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249
Diversidad
y pluralismo
Comentarios al libro de Norbert
Bilbeny,
Por una causa común.
Ética para la diversidad
,
Barcelona, Editorial Gedisa,
2002, 187 pp.
J
UDIT
B
OKSER
L
a cuestión de la diversidad ha
asumido una creciente
visibilidad en nuestros días,
despertando un progresivo interés
y variados acercamientos a su
conceptualización. Su análisis y
reflexión, así como los debates
suscitados testimonian la
pluralidad de enfoques y
formulaciones. En tanto cuestión
a la vez teórica y práctica, las
diferentes perspectivas recogen
los múltiples impactos de los
procesos contemporáneos de
cambio social, económico,
cultural y político. El impacto
diferencial de los procesos de
globalización y su paisaje, a la vez
unido y fragmentado, han puesto
en evidencia profundas
transformaciones en el espacio
público, la pluralización y
emergencia de nuevos actores, la
construcción de identidades con
diferentes niveles de agregación,
así como las nuevas interacciones
entre lo público y lo privado.
La presencia de identidades
colectivas en permanente
construcción y su carácter
múltiple y fluido le confieren
centralidad a la diversidad en el
espacio público y perfilan nuevos
desafíos a los nexos entre
aquéllas y los procesos de
individualización y entre el
universalismo de la razón y
los particularismos de las
pertenencias colectivas. Surgen
nuevos interrogantes acerca de
cuáles son los alcances y límites
del reconocimiento cultural,
político e institucional de la
alteridad, toda vez que ésta
se encuentra inserta en
los profundos cambios en los
espacios públicos, en la sociedad
y la cultura, en los perfiles y las
figuras de la política, en los
espacios de mediación e
intermediación, de representación
y reconocimiento, de cultura y
ética. Pensar la diversidad en el
seno de las culturas
contemporáneas exige atender los
procesos de permanente
invención y transformación
cultural e institucional de las
identidades, de construcción más
que de mera reproducción o
trasmisión de contenidos
definidos de una vez y para
siempre. Así, al tiempo que
reconocemos los particularismos,
podemos distanciarnos de
esencialismos que más que
abrirnos a la diversidad derivada
de la creatividad cultural y social
reifican las diferencias. De allí la
actualidad y relevancia del trabajo
de Bilbeny de pensar, en los
umbrales del siglo
XXI
, una ética
para la diversidad como requisito
y sustrato de una causa común.
El punto de partida mismo de
su reflexión gira alrededor de los
250
procesos de globalización, de la
creciente interdependencia social
y política y del incremento de la
conciencia de los problemas
globales. Ciertamente, se trata de
un punto de partida que nos
exige enfatizar la complejidad
de los procesos de globalización,
sobre todo a la luz de su carácter
no homogéneo, ya que se dan de
una manera diferenciada en
tiempo y espacio, con
desigualdades territoriales y
sectoriales; de su carácter
contradictorio, en la medida en
que se trata de procesos que
pueden ser intencionales y
reflexivos, a la vez que
no intencionales, de alcance
internacional a la vez que
regional, nacional o local, y de
su carácter multifacético, ya que
convocan no sólo lo económico,
sino también lo político y lo
cultural, así como las
interdependencias e influencias
entre estos planos (Bokser y Salas
Porras, 1999). La creciente
densidad y velocidad
institucional de los procesos de
globalización se expresa, a su vez,
en la pluralización de actores en
las diferentes esferas y
dimensiones (Kehoane y Nye,
2000) coincidentes con la
emergencia de nuevas identidades
de diferente nivel de agregación,
ya que junto a la creciente
individualización, en un contexto
de racionalización, los procesos
de globalización han generado
nuevas identidades globales, aún
virtuales, y les han conferido una
renovada relevancia a las
identidades primordialistas.
El hecho de que el tiempo y el
espacio han dejado de tener igual
influencia en la forma en que se
estructuran las relaciones e
instituciones sociales ha implicado
la desterritorialización de los
arreglos económicos, sociales y
políticos, lo que significa que
éstos no dependen ni de la
distancia ni de las fronteras, ni
influyen de la misma manera en
la configuración final de las
instituciones y de las relaciones
sociales. Consecuentemente, la
interacción social se organiza y
estructura teniendo como
horizonte la unidad del planeta.
La localización de los países y las
fronteras entre los Estados se
tornan de esta manera más
difusas, porosas y permeables, y
las conexiones globales, que se
extienden por todo el mundo,
se intensifican en virtud de que
pueden trasladarse
instantáneamente de un lugar
a otro.
A su vez, la presencia y la
fuerza de actores e instituciones
trasnacionales, supranacionales o
globales transforma radicalmente
al Estado, sus facultades,
funciones, espacios y territorios
en los que concentra su actividad.
Parece claro a estas alturas que,
lejos de lo que sostenían algunas
previsiones apresuradas, los
Estados no sólo no desaparecen,
sino que siguen siendo actores
que influyen decisivamente en
muchos terrenos, a nivel nacional
e internacional. Se consideran
inclusive entre las fuerzas más
activas y comprometidas de la
globalización. Sin embargo, su
251
status
soberano se debilita en
varios terrenos: el Estado se
vuelve incapaz, por ejemplo, de
regular los flujos financieros y
comerciales, los derechos
humanos universalmente
sancionados y otras transacciones
económicas, sociales y culturales
trasfronterizas. De la misma
manera, la autoridad del Estado
pierde eficacia para reglamentar
y aplicar sanciones a las
Organizaciones No
Gubernamentales Internacionales
y se replantea su relación con
las comunidades e identidades
que desbordan las fronteras
nacionales, rearticulando los
nexos entre lo local, lo nacional
y lo global (Bokser y Salas
Porras, 1999).
La soberanía estatal, según la
cual los Estados ejercían un
control supremo, comprehensivo
y exclusivo sobre su territorio, es
un fenómeno o categoría histórica
que, como principio organizador
surge en el siglo
XVII
. La
capacidad reguladora del Estado
se erosiona frente a los
mecanismos emergentes de
regulación y gobernación en el
nivel global (Scholte,1998; Held,
1995). Paralelamente, hacia
adentro, los Estados enfrentan
nuevas formas de reagrupamiento
de la sociedad civil, de
participación política
—individuales y colectivas—
y de construcción y
reconstrucción de la ciudadanía.
Todo ello impone esfuerzos de
redefinición y precisión en torno
a los conceptos de ciudadanía, de
lo público y privado, de las
relaciones entre sociedad civil y
Estado.
Es en el marco de estas nuevas
tendencias que han tejido un
entramado de interdependencias,
que debemos ubicar el trabajo de
Norbert Bilbeny y su propósito
de explicitar la necesidad de
toma de conciencia de las
posibilidades y de las amenazas
que el mundo enfrenta hoy.
Dentro de un mundo
interdependiente, afirma, toda
amenaza se convierte en global,
por lo que resulta fundamental
ampliar el rango de las
posibilidades de la convivencia y
su necesario manejo global que
exige un mínimo de regulación.
Para ello, de acuerdo a Bilbeny,
se requieren dos tipos de
intervenciones de carácter
filosófico y práctico. La primera es
la de responsabilidad global y
es formulada en términos del
proyecto de una ética intercultural
—la construcción de un mínimo
común moral que permite poner
en práctica compromisos
compartidos. Ésta es sin duda una
tarea de la filosofía moral. La
segunda intervención es definida
como gobernación global y es
formulada en términos del
proyecto de una ciudadanía
trasnacional, esto es, una
ciudadanía democrática común,
como tarea de la filosofía política.
Atento a las transformaciones
contemporáneas, considera que
ambas intervenciones exigen
superar la perspectiva estatal
territorial. Los interrogantes
derivados de las nuevas
dimensiones y dinámicas de la
Reseñas
252
existencia global encuentran una
nueva orientación en la propuesta
de Bilbeny de adoptar como
paradigma filosófico un
pluralismo no fragmentario, de
carácter integrador, de tipo
universalista, que conlleva a
revisar los nexos con el
relativismo. Se acerca a este
pluralismo buscando redefinirlo
vis-a-vis
su matriz liberal
monocultural y plantea la
universalidad y la racionalidad
como condiciones interculturales.
El desafío está, ciertamente, en
la necesidad de apostar a un
pensamiento complejo que rebase
el maniqueísmo y cuestione los
binomios excluyentes. Porque,
con Richard Bellamy (1992),
podemos afirmar que el
liberalismo es hoy una
metaideología, que debe sin
embargo dar cuenta de la
diferencia. Y con Isaiah Berlin
debemos recordar que las culturas
nunca son unitarias, ni indivisibles
u orgánicas; por el contrario, son
una conjunción de ideas,
elementos, patrones, conductas
distintivas. Se trata así de un
pluralismo de “muchos fines,
valores últimos, algunos
incompatibles con otros, buscados
por diferentes sociedades en
tiempos diferentes o por
diferentes grupos (etnias, iglesias)
en una sociedad o por una
persona particular en ellos”
(Berlin, 1991:79). Sin embargo,
Berlin rechazó un relativismo que
conduce al hombre a ser cautivo
de la historia sin la capacidad de
ponderar, evaluar y juzgar, por lo
que al tiempo que no aceptó las
jerarquías culturales impuestas por
la fuerza, estaba preocupado
por la posibilidad de un
igualitarismo cultural que podía
derivar en una barbarie
consentida: mientras que sólo la
inmersión en culturas específicas
puede darle a los hombres acceso
a lo universal, sólo estándares
universales pueden proveer los
medios para evaluar aspectos
específicos de las culturas desde
fuera del marco de su propia
exclusividad.
Indudablemente, la necesidad
de revisar los límites del
liberalismo frente a la cuestión
de la diversidad, ha estado en
el centro de la discusión teórica
contemporánea. Ha cruzado el
debate entre liberales y
comunitaristas y ha conducido a
nuevas formulaciones, toda vez
que las posturas y enfoques que
participan en el debate no son
estáticos y han sufrido
transformaciones asociadas a los
tiempos y lugares en los que
se desarrollan. De este modo,
hablar de liberalismo y
comunitarismo en abstracto, como
dos corrientes de pensamiento
teórico homogéneas, antagónicas
y endogámicas, nos llevaría a
posiciones simplificadoras y
reduccionistas. Así, mientras que
en Europa el debate se ha
ordenado alrededor de dos ejes:
ya sea liberalismo realista
vis-a-vis
el liberalismo ético (Bellamy,
1992), o bien liberalismo
individualista
vis-a- vis
liberalismo
social (Merquior, 1997), en
Estados Unidos estas corrientes se
han ordenado en torno al
253
Reseñas
liberalismo y al comunitarismo,
que en parte se corresponden con
las corrientes anteriores y en parte
se distancian. Dentro de cada una
de éstas, las posturas se han
enriquecido y adquieren diversos
matices.
Bilbeny retoma a Kymlicka en
su cuestionamiento de cómo
rebasar los límites del liberalismo
y cómo construir una moralidad
mínima común. Ciertamente
recupera sus pistas, entre otras, en
el señalamiento del conjunto de
valores sociales universales, tales
como la tolerancia, la justicia
distributiva, el respeto a la ley.
..
Explora así el culturalismo liberal,
el federalismo multinacional,
la cultura societal, el
reconocimiento y la
representación, en fin, los valores
liberales democráticos tanto
individuales como comunitarios
que pueden conducir a una
identidad compartida. La cuestión
de la diversidad cobra un sentido
ulterior al interrogarse dónde
encontrar los fundamentos
normativos de una convivencia
nueva: ¿en la historia, en la
convivencia pública, en
la experiencia política-valores
nacionales? La respuesta de
Bilbeny se orienta de lleno al
valor inherente de la diferencia,
que descansa y nutre la identidad
compartida.
Su reflexión se deriva entonces
a pensar la democracia pluralista
en lo que a medios y requisitos
concierne. Los medios aluden a la
necesidad de explicitar el
compromiso democrático de
protección de la diversidad:
sociedad pluricultural,
plurinacional, pluriétnica,
pluriconfesional, plurilingüística.
..
La libertad y la igualdad tienen
sentido en y para la diversidad.
Las diferencias son tratadas,
negociadas, pero no solucionadas
en el sentido de ser disueltas o
“superadas”. El pluralismo
democrático se construye así
como protección de la diversidad
a través de políticas públicas de
distribución de bienes, de
derechos y deberes entre grupos.
Los requisitos comprenden el
reconocimiento en el plano legal
y político que supone derechos
compartidos (previos a la
protección). Es requisito también
el cívico moral: de una cultura
compartida, como dimensión
previa al requisito legal que
supone y conduce a explorar y
desarrollar la interculturalidad.
Comporta la inclusión de las
diferencias en la ciudadanía
compartida y exige desarrollar
principios contractuales
compartidos. Es, de hecho, el
plano del demos, del
reconocimiento mutuo de
derechos entre grupos. El ámbito
moral alude a la inclusión de las
diferencias en una identidad
compartida, al desarrollo de
principios contractuales en
le plano del etnos. Se requieren,
así, principios precontractuales
que son los principios de una
ética intercultural, más cercana a
una ética procedimental, de
carácter formal, no sustantivo.
El planteamiento de Bilbeny
parte de la aceptación en lugar de
la tolerancia, por considerar que
254
está demasiado asociada al
liberalismo y se continúan en
el desarrollo de virtudes
deliberativas: un diálogo
argumentativo, conversacional
para la construcción dialógica
y para tomar acuerdos y deliberar
sobre los desacuerdos. De este
modo, y siguiendo a Waltzer
(1995), la civilidad que hace
posible la política democrática
puede solamente ser aprendida
en las redes asociativas, que
pueden hoy por hoy tener un
alcance global a partir de las
interacciones trasfronterizas que
se desarrollan. Por ello, revisar los
acercamientos a la ampliación de
la participación vista como medio
de aprendizaje por las
formulaciones de la democracia
participativa es una cuestión
esencial a la diferencia. Así, la
arena pública puede ser vista
como espacio de entrenamiento
democrático, lo que implica,
simultáneamente, pensar el lugar
de los movimientos sociales,
muchos de ellos articulados
alrededor de factores e
identidades primordialistas.
Cabe recordar que los
enfoques deliberativos que parten
de la sociedad civil consideran
que los nuevos movimientos
sociales se caracterizan por un
tipo de acción democrática,
basada en la interacción
comunicativa. A través de la
acción e interacción de estos
grupos emergería una pluralidad
de formas democráticas que se
asemejarían al funcionamiento
de la sociedad civil en su
formulación ética. Así, de acuerdo
a Cohen (1985), una pluralidad
estructural en la esfera pública
de la sociedad civil asegura la
posibilidad de definir la vida
social en términos de
participación pública y es
precisamente esta participación
la que asegura los derechos de
comunicación, de discurso, y
la que revitalizaría y renovaría la
esfera pública. Sin embargo, entre
las incógnitas que se derivan de
este tipo de planteamiento
pueden formularse aquellas que
destacan los riesgos asociados a
una visión homogeneizante de
la sociedad civil, toda vez que la
comunidad moral a la que se
aspira estaría basada en el
entendimiento que debería
conllevar necesariamente
al consenso. Por ello, es necesario
interrogarnos acerca de las
posibilidades que existen de
construir la idea misma de
sociedad civil desde la
concepción de heterogeneidad
plural. Esto nos relaciona con la
necesidad de pensar mecanismos
para regular el conflicto y la
diferencia, y nos permitan lidiar
con el disenso. Por ello, el desafío
es el fortalecer los vínculos entre
diversidad, civilidad e
institucionalidad, y por ello la
importancia de la democracia.
En este contexto, para Bilbeny
resulta fundamental la
construcción de una ética
intercultural operando una
segunda revolución copernicana
en la tradición kantiana: el sujeto
como centro de una moralidad
que no se limite a la razón
monológica ni monocultural, sino
255
que construya una razón dialógica
e intercultural. Un pluralismo
axiológico. Sin embargo, y desde
la contemporaneidad y vigencia
de los universos identitarios
primordialistas en el seno de los
procesos de globalización, y
como resultado de ellos, también
se exige preguntarnos por los
límites y dificultades derivados de
universos normativos diferentes
y aun antagónicos. Así, por
ejemplo, pensando en el lugar
de la religión en la cultura, esta
última no es sólo un repertorio de
prácticas e interpretaciones, sino
también un espacio que contiene
otros principios normativos, otras
fuentes de autoridad (la
revelación) que disputan su
lugar al sujeto racional.
Por ello, frente a la sociedad
civil, el ámbito informal, no
estatal y no económico de la
vida pública y personal que
Tocqueville definió como vital
para el mantenimiento de un
Estado democrático, resulta
fundamental asumir la necesidad
de coexistencia de diversos
pluralismos: el cultural y el moral,
el político y el institucional.
También resulta pertinente llamar
la atención al modo como la
convergencia de diversos
pluralismos contribuyen a
identificar una zona similar a
la privacía pública que pensó
Locke, al proveer vehículos
institucionales para que las
particularidades grupales puedan
entrar a la arena pública como
vecinos políticos basados en el
aminoramiento de “la intensidad
cultural” requerida para el juego
democrático, en el que no puede
haber ganadores permanentes o
últimos (Katznelson, 1996).
Pensar los desafíos de la
diversidad conduce a la necesidad
de construir mecanismos que
regulen las diferencias y los
conflictos y hagan posible
manejar el disenso; arreglos y
ordenamientos institucionales que
necesariamente varían de lugar en
lugar, pero que juegan un papel
central precisamente en el
fortalecimiento del pluralismo,
de la esfera pública. En el
marco de los procesos de
globalización, debemos tener
presente las diferencias entre
contextos en los que las
identidades colectivas no han
militado contra la idea de
sociedad civil sino que, por el
contrario, las asociaciones
voluntarias se han organizado
legitimando sus intereses
diferenciales y sus logros
conjuntos a nivel institucional
y aquellos en los que no
fue aceptado el principio
de autonomía individual y de
igualdad como sustrato de la vida
política y, consecuentemente, de
las asociaciones. En el primer
caso, la interacción mutua entre
valores-grupos y con el Estado
estaría definida por una
racionalidad instrumental y
ninguno se presenta como, ni
representa, una visión moral
alternativa a la sociedad en su
conjunto. De allí que el
interrogante en torno a la
posibilidad de la democracia nos
remita también hacia la necesidad
de distinguir los valores
Reseñas
256
particulares vehiculados por
colectividades como grupos de
interés o bien como universos
metafísicos-morales alternativos y
en conflicto.
La visibilidad de las diferencias,
de las identidades, la ampliación
social de la ciudadanía, se abre a
las oportunidades de reconocer la
alteridad y a los riesgos de
fragmentación o feudalización de
la vida pública a la luz de los
cambios en la lógica de la acción
colectiva e individual en el marco
de sociedades que han asumido
nuevas formas de
automovilización. Por ello es
necesaria la reflexión y la
construcción de los nexos entre
diversidad y globalización en
clave de inclusión democrática.
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