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1
El populismo como espectro de la
democracia: una respuesta a Canovan
*
Benjamín Arditi
Resumen
La literatura sobre populismo solía describir al fenómeno como una alternativa a la vía normal del tránsito desde
una sociedad tradicional a una moderna, como una forma de acceso a la participación política por parte de los
excluidos o como una anomalía vis-à-vis la lucha de clases y las instituciones liberales. Más recientemente, el
debate se ha desplazado hacia una suerte de
terra incognita
debido al interés creciente en la conexión entre el
populismo y la política democrática. Una de las contribuciones más interesantes a este debate es un escrito de
Margaret Canovan, aunque sólo sea porque hace menos confuso este territorio desconocido. Su argumento parte
de la tesis de Michael Oakeshott de que la modernidad política se caracteriza por la interacción entre dos estilos
políticos distintos, el de la fe y el del escepticismo. Canovan prefiere llamarles las caras redentora y pragmática
de la democracia, y sugiere que el populismo surge en la brecha entre ellas. Esto establece una relación de
interioridad entre populismo y democracia. El populismo acompañará a la democracia como una sombra. A
veces, sin embargo, el estatuto teórico de la brecha es un tanto incierto, dado que ésta es más apropiada para
pensar la política o, más precisamente, la política radical. Uno también podría especificar más el valor
conceptual de la sombra para mostrar la indecidibilidad entre el aspecto democrático del fenómeno y sus
posibles tonos inquietantes. El trabajo examina esto detenidamente para ver qué otras posibilidades pueden
surgir a partir de una interrogación de lo que plantea Canovan.
Abstract
The literature on populism used to depict the phenomenon as an alternative to the standard path from traditional
to modern society, as a way to enfranchise the underclass, or as an anomaly vis-à-vis standard class politics and
liberal institutions. More recently, the debate has shifted into something of a
terra incognita
due to the growing
interest in the connection between populism and democratic politics. One of the more intriguing contributions to
this debate is an article by Margaret Canovan, if only because it makes this unknown territory less confusing.
Her argument draws from Michael Oakeshott’s claim that political modernity is characterised by the interplay of
two distinct styles, the politics of faith and of scepticism. She renames them the redemptive and pragmatic faces
of democracy, and suggests that populism arises in the gap between them. This establishes a relation of
interiority between populism and democracy. The former will follow democracy like a shadow. At times,
however, the theoretical status of the gap is somewhat uncertain, as it seems more appropriate for thinking
politics— particularly radical politics— in general. One could also specify the political valence of the shadow
further to show the undecidability between the democratic aspect of the phenomenon and its possible ominous
tones. The paper looks into this in some detail to engage in a friendly interrogation of her claims.
Palabras clave
Populismo, política, democracia, liberalismo, representación, síntoma, reverso.
1
Este trabajo fue publicado inicialmente en la revista inglesa
Political Studies
, Vol. 52, No. 1, 2004, pp. 135-
143. Varios colegas revisaron versiones preliminares. Estoy especialmente agradecido por los comentarios y las
observaciones hechas por Margaret Canovan, Juan Martín y Francisco Panizza.
*
Programa de Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales,
Edificio F, planta baja, Circuito Mario de la Cueva s/n, col. Copilco Universidad,, México D.F., c.p. 04510
Populismo y democracia
Peter Worsley nos brinda una de las primeras propuestas inteligentes de cómo vincular
populismo y democracia. Worsley parte de la doble caracterización del populismo que sugiere
Edward Shils, la supremacía de la voluntad popular y la relación directa entre el pueblo y el
gobierno (1970: 299). Extrae dos consecuencias de esto. Una es que dichas nociones se
aplican a una gran variedad de situaciones, por lo que sugiere que deberíamos considerar al
populismo como un énfasis, como “una dimensión de la cultura política en general, y no
meramente como una especie particular de sistema ideológico o tipo de organización
generales” (300). Con esto Worsley quiere decir que el populismo no puede reclamar una
pureza conceptual para sí mismo, o que el ‘como a tal’ del populismo siempre esta
contaminado y no puede determinarse fuera de un contexto. La otra consecuencia es que se
puede representar gráficamente el grado de cercanía entre el pueblo y los líderes a lo largo de
“un continuo que se extiende desde la no-participación total de la masa del pueblo, en un
extremo, al ideal anarquista de comuna autogobernada, en el otro” (300). Si bien usa esta
escala para distinguir a la derecha de la izquierda, ella parece más apropiada para diferenciar a
la política elitista de la participativa. Pero Worsley también identifica los límites de un
argumento que se apoya solamente en la relación directa entre líderes y masas, pues en
sociedades complejas ésta sólo puede ser una relación simbólica o mistificadora. Por eso
introduce una modificación importante a dicho argumento. El populismo no sólo se refiere a
este nexo sino también a la
participación
popular en general, sea ésta genuina o mera seudo
participación espuria, esto es, sin importar cuán ineficaz resulte ser esa participación (301).
La referencia a la participación es crucial para el argumento de Worsley. Este
cuestiona la tesis de Lipset de que la buena sociedad es aquella en la que los ciudadanos
pueden escoger entre distintos candidatos, pues señala acertadamente que ello reduce la
democracia a cuestiones de procedimiento tales como la institucionalización de la oposición y
el cambio periódico del gobierno. En otras palabras, cuestiona el encierre de la democracia en
su formato liberal. Al enfocar su análisis en la participación, Worsley amplía el campo de lo
que normalmente entendemos por democracia: si ésta es una manera de poner en la práctica la
supremacía de la voluntad popular, entonces se puede afirmar que desde el punto de vista
histórico, la democracia “siempre involucró mucho más que los ingresos e egresos
parlamentarios” (302). Su conclusión es que la dimensión populista no es democrática ni
antidemocrática en sí misma —los movimientos fascistas, así como los igualitaristas y los
reformistas también pueden alegar que representan al pueblo y apelar a formas de
participación directa— pero por lo menos es profundamente compatible con la democracia
(302-303).
Esta compatibilidad es lo que me interesa. La literatura reciente sigue esta línea de
pensamiento al examinar la dimensión teórica de la democracia política. En el caso de la
Unión Europea, Hayward (1996) ve el populismo como una respuesta a las limitaciones de la
democracia elitista. Los críticos de ésta dicen que las élites ya no velan por el interés público
y que han sido desacreditadas por la corrupción en los más altos niveles (1996: 10). El declive
sostenido de los partidos de masa y de la capacidad de organizaciones elitistas para movilizar
al público abre un espacio para la política renovadora impulsada por los movimientos sociales
y los llamados ‘challenger parties’ (21-22). El fracaso de la función mediadora de las élites
impersonales, dice, funciona como aliciente para que aparezcan grupos —populistas y de otro
tipo— que buscan contrarrestar el déficit democrático en la Unión Europea. Más aún dado
que sus métodos de acción política incluyen la acción directa, lo cual ensancha la gama de
opciones para la participación de los ciudadanos más allá de la de meros votantes ocasionales
que seleccionan alguna opción partidista en procesos electorales (23). Hayward concluye que
a pesar de las reservas que algunos puedan tener acerca del populismo, en la Unión Europea la
democracia representativa está condenada a cohabitar con las fuerzas contrapuestas del
elitismo y el populismo (27).
Canovan propone algo parecido, aunque en lugar de elitismo y populismo habla de las
caras pragmática y redentora de la democracia. Como otros autores que han escrito sobre el
tema, concibe el populismo “como una invocación al ‘pueblo’ antes que a las estructuras de
poder establecidas y a las ideas y valores dominantes en la sociedad” (1999: 3). Canovan
aclara lo que quiere decir con esto. Primero, al igual que en el caso de los nuevos
movimientos sociales, la movilización antisistema del populismo a menudo se dirige en
contra de los partidos, pero a diferencia de los movimientos, el desafío populista apunta tanto
al ‘establishment’ político y económico como a los valores de las élites y de los formadores
de opinión en el ámbito académico y en los medios de comunicación. Segundo, hay una
autoridad reconocida —el pueblo— que concede legitimidad a esta revuelta contra las
estructuras de poder en la medida en que los populistas dicen hablar en nombre del pueblo. Su
estilo discursivo se caracteriza por el uso de un lenguaje simple y directo y por proponer
soluciones políticas igualmente simples y directas para resolver los problemas de la gente
común. Por último, hay un cierto ánimo populista que se caracteriza por “el tono evangelista
de un movimiento motivado por el entusiasmo” y una tendencia a enfocar las emociones
colectivas en un líder carismático (1999, el pp. 3-6).
Luego de esbozar las coordenadas básicas del populismo como ‘reacción contra la
política como lo mismo de siempre’, Canovan, al igual que Hayward, deja de lado la
discusión acerca de la ideología y del contenido de las políticas populistas y se aboca a
examinar este fenómeno en su relación con la democracia. Su propuesta básica se nutre de la
distinción que hace Oakeshott entre los dos estilos que han caracterizado a la política europea
a lo largo de la modernidad. Uno es la
política de la fe
, la creencia en que es posible lograr la
perfección a través del esfuerzo humano, o que la humanidad pueda alcanzar su salvación sin
que intervenga la divina providencia (Oakeshott 1998: 50). Es un estilo caracterizado por “la
ausencia de escrúpulos, la sospecha de que la formalidad en el gobierno y la insistencia en la
letra de la ley perjudicará a la empresa” (88). El jacobinismo sería un buen ejemplo de ello. Al
otro estilo lo denomina
política del escepticismo
, la creencia en que los gobiernos tienen
límites y a lo sumo pueden aspirar a mantener la paz y mejorar “el sistema de derechos y
obligaciones y el sistema concomitante de medios de reparación, que en conjunto integran el
orden superficial” (62). Para Oakeshott, ninguno de estos estilos puede existir en estado puro,
o en soledad; hay que verlos “como los polos de una sola actividad y no como meros opuestos
alternativos” (127). Cuando aparecen por sí solos, se vuelven su propia némesis, la causa de
su propia caída (128, 167). La tensión entre ellos explica la profunda ambigüedad de nuestro
vocabulario político (45, 157), cuyos términos son reclamados continuamente ora por un
estilo, ora por el otro, y explica asimismo la contingencia de todo esquema de la política, dado
que éstos son el resultado de las fortunas cambiantes de cada estilo.
Usando esta distinción como punto de partida, pero denominando a la fe y el
escepticismo como redención y pragmatismo respectivamente, Canovan sugiere que podemos
“entender a la democracia moderna (tanto la idea como el fenómeno democrático) como un
punto de intersección entre los polos redentor y pragmático de la política”, y que entre estos
dos polos se “abre una brecha en la que el populismo puede aparecer” (1999: 9). Menciona
tres tensiones específicas que revelan la existencia de esta brecha. Primero, el pragmatismo
concibe a la democracia como una manera de administrar conflictos sin recurrir a la represión
y sin que éstos desemboquen en la guerra civil. El conjunto de instituciones electorales y
prácticas de la democracia representativa proporcionan los mecanismos indispensables para
ello (11). Sin embargo, la democracia también tiene una cara más gloriosa relacionada con la
redención secular, “la promesa de un mundo mejor a través de la acción del pueblo soberano”
(12). Para Canovan, “cuando la brecha entre la pureza democrática y el negocio turbio de la
política se ensancha demasiado, los populistas tienden a ocupar el territorio vacante con la
promesa de reemplazar el sucio mundo de las maniobras partidistas con el ideal luminoso de
una democracia renovada” (12). Tomo este énfasis en la renovación en el sentido de una
reforma o de una reinstitución del orden existente, sea en sus dimensiones sociales, políticas o
económicas. Segundo, hay una brecha entre la promesa democrática de otorgar poder al
pueblo —de ampliar su capacidad para incidir en los grandes asuntos que afectan a nuestras
vidas— y el desempeño real de las democracias existentes en cuestiones tales como la
participación popular y la actuación responsable de los representantes electos. Esta es otra
fuente de tensiones que funciona como semillero para el surgimiento de demandas populistas
(12). Por último, el populismo se aprovecha de las tensiones entre “las instituciones
democráticas y la alienación que ellas inevitablemente generan”, es decir, explota las
tensiones existentes entre la visión romántica de una manifestación espontánea de la voluntad
popular por un lado y, por el otro, las instituciones y la especialización profesional que son
necesarias para administrar esa voluntad (13). Los movimientos populistas, dice, reaccionan
contra esto autorizando a líderes carismáticos que prometen romper con la rutina de las
instituciones burocráticas y convertir a la política en una experiencia más personal (14). En
todos estos casos, la intervención populista invoca la cara redentora de la democracia como un
correctivo de los excesos del pragmatismo.
La brecha y el fenómeno elusivo
Así, el eje teórico de su contribución es la idea de que la brecha en la que aparece el
populismo depende de un cierto desencuentro de las dos caras de democracia. El populismo
surge como una respuesta a la asimetría provocada por un exceso (de pragmatismo) y un
déficit (de redención). ¿Cómo hemos de evaluar el estatuto conceptual de esta brecha o
entremedio, es decir, cuál es la importancia teórica del espaciamiento existente entre las dos
caras de la política democrática?
Hay dos opciones. Una es concebir a esta la brecha como el resultado de un equilibrio
precario entre pragmatismo y redención, lo cual implicaría que es posible —y quizás incluso
necesario— hallar algo así como la combinación correcta de ambos, sea a través de una
búsqueda paciente o como resultado de la ingeniería institucional. Esta sería una solución
aristotélica: tal como la buena constitución consiste en la mezcla correcta de componentes
monárquicos, aristocráticos y constitucionales o democráticos, la buena comunidad política
sería aquella que logra balancear el pragmatismo con la redención de manera tal de cancelar la
tensión entre ambos. El problema es que entonces habría que descartar el populismo de
antemano, pues se esfumaría la brecha en la que éste puede aparecer. El populismo terminaría
siendo una especie de accidente o perturbación exorcizada a través de la mezcla correcta.
A primera vista, parecería que Canovan apuesta por esta opción cuando dice que el
populismo florece cuando la brecha entre las dos caras de la democracia se ensancha, pues
esto sugiere, por implicación, que si ella fuera lo suficientemente angosta, el espacio de
aparición del populismo también quedaría reducido. También parecería que hay una veta
aristotélica en Oakeshott, por lo menos de acuerdo con lo que dice en su introducción
Timothy Fuller, el editor de su libro, al referirse a la búsqueda de un equilibrio correcto entre
la fe y el escepticismo (Oakeshott 1998: 12-13). Pero si uno lee los textos con detenimiento,
se puede ver que ambos autores explícitamente evitan tal solución. En sus conclusiones,
Oakeshott efectivamente propone el principio del punto medio entre los dos polos de la
política moderna, pero compara su idea del balance adecuado con el equilibrio cambiante del
tipo que busca el estibador, “quien se sirve de su peso para mantener el barco con la quilla
nivelada” (163) Por eso Oakeshott describe este punto medio como una región intermedia de
movimiento y no como un punto central de reposo (161). Esto significa que los arreglos
políticos no tienen nada que ver con la belleza estática de las formas geométricas; se refieren
a arreglos contingentes que son el resultado de mezclas variables entre los dos estilos políticos
de la modernidad. Es más, Oakeshott habla de una asociación sorprendente entre la política de
la fe y la política del escepticismo. Estos estilos de gobierno forman una unidad en su
atracción y repulsión mutua. Describe esta relación como una
concordia discors
o armonía en
la discordia (126, 157), un oxímoron parecido al que usa Kant —‘insociable sociabilidad’—
para caracterizar al género humano. No hay rastro de un razonamiento Aristotélico aquí.
Asimismo, para Canovan, el pragmatismo y la redención son
necesarios
para el
funcionamiento de la democracia pues ambos actúan como un interminable correctivo del
otro. Son, agrega, “un par de gemelos siameses pendencieros, ineludiblemente unidos entre sí
a tal punto que sería ilusorio suponer que podemos tener uno sin el otro” (1999: 10).
Una vez que hemos establecido que la brecha no es el resultado de una mezcla fallida,
y por consiguiente, que ella no debe confundirse con un vacío que podría y debería ser
llenado, podemos pasar a examinar la segunda opción, una que concibe a la brecha como un
desencuentro estructural entre los dos polos. El encuentro del pragmatismo con la redención
siempre vendrá muy temprano o demasiado tarde, y por consiguiente, la tensión generada por
el exceso o el déficit de uno o el otro —y por el papel correctivo de uno sobre el otro— será
interminable. Aquí el asunto ya no es cómo o si las dos caras podrán juntarse, pues esa
posibilidad queda excluida de antemano. Antes bien, se refiere a que el espaciamiento que
existe entre ellas confirma que su no coincidencia es un rasgo constitutivo y no accidental de
la política moderna. Tanto para Canovan como para Oakeshott, la política democrática
requiere
este entremedio para mantener en jaque tanto a la complacencia como al
romanticismo. Sin embargo, aquí surge un problema: si la brecha es un rasgo estructural,
entonces no hay motivo alguno para pensar que sólo engendrará a una descendencia populista.
Es perfectamente factible que otros movimientos pueden surgir allí, por lo que en lugar de ser
la condición de posibilidad del populismo, la brecha resulta ser un espacio de aparición para
el impulso de reforma política en general. La propia Canovan lo dice hacia el final de su
ensayo cuando sostiene que “el populismo no es el único tipo de radicalismo que florece en
esta brecha”, pues también incluye a la teoría y la práctica de la democracia participativa que
surgió con los nuevos movimientos de los años sesenta (1999: 14-15).
Esta no es una observación menor, pues plantea un dilema en lo que respecta a la
especificidad del fenómeno que estamos examinando. Por un lado, Canovan reelabora la
distinción de Oakeshott entre las dos caras de la política moderna para dar cuenta de la
experiencia populista en las democracias contemporáneas. La virtud de este argumento radica
en la manera creativa en que ella traslada los dos estilos a otro escenario y piensa la brecha
entre ellos como espacio para el surgimiento del populismo. Por otro lado, este argumento va
más allá del populismo pues se remite a la política democrática radical en general —o, más
precisamente, a la
política
radical a secas, sea democrática o no, pues Oakeshott nos recuerda
una y otra vez que estos estilos nacieron con la modernidad política y han dado forma a ésta
durante los últimos quinientos años. Hemos visto que esto significa que la brecha que nace del
espaciamiento constitutivo entre pragmatismo y redención —especialmente la brecha
resultante del exceso de aquél sobre ésta— da cuenta del surgimiento del fenómeno populista,
pero también de cualquier movimiento o coalición que busca fortalecer el lado redentor de la
política. Es por ello que esta notable intuición teórica de Canovan nos dice mucho sobre cómo
proceder en el estudio de la práctica real de la política, que nunca puede reducirse a un
pragmatismo desencantado despojado de todo elemento mesiánico o redentor, pero también
limita la importancia analítica de la brecha para explicar el fenómeno populista en su ‘como
tal.’
Uno podría tratar de especificar esto por otros medios. Laclau lo hace mediante una
permutación conceptual, pues sostiene que el populismo y la política son términos
intercambiables. Es bastante claro al respecto. “Si el populismo consiste en postular una
alternativa radical dentro del espacio comunitario, una elección en la encrucijada que
determinará el futuro de una sociedad dada, ¿no sería entonces un sinónimo de la política? La
respuesta sólo puede ser afirmativa” (Laclau 2002). Reconozco el atractivo de este
argumento, pues interpela a quienes compartimos la intuición de que toda política, sea
democrático o no, tiene una veta populista. Sin embargo, también es desconcertante, pues
busca especificar el valor conceptual del populismo dotándolo de los atributos de la política.
Soy renuente a refrendar una inflación conceptual, el uso de dos conceptos para designar la
interrupción radical del espacio comunitario, o a aceptar la confusión resultante de ver al
populismo y a la política como términos intercambiables. Esto no significa que se deba
apostar por una claridad cartesiana. Toda referencia a un estricto ‘como tal’ de los conceptos
es engañosa, especialmente si aceptamos el argumento de Oakeshott sobre la profunda
ambigüedad de nuestro léxico político. La lengua es el sitio de un forcejeo continuo en el que
la fe y el escepticismo tratan de asentar sus derechos sobre el sentido de los términos de
nuestro vocabulario. Un grado de deslizamiento lingüístico y de polémica en torno a los
conceptos es inevitable, con lo cual la posibilidad de un estricto ‘como tal’ del populismo
queda desautorizada de antemano.
Recurrencias espectrales
Aún así, ¿podemos precisarlo un poco más sin descartar la referencia a las peleas
interminables entre los hermanos siameses del pragmatismo y la redención? Creo que sí. Una
mirada atenta al segundo tema desarrollado por Canovan, el populismo como una sombra de
la democracia, puede ayudarnos. ¿Qué nos dice esta metáfora acerca de la relación entre
populismo y democracia? La sombra populista, ¿es un defecto, un accidente, una recurrencia
o un rasgo estructural de la democracia? El impacto de la metáfora depende principalmente de
lo que evoca en el lector. Canovan primero nos habla del populismo como la sombra
proyectada por la democracia (1999: 3). El énfasis recae en el ‘por’, como en la frase
‘proyectada
por
la democracia’, lo cual, claro está, nos lleva a preguntar en qué consiste esa
sombra y sobre qué se proyecta. Una posibilidad es pensar la sombra como indicador de un
problema de la democracia. Como los liberales no suelen aprobar la manera sui generis que
tienen los populistas de interpretar las reglas e instituciones democráticas, tal vez podríamos
pensar en el populismo como una sombra arrojada sobre el componente liberal de las
democracias modernas. Canovan, sin embargo, nos advierte de los peligros de una visión
simplista de un populismo poco liberal que no obstante encarna el lado democrático de la
democracia liberal (1999: 8), pues ello nos llevaría a concebirlo como una suerte de
experiencia ultra democrática. Esta advertencia es razonable, pero hay que recordar que la
propia Canovan señala que los populistas desconfían de mediaciones institucionales tales
como los partidos políticos establecidos o las complejidades del proceso legislativo, las cuales
requieren de expertos y políticos profesionales en vez del ‘hombre común’ ensalzado por el
discurso populista. Si uno pone el énfasis en estos aspectos típicamente liberales de la
democracia, el populismo parecería ser un problema o una sombra arrojada
por
la democracia.
Más precisamente, arrojada por el funcionamiento de la democracia política, sea debido a un
exceso de pragmatismo que invita a que intervenga su gemelo redentor como correctivo o a
una sobrecarga sistémica causada por una participación popular descontrolada.
Sin embargo, una sombra no es un accidente que puede ocurrir o no. Dejando de lado
las ocasiones especiales de la noche y el mediodía, cuando las sombras desaparecen, y la
presunta —aunque aún no confirmada— posibilidad de los muertos vivientes, que no la
tienen, una sombra es, por definición, aquello que acompaña a un cuerpo. Si el populismo es
una sombra de la democracia, siempre seguirá a ésta como una posibilidad —y probablemente
como algo más que una posibilidad, pues nadie elige tener o no una sombra. Esto parece ser lo
que propone Hayward: en la política europea, el populismo coexiste con la democracia
representativa. Quizás es por eso que más tarde Canovan ya no habla de una sombra arrojada
por la democracia sino de una “movilización populista que
sigue
a la democracia como una
sombra” (1999: 7, énfasis agregado). Aquí, la metáfora sufre un cambio connotativo sutil pero
significativo. Confirma que el populismo no puede asimilarse a un funcionamiento defectuoso
y que, si bien éste no es equivalente a la democracia, es una sombra que persiste y, como tal,
debemos concebirlo como una posibilidad que se asienta en la práctica misma de la
democracia.
El asunto es determinar cuán asentada está dicha posibilidad y qué es lo que conlleva,
pues una vez que damos por hecho que hay una relación de interioridad entre el populismo y
la democracia, el campo semántico de estos conceptos comienza a superponerse. La pureza de
fronteras es, claro, una noción falaz, pero me parece que el reconocimiento de una
contaminación conceptual —la tesis de Oakeshott sobre la ambigüedad de nuestro lenguaje
político—no debe llegar al extremo de aceptar la tesis de Laclau de que populismo y política
son intercambiables. Por un lado, el espaciamiento creado por las disputas entre los gemelos
siameses de la redención y el pragmatismo es un rasgo distintivo de la política moderna y una
condición de posibilidad para el surgimiento de movimientos reformistas y, por el otro, la
referencia a la sombra como algo que
sigue
a la democracia convierte al populismo en una
posibilidad interna de la democracia. De cualquier modo, la dificultad que mencioné antes
reaparece, pues la reflexión acerca de la experiencia populista se traslapa con un argumento
que parece más apropiado para describir las vicisitudes de la política moderna que la
especificidad del populismo.
Quizás, y debo subrayar la naturaleza tentativa de este ‘quizás’, podemos precisar más
la intuición acerca de la interfaz entre la brecha y la sombra modificando el estatuto de la
sombra y agregándole rasgos adicionales. Esto nos permitirá afinar el valor conceptual del
fenómeno populista. Siguiendo a Derrida (1995), quien popularizó la discusión sobre los
espectros y la lógica espectral en su lectura de Marx, podríamos referirnos al populismo como
un
espectro
en lugar de una sombra de la democracia. No se trata de una distinción escolástica
o un mero juego de palabras. Un espectro sugiere la idea de una visitación, como en el caso
del retorno del padre de Hamlet, pero también algo inquietante, como el espectro del
comunismo célebremente descrito por Marx y Engels al inicio del
Manifiesto Comunista
. Este
significado doble está implícito en el argumento de Canovan acerca de la sombra, pero la
referencia a la espectralidad retoma la interacción entre las dos opciones de manera explícita
y, lo que es más importante, se remite a la indecidibilidad estructural del populismo, pues éste
puede ser algo que acompaña o que acosa a la democracia.
Podemos ver esta espectralidad en tres modos de darse del populismo, todos ellos
vinculados con la política democrática.
2
Cada uno desplaza el fenómeno a lo largo del
intervalo entre la simple visitación, lo inquietante y la amenaza para la democracia. En primer
lugar, el populismo puede ser un modo particular de representación compatible con, pero no
idéntico a, la concepción liberal-democrática del gobierno representativo en el contexto
mediático de la política contemporánea. Manin habla de las metamorfosis de la representación
y sostiene que la vieja democracia de partidos está siendo reemplazada por lo que denomina
democracia de audiencia
o de lo público. Esto se debe a dos desarrollos recientes. Uno es que
el mercadeo político y la expansión de los medios de comunicación de masa —especialmente
la radio y la televisión— han debilitado la importancia que solían tener los activistas políticos
y burócratas de partido. Hoy, dice, los líderes políticos pueden ‘puentear’ a los aparatos
partidarios y establecer una relación directa con el electorado por la vía mediática (Manin
1998: 268-269). Los medios de comunicación les permiten desarrollar una legitimidad
personal relativamente independiente de los aparatos políticos. Pero los medios de
comunicación no sólo benefician a los líderes profesionales sino también a quienes se
presentan a sí mismos, de manera legítima o engañosa, como ‘outsiders’ de la política y
explotan esa percepción ante el electorado. Esta posibilidad de lograr una inmediatez virtual
entre electores y candidatos coincide con dos aspectos que caracterizan al populismo, su
pretensión de apelar directamente al pueblo y su propensión a seguir a líderes que gozan de
una legitimidad por encima o al margen de las instituciones.
El otro desarrollo mencionado por Manin es que en un mundo crecientemente
complejo, nadie espera que quienes ocupan un cargo de representación popular puedan
cumplir con todas sus promesas electorales. Antes bien, la exigencia que se presenta ante la
velocidad e intensidad de los cambios económico, técnico y cultural es que los representantes
sean capaces de ajustarse rápidamente a circunstancias imprevistas. Por eso Manin sostiene
2
He desarrollado de manera detallada estos tres modos de darse del populismo en Arditi (2004).
que quizá la democracia de audiencia está recuperando lo que Locke denominaba
‘prerrogativa’, es decir, “el poder de tomar decisiones en ausencia de leyes preexistentes”
(270). La
confianza
personal se convierte en un criterio importante para determinar la opción
electoral; los electores se inclinan más por aquellos en los cuales confían para tomar
decisiones en un mundo cambiante (270, 276). Veo en esta combinación de poder de
prerrogativa y confianza un terreno fértil para que prospere la tradición populista de líderes
fuertes, sólo que éstos ya no pueden ser vistos como excepciones o anomalías en el entramado
institucional del gobierno representativo, sino como un componente funcional de la
democracia de audiencia. En este escenario, el populismo se convierte es un acompañante
espectral de la política liberal-democrático.
Sin embargo, además de esta relación de interioridad con la representación política,
hay una segunda modalidad del populismo. Se refiere a un modo de participación que se aleja
de las reglas de etiqueta o ‘modales de mesa’ de las élites políticas sin pedir disculpas por su
brusquedad. Su imagen arquetípica es la de un aficionado del fútbol que reacciona
ruidosamente ante las victorias y derrotas de su equipo, a veces de manera violenta, sin
preocuparse mayormente por las formalidades de la civilidad. Sea como una reacción contra
la política convencional o como una respuesta ante los fracasos de la democracia elitista, esta
modalidad de la intervención populista tiene el potencial de renovar y a la vez perturbar los
procesos políticos, sin que ello siempre o necesariamente implique rebasar el formato
institucional de la democracia. Su acción se despliega en los bordes más ásperos del orden
democrático liberal. En todo caso, resulta evidente que con ello el espectro comienza
distanciarse de la modalidad anterior, donde era una suerte de compañero de ruta de la
representación liberal democrática en su forma mediática. Más bien aparece como una
presencia inquietante y comienza a generar cierta incomodidad en la clase política, la prensa y
la intelectualidad.
Una tercera y última modalidad del populismo revela el potencial más ominoso de la
metáfora de la sombra. Aquí el espectro ya no se refiere a una visitación sino a una amenaza
que pone en peligro a la democracia. Por ejemplo, la desconfianza e, incluso, el desapego
hacia los procedimientos institucionales y las complejidades del proceso legislativo —
desconfianza que Oakeshott identifica como uno de los rasgos de la política de la fe— se
trasmuta en una interpretación discrecional de las normas del Estado de derecho.
Previsiblemente, cuando esto ocurre, el populismo se desliza fácilmente hacia el terreno del
autoritarismo. Si están en función de gobierno, esto multiplica los conflictos con la judicatura
y otros poderes del Estado, y si están en la oposición, desdibuja la frontera entre la
movilización de la multitud y la arbitrariedad de la turba. Lo curioso es que un
comportamiento antidemocrático violenta el derecho pero no implica necesariamente la
pérdida de legitimidad o de apoyo popular. Para mantener ese apoyo, el repertorio discursivo
del populismo cuenta con la explotación de los miedos de la gente —apelando al chauvinismo
nacionalista o a la xenofobia— y la propensión a formular promesas demagógicas. Esto,
claro, requiere un gobierno fuerte y decisivo, exigencia que puede funcionar como coartada
para justificar acciones arbitrarias en nombre de una causa superior como la lucha contra
élites corruptas y egoístas que han perdido el contacto con el pueblo. Pueden salirse con la
suya, al menos en el corto plazo, siempre y cuando sus acciones sean percibidas como una
expresión de la voluntad popular.
Aquí entra en juego una variante de la teoría de la obligación política de Hobbes. El
clásico intercambio de protección por obediencia que proponía Hobbes se trasmuta en una
lealtad pasional hacia un líder y una agrupación política a cambio de bienes como trabajo y
seguridad, o al menos de la promesa de proporcionarlos una vez que estén en el gobierno.
Además, la centralidad de los líderes y su supuesta relación directa con ‘el hombre común’
busca dotarles de una legitimidad suprainstitucional y convertirles en una suerte de soberanos
infalibles cuyas decisiones son incuestionables porque son sus decisiones. Se llega así al
punto en que el modo de representación populista y la inclinación por un estilo
particularmente brusco de hacer política dejan de ser momentos internos al proceso
democrático y pasan a ser su amenazante reverso.
En suma, podemos observar que el énfasis puesto en la relación espectral entre el
populismo y la democracia no es una alternativa a lo que sostiene Canovan sino más bien una
manera de complementar su propuesta. La indecidibilidad entre la visitación y la presencia
amenazante abre una gama de posibilidades o modos de darse del populismo, entre ellas las
tres que he mencionado aquí. Como periferia interna de la política democrática, puede ser una
dimensión de la representación y un modo de participación que se inscribe en sus bordes más
ásperos, pero también algo más inquietante, su némesis, que no surge extramuros sino en el
propio seno de las democracias.
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