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Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
Universidad Nacional Autónoma de México
Nueva Época, Año LVIII, núm. 217
enero-abril de 2013
pp. 99-114
ISSN-0185-1918
Aproximaciones y reintegros: La democracia tensionada
Approaches and Refunds: A Tensioned Democracy
José Woldenberg
Recibido el 18 de noviembre de 2012
Aceptado el 01 de diciembre de 2012
Licenciado en Sociología y Maestro en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de
México. Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la misma Universidad, (México), desde 1974.
Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática (1989-1994). Consejero Presidente del Consejo
General del mismo Instituto (1996-2003). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Doctorado Honoris
Causa por la Universidad de Guadalajara. Ha publicado numerosas obras, entre las que sobresalen:
La construcción
de la democracia
(2003) e
Historia Mínima de la Transición Democrática en México
(2012). Sus principales líneas de
investigación son: transición democrática, partidos políticos y elecciones en México. Correo electrónico:
josewolk@
prodigy.net.mx
RESUMEN
Partiendo de la consideración del anhelo demo-
crático como aspiración hegemónica, el autor
sostiene que la democracia y su reproducción
están condenadas a vivir en una constante ten-
sión. A partir de una revisión crítica de las ideas
de Pierre Rosanvallon, Colin Crouch, Andreas
Schedler y Klaus Von Beyme, en el trabajo se
analiza detalladamente la particular confi
gu-
ración de esta forma de gobierno y los desafíos
que debe enfrentar, tanto aquellos inherentes
a su concepción, como los derivados de su de-
sarrollo en las sociedades y sistemas políticos
contemporáneos. Así, la democracia es estudiada
desde diferentes perspectivas conceptuales, aun-
que privilegiando aquélla que la entiende como
un arreglo político-institucional que permite la
coexistencia y competencia de/en la diversidad
política. A su vez, tomado como referencia los
diagnósticos del
±²³´ y la
µ¶±·¸, el autor analiza
ABSTRACT
Based on the conception of democratic aspi-
ration as hegemonic, the author argues that
democracy and its reproduction are doomed to
exist in a constant tension.
Anchored on a crit-
ical review of the ideas of Pierre Rosanvallon,
Colin Crouch, Klaus Von Andreas Schedler and
Klaus Von Beyme, the author analyzes the par-
ticular confi
guration of this form of government
and the challenges it must confront, both those
that are inherent to its design and those that are
derived from its development in contemporary
societies and political systems. ¹
us, democracy
is approached from diff
erent conceptual per-
spectives, although favoring the one that views it
as a political-institutional arrangement enabling
coexistence and competition of/within political
diversity. In turn, and taking as referents the
³²´±
and ¶µ¸·µ diagnoses, the author analyzes
the specifi
city of democracy in Latin America,
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L
a idea, la aspiración democrática es hegemónica. Muy pocas corrientes políticas intelectuales
la hacen a un lado o la combaten. Es horizonte, fórmula legitimadora, forma de gobierno.
Y sin embargo, la democracia y su reproducción están condenadas a vivir en una contante
tensión.
Recurro primero a cuatro autores que mucho ayudan a explicar esas tensiones: Pierre
Rosanvallon, Colin Crouch, Andreas Schedler y Klaus Von Beyme.
Rosanvallon y
la Contrademocracia
Poco a poco, como sociedad nos damos cuenta que la democracia no es el paraíso, apenas
una forma de gobierno superior al resto, pero cargada de difi
cultades para su correcta opera-
ción. La tierra prometida que se desprendía de algunos discursos ingenuos o desinformados
no existe, y estamos frente a un arreglo político-institucional que permite la coexistencia y
competencia de la diversidad política (lo cual no es poca cosa), pero en medio de un buen
número de balanzas y equilibrios.
El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (±²³´, 2004) ha puesto el acento en
los fenómenos que lesionan a la democracia en América Latina “desde fuera” (la pobreza
y la desigualdad, el défi
cit del Estado de derecho, la ciudadanía incompleta); o en el
comportamiento de las élites (de los medios de comunicación y de los partidos políticos).
Por su parte, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (µ¶±·¸, 2007) insiste
en que la precaria cohesión social persistente en nuestros países vulnera el sentido de
pertenencia y con ello las posibilidades de reproducción armónica de la democracia. Vale
la pena, sin embargo, pensar en los fenómenos connaturales a la democracia que inciden
en su difícil operación. Se trata de las derivaciones propias de una forma de gobierno que
asume que la soberanía reside en el pueblo y que el poder debe ser distribuido, vigilado y
controlado de múltiples formas.
las especifi
cidades de la democracia en América
Latina, sus debilidades estructurales y la posi-
bilidad de construir un nuevo pacto social para
dar respuesta a la ruptura de la cohesión social
vigente y sus consecuencias excluyentes.
Palabras clave
: contra-democracia, posdemo-
cracia, anti-política, cohesión social, ciudadanía
incompleta.
its structural weaknesses and the possibility of
building a new social pact in order to provide an
answer to the prevailing breakdown of social co-
hesion and exclusion.
Keywords
:
counter-democracy, post-democra-
cy, anti-politics, social cohesion, incomplete
citizenship.
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Acudo a un sugerente libro de Pierre Rosanvallon,
La contrademocracia
(2007), que
intenta comprender de qué manera el arreglo democrático complica –desde dentro– su propio
funcionamiento. Como forma de gobierno, la democracia tiene que lidiar con la desconfi
anza
que se benefi
cia de dos nutrientes: de su origen liberal y de la propia matriz democrática.
La preocupación liberal
: desde sus inicios, la pulsión liberal teme a la acumulación
de poder y por ello, dice Rosanvallon, “el objetivo era proteger al individuo de las
invasiones del poder público”. Se trata de garantizar una esfera en la cual el Estado no
pueda intervenir de tal suerte que las libertades individuales puedan desplegarse (casi) sin
interferencias. “Más democracia significa, bien mecánicamente en este caso, más sospecha
hacia los poderes”. Se teme a la expansión de los segundos, a su fortalecimiento a costa
de las personas, se desconfía del poder y la virtud aparece del lado de los ciudadanos.
Ello está en el código genético de la democracia y sin esas condiciones, esa forma de
gobierno es imposible. No obstante, es una tensión que gravita en todo momento sobre
la propia reproducción democrática. La suspicacia respecto a las autoridades, es una
mácula permanente (Rosanvallon, 2007: 25 y 26).
La preocupación democrática
: el resorte también es la desconfi
anza, pero de un tipo
diferente. “En este caso, el objetivo es velar porque el poder sea fi
el a sus compromisos”,
para lo cual surgen “los poderes de control”, “las formas de obstrucción” y el contrapoder
judicial. Se trata de “la democracia de la desconfi
anza organizada frente a la democracia de
la legitimidad electoral”. De ésta última emanan gobernantes y legisladores legitimados; de
la primera, la vigilancia, los obstáculos y la tutela judicial (
Ibid.
, 2007: 26 y 27).
2.1.
Vigilancia, denuncia, califi
cación
: una vez que los gobernantes son electos, una vez
que la soberanía popular decide entre las diferentes opciones, se teme –y con razón– al mal
funcionamiento de las autoridades. Y se ha encontrado, por lo menos retóricamente, que
el gran antídoto es la vigilancia permanente del pueblo sobre las instituciones. Por esa vía,
“la democracia del control está actualmente en auge”. Se trata de una serie de mecanismos,
rutinas y expedientes que vigilan, denuncian, califi
can e inciden sobre la reputación de
quienes ejercen el poder público. Es una sombra permanente y necesaria que acompaña
el accionar de las instituciones, una fórmula de control (en ocasiones difuso) que modula
y modela su accionar (
Ibid.
, 2007: 30 y ss.).
2.2.
La obstrucción
: por defi
nición, las sociedades democráticas son pluralistas. Y
quienes gobiernan suelen encarnar las aspiraciones de una franja de esa sociedad. De
partida, territorios signifi
cativos de ese magma al que llamamos sociedad, no se identifi
can
con sus respectivos gobiernos. Ese caldo de cultivo es el que hace atractivo el resorte de la
obstrucción. A los proyectos, de manera natural, le siguen los rechazos, y ello está en la base
misma del arreglo democrático. La obstrucción además tiene un halo encantador: “produce
resultados que son realmente tangibles y visibles” y “las coaliciones negativas son más fáciles
de organizar que las mayorías positivas”. Y si abrimos el campo de visión para observar
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no sólo a las emanaciones propias del pluralismo sino a los poderes fácticos, los resortes
obstruccionistas aparecen con más fuerza (
Ibid.
, 2007: 334).
2.3.
La judicialización
: entendida como la capacidad de apelar las decisiones de la soberanía
o los gobiernos a través de la vía judicial, ya comenzamos a experimentarla en México con las
controversias constitucionales y las acciones de inconstitucionalidad, sumadas a los amparos
concebidos como legítimos recursos para dirimir diferencias entre poderes, declarar inválidas
algunas legislaciones y proteger los derechos individuales. Esas fórmulas “armonizan” los
alcances que pueden tener los acuerdos de los representantes y los gobiernos. Se trata de
mecanismos que protegen a los ciudadanos y acotan a las autoridades (
Ibid.
, 2007: 33 y ss.).
Mucho antes que Rosanvallon, John Steinbeck lo había escrito a su manera. Durante un
viaje que realizó a la Unión Soviética en 1947, decía que mientras a los rusos:
se les enseña a creer que su Gobierno es bueno, que cada parte de él es buena (…) el sentimiento
profundo entre los americanos y los británicos es que todo gobierno tiene algo de peligroso, que
debería haber la menor cantidad de gobierno posible, que cualquier aumento en el poder del
Gobierno es malo, y que el gobierno existente debe ser vigilado de manera constante, vigilado
y criticado para mantenerlo a raya y en alerta… Era tal nuestro miedo al poder investido en
un hombre o en un grupo de hombres, que nuestro Gobierno estaba formado por una serie de
controles y equilibrios diseñados para evitar que el poder cayera en manos de una sola persona
(Steinbeck, 2012: 40).
Estamos ante una serie de candados que hacen complejo el funcionamiento de la
democracia a partir de los propios principios que pone en acto el gobierno democrático.
No se trata de elementos ajenos, de apariciones impostadas, sino de fórmulas propias de un
régimen de gobierno que intenta conjugar la soberanía popular y la vigilancia permanente
sobre los gobernantes. Por lo tanto, más vale aprender a vivir en ese laberinto.
Colin Crouch y
la Posdemocracia
y
y
…aunque por supuesto las elecciones existan y puedan cambiar los gobiernos, el debate electoral
público se limita a un espectáculo que está estrechamente controlado y gestionado por equipos
rivales de profesionales expertos en técnicas de persuasión, y que se centra solamente en una
pequeña gama de cuestiones escogidas por estos equipos. La mayor parte de los ciudadanos
desempeña un papel pasivo, inactivo e incluso apático, y responde únicamente a las señales
que se le lanzan. Más allá de este espectáculo del juego electoral, la política se desarrolla entre
bambalinas mediante la interacción entre los gobiernos elegidos y unas élites que, de forma
abrumadora, representan los intereses de las empresas. (Crouch, 2004: 11).
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Aunque el autor apunta que ese modelo es una “exageración” intencionada, es un buen
punto de partida para reflexionar sobre el rumbo que están tomando las democracias
en el mundo. Vayamos por partes, deteniéndonos en cada una de las afirmaciones de
Crouch.
a) Las elecciones siguen siendo una fórmula irremplazable para lograr que la diversidad
de opciones que existen en una sociedad puedan convivir y competir de manera ordenada e
institucional, y para que los ciudadanos puedan escoger entre ellas.
b) Las elecciones sirven para el cambio de gobierno sin derramamientos de sangre –como
lo apuntaba Karl R. Popper– y esa función estratégica se sigue cumpliendo, lo cual no es
poca cosa. Para quienes pensamos que la política es y debe ser la antítesis de la violencia, ese
recordatorio siempre será pertinente.
c) No obstante, “el debate electoral público se limita a un espectáculo”, es decir, pierde
densidad y signifi
cación, se simplifi
ca; y dado que en lo fundamental se reproduce en
medios de comunicación (radio y televisión) que reclaman de formulaciones breves y
contundentes, acaba por desterrar la complejidad para convertirse en un show más,
en un escenario de luces y sonido, sin demasiada sustancia. La política se convierte en
politiquería y ésta a su vez se vuelve un divertimento anodino para las “masas”, un circo
vistoso y superfi
cial.
d) Con ello, una dimensión sustantiva de la democracia, la deliberación pública, la
emergencia de agendas múltiples y la participación de organizaciones de muy distinto tipo,
se estrecha. Los equipos de publicistas tienden a sustituir la intervención de las personas y
las agrupaciones en la discusión, con lo cual el debate no sólo se banaliza, sino que tiende a
homogeneizarse y a perder fuerza. La presencia organizada de la sociedad, sus problemas y
demandas a lo largo del proceso electoral, se adelgaza.
e) En esa circunstancia, la idea de que son los ciudadanos los sujetos de la democracia y
no los objetos del juego político, tiende a diluirse. Se empieza a construir una ruptura entre
el “mundo de la política” y el “mundo de los ciudadanos”. Los ciudadanos le dan la espalda a
la política para recluirse en sus asuntos privados. Sobra decir que por esa vía el desencanto
tiende a instalarse. Tenemos entonces ciudadanos distantes, malhumorados, apáticos, sin
canales de participación, es decir, no ciudadanos.
f) Todo lo anterior no quiere decir que la política pierda importancia, sino que se realiza
en otros circuitos que tienen menos visibilidad, “entre bambalinas”. Porque mientras en el
momento estelar de la participación masiva (las elecciones) las agendas, los programas, los
diagnósticos, pierden importancia; los gobiernos y los congresos mantienen una interacción
intensa con las élites cuya centralidad económica las convierte en actoras privilegiadas en
la toma de decisiones. “Aquellos que detentan el poder económico continúan utilizando sus
medios de inF
uencia, mientras que, por el contrario, los instrumentos de que dispone el
demos
se ven debilitados cada vez más” (
Ibid.
, 2004: 13).
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El propio Crouch considera que esas características de las llamadas democracias añejas
–posdemocracias–, requerirían de múltiples matices, pero resultan útiles para “evaluar en
qué dirección parece moverse esa vida política”.
Y si ello preocupa en las democracias asentadas, no puede dejar de alarmar en las
democracias recientes, frágiles e incipientes. Ahora bien, renegar de la centralidad y los
formatos propios de los grandes medios masivos de comunicación o de la importancia
que adquieren los “equipos de imagen” que pululan alrededor de los candidatos, no puede
llegar muy lejos. Están ahí y se seguirán utilizando. Pero resignarse al vaciamiento de la
política al tiempo que se convierte en una feria de vanidades, tampoco parece ser una
buena receta.
Como quiera que sea, en nuestro caso, los políticos de hoy se encuentran mucho
más acotados que los de ayer por la nueva correlación de fuerzas en la sociedad y en
las instituciones del Estado, y por una ciudadanía más alerta y exigente. No obstante,
siguiendo de nuevo a Crouch, parece prevalecer un activismo “negativo”, más que una
ciudadanía “positiva”:
Por una parte estaría la ciudadanía positiva, en la que grupos y organizaciones desarrollan
conjuntamente unas identidades colectivas, perciben los intereses de estas identidades y formulan
de manera autónoma demandas basadas en ellos que después trasmiten al sistema político. Y
por otra parte estaría el activismo negativo de la culpa y la queja, en el que el objetivo principal
de la controversia política es ver a los políticos llamados a rendir cuentas, sus cabezas puestas
en la picota y su integridad tanto pública como privada sujeta a una rigurosa vigilancia. (
Ibid
.,
2004: 26).
Por supuesto, ambas caras de la moneda son relevantes, pero mientras la primera permite
a los ciudadanos participar e inF
uir en la comunidad política con propuestas e iniciativas
haciendo que sus intereses sean vistos y atendidos; en la segunda, los individuos y las
organizaciones acotan al Estado, le ponen límites y reclaman explicaciones, llevando a cabo
una función de control más que una acción propositiva. Se trata de dos ejercicios necesarios
que modelan las nuevas relaciones entre el Estado y la ciudadanía, pero mientras la segunda
no deja de concebir la política como un asunto de élites –a las que hay que, por supuesto,
vigilar, controlar, demandar– , en la primera es la ciudadanía “la que representa la energía
creativa de la democracia” (
Ibid.
, 2004: 27).
De tal suerte que si deseamos trascender a la política como espectáculo, parece necesaria
la construcción de una ciudadanía capaz de hacer suya la agenda de la política, de romper
el círculo vicioso de una política que expulsa al ciudadano y del ciudadano que le vuelve la
cara a la cosa pública.
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Schedler: la retórica antipolítica
Imaginemos a un botánico que declarara que “no hay diferencias sustanciales entre las
plantas”. Y que al desarrollar su argumento subrayara “porque todas tienen raíz, tallo,
hojas, fruto y clorofi
la”. Se trataría de un típico caso en el cual el analista es capaz de
distinguir lo que hace similares a un conjunto de individuos, pero es incapaz de apreciar
sus diferencias.
Ahora bien, no son pocos los analistas que todos los días nos dicen algo similar sobre
los partidos políticos: “a partir del comportamiento de todos los partidos en los últimos
años, se puede concluir que no hay diferencia sustancial entre ellos” (Crespo, 2009).
José Antonio Crespo es un analista serio, formado, las más de las veces agudo. ¿De verdad
es así o, cómo en el caso del botánico, este tipo de aseveraciones en realidad nos habla de la
incapacidad para apreciar las diferencias signifi
cativas? Porque, en efecto, uno podría hacer
una larga lista de los rasgos comunes que tienen todos los partidos, pero no detenerse en sus
diferencias resulta impropio. La idea de Crespo, expuesta en un artículo llamando a la abstención
activa, me interesa no tanto porque es desacertada, sino porque expresa una sensación muy
extendida que es alimentada de manera rutinaria por no pocos medios y comentaristas e
incluso por grupos políticos y asociaciones. Es una pulsión que se expande y que en no pocas
latitudes ha sido explotada por políticos antipolíticos. Y no es una contradicción. Se trata de
un discurso que rebasa fronteras, que explota el malestar con la política y que puede resultar
disruptivo para la reproducción de la democracia.
Recurro a un texto de Andreas Schedler que ha expuesto estas reF
exiones de manera
nítida. El autor detecta que a partir de los años 90 empezaron a invadir el escenario lo que
él denomina los “partidos antiestablishment político” cuyo discurso central es el de acusar
a los partidos establecidos de formar un “cártel excluyente” y “describen gráfi
camente a los
funcionarios públicos como una clase homogénea de villanos perezosos, incompetentes…”
(Schedler, 2008: 123-152).
La operación “analítica” (si así se le puede llamar) no suele ser demasiado sofisticada.
Más bien resulta elemental y Schedler reconstruye sus principales elementos:
Trazan un espacio triangular simbólico mediante la construcción (simultánea) de tres
actores y de las relaciones entre ellos: la clase política, el pueblo y ellos mismos. El primero
representa el villano malvado, el segundo a la víctima inocente y el tercero al héroe redentor.
(
Ibid.
, 2008: 125).
Desde todos los rincones escuchamos las alabanzas al pueblo, a la sociedad, a los trabajadores
como encarnaciones de todo lo virtuoso, mientras que los políticos, los partidos, los órganos
representativos, son la manifestación del Mal.
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Los partidos antiestablishment político (y no sólo ellos) describen un conf
icto en específi
co
como la división Fundamental de la sociedad: el conf
icto entre los gobernados y los gobernantes
o, alternativamente, el conf
icto entre público y política, electores y partidos, ciudadanos y
políticos, sociedad y Estado, electorado y elegidos, mayoría (silenciosa) y élite… sociedad civil
y partidocracia. (…) El atuendo semántico puede variar, pero el mensaje básico sigue siendo el
mismo: los Funcionarios públicos Forman una coalición antipopular; han degenerado en una
clase política (
Ibid
., 2008: 127).
Para que esa operación política e ideológica pueda abrirse paso se requiere, en primer
lugar, homogenizar a los políticos, verlos como un bloque indiFerenciable, como una “clase”.
Si invariablemente en la política democrática aparecen un o unos partidos en el gobierno
y otro u otros en la oposición, el discurso antipolítico afi
rma que esa distinción no resulta
signifi
cativa, que son lo mismo. Si en el espectro ideológico se reproducen izquierdas y
derechas, desde la visión reduccionista tampoco resultan Fundamentales, por el contrario
son sólo imposturas que no dejan ver que todos son “la misma gata, pero revolcada”. En una
palabra, para que la pulsión antipolítica pueda avanzar se requiere primero convertir a las
diversas opciones en un conglomerado indiFerenciado y luego atribuir a ese monolito todos
los males que aquejan a la venturosa y límpida sociedad.
Se trata además de un marco interpretativo que puede ser alimentado con Facilidad.
Cada escándalo de corrupción, cada estadística de desempleo, (…) cada devaluación de la
moneda, cada catástroFe natural, cada
aff
aire
sexual de un ministro… todos esos incidentes
aislados se interpretan invariablemente como síntomas contundentes, como pruebas convincentes
del Fracaso generalizado de los partidos (
Ibid.
, 2008: 127).
Y es que en eFecto, una vez que se construye el fi
ltro antipolítico para acercarse a la “cosa
pública”, nunca Faltarán episodios para alimentarlo. El problema mayor reside no sólo en que
ese código impide desciFrar lo que realmente sucede en la esFera de la política, sino que sigue
alimentando el desprecio hacia ella.
Klaus Von Beyme: El Estado de partidos
Quizá valga la pena plantear el problema desde otra dimensión y preguntarnos: ¿Por qué
los políticos de todos los partidos se parecen tanto? Aunque, tal vez, sería más exacto
preguntar: ¿Por qué a mucha gente le parece que los políticos de todos los partidos son
similares? Es decir, estamos hablando de una percepción extendida –que aunque no se
corresponda con la “realidad”– Forma parte ya de esa misma realidad. Porque cuando
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mucha gente cree algo, ese “algo” se convierte en una realidad… aunque sea en el ima-
ginario público.
Sin pretensiones de ser exhaustivo, adelanto algunas respuestas, auxiliado por Klaus Von
Beyme (1995):
1.
La pérdida de centralidad de las ideologías como ordenadoras de la actividad política
. Si
bien las ideologías –izquierdas y derechas y sus diversas plataformas–, se encuentran vivas
y son detectables, han sufrido un fuerte reblandecimiento y sus signos de identidad tienden
a diluirse. Si en el pasado las ideologías cobijaban a los partidos e inF
uían incluso en el
“modo de ser” de los militantes, hoy son referentes lejanos que gravitan escasamente en las
defi
niciones del día a día.
2.
La necesidad de los políticos democráticos de lograr adhesiones más allá de sus propios
partidos y de los ciudadanos interesados en la actividad política
. Dado que la única forma
legítima de arribar a los cargos de gobierno y legislativos es a través del sufragio y dado que la
mayoría de la población tiene una débil (o nula) liga con la actividad política, los políticos de
todas las orientaciones buscan conectar con el “elector medio”, simplifi
cando y homogenizando
sus discursos. Los llamados “
catch all parties
” (o partidos atrapa todo), han reemplazado a
los viejos partidos de “clase” o ideológicos, por la supuesta necesidad que impone la propia
competencia democrática.
3.
El tratamiento que los grandes medios de difusión dan a la actividad política
. Paradó-
jicamente, la apertura de los medios y la recreación de la diversidad realmente existente
en ellos (que sin duda es una de las buenas nuevas), tienden a igualar a los contendientes.
Cuando los políticos de los distintos partidos aparecen en sus mítines, sus asambleas, sus
entrevistas en la radio y la televisión, generan la imagen que es más lo que los une que lo
que los distingue. Su lenguaje, sus fórmulas, sus maneras los asemejan más de lo que ellos
mismos aparentemente quisieran.
4.
El mundo de la política, por necesidad, tiende a escindirse del resto de las actividades
. En
muchos casos, la división del trabajo –imprescindible en toda sociedad– hace que el circuito
donde se procesa la política se vuelva autorreferencial. Los políticos se encuentran en los
congresos, los ayuntamientos, las comisiones, los foros de discusión, los restaurantes y allí
generan un ámbito de debate y negociación propios, construyendo códigos de entendimiento
y fórmulas de lenguaje especializados. Así, a los ojos de muchos, aparecen los políticos por
un lado y el resto de la humanidad por el otro.
5.
La profesionalización de la política.
La especialización en materia política y la
escisión que se produce entre representados y representantes hace que quienes se dedican
a la política sean profesionales de la misma. La añeja idea de políticos circunstanciales
que, luego de cumplida su encomienda vuelven a su oficio o profesión, resulta cada vez
más excéntrica. De este modo, los políticos tienden a conformar “una clase” o un grupo
diferenciado del resto.
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6.
El impacto de la publicidad en la política
. A estas alturas, para cualquier político resulta
imprescindible “conectar” con los electores a través de los grandes medios de comunicación.
Y como el espacio y el tiempo de que disponen son precarios, se montan en la sabiduría
(real o inventada) de la mercadotecnia. Por esa vía desfi
lan candidatos de todos los colores y
sabores, pero igualados por las artes de los publicistas. El conjunto no sólo resulta deplorable
sino difícilmente discernible. Como los niños de las escuelas, cuando aparecen uniformados,
sólo son reconocidos por sus propios familiares.
7.
La infl
uencia en la política de los códigos del espectáculo
. La carrera por sobresalir iguala
las herramientas de las que echan mano los políticos de todas las tendencias: la declaración
estridente, el chascarrillo descalifi
cador, la ocurrencia memorable, el gesto indignado, el grito
en la tribuna, no son patrimonio exclusivo de alguna formación política; por el contrario, son
los instrumentos a los que todas ellas recurren, y al fi
nal, todas parecen similares y conexas.
8.
Los escándalos y las corruptelas no son patrimonio exclusivo de un partido
. La supuesta
o real “superioridad moral” con la que algunas corrientes aparecían en el escenario, tiende a
difuminarse entre
osos y sainetes
, tráfi
cos de inF
uencias y enriquecimientos inexplicables en
las más diversas “trincheras”. No es cierto, por supuesto, que todos los políticos sean corruptos,
pero sí que en todos los partidos han sido documentados actos de corrupción; con lo que esa
noción también tiende a ser asignada sin distinción de siglas y logotipos.
9.
Todos tienen límites (estructurales, legales, fi
nancieros, etc.) que los convierten en
políticos normales
. Los condicionamientos de diverso tipo dentro de los cuales se realiza
la actividad política, hacen muy difícil la aparición de fi
guras todopoderosas capaces de
transformar “las cosas” como por arte de magia. Así, la política democrática al no producir
súper hombres, también tiende a homogenizar a los políticos.
No obstante, es necesario reiterar que no hay democracia sin políticos y que quienes
buscan exorcizarlos suelen ser peores políticos que los que se asumen como tales.
Ahora bien, lo hasta aquí enumerado parece común a todos los sistemas democráticos.
Intentemos un vistazo a algunas de las peculiaridades de lo que sucede en América Latina.
La difícil sustentabilidad democrática
Luego de la venturosa ola democratizadora que en América Latina logró desmontar regímenes
autoritarios y dictatoriales y reinstalar o construir sistemas democráticos, se escuchan –y con
razón– voces de alerta que se preguntan sobre la “sustentabilidad” de nuestras germinales
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o frágiles democracias. El Informe del pNuD
(2004) llamaba la atención sobre las realidades
qUe tienden a erosionar el aPrecio Por la democracia –la Pobreza y la desigUaldad, el défi
cit
del Estado de derecho, la insUfi
ciente ciUdadanía, el comPortamiento de Partidos y medios
de comUnicación– intentando revertirlas Para evitar qUe lo qUe costó tantos esfUerzos no se
degrade ni debilite.
Cohesión social
Hace Unos años, la C±pAL (2007) hizo Un ejercicio ambicioso sobre Un Problema fUnda-
mental qUe incide ya no sólo en la reProdUcción de la democracia sino en el conjUnto de
la convivencia: la “cohesión social”. Se trata de Una reF
exión qUe abre el camPo de visión
y escrUta más allá de la Política –en sU sentido estrecho– en los nUtrientes del desencanto
con la democracia.
²a cohesión social alUde a Un sentido de Pertenencia, “es Parte de la solidaridad social
necesaria Para qUe los miembros de la sociedad sigan vincUlados a ella con Una fUerza
análoga a la de la solidaridad mecánica Premoderna” (C±pAL, 2007: 17). Se trata de los lazos
qUe crean obligaciones en los individUos y qUe los hacen sentirse inclUidos en Un Proyecto
común. El emPleo, la edUcación, la titUlaridad de derechos, las Políticas de fomento a la
eqUidad, el bienestar, la Protección social, son mecanismos qUe, cUando fUncionan, fomentan
la cohesión social. Y de sU efi
cacia dePenden las valoraciones y los comPortamientos de los
individUos qUe Podrán asUmir Un sentido de Pertenencia, Una evalUación Positiva de las
institUciones, Una acePtación de las normas qUe regUlan la convivencia o Por el contrario,
sentir Una desvincUlación con ellas.
²a C±pAL alerta qUe existen condiciones qUe Ponen en jaqUe o difi
cUltan la Pretendida
cohesión social:
1.
Bajos niveles de crecimiento económico e inequidad
. En tanto qUe la región ha crecido
de manera insUfi
ciente, se han generado mUy bajos niveles de creación de emPleo formal,
“lo qUe (a sU vez) redUce el mecanismo Privilegiado de integración social y sUPeración de la
Pobreza”. Todo ello taPona la movilidad social y franjas enormes de ciUdadanos no PUeden
aProPiarse de sUs derechos. ³or si ello fUera Poco, a la falta de crecimiento debe sUmarse la
ineqUidad en la distribUción del ingreso, lo qUe conjUgado tiene Un “efecto negativo en la
cohesión social”. ´e este modo, la “PercePción de injUsticia social, jUnto con la frUstración
de las exPectativas de movilidad social y acceso a los recUrsos y al consUmo, deterioran la
confi
anza sistémica, merman la legitimidad de la democracia y exacerban los conF
ictos”
(
Ibid.
, 2007: 20-21).
2.
Trabajo e informalidad
. µl no generarse emPleo formal sUfi
ciente, crece el desemPleo,
la informalidad y las distintas formas de Precarización. Recordemos, como si hiciera falta,
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que el trabajo formal en la vida moderna es el “eje de la integración social”, y que sin él los
resortes de la cohesión social se ven enmohecidos.
3.
Activos materiales y simbólicos
. Mientras se multiplica el acceso a la escuela y a las redes
de comunicación –lo que supone la apropiación de conocimiento– “imágenes… estimulación
de aspiraciones”, el acceso a los bienes materiales se vuelve más difícil, generando una brecha
entre ellos y los bienes simbólicos.
Hay más educación pero menos empleo; hay más expectativas de autonomía pero menos
opciones productivas para materializarla; hay un mayor acceso a la información, pero un
menor acceso al poder o a instancias decisorias; hay una mayor difusión de los derechos
civiles y políticos y de la democracia como régimen de gobierno, que no se traduce en una
mayor titularidad efectiva de derechos económicos y sociales. (
Ibid.
, 2007:22).
4.
La negación del otro
. Se trata de un fardo monumental: “la negación de plenos derechos
a grupos marcados por la diferencia racial, étnica, cultural” (
Ibid.
, 2007:22). América
Latina es una región pluriétnica y pluricultural en donde persisten muy distintas formas de
discriminación y exclusión. Sobra decir que esos rasgos de nuestra “convivencia” también
erosionan los vínculos sociales y desvirtúan el sentido de pertenencia.
5.
Individualismo
. “Los cambios culturales fomentan un mayor individualismo, pero no es
claro cómo recrean los vínculos sociales” (
Ibid.
, 2007:23). Existe una especie de ensimismamiento
que debilita el “pegamento” que funda la noción de un “nosotros”.
6.
Complejidad y fragmentación de los actores sociales
. A los viejos agrupamientos
sociales (sindicatos, organizaciones empresariales, etc.) hay que sumarle ahora un rosario
de organizaciones emergentes (mujeres, ecologistas, derechos humanos, etc.). Ello que es un
signo de vitalidad social y de ansia participativa, es también un resorte de la fragmentación
que difi
culta la construcción de proyectos comunes. Se forma así una especie de archipiélago
con escasos puentes de comunicación.
7.
Deterioro del orden simbólico
. La corrupción pública y privada, la falta de transparencia
en las decisiones, la fuerza de los poderes fácticos y el acceso discriminatorio a la justicia
que, entre otros tantos factores, inundan el espacio de la opinión pública, “corroen el orden
simbólico, vale decir, la clara adhesión ciudadana a un marco normativo de reciprocidad y
respeto a la legalidad” (
Ibid.
, 2007:24).
8.
La brecha entre el
de jure
y el
de facto. “La igualdad es una norma jurídica”, una
aspiración, un valor, una guía, pero no es un hecho, una realidad. Así, tenemos que entre
igualdad jurídica y desigualdad social, entre la primera y el acceso diferenciado a la justicia,
“entre titularidad formal de derechos y la inefi
cacia del sistema judicial”, se genera tal cúmulo
de tensiones que acaban socavando la confi
anza en el sistema de justicia y, por supuesto, la
cohesión social. (
Ibid.
, 2007:24)
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En suma, la cohesión social y el sentido de pertenencia no se decretan, se construyen
.
Las
democracias en América Latina tienen el reto de remontar el défi
cit de cohesión social que
persiste en nuestras sociedades excluyentes y discriminadoras.
Hacia un pacto social
Dada la defi
ciente cohesión social que marca a las sociedades de América Latina, la democracia
tiende a ser débil y aparentemente improductiva por la existencia de un défi
cit de ciudadanía
y un malestar sordo en relación a la misma. La persistencia de un “nosotros” frágil, endeble,
no sólo construye un inconsistente sentido de pertenencia, sino una valoración negativa de
la vida pública, de las instituciones políticas y del sistema democrático. La sociedad se frag-
menta, se escinde, y las fi
delidades son grupales y enfrentadas.
El análisis de la C±P²³ en materia de desigualdad, pobreza, vulnerabilidad y cohesión
social, resulta notable. Si bien América Latina logró en las últimas décadas mejorar las
condiciones de vida de franjas muy amplias de la población, lo que se expresa en la reducción
del analfabetismo, el incremento de la esperanza de vida, la baja en las tasas de mortalidad
infantil, en el mayor acceso al agua potable o a la educación (y se podrían explotar otros
indicadores), la otra cara de la moneda no es para nada venturosa: crecimiento económico
lento, pobreza masiva y persistente (lo que signifi
ca no sólo bajos ingresos, sino toda una
cadena que retroalimenta un círculo perverso: precaria educación, desnutrición, fenómenos
de maternidad adolescente, deserción escolar, ingresos bajos o informalidad, desprotección
social, etc.), y una desigualdad oceánica (somos el ´ontinente más desigual aunque no seamos
el más pobre) que en México alcanza dimensiones alarmantes: el 1 % más rico de la población
concentra el 12.5 % del ingreso, mientras el 40 % más pobre solo alcanza el 11.1% del mismo.
Esas realidades, que no pueden ni deben esconderse, escinden a la sociedad y hacen que
millones de personas no puedan hacer realidad el ejercicio de sus derechos. Se trata de la
creación de ciudadanos incompletos, si asumimos que la ciudadanía implica la apropiación
plena de derechos civiles, políticos y sociales.
La pobreza extrema inhibe y/o difi
culta el ejercicio de los derechos civiles (el ser tratado en
términos de igualdad, por el ministerio público o el policía de la esquina), de los derechos políticos
(la precariedad en la que transcurre la vida de millones de personas difi
culta la construcción
de su autonomía y las convierte en vulnerables ante el intercambio desigual entre políticos y
“ciudadanos”), y también de los derechos sociales.
Esa desigualdad que se combina con fenómenos de discriminación y exclusión, genera
percepciones negativas en relación al mundo formalizado, institucional y hacia la propia
democracia, que deja de ser percibida como aquello que es –una forma de gobierno– y se
convierte en una fórmula incapaz de resolver “los problemas que preocupan a la gente”. Según
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la cepAL, En El año 2006, El 55% dE los latinoamEriCanos afi
rmaban quE vivían PEor quE sus
PadrEs, Por lo quE no dEbEría sorPrEndErnos la PErCEPCión nEgativa mayoritaria quE ExistE
En torno a los PodErEs PúbliCos, los instrumEntos dE la dEmoCraCia (Partidos, CongrEsos,
PolítiCos) y la imPartiCión dE justiCia a lo quE sE suma la ExPEriEnCia dE sEgrEgaCión dE una
“Comunidad” quE disCrimina y ExCluyE.
ValE la PEna rECordar algunos rEsultados dE las EnCuEstas En Esta matEria. Sólo El 35%
dE los EnCuEstados dijo Estar dE aCuErdo Con la siguiEntE afi
rmaCión: “El sistEma judiCial
Castiga a los CulPablEs sin imPortar quiénEs son”. Sólo El 24% CrEE quE todos somos igualEs
antE la lEy. Sólo El 22% PiEnsa quE las otras PErsonas CumPlEn Con la lEy. Y En rElaCión a la
Confi
anza, los PorCEntajEs hablan Por sí mismos. Sólo El 20 % Confía En los Partidos, El 26 %
En El ±ongrEso, El 33% En El ²odEr JudiCial, El 37 % En la PoliCía, miEntras En la tElEvisión
Confía El 54 %. SE trata dE Cifras agrEgadas Para 17 PaísEs dE ³mériCa ´atina quE ilustran la
Profunda inCrEdulidad En la llamada “EsfEra dE la PolítiCa”. Y Para mayor informaCión: EntrE
1996-1997 y 2004-2005, la satisfaCCión Con la dEmoCraCia Cayó 10 Puntos PorCEntualEs, dEl
62% al 52% (
Ibid.
, 2007: 69-ss).
µl EsCEPtiCismo En los Partidos, los CongrEsos, El ²odEr JudiCial y la distanCia quE sE
ExPErimEnta En rElaCión Con la dEmoCraCia (quE Por fortuna no tiEnE EnfrEntE una oPCión
quE susCitE más amPlias adhEsionEs), muCho tiEnE quE vEr Con la fragmEntaCión soCial, Con
El malEstar quE gEnEra la dEsigualdad, Con la obstruCCión dE los CanalEs quE haCEn PosiblE la
movilidad soCial y fomEntan la intEgraCión.
Todo ParECE indiCar quE El fortalECimiEnto dE la dEmoCraCia Pasa Por la gEnEraCión dE
Ciudadanía y quE ésta última no EmErgE Por dECrEto sino quE rEClama oPEraCionEs ComPlEjas
Para haCErla viablE. µntonCEs, El horizontE dEbEría sEr El dE un ProyECto ConsCiEntE Para
fomEntar la CohEsión soCial, gEnErar El EjErCiCio dE una Ciudadanía PlEna y Por Esa vía,
fortalECEr nuEstros sistEmas dEmoCrátiCos.
Y Es dEsdE Esa PErsPECtiva quE la ProPuEsta dE la cepAL tiEnE una EnormE PErtinEnCia.
SE trata dE Construir un “Contrato dE CohEsión soCial (…) quE PErmita sEllar El aCuErdo y El
ComPromiso PolítiCo En torno a EsE objEtivo y disPonEr dE los rECursos EConómiCos, PolítiCos
E instituCionalEs quE lo hagan viablE” (
Ibid.
, 2007:11).
´a idEa dE “Contrato”, aunquE mEtafóriCa, rEsulta EloCuEntE Para subrayar la nECEsidad dE
PartiCiPaCión dE una sEriE dE aCtorEs quE a través dE la nEgoCiaCión y El aCuErdo PuEdEn forjar
ComPromisos Para aCEitar los mECanismos dE intEgraCión soCial y haCEr frEntE a las tEndEnCias
disruPtivas. SE trataría dE PaCtar una ruta gradual PEro ProgrEsiva y ExigiblE dE aProPiaCión
dE dErEChos (y Por suPuEsto dE obligaCionEs), quE ComPromEtEría al µstado y a la soCiEdad,
y Para lo Cual sE rEquiErE un fi
nanCiamiEnto rEnovado y EfECtivo “Para garantizar un umbral
dE ProtECCión soCial a todos los miEmbros dE la soCiEdad” (
Ibid.
, 2007:159).
µsto último sE EsCribE fáCil, PEro…
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