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Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Criterios para la evaluación del
desempeño de las asociaciones*
Jorge Cadena-Roa **
Cristina Puga Espinosa ***
Resumen
El artículo presenta resultados de una primera búsqueda de criterios claros, fun-
cionales y mesurables que permiten la consideración objetiva y comparativa del
desempeño de asociaciones de muy diverso tipo. Para ello parte de la identificación
de algunas variables significativas de las que depende la capacidad de las asociaciones
para enfrentar con éxito diversos retos en la búsqueda del cumplimiento de sus obje-
tivos y la satisfacción de sus demandas (relaciones con las autoridades, formulación
de políticas, creación de redes, cumplimiento de metas, transparencia, innovación y
cambio). En la búsqueda de estos criterios y variables se exploran las contribuciones
y hallazgos provenientes de la sociología de la acción colectiva y la sociología de las
organizaciones. En ambas literaturas teóricas se identifican algunos conceptos útiles
y modelos de análisis que permiten un acercamiento analítico a las diversas formas
de asociación y sus prácticas.
Abstract
This article presents the results of the first search of clear, operating and measurable
criteria that allow the objective and comparative consideration of the development
of the different associations. In order to achieve this, it begins with the identifica-
tion of some meaningful variables that depend on the capacity of the associations to
successfully face the different challenges in the search of the fulfilment of its objec-
tives and the satisfactions of its requests (relationship with authorities, formulation
of politics, creations of nets, fulfilment of goals, innovation and change). In the
quest of these criteria and variables they explore the contributions and findings that
come from the collective action sociology and the sociology of the organizations. In
both theoretical literatures we can identify some useful concepts and models of
analysis that allow an analytical approach to the diverse forms of association and its
practices.
Palabras clave
: criterios, asociaciones, relaciones con autoridad, creación de redes.
*
Trabajo realizado dentro del Proyecto PAPIIT IN306503. Una versión anterior se presentó en el IV Seminario
Anual de Investigación sobre el Tercer Sector en México, "Sociedad civil en México: identidad y retos en
un entorno global," llevado a cabo en la Universidad Anáhuac del 19 al 20 de octubre de 2004.
** Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional
Autónoma de México, Torre II de Humanidades 4º Piso, Ciudad Universitaria, CP 04510, México, D.F.
*** Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de la
Investigación, Circuito Mario de la Cueva s/n, Zona Cultural de Ciudad Universitaria, CP 04510, México,
D.F.
perspectivas teóricas
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Las asociaciones, entendidas como agrupamientos voluntarios de personas
unidas por metas comunes, reglas de funcionamiento y elementos simbóli-
cos que les dan identidad, han adquirido una creciente importancia en las
sociedades contemporáneas. En todo el mundo, un mayor número de agru-
pamientos sociales desarrolla acciones con la intención de solucionar pro-
blemas específicos e influir en la toma de decisiones sobre asuntos de la más
diversa índole. Percibiendo la fuerza e importancia de este sector asociativo
emergente, las autoridades gubernativas y legislativas han abierto canales
institucionales a esta modalidad de participación social y han aprobado
nuevas leyes que fomentan las actividades de las asociaciones de la sociedad
civil
1
.
Si bien en algunos países las asociaciones autónomas (del estado, de
los partidos políticos, de los grupos de poder) y autolimitadas (que no bus-
can el poder del estado ni tienen fines de lucro, sino que se circunscriben al
ámbito social) han sido desde hace más de un siglo parte integrante del
paisaje sociopolítico y cultural, en otros, como México, apenas en las últi-
mas décadas comenzaron a desplazar a las viejas organizaciones de corte cor-
porativo (que establecían relaciones de intercambio político con el gobierno
y el partido oficial), mismas que formaron parte de la estructura autoritaria
y durante décadas sirvieron de soporte a las decisiones de los jefes del esta-
do posrevolucionario. La nueva importancia de las asociaciones tanto desde
el punto de vista cuantitativo (Calvillo y Favela, 2004), como cualitativo
(Cadena-Roa, 2004; Canto, 2004; Olvera Rivera, 1999, 2004), nos anima
a considerar el asociacionismo como objeto de estudio.
Desde la obra clásica de Alexis de Tocqueville (1978 [1835]), la teoría
política vincula la existencia y operación de asociaciones ciudadanas con el
buen funcionamiento de la democracia. Dahl (1982) las considera como
requisito indispensable de la "poliarquía" y, más recientemente, una extensa
literatura las reconoce como componente fundamental de la sociedad civil
(Cohen y Arato, 1992), espacio de expresión, debate de opiniones y creación
de consensos (Cohen y Rogers, 1995) y, desde una perspectiva más socioló-
gica, como creadoras de capital social (Putnam, 2000). Otros autores
(Warren, 2001), han reconocido que el asociacionismo, independiente-
1
Véanse, por ejemplo, la ley general de desarrollo social (DOF, 20 de enero de 2004) y la ley federal de fomento
a las actividades realizadas por organizaciones de la sociedad civil (DOF, 9 de febrero de 2004).
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perspectivas teóricas
mente del objetivo que se persiga, tiene a la democracia como consecuencia
no deseada (pero altamente deseable) a nivel sistémico.
Aunque no se reducen a ella, los movimientos sociales tienen una
dimensión asociativa que muchas veces pasa desapercibida por quienes se
fijan sólo en las expresiones más llamativas que ocasionalmente registran los
medios. Por otro lado, es innegable que en ocasiones los movimientos
sociales concluyen su ciclo de vida con procesos de institucionalización que
dejan atrás sus aspectos espontáneos y contenciosos. Hay pues una tenden-
cia a la formación de asociaciones caracterizadas por mayor estabilidad e
institucionalización y por contar con formas específicas de organización y
membresía reconocida.
La relevancia de las asociaciones no se limita a su comportamiento
social y político agregado, ni sólo a las condiciones del entorno (marco legal,
relaciones con los tomadores de decisiones,…), ni sólo a sus efectos macro
(sociales, políticos y económicos,…), sino también a las maneras como sus
miembros se organizan internamente (para tomar decisiones, coordinar sus
actividades,…) para alcanzar los fines que se proponen. Derivado de ello,
nos hemos planteado algunas preguntas que nos gustaría contestar, tales
como: ¿qué rasgos organizacionales contribuyen al mejor cumplimiento de
los propósitos de la asociación? ¿Cuáles contribuyen a la gobernancia (enten-
dida como la capacidad de gobierno y sociedad para trabajar por objetivos
comunes)? ¿De qué depende la capacidad de las asociaciones para aprender,
innovar y desempeñarse de manera más eficaz y transparente en términos de
utilización de recursos y obtención de resultados?
El objetivo último que perseguimos en el proyecto global que anima
este artículo es la elaboración de una metodología que permita la evaluación
del desempeño de las asociaciones teniendo como variables independientes
los rasgos mencionados. Como un primer paso, hemos revisado dos acer-
camientos teóricos contrastantes al estudio de las asociaciones: de un lado,
la teoría de los movimientos sociales que buscan promover o resistir cambio
social, en cuyas actividades puede distinguirse un sector organizado de otro
no organizado. Del otro, la teoría de la organización, más utilizada para el
estudio de empresas y burocracia, pero que proporciona criterios útiles para
evaluar el desempeño de asociaciones de todo tipo. Ambas perspectivas pro-
porcionan elementos explicativos importantes sobre las condicionantes
internas de las que depende el desempeño de las asociaciones.
perspectivas teóricas
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1. Las contribuciones de la sociología de
los movimientos sociales
La literatura especializada producida en el campo de conocimiento de los
movimientos sociales y la acción colectiva es extraordinariamente abun-
dante, presenta una enorme variedad y sofisticación de teorías y métodos de
investigación, y ha analizado una gran diversidad de casos. Como señala ade-
cuadamente Melucci (1999), "durante los últimos veinte años, el análisis de
los movimientos sociales y la acción colectiva han evolucionado hasta ha-
cerse un sector autónomo de la teoría y la investigación en ciencias sociales,
a la vez que la cantidad y calidad de los trabajos en esta área se han incre-
mentado y mejorado." Ante tal variedad, ¿por dónde empezar una reseña de
esa literatura que nos permita identificar criterios para evaluar el desempeño
de las asociaciones?
Una primera distinción útil es la que existe entre movimientos sociales
y organizaciones del movimiento social (OMS).
2
¿En qué consiste la dife-
rencia? En los movimientos sociales se puede distinguir un
sector organizado
de otro no organizado
. Ambos sectores se combinan en acciones sostenidas
tendientes a alcanzar un mismo objetivo general: provocar o resistir cambio
social con una orientación determinada. Sin embargo, ningún movimiento
social se reduce a una sola OMS ni a un solo conjunto de acciones no orga-
nizadas, sino que en ellos se combinan acciones planeadas y orquestadas por
diferentes OMS con otras acciones espontáneas que ninguna organización
puede (como una protesta mucho más concurrida de lo esperado) o quiere
reivindicar (como hechos violentos y destrucción de bienes públicos o pri-
vados). Sin embargo, aun cuando ciertos hechos violentos no sean prepara-
dos, planeados ni reivindicados por ninguna OMS, para el público forman
parte del movimiento, hablan de él, lo describen. Así, el sector no organiza-
do de los movimientos sociales está formado por diversos públicos y por
acciones espontáneas no coordinadas (Oliver, 1989) que favorecen, se opo-
nen o se mantienen indiferentes frente a las acciones estratégicas de las
OMS. Puede afirmarse que entre más grandes son los movimientos sociales,
más numerosas y diversificadas son las OMS que participan en ellos.
2
El término "organización del movimiento social" fue introducido por
Mayer N. Zald
y Roberta Ash en "Social
Movement Organizations: Growth, Decay, and Change",
Social Force
s n° 44, 1966, pp. 327-341.
17
perspectivas teóricas
Piénsese en el movimiento urbano popular, en el movimiento feminista, en
el movimiento ecologista, en los movimientos democratizadores. Ninguno
de ellos puede reducirse a una sola OMS. Incluso, en ellas pueden encon-
trarse tendencias representadas por diversas OMS que se distinguen entre sí
por los objetivos que buscan, la radicalidad de los cambios que persiguen,
los repertorios de acción que conocen y están dispuestos a utilizar, por la
base social de sus miembros, por su vinculación con el resto del tejido social,
institucional y gubernamental. Ahora bien, ciertos movimientos sociales se
forman al margen de estructuras organizacionales formales, en "redes
sumergidas" de las que nos hablan Melucci (1999) y Mueller (1994), en
donde se incuban corrientes de opinión que redefinen situaciones aceptadas
como problemas intolerables que deben ser evitados. Más adelante esas redes
sumergidas pueden salir a la superficie y formar OMS.
La distinción entre OMS y movimientos sociales es el punto de parti-
da en la búsqueda de criterios para evaluar el desempeño de las asociaciones.
Toda vez que los movimientos sociales no cuentan con direcciones unifi-
cadas y que en ellos coexisten diversas OMS que se combinan con acciones
espontáneas, las consecuencias que tienen no se pueden considerar como
resultado de cierto desempeño organizacional. Tratar a los movimientos
sociales como actores unificados o como organizaciones con medios, fines y
valores compartidos que buscan provocar el mismo tipo de consecuencias es
equivocado. Conduce a reificar a los movimientos como unidades que en
realidad no existen (Melucci, 1999), e ignoran el debate dentro y entre
organizaciones, y entre éstas y diversos públicos, acerca de los medios,
fines, valores y consecuencias deseadas por los OMS. En cambio, el sector
organizado de los movimientos sociales sí está compuesto por unidades
organizativas diferenciadas y autónomas: por OMS que tienen, cada una de
ellas, objetivos específicos y procedimientos internos para definirlos y alcan-
zarlos
3
.
En consecuencia, las OMS sí pueden tratarse desde el punto de vista
organizacional y su desempeño sí puede ser evaluado.
3
Una OMS puede participar en más de un movimiento. Una OMS que defiende derechos indígenas puede ser
considerada como parte del movimiento indígena, pero sin duda lo es también del movimiento por la democra-
cia en la medida en que busca acotar la arbitrariedad de las autoridades y que el estado garantice los derechos
consagrados por la ley a todos los ciudadanos por igual.
perspectivas teóricas
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Antes de pasar al análisis de las OMS, vale la pena mencionar, aunque
sea brevemente, algunas de las consecuencias que los movimientos sociales
(integrados por una variedad de OMS y acciones espontáneas) pueden tener.
Las consecuencias de los movimientos sociales
Uno de los temas menos trabajados en la sociología de la acción colectiva es
el de las consecuencias de los movimientos sociales. Se han estudiado más
los orígenes y trayectorias de los movimientos que sus efectos. ¿De qué
depende que los movimientos sociales alcancen sus objetivos? La respuesta
tendría que considerar tres niveles diferenciados pero complementarios. El
primero consiste en los
factores internos
de los movimientos (las estructuras
de movilización principalmente). El segundo en las
condiciones de entorno
(las variaciones en las oportunidades políticas de manera destacada). El ter-
cero considera
los procesos de construcción social de la realidad
, es decir, la
manera como los participantes en los movimientos (o sus líderes, ideólogos
e intelectuales) interpretan el significado de la situación o del agravio que
padecen, los motivos por los que se encuentran en esa situación, la identifi-
cación de las partes responsables o beneficiarias de que eso ocurra y, final-
mente, los cursos de acción (o inacción) para remediar esa situación.
El tema tiene varias aristas. Atribuir consecuencias específicas a la
acción de los movimientos sociales no es algo inequívoco ni carente de pro-
blemas. El cambio social (o su detención) no ocurre solamente por lo que
hacen los movimientos sociales, sino también por lo que hacen o dejan de
hacer sus oponentes y aliados y por las tendencias macrosociales de carácter
económico, demográfico, político, tecnológico y cultural. Al considerar las
consecuencias de los movimientos sociales conviene distinguir de entrada lo
que ya planteaba Merton (1936) acerca de que
la acción social deliberada
tiene consecuencias
deseadas y no deseadas, previstas y no previstas
. Es decir,
algunas consecuencias de los movimientos sociales no resultan de sus inten-
ciones expresas sino que son imprevistas, no anticipadas y no deseadas (lo
que no quiere decir que sean indeseables, sino que no fueron buscadas inten-
cionalmente). En la
dimensión temporal
cabe distinguir entre sus efectos
inmediatos, mediatos y de largo plazo. Si atendemos el orden de causalidad
tenemos efectos directos e indirectos. En términos de la atribución de cier-
tas consecuencias a una sola causa hay que considerar que el cambio social
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perspectivas teóricas
es un fenómeno en el que se observa multicausalidad. En lo que se refiere a
nuestra capacidad de identificar con precisión alguna de las consecuencias de
los movimientos sociales es necesario también distinguir entre los que tienen
consecuencias visibles (como la promulgación de una ley, la implementación
de una política pública, la creación de alguna institución responsable de
garantizar y hacer valer algún derecho), y los que tienen consecuencias no
visibles pero que, sin embargo, en la medida en que conducen a la reinter-
pretación del significado de las cosas, situaciones y relaciones, y a revalua-
ciones de lo que es justo y está bien, modifican percepciones, formas de
concebir el mundo, relaciones sociales, acciones públicas y privadas y formas
de conducirnos en nuestra vida cotidiana (como el cuidado por la natu-
raleza, la sensibilidad a las relaciones de género, la pluralidad de la vida social
y la tolerancia hacia ella).
Por otro lado, el tratamiento de las consecuencias de los movimientos
sociales padece de una carga de expectativas de parte de los observadores y
analistas que no se sustenta en las autopercepciones de los grupos moviliza-
dos, en sus objetivos expresos, ni en la experiencia de la mayoría de
movimientos sociales que conocemos. Los analistas suelen seleccionar para
su estudio casos extraordinarios (en sentido literal, es decir que salen de lo
común) y mediante razonamientos inductivos los elevan a nivel de casos
ejemplares de nuevas tendencias generales. Generalizaciones con muestras
tan reducidas (cercana a uno) son muy débiles. Con frecuencia se les endosa
una teleología emancipadora y universalista que les es ajena. Si bien los
movimientos sociales son acciones colectivas tendientes a promover o resis-
tir cambio social, los estudiosos del tema han preferido ver en cada
movimiento social que los (nos) entusiasma una suerte de reencarnación del
sujeto de la historia que habrá de redimir a la humanidad de todo mal.
Tantos ciclos de protesta deberían ser suficientes para que seamos más
cautelosos en nuestras generalizaciones y prudentes en nuestras expectativas.
Ahora bien, no todo lo que los movimientos sociales consiguen
depende de lo que hagan o dejen de hacer sus miembros; depende también
de lo que hagan o dejen de hacer sus adversarios y diversos públicos, así
como de la capacidad de aprendizaje y adaptación de todos ellos, movimien-
tos, adversarios y públicos.
Teniendo en cuenta estas advertencias, ¿de qué dependen las conse-
cuencias de los movimientos sociales? Habría que precisar en cada caso de
perspectivas teóricas
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qué consecuencias estamos hablando, porque no es posible estudiar
todas
las
consecuencias que los movimientos sociales han tenido, pueden tener o ten-
drán. Las reverberaciones de la acción colectiva pueden llegar muy lejos,
afectar diferentes dimensiones de lo social, económico, político y cultural
con diferente intensidad, ritmo y niveles de visibilidad. Los movimientos
sociales pueden tener consecuencias equiparables al efecto mariposa: eventos
que hoy no llaman mucho la atención (pequeñas variaciones) pueden llegar
a tener consecuencias enormes y, a la inversa, eventos que hoy se aprecian
importantísimos y colonizan los titulares de los periódicos (grandes varia-
ciones) pueden carecer de consecuencia alguna. Con todo, se han distingui-
do tres tipos de consecuencias de los movimientos sociales sobre los
regímenes políticos: incorporación, transformación y democratización
(Giugni, 1998; Giugni, McAdam y Tilly, 1998). Pero como no todos los
movimientos sociales buscan influir en o transformar el poder político, hay
un conjunto de consecuencias (sociales, culturales, psicoló-gicas, económi-
cas,…) que aún no han sido estudiadas sistemáticamente.
Se habla de
incorporación
cuando los movimientos, algunas de sus
partes o algunas de sus demandas son canalizados por el sistema político o
por los arreglos institucionales vigentes en la sociedad sin alterar las reglas
básicas del sistema. La incorporación puede conducir a
institucionalización
,
cuando los movimientos llegan a participar de manera estable en la política
rutinaria o institucional, o bien a
apropiación
, cuando las demandas del
movimiento son integradas a las políticas públicas o a la legislación sin que
sus integrantes o representantes sean reconocidos como miembros de pleno
derecho del sistema político, que les permita en lo sucesivo tener acceso re-
gular a la toma de decisiones.
La
transformación
supone cambios fundamentales en las estructuras
sociales y políticas de la sociedad como resultado de transferencias de poder
que alteran las relaciones de poder existentes en esa sociedad. Las revolu-
ciones son la forma más radical de transformación, pero los movimientos
producen a veces cambios institucionales que implican transferencias de
poder que distan mucho de ser dramáticas o radicales. Como ejemplo de
esas transformaciones habría que considerar los cambios que se dan de ma-
nera paulatina o súbita en los procesos de transición del autoritarismo a la
democracia. Finalmente, la
democratización
ocurre cuando una transferencia
de poder modifica los derechos y las obligaciones entre estados y sus
21
perspectivas teóricas
ciudadanos. Estas categorías no son excluyentes sino más bien tipos ideales.
Resulta evidente que la democratización supone algún grado de incorpo-
ración y transformación.
Entre las consecuencias de los movimientos sociales que más se han
estudiado en los años recientes se encuentran precisamente los procesos de
democratización. Sobre este particular hay que destacar, de entrada, que las
acciones de los movimientos sociales afectan las acciones de los regímenes y
de los contramovimientos mismos que
coevolucionan
como resultado de sus
interacciones sostenidas (Oliver y Myers, 2003). Es decir, las acciones de los
movimientos sociales abren procesos complejos (en el sentido de que se pre-
sentan fenómenos imprevistos y respuestas creativas) que estimulan compor-
tamientos adaptativos frente a circunstancias emergentes que terminan por
transformar las formas de protesta, las respuestas de control social y las
estructuras y prácticas políticas. Así, los movimientos sociales influyen en los
procesos de democratización obteniendo reconocimiento y protección a los
derechos ciudadanos como, por ejemplo, los derechos a votar y ser votado
(igualdad en el voto) y el derecho a participar en los debates sobre asuntos
públicos en un clima de respeto y tolerancia (igualdad en la palabra). En este
sentido, los movimientos sociales prodemocráticos promueven la igualdad
ante la ley independientemente de raza, religión, género y otros criterios,
defienden el derecho a tener derechos y, más recientemente, el derecho a ser
diferente. Los movimientos sociales prodemocráticos, entonces, impulsan la
inclusión de grupos políticamente marginales, introducen nuevos derechos,
amplían la base ciudadana en la que descansa la democracia y procuran el
establecimiento de salvaguardas a los derechos ciudadanos frente a acciones
arbitrarias de agentes gubernamentales. También procuran proteger a las
minorías de la tiranía de la mayoría fomentando una vida asociativa vigorosa
que impida "el despotismo de los partidos o el arbitrio del príncipe" (de
Tocqueville 1978 [1835]). Si bien los argumentos presentados hasta ahora
se refieren a las consecuencias de los movimientos sociales, es indudable que
algunas de esas consecuencias se pueden atribuir también a las OMS que
participan en ellos. En otras palabras, las acciones de las OMS pueden de-
sencadenar procesos de incorporación, transformación y democratización
que se entreveran con los esfuerzos que en diversas direcciones desarrollan
otras OMS, los antagonistas del movimiento, acciones espontáneas no orga-
nizadas y las autoridades políticas.
perspectivas teóricas
22
De aquí se desprende que, aunque algunos movimientos no tengan
objetivos explícitamente democráticos puedan, sin embargo, tener el efecto
no previsto (pero deseable) de expandir, profundizar y consolidar la demo-
cracia. Paradójicamente, para impulsar la democracia no es imprescindible
que los movimientos sociales sean democráticos en su vida interna
(Chalmers,1997; Diamond, 1999). Por supuesto, no todos los movimientos
sociales promueven la democracia (Oberschall, 2001). Hay algunos decidi-
da y claramente autoritarios como los nacionalistas o supremacistas en esta-
dos multiétnicos, o religiosos e integristas que son intolerantes con quienes
practican otras profesiones de fe. En este sentido, Payne (2000) nos alerta
acerca de la sociedad "incivil" y no encuentra dificultades para encontrar
ejemplos que ilustren esos grupos. En particular apunta los casos de los cara-
pintada argentinos, los terratenientes que resistieron la reforma agraria en
Brasil, y la contra nicaragüense.
El desempeño de la OMS
Pasemos ahora a las OMS. La pregunta que nos interesa, recordemos, es, ¿qué
criterios específicos, operacionalizables y mesurables podemos tener para esti-
mar la capacidad de las OMS para alcanzar sus objetivos explícitos? La teoría
de la movilización de recursos (TMR) fue la primera en la sociología de la
acción colectiva que centró su atención en variables independientes como
organización, intereses, recursos, oportunidades y estrategias para dar cuenta
de la formación y desarrollo de los movimientos sociales. La TMR resultó de
proposiciones coincidentes o complementarias de Olson (1965), Oberschall
(1973), Tilly (1978), y Gamson (1968, 1975), entre otros. Su formulación
explícita se debe a McCarthy y Zald, (1977). Jenkins (1983) precisó posteri-
ormente algunos aspectos importantes de la teoría.
La TMR supone actores racionales y organizaciones que operan de
manera instrumental y estratégica, dejando atrás enfoques que consideraban
a los movimientos sociales como reacciones psicológicas ante estímulos
ambientales de individuos (Davies, 1969; Gurr, 1970) o masas (Adorno,
Frenkel-Brunswik, Levinson, y Sanford, 1959; Arendt, 1973 [1948];
Kornhauser, 1959). En este sentido, la TMR supuso la crítica y superación
de las teorías entonces dominantes que consideraban a las acciones colectivas
como acciones irracionales y emotivas ante situaciones de descomposición y
23
perspectivas teóricas
desorden sociales que disparaban un mecanismo de frustración-agresión. De
manera muy resumida, la TMR plantea que: 1) los movimientos sociales
implican costos y riesgos que deben ser pagados o asumidos de alguna ma-
nera. Recuperando la idea seminal de Olson (1965) de que individuos
racionales no participan en acciones colectivas a menos de que el grupo sea
pequeño y se usen coerción o incentivos selectivos diferentes a la realización
del interés del grupo, los movimientos sociales son considerados como
acciones racionales estratégicas
. Existen diferentes formas de operacionalizar al
actor racional, su lógica calculadora y utilitaria. Algunos usan modelos de cál-
culo flexibles y reconocen el papel de grupos y solidaridades en el origen y
desarrollo de las acciones, admitiendo incluso que existe una dimensión no
racional en la explicación de la acción colectiva. Sin embargo, prevalece la
lógica de la interacción estratégica y del cálculo de costo-beneficio; 2) los
agravios e injusticias son relativamente estables, son características de la vida
en sociedad que no se traducen necesaria ni fácilmente en movimientos
sociales. Lo que sí varía es el significado de esos agravios. Desde este punto de
vista, los líderes pueden incluso "crear" agravios (McCarthy y Zald, 1977:
1215); 3) los movimientos sociales no son reacciones inevitables ni automáti-
cas frente a estímulos externos, sino que son producidos, es decir, son resul-
tado de actividades deliberadas de "empresarios del movimiento social." En
ausencia de esas actividades, los movimientos sociales no existirían; 4) la
disponibilidad de recursos para sufragar los costos de la acción colectiva y
minimizar sus riesgos es un problema central. Si hay recursos puede haber
movimientos, de lo contrario no. Esos recursos, que pueden provenir del
mismo grupo agraviado o de otras fuentes, son de dos tipos:
materiales
(dinero, líderes, miembros, organizaciones formales e informales…) e
inma-
teriales
(autoridad, valores compartidos, redes sociales…). La capacidad de los
grupos para organizar, movilizar y administrar recursos escasos que permiten
sufragar los costos y hacer tolerables los riesgos de la acción colectiva, es de la
mayor importancia, por lo que las actividades de organización y liderazgo son
cruciales; 5) así como la movilización es problemática, lo mismo ocurre con
los resultados de los movimientos. El éxito implica el reconocimiento del
grupo movilizado como un actor político y su incorporación regular a los
procesos de toma de decisiones.
La TMR es una teoría estructural que significó un cambio de paradig-
ma en la teoría de los movimientos sociales, pero que no se interesó en temas
perspectivas teóricas
24
como la identidad, la solidaridad, la cultura, el carisma, las creencias reli-
giosas, y otras dimensiones y prácticas no instrumentales de los movimientos
sociales. Su importancia, sin embargo, reside en concebir a los movimientos
sociales como acciones deliberadas para alcanzar fines específicos y, en con-
secuencia, haber puesto atención en los recursos, la organización y las estrate-
gias de las OMS. La TMR se desarrolló principalmente en la sociología
norteamericana y fue durante algunos años el paradigma dominante para el
análisis de los movimientos sociales. Actualmente sus contribuciones princi-
pales han sido integradas en una síntesis teórica comparativa (McAdam,
McCarthy y Zald, 1996) al lado de la
teoría de las oportunidades políticas
(Einsinger, 1973; McAdam, 1982; Tarrow, 1994; Tilly, 1978) y
los marcos de
análisis
(Benford y Hunt, 1992; Snow y Benford, 1988; Snow, Rochford Jr.,
Worden y Benford, 1986).
Finalmente, recuperando la síntesis de Lofland (1996) sobre los
aspectos organizacionales que la TMR puso de relieve, y dejando de lado
consi-deraciones acerca del entorno y los procesos de construcción social
de la realidad, las variables que inciden en el desempeño de las OMS son:
1) la forma de ejercer la autoridad; 2) las reglas que rigen la vida interna
de las OMS; 3) los medios de control social que aseguran la coordinación
de las acciones emprendidas por las OMS; 4) el tipo de relaciones sociales
predominante entre los miembros de las OMS; 5) las formas de reclu-
tamiento, promoción y reconocimiento de los miembros de las OMS; 6)
los tipos y estructura de incentivos selectivos a la colaboración dentro de
la OMS; 7) la estratificación de la OMS a partir de la distribución del
prestigio, los privilegios y el poder; 8) el grado de diferenciación de activi-
dades y de división del trabajo.
Volveremos en las conclusiones a estas variables para incorporar a esta
lista preliminar los resultados que arroja la reseña de los estudios prove-
nientes de la sociología de la organización que exponemos a continuación.
2. Asociaciones y teorías de la organización
Aunque con frecuencia descalificada tanto por su estrecha relación con el
desarrollo de la moderna empresa capitalista como por un excesivo mecani-
cismo que la hace sospechosa de autocomplacencia y conservadurismo en la
25
perspectivas teóricas
medida en que postula una sociedad organizada con pocos resquicios para el
cambio (Casey, 2002), la teoría de la organización se encuentra en los funda-
mentos del quehacer sociológico y ha dado lugar lo mismo a lineamientos
puntuales que hoy orientan el funcionamiento de empresas, instituciones
públicas y agencias de gobierno, que a una extensa y diversificada reflexión que
permite acercarse a una variedad de organizaciones, incluidas las asociaciones
de diverso tipo. Hoy, dice Goran Ahrne, la teoría de la organización se bene-
ficia de un eclecticismo que le permite abordar diferentes objetos de estudio
sin dependencias paradigmáticas que la limiten (Ahrne, 1990: 30-31).
Tal vez uno de los cuestionamientos más serios hacia la teoría de la orga-
nización deriven precisamente de su excesiva instrumentalización por parte de
quienes la han utilizado fundamentalmente como un conjunto de reglas para
el buen desempeño de la empresa o de la administración pública y que han
tendido a trivializar sus contenidos. Sin embargo, hay que reconocer la exis-
tencia de una extensa literatura que ha seguido las transformaciones de ambas
formas de organización y que en gran medida ha sido responsable de los pro-
pios cambios en el funcionamiento interno de las mismas (Scott, 2003).
De otro lado, son pocos los estudios que, desde la perspectiva de la
organización se han hecho acerca de las asociaciones voluntarias. Aunque el
crecimiento de estas últimas, como actores cada vez más importantes en la
vida social y política de las democracias modernas, ha renovado el interés por
relacionar formulaciones teóricas con experiencias surgidas de su fun-
cionamiento real, se han utilizado otras perspectivas como el capital social,
la sociedad civil, la teoría de los movimientos sociales y la teoría de la mo-
vilización de recursos que ya hemos mencionado arriba. Aunque algunos
teóricos de la organización hacen referencia expresa a las asociaciones (Scott,
2003; Ahrne, 1990) no se detienen en sus peculiaridades. Hasta donde
hemos encontrado, las posibilidades analíticas de la teoría de la organización
aplicadas a las asociaciones han sido parcialmente utilizadas por organismos
internacionales que, basados en algunos de sus principios han diseñado y lle-
vado a cabo procedimientos de evaluación no solamente de asociaciones,
sino también de programas sociales y organismos diversos (Lusthaus,
Adrien, Anderson, Carden y Plinio Montalbán, 1999). Más recientemente
ha surgido una literatura de corte administrativo orientada al funcionamien-
to racional de las asociaciones y, con frecuencia, vinculada a cursos para sus
integrantes y a modelos organizativos.
perspectivas teóricas
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La importante relación de las propuestas de la teoría de la organización
con elementos empíricos derivados de diversas metodologías, incluida de
manera destacada la observación participante, aporta numerosos elementos
para analizar asociaciones y evaluar su desempeño. Para ello es preciso
reconocer algunas tensiones surgidas de tendencias contradictorias en las
propias organizaciones que a su vez han dado lugar a perspectivas teóricas
divergentes. En esta segunda parte, la búsqueda de criterios flexibles para el
análisis se orienta por la identificación de algunos de estos problemas analí-
ticos y las diversas variables derivadas de ellos para el estudio concreto de
diversos tipos de asociaciones. La atención se ha centrado en primer lugar,
en la tendencia hacia la racionalidad en las organizaciones que contrasta con
la tendencia a autopreservarse y evitar su propia desaparición, orientaciones
que han sido recogidas por los enfoques racional y sistémico respectiva-
mente. En segundo lugar, la tensión entre sistemas cerrados y sistemas abier-
tos en donde el análisis se inclina hoy por el predominio de los segundos.
Finalmente, la tensión entre la organización como actor social y político de
un lado y como agregado de individualidades del otro.
¿Reglas o autorregulación?
En un texto que se ha vuelto clásico, Alvin Gouldner afirmó que las teorías
de la organización habían considerado a ésta fundamentalmente desde dos
perspectivas: aquellas que, a partir de Comte y más tarde de Parsons, ven a
la organización como producto de un orden natural, determinado por las
expectativas recíprocas y aquellas otras que, de acuerdo con Weber, la ven
como producto de un orden racional, regido por reglas elaboradas expresa-
mente para asegurar su mayor eficiencia (Gouldner, 1959). Gouldner iden-
tificó a los dos tipos con los términos que muchos autores siguen usando
hasta la fecha: en el primer caso como sistemas"naturales" y en el segundo
como "racionales" (Scott, 2003).
Las organizaciones en tanto sistemas naturales están consideradas como
colectividades: grupos sociales que se esfuerzan por adaptarse y sobrevivir.
En las diversas versiones funcionalistas de esta perspectiva, la división del
trabajo y el desempeño de funciones específicas por parte de cada uno de los
integrantes de la asociación colaboran a mantener un equilibrio estable,
mientras que normas y pautas de conducta colaboran a reforzar la integración
27
perspectivas teóricas
y a evitar el conflicto. Conforme en la organización aumenta el número de
sus integrantes, se diversifican las tareas y se transforman las formas internas
de funcionamiento, nuevos mecanismos formales e informales aparecen para
normar la actividad cotidiana y regular el conflicto (Harmon y Mayer, 1999;
Scott, 2003). Otras versiones de esta perspectiva se encuentran con frecuen-
cia en las teorías que han servido para el estudio de los partidos políticos,
donde, como observa Scott (2003, 58) desde Michels, se ha hecho énfasis en
la lógica de subsistencia y autopreservación del partido
4
.
Derivado de este enfoque, un abundante número de trabajos dirigió su
atención hacia aquellos mecanismos que colaboraban a hacer más agradable el
trabajo dentro de las empresas y consecuentemente aseguraban una mayor
productividad. La sociología del trabajo con sus diferentes propuestas sobre la
relación entre características del lugar de trabajo, procesos decisorios, comuni-
cación y productividad proviene de la tendencia teórica a suponer mecanismos
de regulación derivados justamente de esa vocación de las organizaciones a
buscar formas internas de aliviar tensiones y mantener el equilibrio.
De otro lado, la perspectiva racional parte de que las organizaciones
han sido creadas por la voluntad de los individuos con un determinado fin.
Por lo mismo, se distinguen por orientar sus esfuerzos hacia la consecución
de metas específicas. Para Max Weber, quien establece los fundamentos
teóricos de esta perspectiva, el fenómeno de la organización, está ligado a las
sociedades modernas en las que predomina el elemento racional como fun-
damento de la dominación legítima y su expresión más acabada en las
sociedades modernas es la burocracia. La racionalidad, entendida como la
adecuación de los medios respecto de los fines constituye su rasgo sobre-
saliente. Por lo mismo enfatiza la existencia de reglas formales que orientan
la actividad de los integrantes de la organización y que asignan tareas a sus
diferentes niveles de responsabilidad, independientemente de quien ocupe
los puestos. La organización, según Weber consiste básicamente en "la dis-
tribución de los poderes de mando" (Weber, 1969: 704 y ss.). Esta segunda
corriente hará objeto de sus preocupaciones a dos tipos de organización: la
vinculada con el aparato estatal que es la que interesaba a Weber fundamen-
talmente y, por extensión, la que corresponde a la empresa productiva. Si en
4
Un ejemplo reciente sería el análisis de partidos políticos de Angelo Panebianco,
Modelos de partido
,
Madrid,
Alianza, 1990.
perspectivas teóricas
28
la organización estatal las acciones pueden estar orientadas hacia metas pre-
cisas, en donde es posible medir el grado de cumplimiento, en la empresa
productiva, encaminada hacia la producción de bienes concretos, esta co-
rrespondencia se vuelve aún más evidente. En cualquiera de los dos casos, la
organización "es vista como producto de una administración racional y
consciente al tiempo que los cambios en los patrones organizacionales se
consideran como estrategias planeadas para aumentar el nivel de eficiencia"
(Gouldner, 1959: 404).
La perspectiva racional destaca tres conjuntos de problemas: a)
la
división del trabajo
para aumentar la eficiencia (entendida por algunos
autores como la obtención de máximos resultados a partir de los recursos
disponibles); b)
la distribución jerarquizada del mando
, ligada a la idea orga-
nizativa de Weber, citada arriba, y c)
la toma de decisiones
en donde el cálcu-
lo de consecuencias se vincula con la búsqueda de la mejor alternativa de
acuerdo al conocimiento y la experiencia de quien las toma. La información
en este caso, se convierte en un factor de suma importancia (Harmon y
Mayer, 1999: 161-225).
Derivado de esta perspectiva, el cumplimiento de metas ha sido consi-
derado como indicador fundamental de "eficacia" para el análisis de las
organizaciones (Lusthaus
et al
., 1999). Esta premisa, sin embargo, merece
considerarse con precaución. De un lado, como señala Scott (2003: 290-
292) las metas pueden variar de acuerdo con factores diversos que incluyen
la percepción de prioridades por parte de distintos grupos dentro de la orga-
nización, problema que trataremos más adelante. Por el otro, la "eficacia"
puede estar mediada por consideraciones que obedecen a la lógica de man-
tener la cohesión interna de la asociación y no directamente a la lógica del
cumplimiento de objetivos. Acciones tales como el establecimiento de reglas
transitorias, la negociación para obtener acuerdos parciales entre actores
diversos dentro de la asociación y el desvío parcial de los objetivos para solu-
cionar problemas de corto plazo deben ser tomadas en cuenta no como indi-
cadores de falta de eficacia, sino como esfuerzos dedicados a preservar la
buena marcha de la organización. Por lo mismo, criterios referidos a la sat-
isfacción de los miembros de la organización o a su estabilidad interna
pueden ser tan significativos como la existencia de reglas de contabilidad o
la distribución adecuada del mando que se asocian a la orientación racional.
En el trabajo ya citado, Gouldner afirmaba que el funcionamiento real
29
perspectivas teóricas
de una organización combina ambas orientaciones: la natural (privilegiada
por la sociología de los años cincuentas, según Gouldner) y la racional. Una
teoría de la organización que aspire a dar cuenta de la complejidad del fenó-
meno, dice Gouldner, tendría que echar mano de ambas perspectivas para
reconocer de un lado, los elementos racionales que surgen de la búsqueda de
caminos más eficientes para llegar a las metas, y del otro, patrones de com-
portamiento (normas valores, sentimientos) que explican el funcionamiento
de la organización más allá de las reglas y las rutinas formales. La búsqueda
de espacios de encuentro de los empleados en una oficina para platicar o
tomar café, los elementos de identidad que impulsan a los miembros de una
organización a defenderla en momentos de crisis o en el caso de las empre-
sas productivas, la aplicación de procedimientos técnicos por parte de
personal especializado que retardan resultados y aparentemente actúan en
contra de las metas de productividad e incluso de calidad del producto, pero
que garantizan mayor seguridad a los trabajadores, son ejemplos de que la
organización no puede explicarse exclusivamente por sus objetivos y que,
para su supervivencia, los mecanismos espontáneos de comportamiento de
los integrantes de la organización y las normas o pautas de conducta elabo-
radas a partir de los mismos, son tan importantes como las reglas, controles
y conocimiento experto que se establecen para asegurar el cumplimiento de
las metas
5
.
Ahrne recupera esta dicotomía al definir a la organización,
cualquiera que ésta sea, como una forma "de volver permanentes algunas
actividades humanas, con el fin de aumentar el control sobre entornos
inciertos" (Ahrne 1990: 36), en donde la permanencia, de un lado, y la
búsqueda de una racionalidad que haga frente a las presiones externas, del
otro, confieren sentido a la necesidad de la agrupación.
Organizaciones cerradas o abiertas
Una situación semejante a la anterior ocurre con el "entorno". Tanto las dos
perspectivas mencionadas arriba, como la crítica del mismo Gouldner,
surgen de una visión de la organización como sistema "cerrado" (Hall, 1980;
6
Además de que habría que tomar en cuenta las eventuales consecuencias negativas del funcionamiento burocráti-
co (Merton 1964: 275 y s.s.) que convierte a las reglas en fines, desestimula la imaginación crítica y refuerza la
conformidad.
perspectivas teóricas
30
7
En propuestas como la de Lusthaus
et al
. (1999), el entorno se convierte de hecho en materia de evaluación al
considerarse que uno de éstos con reglas e instituciones apropiadas contribuirá al buen funcionamiento de la
organización. A su vez, Warren (2001) sugiere que para el desarrollo de una vida asociacional sana se requiere
de un Estado sólido que garantice derechos fundamentales, proteja libertades, otorgue seguridad social y cuente
con un sistema judicial confiable.
Scott, 2003). Ésta interpreta todo el funcionamiento de la organización
como explicable por sí mismo, en donde tanto el cumplimiento de las reglas
como las medidas tendientes a preservar el equilibrio interno son producto
de factores estructurales inherentes a la propia organización.
Este concepto de la organización como sistema cerrado se modificó a lo
largo de la década de los sesentas, primero a partir de la noción de "contin-
gencia" utilizada para señalar condiciones externas cambiantes que podían
afectar el cumplimiento de las metas o la permanencia de una organización
(por ejemplo, en el caso de la empresa: la inflación o una crisis económica,
Hall, 1980: 32-43). Más adelante, diversas teorías, desde el institucionalismo
hasta la teoría del caos, señalaron la influencia que diversos tipos de elemen-
tos externos (reglas oficiales, agencias de financiamiento, tendencias políticas,
circunstancias inesperadas, etc.) tienen sobre la organización. Por ello, las
nuevas perspectivas acerca de la organización tienden a considerar a ésta
como un sistema abierto, sujeto a diversas influencias del medio am-biente
pero también capaz de controlar y/o aprovechar los elementos externos para
servir a sus fines. El entorno, por su parte puede ser estable y predecible o
fluido, cambiante y difícil de entender, lo cual requiere de un mayor esfuer-
zo por parte de la organización (Hall, 1980). En este caso, los criterios de
análisis o evaluación deben tomar en cuenta cuestiones tales como la con-
gruencia de la reglamentación interna con las reglas de mayor alcance; la
habilidad para obtener recursos de diversas fuentes; la capacidad para hacer
uso de elementos producidos por otras organizaciones de diverso tipo (i.e.,
tecnologías o formas de operación), así como la contribución al bienestar de
la comunidad. Asimismo, las relaciones establecidas con asociaciones simi-
lares, con el gobierno o con fundaciones privadas se convierten en criterios
fundamentales de la evaluación
6
.
Algunos de estos elementos que en el análisis de la empresa se concep-
tualizaron desde el punto de vista de la satisfacción de los "clientes", en el
caso de las asociaciones se han convertido en la satisfacción de los llamados
"stakeholders" término que abarca a todos aquellos involucrados con la
asociación, desde sus miembros activos hasta aquellos que colaboran regular
31
perspectivas teóricas
u ocasionalmente con donativos o que son simplemente simpatizantes
(Lusthaus
et al
., 1999). Por la necesidad de responder a circunstancias cam-
biantes, adaptabilidad y flexibilidad también han sido propuestos por otros
autores (Scott, 2003: 350-4) como características que permiten a las organi-
zaciones sobrevivir e incorporarse a nuevas situaciones.
Actores colectivos
vs
actores individuales
El estudio de las organizaciones las ha considerado como conjuntos estruc-
turados de acuerdo con diversos principios (por ejemplo, la clasificación de
Etzioni (1980) relacionada con los tipos de control: coercitivo, normativo y
utilitario) que actúan unificadamente y que, como tales tienen capacidad de
interlocución con otros actores individuales o con otras organizaciones.
Algunas organizaciones complejas como el Estado han dado lugar a teorías
e interpretaciones propias que recuperan o priorizan elementos como el
poder, la representación o el régimen político sin perder de vista el elemen-
to organizativo y colectivo que les da razón de ser. En esta perspectiva la
organización es considerada como un actor en sí misma.
Pero al mismo tiempo, las asociaciones han sido producidas por indi-
viduos que tienen motivaciones distintas, que ocupan puestos diferentes en
la jerarquía organizativa y que incluso tienen puntos de vista divergentes
sobre los mejores caminos para obtener las metas que la organización per-
sigue. La teoría económica de la política ha subrayado el conflicto entre la
acción colectiva orientada a la obtención de un bien público y el deseo indi-
vidual de obtener un beneficio privado que conducen a que mientras mayor
sea el bien obtenido y menor el costo para obtenerlo, mejores serán las pro-
babilidades de los individuos participen y que una asociación se mantenga y
prospere. Por ello insiste en la necesidad de que las asociaciones ofrezcan
incentivos selectivos a sus integrantes (Olson, 1965). Desde un punto de
vista distinto, pero también relacionado con la diversidad interna de las
organizaciones, Hirschman (1977 [1970]) postuló la importancia de la
"voz" y la "salida" (
exit
) como las alternativas de disidencia de los miembros
de una asociación que, según esa teoría, pueden optar por defender sus pun-
tos de vista (la voz) o por salirse de la organización. Warren (2001) a su vez,
ha relacionado ambos elementos con la posibilidad de que haya mayor o
menor oportunidad de debate al interior de una asociación. La diversidad
perspectivas teóricas
32
interna es también el punto de partida de diversos estudios que han enfa-
tizado las relaciones de poder dentro de la organización, así como los jue-
gos internos a que esas relaciones dan lugar (
i.e
., Crozier y Friedberg, 1990
[1977]). En este caso, otros criterios como legitimidad del mando, hori-
zontalidad de procesos de decisión, existencia de espacios de discusión,
obligatoriedad de la afiliación, competencias creadoras de poder indivi-
dual y beneficios adicionales, pueden ser indicativos de la capacidad de las
organizaciones –de las asociaciones- para enfrentar y manejar conflictos
internos.
En suma, para el estudio de las asociaciones consideradas en este
artículo podemos distinguir cuatro grupos de variables que nos permitirían
construir criterios de análisis:
racionalidad
,
permanencia
de la asociación,
relación con el entorno
y
coherencia
frente a la diversidad interna tal y como
gráficamente se muestra en el siguiente cuadro:
Variables para la construcción de criterios
útiles en la evaluación de asociaciones
Las cuatro dimensiones mencionadas se presentan en estrecho grado de
interrelación de tal manera que elementos que pertenecen a uno de ellas
explican con frecuencia a las otras tres; por ejemplo, la existencia de recur-
33
perspectivas teóricas
Racionalidad
(Orientación hacia fines, búsqueda
de eficacia y eficiencia )
• reglas formales
•distribución jerarquizada del mando
• toma de decisiones
• división del trabajo
• conocimiento experto
• definición de metas
• aprovechamiento de recursos
• sistemas de contraloría
fiscalización
I
II
Permanencia
(Autopreservación, equilibrio,
integración)
• reglas informales
• espacio de trabajo
• comunicación interna
• valores compartidos
• protección interna
• mecanismos de solución de
problemas confianza
Relación con el entorno
• congruencia entre reglas internas y
externas (local,
• nacional, internacional)
• obtención de recursos
• capacidad de innovación o cambio
• relación con la comunidad
(bienestar)
• relación con otras asociaciones y
creación de redes
• generación de
satisfacción hacia los
"stakeholders"
• adaptabilidad y flexibilidad
• sistemas de información
Coherencia asociacional frente
a diversidad interna
• incentivos adicionales a los
miembros
• obligatoriedad de la afiliación
(salida)
• espacios de discusión (voz)
• reconocimiento de ámbitos de
competencia
• obtención de consensos
perspectivas teóricas
34
sos financieros o su manejo puede verse fundamentalmente como una
cuestión de racionalidad administrativa, pero al mismo tiempo la relación
con el entorno o la capacidad para proporcionar incentivos asociada con la
coherencia pueden derivar de aquélla. De igual manera, las formas de procu-
rarse información o de comunicarse internamente pueden ser consideradas
como elementos de la asociación que lo mismo aportan conocimiento sobre
su racionalidad que sobre sus formas de conservar la unidad interna o de
relacionarse con la sociedad.
Aunque una evaluación global del desempeño de las asociaciones
implica considerar los cuatro grupos o dimensiones de variables señaladas
para la construcción de criterios, el cuadro 1 muestra dos columnas. La
primera corresponde a un enfoque más económico y administrativo del
desempeño asociacional, afín a la teoría de la movilización de recursos (cen-
trada en la pregunta, ¿cómo hacen las cosas?), mientras que la segunda
refiere a un enfoque más sociológico y sistémico donde factores como va-
lores e identidad son fundamentales para comprender las motivaciones de la
vida asociativa y su permanencia (centrada en la pregunta, ¿por qué la gente
forma asociaciones? ¿qué es lo que las mantiene unidas y activas?).
Conclusiones
La relación entre movimientos sociales y asociaciones (llamadas aquí
Organizaciones del Movimiento Social, OMS) que en ocasiones deja orga-
nizaciones institucionalizadas donde antes sólo había movimientos, nos
remite a la dualidad dinámica que se observa en la acción colectiva entre
agentes y estructuras. De ahí que algunas de las consecuencias atribuidas a
los movimientos sociales pueden ser consideradas también como resultado
de las características de las asociaciones y sus actividades, y viceversa. Así, la
posibilidad de analizar las acciones estratégicas de las asociaciones y de exa-
minar sus consecuencias de mediano o largo alcance abre interesantes
caminos de análisis.
Por otro lado, numerosos sistemas de evaluación del desempeño asocia-
tivo se han centrado en el cumplimiento de metas explícitas. Sin embargo,
es preciso considerar que, así como los movimientos sociales tienen conse-
cuencias esperadas e inesperadas, mediatas e inmediatas, de transformación
35
perspectivas teóricas
superficial o profunda de la sociedad, el desempeño asociativo no puede ser
reducido al cumplimiento de sus objetivos expresos. Algunas consecuencias
no formuladas explícitamente como objetivos (como el aprendizaje
democrático y la ampliación de las redes sociales, por ejemplo) con frecuen-
cia son consecuencias imprevistas de las acciones deliberadas de las asocia-
ciones. Más aún, la búsqueda de objetivos precisos provoca también efectos
diversos que es imposible prever (como innovaciones técnicas, culturales o
administrativas), pero que no hubieran ocurrido si la asociación no se
hubiera movilizado para conseguir sus objetivos expresos.
Por otra parte, la teoría organizacional constituye un ámbito teórico
propicio para la identificación de variables que, como nos propusimos en un
inicio nos permitan la construcción de criterios para la evaluación del
desempeño asociacional. Sin embargo, las variables señaladas en distintos
momentos (sintetizadas en el Cuadro 1) ameritan un análisis más detallado
y pormenorizado para poder convertirse en criterios claros que a su vez
puedan ser relacionados con indicadores de buen desempeño. Cada variable
puede dar lugar a diferentes criterios (por ejemplo, comunicación a través de
canales formales o comunicación informal; división del trabajo compleja o
simple; obtención de recursos diversificados, de una sola fuente o escasa,
etc.). Un paso adicional será, seguramente, la construcción de una tipología
de modelos asociativos para luego cruzarla con los criterios identificados
hasta este momento y considerar, entonces, sus posibles combinaciones.
Aunque esta línea de trabajo pareciera conducir a una matriz muy amplia
(de tantas columnas como tipos asociativos identifiquemos y con tantos ren-
glones como criterios significativos distingamos), en la práctica creemos que
las combinaciones formalmente posibles se reducirán a un número significa-
tivamente menor de combinaciones relevantes debido a que existe una
afinidad electiva entre los criterios y los tipos asociativos. La distinción entre
tipos organizativos que propone Lofland (1996), la burocrática y la colec-
tivista, nos parece limitada para analizar una mayor variedad de asociaciones,
si bien puede ser muy útil para analizar a las organizaciones del movimien-
to social. Sin embargo, el procedimiento de Lofland ilustra uno de los
caminos que podemos seguir en nuestra investigación. A partir de la distin-
ción dicotómica mencionada, Lofland encuentra que en las asociaciones
"burocráticas" la autoridad se encuentra concentrada, existen reglas, opera
un control social basado en ellas, las relaciones sociales son instrumentales e
perspectivas teóricas
36
impersonales, el reclutamiento y las promociones dependen de las califica-
ciones y la antigüedad, los incentivos son materiales, la estratificación alta,
lo mismo que la diferenciación y la especialización. En contraste, en las aso-
ciaciones que él llama "colectivistas" la autoridad se encuentra descentraliza-
da, no operan reglas claras, el control es de tipo normativo, las relaciones
sociales son personales y afectivas, el reclutamiento se da a través de redes
personales con afinidades ideológicas, los incentivos son en función de va-
lores, la estratificación es mínima, al igual que la división del trabajo y la espe-
cialización. Si bien esta dicotomía entre tipos asociativos es muy sugerente
creemos que aún es posible hacer algunas otras distinciones significativas
entre tipos asociativos en la línea sugerida por Luna y Tirado (en este mismo
volumen) para analizar los procesos de toma de decisiones. El análisis de los
tipos asociativos, sus posibles combinaciones con los criterios aquí señalados,
así como las combinaciones que en la práctica observamos con mayor fre-
cuencia será desarrollado en un trabajo posterior.
Recibido el 28 de enero del 2005
Aceptado el 22 de febrero del 2005
37
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