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EL
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Universidad Nacional Autónoma de México
Nueva Época, Año LVIII, núm. 218
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pp. 19-52
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Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Chicago. Profesor-investigador del Centro de Investigación y
Docencia Económicas, ±²³´, (México). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 2. Ha sido investigador
visitante en la
École des Hautes Études en Sciences Sociales
. Autor de
La espada y la pluma: libertad y liberalismo en
México 1821-2005 
(2011) y de
El fin de la raza cósmica: consideraciones sobre el esplendor y decadencia del liberalismo
en México
(2001) entre más de una docena de libros, capítulos y artículos académicos. Sus líneas de investigación
son: multiculturalismo, liberalismo, procesos electorales y comportamiento de los votantes, republicanismo. Correo
electrónico: joseantonio.aguilar@cide.edu
Después del consenso: el liberalismo en México (1990-2012)
Afer Consensus: Liberalism in Mexico (1990-2012)
José Antonio Aguilar Rivera
Recibido el 17 de marzo de 2013
Aceptado el 30 de marzo de 2013
RESUMEN
El artículo analiza el resurgimiento del libera-
lismo en México entre 1990 y 2012. Explica las
razones que llevaron a numerosos intelectuales
públicos a definirse como liberales o a adoptar las
banderas del liberalismo, tales como la defensa
de los derechos individuales frente a los recla-
mos del multiculturalismo, la profundización
de las reformas estructurales en la economía, la
defensa del constitucionalismo, la liberalización
de sectores críticos como el petróleo, la liber-
tad de expresión plena, incluyendo la libertad
de manifestar las opiniones políticas durante las
campañas electorales. A su vez, estudia los efec-
tos ideológicos de la transición a la democracia
en el renacimiento del liberalismo mexicano.
Palabras clave:
liberalismo; populismo; indige-
nismo; modernización; consenso ideológico.
ABSTRACT
Tis article explores the renewal of liberalism in
Mexico over the last two decades. It argues that
aFer the long period of one-party hegemonic
rule, intellectuals have embraced many of libera-
lism’s tenets in public debates, such as economic
and institutional reform, the defense of indi-
vidual rights and freedom of expression, etc. It
argues that the end of authoritarian rule made
this renewal possible and attempts to account for
key factors that unite intellectuals from very di-
fferent ideological backgrounds.
Keywords:
liberalism; populism; indigenism;
modernization; ideological consensus.
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“En este momento los peligros de la desunión súbitamente se hicieron evidentes para
todos. La gente hizo un esfuerzo supremo para coincidir. En lugar de fijarse en lo que
les distinguía trataron de concentrarse en lo que tenían en común: destruir el poder
arbitrario, recuperar para la Nación la posesión de sí misma, asegurar los derechos de
cada ciudadano, hacer a la prensa libre, a la libertad individual inviolable, suavizar las
leyes, fortalecer a los tribunales, garantizar la tolerancia religiosa, destruir los obstáculos
al comercio y la industria, esto es lo que querían”.
Alexis de Tocqueville,
El Antiguo Régimen y la Revolución
N
ada más difícil que trazar el contorno de aquello que tenemos próximo. Sin la necesaria
distancia carecemos de perspectiva. Eso es particularmente cierto para la historia
contemporánea. A veces los cambios suceden ante nuestros ojos, pero no percibimos su
importancia, ni el grado en que modifican el paisaje a largo plazo. Escribir sobre el pasado
inmediato, sobre un mundo que aún construimos, es una aventura temeraria que rara vez
termina bien. Es andar por un campo de arenas movedizas. Este es un apunte audaz, una
bitácora al vuelo de una travesía en curso.
Durante años se volvió un lugar común la idea de que en México sólo había un puñado de
liberales. Los liberales eran pensadores excéntricos. Y, además, impresentables en sociedad.
Así se conformó la certeza de la soledad. Hace un lustro, Enrique Krauze se lamentaba: “la
alternativa liberal no está representada en los partidos políticos de México y es minoritaria
en los sectores intelectuales” (Krauze, 2007).
Sin embargo, en los últimos cuatro lustros ocurrió una transformación ideológica de
manera silenciosa. Por doquier intelectuales y algunos políticos se declaraban liberales y
proponían ideas liberales en abierto desafío a la corrección política. En las últimas dos
décadas, el liberalismo se reinventó. Este no es un movimiento dirigido ni acaudillado por
un grupo en particular, es el resultado de diversos procesos que propiciaron conFuencias,
revisiones y rupturas ideológicas. Mientras que al iniciar la segunda década del siglo XXI en
muchos países de América Latina el liberalismo se encuentra en plena retirada, en México
se vive el tercer momento liberal de su historia. El liberalismo se ha mostrado como un
camino posible, una oportunidad de futuro, en los tres cambios de régimen ocurridos en
su historia moderna. Primero, cuando se independizó de España a principios del siglo XIX,
después, a comienzos del siglo XX, con la revolución maderista que se extendió hasta 1917 y,
finalmente, en la última etapa del régimen autoritario posrevolucionario, cuyo punto crítico
fue la alternancia en la presidencia en el año 2000 aunque empezó a gestarse de manera
acelerada desde mediados de los años noventa del siglo pasado. Al igual que los primeros
liberales mexicanos, los actuales miran, en su gran mayoría, hacia el futuro: son pioneros
de un mundo nuevo.
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Los nuevos liberales
Desaparecido el comunismo, el liberalismo en el mundo se ha desdibujado. ¿Qué es el libe-
ralismo? La pregunta es particularmente importante en un país donde esta corriente de pen-
samiento fue expropiada por la historia patria y confiscada por el régimen posrevolucionario
(Aguilar Rivera, 2000). Aquí adopto la definición de Stephen Holmes:
El liberalismo es una teoría política y un programa que Forecieron desde la mitad del siglo
XVII hasta la mitad del siglo XIX. Tuvo, por supuesto, importantes antecedentes y todavía
es una tradición viva hoy. Entre los teóricos clásicos liberales deben contarse a Locke,
Montesquieu, Adam Smith, Kant, Madison y John S. Mill. Las instituciones y prácticas
liberales se desarrollaron primero en los siglos XVII y XVIII en los Países Bajos, Inglaterra
y Escocia, los Estados Unidos y (con menos éxito) en ±rancia. Los principios liberales fueron
articulados no sólo en textos teóricos sino también en la Ley del
habeas corpus
inglesa, la
Declaración de Derechos y la Ley de Tolerancia (1679, 1688-89), las primeras diez enmiendas
a la constitución de los Estados Unidos y la Declaración de los Derechos del Hombre y
el Ciudadano (ambas de 1789). Las prácticas centrales de un orden político liberal son
la tolerancia religiosa, la libertad de discusión, las restricciones al comportamiento de la
policía, las elecciones libres, el gobierno constitucional basado en la división de poderes, el
escrutinio de los presupuestos públicos para evitar la corrupción y una política económica
comprometida con el crecimiento sostenido basado en la propiedad privada y la libertad de
contratar. Las cuatro normas o valores centrales del liberalismo son la
libertad personal
(el
monopolio de la violencia legítima por agentes del Estado que a su vez son vigilados por ley),
imparcialidad
(un mismo sistema legal aplicado a todos por igual),
libertad individual
(una
amplia esfera de libertad de la supervisión colectiva o gubernamental, incluida la libertad
de conciencia, el derecho a ser diferente, el derecho a perseguir ideales que nuestros vecinos
consideren equivocados, la libertad para viajar y emigrar, etc.), y
democracia
(el derecho a
participar en la elaboración de las leyes por medio de elecciones y discusión pública a través
de una prensa libre) (Holmes, 1993: 3-4).
Desde un punto de vista liberal, los valores políticos más altos son la seguridad
psicológica y la independencia personal de todas las personas, la imparcialidad legal en el
marco de un mismo sistema de leyes aplicadas a todos, la diversidad humana auspiciada
por la libertad y el autogobierno colectivo a través de gobiernos electos (Holmes, 1995:
14-15).
Hay matices, claramente. En lo que hace a la economía, sólo los libertarios son
partidarios de las tesis libérrimas. Sin embargo,
todos
los liberales muestran un apoyo
básico a una economía de mercado, aunque algunos prefieren un mayor papel del Estado
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en la procuración de ciertos bienes públicos.
1
La visión de la economía de algunos se
acerca a la socialdemocracia.
Es notable, sin embargo, que sólo unos pocos se consideraran liberales antes de 1990.
El nuevo liberalismo mexicano es un sitio de confuencias. Un destino compartido para
intelectuales que provienen de lugares distintos. Hay en ellos algunos rasgos comunes. En
primer lugar, este liberalismo no recurre explícitamente a la historia. Sabe del liberalismo
mexicano histórico, pero en general no se asume como su continuador. Sus reclamos no se
visten con la autoridad de un pasado venerable. Con excepciones,
2
no apela de manera explícita
a la tradición. Esto es muy notable, pues las dos corrientes de pensamiento que recuperaron
el liberalismo en el período posrevolucionario –la crítica de Daniel Cosío Villegas y la tesis
de la continuidad del liberalismo mexicano de Jesús Reyes Heroles– ponían en el centro a
la historia.
3
A diFerencia de Cosío Villegas y Reyes Heroles, el nuevo liberalismo no siente la
necesidad de buscar sustento crítico en la historia. Tampoco está lastrado por ella. En particular,
ha logrado emanciparse de ese otro mito que era central e inescapable: la Revolución.
En segundo lugar, los nuevos liberales comparten otros rasgos. Los une, sobre todo, una
aversión al populismo, tanto en su vertiente nacional como global. Son partidarios de la
moderación en el estilo político. En términos positivos comparten una visión institucional
de la política. En tercer lugar, muestran una animadversión al nacionalismo revolucionario,
tanto en su contenido ideológico como en su legado político, económico e institucional.
Me parece que hay algo así como una “cultura política” del liberalismo: un conjunto de
prejuicios, ideas, aversiones, certezas, Fobias y pulsiones. Muchos de ellos tienen una
disposición singular.
4
Creen en el poder de las ideas, de la persuasión democrática, en la
existencia de una esFera separada del Estado en la que ocurre el intercambio intelectual y
se lucha por convencer.
La aversión al populismo es tal vez el Factor crítico. La coincidencia en la oposición no es
un rasgo anómalo en el liberalismo. En otros lugares, los liberales se han unido en el combate
a la intolerancia religiosa, por ejemplo. ¿Por qué los liberales, incluso los de izquierda, son
críticos del populismo? ¿Qué es el populismo? Como señala Paulina Ochoa:
La ideología populista adopta una distinción maniquea entre el pueblo y las élites y apela
directamente a la ‘voluntad general’ del pueblo para legitimar sus pretensiones rehusándose a
1
El apoyo a la economía de mercado incluye una actitud de aceptación del capitalismo como sistema económico capaz
de generar prosperidad. Los liberales de izquierda se preocupan en particular por corregir los eFectos que produce el
mercado en la distribución de la riqueza. Son partidarios de John Rawls, no de Hugo Chávez.
2
Por ejemplo Roberto Breña y Enrique Krauze. Sin embargo, aun entre quienes miran a la historia, pocos reivindican
su lugar en la genealogía del liberalismo mexicano que inicia en el siglo XIX.
3
Véase más abajo sobre estas dos corrientes.
4
Para el caso de Enrique Krauze, véase García Ramírez (2008).
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conceder autoridad a las instituciones cuando sus decisiones se encuentran en conficto con
la voluntad popular; mientras que los liberales democráticos median la voluntad popular a
través de instituciones estatales y aceptan las limitaciones constitucionales. (Ochoa, en prensa)
Los liberales mexicanos recelan del populismo porque, como señala Roger Bartra, apela a
la emociones, atenta contra las instituciones y concentra el poder. Como agudamente percibe
Jesús Silva-Herzog, el populismo apela a la dimensión simbólica de la política:
El populismo es el síntoma de los padecimientos democráticos. Tiene la habilidad de restituir
una dimensión simbólica de la política a la que el liberalismo ha renunciado explícitamente.
En el espejo del populismo puede verse el vacío liberal. La plena secularización de la política,
la deshidratación simbólica de la democracia para volverla simple procedimiento, el desmem-
bramiento de lo comunitario, la ilusión de una civilizada política conversada son apuestas
precarias (Silva-Herzog Márquez, 2013a).
El rechazo del populismo, ideología encarnada en el mundo hispanoamericano durante
años por Hugo Chávez, se encuentra también en la izquierda liberal. En la ocasión de la
muerte del comandante, José Woldenberg apuntó aquellos rasgos que hacían del chavismo
un programa antitético al liberalismo:
La subordinación de prácticamente todos los valores a uno solo, la justicia social. Si ésta se
despliega o se dice que se despliega (más allá de su sustentabilidad) todo parece estar permitido,
incluso sacrificar o erosionar los valores democráticos. Y ya sabemos o deberíamos saber que
cuando eso sucede, lo que se expande es el autoritarismo y la sumisión, el deterioro de las
libertades y el silencio; los abusos, la indeFensión (Woldenberg, 2013).
Tanto el neopopulismo, como el neoindigenismo posterior a la rebelión chiapaneca de
1994, hicieron evidente la centralidad para la democracia de los componentes propiamente
liberales. Si antes había un déficit de democracia, ahora los liberales se enFrentaban –y no sólo
en México– a democracias “no liberales” (Zakaria, 2007). El liberalismo, sus instituciones,
principios y valores volvieron a ser relevantes. De ahí que un mexicano, Enrique Krauze,
atisbara en el Fenómeno venezolano de Hugo Chávez una amenaza que trascendía las Fronteras
nacionales. Su retrato crítico del líder venezolano Fue una clara intervención del liberalismo
de combate mexicano en un Frente de batalla continental (Krauze, 2008).
Si el programa crítico de los nuevos liberales no es diFícil de trazar, no ocurre lo mismo
con sus metas compartidas. Los intereses, banderas y causas de los liberales mexicanos
contemporáneos son muchos y sería imposible hacerles justicia a todos ellos en este breve
espacio. Podemos mencionar algunos: revisiones de autores centrales de la tradición liberal,
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como Tocqueville o Isaiah Berlin, refexiones sobre la relación entre la izquierda y el liberalismo,
propuestas para construir un liberalismo católico, cavilaciones sobre el papel del Estado
en una sociedad liberal, la crítica del neoindigenismo, consideraciones sobre la historia
del liberalismo en México y sus proponentes, (como Daniel Cosío Villegas), atisbos de las
posibilidades doctrinales del liberalismo clásico, etc. En este ensayo sólo me concentraré en
algunos de estos temas, previniendo al lector de que se trata apenas de un esbozo parcial de
un Fenómeno en movimiento.
En términos amplios, me parece que el liberalismo mexicano ha recuperado su vocación de
Futuro. Es una corriente muy diversa, en parte por sus orígenes. Los intelectuales liberales se sitúan
en el espectro político del centro izquierda hacia la derecha. Algunos de ellos son, como siempre,
críticos pero también, como los liberales decimonónicos tempranos, proponen reFormas concretas
en la economía y la política. Combaten los remanentes del antiguo régimen posrevolucionario.
Algunos de ellos han puesto sobre la mesa un ambicioso programa de modernización de la
sociedad mexicana. Ello pasa por reFormar la economía, las leyes y las instituciones.
5
Este Fenómeno sólo puede apreciarse cabalmente de manera comparada. Mientras que en
muchos países de América Latina hay una Franca regresión política y económica, en México
se articulan argumentos que buscan proFundizar el cambio y las reFormas estructurales.
No sólo eso, a pesar de la álgida disputa ideológica, no se ha dado marcha atrás a ninguna
de las reFormas modernizadoras de principios de los noventa. Incluso la izquierda las
acepta. El
roll back
, deshacer lo hecho,
no es parte de su agenda manifiesta. No ha habido,
como en otras naciones, una ola de re-estatizaciones de industrias. De la misma manera,
en la mayoría de los países latinoamericanos, con la excepción de Chile, y tal vez Brasil,
“liberal” y “liberalismo” son epítetos.
6
No hay en esos países nada comparable al nuevo
liberalismo mexicano. Los intelectuales liberales en esas naciones son pocos y marginales.
En la actualidad reina un antiliberalismo rampante en países como Argentina, Venezuela,
Ecuador y Bolivia. Incluso en un país con una Fuerte tradición liberal como Colombia, el
liberalismo es ahora sinónimo de oligarquía. Su Constitución de 1991, con su definición
de la democracia “participatoria”, da cuenta de ello. Como señalara Guillermo O’Donell,
América Latina tiene una Fuerte tradición democrática, pero una pobre tradición liberal. En
México, es cierto, no hay un partido liberal, pero sí hay liberales en los partidos políticos.
Y nuestra república de las letras está poblada por liberales. Los mexicanos rara vez nos
percatamos de esta singularidad.
En “Un Futuro para México”, artículo publicado en 2009 en la revista
Nexos,
y que poco
después se convertiría en un infuyente libro de propuesta, (Aguilar Camín y Castañeda,
2009b). Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda afirmaban:
5
Para una muestra, véase: Aguilar Camín y Castañeda (2009b); Rubio y Jaime (2007); Elizondo (2011); Ugalde (2013).
6
Para una excepción, en Chile, véase: Edwards (2009).
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México es presa de su historia. Ideas, sentimientos e intereses heredados le impiden moverse
con rapidez al lugar que anhelan sus ciudadanos. La historia acumulada en la cabeza y en los
sentimientos de la Nación –en sus leyes, en sus instituciones, en sus hábitos y fantasías–obstruye
su camino al futuro (…) La vida pública de México es presa de las decisiones de algunos de
sus presidentes muertos: esa herencia política de estatismo y corporativismo que llamamos
‘nacionalismo revolucionario’, al que una eficaz pedagogía pública volvió algo parecido a la
identidad nacional. (…) [El problema es que] esa herencia incluye tradiciones indesafiables:
nacionalismo energético, congelación de la propiedad de la tierra y de las playas, sindicalismo
monopólico, legalidad negociada, dirigismo estatal, ‘soberanismo’ defensivo, corrupción
consuetudinaria, patrimonialismo burocrático. Son soluciones y vicios que el país adquirió en
distintos momentos de su historia: un cóctel de otro tiempo, bien plantado en la conciencia
pública, que se resiste a abandonar la escena, encarnado como está en hábitos públicos,
intereses económicos y clientelas políticas que repiten viejas fórmulas porque defienden
viejos intereses. [El diagnóstico era claro: México es un país al que] le sobra pasado y le falta
futuro (Aguilar Camín y Castañeda, 2009a).
La solución para crear riqueza y empleo consiste en abrir la economía a la inversión y la
competencia global y nacional: “se trata… de crear una efectiva economía de mercado en
sustitución de la economía intervenida por monopolios, empresas dominantes, oligopolios
y poderes fácticos que nos caracteriza”.
¿Por qué el liberalismo no está, para estos intelectuales, completamente desprestigiado,
contaminado de “neoliberalismo”? Carlos Elizondo ofrece una respuesta: el problema no fue
el cambio estructural de los noventa, sino su falta de profundidad. En efecto, si:
Las últimas dos décadas del siglo XX se caracterizaron por un amplio y ambicioso ciclo de
reformas (…) en el caso mexicano dichas reformas, en parte por la forma pacífica en que
tuvieron lugar, fueron menos profundas de lo deseado por unos y de lo temido por otros. Las
viejas estructuras corporativas y diversos grupos con privilegios supieron adaptarse al nuevo
entorno económico y político (Elizondo, 2011: 17).
El problema está en la falta de competencia en diversos ámbitos de la vida pública mexicana,
como la educación. Sin embargo, señala Elizondo:
Para algunos el problema es el modelo neoliberal: el exceso de competencia, no la falta de ésta.
No hay nada peor que ser etiquetado como neoliberal. Cualquier reforma que afecte a algún
grupo bien organizado será tildada de ello… Ya sólo falta oír el término
neoliberal
como insulto
en la calle tras un incidente de tráfico (Elizondo, 2011: 23).
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Con todo, para Elizondo “no sobró liberalismo, sino que faltó; para ser más precisos:
no hemos construido un país donde haya competencia y derechos para todos, lo cual
requiere un Estado fuerte, capaz de defender la competencia y los derechos universales”.
En efecto, en México la lógica corporativista y clientelar domina el intercambio de bienes
y servicios y las restricciones al libre intercambio y la inversión son mayores que en el
resto de la región (
Ibid
., 2011: 24). El 40% de la tierra en México está aún bajo el régimen
ejidal o comunal, las restricciones en el mercado de la energía son muy importantes y es
difícil hacer los contratos exigibles en el país. Más aún, “en un país liberal hay derechos
universales para todos, no privilegios en función del grupo al que se pertenece”. Para
Elizondo, la falta de competencia, derechos de propiedad y derechos para todos se debe
en parte “a que nuestro gobierno es débil. No lo es, empero, por ser neoliberal, sino por
el peso de la simulación y la corrupción burocrática” (
Ibid
., 2011: 25). El país no crece
debido a restricciones de todo tipo:
Altas barreras de entrada para nuevos jugadores en muchos de los mercados importantes
(incluido el político), poca competencia, autoridades regulatorias débiles, burocracias al
servicio de sí mismas y no de los ciudadanos, sindicatos que permiten cobrar un sueldo a
quienes trabajan poco o no hacen nada relevante. Esto se encuentra muy lejos de del modelo
de mercados libres y abiertos. [La conclusión es clara:] esto no es liberalismo, es el triunfo del
poder de los intereses particulares sobre un Estado que debería representar el interés general y
proveer derechos para todos, pero no tiene la fuerza para lograrlo. El resultado final se parece
al reclamado por los críticos del neoliberalismo, pero las razones de esto son las opuestas a las
que ellos argumentan (
Ibid
., 2011: 25-26).
Para Elizondo y los nuevos liberales lo que se requiere es mayor competencia y un Estado
regulador poderoso, no un regreso al Estado propietario y corporativo que existió “en todo
su esplendor hasta 1982 y vivía de evitar la competencia y repartir privilegios”.
¿Por qué no está en retirada la corriente reformista liberal en México, como sí lo está
en otras partes del mundo? ¿Por qué los liberales mexicanos defienden la política de
las instituciones democráticas? En parte debido a que la transición a la democracia en
México ocurrió en el contexto de un sistema de partidos estable que no se colapsó, como
en Venezuela. Esa estructura constituye un arrecife protector contra el oleaje populista.
Con todas sus imperfecciones y defectos, los partidos políticos que no se reducen a un
caudillo, resguardan a la democracia mexicana de las corrientes que pretenden barrerlo
todo en aras de la voluntad general. El compromiso con la institucionalidad democrática
puede advertirse, por ejemplo, en un artículo de Silva-Herzog Márquez en el cual rechaza
el golpe de estado que el gobierno proislamista de Egipto sufrió en julio de 2013 a manos
del ejército egipcio:
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Despreciar la importancia procedimental de la democracia es un retroceso intelectual gravísimo.
Tendrá seguramente consecuencias siniestras. Si hace un año los islamistas confiaron en el
dispositivo electoral, ¿por qué habrían de creer hoy en él? ¿Cómo pueden asentarse las instituciones
demoliberales si se concede a la fuerza el poder de aplastarlas? El peligro contemporáneo no es
solamente el de los populismos antiliberales. También lo es el de los liberalismos antidemocráticos
(Silva-Herzog, 2013b).
Detrás de las propuestas modernizadoras se advierte un igualitarismo político. En sus
mejores momentos, el liberalismo mexicano fue un programa de combate contra los privilegios.
Esta es una causa que han retomado los herederos de José María Luis Mora (aunque rara vez
lo citen). Como señala Héctor Aguilar Camín en estas páginas:
Sólo de la certidumbre absoluta de la igualdad ante la ley puede propagarse la libertad de los
ciudadanos en todos los ámbitos, esa libertad restringida sólo por el mandato de la ley que a
la vez obliga y libera a todos, pues les impide hacer lo que está expresamente prohibido, pero
los dejas libres en todo lo demás (Aguilar Camín: 2008a).
Hay una continuidad no explícita entre los nuevos liberales y sus predecesores. Han lanzado
una ofensiva intelectual “contra las corporaciones vivas y actuantes de hoy: contra los poderes
fácticos que sustituyen a los fueron decimonónicos en su tarea de frenar el desarrollo de las
libertades políticas y económicas de México” (Aguilar Camín, 2007: 29). Así, reivindican hoy
la competencia, el pluralismo y el rechazo a los monopolios públicos y privados. Combaten
los estamentos de burocracias irresponsables, sindicatos privilegiados y de ricos que pueden
comprar la ley. La reivindicación es liberal hasta la médula.
En 2008 Héctor Aguilar se imaginaba qué diría José María Luis Mora sobre el México
del siglo XXI:
Creo que lo sorprenderían agradablemente el tamaño y la pujanza de la Nación (…) iría a ver
con ánimo incrédulo y deslumbrado los miles de pequeñas empresas independientes que generan
riqueza en un entorno de industriosidad y productividad. Creo que vería con admiración las
grandes empresas mexicanas, incluyendo las monopólicas. (…) Caería desmayado de optimista
incredulidad ante los frutos del Tratado de Libre Comercio con América del Norte. Creo también
que luego de unos días de reFexión, admitida la enorme zona del país ganada efectivamente a
los hábitos viejos, antiproductivos y antiliberales de México que él conoció, Mora haría un corte
de caja radical y diría: hemos avanzado mucho, pero nos falta la mitad (Aguilar Camín: 2008b).
Para muchos liberales actuales la defensa del individuo va más allá de la típica desconfianza
al Estado; en una sociedad como la mexicana, en muchas ocasiones, las amenazas provienen
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del ámbito extraestatal, empezando por la Iglesia en el siglo XIX. El enemigo no siempre es
el Estado, sino las colectividades organizadas (los medios, las comunidades, los sindicatos,
etc.). Pero hay también una diferencia con el liberalismo maduro de la República restaurada.
El nuevo liberalismo sí cree en las instituciones (a pesar del homenaje diario que durante
el tercer tercio del siglo XIX se le rendía a la Constitución, con ella no gobernó Juárez,
como afirmó Emilio Rabasa). De ahí la reivindicación común de implantar el Estado de
derecho en el país y la defensa del constitucionalismo y de las instituciones que permiten el
funcionamiento de una economía de mercado eficiente. Sin embargo, los nuevos liberales
exhiben una sofisticación sociológica de la que a menudo carecieron los del siglo XIX. Ya no
creen en la “magia constitucional”, que prometía cambiar la realidad con la sola promulgación
de la ley. Se han emancipado de la
mitología
del liberalismo mexicano.
Después del consenso
El 1 de diciembre de 2012, Enrique Peña Nieto tomó posesión de la presidencia de México.
En su discurso inaugural, el primero de un presidente del Partido Revolucionario Institucio-
nal (±²³) en el México democrático, recurrió a los viejos lugares comunes del nacionalismo
mexicano:
Los mexicanos tenemos un legado prehispánico, colonial, independiente, revolucionario y
democrático. El pasado para nosotros es identidad y fuente de inspiración y así lo seguirá
siendo en mi Gobierno… Somos la expresión de la gran cultura hispana. Somos hijos, también,
de dos poderosas corrientes del siglo XIX y XX: la liberal y la revolucionaria. Sus valores de
independencia, libertad y justicia, renovados para el siglo XXI, guiarán los actos de mi Gobierno
(Peña, 2012).
Estas líneas, al comienzo del discurso, parecieran confirmar una continuidad ideológica.
Sin embargo, esa es una impresión engañosa. El resto del texto es un catálogo de políticas
públicas y la historia no apareció de nuevo, muchos menos el liberalismo. Estaba ahí, como
un adorno, el reFejo automático de un lugar común ideológico, vaciado de contenido. Un
tic
retórico. Lo cierto es que más de una década atrás, el liberalismo se había emancipado
del régimen que lo fundió con la Revolución y lo hizo un referente de la identidad nacional.
Para principios de la década de los noventa el término “liberalismo” arrastraba dos lastres
significativos en México. El primero era el mito posrevolucionario forjado en la década de los
cincuenta por el régimen. El segundo era un estigma ideológico producto de la asociación
de las reformas de libre mercado iniciadas en 1983 por el presidente Miguel de la Madrid.
Liberalismo era, para muchos, un mero eufemismo de “neoliberalismo”. El neoliberalismo
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proponía, como señala Adam Przeworski, una serie de “falacias” respecto a la relación entre
la economía y la sociedad. El Estado era siempre un obstáculo para el crecimiento económico
y una causa de ineficiencias y distorsiones. El “neoliberalismo” resurgía en México como
parte de un movimiento global transformador que pretendía achicar el tamaño del Estado,
reducir los déficits públicos, privatizar empresas estatales y dejar que el mercado operara con
más libertad. El Consenso de Washington respecto a las reformas estructurales necesarias
(disminución de los déficits públicos, reforma fiscal, liberalización comercial, privatización,
y desregulación) fue el acuerdo que cimentó este movimiento.
Si bien en el mundo desarrollado este ambicioso programa de transformación estructural
fue llevado a cabo por gobiernos democráticos, en otros países, como México, las reformas
de libre mercado fueron implementadas por regímenes autoritarios. Fue probablemente
esta característica la que llevó a Lorenzo Meyer a calificar el fenómeno como “liberalismo
autoritario”:
[En efecto,] en el sexenio de Miguel de la Madrid, desde 1985 para ser exactos, un puñado de
jóvenes economistas, partidarios de desplazar al Estado por el mercado, maniobró con habilidad
y logró arrebatar el poder a los políticos tradicionales. [Los tecnócratas] decidieron que el camino
adecuado era una modernización selectiva: transformar la economía, pero preservar y usar a
fondo los instrumentos políticos heredados: autoritarios, antidemocráticos y premodernos. Fue
así como el salinismo dio forma a algo que se puede llamar autoritarismo de mercado. [Para
imponer el cambio] y controlar las inevitables reacciones en contra, el supuesto neoliberalismo
económico se hizo acompañar y apoyar del autoritarismo tradicional, cuyos dos grandes pilares
eran el presidencialismo sin límites y el partido de Estado; es decir el antiliberalismo político
(Meyer, 1995: 30).
Creo que Meyer tiene razón. Las reformas tecnocráticas le hacían violencia al liberalismo
en tanto que ignoraban o negaban su dimensión política. El liberalismo, desde sus orígenes,
nunca ha sido una teoría exclusivamente económica de la sociedad. Nació, esencialmente,
como un conjunto de ideas
políticas.
Sin embargo, es posible que el compromiso ideológico
de los tecnócratas fuese más tenue de lo que sugiere Meyer. Muchos de ellos eran políticos
pragmáticos que se ajustaron a los dictados de Washington y los organismos financieros
internacionales, más que ideólogos del libre mercado. En una palabra, no eran realmente
liberales.
7
Es notable que ninguno de los prominentes economistas tecnócratas de los años
noventa sea, en la actualidad, un intelectual liberal.
En lo que hace a la dimensión nacional, como señala Charles Hale, durante el siglo XX el
liberalismo en México fue transformado en un mito unificador. No era una teoría viva, sino
7
Para otras partes de América Latina agradezco el comentario de Emilio Pacheco.
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un instrumento de legitimación que apelaba a un relato sintetizado de manera admirable
por el gran ideólogo del régimen, Jesús Reyes Heroles (1957-61). En el
Liberalismo mexicano,
Reyes Heroles sostenía la identidad del liberalismo con la Nación:
Desde las luchas preparatorias de la independencia se busca identificar la idea de la nacionalidad
con la idea liberal. El liberalismo, con altas y con bajas, resulta así el proceso de formación de
una ideología que moldea una Nación y se forma precisamente en dicho moldeo… el liberalismo
nace con la Nación y ésta surge con él. Hay así una coincidencia de origen que hace que el
liberalismo se estructure, se forme, en el desenvolvimiento mismo de México, nutriéndose
de sus problemas y tomando características o modalidades peculiares del mismo desarrollo
mexicano (Reyes Heroles, 1957-61, Vol. 1: xii).
Pero el liberalismo no sólo es pasado:
El liberalismo no únicamente es un largo trecho de nuestra historia, sino que constituye la base
misma de nuestra actual estructura institucional y el antecedente que explica en buena medida el
constitucionalismo social de 1917. [Así,] ha existido una continuidad del liberalismo mexicano
que inFuye en las sucesivas etapas de nuestra historia. […] para comprender la Revolución
Mexicana, su constitucionalismo social, tenemos que considerar nuestra evolución liberal…para
entenderla…tenemos que estudiar el largo y complicado proceso liberal que la hizo posible. [La
teleología del régimen estaba completa:] contamos con una excelente perspectiva para divisar
el liberalismo mexicano. Conocemos su desenlace cronológico: el porfirismo. Sabemos de
una eclosión liberal plena de sentido social: la Revolución mexicana. [La conclusión era que]
ha existido una continuidad del liberalismo mexicano que inFuye en las sucesivas etapas de
nuestra historia. Conocerla ayuda a desentrañar el presente de México (
Ibid
., 1957-61: xiii-xiv).
De esta forma, Revolución y liberalismo habían sido cabalmente “institucionalizados”.
El liberalismo también fue una fuente de inspiración crítica para el historiador Daniel
Cosío Villegas. ±ue él quien construyó una imagen ideal de la República Restaurada en
el tercer cuarto del siglo XIX y quien pensaba que la Revolución había sido incapaz de
cumplir los anhelos de regeneración política y moral que la Nación había puesto en ella.
¿En qué período de la historia se podía hallar una vara que sirviera para medir la situación
actual? La vuelta al siglo XIX era ineludible: la etapa idealizada, que serviría como punto
de comparación para evaluar el presente, sería la República Restaurada (1867-1876). Aquél
había sido, según el historiador liberal, un período de libertades, división de poderes,
vigoroso debate y democracia política. La obra magna de Cosío Villegas,
La Historia
Moderna de México
(1955)
,
fue el resultado de esa búsqueda nostálgica. Lo que caracterizó
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al periodo fue: “una disputa interminable, airada, brillante, incisiva, agobiadora, sobre la
validez de la Constitución como molde para engendrar y contener la vida política nacional
y mantenerla viva y libre, pacífica y fecunda” (Cosío Villegas, 1959: 19). La constitución
idealizada fue la de 1857. En la
Constitución de 1857 y sus críticos
(1957), Cosío Villegas
hizo una vigorosa defensa del liberalismo constitucional. Ante los “gigantes” de la Reforma
palidecían los “cachorros” de la Revolución. De la misma forma, en su famoso ensayo de
1947, “La crisis de México”, era categórico en su juicio:
Todos los hombres de la Revolución Mexicana, sin exceptuar a ninguno, han resultado inferiores
a las exigencias de ella; y si, como puede sostenerse, éstas eran bien modestas, legítimamente ha
de concluirse que el país ha sido incapaz de dar en toda una generación nueva un gobernante
de gran estatura, de los que merecen pasar a la historia (Cosío Villegas, 1947: 2).
En el periodo de la República Restaurada, Cosío Villegas encontró “personajes de una
altura que no tendrían los de generaciones posteriores, cuya integridad moral y firmeza
de propósitos hicieron pasar con éxito las pruebas de la democracia en los momentos más
difíciles y contradictorios” (Lira, 2007: 17). En efecto: “cuando la República y el liberalismo
triunfaron en 1867 sobre la Intervención y el partido conservador, quedó al frente de los
destinos nacionales el grupo gobernante más experimentado y patriota que México ha tenido
en su historia” (Cosío Villegas, 1972: 35). No sólo eso, el mismo autor también afirmó que
“en ninguna época del periodismo mexicano ha habido un grupo de escritores políticos de
la alcurnia intelectual y de la autoridad moral que los de la República Restaurada” (Cosío
Villegas, 1959: 37).
Más allá de la visión crítica de Cosío Villegas, severamente cuestionada por la historiografía
revisionista de finales de los años setenta, el liberalismo había sido apropiado, monopolizado
por el aparato de legitimación ideológica del régimen posrevolucionario.
8
Si durante el siglo
XIX el liberalismo había sido una ideología de combate contra los fueros y los privilegios,
para los años ochenta del siglo XX sólo era una estampa más en los libros de texto gratuitos.
Una momia, cuyos jugos vitales habían sido chupados por el régimen posrevolucionario.
Quedaba un reducto de liberalismo en la revista
Vuelta
, del poeta Octavio Paz y dirigida por
Enrique Krauze, donde se defendían causas liberales.
Sin embargo, eso empezó a cambiar en los últimos años del siglo XX. A la vuelta del
milenio, algunos intelectuales públicos comenzaron a identificarse públicamente como
“liberales”. Y por liberal no entendían ni al revolucionario institucional de Reyes Heroles
ni al crítico nostálgico de Cosío Villegas. Se trataba de un entendimiento nuevo, fresco, en
8
Desde entonces la historiografía miró con suspicacia al régimen liberal. Véase, por ejemplo: Sinkin (1979) y Ballard
Perry (1978).
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nuestra enrarecida cultura política. El fenómeno coincide plenamente con la decadencia
del sistema político posrevolucionario. El liberalismo recobró, por decirlo así, vida propia.
Calladamente y poco a poco, sin que fuera evidente, el liberalismo se reinventó y tomó
un lugar central en la discusión pública. ¿Cómo volvió el liberalismo a
sentar sus reales
en México?
El renacimiento pasó por su emancipación del régimen revolucionario. El liberalismo
dejó de ser propiedad del PRI y se liberó de sus interpretaciones nostálgicas. ±ara comienzos
de la década de los noventa, el liberalismo oficial era una momia, un cadáver retórico seco y
enjuto, que sólo se sacaba en ocasión de los discursos patrióticos. Sin embargo, el gobierno
tecnocrático de Carlos Salinas de Gortari escribió el epitafio de la apropiación simbólica
del liberalismo por parte del PRI. Lo hizo al tratar de distanciarse del que era en realidad el
basamento ideológico del régimen: el nacionalismo revolucionario, que resultaba disfuncional
para su proyecto modernizador. La idea del “liberalismo social” estaba, por supuesto, ya
presente en la elaboración ideológica de ²eyes Heroles, quien había sostenido la heterodoxia
económica del liberalismo mexicano. En efecto, como señala Krauze:
±ara ²eyes Heroles el liberalismo mexicano se distingue del liberalismo constitucional inglés,
del liberalismo ético político, en ser eminentemente social. El
leitmotiv
es el problema de la
propiedad, el deseo de ‘adelantar a las clases indigentes’. En abono de su tesis invocó siempre el
célebre voto particular de ±onciano Arriaga en el Constituyente de 1857: ‘limitar en lo posible
los grandes abusos introducidos por el ejercicio del derecho de propiedad’. Aunque el voto de
Arriaga y otros votos similares no se incorporaron al texto constitucional, ²eyes Heroles pensó
que encarnaban el verdadero espíritu de la ²eforma (Krauze, 1999: 184).
Salinas revivió en su gobierno la tesis de ²eyes Heroles. La recuperación ideológica fue
sugerida por Manuel Camacho Solís. Ocho años antes de que Salinas presentara en sociedad
a la nueva ideología que reemplazaría al nacionalismo revolucionario, Camacho esbozó
sus contornos en el debate suscitado en la revista
Vuelta
a propósito del ensayo de Enrique
Krauze, “±or una democracia sin adjetivos” (Krauze: 1984).
9
Camacho adujo que era un
error reducir la democracia a un procedimiento electoral. En su opinión, el proceso social y
político mexicano tenía características particulares:
Es en las luchas de la ²evolución Mexicana por la Nación, la democracia política y los derechos
sociales donde se fue configurando un proyecto propio, con orígenes en el liberalismo político
del siglo X³X. Un liberalismo que, ya en 1847, llevó a ±onciano Arriaga a afirmar que el único
Estado legítimo sería el promotor del bienestar colectivo y que en los momentos decisivos de
9
±ara la discusión intelectual de la democracia en estos años en México, véase Contreras Alcántara (2010).
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la Reforma condujo a Juárez a convertirse en el unificador de las fuerzas para defender a la
Nación y afianzar el régimen republicano. Estas herencias liberales y revolucionarias tienen
vigencia en el México actual (Camacho, 1984: 43).
El 4 de marzo de 1992, Carlos Salinas presentó el liberalismo social en el discurso
conmemorativo de los 63 años del P±I. Ahí reivindicó la originalidad del liberalismo mexicano
e hizo una alusión expresa al “liberalismo triunfante” de Reyes Heroles. Salinas afirmó que
la Revolución Mexicana:
Recogió del proyecto liberal su propuesta de libertad haciéndola comprometidamente social.
Dio al Estado la conducción del desarrollo y de los recursos de la Nación, hizo de los reclamos
de la revolución por la tierra, el trabajo y la educación un programa de futuro. Hoy la reforma
de la Revolución da vigencia y relevancia presente al liberalismo social que garantiza a nuestra
idea histórica de país (Salinas, 1992).
El liberalismo social tuvo corta vida. El P±I lo aceptó a regañadientes como un capricho
sexenal y una vez que Salinas dejó la presidencia y cayó en desgracia, los priístas lo abandonaron
sin mirar atrás para retomar formalmente el viejo nacionalismo revolucionario como su
ideología oficial. La palabra “liberalismo” despareció de su
Declaración de principios
.
10
Lo cierto es que las opiniones de hombres como Arriaga fueron marginales en el contexto del
liberalismo mexicano decimonónico.
11
Reyes Heroles les dio una importancia desproporcionada
e inventó una categoría política que nunca fue representativa del conjunto. ²ropuso que una
cepa minoritaria encarnaba el espíritu del liberalismo mexicano. Los críticos de izquierda de
Salinas vieron esto con claridad. Como señaló Arnaldo Córdova entonces, las concepciones
de hombres como Arriaga, al final “no se impusieron. Quedaron ahí simplemente como un
testimonio y, a veces, como una anticipación de lo que iba a venir después” (Maza, 1992).
²ara Córdova la expresión “liberalismo social” era un contrasentido: “los liberales tienen
como valor fundamental a la persona, su libertad y todo aquello que contribuya a definirla
precisamente como persona: la propiedad, el poder expresarse y pensar libremente y estas
cosas, que muchas veces son como una invitación a la ley de la jungla” (
Ibid
., 1992). En lo
que hace a la “continuidad” del liberalismo, Córdova criticaba:
La Revolución empieza a entrar en el camino de las reivindicaciones sociales al mismo tiempo que
empieza a olvidarse la herencia del liberalismo. Después de la muerte de Madero, el liberalismo
deja de ser un patrimonio de los revolucionarios. Se trata ya de otra cosa. Estoy hablando de
10
11
²ara una muestra véase: Aguilar Rivera (2011).
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febrero de 1913, cuando matan a Madero. Y se desarrolla un movimiento que culmina con
el Congreso Constituyente, es decir, en las reivindicaciones sociales que se plasman en la
Constitución de 1917. Pero la Revolución Mexicana desde entonces es antiliberal. No es liberal
social, sino antiliberal. Y todo lo que huela a liberalismo es duramente criticado (
Ibid
., 1992).
Tiene razón. En efecto, el “liberalismo social” salinista fue el canto del cisne del consenso
ideológico posrevolucionario. En los pocos años entre su repudio por el ±²I y la alternancia, el
liberalismo oficial regresó a las catacumbas. Y cuando en el año 2000 un partido de oposición
ganó la presidencia, el liberalismo dejó finalmente de ser patrimonio del ±²I. Una era de
consenso ideológico había terminado en México.
Como señala Hale, la vida pública mexicana entre 1867-1910 y entre 1940-2000 estuvo
dominada por dos mitos políticos unificantes: el del liberalismo y el de la Revolución. Esos mitos
tomaron forma en épocas de consenso ideológico, “después de conFictos civiles, levantamientos
sociales y heroicas resistencias a la intervención extranjera” (Hale, 1996: 821). La primera
época de consenso ideológico inició con el triunfo de la república en 1867 y terminó con la
Revolución. La segunda época ocurrió en los cuarenta, después de la política polarizadora
del cardenismo. Como ocurrió a finales del siglo X³X, durante los años posteriores a 1940
la reconciliación fue un “objetivo político primordial. Se honró a Villa, Zapata y Cárdenas
con Madero, Carranza y Calles” (
Ibid
., 1996: 824). En 1996, Hale todavía podía afirmar que
“el debate político de los cuarenta a la fecha ha sido vigoroso y a menudo polémico, aunque
siempre se ha llevado a cabo dentro de los amplios confines del consenso ideológico” (
Ibid
.,
1996: 824). Lo que ocurrió es que esa segunda era de consenso llegó a su fin con el arribo de
la democracia. Una vez emancipado de su servidumbre, el liberalismo podía ser recuperado
y reclamado por otros actores de la sociedad, que lo encontraron pertinente para los dilemas
que enfrentaban.
Además del fin del régimen autoritario posrevolucionario, otros factores abonaron el terreno
para la reinvención del liberalismo. Posiblemente el más antiguo sea la semilla anti populista
que en muchos intelectuales plantaron Luis Echeverría o José López Portillo con sus excesos.
Sobre todo, la estatización de la banca en 1982.
12
En el plano internacional, la caída del muro
de Berlín acotó las opciones ideológicas disponibles. Pero probablemente lo que reanimó
al liberalismo en mayor medida fue el fin del consenso de Washington y el surgimiento de
gobiernos neopopulistas en la región. A mediados de los noventa el neoliberalismo dejó de ser
hegemónico intelectualmente. En parte porque en muchos países las reformas estructurales
no dieron los resultados esperados. ´rancis ´ukuyama escribió que había sido un error no
otorgarle a las instituciones la importancia necesaria (´ukuyama, 2004).
12
Entrevista con Héctor Aguilar Camín, México D.´., marzo, 2013. Sobre la estatización de la banca véase: Loaeza
(2008).
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Para la primera década del siglo XXI, las visiones que privilegiaban reducidos déficits
sociales, desregulación y reformas fiscales estaban en retirada en América Latina. Algunos
países habían electo a líderes populistas que daban marcha atrás a lo hecho en los noventa.
El liberalismo, en una palabra, volvía a estar a la defensiva, en lo político y en lo económico.
Los “neoliberales” eran ahora los nuevos parias latinoamericanos.
En México, el liberalismo dejó de ser una momia del discurso oficial y se convirtió en
Lucifer mismo. En las universidades públicas y la prensa de izquierda, “liberal” era un insulto.
Los liberales se defendieron primero semánticamente. Reivindicaron la palabra y la historia
detrás del término liberal. En 1999 Jesús Silva-Herzog Márquez contraatacaba:
El neoliberalismo como insulto tiene una funesta consecuencia adicional: enloda como
disparatada y siniestra la exigencia de un nuevo liberalismo… si algo contiene la palabra en
sus sílabas es la exigencia de poner al día el liberalismo, de renovarlo. Ese no es un proyecto
avejentado, ni es la política culpable de nuestras miserias. El liberalismo mexicano se extravió en
algún momento del siglo XIX. Al convertirse en triunfante dedicó su energía a la construcción
del poder estatal frente a sus enemigos internos y externos y postergó su auténtico cometido:
la construcción del ciudadano. Regresar al liberalismo para actualizarlo es retomar esa agenda
abandonada. Ahí están las herramientas para cuestionar la concentración del dinero y el poder
y para establecer una sociedad de ciudadanos. Del liberalismo proviene, por supuesto, ese
objetivo que se ha convertido en la gran voz crítica de finales del siglo XX: democracia. Me
refiero a la democracia tomada en serio; es decir, no solamente como poder que proviene de
la gente, sino también como poder moderado y sujeto a leyes. Del liberalismo surge la crítica
al dogma, a la intolerancia, al fanatismo que no son por cierto, fantasmas de una era superada
sino amenazas en activo. Del liberalismo nace la defensa del individuo como ser que no puede
ser tratado como animal o como cosa. Hoy que se perciben impulsos barbáricos por manejar a
los hombres como bestias o como cifras, el proyecto liberal reafirma su sentido. Parece ser un
propósito destinado al fracaso pero es indispensable limpiar las palabras por muy manchadas
que se encuentren. El nuevo liberalismo no puede ser un insulto: es el esbozo de un nuevo país
(Silva-Herzog, 1999).
En México, el desprestigio de la tecnocracia originado por la crisis financiera de diciembre
de 1994 y el fin del régimen posrevolucionario en el 2000 había tenido efectos importantes.
Los intelectuales modernizadores, que apoyaron las reformas económicas de los noventa,
ya no estaban a la sombra de un régimen autoritario. Podían repudiar a los tecnócratas y al
mismo tiempo mantener la necesidad de continuar y profundizar las reformas políticas y
económicas en el nuevo contexto democrático. Notablemente, los antiguos tecnócratas no
serían parte de este nuevo liberalismo. Su ausencia refuerza la idea de que no se trataba de
ideólogos, sino más bien de técnicos oportunistas.
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Emancipado del régimen posrevolucionario y de los tecnócratas, el liberalismo volvió a ser
una ideología de combate. Dos factores internos lo vigorizaron. En primer lugar, el alzamiento
zapatista de 1994. El zapatismo y su reivindicación de la violencia obligaron a la sociedad
mexicana y a los intelectuales a definirse.
13
Los liberales rechazaron el uso de violencia cuando
era indudable que otras formas de protesta eran posibles desde hacía tiempo.
14
La lucha contra
el autoritarismo había sido conducida por vías pacíficas desde hacía tres lustros. El longevo
régimen posrevolucionario finalmente fue derrotado con votos, no con balas.
En sus demandas y querencias, el zapatismo era antiliberal hasta la médula. Apeló a valores que
el liberalismo históricamente ha combatido: la supremacía de la comunidad sobre las personas,
la reivindicación de la vía armada (su líder nunca ha abandonado la parafernalia militar), el
rechazo al igualitarismo y el culto al héroe romántico. El intenso debate político e intelectual
en torno a la reforma constitucional indígena en 2001 catalizó al liberalismo mexicano. Volvió
a ser un programa de combate. A diferencia de lo que ocurrió en otros países, las propuestas
del multiculturalismo en México encontraron resistencia, política y filosófica. La iniciativa que
proponía la convalidación automática de los usos y costumbres al derecho positivo obligó a
numerosos intelectuales a interrogarse sobre valores como la igualdad ante la ley.
En segundo lugar, a partir del año 2000 hizo aparición en escena un líder carismático
populista en la izquierda partidista. Andrés Manuel López Obrador reivindicó las viejas tesis del
nacionalismo revolucionario que el PRI ya no defendía con mucho ahínco. Es difícil exagerar
la importancia del populismo nativo en la conformación del nuevo liberalismo mexicano. ±or
su discurso político y su programa sustantivo que apuntaba al pasado, López Obrador produjo
una reacción intelectual y visceral de gran intensidad.
15
Tal vez no sea una exageración decir
que al liberalismo en México lo revivieron del sueño de los justos sus enemigos seculares: el
privilegio corporativo, el neoindigenismo, los vestigios del pasado autoritario, la ²evolución
enmascarada y el populismo. Los liberales se reconocieron en la comunión del “no”.
±ara hacer frente al reto populista, los liberales no echaron mano del canon del liberalismo
mexicano. ²ara vez se escucharon apelaciones a figuras canónicas del siglo X³X. Los liberales se
encontraron combatiendo una forma de entender, ejercer y sentir la política y en ese combate
despuntaron los valores positivos que compartían, a pesar de sus muchas diferencias. Como en
el siglo X³X, una parte importante de la población y de la clase intelectual y política comulgaban
con la visión contraria a la liberal. Las elecciones mostraron un país ideológicamente dividido
13
±ara un recuento de las opiniones de los intelectuales en torno a la rebelión zapatista, véase Volpi (2004).
14
Es verdad que el liberalismo, desde Locke, no descarta del todo la rebelión contra la tiranía, pero el contexto es crítico
para determinar la legitimidad del recurso. En México, desde finales de los setenta, con la reforma política que legalizó
al ±artido Comunista y comenzó a liberalizar el régimen, quedó claro que era posible luchar políticamente sin recurrir
a las armas. El clamor de la sociedad mexicana contra la guerra que siguió a la insurrección y a la respuesta militar del
Estado mexicano, corrobora la existencia de un sentimiento pacifista ampliamente extendido.
15
Un buen ejemplo de esa reacción fue el ensayo de Krauze sobre López Obrador (Krauze, 2006).
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en el cual el liberalismo era sólo uno de los contendientes. Sin embargo, su fortaleza no debe
ser menospreciada.
La fronda liberal
Una objeción obvia a la idea de una amplia conFuencia liberal en los últimos veinte años es
que se proponen como liberales a intelectuales que no lo son. Se trataría del devaneo de un
observador que encuentra liberales hasta debajo de las piedras. Para identificar a los libe-
rales confío sobre todo en un criterio de autoascripción. Para conformar una antología de
los nuevos liberales se envió a más de treinta intelectuales públicos, de diversa tendencia
política, una carta invitándolos a participar. La misiva rezaba: “en los últimos cuatro o cinco
lustros han aparecido en el debate público autores que se asumen abiertamente como libera-
les o bien, sin hacerlo, reivindican diversos aspectos de una agenda liberal (la defensa de los
derechos individuales frente a los reclamos del multiculturalismo, la profundización de las
reformas estructurales en la economía, la defensa del constitucionalismo, la liberalización
de sectores críticos como el petróleo, la libertad de expresión plena, incluyendo la libertad
de manifestar las opiniones políticas durante las campañas electorales, etc.)… Por su tra-
yectoria he pensado en usted como uno de los autores.” Así, quienes aceptaron participar,
prácticamente todos, se consideran a sí mismos liberales (o al menos se sienten identifica-
dos con una parte importante de la agenda liberal) y no tenían objeción en aparecer en un
libro colectivo sobre el liberalismo mexicano. Que un número significativo de intelectuales
se autoidentifique como liberal, es sumamente revelador. Podemos imaginar al liberalismo
actual como un árbol de amplia fronda. Lo que sigue es sólo un esbozo genealógico, un rá-
pido apunte taxonómico. Las siguientes son algunas de sus ramas más conspicuas sin em-
bargo, el tronco del liberalismo está cubierto de numerosos brotes, individuos singulares,
hojas que en sí mismas son ramas.
El tronco más antiguo es el que corresponde a quienes desde los años setenta reivindicaron
su liberalismo a contracorriente y a menudo fueron denostados a causa de ello. Podemos
llamarlos con justicia los pioneros. Octavio Paz en
Vuelta
entre 1976 y 1998 y Enrique Krauze
en
Letras Libres
, a partir de la muerte de Paz. Es la leña vieja y sólida del árbol liberal. Son
los herederos más directos –aunque no los únicos– de la tradición liberal mexicana. Ellos
han reclamado explícitamente su legado.
16
Esta persistencia está bastante bien documentada
en la historia intelectual reciente.
17
A ese grupo pertenecen numerosos intelectuales afines,
16
Por ejemplo, Krauze ha descrito su biografía intelectual como una travesía liberal (Krauze, 2003).
17
La historia de las revistas de Paz –
Plural
y
Vuelta
– la cuenta Krauze en el capítulo sobre Paz (Krauze, 2011). Al
respecto véase también: King (2007) y ±lores (2011).
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como Gabriel Zaid, Christopher Domínguez, Guillermo Sheridan y otros muchos. Los
intelectuales pioneros se sintieron justamente reivindicados por el fin del socialismo.
En 1990, durante la inauguración del Encuentro Vuelta, “El Siglo XX: La Experiencia
de la Libertad”, Paz sintetizó el credo de los intelectuales mexicanos y extranjeros que se
reunieron en esa ocasión:
Creemos en la soberanía popular, en la elección libre de las autoridades y en un régimen de
derecho que preserve a la sociedad lo mismo de la tiranía de un hombre o de una oligarquía que
del despotismo de la mayoría, es decir, que salvaguarde los derechos de las minorías y de los
individuos. [Para Paz, la libertad era una experiencia] que todos vivimos, sentimos y pensamos
cada vez que pronunciamos dos monosílabos:
o
no
(Paz, 1990: 9).
Al final del controversial evento, Paz se preguntaba:
¿Cómo construir la casa universal de la libertad? Algunos nos dicen ¿no olvidan ustedes a la
justicia? Respondo: la libertad, para realizarse plenamente, es inseparable de la justicia. La
libertad sin justicia degenera en anarquía y termina en despotismo. Pero asimismo: sin libertad
no hay verdadera justicia (
Ibid
., 1990: 9).
A la muerte de Paz, una nueva revista –
Letras Libres–
continuó la reivindicación explícita
de la causa liberal en México. En sus páginas, numerosos autores han criticado al populismo
latinoamericano así como al fundamentalismo islámico del siglo XXI. Ahí están algunos de
los pocos intelectuales que, como Krauze, recuperan la historia del liberalismo mexicano.
Cómo no contrastar aquella fugaz aurora del espíritu liberal, republicano, democrático, con
los tiempos oscuros que vivimos. La obra de Zarco es el testimonio del México que pudimos
haber sido, el proyecto que abandonamos hace más de un siglo y que ahora, cuando más lejos
está de nuestro horizonte, representa casi nuestra única posibilidad de reconstrucción nacional
(Krauze, 1995).
Krauze hizo una contribución clara a la cultura liberal mexicana moderna cuando a
mediados de los ochenta defendió la idea, ahora aceptada por todos, de que la democracia
no era un “sistema de vida”, como afirma aún la constitución mexicana en su artículo tercero,
sino un
método
político basado en elecciones libres.
18
18
El ensayo “Por una democracia sin adjetivos” de 1984 produjo un animado debate porque defendió la dimensión
procedimental de la democracia. Es decir, abogó por la vilipendiada democracia “formal” cuando el término democracia
había sido abusado y expropiado tanto por el comunismo como por el nacionalismo revolucionario nativo (Krauze, 1984).
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Los herederos de Paz, como Krauze, son los legatarios de una tradición: la del propio Paz
y la de Daniel Cosío Villegas. La tradición es al mismo tiempo una fortaleza y una debilidad.
La tradición sirve para hallar el norte en medio de la confusión, pero también puede ser una
anteojera que limite el horizonte. Impone límites a la imaginación porque la tradición es hostil
en principio a la innovación misma. La paradoja de la tradición liberal es que el liberalismo
está siempre en continua tensión con la tradición. Los liberales pioneros son una muestra
vital de lo mejor del liberalismo mexicano, abierto a la crítica. El liberalismo, reconocen, es
una doctrina particularmente dispuesta para la autocrítica: “para combatir la falsa certeza
de las ideas recibidas, para no apoltronarse en la comunidad del aplauso fácil, para hacerse
cargo de las tensiones inherentes al encuentro entre viejos hábitos y nuevas circunstancias”
(“Autocrítica liberal”, 2013: 17).
En segundo lugar están los liberales modernizadores convocados por la revista
Nexos.
La
revista, originalmente ubicada en la izquierda, sufrió junto con muchos de sus colaboradores
asiduos, una significativa transformación ideológica a partir de mediados de los noventa.
19
Como señala Van Delden, en enero de 1994 tanto
Vuelta
como
Nexos
fueron “casi unánimes
en su condena a la vía armada escogida por los zapatistas
(Van Delden, 2002: 114)
.
En efecto,
“tanto
Vuelta
como
Nexos
parecen estar más en contra de los intelectuales pro-zapatistas
que en contra de los zapatistas mismos” (
Ibid
., 2002: 115). Las dos revistas coincidieron
en la convicción de que la vía armada puso en peligro la frágil transición del país hacia la
democracia y rechazaron el entusiasmo que la insurrección en Chiapas despertó entre muchos
intelectuales (
Ibid
., 2002: 116).
Lo que disparó el cambio ideológico fue –además de la rebelión zapatista– el anhelo de
modernización cabal de la sociedad mexicana que en ese entonces comenzó a insinuarse.
20
La elección de 1988 fue un punto clave en la historia intelectual de la revista. Se produjo
un deslinde y una parte de sus intelectuales decidió apoyar el proyecto modernizador.
Otros optaron por la alternativa políticamente innovadora pero ideológicamente vieja del
cardenismo. Aun después del fin del salinismo y el zedillismo, la revista preservó su vocación
modernizadora. Para la segunda década del siglo XXI,
Nexos
–comenzando por su director
Héctor Aguilar Camín– ya era una publicación asumidamente liberal. El marxismo quedó
definitivamente atrás junto con algunos de sus colaboradores. La izquierda que quedó en la
revista, (José Woldenberg, Ciro Murayama, Jorge Javier Romero, etc.) es socialdemócrata.
Junto con ellos conviven colaboradores que son abiertamente liberales. A lo largo de los años,
19
Sobre la compleja historia de afinidades y diferencias entre
Nexos
y
Vuelta,
véase Van Delden
,
2002. En 1992, Héctor
Aguilar Camín todavía consideraba que: “
Vuelta
es una revista más bien liberal y
Nexos
una revista socialdemócrata”.
Sin embargo, el cambio de rumbo era ya evidente en esa reFexión crítica. Según Aguilar Camín, “creo que
Vuelta
ha
acertado en cosas que a nosotros nos ha costado más trabajo ver y reconocer: los temas de la democracia mexicana, por
ejemplo y, sobre todo, su crítica a las barbaridades y las opresiones del socialismo real” (Ochoa, 1992).
20
Para algunos temas de la modernización en México, véase: Servín, 2010.
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a veces unos han predominado sobre los otros. Sin embargo, más que el debate ideológico,
Nexos
ha privilegiado la dimensión práctica de la política. Su liberalismo es evidente en
las propuestas de política pública que se han discutido ahí y en las causas que la revista ha
defendido (o atacado) en su conjunto.
Lo cierto es que las propuestas más claras para transformar la economía del país en
un sentido liberal, han salido de sus páginas.
21
Ahí Isaac Katz criticó a la constitución
de 1917 por su carácter antiliberal que coartaba el desarrollo económico. Como hemos
visto, en las páginas de
Nexos
se forjó una propuesta de modernización cabal, “Un futuro
para México”. La revista se convirtió de esta forma en un sitio clave para la discusión
intelectual; de la crítica de tabúes nacionalistas y la apertura del petróleo, a la legalización
de las drogas. Sus intelectuales, aunque usualmente no apelan a la historia del liberalismo,
reviven cabalmente la gesta de Mora y otros liberales decimonónicos tempranos. Como
apuntó Héctor Aguilar Camín en 2008:
El país vive ahora, otra vez, una especie de empate entre las fuerzas que frenan y las que impulsan
su liberalización. Es una nueva edición de la batalla sorda, la batalla de nuestra historia. De
un lado está el México que ejerce y quiere ejercer las libertades individuales básicas de tener,
creer, comerciar, trabajar y producir; del otro lado está el México que ejerce y quiere ejercer
diversas cadenas de fueros y privilegios que impiden y constriñen las libertades de tener, creer,
comerciar, trabajar y competir (Aguilar Camín, 2008c).
22
Aguilar Camín abogaba por liberalizar al Estado:
Limitarlo, reducir y transparentar sus facultades de intervención (…) acotar las finanzas
públicas, haciendo que los ciudadanos paguen hasta el último peso que gasta el estado. [La
quintaesencia de un estado liberal es] un estado financiado por sus ciudadanos (Aguilar
Camín, 2008e).
En
Nexos,
numerosos colaboradores han criticado el pasado corporativo y su legado. Han
propugnado por el respeto colectivo a la ley. Ahí han escrito, entre otros, Luis Rubio, Carlos
Elizondo, Jesús Silva-Herzog Márquez, Soledad Loaeza, Fernando Escalante. etc.
21
Creo ser un ‘socialista liberal’ a la manera de Manuel Azaña: ‘Socialista a fuer de liberal’.” (
Aguilar Camín, 2012).
También se ha descrito como una liberal “tibio”.
22
De la misma manera afirmaba: “
He vivido la mayor parte de mi vida adulta oyendo que la administración de la
riqueza nacional por el Estado es garantía o instrumento de justicia social. Creo poder decir luego de estos años
que la administración pública de bienes de la Nación no ha traído a la Nación la justicia social prometida” (
Aguilar
Camín, 2008d).
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Una rama nueva del árbol liberal es la que dentro del Partido Acción Nacional (p±²)
busca redefinirlo. Se trata de un esfuerzo ³or afianzar las ³osiciones liberales dentro
de una organización en la cual históricamente el catolicismo ha sido un elemento
constitutivo. En 2010 el ex dirigente de ese ³artido, Germán Martínez, azuzó a sus
correligionarios:
El Partido Acción Nacional está cruzando una crisis de identidad ³orque, en algunas
ocasiones, no ha sabido defender con ³asión su discurso libertario, o mejor dicho, liberal.
El p±² ha ³erdido fuerza en su ambición de libertad. (…) El debate ³olítico mexicano
no encuentra claridad ³orque nadie asume con fuerza esa fe liberal. [Un cambio de ³iel
liberal significaría, com³rendía Martínez, que] el p±² no debe hacer ³revalecer ningún
valor moral, que no sea el valor moral sancionado ³or el sistema democrático. [En materia
económica,] la defensa de la libertad exige cambiar el objetivo de combatir la ³obreza
³or la meta de alentar la creación de la riqueza y el desarrollo sustentable. Los discursos
antica³italistas en el fondo son hondamente antiliberales y el p±² los debe combatir. En
³ocos terrenos como en el social, los ³anistas hemos flaqueado en la defensa del ideario
liberal (Martínez, 2010).
La res³uesta no se hizo es³erar. Dos integrantes de la Comisión de Doctrina del Consejo
Nacional del p±² le re³licaron a Martínez:
[Aunque el p±² fuese] el ³artido más liberal de México, éste no sólo defendía los ³rinci³ios del
liberalismo. [El PAN] se fundó uniendo valiosos ³rinci³ios liberales con la ³rofundidad del
³ensamiento socialcristiano más avanzado de su tiem³o. [Para ellos,] absolutizar la libertad en
todos los ámbitos, como ³retenden algunos liberales, ³uede llevar al im³erio del más fuerte.
Un buen ejem³lo es el mercado. [Según los críticos, ³ara los liberales no existe el bien común:]
sólo se ³uede hablar del interés ³ersonal. En este escenario la ³olítica y la ética salen sobrando:
si el orden social es el ³roducto del ³rovidencialismo es³ontáneo y de la mano invisible del
mercado, la voluntad y la justicia no tienen nada que hacer. [Para los ³anistas,] la libertad
sólo es tal cuando se busca la justicia y se garantiza igualdad de o³ortunidades (Landero y
Rodríguez, 2011a).
Martínez res³ondió que la adhesión “acrítica al humanismo tradicional tiene atrofiado
el debate ideológico ³anista”. Para el ex³residente de ese ³artido “nada hay de ajeno al p±²
en un discurso liberal”. Con “algunas lecturas distintas a las ³anistas de siem³re se ³ueden
acercar valores liberales con valores de esa tradición cristiana-occidental”. En efecto, aducía,
“un ³arlamentario inglés, católico del siglo XIX –donde los católicos evidentemente eran
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minoría– sin conservadurismos, ni anteojeras frente a su liberalismo, intentó conciliar las
hondas creencias religiosas con su fe en la libertad. Se llamó John Acton”
23
(Martínez, 2011).
El proyecto ideológico de los liberales panistas es situar al liberalismo dentro de la tradición
católica. En parte, este ha sido un empeño historiográfico. Alonso Lujambio, un liberal
católico, se empeñó en demostrar que el liberalismo había sido combinado con el catolicismo
en algunas de las figuras señeras del P±N. Lujambio encontraba en la tesis de Manuel Gómez
Morín respecto a que el partido “no es ni será jamás una organización confesional” y de que
el Estado “no tiene ni puede tener dominio alguno sobre las conciencias”, una prueba de su
liberalismo: “¿no está aquí otra vez el alegato del rector Gómez Morín en relación con las
libertades? ¿²o está aquí nítidamente retratada una posición en relación con la libertad de
creencias y la tolerancia religiosa? ¿²o está aquí el liberalismo panista de Gómez Morín?”
(Lujambio, 2009: 96).
Encontrarle al liberalismo un sitio en el relato histórico del P±N, es necesario para naturalizar
la política liberal en ese partido. Según Lujambio, Manuel Gómez Morín, Efraín González
Luna, Adolfo Christlieb, Efraín González Morfín y Carlos Castillo ³eraza estuvieron animados
por la búsqueda de una propuesta católica que fuera “respetuosa de la libertad personal”.
Según Soledad Loaeza, Lujambio:
(…) rastreaba en la biografía personal de los líderes las huellas liberales que habían
rescatado al partido del integrismo católico de la década de los cincuenta, y las que lo
modernizaron luego gracias a la intervención de Christlieb Ibarrola y más tarde Castillo
³eraza. Vista así, la influencia del liberalismo en el P±N aparece con meridiana claridad.
[El P±N,] nace como una alternativa para liberales que encuentran refugio en ese partido
poblado por católicos, pero que defiende el voto en la urna, el derecho de la oposición a
expresarse y del ciudadano a elegir sus gobernantes entre distintas opciones. Ahí están
las raíces del liberalismo católico que recuperaron Christlieb, primero, Castillo ³eraza
después”
24
(Loaeza, inédito).
En el P±N, como puede verse, se da una contienda interna por redefinir sus contornos
ideológicos. Algunos intentan rescatar un liberalismo católico en la historia de algunos de sus
líderes. Otros parecieran debatirse entre partir de una vez por todas de la bahía familiar del
23
El debate continuó durante algunas entregas más. Landero y Rodríguez respondieron que “la libertad no se puede
absolutizar, requiere de otros principios que la acompañen como son la participación, la equidad, la solidaridad. La
libertad sin referentes del bien humano y del bien común acaba por diluirse en pulsiones inconexas que no construyen
un proyecto de desarrollo humano integral, sino que deviene en un individualismo que atrofia el corazón mismo
del sistema democrático. La libertad sin ética social es incapaz de construir un futuro distinto y mejor” (Landero y
Rodríguez Doval, 2011).
24
Sobre este tema véase también: Estrada Michel (2009).
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catolicismo o buscar refugio en ella.
25
Sin embargo, tal vez harían bien en mirar más allá de
su historia. Probablemente, el liberal católico más importante no esté en el ±AN y la política,
sino en la república de las letras. Se trata de Gabriel Zaid.
26
En el tronco de este árbol hay también una nueva rama que brotó en los últimos tres
lustros. Se trata de la izquierda liberal. La izquierda hizo una contribución importante a la
causa liberal durante la transición a la democracia en México porque hizo suya la bandera
de los derechos. Los intelectuales y organizaciones que lucharon por los derechos humanos
fortalecieron el discurso del liberalismo. ¿Cómo llegó la izquierda a tierras liberales? Me
parece que arribó por los caminos del igualitarismo, la democracia, un compromiso con
la civilidad política y el rechazo al nacionalismo revolucionario autoritario. Hay aquí una
doble renuncia: a la Revolución y a la Revolución Mexicana. ² esta corriente de liberales de
izquierda pertenecen José Woldenberg, Pedro Salazar y Roger Bartra, entre otros.
27
En una reveladora mesa redonda sobre la izquierda y sus dilemas publicada en 2008 por
la revista
Letras Libres,
en la que participaron Roger Bartra, Ugo Pipitone, Jesús Silva-Herzog
Márquez y José Woldenberg, es posible atisbar las razones del tránsito al liberalismo de algunos
intelectuales de izquierda.
28
Bartra se reconocía como un tránsfuga “del mundo de la cultura
comunista a la democracia”. La certeza de que el comunismo, aún reformado y democrático,
“no tenía sentido en un mundo moderno”, fue un descubrimiento producto de su contacto con
la cultura democrática venezolana de finales de la década de los sesenta. ²hí, apunta Bartra,
“descubrí algo que tiró los dogmas que me impregnaban todavía: la democracia formal y
representativa era importante, fundamental. ³o era algo que sólo acompañaba al capitalismo
desarrollado o tardío, sino que podía existir en condiciones de subdesarrollo” (Cayuela, 2008).
Por su parte, Woldenberg da cuenta de las razones de su distanciamiento con una parte
de la izquierda mexicana. La primera, explica, fue el movimiento estudiantil del Consejo
Estudiantil Universitario (´µ¶) de 1986. Ese movimiento fue un “obstáculo para poner al
día a la ¶NA·” pues “no defendía derechos sino privilegios. ¿Cuál es la diferencia? Que el
derecho es para todos, los privilegios para unos cuantos, y el pase automático era y es para
unos cuantos”. De la misma manera, su salida del Partido de la Revolución Democrática
(±¸¹) se debió a la convicción de que el cambio político debía encaminarse a a modificar las
normas e instituciones para lograr la transición a la democracia. Esa construcción pasaba por
la negociación con todas las fuerzas políticas del país, incluido el gobierno. Era antitética al
maximalismo. El tercer desencuentro ocurrió a causa del levantamiento del Ejército Zapatista
de Liberación ³acional (µº»N) en 1994. La rebelión “generó, para mi sorpresa, una especie de
25
Ese pareciera ser el dilema de Martínez. Para él, el remedio a la enfermedad que aqueja al ±AN es “una fuerte dosis
de libertad” (Martínez, 2011b).
26
Véase el reciente libro: Zaid (2013).
27
Para una muestra de sus trabajos recientes, véanse Bartra (2009); Woldenberg (2012); Salazar (2012).
28
Véase Cayuela Gally (2008). El único que se situaba fuera del universo de izquierda era Silva-Herzog Márquez.
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fascinación por la violencia”, precisamente en el momento en que México estaba transitando
en un sentido democratizador. El último episodio fue cuando en 2006 Woldenberg negó la
existencia, aducida por la izquierda, de un gran fraude electoral en su contra. Las versiones
de cómo se realizó el supuesto fraude “me parecían indignantes por fantasiosas”. No podía
estar con una izquierda que mandaba “al diablo” a las instituciones (
Ibid
., 2008).
Estas causas del desencuentro son comunes a otros intelectuales de izquierda y fue así
como se produjo un realineamiento ideológico. En efecto, para finales de la primera década
del siglo XXI, Woldenberg concluía que: “la izquierda tiene que volver los ojos a las corrientes
de pensamiento liberal. Una izquierda que no subraye que las garantías individuales son parte
de su ideario, y que va a intentar preservarlas y ampliarlas, no es una izquierda a la altura de
los tiempos” (
Ibid
., 2008).
El cambio de piel también derivó en un acercamiento a las propuestas modernizadoras. En
efecto, como señalaba Bartra, “la defensa de la ‘virginidad’ de P±²±³” es un elemento de un
discurso caduco de izquierda. ´or lo cual, estaba seguro de que esa “situación ridícula tiene que
terminar y que P±²±³ debe modernizarse aun a riesgo de perder su virginidad” (
Ibid
., 2008).
No todo ha sido desprenderse del peso muerto de una tradición. Los liberales de izquierda
creen que algunos elementos del socialismo, como su cosmopolitanismo, pueden ayudar
a repensar al liberalismo en su dimensión teórica, por ejemplo en la construcción de un
pluralismo de valores tolerante (Bartra, 2013). Es cierto que para algunos de estos intelectuales,
“liberal” es más bien el adjetivo que el sustantivo. El esfuerzo de reinvención es notable. Es
posible que ahora muchos de los intelectuales de izquierda concuerden con Tony Judt, quien
afirmó en 2003:
Los valores y las instituciones que le han importado a la izquierda, de la igualdad ante la ley
hasta la provisión de servicios públicos como un asunto de derecho, y que ahora están bajo
ataque, nada le deben al comunismo. Setenta años de “socialismo realmente existente” no
contribuyeron nada a la suma del bienestar humano. Nada (Judt, 2003).
No es que la izquierda antiliberal haya desaparecido. Goza de cabal salud. Se trata de
la izquierda que renunció al universalismo, su mejor legado, para abrazar el personalismo
redentor, el populismo y el neoindigenismo. A los intelectuales de esa persuasión, los liberales
de izquierda les resultan particularmente antipáticos. Así, por ejemplo, Héctor Díaz ´olanco,
un intelectual antiliberal simpatizante de Hugo Chávez y el ±Zµ¶ afirma:
Krauze representa de manera destacada a un grupo que, a nombre del liberalismo, quiere intervenir
en los procesos políticos para secundar posiciones muy conservadoras, pero arropándose en
una bandera aparentemente democrática e incluso con el marbete de la ‘izquierda’. (…) Krauze
no está solo en su cruzada contra el retorno de los sueños revolucionarios. Se articula con
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otros personajes y grupos. Así, podríamos hablar de una especie de ‘pequeña internacional
liberal’, cuya característica más notable es su acentuado 
perfil conservador
(…) Este fenómeno
es digno de atención, pues no sólo involucra a 
Letras Libres
 sino también a otras revistas
mensuales (como 
Nexos
, bajo la dirección de Héctor Aguilar Camín y otros). De hecho, con
algunas excepciones, las publicaciones de este tipo están dedicadas a la tarea de combatir a la
izquierda. Se trata de elaborar prédicas 
para
 la izquierda, indicándole lo que no debe ser y en
lo que debería convertirse
29
(Díaz-Polanco, 2009).
La crítica tiene la virtud de reconocer que algo importante ha ocurrido en el mundo de
las ideas en años recientes. También revela que la izquierda antiliberal no ha extirpado de
su seno las pulsiones que a menudo la llevan a adular y ensalzar a líderes autoritarios que
conculcan las libertades civiles. Es una izquierda que no ha aprendido nada o muy poco del
pasado y que se atrinchera en sus fobias. Critica la prédica con el sermón: su pasión es expedir
certificados de pureza izquierdista.
Por último, una rama del árbol liberal que no ha gozado del mismo prestigio y consideración
intelectual, es la libertaria. Contra lo que se pudiera pensar, el ala derecha del liberalismo
mexicano no es una importación reciente. Sus raíces se hunden en la historia moderna del
país. Los libertarios, quienes abogan por un papel reducido del Estado en la economía y creen
con Friedrich Hayek en el orden espontáneo de la sociedad, tienen su origen en la política
monetarista del callismo en los años veinte. En efecto, Luis Montes de Oca, secretario de
Hacienda entre 1927 y 1932, propuso una política económica muy distinta de la desarrollista,
adoptada años después por el cardenismo.
30
Ya en pleno periodo posrevolucionario, en las décadas de los sesenta y setenta, un
abogado de la Escuela Libre de Derecho, Gustavo Velasco, lanzó una solitaria campaña en
contra del intervencionismo estatal inspirado en Hayek y Ludwig von Mises (Velasco, 1958;
1972; 1973). La marginalidad intelectual ha sido el sello de esta posición. Sin embargo, los
herederos de Velasco hoy continúan su brega en México, aunque algunos de ellos ignoren a
su precursor. Con±uyen ahí tanto los partidarios del libre mercado y la economía neoclásica
de Milton Friedman y la escuela de Chicago, como los críticos del intervencionismo estatal
inspirados en los economistas austriacos. Los libertarios no gozan de buena prensa, pero
son miembros cabales de la familia liberal. En los años ochenta, Carolina de Bolívar fundó
29
“El 
leimotiv
 es que la izquierda debe ser ‘moderna’; debe abandonar sus históricos objetivos fundamentales (como, por
ejemplo, insistir en la búsqueda de la igualdad social y en nuevas formas de participación democrática). Si se trata de la
justicia, ésta debería ser, digamos, adobada con otros planteamientos procedentes del enfoque construido por John Rawls
y otros liberales, quienes sostienen que una sociedad puede abrigar desigualdades y, no obstante, puede ser justa. La idea
fundamental es que la izquierda, sus organizaciones y desde luego sus intelectuales, deben abandonar todo radicalismo,
morigerado por los sanos principios liberales. Deben ser ‘institucionales’, aunque esas instituciones conspiren contra la
igualdad, la justicia y aún contra las propias leyes y principios que les dan vida” (Díaz-Polanco, 2009).
30
Véase, por ejemplo: Montes de Oca (1943).
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el Instituto Cultural Ludwig von Mises (±cUm±). Ahí ²onfuyeron si³patizantes de las ideas
del e²ono³ista austria²o. Personajes que después no serían ³arginales en lo absoluto, ²o³o
Josefina Vázquez Mota, ex Se²retaria de Estado y ²andidata por el ´µN a la presiden²ia, estuvo
vin²ulada a ese grupo. Vázquez Mota tuvo un progra³a de radio ²on Roberto Salinas, “Libre
Co³er²io”, en Radio Red.
31
En esa ³is³a dé²ada, el ²ontroversial e²ono³ista Luis Pazos
Fundó el Centro de Investiga²iones sobre la Libre E³presa (c±¶·¸) que sobrevive hasta ahora.
Ahí se i³partió un diplo³ado en e²ono³ía políti²a. A pesar de la ²ríti²a al estatis³o, Pazos
hizo una ²arrera políti²a en los 12 años en los que el ´µN gobernó el país. Arturo Da³³ y
otros e²ono³istas estuvieron vin²ulados al c±¶·¸. El diario
El Economista
a²ogió a diversas
plu³as que ²o³partían una visión libertaria. Algunas Funda²iones extranjeras han parti²ipado
a²tiva³ente en la vida intele²tual libertaria, algunas a distan²ia a través de Internet. De For³a
si³ilar, a ³ediados de la pri³era dé²ada del siglo XXI, se Fundó la organiza²ión Ca³inos de
la Libertad, por ini²iativa del periodista Sergio Sar³iento. La Funda²ión, auspi²iada por TV
Azte²a, instauró un pre³io anual así ²o³o un ²on²urso de ensayo. Roberto Salinas Fundó el
Mexico Business Forum
, que es a su vez parte de la Red Liberal de A³éri²a Latina (¹¸·±µ·),
una red de organiza²iones que “diFunden e i³ple³entan prin²ipios liberales asu³iendo ²o³o
bandera la deFensa de la de³o²ra²ia, el respeto de los dere²hos hu³anos, la pri³a²ía del
Estado de dere²ho y el Fo³ento de la e²ono³ía de ³er²ado; valores propios de individuos
responsables ²onsigo ³is³os y ²on su so²iedad.”
32
En ³u²hos países de A³éri²a Latina el últi³o vestigio de liberalis³o es un ar²hipiélago
de Funda²iones libertarias que privilegian la e²ono³ía. El liberalis³o está ausente en la gran
es²ena de la políti²a. El ²ontraste ²on Méxi²o no podría ser ³ayor. Aquí el liberalis³o, en
todos sus ³ati²es, goza de ²abal salud.
La Fronda liberal no sólo está ²o³puesta por grandes ra³as, ²onglo³erados dis²ernibles.
Su ²opa está repleta de individuos que desaFían ²ualquier intento taxonó³i²o. Sus diFeren²ias
son a ve²es tan i³portantes ²o³o sus ²oin²iden²ias. El liberalis³o ³exi²ano no es una es²uela,
es una ²orriente, un ²audal de opinión. El disenso es la regla; el ²onsenso, la ex²ep²ión. Es un
liberalis³o ³íni³o, pero fir³e. En ²oyunturas ²ríti²as, ²o³o la deFensa de las nuevas institu²iones
de³o²ráti²as, todos ²oin²iden. Periodistas independientes ²o³o Ma²ario S²hettino, Sergio
Sar³iento o Leo Zu²ke³ann que Fundan progra³as de radio ²on no³bres ²o³o “Artí²ulo 6”,
en alusión al artí²ulo ²onstitu²ional que estable²e la libertad de expresión. Políti²os que desaFían
los dog³as ideológi²os de sus partidos. Consejeros ele²torales, ²o³o Benito ºa²iF, que se
resisten a adoptar la ²ensura ²o³o instru³ento de salud públi²a. Historiadores, ²o³o Roberto
Breña, que se e³pe²inan en res²atar un pasado liberal. Magistrados de la Supre³a Corte, ²o³o
José Ra³ón Cossío, que batallan por deFender las libertades ²iviles de los ²iudadanos ²on una
31
Agradez²o a Roberto Salinas su ayuda para re²onstruir esta historia.
32
Véase <www.relial.org>
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Constitución que a veces no coopera en el empeño. Intelectuales de amplio aliento, como Jesús
Silva-Herzog Márquez que critican la idiotez de lo perfecto. Críticos que quieren salvar el alma
del liberalismo clásico. Escritores que pugnan por la transparencia y la rendición de cuentas,
como Federico Reyes Heroles. etc. Esa es la amplia fronda liberal.
Conclusión: el momento liberal
Históricamente, cada vez que ha cambiado el régimen político (1821, 1910, 2000), el libera-
lismo ha tenido una ventana de oportunidad para transformar al país. Desde el siglo XIX,
esa corriente de pensamiento no había gozado de una vida tan autónoma, vigorosa y amplia
como en los últimos cuatro lustros. El fin del consenso ideológico posrevolucionario proahijó
al nuevo liberalismo mexicano. Por lo pronto, ha durado ya más que el breve interludio ma-
derista de siete años. Su reinvención constituye una vuelta a los orígenes: ha recuperado su
vocación de futuro. Es, por primera vez, un liberalismo cabalmente democrático. No existe ya
el matrimonio ilegítimo entre Nación y liberalismo. Esa unión fue el saldo de la guerra civil
primero y la justificación ideológica de un régimen autoritario más tarde. La patria gracio-
samente ha desincorporado al liberalismo de entre sus bienes intangibles. Se lo ha devuelto
a la sociedad, cortesía de la transición democrática. Con todo, es necesario precisar que la
apropiación simbólica del liberalismo por parte del ±²³ y el papel del liberalismo en la his-
toria patria mexicana, no son necesariamente lo mismo. Sin embargo, no hay espacio aquí
para hacer un deslinde exhaustivo.
Los nuevos liberales reconocen el necesario pluralismo de valores de la sociedad mexicana.
Este no es
el
discurso de la Nación, es sólo uno de ellos. Muchos no lo comparten y no son
menos mexicanos por ello. Este es un liberalismo sin máscaras. Los liberales creen que pueden
gobernar con las instituciones. La ley no es sólo para los enemigos: es su apuesta de futuro.
Como la generación de liberales de Mora, la actual encuentra en la historia poca inspiración.
El riesgo evidente de pensar el liberalismo como una amplia casa de puertas y ventanas
abiertas es que al final se convierta en una estación de ferrocarriles. Un hotel de paso, habitado
fugazmente por pasajeros y viajeros, sin identidad propia. Sus contornos ideológicos se
desdibujan. Creo, sin embargo, que las fobias y reivindicaciones de los nuevos liberales le
dan suficiente consistencia al movimiento. Es un objeto discernible. Se trata de un bicho
intelectual bien identificable en el
zoo
ideológico contemporáneo.
Los nuevos liberales creen, de nueva cuenta, en el progreso, en la capacidad para mejorar
nuestra circunstancia a través de la razón. Creen en la posibilidad de un mundo nuevo. No
sabemos si este será sólo un breve paréntesis o si tendrá en cambio una carrera larga, como
en los inicios de la Nación. Lo que sí sabemos es que hoy no es un liberalismo triunfante: es
un liberalismo combatiente.
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