Artículo en PDF
Cómo citar el artículo
Número completo
Más información del artículo
Página de la revista en redalyc.org
Sistema de Información Científica
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Reseñas
157
“De niñas, montoneros y gorilas”
Reseña del libro de Laura Alcoba,
La casa de los conejos
,
trad. Leopoldo Brizuela, Barcelona, Editorial Edhasa, 2008, 136 pp.
G
ILDA
W
ALDMAN
M
ITNICK
*
C
asi a fines del año 2008, fueron encontrados –en lo que fuera uno de los centros clandestinos de deten-
ción que funcionaron durante el último régimen militar en la ciudad de La Plata, Argentina–, más de
diez mil fragmentos de huesos calcinados. Los restos se encontraban en unas dependencias policiales
utilizadas como centros clandestinos durante la última dictadura militar (1976-1983). En el sitio fue hallado,
también, un paredón con cerca de doscientos impactos de bala, posiblemente utilizados para fusilamientos.
A raíz de este macabro hallazgo, el pasado volvió a hacerse presente en la sociedad argentina, evidenciando
que los crímenes cometidos durante el régimen militar no están aun cabalmente esclarecidos.
La historia reciente de Argentina, y en particular el período dictatorial, es una temática que sigue
motivando decenas de investigaciones. Ciertamente, existe una abundante bibliografía al respecto, funda-
mentalmente de tipo testimonial y periodístico, a la cual se agrega una historiografía que ha introducido
el empleo de la historia oral y la memoria. A lo anterior cabe añadir innumerables textos de análisis sobre
la traumática experiencia dictatorial. Si bien gran parte de las reflexiones en torno a la historia de las dé-
cadas de los 60 y 70 tienen como ejes temáticos la movilización social, los movimientos político- armados,
el terrorismo de Estado, la reestructuración económica o los cambios culturales, también han comenzado
a publicarse desde hace ya un tiempo numerosos testimonios que narran las historias de vida y las expe-
riencias militantes de quienes, comprometidos con la lucha armada y con la utopía de cambiar el mundo,
fueron posteriormente víctimas del terrorismo de Estado.
No obstante que los libros publicados a partir de la segunda mitad de la década de los 90 se refieren,
particularmente, a las experiencias de varones, también pueden mencionarse algunos trabajos realizados
desde una perspectiva de género que realizan un aporte significativo. Entre estos últimos, cabe destacar
los libros de Marta Diana,
Mujeres guerrilleras
(Buenos Aires, Planeta, 1996), Gabriela Saidon,
La Montonera.
Biografía de Norma Arrostito
(Buenos Aires, Sudamericana, 2005) y Laura Giussani,
Buscada. Lili Massaferro:
de los dorados años cincuenta a la militancia montonera
(Buenos Aires, Norma, 2005). A ellos puede agregarse
la reciente publicación, en 2008, de
La casa de los conejos
, un libro en el que su autora, Laura Alcoba, una
escritora argentina residente en París desde 1979, traza con una voz narrativa infantil su propia historia:
la de la niña de siete años, hija de un militante montonero (preso durante el período que abarca el relato)
b
*
Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Circuito Mario de la Cueva s/n, Av. Universidad
3000, col. Copilco-Universidad, del. Coyoacán, México, D.F., 04510.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
158
que se va a vivir clandestinamente durante algunos meses de comienzos de 1976 con su madre, también
militante de la misma organización, a la casa donde funcionaba la imprenta clandestina de Montoneros,
en la ciudad de La Plata, encubierta bajo la fachada de un criadero de conejos. La madre y la niña abando-
naron la casa a mediados de 1976 y, pocos días más tarde, la imprenta fue destruida en un impresionante
operativo que dejó como resultado siete montoneros asesinados y una bebé secuestrada que hasta el día
de hoy no ha sido posible localizar.
En verdad se trata de un libro de memoria. Laura Alcoba necesitó treinta años para poder plasmar en él
sus recuerdos. Aunque señala al comienzo del texto que pensó que debía dejar pasar tiempo o esperar que
ya no hubiera sobrevivientes, lo que la decidió a relatar esa experiencia fue un viaje a Argentina y la visita
a la casa, hoy convertida en museo.
Desde la subjetividad más íntima, la mirada de una niña reconstruye una historia personal y generacional.
Por una parte, el clima de violencia, angustia, miedo,
desapariciones y secuestros de bebés,
propio de los
años 70 en el marco del horror dictatorial, así como la vida cotidiana de un grupo de militantes agobiados
por las presiones y peligros de su inminente derrota. Por la otra, el desamparo y la vulnerabilidad de una
pequeña de siete años, obligada por las circunstancias a vivir en la clandestinidad (mudándose de domi-
cilios, utilizando documentación falsa, perdiendo su apellido, viajando en la parte trasera de un coche
sin comprender cabalmente por qué, visitando de vez en cuando en la cárcel a su padre o encontrándose a
escondidas en una plaza con sus abuelos). La voz infantil habla no sólo desde la clandestinidad, sino funda-
mentalmente desde el miedo, la incertidumbre, el terror y, también, desde la inocencia y la perplejidad de
una niña que, sin saber cómo hacerlo, debe asumir responsabilidades adultas y comportarse casi como una
militante comprometida (mantener el secreto de lo que verdaderamente es el lugar, pasar desapercibida en
la escuela, conocer las reglas de seguridad, manejar el secreto, etcétera), cometiendo, sin embargo, algunos
errores que agudizaban el peligro que corría la organización y que le valieron serios regaños.
Si bien el material del libro es autobiográfico, no se trata de un testimonio, aunque las fronteras entre
ambos se confundan. La casa de los conejos es, más bien, una reconstrucción ficcional, en la que las estra-
tegias narrativas le dan una densidad particular a lo testimonial-autobiográfico. Para Laura Alcoba, recons-
truir la mirada de la niña sólo se puede hacer a través de la ficción, pues ésta es el único lugar posible para
recrear la atmósfera de angustia y miedo de la época. La brutalidad de los hechos se vuelve aun más intensa
desde la mirada infantil, penetrante y a la vez ingenua, construida desde lo íntimo y lo privado. La toma de
distancia a partir de la ficción impide que la narración adquiera un carácter ideológico, explicativo o moral.
El lector queda librado a su propia interpretación y valoración de lo acontecido. La estrategia narrativa
está construida a través de pequeños capítulos-fragmentos muy pequeños, que parecen ser instantáneas
de un álbum de fotos. Pero ninguna fotografía calca la realidad tal cual es, sino que está siempre mediada
en un encuadre, desde un ángulo y una luminosidad específica. El álbum de
La casa de los conejos
comienza
con la fotografía nítida de la voz en primera persona de la autora-narradora ya adulta, dirigiéndose a Diana
Terrugi –la militante de montoneros responsable de la imprenta y cuya hija desapareciera en el ataque a
la casa–, y finaliza con otra fotografía igualmente nítida
en la que la misma autora-narradora resume de
manera escueta el destino de los personajes. Entre ambas fotografías, el álbum se desgrana en una
alud de
escenas borrosas y casi inconexas (como la memoria misma: fragmentaria, selectiva, carente de un orden
cronológico lineal), estructuradas ficcionalmente al tiempo que la mirada fotográfica tampoco es fija; la
narradora mira en un permanente movimiento entre el “afuera” y el “adentro”, el “nosotros” y el “ellos”, lo
visible y lo invisible, el silencio y la palabra.
Lo que fuera “la casa de los conejos” está convertida actualmente en un museo de la memoria. La única
persona que puede contar la historia de esa casa, por lo menos durante los meses que vivió allí, es Laura
Alcoba. Todos, salvo ella, su madre y quien los delató, están muertos. Relatada desde su particular punto
Reseñas
159
de vista, y tomando en consideración que nadie más sobrevivió, la interrogante que atraviesa todo el texto
es: “¿Por qué algunos han muerto y yo no?” La respuesta cae como pesado granito dispuesto a disolver el
entender: “el azar”, palabra ideada en un juego de crucigramas y que resulta ser “la más adecuada ya que
se había formada sola, por azar”. Sin embargo, es un “azar” críptico, escrito inicialmente con faltas de
ortografía (“asar”), incluso su corrección (“Izabel”) se entreteje con los otros vocablos del crucigrama:
“Videla”, “dar”, “muerte”, “arte”. Una metáfora pertinente para el azar de la sobrevivencia, la denuncia del
horror y la oportuna escritura de este libro.
logo_pie_uaemex.mx