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257
Por una causa
común, ética
para la
diversidad
Norbert Bilbeny,
Por una causa
común, ética para la diversidad
,
Barcelona, Ed. Gedisa, 2002,
187 pp.
L
EÓN
O
LIVÉ
I
N
uestro siglo camina todavía
en pañales, y sin embargo
está ya ensangrentado por la
violencia y la guerra. La agresión
a gente inocente en Nueva York,
Washington y Pennsylvania el 11
de septiembre de 2001 fue
injustificada e injusta, sea cual sea
la ofensa que hayan recibido
quienes perpetraron esos
crímenes. Pero la reacción del
gobierno de Estados Unidos, con
atrocidades igualmente
condenables, lo coloca en el
mismo nivel de irracionalidad e
injusticia de aquellas acciones,
todo lo cual sólo podía
conducir, como tristemente lo
constatamos ahora, a la escalada
de la violencia. Por eso ya
Sócrates advertía a Critón, que
“no se debe responder con la
injusticia ni hacer el mal a ningún
hombre, cualquiera que sea el
daño que se reciba de él”
(
Critón
, 49d).
El curso de los acontecimientos
que el mundo ha venido viviendo
en los últimos meses parecería
indicar que la ética y la política
son inútiles y que por eso han
caído en el olvido. Pero en
realidad, como insiste Norbert
Bilbeny en su libro —junto con
muchos teóricos, filósofos y
activistas sociales—, lejos de ello,
más bien necesitamos con
urgencia un renovado
pensamiento ético y político.
Pero necesitamos nuevas
teorías y nuevas actitudes éticas y
políticas no sólo por la
agresividad más obvia. Hay otros
problemas que lo demandan.
Pensemos en algunas de las
consecuencias que el desarrollo
tecnocientífico ha tenido en las
sociedades y en el ambiente, y
que plantean problemas que
nunca antes habíamos siquiera
imaginado. Por ejemplo, que
estamos consumiendo la energía
del planeta a una velocidad
suicida —suicida para la
humanidad entera—, lo cual sólo
podría remediarse mediante una
drástica reducción de consumo
energético. Pero dada la enorme
desigualdad entre los pueblos en
la energía que gastan, suponiendo
—aunque nos parezca imposible
por ahora—, que hubiera un
acuerdo para reducir el consumo
mundial, ¿cuál sería un acuerdo
justo? ¿Aplicar la misma cuota de
reducción para todos los pueblos?
¿O bien que las economías que
más consumen hoy tuvieran una
reducción más drástica? La
primera vía parecería condenar a
los países pobres a no
258
desarrollarse, pues si no sólo no
aumentan su gasto de energía,
sino que lo reducen, no tienen
ninguna posibilidad de
crecimiento económico. La
segunda opción parecería más
justa, pero sólo en una forma
radical que permitiera una
reducción global del consumo,
con un aumento real del gasto
energético por parte de los países
pobres. Esto implicaría una
disminución muy severa del uso
de energía por los países ricos.
¿Sería posible un acuerdo
razonable en el que los países
ricos redujeran sus niveles de
consumo energético
drásticamente, y en cambio los
pobres lo aumentaran? Para
muchos, tal acuerdo se antoja
imposible.
El panorama ciertamente es
lúgubre. Una pregunta pertinente
parece ser entonces: ¿nos queda
algo por hacer? ¿Debemos esperar
el triunfo del más poderoso y ver
cómo se conforma un nuevo
status
quo
, y en el mejor de los
casos un nuevo
modus vivendi
entre los pueblos del planeta? ¿O
podemos todavía aspirar a que se
realicen formas de convivencia
humana —particularmente
interculturales— que podamos
considerar racionales y justas?
¿Tiene sentido todavía apelar a las
ideas de Sócrates, a la ética, y
pensar en el
deber ser
?
II
Por mi parte comparto con
Norbert Bilbeny la firme creencia
de que todavía tiene sentido
mantener tales aspiraciones,
puesto que la historia humana
finalmente es el resultado, en gran
medida, de decisiones de seres
humanos. Ante la escalada de la
violencia y la preponderancia
simplemente del más fuerte,
necesitamos como nunca el
ejercicio de la ética crítica,
primero, para poder
juzgar como inmorales e injustas
agresiones como las del 11 de
septiembre y las que sufre el
pueblo iraquí —y tantas y tantas
más—; y segundo, porque
muchos grupos sociales
constantemente tratan de
justificar sus acciones, y muchas
agresiones, con base en
principios, normas y valores que
de hecho existen, pero de cuya
validez podemos dudar con
buenas razones. Por eso
necesitamos distanciarnos
de las formas de moralidad
existentes y preguntarnos por la
validez de las reglas y los
comportamientos. Ésta es la
principal tarea de la ética
crítica, como bien lo recuerda
y lo desarrolla Bilbeny en su
libro.
Pero, ¿desde dónde nos
preguntamos por la validez de las
normas, y cómo podemos juzgar
tal validez? Desde un punto de
vista ético debemos aceptar sólo
normas valiosas que nos
parezcan preferibles a otras
porque son
normas correctas
.
Pero entonces debemos examinar
las razones que apoyan la idea de
que tales o cuales normas son
correctas.
259
III
Aquí topamos con el verdadero
problema: ¿sobre qué base, con
cuáles criterios juzgaremos que un
sistema normativo, sea jurídico o
sea moral, es valioso y preferible
a otro porque sus normas son las
correctas? ¿De dónde proviene esa
base, de dónde podemos extraer
los criterios pertinentes? La
respuesta es obvia, creo yo: de
nuestro trasfondo cultural (y la
filosofía debería servir para
articular esos criterios).
Pero con esto enfrentamos un
dilema: o bien hay criterios
absolutos para decidir cuál
sistema de normas es preferible,
es decir criterios que están por
encima de cualquier cultura, o
bien no hay criterios absolutos y
todos los criterios dependen
siempre de algún contexto
cultural específico.
El primer cuerno del dilema
afirma que los criterios absolutos
permiten fundamentar
correctamente los principios
morales (y podríamos decir que
por consiguiente los jurídicos), así
como las decisiones acerca de
qué creencias aceptar, y eso
ofrece una base firme e
incontrovertible desde un punto
de vista racional, para aceptar o
condenar derechos, normas,
valores y costumbres de otras
culturas.
Esta idea apoyaría a las
posiciones que sostienen que en
México, por ejemplo, los pueblos
indígenas deben abandonar sus
sistemas de evaluación moral y
jurídica tradicional por la
moderna y liberal, pues —seguiría
el argumento— las culturas que
no han reconocido los principios
morales correctos basados en los
criterios absolutos, han estado
equivocadas en cuestiones
morales; por consiguiente,
las culturas que sí han aplicado
esos criterios están en lo correcto
al condenar acciones que no
se conformen a los principios
correctos y, más aún, están
justificadas para intervenir y
modificar los principios morales
de aquéllas. Esto justificaría, por
ejemplo, la prohibición de
determinadas costumbres. Parece
que este cuerno del dilema
conduce a una posición
intolerante frente a la diversidad,
y que peligrosamente justifica
acciones imperialistas como las
que hoy en día una vez más está
poniendo en práctica el gobierno
de Estados Unidos.
Pero el otro cuerno del dilema
no está exento de problemas.
Si no hay criterios ni
procedimientos absolutos para
fundamentar las evaluaciones
morales y las creencias, así como
las normas jurídicas, cualquier
principio moral puede
fundamentarse con tal de que se
ponga en relación con un
contexto adecuado, y a su
vez cualquier práctica o cualquier
creencia podría justificarse desde
el punto de vista de los principios
apropiados. Pero entonces
quedamos inermes ante casos que
a nosotros nos parezcan
claramente atroces e indignantes,
como los de tortura, con tal
de que se trate de costumbres de
Reseñas
260
otras
culturas, desde cuya
perspectiva sí exista una
justificación para tales costumbres
de acuerdo con sus intereses,
valores, fines y creencias. Si es
defendible la idea de que los
nazis constituían una cultura
peculiar (tesis muy difícil de
aceptar, pero supongámosla por
mor del argumento), entonces lo
más que nos quedaría sería la
posibilidad de condenar sus
creencias y sus acciones desde
nuestro punto de vista, pero si
desde el punto de vista de ellos
estaban justificadas, nuestra
condena no podría tener efectos
prácticos, como el de castigarlos.
Y lo mismo podríamos decir del
gobierno de Estados Unidos hoy:
si su belicismo y su ataque a un
pueblo inocente está justificado
en términos de sus intereses y sus
sistemas de valores y de normas,
nuestra condena no puede
trascender los límites de nuestra
cultura. Aquí hay algo raro,
entonces. O por lo menos
parece que el dilema “absolutismo
o relativismo” plantea un
problema serio.
IV
Una solución que muchos
filósofos han propuesto ante este
problema en las últimas décadas
es la concepción llamada
“pluralista”, y es justamente la que
Norbert Bilbeny defiende en su
libro: “Frente a la diversidad
cultural, el pluralismo es
preferible a cualquier otro
paradigma de pensamiento y
acción” (43). El pluralismo que
más nos interesa es el pluralismo
cultural, según el cual —de
acuerdo con Bilbeny— “cada
grupo etnocultural tiene el
derecho democrático a preservar
y practicar su propia herencia y
sus intereses como tal grupo, sin
estar forzado a asimilarse a la
cultura del grupo dominante de
la sociedad” (p. 43).
Bilbeny señala correctamente
que el pluralismo cultural plantea
muchos problemas. Entre otros:
¿Son las culturas
comparables entre sí? ¿Bajo
qué supuestos? ¿Hay valores
primordiales que todos
deben respetar? ¿De qué tipo
serían? ¿Hay motivos para
hacerlos pasar delante de
otros? ¿Qué base habría para
negar esto último? Ante
éstos y otros interrogantes
—dice Bilbeny— es fácil
quedarse en la antesala del
modelo pluralista de
convivencia cultural y no
hacer un esfuerzo por
aplicarlo con cierta
coherencia (pp. 43-44).
V
En este contexto emerge una de
las tesis centrales del libro: en las
sociedades culturalmente plurales,
dicha pluralidad no debe ser vista
como un problema “que tiene
que resolverse”, donde la
resolución muchas veces se ha
entendido como la asimilación, la
integración o la simple
261
Reseñas
dominación. No, lo que se
requiere es
gestionar
esa
pluralidad, y eso significa
“establecer las políticas públicas
y privadas que la garanticen [a esa
pluralidad], sin discriminación de
ninguna cultura en particular”, y
sin dañar el marco social que ha
de acogerlas (p. 49).
Pero además, cuando se trata
de una sociedad democrática, o
que aspira a serlo, la gestión de la
pluralidad debe hacerse
democráticamente.
Ha de basarse en el acuerdo
—dice Bilbeny— y éste
debe ser respetuoso con los
principios políticos
democráticos, que son,
fundamentalmente, la paz, la
libertad y la igualdad (p. 49).
Este acuerdo es necesario, pero
no suficiente. Se requiere además
[...] que la ciudadanía, y no
sólo las instituciones, asuma
las políticas a favor de la
diversidad cultural y que vea
en ellas uno de los factores
clave que justifican y
aseguran su existencia como
ciudadanía (p. 50).
Bilbeny apunta que cuando los
Estados y el orden internacional
no han asumido una estructura y
una constitución auténticamente
pluralista, entonces requieren una
transformación radical. Pero
además de la transformación de
los Estados es necesaria una
revolución ideológica en los
ciudadanos, con el fin de asumir
la visión pluralista y los valores
que lleva consigo. Todo esto
requiere de modelos de Estado y
de sociedad, para cuya
fundamentación son importantes
los trabajos como el libro de
Bilbeny. Esto lo podemos apreciar
en los acuerdos que Bilbeny
considera necesarios para una
democracia pluralista, y que
llevan al concepto central del
libro: el de una “identidad
compartida que sea intercultural”.
Con respecto a la “identidad
compartida”, Bilbeny hace un
juego en el libro, que lo desliza
hacia el concepto de “ciudadanía
compartida”, puesto que la
posibilidad de una sociedad
democrática intercultural exige la
satisfacción de un requisito cívico:
el reconocimiento de todos sus
miembros como ciudadanos con
igualdad de derechos y de
deberes. Con esto apreciamos
otro de los puntos centrales del
libro. Frente al multiculturalismo
que Bilbeny llama diferencialista
—porque hace hincapié en las
diferencias, y por ende en el
“derecho a la diferencia”—,
Bilbeny quiere subrayar la
indispensabilidad de una causa
común, como condición de
posibilidad de un Estado plural y
de una sociedad intercultural.
Dado que en una sociedad
culturalmente plural
necesariamente “hay conflictos,
malentendidos y situaciones de
desinterés mutuo” (p. 58), es
necesario establecer ciertos
principios contractuales, un pacto,
mediante el cual se reconocen los
derechos y deberes de todos los
262
ciudadanos con respecto a la
sociedad en general y con
respecto a otros grupos.
Para el cumplimiento de dicho
pacto son necesarios dos
requisitos: uno cívico —el de la
ciudadanía compartida—, y otro
moral —el de la identidad
compartida.
La ciudadanía democrática
precisa del complemento y
apoyo de una identidad
democrática. [.
..] Ambas
cosas, lo cívico y lo moral,
están con más razón
justificadas en una sociedad
democrática que se quiera,
además, interesada en
proteger la diversidad
cultural (p. 59).
Aquí Bilbeny nos propone otro
paso crucial en su argumentación:
“Las diferencias culturales han de
ser incluidas en una identidad
compartida” (p. 59). Pero esta
identidad está por construirse, no
preexiste a las diferencias, ni se
toma de ninguna de las
diferencias existentes. Se trata de
una identidad moral que escapa a
lo político y a lo étnico. Es la
identidad moral que constituirá el
nuevo orden intercultural. “Por
moral me refiero —dice Bilbeny—
a lo que es posible por el libre o
voluntario respeto de unas pautas
de comportamiento” (p. 59).
Que quede claro, pues, el
esfuerzo de Bilbeny por defender
un modelo de sociedad y de
Estado intercultural, cuya
posibilidad y cohesión depende
fundamentalmente de la
construcción de un factor común
de cohesión, en torno al cual se
constituyan nuevas identidades
cívicas y morales que acojan y
protejan a la diversidad cultural.
VI
Éstas son algunas de las tesis
centrales del libro, resumidas muy
burdamente, y que merecerían
una reseña y una discusión
mucho más detallada. Con ellas
no puedo sino manifestar mi más
pleno acuerdo. Vale la pena
subrayar particularmente la idea
de la construcción de un Estado
plural democrático —modelo que
considero en términos generales
adecuado también para México,
siempre y cuando explicitemos
más a fondo cómo entendemos a
la democracia—, pero sobre todo
merece destacarse la tesis más
general de la necesidad de
establecer un sistema normativo e
institucional de relaciones
interculturales, con el cual las
diferentes partes se identifiquen
plenamente, es decir, que las
consideren legítimas.
Pero con esto tocamos un par
de puntos que pueden discutirse
más a fondo y que, para terminar,
me limitaré a enunciar. El primero
es que Bilbeny se concentra en
un modelo de sociedad
democrática. El problema es
entonces ¿qué ocurre con los
acuerdos en las sociedades no
democráticas, o en el
concierto mundial, donde
coexisten sociedades democráticas
y sociedades que no lo son?
263
El segundo punto es todavía
más general. ¿Qué nos permite
suponer la posibilidad de acuerdo
entre los miembros de diferentes
culturas acerca de una mínima
normatividad común? Bilbeny nos
da una pista, por ejemplo, cuando
afirma: una ética intercultural
[...] no puede promover ni
dar por supuestos los
valores y las costumbres de
un grupo o de una cultura
sobre los de otros grupos y
culturas. Pero puede y debe
extraer de la diversidad
cultural en su conjunto
aquellas pautas morales que
sirvan, sin discriminar al
resto, para sostener la
identidad compartida desde
sus bases más sólidas, las
de la conducta personal
(pp. 60-61).
Y por cierto reconoce aquí su
deuda con el Rawls de
Liberalismo
político.
Pero anticipándose a
objeciones como las que se le han
planteado al propio Rawls,
Bilbeny se apresura a declarar:
Y si no es posible entresacar
este nexo ético común, una
ética intercultural como la
propuesta ha de tratar de
describirlo y justificarlo
sobre el fondo de otras
realidades coincidentes o
comunes entre los
miembros de la especie
humana, como sus
facultades perceptivo-
cognitivas y su capacidad
para la reflexión (p. 61).
Así, Bilbeny sugiere una vía
naturalizada para
descubrir
ese
nexo ético común. Pero aunque
promete desarrollar el punto más
adelante, por lo menos en este
libro no parece estar muy
convincentemente elaborado.
En efecto, en el capítulo ocho
Bilbeny trata el tema de “los
valores en clave biológica” y
apunta algunas ideas sobre ética y
evolución. Pero por mi parte me
quedé con la siguiente duda:
puede ser que a nivel biológico
evolutivo encontremos límites
para conductas completamente
autodestructivas de la especie,
pero eso no limitaría muchas
conductas de agresión e incluso
de destrucción de otros grupos
con los cuales uno no se
identifique.
Las capacidades perceptivo-
cognitivas y de reflexión, como
capacidades, sin duda son
comunes a todos los seres
humanos. Pero somos una
especie que se ha desarrollado
mediante formas socioculturales
donde esas capacidades toman
forma y se ejercen de muy
diferentes manera. Parte de eso
es lo que significa la diversidad
cultural. Tener por legítima una
norma es aceptarla por razones
propias a mi cultura o a mi
concepción del mundo y a mis
prácticas. ¿De dónde pues, insisto,
surgiría la legitimidad de las
normas de convivencia
intercultural, una legitimidad para
todos los diversos grupos, si
precisamente cada uno puede
tener visiones del mundo y
prácticas muy diferentes?
Reseñas
264
El recurso a la comunidad de
capacidades, tanto como el
recurso a la conveniencia para
cada grupo, no parecen tener la
fuerza suficiente, pues basta con
que un grupo poderoso, como
ocurre en estos momentos, decida
que más le vale dominar y
sojuzgar por la fuerza que
mediante el establecimiento de un
sistema normativo legítimo, para
echar por tierra la hipótesis de
que la legitimidad de las normas
puede encontrarse en una base
natural común, como serían
ciertas capacidades perceptivo-
cognitivas.
Pero dicho esto, es verdad que
la comunidad de capacidades
constituye una base que explica la
posibilidad de comunicación y de
interacción pacífica entre los
miembros de diferentes culturas,
cuando tienen la voluntad de
hacerlo, y esa es la condición de
posibilidad de la moralidad. Pero
mi pregunta no es sobre esa
condición de posibilidad de la
moralidad, o de la eticidad, sino
sobre la legitimidad de las
normas, y ahí es donde me queda
la duda: ¿cómo es posible que en
un mundo culturalmente diverso
se lleguen a aceptar normas de
convivencia que sean legítimas
desde todos los puntos de vista,
sin recurrir una vez más a criterios
absolutos?
VII
Estas dudas, sin embargo, para
nada ensombrecen el panorama
sobre el que el libro de Bilbeny
arroja mucha luz. Por el contrario,
espero que las anteriores
reflexiones basten para mostrar la
importancia, la pertinencia actual
y la riqueza de
Por una causa
común, etica para la diversidad
,
libro que por lo demás se lee con
gran fluidez por la claridad de la
exposición y lo ameno de la
prosa. El interés de este libro
no puede dejar de saltarnos a la
vista, a menos que, para usar una
frase del propio autor en la
conclusión de su texto, estemos
muy escasos de cultura.
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