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Cuestiones contemporáneas
105
Hacerse héroe en la batalla democrática por el poder
*
J
EFFREY
C
HARLES
A
LEXANDER
**
Resumen
En este artículo, el autor analiza los complejos meca-
nismos de los sistemas electorales democráticos en
general, basados más en el significado de las interpre-
taciones discursivas, en las narrativas creadas para
el momento (catastrofistas, triunfalistas o salvíficas
que aseguren que se puede conectar el presente con el
futuro), en la construcción de nuevas temporalidades
y, sobre todo, en la creación de la figura de “héroes”
(y su respectiva devoción por parte de seguidores
incondicionales) que en realidades concretas. Esta
hipótesis es aplicada luego al caso de Barack Obama,
quien es caracterizado como un héroe que alienta
la esperanza y ofrece la salvación. Comprender este
perfil, es requisito para todo aquel que desee enten-
der el por qué su meteórico ascenso al poder.
Abstract
In this article the author analyzes the complex
mechanisms of the democratic electoral systems in
general, based more on the meaning of the discursive
interpretations, narratives created for the moment
(catastrophic, triumphant or messianic that can
assure a connection of the present with the future)
in the construction of new temporalities and, abo-
ve all, in the creation of the figure of ‘heroes’ (and
their respective devotion on the part of uncondi-
tional followers) instead of concrete realities. This
hypothesis is applied to the case of Barack Obama,
who is characterized as a hero who offers hope and
salvation. To understand this profile, is a requisite
for anyone wishing to understand the reason for his
meteoric rise to power.
Palabras clave:
Barak Obama, el poder en sociedades democráticas, interpretación política, narrativa po-
lítica, representación simbólica, héroe.
*
Este artículo fue originalmente presentado como ponencia el 23 de abril de 2009 en la Universidad de Maryland
**
Universidad de Yale,
38 Hillhouse Avenue, New Haven,
CT
, 06511
3
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
106
La batalla por el poder
E
n los países democráticos, la batalla por el poder
político no es internamente democrática. Las
campañas políticas son batallas centralizadas,
llevadas por generales, organizadas por capitanes,
activadas por soldados de infantería y, de ser posible,
disciplinadas en extremo. Lo que hace democrática
esa batalla por el poder es simplemente el hecho de
que tiene que tener lugar.
Para conquistar el poder en una sociedad de-
mocrática, se debe ganar antes el consentimiento
formal de los conciudadanos. Son los miembros de la
esfera civil –putativamente iguales e inmensamente
más cuantiosos que los candidatos al poder– quie-
nes llevan la voz cantante. Lo hacen a través de sus
votos. Antiguamente, en sociedades democráticas
más simples, los candidatos al poder aparecían di-
rectamente frente a los electores y pedían su apoyo.
Al hacerse más grandes y complejas las sociedades, y
también más incluyentes, este pedido se transformó
gradualmente en una extensa campaña. La batalla
por el poder es democrática en la medida en que éste
se convierte en un privilegio por el cual hay que hacer
campaña. Uno les pide a los miembros de la esfera
civil ser su representante; sólo si ellos aceptan se
pueden entonces tomar las riendas del poder.
En el transcurso de las campañas políticas, los que
contienden por el poder están sujetos a un terrible
escrutinio. Esto es crucial ya que, una vez obtenido el
poder, se logra una importante independencia frente
a la sociedad civil. A mediados del siglo pasado, el
mejor reportero político de Estados Unidos, Theo-
dore White, hablaba de “la transferencia de poder
más impresionante del mundo: el poder de situar
y movilizar, el poder de enviar a hombres a matar
o a ser muertos, el poder de imponer impuestos y
destruir, el poder de crear y la responsabilidad de
hacerlo, el poder de guiar y la responsabilidad
de curar. Todos estos poderes consignados en las
manos de un sólo hombre.”
1
En la primera democracia,
en la Grecia antigua, no había campañas políticas.
Los atenienses escogían a sus gobernantes al azar en
rotación regular. Esto funcionaba porque el poder no
estaba profundamente institucionalizado, no había
gobierno ni Estado. En el transcurso de sus vidas,
los atenienses no podían prestar servicio por más de
tres periodos de un año. Sin un gobierno extenso, no
había necesidad de especialización.
Los Estados de hoy son inmensos e intrincados. El
comportamiento de quienes ejercen el poder dentro
de este vasto aparato es sujeto a las normas morales y
sanciones legales del cargo, se reporta en los medios
de comunicación y es monitoreado por grupos no
gubernamentales. Aunque estos controles indirectos
por la sociedad civil son crucialmente importantes,
la maquinaria de gobierno sigue estando, en gran
medida, oculta, simplemente como un hecho práctico
si no por diseño intencional. Es durante la campaña
por tomar el poder del Estado, visible públicamente,
y a sabiendas de que, aun si triunfan, los candidatos y
sus partidos continuarán sujetos al mismo escrutinio
una y otra vez, que se encuentra el más importante
ejercicio de control civil sobre el Estado.
Los esfuerzos intelectuales por comprender las
batallas por el poder han callado la voz de la socie-
dad civil; los discursos esperanzados sobre valor y
convicción, la honestidad y la integridad someten
a los candidatos a un escrutinio moral. Reduciendo
la democracia a la demografía, los estudiosos de la
política se han concentrado sobre los intereses es-
tableciendo groseras correlaciones entre la opinión
política y la posición en la jerarquía social. Clase,
raza, género, religión, región, edad, etnicidad. Tales
compromisos previos, supuestamente estructurales,
se dicen determinantes del voto. En realidad, sin em-
bargo, la determinación de los intereses, establecidos
por especulación o estadística, nunca ha sido el caso.
La demografía no es destino, al menos no en una cam-
paña política. En primer lugar, la posición objetiva
de cada uno siempre está sujeta a interpretación.
¿Qué significa, aquí y ahora, ser un trabajador, una
1
Theodore Harold White,
The Making of the President 1960
, Nueva York, Atheneum House, 1961, p. 3
Cuestiones contemporáneas
107
mujer, un negro, un sureño? En segundo lugar, lo que
pudiera significar tal interés debe estar relacionado,
por un proceso sutil y contingente, con uno u otro
partido y con los candidatos que se afanan por pre-
sentarse como dignos, no de servir servilmente a un
grupo demográfico en particular, sino de expresar el
discurso idealista y utópico de la sociedad civil. Aun
en la sociedad británica del siglo
XIX
, supuestamente
circunscrita por las clases sociales, un tercio de los
trabajadores manuales regularmente votaban por el
Partido Conservador. Si la posición en la jerarquía
social determinara la identificación de partido y el
voto, nunca habría alternancia en la batalla por el
poder. De hecho, a medida que uno se aleja de los
extremos relativamente fijos, las opiniones sobre
la representación son fluidas, sujetas a un vaivén
continuo. En el actual Estados Unidos, la laxitud del
encaje entre demografía y democracia se ha deshilado
todavía más. En 1954, los auto-declarados indepen-
dientes constituían el 22% del electorado; en 2004
este número casi se había multiplicado por dos.
2
La porción del electorado con mayor crecimiento
son las personas que no tienen una afiliación par-
tidaria fuerte. Estos independientes políticos son
ahora tan cuantiosos como aquéllos que se identi-
fican como republicanos y se acercan al número de
los demócratas. Aunque están mal representados
en el Congreso –donde las reglas de
distritación
y
las prácticas de financiamiento de las campañas
refuerzan la hegemonía de los dos partidos– los vo-
tantes independientes constituyen el voto decisivo
en casi todas las elecciones competitivas, incluida
la campaña presidencial.
3
Es precisamente porque los candidatos no pueden
contar con que su interés o su partido les entreguen
el poder que deben contender para ganarlo. Para
ello, se ven obligados a enredarse en un proceso de
representación diabólicamente complejo. Deben con-
vencer no sólo a los votantes cercanos sino también,
y principalmente, a aquéllos que se encuentran lejos.
En vez de interacciones directas, los votantes que
arbitran la batalla por el poder solamente tienen a
su disposición representaciones de los candidatos
y no a los candidatos mismos. Proyectadas a través
de un amplio espacio, esas representaciones son,
además, sujetas a un proceso de reportaje de una
desorientación exquisita.
Por todas esas razones, la batalla por el poder se
hace teatral. Los candidatos se esfuerzan por presentar
actuaciones convincentes de competencia cívica a
auditorios-ciudadanos distantes, no sólo geográfi-
camente sino también emocional y moralmente. Es
el éxito de esas actuaciones cívicas el que determina
cómo distribuyen sus valiosos votos los blancos, ne-
gros, judíos, católicos y mujeres. Las opiniones de estos
supuestos grupos demográficos varían sustancialmente
en respuesta al tono, a la metáfora, a la narrativa, al
escenario y a la interpretación que los políticos utilicen
durante el periodo de campaña.
4
No se trata de esta
ideología o de aquélla –por ejemplo, el interés de la
izquierda por la economía contra el de la derecha por
la tradición– ni de este periodo histórico o de aquél
–de la guerra cultural de los 60 a la gran recesión con-
temporánea.
5
El significado siempre es importante. La
estruc tura social y el contexto histór ico son impor tan-
tes, sin duda. A final de cuentas, sin embargo, es la
atribución de significado la que determina quién va a
ejercer el poder en una sociedad democrática.
Como ya fue explicado en un trabajo anterior,
6
para contender por el poder en una sociedad demo-
crática, y para que la interpretación política tenga
éxito, uno debe convertirse en una representación
colectiva; no sólo en un símbolo de la esfera cívica
sino también, en alguna medida, de otras extra-cív i-
cas que generan valores no democráticos, a menudo
primordiales, que invaden las verdaderas esferas
cívicas y crean componendas con sus aspiraciones
democráticas. Para transformarse en una represen-
2
Wall Street Journal
(WSJ), ediciones del domingo 17 y miércoles 20 de octubre del 2004.
3
David S. Broder, “Why the Center Still Holds,”en
The Washington Post
, edición del domingo 12 de abril de 2009, A17.
4
WSJ, edición del jueves 7 de octubre del 2004.
5
Ibid
., lunes 13 de septiembre.
6
Jeffrey Charles Alexander,
The Civil Sphere
, Oxford, Oxford University Press, 2006.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
108
tación colectiva en la batalla por el poder, uno debe
no solamente conseguir ese estatus simbólico con sus
partidarios cercanos y miembros de su partido, sino
también proyectar esa estatura simbólica a través
de la esfera cívica y más allá de ella, sobre un área
mucho mayor. Las batallas por el poder proyectan
significados y est ilos a auditor ios de ciudadanos que
se explayan de cerca a lejos y que están fragmentados
en todas las formas demográficas habituales. Ganar el
poder depende de crear interpretaciones que logren
superar esas grandes divisiones.
Llegar a ser una representación cívica es asunto
de codificación binaria. También lo es el negociar
con los valores y las instituciones que hacen frontera
con la esfera cív ica, dándole energía y amenazándola
al mismo tiempo. La representación simbólica, sin
embargo, también se construye de otras formas: de
la codificación a la narrativa, de la necesidad de
asociar a los actores sociales con binarias y fronteras
a la necesidad de contar historias sobre ellos. Las
historias hacen que los actores sociales parezcan
más y menos importantes –y sus interpretaciones
más y menos convincentes– situando sus luchas en
el tiempo, dirimiendo sus conflictos y sus ambiciones
en el transcurso del tiempo histórico en desarrollo.
La creación del héroe político: el caso Obama
“Las campañas son siempre: ‘¿cuál es la narrativa de
la contienda?’,” observó Eric Adelstein, un consultor
político de Illinois, explicando al
New York Times
por
qué Barack Obama había perdido en su primer intento
por entrar al escenario nacional, en el otoño de 2000,
cuando enfrentó a Bobby Lee Rush, representante en
el Congreso de largo tiempo, en una carrera electo-
ral en Chicago.
7
Los candidatos y sus consejeros se
esfuerzan por definir sus historias y los periodistas
desarrollan sus propias narrativas sobre las carreras
políticas de los candidatos al tiempo que evalúan el
éxito de éstos en contar las suyas.
Las historias políticas tratan de héroes. Fue
porque Barack Obama no pudo ser tal en la comuni-
dad negra del sur de Chicago que perdió esa carrera
al Congreso. Bobby Rush había sido militante en el
SNCC
(Student Nonviolent Coordinating Committee
–Comité Coordinador Estudiantil No Violento) y
líder del partido local de las Panteras Negras. Había
luchado por un pueblo oprimido y vulnerable contra
la estructura del poder blanco y seguía siendo un
héroe para la comunidad afroamericana de la zona
sur de Chicago. Cuando la derrota de Obama se narra
desde el punto de vista del presente, sin embargo,
se puede transformar en una bendición disfrazada.
Se puede crear una nueva narrativa, más amplia.
Si Obama hubiera ganado en 2000, según el mismo
Adelstein, hubiera seguido siendo una figura común,
“un miembro afroamericano del Congreso”, en lugar
de la figura política “trascendental” en la que se
está convirtiendo hoy en día. Sólo perdiendo podía
Barack Obama convertirse en un héroe en el escenario
histórico mayor.
Los héroes se alzan por encima de la vida políti-
ca ordinaria y las narrativas que se despliegan a su
alrededor permiten comprender cómo han podido
hacerlo. Las historias de héroes crean significado al
mirar hacia el pasado desde el presente y al proyec-
tar el tercer acto de la trama hacia el futuro, a una
misma vez. En el pasado, los héroes fueron puestos
a prueba y sufrieron, usualmente en nombre de algo
mayor que ellos mismos. En el presente, sin embargo,
su sufrimiento, y su causa, están siendo redimidos.
Al contrario de una cosa material, el personaje de
héroe se mueve menos por una causa eficiente que
por el
telos
, el objetivo que es el fin de su historia. La
vida de un héroe tiene propósito. Es este propósito
el que define el arco de la vida del héroe, un arco que
se extiende desde el pasado hasta el futuro a través
del presente, arco que, al tiempo que lo transporta,
conv ier te la causa mayor por la que lucha de una des-
esperanza anterior a una redención presente y de ahí
7
Janny Scott, “The Long Run: In 2000, a Streetwise Veteran Schooled a Bold Young Obama”, en
The New York Times
, edición del lunes 9
de septiembre de 2007.
Cuestiones contemporáneas
109
a una gloria futura. Las personas que se convierten en
héroes están predestinadas a atravesar ese arcoíris.
Ése es el tema de la trama de su historia.
Actualmente Bobby Rush está sirviendo su nove-
no mandato como miembro del Congreso por el sur de
Chicago (iniciado el 3 de enero de 1993). Necesita dar
sentido (poder contar una historia con significado) al
hecho de que antiguamente se enfrentó y derrotó al
mismo hombre que hoy ofrece salvación histórica al
pueblo afroamericano. Rush consigue esa coherencia
creando su propia narrativa sobre Obama como héroe
predestinado. Obama tenía que sufrir y ser derrotado,
sin lo cual él, y la comunidad negra estadounidense
y tal vez también Estados Unidos, no podrían ser re-
dimidos hoy. El
Times
narra la historia de la campaña
de 2000 y el dilema que Rush enfrenta en una forma
que subraya el trayecto de un héroe.
La caída
En su libro
La audacia de la esperanza
,
8
el Sr. Obama
escribió: “Antes de la mitad de la campaña, sentía en
los huesos que iba a perder. Cada mañana a partir de
ese momento me despertaba con un vago sentimiento
de pavor, sabiendo que tendría que pasarme todo el
día sonriendo y estrechando manos, pretendiendo
que todo iba de acuerdo a lo planeado”.
La educación de élite del Sr. Obama y sus lazos
con la clase dirigente blanca liberal también se
convirtieron también en todo un tema. El Sr. Rush
le dijo al [diario afroamericano]
The Chicago Reader
,
“Asistió a Harvard y se convirtió en un tonto educado.
A nosotros no nos impresionan esas gentes con esos
diplomas de élite de la costa este.”
El Sr. Rush y sus partidarios le culparon de haber
pasado por alto las experiencias que habían distin-
guido más directamente a la generación previa de
negros. “Barack es una persona que ha leído sobre
las protestas por los derechos civiles y cree que por
ello sabe todo sobre aquéllas”, le dijo el Sr. Rush a
The Reader
.
El Sr. Obama era visto como un intelectual, “no
es uno de los nuestros, no es del ‘barrio’”, dijo Jerry
Morrison, un consultor de la campaña de Rush.
En retrospectiva, no falta quien diga que la magni-
tud de su derrota refleja el fracaso de Obama de no
haber podido conectarse con los votantes de la clase
trabajadora negra. [El juez Abner] Mikva dijo, “Esto
fue indicativo que él [Obama] no había dejado su
huella en la comunidad afroamericana y no tenía en
particular un estilo que resonara en ella.”
9
En 2000, las actuaciones del candidato Obama no
tuvieron eco porque no pudo ser un héroe para la co-
munidad afroamericana. Fue humillado y derrotado.
Pero a esta caída le siguió un ascenso.
El candidato madura
[…] El Sr. Mikva recuerda haberle comentado del
consejo dado a John F. Kennedy por el cardenal Ri-
chard Cushing: “El cardenal le dijo, ‘Jack, tienes que
aprender a hablar más irlandés y menos Harvard.’
Creo que le conté esa anécdota a Barack. Es claro que
aprendió a hablar más Chicago y menos Harvard en
las campañas subsecuentes” […]
En marzo de 2004, el Sr. Obama ganó la elección
primaria demócrata para el Senado de Estados Unidos
con casi el 53% de los votos, acumulando enormes
totales en distritos en los que había perdido ante
Rush en 2000 (el Sr. Rush, aún irritado por el reto de
Obama, apoyó a un candidato blanco en esa carrera
[…]) […]
Hoy día, el Sr. Rush, ministro bautista practicante
en su octavo mandato en el Congreso, que apoya al
Sr. Obama en su candidatura presidencial, parece
todavía estar rumiando sobre el fenómeno Obama
con agravio y asombro […]
“Para lo que está haciendo ahora, él no tuvo que
marchar contra la brutalidad policíaca,” dijo el Sr.
Rush evocando sus propios recuerdos. “Él no necesitó
manifestarse contra la baja calidad de la carne [que
8
Barack Obama,
The Audacity of Hope: Thoughts on Reclaiming the American Dream
, Nueva York, Crown, 2006. N.E.
9
J. Scott,
op. cit.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
110
se vendía] en los abarrotes de ínfima categoría. Él
no padeció esta clase de cosas porque obviamente
su público estaba a un nivel social muy diferente.”
El Sr. Rush tiene una explicación para la emergen-
cia del Sr. Obama como una estrella política cuatro
años después de los días tenebrosos de 2000. [Obama]
venció a un grupo de multimillonarios, algunos con
más experiencia y mejor conocidos, y se benefició de
escándalos domésticos fortuitos que apartaron a dos
opositores y lo dejaron enfrentando a un republicano
generalmente considerado incapaz de ganar.
“Yo caracterizaría la carrera por el Senado como
una carrera en la que Obama fue, digámoslo así,
bendecido y altamente favorecido,” dijo el Sr. Rush
riéndose. “Eso no es de rutina. Algo más está acon-
teciendo.”
¿Qué estaba sugiriendo el Sr. Rush con esta afir-
mación?
“Creo que la elección de Obama al Senado fue
ordenada por dictado divino,” dijo al fallar todas las
demás explicaciones. “Soy predicador y pastor; yo sé
que ése era el plan de Dios. Obama tiene cualidades
tan especiales que creo que está siendo utilizado
para algún propósito. Realmente lo creo.”
10
A principios de junio de 2008, en un largo perfil,
el reportero del
Times
Michael Powell explicó la
efectividad del senador de Illinois en términos de
identificación: Obama “tiene el don de hacer que las
personas se vean en él.” Claro, es precisamente tal
ident ificación la que permite la representación colec-
tiva, cuando la interpretación del candidato se hace
tan poderosa que permite la fusión con el auditorio.
Cuando Powell explica las fuentes de la identificación
evoca las cualidades milagrosas, incluso escalofrian-
tes, de un héroe y su relación con la temporalidad.
“Obama es una figura política proteica,” sugiere
Powell, “que inspira devoción en partidarios que lo
ven como un líder transformativo.” Es “como si hu-
biera una cualidad de ‘Barack el político inmaculado’
en su ascensión.” Empleando términos alusivos que
evocan la profecía, Powell escribe que Obama “sólo
ha necesitado de 11 años para hacer el trayecto de
senador estatal a ser el primer nominado presunto
que mantiene cautivados a millares de personas”.
11
Este periodista político moderno y deliberadamente
crítico, echa mano de una narrativa que evoca las
cualidades sobrenaturales que se asocian más de cer-
ca con la vida religiosa pre-moderna. La esperanza de
la trascendencia continúa siendo un tema recurrente
vívido y potente en el mundo secular. La vida de un
héroe transformativo está profundamente anclada
en toda sociedad humana. Es precisamente debido
a la seriedad y al carácter fatídico de los asuntos
en juego que las narrativas de héroes aparecen tan
fácilmente en las campañas políticas. En un reporte
del
Times
sobre la publicación de revistas de monitos
dedicadas a los candidatos Obama y McCain, el tono
levemente irónico apenas oculta el reconocimiento
de que el riesgo envuelto en la batalla sugiere un pa-
ralelo entre el género del superhéroe y las campañas
presidenciales actuales.
Las revistas de monitos están llenas de historias
sobre protagonistas que triunfan ante probabilidades
imposibles en su lucha por la verdad, la justicia y
el modo de vida americano. ¿Qué mejor lugar para
hacer la crónica de los senadores John McCain y Ba-
rack Obama y de sus campañas por la Casa Blanca?
Cada uno representa a su candidato mirando hacia
el cielo. Cada quien tiene un trazo de color alrededor
de su cuerpo: rojo para el Sr. McCain, azul para el Sr.
Obama.
Las luchas por el gran poder político se narran en
términos de crisis y salvación. Los personajes pueden
convertirse en héroes únicamente si superan grandes
dificultades, si conquistan lo que parecen ser retos
insuperables. De acuerdo a aquellos que aspiran a
ser presidente, los estadounidenses se enfrentan a
un momento único en su historia. Existen peligros y
oportunidades sin precedentes; una crisis histórico-
mundial a nivel nacional e internacional amenaza con
descarrilar la triunfal historia mítica de Norteamérica.
10
Idem.
11
Michael Powell, “Barack Obama: Calm in the Swirl of History”, en
The New York Times
, edición del miércoles 4 de junio de 2008, p. A1.
Cuestiones contemporáneas
111
Estados Unidos ha caído en dificultades. El sueño
americano está hecho girones. La nación se ha caído
de la colina. Le amenaza un colapso nacional, el mo-
mento presente es precario y está atribulado de una
importancia terrible. Degradada y contaminada –no en
poca medida por el presidente saliente y su adminis-
tración– la nación necesita ser pur ificada. Para ello se
necesita un héroe. Sólo un hombre puede salvar el día.
Si es derrotado, habrá un apocalipsis; si vence, sobre-
vendrá la salvación y la transformación. Solamente si
se resuelve esta “crisis de nuestros tiempos” se podrán
hacer héroes. En juego está no sólo la supervivencia,
sino la trascendencia y el renacimiento.
Para devenir en héroe, uno debe establecer una
necesidad grande y urgente. Se crea un quicio en la
historia y el candidato se inserta en esa apertura.
Los héroes se construyen metiendo con calzador
a un actor político dentro del tiempo histórico-
mundial. Se trata de narrar el tiempo, de construir
una nueva temporalidad, que es radicalmente
discontinua, y de otorgar al quiebre inminente un
significado inmenso. De manera proporcionalmente
contraria, el opositor del héroe es tan peligroso que
su elección hundiría a la nación en el apocalipsis.
En vez de trascender el presente inquietante, la
historia se echaría en reversa. Si el antihéroe resul-
tara electo, el arco progresivo de la colectividad se
quebraría y ya no se podría avanzar hacia el futuro.
Al enfrentarse al milenio durante la campaña por
la reelección de Bill Clinton y Al Gore en 1996, el
Compañía para Batman y Robin
12
12
Caricatura publicada en
The New York Times
, edición del lunes 7 de julio de 2008, p. A14.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
112
Partido Democrático les prometió a los votantes
“un puente al siglo
XXI
”.
El pasado es anti-cívico y obscuro; el futuro
bueno y radiante. John F. Kennedy anunció memo-
rablemente en su discurso inaugural de 1960 que
“un nuevo día alborea,” evocando la proeza de los
héroes olímpicos con su proclamación de que “se ha
pasado la antorcha a una nueva generación.”
13
Medio
siglo más tarde, Barack Obama atrae el mismo tipo
de línea roja y evocadora entre el pasado mancilla-
do y el futuro dorado. Se presenta como una fuerza
que media entre la luz y la sombra. Va a purificar el
proyecto estadounidense, halándolo del pasado al
futuro, al sol brillante de un nuevo día. El presente es
un quicio. “Éste es nuestro tiempo, éste es nuestro
momento,” suele declarar el candidato Obama, no so-
lamente en su discurso tras las elecciones primarias
del 4 de junio de 2008,
14
sino una y otra vez. En otra
de sus importantes arengas, Obama insistía en que
su opositor, John McCain, sólo se encontraba en el
presente nominalmente, que su verdadero apego era
hacia el pasado. “El Sr. Obama dijo nuevamente que
una presidencia de McCain sería una continuación del
presidente Bush,” reporta el
Times
. “Ya hemos estado
ahí,” declara Obama, asegurando a su auditorio que
“no vamos a regresar.” Según el
Times
, “el Sr. Obama
postuló la opción entre él y el Sr. McCain como una
opción fundamental entre el futuro y el pasado,” y
el diario describió este marco como “el terreno en
el cual espera llevar su campaña.” El presente se
hace decisivo porque se encuentra entre el pasado
mancillado y el futuro transformado. “Ésta es la
elección que enf rentamos ahora,” explica Obama a su
auditorio, “una elección entre más de lo mismo… o el
cambio.” No es un asunto de tópicos ni de ideología,
sino de temporalidad. Los electores deben elegir al
candidato que pueda conectar al presente con el
futuro. En vez de “un argumento entre izquierda o
derecha,” sugiere Obama, “es hora de intentar algo
nuevo.” Al modo de ver del candidato demócrata,
McCain cree que la nación de alguna manera ya está
en el futuro. “Él dice que hemos logrado un gran
progreso en nuestra economía en estos últimos ocho
años.” Si McCain tiene razón, entonces el contraste
entre los candidatos republicano y demócrata se ha
perdido. No hay quicio. El presente aparece exacta-
mente como el pasado. La diferencia desaparece. No
se puede construir significado.
15
Desde los primeros días de su aparición sobre el
escenario político estadounidense, Barack Obama
presentó un personaje situado al filo del quicio
de la historia. En aquellos días, les prometió a sus
auditorios que si su candidatura fuera aceptada, él
jugaría un papel transformador en cuanto a darle la
vuelta a las páginas de la historia se refiere. A con-
tracorriente, y también desde el inicio, los opositores
de Obama, los críticos de sus actuaciones políticas,
insistieron en la apariencia engañosa de su personaje
y en la naturaleza estratégica de su trama. Sin em-
bargo, no pudieron negar, a pesar de todo, que para
importantes segmentos del auditorio-ciudadanía la
historia de Obama tenía un poder dramático y que el
personaje demostraba una integridad notable.
En la revista
New Yorker
, Ryan Lizza “reveló” la
cualidad maquiavélica de los “años de Chicago” de
Obama, un período que cubre desde su llegada en
1991 tras sus estudios de derecho, hasta su elección
al Senado de los E.E.U.U. en 2004. El artículo,
16
no-
torio casi de inmediato, inspiró a los comentaristas
a buscar símiles relativos al estilo Al Capone de la
13
El discurso inaugural, pronunciado el viernes 20 de enero de 1961, puede ser consultado o escuchado
in extensis
en http://www.ame-
ricanrhetoric.com/speeches/jfkinaugural.htm N.E.
14
Este discurso, intitulado “For a More Perfect Union”, puede ser consultado
in extensis
en http://www.huffingtonpost.com/2008/03/18/
obama-race-speech-read-th_n_92077.html N.E.
15
Para ejemplificar mejor la disputa ideológico-política etre Obama y McCain,
vid.
el discurso que el primero pronunció en la Convención
Demócrata de Denver, Colorado, el 28 de agosto del 2008, en http://www.scribd.com/doc/7754587/Barack-Obama-Discurso-en-Denver
N.E.
16
Ryan Lizza, “Making it. How Chicago Shaped Obama”, en
The New Yorker
, edición del lunes 21 de julio de 2008, en http://www.newyorker.
com/reporting/2008/07/21/080721fa_fact_lizza N.E.
17
Vid.
David Brooks, “The Two Obamas”, en
The New York Times
, edición del viernes 20 de junio del 2008, en http://www.nytimes.
com/2008/06/20/opinion/20brooks.html N.E.
Cuestiones contemporáneas
113
“política de Chicago” y metáforas de Obama como
“Fast Eddie”.
17
Lizza entendía la amenaza que su
artículo representaba para Obama-el-héroe. Aunque
Lizza introduce su historia haciendo hincapié en “un
reconocimiento entre sus partidarios que los super-
héroes no se convierten en presidente; eso lo hacen
los políticos,” es significativo que sus revelaciones
sobre la política de pelea callejera de Obama aparecen
precisamente al mismo tiempo que el
Times
reporta
la aparición de “revistas de monitos de candidatos”
de superhéroes. En efecto, al describir el ascenso de
Obama en la política de Chicago, la prosa del
New Yor-
ker
no puede encubrir cómo, a pesar del pragmatismo
de sus acciones, la deslumbrante historia del héroe se
le ha pegado inseparablemente a Obama durante toda
su carrera política. “El ascenso de Obama a menudo
parece no haber requerido ningún esfuerzo,” reconoce
Lizza, describiendo cómo su “impresionantemente
rápido ascenso político” y la “transición sideral de
Hyde Park, a legislador y a candidato presidencial”
creó una “tropa de trabajadores de campaña fogo-
sos” que estaban “apasionados” y “enloquecidos”.
De hecho, la historia de Lizza enmarca los orígenes
de la carrera política de Obama, su campaña en 1995
por el escaño del Senado de Illinois como el punto
de partida de un arco narrativo de la oscuridad hacia
la luz. Escribiendo sobre cómo Obama “fue capaz
de cautivar la imaginación de algunos jóvenes afro-
americanos que estaban frustrados con sus líderes
locales,” Lizza cita a un miembro del personal de esa
época sobre esa primera campaña, diciendo: “Tiene
que entender que era 1995. Era el año después de que
los republicanos tomaran control del Congreso y en
Illinois las tres ramas del gobierno también estaban
bajo control republicano. Entonces era un momento
muy obscuro. Yo estaba en busca de participar en algo
que tuviera algún significado”.
18
Fue en ese contexto de declive y debilidad, ex-
plica Lizza, que el 19 de septiembre de 1995, en un
Ramada Inn frente al lago en Chicago, Barack Obama,
de treinta y cinco años, anunció: “Quiero inspirar un
renuevo de la moralidad en la política.” Una política
bien conocida, Alice Palmer, que presentaba al neó-
fito aspirante, tejió una narrativa que conectaba la
candidatura de Obama en el presente con el antiguo
pasado heroico de los demócratas en Chicago y con
el futuro destino glorioso del Partido. Fue “en esta
misma sala”, declaró ella, que “Harold Washington
anunció su candidatura a la alcaldía.” Washington
había sido el primer alcalde afroamericano de Chica-
go. Llorado y adulado, había muerto a poco tiempo
de su reelección a un segundo mandato en 1987. Co-
nectando al joven candidato con el discurso positivo
de la sociedad civil, la veterana política anunció que
“Barack Obama lleva la tradición de independencia
de este distrito,” presagiando que “su candidatura
es el relevo de la antorcha.”
19
Doce años más tarde, cuando Obama anunció su
campaña por un puesto mucho mayor, el quicio de
la historia aún se estaba formando a su alrededor.
En las últimas semanas de la campaña presiden-
cial, el conservador
Weekly Standard
presentó esta
retrospectiva del anuncio de Obama construyendo
un marco interpretativo para comprender por qué el
candidato demócrata estaba entonces al borde de
ganar esa batalla.
Cuando Barack Obama anunció su candidatura a la
Presidencia en Springfield, Illinois, el 10 de febrero
de 2007, prometió cambiar la práctica de la política
estadounidense. “Esta campaña debe ser la ocasión,
el vehículo, de sus esperanzas y de sus sueños. Van a
ser necesarios su tiempo, su energía y sus consejos
para empujarnos hacia adelante cuando estemos
haciendo lo correcto y para decirnos cuando no lo
hagamos.” Obama le dijo a la multitud en ese frío
día que estaba contendiendo: “no sólo para llenar el
puesto, sino para unirme a ustedes para transformar
la nación.” Le preocupaba en especial la manera en
que los políticos hacían campaña. Denunciaba “la
pequeñez de nuestra política” y “la evasión crónica de
la toma de decisiones difíciles” y a los políticos que
18
R. Lizza,
op. cit.
19
Idem.
20
Weekly Standard
, edición del lunes 29 de septiembre de 2008.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
114
ganan “apuntando puntos políticos baratos.” Todo
esto, dijo, había llevado a los electores a apartarse
con “desilusión y frustración.” “El tiempo de esa
política se acabó,” dijo Obama.
20
Dos meses antes, en julio de 2008, Maureen Dowd
observó el discurso del candidato Obama ante un
auditorio de 200,000 en la Columna de la Victoria
de Berlín. Lo llamó “un momento de pasión trascen-
dental,” describiendo cómo los alemanes habían
baut izado a Obama de “Redentor y Salvador ” y cómo,
según los alemanes, el presidente francés Nicolas
Sarkozy “también estaba Obamizado, como llamaban
los alemanes a ese efecto hipnótico.
21
Un año antes, la reportera del
Times
Janny Scott
había entrevistado al director de la campaña al Con-
greso de Obama en 2000, Dan Shomon, quien le dijo
que había sido un momento decisivo en el progreso
del peregrino. Debido a la derrota devastadora de
Obama entonces, el aspirante político afroamericano
había progresado de ser un “pensativo y ferviente
estudioso de las políticas/abogado de derechos civi-
les/experto en derecho constitucional a ser el Barack
Obama político, el inspirador, el orador.”
22
Otro viejo
amigo y antiguo senador estatal, Denny Jacobs, le
dijo a Scott que fue debido a ese temprano descala-
bro que Obama había pasado de una concentración
terrenal en asuntos contemporáneos y concretos,
a una política de trascendencia, de aspiración, de
utopía y de esperanza:
[Obama] se topó con el hecho de que en vez de hacer
campaña sobre todos los temas, entre comillas, [debía
alentar] la esperanza [que] es en realidad la clave. No
sólo la comunidad negra, sino también las personas
menos privilegiadas están buscando esa esperanza.
Tú no tienes por qué hablar del cuidado de la salud,
más bien tienes que hablar de “la promesa” del cui-
dado de la salud. La esperanza es una palabra muy
inclusiva. Creo que [Obama] es muy bueno vendiendo
este concepto.
23
Todos esos ant iguos camaradas de Obama, así co-
mo los que reportaron sus observaciones, entendían
que él se presentaba como un héroe que prometía la
salvación. Estaban errados, sin embargo, al pensar
que no era más que una interpretación, o solamente
algo aprendido recientemente. Estaba ahí desde el
inicio, tan real para Obama y sus auditorios-ciuda-
danos como cualquier verdad ficticia o espiritual
puede serlo. El personaje de Obama siempre había
prometido muy en grande. Parado en el quicio de la
historia, el personaje inspiraba a sus auditorios a
creer que ellos y su nación podían ser resucitados,
que lo mundano podía ser trascendido, que, como lo
prometía tan elocuentemente en sus discursos, “es
hora, América, de que volvamos a creer.”
Recibido el 28 de agosto del 2009
Aceptado el 1° de septiembre del 2009
21
Maureen Dowd , “Stalking, Sniffing, Swooning”, en
The New York Times
, edición del sábado 27 de julio del 2008. La transcripción del
discurso de Obama en Berlín, así como el audio, pueden consultarse en http://www.huffingtonpost.com/2008/07/24/obama-in-berlin-video-
of_n_114771.html N.E.
22
J. Scott,
op. cit.
23
Idem.
Cuestiones contemporáneas
115
Hemerografía
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The Civil Sphere
, Oxford, Oxford University Press, 2006.
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, 20 de junio del 2008.
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, 21 de julio de 2008.
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, 27 de julio del 2008.
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Scott, Janny, “The Long Run: In 2000, a Streetwise Veteran Schooled a Bold Young Obama”, en
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York Times
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7 de octubre del 2004.
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17 de octubre de 2004.
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20 de octubre del 2004.
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, 29 de septiembre de 2008.
White, Theodore Harold ,
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, Nueva York, Atheneum House, 1961.
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