Artículo en PDF
Cómo citar el artículo
Número completo
Más información del artículo
Página de la revista en redalyc.org
Sistema de Información Científica
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
211
Escritores y poder en México
Una dualidad republicana
X
AVIER
R
ODRÍGUEZ
L
EDEZMA
*
Resumen
En México se ha construido una gran paradoja de tintes culturales y políticos. Por una parte,
los índices de analfabetismo funcional son enormes, de hecho, una cultura de no lectura ca-
racteriza a la sociedad contemporánea. Sin embargo, existe un grupo intelectual detentador
de un poder específico que lo hace verse a sí mismo con una autoridad lo suficientemente
cimentada como para influir y señalar los caminos que el poder político debiera seguir. Los
rasgos identitarios constituyentes del ente conocido como “República de las letras” se basan
en el manejo adecuado del lenguaje, lo cual refiere a la posibilidad de mejor entendimiento
del mundo e incluso a la posibilidad de construirlo.
Desde el poder los escritores son vistos con recelo y admiración, intenta coptarlos o los per-
sigue, busca que ellos aprueben sus actos, su crítica le perturba. Soberanos en sus respectivas
repúblicas, los escritores y el poder constituyen una dualidad por demás interesante para el
estudio y la comprensión de la vida política cultural contemporánea.
Abstract
The republican duality. In Mexico a big paradox of cultural and political tints has been built.
On one hand, the indexes of functional illiteracy are enormous, in fact a non reading culture
characterizes to the contemporary society. However, a group intellectual holder of a specific
power that makes it exists it turns to itself with an authority him sufficiently laid the foundation
as to influence and to point out the roads that the political power should continue. The
constituent characteristic of the entity knows as “Republic of the Letters” are based on the
appropriate handling of the language, that which refers to the possibility of better under-
standing of the world and even to the possibility of building it. From the power the writers
are seen with mistrust and admiration, it tries to integrate them or it pursues them, it looks
for that they approve their acts, their critic perturbs him. Sovereigns in their respective re-
publics, the writers and the power constitute a duality excessively interesting for the study and
the understanding of the contemporary cultural political life.
Palabras clave
: poder, intelectualidad, ideología, República de las letras, lenguaje.
... de tiempo en tiempo he actuado políticamente y he escrito artículos de naturaleza
esencialmente política. Pues, ante mi propio asombro, he descubierto que un cierto
*
.
Universidad Pedagógica Nacional, Dirección de Investigación, Carretera al Ajusco 24,
Col. Héroes de Padierna, 14200, Delegación Tlalpan.
212
número de personas que conocen mis obras de teatro y mis cuentos están dispuestos
a confiar en mis opiniones sobre cuestiones políticas, o al menos a considerarlas seria-
mente.
Arthur Miller
1
H
abiendo sido invitado a la presentación del primer tomo de la
Historia Moderna de México
, el entonces presidente de la Re-
pública, Ruiz Cortines, no asistió a la celebración. Más tarde, Daniel
Cosío Villegas le hizo llegar el volumen respectivo con la siguiente
dedicatoria: “Para el primero, del último ciudadano de esta Repúbli-
ca”, lo cual significaba, a decir de Cosío, “que en la otra república,
la de Platón, yo, como, intelectual, sería el jefe del estado, y don
Adolfo un modesto escribiente de la aduana de Veracruz”.
2
La anécdota posee múltiples significaciones para el tema elegido.
La primera y más evidente es la prueba de que, desde un sector es-
pecífico de la sociedad constituido en general por los intelectuales
y, particularmente para el caso que me ocupará, por los escritores,
existe la noción de que en nuestro país conviven dos repúblicas. Una
definida por la actividad política del ejercicio del poder estatal, en
donde los políticos profesionales son los poseedores del poder que
manejan discrecionalmente alejados de lo que hoy en día se conoce
como sociedad civil. La otra, en donde el poder radica en un ámbito
no terrenal, sino más bien en cuestiones más cercanas al espíritu, es-
to es, en la identificación de sus ciudadanos con la “razón”, la inteli-
gencia, la verdad, etcétera.
Ambas repúblicas conocen y asumen la existencia de la otra to-
mando sus respectivas distancias, creando fronteras para evitar que
individuos no pertenecientes a su identidad soberana asuman posi-
ciones de poder en ella y, sobre todo, desdeñando de una u otra for-
ma a aquellos que se identifican única y plenamente con la otra.
Los dos protagonistas de la anécdota actuaron de acuerdo con lo
que de ellos se esperaba, uno como presidente de la República, otro
como escritor/intelectual eminente. El desdén fue mutuo, la desca-
lificación de los afanes del otro también. Ninguno reconoció la va-
lidez o importancia que representaba para la República las activida-
1
.
La cultura en México
, núm. 511, México, 24 de noviembre de 1971, p. III.
2
.
Gabriel Zaid, “Imprenta y vida pública”,
Vuelta
, núm. 98, México, noviembre de 1984,
p. 14.
213
Sociedad y política
des del otro. Para el presidente, la obra coordinada por Cosío era
irrelevante para el desarrollo nacional; para el fundador de El Cole-
gio de México, la persona misma del presidente era de poca monta
de acuerdo con los juicios de valor de la inteligencia y la “razón”.
Las cartas, una vez más en la historia de México y no por última oca-
sión, fueron echadas entre protagonistas de ambas repúblicas. Esas
relaciones, la existencia misma de la dualidad republicana, consti-
tuyen el objeto de estudio del presente trabajo.
Dicha dualidad republicana existente en nuestro país ha sido
construida sobre una enorme paradoja. Los escritores, esa parte de la
intelectualidad que se identifica dentro del concepto general de Re-
pública de las “letras”, poseen un poder, una capacidad de influen-
cia, un reconocimiento que de ninguna manera es proporcional al
ínfimo nivel de lectura que existe en nuestra sociedad. Una pregunta
se decanta de forma natural: ¿qué es lo que hace que a un grupo iden-
titario, cuyo rasgo distintivo axial (ser leídos) no se cumple como de-
biera en una sociedad caracterizada por la existencia de una cultura
de no lectura, se le otorgue un peso específico tan grande?
La paradoja es clave: no se lee, pero los que escriben son impor-
tantes. Ellos, los escritores, obviamente no son conocidos por el gran
público (masivo) que no lee y cuando lo son probablemente sea por
su desempeño en otro tipo de actividades. Carlos Monsiváis suele
comentar que por lo general cuando lo reconocen en la calle le di-
cen “usted es un escritor, lo he visto en la tele”.
3
Planteo dos vías alternas que se entrelazan a lo largo de la concep-
tualización tanto del quehacer intelectual como del literario. Por una
parte, los intelectuales se consideran como los detentadores mo-
nopólicos de la “razón”. Esto en palabras bastante más audaces y
“modernas” significaría ser capaces de encontrar tanto un cierto sen-
tido del futuro como de la explicación del pasado. De ahí que su po-
sibilidad (y necesidad) de intervención en el presente sea un ele-
3
.
Tal fenómeno no es privativo de la sociedad mexicana finisecular como lo demuestra la
siguiente reflexión de Julián Marías: “Todo mundo sabe, por ejemplo, quién es Ortega; pero
¿cuántos saben lo que piensa? Y lo mismo se podría decir de Heidegger, de Russell, de Jaspers,
de Toynbee, de Einstein, de Heisenberg.
La notoriedad, además, tiene una dimensión indudable de azar. Muchas veces es debida
a causas fortuitas y externas: una actuación política, una persecución, un premio importante,
una campaña de publicidad editorial, la necesidad de un país, en un momento de inseguridad,
de improvisar algunos ‘genios’”. J. Julián Marías,
El intelectual y su mundo
, núm. 1438, España,
Espasa Calpe, 1968, Colección Austral, p. 116.
214
mento básico: ¿quién mejor que ellos puede apreciar con más justeza
“racional” el devenir de esa complejidad infinita que significa nues-
tra vida diaria?
4
Asumiéndose como los acaparadores de la “razón”,
de la luz, ellos se abrogan el poder de saber la ruta por donde la
humanidad debiera seguir su camino, por lo que su interés por par-
ticipar en el diseño de ese sendero parece transparentarse.
5
Junto a lo anterior debemos tener presente que los escritores, al
dominar a ese ente llamado lenguaje, se convierten en individuos
privilegiados, por ser precisamente de esta manera que el mundo es-
tá conformado. Las palabras, la precisión en su uso, la creación de
nuevas formas generan al universo mismo. Los escritores poseen el
don de, entretejiendo las palabras, crear universos y sus explicacio-
nes. Ellos inventan, crean, al mundo. Ellos conforman su universo
de palabras, de letras, de signos: el lenguaje. Ése es su territorio so-
berano. Las fronteras están perfectamente delimitadas. El poder ahí
ejercido es el poder sobre el lenguaje, sobre las palabras, sobre las
letras. Es, indudablemente, una república: la “República de las le-
tras”.
6
Dentro de su territorio soberano no hay otro poder que valga,
se pertenece a ella únicamente gracias a poseer esa habilidad, don,
genio o capacidad de manejar el lenguaje.
7
4
.
“Se consideran a sí mismos (los intelectuales) como guardianes especiales de ideas abs-
tractas como la razón, la justicia y la verdad, guardianes celosos de normas morales que son
ignoradas con demasiada frecuencia en los mercados y los recintos gubernamentales”, A.
Coser Lewis,
Hombres de ideas. El punto de vista de un sociólogo
, 2ª reimp., México, Fondo
de Cultura Económica, 1980, p. 11.
5
.
Véase por ejemplo lo dicho por Carlos Fuentes hace algunos años (1996): “Cuando es-
cribo un ensayo para los periódicos me vuelvo muy cartesiano. En cambio, cuando estoy escri-
biendo ficción, no controlo todo tan racionalmente”, Alfredo Barnechea,
Peregrinos de la len-
gua
, México, Alfaguara, 1997
,
p. 147.
6
.
El surgimiento de este nombre para definir al mundo de los escritores generó hace algu-
nos años una polémica interesante entre Gabriel Zaid desde la revista
Vuelta
y Rafael Pérez
Gay desde
Nexos
. Hoy en día el mismo título es utilizado por una columna escrita por Hum-
berto Mussachio que se publica semanalmente en la Sección Cultural del diario
Reforma
de
la ciudad de México. Por otra parte,
The Republic of Letters
, es el nombre de una nueva revista
literaria (para diciembre de 1998 apenas iba en su número cinco) publicada en Boston, por
el Premio Nobel Saul Bellow y Keith Botsford. En España el término también ha sido utilizado
para referirse al mismo grupo, y hace décadas se puso en boga a partir de que Marcelino Me-
néndez Pelayo se autodenominó “ciudadano libre de la república de las letras”. Cfr. Julián
Marías,
op. cit.,
pp. 39 y ss.
7
.
“El intelectual requiere, en primer lugar, de un público que muchas veces no paga lo sufi-
ciente en dinero, pero sí lo hace en reconocimiento; en segundo, de un contacto regular con
sus congéneres. El debate y la discusión son los elementos básicos para el quehacer intelec-
tual”, A. Coser Lewis,
op.cit.
, p. 19.
215
Con tal delimitación obviamente se deja fuera de sus fronteras a
todos aquellos que no comparten las características señaladas. Esto
constituye un eje metodológico fundamental puesto que más allá de
esas líneas fronterizas se ubican múltiples grupos que, si bien pue-
den ser contemplados dentro de las categorías clásicas de intelec-
tual, no cumplen con los requisitos para ser considerados como ciu-
dadanos de tan privilegiada república.
8
Por ejemplo, generalmente todos los profesionistas y egresados
de instituciones de educación superior son considerados sin mayor
problema como intelectuales pero, según vemos, no necesariamen-
te participarían de la “República de las letras”. Incluso, desde ésta
se llega al ninguneo de aquéllos y sus actividades “académico-uni-
versitarias”.
9
La ciudadanía en la república que estamos analizando
no se consigue con factores credencialistas, pero tampoco con licen-
cias políticas. Uno de los puntos comúnmente reseñados y criticados
desde el interior mismo de la “República de las letras”, es que exista
un protocolo que permita ser identificado como ciudadano sin tener
necesariamente los merecimientos literarios debidos; él encarnaría
en lo que es el circuito de relaciones característico de la vida social
de los republicanos (
establishment)
.
10
Sociedad y política
8
.
“... para el intelectual, el modelo ya no es solamente —ni siquiera de modo predominan-
te— el científico, el físico a la manera newtoniana, o el enciclopedista que acumula y sistema-
tiza todas las variedades del saber; su modelo es el poeta, o mejor dicho, el profeta que trae
al mundo el porvenir, quien traduce en imágenes arrebatadoras las inspiraciones inexpresa-
das de la conciencia popular y del movimiento histórico”, Francois Bourricaud,
Los inte-
lectuales y las pasiones democráticas
, Universidad Nacional Autónoma de México, 1990, p. 51.
9
.
Refiero algunos ejemplos: a) De los artículos que un autor envió para su posible publi-
cación en
Vuelta
, el Secretario de Redacción encontró: “Ninguno digno de publicarse: ni los
temas (“Borges y el laberinto”, digamos) ni la prosa ni las ideas se distinguían de la moneda
corriente en las revistas universitarias”, Aurelio Asiain, “Puente de Peros”,
Vuelta
, año XX,
núm. 239, octubre de 1996, p. 37.
b) “.
.. el analfabetismo funcional de nuestros parnasos y academias semiletrados”, José
Joaquín Blanco,
Crónica literaria. Un siglo de escritores mexicanos
, México, Cal y Arena, 1996,
p. 12.
c) A pesar del doble matiz del autor (utilizar “algunos” y circunscribir la ironía a los acadé-
micos de la
UNAM
) el sentido es el mismo: “Hay que decir que
La razón y la afrenta
es un libro
que se fabricó en poco tiempo. Ésa es la causa de algunas de sus insuficiencias. Pero tiemblo
al imaginarme los millones de pesos y los miles de días que hubieran consumido algunos aca-
démicos de la
UNAM
para presentar algo parecido”, Christopher Domínguez Michael,
Servi-
dumbre y grandeza de la vida literaria
, México, Joaquín Mortiz, 1998, p. 77.
10
.
“Pero nadie demuestra ni pío, todos grillan: el puro parloteo culturero de la grilla buro-
crática-universitaria para colarse cada quien lo más arriba que pueda —puestos, premios, be-
cas, publicidad en la tele y los periódicos, famita de antesalas—, y rebajar a los autores supe-
riores para dispensarse de tal competencia”, José Joaquín Blanco,
Crónica.
.., op.cit.
, p. 553.
216
Si bien es cierto que en sentido estricto la vida literaria tendría que
remitirse única y exclusivamente al hecho íntimo de leer (y escribir),
ya que la razón de ser de un texto (su definición primaria) es defen-
derse, explicarse, imaginarse, provocar por sí mismo al momento de
ser leído, sin que el escritor esté ahí presente en esa actividad tan
privada o tenga que hablar y mostrarse públicamente para decir co-
sas acerca de lo que escribió, también es un hecho que la vida social
(coloquios, conferencias, presentaciones, congresos,
cocktails
, ter-
tulias, etc.) cumple una función necesaria dentro de la conformación
identitaria del grupo. A través de ella se desempeña una de las acti-
vidades definidoras que, para Julián Marías, equivaldría a aquello
que en el estado civil es estar enterado de la legislación existente:
la publicidad entendida no en su aspecto peyorativo ligado al mer-
cantilismo deliberado (que también la hay), sino como la necesi-
dad intrínseca de los ciudadanos de la “República de las letras” de
estar enterados de lo que los demás han escrito, pensado, discuti-
do o reflexionado y, a su vez, hacerle saber al resto de los ciudadanos
que ellos están enterados. Insisto, es cierto que para estar enterado
bastaría leer, pero ¿cómo se identificarían unos a otros sino en la
práctica social que, junto al acto mismo de leer/escribir, ha institui-
do esos espacios para el intercambio y reconocimiento del saber
que los otros saben y conocen de lo que yo estoy enterado, sé, y co-
nozco? El circuito, según vemos, aunque es proclive a ser calificado
de frívolo cumple una misión identitaria.
11
El reconocimiento ciudadano en la “República de las letras” no se
obtiene de manera automática con el ejercicio de la actividad de es-
cribir. Ésta sola no basta. Se debe cumplir el siguiente paso natural
de todo escrito: que sea publicado, pues en eso consiste la posibi-
lidad de que lo escrito tenga realmente la oportunidad de completar
su ciclo al ser leído por alguien más que el propio autor.
11
.
“...dentro de la república de las letras, sus miembros, sus ciudadanos, están en
presencia
unos de otros. Lo que en la república de las letras acontece no son simples actos individuales,
sino que trascienden de sus autores y quedan automáticamente proclamados, notificados pu-
blicados. Esto quiere decir que la república literaria está definida por el
enterarse
” (.
..).
“...lo mismo que en el Estado civil la legislación es pública y los ciudadanos están enterados
de ella, o por lo menos deben estarlo y se supone que lo están, en la república literaria lo dicho
y lo hecho se dan por sabidos y funcionan como tales. Y esto implica, a su vez, que el mo-
do de comportamiento de cada individuo es darse por enterado de lo que los demás han pen-
sado, escrito, estrenado, criticado”, Julián Marías,
op. cit.
, pp. 42-43.
217
El poder político (pleonasmo necesario en este caso) busca ince-
santemente congratularse con la “República de las letras”. En Amé-
rica Latina, y particularmente en nuestro país, los intelectuales, los
escritores son, a decir de algunos analistas, mucho más importantes
que en otras naciones donde significativamente se registran tasas de
lectura bastante más altas.
12
La explicación a este fenómeno debe
rastrearse en la historia de la región.
Los escritores, los poseedores de ese amplio horizonte que permi-
te el poder sobre el lenguaje, se han convertido históricamente en
los países latinoamericanos (en particular en México pues es el caso
que me ocupa) en espejos, donde el poder político acude a pregun-
tar qué tan hábil e incluso legítimo es, o qué tan correctas, acertadas
y posiblemente populares son sus políticas.
En nuestro país, el vasconcelismo fue el último intento del sector
intelectual por hacerse del otro poder. Al ser arrasado por las prác-
ticas de la
real politik
impulsada por los incultos rancheros venidos
a militares revolucionarios, los escritores se percataron de que de-
berían ceñirse a ejercer su poder dentro de fronteras perfectamente
delimitadas, en el territorio donde ellos eran soberanos, en el que
—en palabras feudales— eran amos y señores. El poder sobre el len-
guaje sería su poder; ellos serían sus únicos detentadores legítimos.
En Latinoamérica, dadas sus características políticas e históricas
definidas por la instauración de regímenes autoritarios y, por ende,
por la ausencia de virtudes democráticas, los escritores han ocupado
el lugar intermedio que en otros países era innecesario por la exis-
tencia de una sociedad civil fuerte.
13
Sociedad y política
12
.
En México cada habitante en promedio lee medio libro al año. En Latinoamérica sola-
mente Haití tiene una situación peor.
13
.
“En América Latina, donde las sociedades están polarizadas y el saber y el reconocimien-
to social son poco frecuentes, casi cualquiera que escribe, pinta, actúa, enseña y se expresa,
o incluso canta, se convierte en “un intelectual”. El alcance del término es muy amplio, porque
las actividades de las personas a las que se lo asocia son igualmente diversas.
Los intelectuales siempre han cumplido una función crucial —y quizá desproporcionada—
en las sociedades y en la política latinoamericanas. Desde la independencia y a lo largo del
siglo
XIX
, en parte a consecuencia de la debilidad de las instituciones representativas, intelec-
tuales clave ocuparon un espacio decisivo en muchas sociedades latinoamericanas”, Jorge
Castañeda,
La utopía desarmada
, México, Joaquín Mortiz/Planeta, 1993, pp. 209 y ss.
Por su parte, Lorenzo Meyer coincide con esa apreciación: “En la historia de América Latina
hay una peculiaridad: la importancia política de los intelectuales, que no se compara con la
que tienen en Europa occidental o en Estados Unidos, donde es menor. Sucede que en nues-
tra América, y muy concretamente en México, el intelectual sustituye, en cierto sentido, una
creencia fundamental: a las instituciones representativas de la sociedad civil. Nuestra sociedad
218
En nuestros países, atrasados económica y políticamente, la posi-
bilidad de acceder a la información por parte de las grandes ma-
sas analfabetas, miserables y fuera de la modernidad hizo que aqué-
llos pocos que podían ver al mundo, al país y a sí mismos desde otras
vitrinas se convirtieran en los cuestionadores de un poder que los
respetaba e incluso temía, justamente porque ellos, los hacedores de
discursos, representaban algo que los políticos no tenían: la posi-
bilidad de haber accedido a la “razón” o, en los términos en los que
hemos trabajado aquí, de manejar y dominar el lenguaje o, en otras
palabras, de crear y recrear al mundo.
En una sociedad democrática el acceso a la información de los
quehaceres públicos es una axioma de la convivencia social. En
contraste, en México la información sobre la actividad del Estado
es concebida como un secreto que no puede ser ventilado frente a
la sociedad, aunque sea a ella a quien se le endose la responsabili-
dad de cargar con las consecuencias de esos actos. Así planteado el
asunto, los escritores tienen la posibilidad de ocasionar trastornos al
poder al poseer los recursos para hacer pública la información que
conozcan, posean y que de suyo tendría que ser pública.
Los escritores mexicanos son conscientes de que sus escritos son
leídos, en el mejor de los casos, de forma escasa. No es difícil encon-
trar múltiples ejemplos en donde Paz, Fuentes, Monsiváis, Pacheco,
Ibargüengoitia, etc., han expresado en distintos momentos conocer
este fenómeno,
14
lo cual no los ha amedrentado para expresar de
manera vehemente sus consideraciones políticas en diversas coyun-
no cuenta con órganos, instituciones y estructuras que efectivamente representen sus intereses
ante el poder y le exigen a éste responsabilidad y acciones. Si los partidos políticos son débiles
o no existen, si los parlamentos son, como el caso mexicano una cosa de risa, una farsa, hay,
como en un cuerpo que pierde un órgano, un desarrollo de otro que trata de compensar la
carencia.
Si los intelectuales en México tienen una importancia un poco mayor que en otras partes
—y prueba de ello es esta entrevista— es porque son alternativas, son sustitutos de las ins-
tancias democrática e institucionales. El Congreso está para que se expresen los problemas,
las necesidades, las demandas, las exigencias de una sociedad, pero ese no es el caso del le-
gislativo mexicano”, Hugo Vargas, “Intelectuales, poder, cultura. Entrevista con Lorenzo Me-
yer”,
La Jornada Semanal
, núm. 223, 19 de septiembre de 1993, pp. 20-21.
14
.
“Sí. Existe, ¡qué duda cabe!, una comunidad de poetas, de hombres con altas preocu-
paciones. Pero esa comunidad esta determinada, ya no por valores o por quehaceres comu-
nes sino, precisamente, por la divergencia y la soledad de individuos que ejercen un oficio
cada día más ajeno al interés colectivo, a las necesidades de la masa”, Carlos Fuentes,
La región
más transparente
, México, Alfaguara, 1998, p. 162.
219
turas. No importa que, en efecto, no pase nada, ellos estarán tran-
quilos con la satisfacción del deber cumplido.
15
Ahora bien, el que no todos los escritores sostengan las mismas
posiciones políticas, tomen partido por las mismas causas o actúen
de la misma manera frente a fenómenos políticos específicos de-
muestra lo que bien pensado resulta obvio: la “República de las le-
tras” está cruzada por las contradicciones histórico sociales imperan-
tes en la sociedad. Si el acceso a la verdad, a la objetividad, debido
al uso correcto del lenguaje fuera la explicación única del carácter
identitario de los escritores en su accionar político, hipotéticamente
esos atributos debieran generar que quienes los poseen construye-
ran explicaciones similares y asumieran posiciones más o menos
compartidas. En la “República de las letras” se reproducen las mis-
mas formas que en el ámbito general de la sociedad; ella tan sólo
podría ubicarse como una pequeña muestra de las diversas corre-
laciones existentes en el universo social. Los escritores actúan de la
misma manera que el resto de los individuos; algunos de una forma,
otros de otra, unos afiliándose a ciertas explicaciones y propues-
tas, otros a otras, algunos más construyendo una tercera, etcétera.
Las discusiones sobre su participación política o acerca de sus po-
siciones críticas frente a ideologías, sociedades, partidos y políticas
demuestran que el sentido ontológico, que algunos quieren ver en
el ser escritor, es inexistente. No reaccionan igual porque, en efecto,
esa soberanía está imbuida por los conflictos, intereses y apreciacio-
nes filosóficas, éticas, políticas y estéticas que existen en la sociedad.
Desde esta perspectiva podemos entender la causa por la cual se
señala que el compromiso de los escritores no es con la verdad en
general (en el sentido unívoco y omniabarcador de la palabra) sino
con su verdad. Esto es, con la crítica, entendiendo por ella el ejercicio
consecuente de sus afanes inquisidores; el compromiso con sus con-
vicciones, sean cuales sean las que ellos elijan y/o construyan; pero
siendo siempre fieles a tales definiciones, siempre ejerciendo la crí-
tica pues, como dice la conocida sentencia, ella es el único deber
de los escritores en particular y de los intelectuales en general. Tam-
Sociedad y política
15
.
“Somos personas honradas. Decimos lo que creemos que es la verdad. A veces metemos
la mano en asuntos espinosos y el público, como en los pleitos callejeros, dice: ‘Tú le das,
tú le das’. Generalmente no pasa nada”, Jorge Ibargüengoitia,
Instrucciones para vivir en
México
, 7a. reimp., México, Joaquín Mortiz, 1998 (marzo de 1970), p. 30.
220
bién es necesario tener presente la existencia al interior de la “Repú-
blica de las letras” de otro tipo de ámbitos y especificidades que dan
pie a múltiples conflictos internos (envidias, disputas dinerarias, líos
de faldas y pantalones, etcétera).
16
La metáfora del espejo trizado utilizada por José Joaquín Brunner
viene a colación. El espejo del que hablé antes, en donde se refleja
la imagen que la “República de las letras” le ofrece al poder, está cru-
zado, trizado, por los conflictos sociales de todo tipo inherentes a
la sociedad.
Por lo general, la “República de las letras” propone la apreciación
de que la literatura no puede ser utilizada como forma o herramienta
política. No se trata de moralizar o dictar línea a través de la literatura,
con ello no pasa nada más que, en el mejor de los casos, conseguir
algunas invitaciones para participar en foros organizados por aque-
llos que creen compartir tales opiniones, pero hasta ahí. Ni Esopo,
la Fontaine, Iriarte, Cervantes, Vasconcelos, Fuentes, Paz, Monsiváis
o quien se nos ocurra han cambiado (política, económica o, incluso,
moralmente) a la sociedad por causa de sus escritos.
17
16
.
“Los chismes literarios son menos razonables: la lucha de clases ante todo es por la in-
justa distribución de los ingresos psíquicos, simbólicos y espiritifláuticos que da la Gloria,
siempre insuficiente, siempre mal repartida. Libres del realismo que imponen los intereses
prácticos, los chismes se despliegan como un cuento de Alicia en el País de las Maravillas,
con una lógica libérrima, gratuita y misteriosa, casi imposible de explicar a quienes no com-
prenden las cosas del Espíritu”, Gabriel Zaid, “¡Esa Mayo.
..”,
Plural
, núm. 53, México, febrero
de 1976, p. 75.
Por su parte Fernando Benítez no hace mucho afirmó: “En un país donde todo el bien y
todo el mal puede esperarse del gobierno, los intelectuales han aprendido a callar en los mo-
mentos decisivos. Sólo saben callar. Así se hacen las carreras, así se van escalando los puestos,
así se logran cómodas situaciones”.
“Hay intelectuales que hablan, que dicen cosas valientes, que incluso se han creado una
pequeña reputación defendiendo alguna causa. Este grupo —bastante numerosos— es muy
admirado y respetable. Ha medido la verdad, la justicia, el decoro, la honradez y les han fijado
un límite. Si se les pide ir más allá de ese límite —digamos un centímetro—, retrocederán con
prudencia. ‘Este —dirán— desea que me suicide.’ Hay siempre un cargo, una concesión, una
prebenda —legítima por lo demás—, una amistad, una responsabilidad, un deber familiar que
deben cuidarse. Por ello se dicen verdades a medias, se emplean argumentos no totalmente
comprometedores, se deja entreabierta la puerta. ¡Sería tan desagradable quedarse en la ca-
lle!”, Carlos Fuentes,
La región más.
..,
p. 537.
17
.
“Moralizar es inútil. Nadie ha cambiado su modo de ser por haber leído los consejos
de Esopo, La Fontaine o Iriarte. Que estos fabulistas perduren se debe a sus valores litera-
rios, no a lo que aconsejaban que la gente hiciera. A la gente le encanta dar consejos, e inclu-
so recibirlos, pero le gusta más no hacerles caso”, Marco Antonio Campos, “Monterroso: me
gusta más pensar que escribir”, en “Varios, Los escritores”, México,
Proceso
, 1983,
op. cit.
,
p. 138.
221
Si bien el cambio que la literatura puede proveer se ubica en tér-
minos individuales, no debe considerarse que es automático. No por
leer el
Quijote
o la
Divina Comedia
un lector será mejor o peor,
será más abierto y participativo, o serán más certeras sus elecciones
políticas. La literatura es un acto individual y por ello esa especifi-
cidad humana la transforma. Un perfume adquiere su aroma par-
ticular sólo al combinarse con el del cuerpo de quien lo usa, el re-
sultado es impredecible. Para lo que quiero expresar esa metáfora
puede ser útil: la literatura es transformada por quien la lee, ésa es
la razón por la cual ella, por sí misma, no puede garantizar la cons-
titución de un mundo mejor o una sociedad más justa. No hace mu-
cho un poeta le reprochó a otro que, dadas ciertas expresiones
políticas que había hecho recientemente, tal parecía que no se hu-
biera leído a sí mismo.
18
Con ello nos acercamos a la conclusión evidente de que el com-
promiso social es de todos. La “República de las letras” ha asumido
una responsabilidad que no debiera poseer ni mucho menos mo-
nopolizar; sus ciudadanos son artistas/creadores, no políticos. La so-
ciedad en su conjunto tiene voz, más o menos educada, pero la
posee; en su mayor parte ella ni siquiera conoce que los escritores
existan o, matizando la expresión, qué es lo que ellos hacen. En el
mejor de los casos los ven en la tele, pero difícil y minoritariamente
se les lee. Luego entonces, la labor de construir una cultura demo-
crática no depende exclusivamente de los escritores, ni es respon-
sabilidad específica de ese ente denominado “República de las
letras”. Sus ciudadanos, en efecto, pueden/deben participar en estos
afanes, pero no como los individuos convocados a dar la luz o vi-
sualizar el camino por recorrer para mostrarlo al resto. Si ellos no
poseen la verdad, si ni siquiera están de acuerdo —pues como he-
mos visto no tendrían por qué estarlo— respecto a las diversas pro-
blemáticas económicas, políticas y sociales, cómo se puede esperar,
o peor aún pedir, que ellos se conviertan en líderes de opinión. Ellos,
lo mismo que nosotros, andan igual de perdidos y una revisión his-
tórica de su accionar político nos lo demuestra sin mayor dificultad.
¿Por qué entonces habríamos de creer que ellos pueden ser los guías?
Sociedad y política
18
.
No poseo la referencia bibliografica exacta pero fue Alejandro Aura quien le reprochó
a Jaime Sabines, pocos meses antes de que éste muriera, que dadas sus opiniones sobre la
necesidad de intervenir militarmente en Chiapas, tal parecía que no había leído a Sabines.
222
¿La “patria”, la sociedad civil, todos nosotros, debimos haber seguido
a Fuentes y Benítez en su apoyo a Echeverría?; ¿o a Novo en su ad-
miración por Díaz Ordaz?; ¿o al grupo
Nexos
en su acercamiento
al gobierno salinista?; ¿o a Paz cuando descalificó a los que querían
limpiar la elección de 1988?; ¿o nuevamente al Fuentes de 1999 que
intentó en vano impulsar la candidatura presidencial por el
PRI
de
Jesús Silva Herzog?
19
No, simplemente no. Ellos son como cualquier
otro ciudadano; incluso hasta comparten con otros gremios el sen-
tido de superioridad de su actividad sobre la del resto de los habi-
tantes de este mundo.
A los ciudadanos de la “República de las letras” no se les puede
regatear que sean en general los poseedores de la habilidad, don,
toque divino, o como se le quiera llamar de saber escribir y poder
publicar lo que piensan. Si bien eso es mucho y envidiable, no otorga
la posibilidad de dar el salto mortal de asignarles que tengan la razón
en todo lo que escriban. Ellos deben ser fieles a sus convicciones
pero nada más, no hay ninguna garantía de que sean las mejores,
las más adecuadas, las verdaderas, etc. En su mayoría, como dice la
canción, escriben muy bonito, le dan color, aire, horizonte a las opi-
niones que se expresan en la sociedad. Pero no por poseer esos
atributos se les debe asignar la responsabilidad de “darnos voz” sea
en el sentido de sustituir a los inexistentes organismos que la so-
ciedad civil debiera tener para expresarse, ni mucho menos en la
capacidad de imaginar la vida que cada uno vivimos o podríamos
vivir, o simplemente (llevando el argumento al extremo) de pensar
por nosotros.
Vemos pues que es necesario diferenciar entre las opiniones (para
el caso que nos ocupa: políticas) de un escritor y su obra literaria.
No se puede juzgar a unas por las otras en ninguno de los dos sen-
tidos. Si ellos se ven como caballeros andantes obligados única-
mente con el lenguaje,
20
hay que tomarles la palabra y no ser tan
19
.
“La comedia de los trueques: los gobernantes reconocen el talento y la gloria presente
y póstuma de los intelectuales, y los intelectuales admiten la buena fe y la probidad de los
gobernantes (para ser justos: son los intelectuales quienes se equivocan con mucha mayor
frecuencia).” Carlos Monsiváis, “Los intelectuales y la política”, en Laura Baca Olamendi e Isi-
dro Cisneros H. (comps.),
Los intelectuales y los dilemas políticos en el siglo
XX
, tomo
II
, México,
FLACSO
/Triana, 1997, p. 463.
20
.
“Puede concebirse a la literatura como un oficio, un destino, una misión, un comba-
te, un pasatiempo, un viacrucis; y al escritor como un anacoreta, un mandarín, un conspirador,
223
Sociedad y política
reverentes con sus apreciaciones políticas.
21
Reconozcámoslos en
su quehacer profesional, dejémonos deslumbrar por su poemas,
cuentos, novelas, ocurrencias, etc. Ahí y sólo ahí es donde pueden
coadyuvar a modificar nuestro sentido de vida, pero nada más. La
matización es tan obligada como la aclaración sobre el infinito sen-
tido del “sólo” utilizado, pues se refiere a la zona del espíritu donde
no se manejan las cuestiones pragmáticas como la política.
En el sentido profundo que acabo de identificar es en el que la
literatura escrita por los escritores (pleonasmo necesario) puede
cumplir un papel importante en el mundo de la disputa política. Es
evidente que nada está más lejos de mi apreciación que la defensa
del uso de la literatura con fines políticos, lo cual es deleznable sin
importar la calidad con la que se haga o las luchas que se pretenda
apoyar. Un panfleto bien o mal escrito es un panfleto, tampoco por
progresista deja de serlo. Antes bien me refiero a la forma en que
la literatura puede ayudar a darle sentido a nuestra existencia y, por
tanto, coadyuvar en nuestra capacidad de actuar, resistir, gozar,
sufrir o, simplemente, sobrevivir. Es el caso, por traer a colación un
ejemplo límite, de la mujer que, como única forma de sobrevivir a
la feroz tortura de la que estaba siendo objeto, se aferró a la repe-
tición mental de algunos versos de Machado o Neruda:
... qué extraño, ya no se acordaba ni del autor ni de los versos
mismos, pero contenían agua, árboles, ella pensaba, algo acer-
un mártir, un iluminado, un payaso, un acróbata. Por mi parte, creo que la literatura también
se parece a una orden de caballería. Cierto, el escritor no es un cruzado, ni tiene la obligación
de defender causa alguna, salvo la del idioma en que escribe; tampoco tiene por qué ser par-
te de esta o aquella cofradía; su tarea es solitaria: conversar con sus fantasmas y con un desco-
nocido, el lector. Sin embargo, para ser escritor hay que pasar por ciertas pruebas que terminan
en un reconocimiento; ambos, el reconocimiento y las pruebas, recuerdan las ceremonias en
que antes se armaba a los caballeros. Más afortunadamente que don Quijote, un día en 1938
yo fui armado escritor, no por un ventero pícaro, sino por José Bianco, que me invitó a colabo-
rar en
Sur
. Mi ordalía fue escribir mi primera colaboración”, Octavio Paz, “Profesión de fe”,
Vuelta
, núm. 117, agosto de 1986, p. 8.
21
.
Paradójicamente plantear la irreverencia frente a los escritores no es algo muy acertado
políticamente pues si bien puede ser que encontremos varios que no se tomen a sí mismos
tan en serio, difícilmente encontraremos uno que sea irreverente con respecto a su oficio. Al
respecto Juan José Arreola se ha quejado de que debido a su participación fugaz en la película
“Fando y Liz” de Alejandro Jodorowski, así como por haber hecho un anuncio para las plumas
Parker y escribir un poema para el tequila Sauza fue por lo que “en los altares de la cultural
revolucionaria” le negaron el ingreso a El Colegio Nacional. Cfr. Orso Arreola,
El último juglar.
Memorias de Juan José Arreola
, México, Diana, 1998, pp. 213-214.
224
ca del viento. Lo que importa es que se concentró en ese tro-
zo de ese poema con fiereza para esclarecerse una y otra vez
la diferencia entre su ser y el de esos hombres que la hacían
sufrir. Ella descubrió, dentro de sí misma, más allá de esas
manos y de lo que le estaban haciendo, que persistía un espa-
cio que era enteramente suyo y que se mantenía intacto. Una
pequeña zona en el mundo que ella podía guardar lejos de esa
influencia y ese dolor. Algún poeta muerto le estaba enviando
una coraza, aquel ángel guardián del lenguaje. Para que pu-
diera protestar silenciosamente una vez más antes de que se
extinguiera para siempre.
22
Ese poema que años después la mujer ni siquiera recordaba cuál
era o a quién de los dos escritores pertenecía, cumplió mejor una
función política que cualquier obra específica de ese tenor que algún
poeta hubiera elaborado contra el golpe militar, el fascismo, el im-
perialismo, etc. Fueron unos versos, unas cuantas palabras (bien,
acertadamente) unidas por un escritor, las que le permitieron sobre-
vivir. Con ello el autor habría podido decir: misión cumplida; no fue
necesario que estuviera en alerta para bajar directamente a la arena
política a luchar contra los que tenían el poder.
¿Vivimos hoy en día la caída o la consolidación de nuestro mundo
moderno? No lo sé. Pero cualquiera que sea el caso se trataría de
recuperar entre todos la palabra perdida, de construir un discurso
nuevo extraído de las lecciones del pasado y del avistamiento del
futuro. Los intelectuales, los escritores, la “República de las letras”
debe ayudar junto con todos nosotros a estos esfuerzos. Quizá sus
ciudadanos puedan coadyuvar con más atingencia a nombrar lo
22
.
Ariel Dorfman,
Rumbo al sur deseando al norte. Un romance en dos lenguas
, México, Pla-
neta, 1998, p. 357. Parafraseando al cartero de Skarmeta, recuerdo que los escritos de un autor
son para que los use quien los necesite. Así las cosas podemos leer con toda tranquilidad los
siguientes renglones que finalmente refieren el mismo espíritu del texto de Dorfman: “Mu-
chos escritores e intelectuales hemos abandonado las viejas militancias de la cultura política
de la sangre, y nuestros textos salpican con manchas de tinta las páginas de la historia que
otros quieren imprimir con flujos de violencia. Ya no vivimos en la región de las venas abier-
tas, no porque hayan cesado la explotación y la miseria, sino porque creemos que en este mun-
do no todo son ríos y pantanos de sangre. Ya no nos agradan las invocaciones a una eucaristía
revolucionaria que transforme el pan y el vino de la vida cotidiana en cuerpos martirizados
y hemorragias sublimadoras”, Roger Bartra,
La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición
posmoderna
, México, Océano, 1999, p. 12.
225
perdido, a nombrar lo que estamos por imaginar todos nosotros,
como la primera forma, el paso inicial, para que —parafraseando a
Gabriel Zaid— el mundo, las nubes, las mujeres, los hombres, el
agua, el amor, las letras nos hagan caminar de otra forma por los
senderos que construiremos entre todos.
23
Recibido el 11 de enero del 2001
Aceptado el 23 de mayo del 2001
23
.
Norbert Lechner, “Intelectuales y política: nuevo contexto y nuevos desafíos”, en Laura
Baca Olamendi e Isidro Cisneros H. (comps.),
Los intelectuales, op. cit.
“Se viene abajo el mun-
do —nuestro mundo— y, sin embargo, la vida sigue. Seguimos con vida en un mundo innom-
brable y, a la vez, banal. No sabemos dar cuenta de la nueva realidad del país, ni siquiera de
nuestra vida cotidiana. Quedamos sin discurso y enmudecidos buscamos recuperar la palabra.
La recuperación de la palabra pasa por nombrar lo perdido. El duelo es, en medio de las
ruinas, el paso más difícil.
(...) En la medida en que los intelectuales logran explicitar las lecciones del pasado y abrir
una perspectiva de futuro, vuelven a tener la palabra”, pp. 411-412.
Sociedad y política
logo_pie_uaemex.mx