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Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Perspectivas Teóricas
Deconstrucción y biopolítica.
El problema de la ley y la violencia en Derrida y Agamben
*
G
UILLERMO
D
AMIÁN
P
EREYRA
T
ISSERA
**
Resumen
En este artículo, el autor analiza el modo como Jac-
ques Derrida y Giorgio Agamben entienden la relación
entre la justicia, el derecho y la violencia y explora
las razones de los desacuerdos que mantiene cada
enfoque –deconstrucción y biopolítica, respectiva-
mente– en la comprensión de los conceptos antes
mencionados. Sin desconocer las diferencias, propo-
ne, además, que el desacuerdo entre deconstrucción
y biopolítica no impide encontrar puntos de contacto
entre dos autores que abordan el problema de la
justicia desde una perspectiva pos-fundamentalista.
Finalmente, concluye que deconstrucción y biopolí-
tica están enfrentadas pero no en términos de una
oposición pura o tajante.
Palabras clave
: Jacques Derrida, Giorgio Agamben,
deconstrucción, biopolítica, ley, violencia, justicia.
Abstract
In this article, the author analyzes the manner in which
Jacques Derrida and Giorgio Agamben
understand the
connection between
law and violence and explores
the reasons of the disagreements that each focus
maintains –de-construc t ion and bio polit ics respec t i-
vely– in the understanding of the concepts previously
mentioned. Not ignoring the differences, he proposes
also, that the disagreement between de-construction
and
bio politics does not prevent finding points of
contact between the two authors that approach the
problem of justice from a post-fundamentalist pers-
pective. Finally, he concludes that de-construction
and bio politics are confronted but not in terms of a
pure opposition or categorical.
Key Words
: Jacques Derrida, Giorgio Agamben de-
construction, biopolitics, law, violence, justice.
{
*
La realización de este artículo fue posible gracias a una beca posdoctoral de la Dirección General de Asuntos del Personal Académico
(
DGAPA
) de la
UNAM
. Agradezco los comentarios de Benjamín Arditi, Benjamín Mayer Foulkes, Rebeca Gaytán y Antonio Hernández Curiel. Quiero
agradecer también las valiosas sugerencias de los dictaminadores anónimos dirigidas a hacer más clara la argumentación del trabajo.
**
Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), sede académica de México, Carretera al Ajusco 377, col. Héroes de Padierna,
Del. Tlalpan, México D.F., 4200.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
¿
Es posible realizar un derecho que no subordine
la vida a la estructura de mando de la soberanía
y a las gestiones de las disciplinas y los dispo-
sitivos gubernamentales? ¿Puede la justicia, y la
revolución como la promesa de justicia, suspender
su invocación a los mecanismos jurídicos que son la
base de la organización constitucional y legal del Es-
tado? ¿Puede irrumpir la justicia sin que se produzca
una destrucción violenta del orden social legal? ¿Es
verdaderamente justicia lo que no rompe la cadena
del derecho como dispositivo de anticipación de los
males sociales? ¿Las herramientas que hoy provee el
derecho, tanto a nivel doméstico como internacional,
son un mecanismo efectivo de cálculo, anticipación
y control de la violencia anómica (el terrorismo in-
ternacional, las guerras humanitarias y el accionar
unilateral de los Estados poderosos occidentales, la
violencia criminal, el comercio ilícito transnacional
que ha aumentado en número, frecuencia e intensi-
dad, etcétera)? ¿O el derecho ha caído en una crisis
terminal que hace que éste apele constantemente
al Estado de excepción, al control meticuloso de
las poblaciones, a los desplazados, los inmigrantes
ilegales, etcétera?
A partir de los problemas que abren estas pregun-
tas, el objetivo fundamental del artículo es discutir
el modo como Jacques Derrida y Giorgio Agamben
entienden la relación entre la justicia, el derecho
y la violencia. Para ello, se exploran las razones de
los desacuerdos que surgen entre sus respectivos
enfoques –deconstrucción en el caso del primero
y biopolítica en el del segundo– en la comprensión
de los conceptos mencionados. Sin desconocer las
diferencias, se propone, además, que el desacuerdo
no impide encontrar puntos de contacto entre dos
autores que abordan el problema de la justicia desde
una perspectiva postfundamentalista. La tesis que
subyace a este escrito es que deconstrucción y la
biopolítica están enfrentadas pero no en términos de
una oposición pura o tajante. Ambas son suplementos
aunque se obstaculicen mutuamente.
El trabajo se estructura en cuatro apartados. En
el pr imero de ellos se presenta el v ínculo que Derr ida
establece entre la justicia y el derecho, de un lado,
y, del otro, la violencia y el derecho. Para el autor
francés el derecho es lo ‘deconstruible’ –porque es in-
terpretable, transformable y perfectible– y la justicia
lo ‘indeconstruible’ –ya que supone la invocación de
un mundo justo por venir que, al ser incondicional e
irreductible, no puede ser ‘deconstruido’. En este con-
texto, Derr ida considera dos cuest iones que resultan
de sumo interés para los propósito de este trabajo:
1) la ‘indecidibilidad’ entre la justicia y el derecho
significa que éstos se ligan de tal modo que ninguno
se impone definitivamente sobre el otro; 2) el dere-
cho no está libre de violencia y la violencia legal es
entendida en términos de una “fuerza de ley” que
permite la aplicación de la ley.
En el segundo apartado se aborda la propuesta
política emancipadora de Agamben condensa-
da en dos figuras benjaminianas, a saber: la violen-
cia “pura”, “divina” o revolucionaria y un derecho
que suspende su fuerza ‘realizativa’. En este caso,
se discuten las principales diferencias entre las
nociones de justicia y de fuerza de ley que adoptan
respectivamente Derrida y Agamben.
En el tercero se examina la crítica de Agamben
a la deconstrucción destacando sus aciertos pero
también poniendo en cuestión algunas de sus limi-
taciones. A pesar de la crítica del italiano al francés,
se sostiene en este escrito que es posible divisar un
campo de preocupaciones comunes entre la biopo-
lítica de uno y la deconstrucción del otro.
Por último, en el cuarto, se analizan las simili-
tudes que existen entre el diagnóstico que Derrida
realiza en
Canallas
1
sobre la v iolencia global contem-
poránea y la que ofrece Agamben sobre el “estado de
excepción permanente” en el que, según su entender,
actualmente vivimos.
Introducción
1
Jacques Derrida,
Canallas. Dos ensayos sobre la razón
, Madrid, Trotta, 2005.
Perspectivas Teóricas
Derrida: justicia, derecho y violencia
supuestamente fijos se hace en nombre de la justicia.
Entonces, el derecho es deconstruible porque está
elaborado sobre capas sedimentadas de criterios
interpretables y transformables, al tiempo que la jus-
ticia es indeconstruible porque es la condición de la
deconstrucción. La deconstrucción es la justicia por-
que anuncia la venida de lo justo que no tiene cabida
en el marco de las determinaciones jurídicas.
La cuestión de la fuerza estuvo siempre presente
en los textos del franco-argelino. La noción de
diffé-
rance
, entendida como la fuerza del diferir, tiene un
sentido tanto espacial como temporal: espacial en
tanto permite la irrupción de lo diferente a lo mismo
y temporal porque alude al diferir o aplazamiento de
lo simultáneo.
Différance
es la fuerza que no puede ser
eliminada en la historia y que desplaza de la escena
la presencia de una esencia plena; indica además una
apertura en el espacio que da cabida a lo diferente
pero también a una demora en la llegada del otro.
En este contexto, la nota distintiva de la compren-
sión que Derrida hace del derecho –que encuentra
ecos en el barón de Montesquieu, en Imanuel Kant
y en Walter Benjamin– es que está animado por una
“fuerza de ley”. El derecho se relaciona con “una fuer-
za autorizada, una fuerza que se justifica o que está
justificada al aplicarse”.
5
Esta fuerza autorizada
(
Gewalt
) remite al poder instituido que tiene la capa-
cidad de mandar y autorizar haciendo uso, llegado el
caso, de la violencia física. La fuerza de ley permite
la aplicación del derecho y por ello se mantiene a
distancia de un concepto “oscuro, sustancialista,
oculto-míst ico de v iolencia”, es decir, de “una fuerza
violenta, injusta, sin regla, arbitraria”.
6
Mantenerse
a distancia no quiere decir que sea imposible ejercer
la peor violencia en nombre de la ley, significa más
bien que no hay ley sin aplicabilidad y no hay aplica-
bilidad de la ley sin la fuerza ‘realizativa’. Esta última,
no es la violencia que ejerce esa figura que Benjamin
En
Fuerza de ley
,
2
el nat ivo de Argel of rece una defini-
ción de la deconstrucción siguiendo quizá el impul so
de delinear una fórmula abreviada de un término
polémico. Se trata de una definición sintética, aun-
que enigmática, que reza así: “
La deconstrucción es
la justicia
”.
3
¿Por qué la deconstrucción es la justicia
o por qué la justicia es el nombre mismo de la de-
construcción? Una primera respuesta pudiera aven-
turarse: la deconstrucción es la justicia no porque
consista en una serie de reglas cuyo seguimiento hace
posible
alcanzar la just icia, sino porque, al contrar io,
es la experiencia de lo
imposible
. Lo imposible es un
evento heterogéneo al orden dado y no puede, por
tanto, ser deducido de una regla establecida. Es lo
que “se anuncia a mí [.
..], me precede y me sobreco-
ge
aquí y ahora
de una manera no virtualizable [.
..],
bajo la forma de una inyunción que no espera en el
horizonte, que yo no veo venir, que no me deja en paz,
ni me autoriza nunca a remitir a más adelante [.
..] no
es pues una
idea
(reguladora) ni un
ideal
(regulador).
Es lo más innegablemente
real
que hay. Lo mismo que
el otro”.
4
Lo imposible no es lo que nunca aconte-
ce en la historia sino lo que se cuela en la exigencia de
que lo otro advenga a nosotros, aunque su venida no
pueda ser anticipada con precisión. Lo imposible es
la
justicia
: imposible porque no hay garantía absoluta
de alcanzarla o colmarla (es una apelación siempre
herida) pero, aun así, es lo infinitamente requerido
porque los daños en la historia se suceden sin cesar.
Por ello, Derrida sale al cruce de las críticas que sos-
tienen que la deconstrucción es una amenaza contra
la justicia y el derecho porque, se dice, se basa en
un impulso meramente destructor. En lugar de esto,
la deconstrucción cuestiona la violencia arbitraria
invocando la estructura mesiánica de la justicia, la
promesa y el perdón. La exhortación de un mundo
más justo pone en marcha la deconstrucción; toda
deconstrucción de criterios, valores y propiedades
2
J. Derrida,
Fuerza de ley. El “fundamento místico de la autoridad”
, Madrid, Tecnos, 1997.
3
Ibid
.,
p. 35. Las cursivas son del original.
4
J. Derrida,
Canallas… op. cit.,
p. 108.
5
J. Derrida,
Fuerza de ley… op. cit.
, pp. 15, 32.
6
Ibid
., pp. 18-19.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
llamara el “gran criminal”, esto es, la violencia de
los criminales (asaltantes de bancos, justicieros,
bandidos, etcétera) que fascinan a la multitud porque
desafían el monopolio de la violencia del Estado.
7
El
“gran criminal” es peligroso no porque actúa inmo-
ralmente sino porque utiliza una violencia fuera del
derecho. El Estado debe evitar que esta violencia
se exprese no porque sea inmoral sino porque en su
gesto de contra-soberanía el gran criminal se pone
a la altura del Estado, lo desafía no porque sean
inconmensurables sino porque se vuelven similares,
parejos, recíprocos y esa mimesis violenta y devela el
sinsentido último de la violencia o su arbitrariedad
de base. La fuerza de ley no es la violencia de los
criminales sino la violencia representada por la ley
y ejercida por la autoridad. Hacer la ley supone una
violencia que no es justa o injusta en sí misma: hay
una violencia neutra o espectral detrás de todo acto
jurídico. En el ensayo sobre Emanuel Lévinas,
Derrida
postula la existencia de una “violencia originaria”
“anterior a toda elección ética” que se aloja “en la
raíz del sentido y del logos, antes incluso de que éste
tenga que determinarse como retórica, psicagogia,
demagogia, etcétera”.
8
Aunque filósofo galo reconoce
que la violencia “es de
hecho
irreductible” en todo
contexto de discusión hay una “referencia implícita
al desarme” que abre camino a una “relación no apro-
piativa del otro que ocurre sin violencia”.
9
La vida es
un campo de tensiones entre la violencia originaria
del logos y la promesa de una justicia que desactiva
la relación instrumental con el otro.
Derrida se opone a la subordinación administra-
tiva de la justicia al derecho y evita la justicia como
reparación definitiva de las cuentas con el pasado. En
lugar de ello postula un desplazamiento indecidible
entre, de un lado, la justicia y el derecho y, de otro,
la violencia y el derecho. De esto se extraen dos
consecuencias: 1) la justicia se juega en el intervalo
‘insuprimible’ que hay entre ella y el derecho; 2) no
hay derecho sin una fuerza realizativa que permite la
aplicación de la ley. El derecho puede neutralizar
la irrupción de la violencia injusta, pero no hay dere-
cho sin la “v iolencia sin fundamento” que inst ituye y
mantiene la aplicación de la ley. El acontecimiento de
la justicia es un suceso no violento que, sin embargo,
no puede borrar la v iolencia or iginar ia de la relación
en cuanto tal. El que fuera premio Jean Cavaillès de
Epistemología consideró que Lévinas tenía razón
cuando sostenía que lo único que puede detener la
violencia es el rostro del otro pero “en primer término
porque sólo él puede provocarla”.
10
En resumen: “El derecho no es la justicia. El de-
recho es el elemento del cálculo y es justo que haya
derecho; la justicia es incalculable, exige que se
calcule con lo incalculable; y las experiencias
aporéticas son experiencias tan improbables como
necesarias de la justicia, es decir, momentos en que
la
decisión
entre lo justo y lo injusto no está jamás
asegurada por una regla.”
11
La justicia excede al de-
recho pero es injusto suprimir la tramitación jurídica
de los daños. Es decir, la justicia como promesa
mesiánica tiene que medirse con el ejercicio de “la
justicia como derecho, legitimidad o legalidad, dis-
positivo estabilizante [.
..] El derecho es el elemento
del cálculo y es justo que haya derecho”.
12
Así como el
derecho entregado a la sola mecánica administrativa
no llega a colmar las expectativas o las exigencias
de la justicia, es injusto invocar el desbordamiento
absoluto de la justicia sobre el derecho: “Abandonada
a ella misma, la idea incalculable y donadora de jus-
ticia está siempre lo más cerca del mal, por no decir
de lo peor puesto que siempre puede ser reapropiada
por el cálculo más perverso.”
13
7
Walter Benjamin, “Para una crítica de la violencia”, en
Para una crítica de la violencia y otros ensayos
,
Madrid, Taurus, 1998 (Iluminaciones
IV
).
8
J. Derrida, “Violencia y metafísica. Ensayo sobre el pensamiento de Emmanuel Levinas”, en
La escritura y la diferencia
, Barcelona, An-
thropos, 1989 (Pensamiento Crítico/Pensamiento Utópico, 38), p. 168.
9
J. Derrida, “Notas sobre deconstrucción y pragmatismo”, en Chantal Mouffe, (comp.),
Desconstrucción y pragmatismo
, Buenos Aires,
Paidós, 1998, p. 162.
10
J. Derrida, “Violencia y metafísica…”,
op. cit.
, p. 200.
11
J. Derrida,
Fuerza de ley…, op. cit.
, p. 39.
12
Ibid.
, pp. 39, 51.
13
Ibid
., p. 64.
Perspectivas Teóricas
Concebir la justicia como lo imposible “no debe
servir de coartada para no participar en las luchas
jurídico-políticas que tienen lugar en una institución
o en un Estado, entre instituciones o entre Estados”.
14
La “justicia como derecho” no es la solución a la
indecidibilidad entre la justicia y el derecho sino
la justicia que asume ser calculada por ese dispositivo
de anticipación de lo imprevisible que es el derecho.
Pero la justicia calculada por el derecho no puede
negar que las decisiones jurídicas no son la solución
definitiva a los problemas sociales, puesto que la exi-
gencia de justicia requiere de acciones que exceden el
sistema del derecho como el ejercicio de la memoria,
la participación activa y militante en organizaciones
de la sociedad civil y el ejercicio reflexivo y colec-
tivo del perdón más allá de las formas jurídicas de
ejercerlo (por ejemplo, el indulto). La justicia es en sí
misma el hiato o la tensión irresoluble entre derecho y
justicia porque ello evita que se privilegie la justicia
pura (que alienta la peor violencia en nombre de una
reparación infinita del daño) o el derecho sin justi-
cia (que neutraliza la venida de lo nuevo o el cambio
imprevisible). La fuerza de ley anima, impulsa y des-
pliega la ley, mantiene la estabilidad del orden legal,
refuerza la autoridad constituida e incluso estimula
su efectividad calculadora. La fuerza de ley no es la
anulación violenta del derecho sino lo que permite
la supervivencia de la ley en diversos contextos de
aplicación. La justicia impulsa la deconstrucción del
derecho –esto es, su permanente refundación– pero
no podrá deponerlo: “[…] la just icia, en tanto que no
es sólo un concepto jurídico o político, abre al por-
venir la transformación, el cambio o la refundación
del derecho y de la política.”
15
La noción de fuerza de ley desplaza lo que Foucault
llama la “fuerza de opresión” que es uno de los nudos
centrales de la historia del aparato judicial del Estado
occidental.
16
Que Derrida deje en segundo lugar la
persistencia histórica de la fuerza de opresión de los
aparatos de justicia legal no significa que menosprecie
que el derecho comporta inevitablemente una violen-
cia. Más bien lo que queda aplazado en la reflexión es
la conexión interna de la fuerza de ley con la violencia
sin logos, opresiva e injusta. Si la fuerza de ley es una
fuerza ‘performativa’ que aplica el derecho en lugar de
anularlo entonces la v iolencia ‘a-format iva’ o anómica
es desplazada de la estructura de la “justicia como
derecho”. Es justamente la conexión interna entre
derecho y v iolencia anómica, el centro de la propuesta
teórica de Agamben.
Agamben: la separación entre derecho y violencia
Giorgio Agamben es uno de los principales exponen-
tes de los filósofos que han elaborado diagnósticos
sobre la biopolítica, enfoque este último que estudia
la inclusión, acentuada en la modernidad, de la vida
en los mecanismos del poder estatal. La intención del
trabajo del italiano es triple: 1) trazar la genealogía
de la biopolítica occidental; 2) analizar los mecanis-
mos biopolíticos contemporáneos, especialmente lo
que denomina el “estado de excepción convertido
en regla”; 3) proponer una política, mesiánica y
emancipadora, que impulse una comunidad sin las
figuras de la soberanía y del derecho. Se presentan
a continuación, los principales aspectos de estos
puntos.
17
En el centro de la propuesta del filósofo romano
se encuentran cuatro conceptos fundamentales, a
saber:
homo sacer
,
nuda vida
, soberanía y derecho y
Estado de excepción. El
homo sacer
es una arcaica
figura del derecho romano que podía ser asesinada
por el soberano sin cometer homicidio ni celebrar un
sacrificio. De ello, Agamben asume que la función
originaria de la soberanía es ejercer una violencia im-
pune sobre el
homo sacer
cuya existencia es reducida
a nuda vida o vida meramente biológica. El origen
14
Idem.
15
Ibid.
, pp. 63-64.
16
Michel Foucault,
Microfísica del poder
, Madrid, La Piqueta, 1992, p. 53.
17
Para una versión abreviada de los tres tópicos que resumen el trabajo de Agamben,
vid
. mi artículo “Agamben, Giorgio”, en Michael T.
Gibbons (ed.),
The Encyclopedia of Political Thought
, Nueva York, Blackwell, 2011.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
del poder político es la violencia y no el derecho, es
decir, el poder no se funda en un contrato estable-
cido bajo condiciones de legalidad y legitimidad. La
soberanía no garantiza la unión de los ciudadanos en
una comunidad de valores compartidos o en un orden
jurídico trascendentalmente fundado, pues el sobe-
rano puede disponer violentamente de la nuda vida.
Por ello la relación originaria de la vida con la política
es el
bando
o el
abandono
: “
La relación originaria de
la ley con la vida no es la aplicación, sino el Abandono
.
La potencia insuperable del
nomos
,
su originaria
‘fuerza de ley’
, es que mantiene a la vida en su bando
abandonándola.”
18
La nuda vida es inseparable de la
metafísica occidental puesto que la tarea metafísica
por excelencia –en el orden ontológico, político y
jurídico– ha sido aislar un ser puro de tres formas
de abandono del ser a su condición biológica. La
concepción del hombre como ser dotado de lenguaje
y discurso, la política como
locus
de la vida buena y
la determinación jurídica de la vida
abandonan
, fuera
de la filosofía primera y de la ciudad, la animalidad
del hombre, el simple hecho del vivir y la nuda vida
despojada de reconocimiento legal.
19
Metafísica y
biopolítica son procesos análogos porque a ambas les
compete aislar
un ser puro de sus cualidades secunda-
rias, accesorias y biológicas: “‘Nuda’, en el sintagma
‘nuda vida’, corresponde aquí al término griego
haplos
[
ἁπλῶς
]
, con el que la filosofía primera define el ser
puro. El haber llegado a aislar la esfera del ser puro,
que constituye la contribución fundamental de la
metafísica de Occidente, no carece, en efecto, de
analogías con el aislamiento de una nuda vida en el
ámbito de la política.”
20
Arcaica, aunque sofisticada
en la modernidad, la biopolítica es una catástrofe
única, un
continuum
que se despliega sin cesar a lo
largo de la historia como historia de la dominación
y de la vida
abandonada
.
Los trabajos de Benjamin sobre la violencia, el
lenguaje, la destrucción y el destino son el soporte
fundamental de las tesis agambianas, no sólo porque
el término “nuda vida” aparece en
Para una crítica
de la violencia
, sino porque para Benjamin la vida “no
es algo sobre lo que el derecho deja caer
a posteriori
su ‘fuerza’ […], sino lo que el derecho ya siempre
configuró y determinó”.
21
Vida y derecho están ligadas
de tal manera que no hay existencia libre fuera de
los constreñimientos y condicionamientos jurídicos.
En la historia no siempre hubo relaciones jurídicas
pero el derecho tiene raíces míticas arcaicas. La vida
está ligada desde tiempos inmemoriales a la “palabra
sentenciadora” del mito, ésta se conecta con el jui-
cio como forma primaria del derecho y el derecho se
relaciona internamente con la violencia:
22
estos tres
elementos se anudan en la cadena mít ica del dest ino
que determina a la vida punto por punto (determina-
ción en el sentido que establece los límites de la vida
digna de ser vivida y la vida indigna de serlo).
El estado de excepción es el dispositivo que sus-
pende formalmente la ley para producir o restaurar
un orden social legal que ha sido puesto en cuestión
en un momento crítico. Este dispositivo suspende la
ley pero al buscar restaurar el orden perdido mantiene
la posibilidad del derecho. El estado de excepción
no es un instrumento sólo de las dictaduras o de
los totalitarismos, sino un espacio anómico que
pertenece a la estructura de lo jurídico como tal: es
el momento en que la ley se conecta con “la mera
violencia en cuanto estado de naturaleza”.
23
En el
estado de excepción lo legal está vigente pero no se
aplica –no confiere sentido, no vincula, no unifica
los distintos fines particulares de los individuos– y
una violencia sin máscara jurídica adquiere fuerza de
ley. La suspensión de la ley da lugar a una violencia
con fuerza de ley pero que niega la misma ley (por
18
Giorgio Agamben,
Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida I
, Valencia, Pre-Textos, 2006, p. 43. Las cursivas son del original.
19
Daniel McLoughlin, “The Sacred and the Unspeakable: Giorgio Agamben’s Ontological Politics”, en
Theory and Event
, vol. 13, núm. 1,
20
G. Agamben,
Homo sacer…
,
op. cit.
, p. 231.
21
Federico Galende,
Walter Benjamin y la destrucción
, Santiago de Chile, Ediciones Metales Pesados, 2009, p. 87.
22
W. Benjamin, “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres”, en
Para una crítica de la violencia y otros ensayos
, Madrid,
Taurus, 1998 (Iluminaciones
IV
), p. 71.
23
G. Agamben,
Homo sacer…
,
op. cit.
, p. 34.
Perspectivas Teóricas
ello Agamben escribe “fuerza de ley
”, tachando la
ley, no “fuerza de ley”).
El estado de excepción es un espacio anómico en
el que se pone en juego una fuerza-de-ley sin ley
[...]. El estado de excepción es, en este sentido, la
apertura de un espacio en el cual la aplicación y
la norma exhiben su separación y una pura fuerza-de-
ley
actúa (esto es, aplica des-aplicando) una norma
cuya aplicación ha sido suspendida […] para aplicar
una norma se debe, en última instancia, suspender
su aplicación, producir una excepción. En todo caso,
el estado de excepción señala un umbral en el cual
lógica y praxis se indeterminan y una pura violencia
sin
logos
pretende actuar un enunciado sin ningún
referente real.
24
La “pura violencia sin
logos
” del estado de excepción
se diferencia de la noción derrideana de fuerza de
ley que anima a la justicia como derecho. Se podría
sostener que una cosa es la fuerza de ley y otra la
fuerza de ley
, es decir, una cosa la aplicación habitual
de la ley en situaciones no críticas o excepcionales y
otra muy distinta es el estado de excepción, donde
tiene lugar la suspensión momentánea del derecho
en un momento crítico particular. Pero la tesis de
Agamben es que no es posible distinguir claramente
estos dos momentos lógico-temporales porque hoy el
estado de excepción “se ha convertido en la regla”.
Este hecho permite dar paso al segundo objetivo del
trabajo de Agamben, referido al diagnóstico de la
política contemporánea.
En el siglo
XX
el control de la vida llega a la
“exasperación”
25
y el estado de excepción “ha alcan-
zado hoy su máximo despliegue planetario. El aspecto
normativo del derecho puede ser [.
..] impunemente
obliterado y contradicho por una violencia guber-
namental que, ignorando externamente el derecho
internacional y produciendo internamente un estado
de excepción permanente, pretende sin embargo
estar aplicando el derecho”.
26
El estado de excepción
devenido regla no es el indicador de una soberanía
unificada en torno a la decisión personal del soberano
que suspende la validez de la ley para imponer el orden;
tampoco es el recurso momentáneo, excepcional, de
verificación de la soberanía, sino una herramienta
paradigmática de gobierno sobre todo desde la Primera
Guerra Mundial. La soberanía se
gubernamentaliza
,
esto es, se pone a las órdenes del poder administrati-
vo o gubernamental y con ello se diluye la distinción
entre soberanía y gobierno (o soberanía y policía,
que fue el eje central de la teoría de la soberanía de
Hobbes a Rousseau). También la soberanía popular ha
sido opacada por el estado de excepción permanente
pues éste lesiona severamente los procedimientos
de deliberación ciudadana. El poder soberano, al no
funcionar como una instancia unificada y legítima
de poder, no logra imponer un orden político estable
y en respuesta a ello trata de reducir la inseguridad
poniendo a la vez en situación de peligro grave y
permanente la vida de la población.
Se puede entender, siguiendo a Foucault, a las
sociedades actuales como “sociedades de seguridad”
en las cuales soberanía y policía, o soberanía y admi-
nistración de la población, están fuertemente liga-
das. El filósofo pictón advirtió que el derecho tiene
un estatus específico en una sociedad de seguridad.
Éste potencia y a la vez es potenciado por las medi-
das de seguridad: “[…] hay una verdadera inflación
legal, una inflación del código jurídico legal para
poner en funcionamiento el sistema de seguridad.”
27
En nuestras sociedades de seguridad hay cada vez
más leyes de seguridad las cuales, lejos de ser la
solución a la inseguridad, son parte del problema.
La nuda vida, protegida y a la vez puesta en riesgo
por los dispositivos de seguridad hoy potenciados,
se ha convertido en la forma de vida dominante.
Aunque los ejemplos que ilustran la nuda vida son
casos extremos (refugiados, exiliados, hambrientos,
inmigrantes ilegales, pacientes comatosos, etcétera),
24
G. Agamben,
Estado de excepción. Homo sacer, II, I
, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2007, pp. 80; 83.
25
G. Agamben,
Homo sacer…, op. cit.
, p. 166.
26
G. Agamben,
Estado de excepción…, op. cit.
, pp. 155-156.
27
M. Foucault,
Seguridad, territorio, población. Curso en el Collège de France (1977-1978)
, Buenos Aires, FCE, 2009, pp. 22-23.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
estos asuntos marginales se han vuelto cada vez más
normales.
28
En las sociedades del riesgo, obsesionadas
con la inseguridad y el terrorismo, la soberanía no
funciona como un poder unificado bajo condiciones
de legitimidad. A mediados de los años noventa,
Agamben sostuvo: “
Hoy no hay en toda la tierra un
jefe de Estado que no sea vir tualmente un cr iminal
[...].
Porque el soberano, que ha consentido de buen grado
en presentarse con el carácter de esbirro y de verdugo
muestra por fin ahora su originaria proximidad con
el criminal”.
29
La mimesis entre soberanía y crimen
indica que no es posible
separar
la violencia legal de
la violencia anómica, la fuerza de ley de la fuerza de
ley
y la soberanía de la policía; es imposible separarlas
porque la soberanía produce, a través de operaciones
de policía, nuda vida en todas partes del mundo:
En todo el planeta, en Europa como en Asia, en los
países industrializados avanzados como en los del
Tercer Mundo, vivimos hoy en el bando de una tradi-
c ión que se encuentra permanentemente en estado de
excepción. Y todo poder, no impor ta si democrático o
totalitar io, tradic ional o revoluc ionar io, ha entrado en
una crisis de legitimidad, en el cual el estado de ex-
cepción, que era el fundamento escondido del sistema,
sale a plena luz. Si la paradoja de la soberanía tenía la
forma: “No hay un fuera de la Ley”, en nuestro tiempo,
en el cual la excepción se ha convertido en la regla,
la paradoja se invierte en la forma perfectamente
simétrica: “No hay un dentro de la Ley”, todo –incluso
la Ley– está fuera de la Ley. Y la humanidad entera,
todo el planeta, se convierten ahora en la excepción
que la ley tiene que con-tener en su bando.
30
En el momento actual, donde no hay nada dentro de
la ley –ni siquiera la ley–, los Estados ejercen una
violencia anómica en nombre del derecho. La conduc-
ta de Estados Unidos es paradigmática al respecto:
para defender el orden social legal de Occidente de
las amenazas terroristas emprende acciones bélicas
unilaterales pasando por alto las reglas básicas del
derecho público internacional. Si no hay dentro de la
ley tampoco hay fuera de la ley: siguiendo el ejemplo
anterior, el accionar bélico extrajurídico de Estados
Unidos es justificado como una acción normal que
es ‘más permanente’ que la aplicación de la ley. Por
otra parte, la ley que no deja nada fuera de ella –la
forma clásica de la soberanía– basa la seguridad del
orden en la sustracción de toda violencia ajena al
ámbito del derecho. La sentencia “No hay un fuera
de la ley” alude a la monopolización de la violencia
estatal que tiene por objeto proteger la vida de los
individuos. Por supuesto, la amenaza externa no
puede eliminarse totalmente porque si ello ocurr iera
el derecho no tendría razón de ser. Este esquema de
la soberanía –que proyecta la idea que no hay nada
fuera de la ley– guarda algo siniestro, porque si las
amenazas del afuera están fuertemente controladas
se suscita una inflación tendencialmente claustro-
fóbica del adentro de la ley, esto es, la vida pasa a
ser un lugar meticulosamente controlado por la ley.
Si no hay fuera de la ley, entonces sólo hay adentro
y si sólo hay adentro, no hay nada de qué refugiarse
y lo que se produce es un abandono sin sentido de
la ley que es el abandono de todo sentido.
No quedan nítidas las diferencias entre uno y
otro momento de la soberanía que postula Agam-
ben. En el primer caso (“No hay un fuera de la ley”)
se tiene un orden seguro, pero a costa de sufrir
una soberanía unificada, incontestable y por ello
estructuralmente letal; en el segundo (“No hay
un dentro de la ley”), una soberanía no unificada
legítimamente pero igualmente letal, por no decir
criminal. Es discutible el corte tajante entre estos
dos momentos lógico-temporales de la soberanía
si nos atenemos a los supuestos de los que parte el
mismo Agamben. Si la indistinción entre soberano
y criminal es originaria –o “la política occidental es
desde el inicio una biopolít ica”–,
31
entonces toda es-
tructura histórica de la soberanía ha tendido a hacer
28
G. Agamben,
Homo sacer…, op. cit.
, p. 187.
29
G. Agamben,
Medios sin fin. Notas sobre la política
, Valencia, Pre-Textos, 2001, p. 92. Las cursivas son del original.
30
G. Agamben, “El Mesías y el soberano. El problema de la ley en Walter Benjamin”, en
La potencia del pensamiento. Ensayos y conferencias
,
Madrid, Anagrama, 2008, p. 275.
31
G. Agamben,
Homo sacer…, op. cit.
, p. 16.
Perspectivas Teóricas
permanente el estado de excepción. Hay que pensar
la persistencia de este dispositivo biopolítico: ¿qué
tan permanente es?, ¿sólo en la actualidad se verifica
su estructuralidad?, ¿cualquier suspensión de la ley es
una prueba de su constancia histórica como técnica
de gobierno? La brecha entre la novedad de la ca-
tástrofe –acentuada según Agamben tras la Primera
Guerra Mundial– y la catástrofe como tal –la política
occidental es originariamente biopolítica– debe ser
problematizada,
incluso el hiato que se abre entre la
política occidental y la violencia más reciente: “Lo
que ahora tenemos ante nuestros ojos es, en rigor,
una vida que está expuesta como tal a una violencia
sin precedentes, pero que se manifiesta en las formas
más profanas y banales. Nuestro tiempo es aquél en
el que un fin de semana festivo produce más vícti-
mas en las autopistas europeas que una campaña
bélica.”
32
Resulta espinoso determinar un “antes”
y un “después” de la catástrofe si la catástrofe es
única. En el murmullo de la catástrofe las violencias
del presente y del pasado sólo comunican una igual
estupefacción. Es verdad que se pueden aislar de la
historia distintas intensidades de fuerza, determinar
violencias más extremas que otras, pero lo que se
gana en comprensión de la actualidad no debe hacer-
se a costa de caer en un ‘contextualismo’ que olvide
que el curso homogéneo y vacío de la historia es el
sitio de la catástrofe y no el aquí y ahora.
El tercer objetivo de la propuesta de Agamben
es plantear una “política por venir” situada fuera
del paradigma de la soberanía y del derecho, es
decir, una política no estatal y no jurídica.
33
Esta
política abre sitio a la “comunidad que viene”, que
no está definida por una identidad religiosa, étnica
o nacional. El nuevo horizonte político supone la
intervención de “medios puros” desligados de un
fin instrumental o que pueden desactivar un viejo
uso volviéndolo inoperante. Agamben rescata las
nociones benjaminianas de una “lengua pura” y un
“derecho puro” entendidos como medios sin un fin,
34
esto es, que pueden ser usados libremente por la co-
munidad. La lengua pura indica un uso de la lengua
o de la comunicación no cooptado por los medios
masivos de comunicación y el derecho puro alude a
un derecho no monopolizado violentamente por el
Estado. El
dictum
de la política agambeniana es que
la vida no necesita ser protegida por la soberanía y
el derecho, en todo caso, la humanidad sólo necesita
hacer un uso común de las cosas.
Agamben entiende la “verdadera política” co-
mo la “acción que corta el nexo entre violencia y
derecho.”
35
El rompimiento de este nexo se expresa a
través de dos imágenes también surgidas del universo
benjaminiano: 1) la
violencia divina
o
revolucionaria
(“una acción humana sin ninguna relación con el
derecho”) y 2) el
derecho no aplicado
(“un derecho
sin ninguna relación con la vida”).
36
El profesor de
la Universidad de Verona asume una concepción
‘destinal’ del derecho (por influencia de Kafka y Ben-
jamin) y afirma que el emblema de la aprehensión de
la vida en la ley no es la sanción sino la culpa. Hay
un “estar-en-deuda” permanente con el derecho que
ocasiona una culpa igualmente permanente de no
estar a la altura de sus exigencias. “
La culpa no se
refiere a la transgresión, es decir a la determinación
de lo lícito y de lo ilícito, sino a la pura vigencia de la
ley, a su simple referirse a algo.
37
El derecho aplasta
la vida contra el suelo del destino.
La primera imagen es la “violencia divina”.
38
La
revolución debe imitar la violencia divina judía,
que en lugar de gobernar abre camino a la justicia
no ligada a la posibilidad del derecho. La violencia
divina se diferencia de la violencia mítico-legal que
asume dos manifestaciones posibles: la violencia
32
Ibid.
, pp. 146-147.
33
G. Agamben,
Medios sin fin…, op. cit.
, p. 95.
34
G. Agamben,
Estado de excepción…, op. cit.
, p. 88.
35
Ibid.
, pp. 157-158.
36
Ibid.
, p. 15.
37
G. Agamben,
Homo sacer…, op. cit.
, p. 41. Las cursivas son del original.
38
Sobre otras aristas de la violencia divina diferentes a las examinadas en este artículo,
vid
. mi trabajo
Sobre la soledad
, Buenos Aires,
Ediciones del Signo, 2010, pp. 162-173.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
creadora de derecho y la violencia que mantiene y
segura la aplicabilidad del derecho. Al contrario, la
violencia divina o revolucionaria no captura la vio-
lencia dentro de la red mítica del derecho y afirma
una vida no subordinada al destino ineluctable de la
ley. Es el súbito relámpago que cruza el cielo abierto
de la historia destruyendo la cadena necesaria del
derecho, el “puro medio” sin fines instrumentales
que no es un eslabón más dentro del
continuum
de la
existencia. Es la destrucción que abre el tiempo de
la “vida justa” sustraída al derecho como instancia
soberana de mando y dispositivo gubernamental de
cálculo. La violencia mítico-legal “establece fronte-
ras”, es “culpabilizadora y expiatoria”, “golpea” y es
“sangrienta”; en cambio, la violencia divina “arrasa”
con las fronteras, se ejerce “por amor lo vivo” y es
“redentora” y “letal aunque incruenta”.
39
La segunda figura es el derecho no aplicado,
tomado del ensayo de Benjamin sobre Franz Kafka.
Un derecho que rompe el nexo con la violencia es
aquél que sólo es estudiado y no realizado; que no
se realice o aplique significa que no cae con “todo el
peso de la ley” sobre la vida. El derecho que sólo se
estudia es la metáfora de lo jurídico despojado del
control meticuloso sobre la vida. El estudiante de
esta disciplina no persigue entrenarse en las argu-
cias de los abogados sino mostrar que, a través del
estudio pasivo, puede abrirse la puerta de la justicia.
Esto demuestra que aunque Agamben congenia con
la violencia revolucionaria no demanda una política
que cancele totalmente lo jurídico. Al contrario,
aboga por un nuevo uso del derecho que detiene su
violencia calculadora:
Un día la humanidad jugará con el derecho, como
los niños juegan con los objetos en desuso no para
restituirles su uso canónico sino para librarlos de él
definitivamente. Lo que se encuentra después del
derecho no es un valor de uso más propio y original,
anterior al derecho, sino un uso nuevo que nace
solamente después de él. Inclusive el uso, que se ha
contaminado por el derecho, debe ser liberado de su
propio valor.
40
¿Qué relación guarda la violencia divina destructiva
con la violencia anómica del estado de excepción?
La primera se diferencia del estado de excepción en
que en este último “el nexo entre violencia y derecho,
incluso a pensar de su indiferencia, se mantiene”.
41
Por ello la violencia divina “no es una especie de
violencia junta a otras, sino la disolución del vínculo
entre violencia y derecho”.
42
Ella disuelve, revoca,
destruye la conexión entre violencia y derecho, una
conexión que sirve para gobernar, ordenar, articular,
construir lo vivo y administrarlo. No es el acto irres-
ponsable de la destrucción por la destrucción sino la
herida no sangrienta que se abre para que lo viviente
emerja como rasgo libre y autónomo. Agamben des-
taca que Benjamin, en su octava tesis de filosofía
de
la historia,
43
distingue el estado de excepción estatal
del “verdadero” o “efectivo” estado de excepción
que es la revolución. La violencia revolucionaria es
la violencia
efectivamente
anómica porque no usa
este tipo de proceder como excusa para mantener el
nomos
, sino que asume con todas las consecuencias
el uso de una violencia destructiva que escinde el
vínculo entre norma y anomia que no se corta en
el estado de excepción.
39
Walter Benjamin, “Para una crítica de la violencia”,
op. cit.
, pp. 41-42.
40
Giorgio Agamben,
Estado de excepción, op. cit.
, p. 121.
41
Giorgio Agamben,
Homo sacer, op. cit.
, p. 86.
42
Idem.
43
Que, a la letra, afirma: “La tradición de los oprimidos nos enseña que el ‘estado de excepción’ en que ahora vivimos es en verdad la regla.
El concepto de historia al que lleguemos debe resultar coherente con ello. Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará
entonces como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo. La oportunidad que éste tiene está, en parte no
insignificante, en que sus adversarios lo enfrentan en nombre del progreso como norma histórica. El asombro ante el hecho de que las cosas
que vivimos sean ‘aún’ posibles en el siglo veinte no tiene
nada
de filosófico. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser el de que
la idea de la historia de la cual proviene ya no puede sostenerse.”
Vid
. W. Benjamin,
Tesis de historia y otros fragmentos
, edición y traducción
de filosofía de la historia”, en
Angelus Novus
, traducción de H. A. Murena, prólogo de Ignacio Solares, Barcelona, Edhasa, 1971.
N.E.
Perspectivas Teóricas
En este punto, es preciso retomar el planteo
de Derrida sobre la justicia y la fuerza de ley para
plantear sus diferencias con la visión de Agamben.
Como se comentó anteriormente,
el franco-argelino
considera que la ley debe ser aplicada y que no hay
aplicación sin fuerza (de ley). A su vez, la aplicación
vitaliza una ley que de otra manera permanecería
como “letra muerta”. Suprimir el intervalo entre la
justicia y el derecho allana el camino a la violencia
injusta;
esto mismo es la justicia que no acepta ser
calculada por el derecho así como injusto también
resulta ser el derecho que no se aviene a la justicia,
esto es, a su permanente deconstrucción. La brecha
entre la justicia y el derecho es insuperable, pero
esto no impide que Derrida destaque la importancia
que tienen las luchas jurídico-políticas concretas
por la ampliación de derechos.
A su vez, Agamben considera que la justicia acon-
tece cuando se rompe la conexión entre violencia/
derecho y justicia/derecho. Sólo así la humanidad
podrá rest ituir la v ida a su condición profana, misma
que caracteriza también a la “vida feliz” que alcanza
“la perfección de su propia potencia y de la propia
comunicabilidad y sobre la cual la soberanía y el dere-
cho no [tienen] ya control alguno”.
44
La violencia sin
logos, la fuerza de ley,
no es una eventualidad sino
la estructura misma del orden jurídico. La soberanía
y el derecho no necesitan ser aplicados para tener
fuerza porque la tienen antes de herir al mundo con
la espada: “el poder soberano puede mantenerse
indefinidamente como tal, sin pasar nunca al acto
[...]
la potencia existe ya antes de ser ejercitada y [.
..]
la obediencia precede a las instituciones que la hacen
posible
’”.
45
En el planteo de Derrida, la ley tiene
fuerza si pasa al acto a través de una decisión; en
cambio, según Agamben, el derecho tiene fuerza
desaplicándose en el estado de excepción: la ley no
es efectiva por su aplicabilidad sino por el mero, y
perpetuo, estar referido a la vida.
Derrida postula una separación
inhallable
entre
derecho/violencia y justicia/derecho –porque no hay
derecho sin violencia ni justicia sin ley ni violencia
que no pueda ser incorporada a la malla del
nomos
ni ley que pueda suspender la invocación a la justi-
cia– y considera que ninguna elección ético-política
puede suprimir la violencia originaria de la relación.
El problema para Derrida no es que haya violencia en
el mundo, sino saber que esa violencia no puede ser
interrumpida sólo por la decisión jurídica no abierta
a la justicia ni por una justicia antijurídica; la cues-
tión está en reconocer que no hay derecho libre de
violencia y que el derecho es un elemento de cálculo
con el que debe medirse la justicia, aunque nunca
se reconcilien. Al contrario, Agamben impulsa una
separación
efectiva
que quiebra el vaivén indecidible
entre violencia/derecho y justicia/derecho y pro-
mueve una violencia revolucionaria que acabará con
la violencia legal en la historia. El problema para el
italiano es que el mundo actual es demasiado violento
y aún no se da una violencia que desactive el estado
de excepción; la cuestión radica en reconocer que hay
un derecho libre de v iolencia que resulta de la desac-
tivación de su impulso calculador (el derecho como
juego, juguete viejo, objeto en desuso). Cada autor le
reprocharía al otro una incapacidad para interrumpir
la violencia injusta: se puede conjeturar que Derrida
vería en la propuesta de la justicia sin relación con
el derecho y del derecho sin fuerza ni violencia una
reedición de los dualismos metafísicos (que alientan
las peores formas de violencia).
46
Por otra parte, el
romano observa que la deconstrucción derrideana del
derecho es incapaz de ponerle fin al orden jurídico y
con ello a las relaciones instrumentales.
¿Agamben basa su propuesta en un dualismo
metafísico? ¿Por qué la deconstrucción no puede
poner fin al orden legal? Esta cuestión y otras más
son a continuación analizadas.
44
G. Agamben,
Medios sin fin…, op. cit.
, p. 97.
45
G. Agamben,
Homo sacer…, op. cit.
, pp. 65-66. Las cursivas son mías.
46
Sobre la violencia del discurso metafísico,
vid
. Cristina de Peretti,
Jacques Derrida. Texto y deconstrucción
, Barcelona, Anthropos, 1989,
pp. 23-68.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
¿Qué relación existe entre la deconstrucción y la
biopolítica? ¿Es deconstructiva la biopolítica? ¿Cua-
les son los límites de la deconstrucción frente a la
biopolítica y viceversa? Según Agamben, nuestro
t iempo coincide con el prest igio de la deconstrucción
el cual es ‘inescindible’ de una parálisis histórica que
demora la interrupción mesiánica del acaecer.
El éxito de la deconstrucción en nuestro tiempo se
funda, precisamente, en el hecho de que concibe el
texto entero de la tradición, la Ley entera, como una
Geltung ohne Bedeutung
, como una vigencia sin signi-
ficado. En términos de [Gershom] Scholem, podríamos
decir que el pensamiento contemporáneo tiende a
reducir la Ley (en el sentido más amplio del término
que indica la entera tradición en su aspecto regula-
tivo) a su nada y, sin embargo, a mantener esta nada
como “grado cero de su contenido”. De este modo,
la Ley se vuelve inaprensible, pero, justamente por
esto, insuperable, imposible de remover (indecidi-
ble, en los términos de la deconstrucción). Podemos
comparar la situación de nuestro tiempo con la de
un mesianismo petrificado o paralizado que, como
todo mesianismo, vuelve vana la Ley para luego, sin
embargo, mantenerla como la nada de la revelación
en un perpetuo e interminable estado de excepción,
el “estado de excepción en el que vivimos”.
47
La sociedad sin clases, donde el derecho abandona su
relación con el poder, no es “una fase de transición
que no llega nunca al fin que debería conducir, ni
mucho menos un proceso
de infinita deconstrucción
que, manteniendo el derecho en una vida espectral,
ya no es capaz de concluirlo
”.
48
La deconstrucción
sería un eslabón más de la cadena interminable del
destino en que el derecho es asumido como la nada
sin contenido pero que aún así no puede ser derri-
bado. En
Homo sacer
la crítica a la deconstrucción
se realiza a partir del cuento de Kafka “Ante la ley”.
Cabe recordar el argumento de esta historia donde el
praguense narra el encuentro entre un guardián que
custodia la puerta abierta de la ley y un campesino
que solicita entrar durante años. Los años pasan,
el campesino insiste denodadamente y el guardián
se niega siempre a cumplir el pedido. El campesino
espera toda su vida que se le conceda el permiso
para entrar, que nunca llega. Al final de sus días el
campesino le pregunta al guardián por qué nadie
más que él solicitó atravesar la puerta de la ley. El
guardián le responde que ésta sólo estaba destinada
a él y, luego de decir esto, cierra la puerta poniendo
fin al relato.
49
Agamben ve en el relato kafkiano la alegoría de
la ley como vigencia sinsentido o sin significado:
la puerta permanentemente abierta pero intras-
pasable es la metáfora de la fuerza insuperable y
de la imprescriptibilidad de la ley. A partir de este
cuento, Cacciari define el poder de la ley como lo
abierto en lo que no se puede entrar; lo abierto en
que estamos inmersos sin poder “penetrarlo”, com-
prenderlo, entenderlo y asirlo. El campesino “está
frente a la puerta abierta como frente a un obstácu-
lo insuperable”, pero “[n]o soporta lo Abierto”,
50
por
eso interroga al guardián y espera que le dé permiso.
Lo nuevo sólo irrumpe en una puerta cerrada que se
abre o en una puerta abierta que se cierra.
La puerta cerrada significa la posibilidad de abrir,
“verifica” nuestra esperanza, esta última solamente
puede resistir frente a la puerta cerrada. Pero, ¿cómo
podemos esperar “abrir” si la puerta ya está abierta?
¿Cómo podemos pensar en
entrar-en-lo-abierto
? En lo
abierto se está, las cosas se dan, no se entra. No hay,
allí, el umbral que separa pregunta y respuesta. Po-
¿Biopolítica o deconstrucción?
47
G. Agamben, “El Mesías y el soberano…”,
op. cit.
, p. 274.
48
G. Agamben,
Estado de excepción…, op. cit
., p. 120. Las cursivas son mías.
Vid
, también Samuel Weber,
Benjamin’s -abilities
, Cambridge/
Londres, Harvard University Press, 2008, p. 200.
49
Franz Kafka, “Ante la ley”, en
Kafka, Franz. Cuentos
, Buenos Aires, Orión, 1974 (documento disponible en línea en http://www.libros-
gratisweb.com/pdf/kafka-franz/cuentos.pdf). N. E.
50
Massimo Cacciari,
Íconos de la ley
, traducción y prólogo Mónica Cragnolini, Buenos Aires, La Cebra, 2009, p. 97.
Perspectivas Teóricas
demos entrar solamente allí donde podemos abrir. Lo
ya-abierto inmoviliza: este paso antes del siguiente,
la pregunta antes aún de ser pronunciada. El campe-
sino no puede entrar, ya que entrar en lo ya-abierto
es ontológicamente imposible [.
..].
Debemos saber volver a cerrar esta puerta para poder,
nosotros
, esperar poder abrirla. La puerta abierta
indica que la respuesta está dada y desde siempre,
pero en una dimensión inmemorable e inaudible.
51
Dar un portazo, violentamente por supuesto, y abrir
una puerta cerrada que ilumina lo encerrado: contra
estas acciones que dejan entrar la fuerza vivificante
de lo vivo se dirige la persistencia claustrofóbica e
inentendible de la ley. Abrir la puerta cerrada o cerrar
la puerta abierta son dos acciones que indican una
separación o escisión: algo similar postula Agamben
cuando exige separar el derecho de la violencia para
que ambos no sean decididos por el soberano.
El discípulo de Heidegger no acepta la decons-
trucción pero, aun así, deconstruye una serie de
oposiciones binarias propias de las interpretaciones
usuales del mesianismo. La primera dicotomía cues-
tionada es la que opone el Mesías a la ley. Se comentó
ya que la ley es una “v igencia sin significado” porque
su poder radica en ser “insuperable justamente por-
que no prescribe nada”.
52
Es decir, la ley no tiene un
significado, no prescribe un modo de vida sino que
su lógica consiste en contener la vida. Sin embargo,
el autor italiano sostiene que es posible invertir la
condición de “vigencia sin significado” de la ley en
dirección mesiánica. Porque vigente, pero sin tener
significado ni prescribir nada, es la forma que asume
la
Torah
(el
Pentateuco
cristiano) originaria donde
la ley divina aún no adquiere un significado deter-
minado. En el origen, la ley divina está vigente pero
desordenada y sin significado. Agamben retoma la
vieja idea judaica de que la
Torah
originaria era una
mezcla incoherente de letras que sólo después, en el
curso de la historia, se ordenaron en una dirección
de sentido. Al ser nada más que un cúmulo desarti-
culado de letras, el más sagrado de los textos judíos
contenía todos los significados en potencia: carecía
de un significado porque contenía todos los signifi-
cados posibles. En esa
Torah
despedazada encuentra
Agamben el surco perdido de la redención. Es decir,
no en algo que es construido para ser demolido o
despedazado, como una potencia vencedora en una
guerra derriba el monumento de un héroe del país
vencido o conquistado. Se tiende a concebir al Mesías
como el que viene a destruir el orden de la ley en su
totalidad. Pero en el ejemplo de la
Torah
originaria,
el Mesías no cancela toda forma de la ley sino que
convierte la ley en un cúmulo de letras desarticuladas
que no imponen mandatos que sujetan la vida. Esto
es lo mismo que propone Agamben cuando sostiene
que la sociedad sin clases no cancela la ley sino que
la vuelve inoperante: un elemento de juego o de uso
común sin determinación de la vida.
La segunda oposición opone tajantemente el
tiempo mesiánico al profano. Pero Agamben entiende
que en el primero el segundo no es borrado porque
ambos conviven “según modalidades que no es po-
sible reducir a los términos de una lógica dual (este
mundo/otro mundo)”.
53
La “tarea” mesiánica supone
un “pequeño desplazamiento” que no destruye el
mundo actual para construir uno totalmente nuevo.
Antes bien, según una bella imagen: “[b]asta empujar
sólo un poquito esta taza o este arbusto o esta piedra,
y así con todas las cosas. Pero este poquito es tan
difícil de realizar y su medida tan difícil de encontrar
que, por lo que respecta al mundo, los hombres no
pueden hacerlo y por eso es necesario que llegue el
Mesías”.
54
El “pequeño desplazamiento” entre lo dado
y lo por venir impide entender al tiempo mesiánico y
al tiempo profano como temporalidades ‘disjuntas’.
El ajuste es pequeño, mínimo, menor: no un gran
ajuste, no la construcción de un enorme monumento
nuevo. Se trata de dos tiempos vinculados por un
ajuste mínimo: lo mesiánico no anula la mundanidad
de lo profano sino que libera las cosas de la esfera
51
Ibid.
, pp. 92-93.
52
G. Agamben,
Homo sacer
…,
op. cit.
, p. 79.
53
G. Agamben, “El Mesías y el soberano…”,
op. cit.
, p. 273.
54
G. Agamben,
La comunidad que viene
, Valencia, Pre-Textos, 2006, p. 47.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
sagrada de la ley que prohíbe hacer un uso común de
las cosas; la profanación revolucionaria de lo sagrado
–y el derecho es un elemento estruc turalmente sagra-
do– restituye al uso común lo que el poder soberano
mantiene indisponible.
55
La tercera oposición deconstruida es ocio/des-
trucción. Se tiende a pensar que la destrucción re-
quiere un plan preconcebido, una maquinación
racional y una acción instrumental fría que no se
apiada de nada. Se cree que después de la destruc-
ción vendrá la construcción trabajosa y ardua de un
mundo más ordenado. Pero en realidad destruir es
una tarea ociosa:
Los sábados, como es sabido, uno debe abstenerse
de hacer toda
melajà
, toda labor productiva. Este
ocio, esta inoperatividad esencial es para el hombre
una especie de alma suplementaria o, si se quiere,
su verdadera alma. Un acto de pura destrucción,
sin embargo, una actividad que tuviera un carácter
perfectamente destructivo o descreativo equivaldría
a la
menujà
, al ocio sabático y, como tal, no estaría
prohibido. No el trabajo, sino inoperatividad y des-
creación son, en este sentido, el paradigma de la
política que
viene
.
56
De vuelta al relato de Kafka, el cierre final de la puerta
de la ley es usualmente interpretado como la derrota
del campesino frente al poder incontestable de la ley.
Pero Agamben no interpreta así el final del relato, en
su opinión el cierre de la puerta alegoriza la entrada
del tiempo mesiánico en el tiempo profano. Esto le
permite cuestionar una vez más la deconstrucción:
Si es verdad que justamente la apertura [de la puerta]
constituía [.
..] el poder invencible de la ley, pode-
mos entonces imaginar que todo el comportamiento
del campesino no era otra cosa que una complicada
estrategia para conseguir su clausura e interrumpir
así su vigencia sin significado. El sentido último de
la historia no es entonces simplemente, en palabras
de Derrida, el de “un acontecimiento que no logra
ocurrir” (o que ocurre no ocurriendo: “
Un événement
qui arrive à ne pas arriver
”); por el contrario, aquí
algo se ha cumplido en forma verdadera y definitiva
y las aparentes aporías de lo acontecido al campe-
sino expresan sobre todo la complejidad de la tarea
mesiánica que en ella está alegorizada.
57
La deconstrucción, siguiendo sus destrezas inde-
cidibiles, no tomaría partido por ningún personaje
del cuento. Podría asumir la tarea del campesino de
negociar infinitamente con la ley, como lo hace la
justicia según Derrida, pero también podría jugar el
papel del guardián cuya función es custodiar la nada
de la ley: la deconstrucción nos enseñada que, dado
que hay un exceso infinito de indecidibles sobre cada
posibilidad de significado, todo texto es escritura
sin significado, por tanto, v igencia sin significado. El
cierre de la puerta es una metáfora de la revolución
que interrumpe la dominación biopolítica en la his-
toria. El campesino logra desactivar la vigencia de la
ley a través de la politización pasiva y paciente de su
nuda vida porque, a pesar de todo, aquél
finalmente
logra que la puerta de la ley se cierre
. Las estrategias
del campesino pertenecen “al tiempo histórico y a su
ley y, al mismo tiempo, les pone punto final”.
58
Hay
un ajuste entre la nuda vida abandonada del cam-
pesino y la vida beata que experimenta el verdadero
abandonarse fuera del poder soberano y del derecho.
Esto último no libra a Agamben de entender al sujeto
emancipatorio como un sujeto calcinado por el poder,
que debe reducirse a nuda vida durante todo el resto
de su vida para ver entrar al Mesías en la historia.
Esto tiene una resonancia sacrificial que no queda
claro cómo encaja con la política de la comunidad,
la vida profana y el “desplazamiento mínimo”. Algo
así como: vive reducido a nuda vida toda tu vida y,
al final de los tiempos, serás recompensado.
Si se toma en cuenta lo anterior, cabría cuestio-
nar: ¿cómo evitar entonces que la destrucción pura
de la violencia revolucionaria divina no alimente e
55
G. Agamben,
Profanaciones
, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2005, pp. 100-102.
56
G.
Agamben,
La comunidad que viene
…,
op. cit.
, p. 94.
57
G. Agamben, “El Mesías y el soberano…”,
op. cit.
, p. 280.
58
Ibid
., p. 281.
Perspectivas Teóricas
incluso caiga en los horrores del estado de excepción
permanente? ¿Cómo podrá la violencia destructiva
situarse fuera del originario referirse del derecho
a la vida? Estas preguntas expresan las reservas
que Derrida mantiene con la noción de violencia
divina. Derrida advierte que una violencia total-
mente destructiva de la ley se acerca a las peores
violencias de la historia, por ejemplo, la “solución
final a la cuestión judía” de los nazis. Por ello no es
precipitado pensar
[…]
el holocausto como una manifestación ininter-
pretable de la violencia divina en cuanto que esta
violencia divina sería a la vez aniquiladora, expiadora y
no-sangrienta
[...].
Cuando se piensa en las cámaras de
gas y en los hornos crematorios, ¿cómo oír sin temblar
esta alusión a una exterminación expiadora porque no
sangrienta? Aterroriza la idea de una interpretación
que haría del holocausto una expiación y una firma
indescifrable de la justa y violenta cólera de Dios
.
59
En otras palabras, el peligro de la violencia divina
es que puede degenerar en lo peor dispuesto a des-
truirlo todo. La violencia burocrática del estado
de excepción puede colonizar los medios y fines de
la revolución como fuerza justa de aniquilación.
Derrida no considera que la violencia divina sea el
afuera radical de la soberanía que dice ser; su toma
de distancia con esta figura se justifica por su apego
a una justicia que acepta medirse con el derecho, que
evita lo peor de la violencia revolucionaria.
En este contexto, Agamben considera un “ma-
lentendido” la equiparación que hace Derrida de la
violencia divina con el
endlösung
del nacionalsocia-
lismo.
60
Porque destruir, en clave mesiánico-eman-
cipadora, no es aniquilar lo viviente usando una
máquina burocrática de muerte. El malentendido es
funcional a la estrategia de la deconstrucción que
no puede concebir una “tercera figura” a la violencia
que funda y a la violencia que mantiene el derecho.
La pura destrucción como vocación sabática es lo
único que puede destruir la ontoteología de la sobe-
ranía. Ahora bien, vale la pena preguntar si la vio-
lencia divina podría manifestarse o advenir en la
época donde el estado de excepción domina en todas
partes del mundo y en todos los tipos de gobierno.
¿Cómo identificar un afuera de la violencia sobe-
rana cuando las divisiones dentro/fuera, norma/
violencia, violencia legal/violencia anómica son
difuminadas en el estado de excepción permanente?
¿Cómo vislumbrar un afuera al estado de excepción
permanente que no deja de someter la vida en todas
par tes del mundo? Si la v iolencia div ina afirma poder
derr ibar el sistema espec tral de las relaciones jur ídi-
cas en su totalidad,
61
¿cómo aniquilar un espectro,
una ley que precisamente se mantiene en vigencia
en la espectralidad, el abandono y la desaplicación?
¿Como suspender una ley que está vigente en la forma
misma de la suspensión en el estado de excepción
permanente?
Como se analizó anteriormente, el derecho
“puro”, conferido al uso común de los hombres, no
es un valor original del derecho que se perdió en el
huracán del progreso y que debe ser desenterrado,
sino un nuevo uso del derecho que hace después del
derecho. Es decir, el rompimiento de la conexión
entre derecho y violencia no permite la llegada de
una comunidad originaria, sino la reactivación del
sentido abierto sin propiedad, la comunidad ya no
sostenida en la
excepción soberana
sino en el
uso
. El
uso
es sinónimo de lo
común
en tanto “se refiere a
las cosas en cuanto no pueden convertirse en objeto
de posesión”.
62
El uso del derecho sin relación con un
fin instrumental es la praxis jurídica liberada de su
captura en la excepción soberana. Lo que no queda
claro en la propuesta de Agamben es la vinculación
entre violencia divina (la vida sin relación con el
derecho) y el uso del derecho (el derecho sin rela-
ción instrumental con la vida). ¿La violencia divina
conduce al uso libre del derecho luego de destruir
59
J. Derrida,
Fuerza de ley…
,
op. cit.
, pp. 149-150. Las cursivas son del original.
60
G. Agamben,
Homo sacer…
,
op. cit.
, p. 85.
61
Axel Honneth,
Patologías de la razón. Historia y actualidad de la teoría crítica,
Buenos Aires, Katz Editores, 2009, p. 137.
62
G. Agamben,
Profanaciones…
,
op. cit.
, p. 109.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
la cadena mítica del derecho? ¿O es posible usar el
derecho sin necesidad de que se produzca una ruptura
revolucionaria? Falta problematizar un mediador en-
tre esas dos experiencias, bastante disímiles por
cierto, dado que Agamben no ofrece razones sobre
cómo se vinculan.
Con todo lo expuesto hasta aquí, es perentorio
inquirir: ¿no reproduce la propuesta política de
Agamben la idea del fin de lo político como adveni-
miento de una realidad viva? ¿La restitución de las
cosas al uso y de la ley a la
Torah
originaria, resuelve
los problemas que Agamben le imputa a la decons-
trucción? ¿No se trataría del fin de la historia y por
tanto de lo político?
63
Agamben no parece propo-
ner esto. El advenimiento de la verdadera política, y
por tanto de la comunidad, implica el deseo de tras-
pasar los límites de la soberanía y esta tarea entraña
un riesgo evidente de muerte. Cancelar la dominación
biopolítica de la historia supone abrazar la preca-
riedad de la vida, que es distinto al dispositivo de
la soberanía que precariza la vida en el momento en
que afirma protegerla, cuidarla o asegurarla. La tarea
política es “hacer del propio ser-así no una identidad
y una propiedad individual, sino una singularidad sin
identidad, una singularidad común y absolutamente
manifiesta. Si los hombres pudiesen ser sólo
el
así,
su exterioridad singular y su rostro, entonces la hu-
manidad accedería por primera vez a una comunidad
sin presupuestos y sin sujetos, a una comunicación
que no conocería mas que lo incomunicable”.
64
Lo que adviene con la comunidad no es la presencia
de lo absolutamente vivo, una esencia indestructible,
sino la vida asumida como precariedad común. No la
vida como portadora de identidades y propiedades
sino el “dejarse ser” inmanente
65
de la vida ya no
protegida y, por ello, negada por la máquina tras-
cendente de la soberanía. Agamben exige separar
la vida del derecho porque la brecha se encuentra en
la vida misma: inabarcable, ella sobrevive a sus infi-
nitas desintegraciones y articulaciones biopolíticas.
La vida es un “manar que [.
..] se derrama continua y
vertiginosamente en sí mismo”.
66
Si ello es así, se le
puede cuestionar a Agamben cómo puede postular
una vida profana derramada, que rompe todo límite,
si la vida aparece originariamente configurada por
el derecho. La respuesta es espinosa pero también
simple: sólo si hay pura destrucción la vida puede
liberarse del destino del derecho, porque la vida que
se libera con la destrucción no es una vida natural
anterior al derecho, sino una vida profana y mundana
que asume su propia cont ingencia sin requer ir la pro-
tección del soberano. Destruir no es una tarea, una
maquinación, tampoco la vuelta a un origen previo
a la nuda vida porque de hacerlo no se podría volver
a ningún sitio libre de destrucción. Para destruir
hay que estar liberado de uno mismo, de las posibili-
dades vivas que se presentan como únicas y también
de la nostalgia por las cosas muertas. Como afirma
Maurice Blanchot en tono benjaminiano: “hay que
amar para destruir y el que pudiera destruir por un
puro movimiento de amar, no heriría, no destruiría,
daría únicamente, entregando la inmensidad vacía
en que destruir llega a ser una palabra no privativa,
no positiva, la palabra neutra que acarrea el deseo
neutro”.
67
La destrucción es lo que le acaece “a la
vida como tal [.
..] no responde a un rasgo intencio-
nal de la vida, sino a una precipitación
en
la vida
de lo que comparecía como lo más desconocido en
ella”.
68
El relámpago de la vida no tiene cabida en la
negociación imprescriptible que la deconstrucción
establece entre el derecho y la justicia. La vida como
manar y relámpago (naturaleza sin culpa) no puede
ser incluida en el movimiento oscilatorio que Derrida
observa entre el derecho y la justicia.
En este marco, deconstrucción y biopolítica se
repelen mutuamente. Derrida cuestiona la oposición
63
Esta idea me fue sugerida por Antonio Hernández Curiel.
64
G. Agamben,
La comunidad que viene…
,
op. cit.
, p. 55.
65
G. Agamben, “La inmanencia absoluta”, en Gabriel Giorgi y Fermín Rodríguez (comps.),
Ensayos sobre biopolítica. Excesos de vida
, Buenos
Aires, Paidós, 2007.
66
Ibid.
, p. 70.
67
Maurice Blanchot,
La amistad
, Madrid, Trotta, 2007, p. 109.
68
F. Galende,
op. cit.
, pp. 87-88.
Perspectivas Teóricas
tajante que Agamben postula entre
bíos
y
zoé
, entendi-
dos como la división biopolítica primaria de Occidente.
El filósofo de El Biar considera esta distinción “más
que difícil y precaria”.
69
A los ojos del francoargelino,
Agamben podría quedar preso de dos tareas espino-
sas: 1) distinguir entre la autenticidad originaria (el
lenguaje como pura comunicabilidad sin un fin) y la
caída en la dominación (el lenguaje sentenciador del
derecho); 2) diferenciar claramente el derecho de la
violencia. Para el romano, la deconstrucción perma-
necería bajo la tutela de la metafísica de la soberanía
occidental ya que ocupa el umbral en que se cumple
la articulación entre violencia y derecho. Agamben
pretende desnudar la verdadera naturaleza de la de-
construcción como la estrategia que no concibe una
vida fuera del derecho –y sólo una vida liberada del
derecho puede ser libre.
Sin embargo, ambos discursos, puestos en con-
tac to, dest ituyen la autosegur idad del otro. Decons-
trucción y biopolítica son suplementos aunque se
obstaculicen. En el momento en que Derr ida y Agam-
ben toman direcciones opuestas una preocupación
común traza un espacio de tregua. Por un lado, toda la
estrategia argumentativa de uno se asienta, al igual
que la del otro, en la deconstrucción de oposiciones
binarias jerárquicas. El autor italiano repudia “la
unidad de la vida como articulación jerárquica de
una ser ie de facultades y oposiciones funcionales”.
70
Algo así como una práctica deconstructiva asume
Agamben cuando cuestiona los dualismos metafísicos
y muestra la impureza de base que hay entre
las no-
ciones clásicas del mesianismo (ley/Mesías; tiempo
profano/tiempo mesiánico; destrucción/ocio). Y esta
deconstrucción la hace en nombre de la justicia. Es
como si estuviera forzado por la misma deconstruc-
ción a deconstruir la propuesta de Derrida. Por otro
lado, y de igual manera que el doctor de la Univer-
sidad de Roma, Derrida sostiene que el deber de la
justicia es comprometerse con una vida que es más
que nuda vida y más que la vida presente:
¿Hay acaso justicia, compromiso de justicia o respon-
sabilidad en general, que haya de responder de sí (de
sí vivo) ante otra cosa que, en última instancia, no sea
la vida de alguien que está vivo, se la entienda como vi-
da natural o como v ida del espír itu? Cier to. L a objec ión
parece irrefutable. Pero lo irrefutable mismo supone
que esa justicia conduce a la vida más allá de la vida
presente o de su ser-ahí efectivo, de su efectividad
empírica u ontológica: no hacia la muerte sino hacia
un sobre-vivir, a saber, una huella cuya vida y cuya
muerte no serían ellas mismas sino huellas y huellas
de huellas, un sobre-vivir cuya posibilidad viene de an-
temano a desquiciar o desajustar la identidad consigo
del presente vivo así como de toda efectividad.
71
El fundador del Colegio Internacional de Filosofía
cuestiona las formas contemporáneas de sujeción
de la vida que dependen de una soberanía cada vez
más violenta e ilegítima. Por ello es necesario de-
construir la máquina de la soberanía contemporánea
que despliega una violencia formidable.
Canallas
analiza el devenir reciente de la violencia global,
que da por resultado una violencia ejercida por los
países poderosos de Occidente defensores del de-
recho internacional en contra del terrorismo global
y de los “Estados canallas” (aquellos que están fuera
del orden legal internacional). Pero esta defensa
de los valores democráticos occidentales se hace
transgrediendo sistemáticamente el derecho públi-
co internacional. Si en
Fuerza de ley
el derecho es
entendido como un dispositivo de cálculo efectivo,
Canallas
muestra que los Estados de las democracias
desarrolladas hoy ejercen una violencia que desborda
permanentemente al derecho. Este último trabajo no
sólo debe ser leído como un correctivo de
Fuerza de
ley
, más ajustado que aquél al presente, sino también
como el más cercano al diagnóstico de Agamben sobre
el estado excepción permanente en que se vive.
72
El próximo y último apartado aborda justamente
esta comparación.
69
J. Derrida,
Canallas…
,
op. cit.
, p. 42.
70
G. Agamben,
Lo abierto
.
El hombre y el animal
, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2007, p. 33.
71
J. Derrida,
Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional
, Madrid, Trotta, 1998, p. 14.
72
Sobre las coincidencias entre Derrida y Agamben respecto de la crítica al dispositivo actual de la soberanía,
vid
. Alberto Moreiras,
Línea
de sombra. El no sujeto de lo político
, Santiago de Chile, Palinodia, 2006, pp. 239-275.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
Al igual que
Estado de excepción
,
Canallas
exige el
nacimiento de un nuevo orden mundial bajo el signo
de un “rey sin corona” o un “dios que se deconstruye
[...] en su ipseidad”.
73
Ese nuevo orden mundial debe
congeniar con el pensamiento de la “democracia
por venir” que cuestiona la incondicionalidad de la
soberanía y en su lugar postula la incondicionalidad
de la venida del otro (que emerge de las figuras de la
hospitalidad, el don, el perdón y la justicia incondi-
cionales). La democracia por venir no renuncia a la
noción de incondicionalidad sino que la deconstru-
ye como elemento necesario de la soberanía, conce-
bida como el derecho o la razón del más fuerte. La
democracia por venir no se asienta sobre una sobe-
ranía incondicional e irrefutable. Derrida entiende
que la soberanía está estructuralmente ligada al
abuso del poder porque su impulso originario es dar
cuenta de todo. La democracia por venir exige “una
extensión de lo democrático más allá de la sobera-
nía del Estado-nación, más allá de la ciudadanía, [y]
la creación de un espacio jurídico-político interna-
cional que, sin abolir toda referencia a la soberanía,
no [deje] de innovar, de inventar nuevas particiones
y nuevas divisibilidades de la soberanía”.
74
Ya en
La hospitalidad
,
75
Derrida describe la escena
internacional dominada por la proliferación de una
soberanía anómica. Este contexto está signado por un
“reacomodo del derecho” derivado de la proliferación
de formas de ‘socialidad’ privadas y ‘rizomáticas’ (cé-
lulas terroristas, grupos criminales, agrupaciones de
comercio ilícito transnacional, piratería internacional,
etcétera), facilitado por las innovaciones tecnológi-
cas de los medios de comunicación y de transporte.
El Estado se debilita frente al poder de las potencias
privadas no-estatales y éste hace esfuerzos por vigilar,
contener y apropiarse de lo que se le escapa en la red
global de los intercambios. El reacomodo el derecho
es inescindible del énfasis en un ejercicio policial del
poder político para acomodarse a la situación de in-
certidumbre que hoy se vive.
76
Ante la amenaza de las
redes globales terroristas, los Estados occidentales
poderosos, fundamentalmente Estados Unidos, vie-
ron la necesidad de reforzar aún más las capacidades
militares y los mecanismos coercitivos de imposición
de la ley. El poder excepcional de un conjunto de
agrupaciones infra y super-estatales produjeron un
reforzamiento de la soberanía estatal en el momento
en que ésta se muestra más débil, es decir, menos
unificada bajo condiciones de legitimidad.
Derrida describe el tiempo actual como la “época
de los Estados canallas”, donde el poder soberano es
“menos legítimo que nunca”.
77
La expresión “Estado
canalla” irrumpió en el discurso geopolítico norteame-
ricano tras el fin de la Guerra Fría y sirve para calificar
a los países que infringen las normas del derecho inter-
nacional. Las naciones occidentales poderosas, para
controlar, detener o sancionar a los Estados canallas,
asumen funciones policiales invocando el derecho
del más fuerte. En este contexto, cobra relevancia
la célebre expresión de la ex secretaria de Estado
norteamericana Madelaine Albright: “Estados Unidos
actúa multilateralmente cuando puede y unilateral-
mente si debe”.
78
Ahora bien, si el abuso de poder o la
ley del más fuerte son elementos constitutivos de
la soberanía, entonces los gobiernos democráticos que
sancionan o invaden unilateralmente a los Estados
canallas son, “en tanto que soberanos, los primeros
rogue States
[Estados canallas]”.
79
Derrida sigue en un primer momento las tesis
que Chomsky presenta en
Rogue States
: los países
Soberanía, Estados canallas y democracia por venir
73
J. Derrida,
Canallas…
,
op. cit.
, p. 187.
74
Ibid
., p. 111.
75
J. Derrida,
La hospitalidad
, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 2006.
76
Ibid
., p. 65.
77
J. Derrida,
Canallas…
,
op. cit.
, pp. 119; 12.
78
“The US acts multilaterally when it can, and unilaterally when it must.” Citada por Arundhati Roy, “War is Peace”, en
Outlook
, 29 de
roy.pdf
N.E.
79
J. Derrida,
Canallas…
,
op. cit
., p. 126.
Perspectivas Teóricas
“civilizados” y “democráticos” que se jactan de dife-
renciarse de los Estados canallas, son ellos mismos
unos Estados canallas.
80
El hecho que todo Estado sea
un Estado (potencialmente) canalla debe entenderse
en el marco de dos ideas centrales: 1) el contexto in-
ternacional actual exacerba la lógica de la soberanía,
que está fundada originariamente en la razón del más
fuerte; 2) las prerrogativas o los poderes de excep-
ción se han vuelto un componente permanente de las
estrategias de contención y balance de los Estados.
Se afirma una soberanía maníaca que circula sobre sí
misma, como lo indica la lógica tautológica que asume
per se
el poder soberano pero sin el complemento de
los debidos procedimientos de legitimación popular
de la voluntad soberana. La distinción entre Estados
democrático-liberales (defensores del derecho) y
Estados canallas (violadores del derecho) se hace
cada vez más difusa porque el estado de excepción es
propio del Estado como tal. Esto lleva a su consuma-
ción lo que Derrida llama una “canallocracia” mundial
como forma política predominante tras el fin de la
guerra fría. En términos de Agamben, la canallocracia
es el nombre de un sistema mundial que exacerba la
lógica del bando soberano. Cada vez hay más Estados
canallas
, es decir, Estados
bandidos
.
Sin embargo, el examen del que fuera Premio
Theodor W. Adorno (2001) va más allá de constatar
la existencia de una canallocracia generalizada, a la
manera en que lo entiende Chomsky. Al francoarge-
lino le interesa desentrañar el enigma de la frase,
que en realidad es una exigencia: “(No) más Estados
canallas”. ¿Qué significa exigir que (no) haya más
Estados canallas en el mundo? Primera tesis: la exi-
gencia de terminar con los Estados canallas se debe
a que siempre hay más Estados canallas de los que
pensamos o de los que efectivamente hay. Siempre
hay más Estados canallas porque la estructura de la
soberanía se basa en la razón del más fuer te”.
81
Siem-
pre habrá Estados canallas pero, también, siempre
más de los que podemos aceptar. Por tanto, no es de
extrañarse que Estados Unidos incurra en acciones ex-
trajurídicas, o contrarias al derecho internacional, en
la defensa de los valores democrático-occidentales
amenazados por (otros) Estados canallas. Siempre
hay más Estados canallas de lo que creemos y Estados
Unidos sería uno (más) de ellos.
Segunda tesis: “donde no hay más que canallas,
ya no hay canallas.
(No) más canallas
”.
82
La generali-
zación de la canallocracia podría llevar a una desac-
tivación del término “canalla” porque cuantos más
canallas hay, menos hay: si todos son canallas na-
die lo es en particular. Donde todos son canallas
ya nadie lo es. El dios de la soberanía infunde una
violencia anómica extendida como medio de reso-
lución de los conflictos, pero también este recurso
se deslegitima cada vez más. Si todos los Estados
son canallas, nadie lo es, por lo cual esta lógica
puede colapsar en virtud de la saturación que sufre.
Ahora bien, Derrida reconoce que la crisis severa del
orden internacional impide decidirse sólo por esta
conclusión optimista. La expresión “(No) más Estados
canallas” se juega en la tensión de dos alternativas
contrarias: 1) si todo Estado es canalla, no hay un
afuera de la canallocracia –se vive preso de esta
lógica irrebasable; 2) si todo Estado es un canalla,
entonces hoy más que nunca se debe “poner fin a
dicho apelativo [.
..] que los Estados Unidos y algunos
de sus aliados han podido hacer de él”.
83
El fin de la Guerra Fría impulsó una globalización
“desigualitaria y violenta”,
84
que concentra y confisca
en una región muy limitada del mundo los recursos
naturales, las riquezas del capitalismo y los poderes
tecno-cient íficos. Según Derr ida, no sólo se asiste al
fin de los Estados nacionales territorialmente deli-
mitados y soberanos –como lo avizoró Schmitt en la
primera mitad del siglo
XX
–, sino que, además, hoy se
perfila el fin de la época amenazante de los Estados
canallas. Ya no tanto por la idea según la cual si to-
80
Vid
. Noam Chomsky,
Rogue States: The Rule of Force in World Affairs
, Cambridge, South End Press, 2000 y “Rogue States”, en
Z Magazine
,
N.E.
81
J. Derrida,
Canallas…
,
op. cit
., p. 127.
82
Idem.
83
Idem.
84
Ibid
., p. 184.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
dos los Estados son canallas, nadie lo es en particular;
los Estados canallas tocan a su fin porque la amenaza
cada vez es más ‘rizomática’: “la amenaza absoluta
ya no [tiene] una forma estatal”.
85
La dispersión del
poder nuclear y tecno-cient ífico y su apropiación por
parte de redes terroristas desterritorializadas no
puede ser controlada por un Estado o una coalición
estable de Estados. Según la teoría del “equilibrio
del terror”, en la Guerra Fría un cálculo de probabili-
dades eliminaba la opción catastrófica y, sobre todo,
las operaciones suicidas. Los ataques terroristas y
las respuestas unilaterales de Estados Unidos, ali-
mentadas por una lógica de la venganza recíproca,
pone en primer plano del orden internacional la
inmunización suicida. Estados Unidos, a la vez que
se presenta como el único garante del orden de los
Estados normales, no está exento de sufrir un ataque
nuclear severo. Este mismo Estado que aboga por la
seguridad no deja de producir un constante estado
de inseguridad. Como afirma Derrida: “Una nueva vio-
lencia se prepara y, en verdad, se desencadena para
algo, de un modo más visiblemente suicida o auto-
inmunitario que nunca. Dicha violencia no procede ya
de la guerra
mundial
, ni siquiera de la
guerra
, todavía
menos de algún derecho a la guerra. Y esto no tiene
nada de tranquilizador. Todo lo contrario”.
86
La inseguridad que produce la violencia contem-
poránea lleva al judeoargelino a apelar a un principio
de la razonabilidad. Porque si bien es necesario
“poner en tela de juicio y limitar una lógica de la
soberanía del Estado-nación”, también “resultaría
imprudente y precipitado, en verdad poco
razona-
ble
, oponerse incondicionalmente y de frente a una
soberanía ella misma incondicional e indivisible”.
87
La política que viene debe asumir la deconstrucción
de la soberanía y no una oposición irreconciliable
con ella.
88
Derrida entiende que la soberanía esta-
tal puede en ciertos contextos convertirse en una
defensa fundamental contra los poderes interna-
cionales dogmáticos, fundamentalistas, religiosos
o capitalistas. Aquí Derrida vuelve una vez más a
diferenciarse de Agamben, que no ve en la soberanía
ninguna posibilidad de imposición de un orden que
contenga la violencia anómica.
En consecuencia, la democracia por venir no está
reñida con la necesidad de llevar a cabo negociacio-
nes razonables con el dispositivo de la soberanía y,
por la misma razón que se “negocia” con ella, ya no
es posible suponer su unidad e incondicionalidad.
Según el fundador de la asociación Jan Hus: “‘razo-
nable’ sería la apuesta razonada y argumentada de
esa transacción entre las dos exigencias aparente-
mente inconciliables de la razón, entre el cálculo
[la soberanía] y lo incalculable [la democracia]”.
89
Derrida coincide con Agamben en que la estructura
originaria de la soberanía es la indistinción entre
poder y abuso del poder,
90
sin embargo, el origen bajo
del poder soberano puede ser exorcizado invocando
una razonable negociación entre la soberanía y la
democracia. Si no se negocia la brecha entre sobe-
ranía y democracia en un mundo violento e inseguro
la culpa recaerá sobre todos aquellos que renunciaron
a ser razonables. Es preciso aceptar que la actuación
concertada de los Estados, que confiera legitimidad a
las relaciones de fuerza,
puede ser útil para contener
el accionar desterr itor ializado de los grupos cr imina-
les globales. Esto no implica asumir, de otro lado, que
la experiencia de vulnerabilidad e inseguridad tenga
que conducir necesariamente a un reforzamiento de
la violencia militar y las represalias.
91
La indecidibilidad entre el elemento calculable
y estratégico (el derecho y la soberanía) y el compo-
nente mesiánico incalculable (la justicia y la demo-
cracia por venir), no admite una regla que determine
qué polo de la relación tiene predominancia y, sin
embargo, hay
destino
en esta relación indecidible.
85
Ibid
., p. 129.
86
Ibid
., p. 185.
87
Ibid
., p. 187.
88
Nick Mansfield, “Sovereignty as its Own Question: Derrida’s Rogues”, en
Contemporary Political Theory
, núm. 7, 2008.
89
J. Derrida,
Canallas
…,
op. cit
., p.180.
90
Ibid
., p. 186.
91
Judith Butler,
Vida precaria. El poder del duelo y la violencia
, Barcelona, Paidós, 2006, p. 14.
Perspectivas Teóricas
Hay que recordar que el carácter mítico y destinal
del derecho radica en la imposibilidad de cortar
la cadena que liga la vida a las determinaciones
jurídicas. En este marco, Derrida considera irrazo-
nable desprenderse totalmente de los dispositivos
jurídicos de la soberanía y el derecho. Esto exige una
refundación o transformación de ambos elementos
dentro del marco de la democracia por venir. La su-
jeción destinal de la vida al derecho y la soberanía
se justifica por la necesidad de que éstos recuperen
su capacidad de anticipar y limitar efectivamente la
violencia arbitraria de los Estados canallas (tanto
occidentales como no occidentales) y de las redes de
poder infra y super estatales. En cambio, Agamben
entiende que la soberanía y el estado de excepción
permanente son incapaces de contener la violencia
anómica que ellos mismos generan. Siguiendo este
razonamiento, la falacia de la deconstrucción es
proponer que la soberanía y el derecho son perfec-
tibles o transformables, en lugar de aceptar que
sólo la violencia divina y el derecho que suspende
su impulso calculador pueden convertir al mundo en
un lugar más justo donde vivir.
Derrida y Agamben analizan el dispositivo
contemporáneo de la soberanía en el momento en
que el Estado, en el marco de la globalización, sufre
una severa crisis de legitimidad. ¿Cómo se refuerza
el poder soberano en la crisis del concepto de sobe-
ranía? El reforzamiento del poder soberano hoy se
ha extendido más allá del Estado-nación a través
de una afirmación
de facto
de la soberanía (o del
derecho del más fuer te) de las agrupaciones pr ivadas
infra y super estatales (células terroristas, redes de
tráfico global, organismos financieros que producen
crisis económicas profundas, etcétera). La violencia
contemporánea potencia la ley del más fuerte (sea
éste una institución estatal o no-estatal) y expone
a cada vez más personas a una situación de vulne-
rabilidad grave. Piénsese, además de los atentados
terroristas y del intervencionismo unilateral de
Estados Unidos, en las limpiezas étnicas, la “guerra
contra el narcotráfico” en México, la represión bru-
tal de las revueltas populares que reclaman el mero
cumplimiento de las obligaciones de los funcionar ios
públicos (Atenco y Oaxaca en 2006 en México dan
cuenta de ello), la detención indefinida que sufren
los presos en Guantánamo (despojados del estatuto
de prisioneros de guerra), etcétera.
La democracia por venir tiene la estructura de
una “‘mesianicidad’ sin mesianismo”. Hay una me-
sianicidad de la democracia porque supone la pro-
mesa de un mundo más justo por venir, pero sin el
mesianismo de la salvación y la existencia de una
tierra prometida que pueda ser alcanzada y apropiada
definitivamente. La democracia por venir no se fun-
da en una teología beatamente pacífica porque anida
en ella la estructura de una
fuerza débil
:
[Hay que pensar] la imprevisibilidad de un aconteci-
miento que carece necesariamente de horizonte, la
venida singular de lo otro y, por consiguiente, una
fuerza débil
. Esta fuerza vulnerable, esta fuerza sin
poder expone incondicionalmente a
aquel
(lo)
que
viene
y que viene a afectarla. La venida de dicho
acontecimiento excede la condición de dominio y la
autoridad aceptada por convenio de lo que se deno-
mina el “performativo”.
92
Hay que abrir camino a un nuevo entendimiento de
la violencia en un contexto de soberanías incondi-
cionales y anómicas. Como se comentó, la democra-
cia por venir es el pensamiento y la praxis de una
democracia no sostenida en la potencia absoluta de
la soberanía. Una lógica de la soberanía como la
que rige en el orden internacional actual –donde el
mundo occidental y el orbe islámico se autoconciben
como una potencia más elevada y poderosa que su
enemiga–, puede conducir no sólo al exterminio del
otro sino también al autoaniquilamiento suicida.
El ser portadora de una
fuerza débil
, acerca a la de-
mocracia por venir a la violencia revolucionaria que
suscribe Agamben. A toda generación, escribía Ben-
jamin en el umbral del horror, “nos ha sido conferida
una débil fuerza mesiánica”,
93
que es
débil
porque
92
J. Derrida,
Canallas…
,
op. cit.
, p. 13.
93
W. Benjamin, “Tesis de filosofía de la historia”, en
Ensayos escogidos
, México, Ediciones Coyoacán, 2001, p. 43.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
destruye sin construir o refundar mitos dominantes.
Hay que destruir la idea de refugio seguro, único e
innegociable representado por el monoteísmo del
capitalismo liberal-democrático y el monoteísmo
fundamentalista islámico. La fuerza débil se relacio-
na íntimamente con el “carácter destructivo”, el cual
“sólo conoce un lema: abrir paso; sólo una actividad:
despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre
es más fuerte que todo odio”.
94
Parafraseando a
Benjamin, la débil fuerza mesiánica tiene que hacer
escombros de lo existente no por el hecho de reducir
todo a ruinas, sino para ver el camino que se abre a
través de los cascajos de la historia. La democracia
por venir y la violencia divina podrían coincidir en
abrir paso a una vitalidad que rompa el
continuum
de
la soberanía unilateral que asumen tanto los países
occidentales como los no occidentales.
Palabras finales
Deconstrucción y biopolítica están enfrentadas de
una manera aparentemente irreconciliable. Para
Derrida, la violencia divina benjaminiana muestra
una proximidad peligrosa entre destrucción y ani-
quilación burocrática y no concibe un abandono
total de los dispositivos del derecho y la soberanía
entendidos como sistemas de cálculo (en todo caso,
deben ser transformados, refundados o
deconstrui-
dos
). En cambio, Agamben entiende que la violencia
divina es lo único que puede romper la estructura
ontoteológica de la soberanía y del derecho como
elementos de determinación de la vida. Más allá de
este desacuerdo, ambos obser van que el enigma de la
política es hallar una
débil
fuerza mesiánica que
interrumpa el despliegue de la violencia anómica.
La violencia es el enigma de lo político: la sede de la
soberanía anómica, la violencia productora de nuda
vida, pero también de una débil fuerza que puede
abrir paso a una comunidad o democracia fuera de
la actual configuración de la soberanía.
No es posible imaginar la destrucción del estado
de excepción y de la estructura
canallesca
del actual
orden internacional sin la intervención de una débil
fuerza democrática y colectiva. El dilema es que
la irrupción de esta débil fuerza puede reforzar la
criminalización o el aniquilamiento estatal de las
resistencias populares a la soberanía. Porque la ma-
nifestación de los oprimidos como comunidad de
revuelta y protesta es intolerable para el Estado (las
revueltas populares de Oaxaca y Atenco en México
en 2006, de Grecia en 2008 y actualmente del norte
de África, a pesar de sus diferencias de motivos y
finalidades, dan cuenta de ello). Se trata, en reali-
dad, del viejo dilema que consiste en cómo superar
la desproporción de fuerzas y capacidad de manio-
bra entre la débil fuerza de lo mesiánico y la violencia
de los aparatos de soberanía. El enigma sigue radi-
cando hoy en la inmanencia de una vida colectiva
que se desparrame sin configurar o alentar un poder
expansionista, pues –como afirma Derrida como si
fueran palabras de Agamben–, “la vieja palabra
vida
sigue siendo quizá el enigma de lo político en torno
al cual rondamos sin cesar”.
95
Recibido el 18 de noviembre de 2010
Aceptado el 2 de mayo del 2011
94
W. Benjamin, “The Destructive Character”, en
Reflections. Essays, Aphorisms, Autobiographical Writings
, Nueva York y Londres, Helen y
Kurt Wolff, 1978, p. 301. La traducción es mía.
95
J. Derrida,
Canallas…
,
op. cit
., p. 20.
Perspectivas Teóricas
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