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Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
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“Replanteamiento de la relación de los intelectuales con la política en los
inicios del siglo XXI”
Sobre el libro de Rafael del Águila (coordinador).
Los intelectuales y la política.
Madrid, Editorial
Pablo Iglesias, 2003, pp. 147. ISBN: 84-95886-5.
Rosendo Bolívar Meza
A lo largo de la historia se ha visto que por lo general los intelectuales han buscado asumir una
actitud política, es decir, actuar políticamente. Pueden ser un factor político de cambio o de
legitimación. Son ellos los que generan los conocimientos y las ideas que orientan y dan sentido a la
praxis política y han desempeñado un papel de enorme importancia en la evolución de las
sociedades.
En este libro colectivo, producto de un seminario auspiciado por la Fundación Pablo Iglesias,
en que participan Rafael del Águila, Victoria Camps, Elías Díaz, Antonio García Santesmases, José
Antonio Marina y Edurme Uriarte, se intenta dar respuesta a una serie de interrogantes sobre el
papel de los intelectuales en la sociedad del siglo XXI, al plantearse preguntas como ¿dónde están
los intelectuales?, ¿por qué generalmente no intervienen en el debate?, ¿por qué, si lo hacen, no
obtienen la atención de otros tiempos?
Para intentar dar respuesta a lo anterior, se analizan algunos de los elementos básicos más
importantes de la tarea del intelectual, como es su función como educador y crítico, sus encuentros y
desencuentros con el poder, las posibilidades abiertas por los nuevos desafíos y por el triunfo de la
democracia, no sin antes replantear la definición de intelectual.
"El término 'intelectual' comenzó siendo un adjetivo que hacía referencia a todo lo que
tuviera que ver con la inteligencia y las ideas. Su historia da un vuelco espectacular, y se hace
mucho más interesante, cuando comienza a usarse como sustantivo para designar a una persona cuya
vida está consagrada a la cultura, y casi simultáneamente como un sustantivo usado en plural para
designar una categoría social: los intelectuales por oposición a los militares, los comerciantes o los
vendedores .
.." (p. 23).
Retomando a Jean-Paul Sartre, el conjunto de los intelectuales aparece como una diversidad
de hombres que, habiendo adquirido cierta notoriedad por trabajos que dependen de la inteligencia,
usan esa notoriedad para criticar la sociedad y los poderes establecidos en nombre de una
concepción global del hombre.
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Hoy por hoy, la figura del intelectual no tiene una valoración unívoca. Mientras unos sólo
ven en él al personaje molesto, incómodo, incluso frívolo, que desbarata cualquier proyecto por el
simple gusto de llevar la contraria, para otros el intelectual es la expresión de una audacia
independiente y crítica, absolutamente imprescindible en un mundo que sólo sigue la inercia de los
intereses más poderosos. En el fondo, sin embargo, tanto los que denigran como los que ensalzan al
intelectual están hablando del mismo personaje: de una figura ya estereotipada, que si para unos sólo
merece desprecio, para otros es respetada.
Debido a la experiencia histórica del pasado siglo XX, la figura tradicional del intelectual
comprometido es criticada y superada en este libro. Su compromiso con la verdad, la justicia, la
racionalidad y los altos ideales pregonados por los intelectuales en muchos casos se desvirtuó en
favor de lo que consideraban "políticamente correcto", aún cuando esto fuera en contra de la verdad
y de la justicia, como ocurrió durante el estalinismo.
El nuevo intelectual que perciben los autores se caracteriza porque tiene que responder
reflexiva y justificadamente a dos preguntas: 1) a nivel teórico ¿cómo saber dónde está la verdadera
justicia? y 2) a nivel práctico ¿cómo debe colaborar a instaurarla? De cómo responda a ambas
preguntas dependerá el valor de su pensamiento, de su función social y de su acción.
La calidad de un intelectual debe demostrarse primero en el ámbito teórico. Si su teoría es
mala, su acción será perniciosa. Lo que afectó a buena parte de los intelectuales del siglo XX es que
se enrolaron con demasiada facilidad en una ideología, perdieron su capacidad de autocrítica y se
vincularon con el poder.
Sin embargo, hay que distinguir dos tipos de poder. "Una cosa es el poder como capacidad
personal para hacer algo, como facultad creadora y autónoma, y otra muy distinta el poder de hacer
que los demás hagan algo. Esto es, sin embargo, lo que se considera poder en sentido estricto". (p.
37) Esta forma de imponer a otro su voluntad no necesariamente es por la fuerza, sino que puede ser
explotando sus deseos, sus miedos, sus intereses, sus convicciones, etcétera.
El intelectual tiene el poder de reforzar una ideología y una serie de creencias, o de
cambiarlas mediante la crítica y la pedagogía. De ahí que sus grandes ámbitos de acción sean la
expresión pública de sus ideas a través de distintos medios (libros, prensa, revistas, radio o
televisión) y la enseñanza.
Por lo general, los intelectuales siempre han conducido su fuerza crítica contra los fascismos,
las dictaduras, los imperialismos colonizadores o las guerras (por lo que en ocasiones han
participado en las revoluciones o en los movimientos de liberación nacional), mientras que por otro
lado toleran las democracias aunque denuncian sus deficiencias. En las democracias el intelectual
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suele ser absorbido y comprometerse con el orden establecido.
En cambio, en la época actual, ya no son los intelectuales quienes encabezan las protestas ni
los movimientos sociales (quizá la última vez que esto se presentó fue en 1968). Hoy en día ocurre
más bien lo contrario, ya que son los movimientos sociales los que arrastran a algunos intelectuales
que pretenden explicar teóricamente una parte de la realidad.
Prácticamente desde fines del siglo XX el abanico de partidos políticos se ha reducido. Ya
no se puede hablar tajantemente de partidos de derecha o de izquierda. La oposición más bien se da
entre partidos dogmáticos y partidos creadores. Éstos tienen una mejor relación con la inteligencia y
con la intelectualidad, ya que están dispuestos a innovar y a autocriticarse (p. 41), aunque la realidad
es que los partidos con estas características todavía no tienen gran ascendencia entre el electorado.
Todo intelectual que en realidad se precie de serlo debe estar comprometido con la sociedad
y no con un determinado partido. Los partidos políticos se han convertido en máquinas de conseguir
y ejercitar el poder y, sin duda alguna, tienen por debajo una estructura ideológica. Los idearios
políticos deben ser elaborados por los teóricos de los partidos y no por los intelectuales. El
intelectual orgánico corre el riesgo de convertirse solamente en expositor de las tesis de un partido y
perder la objetividad.
Un elemento a resaltar en este libro es que consideran que los intelectuales del siglo XXI ya
no son los monopolizadores de la verdad, puesto que ésta es relativa y en algunos casos
inalcanzable; no hay ideologías que se impongan por su propio peso y la razón es de cada cual. El
intelectual ya no tiene una teoría, ideología o doctrina que le ayude a explicar todos los problemas de
la realidad. Hoy en día la intelectualidad forma un bloque cada vez más homogéneo; es por ello que
el intelectual tiene que buscar más respuestas, relativizarlas y crear opinión, aunque sus opiniones no
se asienten en convicciones demasiado firmes ni cuenten con argumentos indiscutibles.
La relación entre los intelectuales y los hombres del poder es muy interesante. A lo largo de
la historia distintos pensadores políticos y filósofos han considerado que los hombres sabios, los
hombres de ideas, deben acumular mayor poder. Frecuentemente los intelectuales han estado ligados
al poder, ya sea como ideólogos de los grupos de poder o como actores de los movimientos
revolucionarios. El poder de los intelectuales se expresa en su capacidad de generar ideas que
influyan en la toma de decisiones, tanto para modificar como para justificar el aparato estatal y las
relaciones de poder.
Es cada vez más común que frente al intelectual puro y apolítico emerja la figura del
intelectual que pone su saber y su ciencia al servicio de la política, con lo cual pierde parte de su
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independencia. El problema es que, como lo dice Victoria Camps, (pp. 53-54) al integrarse a la
política el intelectual deja de serlo para convertirse en un "experto", es decir, un profesional más que
ha encontrado su espacio natural en las necesidades de la democracia. Con esto, los críticos por
naturaleza ya no están fuera del sistema, sino que viven en él y de él, por lo que se convierten en una
coartada que le viene bien a la democracia como garantía de su apertura y pluralismo.
Por ello afirma que ".
..todos los intelectuales conservan algo del sueño de Platón: el poder
les gusta y piensan de sí mismos que son necesarios para la política. Unos y otros -poderosos e
intelectuales-, en realidad se necesitan mutuamente. El intelectual no es nadie si el poder no lo
reconoce. En cuanto al político, no puede prescindir de los intelectuales o de la gente de la cultura
para dar brillo a sus campañas electorales y adquirir una cierta
legitimidad para sus maniobras" (p. 51).
Como comentario final de este reseña resalta el hecho de que en el libro no se deja de lado la
importancia de la ética en la política. Se concibe a la ética como la gran creación de la inteligencia;
es la inteligencia aplicada a resolver los problemas que afectan a la felicidad personal y a la dignidad
de la convivencia humana. En esta línea, el nivel superior lo tiene la inteligencia política, que se
ocupa de la realización de una ética de las relaciones sociales, que es algo en lo que el intelectual del
siglo XXI puede contribuir sobre manera.
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