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Perspectivas Teóricas
15
Las “utopías consensualistas” del fin de la política
*
H
ERNÁN
F
AIR
R
ZEZAK
**
Resumen
En este artículo, el autor analiza las diversas modali-
dades que han adquirido históricamente las “utopías
consensualistas” del fin de la política. En particular,
centra su atención en las características que defi-
nen a las utopías negativas (de la hobbesiana a la
liberal, de la economía de mercado a la marxista y
anarquista). Asimismo, explora las posturas críticas,
especialmente el psicoanálisis de tipo lacaniano, a
este tipo de utopías.
Abstract
In this article, the author analyzes the diverse moda-
lities that the ‘consensualistic utopias’ have acquired
historically of the end of politics. He centers mainly
on the characteristics that define negative utopias
(from Hobbes to the liberal, of market economy to the
Marxist and anarchist). Also, he explores criticized
postures, especially psico-analysis of Lacanian type,
to this type of Utopias.
Z
* Agradezco especialmente los comentarios y sugerencias de Alicia Álvarez, Blas De Santos, Mariana Gómez y Paula Biglieri en relación al
psicoanálisis lacaniano, así como los de Gerardo Aboy Carlés y Sebastián Barros en relación a los aportes de la teoría política contemporánea.
A todos ellos, sin embargo, los excluyo de cualquier tipo de error u omisión que este trabajo pudiese presentar.
** Universidad Nacional de San Martín (
UNSAM
), Centro de Estudios del Discurso y las Identidades Sociopolíticas (
CEDIS
), Escuela de Huma-
nidades, Avenida Acoyte 656, 1 1, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, 1405.
Palabras clave:
utopías, utopías negativas, Thomas Hobbes, John Locke, economía de mercado, Marx y
Engels, Mikhail Bakunin, discurso de la enunciación, discurso del enunciado
psicoanálisis, Sigmund Freud,
Jacques Lacan.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
16
E
l propósito de este trabajo consiste en analizar
lo que algunos teóricos han denominado las
“utopías consensualistas”. En efecto, desde
los inicios de la humanidad los hombres han busca-
do diferentes formas de alcanzar la sociedad ideal.
Estas utopías, que en sentido estricto significan
no-lugar, han adquirido, sin embargo, diferentes
modalidades a lo largo de la historia. En un trabajo
reciente,
1
separan, en ese sentido, a las diferentes
utopías en “positivas” y “negativas”. Mientras que
las primeras buscan el “estado ideal del ser”, las
segundas buscan el “ser ideal del Estado”. En ese
contexto, la diferencia entre ambas perspectivas
reside en que la primera de ellas es normativa,
siendo consciente de sus limitaciones teóricas y
prácticas. La segunda, en cambio, considera que
puede realmente alcanzarse en un tiempo y espacio
futuro una sociedad en la que el poder, y con él la
necesidad, el deseo y la propia política, se ven eva-
porados y predomina un estado ideal transparente
basado en la libertad absoluta entre los hombres.
Dejando de lado el ideal normativo, cuyo principal
exponente ha sido el filósofo inglés Tomás Moro,
2
el presente artículo analiza someramente algunas
de las corrientes más relevantes y representativas de
la segunda vertiente, es decir, aquellas utopías que,
por distintos medios, anhelaron y continúan anhe-
lando el deseo de alcanzar la sociedad “reconciliada
consigo misma”, la “metafísica de la plena presencia”,
en los términos de Derrida,
3
en la que las relaciones
de poder y dominación entre las personas son resuel-
tas para siempre. Para el caso, se utiliza un análisis
diacrónico de tipo genealógico que se remonta hasta
los primeros filósofos de la política y termina con las
nuevas utopías modernas que corresponden a las
formas que adquiere la utopía en la actualidad.
La hipótesis que guía esta investigación sostiene
que existe cierta “necesidad” estructural que, tras-
cendiendo el signo ideológico, ha perseguido inva-
riablemente a este tipo de utopías de la “plenitud” o
“transparencia” de lo social. En efecto, existe cierto
goce inconsciente que caracteriza inevitablemente a
las utopías negativas. La clave de la perdurabilidad
temporal de estas fantasías unarias se debe a que son
investidas de un goce ilimitado que las constituye
discursivamente como un objeto de deseo, en tanto
vehículos que permiten eludir de forma imaginaria la
presencia del lenguaje y de la alteridad del sujeto para
configurarse en un
real puro
de la absoluta unidad cor-
poral. En ese marco, la utopía consensualista consiste
en el intento de
forclusión
del componente político
de la política y, con él, de la propia especificidad de
la política absorbida en un puro social plenamente
sedimentado. Resulta per t inente, sin embargo, definir
previamente qué se entiende por cada una de estas
categorías para contribuir a una mayor y mejor com-
prensión de la hipótesis antedicha.
Desde la perspectiva post-estructuralista (en
sentido amplio) que aquí se propone, se entiende a
lo social como la presencia de un orden sedimentado
que borra su gesto político de institución. Lo político,
por su parte, es definido como la presencia intrínseca
de visiones antagónicas y de relaciones desiguales de
poder, lucha y dominación entre los hombres, mien-
¿Como volver, si no es con un discurso especial, a una realidad prediscursiva?
Este es el sueño, el sueño fundador de toda idea de conocimiento. Pero es
igualmente lo que ha de considerarse como mítico. No hay ninguna realidad
prediscursiva. Cada realidad se funda y se define con un discurso
Jacques Lacan
, El Seminario, libro XX: Aún
Introducción
1
Karina Casella y Cristina Ruiz del Ferrier, “Un viaje hacia otro pensar. Límites y lenguaje de la utopía política”, en Ricardo Forster (comp.),
Utopía. Raíces y voces de una tradición extraviada
, Buenos Aires, Altamira, 2008.
2
Nathalie Goldwaser, “Notas sobre la obra de Tomás Moro. Amistad, locura y utopía”, en
ibid.
3
Jacques Derrida,
La escritura y la diferencia
, Anthropos, Barcelona, 1989.
Perspectivas Teóricas
17
tras que el “momento político”
4
se comprende como
el acto de institución que permite reactivar lo social
sedimentado, mostrando su inherente contingencia.
La política, finalmente, es captada como la lucha
entre diversos sujetos sociales por la articulación
sustantiva de cadenas “equivalenciales” en torno a
un significante que permite hegemonizar el espacio
comunitario ausente. Ello implica, por un lado, la
aceptación intrínseca de la pluralidad social así como
del componente político del conflicto, de la lucha
de poder y de la contingencia como constitutivos.
Por el otro, implica necesariamente el intento de
construcción de un orden sustantivo que intenta ar-
ticular en una universalidad hegemónica las diversas
cosmov isiones antagónicas en torno a una idea cuasi-
trascendental aglutinante que permita organizar (y,
en muchos casos, modificar) a lo social y, a su vez,
sublimar o limitar (sin eliminar) las relaciones de
lucha, poder y dominación inherentes.
En este contexto, las utopías consensualistas
acaban con la política cuando intentan eliminar del
todo la doble dimensión “disociativa”
5
de lo político,
absorbido por lo puro social plenamente sedimenta-
do y neutral, o bien, cuando se busca terminar con
la pluralidad de visiones y voces inherente a todo
ordenamiento social y se intenta destruir la capa-
cidad de la política de articular un centro parcial
a partir de significantes cuasi-trascendentales o
“significantes vacíos”
6
que, bajo la égida de un sujeto
popular,
7
luchan por hegemonizar (en sentido post-
gramsciano) el orden comunitario. Llega también a
su fin cuando se intenta terminar con la condición
humana de pluralidad social de visiones que forma
parte constitutiva de toda sociedad
8
y cuando se
niega la posibilidad de constituir un orden sustancial
que, bajo la presencia de un sujeto parcial, articule
de forma hegemónica a la sociedad en torno a una
idea aglutinante (libertad, igualdad, democracia)
que se “vacía” de modo tendencial.
A fin de probar la pertinencia de la hipótesis de
trabajo, el artículo se fundamenta en un análisis
teórico-discursivo de tipo exploratorio cuyo eje se
ubica en la teoría psicoanalítica. El psicoanálisis,
en particular en su vertiente lacaniana, contiene
algunas interesantes y novedosas categorías con-
ceptuales que pueden contribuir a la comprensión
de este invariante deseo de hallar una sociedad ideal
exenta de conflictos y relaciones desiguales de poder
y dominación. Este deseo
fantasmático
, transfigurado
por el orden simbólico en una necesidad existencial
de alcanzar una sociedad plenamente “suturada”,
9
o
el “Uno”,
10
no implica desconocer la manipulación que
muchas veces han hecho los sectores dominantes,
ya sea reyes, sacerdotes, políticos o economistas en
sus diversas variantes históricas, para mantener dis-
ciplinada a las sociedades. En efecto, toda filosofía
política tiene como objeto principal la construcción
de un orden social legítimo.
11
En este contexto, todo
poder inst ituye una “sociodicea” de la dominación.
12
Estas estrategias (discursivas) de dominación legí-
tima, sin embargo, pueden tomar las más variadas
modalidades. No llama la atención, entonces, que
los reyes hayan apelado en reiteradas ocasiones al
cielo, los políticos al bien común o al pueblo y los
4
Oliver Marchart,
El pensamiento político posfundacional. La diferencia política en Nancy, Lefort, Badiou y Laclau
, Buenos Aires,
FCE
,
2009.
5
Ibid
., pp. 59 y ss.
6
Ernesto Laclau,
Emancipación y diferencia
, Buenos Aires, Ariel, 1996
7
E. Laclau, La razón populista, Buenos Aires,
FCE
, 2005
8
Hannah Arendt,
La condición humana
, Barcelona, Paidós, 1996; Claude Lefort,
La invención democrática
, Buenos Aires, Nueva Visión,
1990.
9
De E. Laclau,
vid., Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo
, Buenos Aires, Nueva Visión, 1993;
Emancipación… op. cit
y
La razón… op. cit.
10
De Jacques-Marie Émile Lacan,
vid. El Seminario, libro
XIX
: Ou pire
, Buenos Aires, Paidós, 1971-1972;
El triunfo de la religión
, Buenos
Aires, Paidós, 2005;
El Seminario, libro
XVII
: El reverso del psicoanálisis,
Buenos Aires, Paidós, 2006 y
El Seminario, libro xx: Aún
, Buenos Aires,
Paidós, 2008.
11
Liliana Demirdjian y Sabrina González, “La república entre lo antiguo y lo moderno”, en Atilio Borón (comp.).
La filosofía política moderna.
De Hobbes a Marx
, Buenos Aires,
CLACSO
, 2000, p. 337.
12
Pierre Bourdieu,
Sociología y cultura,
México, Grijalbo, 1984.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
18
tecnócratas a la superioridad y objetividad de la
ciencia, entre otras variantes similares.
Por ello, un asunto a ser analizado en la primera
parte de este trabajo es la necesidad psicológica de
alcanzar un tipo de sociedad apolítica sin conflictos
ni antagonismos de visiones, junto con la crítica,
implícita en el análisis, hacia este tipo de utopías
negativas de la plenitud que pretenden eliminar el
doble componente político de la política y pretenden
lograr en cambio un ordenamiento de lo puro social
sedimentado.
13
Finalmente, en la última parte, se plantean las
posibilidades de acción que restan en el mundo ac-
tual frente a la imposibilidad de alcanzar las utopías
tal como han sido entendidas desde la Antigüedad
hasta nuestros días. Si “Dios ha muerto”, si no hay
posibilidad de acceder al “libre desenvolvimiento de
los hombres”, si el “fin de la historia” es un delirio sin
cura, ¿implica ello la resignación f rente al futuro y la
caída, por ejemplo, en el nihilismo absoluto?; ¿cómo
se puede pensar en una praxis política alternativa en
un mundo en el que existe consciencia de la imposi-
bilidad de alcanzar una sociedad basada en el puro
consenso apolítico y no existe un fundamento tras-
cendental que respalde esta imposibilidad?; ¿qué nos
puede decir al respecto la teoría psicoanalítica?
13
E. Laclau,
Nuevas reflexiones… op. cit; Emancipación… op. cit y La razón… op. cit.
14
J. Lacan,
El Seminario, libro
XVII
… op. cit
y
El Seminario, libro
XX
... op cit
.
15
David Harvey,
La condición de la posmodernidad
, Buenos Aires, Amorrortu, 1998; Mauro Spagnolo, “Cartografías del deseo: utopía,
distopía y antiutopía en el pensamiento contemporáneo” en R. Forster,
op. cit
., p. 228.
Los primeros antecedentes: las utopías antiguas
Desde que surgió la humanidad existió como una
sombra eterna del “ser que habla”
14
el deseo de
alcanzar una pacificación social absoluta entre
los hombres. Quizás por eso se dice que todas las
sociedades tuvieron, tienen y tendrán una religión
en la cual creer. En los tiempos de la Antigüedad
la religión ocupaba un lugar central. En aquellas
sociedades escasamente diferenciadas la fuente de
legitimación principal era el poder de los dioses (y
posteriormente, con el advenimiento de las religio-
nes monoteístas, de Dios) y, con ellos, de aquellos
que lograban situarse como los representantes
directos de su voluntad en la Tierra. El fundamento
religioso de esta cosmología resultaba crucial para
lograr la obediencia incuestionable de los súbditos
al poder real, especialmente en la visión cristiana
que llegaría a sostener que el gobernante derivaba
su legitimidad de la absoluta voluntad de Dios que
actuaba directamente a través de sus representantes
terrenales. En ese contexto, teor ías ant iguas como la
Ciudad de Dios
de San Agust ín y los
Escritos políticos
de
Martín Lutero, sostenían firmemente que las buenas
acciones en este mundo serían compensados en el
mundo celestial del futuro, por supuesto asociado
con el paraíso de felicidad que era negado, a su vez,
en el presente. Como el hombre había incurrido en
un “pecado original”, debía pagar en la Tierra su
expulsión del paraíso. Sin embargo, existía cierta
posibilidad de recuperarlo. Para ello, se debían
realizar acciones nobles y correctas de acuerdo a
la moral cristiana en la Tierra a fin de ser juzgados
posit ivamente por Dios y alcanzar el paraíso per fec to
en la “otra vida”. Esta utopía negativa, que parte
de la base de que todos los seres humanos somos
“hermanos” ante un mismo Dios, pronto tomaría
novedosas formas.
Las utopías modernas
Se entiende por utopías modernas las nuevas teor ías
emergentes de la Revolución industr ial, el desarrollo
del liberalismo y la transformación sociocultural
generada por la expansión de las ideas darwinistas y
marxistas.
15
La expansión de estas ideas, en consonan-
cia con el desarrollo tecnológico y científico generado
Perspectivas Teóricas
19
por la modernización industrial, trajo consigo una
declinación del pensamiento religioso. Como lo han
analizado varios trabajos,
16
el punto de ruptura fue la
Revolución francesa. Como es sabido, ella destruyó
por completo los cimientos del antiguo orden feudal.
En ese tipo de sociedades, el poder político estaba
concentrado en el príncipe, representante directo
de Dios en la Tierra, y la sociedad era pensada como
un cuerpo jerárquico y ordenado de manera estricta.
Con la caída del
Ancien Régime
y el advenimiento
de la Modernidad, a partir de 1789, se produjo una
transformación drástica y a la vez crucial en los modos
tradicionales de representación. En efecto, a partir
de entonces dejaría de existir la sociedad regida por
la lógica teológico-política fundada en la voluntad
divina. Al desaparecer el fundamento trascendente
de lo social, se haría necesario, entonces, suplir
esta carencia con algún otro objeto legitimador.
17
A
decir de Laclau,
18
este nuevo objeto sería el mito del
pueblo. En este contexto, los cambios operados en
los principios de representación implicarán una de-
mocratización política de las sociedades.
19
En efecto,
a partir de la “revolución democrática” de 1789, se
colocaría en primer lugar la defensa de los derechos
del hombre y el respeto a la pluralidad de opiniones.
20
Sin embargo, al mismo tiempo que se producía una
tendencia hacia la democratización de las socieda-
des, el “lugar vacío” del poder
21
permitió también la
emergencia de múltiples e indeterminadas tendencias
en sentido contrario.
22
Como destaca Novaro
23
, con el
fin de la república cristiana y el advenimiento de la
Modernidad se produjo una pérdida del fundamento
sustancial para decidir y juzgar. En este contexto,
se constituyó el terreno para la existencia de una
“multiplicidad de representaciones que disputan la
conformación de la unidad del orden”.
24
En este marco de ampliación y multiplicación de
las modalidades de construcción del v ínculo de repre-
sentación política de lo social, se debe diferenciar,
sin embargo, entre lo que representa el liberalismo
político, también llamado liberalismo democrático,
y el liberalismo económico. El primero de ellos nos
remonta al sistema parlamentarista y a la teoría del
filósofo inglés John Locke. El segundo, en cambio,
tiene su origen en el mercantilismo y en las teorías
de Adam Smith. Ambas corresponden a dos versiones
diferentes de la utopía consensualista liberal.
Entre uno y otro, descuella, como paradigma
temprano de las utopías modernas, otro inglés:
Thomas Hobbes.
La utopía absolutista
La concordia es la salud; la sedición, la enfermedad;
la guerra civil, la muerte.
Thomas Hobbes
, Leviatán
La filosofía política de Hobbes (conjuntamente con la
de Maquiavelo y Bodino) ha sido considerada co-
múnmente como legitimadora y defensora del abso-
lutismo político, contraria a la tradición de matriz
iluminista.
25
No por nada ha sido relegado por toda
la corriente liberal dominante. A grandes rasgos,
16
C. Lefort,
op. cit
; E. Laclau,
La razón… op. cit.
17
Dominique Schnapper,
La democracia providencial
, Rosario, Homo Sapiens, 2004, pp. 157-168.
18
E. Laclau,
La razón… op. cit.
19
Ibid.
, p. 201.
20
Ernesto Laclau y Chantal Mouffe,
Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia
, Buenos Aires, FCE, 1987.
21
C. Lefort,
op. cit
.
22
O. Marchart,
op. cit
.
23
Marcos Novaro,
Representación y liderazgo en las democracias contemporáneas
, Rosario, Homo Sapiens, 2000
24
Ibid
., p. 266.
25
Como destaca M. Novaro (
ibid
., p. 91) en un exhaustivo análisis sobre el particular, la teoría de la representación de Hobbes implicaba
un pacto de autorización y sujeción que otorgaba, sin embargo, un carácter absoluto a la representación a partir de la sustitución absoluta
de la representación del público por la persona del representante. Esta visión absolutista será objeto de críticas por parte del pensamiento
liberal, que señalará la diferencia fundamental entre representación y sustitución, incorporando la autonomía de lo representado por sobre
la visión hobbesiana en la que sólo representa la persona del representante.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
20
lo que sostiene el de Malmsbury en su famoso libro
Leviatán
(1651),
26
es que los hombres son “malos” y
“egoístas” por naturaleza y que sólo buscan satisfacer
sus propios intereses aún a costa de los intereses
de sus semejantes. En ese contexto, se remonta al
estado pre-social o “Estado de naturaleza” para
señalar que, en tales circunstancias, se genera una
“guerra de todos contra todos” en la que la propia
vida corre peligro mortal. Para salir de ese estado de
inseguridad y temor permanente, en donde la vida
del hombre es “solitaria, pobre, tosca, embrutecida
y breve”, los hombres se unen entre sí y firman un
pacto hipotético en el que otorgan toda su libertad
a un poder coercitivo externo, el “Leviatán”, que
les garantiza la vida y la seguridad.
27
El problema
con este “pacto” imaginario (que por otra parte es
irreversible y permite al líder
28
actuar de manera
arbitraria con tal de garantizar algún tipo de orden
social frente al “caos” y la “condición de guerra”
del Estado de naturaleza), es que en él los conflic-
tos constitutivos de todo ordenamiento social son
eliminados de manera definitiva. En efecto, el tipo
de ordenamiento absolutista que garantiza el “Dios
mortal” hobbesiano rechaza la presencia de cualquier
tipo de conflicto social que impida alcanzar la “con-
cordia”, la “paz” y la “armonía” del “cuerpo social”
buscadas.
29
Se logra, así, un orden social objetivo
que, al mismo tiempo que incorpora la presencia del
antagonismo de visiones, subvierte, finalmente, la
dimensión de ordenamiento hegemónico y plural
de la propia política en el Uno del líder.
30
Como lo
resume Marchart, si bien en Hobbes hay una recupe-
ración de lo político, su teoría “solamente instaura
ese orden por una simple razón: acabar por completo
con la política”. De este modo, “el pacto sanciona el
fin de la política, no su comienzo”.
31
La utopía liberal
A partir del padre original, a través del clan de hermanos hasta
la civilización madura, la dominación llega a ser cada vez más
impersonal, objetiva, universal y también cada vez más racional,
efectiva, productiva.
Herbert Marcuse,
Eros y civilización
La teoría política de Locke, a diferencia de la de su
compatriota Hobbes, representa un intento de legi-
timar el poder de la burguesía naciente, limitando
al mismo tiempo el excesivo poder adquirido por el
príncipe. En líneas generales, lo que sostiene Locke
en su famoso
Segundo tratado sobre el gobierno civil
(1689), es que existe un “derecho natural” a la pro-
piedad privada, es decir, a la defensa de la vida, la
liber tad y las posesiones. En ese contexto, si alguien
atenta contra la “ley natural”, puede ser castigado
por mano propia.
El hombre, sin embargo, tiende a abusar de este
derecho natural a la defensa propia. Esta tendencia lo
lleva a la necesidad de firmar un pacto en el que todos
y cada uno de los individuos le otorgan el poder a un
“juez público e imparcial”, el Poder Legislativo, que
les garantiza la defensa de su propiedad privada.
32
La fuente de legitimación deja de ser, por lo tanto,
el poder divino, luego reconfigurado en poder monár-
quico con Hobbes, para situarse en la ley impersonal
y objetiva que se aplica sin distinción de ningún tipo.
Como señala el hijo de Wrington, se trata de un con-
junto de “normas y reglas establecidas, imparciales
y aplicables a todos por igual”.
33
En este contexto,
que da inicio por cierto al proceso de representación
parlamentaria, la utopía lockeana reside en la fe en
el poder de deliberación de los representantes en el
Parlamento para llegar a un acuerdo racional que
beneficie objetivamente a toda la sociedad en su
26
E. Laclau,
Emancipación … op. cit
; Jacques Ranciere,
El desacuerdo. Política y filosofía,
Buenos Aires, Nueva Visión, 1996 y Eduardo
Gruner, “El Estado: pasión de multitudes”, en A. Borón,
op. cit
.
27
Thomas Hobbes,
Leviatán: o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil
, Buenos Aires, Libertador, 2004, p. 86 y ss.
28
En realidad, el Leviatán podía estar representado también mediante una “asamblea de hombres”, pero que debía actuar de forma orgá-
nica, es decir, como si fuera un todo uno (
vid. ibid
., p. 121).
29
Ibid
, pp. 117-120 y ss.)
30
E. Laclau,
Emancipación … op. cit
; J. Ranciere,
op. cit
. y E. Gruner,
op. cit.
31
O. Marchart,
op. cit.
, p. 76.
32
John Locke,
Segundo tratado sobre el gobierno civil
, Madrid, Alianza, 2000.
33
Ibid
., p. 103.
Perspectivas Teóricas
21
conjunto, un acuerdo que, por supuesto, excluye la
presencia de intereses políticos antagónicos y, por
lo tanto, de relaciones desiguales de poder y domi-
nación entre los hombres.
34
La utopía del libre mercado
A grandes rasgos, lo que expuso Smith era que los
individuos, término que reemplazaba al de sociedad,
debían manejarse en los asuntos privados de manera
egoísta, ya que esta defensa de los intereses par-
ticulares los llevaría inevitablemente al bienestar
universal. Para legitimar esta teoría absurda y nunca
comprobada, el económista escocés afirmaba, en su
famoso
Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la
riqueza de las naciones
(1776), que el mercado, tér-
mino que denotaba fuerzas impersonales externas al
poder de los sujetos, se “autorregularía” mediante una
especie de “mano invisible” que permitiría alcanzar
el beneficio general, a partir de la búsqueda egoísta
de los intereses privados (“vicios privados, virtudes
públicas”).
35
Con la crisis mundial de 1930 y la catástrofe de
la Segunda Guerra Mundial, la fe positivista en el
progreso de la ciencia y en la razón universal, ya
golpeadas anteriormente por la Gran Guerra, sufrirá,
del mismo modo que el mito de la autorregulación
espontánea del mercado, una profunda crisis exis-
tencial. Durante medio siglo las políticas liberales
en favor del
laissez faire
serán reemplazadas por un
nuevo patrón de acumulación de matriz fordista-
keynesiana centrado en la fuerte intervención y
regulación estatal sobre la economía. Al menos hasta
comienzos de la década de los 70, la utopía ficcional
del libre mercado estuvo bien acompañada por el
firme brazo de la política estatal.
36
En 1973, con la crisis mundial del petróleo, un
nuevo modelo que reformulaba la línea teórica del li-
beralismo tradicional alcanzaría su apogeo, al tiempo
que la “matriz estatocéntrica”
37
ingresaba en una cr i-
sis terminal de la que ya no se recuperar ía: el neolibe-
ralismo. La nueva teoría económica, originada en la
posguerra como una reacción teórica y política contra
el Estado de Bienestar,
38
continuaba con los supues-
tos acerca de la supremacía del mercado sobre el
Estado, además de la estricta separación entre ambas
esferas. Sin embargo, iba más allá de la teoría origi-
naria al profundizar, de la mano de Hayek y Friedman,
la crítica al intervencionismo estatal y la defensa de
la libertad casi absoluta del mercado.
39
La metáfora
del “derrame” (
trickle down
) resume bien el supuesto
mítico del neoliberalismo acerca de que el crecimien-
to de la economía llevaría, mediante la famosa “mano
invisible” del mercado, a un “derrame” de la riqueza
hacia los sectores más desfavorecidos de la sociedad.
En ese contexto, que a partir de Fukuyama articularía
el discurso de la globalización democrático-liberal
con las políticas económicas de libre mercado,
40
la
utopía neoliberal de Hayek, Von Mises y Friedman,
pese a sus diferencias internas,
41
consistía en la
creencia de un mercado que podía “autorregularse”
sin la intervención del Estado y, por lo tanto, de la
política y las relaciones intrínsecas de poder y domi-
34
D. Harvey,
op. cit
.; Sergio Morresi, “Pactos y política. El modelo lockeano y el ocultamiento del conflicto”, en A. Borón,
op. cit
. y Fredric
Jameson, “La posmodernidad y el mercado”, en
Slavoj Žižek
(comp.),
Ideología. Un mapa de la cuestión
, Buenos Aires,
FCE
, 2003.
35
Sobre las características teóricas, metodológicas y epistemológicas del discurso (neo)liberal,
vid
. particularmente Ricardo Gómez,
Neoliberalismo globalizado
, Buenos Aires, Macchi, 2003.
36
En realidad, siempre lo estuvo. En efecto, cada uno de los cambios requirió del Estado para hacerlo. En la Argentina, por ejemplo, el
Estado ejerció una función crucial entre 1880 y 1930 para garantizar el desarrollo del capitalismo y acrecentar las ganancias de los sectores
terratenientes.
Vid
. Ferrer, Aldo,
La economía argentina
, Buenos Aires,
FCE
, 2004.
37
Marcelo Cavarozzi,
Consolidación democrática y orden político en América Latina después del ajuste económico
, México,
IFE
, 1999.
38
Perry Anderson, “Neoliberalismo: un balance provisorio”, en Emir Sader y Pablo Gentilli (comps.),
La trama del neoliberalismo. Mercado,
crisis y exclusión social,
Buenos Aires,
CLACSO
, 2003; Ana María Ezcurra,
¿Qué es el neoliberalismo? Evolución y límites de un modelo excluyente
,
Buenos Aires, Ideas, 1998.
39
R. Gómez,
op. cit.
40
A. M. Ezcurra,
op. cit.
41
R. Gómez,
op. cit.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
22
nación entre los hombres. Como es posible observar,
se presenta aquí, nuevamente, el deseo de eliminar
el conflicto constitutivo y sus antagonismos inma-
nentes para unificar consensualmente a la sociedad
mediante el orden espontáneo del mercado.
42
Bajo el
dominio de la tecnocracia presuntamente objetiva y
neutral, y con el apoyo de la vertiente más empirista
(fisicalista) del racionalismo neoclásico,
43
la conse-
cuencia de esta visión es, nuevamente, como en la
utopía liberal y sus diversas variantes racionalistas,
44
la lisa y llana supresión de la política, absorbida por
la pura administración no ideológica de lo social.
45
Las utopías racionalistas
A diferencia del modelo de representación hobbesiana,
centrado en el pacto de sujeción y autoridad con la
persona representante en tanto fuente de autoridad
y protección, los enfoques racionalistas exaltan, en la
línea inicial del subjetivismo, la incorporación de lo
representado por la vía del diálogo, la deliberación
pública, el juicio a los representantes
46
y, sobre todo,
una irrestricta confianza en el poder de la razón como
medio para solucionar los conflictos sociales.
Una de las primeras utopías en este sentido, fue la
desarrollada por Kant en
Hacia la paz perpetua
(1795).
Allí, en contraposición a otros textos previos,
47
el de
Königsberg señala su fe en que en un futuro cercano
se alcance, mediante el uso de la razón humana, un
orden completamente pacificado. Para ello, deben
crearse instituciones a nivel mundial que permitan
conducir al hombre desde su “insociable sociabilidad”
actual, hacia un futuro estado racional y cosmopo-
lita de “paz perpetua”, la “paz de los cementerios”,
como la denomina.
48
En ese contexto, se acepta la
idea del antagonismo y el conflicto político como
constitutivos, para luego intentar eliminarlos en una
síntesis final destinada por la naturaleza a la plena
transparencia y armonía.
Una de las variantes más importantes de esta
línea procedimentalista fue la representada por Hans
Kelsen, quien pretendía “borrar” el componente
político de la política, en tanto presencia de visio-
nes antagónicas y relaciones desiguales de poder y
dominación, en pos del “gobierno de las leyes”.
49
Ejemplos más cercanos que compartieron esta
fe decimonónica en la racionalidad humana y la
posibilidad de consensuar por la vía del diálogo, se
pueden encontrar en la “Teoría de la acción comuni-
cativa” de Habermas;
50
en la “Teoría de la Justicia” de
Rawls
51
y, con ciertos reparos, en el consensualismo
de Rorty.
52
42
F. Jameson,
op. cit.
43
R. Gómez,
op. cit.
44
Carl Schmitt,
El concepto de lo político,
Madrid, Alianza, 1987; H. Arendt,
op. cit
.; E. Laclau,
Emancipación… op. cit
.
45
M. Novaro,
op. cit
., pp. 267-268.
46
Ibid.
47
En particular en su
Crítica de la razón pura
(1781), donde señala que la cosa en sí (el
númeno
) resulta inaccesible más allá de poder imagi-
narla. Este enfoque kantiano ha sido retomado por Slavoj
Žižek
en su particular análisis lacaniano. (“El espectro de la ideología”, en S.
Žižek,
op. cit.; El goce como factor político
, Buenos Aires, Paidós, 2006; “¿Lucha de clases o posmodernismo? ¡Sí, por favor!”, en Judith Butler
et al
.,
Contingencia, hegemonía y universalidad. Diálogos contemporáneos en la izquierda,
México,
FCE
, 2003 y
El sublime objeto de la ideología,
Buenos
Aires, Siglo Veintiuno Editores, 1992). Debemos decir, además, que el propio Lacan cita a Kant en varias oportunidades y que toma de allí el
concepto freudiano de la cosa (
Das Ding
) (
vid
. Néstor Braunstein,
El goce. Un concepto lacaniano
, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2006).
No obstante, en su discurso de Roma, tras reconocer el aporte kantiano, Lacan subraya que, pese a sus semejanzas entre la noción de la cosa y la
cosa en sí, su teoría no debe ser considerada como una derivación del kantismo (
vid
. J. Lacan,
El triunfo… op. cit
.). Ello se debe a la posibilidad
que plantea Lacan de “acceder” de forma parcial a la cosa perdida por la vía del lenguaje.
48
Immanuel Kant,
Hacia la paz perpetua,
Madrid, Tecno, 1996.
49
Hans Kelsen citado M. Novaro,
op. cit.
, p. 99.
50
Jürgen Habermas,
Teoría de la acción comunicativa,
Madrid, Cátedra, 1994.
51
John Rawls,
A Theory of Justice
, Oxford, Clarendon Press, 1972.
52
A pesar de la fuerte crítica a la utopía racionalista de Rorty que puede hallarse en Laclau (
Emancipación … op. cit.
), debemos destacar, sin
embargo, las ambigüedades que se encuentran en el enfoque de este último pensador, quien ha señalado en varios de sus trabajos la contingencia
constitutiva que caracteriza al lenguaje rechazando, desde los aportes de la pragmática, la idea de verdad como descubrimiento representacional
(
vid
. Richard Rorty,
Contingencia, ironía y universalidad,
Barcelona, Paidós, 1991). Se ha destacado, en este marco, que su visión lo acerca más a
una especie de posfundacionalismo “antifundacional” que a un fundamento racional (
vid
O. Marchart,
op. cit
.).
Perspectivas Teóricas
23
Una corriente racionalista alternativa, surgida
a mediados de los años 90 del siglo
XX
al calor del
fracaso de las reformas neoliberales del Consenso
de Washington, es la que se conoce como el neo-
institucionalismo. Esta postura comparte con las
visiones liberal-republicanas la fe absoluta en los
procedimientos institucionales y en el consenso
racional, ya sea en su versión pluralista o bien en
su versión deliberativa. En este contexto, algunos
teóricos contemporáneos comparten y radicalizan
la utopía kantiana, ya presente previamente en
Kelsen,
53
de alcanzar un mundo homogéneo en el que
predomine la comunidad de intereses y la solidaridad
universal. En ese sentido, importantes pensadores
y teóricos sociales de orientación política liberal se
han referido en los últimos años a la ficción universa-
lista de la “aldea global” o a la noción de “comunidad
internacional”, para hacer hincapié en la presencia
de un mundo en el que, tras la caída del Muro de
Berlín, el fracaso del comunismo y la consecuente
finalización de la Guerra Fría, las relaciones de po-
der y antagonismo entre los Estados y dentro de las
propias sociedades, perdían toda la relevancia que
tenían hasta entonces.
En el campo de la teoría social contemporánea,
esta lógica de desaparición de lo político se hace
presente en toda su magnitud en la llamada “Teoría
de la Modernización Reflexiva”, que afirma que las di-
ferencias ideológicas irreconciliables son sustituidas
por cuestiones netamente “culturales”
54
que se en-
cuentran “más allá de la izquierda y la derecha”.
55
Como lo han enfatizado en los últimos años Mou-
ffe
56
y Laclau
57
, este tipo de enfoques consensualis-
tas, cuyos máximos exponentes son Anthony Giddens
y Ulrich Beck, aunque es posible incluir también en
este campo a Manuel Castells y su visión del “Estado
impotente”, relajan el componente ontológico del
antagonismo de visiones y con él limitan la capacidad
específica de la propia política de articular hege-
monías.
58
En este marco, se produce la desaparición
del clásico antagonismo basado en un “ellos”, que
se ve reemplazado por un nuevo “orden dialógico”
y racional que fomenta un mayor grado de libertad
para el individuo. La consecuencia de esta visión
racionalista y liberal es, entonces, la presencia de
una sociedad consensual carente de adversarios an-
tagonistas a quienes enfrentar y la evaporación de la
dimensión de lo político en un pleno individualismo
que excluye las relaciones desiguales de poder que re-
sultan inmanentes a todo ordenamiento social. Este
tipo de perspectivas individualistas y a-conflictivas
no pueden más que conducir a la “destrucción de la
asociación política”.
59
En el contexto de auge mundial del sociologismo
y del filosofismo antipolítico, resultó asaz famoso,
durante la década de los 90, el postulado de Francis
Fukuyama que sostenía que, tras el fracaso del co-
munismo y el triunfo a nivel mundial del “liberalismo
democrático” y la globalización, se había alcanzado
el “fin de la histor ia”.
60
Con ello se refería a que, tras el
fin del conflicto bipolar iniciado en la posguerra,
sumado al fracaso del Estado benefactor keynesiano,
53
Sobre el positivismo neokantiano en Kelsen y su idea de formar un Estado mundial de derecho,
vid
. Susana Murillo,
Colonizar el dolor.
La interpelación ideológica del Banco Mundial en América Latina
, Buenos Aires,
CLACSO
, 2008, pp. 62-66. Para una crítica a esta perspectiva
procedimental,
vid
. M. Novaro,
op. cit
.
54
Scott Lash, La reflexividad y sus dobles: estructura, estética, comunidad”, en Ulrich Beck
et al., Modernización reflexiva
, Madrid, Alianza,
1997.
55
Anthony Giddens,
Mas allá de la izquierda y la derecha,
Madrid, Cátedra. 1996.
56
Chantal Mouffe,
El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical
, Buenos Aires, Paidós, 1999; “Política y
pasiones: las apuestas de la democracia”, en Leonor Arfuch (comp.),
Pensar este tiempo. Espacios, afectos, pertenencias
, Buenos Aires, Paidós,
2005;
En torno a lo político
, Buenos Aires,
FCE
, 2007.
57
E. Laclau,
La razón… op. cit.
58
Hernán Fair, “El sistema global neoliberal”, en
Polis
, núm. 21, 2008.
59
Ch. Mouffe,
En torno… op. cit
., pp. 41-69.
60
Frase que remite a otra de las teorías liberales utópicas, la de Georg Wilhelm Friedrich Hegel. Para una crítica a la fe en la racionalidad
panlogicista de este autor, para quien “todo lo real es racional” y “todo lo racional es real”, y para quien, a partir de la “Astucia de la Razón”,
la sociedad logra reconciliarse en una síntesis final centrada en el “Espíritu” universal del Estado,
vid
. E. Laclau y Ch. Mouffe,
op. cit
.; E.
Laclau,
Emancipación… op. cit
. y E. Gruner,
op. cit
.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
24
sólo quedaba en pié el capitalismo democrático liberal
tr iunfante en Occidente. En este marco de ausencia de
alternativas, el proceso de lucha política, así como el
momento específicamente político de la institución y
reactivación de lo social, perdía su razón de ser y era
reemplazado por un orden plenamente gestionado o
administrado por las leyes y procedimientos formales
y el saber objetivo y formal de los expertos.
61
La utopía marxista
La teoría política y social desarrollada por Marx y
Engels ha sido analizada y vuelta a analizar en el
transcurso de los dos últimos siglos desde infinidad
de perspectivas y corrientes teóricas. Para efectos
de este escrito, se destaca la idea fuerza que guía
como objetivo final su accionar y que comparte con
las otras utopías “negativas”: la eliminación defini-
tiva de los antagonismos y conflictos ontológicos y
la instauración de una sociedad de la plenitud y la
transparencia.
62
De manera muy resumida, estos pensadores
parten de la base de que la sociedad capitalista se
encuentra dividida en dos clases antagónicas: la bur-
guesía y el proletariado. La primera domina a la otra
a partir de la presencia de la propiedad privada y el
excedente de fuerza de trabajo del proletario que es
apropiado por el capitalista para reproducir su capital
(“plusvalía”). Dado que el Estado garantiza mediante
el derecho (formal) burgués y el uso permanente de la
fuerza física aquella propiedad privada, y con ella
la explotación social de los trabajadores, el objetivo
del comunismo consiste en destruir el Estado me-
diante la revolución social del orden vigente.
63
De
esta manera, se terminaría la propiedad privada y,
con ella, la dominación política y las propias clases
sociales sostenidas en la dominación burguesa.
64
Este t ipo de pensamiento, que junto al de Niet zs-
che y al de Freud ha sido definido por Ricoeur como
uno de los grandes “maestros de la sospecha”,
65
contiene el germen de un tipo de pensamiento anti-
utópico e, incluso, como ha sido notado por Lacan,
posee la base para un pensamiento emancipador.
66
Ello se debe a que, a diferencia, por ejemplo, del
cristianismo, parte de la base de que el conflicto,
el antagonismo y las relaciones desiguales de poder
representan una parte constitutiva de las sociedades
existentes
67
. El problema, sin embargo, es que si “la
lucha de clases” es la que “mueve” a la historia, tal
como lo definieran Marx y Engels en la introducción
al
Manifiesto Comunista
(1848),
68
no la mueve hacia el
61
Para una crítica a la utopía del fin de la historia de Francis Fukuyama,
vid
. Jacques Derrida,
Espectros de Marx
, Madrid, Trotta, 1995. El
proceso de despolitización del discurso de la globalización neoliberal ha sido trabajado también, desde otro enfoque, por Atilio Borón (“Pen-
samiento único” y resignación política: los límites de una falsa coartada”, en Atilio Borón, Julio Gambina y Naum Minsburg (comps.),
Tiempos
violentos. Neoliberalismo, globalización y desigualdad en América Latin
a, Buenos Aires,
CLACSO
, 1999) y Ricardo Aronskind (“Globalización en
Argentina, o la voluntad soberana de subdesarrollarse”, en Época, vol. 3, núm. 3, 2001). Para un análisis más reciente del particular, puede
verse H. Fair,
op. cit.
62
Entre muchos otros,
vid
., en esta línea, a Agnes Heller, “Las necesidades radicales”, en A. Heller,
Teoría de las necesidades en Marx
,
Barcelona, Península, 1986; E. Laclau y Ch. Mouffe,
op. cit
; De E. Laclau:
Emancipación… op. cit
;
Nuevas reflexiones… op. cit
.;
Misticismo,
retórica y política
, Buenos Aire,
FCE
, 2006 y
Debates y combates
, Buenos Aires,
FCE
, 2008; C. Lefort,
op. cit
.; F. Jameson,
op. cit.
; Cora C. Arias
y Paula Delfino, “Humanismo y revolución. Reflexiones acerca del proyecto utópico marxista”, en R. Forster, op. cit. Para una visión alter-
nativa, que rescata el componente de “lucha de clases” del marxismo y su crítica al capitalismo,
vid
. E. Gruner,
op. cit.
; S.
Žižek,
“¿Lucha
de clases…?”
op. cit
.;
Blas De Santos,
La fidelidad del olvido
, Buenos Aires, El cielo por asalto, 2006 y Antonio Sanles, “El socialismo como
desafío utópico”, en R. Forster,
op. cit.
63
“Los comunistas […] proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden
social existente” Karl Marx y Friedrich Engels,
Manifiesto del partido comunista
, Buenos Aires, CS Ediciones, 2001, p. 77.
64
Ibid.
65
Vid
. Paul Ricoeur,
Freud: una interpretación de la cultura
, México, Siglo Veintiuno Editores, 1999.
66
J. Lacan,
El Seminario, libro
XVII
… op. cit.
67
No sólo de la sociedad capitalista. En efecto, en
El Capital
, Marx realiza un análisis materialista histórico que se remonta a las distintas
formas de dominación que adquiere la humanidad durante cada “modo de producción” desde el orden esclavista, el feudal, el asiático y,
finalmente, el capitalista. En la misma línea,
vid
. también H. Marcuse,
op. c it.
y Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del E st ado”,
en L. Althusser,
La filosofía como arma de la revolución
, México, Cuadernos de Pasado y Presente, 1988.
68
C. Marx y F. Engels,
op. cit.
Perspectivas Teóricas
25
“fin de la historia”. En otras palabras, el problema que
es posible observar en la teoría marxista es que, pese
a revalorizar el componente político de la política,
termina cayendo en la misma utopía negativa que
el neoliberalismo.
69
Según Marx y Engels, en el momento en el que el
proletariado organizado logra destruir mediante la
violencia revolucionaria el orden social capitalista (y,
por lo tanto, la gran causa de antagonismos sociales
que representa la presencia de la propiedad privada
de los medios de producción en manos de un sector
minoritario de la sociedad (el capital)), se llega a un
tipo de sociedad en la que todos los conflictos exis-
tentes (políticos, económicos, sociales, culturales
e incluso religiosos) terminan siendo resueltos por
“una asociación en que el libre desenvolvimiento de
cada uno será la condición de libre desenvolvimiento
de todos”.
70
Si bien es cierto que ellos no llegaron a realizar
una teoría sistemática del Estado que planteara en
detalle cómo ser ía la organización de la nueva socie-
dad colectivista,
71
en varios trabajos de su extensa
obra se observan algunos indicios que dejan entrever
los rasgos de esta concepción utópica finalista. Uno
de ellos es su
Crítica al Programa de Gotha
(1875),
donde Marx se refiere a la sociedad comunista como
un tipo de sociedad en el que la “alienación” propia
del capitalismo, en tanto oculta que la libertad y
la igualdad es sólo formal, es eliminada en pos del
“verdadero reino de la libertad”.
72
En esta “sociedad
de los productores asociados”, como la denomina
en
El Capital
(1864–1877), el tipo de trabajo manual
basado en la explotación capitalista es reemplazado
por un tipo de trabajo entendido como “actividad
libre”. En ese contexto, como señala Heller,
73
se cons-
tituye una “asociación de hombres libres” basada en
la regulación espontánea en el que cada uno dispone
libremente de su “disfrute inmediato” en proporción
a sus necesidades.
74
De manera llamativamente similar a la noción
espontánea del liberalismo de mercado, quizás de-
bido a su antecedente inicial en la teoría de Smith y
Ricardo, en
La ideología alemana
(1845) Marx y Engels
señalan también que en la sociedad comunista se
llegará a un tipo de libertad autorregulada donde
“la sociedad se encarga[rá] de regular la producción
general, con lo que se hace plenamente posible que
yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello,
que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar
y por la noche apacentar el ganado”.
75
De este modo, se puede observar en la teoría
marxista la presencia de una concepción de utopía
negativa en la que, al igual que en su antecesora
hegeliana, en última instancia se podría alcanzar
el sueño de una sociedad carente de conflictos, in-
tereses y visiones antagónicas.
76
En efecto, si en la
sociedad comunista de los “productores asociados”
o “sociedad de socios”, como también la denomina,
existe un “único interés común de todo miembro de
la sociedad” y quien dispone es “el género humano”
alcanzándose “el verdadero reino de la libertad”,
como se refiere Marx en un pasaje de
El Capital
, en-
tonces desaparecen en esta concepción ya no sólo
el derecho, la religión y las instituciones “superes-
tructurales”, sino también las propias relaciones de
poder y antagonismo y, con ellas, la propia política
en su condición de aceptación de la pluralidad y el
conflicto inmanente.
77
69
F. Jameson,
op. cit
.
70
K. Marx y F. Engels,
op. cit
., p. 58.
71
A. Heller,
op. cit
., p. 120; José Castillo y Mabel Thwaites Rey, “El Estado en el
Manifiesto Comunista
: las huellas de la concepción instru-
mentalista”, en
Doxa
, vol. 19, núm. 1, 1999, p. 29; C. Arias y P. Delfino,
op. cit
., p. 132.
72
D.Harvey,
op. cit
., p. 132.
73
A. Heller,
op. cit
.
74
Ibid
., pp. 115-150.
75
K. Marx y F. Engels, citados en C. Arias y P. Delfino,
op. cit.,
p. 133.
76
F. Jameson,
op. cit.
; C. Arias y P. Delfino,
op. cit
. Una de las primeras críticas a esta utopía comunista proviene del propio Freud, a partir
de su idea acerca de la existencia de un sentimiento o tendencia de agresividad natural en el hombre (“pulsión de muerte”) que impediría
alcanzar la ilusión, también compartida por la religión, de un tipo de sociedad exenta de conflictos y antagonismo. Sigmund Freud, “El
malestar en la cultura”, en
Obras Completas
, Madrid, Biblioteca Nueva, 1968. Respecto a la visión “antiutópica” del neurólogo austriaco,
vid.
B. De Santos,
op. cit.
y Ch. Mouffe,
En torno… op. cit.
77
A. Heller,
op. cit.
, pp.151-157; E. Laclau y Ch. Mouffe,
op. cit
.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
26
Sin embargo, donde se observa con mayor escla-
recimiento el tipo de sociedad “plena” y “reconciliada
consigo misma” que caracterizaría al orden comunista
es en los
Manuscritos económicos y filosóficos
(1844).
Allí, Marx señala que “Este comunismo es, como
completo naturalismo=humanismo, como completo
humanismo=naturalismo; es la verdadera solución
del conflicto entre el hombre y la naturaleza, entre
el hombre y el hombre, la solución definitiva del li-
tigio entre existencia y esencia, entre objetivación
y autoafirmación, entre libertad y necesidad, entre
individuo y género. Es el enigma resuelto de la historia
y sabe que es la solución”.
78
Como es posible apreciar, se presenta aquí al
igual en la utopia (neo)liberal, una visión “ideo-
lógica” en el sentido que le otorga Laclau de creer
que pueda alcanzarse el “cierre” y la “transparencia
de la comunidad”.
79
De este modo, especialmente
en su visión más mecanicista, aunque también en
su versión “historicista” de la lucha de clases como
“motor de la historia”, no sólo se acaba, finalmente,
con la doble dimensión de lo político, sino que, ade-
más, se termina con la política misma, que pierde su
capacidad de construir hegemonías que articulen el
orden comunitario aceptando la pluralidad de ideas
y el respeto a las visiones antagónicas.
80
Por su parte, el otro gran pensador comunista,
Lenin
81
, sostiene que en la sociedad comunista los
conflictos políticos serían disueltos en pos de la
“pura administración” de los asuntos públicos. En
efecto, en su interpretación de la
Crítica del Progra-
ma de Gotha,
el teórico de la revolución rusa señala
que, tras una primera etapa en la que existen sedi-
mentos de la desigualdad capitalista, en la segunda
fase, o comunismo propiamente dicho, se formaría
un tipo de sociedad en la que cada obrero recibe de
la sociedad lo que entrega a ésta.
82
De este modo,
nuevamente se lograría, en última instancia, alcanzar
un tipo de comunidad utópica en la que los conflictos
constitutivos son gestionados de manera técnica/
objetiva y, por lo tanto, no política.
83
Existen múltiples interpretaciones sobre el mar-
xismo que han continuado por diversos medios con la
ficción universalista inaugurada por Marx y Engels.
Entre otras, podemos destacar la del pensador hu-
manista francés Jean Paul Sartre, quien creía poder
terminar con la “enajenación” propia del trabajo
capitalista, donde el hombre se “abstrae” de sus
propiedades y de su propia persona a partir del “fe-
tichismo de la mercancía”, para llegar a una relación
no hostil entre el hombre y su trabajo a partir de la
sociedad comunista. Según el filósofo francés, que
retoma el análisis de
El Capital
de Marx, en el nuevo
tipo de sociedad basada en el trabajo no enajenado
se superarían esas condiciones para poner en acto
el “ser genérico del hombre”.
84
La utopía anarquista
Una versión que se asemeja en gran medida a la utopía
marxista, sin ser confundida con aquélla, es la uto-
pía libertaria del anarquismo.
85
Su principal expo-
nente, Bakunin, se oponía a todo poder, ya sea a la
propiedad privada, la ley o la Iglesia. Sin embargo,
a diferencia, por ejemplo, del nihilismo, creía poder
alcanzar un tipo de sociedad basada en la libre y
voluntaria solidaridad de los hombres. Partiendo del
supuesto antropológico de que el hombre es bueno
por naturaleza y de que existe en ese sentido una
78
K. Marx, citado en C. Arias y P. Delfino,
op. cit.
, p. 140.
79
E. Laclau,
Misticismo… op. cit., p.
21.
80
E. Laclau y Ch. Mouffe,
op. cit
.; De E. Laclau,
Nuevas reflexiones… op. cit.; Emancipación… op. cit. y Debates… op. cit.
81
Vladimir Ilich Ulianov, “El Estado y la Revolución”, en
Obras completas
, tomo XXV, Buenos Aires, Cartago, 1958.
82
Ibid
., pp. 458-462.
83
E. Laclau,
Debates… op. cit
. Para un análisis más detallado de la teoría leninista,
vid
. Galvano Della Volpe,
Rousseau y Marx
, Buenos
Aires, Platina, 1963. Para una visión diferente,
vid
. E. Gruner,
op. cit
.
84
C. Arias y P. Delfino,
op. cit
., pp. 130-131.
85
La noción de anarquía remite etimológicamente al griego
άναρχία
,
anarjía
, que significa rechazo de todo principio o causa primera, de
toda idea primera de dependencia de los seres humanos frente a un origen único. Julieta Demyda, “Libertad, herejía y utopía. Los caminos
del anarquismo y su filosofía libertaria”, en R. Forste,
op. cit
., p. 79.
Perspectivas Teóricas
27
ley de solidaridad natural,
86
el ruso llegará a similar
resultado que el marxismo aunque rechazando la idea
de llevar a cabo la revolución proletaria para destruir
el orden imperante. En efecto, el tipo de sociedad que
pretendía alcanzar el anarquista consistía en una “or-
ganización de las fuerzas productivas” que lograría
“suprimir” de manera definitiva el “poder político”, al
cual era menester “[…] suprimir completamente, en
principio y de hecho […]; pues, mientras que el poder
político exista, habrá gobernantes y gobernados,
amos y esclavos, explotadores y explotados. Una vez
suprimido, el poder político debería ser substituido
por la organización de las fuerzas productivas y el
servicio económico.”
87
En ese contexto, al igual que en la teoría co-
lectivista de Marx y Engels, se alcanzaría la “total
emancipación” de los trabajadores y su “libre organi-
zación social” “[…] dejando de lado todas las viejas
fronteras estatales y las distinciones nacionales,
fundamentado ello sólo en el trabajo productivo, el
trabajo humanizado; poseyendo un interés común a
pesar de su diversidad”.
88
Del mismo modo, de manera similar al marxismo-
leninismo, se trataría de una sociedad en la que, junto
con el fin del conflicto y la dominación, la sociedad
se organizaría plenamente “conforme a sus necesi-
dades” particulares y “[…] la satisfacción plena de
todos sus requerimientos materiales mediante el
trabajo colectivo, igual y obligatorio para todos,
y luego, como el final de la dominación, y como la
organización libre de las vidas de las personas con-
forme a sus necesidades”.
89
Una sociedad en la que el conflictivo proceso de
construcción política del orden comunitario dejaría,
así, su paso, nuevamente, a la “pura administración”
de los asuntos comunes: “No habrá ninguna posibili-
dad de la existencia de un gobierno político, ya que
este gobierno será transformado en una administra-
ción simple de asuntos comunes”.
90
Los dos discursos de la utopía negativa
Desde siempre, se ha imaginado que el ser debe contener algún género de
plenitud que le sea propio. El ser es un cuerpo. De esto se partió en el primer
acercamiento al ser, y se elucubró toda una jerarquía de los cuerpos
Jacques Lacan
, Seminario XX: Aun
86
Supuesto compartido por Jean-Jacques Rousseau quien, en su
Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres
(Madrid,
Alianza, 1996, p. 256 y ss.), afirma que el hombre es bueno por naturaleza y que existe un principio de “piedad natural”, luego destruido
por las comparaciones entre los hombres y la delimitación de la propiedad privada (lo que, por otra parte, lo acerca a la posterior visión de
Marx).
Cfr
. Mikhail Bakunin,
Textos sobre el Estado
, Rosario, Ediciones Estrategia, 2006, p. 94.
87
Ibid
., p. 99.
88
Ibid
., p. 100.
89
Idem
.
90
Idem.
91
Resulta importante aclarar que Carl Schmitt niega la posibilidad de alcanzar algún tipo de sociedad exenta de conflictos, en tanto lo
político, definido como la distinción “amigo-enemigo”, es inherente a la constitución de la propia identidad. Al respecto, vid. Benjamín
Arditi Karlik, “El final del duelo por la revolución”, en
Parallax
, vol. 9, núm. 2, 2003; Ch. Mouffe,
En torno… op. cit
y O. Marchart,
op. cit
.
Más allá de compar t ir el deseo de alcanzar algún t ipo
de ordenamiento social en el que los antagonismos
constitutivos y las relaciones desiguales de poder y
dominación, así como la contingencia inmanente de
lo social, logran ser eliminados para siempre para ins-
tituir una sociedad plena, reconciliada, transparente,
unificada y armoniosa, las utopías consensualistas
pueden ser sintetizadas en dos grandes modalidades
discursivas: el discurso de la enunciación y el discurso
del enunciado. En la primera de ellas (que encuentra
como antecedentes la dominación personal del amo
sobre el esclavo, luego la legitimación divina del y,
finalmente, el poder derivado de la autoridad suprema
del líder hobbesiano
91
), la fuente de legit imación re-
side en la enunciación subjetiva de quien enuncia. En
la segunda (que encuentra como punto de apoyo toda
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
28
la corriente de la Modernidad capitalista iniciada
con Descartes y desarrollada y extendida luego por
las diversas variantes liberales y marxistas), la legi-
timación adquiere su fuerza y aprobación al basarse
en el poder objetivo del enunciado.
El discurso de la enunciación y el discurso
del enunciado
La teor ía polít ica y social del cr ist ianismo así como la
de Hobbes, pueden ser ubicadas como teorías legi-
timadas del discurso de la enunciación. En efecto,
este tipo de utopías negativas se legitiman en el
predominio que se deriva de la imagen y el poder
de quien lo enuncia. Estas ficciones de clausura de
la sociedad han sido criticadas por varios teóricos
contemporáneos, entre ellos el psicoanálisis, tanto
freudiano como lacaniano. Según el primero de éstos,
el padre simboliza la figura de la autoridad protec-
tora, aquel ser temible y represor que, sin embargo,
es idealizado a partir de una identificación directa
con su persona.
92
En ese contexto, su figura puede
ser representada como el líder que basa su fuente de
legit imidad en la autor idad intr ínseca que represen-
ta.
93
L
a postura lacaniana hace hincapié, en cambio,
en su función de representación y ratificación del
deseo del Otro,
94
en tanto “encarnación de Dios en un
cuerpo” (el de Cristo) que garantiza la “comunión”.
95
Es en ese contexto, en el que el amo se apropia del
“saber hacer” del sujeto y éste pasa a ser un “instru-
mento de Dios”
96
en el que debe entenderse el “goce
crístico” que caracteriza al discurso del amo antiguo
y su colocación como ideal del yo
97
. Del mismo mo-
do, en la teoría hobbesiana, que continúa la misma
lógica, la fuente de autoridad reside en la metáfora
paterna, en el Uno todo del líder (S1) que garantiza
en sí mismo la unidad corporal.
98
Este tipo de discurso no requiere probar sus enun-
ciados, se legit ima en la propia figura que lo enuncia,
es decir, en su enunciación.
99
En los términos de
Lacan, el llamado “discurso del amo antiguo”, aquél
que surge en la dialéctica amo-esclavo y luego se
desarrolla en el cristianismo, “se inaugura con el
predominio del sujeto, que tiende precisamente a
sostenerse sólo en aquel mito ultra-reducido, idén-
tico como es a su propio significante”.
100
El discurso del enunciado, por su parte, mucho
más presente e incluso dominante en la mayoría de
las utopías modernas, encuentra su fuente de legit i-
midad ya no en la autoridad enunciativa y subjetiva
de quien enuncia, sino más bien en el enunciado
objetivo y transparente. Como señala Lacan, el nuevo
amo moderno, que se desarrolla en consonancia con
la expansión tecnológica del capitalismo, excede al
propio significante amo (S1) como fuente de unidad
corporal. De ahora en más, lo que predomina es
una cadena significante (S2) basada en una verdad
“puramente lógica”, definida siempre bajo el nombre
de “axiomas” y “reglas” que permite constituir una
“verdad formalizada” y “científica”.
101
En este marco,
adquiere una posición hegemónica la “efec t iv idad de
la manifestación más primaria del número, a saber, el
rasgo unario”.
102
Se trata, por lo tanto, de discursos
constituyentes del orden social que logran legitimar
el vínculo de representación política mediante la
92
Sigmund Freud, “El porvenir de una ilusión”, en
Obras Completas
, Tomo II, Madrid, Biblioteca Nueva, 1948 y Psicología de las masas y
análisis del yo”, en
ibid.
, tomo III.
93
Se puede pensar también, desde un enfoque diferente, en la figura del líder carismático quien, al igual que el “superhombre” de Nietzs-
che, basa su poder en sus propiedades personales y particulares.
Vid
. Max Weber,
Economía y sociedad. Esbozos de una sociología comprensiva
,
México,
FCE
, 1984.
94
Daniel Gutiérrez Vera, “La textura de lo social”, en
Revista Mexicana de Sociología,
año 6, núm. 2, abril-junio de 2004.
95
J. Lacan,
El Seminario, libro
XX
… op. cit.,
p. 137.
96
J. Lacan,
El Seminario, libro
XVII
:… op. cit
., pp. 22, 71.
97
N. Braunstein,
op. cit
., pp. 48-49 y ss.
98
E. Gruner,
op. cit.
, p. 154.
99
Jean Pierre Lebrun,
Un mundo sin límite. Ensayo para una clínica psicoanalítica de lo social,
Barcelona, del Serbal, 2003.
100
J. Lacan,
El Seminario, libro
XVII
… op. cit.
, p. 94.
101
Ibid
., p. 171.
102
Ibid
., p. 170.
Perspectivas Teóricas
29
descripción de una realidad “pura” en la que, a través
del desarrollo del saber objetivo de las matemáticas,
se borra la inscripción constitutiva del sujeto y,
con él, las marcas inherentes de subjetividad de la
enunciación.
103
En este contexto, desaparece nue-
vamente la dimensión de antagonismo de visiones
que caracteriza a lo político en el sentido de una
alteridad que es constitutiva del sujeto y, junto a
este proceso, se evaporan las relaciones de poder y
dominación inherentes a toda sociedad.
104
Según señala Lebrun
105
desde el psicoanálisis,
este predominio que adquiere el enunciado sobre la
enunciación es entendido como el anuncio de la caída
definitiva de la figura de autoridad que emana de
la imagen del padre. En otras palabras, se trataría
de una crisis de la función paterna de la que se preten-
dería su recuperación. Sin embargo, lejos de ser sólo
una crisis de la “imago paterna”, se trata más bien de
la presencia de una particular modalidad discursiva
de legitimación de lo social de los tiempos actuales
que logra organizar a discursos muy disímiles entre
sí, evitando la “castración paterna” a partir de un
puro real que olvida su autofundación simbólica de
carácter imaginaria.
La utopía moderna de la legitimación “cientificista” del enunciado
Antes, el superego era alimentado por el amo, el jefe, el principal. Éstos representaban
el principio de la realidad en su personalidad tangible: duros y benevolentes, crueles
y generosos, provocaban y castigaban el deseo de rebelarse
[…]
Pero estas imágenes
personales del padre han ido desapareciendo gradualmente detrás de las instituciones.
Con la racionalización del aparato productivo, con la multiplicación de las funciones, toda
la dominación asume la forma de la administración. En su cumbre, la concentración de
poderes económicos parece perderse en el anonimato: todo el mundo, inclusive en lo más
alto, parece carecer de poder frente a los movimientos y leyes del aparato mismo
Herbert Marcuse,
Eros y civilización
Desde el trabajo pionero de Descartes
106
(y mucho
antes de él, el de Platón), toda la tradición racio-
nalista del Iluminismo ha intentado la desaparición
de la alteridad política para sustituirla con ideales
míticos de Armonía, Verdad, Justicia y Bienestar
basados en la verdad científica y la fe absoluta en la
razón humana. Así, en la utopía liberal lockeana
la objetividad consensualista estaría garantizada por
el gobierno universal de las leyes. En este contexto,
se garantizaría la igualdad de los hombres bajo la
racionalidad legal objetiva.
A partir de la emergencia del neoliberalismo,
llegaría a su apogeo la visión más empirista del ra-
cionalismo, aquélla que se remontaba a la “economía
científica” de David Ricardo y al positivismo lógico
del Círculo de Viena del siglo
XIX
y que, desde la pos-
guerra, se expresaría a nivel mundial en la hegemonía
del conductismo anglosajón.
107
En este marco, serían
los saberes técnicos de los economistas “expertos” los
que permitirían develar la “verdadera realidad” de las
cosas, un saber despolitizado que permitiría situarse
por encima de los intereses políticos y de las relaciones
desiguales de poder y dominación entre los hombres.
108
De este modo, se haría presente una nueva modalidad
de utopía consensualista que, esta vez por la vía de las
ecuaciones matemáticas y la física moderna, intentaría
103
Emile Benveniste,
Problemas de lingüística general
, México, Siglo Veintiuno Editores, 1989. De Eliseo Verón,
vid
. “El discurso tecnocrát ico”,
fragmentos tomados de
Le corps du president
, Ivry sur, Seine, 1985 (mimeo); “La palabra adversativa. Observaciones sobre la enunciación
política”, en E. Verón,
El discurso político. Lenguaje y acontecimientos,
Buenos Aires, Hachette, 1987 y
Semiosis de lo ideológico y el poder,
Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 1995.
104
J. Lebrun,
Un mundo… op. cit.
105
Ibid
.
106
René Descartes,
Discurso del método
, Buenos Aires, Centro Editor de Cultura, 2006.
107
R. Gómez,
op. cit.
108
Como se puede observar, existe una similitud entre este tipo de pensamiento mítico y el de los filósofos-rey de la filosofía del ser ontológico
de Platón. Sobre esta similitud,
vid
. P. Bourdieu,
op. cit
. y Jean
François
Lyotard,
La condición postmoderna,
Buenos Aires, Amorrortu, 1992.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
30
eliminar el elemento político de la política asociado
al antagonismo de ideas y valores y la presencia de
conflictos y relaciones de poder inmanentes. En este
marco de desvanecimiento de lo político, se eliminaría,
en simultáneo, la propia especificidad de la política
vinculada a la presencia de un sujeto parcial y de ideas
plurales cuasi-ontológicas que luchan entre sí por
constituir el “punto nodal”
109
que hegemoniza discur-
sivamente el espacio social. En lugar de este proceso
de lucha plural inmanente por la hegemonía, quedaría,
como su reemplazo, la pura administración razonable
de lo social y el dominio absoluto e indiscutido del
“pensamiento único” neoliberal.
En el caso de la utopía marxista, es nuevamente el
discurso de la ciencia, bajo la modalidad de las “leyes
necesarias de la historia”, que permitiría explicar, en
última instancia, el acceso final al paraíso mítico del
“libre desenvolvimiento de los hombres”. Del mismo
modo, los anarquistas también consideraron a la ciencia
como un saber despolitizado que permitiría acceder a un
tipo de administración o gestión social “científica”.
Como señala Lebrun,
110
el objet ivo de esta episte-
me cientificista, compartida por distintas vías por la
inmensa mayoría de las utopías negativas de la Mo-
dernidad, consiste en desarrollar algún tipo de dis-
curso que logre hacer desaparecer toda huella visible
del interlocutor y sus marcas subjetivas inmanentes
y vaya en pos del conocimiento puramente objet ivo y
neutral de la historia: “El discurso de la ciencia
puede aparecer como un discurso objetivo puesto
que despoja al locutor y al interlocutor de todo
lo que constituye como sujetos y al hacerlo, despega el
logos de toda dimensión de interlocución”.
111
En este
tipo de discurso, la subjetividad intrínseca del sujeto
es evaporada en la lógica físico-matemática de lo
que se denominaría el “discurso del universitario”. De
este modo, se cree posible acceder a una realidad
de lo real, a las “puras verdades matemáticas”
112
que
no requieren más del discurso y del inconsciente.
Las consecuencias de este tipo de razonamiento
objetivista basado en la “tiranía del saber”,
113
son la
presencia de un real puro no mediado por el deseo y
la negación;
114
una visión de clausura de lo social que
se transforma en una causa del deseo del sujeto en
razón de estar investido del “rasgo unario” que cor-
poriza el uno
115
y un discurso hegemónico que hace
del saber, en tanto metáfora unaria, el soporte del
vínculo social.
116
La antiutopía del psicoanálisis
Durante siglos se consideró natural que se constituyera un mundo cuyo
correlato era, allende, el ser mismo, el ser tomado como eterno. El mundo
concebido como el todo, con la limitación que implica la palabra, sea cual
fuere la apertura que se le dé, sigue siendo una concepción, una visión, una
mirada, una captación imaginaria.
Jacques Lacan
, Seminario XX: Aun
109
J. Lacan,
El Seminario
, libro
XIX
... op. cit
., p. 67; E. Laclau y Ch. Mouffe,
op. cit
.
110
J. P. Lebrun,
op. cit
.
111
Ibid
., p. 163.
112
J. Lacan,
El Seminario, libro
XVII
… op. cit.,
p. 85.
113
Ibid
., p. 32.
114
J. P. Lebrun,
op. cit.
115
J. Lacan,
El Seminario, libro XVII… op. cit.
116
Ibid
.; J. Lacan
El Seminario, libro XX… op. cit.,
pp. 95, 166.
117
S. Freud,
El malestar… op. cit
.
118
O. Marchart,
op. cit
.
Con la emergencia del psicoanálisis (junto con la
comprobación copernicana de que el hombre no es
el centro del universo, el descubrimiento darwinia-
no de que desciende directamente del mono
117
y la
crítica heideggeriana),
118
las ideas ficcionales de
la plenitud y la transparencia de lo social, así como
Perspectivas Teóricas
31
la creencia mítica de poder alcanzar una verdad neu-
tral y objetiva carente de las relaciones de poder y
antagonismo que le son inherentes, comenzarían a
ser cuestionadas de manera más articulada.
Como señala Lebrun,
119
el psicoanálisis ha permi-
tido desbaratar estas utopías basadas en la elimina-
ción del sujeto y de la alteridad política. A diferencia
del discurso del universitario —cuya fuente princi-
pal de legitimación social se basa en la eficacia del
enunciado objetivo de la ciencia—, el del psicoa-
nálisis
nos muestra que el sujeto es, en realidad, un
sujeto siempre dividido o tachado (sujeto
barré
) entre
lo que dice y aquello que es dicho, entre su saber y la
“verdad”, entre el enunciado y la enunciación.
120
El
saber total, dice Lacan, es “imposible”, es un fantasma
(fantasía),
121
por lo que se encuentra “en entredicho”.
122
La verdad, entonces, “sólo puede decirse a medias”.
123
En este contexto, el discurso del analista apunta a
mostrar que todo enunciado remite siempre, aunque
no lo haga explícitamente y tienda a ocultarlo en una
descripción objetiva de los hechos, a una enunciación
subjetiva originaria y condicionante.
124
El psicoanálisis
permite desbaratar, al ponerlo en ev idencia, la utopía
mítica de un discurso tecnocrático que, como seña-
laba Verón en un viejo texto, “juega al juego de la polí-
tica cuando parece que está jugando a otra cosa”.
125
El imposible “rasgo unario” de toda utopía
La identificación pivote, la identificación mayor, es el rasgo unario, es el ser
marcado como uno [.
..] El ser sólo se afirma de entrada por la marca del 1, y todo
el resto que viene a continuación es pura fantasía, especialmente, la marca del 1
que supuestamente engloba, que puede reunir cualquier cosa, sea lo que sea.
Jacques Lacan
, Seminario
XVII
, El Reverso del Psicoanálisis
Cada una de las utopías negativas analizadas com-
parten un presupuesto que las iguala: el deseo de
alcanzar el Uno lacaniano, de retornar al “paraíso
imaginario”
126
en el que no existe la falta estruc tural
y se goza plenamente del ser. Como señala Lacan,
“la idea imaginaria del todo, tal como el cuerpo la
proporciona, como algo que se sostiene en la buena
forma de la satisfacción, en lo que, en el límite,
constituye una esfera, siempre fue utilizada en
política”.
127
Para el psicoanalista francés, no puede
existir una identidad plena y reconciliada ante la
“imposibilidad de la relación sexual como tal”.
128
Esta “clausura de la satisfacción”
129
se convierte en
un deseo de retorno de la unidad corporal con su
objeto de “ident ificación pr imar ia”.
130
En este marco,
Lacan afirma que frente a la “prohibición del goce”
representado por la castración fálica que instaura la
función paterna, se inaugura el orden simbólico (el
orden del significante) y, con él, se abre la infinita
posibilidad de acceder al goce perdido pero ahora
por la vía del lenguaje que hace posible el goce de
forma imaginaria.
131
Se trata, entonces, de un goce
119
J. P. Lebrun,
op. cit
.
120
De J. Lacan,
vid
.
El
Seminario
, libro
XIX
op. cit
.; “Observaciones sobre el informe de Daniel Lagache: psicoanálisis y estructura de la
personalidad”, en
Escritos II
, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 1975; “Tópica de lo imaginario”,
Seminario I
.
Los escritos técnicos de
Freud
, Buenos Aires, Paidós, 1982;
El triunfo… op. cit
.;
El
Seminario, libro
XVII
… op. cit. y El Seminario, libro
XX
… op. cit.
121
J. Lacan,
El
Seminario, libro
XVII
… op. cit
.,
p. 33.
122
J. Lacan,
El Seminario, libro
XX
… op. cit
.,
p
.
145.
123
J. Lacan,
El
Seminario, libro
XVII
… op. cit.,
p. 36;
El Seminario, libro XX… op. cit.
124
J. P. Lebrun,
op. cit
., pp. 16-17.
125
E. Verón
,
“El discurso tecnocrático
,… op. cit.
126
J. P. Lebrun,
op. cit
., p. 33.
127
J. Lacan,
El
Seminario, libro
XVII
… op. cit.,
p. 31.
128
J. Lacan,
El Seminario, libro
XX
… op. cit
.,
p
.
17.
129
J. Lacan,
El
Seminario, libro
XVII
… op. cit.,
p. 31.
130
Ibid
., p. 92
131
Ibid
., pp. 48, 49 y ss.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
32
absoluto perdido para siempre que, sin embargo, a
diferencia de la v isión kant iana, es recuperado ahora
de forma parcial a través del “goce del significante”
132
o “goce fálico”,
133
en tanto significante sustituto
de la imposibilidad real del goce sexual.
134
En este
contexto, se buscan diversos objetos parciales u
“objetos a”, convertidos en objetos causa de deseo,
que permitan sustituir
fantasmáticamente
aquel
eterno deseo de unidad, de “llenar” definitivamente
la “falta” (constitutiva) por la vía del Otro (el orden
simbólico).
135
Es a partir de las metáforas del “trazo
unario” y las metonimias que suplen de forma parcial
la imposibilidad de la sociedad plena, que es posi-
ble “retornar” de manera imaginaria a aquel deseo/
necesidad de unidad corporal plena.
136
Desde la visión inaugural de Lacan, el origen his-
tórico del orden social se encuentra en la prohibición
castradora del padre, en tanto metáfora imaginaria del
significante, que restringe, a partir de allí, el acceso
directo y no mediado a la Cosa, e instaura, desde ese
preciso momento, el deseo eterno de ser (nuevamente)
un Uno.
137
Precisamente, la posibilidad de retornar a
aquella relación de unidad corporal primaria.
En este marco, Lacan destaca que los infinitos in-
tentos para recuperar el goce absoluto perdido, aquel
anhelo de universalidad que permita colmar definiti-
vamente la falta constitutiva a partir de un acceso
directo y sin mediaciones a la Cosa,
138
han variado y
se han multiplicado a través de la historia. Mientras
que en la Antigüedad el “enunciado unario”
139
que
dominaba era el discurso del amo (basado en el ras-
go unario religioso –en el caso del cristianismo– o
en la legitimación centrada en el significante amo
del líder –en el caso del discurso hobbesiano), en la
Modernidad el discurso que hegemoniza el espacio
social es el discurso de la ciencia o discurso del amo
moderno.
140
Este tipo de discurso cientificista del
“todo saber”,
141
permite resolver los problemas so-
ciales y psicológicos generados por el quiebre de la
trascendencia divina. En palabras de Lacan: “Desde
hace algún tiempo y demasiado a menudo para mi
gusto, la fe deja a la ciencia el cuidado de resolver
los problemas cuando las preguntas se traducen en
un sufrimiento algo difícil de maniobrar”.
142
En el contexto mundial de hegemonización del
saber “científico”, el discurso de la ciencia o discurso
universitario se convierte en un tipo de pensamiento
objetivo y neutral que permite acceder a la “verda-
dera realidad” de las cosas, a un real puro, un “saber
total”
143
que se hace presente sin la intervención
del lenguaje y del sujeto fundante. Se trata de una
autoridad que no reside más en la enunciación divina,
pero tampoco en la autoridad de un líder como única
fuente de sentido y unidad social. De ahora en más,
la autoridad política hegemónica reside en la legi-
timación que le provee el sistema simbólico basado
en los enunciados lógico-matemáticos objetivos y
sin falla.
144
Este tipo de discurso unario permite,
pues, “organizar el vínculo social”
145
y vehiculizar
el “lazo social”.
146
En los términos de Lacan: “Lo real
real, si puedo decirlo así, el verdadero real, es ése
al que podemos acceder por un camino completamen-
132
N. Braunstein,
op. cit
.
133
J. Lacan,
El
Seminario, libro
XX
… op. cit
., p.
15.
134
J. Lacan,
El
Seminario
, libro
XIX
... op. cit
., p. 20.
135
J. Lacan,
El
Seminario, libro
XX
… op. cit
., p. 39; S.
Žižek
,
El sublime
op. cit
.
136
J. Lacan,
El
Seminario
, libro
XIX
... op. cit
;
El
Seminario, libro
XX
… op. cit
.
137
J. Lacan,
El
Seminario, libro
XVII
… op. cit.
138
J. Lacan,
El
Seminario, libro
XX
… op. cit
.
139
J. P. Lebrun,
op. cit
., p. 91.
140
J. Lacan,
El
Seminario, libro
XVII
… op. cit.
141
Ibid
., pp. 32 y ss.
142
J. Lacan,
El triunfo… op. cit
., p
.
32.
143
B. De Santos,
op. cit
., p. 178.
144
J. P. Lebrun,
op. cit
., pp. 44 y ss.; B. De Santos,
op. cit
.
145
J. P. Lebrun,
op. cit
., p. 47.
146
Recordemos que, desde la teoría lacaniana, “el discurso atañe al lazo social que liga a los hablantes (
parlêtres
) entre sí por medio de
significantes”.
Vid
. D. Gutiérrez Vera,
op. cit.
Perspectivas Teóricas
33
te preciso que es el camino científico, el camino de
las pequeñas ecuaciones”.
147
La consecuencia de esta lógica cientificista
carente de un referente fundacional de su enuncia-
ción, un “discurso sin palabras”
148
que retornaría
fortalecido en la lógica cientificista neoliberal,
149
es
la experiencia cotidiana de un “patrón que no tiene
rostro”.
150
En efecto, el dominio de un poder que es
apropiado por el saber de la ciencia matemática arti-
culado por la legitimación del discurso universitario
de los economistas tecnócratas que se posicionan
como “científicos” y objetivos conocedores de la
“verdad de la ciencia”,
151
sólo puede dar como resul-
tado un mundo en el que ya no existen relaciones de
poder y de antagonismo social entre los hombres,
152
un mundo en el que se logra finalmente acceder al
fantasma de una libertad sin restricciones.
En este marco teórico, en el que la verdad (que siem-
pre puede decirse a medias) emerge en lo real (imposi-
ble) para mostrar su propia imposibilidad,
153
la utopía,
que hasta allí parecía ser topía en tanto sedimentada
en el presente y operable como una plenitud de clausura
hacia el futuro, cae bajo el rango del síntoma, desvane-
ciéndose. En otras palabras, si tanto la religión como la
ciencia buscaban una forma de que los hombres “no se
den cuenta de lo que no anda”,
154
de ocupar plenamente
el “lugar vacío” de la estructura,
155
evitando la falla
constitutiva en el “espejismo del Uno”,
156
el síntoma,
en tanto “manifestación de lo Real en nuestro nivel
de seres vivos”,
157
hace presente la imposibilidad de
alcanzar esa “universalidad sin su síntoma”,
158
esto
es, la imposibilidad ontológica de acceder al discurso
psicótico de una sociedad en la que los antagonismos
constitutivos y las relaciones desiguales de poder y
dominación entre los hombres, por definición sobre-
determinadas siempre por el orden discursivo, puedan
desaparecer para siempre en pos de una reconciliación
social definitiva entre los cuerpos.
Conclusiones
El orden simbólico hace de nosotros animales desnaturalizados por el lenguaje, por
la introducción de un goce pulsional que ha sustituido al instinto animal; al pasar
de un mundo de instintos a un mundo de pulsiones, el ser humano pierde y gana; lo
que gana es la facultad de hablar, es el mundo de las palabras; lo que pierde es su
adecuación a las cosas, y es también su adecuación a sí mismo […] En el universo
del lenguaje, la palabra pierde la cosa, no remite nunca más que a otra palabra, y esa
remisión implica cada vez una pérdida, la de la adecuación de la palabra a la cosa,
al mismo tiempo que esta pérdida exige del sujeto un trabajo de simbolización para
poder transformar la pérdida en una falta que le permita desear.
Jean Pierre Lebrun
, Un mundo sin límites
Todo ordenamiento social niega el origen que lo causa
y los límites inmanentes de su formación. Toda utopía
negativa evita el doble componente político de la
política, así como la presencia del antagonismo de
147
J. Lacan,
El triunfo… op. cit
., p
.
92.
148
J. Lacan,
El
Seminario, libro
XVII
… op. cit.
, p. 10.
149
Sobre la importancia de la matematización en la legitimación “científica” del discurso neoclásico,
vid
. R. Gómez
op. cit
.
150
B. De Santos, op. cit., p. 182
151
J. Lacan,
El
Seminario, libro
XVII
… op. cit.
, p. 110.
152
De H. Fair, “El sistema global…”
op. cit
. y “La elusión del síntoma social del capitalismo contemporáneo”, en
Utopía y praxis latinoame-
ricana. Revista Internacional de Filosofía Iberoamericana y Teoría social
, año 14, núm. 46, 2009.
153
H. Fair, “Contribuciones desde el post-estructuralismo lacaniano al debate epistemológico sobre la objetividad y la neutralidad valo-
rativa”, en
Revista de Filosofía,
núm. 63, 2009.
154
J. Lacan,
El triunfo de la religión.
.. op. cit.
, p. 86.
155
J. P. Lebrun,
op. cit.
, p. 88.
156
J. Lacan,
El Seminario, libro xx.
.. op. cit.,
p. 61.
157
J. Lacan,
El triunfo de la religión.
.. op. cit.
, p. 92.
158
S. Zizek,
El sublime objeto de la ideología.
.. op. cit.,
y B. Arditi, “El final del duelo por la revolución”.
..
op. cit.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas
34
visiones y de relaciones desiguales de poder y de do-
minación entre los hombres; paralelamente, aspira a
regresar a la libertad sin determinación, al orden social
plenamente reconciliado, al libre desenvolvimiento de
los hombres o al fin de la historia (y demás metáforas
unarias de la plenitud y transparencia sin fallas).
En su famoso
Discurso de Roma
Lacan señalaba que
“aunque éste se encuentre disponible, el hombre ya no
sabe dar con el objeto de deseo, y sólo halla desdicha
en su búsqueda, que vive con una angustia que limita
cada vez más lo que podría llamarse su posibilidad
inventiva”.
159
Esta imposibilidad estructural de regre-
sar al paraíso, al sueño mítico de la totalidad, no es
razón sin embargo para dejar a un lado nuevos intentos
para lograrlo. En efecto, ser consciente de la propia im-
posibilidad constitutiva de toda sociedad
160
invadida
por siempre por el “eterno retorno de lo reprimido”
161
y la contingencia inmanente del significante,
152
no
implica necesariamente que la acción política deba
resignarse a dejar de buscar nuevos centros parciales
o “hegemonías emancipadoras”.
153
Lo contrar io impli-
caría legitimar un presente de extremas desigualdades
sociales e injusticias de todo tipo, o bien naturalizar
a la sociedad capitalista actual entendiendo que
no existen alternativas, que no puede alcanzarse el
Uno-todo a-conflictivo y, por qué no, que el hombre
es “malo” y “agresivo” por naturaleza.
En este contexto, se trata de buscar nuevas inter-
pretaciones creativas que, aunque siempre parciales y
frágiles, permitan des-inscribir o reactivar la sedimen-
tación que funda todo orden social.
164
Paralelamente,
se deben también mostrar los límites estruc turales del
discurso del Uno en dirección a una lógica del “no-to-
do”, a la falta constitutiva, recuperando la dimensión
subjetiva, y por lo tanto política, que fundamenta y
da origen a todo ordenamiento social.
Es importante recordar y recalcar, de todos mo-
dos, que la utopía no debe ser abandonada del todo.
Aunque el espacio social está estructuralmente
dislocado y la falla real siempre emerge, la política
fue, es y seguirá siendo lucha por la hegemonía. La
aceptación inmanente del conflicto y las relaciones
desiguales de poder y dominación, así como de la
historicidad radical de lo social, no debe hacernos
olvidar, en ese sentido, que la especificidad de la
política implica siempre la lucha ideológica entre
sujetos en pugna por alcanzar una articulación social
legítima en torno a ideas aglutinantes que permitan
hegemonizar el espacio social. En otras palabras,
la ausencia de un fundamento trascendental no es
motivo para limitar la capacidad de crítica ni
la ausencia conservadora de todo fundamento ni la
pura promoción de la diferencia e imposibilidad
ontológica de toda sociedad.
Como bien señala Laclau,
165
la “lógica de la dife-
rencia” no puede actuar independiente de una “lógica
de la equivalencia” que recupere la capacidad de
construcción de un pr incipio de bien común, una “vo-
luntad colectiva” que, bajo la presencia de un sujeto
popular, luche por hegemonizar el orden comunitario
ausente. Es precisamente la sociedad plenamente
instituida la que abre las puertas para la construc-
ción de hegemonías que recuperen la dimensión de
acción estratégica y colectiva de la política.
166
Una
construcción discursiva del orden comunitario que,
sin olvidar la doble dimensión ontológica de lo polí-
tico, construya nuevos e infinitos centros parciales
tendientes a la transformación y democratización de
las condiciones socioeconómicas y culturales vigen-
tes. Se trata, por lo tanto, de recuperar a la política
y a lo político de los diversos intentos de eliminarlos
para pensar nuevas e indefinidas formas creativas
de instituir discursivamente lo social; se trata de
construir sociedades que sean capaces de revalorizar
al sujeto y al debate público de ideas al tiempo que
continúen con la búsqueda de un proyecto colecti-
159
J. Lacan,
El triunfo
op. cit
., p. 22.
160
E. Laclau y Ch. Mouffe,
op. cit.
161
S.
Žižek, El sublime objeto… op. cit.
162
J. Lacan,
El Seminario, libro XX… op. cit
., p. 53.
163
O. Marchart,
op. cit
., p. 207.
164
De E. Laclau,
Nuevas reflexiones… op. cit.
y
La razón… op. cit.
; O. Marchart,
op. cit
.
165
E. Laclau,
La razón… op. cit
.
166
E. Laclau y Ch. Mouffe,
op. cit
.
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mismo tiempo, la presencia histórica del conflicto, el
antagonismo de visiones y la contingencia inmanente
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