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Rousseau y la nostalgia:
La política como estética y liberación
Víctor Hugo Martínez*
Resumen
En este artículo, el autor analiza qué es la política para Rousseau
basado en la
hipótesis de que la política roussoniana tiene un espíritu nostálgico y liberador.
Enemigo de la modernidad que avasalla la tradición comunitaria, Rousseau propone
una política estética para perfeccionar al individuo. Nostálgico, su concepto de la
política es atractivo, pero problemático por su idealización.
Abstract
In his article, the author analyses what is politics for Rousseau based on the hipothe-
sis that the Roussonean politics has a nostalgic and liberating spirit. Enemy of the
modernity that subjugate the community tradition, Rousseau proposes an aesthetic
politics to make perfect the human being. His nostalgic concept of politics is attrac-
tive, but problematic because of its idealization.
Palabras clave:
Juan Jacobo Rousseau, política, nostalgia, modernidad, democracia
* Centro de Estudios Sociológicos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional
Autónoma de México, Circuito Mario de la Cueva s/n, Edificio E, Ciudad Universitaria, México, 04510.
perspectivas teóricas
16
Hay tanto siempre que
no llega nunca
Quiero creer que estoy volviendo.
Mario Benedetti
Introducción
Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), autor que creyó poseer dones únicos
para procurar la felicidad humana, fue, según Robespierre, "el hombre al
que se debe la saludable mejoría de nuestra moral, costumbres, leyes, sen-
timientos y hábitos"
1
. Sujeto de halagos, Rousseau cosechó también furiosos
ataques: "era falaz, vanidoso como Satán, desagradecido, cruel, hipócrita y
lleno de malevolencia"
2
. Ambiguo en su vida personal y en las opiniones de sus
contemporáneos, Rousseau generó una obra tan hermosa como paradójica:
enemigo íntimo del curso de la modernidad a costa de la tradición, resultaría,
sin embargo, más moderno que nadie.
Las contradicciones roussonianas suelen producir en el plano político
interpretaciones antagónicas. De demócrata radical hasta totalitario, el arco
iris de sus lecturas tiene muchos colores, pero tal vez un mismo tono: la nos-
talgia por una concepción estética y liberadora de la política que la mo-
dernidad avasalla. Su
Contrato Social
(modelo prescriptivo de la convivencia
justa), su
Emilio
(reclamo a los artificios de la civilización y el progreso), sus
Confesiones
(presentación de sí mismo y de su rechazo a la Ilustración por no
sanar los males de la sociedad) y su
Discurso sobre el origen y los fundamentos
de la desigualdad entre los hombres
(alegato contra el egoísmo y la propiedad
privada) comparten este sello tan singular.
Defensor de la naturaleza, la percepción poética, el sentido comunitario y
de un pacto social en el que "ningún ciudadano sea suficientemente opulento
como para comprar a otro
3
"; placentero y a la vez difícil de leer por su recur-
rencia al
imperativo metafórico
, Rousseau le imprimió un sello tan especial a lo
1
Joan Macdonald,
Rousseau and the French Revolution
, Londres, George Allen & Unwin Ltd. 1965.
2
Denis Diderot en Paul Johnson, "Jean-Jacques Rousseau", en Paul Johnson,
Intelectuales
, Vergara, Buenos Aires, 2000.
3
Juan Jacobo Rousseau,
El Contrato Social
, Barcelona, Altaza, 1993, p. 51
17
perspectivas teóricas
político que ante las preguntas canónicas de la filosofía política, ¿qué es y
qué puede esperarse de la política?, el francés respondió siempre en clave
nostálgica
4
: inconforme con su crudeza moderna, propuso engalanarla con
una concepción mezcla de belleza y redención.
Tal enfoque es abordado en este trabajo a través de dos líneas directri-
ces. La primera recupera las nociones que sobre lo político propusieron
algunos filósofos antecesores a Rousseau. En la segunda, se plantea la refle-
xión crítica que sobre el quehacer político se hiciera el ginebrino.
En lontananza
La política no fue siempre una actividad autónoma y específica. No ocurría
así en los tiempos de Platón (c 428-c. 347 a.C.). Para éste, la política debía
ser considerada un arte: la búsqueda incorruptible del bien y la justicia.
Actividad omnipresente, la política aludía en Platón a la belleza y a lo más
puro de los hombres. Artesanal y casi de otro mundo, la política platónica
era virtud y honradez, perfección que despreciaba la retórica y preferenciaba
el principio de sufrir una injusticia antes que cometerla. El peso de Platón
hizo que los sofistas fuesen criticados por avizorar tempranamente una fisura
entre política y ética.
La moralidad platónica no aceptaba, efectivamente, ninguna sepa-
ración entre lo político y lo ético. La política era para el ateniense un arte
académico y existencial que consideraba engañosos a aquellos discursos
retóricos que tan sólo buscaban burlar los castigos justamente merecidos,
por eso era abstracta (Platón dejó plena constancia de ello en sus
Diálogos
con Polo, Gorgias y Callicles); la política era además incapaz del divorcio de
la
ética, se subsumía en ella, por eso era artística.
Más ajeno a los objetos ideales y más próximo a las causas de este
mundo, Aristóteles (384-322 a.C.) no distrajo la mirada con respecto a la
separación de la ética y la política. Su obra
La Política
, considerada como el
4
La política, asienta Norberto Bobbio ("Política", en N. Bobbio y Nicola Matteucci,
Diccionario de Política
,
México Siglo Veintiuno Editores, 1987, pp. 1240-52), ha tenido dos edades: una "clásica", referida a las fun-
ciones, las divisiones del Estado y las varias formas de gobierno y otra "moderna", a la que pertenecen a la políti-
ca acciones para mantener, defender o ampliar el poder estatal. Clásica, la concepción política de Rousseau
posee
tintes nostálgicos que resaltaremos.
perspectivas teóricas
18
primer tratado sobre la naturaleza, funciones y formas de gobierno, no se
distrajo más en subrayar la indivisibilidad del campo ético-político. Con
Aristóteles y su estudio de las constituciones de los pueblos se asomó,
aunque poco desarrollada, una visión distinta de la especificidad de la políti-
ca para la cual "ya no es la vida perfecta el ideal de ésta sino la estabilidad y
la seguridad"
5
.
Menos artística y omnipresente, la política-ética no era para Aristóteles
el único puente a la justicia. Lo político tenía otro espacio y otra dimensión,
permeable a los usos y costumbres de las sociedades. Por ello no se podía
unir a la ética de un modo definitivo. Si bien entre política y ética había con-
tacto, las separaban sin embargo serias diferencias: un hombre bueno no
equivalía forzosamente a un buen ciudadano. En el universo helénico,
Aristóteles innovó pues aun sin existir una disyunción absoluta entre ética y
política, el Estagirita llegó ya a advertirla.
Con el salto de siglos y ciclos, pero en la misma dirección de lo traza-
do, es con Nicolás Maquiavelo (1469-1527) que la política se desmarcó
definitivamente de la ética. Las virtudes morales, después de
El Príncipe
,
dejaron de ser sinónimo de aptitudes políticas. La política maquiavélica fue
pragmática: conquista y mantenimiento del poder. La astucia del zorro y la
fuerza del león la caracterizaron. No había espacio para estetas. La política,
en manos de hombres egoístas, se convirtió en venero del poder y razón de
Estado. Silenciados los dioses intrigantes, la política dejó de ser justa, ética o
deseable. Era lo que era y a ello habría ahora que atenerse sin remedar a la
naturaleza o aguardar mandamientos extraterrenales.
El pensamiento político, autónomo ya en Maquiavelo, cobró un nuevo
paradigma en la obra de Thomas Hobbes (1588-1679 d.C.) —explicable a
partir de las guerras fratricidas que desgarraban en su tiempo a Inglaterra—
para quien la política era producto de hombres racionales "capaces de calcu-
lar que ningún precio es demasiado cuando se trata de asegurar la vida frente
a los riesgos de una muerte violenta y prematura"
6
. Sin cabida para la virtud
platónica ni para la excelencia aristotélica, la política fue entendida como
una negociación afortunada que acabase con la guerra.
5
José Rubio Carracedo,
Paradigmas de la Política. Del Estado Justo al Estado Legítimo (Platón, Marx, Rawls, Nozick)
,
Barcelona, Anthropos, 1990, p. 18.
6
Luis Salazar, "Raíces político-institucionales del autoritarismo", en Nora Rabotnikof, Ambrosio Velasco y Corina
Yturbe (comps.),
La Tenacidad de la Política
, México, Universidad Nacional Autónoma de México,
1995, p. 32
19
perspectivas teóricas
Monarcómano, Hobbes defendió el orden y la estabilidad de un go-
bierno (el absoluto) por entonces en crisis. En un momento de definiciones,
Hobbes apostó por la creación de un entidad que concentrara todo el poder
político, el
Leviatán
. Este artificio estatal fue posible gracias a la política,
actividad a la que el hombre se había sumado convocado por el miedo al
conflicto y
la esperanza de llegar a acuerdos de paz. Fundada en el temor, la
política se convirtió en génesis del Estado y encarnación de un poder abso-
luto al que los hombres se entregaban para pactar su propia seguridad. Del
acuerdo horizontal entre ellos (novedoso en Hobbes), el
Leviatán
ganó su
sustento legítimo una vez que la modernidad (des)autorizó a la tradición y a
la religión para reclamar obediencia.
La política, vuelta instrumental por Maquiavelo y convertida después
en recurso contra la muerte por Hobbes, tuvo en John Locke (1632-1704)
otra de sus evoluciones significativas. La guerra que horrorizó al pensador de
Malmesbury parece haber suscitado en Locke un efecto seductor que, ilu-
sionado por las andanadas subversivas contra el antiguo régimen, lo llevaría
a justificar la violencia de la "Revolución Gloriosa" (1688-1689). Los dos
tratados sobre el gobierno civil de Locke dieron cuenta tanto de un tránsito
del horror al encantamiento revolucionario, como de una concepción de la
política fundamentalmente "privatizada".
Para Locke la política era un
mal necesario
que sólo podía justificarse si
protegía los fines individuales. Nada hay en esta concepción de las otrora
armonía y belleza helénicas. La política, antes magna, fue en la teoría lockea-
na limitada y precaria: un mero instrumento para hacer invulnerables los
derechos privados (la vida y la propiedad, sobre todo) frente al espacio públi-
co-estatal.
En el pensamiento del padre del liberalismo político moderno privó
una concepción individualista y antipolítica de la política: "necesaria para
proteger los derechos individuales, la política por ello mismo ha de limitarse
jurídica y funcionalmente, con el fin de ampliar al máximo el ámbito de la
libertad privada".
7
El reino de lo privado, defendido por Locke, restringió la
política: ésta era un mal necesario y, además, tendencialmente prescindible.
Conceptualizada así, la política sólo podía ser entendida como mero vigilante
7
Ibidem
, p. 271.
perspectivas teóricas
20
de los derechos privados, sostenida, ya no en la existencia de un poder abso-
luto, sino en la acotación de éste a beneficio de los particulares.
La política roussoniana
La política en Rousseau, enemigo declarado de las teorías contractualistas de
corte liberal de su época, cobró un valor distinto
8
. Para ilustrar este giro,
recordemos que Rousseau, al reemplazar el binomio "estado de naturaleza-
sociedad civil" por la tríada "estado de naturaleza/sociedad civil/República",
puso de cabeza al
iusnaturalismo
de su época.
9
Para Rousseau, los motivos de
esta inversión eran tres: 1) en el estado de naturaleza el hombre es un ser
inocente, sin los vicios que los filósofos le atribuyeron
10
; 2) la sociedad civil,
convertida en solución por los demás iusnaturalistas, es en realidad la fuente
de los problemas que desatan la desigualdad y la opresión; y 3) siendo la
sociedad civil el sitio de la desigualdad y la opresión, la República (un nuevo
contrato social) será el de la igualdad y la libertad. El giro, como puede verse,
es casi de 360 grados: para los iusnaturalistas, el estado de naturaleza tiene
un valor negativo y el estado civil un valor positivo; para Rousseau, las cosas
son inversas.
Esta contraposición de valores, inspirada por el juicio roussoniano de la
civilización como un proceso degenerativo en el que la humanidad encon-
tró su corrupción y no su perfeccionamiento, conduce a una alternativa este-
tizante y liberadora. Reconociendo, con un dejo de nostalgia, que el estado
de naturaleza (incorrupto) ya no existe, y que probablemente no existirá
jamás, éste es considerado por Rousseau como un referente indispensable
para tener nociones ajustadas y para juzgar adecuadamente nuestro presente
11
.
Postulando, por otra parte
12
, que la tarea esencial del Estado es la educación
8
Esta diferencia alude en el fondo a la antítesis entre liberalismo (Locke) y democracia (Rousseau). Véase Norberto
Bobbio,
Liberalismo y Democracia
, México, Fondo de Cultura Económica, 1989.
9
José Fernández Santillán,
Hobbes y Rousseau. Entre la autocracia y la democracia
, México, Fondo de Cultura
Económica, 1988.
10
Cfr. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres
, en el que Rousseau afirma que
los filósofos han transportado al estado de naturaleza ideas de la sociedad civil, imputando al hombre salvaje
comportamientos del hombre moderno.
11
J.J. Rousseau,
Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad
entre los hombres y otros escritos,
Madrid,
Tecnos, 1995, p. 111.
12
J. J. Rousseau,
Emilio o de la Educación
, México, Editores Mexicanos Unidos, 1984.
21
perspectivas teóricas
de los hombres, Rousseau (a diferencia de todos los otros iusnaturalistas)
asignará a éste la misión de transformar al individuo liberándolo de las perver-
siones. La República, si bien no proclamaba un regreso al estado de naturaleza,
proponía, en cambio, un tipo de civilización opuesto al que corrompe al hom-
bre en lugar de perfeccionarlo.
El
Contrato Social
cristaliza esta obsesión estetizante. Romántico, el
escritor ginebrino quizá haya sido "un enfermo del siglo", esto es, un nostál-
gico incapaz de reconciliarse con la modernidad implacable. Pensar la política
en condiciones en las que el espíritu comunitario comenzó a hacer agua, fue
la posición desde la que Rousseau le otorgó a la política un rango a contraco-
rriente. Una breve reseña de
El Contrato Social
bastará para dar entrada a su
concepto de la política.
Averiguar si en el orden civil puede haber alguna regla de administración
legítima y segura, tomando a los hombres como son, y a las leyes como pueden
ser
13
, fue el objetivo del contrato roussoniano mismo que, desde sus primeras
páginas, dibujó la visión escéptica de Juan Jacobo sobre la política moderna;
por permitir la esclavitud de los hombres y los pueblos, esta política debía
ser revolucionada.
La política moderna, entendida por Rousseau como soporte de un
Estado opresor, no gozaba de legitimidad por cuanto su fuerza no era sinó-
nimo de deber sino de vil coacción:
Siempre habrá una gran diferencia entre
someter a una multitud y regir una sociedad
.
14
Apuntando al fundamento del
poder político, Rousseau lo encontraba inseparable del principio humano
más preciado, la libertad. El déficit de justicia y libertad, contra el que
Rousseau alzó su pluma, se convirtió en el motor de su protesta.
Un contrato social, en donde uniéndose cada uno a todos no se obedecía
más que a sí mismos, es, como se sabe, la solución aconsejada por Rousseau.
Como dándose cada cual a todos no se da a nadie.
.. se gana el equivalente de todo
lo que se pierde y más fuerza para conservar lo que se tiene
.
15
Ésta era la fórmu-
la prescrita, en virtud de la cual el poder político se colocaba bajo la dirección
de la
voluntad general
, cuyo fin no era otra cosa que la consecución del bien
común. Dador de sus propias leyes, el pueblo era soberano y adquiría la facul-
13
J.J. Rousseau,
El Contrato Social.
.. op. cit
., p. 13.
14
Ibidem
, p. 15.
15
Idem.
perspectivas teóricas
22
tad, en tanto poder legislativo, de crear un gobierno a su servicio, es decir,
un cuerpo intermediario establecido entre los súbditos y el soberano para su
mutua correspondencia encargado de la ejecución de las leyes y del mantenimien-
to de la libertad.
16
En el modelo roussoniano, el contrato social que instituía la República
no estaba orientado a profundizar las desigualdades y el dominio sino a
resolver la injusticia mediante el ejercicio de la libertad y la igualdad. En él,
merced a la alienación total a favor de la colectividad, el compromiso comu-
nitario sustituía al egoísmo y la justicia, como norma de conducta, a la
fuerza. El pacto, distinto al de los iusnaturalistas precedentes, no se daba
entre individuos que convenían en ceder sus derechos a un tercero que esta-
ba por encima de las partes. El dispositivo era diferente: 1) el contrato debía
suceder entre individuos que, en cuanto miembros del cuerpo soberano,
eran ciudadanos y sólo observaban leyes creadas por ellos para expresar la
voluntad general; y 2) el individuo roussoniano, a diferencia por ejemplo del
hobbesiano que no hacía más que obedecer al poder centralizado, debía tam-
bién participar en la vida política pues la República exigía que cada indivi-
duo se transformara en parte activa del todo, cuestión que suponía un cam-
bio en la naturaleza de cada uno.
Con esta fortuna, en una fórmula liberadora donde la constitución del
soberano era legítima en tanto la enajenación del pueblo fuese operada en
beneficio de todos, el contrato roussoniano, más estético que el de sus pre-
decesores, no se agotaba en la institución del Estado sino que implicaba,
además, el cambio positivo del individuo.
Miremos ahora, a partir de lo escrito, la concepción roussoniana de la
política. ¿Qué es la política y qué, a decir de este autor, puede esperarse de ella?
La política para Rousseau, a quien ya antes calificamos como un pen-
sador inconforme con la modernidad, se distancia radicalmente de concep-
ciones previas. Ni el miedo (Hobbes) ni la propiedad (Locke) son sus bases.
Proponiendo una idea distinta de la naturaleza humana a las citadas en
El
Leviatán
y
El Ensayo sobre el Gobierno Civil
, Rousseau vuelve, por su afán
estetizante, a pensar la política en un carril semejante al de la moral. Por ello
la política no puede ser utilitaria ni un acto privado de particulares recelosos
de sus privilegios.
16
Ibidem
,
p. 56.
23
perspectivas teóricas
Por la política, a los ciudadanos se les "forzará a ser libres" (imperativo
paradójico), por constituir ello el paso del estado de naturaleza al (auténti-
co) estado civil, comprometido, precisamente, con reflejar las pautas de la
libertad natural de los hombres. Los individuos, forzados a la libertad, darán
a sus acciones la moralidad ausente, pues así,
aunque se prive de muchas ven-
tajas que tiene la naturaleza, se gana en otras tan grandes y los sentimientos se
ennoblecen
.
17
La política roussoniana, catalogada de nostálgica, añora ciertamente el
pasado pues ve en él un territorio del que los hombres deben aprender para
que el derecho de la comunidad subordine al de los particulares.
Hay que
enseñar al otro lo que se quiere
, escribe Rousseau para dejarnos ver la política
pedagógica en la que está pensando y que, por lo demás, fue del todo exhibi-
da en su
Emilio
. Estetizar, luego, es la consigna del ginebrino. Política y
moralidad parecen volver a cruzarse en ella.
Así las cosas, el autor del
Discurso sobre las ciencias y las artes
intenta la
moralización del Estado a partir de la conversión del hombre privado en ciu-
dadano u hombre público. Es ahí donde plantea el contrato social como un
"constructo normativo", en el que la voluntad general juega el rol de una
garantía procedimental para el "consenso deliberativo"
18
.
La política, puede decirse entonces, es retomada por Rousseau como
una actividad total, otra vez omnipresente y magnánima. No por otra cosa
pueden leerse en sus
Confesiones
frases como:
había visto que todo dependía
radicalmente de la política y que, de cualquier modo que se obrase, ningún
pueblo sería otra cosa que lo que le hiciera ser la naturaleza de su gobierno; así,
la gran cuestión sobre el mejor gobierno posible me parecía reducirse a ésta: ¿cuál
es el tipo de gobierno más apropiado para for
mar
el pueblo más virtuoso, más
ilustrado, más prudente, mejor?
19
Con la intención de aclarar el significado de la teoría y la práctica moder-
nas, Rousseau saca a la luz consecuencias no previstas de la modernidad.
Denunciando de este modo la esclavitud corriente, "el paseante solitario"
17
Ibidem
, p. 19.
18
Constructo normativo y consenso deliberativo son expresiones coincidentes en el análisis roussoniano de
Carracedo,
op. cit
., y Jürgen Habermas, "Democracia deliberativa. Derechos humanos y soberanía popular. Las
versiones liberal y republicana", en Fernando Vallespín y Rafael del Águila,
La Democracia en sus Textos
, Madrid,
Alianza, 1998, pp. 267-80.
19
J.J. Rousseau,
Las Confesiones
, Madrid, Austral, 1983, p. 346. El subrayado es nuestro.
perspectivas teóricas
24
pugna por una concepción liberadora de la política, catalizadora de la felici-
dad y beldad humanas. La corrupción política es, para él, sinónimo de co-
rrupción moral. Moral y política se convocan mutuamente en su esquema.
La enseñanza política y la educación moral son la medicina del suizo contra
el individualismo: sólo ética y políticamente instruidos, los hombres serán
capaces de despreciar sus fines particulares y preocuparse por el bien de todos.
Para el compositor de la ópera
El adivino de la aldea
, los individuos, una
vez que la política vuelva a ser omnipresente, deberán ser ciudadanos en el
sentido clásico. Ello reclama, a un mismo tiempo, un concepto de la políti-
ca ligado a una moral autoimpuesta muy severa y el entendimiento de la
actividad política como un asunto que exige virtudes y no intereses. La vir-
tud, cosa de la que todos (con buenas o malas cuentas) estamos un poco al
tanto, supone vivir conforme a principios y, en consecuencia, la represión
consciente de las pasiones que atenten contra aquellos. Política virtuosa,
normativa, ideal y liberadora es la que se deriva del pensamiento del novel-
ista de
La nueva Heloisa
.
Esta concepción entraña desde luego una catarsis: la del ciudadano
pleno, capaz de subordinar absolutamente todo a sus deberes políticos y cívi-
cos. Ahí el tamaño y dimensión del concepto político de Rousseau. Ahí,
consecuentemente, su rivalidad con la versión liberal caracterizada por
las
siguientes diferencias:
1) Donde la política liberal reivindica los derechos subjetivos de los ciu-
dadanos privados, la política de Rousseau refiere la práctica de la
autolegislación por parte de ciudadanos convencidos del bien común.
2) Donde la política liberal reúne los intereses privados contra un apara-
to de gobierno, especializado en la protección de esos intereses a decir
de Locke,
la política de Rousseau es la forma reflexiva de la vida ética sus-
tancial
20
que favorece la solidaridad entre individuos.
3) Donde, finalmente, la política liberal hace que los ciudadanos deten-
ten derechos negativos que los protegen de la intervención estatal, la
política del autor de
El diccionario de la música
prescribe ciudadanos
con libertades positivas que garantizan, no los fueros particulares, sino
la posibilidad de participar en una
praxis
común.
20
J. Habermas,
op. cit
., p. 273.
25
perspectivas teóricas
Dicha
praxis
adquiere en el pensamiento del filósofo franco-suizo una
importancia estratégica. La política es vista por él como una comunidad
creadora del espacio público, en el que, siendo insustituible la presencia en
común de los gobernados, se decide sobre cuestiones de interés general. Este
espacio público, reflejo de la competencia de la política, es contrario a la
esfera privada en la que Locke la encapsula al atribuirle sólo la custodia de
los intereses particulares. Cerrada la política lockeana, la política roussoniana
es su antítesis: abierta y pública por no ser objeto de apropiación particular
sino de ejercicio y disfrute colectivos.
Pero no todo es política ni es deseable que lo sea
La visión roussoniana, espejo de una axiología deseable pero no vacunada
contra la crítica, dio origen a una concepción de la política y la democracia
tan nostálgica como difícil de realizar por exigir un ciudadano virtuoso,
excelso y desinteresado. La nostalgia, como alguna vez declarara Serrat, es
una "yerba que a no todos gusta". Los indiferentes a ella, contra lo que
Rousseau deseara, han sido y son los más.
La superación del individualismo a favor de un orden social armonioso
y feliz, no depende de la nobleza ciudadana, sino de algo menos romántico
pero también complicado de obtener: la existencia libre y racional de sujetos
capaces de interactuar en sociedad, que no necesariamente en comunidad.
La vivencia política y democrática (habría que reconocer) tiene lamen-
tablemente más realismo que idealismo
21
. Son Maquiavelo, Hobbes y Locke,
por su racionalización de la modernidad, los que proyectaron con más tino
las posibilidades y móviles de la política. La pregunta ¿qué es y qué se puede
esperar de la política?, tiene en ellos respuestas eficaces. Rousseau, Moro o
Platón, renuentes a aceptar la contundente indeterminación de lo político,
acusaron mala puntería. Ello no obsta para negar valor a sus diagnósticos. Lo
tuvieron y lo tienen. En el caso roussoniano, en específico, su concepción de
la política descubre las carencias y los excesos del contractualismo liberal.
21
La contraposición entre estas dos cosmologías puede verse en José Antonio Crespo, "Democracia Real. Del ide-
alismo cívico al civilismo racional", en
Metapolítica
, n° 18, abril-junio del 2001, pp. 38-49.
perspectivas teóricas
26
Los procedimientos de la democracia directa no en balde son hoy obje-
to de demanda y legislación. Reforzadores de la democracia, éstos pueden
velar por la legitimidad de la representación democrática, más no sustituir-
la: la democracia representativa, forma y valor moderno de la política, con-
tinúa siendo el mejor método para procesar el conflicto, y el lugar desde
donde, asumiendo la naturaleza humana, la concepción política de
Rousseau exhibe fallas y hasta ingenuidad. Contra lo que él pensara, no todo
es política ni es deseable que lo sea.
La política del que sostenía que "El hombre ha nacido libre pero está
dondequiera encadenado", erró al apostar que los individuos, más por una
convicción auténtica en los principios democráticos que por la acción
coercitiva de las leyes, tendrían un comportamiento solidario con lo colecti-
vo. No hay en las democracias, dicho esto con pesar, muchos ciudadanos
gozosos de sacrificar sus intereses sin recibir nada a cambio. Han sido y son
los menos.
El realismo político, tan menospreciado por Rousseau, no deja muchos
cabos sueltos. La vida política es fortaleza de las instituciones políticas y
de
la normatividad jurídica; no es producto de la virtud sino del buen diseño.
No hay en este realismo suficiente aliento para el anhelo roussoniano de
transformar moralmente a los actores políticos. Cuando ello se intentó, pre-
tendiendo dotar a la política de pedagogía y heroicidad, los resultados fueron
desastrosos. La búsqueda del "hombre nuevo", y no de lo simplemente posi-
ble, degeneró irónicamente en opresión y desigualdad.
La política moderna no tiene su fuente en la idea romántica del hom-
bre de Rousseau. Maquiavelo, Hobbes y Locke han sido recurrentemente la
inspiración del entramado democrático. La construcción y estabilidad de
éste guarda contacto con una concepción egoísta e interesada del hombre. El
miedo y la desconfianza hobbesianas, y no la generosidad roussoniana, pare-
cen ser los andamios de las democracias "saludables", fundadas en pactos
utilitarios entre
actores que desconfían de los demás porque conocen su propia
inclinación a promover intereses por encima de los demás
22
. Para estos actores,
su conveniencia, y no la convicción en alguna moral universal e inque-
brantable, determina la racionalidad de sus actos.
22
Ibidem
, p. 41.
27
perspectivas teóricas
El diseño democrático contemporáneo no refleja luego la concepción
política del
buen salvaje
solidario, sino justamente la dirección opuesta: la de
los hombres, que por no haber acreditado confiabilidad, deben ser vigilados
mediante frenos y contrapesos. Nada de esto pensó Rousseau. Pero nada de
ello impide tampoco que recuperemos desapasionadamente el valor de su
esfuerzo estetizante y liberador.
Palabras finales
La política es complejidad y contingencia. Su indeterminación consta en el
ciclo evolutivo expuesto en el primer apartado de estas cuartillas. Del
platónico "es mejor padecer una injusticia que cometerla" a su práctica
como un ámbito conflictivo en el que se juega el orden social, la política se
ha movido y reubicado a sí misma. Su diferenciación de la moral fue funda-
mental en este proceso: lo que es lícito en política no necesariamente lo es
en moral. Con Maquiavelo la política se constituyó en un campo de refle-
xión autónomo y en un saber especializado. De la técnica maquiavélica al
miedo hobbesiano, considerando el sentido de la propiedad en Locke, la
política se divorció de la belleza y perfección humanas.
Sólo un romántico como Juan Jacobo Rousseau
pudo descreer del rumbo
y los vuelcos de la política. Nostálgico, aproximó su pensamiento a la tesis
platónica de que la justicia se ofrece a la percepción moral. El músico-filósofo
de la
Redacción sobre la música moderna
se empeño en buscar los "principios ver-
daderos" de la sociedad buena. Como republicano, no es de extrañar, tendió a
la estetización de la política. Tan ingenua como vehementemente, Rousseau
esperó de ella una sociedad semejante al paraíso terrenal. La modernidad
intransigente fue el molino de viento contra el cual él combatió.
En la modernidad implacable, a pesar de la quimera roussoniana, la
política perdió su carácter heróico, culminando su desacralización con los
desastrosos experimentos que intentaron volver a llenarla de contenidos libe-
radores. Sin héroes, la política debe sin embargo evadir el cinismo, pues
sigue siendo el espacio para luchar por sociedades más justas, más racionales
y, si cabe la palabra, (des)dramatizadas: la política no es la dialéctica del bien
contra el mal, del amigo contra el enemigo (Schmitt), ni tampoco el lugar
de donde esperar lo esplendoroso (Arendt). La política es ambivalencia y
perspectivas teóricas
28
apasionante contradicción. Estetizarla, como defenestrarla, dificulta com-
prenderla. Idealizarla o mercantilizarla trae decepciones y/o condenas.
Inexorablemente moderna y desacralizada, la política no es más un código
de valores absolutos. Agnóstica, por cuanto en la democracia nadie lleva
razón de antemano, la política actual es ambivalente: conflicto y consenso,
oposición y encuentro, concreta y simbólica. Moralizarla, como hiciera
Rousseau, es dudosamente un camino franco para asumir y ejercer su senti-
do y dignidad. Habiendo cumplido un siglo más sin que los dioses abando-
nen el silencio, es tiempo ya de asumir y reivindicar su sentido y dignidad.
Por su capacidad para cuestionar la justeza (o no) de las relaciones entre
la racionalidad, el poder y la política, la obra de Juan Jacobo apunta al
núcleo normativo de la filosofía política. Desde ahí, la política, indetermi-
nada y (multi)unívoca, puede ser entendida como
el ámbito inevitablemente
conflictivo que regula la inacabable reconstrucción del (des)orden social
.
23
Desde ahí también, la política expresa (por encima de cualquier pragmatismo)
una forma de acción colectiva que se distingue del ejercicio destinado sólo a
conquistar y retener el poder
24
. Defenderla hace preciso no abandonarla a los
"políticos profesionales". En las democracias, donde las condiciones para la
vida en común no están definidas por una tradición o autoridad inmaculadas,
es indispensable insistir en que lo político trasciende la competencia partidaria,
la acción gubernamental y la ingeniería de las instituciones. Las democracias,
contra lo que Rousseau pensara, parecen precisar menos de ciudadanos virtuo-
sos que de sujetos libres y racionales que, aunque poco dispuestos a superar su
individualismo, convengan en relacionarse tolerantemente entre sí.
El exceso estético, el tono nostálgico y el imperativo de la moral empa-
paron la teoría política de Rousseau. El cinismo del quehacer político acabó con
el modelo del ginebrino que debió, quizás, comprender que en el pacto social,
como en otras orillas de la existencia,
hay tanto siempre que no llega nunca.
Recibido en marzo del 2004
Aceptado el 25 de abril del 2005
23
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