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Perspectivas Teóricas
9
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales,
Universidad Nacional Autónoma de México
Año LVI, núm. 213, septiembre-diciembre de 2011, pp. 9-25, ISSN-0185-1918
Estructuración e imaginario: entre Giddens y Castoriadis
J
AVIER
L. C
RISTIANO
*
Recibido el 27 de mayo de 2011
Corregido el 22 de agosto de 2011
Aceptado el 1° de septiermbre de 2011
Resumen
En este artículo, se interpreta la teoría de la estruc-
turación de Anthony Giddens como proyecto incon-
cluso de formular una ontología de la contingencia.
Se sostiene que esa lectura renueva el interés de
sus escritos, especialmente los de la etapa teórica
(1971-1984), pero también desnuda una limitación
poco discutida que consiste en la subsunción del
sentido a la noción de “regla”. Se sostiene que la
consecuencia de este límite es considerar sólo una
contingencia de baja intensidad que no deja lugar
al “acontecimiento” y que, por tanto, recorta la
captación del cambio social. Después de razonar
esta crítica, se propone una ampliación de la pro-
puesta de Giddens a la luz de otra ontología de la
contingencia (la de Cornelius Castoriadis) en la que
el acontecimiento disruptivo es el foco principal de la
atención. El resultado del análisis es una ampliación
y dinamización de la consideración giddensiana del
vínculo estructura/acción.
Palabras clave
: contingencia, acción, creación, acon-
tecimiento, significaciones sociales, A. Giddens y C.
Castoriadis
Abstract
This article construes Anthony Giddens’ theory of
structuration as an unfinished project to formulate
an ontology of contingency. This interpretation
renews the interest on his writings, in particular on
those from the theoretical period (1971-1984), but
also reveals a rarely discussed weakness: the sub-
sumption of meaning to the notion of “rule”. As a
consequence, only low intensity contingencies come
under consideration, leaving no room for “events”,
and this undercuts the ability to interpret social
change. After explaining this critique, the article
proposes an expansion of Giddens’ ideas in light of a
different ontology of contingency: the one offered by
Cornelius Castoriadis. Under this ontology disruptive
events become the focus of attention. As a result
of this analysis, Giddens’ approach develops into
a broader and more dynamic consideration of the
relationship between structure and action.
Key Words
: contingency, action, creation, event,
social significations, A. Giddens and C. Castoriadis.
!
*
Doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, España. Investigador adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Tecnológicas de la República Argentina (Conicet). Profesor de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, Haya de la Torre
s/n, Pabellón Argentina, Ciudad Universitaria, Córdoba, Provincia de Córdoba, Argentina.
E-mail: javier.cristiano.m@gmail.com
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Universidad Nacional Autónoma de México
Año LVI, núm. 213, septiembre-diciembre de 2011, pp. 9-25, ISSN-0185-1918
Entre las obras que protagonizaron el último momento
de expansión de la teoría sociológica a principios de los
ochenta, la de Anthony Giddens es quizás la que peor
suerte ha tenido si se considera comparativamente el
arraigo de sus conceptos y el lugar que hoy ocupan en
la discusión especializada.
1
No faltan motivos internos
a la obra, amén de los externos y especialmente los
políticos,
2
por cuanto la teoría de la estructuración
quedó formulada en un estado de desarrollo bastante
insuficiente, con muchas ambigüedades y puntos os-
curos que un refinamiento posterior hubiera mejorado,
pero que su autor nunca encaró.
3
Esto, sumado a cier ta
laxitud de Giddens en la respuesta a sus críticos,
4
ha
hecho que casi con seguridad sea recordado a futuro
más como el animador de debates diagnósticos sobre
la modernidad, o como el polémico impulsor de la
“tercera vía” angloeuropea, que como el autor de una
sociología ambiciosa e importante llamada “teoría de
la estructuración”.
En este contexto, la intención de este artículo
es volver a ese primer Giddens para hacer de él una
lectura que no resultará extraña pero que tampoco
ha sido común: la que rescata su valor en tanto on-
tología de la contingencia social.
5
Como es sabido,
Giddens orientó inicialmente su empresa a la formu-
lación de lo que llamó una “ontología social”, misma
que contrapuso a los intentos de totalización cerrada
tanto de la teoría como de la práctica. El concepto de
praxis
le sirvió precisamente como marca de identi-
dad no tanto para volver a Marx, sino para pergeñar
un proyecto en que el movimiento y el cambio no
vinieran limitados de antemano por ningún tipo de
determinismo. Hablar por tanto de una “ontología
de la contingencia” es referirse a una concepción de
lo social en que lo contingente (en términos canó-
nicos: lo que no es ni necesario ni imposible)
6
ocupa
el lugar más destacado.
Introducción
1
Las cuatro grandes obras de ese período son las de Niklas Luhmann, Pierre Bourdieu, Jürgen Habermas y Anthony Giddens que, vistas
en perspectiva, han mantenido una vigencia dispar pero con claro predominio de las dos primeras. Por lo que respecta a este último, un
repaso de las principales bases de datos de publicaciones muestra: (i) una notable expansión de literatura secundaria en el primer lustro
de los años ochenta que declina lentamente hacia el final de la década; (ii) una nueva expansión de las referencias en el período 1990-92,
coincidiendo con la publicación de sus principales obras de diagnóstico sobre la modernidad (
vid. infra
. nota 3); (iii) una nueva oleada a
fines de los noventa, predominantemente crítica, con motivo de su incursión más directamente política (
vid
. la próxima nota). En los últimos
años las referencias son mucho más esporádicas y se centran, cuando aparecen, en sus obras del último período.
2
Con la publicación de
La tercera vía
(Madrid, Taurus, 1999), Giddens no sólo irrumpió en el debate programático de la socialdemocracia
europea sino también en la práctica política, convirtiéndose en asesor del primer gobierno laborista de Tony Blair. Por ambas cosas, se hizo
conocido fuera del ámbito académico ante el cual, sin embargo, fue predominantemente crítico tanto con la factura intelectual del libro
como con sus renuncias ideológicas.
Vid
. al respecto los trabajos de Alex Callinicos, “La teoría social ante la prueba de la política: Pierre
Bourdieu y Anthony Giddens”, en
New Left Review
, núm. 2, mayo-junio de 2000 y de Renato Saul, “Giddens: da ontologia social ao programa
politico, sem retorno”, en
Sociologías
, año 5, núm. 9, enero-junio de 2003.
3
En los escritos de Giddens pueden separarse nítidamente dos momentos. El primero –que concluye en 1984 con la publicación de
La
constitución de la sociedad
(Buenos Aires, Amorrortu, 1995) y cuyo comienzo puede fecharse en 1971 con la publicación de
El capitalismo y
la moderna teoría social
(Barcelona, Labor, 1994)– se caracteriza por la lectura crítica de la tradición clásica y por el desarrollo de una perspec-
tiva propia llamada “teoría de la estructuración”. El segundo corresponde al diagnóstico de la modernidad tardía plasmado fundamentalmente
en tres libros de su autoría (
Modernidad e identidad del yo
, Península, Barcelona 1995;
La transformación de la intimidad
, Madrid, Cátedra,
1998;
Consecuencias de la modernidad
, Madrid, Alianza, 2001) y uno en colaboración (con Ulrich Beck y Scott Lash,
Modernización reflexiva:
política, tradición y estética en el orden social moderno
, Madrid, Alianza, 1997). El rasgo más notable de este período es su contacto débil y
poco sistemático con la etapa teórica, lo que indica un claro desplazamiento de intereses y un desinterés también apreciable por continuar
profundizando la problemática teórica. A pesar de que publicó todavía algunas obras conceptuales Giddens nunca volvió sistemáticamente a
los problemas planteados en
La constitución…
, lo que es adicionalmente llamativo por el carácter
in progress
de muchos puntos de ese libro.
4
Está lejos de poder decirse que Giddens respondió en forma medianamente completa a sus críticos.
Vid
. al respecto dos de sus textos
claves, su “A Reply to My Critics” en el volumen colectivo editado por John Thompson y David Held (
Social Theory and Modern Societies:
Anthony Giddens and His Critics
, Cambridge, Cambridge University Press, 1989) y el “Prefacio de la segunda edición” de
Las nuevas reglas del
método sociológico
, Buenos Aires, Amorrortu, 1993.
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El primer objetivo de este escrito es, entonces,
mostrar que esta lectura de la teoría de la estructu-
ración es pertinente y organiza de un modo distinto
algunos de sus principales argumentos (apartado 1).
En segundo lugar, se pretende poner de manifiesto un
límite a la ontología de Giddens como ontología de la
contingencia, a saber: la reducción que opera de los
procesos de sentido y significación al subsumirlos a la
noción de “regla” (apartado 2). Este límite sugiere el
interés de buscar por fuera de la teoría de la estructu-
ración concepciones del sentido y la significación que
estén libres de ese sesgo y que puedan armonizar con
sus objetivos generales. En la primera parte del tercer
apartado se sostiene que los escritos de Cornelius
Castoriadis ofrecen esa posibilidad, especialmente
algunos aspectos puntuales de su tematización de
“lo imaginario social”. Por último, se argumenta que
la asimilación del concepto de imaginario en el mar-
co de la teoría de la estructuración permite revisar
tanto la noción de “estructura” como la de “agente”,
acercándolas a una idea más radical de contingencia
y dando un sentido distinto al concepto de “dualidad
estructural”.
Como es lógico, el valor de la propuesta depende
de que se acepte el interés de orientar la teoría socio-
lógica hacia una consideración de la contingencia.
En las conclusiones se exponen algunos argumentos
al respecto, aunque el tema excede largamente lo
que puede abordarse en este artículo.
Una lectura de Giddens: la estructuración como ontología de la contingencia
La definición del programa del célebre sociólogo
inglés como una “ontología” aparece en muchos de
sus escritos y en los de sus lectores más autorizados.
7
Sin embargo, ni es perfectamente nítido a qué se
refiere con tal término ni cuáles serían los aspectos
concretos de la ontología que propone, por lo que en
ambos casos es necesario leer entre líneas.
Sobre lo primero, está claro que no habla de onto-
logía en el sentido en que lo haría un filósofo, como
filosofía primera o reflexión abstracta sobre el ser.
Lo ontológico es para el británico la descripción de
la naturaleza de los fenómenos sociales, su manera
de ser y de presentarse a la observación y sus com-
ponentes o aspectos de mayor generalidad, los que
se pueden encontrar en cualquier observación y con
los que se debe contar siempre: las estructuras, el
sentido, las acciones, las instituciones, el lenguaje,
el poder. Para esa descripción confía menos en la
filosofía estrictamente ontológica que en las más cer-
canas a la ciencia social, como la filosofía analítica
de la acción o las filosofías continentales ligadas a la
hermenéutica. Confía sin embargo, y sobre todo, en
la propia tradición sociológica que, en sus momentos
de máximo esplendor, ha tenido precisamente esa
vocación panorámica aportando conceptos y escla-
recimientos parciales que pueden reaprovecharse en
una perspectiva integradora. La ontología consiste
por tanto en elaborar esa perspec t iva integradora, un
programa ambicioso y emparentado con las “síntesis
teóricas” de otros autores pero, al mismo tiempo,
5
El trabajo de Jorge Galindo (
Entre la necesidad y la contingencia. Auto-observación teórica de la sociología
, Barcelona/México, Anthropos/
UAM
, 2008, pp. 67-78) ofrece una lectura de Giddens en clave similar.
6
Tal es la definición que ofrece la lógica modal de la noción de contingencia (José Ferrater Mora, “Modalidad”, en
Diccionario de Filosofía
,
Buenos Aires, Sudamericana, 1964) y la que en líneas generales se asume en este artículo. En consecuencia, “contingente” se usará como
sinónimo de “indeterminado”, sin que esto implique desconocer los matices que distinguen ambos términos en la lógica especializada. Para
una crítica de la noción modal de contingencia (que deriva en una consideración sistémica de la contingencia social, camino distinto del
que sigo en este artículo),
vid
. Niklas Luhmann, “La contingencia como atributo de la sociedad moderna”, en Josexto Beriain (comp.),
Las
consecuencias perversas de la modernidad
, Barcelona, Anthropos, 1996.
7
A. Giddens,
La constitución…
,
op. cit
., p. 21; Ira Cohen, “Teoría de la estructuración y praxis social”, en A. Giddens y Jonathan Turner
(eds.),
La teoría social, hoy
, México, Alianza, 1991, pp. 354 y ss.
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acotado en sus objetivos prácticos que se reducen
a “aclarar preguntas” y a impartir “orden y forma” a
los procesos de indagación social.
8
Ahora bien, ningún proyecto de esta naturaleza
puede emprenderse sin supuestos ontológicos en un
sentido más restringido, referidos al tipo
de fenó-
meno de que se trata y a su modo de comportarse en
general. En otras palabras, sin supuestos previos a
la elaboración de conceptos fácticos que permitan
precisamente organizar los conceptos y seleccionar
lo que en cada perspectiva parcial resulta adecuado y
aprovechable. Es en este plano donde es posible afir-
mar que, sin haber sido explicitado detalladamente
por Giddens, surge con cierta evidencia de sus ideas
un énfasis en lo contingente, lo abierto, lo plástico
y lo dinámico, una ontología de lo social no tanto
como hecho sino como
hacerse
, donde la novedad y
el movimiento ocupan un lugar más importante que
la cristalización. Sin negar otras lecturas posibles,
este supuesto comprende cuatro de los nudos argu-
mentales de la teoría de la estructuración, a saber:
a)
El concepto de lo estructural como un fenómeno
“evanescente”.
En general, la noción de estructura
ha designado precisamente lo contrario: lo que está
quieto y lo que permanece en el tiempo, lo inerte
y lo establecido. Una de las operaciones claves de
Giddens consiste, como es sabido, en rechazar esas
connotaciones
fijistas
9
proponiendo a cambio una idea
de estruc tura como v ir tualidad cuya existencia se rea-
liza en la acción y sólo en la acción.
10
Se inspira para
ello en Ferdinand Saussure y en la idea de la “lengua”
como abstracción que se materializa en el “habla”,
sosteniendo que se produce un fenómeno comparable
en todas las instituciones y no sólo en el lenguaje.
La distinción lengua/habla ilumina de este modo la
relación más general entre estructura/acción, con lo
que el cientista social londinense intenta descosificar
y dinamizar el concepto más clásicamente estático de
la tradición sociológica.
b)
El concepto del agente como diestro práctico
y reflexivo
. El agente que actualiza las estructuras
no es para Giddens un ejecutante de roles de tipo
parsoniano, pero tampoco es un actor racional que se
propone fines (o por lo menos no es sólo eso). Es más
bien un hábil usuario de conocimientos prácticos, so-
fisticados y minuciosos además de cambiantes según
los contextos. En tanto “diestro” (
skilled
) práctico
es un agente que sabe perfectamente lo que hace,
aun cuando no sea capaz de explicar los saberes que
utiliza. Puede además alcanzar grados distintos de
conciencia reflexiva respecto de esas destrezas que,
en cualquier caso, hacen de cada práctica y de cada
interacción un complejo proceso de construcción en
acto, cargado de improvisación y muchas veces de
creatividad. Lejos de ser entonces un “punto de paso”
de las relaciones estructurales, puede describirse
como una especie de prisma que toma lo dado para
devolverlo de otro modo.
c)
La concepción abierta y flexible de la teoría.
La
teoría que refleja semejante proceso no puede sino
acompañarlo en complejidad y en apertura poten-
cial, lo que para Giddens significa básicamente dos
cosas. Primero, que hay que poner entre paréntesis
el objetivo clásico de formular un conocimiento
nomológico. Si bien algunos aspectos de lo social
pueden ser susceptibles de conocimiento causal, ni
es ése su horizonte principal ni agota en absoluto
sus objetivos. Lo dicho vale tanto para las regulari-
dades dentro del sistema como para las eventuales
regularidades evolutivas o de transformación. Ni lo
permanente y previsible de una estructura es
lo decisivo ni pueden formularse principios generales
referidos al cambio. En segundo lugar, y por lo mismo,
los conceptos que componen la teoría deben quedar lo
más abiertos e indeterminados posible en sus rela-
8
A. Giddens,
La constitución…
,
op. cit
., pp. 20; 11.
9
Ibid
., pp. 199 y ss.
10
A. Giddens,
Las nuevas reglas… op. cit
., p. 121.
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ciones. Por ejemplo, no debe afirmarse
a priori
que
determinados t ipos de inst ituciones sean más impor-
tantes que otros, o que tengan con otros una relación
que es siempre la misma. Lo que hace la teor ía es dis-
poner un conjunto de elementos con los que hay que
contar, pero depende de cada contexto el modo en
que se relacionan y las prioridades que establecen
entre sí. De ahí que la teoría de la estructuración
tenga la forma indeterminada que ha incomodado a
muchos críticos
11
y también que se haya prestado
a la acusación de eclecticismo donde todos los com-
ponentes parecen tener la misma importancia.
12
Más
allá de lo acertado o no de estas críticas, que sería
objeto de otra discusión, lo importante es que es un
modo de teorizar que se ajusta estrictamente a sus
supuestos referidos al objeto.
d)
Una sensibilidad especial para los pliegues
hermenéuticos del objeto
. La experiencia de lo so-
cial es, sobre todo aunque no en exclusiva, una ex-
periencia lingüística y de sentido. Lo que implica para
Giddens asumir el tipo de sensibilidad epistemológi-
ca que han promovido la hermenéutica y la filosofía
lingüíst ica, mismo que se traduce fundamentalmente
en conciencia de los límites del conocimiento f rente a
un objeto
en proceso de constitución
. El concepto
de “doble hermenéutica”
13
apunta precisamente a
mostrar que no hay uno sino dos “círculos hermenéu-
ticos”: aquél en que participa el propio observador
y aquél del que participan los agentes como miem-
bros de un mundo de sentido que está vivo y que se
está modificando. Observar lo social es, por tanto,
moverse frente a un movimiento
. Lo que además de
limitar las aspiraciones de la teoría (que, de nuevo,
no puede aspirar a un cierre sistemático), le impone
las obligaciones prácticas de su influencia posible
sobre el objeto (su valor como teoría crítica).
Estos cuatro elementos son el corazón de la teoría de
la estructuración de modo que, si apuntan en efecto
a una visión dinámica y plástica de lo social, puede
decirse que configuran en conjunto y “por debajo” una
ontología de la contingencia, o que parten de ella
como supuesto implícito. Se trata de una “ontología”
en el sentido de que refieren al modo de ser del objeto
y a las consecuencias que ese modo de ser tiene para
su conocimiento. Pero también en el sentido de que
constituyen las premisas sobre las que se constru-
ye la propia teoría. En este sentido, es posible, desde
el punto de vista lógico, objetar el desarrollo con-
creto que propone Giddens en cada punto sin objetar
en cambio los postulados de los que parte. Lo que
implica que la ontología de Giddens trasciende en
cierto modo a la teoría de la estructuración y de ahí
también el interés de retomarla.
11
Gregor McLennan, “Critical of Positive Theory? A Coment on the Status of Anthony Gidden’s Social Theory”, en
Theory, Culture & Society
,
núm. 2, junio de 1984.
12
Jonathan Turner, “The Theory of Structuration”, en
American Journal of Sociology
, vol. 91, núm. 4, enero de 1986, p. 971.
13
A. Giddens,
Las nuevas reglas… op. cit
., pp. 165, 166.
14
No conozco ninguna crítica sistemática de la reducción del sentido a regla como la que aquí propongo. Sí ha sido común objetar la
vaguedad de la noción de “regla”.
Vid
. al respecto
infra
, nota 16.
Un límite de la ontología giddensiana: la reducción del sentido a “regla”
Leída desde esta perspectiva, la teoría saca a la luz
sin embargo debilidades que han sido menos ev iden-
tes para la cr ít ica.
14
Entre ellas, ¿qué contingencia es
la que permite captar la teoría de la estructuración?;
¿qué tan permeable resulta a la indeterminación? y,
más precisamente, ¿a qué tipo de indeterminación
hace referencia? Es en estos puntos que adquiere
importancia una operación clave del teórico de la
Tercera Vía: subsumir conceptualmente la problemá-
t ica del sent ido a la noción de “regla”. Puesto que no
es de por sí evidente, lo primero que habría de hacer es
mostrar esa subsunción para analizar después sus
consencuencias.
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14
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Las reglas como dimensión de lo estructural
Como se sabe, Giddens intenta desarrollar su idea
de estructura como virtualidad tratando de conci-
liar los enfoques materialistas y los “culturalistas”.
Mirando hacia atrás, la tradición teórica encuentra,
por un lado, excesos culturalistas donde lo estruc-
tural viene dado fundamentalmente por estructuras
simbólicas (como en el estructuralismo o el funcio-
nalismo de la “jerarquía cibernética”) y, por otro,
los excesos materialistas típicos del marxismo y
en general del economicismo. La estructura como
abstracción virtual que sólo tiene existencia en y
por las acciones, requiere por lo tanto un esfuerzo
de conceptualización en el que ambas cosas estén
presentes por igual. También es necesario que sea
compatible con la descripción del agente como
“diestro práctico” puesto que es este mismo el que da
realidad a la estruc tura. A lo anter ior, el Premio Pr ín-
cipe de Asturias de Ciencias Sociales (2002) agrega
un tercer requisito propio de su modo concreto de
teorizar: que la conceptualización sea lo suficien-
temente abstracta como para abarcar y aprovechar
los apor tes de la mayor cant idad posible de escuelas
de teor ía social. Se requieren, por tanto, nociones de
gran generalidad, no unilaterales, en la polémica
materialidad/sentido y que sean compatibles con
un específico modelo de agente.
Por el lado de la dimensión “material” encuentra
la solución en el concepto de “recurso”, ampliamente
utilizado por la tradición conflictivista de Marx a
Weber a Bourdieu y, a la vez, compatible e integra-
dora de todas esas perspectivas. Y es por el lado de
la dimensión “ideal” o “cultural” que encuentra la
clave en el concepto de
regla
. De ahí su conocida
definición de la estructura como “conjunto de reglas
y recursos”,
15
lo que equivale a decir: conjunto de
medios que confieren poder, significados o sentidos
que regulan
las percepciones del mundo y las prác-
ticas que en él se realizan.
Lamentablemente para los teóricos, las precisiones
que ofrece Giddens sobre el concepto de “regla” son
insuficientes en relación a su importancia.
16
Sin em-
bargo, la principal referencia teórica a la que remite es
la idea de “seguir una regla” elaborada por el segundo
Wittgenstein
17
concepto que implica, en la lectura que
hace el sociólogo del Reino Unido: (i) un saber que es
en lo esencial saber-hacer o saber-cómo; (ii) no nece-
sariamente consciente para quien lo pone en práctica
y normalmente no consciente o semiconsciente; (iii)
utilizable en circunstancias y contextos cambiantes
y, por tanto, adaptable a nuevas situaciones y (iv)
ligado a algún tipo de “sanción” por parte de otros
agentes en referencia a su adecuación o inadecuación
contextual. En la definición más explícita del catedrá-
tico de la Escuela de Economía y Ciencia Política de
Londres (
LSE
),
18
se trata de todo t ipo de “procedimiento
generalizable” aprendido por el agente y puesto “en
práctica” en circunstancias dinámicas. Para él, y ésta
es su apuesta teórica esencial, este concepto es una
llave maestra para comprender la relación de las prác-
ticas con la dimensión no-material de la estructura.
Abarca desde el uso del lenguaje en sus dimensiones
sintáctica y pragmática hasta los “etnométodos” que
el agente pone en juego en la comprensión de los
contextos institucionales y de las acciones de otros;
desde los “acervos de conocimiento” que estructuran
un mundo de la vida hasta las normas sociales en el
15
A. Giddens,
La constitución…
,
op. cit
., p. 53.
16
John Thompson (“La teoría de la estructuración: una valoración de las contribuciones de A. Giddens”, en
Sociológica
, año 3, núms. 7/8,
mayo-diciembre de 1988) ha llamado la atención también sobre esa ambigüedad al tiempo que William H. Sewell Jr. (“A Theory of Structure:
Duality, Agency and Transformation”, en
The American Journal of Sociology
, vol. 98, núm. 1, julio de 1992, pp. 5-6) ha analizado la ines-
tabilidad de las referencias filosóficas de Giddens sobre la “regla”. Es llamativo además que la noción de regla no aparezca en el “Glosario
Terminológico” que Giddens ofrece al final de
La constitución
(
op. cit
., pp. 393 y ss.) y que no tenga más esclarecimiento sistemático que la
que aparece en su primer capítulo que, en principio, es sólo una introducción.
17
Ludwig Wittgenstein,
Investigaciones filosóficas
, México,
UNAM
, 1988, prgfs. 199, 201-2, 206, 217-9.
18
A.
Giddens,
La constitución…
,
op. cit
., p. 57.
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sentido más restringido; desde los saberes de sentido
común que permiten formular juicios sumarios sobre
el mundo hasta las “expectativas de rol” que pautan
todo tipo de interacción social. Con sus muchas varian-
tes de naturaleza, contenido y extensión, se trata en
todos los casos de un saber de reglas y de prácticas de
“seguir reglas” o, si se prefiere, de reglas
estructurales
que las prácticas actualizan y que en ese mismo acto
cobran existencia.
Regla y contingencia
No es el objetivo de estas páginas analizar hasta
qué punto el concepto de regla tiene efectivamente
semejante ubicuidad. Lo importante es que para
Giddens abarca todo lo que importa del sentido en
tanto dimensión de la estructura; ello basta para
volver al análisis de lo que implica esta afirmación
para la consideración de la contingencia. Siguiendo
simplemente el significado de las palabras, parece
inmediatamente evidente que, por lo menos en lo
que respecta al sentido, la contingencia pasa a ser
una contingencia
reglada
y por lo tanto limitada,
toda vez que la producción del sentido, como parte
de las prácticas que actualizan la estructura, es en
sí misma una producción que parte de reglas y de-
pende de ellas. Esta intuición del lenguaje ordinario
se confirma cuando se analizan los tres aspectos en
que puede concebirse la contingencia de una acción
que sigue reglas: (a) la indeterminación y la apertura
implicada en la “aplicación” de reglas; (b) la exis-
tencia de prácticas que se salen de las reglas; (c) la
creación por las prácticas de reglas nuevas.
a) En la medida en que las reglas son procedi-
mientos generalizables –y en la medida en que su
puesta en práctica depende de contextos que cam-
bian–, la creatividad es parte del uso y fuente de
variación tanto de las prácticas como de las reglas
mismas. En una casuística que no está hecha pero
que es fácil de proyectar, pueden diferenciarse
reglas más o menos permisivas a esa variación (por
ejemplo, las reglas sintácticas parecen más cerradas
que algunos tipos de normas sociales) y “materias”
objeto de las reglas que resultan más o menos
flexibles y maleables (el lenguaje es, por ejemplo,
muy flexible en oposición a algunos reglamentos y
códigos institucionales). Sin embargo, se trata en
todos los casos de una contingencia acotada a una
suerte de metabolismo de pequeñas variaciones
(como de hecho ocurre tanto con el lenguaje y en
su lenta transformación en tanto “estructura” como
con las prácticas lingüísticas que son creativas en
el sentido de Chomsky, es decir, de una creatividad
acotada a los límites de la gramática). La contingen-
cia que surge del uso de reglas parece ser por tanto
una contingencia de variaciones lentas, anónimas
y acumulativas, por lo que respecta a las propias
reglas, y una contingencia de pequeñas desviaciones
respecto de las reglas en el plano de las acciones.
b) En cuanto a la
transgresión
de reglas, también
se puede suponer que hay unas más transgredibles
que otras e, incluso, que hay una relación lógica entre
la probabilidad de transgresión y su conocimiento
reflexivo. Pero en la medida en que no hay “afuera”
respecto del sentido y en la medida en que todo sen-
tido se trasunta en la acción en términos de reglas,
hay que concluir en que toda transgresión es reglada
en tanto ella misma pone en práctica reglas. Por
ejemplo: la decisión de no cumplir una norma implica
una reflexión que sólo puede hacerse en el lenguaje
y en el uso “correcto” del lenguaje, lo mismo que el
incumplimiento de una regla sintáctica tiene sentido
en el marco de reglas que sí se cumplen (por ejemplo
las reglas pragmáticas o institucionales que asignan
el uso de la palabra). Transgredir una regla es en
definitiva cumplir otras reglas (amén del hecho más
simple de que para que una transgresión sea tal es
necesario definir la práctica como excepcional, lo que
en sí mismo implica hacer jugar la propia regla).
c) A pesar de lo mucho que insiste Giddens en la
histor icidad de lo social (y no obstante que las cr ít icas
que dir ige a las escuelas hermenéut icas y estruc turalis-
tas pasa justamente por su silencio frente al cambio de
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los “códigos”),
19
la cuestión del surgimiento de reglas
nuevas no tiene en su modelo una cabida evidente.
Más precisamente, es algo que se afirma (las reglas
“surgen” en algún momento) pero para lo cual no parece
requerirse una conceptualización
ad hoc
. De indagarse
en este punto, la respuesta más inmediata que ofrece el
Barón de Southgate pasa por el poder (imponen reglas
quienes tienen recursos), pero es evidente que eso no
explica por qué los poderosos son capaces de “inven-
tar” reglas. En otras palabras, la aparición de nuevas
reglas se presenta como un hecho histórico bruto que
la teoría tiene que recoger como dato pero que, en sí
misma, no tiene necesidad de explicar.
A pesar de todo, y a condición de un trabajo de
refinamiento teórico y empírico pendiente, todo esto
dice potencialmente mucho sobre una multiplicidad
de aristas de la contingencia social. Una buena clasi-
ficación de los tipos de reglas
20
y una distinción más
precisa de estos tres niveles de análisis y sus com-
binaciones, permitiría apreciar en detalle aspectos
sutiles de la contingencia de las prácticas y de las
instituciones; tal ha sido indudablemente el obje-
tivo de Giddens. Sin embargo, si el análisis anterior
es correcto, parece claro que el modelo contempla
especialmente un tipo de contingencia al que cabe
llamar
contingencia relativa
o
no evenencial
, si por
“acontecimiento” (
evenement
21
) se entiende un su-
ceso que trastoca profundamente un estado de cosas
cuyo conocimiento no permitía a su vez anticiparlo.
Por las razones que se acaban de exponer, parece
claro que la contingencia que mejor capta el modelo
no es una contingencia de acontecimiento sino de
regularidades, que surge precisamente de la temati-
zación del sentido y de la relación de la acción con el
sentido en términos de reglas exclusivamente.
Si esto es así se vuelve importante reforzar y
ampliar la ontología de la contingencia con una con-
sideración más decidida de la cont ingencia
evenencial
(que es lo que se hará en el siguiente apartado). Pero no
huelga subrayar antes que el límite que afronta la teo-
ría de la estructuración no es para nada sorprendente
en una propuesta que pretende continuar la tradición
sociológica clásica y sus desarrollos contemporáneos.
La escasa sensibilidad para el acontecimiento, y el
interés mucho más marcado por todo lo que escapa
a lo singular y a lo aleatorio, son marcas distintivas
de una tradición teórica cuyas raíces se encuentran
después de todo en la ciencia decimonónica.
19
A. Giddens, “El estructuralismo, el post estructuralismo y la producción de la cultura”, en A. Giddens y Jonathan Turner, (eds.),
La teoría
social, hoy
, México, Alianza, 1991; A. Giddens,
Las nuevas reglas…
,
op. cit
., p. 53.
20
Giddens ofrece la suya en
La constitución
(
op. cit.
, pp. 58, 59) diferenciando reglas “intensivas” y “superficiales” (según se invoquen
en
todas
las interacciones o solo en algunas), “tácitas” y “discursivas” (de acuerdo con el grado de penetración consciente que sobre ellas
tengan los actores), “informales” y “formalizadas” (según su grado de codificación explícita) y sancionadas “débilmente” o “fuertemente”
(según la contundencia de la respuesta social a su transgresión). La clasificación aclara mejor el concepto de “regla”, aunque por supuesto
no es exhaustiva ni pretende serlo.
21
El neologismo “
evenencial
” aparece en algunas traducciones de Alain Badiou (Carlos Belvedere, “Interacción y estructura: algunas
consideraciones críticas”, en Perla Aronson y Horacio Conrado (comp.),
La teoría social de A. Giddens
, Buenos Aires,
UBA
/Oficina de Publi-
caciones
CBC
, 1996, p. 27) donde se castellaniza el francés
evénement
(acontecimiento) para designar “relativo al acontecimiento” y que
no tiene correlato en nuestra lengua. En el mismo texto de Belvedere se objeta también a Giddens la ausencia de una consideración del
acontecimiento (pp. 24-27).
22
Vid
. específicamente Cornelius Castoriadis,
La institución imaginaria de la sociedad
.
Vol. 1: Marxismo y teoría revolucionaria
, Barcelona,
Tusquets Editores, 1999 (Colección Acracia), cap.
III
. Para una visión general de su propuesta, C. Castoriadis, “Hecho y por hacer”, en
Hecho
y por hacer: pensar la imaginación
, Buenos Aires, Eudeba, 1998.
Lo imaginario como enclave de la contingencia
Recursos teóricos para captar mejor la contingencia,
especialmente la
evenencial
; que estén bien dispues-
tos o en sintonía con la propuesta de Giddens y que
sean amigables con la idea de una “ontología social”,
tales son los requerimientos que plantea el análisis
anterior. Y pocas obras resultan más pertinentes al
respecto que la de Castoriadis.
22
No es el propósito
de este escrito iniciar una discusión que sería larga y
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poco fructífera acerca de la compatibilidad filosófica
en abstracto de ambas propuestas. Hay sin duda un
abismo en cuanto a talantes, estilos y objetivos, pero
también afinidades más que notables como para que el
encuentro sea atendible y se salde en todo caso a la luz
de sus resultados.
23
Sí es importante aclarar el senti-
do de la confluencia que va, por así decir, del griego
al británico: es la filosofía del primero lo que viene a
colaborar y a expandir la sociología del segundo y no
al revés (cosa que sería seguramente menos viable). En
este sentido, se presentan a continuación las ideas del
greco-turco que importan en este contexto, a saber:
su concepción del sentido como una dimensión de
lo social que excede el ámbito de las “reglas” y de lo
reglado y que se interesa decidida y sistemáticamente
por la cont ingencia y el acontecimiento. Ac to seguido,
se retoma el problema del vínculo acción/estructura
a la luz de estas consideraciones.
a. De la regla a lo simbólico y de lo simbólico
a lo imaginario
El primer movimiento del psicoanalista estambulita
consiste, en efecto, en considerar el sentido a la
luz de la idea de “signo”. Siguiendo en esto a la se-
miótica entre otras escuelas, el plano significativo
de la vida social es tematizado como “simbolismo
social”,
24
lo que no significa unión fija de significa-
do y significante al modo estructuralista, sino una
relación dinámica que se caracteriza por grados
variables de indeterminación. Ya usar una palabra es
poner en juego una semántica que nunca está dada
por completo y cuyo juego de remisiones no puede
anticiparse con antelación, lo que significa que las
reglas no agotan el juego de las relaciones y siempre
hay un plus de indefinición. En esto, Castoriadis se
ubica más cerca de Peirce o de Frege que de Saussure
y los estructuralistas, aunque no desarrolla el punto
en detalle y aquí no nos interesa profundizarlo.
25
Ahora bien, por debajo del simbolismo, y como
condición de su existencia, hay un estrato del senti-
do que no es en sí mismo simbólico al que denomina
“lo imaginario”. El razonamiento es que para que un
signo llegue a existir y para que pueda funcionar una
vez que existe es necesaria la previa capacidad de
“imaginar” en el sentido de presentar “en imagen”
aquello que no está dado en la percepción. Para que
el signo
mesa
remita a una mesa es menester que po-
damos ver en una grafía lo que no está en ella y lo
mismo sucede, aunque en escalas más complejas, con
cualquier simbolismo más allá de lo lingüístico. Al
hablar de “lo imaginario” Castoriadis quiere subrayar
precisamente esa fuerza creadora, que interviene en
el uso de los signos pero que sobre todo es condición
de su existencia.
Entre las muchas derivaciones de este análisis,
está la ontológica en un sentido sustantivo por cuan-
to la presencia de lo imaginario hace de lo social un
fenómeno esencialmente distinto de todos los demás.
Dicho en pocas palabras, lo social es
un ser que crea
ser
en la medida en que la fabricación de sentido siempre
nuevo es un rasgo distintivo de su naturaleza. A lo que
agrega la nota de que, en general, el pensamiento ha
intentado reducir la creación a parámetros, desde la
voluntad divina en el pensamiento teológico hasta las
“estructuras elementales” del estructuralismo. Siendo
que a lo que invita la insinuación más eminente de lo
social, es a considerarlo como potencia proteica de
transformación y de autotransformación, como un tipo
de ser que se excede siempre a sí mismo.
23
La lista de afinidades incluye la proximidad inicial al marxismo, la posterior ruptura, la crítica rotunda al estructuralismo y al postes-
tructuralismo, el interés por la creatividad, la apuesta por la ontología y la recuperación del concepto de
praxis
.
24
C. Castoriadis,
La institución imaginaria…
,
op. cit
., pp. 201 y ss.
25
Para una exposición de las diferencias,
vid
. Eliseo Verón, “Terceridades”, en
La semiosis social: fragmentos de una teoría de la discursivi-
dad
, Barcelona, Gedisa, 1993. Un análisis de las posibles afinidades Castoriadis-Peirce se encuentra en Darin McNabb, “Prolegómenos a una
ontología para el nuevo milenio: Charles Peirce y Cornelius Castoriadis”, en Daniel Cabrera (coord.),
Fragmentos del caos. Filosofía, sujeto
y sociedad en Castoriadis
, Buenos Aires, Biblos, 2008; y una crítica peirceana de la teoría de la significación de Castoriadis, en Fernando
Andacht, “A Semiotic Framework for the Social Imaginary”, en http://www.cspeirce.com/menu/library/aboutcsp/andacht/socimagn.htm
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La afinidad de todo esto con la propuesta de
Giddens es bastante clara; de hecho, si se continúa
con el argumento de Castoriadis, se desemboca en
una ontología estrictamente filosófica centrada en la
idea de creatividad.
26
Si bien no es la intención
en este espacio de seguirlo hasta allá, sí conviene
puntualizar en qué consiste más concretamente esa
potencia creadora que designa “lo imaginario”. El
fundador de la revista
Sociedad o Barbarie
, distingue
al respecto dos planos que pueden considerarse las
fuentes mismas de la contingencia social, a saber:
(a) lo social en su conjunto como fuerza colectiva y
(b) la psique del ser humano singular.
a) No sólo el individuo, sino las sociedades como
colectivos tienen la capacidad de crear imágenes y, en
este sentido, de “imaginar”. Cada sociedad elabora de
hecho un cosmos de sentido que, a su escala, es tan
arbitrario como un signo lingüístico y que supone la
operación de ver en algo lo que no es. Por tomar un
ejemplo, se puede ver en un bosque tanto el lugar en
el que viven las ninfas como un conjunto de recursos
que del que hay que apropiarse racionalmente. En este
aspecto, Castoriadis razona muy cerca de Durkheim
puesto que esos significados conforman una suerte
de emergente que no puede imputarse a nadie en
particular y que, en este sentido, es producto del
“colectivo anónimo”. Sin embargo, a diferencia del so-
ciólogo de Épinal, el interés está puesto no tanto en
la exterioridad coactiva del sentido producido, sino
en la fuerza que ha sido escasamente atendida por
la ciencia social y que permite producirlo. Ocurre
simplemente que en cualquier circunstancia en que
se reúne un colectivo humano cobra existencia una
fuerza creadora grupal que nadie puede controlar por
completo y cuyo rasgo distintivo, precisamente por
eso, es la indeterminación de sus productos. Al mirar
hacia atrás y abordar trabajos de explicación histórica,
se tiene que aceptar casi siempre la evidencia de que,
puestos ante la emergencia de un nuevo significado o
de una nueva inst itución, no había nada en los estados
precedentes de los que simplemente podría derivar-
se. Hay por lo tanto, en la historia y en la sociedad,
auténtica creación que, como tal, es indeterminación
y que se inscribe en la historia y en lo social como
acontecimiento.
b) A lo anterior habría que agregar la más evidente
creación indiv idual que, para Castor iadis, es produc to
de la imaginación en un sentido menos metafórico:
la imaginación como función de la psique. Aquella
forma parte de las estructuras psíquicas o subjetivas
pero normalmente se ha pensado como una función
segunda respecto del conocimiento (en Aristóteles,
Kant o Husserl e, incluso, en el propio Freud). Para el
filósofo constantinopolitense, la imaginación es la
función que hace de la psique lo que es, la más im-
portante, puesto que se trata de la tarea de fabricar
representaciones al margen de lo dado directamente
a los sentidos, un trabajo que la psique empieza
antes de la socialización (sintomáticamente, hay
representación en la “mónada psíquica” que existe
antes del nacimiento) y que continúa sin descanso
a lo largo de la vida biológica, en la vigilia y en el
sueño, con conciencia o sin ella. En este trabajo de
representación se nutre de los significados y sentidos
construidos socialmente, pero su propiedad esencial
consiste precisamente en desbordarlas, en ir más
allá de las representaciones coaguladas y en escapar
siempre en algún punto a las determinaciones fun-
cionales, tanto de las instituciones como del propio
organismo. Si en el análisis anterior Castoriadis se
acercaba a Durkheim, en éste se aproxima a Parsons
aunque también aquí invirtiendo los énfasis: no
importa tanto la capacidad de las instituciones para
26
Vid
. de C. Castoriadis,
La institución imaginaria de la sociedad, vol.
II
: El imaginario social y la institución
, Barcelona, Tusquets, 1993
(Colección Acracia), caps.
IV
y
VI
; y “Modo de ser y problemas del conocimiento de lo sociohistórico”, en
Figuras de lo pensable
.
Encrucijadas
del laberinto VI
, Buenos Aires,
FCE
, 2005.
Perspectivas Teóricas
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controlar la psique, sino esa “imaginación radical”
27
que hace de ella una fuente constante de novedad y
en consecuencia de indeterminación.
Estas ideas perfilan una consideración del sentido
cuyo acento principal está puesto en la creación. Se
dice que hay “creación” cuando lo que surge, aunque
tenga relación con lo anter ior, no se agota en lo ante-
rior ni puede derivarse simplemente de lo anterior. En
palabras de Castoriadis, se trata de “conclusión que
supera las premisas” o emergente que no se puede
“deducir, producir o construir” a partir de lo dado
previamente.
28
Esto es, de creación como algo que
excede cualquier parámetro de regularidad, incluida
por supuesto la remisión a “reglas”.
“Lo imaginario” designa, en consecuencia, el
estrato “instituyente” de lo social que se contrapone
a lo instituido como “simbolismo social”. Entre lo
instituyente y lo instituido se da una relación dia-
léctica en la que el peso relativo varía pero donde
jamás hay absorción completa: ni la sociedad más
cerrada elimina del todo la potencia instituyente ni la
más abierta implica el despliegue sin contrapesos de
la imaginación. De ahí que la sociedad pueda ser vista
como “la unión y la tensión de la sociedad instituida
y de la sociedad instituyente, de la historia hecha y
de la historia que se hace”,
29
y de ahí que la contin-
gencia tenga en este modelo un papel fundamental
pero al mismo tiempo razonable desde el punto de
vista sociológico: no es una afirmación excluyente del
carácter indeterminado o “caótico” del mundo, sino
una consideración de la contingencia como aspecto
esencial de lo social pero no único.
¿De qué contingencia se está hablando? De la
relativa sin duda pero también, y especialmente,
de la contingencia
evenencial
. Puesto que siempre
que hay creación hay novedad, la creación implica
“acontecimiento” aún cuando no lo sea a simple vista
y aún cuando no lo sea para lo que las instituciones
procesan como tal, por ejemplo, en términos de
“acontecimiento histórico” o de ruptura estética o
política. Hay acontecimiento simplemente porque
lo nuevo no es mera combinación o derivación de lo
dado, ni podía predecirse a partir de lo dado ni puede
explicarse desde lo dado una vez que ha sucedido.
He aquí pues una radical y radicalizadora
onto-
logía de la contingencia
(leída, hay que insistir, muy
parcialmente y
ad hoc
) a disposición de la teoría de
la estructuración. Se podría recuperar desde Giddens
en distintos planos y para varios objetivos, pero el
más importante es el que retoma la problemática
estructura/acción a la que se vuelve ahora.
b. La estructuración y lo instituyente
Lo mismo que otros autores en el contexto,
30
Giddens
apunta a un enfoque renovador del problema acción/
estructura de modo que se disuelva la vieja cuestión
de qué tiene más peso con su trasfondo filosófico de
“determinismo”
versus
“liber tad”. La propuesta, como
ya se vio, es dejar de considerar a las estructuras
como una materialidad exterior limitante y analizar-
la como un orden virtual de reglas y recursos que las
acciones actualizan y que sólo cobra existencia en el
momento de la acción. Ya se vió lo que esto significa
para el caso de las reglas y puede ser comprendido sin
problemas en el caso de los recursos (el reglamento
que establece una relación institucional de poder
es un objeto inerte mientras no haya agentes que le
den vida en una relación concreta, del mismo modo
que el dinero es sólo papel hasta que se encarna en
prácticas mercantiles).
En este sentido, el británico propone que es-
tructura y acción no constituyen un dualismo, como
habitualmente se ha planteando, sino más bien una
dualidad
: son dos caras de un mismo fenómeno cuya
realidad sociológica primordial reside en las prácti-
27
C. Castoriadis, “Imaginación, imaginario, reflexión”, en
Hecho y por hacer: pensar la imaginación
.
Encrucijadas del laberinto V
, Buenos
Aires, Eudeba, 1998, pp. 288 y ss.
28
C. Castoriadis,
La institución imaginaria… Vol. II, op. cit
., pp. 55-56.
29
Ibid
., p. 185.
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cas, que al mismo tiempo que dan vida a la estructura
la reproducen o la transforman en su contenido.
Sucede en consecuencia con la estructura lo que
sucede en un nivel más específico con el lenguaje: se
refuerza y se va modificando en el mismo momento
en que se lo utiliza.
Ahora bien, en la medida en que la estructura está
constituida por reglas y recursos y que la sujeción de
las práctica a reglas tiene los límites que se vieron
en el apartado anterior (esto es, limita el margen de
variación de las prácticas a la contingencia
relativa
),
es viable pensar que la dinámica estructura/acción es
para Giddens una dinámica también de cambios rela-
tivos, no porque no admita otras transformaciones
sino porque son esas los que más claramente puede
procesar. De ahí la hipótesis de que una considera-
ción más directa de la contingencia
evenencial
puede
servir para cubrir ese déficit y para dar un sentido
distinto a la dualidad estructural. El cuadro que sigue
sintetiza la propuesta giddensiana,
31
pero incorpo-
rando los elementos de Castoriadis que contribuyen
en esa dirección.
El análisis de Giddens está representado en la
parte superior hasta la doble línea horizontal. La “es-
tructura”, en tanto orden virtual (columna de la
izquierda), está constituida por reglas y recursos
sobre los que efectúa una distinción básica de tipos:
“de autoridad” y “de asignación” en el caso de los
recursos (según se trate del poder conferido por
instituciones o del proveniente de la apropiación
de bienes escasos como el dinero); “morales” y “se-
mánticas” en el caso de las reglas (de acuerdo a las
normas que controlan la conducta o las que regulan
la producción de sentido). Ese orden estructural co-
bra vida en prácticas que pueden observarse desde
dos puntos de vista: la comprensión práctica de los
propios agentes (la segunda columna) y la interacción
misma como proceso objetivo (la tercera). En ambos
niveles se actualiza cada uno de los componentes de
la estructura como aspectos de la comprensión de los
agentes, en el primer caso, y como componentes de
cualquier interacción, en el segundo. De este modo,
los recursos se materializan en la interacción en forma
de estructuras de poder, las normas de tipo moral lo
C
UADRO
1
Dualidad estructural
Estructura
Prácticas
Elementos que integran
el orden virtual
Entendimiento de los agentes
(Aspectos de la compresión práctica
de los agentes)
Interacción objetiva
(Componentes de la interacción social)
Recursos (de autoridad y de asignación)
Medios
Poder
Reglas morales
Moralidad
Normas
Reglas semánticas
Esquemas interpretativos
Comunicación
Simbolismo social
Marcos de interpretación o producción
de sentido no procedimientos
Plexos de sentido fundantes del acuerdos
Imaginación radical de la psique
Fuerza del colectivo anónimo
30
Para el estado de la cuestión de entonces, pueden consultarse a Piotr Sztompka, “Evolving Focus of Human Agency in Contemporary
Social Theory”, en P. Sztompka, (ed.)
Agency and Structure. Reorienting Social Theory
, Pennsylvania, Gordon and Breach, 1994, pp. 25-60 y a
Franco Crespi,
Acontecimiento y estructura. Por una teoría del cambio social
, Buenos Aires, Nueva Visión, 1997, pp. 39-91.
31
Es una síntesis selectiva e interpretada. Los análisis de Giddens sobre cada componente son complejos y en muchas ocasiones ambiguos,
pero el cuadro extracta lo esencial.
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hacen como prácticas que siguen normas y las reglas
semánticas como relaciones de comunicación. En el
nivel del “entendimiento” (segunda columna), los re-
cursos cobran vida como aprehensión de los medios
y de la lucha por su apropiación, las reglas morales
como “conciencia” y sentido de deberes y de mere-
cimientos y las reglas semánticas como esquemas
interpretativos de acciones y de situaciones.
Todo esto sintetiza el nudo de la propuesta de
Giddens sobre el vínculo estructura/acción. Las últimas
dos filas del cuadro (por debajo de la doble línea) incor-
poran la problemática de lo simbólico y lo imaginario
y, con ello, un énfasis en lo
evenencial
.
a) En primer lugar, si el concepto de estructura
quiere abarcar la totalidad del fenómeno “sentido”
tiene que incorporar los fenómenos de significación
cuya actualización en las prácticas no se reduce al
“seguimiento de reglas”. La amplia noción de “simbo-
lismo social”, tomada de Castoriadis, designa
grosso
modo
esos fenómenos que, obviamente, son diversos
y podrían desdoblarse en subcategorías. Exceden en
cualquier caso la noción de regla en el sentido de que
incluyen la producción
creativa
de sent ido: los signifi-
cados que surgen en la
praxis
no pueden preverse con
anticipación ni reducirse necesariamente, una vez
producidos, a un parámetro o patrón previo (“regla”).
Algunas obras de arte pueden ilustrar este fenómeno
pero no es necesario apelar a esferas culturales tan
restringidas ni tampoco suponer intención explícita
de novedad. Ya vimos que en lenguaje implica en una de
sus dimensiones esta excedencia respec to de las reglas
(la indeterminación de las remisiones semánticas) y
es por lo menos razonable postular algo similar en
campos de significación extralingüísticos.
b) Hay un segundo sentido en que el “simbolismo
social” escapa a la noción de regla, evidente pero
difuso en la abstracción del modelo de Giddens. Por
lo menos una parte del simbolismo puede conside-
rarse dado por “creencias”
32
de las que simplemente
se participa y que no requieren “procedimientos” de
“aplicación”. En las sociedades capitalistas, por ejem-
plo, se presupone que la naturaleza es un bien que hay
que aprovechar en beneficio propio, pero no por ello
se podría afirmar, a no ser que se fuerce el lenguaje de
manera muy extraña, que la racionalidad instrumental
es una “regla” que se sigue al observar el bosque o mirar
un animal. Se trata simplemente del medio simbólico
institucionalizado en que los seres humanos habitan
que, por supuesto, también se actualiza en y por las
prácticas (su existencia social es nula cuando no es
más que un texto escrito por ejemplo) pero de un
modo que no implica necesariamente procedimientos
activos de interpretación.
c) Las prácticas actualizan por lo tanto estos dos
niveles del “simbolismo social” que forman parte de la
“estruc tura”. En el plano de la comprensión prác t ica de
los agentes (la segunda columna) se presentan como
marcos de interpretación o producción de sentido no
procedimentales o simplemente no subsumibles a re-
glas. Y en la interacción objetiva entre una pluralidad
de agentes (tercera columna), se presenta como plexos
de sentido que hacen posible la propia interacción que
requiere de esos acuerdos aún en la conflictividad más
explícita. Por ejemplo: para que existan relaciones
de clase de tipo capitalista, las prácticas deben estar
embebidas en la racionalidad instrumental sin la cual
no hay ni explotación ni lucha de clases.
d) La tesis principal del cuadro está sin embargo
en la última fila que, como se ve, ya no alude a la
estructura sino solo a las prácticas y a lo que con
Castoriadis se puede llamar “potencia instituyen-
te”. Quiere decir esto que hay un aspecto de las
prácticas que puede separarse analíticamente de lo
estructural, que en este sentido no está estructu-
rado y que, sin juego de palabras, es estructurante
32
Al hablar de “creencia” no nos referimos a un saber propositivo que el agente pueda explicitar y tenga a disposición de su conciencia.
Puede o no tener esas características –que son las que se evocan por lo general cuando se habla de “creencia”–, y ésa es la razón por la
que la palabra aparece entrecomillada. Nos referimos además a creencias compartidas socialmente, puesto que son ellas las que pueden
considerarse parte de una estructura social en el sentido de Giddens. De ahí que hablemos de creencias “en las que se participa”.
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y desestructurante: produce nuevas estructuras o
nuevos elementos de la estructura alterando de este
modo las estructuras precedentes. Por un lado, esa
potencia surge de la propia interacción que no sólo
reproduce el simbolismo instituido o actualiza las
reglas preestablecidas, sino que los crea como efecto
de su propia dinámica. Por otro, anida en el corazón de
la psique de cada agente social que (además de un
“entendimiento práctico” de las situaciones que
proviene de su saber de reglas y además de los signi-
ficados que se comparte socialmente y que extrae del
simbolismo social) es capaz de
imaginar
en el sentido
fuerte de la palabra que rescata Castoriadis: producir
representaciones al margen de lo dado a los sentidos
y desbordando cualquier determinación, incluida la
determinación estructural.
En la medida en que la contingencia es el centro
de la propuesta de Giddens y en que la relación estruc-
tura/acción es el instrumento analítico para acceder
a la contingencia, estas puntualizaciones amplían y
refinan la sociología del teórico de la estructuración
siguiendo su propia lógica y manteniendo lo esencial
de sus objetivos. A la contingencia relativa que cap-
ta la noción de “regla” le incorpora la contingencia
más sustantiva que viene del simbolismo social y de
la creatividad semiótica y a ésta la indeterminación
esencial que surge de lo imaginario instituyente.
Al afirmar que siguen la lógica y los objetivos de
Giddens, se quieren decir cuatro cosas en concreto que
es importante no perder de vista: (i) que prosiguen,
con otros recursos y en otros niveles no considerados
en el modelo original, los supuestos ontológicos que
sostienen la teoría de la estructuración; (ii) que se
mantiene en el elevado nivel de abstracción en que
el sociólogo inglés plantea su propuesta (un nivel de
abstracción que requiere mucho refinamiento pero que,
precisamente por ser tan abstracto, permite ordenar
panorámicamente procesos y niveles que en general
están desconectados); (iii) que no formula relaciones
sistemáticas entre los distintos componentes en la
idea de que esas relaciones son más coyunturales que
sustantivas (por ejemplo, la primacía empírica de las
reglas o de los recursos, o la primacía del simbolismo
instituido o de la potencia instituyente); (iv) que no
afirma, y esto es fundamental, que esas relaciones
no existan: al contrario, lo que da identidad a cada
uno de los factores es precisamente el vínculo que
establecen con los otros en la compleja dinámica
que ar t icula estruc tura, acción y estruc turación. Dicho
en otras palabras: lo importante de la propuesta es su
valor heurístico para analizar la articulación fáctica
entre todos los componentes sin afirmar
a priori
la
importancia de unos en detrimento de otros. Así, por
ejemplo, en un contexto microsocial de alta estabi-
lidad como puede ser la organización burocrática, la
estructura de distribución de poder es estable, las
reglas semánticas y morales tienden a reproducirse
en las prácticas, el simbolismo social está aplacado
por la reiteración de procedimientos formales y la
imaginación radical y la potencia inst ituyente casi no
desempeñan ningún papel, no por lo menos en escalas
de t iempo reducidas. Por el contrar io, una situación de
crisis o revolución a escala macro-social invierte punto
por punto cada uno de esos parámetros por lo menos
como hipótesis.
Dos consecuencias importantes se siguen de esta
propuesta. La primera es de orden epistemológico y
consiste en que el modelo ampliado es explicativo
sólo en parte, si por explicar se entiende responder
a los ‘por qué’. Éstos pueden ser nítidos en la contin-
gencia relativa pero nunca en la, misma que se define
precisamente por la desconexión de los anteceden-
tes, la imposibilidad de predecir y la imposibilidad
de reducir lo ocurrido a lo previamente conocido. En
este sentido, aceptar el acontecimiento es incorporar
lo imponderable y reducir con ello las aspiraciones
33
En este punto, lo que propusimos se contrapone a desarrollos como los de Archer que le critica a Giddens precisamente su falta de rigor
explicativo y desarrolla el modelo en una dirección determinista.
Vid
. Margaret Archer,
Cultura y teoría social
, Buenos Aires, Nueva Visión,
1997, pp. 105-133 y 319-361.
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de la teoría en línea con la concepción “abierta y
flexible” de la que se habló al principio pero también
aquí radicalizándola.
33
La segunda consecuencia es la invitación a revisar
el modelo de “agente” que propone Giddens y que, de
hecho, requeriría un trabajo aparte. Se puede afirmar
simplemente que el emérito de la
LSE
retoma un uso
muy común del psicoanálisis en sociología que con-
siste en mostrar cómo las instituciones “fabrican” un
sujeto estable a partir de una psique amorfa y poten-
cialmente antisocial. Para eso, se vale de las lecturas
del psicoanálisis de Winnicott y Erikson
34
con la mente
puesta en la constitución de una “confianza básica”
que hace posible agentes estables y prácticas regulares
y concertadas en el marco de instituciones dadas. La
lectura castoridiana del psicoanálisis, aunque contem-
pla este lado del asunto, subraya el remanente crítico
que conserva siempre la psique socializada. Pero no
lo hace a la manera de Parsons o del propio Freud,
como tendencias antisociales que amenazan el orden,
sino como potencia creadora de lo que luego puede
convertirse en institución. La “imaginación radical”
incorpora al modelo de agente precisamente ese cos-
tado creativo que la sociología en general presupone
pero que pocas veces precisa en su contenido. Y tiene
la importante ventaja de ser compatible, al menos
en principio, con los otros componentes de la acción
que Giddens rescata del psicoanálisis.
34
Anthony Giddens,
La institución imaginaria…
Vol. II, op. cit
., cap. II.
Conclusión
Se afirmaba al principio de este artículo que todo el
análisis supone el interés de hablar de contingencia,
sobre lo que es necesario decir algo aunque sea breve
y a modo de cierre. En primer lugar, el “objeto” de la
teoría social se ha vuelto él mismo indeterminado,
más de lo que era en los inicios de la ciencia deter-
minista. El desarrollo de las nuevas tecnologías, el
surgimiento de nuevos tipos y escalas de riesgo, la
planetarización de las relaciones sociales, el imperio
creciente de los flujos y las redes y la expansión de
la reflexividad: he allí unos pocos indicadores de la
demanda de atención a lo contingente que viene del
objeto más que de la teoría y que, por ende, respaldan
el interés del tema. En segundo, hay que registrar el
cambio de
episteme
que ha ido poniendo a lo inde-
terminado en el lugar que ocupaba la determinación,
un desplazamiento que ,como todos, tiene tensiones
(como las que, de hecho, se han visto en el propio
Giddens interesado en la contingencia pero atado
sutilmente a la impronta determinista de la ciencia
social clásica) pero sobre el que hay poco margen
de discusión. Tercero, y en un plano más político, lo
contingente tiene un vínculo difuso y complejo pero
evidentemente intenso con la
praxis
y con la crítica.
Por un lado, una sociedad contingente es aquella en
que la voluntad política tiene menos oportunidades
puesto que si “todo lo sólido se desvanece en el
aire” lo hacen también las condiciones de la
praxis
y posiblemente también sus consecuencias. Pero al
mismo tiempo, lo contingente indica la existencia
de resquicios y posibilidades por lo que una teoría
que la recalca es también una invitación a la acción.
Este segundo lado del asunto es el que tiene en
mente Giddens y el que con mucha claridad alienta
Castoriadis. Una teoría de la sociedad que sólo preste
atención a lo contingente es poco estimulante en
ese sentido como lo es, por razones bien conocidas,
una teoría enteramente determinista o que aspire a
serlo. La reconsideración propuesta sobre la teoría
de la estructuración combina en porciones razona-
bles ambos aspectos y ésta es también una de sus
posibles virtudes.
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