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129
Seguridad, inseguridad y
no seguridad
en los polos: una agenda inexistente
para dos regiones convenientemente
olvidadas. Los casos de la soberanía
en el Ártico canadiense
y en la Antártica australiana*
M
ARÍA
C
RISTINA
R
OSAS
**
Resumen
El presente artículo se centra en dos de las regiones más ignoradas en la geopolítica inter-
nacional: los polos. En este trabajo, la autora pone énfasis en la importancia estratégica de
esta zona, las diferencias entre el Ártico y la Antártica y los problemas que reviste, en términos
soberanos, para Canadá y Australia cada una de estas regiones. Asimismo, se analizan las gran-
des problemáticas relacionadas con su trascendencia internacional como escenarios geo-
político-militar-económicos de capital importancia.
Abstract
The article focuses on two of the most ignored areas of international geopolitics: the poles.
In the paper, the author emphasizes the strategic importance of the regions, the differences
between the Arctic and Antarctica and their problems, in terms of sovereignty, for Canada and
Australia. Also analyzed are many other problems related with their bearing on geo-political-
military-economical international issues of utmost importance.
Palabras clave
:
Polo Norte, Polo Sur, Ártico, Antártica, Consejo Ártico, Tratado Antártico.
Un país cuya posesión se extiende en la actualidad a las regiones árticas, tendrá el
derecho, o debería tenerlo, o tiene derechos sobre todas las tierras que sean encon-
tradas en las aguas entre una línea que se extienda desde su extremo más oriental en
el norte y otra línea que se extienda desde su extremo occidental en el norte. Todas
las tierras entre las dos líneas ubicadas en el Polo Norte deben pertenecer y pertenecen
al país cuyo territorio se encuentra ahí.
Senador Pascal Poirier
ante el Senado canadiense
20 de febrero de 1907
*
*
.
El presente constituye un avance de investigación en torno a la política exterior de las
potencias medias que se realiza con el apoyo del Gobierno de Canadá a partir del Faculty Re-
search Program. La autora también desea agradecer el apoyo brindado por April Pressler de
Image Abroad y por la aerolínea Qantas para efectuar una estancia de investigación en Austra-
lia de junio a agosto de 2001.
**
.
Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales,
Coordinación de Relaciones Internacionales, Circuito Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universi-
taria, Col. Copilco Universidad, Coyoacán, México D.F., c.p. 04510.
130
Aquellos países como Chile y otros seis más [Australia incluida] que han hecho valer
títulos de soberanía territorial, no están obligados a renunciar a ellos y sí a conservarlos
en los términos del artículo IV del Tratado Antártico. No existen razones para hacer-
los renunciar a sus pretensiones o derechos, y lo litigioso antártico sólo renacerá en
la eventualidad en que dicho convenio quede sin efecto.
Oscar Pinochet de la Barra
Director del Instituto Antártico Chileno
E
l estudio de los polos en las relaciones internacionales ha sido
muy castigado. Con frecuencia se pierde de vista que la Antár-
tica es el sexto continente (congelado, por cierto) ubicado en el Polo
Sur, mientras el Ártico es un gélido océano localizado en el Polo Nor-
te donde se encuentra la mayor reserva de agua dulce del planeta.
Si bien ambos constituyen espacios estratégicos, las acciones más
concretas para su dominio, apropiación y explotación se han desa-
rrollado especialmente en el siglo
XX
y con ello, el interés por anali-
zar la problemática que revisten se ha acrecentado. Falta aún mucho
por descubrir en torno a los polos, si bien dramáticos sucesos que
se han venido produciendo en los últimos años, claman por acciones
concretas en términos concertados de parte de organismos interna-
cionales intergubernamentales y no gubernamentales, los estados,
las grandes corporaciones y los individuos para generar mecanismos
de cooperación mutuamente benéficos.
Desafortunadamente en el año 2000, los polos acapararon la
atención a raíz de dos noticias lamentables. La primera de ellas puso
de manifiesto que el Ártico sigue siendo escenario de una guerra fría
no divulgada aunque obvia, a partir de los términos en que se produ-
jo el accidente del submarino ruso Kursk
,
el cual provocó la muerte
a sus 118 tripulantes. El accidente se produjo cuando a las 10: 31 de
la mañana del 11 de agosto del año 2000, en el Mar de Barents, el
submarino se averió (hay discrepancias dado que hay quienes pos-
tulan que chocó contra otra nave y quienes piensan que fue atacado,
inclusive por la propia armada rusa). Como se verá en detalle más
adelante, en el Ártico se llevan a cabo siniestros juegos de guerra,
especialmente entre submarinos de Estados Unidos y Rusia, sin dejar
de lado la devastación ambiental que ha venido padeciendo el área
con motivo de ensayos nucleares, desechos radiactivos y la explo-
tación petrolera que se realizan en esas latitudes.
131
Cuestiones contemporáneas
Por cuanto toca a la Antártica, en la tercera semana de septiembre
del mismo año, científicos estadunidenses revelaron que el agujero
en la capa de ozono que se extiende sobre la zona ha alcanzado di-
mensiones históricas, para abarcar un área correspondiente a tres
veces el tamaño del territorio de Estados Unidos.
Pero más allá de los impactos ecológicos, de las rivalidades exis-
tentes entre los países y de los intereses corporativos y los de orga-
nismos no gubernamentales, el estudio de los polos se plantea como
una necesidad para el internacionalista, en el entendido de que su
objeto de estudio es el mundo y las zonas polares forman parte del
globo terráqueo. Así, el propósito del presente análisis es explicar
la importancia de los polos, las diferencias existentes entre el Ártico
y la Antártica y los problemas que reviste, en términos soberanos pa-
ra Canadá y Australia cada una de éstas regiones.
El Ártico:
mare omnibus, mare nullum
El nombre
arktis
tiene su origen en la palabra griega
arktos
que sig-
nifica
oso
.
Arktis
era usada en la antigua Grecia como definición as-
tronómica para denominar a la región del Norte donde el sol no se
pone durante el verano. La ubicación de esta región era relacionada
con la constelación de la Osa Mayor y es de ahí de donde proviene
el nombre de
Arktos
o
Ártico
(Colacrai de Trevisan, 1998:10).
El Ártico es un océano congelado ubicado en el círculo polar ár-
tico. Sus dimensiones son casi idénticas a las de la Antártica, esto es,
14
,
056
,
000 kilómetros cuadrados. El área incluye la Bahía de Baffin,
el Mar de Barents, el Mar de Beaufort, el Mar de Chukchi, el Mar Si-
beriano Oriental, el Mar de Groenlandia, la Bahía de Hudson, el Es-
trecho de Hudson, el Mar de Kara, el Mar de Laptev, el Pasaje No-
roccidental y otras áreas acuíferas adicionales. El clima es polar y se
caracteriza por un frío continuo y pequeños cambios en las tempe-
raturas por año. Los inviernos son de oscuridad permanentes, fríos
y con condiciones climáticas estables y cielos despejados. Los vera-
nos se caracterizan por la luz continua y un clima húmedo y con nie-
bla, además de pequeños ciclones con lluvia o nieve.
La superficie central es una capa de hielo perenne que promedia
tres metros de espesor, si bien las presiones de las cordilleras pueden
tener un tamaño tres veces superior. Hay un movimiento en el senti-
132
do de las manecillas del reloj de las corrientes de Beaufort. En cam-
bio, hay un movimiento prácticamente en línea recta de las Nuevas
Islas Siberianas en Rusia, al Estrecho de Dinamarca, entre Groenlandia
e Islandia. El hielo está rodeado por mar abierto durante el verano,
pero se duplica en número durante el invierno y se extiende a las
masas de tierra que la rodean. Se sabe que el Ártico, como masa de
hielo, es un mar gélido, aunque existen algunas investigaciones que
sugieren que podría haber porciones continentales a profundidades
mayores.
La región tiene agregados de arena y grava, nódulos polimetálicos,
petróleo y gas natural, peces y mamíferos marinos (focas y ballenas).
Algunos peligros naturales son las islas de hielo que ocasionalmen-
te se rompen al norte de la Isla Ellesmere. Los témpanos de hielo que
se desprenden de los glaciares en el oeste de Groenlandia y en el
extremo noreste de Canadá son otra amenaza. Hay congelamiento
permanente en algunas islas. El Ártico está completamente petrifica-
do en hielo de octubre a junio y las naves están expuestas al conge-
lamiento de su estructura de octubre a mayo.
En términos de deterioro ambiental, las morsas y las ballenas se
encuentran amenazadas. El ecosistema es frágil, cambia lentamente
Figura 1
El Ártico: un océano congelado
El Ártico es una de las zonas más militarizadas del mundo. En la guerra fría, tanto Estados
Unidos como la
URSS
hicieron del área la muestra más palpable de la disuasión. El daño
ambiental en el Ártico es muy grande y ello reclama un esfuerzo en materia de cooperación
entre los ocho países y las comunidades indígenas que habitan y tienen soberanía en la región.
133
Cuestiones contemporáneas
y tarda también en recuperarse del daño ocasionado por las activi-
dades humanas. En el Mar del sur de Chukchu (que permite el acceso
al Océano Pacífico vía el Estrecho de Bering) se encuentra un punto
de chequeo. El Ártico también tiene una ubicación estratégica entre
América del Norte y Rusia. Constituye, asimismo, el vínculo maríti-
mo más corto entre los extremos oriental y occidental de Rusia. Esta-
ciones de investigación flotantes son operadas por Estados Unidos
y Rusia. La máxima cobertura de la nieve en marzo y abril oscila entre
los 20 y los 50 centímetros sobre el océano congelado. La cobertura
de la nieve dura alrededor de diez meses (Central Intelligence Agen-
cy, 1999:
19).
Las actividades económicas en la región se limitan a la explota-
ción de los recursos naturales, incluyendo el petróleo, el gas natural,
el pescado y las focas. No hay cables submarinos. Los puertos exis-
tentes son el de Churchill en Canadá, el de Murmansk en Rusia, y
el de la Bahía de Prudhoe en Estados Unidos. Existe una red poco
densa de rutas aéreas, oceánicas, ribereñas y terrestres en el Ártico.
El pasaje del Noreste, en América del Norte y la Ruta del Mar del Nor-
te, en Eurasia son vías de comunicación estacionales importantes.
Existen además algunas disputas marítimas: Svalbard es motivo de
un diferendo entre Noruega y Rusia (
Ibid.
).
Las percepciones sobre el Ártico
Los analistas políticos y los especialistas en relaciones internaciona-
les, tienen la tendencia a subestimar la importancia del Ártico, basan-
do sus percepciones en las siguientes consideraciones, a saber:
1) La idea de que el Ártico
constituye un espacio vacío.
Esta pre-
misa parte del hecho de que los asentamientos humanos que
hay en la zona se encuentran excesivamente dispersos, razón
por la que es sencillo asumir al Ártico como un
mare nullum
.
En esas latitudes reside el uno por ciento de la población del
mundo, siendo el Ártico ruso, con sus ínsulas, la región que
concentra la mayor parte de los asentamientos humanos exis-
tentes. Se trata de unas 500 mil personas ubicadas en las “gran-
des” zonas urbanas árticas como Murmansk, Arcángel y No-
rilsk en Rusia; Reykjavik en Islandia; y Anchorage en Alaska.
134
De hecho en la zona la densidad de población es inferior a un
habitante por kilómetro cuadrado (Young, 1992: 5).
2) El
excepcionalismo del Ártico.
Se trata de una tradición arrai-
gada en los estudios sobre la región, que la asumen como un
lugar exótico y, por lo mismo, carente de interés para los es-
tudiosos de las relaciones internacionales. Si acaso, se piensa
que los geógrafos y quizá los antropólogos tienen en el Ártico
un ambiente ideal para conducir sus estudios, pero no se con-
sidera que ello revista interés para otras disciplinas científicas.
3) La existencia de
relaciones centro-periferia.
Con frecuencia se
piensa que los asuntos del Ártico deben ser tratados y resueltos
por las metrópolis sureñas (
i. e.
Ottawa, Moscú, Washington,
Oslo, Helsinki, Estocolmo), las que, a su vez, asumen al Ártico
como un espacio que deben preservar celosamente respecto
a otros países, y también para efectos de la explotación de sus
recursos. Ésta percepción desalienta el análisis del Ártico en
su conjunto, evitando que se le considere un objeto de estudio
en sí mismo.
4) La
parálisis de la guerra fría.
Aún ahora, el Ártico es visto como
una región en la que Washington y Moscú ejercen la disuasión
a los niveles más intensos. El antagonismo proyectado por am-
bas potencias ha llevado a que se conciba como utópica la coo-
peración internacional en el área (Young,
op. cit.:
6-7).
Geopolítica del Ártico
Casi siempre se piensa en Europa como el corazón de las acciones
militares perpetradas por Estados Unidos y la Unión Soviética en el
marco de la confrontación Este-Oeste desarrollada a lo largo de la
guerra fría. Si bien los especialistas acotan que efectivamente Europa
constituye el núcleo de la estabilidad y la seguridad internacionales,
es menester reconocer que el Ártico ha sido el escenario de impor-
tantes maniobras militares que en la guerra fría formaron parte cen-
tral de la disuasión entre Washington y Moscú. Tanto Rusia (o la
URSS
,
hablando de la guerra fría) como Estados Unidos militarizaron el
Ártico, dado que, como naciones ubicadas en el hemisferio norte,
se encuentran frente a frente en el Polo Norte. Esto convierte a Cana-
135
dá en parte central de los esquemas de seguridad de Estados Unidos
debido a su trioceanidad
1
, y a lo que algunos autores refieren como
la
tiranía de la proximidad,
respecto a la Unión Americana.
En la era soviética, el Ártico fue una base de poderío naval para
buena parte de las capacidades nucleares emplazadas en el mar por
parte de la
URSS
. Para Estados Unidos, el Ártico fue el lugar en que
se desplegaron sistemas de defensa anti-aérea dedicados a la alerta
temprana y a contrarrestar cualquier ataque soviético. Lo que es más:
la región padeció los efectos de un activo programa nuclear soviéti-
co y estadunidense.
2
Peter Gizewski explica que las dos superpoten-
cias solían desarrollar juegos de guerra al estilo “el gato y el ratón”
para probar en el Ártico sus capacidades tecnológicas a través del
empleo de submarinos “asesinos”
3
(Gizewski, Winter 1993-1994: 1).
El fin de la guerra fría supone también el fin, al menos en teoría,
de la actividad militar en el Ártico y ello explicaría en parte el surgi-
miento del Consejo Ártico y de otra serie de iniciativas que vinculan
y hermanan a las comunidades indígenas árticas de, por ejemplo, el
norte de Rusia y Alaska, escenario impensable en la guerra fría. El
declive de Rusia tras el colapso de la
URSS
, modifica considerablemen-
te la seguridad en el Ártico sin que ello signifique que la dimensión
militar se haya evaporado. Ocurre, sin embargo, que también hay
una agenda no-militar que reclama atención urgente en la zona.
Justamente un tema no-militar que paradójicamente es consecuen-
cia de las maniobras militares efectuadas por las potencias en la gue-
rra fría, es el entorno ecológico. El Ártico padece una severa conta-
minación explicable, en parte, por la intensa actividad industrial y
comercial, pero sobre todo por las maniobras militares efectuadas
por las potencias. Existe un hoyo en la capa de ozono que se hace
visible en marzo de cada año.
Para muchos, las maniobras militares del pasado, podrían ser cau-
santes de un desastre ecológico en el futuro si no prospera la coope-
ración entre las naciones principalmente involucradas. En esa lógica
1
.
Rusia, Canadá y Estados Unidos son los únicos países trioceánicos del mundo (y con acce-
so a los mismos mares: el Océano Atlántico, el Océano Pacífico y el Ártico).
2
.
El nacimiento de la organización no-gubernamental
Greenpeace
se produjo a principios
de los años setenta, cuando una serie de activistas canadienses decidieron viajar a Alaska para
impedir que Estados Unidos siguiera efectuando ensayos nucleares en ese territorio.
3
.
Es decir, submarinos destinados a buscar y destruir submarinos enemigos.
Cuestiones contemporáneas
136
podría interpretarse, por ejemplo, el reciente accidente que padeció
el submarino ruso Kusk, mismo que se produjo en circunstancias
no del todo claras. Todo parece indicar que fue el barco ruso el que
disparó contra el submarino tripulado por 118 personas, las cuales
perecieron de inmediato (Traynor, 6 de septiembre, 2000: 1).
Las actividades militares efectuadas por Estados Unidos y la
URSS
en el Ártico incluyeron: ensayos nucleares; accidentes navales que
involucraban a naves alimentadas con combustible nuclear o porta-
doras de armas nucleares y la contaminación deliberada provocada
por arrojar desechos radiactivos al oceáno. Estas actividades en con-
junto elevan el impacto de la contaminación radiactiva en la región
y, por lo mismo, representan una seria amenaza a al salud y el bie-
nestar de los Estados y los pueblos de la zona (Gizewski,
op. cit.:
2).
Por cuanto hace a los ensayos nucleares, desde el inicio de la gue-
rra fría, Washington y Moscú ejecutaron programas intensivos de
pruebas atómicas, diseñadas para verificar la efectividad de sus nue-
vos sistemas de armamento. Ciertamente Estados Unidos hizo buena
parte de las detonaciones en Nevada, en tanto la
URSS
ensayó sus
artefactos nucleares preferentemente en el polígono de Semipalatinsk,
Kazajstán, Asia Central. Empero, las dos naciones efectuaron un nú-
mero importante de pruebas en el Ártico. Los lugares elegidos fue-
ron, por parte de la
URSS
, Novaya Zemla, y por parte de Estados Uni-
dos en la isla de Amchitka de la península de Alaska.
El Ártico canadiense
El territorio canadiense se encuentra en una posición geográfica vul-
nerable respecto a Estados Unidos y Rusia. Visto desde el Polo Norte,
Canadá aparece como el “jamón del sándwich”
,
esto es, un territorio
atrapado por los compromisos militares asumidos con Estados Uni-
dos, por una parte, y la percepción de Rusia, que ve a Ottawa como
un aliado de Washington y, por ende, como un objetivo de ataque
en el caso en que se diera una confrontación entre los estadunidenses
y los eslavos.
Así, la amenaza física primordial a la seguridad canadiense es el
potencial de un ataque nuclear con armas estratégicas procedentes
de Rusia contra América del Norte. Ello explicaría porqué los cana-
dienses decidieron en 1957 (momento en que la entonces
URSS
puso
137
Cuestiones contemporáneas
en órbita el primer satélite artificial de la Tierra) cooperar con Esta-
dos Unidos suscribiendo el pacto que dio origen al Comando de De-
fensa Aeroespacial de América del Norte (o
NORAD
) (French Cald-
well Jr., 1990: 4).
Canadá es el segundo país más grande del mundo, sólo superado
por la extensión territorial de Rusia. Ello significa que además de en-
frentar una amenaza aérea a su seguridad, tiene que lidiar también
con la que podría presentarse en términos marítimos, dados los vas-
tos litorales que posee. Aquí el escenario le es muy desfavorable. No
hay que perder de vista que Canadá pertenece a la Organización del
Tratado del Atlántico Norte (
OTAN
) y que ello obliga al país a apoyar
el mantenimiento de las líneas marítimas de comunicación en el
Atlántico Norte abiertas (
Ibid.
).
Dado que Canadá posee una pequeña flota naval, si ésta se des-
plaza al Atlántico Norte sus aguas árticas, las del Pacífico y buena
parte de las del Atlántico quedan completamente indefensas y de-
pendientes de la defensa que Estados Unidos podría hacer de su
territorio. Por eso fue que el
Libro blanco
sobre la defensa nacional
que fue publicado en 1987, apuntaba a la adquisición de una peque-
ña flotilla de submarinos (de diez a doce) que posibilitaran a un país
con zonas costeras tan extensas y apenas 30 millones de habitantes,
proteger, aunque de manera precaria, su seguridad (
Ibid.
).
Los especialistas sugieren que Canadá debería acuñar una política
exterior circumpolar argumentando que
para un país que siempre ha buscado la membresía en agrupa-
ciones internacionales es muy sorprendente, si no negligente,
que en el Ártico, donde podría ser una potencia, Canadá haya
hecho tan poco. Ha invertido mucho dinero y esfuerzo en el
diálogo Norte-Sur entre los países ricos y los pobres del mundo.
Sin embargo, casi no ha hecho ningún esfuerzo para fomentar
el diálogo Norte-Norte […] Si Canadá desea tener una política
significativa a nivel interno respecto al norte, debe complemen-
tarla acercándose con convicción y capacidad resolutiva a sus
vecinos circumpolares. En la defensa, la limitación de armamen-
to, la soberanía o el control de la contaminación, la acción con-
junta provee mayor protección y seguridad. Como la pieza final
en una nueva política integrada para el norte, Canadá debería
138
aprender de quienes viven en condiciones y ambientes simi-
lares (Honderich, 1987: 210-211).
A Canadá entonces, le beneficia la horizontalidad en el Ártico, en
oposición a la verticalidad estimulada en la guerra fría por las poten-
cias, frente a las cuales carece de márgenes de maniobra. De manera
que ser el “jamón del sándwich” podría evitarse, convirtiendo a Ca-
nadá en una especie de canapé al lado de jugosas viandas en un arre-
glo institucional en el que los países que tienen acceso al Ártico pue-
dan ser protagonistas. Ésta es la idea que subyace al Consejo Ártico.
El Consejo Ártico
A falta de una normatividad jurídica en el Ártico, se han instituido al-
gunos mecanismos de cooperación entre los que destaca el Consejo
Ártico cuyos miembros son los ocho países que tienen acceso al
círculo polar ártico y que están convencidos de la necesidad de coo-
perar en aras de la resolución de los problemas comunes.
El gobierno canadiense ha asumido la seguridad en el Ártico co-
mo una de las prioridades en su política exterior. No es de extrañar en-
Figura 2
El emblema del Consejo Ártico
El emblema del Consejo Ártico representa los paisajes más comunes de lo que Hans Ruesch
denominaba “el país de las sombras largas” o “la cima del mundo” (
top of the world
): el sol
de medianoche en los veranos, y la oscuridad permanente en los inviernos.
139
Cuestiones contemporáneas
tonces que el Consejo Ártico haya sido creado en Ottawa. Surgió el
19 de septiembre de 1996. Para muchos, la cooperación que ha em-
pezado a establecerse entre los países con acceso al Polo Norte, tiene
que ver con el fin de la guerra fría y la distensión que este hecho pro-
pició, dado que en un entorno disuasivo, la confrontación es la regla.
Así, el Consejo Ártico es un foro intergubernamental al más alto
nivel que permite debatir las preocupaciones comunes y los desafíos
que enfrentan los gobiernos y los pueblos del Ártico.
Los miembros del Consejo son Canadá, Dinamarca, Estados Uni-
dos, Finlandia, Islandia, Noruega, Rusia y Suecia. Asimismo, bajo la mo-
dalidad de participantes permanentes en el Consejo figuran la Aso-
ciación de Minorías Indígenas del Norte, Siberia y el Lejano Oriente
de la Federación Rusa,
4
la Conferencia Circumpolar Inuit,
5
el Consejo
Saami
6
y la Asociación Internacional Aleutiana.
7
También existe la
4
.
La Asociación Rusa de los Pueblos Indígenas del Norte (
RAIPON
) es un organismo no gu-
bernamental que representa los intereses culturales, económicos, ambientales, políticos y so-
ciales de los 31 pueblos del norte de Rusia con una población total de 200 mil personas. Crea-
da en marzo de 1990, la asociación adoptó su nombre actual en su Segundo Congreso en 1993.
En marzo de 1994 fue incorporada como una organización pública por parte del Ministerio
Ruso de Justicia. Los principales objetivos de la asociación son: promover la unificación de
los pueblos nativos del norte; defender sus derechos e intereses; y resolver problemas relativos
al desarrollo socio-cultural y económico de estos pueblos. La asociación trata asuntos de au-
togobierno, la salvaguarda de derechos, la preservación de la identidad y del medio ambiente.
Tiene su sede en Moscú (Russian Association of Indigenous Peoples of the North (
RAIPON
),
5
.
Se trata de una organización internacional que representa aproximadamente a 152
,
000
inuits que viven en las regiones de Alaska, Groenlandia y Chukotka, Rusia. Sus objetivos son
fortalecer la unidad entre los inuit de la región circumpolar; promover los derechos y los inte-
reses inuit a nivel internacional; desarrollar y fortalecer políticas de largo plazo que salvaguar-
den el Ártico; y buscar una activa asociación política, económica y social de las regiones
circumpolares (The Inuit Circumpolar Conference, 18 de febrero de 2000, <http://www.arcticpeo-
ples.org/icc.htm>).
6
.
El Consejo Saami es un cuerpo representativo para la cooperación entre los Saami de No-
ruega, Suecia, Finlandia y Rusia. Creado en 1956, también es considerado una organización
no gubernamental en el seno de Naciones Unidas. El propósito del Consejo es la salvaguarda
y la promoción de los intereses económicos, sociales, culturales y educativos de los Saami.
También apoya y fortalece la unidad y el entendimiento mutuo entre los Saami y proporciona
información sobre los Saami y sus compromisos políticos. Otra de las tareas del Consejo es
la promoción del reconocimiento de los Saami como un solo pueblo, además de trabajar
en la meta de asegurar que sigan viviendo en sus tierras natales. El Consejo Saami tiene su
sede en Finlandia (Saami Council, 27 de enero de 2000, <http://arctic-council.usgs.gov/saami.
html>).
7
.
En septiembre de 1998 fue creada la Asociación Internacional Aleutiana, la primera en
su tipo en 178 años. Su propósito es proteger los recursos naturales y el medio ambiente de
la región que rodea los hogares aleutianos que actualmente se ven amenazados por el impacto
de la economía rusa, la contaminación, el cambio climático y las flotas que efectúan pesca
comercial bajo las banderas de diversas naciones. La creación de la asociación representa el
140
condición de observadores para Estados no-árticos, organizaciones
intergubernamentales e interparlamentarias y organizaciones no gu-
bernamentales. El Consejo Ártico también está abierto a otras organi-
zaciones árticas de pueblos indígenas con un componente indíge-
na mayoritario que representen:
a
) a un pueblo indígena residente
en más de un Estado Ártico o
b
) más de un pueblo indígena residen-
te en un solo Estado Ártico.
La Antártica:
terra omnibus, terra nulla
En la antigüedad, la Antártica había sido denominada
terra australis
incognita
término que hacía alusión a lo remoto y a lo desconocido
del territorio. Se le llamó
Antártica
en oposición al Ártico, esto es,
anti-arktos
o polo opuesto o ubicado en el otro extremo del mundo
(Colacrai de Trevisan,
op. cit.:
25).
La Antártica es un continente congelado que consta de 14 millones
de kilómetros cuadrados (es decir que siete Méxicos podrían caber
perfectamente en ese espacio). Después de Australia (si se asume
a esta ínsula como un continente), la Antártica es el continente más
pequeño. La línea costera se extiende a lo largo de 17
,
968 kilóme-
tros. Se observan temperaturas muy bajas que varían en función de
la latitud, la elevación y la distancia respecto al océano. Por ejemplo,
la Antártica oriental es más fría que la Antártica occidental debido
primer esfuerzo de los aleutianos a ambos lados del Bering, para cooperar en el objetivo co-
mún de proteger los recursos naturales vitales para la continuidad del estilo de vida aleutiano.
Los pueblos aleutianos son indígenas de las Islas Aleutianas del sureste occidental de Alaska,
que han ocupado por 8
,
000 años. Sin embargo, algunos aleutianos fueron separados de sus
tierras nativas durante los primeros años del siglo
XIX
, cuando fueron esclavizados por comer-
ciantes rusos de pieles y obligados a asentarse en las nuevas islas para criar mamíferos marinos
para la
Russian American Fur Company.
La formación de la asociación es el resultado de diez años de esfuerzos de parte de los
líderes de las tribus aleutianas en Rusia y Estados Unidos. Los esfuerzos fueron recompensados
dado que la asociación fue incorporada al Consejo Ártico. La membresía en el Consejo Ártico
le permite a la asociación contar con un foro para enfrentar los problemas que amenazan a
los hogares aleutianos. Dado que el pueblo aleutiano ocupa algunas de las islas más remotas
en el hemisferio norte, los principales obstáculos en términos de organización y vías de comu-
nicación fueron superados para unir a las tribus y formar la asociación. En la actualidad la
institución enfrenta un nuevo desafío: asegurar los fondos para propiciar que esta organiza-
ción crezca. Para 2001, la Asociación espera establecer oficinas en Anchorage, Alaska, y Petro-
pavlovsk, Kamchatka en la Rusia oriental (Aleut International Association, 20 de enero de
2000, <http://arctic-council.usgs.gov/aia.html>).
141
Cuestiones contemporáneas
a que tiene elevaciones mayores. La península Antártica tiene el cli-
ma más moderado. Las temperaturas más altas tienen lugar en enero
a lo largo de la costa.
El terreno consta en un 98 por ciento de una espesa capa de hielo
y un 2 por ciento de roca caliza con elevaciones que oscilan entre
los 2
,
000 y los 4
,
000 metros. Las montañas tienen una altura de hasta
5
,
000 metros. Áreas costeras sin hielo incluyen la parte sur de Victo-
ria Land, Wilkes Land, el área de la península Antártica y partes de
la isla Ross en McMurdo Sound. Los glaciares se prolongan a lo largo
de la mitad de la línea costera y los hielos flotantes constituyen el
11 por ciento del área del continente.
En algunos lugares, la capa de hielo que cubre al continente aus-
tral llega a los 3
,
000 metros de espesor. Si esa capa se derritiera se
calcula que los mares del mundo crecerían en unos 65 metros. Ello,
por otra parte, aligeraría el peso del continente antártico que ascen-
dería a los 600 metros llegando a una altura promedio de 2
,
600 me-
tros que seguiría siendo (como hasta ahora), la mayor de la tierra.
Por tanto, es correcto afirmar que la Antártica es, de hecho, una serie
de montes y mesetas cubiertos por hielo (Buezas de la Torre, 1999:
203).
El continente posee dos áreas claramente distinguibles: la porción
occidental donde se encuentra la península antártica que mira hacia
el continente americano, y la Antártica Oriental, que es una enorme
meseta cubierta por la espesa capa de hielo ya referida y que des-
prende hacia el norte los témpanos de hielo o icebergs con los que
las embarcaciones evitan chocar (
Ibid.
).
Como es sabido, la Antártica se encuentra ubicada en el Polo Sur
geográfico. Sin embargo existe también un polo sur magnético o
bien el Polo Sur geomagnético.
8
Un dato adicional es que en el Polo
Sur se han registrado las temperaturas más bajas respecto al resto del
mundo, siendo la de -88°C la que ha marcado un hito en la historia
de esas gélidas latitudes. También ahí reside el llamado Polo de inac-
cesibilidad o bien el lugar de más difícil alcance desde cualquier
punto de la periferia (Buezas de la Torre,
op. cit.:
204).
8
.
El polo magnético es hacia donde apunta la brújula y el Polo Sur geomagnético es el lugar
en el que estaría ubicado el polo magnético si la tierra fuese una esfera perfectamente deli-
mitada. El estudio del polo sur geomagnético reviste gran importancia en el conocimiento del
magnetismo terrestre (Buezas de la Torre,
Ibid.
).
142
Se sabe que en la región existen los siguientes recursos naturales
sin explotar: hierro, cromo, cobre, oro, níquel, platino y otros mine-
rales, y carbón e hidrocarburos que han sido encontrados en peque-
ñas cantidades no comerciales.
Los peligros naturales en el continente incluyen fuertes vientos
cuyo movimiento responde a la gravedad terrestre y que llegan hasta
la zona costera procedentes del interior. Asimismo hay nevadas, tor-
mentas ciclónicas que se forman en el océano y que se mueven en
el sentido de las manecillas del reloj a lo largo de la costa. Se registra
actividad volcánica en la Isla de la Decepción y en ciertas áreas aisla-
das de la Antártica occidental, en tanto otras actividades sísmicas son
más bien raras y débiles.
La Antártica es el continente más frío, más seco, más alto y que
más vientos recibe. En el verano, el Polo Sur recibe más radiación
en su superficie que la que llega al Ecuador en un periodo equiva-
lente, con la diferencia de que la Antártica se encuentra casi desha-
bitada.
Un continente crecientemente poblado
Contrario a la opinión popular, la Antártica está siendo poblada mu-
cho más rápido de lo que muchos están dispuestos a entender. Para
Oscar Pinochet de la Barra, quien preside el Instituto Antártico Chile-
no, los dilemas que los asentamientos humanos en la Antártica plan-
tean, pueden resumirse en dos desafíos: el primero, referido al pre-
dominio del hombre sobre una zona, aunque inhóspita, puede ser
habitable a partir del empleo de sofisticadas tecnologías; y el se-
gundo, pensado en términos de la explotación de los recursos del
continente.
A principios del siglo
XX
, Argentina instaló un observatorio en la
Islas Orcadas del Sur (1904) y a partir de la segunda guerra mundial,
la presencia de pequeños puestos de observación permanentes ha
sido la norma. Antes de esto eran los cazadores de ballenas quienes,
en verano, acudían a la Isla de la Decepción para cumplir con sus
faenas explotadoras.
Al igual que la ocupación de cualquier territorio, la de la Antártica
intenta sentar precedente para efectos de generar derechos de pro-
piedad, con todo lo que ello implica. La suscripción del Tratado An-
143
Cuestiones contemporáneas
tártico, del que se hablará más adelante, ha facilitado la proliferación
de bases y estaciones de observación, mismas que han crecido en
número, tamaño y cantidad de personas involucradas.
A ello hay que añadir la creciente actividad turística, que atrae
cada vez más visitantes, y con ello es razonable suponer que al igual
que ocurre en la Antártica chilena en la que hay una pista de aterri-
zaje, una hostería, la base de Marsh y el Centro Meteorológico Presi-
dente Frei, se establezca una pequeña aldea con una iglesia, una
escuela, un almacén, centros de reunión e instalaciones capaces de
albergar a familias completas. Pinochet de la Barra explica que al
menos en Chile, una joven arquitecta ha elaborado planes concretos
en esa dirección (Pinochet de la Barra, 1997: 365-366).
La población que efectúa labores científicas en el continente y en
las islas cercanas al sur de los 60 grados de latitud sur (región inclui-
da en el Tratado Antártico) varía de aproximadamente 4
,
000 perso-
nas en el verano a 1
,
000 en el invierno. Asimismo, aproximadamente
1
,
000 personas, incluyendo la tripulación de barcos y científicos a
bordo, están presentes en las aguas de la zona del tratado. En el vera-
no (enero), la población llega a 3
,
687 personas en total, distribuidas,
por nacionalidad, de la siguiente manera:
z
Argentina, 302
z
Australia, 201
z
Bélgica, 13
z
Brasil, 80
z
Bulgaria, 16
z
Chile, 352
z
China, 70
z
Corea del Sur, 14
z
España, 43
z
Estados Unidos, 1
,
378
z
Finlandia, 11
z
Francia, 100
z
Alemania, 51
z
India, 60
z
Italia, 106
z
Japón, 136
z
Nueva Zelanda, 60
144
z
Noruega, 40
z
Países Bajos, 10
z
Perú, 28
z
Polonia, 70
z
Reino Unido, 192
z
Rusia, 254
z
Sudáfrica, 80
z
Suecia, 20 (de 1998 a 1999).
En el invierno (julio), la población es de 964 personas, distribuidas
de la siguiente manera:
z
Alemania, 9
z
Argentina, 165
z
Australia, 75
z
Brasil, 12
z
Chile, 129
z
China, 33
z
Corea del Sur, 14
z
Estados Unidos, 248
z
Francia, 33
z
India, 25
z
Japón, 40
z
Nueva Zelanda, 10
z
Polonia, 20
z
Reino Unido, 39
z
Rusia, 102
z
Sudáfrica, 10 (1998-1999).
A lo largo del año hay 42 estaciones distribuidas, por nacionali-
dad, en los siguientes términos:
z
Alemania, 1
z
Argentina, 6
z
Australia, 4
z
Brasil, 1
z
Chile, 4
z
China, 2
z
Corea del Sur, 1
145
Cuestiones contemporáneas
z
España, 1
z
Estados Unidos, 3
z
Finlandia, 1
z
Francia, 1
z
India, 1
z
Italia, 1
z
Japón, 1
z
Nueva Zelanda, 1
z
Noruega, 1
z
Polonia, 1
z
Reino Unido, 2
z
Rusia, 6
z
Sudáfrica, 1
z
Ucrania, 1
z
Uruguay, 1 (1998-1999).
También hay estaciones que sólo operan en el verano y son 32,
distribuidas, por nacionalidad, de la siguiente manera:
z
Alemania, 1
z
Argentina, 3
z
Australia, 4
z
Bulgaria, 1
z
Chile, 7
z
India, 1
z
Japón, 3
z
Nueva Zelanda, 1
z
Perú, 1
z
Reino Unido, 5
z
Rusia, 3
z
Suecia, 2 (1998-1999).
Adicionalmente, durante el verano austral, algunas naciones ocu-
pan numerosas localidades con tiendas de campaña, instalaciones
temporales y pasos móviles en apoyo a
la investigación (Central In-
telligence Agency,
op. cit.:
15-16).
En otro orden de ideas, los estudios sobre la Antártica más impor-
tantes, se han efectuado en el siglo
XX
. Con todo y los testimonios
146
referidos a exploraciones efectuadas con anterioridad, no sería sino
hasta el siglo
XX
que la Antártica se convierte en una zona disputable
y especialmente apropiable en la dinámica de la lucha por el poder
en el mundo. Así, los especialistas distinguen cuatro grandes etapas
en torno a la dinámica en que se ha visto involucrada la Antártica,
a saber:
1) La que va desde inicios del siglo
XX
hasta la finalización de la
segunda guerra mundial.
2) La que transcurre entre 1945 y 1959.
3) La comprendida entre 1959 y mediados de los setenta.
4) La que abarca de mediados de los setenta al momento actual
(Guyer, 1997: 369).
La primera etapa
Poco interés entre la comunidad internacional se observó en la pri-
mera mitad del siglo
XX
en torno a la Antártica. Se tenía conciencia
respecto a las condiciones climáticas adversas ahí imperantes, que
claramente diferenciaban a la región del resto del mundo. Los asen-
tamientos humanos, por tanto, no podían establecerse en condicio-
nes similares a como se hacía en otras partes del planeta. Tampoco
era plausible que se aplicaran las normas tradicionales del derecho
internacional en ese gélido rincón del orbe. Así, la improvisación se
impuso. Cada país interesado en la zona comenzó a aplicar parcial-
mente algunas normas internacionales, adaptándolas, se entiende,
a sus necesidades particulares. Aquí es donde se ubica el origen de
las disputas por la Antártica dado que el régimen jurídico internacio-
nal aplicado desde principios de siglo contribuía a la incertidumbre,
la descalificación y el desconocimiento de los presuntos derechos
y atribuciones de los demás fueron la regla (Guyer,
op. cit.:
370).
También, a diferencia de otras partes del mundo, la Antártica fue
motivo de investigaciones científicas muy intensas, desarrolladas
con el ánimo de apoyar su dominio y, eventualmente, la explotación
de sus recursos, ya que, como espacio estratégico, a los ojos de las
potencias y otros países interesados, debía poseer en su seno rique-
zas naturales susceptibles de apropiación, pese a las adversas condi-
ciones climáticas (
Ibid.
).
147
Cuestiones contemporáneas
En esta etapa los conflictos se complejizaron entre Chile, Argen-
tina y Gran Bretaña en torno a la posesión de la península antártica,
y ya en la década de los años veinte, entre Australia y Francia.
La segunda etapa
Sin embargo, no sería sino hasta la finalización de la segunda gran
conflagración mundial y el desarrollo de la guerra fría, que la Antár-
tica sería ampliamente disputada. El desarrollo de armas de destruc-
ción masiva como parte de la rivalidad entre las grandes potencias,
más la superioridad económica, política, militar e ideológica de Esta-
dos Unidos y la
URSS
, generaron en el seno de la comunidad interna-
cional un consenso en torno a la pertinencia de concretar un acuerdo
multilateral sobre la Antártica, en el ánimo de evitar que la confron-
tación Este-Oeste y un posible conflicto armado, arrastrara a esta
región del planeta. La concepción de la
suma cero,
se tenía previsto
que tocara a la Antártica. Así las cosas, en 1957, cuando se desarrolló
el célebre esfuerzo científico conocido como Año geofísico interna-
cional y que culminó en 1958, la Antártica figuró entre las principales
preocupaciones (Buezas de la Torre,
op. cit.:
212-213).
Figura 3
La Antártica o
terra australis incognita
La Antártica es un territorio cuyo reparto se mantiene inconcluso. Ello reviste especial
interés porque los reclamos soberanos no sólo involucran a países del hemisferio sur, sino
a influyentes potencias localizadas en el hemisferio norte.
148
El Tratado Antártico
En ese marco, pese a las rivalidades y reclamaciones territoriales so-
bre el continente congelado, se logró el establecimiento de una es-
pecie de
modus vivendi
entre quienes defendían posesiones terri-
toriales en el área y quienes no. De ahí que grupos científicos de una
docena de países lograran el establecimiento y la ampliación de
bases de investigación en la zona para fines científicos y experimen-
tales (
Ibid
).
Por cuanto toca a las vías de comunicación, se registran 17 aero-
puertos, 27 estaciones operadas por 16 gobiernos nacionales que
han suscrito el Tratado Antártico, que poseen instalaciones que posi-
bilitan el aterrizaje de helicópteros o de aviones ligeros. Las empre-
sas comerciales operan dos instalaciones aéreas adicionales. Pistas
para helicópteros se encuentran disponibles en 27 estaciones. Algu-
nas pistas en 15 localidades están hechas de grava, hielo marino, hie-
lo azul o nieve compactada susceptible de permitir el aterrizaje con
neumáticos de aviones. De éstas pistas, una tiene más de 3 kilóme-
tros de largo, seis oscilan entre los 2 y los 3 kilómetros de largo; tres
tienen entre 1 y 2 kilómetros de largo; tres son inferiores al kilómetro
de largo y 2 tienen una longitud no determinada. Las pistas de nieve,
limitadas al equipamiento adecuado para utilizarlas, se encuentran
en 15 localidades. De ellas cuatro son mayores a los 3 kilómetros de
longitud; tres tienen entre 2 y 3 kilómetros de largo; dos tienen entre
1 y 2 kilómetros de largo; dos son menores al kilómetro de largo y
cuatro tienen una longitud no determinada. Los aeropuertos gene-
ralmente están sujetos a severas restricciones y limitaciones que re-
sultan de las condiciones geográficas y estacionales extremas. Los
aeropuertos no cumplen con los requisitos de la Organización de la
Aviación Civil Internacional (
OACI
) y es necesario contar con la
aprobación por anticipado, de los gobiernos y las organizaciones no
gubernamentales correspondientes para hacer uso de las instalacio-
nes de aterrizaje (Central Intelligence Agency,
Ibid
).
9
9
.
A pesar de que Estados Unidos no reconoce las reclamaciones que otros países formulan
en torno al territorio de la Antártica, cuenta con legislaciones que se aplican al continente con-
gelado en cuestión. Por ejemplo, si nacionales de Estados Unidos incurren en delitos o son
víctimas de algún atropello como el asesinato podrían ser sujetos de la ley estadunidense
en áreas que no estén bajo la jurisdicción de otros países. Algunas leyes estadunidenses se
149
Cuestiones contemporáneas
En 1958, el gobierno de Estados Unidos propuso a sus contrapar-
tes de Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Francia, Japón, Nueva Ze-
landa, Noruega, Reino Unido, Sudáfrica y la Unión Soviética la sus-
cripción de un tratado que tendría como objetivo fundamental la
preservación del uso exclusivo del continente como laboratorio in-
ternacional de investigaciones científicas, y garantizar que sería em-
pleado únicamente con fines pacíficos. ¿Por qué se seleccionó a esos
países y no a otros? El criterio fue establecido en función de conside-
raciones políticas y justificado a partir de la participación de los paí-
ses citados en las actividades científicas durante el Año geofísico in-
ternacional (
Ibid.
).
10
Así las cosas, el Tratado Antártico fue suscrito el 1° de diciembre
de 1959 y entró en vigor el 23 de junio de 1961. Para efectos de co-
bertura, el tratado tiene validez geográfica en la región ubicada al
sur de los 60° de latitud sur, incluyendo todas las barreras de hielo.
Claramente la preocupación existente en torno a la Antártica no tiene
que ver sólo con la carrera armamentista, sino sobre todo con el
interés que existe por parte de diversas países en los recursos de la
región. La situación jurídica de la Antártica es muy distinta a la del
Ártico y ello es posible que obedezca a la percepción de que los
compromisos establecidos en el Tratado Antártico limitan el margen
de acción de las potencias y de los países que en general, mantienen
reclamos en torno a esa parte del mundo, por lo que no desean que
un régimen jurídico similar sea establecido en el Polo Norte.
El tratado establece que la Antártica es una zona que sólo podrá
utilizarse con fines pacíficos. Prohíbe desarrollar cualquier acción
militar en la Antártica, como el establecimiento de bases y fortifica-
ciones militares y el ejercicio de maniobras militares o el ensayo de
aplican directamente a la Antártica. Destaca, por ejemplo, el Acta de Conservación de la An-
tártica que establece sanciones civiles y criminales para las siguientes actividades, a menos
que hayan sido autorizadas por estatuto: el secuestro de mamíferos o aves nativos; la introduc-
ción de plantas y animales ajenos a ese ecosistema; la entrada a áreas protegidas o científicas;
el tiradero de contaminantes y desechos; y la importación hacia territorio estadunidense, de
ciertos productos de la Antártica. La violación del Acta de Conservación de la Antártica conlle-
va sanciones por hasta 10 mil dólares y un año de prisión. Los Departamentos del Tesoro,
Comercio Transporte y del Interior comparten responsabilidades en la aplicación de la legisla-
ción (Central Intelligence Agency,
Ibid.
).
10
.
Llama la atención que si bien un grupo de científicos mexicanos participó en investiga-
ciones efectuadas en la Antártica en el Año geofísico internacional, México no figurara entre
los países que presentó reclamos territoriales sobre el área. Tampoco México logró insertarse
como nación consultativa del Tratado Antártico.
150
cualquier tipo de armas. El tratado prohíbe ensayos nucleares así
como la colocación de residuos radiactivos en la Antártica, sujeto a
posibles acuerdos internacionales futuros en la materia. De confor-
midad con el artículo
IX
, se establecen encuentros consultivos en
intervalos regulares en asuntos que tienen que ver con la Antártica,
así como también se formulan recomendaciones a los gobiernos en
torno a los principios y objetivos del tratado. El documento está su-
jeto a la ratificación de todos los signatarios y está abierto para que
los miembros de la Organización de las Naciones Unidas u otros Es-
tados se integren a sus disposiciones, con el consentimiento de todas
las partes contratantes cuyos representantes también podrían parti-
cipar en las reuniones consultivas previstas en el artículo
IX
del trata-
do (Ferm, 1997:
530).
El
XXII
Encuentro Consultivo del Tratado Antártico tuvo lugar en
Noruega en mayo de 1998. A finales de ese año 43 naciones habían
suscrito el tratado: 27 consultivas y 16 que accedieron como miem-
bros. Los miembros consultivos (con derecho de voto) incluyen a
siete naciones que reclaman porciones del territorio nacional de la
Antártica (algunas reclamaciones chocan entre sí) y 20 naciones
que no tienen reclamaciones. Estados Unidos, al igual que otros paí-
ses, no ha hecho reclamaciones pero afirma que se reserva el de-
recho a hacerlo. Washington no reconoce los reclamos de los demás.
El año en paréntesis indica cuándo logró un país obtener el estatus
consultivo (con derecho de voto), en tanto la ausencia de ese parén-
tesis indica que el Estado en cuestión suscribió el tratado original-
mente en 1959. Las siete naciones que reclaman territorios en la An-
tártica son:
1) Argentina
2) Australia
3) Chile
4) Francia
5) Noruega
6) Nueva Zelanda
7) Reino Unido
Las naciones consultivas que no tienen reclamos territoriales
son:
151
Cuestiones contemporáneas
z
Alemania (1981)
z
Bélgica
z
Brasil (1983)
z
Bulgaria (1978)
z
China (1985)
z
Corea del Sur (1989)
z
Ecuador (1990)
z
España (1988)
z
Estados Unidos
z
Finlandia (1989)
z
India (1983)
z
Italia (1987)
z
Japón
z
Países Bajos (1990)
z
Perú (1989)
z
Polonia (1977)
z
Rusia
z
Sudáfrica
z
Suecia (1988)
z
Uruguay (1985)
Las partes contratantes sin derecho de voto (con el año de
adhesión en paréntesis) son:
z
Austria (1987)
z
Canadá (1988)
z
Colombia (1988)
z
Cuba (1984)
z
Corea del Norte (1987)
z
Dinamarca (1965)
z
Eslovaquia (1993)
z
Grecia (1987)
z
Guatemala (1991)
z
Hungría (1984)
z
Papúa Nueva Guinea (1981)
z
República Checa (1993)
z
Rumania (1971)
z
Suiza (1990)
152
z
Turquía (1995)
z
Ucrania (1992)
La importancia real del Tratado Antártico es que pospone re-
clamos soberanos de Argentina, Australia, Chile, Francia (Tierra de
Adelaida), Nueva Zelanda (Ross Dependency), Noruega (Queen
Maud Land) y el Reino Unido. Muchos de estos reclamos se trasla-
pan. Ningún reclamo formal se ha formulado en el sector compren-
dido entre los 90 grados oeste y los 150 grados oeste (Central Inte-
lligence Agency,
Ibid.
).
Es correcto definir la disputa por la Antártica como un problema
Norte-Sur, debido a que mientras que la postura de las naciones in-
dustrializadas se orienta a hacer reclamos, muchos de ellos escandalo-
samente arbitrarios en aras de tener jurisdicción sobre los espacios
y los recursos antárticos, muchos países en desarrollo que se en-
cuentran dentro y fuera del sistema del Tratado Antártico han seña-
lado que el continente congelado debería ser patrimonio común
de la humanidad (Child, 1990: 193).
Tercera etapa
La posposición de las disputas sobre la Antártica que propició el Tra-
tado Antártico tras su entrada en vigor, generó un ambiente de tensa
calma en la zona. Algunos diplomáticos consideraban que la nego-
ciación acordada en torno a la Antártica debería ser imitada en otros
ámbitos, por ejemplo, en torno al espacio exterior, también amena-
zado por la carrera armamentista encabezada por Estados Unidos y
la
URSS
11
(Guyer,
op. cit.
:
373).
El Tratado Antártico fue de singular valor en este periodo, cuando
fueron emplazados en grandes cantidades y en diversas latitudes, ar-
mas de destrucción en masa por parte de Estados Unidos y la Unión
Soviética. Con el Tratado Antártico se evitó, por tanto, generar un
teatro de operaciones Este-Oeste en el Polo Sur, aun cuando en zo-
nas aledañas como el Pacífico Sur, el centro de Australia y la Isla de
Navidad (Christmas Island), Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos
efectuaron ensayos nucleares.
11
.
Ya para ese tiempo, con la puesta en órbita del primer satélite artificial de la Tierra, el
Sputnik
, quedó de manifiesto que los polos jugarían un papel estratégico ante el desarrollo
de la cohetería balística intercontinental.
153
Cuestiones contemporáneas
La cuarta etapa
Corresponde a los intentos encaminados a evaluar el Tratado Antár-
tico y modificar su estructura. R. H. Wyndham, investigador austra-
liano, sugería en 1978, que el Tratado Antártico ya había sido supe-
rado y que la cooperación política existente lo había hecho obsoleto
(Guyer,
op. cit.:
376). Parte de estas percepciones obedecieron al
desarrollo de las conferencias que al amparo de Naciones Unidas de-
batieron la normatividad sobre el derecho del mar, con lo que Wynd-
ham y otros analistas consideraban que era el momento propicio pa-
ra que la Antártica fuera sometida a un nuevo régimen.
Otro grupo de analistas sugerían que puesto que la población se
encuentra en expansión en el mundo y debido a las necesidades eco-
nómicas existentes para satisfacer sus expectativas de vida, era inad-
misible el régimen jurídico de la Antártica, debido a que sus recursos
tendrían que ser explotados tarde o temprano en beneficio de una
sociedad internacional hambrienta. Esta postura se escuda en el ar-
gumento de que el Tratado Antártico es discriminatorio y que el régi-
men imperante privilegia a unos cuantos, cuando al igual que el res-
to de los continentes, debería estar al alcance de los seres humanos
para satisfacer sus crecientes necesidades.
Una tercera postura, defendida con gran vehemencia por los
países en desarrollo y en respuesta a la propuesta anterior, argumen-
taba que sería necesario preservar a la Antártica como un escenario
especial
,
como un patrimonio de la humanidad
,
libre de las presio-
nes demográficas y económicas que tanto han contribuido a destruir
los recursos en los continentes americano, oceánico, africano, asiá-
tico y europeo.
En esta etapa ha cambiado considerablemente la percepción so-
bre el gélido continente, primero por la devastación ambiental y el
descubrimiento, en 1985, por parte de científicos británicos, de un
gigantesco hoyo en la capa de ozono
12
de la región, generado por
contaminantes que irónicamente no se han gestado en la Antárti-
12
.
El ozono en la estratosfera genera un escudo natural contra los dañinos rayos ultra-
violeta. Pero por más de quince años se ha producido una situación de alarma entre los es-
pecialistas de diversas latitudes, debido a la disminución de la capa de ozono en la Antártica
y también por el hoyo existente en el Ártico.
154
ca
13
(Radford, 2000: 1). Así, en esta cuarta etapa se han enfatizado
las consideraciones ambientales, alimentadas, por ejemplo, por los
impactos del deterioro de la capa de ozono sobre la fauna y la flora
antárticas. También, la caza de ballenas en que incurren los japo-
neses y los noruegos en esas latitudes, ha alentado negociaciones
encaminadas a crear regímenes jurídicos restrictivos con fines con-
servacionistas. Respecto a los regímenes internacionales, el relativo
a la capa de ozono reviste especial interés.
13
.
Los satélites de la Agencia Nacional Aeroespacial de Estados Unidos (
NASA
), buscaban,
desde hace más de 20 años, evidencias que mostraran la sospechada destrucción de la ca-
pa de ozono.
Cuadro 1
Disposiciones del Tratado Antártico
*
Artículo
Contenido
1
Área que será empleada con fines pacíficos únicamente. La
actividad militar, incluyendo el ensayo de sistemas de ar-
mamento, está prohibido, pero será posible emplear per-
sonal y equipo militar para la investigación científica o
cualquier otro fin pacífico.
2
Se garantizará la libertad para la investigación científica y
la cooperación.
3
Se promoverá el libre intercambio de información y de
personal en cooperación con Naciones Unidas y otras
agencias internacionales.
4
No se reconocen disputas ni se establecen reclamos terri-
toriales y ninguna nueva reclamación deberá ser formula-
da mientras el tratado esté en vigor.
5
Se prohíben ensayos nucleares o la colocación de desper-
dicios radiactivos.
*
.
Existen por lo menos unas 200 recomendaciones adoptadas en los encuentros consul-
tivos del tratado y ratificadas por los gobiernos. Entre ellas destacan:
— Medidas Acordadas para la Conservación de la Flora y la Fauna Antárticas (1964);
— Convención para la Conservación de las Focas antárticas (1972);
— Convención sobre la Conservación de los Recursos Antárticos Marinos Vivos (1980);
— Protocolo sobre la Protección Ambiental del Tratado Antártico, firmado el 4 de octu-
bre de 1991 y entró en vigor el 14 de enero de 1998. Este acuerdo en particular pro-
porciona protección al medio ambiente antártico a través de cinco anexos específicos
sobre contaminación marina e impactos ambientales sobre la flora y la fauna, el ma-
nejo de desperdicios y las áreas protegidas, y prohíbe todas las actividades relacio-
nadas con los recursos minerales, excepto para fines de investigación científica.
155
Cuestiones contemporáneas
Cuadro 1 (continuación)
Artículo
Contenido
6
Se incluyen, para efectos de cobertura del tratado, todas las
tierras y hielos al sur de los 60° 00’ sur.
7
Los Estados observadores del tratado tienen libre acceso,
incluyendo la observación aérea de cualquier área y pue-
den inspeccionar todas las estaciones, instalaciones y
equipo. Debe informarse sobre todas las actividades a rea-
lizar y sobre la introducción de personal militar a la zona.
8
Permite la jurisdicción de los observadores y científicos por
sus propios Estados.
9
Encuentros consultivos frecuentes tienen lugar entre las
naciones miembros.
10
Los Estados que pertenecen al tratado desalentarán las
actividades efectuadas por cualquier país que sean contra-
rias al tratado.
11
Las disputas deberán ser solucionadas pacíficamente por
las partes involucradas o, en su defecto, por la Corte
Internacional de Justicia.
12, 13, 14
Relativos a interpretación, enmiendas y otras disposiciones
de importancia para los estados involucrados.
Fuente
: Central Intelligence Agency,
The World Factbook,
Central Intelligence Agency/
Brassey’s, 1999, pp. 15-16.
El régimen del ozono
En el discurso ecológico que se ha venido desarrollando sobre todo
a partir de la década de los ochenta, el término “recursos comunes”
o
common pool resources,
cobra especial importancia. El concepto
en sí, se refiere a la existencia de un “enemigo común” al medio
ambiente, y de la acción colectiva que debe desarrollarse para rever-
tir el daño ecológico. Así
el estudio de la política internacional ambiental se ha conver-
tido en el proceso para encontrar los mecanismos internacio-
nales o cooperativos adecuados para revertir el problema re-
sultado de la acción colectiva (Barkin y Shambaugh, 1999: ix).
156
La dificultad con planteamientos como el descrito, es que parten
de la premisa de que la cooperación y la buena fe permean las rela-
ciones internacionales, cuando en realidad existen intereses de
apropiación, explotación y comercialización de los recursos natura-
les. Pese a ello, el planteamiento no es del todo desechable ya que
para lidiar con los problemas ambientales que a menudo trascienden
las fronteras políticas de los Estados, se requiere una cooperación
igualmente transnacional. En este sentido, cobra importancia la pro-
puesta jurídica en torno al régimen del ozono
.
El régimen, en sí, se refiere al conjunto de principios, normas, re-
glas y procedimientos creados para regular y coordinar la conduc-
ta de los actores del sistema internacional en aras de proteger la capa
de ozono. Entre las normas y pautas de referencia pueden citarse,
entre otras, la Convención de Viena para la Protección de la Ca-
pa de Ozono de 1985; el Protocolo de Montreal sobre Sustancias que
Deterioran la Capa de Ozono de 1987 y las enmiendas, ajustes y
decisiones formuladas en torno al Protocolo de Montreal acordadas
en nueve encuentros de las partes contratantes celebrados en Hel-
sinki (1989), Londres (1990), Nairobi (1991), Copenhague (1992),
Bangkok (1993), Nairobi (1994), Viena (1995), San José (1996) y
Montreal (1997). A ellos hay que sumar las acciones sugeridas por
instituciones como el Programa de las Naciones Unidas para el Me-
dio Ambiente (
PNUMA
) y el Programa de las Naciones Unidas para
el Desarrollo (
PNUD
), que también contribuyen al debate (Downie,
1999: 97).
La liberación hacia la atmósfera de químicos diversos, conocidos
genéricamente como sustancias depredadoras del ozono (o
SDO
),
amenazan la existencia de la capa de ozono. Existe un amplio con-
senso, entre la comunidad científica, en el sentido de que los quí-
micos empleados en la refrigeración, el aire acondicionado, la cale-
facción, la producción de materiales, los aerosoles y los solventes
industriales, conocidos popularmente como clorofluorocarbonos,
una vez en la atmósfera, son destruidos por los rayos ultravioleta,
con lo que liberan átomos de cloro que actúan como catalizadores
en la destrucción de la capa de ozono (Downie,
op. cit.:
99).
157
Cuestiones contemporáneas
Geopolítica de la Antártica
Asumir que es únicamente el interés científico lo que le importa a
las naciones del mundo de la Antártica, es incorrecto. Como se ex-
plicaba en el inicio del presente apartado, el continente posee petró-
leo, cobre, oro, fosfatos y carbón, entre otros recursos estratégicos.
Con los avances tecnológicos es razonable suponer que se desarro-
llarán mecanismos que permitan la explotación en esas latitudes a
un costo mínimo, lo que ha llevado a pensar que la Antártica puede
ser una fuente esencial de riqueza para el mundo, o por lo menos,
para las naciones que logren desarrollar esas tecnologías. Las aguas
que circundan al continente, están dotadas de recursos marinos, des-
tacando la ballena y el krill. Y no está lejano el día en que el turismo
se lleve a cabo en una escala mucho más amplia que la que actual-
mente se observa (Peña, 1989
:
132).
La Antártica además se ubica en el corazón del hemisferio sur, a
una distancia relativamente pequeña entre las costas sudamericanas,
sudafricanas, australianas y neozelandesas y con la posibilidad de
controlar el paso marítimo a través del estrecho de Drake (
Ibid.
). En
los trabajos sobre geopolítica de América del Sur se enfatiza que este
punto de estrangulación de 600 millas podría ser una ruta alternativa
al Canal de Panamá, en el caso de que éste fuera cerrado o si le nega-
ra el acceso a alguna nación. Para algunos resulta exagerado preten-
der que el estrecho de Drake sea un paso interoceánico alternativo,
sobre todo por las distancias y los costos de operación que represen-
taría. De todos modos, los estrechos suelen ser estratégicos en tiem-
pos de paz y de guerra y ello no debería perderse de vista (Child,
op. cit.:
194-195).
El primer país que hizo un reclamo soberano formal sobre la An-
tártica fue Gran Bretaña, que en 1908 delimitó las Islas Malvinas (o
Falkland
como las llaman los británicos) con una demarcación que
incorpora todos los territorios e islas comprendidos al sur del para-
lelo 60° sur entre los 20° y los 80° de longitud oeste. En 1962, Gran
Bretaña “refinó” aun más sus pretensiones soberanas en la Antártica
al rebautizar toda el área como British Antarctic Territory que tiene
unas dimensiones de 5
,
425
,
000 kilómetros cuadrados (o bien más
de la tercera parte del territorio que corresponde al continente), ci-
158
fra de la que 1
,
710
,
000 kilómetros cuadrados corresponde a las tie-
rras emergidas (
Ibid.
).
El despertar latinoamericano a la Antártica fue relativamente tar-
dío. Luego de las reclamaciones de Gran Bretaña, se produjeron, en-
tre 1923 y 1939 otras más, básicamente de parte de países europeos
y de Oceanía. Así, Nueva Zelanda hizo su primer reclamo soberano
en 1923; Australia hizo lo propio en 1933; Francia en 1938, y Norue-
ga en 1939. Sólo después de estas pretensiones soberanas fue que
Chile y Argentina iniciaron sus propios reclamos: Santiago en 1940
y Buenos Aires en 1946, ejerciendo un derecho a partir de la proxi-
midad geográfica que es mucho más legítimo que el de países euro-
peos tan remotos como Noruega (Peña,
op. cit.:
132).
Chile hizo un reclamo sumamente formal el 6 de noviembre de
1940, en plena segunda guerra mundial definiendo el territorio an-
tártico chileno con una extensión de 1
,
250
,
000 kilómetros cuadrados
(aproximadamente el doble de las dimensiones que tiene Chile en
el continente americano) y que se ubica en el sector comprendido
entre los 53° y 90° de longitud oeste. Chile además ha sido muy osa-
do ya que en sus planes anunció, como se sugería líneas arriba, la
política de asentamientos humanos permanentes en la Antártica
chilena, sobre todo de la zona bautizada como Tierra O’Higgins, pro-
piciando que familias completas se asentaran en esas latitudes lle-
vando una vida “normal”. La Tierra O’Higgins no es otra cosa que
la península antártica que los argentinos denominan Tierra de San
Martín y los británicos han bautizado como Tierra de Graham
.
Este
es un ejemplo de cómo los reclamos de los tres países chocan entre
sí (Peña,
op. cit.:
133).
La Antártica australiana
Una revisión somera de las reclamaciones territoriales que efectúan
los países en la Antártica conforme a la ilustración de la figura 4,
contribuirá a explicar por qué el régimen instaurado a partir del
Tratado Antártico ha sido la solución más plausible, o bien, la menos
conflictiva. La península antártica, como se explicaba a propósito de
las aspiraciones latinoamericanas sobre el área, al ser tan disputada,
se convierte, efectivamente, en una
terra nulla.
159
En el caso de Australia, se produjeron intentos por modificar el
régimen del Tratado Antártico para efectos de acceder a la zona, con
fines de explotación comercial, específicamente para la minería. Por
mucho tiempo, Canberra presionó a favor de llevar a cabo activida-
des mineras controladas en la Antártica (Smith, Cox, Burchill, 1997:
148). En 1990, por ejemplo, el Ministerio de Asuntos Exteriores y Co-
mercio de Australia, se mostró a favor de suscribir la Convención
sobre Minerales Antárticos, misma que posibilitaría la explotación
comercial de los mismos. Sin embargo, el entonces Primer Ministro,
Bob Hawke, sin consultar ni al Ministerio ni a su titular, dispuso dar
marcha atrás a la iniciativa, gracias a la presión de numerosos grupos
defensores del medio ambiente y de la comunidad internacional (y
también porque se trataba de una coyuntura electoral, recordando
que la mejor manera de entender las decisiones en materia de polí-
tica exterior de los países, es analizando la política interna de los mis-
mos) (Smith, Cox, Burchill,
op. cit.:
45).
Oficialmente, sin embargo, Australia dio un giro importante a la
actitud asumida hasta 1989, cuando se manejaba la posibilidad de
explotar las riquezas mineras y petroleras del área justo en el 2 por
ciento de la porción continental antártica en la que se encuentran
numerosas especies animales y vegetales en las que la actividad co-
mercial humana habría sido catastrófica. De manera que Canberra,
en conjunto con Francia, se involucraron en una intensa campaña
diplomática que enfrentó la oposición de muchos países, sobre la
base de que no sólo habría que evitar actividades comerciales en
la región, sino que ésta podría ser preservada como una especie
de laboratorio de investigación en el análisis del cambio climático,
los océanos y la atmósfera (Evans y Grant, 1995: 168).
Estados Unidos tenía serias reservas al respecto, pero finalmente
aceptó integrarse al consenso que derivó en el Protocolo [al Tratado
Antártico] de Madrid sobre Protección Ambiental de 1991. Ese pro-
tocolo satisfizo inclusive a los más escépticos, quienes deploraban
que dado que el Tratado Antártico no es custodiado por Naciones
Unidas, estaba condenado a colapsarse. Esos clamores, por supues-
to, no han cesado, y países como Malasia han pedido re-escribir el
Tratado Antártico en el seno de Naciones Unidas, enfatizando el po-
tencial de recursos mineros de la zona y lo injusto de privar a un
mundo escaso en recursos del acceso a la Antártica (Smith, Cox y
Cuestiones contemporáneas
160
Burchill,
op. cit.:
148). Al respecto, la postura de Australia podría
sintetizarse en los siguientes términos: se congelan las demandas so-
bre el particular porque no es posible vislumbrar una mejor solución
al desafío estratégico que representa la Antártica.
Es necesario tomar en cuenta que a partir de la segunda mitad de
la década de los sesenta, la conciencia ambiental en Australia y Nue-
va Zelanda catalizó el nacimiento de iniciativas ecologistas en los
principales partidos políticos de esas naciones, debido a los ensayos
nucleares efectuados por Francia en la Polinesia francesa. Como
resultado de las acciones perpetradas por las autoridades francesas,
fue suscrito en 1986 con la concurrencia de la mayor parte de los paí-
ses del Pacífico Sur, el Tratado de Rarotonga para hacer del área una
zona libre de armas nucleares. Ello derivó, a su vez, en la crisis de
la alianza militar existente entre Australia, Nueva Zelanda y Estados
Unidos (
ANZUS
),
14
con la decisión de Wellington de retirarse de las
principales obligaciones existentes en ese arreglo en materia de de-
fensa.
De ahí el énfasis que se ha dado a la dimensión ecológica de la
Antártica. Al respecto, Smith, Cox y Burchill señalan que
La Antártica y Oceanía, aunque se encuentran relativamente
cerca de Australia, no poseen capacidades militares significa-
tivas. En la Antártica es posible que los problemas de fragilidad
ecológica —relacionados con programas científicos, el impac-
to turístico y particularmente, el calentamiento global— gene-
ren desafíos no militares en el terreno de la “seguridad” para
Australia que pueden ser más significativos que cualquier
posibilidad de que la Antártica sea una fuente de amenazas mi-
litares a futuro. El incremento en el nivel del mar podría restarle
más territorio a Australia que cualquier atacante estaría en po-
sibilidad de conquistar (Smith, Cox y Burchill,
op. cit.:
159).
La realidad de las cosas es que Australia es en sí mismo un conti-
nente con muy baja densidad demográfica. Su territorio lo habitan
14
.
El
ANZUS
nació en 1952, más que contra la expansión del comunismo impulsado por la
URSS
, contra un posible resurgimiento del militarismo japonés y, naturalmente, para hacer
frente a la amenaza china
.
161
apenas 18 millones de habitantes, mismos que difícilmente pueden
resguardar ese territorio, por lo que la Antártica es un lugar aun más
difícil de monitorear físicamente y de ahí que se busque multilateralizar
la agenda de prioridades en torno al gélido continente, porque sólo
de esa manera podría Australia garantizar medianamente la promo-
ción de sus intereses en la zona.
Figura 4
Zonas disputadas en la Antártica
Cuestiones contemporáneas
162
Consideraciones finales
Uno de los planteamientos que se desprende del análisis efectuado
es si el régimen jurídico que posee la Antártica podría ser adoptado
por los países con acceso al Ártico. Si bien el Tratado Antártico, co-
mo se explicaba, cuenta con una gran cantidad de vacíos y congela
y posterga, de hecho, las reclamaciones sobre el gélido continente,
es un punto de partida para negociaciones posteriores, alentadas por
el desastre ambiental que aqueja a la zona. Sin embargo, los especia-
listas acotan que dado que en el Ártico hay recursos compartidos que
sí son explotados, sería muy difícil llevar a las partes involucradas
a un régimen de “congelación” o de “postergación” de lo que los paí-
ses del área asumen como derechos legítimos de jurisdicción
vis-à-
vis
los de los demás (Young,
op. cit.:
27).
El hecho de que el Ártico se encuentra en el hemisferio norte,
donde han residido —y siguen haciéndolo— las grandes potencias,
le imprime un sello característico a la región y la diferencia de la An-
tártica, que aparece como un apéndice de las grandes potencias,
dado que éstas, sin tener acceso físico a la
terra australis
se las han
arreglado para hacerse de espacios y posesiones a costa de los países
que geográficamente residen en el hemisferio sur y cuentan con la
vecindad contigua para hacer reclamos territoriales legítimos. Es de-
cir: en tanto Gran Bretaña disputa la península antártica en el hemis-
ferio sur, ni Chile ni Argentina disputan a Estados Unidos derechos
sobre Alaska, ni a Noruega o Suecia les reclaman soberanía sobre
la Laponia. El Ártico es una zona controlada por las grandes poten-
cias, debido al hecho de que porciones importantes de los territorios
de Estados Unidos y Rusia se encuentran en la región y, por ende,
las consideraciones que prevalecen son las de seguridad nacional.
En la Antártica, en contraste, la concepción imperante es la relativa
a la seguridad internacional.
Así las cosas, los polos constituyen zonas de seguridad esenciales
en la lucha por el poder en las relaciones internacionales. También
plantean desafíos a las rivalidades imperantes, en tanto la problemá-
tica que las agobia reclama el necesario establecimeinto de meca-
nismos de cooperación. Por ejemplo, ante el desastre ambiental que
aqueja al Ártico y la Antártica, sólo la acción concertada de la comu-
nidad internacional puede evitar el ecocidio.
163
Canadá y Australia, carentes de capacidades demográficas, eco-
nómicas y militares para hacerse presentes en los polos, han debido
reposar la promoción de sus intereses en iniciativas regionales y
multilaterales de cooperación. Canadá ha priorizado, por lo tanto, los
esquemas de diálogo en el seno del Consejo Ártico, en tanto Austra-
lia ha promovido iniciativas como, por ejemplo, el Protocolo de
Madrid. En ambos casos se trata de propuestas que se espera contri-
buyan a multilateralizar y a
horizontalizar
las relaciones entre los
actores involucrados en los polos,
a diferencia de la verticalidad im-
perante en la guerra fría en la que Ottawa y Canberra eran neutrali-
zados por las grandes potencias.
Por otra parte,
la devastación ecológica que se ha producido
en el Ártico y la Antártica demandan acciones concertadas debido
a que el potencial de afectación es global, atentando contra la seguri-
dad, no sólo de Canadá y Australia, sino también de las grandes po-
tencias y del resto de la comunidad internacional.
Tal pareciera entonces, que la cooperación internacional en torno
a los polos, es producto de una necesidad más que de la genuina
voluntad política de las partes involucradas. En cualquier caso, lo úni-
co injustificable es no analizar la problemática de los polos, consi-
derando la importancia que su desenvolvimiento tiene para toda la
humanidad en las condiciones actuales.
Recibido el 6 de noviembre de 2000
Aceptado el 24 de mayo de 2001
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