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Perspectivas Teóricas
25
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales,
Universidad Nacional Autónoma de México
Año LVII, núm. 216, septiembre-diciembre de 2012, pp. 25-40, ISSN-0185-1918
La humanidad de lo humano.
Aproximaciones a la antropología de Lluís Duch
J
ULIO
A
MADOR
B
ECH
*
J
ENNIE
A
RLLETTE
Q
UINTERO
H
ERNÁNDEZ
**
Recibido el 16 de mayo de 2012
Aceptado el 30 de julio de 2012
Resumen
El presente artículo es un acercamiento a la antro-
pología simbólica de Lluís Duch, quien plantea la
urgente necesidad de una “apología de lo humano”
y de una “antropología de la ambigüedad” como
propuestas para superar los diversos reduccionismos
y esencialismos (estruc turalistas, histor icistas y eco-
nomicistas) que han padecido las humanidades y las
ciencias sociales, par t icularmente durante el pasado
siglo
XX
, y cuya crisis se agudiza en el presente. Se
exponen las líneas principales de su pensamiento
remarcando la validez actual de sus categorías de
análisis y de las lúcidas orientaciones heurísticas
de su antropología simbólica. También se examinan,
los conceptos referidos al trayecto biográfico, a la
relación que guardan el pensamiento simbólico y la
contingencia, el
mythos
y el
logos
, el Romanticismo
y la Ilustración, el cambio y la permanencia. Final-
mente, se pone de manifiesto que la antropología que
propone Duch se esfuerza por comprender la paradoja
que es el ser humano y la fascinante aventura de su
existencia, mediante un movimiento oscilante y
pendular entre opuestos complementarios.
Palabras clave
: Lluís Duch, antropología simbólica,
humanismo,
mythos
y
logos
, religiosidad, cont ingen-
cia, trayecto biográfico.
Abstract
This article approaches the symbolic anthropology of
Lluís Duch who proposes the urgent need of an “apo-
logy of the human” and of an “anthropology of ambi-
guity” as a response, aimed to overcome the various
reductionisms and essentialisms (structuralists, his-
toricists and economicists) that have been endured
by the humanistic disciplines and social sciences,
especially during the past 20
th
Century, carrying it’s
deepening crisis into the present. The authors expose
Q
*
Universidad Nacional Autónoma de México (
UNAM
), Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (
FCP
y
S
), Circuito Mario de la Cueva s/n,
Ciudad Universitaria, Av. Universidad 3000, Col. Copilco-Universidad, Deleg. Coyoacán, México, 04510.
Dr. en Antropología por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Es técnico académico titular “C” de tiempo completo definitivo,
nivel
PRIDE
“D”, adscrito a la
FCP
y
S
. Sus principales líneas de investigación son: antropología cultural y antropología del arte, hermenéutica
y teoría de la comunicación.
E-mail: julioabc@prodigy.net.mx
**
UNAM
, Facultad de Filosofía y Letras, Circuito Interior, Ciudad Universitaria, Av. Universidad 3000, Col. Copilco-Universidad, Deleg.
Coyoacán, México, 04510.
Maestrante en Historia del Arte y miembro del proyecto
PAPIIT
IN
305 411-3, “La Hermenéutica como Herramienta Metodológica en Ciencias
Sociales y Humanidades”. Sus principales líneas de investigación son: arte prehispánico mesoamericano, arte colonial de México, herme-
néutica simbólica y antropología de la imagen.
E-mail: jquintero@comunidad.unam.mx
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Universidad Nacional Autónoma de México
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the main guidelines of his thinking, emphasizing
the present validity of his analytical categories and
of his lucid heuristic orientations, belonging to his
symbolic anthropology. In particular, they work with
those concepts referred to the biographical trajec-
tory, the relation between symbolic thought and
contingency,
mythos
and
logos
, Romanticism and
Illustration, change and permanence. Finally, the
authors underline that the Anthropology proposed
by Duch aims to comprehend the paradox inherent
in the human being, and the fascinating adventure
of his existence, by the means of an oscillating and
pendular movement between opposed and comple-
mentary entities.
Keywords:
Lluís Duch, symbolic anthropology, huma-
nism,
mythos
and
logos
, religiousness, contingency,
biographical trajectory.
1
Maurice Merleau-Ponty,
Fenomenología de la percepción,
México, Fondo de Cultura Económica, 1957, 550 pp. N.E.
2
Lluís Duch en Blanca Solares y Manuel Lavaniegos, “Entrevista con Lluís Duch. Del trayecto autobiográfico al proyecto antropológico”,
en Lluís Duch,
et al
.,
Lluís Duch, antropología simbólica y corporeidad cotidiana
, Cuernavaca,
UNAM
,
CRIM
, 2008, pp. 121-167 (p. 149).
3
Clifford Geertz,
La interpretación de las culturas
, Barcelona, Gedisa, 1997, pp. 81-82.
4
L. Duch en B. Solares y M. Lavaniegos,
op. cit
., p. 123.
El
trayecto biográfico
como concepto antropológico
L
luís Duch i Álvarez es, hoy en día, uno de los
pensadores más influyentes de España. Antro-
pólogo, filósofo y teólogo de origen catalán;
además, monje benedictino desde hace cincuenta
años. Sus estudios doc torales y posdoc torales de an-
tropología y teología en Alemania (Universidades de
Tubinga, Münster y Múnich) lo han puesto en contacto
con autores tan diferentes como Hans Blumenberg,
Ernst Bloch y Eugen Biser, experiencia que sellará
el carácter pluralista del núcleo fundamental de su
pensamiento.
El barcelonés propone una antropología que tiene
como uno de sus componentes esenciales lo que él lla-
ma el
trayecto biográfico
.
Con ese concepto
designa la
exper iencia del ser humano, del nacimiento a la muer-
te: el enfrentamiento con el mundo, con él mismo, con
los otros y con Dios –se podría ampliar el concepto
a lo sagrado, en general. El
trayecto biográfico
es el
proceso de trabajo por medio del cual el hombre busca
el
sentido de la vida
; ese
algo
que va descubriendo en
un mundo complejo que oscila entre la caída en el
caos primigenio y la construcción de un orden rígido
y opresivo. El recorrido del trayecto da lugar a la for-
mación de lo que Merleau-Ponty llamara “el espacio
y el tiempo antropológicos”;
1
además, según Duch,
en el transcurso del periplo humano, que comprende
la vida y la muerte, se requieren estructuras sociales
(
estructuras de acogida
) y de “la posibilidad que [éstas]
ofrecen para trabajar con símbolos”.
2
Quizás sin saberlo, coincide con Geertz cuando
éste afirma que “El sistema nervioso humano depende
inevitablemente del acceso a estructuras simbólicas
públicas para elaborar sus propios esquemas autóno-
mos de actividad […] Para orientar nuestro espíritu
debemos saber qué impresión tenemos de las cosas
y para saber qué impresión tenemos de las cosas ne-
cesitamos las imágenes públicas de sentimiento que
sólo pueden suministrar el rito, el mito y el arte”.
3
A la hora de pensar lo que ha significado la elabo-
ración de su propio
trayecto biográfico
, Duch comenta
que después de una década de su estancia en el
monasterio benedictino de la Abadía de Montserrat,
pasó
de una teología ortodoxa a una antropología
simbólica
, o mejor dicho, a una
antropo-teología
, es
decir, transitó de la meditación sobre “las cuestiones
relativas a Dios ‘en sí’, sus atributos, su esencia”, a
“la búsqueda de Dios y la del hombre” en un mismo
movimiento, pues “Dios sólo es pensable y expresable
a partir del hombre”.
4
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En ese sentido, su trayecto biográfico hace un
recorrido equivalente al del pensamiento de la Eu-
ropa latina que, en el Renacimiento, transitó de un
teocentrismo medieval a un humanismo religioso,
antropocéntrico, sustentado en los clásicos griegos
y latinos.
5
Della Mirandola afirmaba que la sustan-
cia del hombre acoge en sí, por esencia propia, las
sustancias de todas las naturalezas y el conjunto del
universo entero. En su
Discurso sobre la dignidad del
hombre
6
formuló tres de los ideales del Renacimiento:
el derecho inalienable a la discrepancia, el respeto por
las diversidades culturales y religiosas y el derecho
al crecimiento y enriquecimiento de la vida a partir
de la diferencia. Para su maestro, Marsilio Ficino, el
alma humana era el centro de toda la armonía univer-
sal. A la
humanitas
de Cicerón (que significa cultura,
educación y pedagogía propias del hombre libre y
con la cual están relacionadas todas las disciplinas
que lo hacen propiamente humano), Petrarca agrega-
ría la acepción de “amor hacia nuestros semejantes”.
No hay duda de que, con gusto, Duch adoptaría esta
noción como suya.
Este paso decisivo en la historia del pensamiento
occidental implica un giro categórico hacia el pluralis-
mo. De cara al monolitismo dogmático de la teología
oficial, en el Renacimiento prosperaron todas las
artes y todos los saberes que eran dignos del hombre
abriéndose la posibilidad de múltiples interpreta-
ciones. Así, Duch afirma que el hombre no tiene una
determinación absoluta y exclusiva y puede ejercer
muchos oficios y realizarse de múltiples maneras.
7
Matiza y completa esta idea afirmando que:
Según me parece, aquí y ahora, urgentemente, des-
pués de la muerte de Dios y de la muerte del hombre,
necesitamos una “apología de lo humano”. O lo que es
lo mismo: redescubrir aquellas posibilidades del ser
humano que por mil circunstancias se han ocultado
o, al menos, gravemente dañado. Esta apología, tal
como la entiendo, debería consistir en la rehabilita-
ción del poliglotismo humano, de las potencialidades
expresivas y axiológicas del hombre, para que así
fuera posible una construcción realmente humana y
humanizadora del espacio y del tiempo.
8
El concepto de
trayecto biográfico
posee, además,
una decisiva implicación hermenéutica ya que, tal
como Duch mismo lo formula explícitamente, se
quiera o no, la biografía humana concreta se plasma
de diversas maneras “en todo lo que pensamos, ha-
cemos y sentimos”.
9
Coincide, así, plenamente, con
los supuestos básicos de la hermenéutica filosófica
de Gadamer cuando éste afirma que en todo proceso
de interpretación, inevitablemente, el intérprete
proyecta sus categorías de pensamiento, su sub-
jetividad, sobre lo interpretado.
10
A lo anterior, el
monje de Santa María de Montserrat agrega: “La
objetividad y la neutralidad absolutas no existen en
las ciencias humanas (las
Geisteswissenschaften
de
la terminología alemana) y muchos investigadores
mantienen la opinión de que tampoco se encuentran
al margen de la implicación del sujeto cognoscente
en el objeto que se quiere conocer en las llamadas
‘ciencias duras’ (
Naturwissenschaften
)”.
11
5
Vid
. Jacques Lafaye,
Por amor al griego. La nación europea, señorío humanista (siglos
XIV
-
XVII
)
, México,
FCE
, 2005.
6
Giovanni Pico della Mirandola
, Discurso sobre la dignidad del hombre
, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2004, 63 pp. N.E.
7
L. Duch en B. Solares y M. Lavaniegos,
op. cit
., p. 122.
8
Ibid.,
pp. 158-159.
9
L. Duch,“Hombre, tradición y modernidad”, en L. Duch
et al
.,
op. cit.,
pp. 169-185 (p. 171).
10
Vid
. Hans-Georg Gadamer,
Verdad y método,
Salamanca, Ediciones Sígueme, 1999.
11
L. Duch,
op. cit
., p. 171.
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Puede considerarse que el concepto duchiano de
tra-
yecto biográfico
complementa y completa aquél que
acuñara en 1962 Durand, el
trayecto antropológico
:
Parece que para estudiar
in concreto
el simbolismo
imaginario hay que adentrarse resueltamente por la
vía de la antropología, dando a esta palabra su senti-
do actual –es decir: conjunto de ciencias que estudian
la especie
homo sapiens
– sin tener exclusivas
a priori
[...] situándonos en un punto de vista antropológico
para el que “nada humano debe ser ajeno” [.
..] Para
ello hemos de situarnos deliberadamente en lo que
llamaremos el
trayecto antropológico; es decir, el
incesante intercambio que existe en el nivel de lo imagi-
nario entre las pulsiones subjetivas y asimiladoras y las
intimaciones objetivas que emanan del medio cósmico
y social.
Esta posición apartará de nuestra búsqueda
los problemas de anterioridad ontológica, puesto que
postularemos de una vez por todas que hay
génesis
recíproca
que oscila del gesto pulsional al entorno
material y social, y viceversa [.
..] De este modo, el
trayecto antropológico puede partir indistintamente
de la cultura o de la naturaleza psicológica, estando
contenido lo esencial de la representación entre estos
dos límites reversibles.
12
El benedictino se define a sí mismo como “sen-
cillamente, un ser humano interesado por todos
los aspectos de la fascinante y, al mismo tiempo,
arriesgada aventura humana”, esforzándose en
“seguir las huellas, casi siempre muy desfiguradas
y ambiguas, de Dios en la vida cotidiana de los
humanos”, descubriendo los implícitos en los explí-
citos, “lo que esconden las imágenes más allá de su
materialidad idolátrica”.
13
¿Qué es el hombre?¿Quién
soy yo? Son estas las preguntas por excelencia de
la antropología. Duch se esfuerza por responderlas,
por problematizarlas, indagando, simultáneamente,
sobre la dimensión antropológica de la religiosidad
y el misterio de Dios.
En palabras de este especialista en fenomeno-
logía de la religión, la antropología es la disciplina
que estudia el
logos
del
anthropos
, la encargada de
dar forma a un discurso sobre el ser humano. Este
último, advierte, no es único, cerrado o neutral; más
bien, existen diversas antropologías, múltiples dis-
cursos sobre el hombre y sobre lo que es y debe ser la
antropología, los que están en función de la misma
diversidad de las prácticas antropológicas
. En sus or íge-
nes, la antropología tenía como objetivo principal la
formación de “eficientes administradores coloniales”,
estaba marcada por un perfil racista y evolucionista
que consolidaba los procesos de colonización europea
del resto del mundo; tildaba de idólatras a las culturas
que iba sometiendo.
Tal como lo destaca Coomaraswamy, lo que ha
limitado al pensamiento occidental para comprender
las manifestaciones religiosas de otras culturas ha
sido, precisamente, la obsesión de ver idolatría en
toda forma religiosa diferente de la suya. Las co-
rrientes antropológicas rígidamente evolucionistas
y etnocéntricas han sido incapaces de situarse en el
lugar del otro y de entender la diversidad de formas
que adquiere el culto entre los distintos grupos hu-
manos y el carácter que asumen sus imágenes divinas.
De acuerdo a este estudioso del simbolismo religioso
asiático: “[…] una cosa es adorar una pintura y otra
ver la imagen que no está en los colores y por cuyo
motivo existe la obra material”.
14
Hace referencia,
así, al error de disociar forma estética y contenido
religioso a la hora de interpretar el arte tradicional
asiático.
12
Gilbert Durand,
Las estructuras antropológicas de lo imaginario,
Madrid, Taurus, 1981, pp. 35-37 (en cursivas en el original).
13
L. Duch en B. Solares Altamirano y M. Lavaniegos,
op. cit
., pp. 122-124.
14
Amanda Kentish Coomaraswamy,
Sobre la doctrina tradicional del arte
, Palma de Mallorca, Ediciones José J. de Olañeta, 1983, p. 24.
Antropología y antropologías
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Duch i Álvarez afirma que a pesar de que la an-
tropología nace como ciencia a finales del siglo
XIX
–aunque ya existían esbozos de ésta en el
XVI
(Sa-
hagún y Durán, por ejemplo)–, desde tiempos muy
antiguos se han elaborado diversos discursos sobre
el ser humano que, desde un punto de vista ético,
conforman básicamente tres tipos de antropologías:
pesimistas, optimistas y de la
ambigüedad
.
15
A grandes rasgos, en las
antropologías pesimistas
–encabezadas, a decir de Duch, por los antiguos egip-
cios, seguidas por San Agustín y Kant, entre otros)–,
el ser humano es definido como un ser deficiente por
naturaleza, pervertido, “incapaz de hacer el bien”;
para sanar, si es que se puede, se requiere de una
intervención externa. En el otro polo, tenemos las
an-
tropologías optimistas
, representadas principalmente
por Rousseau y los franciscanos, quienes concebían al
ser humano como un ser totalmente bueno, de natu-
raleza pacífica y noble, cuyo mal proviene de afuera
de sí mismo: es la sociedad la que lo ha pervertido,
incitándolo al mal.
Sin embargo, para Duch (“un pesimista con opti-
mismo”, como él mismo se caracteriza), el ser humano
es un ser
ambiguo
, no es ni bueno ni malo, sino que
contiene las dos posibilidades, es capaz de lo mejor
y de lo peor, pero también, y esto es lo fascinante, es
capaz de lograr el equilibrio. Lo que vale es la respues-
ta ética que surge para cada situación, lo que importa
son las decisiones basadas en la experiencia y en la
vivencia pues, en sus palabras, “somos seres éticos
cuya característica es la
relacionalidad
. La calidad de
nuestra capacidad para relacionarnos con los otros
es el indicador más fiable de nuestra humanidad o,
por el contrario, de nuestra inhumanidad”.
16
Más allá de las diferencias específicas que tra-
dicionalmente investiga la antropología (lengua,
costumbres, tradición, etnicidad, religión, relacio-
nes de género), Duch se propone definir lo que hace
propiamente humano al género humano y permite
fundar la igualdad de
todos
los hombres. Concluye
que son dos aspectos sustantivos: el primero es la
capacidad simbólica
que es estructural y determina
que el ser humano necesite de los símbolos y del
pensamiento simbólico para vivir como tal; el se-
gundo es la
contingencia
, entendida ésta como lo
estructuralmente indeterminado e indómito, libre,
imprevisible e incontrolable de la vida y la muerte
humanas.
17
Así, en su propuesta de una
antropolo-
gía de la ambigüedad
, Duch entiende al ser humano
como un ente ambiguo, equívoco, contextual y con
la posibilidad siempre abierta de rectificar. No es
un individuo determinado
a priori,
sino una realidad
a posteriori
que configura un trayecto biográfico
desde que nace hasta que muere, camino en el cual
se plasma todo pensamiento, hecho, sentimiento,
emoción. Son todos estos aspectos del ser humano,
en conjunto, los que dan forma a su figura personal
y colectiva. Los hombres, así, son una indefinición
y, por lo tanto,
condicionalmente libres
a ser lo que
quieran dentro de los márgenes definidos por un
mundo dado, por un contexto histórico-cultural
determinado.
15
L. Duch,
op. cit
., p. 172.
16
Ibid
., p. 173.
17
Ibid
., pp. 174-178.
18
Ernst Cassirer,
An Essay on Man
: An Introduction to a Philosophy of Human Culture,
Nueva Haven, Yale University Press, 1962, 250 pp.
N.E.
19
E. Cassirer,
Antropología filosófica.
Introducción a una flosoFía de la cultura
, México,
FCE
, 1997.
Pensamiento simbólico y estructuras de acogida
Hacia mediados de los años cuarenta del pasado siglo,
Cassirer afirmaba, en su conocida obra
An Essay on
Man
,
18
que el ser humano no podía enfrentarse con la
realidad de un modo inmediato; era capaz de abordar
a la realidad física
sólo por mediación de las cons-
trucciones simbólicas
del lenguaje, el mito, el arte,
la magia y la ciencia.
19
Coincidiendo con el filósofo
alemán, el catalán concibe al ser humano como un
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animal simbólico que, para existir como tal, ha debido
crear formas simbólicas que le sirvan de mediación
con el mundo con los otros, con él mismo y con lo
sagrado. Son éstas las que posibilitan dialogar y dar
origen a interpretaciones que lo orientan y guían en
la construcción de su existencia.
Estas mediaciones o formas simbólicas dan lugar
a lo que se llama cultura y son las que le permiten
al ser humano formular preguntas y responderlas
o, a la manera Duch, “em-palabrar” la realidad para
construirla simbólica y socialmente. El benedictino
define el neologismo
em-palabrar
como una energía
física y espiritual concretada por el ser humano para
“poner en palabras” la realidad, de la cual es, al mismo
tiempo, el constructor o destructor, el habitante de
su tiempo y de su espacio antropológicos.
Lo simbólico es el factor constituyente de lo
humano, uno de sus dos atributos fundamentales;
el otro es la contingencia. Ambos componentes
esenciales “anulan la distinción tan estimada por
los padres de la antropología del siglo
XIX
entre […]
los ‘primitivos’ […] y los ‘civilizados’”.
20
La capaci-
dad simbólica es estructural, intrínseca al hecho de
ser humano; las mediaciones, tanto naturales como
culturales, le permiten satisfacer necesidades tanto
físicas como espirituales que hacen posible ejercer
el oficio de ser hombre o mujer. El símbolo es “lo
que nos hace mediatamente presente lo que se halla
inmediatamente ausente”.
21
La contingencia es el
estado natural que determina la conciencia de que
el hombre es vida y muerte, de que está pasando y de
que, por eso, siempre está despidiéndose. Para tener
una buena muerte, hay que tener una buena vida y
para vivir bien, es necesario hacerlo con ética.
La dimensión simbólica del ser humano da sen-
tido y organiza las
estructuras de acogida
, al mismo
tiempo que éstas lo configuran culturalmente; dentro
de ellas, elabora su trayecto biográfico; son éstas
las que dan una forma concreta a las capacidades de
simbolización. “Las estructuras de acogida, para bien
y para mal, son las administradoras de la capacidad
simbólica del ser humano, la cual es esencial (en el
sentido más fuerte de este adjetivo) para su progre-
siva constitución como tal en su trayecto biográfico
desde el nacimiento hasta la muerte”.
22
Contrario a lo que postulan algunas filosofías
nihilistas, Duch percibe “la acogida” como una es-
tructura
inherente a la condición humana
en tanto
que el ser humano, para serlo plenamente, “necesita
ser acogido” y reconocido por estructuras sociales
que posibilitan su venida al mundo: la familia o la
co-descendencia, el habitar o la co-residencia y la re-
ligiosidad o la co-trascendencia. Estas estructuras
son
teodiceas prácticas
que constituyen humana y
culturalmente al ser humano biológico y natural; sólo
se activan en su configuración cultural y surgen como
instauradoras de “diversas praxis de dominación de
la contingencia”.
23
Esto es así porque el ser humano
tiene la necesidad de tratar de controlar y regular los
factores que determinan su existencia, no importa
cuán incontrolables éstos sean.
Según Duch, estas estructuras sólo cobran sen-
tido al interior de sus configuraciones histórico-
culturales concretas pues, para él, las estructuras
existen, actúan y son identificables en función de
que adquieran una forma cultural específica. Al
integrar lo estructural y lo histórico, se evitan los
esencialismos antropológicos y los
relativismos
his-
toricistas.
24
El mitólogo catalán concluye afirmando
que para efectuar análisis antropológicos resulta
indispensable “mantener la tensión entre lo personal
y lo colectivo, en paralelo si se quiere con la tensión
entre lo estructural y lo histórico”.
25
20
L. Duch,
op. cit
.,
p. 174.
21
Ibid.,
p. 176.
22
L. Duch en B. Solares Altamirano y M. Lavaniegos,
op. cit
., p. 148.
23
L. Duch,
Antropología de la vida cotidiana
.
Simbolismo y salud
, Madrid, Trotta, 2002, p. 13.
24
L. Duch en B. Solares Altamirano y M. Lavaniegos,
op. cit
., p. 146.
25
Ibid.,
p. 147.
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El ser humano es, para Duch, un ser que se encuentra
en la búsqueda constante de un equilibrio, siempre
precario, dentro de las estructuras de acogida; es
un
complexio
, una
coincidentia oppositorum
de lo
abstracto y lo concreto, del
mythos
y del
logos
, del
cosmos y del caos. El
mythos
es imagen, intuición,
narración, imaginación; el
logos
es concepto, crí-
tica, explicación. Ambas son realidades que están
co-implicadas íntimamente y que se condicionan
mutuamente: “incesantemente, en el ser humano,
mito y
logos
, imagen y concepto, procedimientos
intuitivos y procedimientos inductivos y deductivos,
se encuentran coimplicados”.
26
En la historia del pensamiento occidental,
desde los presocráticos hasta el día de hoy, el mi-
to se encuentra entre el rechazo y la fascinación,
dado que la filosofía ha ido oscilando a lo largo del
tiempo entre lo que hoy se llama “la Ilustración y el
Romanticismo”, entre la iconoclastia y la idolatría.
La importancia del estudio contemporáneo del mito
no puede atribuirse exclusivamente al agotamiento
del proyecto de la Modernidad, el cual transcurrió,
aparentemente, de lo mítico a lo lógico. Tampoco se
puede comprenderla sólo en función de la “muerte
de Dios” (Nietzsche) y el “desencantamiento del
mundo” (Weber) o explicarla a partir del reconoci-
miento y revaloración del pasado, que hacen posible
las ciencias antropológicas, ni meramente por el
llamado “retorno contemporáneo de lo religioso” o
por un supuesto “reencantamiento del mundo”, un
hipotético “paso de lo lógico a lo mítico”. Es algo que
va más allá y que plantea con seriedad el problema de
la
continuidad
en la histor ia y el de la
unidad
esencial
de la especie humana, problemas reformulados hacia
finales de la primera mitad del siglo
XX
y los años
cincuenta por autores como Carl Gustav Jung, Claude
Lévi-Strauss, Mircea Eliade, Joseph Campbell, Gilbert
Durand y René Guénon, entre otros.
Para Duch este problema se resuelve en el concep-
to de
logomítica
que mantiene la polivalencia del ser
humano, de cara a los diversos reduccionismos:
No se trata, por consiguiente, del paso “del mito al
logos
”, tampoco del “
logos
al mito”, sino del mante-
nimiento del
logos
en
el mito y del mito
en
el
logos
”.
En el ser humano, mito y
logos
no son dos realidades
yuxtapuestas, independientes entre sí, ajenas la una
a la otra, sino se trata de dos realidades ínt imamente
coimplicadas entre sí que se condicionan dialéctica-
mente. Hay “lógica” en las narraciones míticas y “lo
mítico” se encuentra presente en las explicaciones
de carácter científico. Por eso me refiero al hombre
–desarrollar– en un mismo movimiento la
imaginación
y el arte de la
crítica
, la
kritiké tekhné
de los griegos, la
cual siempre consiste en el “arte de buscar criterios”
para el pensamiento y para la acción.
27
Coincide, en este asunto, con la lúcida formulación
que propusiera Gadamer en
Mito y razón
:
La religión griega no es la religión de la doctrina
correcta. No tiene ningún libro sagrado cuya adecua-
da interpretación fuese el saber de los sacerdotes,
y justo por eso lo que hace la ilustración griega, a
saber, la crítica del mito, no es ninguna oposición
real a la tradición religiosa. Sólo así se comprende
que en la gran filosofía ática y, sobre todo, en Platón
pudiesen entremezclarse la filosofía y la tradición
religiosa.
28
A partir de un cuidadoso examen del problema, el de
Marburgo concluía que en el contexto de la Grecia
26
Ibid.,
p. 128.
27
L. Duch, “Estructuras míticas e historia” en L. Duch
et al
.,
op. cit.,
pp. 187-201 (pp. 199-200).
28
H. G. Gadamer,
Mito y razón
, Barcelona, Paidós, 1997, pp. 17-18.
La co-implicación de
mythos
y
logos
en la cultura
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32
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clásica no podía hablarse de la “oposición extrema
entre mito y
logos
con que estamos familiar izados”.
29
De manera coincidente, Blumenberg, maestro de
Duch, destacaba que, tal como mostraba Nietzsche, a
pesar de todos los intentos del monoteísmo sacerdo-
tal por moldear nuestra comprensión de los griegos,
a partir de sus propias concepciones de la fe, hoy en
día podemos saber que los antiguos griegos vivieron
sin una teología normativa y todo mundo tenía dere-
cho a inventar y creer en lo que quisiese.
30
Desde su
punto de vista, el dominio de una libre orientación
poética en el acercamiento de los griegos a los dioses
se debía a que, como afirmara Jakob Burckhardt, “no
había custodios del acervo teológico”.
31
Más aún: “La
fascinación que ejercía el mito se debía precisamente
a que era mera representación, sólo necesitaba ser
‘creído’ momentáneamente, pero nunca dev ino norma
o credo”.
32
El mito, afirmaba Blumenberg, dominó
la fantasía de los antiguos griegos y les produjo un
gran placer.
Decisiva re-flexión sobre el asunto que iniciaron
los poetas y pensadores románticos, cuyo sentir
sintetiza de manera óptima el filósofo de Lubeca:
El
mito
como palabra programática de un contraste
romántico deduce de la comprensión del concepto
que tienen de sí mismas la filosofía y la cientifici-
dad que ella genera –la de ser la superación de una
época histórica dominada por la mitología y en la
que el conocimiento del mundo estuvo frenado por
ella– que también, y ante todo, cabría compensar e
incluso anular las decepciones y pérdidas derivadas
del pensamiento racional si se renovase o volviese a
incluir lo que la autoconsc ienc ia del per iodo rac ional
considera superado.
33
Situada en relación con esta tradición de pensamien-
to, la
logomítica
duchiana comprende al ser humano
como un ente que se mueve elípticamente entre las
dos realidades, ante las cuales, no puede prescindir
ni erradicar ninguna de ellas porque al mismo tiempo
que participa de la realidad en su fundación (mito),
elabora el nombramiento de esa realidad mediante
un lenguaje (
logos
).
Por tanto, no puede haber un “retorno a la reli-
gión”, insiste Duch, porque ésta nunca ha emigrado.
La religiosidad es una estructura que pertenece al
ser humano, es lo que él llama co-trascendencia:
el resultado de la socialización de lo invisible, a
partir de simbolismos culturales compartidos y
transmitidos de generación en generación que la
hacen visible. Para este autor, lo que está en crisis
actualmente no es la religión ni la religiosidad, sino
la imagen de Dios de la tradición judeocristiana del
Occidente mediterráneo y de los países que recibieron
su influencia.
Ciñéndonos a la religión cristiana, sobre todo a partir
del segundo tercio del siglo
XIX
, ha tenido lugar lo
que hace ya muchos años Ernst Troeltsch designó con
la expresión “eclestización del cristianismo” (
Verkir-
chlichung des Christianismus
), es decir, la reducción
de lo cristiano y del mismo Dios a las dimensiones e
intereses de la Iglesia, lo cual convertía a ésta no en
una posible mediación (un simbolizante), sino en el
mismo término final, en el punto de llegada del ca-
mino religioso cristiano (el simbolizado).
34
Aunque coincidentes con las consideraciones gene-
rales sobre el proceso, los autores de este artículo
sostienen que la
eclestización
ocurrió mucho antes
29
Ibid.
, p. 26.
30
Hans Blumenberg,
El mito y el concepto de realidad
, Barcelona, Herder, 2004, p. 22.
31
Ibid.
, p. 19.
32
Ibid.
, p. 23.
33
Ibid.
, p. 19.
34
L. Duch en B. Solares Altamirano y M. Lavaniegos,
op. cit
., p. 143.
Perspectivas Teóricas
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de lo que Troeltsch y otros investigadores afirman;
es más, dio origen, desde el siglo
XIV
, a las diversas
crisis de la Iglesia romana que culminaron en la
Reforma. La rebelión de los franciscanos contra el
papa Juan XXII (1316-1334) o el valiente discurso
de Guillermo de Occam contra la justificación de
una iglesia fuertemente jerárquica y en contra de
la primacía del pontífice, pueden ser tomados como
paradigmas de la muy temprana
eclestización del
cristianismo
.
35
Esta crisis sólo expresa en la superficie otro pro-
blema mucho más profundo al que se la ha denomi-
nado, en otra parte,
predominio de lo exotérico sobre
lo esotérico
, fenómeno por igual temprano y dif ícil de
rastrear pero que, con certeza, se consolidó durante
la Contrarreforma.
36
Se presentó como una respuesta
a las voces críticas que, desde el siglo
XIV
, exigían un
comportamiento moral del clero, del papa y de sus
allegados, además de una reforma, provocando así
una ola de “moralización” que luego sería aprobada
por el Concilio de Trento (1545-1563) e implantada,
desde arriba, por la jerarquía eclesiástica encabezada
por Pio IV y Pio V.
Al interior de la cultura tradicional europea, de su
metafísica fundada en la religión cristiana, se desa-
rrolló, pues, un proceso de decadencia espiritual que
fue manifestado a través de diversas crisis religiosas
y que llegaría a patentizar la subordinacióndel conte-
nido espiritual, lo
esotérico
, al aspecto secundario y
derivado del primero, lo
exotérico
, la moral. En otras
palabras, la relación de lo interior y lo exterior de la
religión se invirtió: en vez de que la moral dependiese
del fundamento espiritual y se derivara de él, se la
ponía en primer lugar y por encima de este último.
La paulatina pérdida de importancia del contenido
esotérico de la religión en favor de la
creación de
un sistema moral de regulación de la vida cotidiana
,
orientó a la doctrina dominante de la Iglesia hacia
formas de pensamiento y de prácticas sociales que
fueron sintomáticas de una decadencia espiritual
pues expresaron un moralismo y una obsesión por la
ceremonia vacíos de espiritualidad.
Como parte del mismo proceso y en paralelo, se
consolidó un sistema dogmático monolítico, rígida-
mente regulado y controlado, caracterizado por la
intolerancia y la persecución de las ideas discrepan-
tes acusadas de herejía. Este desarrollo culminó en
las diferentes formas que adoptaría la Inquisición a
partir del siglo
XII
(bula papal de Lucio III) y cuya
actividad crecería en importancia a partir de las
conclusiones de Trento. Ese proceder dogmático,
autoritario e intolerante se fundó en y se justificó
por medio de la
invención
, por la Iglesia romana, del
mito del papado y la primacía de su cabeza. El poder
y la autoridad papal absolutos fueron adquiriendo
forma desde finales del siglo
VII
, hasta la copiosa
invención y falsificación de documentos por Gre-
gorio VII cuatro siglos más tarde. El total dominio
papal sobre el conjunto de las iglesias y el mito que
justificaba su prioridad terminaron de apuntalarse
entre las centurias
XII
y
XIII
. Antes de esta época,
no puede hablarse de primacía alguna del obispo de
Roma,
en el sentido de un poder real, aceptado por
todos
, sobre el resto de los obispados,
sino sólo en el
sentido de una deferencia honorífica
.
Es conocido cómo la fe se ha sustentado en el
poder del mito
, en la fascinación que despiertan las
narrativas religiosas. De tal suerte, y justificada por
este nuevo mito, una estructura rígidamente jerár-
quica, cerradamente dogmática, autoritaria e into-
lerante sentó las bases de la temprana
eclestización
del cristianismo. Al respecto, Guignebert afirma:
A mediados de la Edad Media está en vías de cons-
tituirse una nueva teoría de la Iglesia que modifica
totalmente la que conoció la Antigüedad, la que
35
A aquellas discrepancias se agregarían muchas otras voces: en 1305, Federico de Sicilia afirmaba en una carta a su hermano, Jaime de
Aragón: “Todo va mal en la casa del Señor”; Catalina de Siena denunciaba a “los malos pastores de la Iglesia”; Dante deploraba “la decaden-
cia del Papado”; Petrarca se enfurecía al describir “los vicios de la corte de Aviñón” y Nicolás de Clémenge hablaba de “la degradación del
edificio eclesiástico”.
Vid
. Charles Guignebert,
El cristianismo medieval y moderno
, México,
FCE
, 1957, pp. 158-174.
36
Vid
. Julio Amador Bech,
Las raíces mitológicas del imaginario político,
México,
UNAM
-
FCP
y
S
/Miguel Ángel Porrúa, pp. 85-115.
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34
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subsistía aún, si no exclusivamente, por lo menos con
algún vigor, en el pensamiento de Agustín; me refiero
a la que definía a la Iglesia como “
la comunidad de los
fieles
”, el cuerpo total de los cristianos. En adelante,
se precisa la tendencia a considerar como Iglesia la
jerarquía clerical visible.
37
No obstante las duras condiciones con que la
eclesti-
zación
constr iñó a la fe,
38
ello no fue óbice para dete-
ner la proliferación de discursos y prácticas religiosos
divergentes e, incluso, contrarias a la doctrina oficial,
posturas inspiradas ya sea por un profundo misticismo
o en una lúcida reflexión filosófico-teológica. Dada
la sustantiva cristianización de la cultura europea,
este proceso tuvo una decisiva influencia sobre el
conjunto de la civilización de Occidente dando origen
a prácticas sociales y formas de pensar que autores
como Nietzsche definieron como nihilistas.
39
Aunado
a esto, la progresiva secularización de la sociedad, a
partir de los inicios de la Modernidad, contribuyó
a que las prácticas religiosas que se basaban en una
espiritualidad profunda sólo se preservaran,
margi-
nalmente
, en grupos pequeños o en personalidades
extraordinarias como es justamente el caso de Lluís
Duch, quien ha producido una extensa obra de una
sutil y penetrante raigambre espiritual.
La religión es considerada por el antropólogo
cenobita como una “praxis de dominación de la
cont ingencia”, es una estruc tura que se ha valido del
lenguaje del mito para ofrecer imágenes polivalentes
de aquello que no se puede conocer de manera direc-
ta, sino sólo por medio de la simbolización. El mito es
una elaboración cultural que crea y traslada imágenes
y figuras poéticas, que son las únicas que permiten
proponer una comprensión de los misterios de la vida
y la muerte, una forma de dominar la contingencia.
Para nombrar esas sutiles dimensiones de la vida y
del saber, el mito elabora otro lenguaje distinto del
cotidiano, diferente del lenguaje utilitario y práctico:
el lenguaje de la analogía o, como diría Durand, de la
homología diferencial
. Es ésta un tipo de narrativa que
construye un puente entre la vida y el lenguaje. Al
interior del discurso mítico, el acto de fundación de
la vida es, simultáneamente, el
acto de fundación
del lenguaje mismo
.
40
Duch diría que se trata de un
em-palabramiento
de la naturaleza.
41
En efecto, el mito es relato, narración. La palabra
tiene el poder de la creación: enunciar al mundo es
crearlo.
42
En este sentido, el pensador de Montserrat
define al mito como una realidad
teo-antropo-cósmi-
ca
, caracterizada por una ontología y una escatología.
Los mitos de todas partes del mundo narran el acto
fundacional del cosmos que, a su vez,
es el acto de fun-
dación del cosmos en cada uno de nosotros
a través de la
iniciación ritual
.
La iniciación es el suceso por medio
del cual se arraigan los hombres a la vida y, mediante
solemnes ceremonias, echan raíces en el universo, en
la Tierra y en la comunidad.
43
37
C. Guignebert,
op. cit.,
p. 163.
38
Es altamente significativo que, varios siglos antes, una crisis semejante a la de la cristiandad se vivió en la historia del judaísmo y que,
precisamente, fuera Jesús quien predicara en contra de ese vaciamiento de la doctrina esotérica que privilegiaba un predominio de la moral
exterior. Por tal razón, se enfrentó a sacerdotes y fariseos –ejemplos de un moralismo, un formulismo y un ritualismo ciegos– insistiendo
en una ética sustentada en la más profunda espiritualidad. El Galileo les reprochaba que eran rigurosos en el pago del diezmo pero descui-
daban “lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe” (Mt. 23:23). Valiéndose de la metáfora, puso en claro la primacía de
la espiritualidad interior sobre el comportamiento externo: “¡Fariseo ciego, limpia primero por dentro la copa, para que también por fuera
quede limpia!” (Mt. 23:26).
39
J. Amador Bech,
op. cit
., pp. 85-115.
40
Ibid.
, p. 21.
41
L. Duch,
Religión y comunicación
, Barcelona, Fragmenta Editorial, 2012, 480 pp. (Fragmentos, 13). N.E.
42
Desde muy antiguo, aparece la convicción de que la palabra es el origen de la vida, mostrando que el lenguaje, por su poder creador, es
el principio de todas las cosas. En la Estela 797 del antiguo Egipto se inscribió que “Cada palabra divina comenzó a existir gracias al pen-
samiento del corazón y el mandato de la lengua […] Dios […] hizo que su voz sonara y las deidades comenzaron a existir”. De igual manera
en el
Génesis
se relata que Dios dijo “‘Haya Luz’ y hubo Luz” (1:3). En la base de toda ontología está la palabra. Creación del ser y creación
del lenguaje son un solo evento, un acto único.
43
J. Amador Bech,
op. cit
., pp. 23-28.
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Al participar del mito, el ser humano renueva su
existencia; de ahí que no pueda prescindir de las
narraciones. El vivir la realidad del relato es una
necesidad humana: vivir en un mundo narrado es
condición de existencia del ser humano.
44
En ese
sentido, vale la pena recordar las palabras de López-
Austin sobre las complejas formas en las cuales el
mito se articula con las diversas prácticas sociales
y sistemas simbólicos:
El mito es una realidad social y, como tal, una realidad
compleja. Sus límites son evanescentes en el conjunto
de las relaciones que existen en la totalidad social.
Su complejidad deriva en parte de que es cruzado
por distintos órdenes causales; por ello puede iden-
tificarse como objeto ideológico, como texto, como
una vía particular de transmisión de la cultura, como
un recurso de conservación de la memoria colectiva,
etcétera, y en cada caso se comprobará que obedece
a particulares órdenes […] De lo anterior puede
desprenderse que las posibilidades de determinación
de sus límites son múltiples; o sea que el mito puede
constituir unidades de estudio diversas, tanto en lo
cualitativo como en lo cuantitativo.
45
En una manera distinta de expresarlo, Duch i Álvarez
afirma algo semejante sobre la forma que asume la
presencia del mito en el presente: “Por regla general,
el mito ya no se deja percibir como clara secuencia
lingüística, sino que existe en forma difusa, irrever-
sible y creadora de sentido, que configura distintas
constelaciones de significación en el seno de la
sociedad moderna”.
46
Los mitos son formas abiertas, capaces de ser
referidas a situaciones diversas e inéditas. A pesar
del paso del tiempo y de los cambios sociales con-
secuentes, han seguido siendo válidos para explicar
situaciones históricas, colectivas y personales, siem-
pre nuevas y diferentes. Visto desde la perspectiva
del conjunto de la historia humana, el mito ha sido
la forma de saber más importante en la formación
de la vida colectiva de las sociedades: origen y
fundamento de las costumbres, las prácticas y las
instituciones sociales.
47
Los mitos han desempeñado una función esencial
en la formación del saber durante milenios, son la
forma fundamental y originaria de la conciencia vi-
tal. Su modelo explicativo de la realidad es el que ha
regido al pensamiento humano desde un principio.
48
Sobre la perennidad del mito, dice Duch que no hay
final de la narración porque el ser humano es un ser
contextual, ambiguo, equívoco, en espera del eterno
retorno de lo mismo y del surgimiento de lo nuevo;
el ser humano necesita ser orientado en función de
su experiencia acumulada.
La singular importancia del mito radica en que,
para dar cuenta de aquello de lo que el lenguaje
cotidiano es incapaz de captar, se basa en un meta-
lenguaje: es la forma fundamental del imaginario que
ha dado origen a todas las demás formas y que, de
muchas otras maneras, mediante sus nuevas meta-
morfosis, continúa rigiendo al pensamiento humano,
porque se refiere a las experiencias humanas más
constantes y profundas, a los misterios de la vida y
la muerte. El ser humano puede llegar a ser un
homo
religiosus
y creerá y sabrá que “entre el aquí históri-
co y el allá metafísico hay continuidad de relación,
de analogía” con expresiones y comportamientos
variados.
49
Si hay física, habrá metafísica, dice el
de Ciudad Condal.
El mito tiene funciones sociales que sirven para
orientar al ser humano en su trayecto biográfico,
44
Vid
. Paul Ricoeur,
Tiempo y narración,
México, Siglo Veintiuno Editores, 1995-1996.
45
Alfredo López-Austin,
Los mitos del tlacuache: caminos de la mitología mesoamericana
, México,
UNAM
-
IIA
, 1996, pp. 103-104.
46
L. Duch, “Interpretaciones actuales en el estudio del mito”, en L. Duch, et al.,
op. cit
., pp. 203-225 (p. 208).
47
J. Amador Bech,
op. cit
., p. 8.
48
Ibid.
49
L. Duch en B. Solares Altamirano y M. Lavaniegos,
op. cit
., p. 144.
50
J. Amador Bech,
op. cit.,
pp. 15-43.
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éstas pueden distinguirse por una
dimensión cognos-
citiva
para la cual el mito constituye una estructura
explicativa que permite comprender el origen de
las cosas, su razón de ser, el porqué de la vida y
sus manifestaciones; otra
ontológica
que permite
el enraizamiento de la vida humana en un cosmos y
su orden arquetípico; una tercera
psicológica y moral
que pone de manifiesto los conflictos de la vida hu-
mana y la relación entre la vida interior y el mundo.
Valiéndose de imágenes complejas y polivalentes,
ofrece soluciones armonizadoras a esos conflictos;
finalmente, la
dimensión social y política
que crea
los códigos de identidad comunitaria, unifica las
creencias de un grupo, permite la integración social
y fundamenta y legitima las estructuras sociales y
políticas existentes.
50
Sin embargo, con el triunfo de la Ilustración, el
concepto que las ciencias sociales elaboraron acerca
del mito se empobreció y se redujo durante cierto
tiempo; se le consideró algo falso al privilegiar a la
razón sobre la intuición, al
logos
sobre el
mythos
.
Predominó entonces un cientificismo que se consi-
deró a sí mismo como la única forma de alcanzar el
conocimiento verdadero. El iluminismo y sus deriva-
ciones racionalistas y cientificistas aparecieron como
un tipo de pensamiento que, fundado en la Razón,
entendida en un sentido hegeliano, se propuso di-
rigir el proceso histórico en un sentido de progreso
material continuo, basándose en una filosofía de
la historia teleológica, progresiva, evolucionista.
Se alejaron de la imaginación y la emoción, de la
creencia popular, de la superstición y la religiosidad
imperantes durante la Edad Media y que, desde su
perspectiva, conducían al error.
El Romanticismo, por el contrario, exacerbó el
sentimiento de nostalgia hacia el pasado histórico
que fue visto como un tiempo ideal, una especie de
Edad de Oro. Destacaban en esta cosmología la Edad
Media y la Ant igüedad como épocas glor iosas por sus
valores, en oposición a la decadencia moderna. En
el caso de la primera, se exaltaron los valores aris-
tocráticos caballerescos y el misticismo religioso.
Para el gusto romántico, lo medieval despertó una
fascinación más intensa. Al lado del elogio hacia el
espíritu monumental y de mística trascendencia de
la arquitectura gótica, otro aspecto de la sensibilidad
romántica se despertó al contacto con el estilo gótico
y su época, destacándose su meta-racionalidad y
multiplicidad, así como sus contrastes: el esplendor
y la miseria, lo grotesco y lo bello. En cuanto a la
segunda, “no era ya la racionalidad del mundo an-
tiguo la que se comparaba con lo moderno, sino su
misterio, vitalidad y sensualidad”.
51
El modelo de la libertad individual del héroe ro-
mántico, que sólo obedece a sus designios interiores,
se hizo extensivo a los conflictos sociales, de modo
que el Romanticismo se asoció a un concepto de liber-
tad tan amplio que era susceptible de interpretarse de
muy diversas formas y justificar infinidad de causas.
Tanto la libertad de los individuos para decidir por sí
mismos la forma de vida que desearan llevar, como las
luchas de liberación nacional de pueblos dominados
por otras naciones o la lucha contra la tiranía y el
autoritarismo, fueron temas profusamente tratados
por los poetas y pintores románticos como Byron,
Delacorix y Goya.
El arte, como la mayor hazaña de los tiempos
modernos, y el artista, como el héroe oscuro de una
época incierta, fueron temas destacados de este
movimiento.El artista romántico se convirtió, él
mismo, en el protagonista del drama que encerraba
la búsqueda de la autenticidad y de la verdad inte-
rior como la gran empresa de la libertad y, a la vez,
como el sacrificio más sublime. El artista aparecía
retratado, personificando una causa más noble que
cualquier otra, apartado del mundo y sus valores,
viviendo una existencia situada más allá de los
convencionalismos sociales.
Los románticos idealizaron al amor, exaltando
“la perfecta unión de cuerpos y almas en un amor
51
Hugh Honour,
El Romanticismo,
Madrid, Alianza Editorial, 1984, p. 221.
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Fuente: Elaboración propia sobre datos de la investigaci
a la vez físico y espiritual”.
52
El sublime sentimien-
to adquiría así una dimensión poética, heroica y
sagrada: era más poderoso que la muerte. En las
obras románticas aparece el corazón querellado
con los convencionalismos sociales, perseguido y,
en el extremo, enfrentado al dilema de preferir la
muerte a la imposibilidad de consumar su pasión. A
contracorriente de la Ilustración, dirá Berlin,
53
el Ro-
manticismo fue un movimiento que buscó el retorno
al misticismo religioso, a lo mistérico, al respeto y
a la admiración hacia las fuerzas de la naturaleza.
Los románticos reaccionaron contra el racionalismo,
contra lo que Adorno y Horkheimer llamaran
razón
instrumental
, revalorando la importancia del mito en
la creación de un
sentido
de la vida.
54
En este contexto, Duch hace un llamado urgente
hacia la consecución de un equilibrio intelectual y
espiritual al proponer que, más allá de concebirlos co-
mo movimientos históricos específicos, se deben
considerar a las ideas y a las fuerzas sociales desper-
tadas por la Ilustración y el Romanticismo como
los
factores constitutivos e irreductibles del ser humano
.
Hay que evitar el riesgo de escoger un solo tipo de
pensamiento: el mítico-religioso o el lógico-profano.
Advierte el barcelonés que ése es el gran peligro que
acecha constantemente al hombre: el reduccionismo,
ya sea el de la imagen o el del concepto. Ambos se
han mostrado, históricamente, igual de aberrantes,
parciales y destructivos. Son los casos del reduc-
cionismo mítico-racial de Hitler y Rosenberg –que
fundamentó las prácticas genocidas del nazismo–
y
del reduccionismo político-racionalista de Lenin
y Stalin –que justificó la construcción de un Estado
totalitario y las ejecuciones en masa que terminaron
con todas las formas de disidencia, resistencia y opo-
sición.
55
Cuando se exacerba uno de los aspectos, se
cae en el totalitarismo; sus dos vertientes extremas
y excluyentes pueden conducir a la humanidad a la
atroz experiencia de los campos de exterminio y el
gulag. Tanto la Ilustración como el Romanticismo
son dos posibilidades que existen en el ser humano
y, cada una por su lado, en sus vertientes más ra-
dicales, ha puesto en peligro a la humanidad. Cada
una puede expresar lo mejor y lo peor de lo que es
capaz el ser humano.
La logomítica de Duch da lugar, en cambio, a la
comprensión de la paradoja humana que oscila entre
lo diurno y lo nocturno; propone la elaboración de un
“proyecto antropológico” que de origen a formas de
vida, basadas en la complementariedad entre lo mítico
y lo lógico, entre el Romanticismo y la Ilustración,
entre el sentimiento y la crítica; en otras palabras, que
dé forma a una “razón transversal”.
56
Su antropología
implica la búsqueda de una armonía entre el esencialis-
mo y el histor icismo al defender el pluralismo: un poli-
glotismo que pueda superar el reduccionismo, pues “el
polifacetismo humano y su consecuente poliglotismo”
fueron “reemplazados por un imper ialista monolingüis-
mo economicista”, incapaz de expresar la pluralidad
de la condición humana.
57
En la manera de abordar
52
Ibid
.
p. 314.
53
Vid
. de Isaiah Berlin,
Contra la corriente: Ensayos sobre historia de las ideas,
México,
FCE
, 1991 y
Árbol que crece torcido
.
Capítulos de historia
de las ideas,
México, Editorial Vuelta, 1992.
54
Max Horkheimer y Theodor Adorno,
Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos
, Madrid, Trotta, 2009, 306 pp. y M. Horkheimer,
Crítica de la razón instrumental
, Madrid, Trotta, 2010, 192 pp. (Colección: Estructuras y Procesos. Filosofía). N. E.
55
Se calcula el genocidio nazi en doce millones de muertes, de las cuales seis millones eran de origen judío. El régimen stalinista detuvo,
entre 1936 y 1938, a 2 500 000 disidentes; de ellos, 1 300 000 fueron condenados y alrededor de 700 000 fusilados. Entre 1921 y 1953 se
ordenaron, en total, 1 400 000 muertes por razones políticas. En una conversación con Churchill, el mismo Stalin refiere que, de acuerdo con
sus cálculos, diez millones de campesinos murieron como consecuencia directa e indirecta de la colectivización forzosa de la agricultura
(1928-1933). Las prácticas sistemáticas de represión incluyeron a decenas de miles de inocentes, ejecutados sólo por constituir “amena-
zas potenciales”; desde la perspectiva de la patología paranoide del dictador georgiano, miles de técnicos y científicos –por la supuesta
“conspiración de los técnicos”– y alrededor de 3000 altos mandos y oficiales del ejército –durante las purgas del Ejército Rojo– fueron sin
miramientos aniquilados.
56
L. Duch en B. Solares Altamirano y M. Lavaniegos,
op. cit
., p. 141.
57
L. Duch, “Estructuras míticas e historia”…
op. cit
., p. 198.
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Año LVII, núm. 216, septiembre-diciembre de 2012, pp. 25-40, ISSN-0185-1918
este asunto, coincide, sustant ivamente, con Merleau-
Ponty cuando éste habla sobre la compleja articulación
y la múltiple determinación de los distintos aspectos
de la realidad social:
La histor ia efec túa un intercambio de todos los órde-
nes de actividad, ninguno de los cuales puede recibir
la dignidad de causa exclusiva, y la cuestión consiste
más bien en saber si esa solidaridad de los problemas
anuncia su resolución simultánea, o si sólo en la
concordancia e intersección hay interrogación.
La verdadera separación que hay que hacer no está
entre el entendimiento y la historia o entre el es-
píritu y la materia, sino entre la historia como dios
desconocido –genio bueno o malo– y la historia como
medio de vida. Es un medio de vida si entre la teoría
y la práctica, entre la cultura y el trabajo del hombre,
entre las épocas, entre las vidas, entre las acciones
deliberadas y el tiempo en que éstas aparecen, hay
una afinidad que no sea fortuita ni fundamentada en
una lógica omnipotente.
58
Más adelante, Merleau-Ponty concluye: “El plu-
ralismo, que parecía prohibir toda interpretación
unificante de la historia, prueba por el contrario la
solidaridad del orden económico, del orden político,
del orden jurídico, del orden moral y religioso, a partir
del momento en que hasta el hecho económico es
tratado como opción de una relación con los hombres
y con el mundo, y ocupa su lugar en la lógica de tales
opciones”.
59
En conclusión, el ser humano es para Lluís Duch i
Álvarez un ser excéntrico, es decir, que puede salirse
de su centro para contemplarse, evaluarse y criti-
carse a sí mismo; para “ser simpático”, estar abierto
al otro y poder retornar a sí mismo, a su centro.
60
De
tal suerte, mantiene en un mismo movimiento la
continuidad y el cambio, lo estructural y lo histórico;
se mueve entre dos polos inestables y coyunturales,
como en una elipse, entre lo mítico y lo lógico,
entre la imagen y el concepto, un movimiento pen-
dular entre la Ilustración y el Romanticismo, entre
la razón y la imaginación. Al escribir sobre Mircea
Eliade, el benedictino aprendió que “el ser humano,
constantemente, en un solo movimiento
permanece
y
cambia
, que lo que permanece en él siempre posee
una cambiante configuración histórica y cultural […]
Se trata de permanencia en el cambio y de cambio
en la permanencia”.
61
Sólo así podría entenderse la
humanidad de lo humano.
58
M. Merleau-Ponty,
La posibilidad de la filosofía. Resúmenes de los cursos del
Collège
de France 1952-1960,
Madrid, Nancea, 1979, p. 134.
59
Ibid.,
p. 138.
60
L. Duch, “Estructuras míticas e historia”…
op. cit
., p. 156.
61
L. Duch en B. Solares Altamirano y M. Lavaniegos,
op. cit
., p. 131.
Perspectivas Teóricas
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