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Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
323
Dos modelos de
democracia
Arend Lijphart,
Modelos de
democracia. Formas de gobierno y
resultados en treinta y seis países
,
Barcelona, Ariel, 2000.
R
OBERTO
G
ARCÍA
J
URADO
D
esde una perspectiva amplia,
el siglo
XX
podría dividirse
en dos grandes etapas: una que
abarca más o menos la primera
mitad y que se caracteriza por la
sucesión de dos sangrientas
guerras mundiales, y otra que
ocupa aproximadamente la
segunda mitad y se distingue por
la guerra fría. En la primera de
estas etapas, particularmente en el
periodo de entreguerras, se
desarrollaron en Europa
regímenes totalitarios que se
convirtieron en el ejemplo más
extremo del autoritarismo. A pesar
de que ambas guerras fueron
esencialmente el producto de la
competencia imperialista entre las
potencias europeas, la opinión
pública internacional culpó a los
regímenes autoritarios de ser los
causantes exclusivos de la
segunda de ellas, señalando
especialmente al componente
agresivo y expansionista que
había al interior de ellos como el
motor propulsor del conflicto.
No obstante que la alineación
bélica de la segunda guerra no
correspondió a una división
político ideológica clara, ya que
en el bando de las democracias se
alineó también a la
URSS
,
gobernada entonces por la
dictadura stalinista, se generó la
presunción de que el
enfrentamiento había constituido
una especie de cruzada en contra
del totalitarismo; una colisión
entre la democracia y las formas
de gobierno autoritarias.
De este modo terminó la
primera etapa del siglo
XX
, a la
que siguió la segunda
caracterizada en el plano
internacional por la oposición y
competencia de dos grandes
bloques: el capitalista y el
socialista. A pesar de que en
ambos bloques existían formas de
gobierno autoritarias, se asumió
de manera general que aunque el
capitalismo podía generar tanto
democracias como autoritarismos,
el socialismo sólo podía subsistir
bajo el segundo tipo de
gobiernos.
Con este escenario de fondo, la
política de la segunda mitad del
siglo
XX
se inclinó a construir una
clasificación esencialmente
dicotómica de las formas de
gobierno, identificando
básicamente a gobiernos
autoritarios o democráticos. Sin
embargo, el fin de la guerra fría,
la desintegración del bloque
socialista, la ola de transiciones
democráticas que se registraron
en el último cuarto del siglo
XX
, y
el desprestigio mundial de toda
forma de gobierno autoritaria han
contribuido para que la
clasificación dicotómica pierda
una parte de su vigor y se
324
comience a prestar más atención a
las particularidades que
distinguen entre sí a los propios
regímenes democráticos. De este
modo, a pesar de que ya desde
hace tiempo se tenía conciencia
de que los sistemas democráticos
se diferenciaban por
peculiaridades como su sistema
de partidos, su sistema de
gobierno o su sistema de
representación parlamentaria, se
habían hecho pocas tentativas
para reunir estas diferencias
específicas y tratar de identificar
distintos tipos de sistemas
democráticos.
Este es precisamente el
objetivo del nuevo libro de Arend
Lijphart,
Modelos de democracia.
Su planteamiento central es que
un análisis comparativo de los
diferentes sistemas democráticos
que hay en el mundo muestra que
pueden identificarse claramente
dos modelos de democracia:
la democracia mayoritaria y la
democracia consensual. El
concepto de democracia
consensual es una de las
aportaciones más importantes de
Lijphart y que ya había
desarrollado en
Las democracias
contemporáneas
, en donde se
había ocupado del mismo
problema y que constituye, de
hecho, la versión preliminar
de este nuevo libro. Más aún,
este concepto puede considerarse
básicamente la evolución del
término democracia
consociacional, el cual explicó y
desarrolló ampliamente en su
libro ya clásico
La democracia
en las sociedades plurales
. Así,
aunque se trata en esencial del
mismo concepto, la nueva
denominación es mucho más
sugerente y ambiciosa, ya que
pretende hacer notar que se trata
de un tipo de sistema político que
persigue la anuencia de todo el
conjunto social, no sólo de la
mayoría.
En
La democracia en las
sociedades plurales
, Lijphart
explicaba que la concepción
clásica de la democracia la
describía como un sistema
político en el que el gobierno
representaba al pueblo o, al
menos, a la mayoría de éste. No
obstante, no se reparaba en que
la composición plural de muchas
sociedades podía dificultar
la operación normal de la
democracia, ya que en este
tipo de sociedades existían
minorías sociales, diferenciadas
del resto de la población por su
lengua, religión o raza, que se
verían sistemáticamente excluidas
tanto de la representación
política como de la atención
gubernamental. En estas
condiciones era necesario que el
sistema democrático adoptara una
serie de instituciones y prácticas
que garantizaran la representación
de todas las minorías, es decir,
que se reconociera y asumiera la
pluralidad de la sociedad. Así, del
análisis de los sistemas
democráticos que tenían
incorporadas este tipo de
instituciones, Lijphart distinguía
que cuatro de ellas resultaban
básicas: 1) Una gran coalición de
los líderes políticos de todos los
sectores de la población; 2) Un
325
Reseñas
veto mutuo de cada uno de los
sectores aplicable a las cuestiones
vitales concernientes a su
comunidad; 3) La
proporcionalidad como
característica principal de la
representación política; y 4) Un
alto grado de autonomía para el
manejo de los asuntos específicos
de cada comunidad. De acuerdo
con su análisis, estos eran los
elementos básicos de la
democracia consociacional.
Así, en
La democracia en las
sociedades plurales
, Lijphart
pretendía mostrar que dentro del
conjunto de sistemas
democráticos había uno que se
distinguía por estos cuatro rasgos
y que bien podía llamarse
democracia consociacional, cuya
particularidad general radicaba en
que era la mejor manera de
adaptar la democracia a las
sociedades plurales. Él mismo
reconocía que este sistema podía
tener algunos defectos y
desventajas, pero también insistía
en que corregía y superaba las
debilidades de otros sistemas.
Además, señalaba que el mérito
más importante de la democracia
consociacional era que
representaba la única manera de
poner en práctica las instituciones
y prácticas democráticas en las
sociedades plurales, pues de otro
modo se incurriría en
desigualdades e injusticias
contrarias al espíritu democrático.
Entre
La democracia en las
sociedades plurales
y
Modelos de
democracia
han transcurrido poco
más de veinte años que han
producido un cambio notable en
el planteamiento original de
Lijphart. De entre los muchos
cambios que pueden observarse
destaca que en este nuevo texto
plantea con claridad que un
análisis de los diferentes sistemas
democráticos contemporáneos
muestra que existen sólo dos
modelos de democracia: la
democracia mayoritaria y
la democracia consensual. Estos
modelos se distinguen debido a
que mientras la democracia
mayoritaria coincide con la
concepción tradicional de
la democracia, es decir, con la
concepción de que éste es un
régimen político en el cual
un partido ostenta la titularidad
del gobierno y la representación
parlamentaria para que los otros
desempeñen las funciones de
oposición política, la democracia
consensual interpreta a la
democracia como un sistema que
incluye a todos los partidos
políticos representativos en las
tareas ejecutivas y legislativas del
gobierno.
Lijphart llegó a esta
diferenciación a través del análisis
de diez instituciones políticas
básicas de 36 países democráticos.
A partir de esa panorámica
comparativa pudo determinar que
la democracia mayoritaria se
distingue por: 1) La concentración
del Poder Ejecutivo en gabinetes
mayoritarios de un solo partido;
2) Predominio del Poder
Ejecutivo sobre el legislativo;
3) Bipartidismo; 4) Sistema
electoral mayoritario; 5) Sistema
pluralista de grupos de interés;
6) Gobierno unitario y
326
centralizado; 7) Concentración del
Poder Legislativo en una sola
cámara; 8) Flexibilidad
constitucional; 9) Ausencia de
revisión judicial; y 10) Bancos
centrales que dependen del
ejecutivo.
Asimismo, determinó que la
democracia consensual se
distingue precisamente por las
características contrarias, esto es:
1) División del Poder Ejecutivo
en amplias coaliciones
multipartidistas; 2) Equilibrio de
poder entre ejecutivo y
legislativo; 3) Multipartidismo;
4) Representación proporcional;
5) Corporatismo de los grupos
de interés; 6) Gobierno federal y
descentralizado; 7) Bicameralismo
fuerte; 8) Rigidez constitucional;
9) Revisión judicial; y 10)
Independencia del Banco Central.
Lijphart analiza detalladamente
en su libro cada una de estas
características contrastantes. Del
análisis que realiza establece que
los 36 países estudiados encajan
de una manera más o menos clara
en uno u otro tipo. No todos ellos
cumplen cabalmente con las diez
características típicas de cada
modelo, en la mayor parte de los
casos tienen ciertas características
atípicas, sin embargo, existen
algunos ejemplos que se
aproximan notablemente a la
versión ideal. Por ejemplo,
muestra cómo el Reino Unido,
Nueva Zelanda y Barbados se
acercan mucho al modelo ideal
de democracia mayoritaria, en
tanto que Suiza y Bélgica hacen
lo propio con el modelo de
democracia consensual.
El estudio de Lijphart aporta
una gran cantidad de ideas
fecundas y sugerentes. Dos de las
conclusiones más importantes de
su análisis son las siguientes. La
primera de ellas es que a partir de
la información empírica que ha
reunido se puede desmentir la
concepción tradicional acerca de
la mayor efectividad
gubernamental de la democracia
mayoritaria. El planteamiento
clásico indica que la democracia
mayoritaria propicia una mayor
estabilidad y consistencia al
gobierno, esto es, que sus
políticas públicas son más
efectivas, sobre todo para generar
crecimiento y desarrollo
económico. No obstante, Lijphart
postula que según la información
empírica que ha reunido puede
demostrarse que no es así, que
ambos modelos tienen una
gestión económica de similar
calidad. Además, señala que los
indicadores que aporta permiten
ir mucho más allá, pues si en el
plano de la gestión económica
hay un desempeño similar de
ambos modelos, en lo que se
refiere a la benevolencia y
benignidad de las políticas
públicas, la democracia
consensual es claramente
superior. Es decir, este modelo se
caracteriza por promover más
abiertamente el bienestar social, la
protección del medio ambiente, el
humanitarismo de la justicia
penal, y la ayuda exterior a los
países subdesarrollados.
La segunda conclusión se
desprende de la anterior. A
pesar de que el planteamiento
327
original de la teoría de Lijphart
era que la democracia podía
manifestarse a través de distintos
modelos de organización
institucional, ninguno de los
cuales era mejor o peor que otro
puesto que su virtud radicaba
únicamente en que se adaptara al
tipo de sociedad donde existía,
esto es, la democracia mayoritaria
a las sociedades homogéneas y
la democracia consensual a las
plurales, en
Modelos de
democracia
se observa un cambio
notable de esa formulación inicial.
En este texto plantea que la
democracia consensual es más
conveniente que la mayoritaria no
sólo para las sociedades plurales,
sino para todo tipo de sociedad.
Aun cuando Lijphart inició sus
investigaciones con un fin
meramente descriptivo de los
diferentes sistemas democráticos
existentes, en la evolución de su
pensamiento se presenta ahora un
juicio prescriptivo sobre el mejor
arreglo institucional que puede
tener la democracia. El corolario
de esta conclusión es que no sólo
los países que experimentan
procesos de transición
democrática harían bien en elegir
este modelo, sino que aún
aquéllos donde ya existe la
democracia mayoritaria deberían
apuntar a transformarse en este
sentido. Las implicaciones de esta
afirmación son de una gran
relevancia para la ciencia
política. Ya las anteriores
aportaciones de Lijphart habían
encontrado un muy buen
recibimiento en el medio, y
ahora, con éstas, tal vez esté
sentando las bases de una
clasificación útil y actualizada
de las formas de gobierno.
Reseñas
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