’ se atribuye (y que nunca un
público anónimo podrá refrendar o cancelar, tan só-
lo puede hacerlo la voluntad del propio líder), le si-
gue siempre alguna contrapartida. Que no suele ser
otra que apropiarse de una legitimidad social con
la poder emprender cualquier tipo de campaña; pe-
ro igualmente podrá usurpar cualquier movilización
social como si la misma viniese a ser alguna forma
de plebiscito refrendador de sus tesis y posiciones.
En esta modalidad de clientelismo, los líderes pe-
riodísticos despliegan la doble táctica, inherente a
todos los populismos, de combinar el catastroFsmo
con el milenarismo. Un catastroFsmo que proclama
la ‘destrucción’, la ‘insostenibilidad’ o el ‘Fn’ de al-
guna parte de la realidad social (el nacionalismo es
el tema que mejor se presta a estos objetivos pero po-
demos encontrar muchos otros en terrenos como la
juventud, la inmigración, los avatares empresariales
y, cómo no, el terrorismo, sea autóctono o foráneo).
Y un milenarismo que adopta tintes de moralización
en la que no es infrecuente toparse con el empeño
por recuperar formas de vida ya periclitadas, cuya
pérdida es vista como causante del declive actual.
Controversias, en suma, que resucitan los escasa-
mente fructíferos debates de antaño acerca de una
España ‘como’ o ‘sin’ problema. Una preocupación,
por cierto, del más rancio abolengo franquista, pero
también entonces edulcorada por pretendidas ideo-
logías (el liberalismo, la modernización) tan retor-
cidamente entendidas entonces como ahora. Lo que
en algunos de nuestros caudillos” no parece haber
desaparecido es el vector de integrismo religioso del
pasado, tan belicoso siempre.
En cualquiera de los casos, lo que resulta a todas
luces claro es que bajo el ruido mediático de alta in-
tensidad, en el que las únicas voces que acaban por
dejarse oír son aquellas que los “’caudillos’ dejan
oír, raro es encontrar espacios y condiciones para la
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
78
discusión, la argumentación y la evaluación racional
de proyectos y propuestas. Todo queda arrumbado
por el vendaval de la única lógica posible, la mis-
ma que preside la de los titulares impactantes cuyo
contenido se agota en sí y por sí. El mitin presen-
cial del populismo de antaño, destinado a enaltecer
y movilizar las pasiones, ha sido reemplazado por el
mitin mediático de hogaño, pero con fnalidades si-
milares. Eso sí, la calle ha dejado su lugar a la ‘voz
de la calle’, que no es otra que la de los caudillos
periodísticos. Encarnación actual del Fenómeno que
los italianos denominan
qualunquismo
: el líder no es
otro cosa que un genuino representante del ‘hombre
cualquiera’ que, en defnitiva, no es otro que ese
público amorFo y sin cualidades en que su ‘guía’ ha
querido convertirlo. Para ello sus acciones eluden
cuanto puede servir para elevar su ilustración (po-
ca inFormación y menos razonamiento) y en su lu-
gar un gran griterío destinado a excitar los ánimos
y caldear el ambiente. Con tales penurias mentales,
es probable que aparezca el extraño Fenómeno de
daltonismo ideológico periodísticamente inducido
, es
decir, aquel que crea la Falsa ilusión entre personas
y grupos con aFanes de cambiar la opinión de la so-
ciedad para que considere a estos radicales como si
Fuesen sus aliados. Un caso histórico ciertamente
llamativo lo Fue el de ±errer i Guardia en relación
con Lerroux. Pero no es diFícil encontrar ejemplos
similares en nuestra época., que han originado sor-
prendentes alianzas entre dirigentes sociales, polí-
ticos y ‘caudillos’ del periodismo.
Un actor transformista
Ejercer el caudillismo que acabo de describir re-
quiere de sus actores ciertas cualidades que son de
naturaleza diFerente a las específcas del liderazgo
populista exclusivamente político. Ahora bien, co-
mo en cualquier maniFestación de carisma (incluso en
estas versiones de baja intensidad), lo decisivo no
es que el líder disponga de las cualidades, sino de
que así lo perciban sus partidarios. Y en una rela-
ción virtual como es la del ‘caudillo’ periodístico,
con un escenario Férreamente controlado, pocas du-
das caben para percatarse de que estamos,
también
en este caso, ante un tipo de protagonista Fabrica-
do que cuenta con recursos variados para elaborar y
deFender los mitologemas en torno a la naturaleza
de su personalidad.
De entrada, el ‘caudillo’ mediático puede ejercer
un oligopolio bastante efcaz en el espacio público,
legitimando y reForzando su
status
y manteniendo el
papel de los
competidores de ámbitos diFerentes al
de la comunicación, en condiciones de una depen-
dencia calculada e interesada. Instalado así en el
nuevo escenario público, no les es diFícil eliminar
con relativa Facilidad a los ‘intrusos’. Las difcultades
surgen cuando entra en colisión y conflicto abierto
con otros periodistas que aspiran a lo mismo: apro-
piarse del capital simbólico de tal escenario para
ejercer el ‘caudillaje’ sin oponentes efcaces. Algu-
nos problemas al respecto hemos conocido última-
mente en España y es presumible que vayan a más.
Estas batallas entre ‘caudillos’ de los
mass media
arrastran a sus aliados naturales, en especial a cuan-
tos les fnancian y aquellos que toman decisiones,
esto es, a las élites del poder y, al hacerlo, lo que
consiguen es que los problemas de estos ‘caudillos’
acaban por convertirse en la preocupación básica de
todos ya que el ‘bien público’ se ve desplazado por
el ‘bien periodístico’. Así pues, este ‘caudillo’, erigi-
do en portavoz de los sin voz, acaba por darse la voz
exclusivamente a sí mismo.
Pero no conviene inFravalorar sus capacidades,
que las tiene y utiliza pertinazmente. A diFerencia
del caudillaje político, más simple y vulnerable, el
79
periodístico exige que sus cultivadores asimilen una
variedad de papeles y algunas de las cualidades a
ellos adscritas, al menos los cuatro siguientes:
inte-
lectual
,
político
,
moralista
y
aventurero
. Por la pri-
mera de ellas, el nuevo ‘caudillo’ no sólo se reserva
el control de la palabra sino también la última ex-
plicación de los acontecimientos. Lo de menos en
este caso es si se trata de una explicación racional
o de mera charlatanería. La inexistencia de otro tipo
de intelectual con quien poder comparársele le exi-
me de cualquier rigor al respecto. Lo que realmente
importa es que se genere la creencia (sin prueba)
de que la palabra del líder es la ‘última palabra’ y
que cualquier conjetura o hipótesis se transforme
en una demostración. Y qué duda cabe que para ello
se necesitan no de grandes dosis de conocimiento,
sino de ciertas habilidades retóricas. No se trata de
demostrar sino de persuadir y, a tal efecto, hay que
mostrarse convincente, carente de dudas (y de es-
crúpulos) y siempre presto a convertir en ‘argumen-
tos’ soflamas e imposturas.
En la segunda cualidad, una parte del papel polí-
tico ha sido tradicionalmente asumido por aquellos
periodistas que perseguían hacer del periodismo una
vía de acceso a la política. Ya me he referido a al-
guno de estos personajes prototípico de nuestra no
muy lejana historia nacional. Ahora conviene ceñir-
se a la racionalidad política especíFca de este otro
‘caudillismo’ periodístico de nuestros días. De una
parte, pretende atribuirse una ‘legitimidad política’
que no es la de la política convencional (a la electo-
ral antepone la de la opinión) y en virtud de la cual
reclama para sí un grado de representatividad más
elevada (mayor, espontánea e imparcial). De otra, y
siempre con el fundamento de tal representatividad,
tratará en todo momento de dictar, condicionar o,
de ser necesario, descaliFcar las decisiones tomadas
por la clase política. Ello puede llevar a estos ‘cau-
dillos’ a menospreciar los métodos democráticos y a
insinuar (con subterfugios basados en invocar no se
sabe muy bien qué tipo de ‘civismo’) la necesidad de
búsquedas de ‘otras vías’, diferentes a las especíF-
camente democráticas, de intervención social.
De ahí que el ambiente dentro del cual se sienten
más cómodos corresponde a la tercera de las cua-
lidades arriba mencionadas: la moralización social.
Versión (más o menos) secularizada
de las misiones
religiosas, estos ‘caudillos’ la emplean con un doble
objetivo: mostrar las consecuencias negativas de-
rivadas de las acciones emprendidas por casi todas
las instituciones para, a continuación, proponer am-
plios (e inconcretos) planes de regeneración social.
Sin que existan (en su racionalización) intermedia-
rios entre su sociedad y ellos, están persuadidos de
‘saber’ lo que su sociedad quiere y necesita. Pero no
lo que quiere y necesita para resolver sus problemas
concretos y reales, sino en orden a recuperar su-
puestos ‘honores’ y ‘dignidades’ perdidos a causa de
las perFdias de alguna instancia poderosa caída en
desgracia ante el juicio apodíctico de estos jueces
supremos del ‘caudillismo periodístico’. De estas al-
tisonantes preocupaciones populistas se ocupan no
pocos editoriales, artículos y programas de opinión,
‘homilías’ y géneros propios del sermoneo profético
al
que tan dados son nuestros ‘caudillos’; pero no
es infrecuente que aparezcan mezcladas en relatos
que se ofrecen como mera información. Para ellos,
en realidad, no hay diferencia entre unos y otros gé-
neros periodísticos porque en deFnitiva todos ellos
forman parte del mismo plan: el de convencer mo-
ralmente antes que demostrar racionalmente. La ha-
bilidad por tanto se desplaza del
logos
al
pathos
, del
argumento racional al estímulo emotivo. Y aunque
no siempre lo consiguen, lo cierto es que al menos
les sirve para neutralizar, en no pocas ocasiones, los
problemas reales a los que todo populismo suele ser
refractario.
En Fn, el ‘caudillo’ ha de sacudirse de la rutina
y monotonía de lo cotidiano. Mas dado que el pe-
riodismo forma parte también de las rutinas de
la sociedad, su acción tendrá que desplegarse de
manera que haga saltar los ‘imperativos categóri-
cos’ que la deFnen sólo como profesión. De hecho,
lo que este ‘caudillo’ trastoca, siempre que le con-
viene, es cualquier relación de causalidad, prelación
temporal y contextualización espacial colocando en
Perspectivas Teóricas
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
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su lugar un mundo en el que ‘todo es posible’, con
lo que verdad y mentira se difuminan para dejar pa-
so al principio universal de ‘todo vale’. La vi-
da como aventura es en tal caso no un remedo del
aventurero enlatado del ‘viaje imposible’ del turis-
ta contemporáneo, sino la del que franquea todos
los límites de la realidad. Porque de eso se trata,
de no atenerse a ella más que para deformarla co-
mo fantasmagoría. Contar la realidad tal cual, ade-
más de difícil para el narrador, puede no servir para
generar fuertes emociones en el público. Sólo tras-
cendiéndola podrá cautivársele y en consecuencia
transformarlo en ‘devoto’ de las múltiples aventu-
reras de estos aventureros sin par. Profetas de un
mundo inexistente, sólo pueden ofrecer a su público
falsas ilusiones. Gracias a ellas, el público tal vez
salga de la monotonía, pero quizá pierda no poco
de su capacidad de raciocinio. Muy al contrario de
sus ‘caudillos’, nada ilusorios en sus muy terrenales
ambiciones.
Recibido el 28 de mayo del 2007
Aceptado el 3 de octubre del 2007
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