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Perspectivas teórico-metodológicas
33
Resumen
En este trabajo se discute el valor del formato del debate
presidencial desde el punto de vista democrático y se
analizan los problemas que éste adquiere al ser me-
diatizado en aspectos tales como espectacularización,
personalización, fragmentación, simplicidad etc., así
como las ventajas que también supone dicha media-
tización. En una segunda sección, el autor expone los
resultados de un análisis de contenido aplicado a los dos
debates presidenciales que se efectuaron en la elección
mexicana de 2006, explicando la metodología utilizada
y los hallazgos que de ella se desprenden.
* Universidad del Mayab, Centro de Investigación en Comunicación Anáhuac Mayab (±²±³´), Carretera Mérida-Progreso km. 15.5,
AP. 96 Cordemex, CP. 97310, Mérida, Yucatán, México.
Debates presidenciales y democracia en México.
Desempeño de los candidatos en los debates presidenciales de 2006
Martín Echeverría Victoria
*
Abstract
Tis essay deals with the value of the format of the
presidential debates and is analyzed from the demo-
cratic viewpoint and the problems it acquires when it
is mediatized in aspects such as showmanship, per-
sonification, fragmentation, simplicity, etc., as well as
the advantages that said mediatization provides. In a
second section, the author exposes the results of an
analysis of the content applied to the two presidential
debates that took place in the Mexican election of 2006,
explaining the methodology applied and the findings
that resulted from this
Palabras clave:
debates, análisis de contenido, democracia, elecciones, voto racional.
b
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
34
Introducción
L
a experiencia en México del debate presidencial
y político en general adolece de poca tradición
respecto de países con democracias más con-
solidadas, concretamente Estados Unidos, Francia,
Alemania, y otras naciones europeas, tanto en la era
premediática de la política, como en la contemporánea.
1
En la historia política de México se han efectuado tan
sólo seis debates presidenciales televisados; dos en cada
contienda presidencial. Sin embargo, la realización de
los debates llega en un momento en que las campañas
electorales han incorporado plenamente los rasgos de
una campaña mediática,
2
lo que implica que la comuni-
cación electoral ha adquirido ya las características mas
criticadas a este tipo de campañas en otros sistemas
democráticos, esto es, la superficialidad del mensaje
político y la negatividad y confrontación como estra-
tegias centrales.
Ante este panorama, se dibujan dos posturas po-
sibles para la clase política: por un lado, los debates
presidenciales pudieran ser implementados como un
espacio ideal para comunicar propuestas y construir
el discurso político de los candidatos, y como una al-
ternativa respecto de otros formatos de comunicación
política (
spots,
intervenciones en noticieros) que han
asumido los rasgos negativos mencionados anterior-
mente; por otro lado, pudieran ser espacios en donde
dichas prácticas discursivas, que algunos han desig-
nado como “negamercadotecnia”,
3
se reprodujeran
como un apéndice más de lo que parece ser una nueva
tendencia de hacer campaña en México. La presencia
predominante de alguna de estas alternativas depende,
por supuesto, de la coyuntura política en que se suscita
el debate, del perfil ideológico e histórico de los partidos
en juego y, particularmente, de las estrategias de los
actores políticos: los candidatos.
Para describir con rigor las características de los
debates y establecer de manera objetiva la orientación
que este formato toma hacia uno de los polos descritos,
es ineludible la atención de la academia. En este mar-
co, el presente trabajo tiene la finalidad de evaluar el
desempeño de las figuras políticas que participaron en
los dos debates presidenciales de la contienda electoral
de 2006. Los debates televisados son, desde el punto de
vista democrático, espacios idóneos para comunicar
propuestas concretas, con cierto nivel de detalle, en
un tono de diálogo propositivo. Un actor político se
desempeña mejor en este formato en la medida en
que lo utilice para hacer propuestas de manera clara,
detallada, explícita, y no se concentre, como en otros
formatos mediáticos (
spots
o declaraciones en los me-
dios), en la exaltación de características personales, en
propuestas superficiales o ambiguas y en ataques hacia
sus contendientes.
Para dicha evaluación de desempeño, en los térmi-
nos definidos, hemos realizado un análisis de contenido
de los debates utilizando una teoría y un procedimiento
adecuado a este fin. Previo a este ejercicio y para una
mejor comprensión del formato y sus particularidades,
ubicamos la práctica comunicativa del debate dentro
de la comunicación política y electoral en general, y
señalamos la coyuntura político electoral en que se
presentaron ambos acontecimientos.
Para hacer explícito el concepto de
desempeño
al
que nos referimos, emplazamos el formato de debate
televisivo de acuerdo con su finalidad democrática y
las premisas de la teoría democrática. A continuación
señalamos la utilidad, así como las limitaciones, que
adquiere este formato a partir de su
mediatización,
en
el entendido de que de esto depende también el poten-
cial de desempeño de los actores políticos. Finalmente
presentamos los resultados del análisis de contenido y
los discutimos a propósito de las premisas previamente
establecidas.
1
Benjamín Marín Pérez, “Debates electorales por TV”, en Salomé Berrocal,
Comunicación política en TV y nuevos medios,
Madrid,
Ariel, 2003.
2
David Swanson, “El campo de comunicación política. La democracia centrada en los medios”, en Alejandro Muñoz-Alonso y Juan
Ignacio Rospir,
Comunicación Política,
Madrid, Universitas, 1995.
3
Andrés Valdéz y Delia Huerta,” Mercadotecnia política en crisis”, en
Revista Mexicana de Comunicación,
año 19, número 101, octubre-
noviembre 2006.
Perspectivas teórico-metodológicas
35
La utilidad cívica de los debates. Perspectivas
democráticas
El debate puede ser concebido desde el punto de vista
de su significado para el ejercicio democrático electoral;
en este sentido, utilizamos el enfoque de Kraus y Davis
4
del debate como oportunidad de instrucción para el
electorado, de manera que tenga elementos de juicio
para tomar decisiones en el contexto de un sistema
democrático formado por electores responsables. Esta
perspectiva es eminentemente normativa, proveniente
de la teoría democrática; posteriormente señalaremos
cuáles son las particularidades del debate
televisado,
aquellas que imponen limitaciones (aunque a veces
ventajas) a la manera en que un debate político puede
ayudar a fortalecer la democracia.
De acuerdo con los autores mencionados,
5
los
debates históricamente han servido para formalizar
el conflicto político entre partidos, y estructurarlo de
manera que fuerza a los participantes a revelar las po-
siciones partidistas sobre los temas. Los participantes
tienen la oportunidad de discutir sobre los méritos
de sus perspectivas ideológicas y criticar las de sus
opositores. Es una modalidad de comunicación per-
tinente si pensamos en la democracia como “el marco
institucional para el tratamiento de los conflictos y su
capacidad para abordarlos desde el lenguaje, desde la
comunicación, desde el diálogo”.
6
Este enfoque requiere una explicación de principios.
En los sistemas democráticos, el derecho de votar asu-
me que el elector es, o se hará, competente para tomar
una decisión responsable. Se da por sentado que el
elector aprenderá a tomar esa decisión y, por lo tanto,
recurrirá a fuentes de información para tal efecto.
7
Los mecanismos de participación popular de los
ciudadanos competentes “supera la tensión inicial
entre una élite gobernante, que invoca ese privilegio
a decidir basado en un entrenamiento superior para
participar en deliberación racional, y los ciudadanos
comunes que apuntan a sus números como expresión
de la voluntad popular”.
8
La democracia, como sistema, confía en que los
ciudadanos promedio se eduquen para participar (y
no sólo las élites, que de entrada tiene instrucción y
recursos para tomar decisiones políticas). Teniendo
como eje el valor moral de cada ciudadano, el derecho
de actuar no está supeditado a la acreditación de la
capacidad de elegir, esto es, el votante no tiene que
demostrar esa competencia. La democracia supone
que cuando se le otorga al pueblo el derecho de actuar,
éste aprenderá a hacerlo de manera responsable.
9
Por
ello, los esfuerzos para hacer a las sociedades más
democráticas “conllevan siempre riesgos, dado que la
gente puede abusar de sus derechos antes de aprender
a usarlos, pero este riesgo es necesario si se quiere que
la democracia triunfe como forma de gobierno”.
10
Desde este punto de vista, el sistema político y las
instituciones de la sociedad civil tendrán que actuar en
correspondencia a la ciudadanía para proporcionarle
elementos que le permitan ejercer su responsabilidad.
En este sentido, los medios de comunicación, como
representantes de la sociedad y mediadores del sistema
político, jugarían un papel fundamental. Desde el punto
de vista de la teoría democrática expresada por Kraus y
Davis, se asume que los electores pueden ser racionales
en el uso de los medios y que pueden usar lo que apren-
den de ellos para incrementar su habilidad para tomar
decisiones siempre de tipo racional. “Los votantes que
activamente buscan adquirir información durante las
campañas deben estar en mejor posición para tomar
decisiones de votación razonables y responsables.”
11
En los debates presidenciales televisados, el sistema
político prepara el escenario de discusión racional entre
los aspirantes al poder y las instituciones de la sociedad,
4
Sydney Kraus y Daniel Davis, “Political Debates”, en Nimmo Dan y Keith Sanders,
Handbook of Political Communication,
Londres,
Sage, 1981.
5
Ibid.,
p. 284.
6
José Luis
Dader,
Tratado de comunicación política,
Madrid, edición de autor, 1998, p. 212.
7
S. Kraus y D. Davis,
op. cit.,
p. 276.
8
Gerard A. Hauser (ed.),
Rhetorical Democracy: Discursive Practices of Civic Engagement,
Mahwah, NJ, Lawrence Erlbaum Associates,
2003, p. 1.
9
S. Kraus y D. Davis,
op. cit.,
p. 276.
10
Ibid.
11
Ibid.,
p. 281.
Los debates presidenciales como arena mediática. Discusión teórica
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
36
representadas por los medios de comunicación, que
proporcionan los canales para hacer llegar estas discu-
siones al público. En el sentido de la formación racional
de los electores, la democracia se ve fortalecida.
Los debates en sí no son capaces de transformar a las
personas en votantes modelo. Pero puede sostenerse que
si la corriente actual es hacia un voto más racional por
más individuos, los debates pueden contribuir a esta
corriente. La sola existencia de debates como eventos
nacionales de campaña sugiere que las sociedades
confían en el voto racional y buscan fomentarla a través
de eventos que, creen, hagan a ese voto más fácil. Si los
debates pueden servir para legitimar el voto racional,
luego entonces los votantes apáticos o poco informados
pueden ser motivados a cerrar la brecha. Los debates no
ofrecen la cura mágica para las brechas de conocimiento
en nuestra sociedad, pero, junto con el desarrollo de
otras instituciones políticas, pueden cerrarla en lugar
de agravar esas diferencias.
12
En suma, según la perspectiva democrática, los debates
televisados son formativos; los ciudadanos deben con-
formar un criterio razonado de por quién votar, para
lo cual necesitan información. Desde el punto de vista
democrático, los debates probablemente sean los únicos
recursos formativos de utilidad, frente a los
spots
o las
noticias televisivas, constantemente criticados por su
brevedad y pobreza informativa.
13
La investigación empírica estadounidense ha pro-
porcionado ciertas constataciones al respecto de lo
que concluimos, aunque también ha matizado estas
afirmaciones. Los estudios demuestran que el debate
es ‘útil’ (el indicador de esta utilidad es el aprendizaje
que tienen las personas de temas de campaña) con-
cretamente para el tipo de votantes que cumplen las
siguientes características:
a) Aquellos que tienen un alto interés en la política,
pero poco tiempo disponible para seguir la cam-
paña. Estos votantes, en atención al cumplimiento
de su responsabilidad como ciudadanos (su interés
en la campaña es cívico y no de entretenimiento),
intentarán recurrir a formatos de alta densidad
informativa. Los debates reducen la distancia entre
ellos y las personas también interesadas en política
pero con más tiempo disponible para informarse.
Estos debates no serían útiles para personas con
poco interés en la política, pues aprenden poco, a
pesar de que saben poco inicialmente.
14
b) Electores que no están identificados con algún par-
tido y cuyas posturas políticas no están polarizadas.
Esta condición provoca que se informen casi exclu-
sivamente a través de los medios de comunicación
y sus formatos, entre ellos el debate televisado.
c) Aquellos que, en atención a estas dos características,
tomen una decisión ya muy avanzada la campaña, y
no antes de la misma, como es el caso de los electo-
res tradicionales, aquellos estudiados de cerca por
Lazarsfeld. El debate, al emitirse justamente hacia
el final de la campaña, le es muy provechoso a este
tipo de votante.
La investigación estadounidense ha identificado, en
los votantes que cumplen estas características, mayor
cúmulo de aprendizaje a partir de los debates y, en
consecuencia, mayor utilidad desde el punto de vista
democrático. Varios autores han señalado la prepon-
derancia de la segunda y tercera características entre
los electores, no así la primera, en tanto que se critica
continuamente las actitudes de indiferencia o cinis-
mo por parte de los votantes (muy poca atención a las
campañas y al proceso electoral en su conjunto). En
cualquier caso, las variables señaladas no indican que
dichos votantes sean los únicos beneficiados, sino los
que obtienen el mayor provecho. No están excluidos de
dichos beneficios los votantes que no presentan estas
características, aunque se advierte que en éstos el im-
pacto del debate no es significativo.
En suma, la principal razón para considerar al de-
bate presidencial como un formato televisivo de impor-
tancia es que, creemos, en última instancia contribuye
al fortalecimiento de la democracia; desde el punto de
vista del sistema político, son acontecimientos que
demuestran la preocupación del mismo (conformado
por instituciones como los medios audiovisuales y los
partidos) por fortalecer el voto racional, basado en
propuestas e ideas. Para los electores, son instrumentos
que ayudan a la formación del votante, de manera que
esté mejor preparado para efectuar un voto racional y
mejor informado.
12
Ibid.,
p. 290.
13
Kathleen Hall Jamieson,
Presidential Debates: Te Challenge of Creating an Informed Electorate,
Cary, NC., Oxford University Press,
1990, pp. 108, 109.
14
S. Kraus y D. Davis,
op. cit.,
p. 289.
Perspectivas teórico-metodológicas
37
Reiteramos que la posición abordada anteriormente
tiene un origen más bien teórico de tipo normativo y, por
lo tanto, con cierto componente idealista; sin embargo,
consideramos que sus premisas son ineludibles: a pesar
de las críticas al formato, varias de las cuales expon-
dremos más adelante, es difícil soslayar su importante
papel educativo.
Mediatización del debate político
Los debates televisados en la actualidad experimentan
varios de los problemas que adquiere cualquier tipo
de comunicación política tradicional al trasladarse al
ámbito mediático. Éstos tienen que ver con las cons-
tricciones del lenguaje audiovisual y, también, con las
prácticas que los actores políticos deciden ejecutar
con ellos.
A continuación intentamos describir los condicio-
namientos mediáticos que acotan lo específicamente
político
que hay en el debate, es decir, las posibilidades
de conflicto organizado entre discursos políticos, para
centrarse en lo
mediático.
Si los medios se han con-
vertido ya en un actor que no sólo difunde, sino que
interviene de lleno en la política,
15
la mediatización
de los debates los ha encuadrado, transformándolos.
16
Estos problemas son relevantes porque pueden, incluso,
distorsionar la finalidad democrática del formato, es
decir, que una práctica política como el debate no pase
de ser una pretensión democrática (
vid. infra
).
Para relacionar los debates con otras formas de
comunicación política, podemos caracterizarlos, si-
guiendo la tipología de André Gosselin, como un deter-
minado tipo de
arena:
“Las arenas están constituidas
por el conjunto de dispositivos, fórmulas, marcos, reglas
y estrategias que definen las situaciones de interacción
en las que pueden confrontarse, difundirse públicamen-
te y evaluarse los discursos de los actores políticos.”
17
La
arena del debate televisado es fundamental porque la
interacción entre los candidatos es simultánea y la eva-
luación de que se habla, producto de la confrontación
de los contendientes, se dictamina sobre el discurso de
los actores, no sobre el discurso de los mediadores. “To-
do aquello que implica una interacción, directamente
observable en su totalidad, entre actores políticos que
confrontan públicamente sus discursos forma parte
de las arenas.”
18
El debate televisado es probablemente
la única arena en el sistema político mexicano que
permite, de manera transparente, una confrontación
simultánea entre actores políticos.
Los debates, como cualquier arena política, tam-
bién han concitado controversia en torno a su utilidad,
pertinencia y eficacia, ya sea en su labor didáctica,
persuasiva e incluso informativa. Los críticos resaltan
las interferencias que el lenguaje audiovisual y otros
factores han introducido en ellos, hasta debilitar su
función democrática.
Espectacularización
Ignacio Ramonet apunta que “la televisión ha encon-
trado en el modelo deportivo el marco idóneo, ya que
se han apropiado de un lenguaje propio del mundo
deportivo”.
19
La espectacularización de la política es un
rasgo común en los medios y atraviesa casi la totalidad
de los formatos mediáticos. Se trata de comunicar la
actividad política mediante un formato de consumo y
entretenimiento, y no de información que contribuya a
la toma de decisiones políticas. En lo sucesivo, detalla-
remos algunos rasgos de este fenómeno, que deben ser
tomado en cuenta en la observación de las limitaciones
del debate en su forma mediática.
Cobertura de competencia
Un primer rasgo de espectacularización se encuentra
en la cobertura de los periodistas: lo encuadran como
una carrera de caballos que centra la atención en quién
ganó, en lugar de en los contenidos emitidos en el de-
bate. Más aun, tampoco se hace explícito el significado
del ‘triunfo’ del debate (si es por persuasión, sustenta-
15
D. Swanson,
op. cit.
16
Manuel Castells,
La era de la información: el poder de la identidad,
Alianza Editorial, Madrid, 2002.
17
André Gosselin, “La comunicación política, cartografía de un campo de investigación y actividades”, en Gilles Gauthier, André
Gosselin y Jean Mouchon,
Comunicación y política,
Barcelona, Gedisa, 1998, p. 10.
18
Ibid.,
p. 19.
19
Ignacio Ramonet, citado por B. Marín Pérez,
op. cit.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
38
ción de las propuestas, comportamiento cívico), lo que
conlleva a que cada candidato se proclame ganador, sin
sustentar por qué.
Como consecuencia, la resonancia del debate y su
efecto mayor viene después de ser efectuado, porque los
comentarios periodísticos amplifican las percepciones
triunfalistas hacia uno u otro candidato. La cobertura
del debate modifica la percepción inicial de los espec-
tadores y, generalmente, subordina el contenido del
mismo a los aspectos más superficiales.
Fragmentación y simplicidad
Un segundo problema es la fragmentación del mensaje
político y su consecuente simplicidad. Ya Sartori nos
advertía de la simplicidad de la información política
transmitida por televisión, cuando manifestaba que
“las palabras y los argumentos verbales, la complejidad
de los razonamientos, los requerimientos de cada indi-
viduo o grupo se eliminan. En esta lógica de máxima
eficacia, los mensajes son simples, estandarizados,
inmediatos y fugaces”.
20
La fragmentación conduce a
la simplicidad, a la búsqueda de ideas eficaces y a la
formulación de ideas-eslogan, que contribuyen a esa es-
pectacularización de la política. “La fragmentación de
los mensajes políticos consiste en presentar los hechos
y las cuestiones de todo tipo en forma de ‘información
cápsula’; la parcelación de los temas corresponde a un
efecto ‘clip’. El ritmo rápido que imprime [.
..] la televisión
a la actualidad política, produce cierta reducción del
tiempo y del espacio político.”
21
Aunque no es un elemento inherente de los de-
bates, el formato elegido por sus organizadores tiende
a introducir la variable de la fragmentación y, con ello,
limita el ejercicio de discusión de los temas. Los can-
didatos no pueden articular argumentos sustentados
y profundos debido a las presiones de tiempo y ello, en
ocasiones, se traduce en debates cargados de frases
impactantes, breves y eficaces, pero de mínima com-
plejidad. En función de estas limitaciones, los debates
se han llegado a caracterizar como ‘conferencias de
prensa conjuntas’ y no como espacios de confrontación
de propuestas y proyectos.
De igual manera, en ellos se abordan múltiples te-
mas que no pertenecen a un ámbito común del conoci-
miento promedio de los ciudadanos y, al ser presentados
en un máximo de tres minutos, contribuyen a una visión
simplista de los problemas sociales y económicos.
22
La conclusión más radical apuntaría a que los
debates en realidad no lo son: “…la información sumi-
nistrada [.
..] en lugar de responder al objetivo de una
discusión espontánea y en profundidad, suele limitarse
a una actuación medida, una repetición punto por pun-
to de lo ya señalado durante la campaña y una omisión
cuidada de los temas peligrosos.”
23
Personalización
De acuerdo con las reglas del espectáculo político, en
los debates también predomina las personalización y,
en atención a esto, el cuidado a detalle de la apariencia
visual de los candidatos, en ocasiones en detrimento del
contenido de los mensajes. Ésta es una característica
extensible a todo tipo de comunicación política por
televisión: al medio, o más bien al lenguaje, se le difi-
culta hacer entender entidades abstractas y complejas
como ideas, posturas, partidos o gobiernos, y reduce la
información a la visibilidad de sus caras reconocibles.
Por lo tanto, el desenvolvimiento delante de la cámara
y los rasgos físicos importan más que la ideología y los
programas. En general, la fuente de información que re-
presenta el cuerpo se sobresignifica. Si la fragmentación
limita tanto la articulación argumentativa del discurso
como la percepción de rasgos paralingüísticos (tono,
timbre, volumen), la principal fuente de información o
persuasión es el propio cuerpo del político, tanto por
su kinésica (movimiento) como por su gestualidad: “el
cuerpo del político se torna altamente significante y
activa en el televidente los modos de lectura y desci-
framiento de la gestualidad.”
24
Los debates televisivos comparten esta problemá-
tica. Empíricamente se ha comprobado que envían
20
Giovanni Sartori,
Homo videns, la sociedad teledirigida,
México, Taurus, 2002, p. 39.
21
Anne-Marie Gringras, “El impacto de las comunicaciones en las prácticas políticas”, en G. Gauthier, A. Gosselin y J. Mouchon,
op.
cit,
p. 34.
22
K. H. Jamieson,
op. cit.
23
J. L.
Dader,
op. cit.
24
Martín Barbero, “Notas sobre el tejido comunicativo de la democracia en comunicación y democracia”, en Guillermo Orozco, (coord.),
Miradas latinoamericanas a la televisión,
Mexico, Universidad Iberoamericana, 1996, p. 23.
Perspectivas teórico-metodológicas
39
características de personalidad (image) a costa de
la sustancia (issue),
25
o bien, que la valoración de los
espectadores tiende a enfatizar los atributos no verba-
les, y menos los elementos verbales, argumentativos y
racionales. Aspectos como el rostro, los gestos, la forma
de vestir o el comportamiento ante la cámara son más
significativos y persuasivos que los contenidos. En este
caso, y para estas audiencias, el ejercicio de raciona-
lidad que suponen los debates se invierte y terminan
siendo persuadidos precisamente por los elementos que
los debates pretenden contrarrestar.
Mínima representatividad del público
En la mayoría de sus formatos, los debates incluyen
a periodistas como moderadores, quienes jugarían el
papel de representantes de los electores, formularían
las preguntas que el público hiciera si estuviera ahí (es
evidente que se procura el principio de representativi-
dad, tan caro a la democracia). Ahora bien, sucede que
la imparcialidad que debe demostrar, muchas veces se
convierte más bien en tibieza. El periodista designado,
en lugar de provocar debate entre los candidatos (en
defensa del interés público, razón por la que es desig-
nado), adopta una postura de espectador que tan sólo
gestiona los temas que serán abordados.
El formato utilizado en México tampoco erige al
periodista-moderador en representante popular: su
intervención es más bien marginal. Así, los debates no
conllevan la representación de la ciudadanía —incluso
la de un periodista sería insuficiente— lo que acentúa
su carácter de monólogo.
En conclusión, el debate televisado se convierte en
un híbrido entre información y espectáculo. Por un
lado, proporciona información de los candidatos, ya
sea de personalidad, propuestas o ideas; por otra parte,
existe la expectativa del público de ver una confronta-
ción cargada de frases cortas y gestualidad escénica.26
A final de cuentas, se teme que el planteamiento de los
debates televisados actuales sea fruto en mayor medida
de la política como espectáculo, que de la democracia
deliberativa.
27
Aspectos fortalecedores de las prácticas políticas democratizadoras
A pesar de estas afirmaciones y de su orientación
pesimista, los debates televisados tienen también,
respecto de otras ‘arenas’ de comunicación política,
cuando menos tres ventajas que muestran la otra di-
mensión de la vertiente mediática del debate y matizan
las anteriores perspectivas:
28
a) La visualidad es más fácil de seguir que la argumen-
tación racional. Particularmente en un país como
México, en donde los índices de lectura de prensa son
bajos y el seguimiento de las campañas por medio
de periódicos es relativamente mínimo, el formato
audiovisual suple la tarea de argumentar racional-
mente algo que el medio escrito puede vehicular
mejor. Si el canal idóneo para la racionalidad no se
consume por la mayoría de la población –la pren-
sa–, la visualidad y omnipresencia televisiva puede
cubrir esta deficiencia. (a pesar de los argumentos
de los críticos que afirman que lo audiovisual im-
pide la argumentación racional). La exposición a
información no sólo es prolongada (hora y media
en potencia), sino que también llega a un número
muy importante de ciudadanos que no tendrían esa
información de otra manera.
b) No existe mediación periodística; el periodista se
mantiene neutro. Sólo los candidatos dirigen el
encuentro; los periodistas se posicionan al margen
de cualquier intervención. Los sistemas democráti-
cos contemporáneos depositan la responsabilidad
de la difusión de las propuestas de los candidatos
en las instituciones mediáticas. Sin embargo, tam-
bién existe el riesgo, bastante frecuente, de que las
instituciones mediáticas o los periodistas tomen
posiciones derivadas de orientaciones ideológicas,
políticas o intereses económicos que provocan la
distorsión, aunque sea involuntaria, de la informa-
25
Elihu Katz y Jeffrey Feldman, “Te Debates in the Light of Research: A Survey of
Surveys”, en Sydney Kraus (ed.),
Te Great Debates.
Background – Perspectives – Effects,
Bloomington, Indiana University Press, 1962.
26
Violeta Hernández, “Debates, una institucionalización necesaria en México”, mimeo, 2007.
27
Jesús Silva Herzog-Márquez, “La política como espectáculo”, en
Diario de Yucatán,
Mérida, 6 de junio del 2006, p.5.
28
J. L. Dader,
op. cit.,
p. 47.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
42
con estas consideraciones, el discurso político tiene
tres funciones esenciales:
aclamaciones
o énfasis que
incrementan la cualificación del candidato para ocupar
el cargo;
ataques,
comentarios que reducen la cualifica-
ción del oponente y
defensas
que refutan los ataques
Las tres funciones trabajan como una forma de cos-
to/beneficio desde la teoría racional instrumental del
voto. Las aclamaciones le dan beneficios al candidato,
los ataques identifican los costos en el oponente y las
defensas niegan alegaciones de los costos. Las aclama-
ciones
(self praise)
son definidas por dos componentes:
“incrementan la
responsabilidad
y la
evaluación positiva
de un acto”. Las aclamaciones pueden ocurrir tanto en
los temas políticos
(issues)
como en los atributos del per-
sonaje
(image)
. Un ataque intenta retratar al oponente
bajo luz desfavorable. Como las aclamaciones, también
pueden enfocarse en temas o atributos personales.
Los comentarios sobre los temas pueden ser de
tres tipos: asuntos pasados, planes futuros y metas ge-
nerales. Las ocurrencias de los atributos del personaje
pueden ser de cualidades personales, habilidades de
liderazgo e ideales.
De esta categorización, Benoit concluye que en las
elecciones estadounidenses los debates se enfocan mu-
cho más en temas que en personalidades; los candidatos
toman posturas mayormente en lugar de atacar a sus
oponentes, y los ataques rebasan a las defensas.39
El carácter funcional de esta propuesta obliga a
pensar que la repercusión de un debate es de tipo ra-
cional; de ahí que se perfile como de costo/beneficio.
Es cierto que en muchos casos esto no es así y que los
votantes, como expusimos anteriormente, pudieran
estar motivados por otros elementos distintos para
determinar preferencias por candidatos o partidos;
sin embargo, la categorización que sigue es útil como
patrón de medición de desempeño de los candidatos, y
no desde el punto de vista de los votantes; responde a
la inquietud de qué hacen los candidatos con el tiempo
que se les otorga, y a cuáles objetivos apuntan. En suma,
qué tan bien se han desempeñado en el debate.
Procedimiento
El análisis de Benoit se lleva a cabo por medio de un ejer-
cicio de análisis de contenido.
40
De la versión estenográ-
fica del debate, utilizado como
corpus,
codificamos los
temas u ocurrencias que expresan una idea coherente.
Bernard Berelson
41
define un tema como “una aserción
sobre un tópico”. En el plano político, para Benoit,
42
un
tema es un argumento sobre candidatos o partidos. Los
argumentos, para hacer manifiesto su contenido, pue-
den variar de una sola frase a varios enunciados. Para
nuestro ejercicio, los argumentos codificados fueron
luego clasificados en una hoja de análisis cuantitativo
bajo los siguientes criterios:
1. Aclamaciones
Retratan al candidato o al partido del candidato de
manera favorable. Aclaman o enfatizan sus puntos de-
seables. Elaboran propuestas (acciones para solucionar
los problemas nacionales).
2. Ataques
Retratan al candidato opositor o al partido opositor de
manera desfavorable.
3. Defensa
Responde explícitamente a un ataque previo al candi-
dato o al partido del candidato.
En segundo lugar, las políticas y los atributos de perso-
nalidad fueron clasificados como sigue:
A. Políticas
Se ocupan de las acciones gubernamentales y los pro-
blemas correspondientes a la acción gubernamental.
Están clasificadas en:
1. Hechos pasados. Acciones desempeñadas en cargos
públicos o políticos en el pasado.
2. Planes futuros. Acciones puntuales y específicas que
se ejecutarían de llegar a la presidencia. Formas de
resolver los problemas.
3. Metas generales. Objetivos generales que se ejecuta-
rían de llegar a la presidencia. Problemas a resolver.
39
W. Benoit, J. H. Blaney y P. Pier, “Acclaiming, Attacking, and Defending…”
op. cit.
40
Daniel Riffe (ed.),
Analyzing Media Messages: Using Quantitative Content Analysis in Research,
Nueva York, Lawrence Erlbaum Asso-
ciates, 2005.
41
Bernard Berelson,
Content Analysis in Communications Research,
Nueva York, Hafner Press, 1952.
42
W. Benoit y A. Harthcock , “Functions of the Great Debates…”,
op. cit
.
Perspectivas teórico-metodológicas
43
B. Personalidad
Se dirige a las propiedades, habilidades y atributos de
los candidatos (o partidos). Está clasificada en:
1. Cualidades personales. Atributos personales de-
seables en los políticos (capacidad, honestidad,
eficiencia, preparación)
2. Habilidades de liderazgo. Señalamientos de la capaci-
dad del candidato para gobernar el país, para resolver
sus problemas, y para cumplir sus propuestas
3. Ideales. Principios y valores del candidato expresa-
dos a propósito de la “buena” política y el bienestar
de la Nación.
En tercer lugar, utilizamos una escala para calificar el
nivel de especificidad o vaguedad de las propuestas:
1. Específico: Descripción de programas específicos,
cifras en las acciones a ejecutar. Detalles en la eje-
cución de los programas y las acciones.
2. Algo específico: Descripción de programas específi-
cos, cifras en las acciones a ejecutar, pero sin detalles
en la ejecución de los programas y las acciones.
3. General: Propuestas sin programas específicos.
Acciones generales para solucionar el problema, sin
detalles de ejecución.
4. Algo vago: Acciones generales para solucionar el pro-
blema, sin detalles de ejecución y sin propuestas.
5. Vago: Mención de la necesidad a atender, con una
referencia imprecisa de la acción a ejecutar para
solucionarla, o sin ella.
Los debates presidenciales de 2006: antecedentes
Los primeros debates presidenciales televisados en
México fueron en 1994 y constituyen un hito en la histo-
ria político-electoral de este país. El primero se realizó
el 11 de mayo entre los candidatos a la presidencia del
Partido Frente Cardenista de Reconstrucción Nacio-
nal (±²³´µ) y el Partido Verde Ecologista de México
(±¶·¸). El 12 de mayo se efectuó el segundo debate
con la participación de los candidatos de los partidos
con mayor presencia nacional: Ernesto Zedillo, del
Partido Revolucionario Institucional (±´¹); Diego Fer-
nández de Cevallos, del Partido Acción Nacional (±ºµ)
y Cuauhtémoc Cárdenas, del Partido de la Revolución
Democrática (±´»).
La emisión fue un parteaguas en la historia políti-
ca del país. “En contraste con el discurso único al que
estábamos acostumbrados, ese año se inició con la
presentación de una visión plural y diversificada de la
realidad del país, colocando por primera vez en un plano
de igualdad a todos los candidatos a la Presidencia.”
43
Así, desde 1994 se han realizado dos debates en
cada elección presidencial. El primero en el año 2000
fue el 25 de abril con los seis aspirantes: Vicente Fox,
Francisco Labastida, Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio
Muñoz Ledo, Manuel Camacho Solís y Gilberto Rincón
Gallardo; el segundo se llevó a cabo el 26 de mayo sólo
con Vicente Fox, Francisco Labastida y Cuauhtémoc
Cárdenas.
Asimismo, durante el proceso de 2006, se efectuaron
dos debates: el primero con los candidatos Felipe Cal-
derón Hinojosa (±ºµ), Roberto Madrazo (±´¹), Patricia
Mercado (Alternativa Socialdemócrata y Campesina,
±¼») y Roberto Campa (Partido Nueva Alianza, ±ºµº½),
y el segundo se efectuó con estos mismos candidatos,
además de Andrés Manuel López Obrador (±´»). En la
vida democrática de México, suman apenas seis debates
presidenciales televisados.
Los realizados siguen como esquema el modelo de
moderador-presentador de los candidatos. En 2000
estuvieron sentados alrededor de una mesa y en 2006,
de pie detrás de un atril. En estos casos, los candidatos
están centrados alrededor del periodista que dirige el
orden de los temas y los turnos de participación, en
momentos previamente reglamentados de exposición,
réplica y contrarréplica, con un tiempo de dos minutos
los primeros, y un minuto el tercero. Se cuenta con cá-
maras fijas para cada uno de los candidatos, de manera
que todos son tomados en el mismo plano.
El primer debate que se somete a análisis se llevó
a cabo el día 25 de abril de 2006, 67 días antes de las
elecciones del 2 de julio. Los candidatos ya mencionados
debatieron alrededor de las temáticas de economía y
desarrollo, política hacendaria, energética, laboral,
combate a la pobreza y desarrollo social, y desarrollo
sustentable.
43
V. Hernández,
op. cit
.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
44
Fue transmitido en dos canales de televisión abierta
a nivel nacional (los canales de bajo perfil de las dos
cadenas, Televisa y Televisión Azteca), con una audien-
cia total calculada en 4 millones 842 mil televidentes;
audiencia menor a los programas de entretenimiento
transmitidos ese día, pero superior a los niveles de au-
diencia de los programas políticos.
44
Fue organizado por
la Cámara Nacional de la Industria de la Radio y la Tele-
visión, organismo que agrupa a la industria mediática
de México, bajo reglas consensuadas por los partidos
políticos mediante sus órganos de representación en el
Instituto Federal Electoral.
La relevancia del evento fue inmediata cuando, se-
manas después de la emisión, casi todas las encuestas
daban ventaja a Felipe Calderón, incluso por encima
de su oponente más próximo, Andrés Manuel López
Obrador, a quien no había rebasado desde el inicio de
la contienda electoral.
El segundo debate fue realizado el 6 de julio; fue
transmitido por los mismos canales y realizado por los
mismos organizadores que el primero. Los temas que
se debatieron fueron seguridad pública y combate a la
corrupción, gobernabilidad, política exterior migrato-
ria, federalismo, fortalecimiento municipal y desarrollo
regional, y reforma del Estado.
Las repercusiones de ambos debates en el electora-
do son inciertas, pero por lo reñido de la campaña y lo
acotado del resultado final (0.58% de diferencia entre
ambos candidatos), los debates presidenciales pudieron
ser, vistos en perspectiva, un factor determinante en
el resultado de la elección, y su ejecución no puede ser
desestimada en la definición de los resultados.
Primer debate. Resultados
En general, las aclamaciones fueron más frecuentes
(60%) que los ataques (32%). Esto expresa un carácter
poco beligerante, en donde la principal preocupación
es proponer y no confrontar, a pesar de ser el espacio
idóneo para hacerlo.
El candidato que atacó con más frecuencia fue el
del P±², Roberto Madrazo (44%), seguido de la social-
demócrata ³atricia Mercado (33%). La estrategia del
primero fue criticar los errores cometidos por la gestión
presidencial de Vicente Fox y las debilidades del candi-
dato panista Felipe Calderón. Esta descalificación hacia
el presidente en turno
(incumbent)
es frecuente en los
debates de otros países.
Los ataques de ³atricia Mercado estuvieron dirigi-
dos más hacia el
establishment
y los partidos políticos
tradicionales que hacia los contendientes presentes
en el debate, lo cual es una estrategia recurrente de los
partidos pequeños por ganar un lugar en el panorama
político, al proponerse como organismos renovados
frente al anquilosamiento de las agrupaciones tradi-
cionales.
Aunque la proporción final de ataques fue relati-
vamente baja (32%), el blanco más recurrente de ellos
fue el P´µ (45%), el partido en el poder, y su candidato,
Felipe Calderón. Los partidos políticos tradicionales,
en general, también fueron criticados con frecuencia
(18%), particularmente por los representantes de par-
tidos pequeños. El P±² fue atacado 19% de las veces,
menos de la mitad de lo que fue atacado por el P´µ,
particularmente desde dos flancos, el PSD y el P´µ. El
P±D y su candidato, Andrés Manuel López Obrador, fue
atacado 11% de las veces, aspecto relevante porque no
estaba presente en el debate.
Contrario a otras formas de hacer campaña o a la
crítica de los periodistas, el abordaje de problemáticas
prevaleció sobre la exaltación de cualidades personales
(59% contra 41%, respectivamente). ¶in implicar que las
cualidades personales no hayan importado a la hora del
debate (esta afirmación tendría que ser corroborada
desde la recepción, no desde el mensaje), el propósito de
los candidatos no fue claramente su autoexaltación.
Tanto Madrazo como Campa tuvieron casi el doble
de propuestas que atributos de imagen (63 y 64% contra
37 y 36%, respectivamente). Calderón equilibró propues-
tas con atributos (50% en cada uno), probablemente
por ser poco conocido. ·e los tres contendientes más
fuertes, Calderón tuvo dos restricciones importantes:
era el menos conocido y tenía, como antecedente ne-
gativo, cierto nivel de decepción ante la expectativa
generada (y no cumplida) por la administración de
Vicente Fox. El señalamiento de sus cualidades per-
sonales, particularmente sus habilidades de liderazgo
(66% de las veces), pudo erigirse como estrategia ante
estas limitaciones.
·entro del abordaje de problemáticas, la mayoría
estuvieron referidas a planes futuros (49%) y metas
44
Excélsior,
27 de abril de 2006.
Perspectivas teórico-metodológicas
45
generales (44%), y poco a acontecimientos pasados.
Esto evidencia cierto nivel de generalidad en las pro-
puestas (‘metas generales’ implica poco detalle en la
exposición de las acciones futuras), que ha sido una
de las críticas más sostenidas de periodistas hacia los
candidatos.
El más conciso respecto de lo que pretendía realizar
fue Felipe Calderón (60%), aunque en su caso presen-
ta un balance, puesto que equilibra metas generales
(22%) con acontecimientos pasados (22%), señaló sus
antecedentes positivos como legislador y funcionario
público del gabinete de Vicente Fox. Esto contrasta con
Madrazo, quien a pesar de tener amplia experiencia
en la gestión pública, tan sólo 4% de sus afirmaciones
se refiere a acciones pasadas, lo que revela un posible
error de estrategia. El nivel de generalidad fue parti-
cularmente notorio en Patricia Mercado, pues 88% de
sus afirmaciones se enfocaron a metas generales, sin
prestar mucha atención a los detalles que permitirían
cumplir sus propuestas.
Lo más destacado en cuanto a los atributos de
personalidad fueron las habilidades de liderazgo (50%);
los candidatos se consideran capaces de hacer cumplir
las propuestas que comunican, incluso por encima de
la enumeración de cualidades específicas (17%). Los
ideales y creencias personales también fueron expre-
sados con cierta frecuencia (33%) y su uso caracterizó
ideológica y personalmente al candidato, sin nombrar
directamente sus atributos, un rasgo cultural frecuen-
te en la política mexicana. Calderón es, por mucho, el
que más resaltó sus atributos de liderazgo (63%), con
20 menciones, seguido por 60% de Madrazo pero con
sólo nueve menciones. La posible razón de esto ya fue
apuntada con anterioridad.
El grado de especificidad de las propuestas también
resultó contraproducente en cuanto a la creencia gene-
ralizada de que lo propuesto en los debates fue vago,
insustancioso y perteneciente más a frases de
marketing
electoral que a verdaderas soluciones. Si bien 23% de las
propuestas fueron calificadas como “generales”, 69% de
ellas tuvieron un grado de especificidad. De hecho, 31%
fueron calificadas como específicas. Calderón planteó
las propuestas más específicas (37% “específicas” y 48%
“algo específicas”). Madrazo las tuvo en 29%, aunque
predominaron sus propuestas generales (39%, frente
a 9% de Calderón). Campa hizo la mayor cantidad de
propuestas generales (41%), mientras Mercado fue la
más vaga (28%).
Segundo debate. Resultados, comparación y discusión
El segundo debate presentó patrones similares al pri-
mero, aunque hay ciertas modificaciones al incorporar-
se el candidato Andrés Manuel López Obrador. En éste,
también las aclamaciones fueron más frecuentes (79%)
que los ataques (19%), en una proporción tal que este
debate resulta más propositivo que el primero.
Andrés Manuel López Obrador atacó en mayor me-
dida (29% de las veces), pero su frecuencia fue menor
que la del candidato más beligerante del primer debate,
Roberto Madrazo (44%). En segundo lugar de ataques
estuvo Roberto Campa (25%). López Obrador se con-
centró en atacar al gobierno y al ±²N en su totalidad,
excepto una ocasión en la cual hizo mención de la clase
política en general. Campa, en mayor proporción, atacó
al gobierno y su incapacidad para solucionar problemas,
y muy pocas veces a otros partidos o candidatos
En este debate también sobresalió la discusión
de problemáticas (74%) por encima de la exaltación
de la imagen personal de los candidatos (26%). López
Obrador podría ser una excepción, porque 43% de sus
planteamientos se refirió a su persona y no a sus pro-
puestas, particularmente a sus ideales (50% de sus argu-
mentos). El estilo discursivo de este candidato combinó
la argumentación de un ideal propio con la propuesta
de una política pública, de manera que, en ocasiones,
ambos aspectos se mezclaron. Aunque las propuestas
de gobierno en ocasiones se originan en convicciones
personales, en el caso de López Obrador dichos ideales
fueron remarcados y explicitados.
Calderón también tuvo una frecuencia considerable
de enunciados de imagen (31%), centrándose en cua-
lidades e ideales por igual. El resto de los candidatos
tuvo porcentajes menores a 19% en estos argumentos,
porcentaje razonablemente bajo. Dominaron los ar-
gumentos que destacan las habilidades de liderazgo
(61%). Campa es quien más utilizó este recurso, 89%
de las veces.
En el caso de las problemáticas, casi todas estu-
vieron referidas a metas generales (83%), lo que indica
un nivel más agudo de generalización que en el primer
debate. Es posible que, en este caso, hubiera cierta ur-
gencia por exponer mayor cantidad de propuestas ante
la cercanía de la elección, aun si éstas no fueran plan-
teadas con detalle. Llama la atención Madrazo, cuyas
propuestas fueron en 34% de los casos planes futuros,
lo que indica un nivel de especificidad importante.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
46
El candidato más conciso respecto de sus planes
fue precisamente Madrazo: 28% de sus propuestas
indicaron pormenores, itinerarios de aplicación y con-
tingencias de las mismas. Le sigue Calderón: 27% de sus
propuestas tuvieron niveles de especificidad relevantes.
La más vaga fue de nuevo Patricia Mercado: 94% de sus
propuestas tan sólo eran menciones de propósitos. Le
siguieron López Obrador (70%) y Campa (77%).
Al medir el grado de especificidad o vaguedad de
las propuestas, encontramos que 60% de los argumen-
tos fueron vagos, es decir, no ofrecieron detalles pun-
tuales que los hicieran creíbles o viables. Pertenecían
más a alocuciones tipo eslogan, que no permitieron
la comprensión profunda y, mucho menos, una toma
de decisión a partir de ellas. En parte fueron gene-
rados, como se mencionó, por la necesidad de los
candidatos de apresurar propuestas atractivas para
el electorado por su cantidad y diversidad, mas no
por su factibilidad.
En suma, el segundo debate fue más propositivo;
sin embargo, también fue más vago porque el nivel de
detalle en las propuestas fue menor. En cierto sentido,
también fue más beligerante, sobre todo de parte de
López Obrador, que profirió 30% de los ataques.
Conclusiones
Considerando las premisas que sostenemos respecto
del papel democratizador de los debates, podemos
afirmar que en ambos ejercicios los candidatos se
desempeñaron de manera adecuada: comunicaron
las suficientes propuestas para que el electorado se
informara y decidiera racionalmente. El carácter de
confrontación que se destaca en los medios es, de hecho,
un aspecto minoritario en el discurso completo de los
candidatos y, salvo ciertos actores que en ocasiones
atacaban de más, el debate fue considerablemente
propositivo. Sin embargo, llama la atención el nivel de
detalle con que se afirman las propuestas, tan vago que
no permitirían una reflexión puntual sobre su atractivo,
lo cual empobrece su calidad y su potencial servicio a
la democracia.
Bajo estos indicadores cuantitativos subyace, por
un lado, el efecto fragmentador de la televisión y la in-
corporación de la lógica comercial del eslogan a los dis-
cursos emitidos por este medio, incluyendo los políticos.
En un formato concebido para dar espacio suficiente a
los candidatos para detallar propuestas y discutirlas, es
preocupante cuando se opta por recursos que desapro-
vechan el tiempo y reproducen los rasgos más criticados
de la comunicación política contemporánea.
Por otro lado, estos resultados son indicativos
de que el formato concreto para escenificar el debate
acota gravemente sus alcances, involucra más temas de
los que se pueden tratar con amplitud y les da menos
tiempo a los candidatos para exponerlos. Asimismo,
la manera en que se utiliza el lenguaje audiovisual
proporciona pocas oportunidades para discutir dichos
temas y para que las audiencias los contrasten. El
formato es, en realidad, una escenificación del debate
formal de los tiempos premediáticos, ejecutado con
poca imaginación y destreza, a expensas de audiencias
y emisores. La revisión del mismo y su rediseño es una
condición indispensable si se le quiere dar una utilidad
mayor.
Por su parte, los atributos de imagen presentan
una frecuencia mucho menor que las propuestas, por
lo que se constata que no son, como ciertos detractores
opinan, meras plataformas de proyección de imagen
o personalización excesiva. Los porcentajes indican
que la mayoría de los atributos de imagen reafirman
la confianza del electorado en que los candidatos pue-
den llevar a cabo sus propuestas. En otras palabras, la
cualidad resaltada está en función de las propuestas y
no al margen de ellas.
Los datos arrojados también desmitifican la creen-
cia que los periodistas difunden de los debates: las cifras
demuestran que éstos no son acontecimientos primor-
dialmente confrontativos, insustanciosos y limitados,
como se suele afirmar en la cobertura de los mismos;
mucho menos ‘aburridos’. Dada la capacidad de los
medios de construir el acontecimiento
45
y en este caso
de expandir los efectos del debate, es responsabilidad
de los periodistas darle una cobertura relativamente
objetiva, en lugar de aplicar la lógica de espectáculo
que, naturalmente, termina decepcionando.
El presente análisis constata de qué manera ha sido
utilizada la arena del debate televisado. Considerando
que la responsabilidad de los actores políticos es la for-
45
Eliseo Verón,
Efectos de agenda,
Barcelona, Gedisa, 2000.
Perspectivas teórico-metodológicas
47
mación de un electorado racional, informado y capaz
de comparar propuestas y proyectos, se ha demostrado
que los debates realizados en 2006 y sus protagonistas
cumplieron con este objetivo democrático, a pesar del
tono de confrontación que la campaña tuvo en sus
otros formatos mediáticos y durante la mayor parte
del tiempo.
Recibido el 29 de octubre del 2007
Aceptado el 23 de enero del 2008
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
48
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