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Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
,
Universidad Nacional Autónoma de México
Nueva Época, Año LIX, núm. 221, mayo-agosto de 2014, pp. (versión preprint). ISSN-0185-1918
1
El análisis comparativo:
algunos aportes latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XX
1
Comparative Analysis:
Latin American Contributions in the Second Half of the Twentieth Century
Miguel Ángel Beltrán Villegas
Recibido el 9 de agosto de 2013
Aceptado el 14 de febrero de 2014
Resumen
En este artículo se explora la importancia del análisis comparativo como instrumento de conocimiento de la
realidad latinoamericana, a partir de la identificación de algunos ejes problemáticos que durante el siglo XIX
y comienzos del XX predominaron en el pensamiento sociopolítico de América Latina. Específicamente, se
centra la atención en la segunda mitad del siglo pasado cuando, desde una perspectiva histórica y sociológica,
estos ejes aparecerán reformulados en la obra de autores como Sergio Bagú, Antonio García, y Fernando H.
Cardoso, a través de conceptos como “capitalismo comercial”, “situaciones de dependencia” y “reforma
agraria”.
Palabras clave
: América Latina; sociología histórica; historia comparada; dependencia; reforma agraria.
Abstract
In this article the importance of comparative analysis is explored as a tool of understanding for Latin
American reality, through the identification of some problem axes that dominated the Latin American socio-
political thought during the nineteenth and early twentieth century. Specifically, we focus on the second half
of the last century, when, from a historical and sociological perspective, these axes appear reformulated in the
work of authors like Sergio Bagú, Antonio Garcia, and Fernando H. Cardoso, through concepts such as
“commercial capitalism”, “situations of dependency”, and “agrarian reform”.
Keyword:
Latin
America;
historical
sociology;
comparative
history;
dependence;
agrarian
reform.
1
Este artículo constituye un avance de la investigación posdoctoral que el autor lleva a cabo en el Centro de
Estudios Latinoamericanos (
CELA
) de la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Gino
Germani de la Universidad de Buenos Aires (
UBA
): “América Latina: la necesidad de comparar: Entre la
Imitación y la Imaginación Creadora”.
Profesor Asociado del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, (Colombia).
Sociólogo. Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Distrital; Magister en Ciencias Sociales por la
flacso (México) y Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México.
Estudios posdoctorales en el Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires, (Argentina)
Sus líneas de investigación son: pensamiento político y social latinoamericano; sociología histórica; teoría
sociológica clásica y contemporánea; conflicto social y armado colombiano. Entre sus últimas publicaciones
destacan:
La Vorágine del Conflicto Colombiano: Una Mirada desde las Cárceles
(2013);
Colombia y
América Latina: Historia de Disidencias y Disidentes
(2012);
Perspectivas Contemporáneas de las Ciencias
Sociales
(2011) y Un decenio de Agitación Política: México, La Revolución Cubana y el Movimiento de
Liberación Nacional (1958-1968) (2011). Correo electrónico: mabeltranvi@unal.edu.co
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En principio podría decirse que el análisis comparativo es un ejercicio básico de toda
actividad cognoscitiva. En sus versiones extremas se presenta como un mecanismo
orientado a establecer conexiones causales entre diferentes fenómenos (procedimiento
nomotético) o la identificación de elementos únicos que permitirían explicar la existencia
de un fenómeno considerado único e irrepetible (procedimiento ideográfico). En el primer
caso la investigación comparativa estaría justificada por la búsqueda de generalizaciones
empíricas y la comprobación de hipótesis; mientras que en el segundo a la determinación de
las especificidades de un fenómeno (Marradi, 1991).
No obstante la reducción del problema a estos términos tan simples oculta la
complejidad inherente al procedimiento mismo de comparar: ¿Por qué comparar? ¿Para qué
comparar? ¿Cómo comparar? ¿Cuáles son los tipos de comparación más adecuados? ¿Qué
tipos de unidades de comparación se pueden utilizar? ¿Qué es comparable y qué no? Estos
son algunos de los interrogantes que surgen cuando tratamos de formular un ejercicio
comparativo en las Ciencias Sociales (Sartori y Morlino, 1994). A esta preguntas han
tratado de dar respuestas numerosos investigadores no sólo desde sus reflexiones teóricas
sino también desde sus investigaciones empíricas, al punto que puede hablarse hoy de
algunos subcampos especializados del conocimiento que suelen acompañarse del adjetivo
“comparado”. En este sentido se habla de la política comparada, la historia comparada y la
sociología comparada, entre muchas otras áreas que pugnan por erigirse como un campo
propio del conocimiento a partir de una supuesta unidad temática, teórica y metodológica.
Más allá de las discusiones sobre la pertinencia de atribuir a estos campos el estatus
de una subdisciplina en sí misma, las Ciencias Sociales, y específicamente la historia y la
sociología, cuentan hoy con un conjunto de trabajos investigativos que permiten establecer
una estrecha relación entre los métodos de una y otra disciplina, configurando lo que
algunos autores han denominado una sociología histórica, donde “mediante formas de
análisis cuantitativos y cualitativos, la teorización sociológica puede hacerse más sensible a
secuencias que transcurren en el tiempo y a desarrollos históricos alternativos, sin
abandonar problemas de larga data para explicar patrones y efectos de las estructuras
sociales y acciones de grupo en términos potencialmente generalizables”(Skocpol, 1984;
Ansaldi, 1994: 152).
Los diferentes analistas coinciden en identificar por lo menos cuatro estrategias de
investigación en este campo: “1) el empleo de un modelo teórico para explicar uno o más
casos históricos; b) la utilización de conceptos para generar interpretaciones significativas
de grandes procesos históricos; c) recurrencia al análisis de regularidades causales aunque
sea de alcances limitados; d) combinación de dos de las tres anteriores” (Ansaldi, 2002:
23). Cada una de las cuales cuenta con investigaciones paradigmáticas
2
.
Cuando se estudian estas contribuciones de la sociología histórica al análisis
comparado, suelen referenciarse autores y temáticas desarrolladas en las Ciencias Sociales
europeas
y
norteamericanas;
pareciera
como
si las
tradiciones
del
pensamiento
latinoamericano poco o nada hubieran contribuido al desarrollo de este campo de
conocimiento (Skocpol,
1984). No
obstante, una
mirada
crítica
a estos
análisis
eurocéntricos coloca de presente un conjunto de trabajos históricos y sociológicos que,
desde los albores mismos de la construcción de un pensamiento latinoamericano, han
2
En la primera estrategia destaca el libro de Neil Smelser (1959); en la segunda estrategia cabe señalar a
Reinhard Bendix (1974); en la tercera estrategia encontramos la investigación de Barrington Moore (2002); y
en la cuarta estrategia podríamos citar a Charles Tilly (1998).
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recurrido a la perspectiva comparativa como una valiosa herramienta para reflexionar sobre
las realidades de “Nuestra América”, al principio de manera muy difusa, perdida entre la
ensayística que caracterizó las reflexiones iniciales, y posteriormente, sobre todo a partir de
la segunda mitad de la centuria pasada, a través de investigaciones originales que aportaron
nuevos caminos para la comprensión de las sociedades latinoamericanas.
Partiendo de esta preocupación, mi interés en este artículo es señalar algunos ejes
temáticos que durante el siglo XIX y hasta las primeras décadas del siglo XX, indujeron la
reflexión intelectual latinoamericana por los caminos de la comparación, tarea que abordaré
en la primera parte de este escrito, para luego
en un segundo momento
detenerme en el
análisis de tres libros que bien podrían ser considerados “clásicos” del pensamiento
latinoamericano (
Economía de la Sociedad Colonial
de Sergio Bagú;
Dependencia y
Desarrollo en América Latina
de Fernando H. Cardoso/Enzo Faletto; y
Sociología de la
Reforma Agraria
de Antonio García).
Estos autores sugieren a través de sus obras modelos específicos de comparación
para la comprensión de algunos problemas estructurales de América Latina. En el caso de
Sergio Bagú la historia económica comparada constituye un recurso metodológico que le
permite definir elementos particulares y generales de la economía colonial y periférica en
relación con el capitalismo occidental; por su parte Cardoso y Faletto, identificarán
diferentes situaciones de dependencia en el continente en términos de los modos de
vinculación de las economías periféricas al mercado mundial y las interacciones de clases y
grupos sociales en el interior de los marcos nacionales; en tanto que el colombiano Antonio
García intentará una aproximación global a la problemática agraria latinoamericana a partir
de un análisis histórico y sociológico de algunas experiencias latinoamericanas de reforma
agraria.
Imágenes de “Nuestra América” en el siglo XIX: la necesidad de comparar
Los precursores de la independencia latinoamericana se ocuparon de observar y recoger
a
través de viajes y lecturas
una variada gama de información sobre otras sociedades y
recurrieron a estos datos para tratar de explicar la realidad que estaban viviendo. Éste
procedimiento comparativo se convirtió en una herramienta de gran utilidad para visualizar
similitudes y diferencias respecto a fenómenos políticos y sociales ocurridos en otras
latitudes geográficas, y les permitió extraer conclusiones sobre la viabilidad de formas de
gobierno que, una vez roto el lazo colonial, pretendían implantar en América. Así, en
estrecha vinculación con su quehacer político, algunos escritores de comienzos del siglo
XIX se ocuparon de estudiar comparativamente las constituciones de otros países (europeos
o norteamericanos) para mostrar las bondades o limitaciones de su aplicación en tierras
americanas, acaso con la convicción que la sola consagración del texto constitucional
modificaría la realidad social. En esta perspectiva, el ecuatoriano Vicente Rocafuerte
(1826) equipara las constituciones federales de Estados Unidos, México y Guatemala, con
el modelo centralista unitario de Colombia (Gran Colombia), Perú y Chile, buscando
demostrar que aquel ofrece mayores ventajas sobre éste.
Algunos como el sacerdote mexicano Fray Servando Teresa de Mier (1978 [1823]),
agudo analista de la realidad europea y americana, plantearon profundas reflexiones en
torno al modelo político norteamericano y concluyeron a través de su comparación con las
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realidades de
Nuestra América
la inviabilidad del mismo.
3
En su famoso discurso
pronunciado el 13 de diciembre de 1823 ante el congreso constituyente mexicano, en su
condición de diputado por Nuevo León, Mier rechaza la idea de que México, imitando el
modelo de los Estados Unidos, otorgue soberanía a sus provincias. La argumentación de
Servando está sustentada en una brillante exposición en torno a las grandes diferencias
políticas, sociales, geográficas y culturales que separan a estas dos naciones.
“Civilización o Barbarie”
La ruptura con España planteó a las élites criollas la necesidad de construir una nueva
imagen de América Latina donde Europa y Estados Unidos aparecían como el modelo de
“progreso” a seguir. Tal vez fue el argentino Domingo Faustino Sarmiento quien condensó
más claramente este proceso a través del dilema “civilización o barbarie”. Su libro
Facundo
constituye una reflexión histórico-social que contrapone dos tipos de sociedades con
profundas diferencias en su fisonomía, creencias y costumbres, y que coexisten con la
América Hispana. Por un lado, la indígena encarnada en el habitante de la pampa, cuyo tipo
es expresión de un medio hostil y salvaje, cuna del caudillo; y, por otro, la europea
representada por los centros urbanos de población (Sarmiento, 1993: 39). Disyuntiva que
pronto trasciende los marcos interpretativos del Facundo y se erige en una ecuación a la que
muchos autores recurrirán, a lo largo del siglo XIX y parte del XX, para oponer bajo una
lógica comparativa los dos polos de un conjunto donde la civilización aparece representada
en sus posibles interpretaciones por la ciudad, lo europeo, lo racional, el imperio de la ley o
la democracia, mientras que lo bárbaro estaría encarnado en el campo, lo americano, lo
hispánico, las masas llaneras o la dictadura personal (Terán, 2008: 65-91).
Un contemporáneo, y a la vez contradictor de Sarmiento, el argentino Juan Bautista
Alberdi, materializará este dilema en términos de la antinomia pasado y presente. En este
sentido plantea la necesidad de una constitución que sirva como punto de partida para
afianzar las naciones americanas por la senda del progreso; tarea que acomete en su libro
Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina
(Alberdi, 1886 [1858]),
donde luego de analizar críticamente las constituciones que se
encuentran vigentes al momento de escribir su libro o que se han ensayado en América del
Sur durante la primera mitad del siglo XIX, esboza lo que a su juicio debe ser un modelo de
constitución acorde con los “tiempos modernos”.
4
Junto Alberdi, toda una generación de autores post-independencia compartirán la
convicción de que es posible conducir a América Hispana por los caminos del progreso,
siempre y cuando se renuncie a la herencia que España sembró en sus colonias, que para un
autor como Lastarria (1867) está materializada en “el virus de la corrupción; la intolerancia
3
En esta misma línea de reflexión puede encontrarse algunos escritos y discursos de Simón Bolívar (2009
[1812]; 2009 [1815]; 2009 [1819]) y Antonio Nariño (1813).
4
Sin duda la historia constitucional comparada constituye uno de los campos pioneros de la aplicación del
análisis comparativo en el pensamiento latinoamericano. Sin embargo, cabe advertir que no es el único; el
colombiano Juan García del Río (1842) por ejemplo, realizó interesantes observaciones comparativas en torno
al sistema de instrucción en diferentes países Europeos y, analizó algunos sistemas penitenciarios y represivos
de Europa y América.
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producto de los pueblos habituados a la verdad absoluta del catolicismo y de la monarquía
clerical; la ausencia de hábitos de justicia, y de moralidad y trabajo”.
Lo Nacional y lo Americano
Una de las preocupaciones fundamentales que motiva los estudios históricos en la segunda
mitad del siglo XIX en la América Latina es dar cuenta del proceso de constitución de las
nuevas nacionalidades que se fueron creando tras la consolidación de la independencia.
Este interés de las élites criollas por definir los rasgos de la ‘personalidad histórica’ de sus
respectivas sociedades
nacionales, estimuló los análisis comparados como vía para
identificar y mostrar lo excepcional en cada una de estas unidades políticas, en relación a su
medio geográfico, sus habitantes, sus costumbres y tradiciones políticas, alimentando la
idea de un cierto espíritu colectivo que pareciera haber existido siempre, pero que apenas
toma forma con la independencia de España. Así, el pensador argentino Juan Bautista
Alberdi (1847: 233), aludía al mito de la “excepcionalidad” y “grandeza” de la Argentina
que estará presente en el pensamiento de un amplio sector de escritores de la segunda mitad
del siglo XIX; Ernesto Quesada (1898: 332) resalta la relativa paz que ha conservado Chile
en medio de una región convulsionada; mientras que Samper (1864: 182) refiere la
situación de México como la más deplorable del continente por las numerosas revueltas que
sacuden a este país.
Paralelamente a estas preocupaciones la valoración del caudillo será un debate que
se proyectará a lo largo del siglo XIX, polarizando en diferentes momentos la opinión entre
quienes ven en él un obstáculo para la democracia y aquellos que lo destacan como un mal
necesario. La interpretación y valoración del fenómeno caudillista pasa entonces por un
ejercicio comparativo, donde éste aparece como una etapa necesaria del proceso histórico
(Vallenilla Lanz, 1991). Bajo esas premisas, Ernesto Quesada (1898) equipara la figura de
Rosas en Argentina con la de Portales en Chile, destacando la labor política que cumplen en
su momento para enfrentar “la anarquía” y contener la reacción. Contrario a ello,
si bien
manteniendo una mirada comparativa
José María Samper ve en las figuras de Bolívar, San
Martín, Iturbide y el Doctor Francia, frenos al desarrollo democrático de nuestras naciones.
Ya para finales del siglo XIX y comienzos del XX, la novela, la poesía, el ensayo, la
crónica
periodística y
la
reflexión
socio-histórica, nos
ofrecen una
nueva
imagen
continental de América en que ésta aparece representada por un cuerpo coherente y unitario
que despierta sentimientos “americanistas” de contenidos muy variados. Así, mientras que
para el poeta argentino Leopoldo Lugones (1917: 186) éste americanismo nos aproxima
necesariamente a los Estados Unidos, para su compatriota Manuel Ugarte (1912: XIII)
“Nadie puede poner en duda que la frontera de México es un límite entre dos civilizaciones.
Al Norte resplandece el espíritu anglosajón, al Sur persiste la concepción latina”. Esta
oposición entre tradición latina y tradición sajona había sido tematizada años atrás por el
uruguayo José Enrique Rodó, en ese escrito de inspiración Shakesperiana que es el
Ariel y
que habría de convertirse para una joven generación de intelectuales en el manifiesto
fundacional del nuevo siglo.
En la búsqueda de fórmulas que confieran sentido a “lo americano” acompañan al
autor del Ariel
aunque con estilos diferentes y variaciones sustanciales
pensadores de
todo el continente: entre otros, el mexicano José Vasconcelos, el argentino José Ingenieros,
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el centroamericano Eugenio María Hostos y el peruano José Carlos Mariátegui. Para este
último, “Los pueblos de la América Española se mueven, en una misma dirección. La
solidaridad de sus destinos históricos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos
pueblos, realmente no son hermanos en la retórica sino también en la historia. Proceden de
una matriz única. La conquista española, destruyendo las culturas y las agrupaciones
autóctonas, uniformó la fisonomía étnica política y moral de la América Hispana”
(Mariátegui, 1922: 13).
En esa perspectiva, el ensayo sociológico cobra fuerza, como una forma de dar
respuesta
a
la
preocupación
por
el
porvenir
de
América
Latina,
que
sólo
puede
dimensionarse
a
partir
de
un
conocimiento del
pasado. Esta
labor
pasa
por
un
reconocimiento no sólo de las particularidades de las sociedades latinoamericanas, sino
también de los elementos que le confieren una homogeneidad, en medio de las divisiones
nacionales. En esta tarea están empeñados Francisco García Calderón (1987) y Manuel
Ugarte (1912) quienes, sin embargo, no logran sustraerse de las tesis sobre la diferenciación
racial. Habrá que esperar entonces a los años veinte, cuando algunas mentes lúcidas como
la del peruano José Carlos Mariátegui, aventurarán explicaciones que desplazan su centro
de atención de los determinismos raciales a las fuerzas sociales en tensión.
El retorno a la comparación en la segunda mitad del siglo XX
Concomitante con el auge del proceso industrializador y del desarrollismo, en la segunda
mitad del siglo XX avanzará el proceso de institucionalización de las Ciencias Sociales
(Trindade, 2007; Beigel, 2010), las cuales “toman franca delantera respecto del ensayo,
modificándose con esto no sólo el ‘género literario’ o la disciplina predominante sino
impactando fuertemente a la vez sobre la estructuración del quehacer intelectual, que
durante la segunda mitad del siglo es más ‘institucional’ y más de equipos o redes” (Déves,
2008: 15). Se abren así en el continente nuevas formas de producción intelectual que
encuentran en el espacio académico-universitario un nicho para impulsar reflexiones sobre
la realidad latinoamericana, apartándose de lo que podríamos denominar la “literatura de
ideas” (Altamirano, 2005: 20) predominante hasta ese momento.
Las preocupaciones por entender el desarrollo histórico y estructural del capitalismo
en la región cobran especial interés, enmarcándose ahora menos en el ensayo y más
claramente en los diferentes campos disciplinares de la historia, política, sociología,
economía y antropología. De este modo, las reflexiones en torno al desarrollo económico y
social del continente adquieren singular importancia no sólo en el terreno teórico sino
práctico, teniendo un antecedente importante en las contribuciones hechas por la Comisión
Económica para América Latina (
CEPAL
) fundada en 1949 y que tendrá en los trabajos del
argentino Raúl Prebisch uno de sus principales impulsores (Zapata, 1990; Déves, 2008;
Beigel, 2010).
Es en este contexto político e intelectual en que se producen significativas
reflexiones que logran articular tanto la riqueza temática y creativa del ensayo como la
rigurosidad investigativa y de fuentes que exige estas nuevas formas de producción
intelectual. Se pretende por esta vía aportar luces a los problemas de la modernización, la
dependencia, y el atraso en el agro. Cabe destacar aquí la obra de Sergio Bagú (1992),
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Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto (1987); y Antonio García (1973), cuyas
aportaciones teóricas analizaremos en las siguientes páginas.
Sergio Bagú: por los caminos de la historia comparada
América Latina: ¿capitalismo, feudalismo o capitalismo colonial?
Si algún libro merece un sitial como pionero en la historia comparada de América Latina
es, sin duda,
Economía de la Sociedad Colonial. Ensayo de Historia Comparada de
América Latina
de Sergio Bagú, publicado en Argentina en 1949 y reeditado en México
cuarenta y dos años después. Este texto –como lo reconoce su autor en el prefacio escrito a
esta última edición
hacía parte en su plan inicial de su obra posterior
Estructura Social de
la Colonia
(1952), que dedicaba un primer capítulo a la estructura económica, pero cuyo
tratamiento detallado lo convirtió en un volumen independiente. Los dos libros –advierte el
pensador argentino
obedecían a una misma concepción teórica originada por la convicción
de que América Latina debía ser investigada y comprendida como una unidad. Ambas,
además,
traían
referencias
al
proceso
colonizador
de
América
del
Norte
a
título
comparativo” (Bagú, 1992: 111).
El proyecto historiográfico de Sergio Bagú que prometía avanzar por nuevos
caminos, en la perspectiva de elaborar una reflexión más amplia “que abarcara el conjunto
del desarrollo de la sociedad colonial en el continente americano –es decir, incluyendo
Canadá Estados Unidos
y las sociedades de África occidental, de donde procedió la
población que fue esclavizada con destino a la producción en América” (Bagú, 1992: 11),
quedó como un propósito truncado del que sin embargo confiesa su autor se redactaron
centenares de páginas que quedaron inéditas. Y si bien en las décadas posteriores las
preocupaciones intelectuales de Bagú se reorientaron por otros caminos, hasta el final de
sus días mantendría su vivo interés por analizar nuestra realidad desde una perspectiva
latinoamericana (Millán, 1995; Turner y Acevedo, 2005).
La pretensión de este pensador argentino por estudiar a América Latina como una
estructura dinámica con caracteres propios, que a su vez hace parte integral de un conjunto
más amplio, constituye un punto de partida crucial para enfrentar las historiografías de cuño
positivista que en la primera mitad del siglo pasado habían convertido las historias de
América Latina en una exhaustiva narración que daba cuenta de los hechos más relevantes
de la historia y cuya rigurosidad estaba garantizada por la fidelidad a los documentos
escritos.
Es cierto que desde los años veinte y treinta, y en estrecha conexión con las
agrupaciones marxistas, se venía abriendo paso en el continente una corriente que,
distanciándose de esas concepciones trataba de reinterpretar la historia nacional a partir de
elementos socioeconómicos.
5
Aunque muchos de ellos no lograban trascender las tesis
oficiales de los partidos comunistas, según las cuales, España y Portugal no sólo habían
traído el feudalismo a América, sino que en los más de tres siglos de dominación colonial
no se había podido liquidar ese régimen feudal por la inexistencia de una burguesía que
llevara adelante las tareas de la revolución democrático-burguesa. Bagú reconoce que al
5
Tendencia que dan cuenta obras como las de César Antonio Ugarte (1936); Luis Chávez Orozco (1938);
Luis Eduardo Nieto Arteta (1940); Caio Prado Junior (1942) y Rodolfo Puigróss (1940).
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iniciar su indagación no estaba muy lejos de esta tesis pero, precisamente el análisis
comparado le permitirá apartarse de ella, ya que “Lo que encontraba en el esfuerzo
comparativo era un extraño diseño, muy distinto del feudalismo clásico europeo, pero
distinto también de lo que distinguía como capitalismo contemporáneo” (Bagú, 1992: 254).
El pensador argentino caracteriza este capitalismo
su generis
como “capitalismo
colonial”, cuyas bases trata de reconstruir a lo largo de su libro. Por esta vía Bagú
enriquecerá de manera creativa, las discusiones en torno a la caracterización de América
Latina, superando las visiones que pretendían encuadrarla ya fuere en el modo de
producción feudal, o en el capitalista. Por otro lado, su abordaje de la historia colonial le
permitirá establecer una ruptura radical con los planteamientos tanto hispanistas como anti-
hispanistas que durante décadas alimentaron la llamada “Leyenda Negra” o, su contraparte,
la “Leyenda Rosa” acerca de la conquista.
Detengámonos ahora en los procedimientos metodológicos que utiliza Bagú para
llevar adelante su comparación. Ante todo, es preciso señalar que en el conjunto de
tipologías definidas por los estudiosos del tema para hacer comparaciones (Skocpol, 1984),
la obra del pensador argentino se inscribe en aquella que partiendo de un modelo teórico
previo (en este caso las categorías marxistas), lo aplica a una unidad de análisis para
identificar allí patrones comunes o contrastantes. Pero, ¿cuál es esa unidad de análisis que
utiliza Bagú? En el postfacio a la edición de 1992, nos lo devela claramente:
A partir de la convicción de que América Latina ha sido y sigue siendo una unidad dentro de
la realidad mundial, mi tentativa consistió en estudiarla precisamente como unidad dentro de
una evolución histórica internacional. No como un conjunto de unidades regionales y
nacionales, sino como un todo en sí misma; sin olvidar, por supuesto, lo propio de cada
región (Bagú, 1992: 253).
Sus permanentes referencias a Europa occidental y las colonias británicas del norte
del continente, corroboran esta visión.
El análisis comparativo de Bagú tiene como propósito buscar los factores comunes
y específicos de toda la América Latina; ampliar el horizonte analítico para mostrar
aquellos
elementos
compartidos
y
diferenciadores
con
el
capitalismo
occidental
contemporáneo; y explicar más allá de los determinismos raciales y geográficos comunes
en la historiografía europea y latinoamericana porqué las colonias hispano-lusas tomaron
una ruta de desarrollo diferente a las colonias británicas. La comparación surge así de la
“[…] necesidad sentida de aprehender lo que de común tienen las historias de cada parte de
la América nuestra, de señalar las rutas paralelas por las cuales hemos transitado –unos aquí
y otros allá
” (Bagú, 1992: 215).
La estructura del libro en tres partes da una clara idea de los propósitos del autor
6
.
En la primera de ellas abordará el estudio de la economía indígena precolombina bajo el
entendido que ésta resulta fundamental para comprender la economía colonial. En la
segunda parte se ocupa de la gestación de la economía colonial, en estrecha articulación
con la economía de la metrópoli, la cual hace parte de un conjunto mucho más amplio que
es Europa occidental. Definiendo así las particularidades de la península ibérica, Bagú
6
(Parte I) La Economía Indígena Precolombina; (parte II) La Gestación de la Economía Colonial y (Parte III).
La Evolución de la Economía Colonial.
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aborda los elementos formativos de la economía colonial, labor que emprende utilizando
dos niveles de comparación:
Por un lado, un nivel individualizador donde trata de mostrar las especificidades que
tiene la economía colonial tanto en las colonias españolas como en las portuguesas, a través
de un examen de lo que nuestro autor denomina los “elementos determinantes” y los
“elementos condicionantes”; aquí su esfuerzo se centra fundamentalmente en demostrar que
pese a compartir el hecho común de ser economías coloniales, hay particularidades que es
necesario identificar.
Por otro lado, un nivel generalizador orientado a mostrar cómo los elementos que
están presentes en la economía colonial que se impuso en América Latina no es potestad de
las colonias hispano lusas sino que son compartidos por otras economías coloniales, como
en el caso de Inglaterra y Holanda sobre sus colonias. En este sentido afirma la tesis de que
el capitalismo es un sistema expansivo que no expresa en todas las regiones las mismas
formas de relación social sin que por ello la estructura que produce deje de ser capitalista
(Millán, 1995), a la vez que niega la existencia de modo de producción específico y original
en América, como lo sustentarán algunos autores posteriormente (Bagú, 1992: 256).
Es a través de la investigación comparada que Bagú arriba a estas conclusiones para
lo cual reconstruye un modelo teórico de lo que se ha considerado por un lado, el
feudalismo clásico (teniendo como referencia la Europa occidental) y por otro, el
capitalismo moderno. Elementos que contrasta con los presentes en la organización
económica y social de las colonias hispano-lusitanas. El equiparar estos elementos permite
a Bagú, identificar un modo de organización diferente al feudalismo clásico pero también al
capitalismo moderno.
Además de describir la estructura, Bagú se interesa por examinar las dinámicas de
cambio, preocupación que lo aproximará al campo de la sociología histórica: “Cuando un
sociólogo –escribe
busca en la perspectiva histórica un instrumento que le permita
esclarecer mejor su propio panorama, o bien cuando un historiador se vuelca hacia el
análisis sociológico de una coyuntura, lo que ocurre es que tanto uno como otro, en el afán
por enriquecer su propia capacidad de análisis, atraviesan los lindes de su especialidad, y se
van ubicando en esa frontera incierta donde lo sociológico se transforma en histórico y a la
inversa”(Bagú citado por Giletta, 2009: 5 ). Es ese uso de la historia y la sociología lo que
permitirá, en esta última parte de su libro, explicar las causas que llevaron al estancamiento
de la economía hispano-lusa y el desarrollo de la economía de la Gran Bretaña que le
permite erigirse como una gran potencia. Recurriendo a una perspectiva comparativa, Bagú
analiza la decadencia de España y Portugal; el florecimiento del capitalismo en los países
bajos, particularmente Holanda, y su posterior enquistamiento en la segunda mitad del siglo
XVI para finalmente ilustrar la exitosa trayectoria del capitalismo en Gran Bretaña.
Cabe advertir que esta propuesta de historia comparada que nos ofrece Bagú no está
sustentada en fuentes primarias, lo cual lleva a formularnos la pregunta sobre la validez de
hacer investigación comparada sustentada solamente en fuentes secundarias y, en caso
afirmativo interrogarnos si constituye un mérito menor hacerlo de esta forma. En su
reflexión sobre las tendencias de la sociología histórica, la norteamericana Theda Skocpol
señala algunas pistas: “[.
..] la insistencia dogmática en rehacer la investigación primaria
para cada estudio podría ser desastrosa; eliminaría mucha de la investigación comparada. Si
un tema es demasiado grande para una investigación absolutamente primaria –y si están
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disponibles estudios excelentes realizados por especialistas
, las fuentes secundarias son
apropiadas para su utilización en un estudio determinado” (Skocpol, 1994: 181-182).
El libro de Bagú es una confirmación de este principio pues, más allá de las
limitaciones materiales que tenía el autor para emprender una investigación basada
exclusivamente fuentes primarias, no es menos cierto que el autor logra hacer no sólo una
sistemática búsqueda de la literatura existente en bibliotecas de Montevideo y Buenos Aires
sino que –y quizás esto es más importante
hace un uso intensivo de la misma, tratando de
encontrar en esas fuentes datos que permitan construir o reforzar sus tesis centrales en torno
a la organización económica de América Latina en el período colonial.
En ese sentido, su indagación comparativa se nutre de una aproximación crítica a la
literatura dominante sobre América Latina: cabe señalar aquí su interés hacia un grupo de
historiadores españoles que como el intelectual republicano José María Ots Capdequi, y el
historiador
Silvio
Zavala
adelantaban
importantes
investigaciones
en
torno
a
las
instituciones coloniales, la encomienda, el tributo indígena y la historia agraria, siendo
discípulos de Rafael Altamira, director de la sección de metodología de la historia del
Centro de Estudios Históricos y autor de una
Historia de España y la civilización española
que había renovado los estudios sobre el derecho indiano dándole importancia a los factores
socioeconómicos
7
.
De otra parte su contacto con el medio académico de los Estados Unidos, donde
permaneció entre 1944 y 1947 como estudiante ofreciendo cursos y conferencias en la
Universidad de Illinois, en el Middlebury College y en la Universidad de Columbia (Nueva
York)
8
, le permitió un acercamiento a la historiografía anglosajona la cual tiene una
presencia significativa en su obra. A ello se suma su preocupación por superar los enfoques
eurocéntricos, que lo lleva a una lectura de pensadores como Mariátegui y Valcárcel que en
las primeras décadas de siglo XX, formularon aportes originales para comprender las
abigarradas realidades del continente y que fueron abriendo paso para el desarrollo de un
pensamiento latinoamericano crítico, en el cual la obra de Bagú tiene, sin duda, un lugar
asegurado.
Cardoso y Faletto: las situaciones históricas de Dependencia
La Búsqueda de un enfoque Integral
El análisis socio-histórico de América Latina que realizan Cardoso y Faletto en su ensayo
sobre la Dependencia (1987), busca responder la pregunta ¿por qué países como Argentina,
Brasil y México que, a diferencia de otras naciones de la región, parecían tener condiciones
económicas para avanzar hacia el desarrollo no lograron este objetivo sino que entraron en
una fase de estancamiento? Y de manera más amplia, ¿Por qué si a principios de los años
cincuenta estaban dadas todas las condiciones favorables para que algunos países del
continente pasaran de la etapa de sustitución de importaciones a otra en que se abrieran
nuevos campos de producción autónoma, orientados hacia el mercado interno, no se logró
garantizar la continuidad del desarrollo? El interrogante que se formulan los autores
obedece a la constatación de un fenómeno que se hace evidente en las economías
7
Para panorama sobre el pensamiento historiográfico español sobre la América hispana, véase Palmira Vélez
Jiménez (2007).
8
Véase: Claudio Bagú (2005).
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latinoamericanas a mediados de la década de los sesenta, esto es, la crisis generalizada de la
industrialización sustitutiva y el incremento acelerado de las inversiones extranjeras que
abandonan su foco de interés en los sectores extractivos (
vb.gr
. minero, petrolero), de
materias primas agrícolas y servicios públicos y, en su lugar propenden por, “promover
coinversiones con las empresas nacionales (estatales y privadas) para alentar el uso de sus
tecnologías, diversificar sus mercados y aumentar las bases de sustento de su búsqueda de
beneficios” (Zapata, 1990: 221).
Las limitaciones del modelo teórico de la modernización y el desarrollismo para dar
cuenta de estas transformaciones económicas y políticas en el continente, así como la
necesidad de un nuevo marco interpretativo para explicar estos fenómenos están en la base
misma de la teoría de la dependencia. En ese sentido, las preocupaciones de Cardoso y
Faletto, se suman a las de André Gunder Frank (1973) y Ruy Mauro Marini (1974), que
parten de un rechazo a los enfoques basados en la dicotomía tradición/modernidad, y una
crítica a las concepciones cepalinas en torno al desarrollo, poniendo de presente las
limitaciones teóricas que surgen al tratar de comprender los problemas del desarrollo
económico
de
los
países
latinoamericanos
utilizando
los
esquemas
relativos
a
las
situaciones de desarrollo y los procesos de formación de la sociedad capitalista en los
países centrales. En este sentido, Cardoso y Faletto recogen de manera sistemática una serie
de proposiciones que habían sido esbozadas por autores como Aníbal Pinto (1962) y Celso
Furtado (1965).
Por otra parte, el planteamiento que hiciera Gunder Frank (1973) de tomar en cuenta
las relaciones económicas y de otra índole entre las metrópolis y sus colonias económicas a
lo largo de la historia de la expansión mundial y del desarrollo del sistema mercantilista y
capitalista, así como la de explicar la estructura y desarrollo del sistema capitalista como un
todo, es compartido por Cardoso y Faletto, y constituye el punto de partida de una
perspectiva que recalca la naturaleza política de los procesos de transformación económica
y las situaciones históricas en que estos se producen. Lo que supone admitir que los países
latinoamericanos, “como economías dependientes, se ligan en estas distintas fases del
proceso capitalista a diferentes países que actúan como centro, y cuyas estructuras
económicas inciden significativamente en el carácter que adopta la relación. El predominio
de la vinculación con las metrópolis peninsulares –España o Portugal
durante el periodo
colonial, la dependencia de Inglaterra más tarde y de Estados unidos por último, tienen
mucha significación” (Cardoso y Faletto, 1987: 32).
En el desarrollo de estos planteamientos y la búsqueda de respuesta a los
interrogantes que de ellos derivan para la situación latinoamericana, el análisis de Cardoso
y Faletto (1987) marcará una nueva forma de estudiar la dependencia, que para algunos
representa la forma de aplicación creativa de un marxismo no ortodoxo mientras que para
otros supondrá una versión liberal de la misma que trata de confrontar las visiones más
radicales
9
.
Los autores proponen: “un procedimiento metodológico que acentúe el análisis
de las condiciones específicas de la situación latinoamericana y el tipo de integración social
de las clases y grupos como condicionantes principales del proceso de desarrollo” (Cardoso
y
Faletto, 1987: 17). Pero no para sustituir las explicaciones económicas por las
9
Para una discusión sobre la teoría de la dependencia
Cfr
. Cueva (1979) y Bambirra (1992). La controvertida
trayectoria política e intelectual que llevó a Cardoso a la presidencia de la República Federativa del Brasil, en
dos ocasiones consecutivas en los años 1995 y 2002, no serán objeto de análisis en este artículo. A este
respecto Cardoso y Soares (2004) y Cardoso (2011).
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sociológicas, sino recurriendo a un “análisis integrado que otorgue elementos para dar
respuestas en forma más amplia y matizada a los interrogantes generales sobre las
posibilidades del desarrollo o estancamiento de los países latinoamericanos, y que responda
a las preguntas decisivas sobre su sentido y sus condiciones políticas y sociales” (Cardoso y
Faletto, 1987: 17). Este esquema cimentado en un análisis comparativo, requiere de algunas
acotaciones teóricas que sus autores hacen explícitas, y que nos ayudan a comprender la
riqueza del mismo.
Ante todo estamos ante una interpretación planteada en términos de procesos
históricos y no de análisis estructurales. Quiere esto decir que, en contraste con las visiones
cepalinas y de la teoría de la modernización, el nuevo enfoque no presenta las fuerzas
sociales como un elemento más que se agrega al análisis de la estructura, sino como parte
constitutiva de la misma. El desarrollo es concebido así, “como resultado de la interacción
de grupos y clases sociales que tienen un modo de relación que les es propio y por tanto
intereses y valores distintos, cuya oposición, conciliación o superación da vida al sistema
socioeconómico. La estructura social y política se va modificando en la medida en que
distintas clases y grupos sociales logran imponer sus intereses, su fuerza y su dominación al
conjunto de la sociedad” (Cardoso y Faletto, 1987: 18).
Por su parte el vínculo centro-periferia no se reduce a una relación económica de
variables internas/externas, donde el centro determina lo que ocurre en la periferia. En este
sentido “la relación centro/periferia no es un resultado estático de la acción de una serie de
variables que desde la metrópoli afectan o determinan la composición de la estructura o el
comportamiento de las clases y los grupos sociales en las áreas periféricas, sino que están
inmersas en una historicidad que compromete situaciones y momentos históricos concretos.
Así puede decirse que en algunas situaciones las economías periféricas se vinculan en
términos coloniales, mientras que otras lo hacen como sociedades nacionales” (Cardoso y
Faletto, 1987: 23).
Ahora bien, el concepto de dependencia al poner de presente los vínculos entre el
sistema económico y político, así como su funcionamiento en el orden interno como
externo, se erige en un “instrumento teórico para acentuar tanto los aspectos económicos
del subdesarrollo como los procesos políticos de dominación de unos países por otros, de
unas clases sobre las otras, en un contexto de dependencia nacional” (Cardoso y Faletto,
1987: 162). De este modo, mientras el concepto de subdesarrollo denotaría un estado de
diferenciación del sistema productivo, sin considerar los mecanismos de control de las
decisiones, bien sea internas o externas de producción y consumo, en tanto que con el
concepto de “situación de dependencia” lo que se busca es evidenciar “que el modo de
integración de las economías nacionales al mercado internacional supone formas definidas
y distintas de interrelación de los grupos sociales de cada país, entre sí y con los grupos
externos” (Cardoso y Faletto, 1987: 28).
Partiendo de estas premisas conceptuales, podemos comprender el procedimiento
metodológico que siguen Cardoso y Faletto en la elaboración de su explicación y que tiene
como punto de partida el análisis del período de ‘expansión hacia fuera’, esto es, el período
que se corresponde con la vinculación de los países latinoamericanos al mercado mundial.
Dicho esquema puede sintetizarse así: en primer lugar, un estudio de cómo se ligan
los países latinoamericanos, en su condición de periferia, a las diversas fases del proceso
del capitalismo (mercantil, industrial y financiero) y concomitante con ello, a los diferentes
países que en dicha fase actúan como centros hegemónicos del sistema capitalista (España
y Portugal en el período colonial, Inglaterra y Estados Unidos), cuyas estructuras
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económicas inciden significativamente en el carácter que adopta la relación. Se trata
fundamentalmente de una comparación histórica de las condiciones históricas particulares
(económicas y sociales) presentes en los procesos de desarrollo (en el orden nacional e
internacional) y que permite a los autores establecer una periodización del desarrollo en el
continente, que intenta vincular las dinámicas del sistema capitalista mundial con los
procesos sociopolíticos internos de los países latinoamericanos. En este sentido los autores
distinguen cinco momentos: 1) Pacto Colonial; 2) Período de ‘expansión hacia afuera’ que
se corresponde con el momento de ruptura del pacto colonial y de formación de los Estados
Nacionales. Se extiende hasta finales del siglo XIX; 3) Período de transición que se ubica
en las primeras tres décadas del siglo XX; 4) Período de consolidación del mercado interno,
que los teóricos de la Cepal identifican con la etapa de sustitución de importaciones o de
desarrollo hacia dentro, iniciada en los años treinta, en el contexto de la crisis capitalista del
29; y 5) Período de Internacionalización del Mercado, que se abre en los años sesenta con
la crisis de la fase de sustitución de importaciones.
Esta mirada confronta la idea, hasta entonces dominante, de que los países ‘en
desarrollo’ repiten las mismas etapas de los centrales, pues el esquema propuesto permite
visualizar como la forma de vinculación al mercado mundial se produce en momentos
diferentes del desarrollo capitalista: en un caso cuando se está gestando el mercado mundial
y en otro cuando las relaciones de mercado son dominantes; así mismo, en su etapa de libre
competencia o en su fase predominantemente monopolista.
Un segundo eje de análisis lo constituye el abordaje de las situaciones de las
estructuras económicas y de las estructuras sociales en situación de dependencia y
subdesarrollo. Bajo esta perspectiva, Cardoso y Faletto reconocen dos modalidades que
derivan de las distintas formas de integración de las economías latinoamericanas al
mercado mundial: por un lado aquellas que se dan en situaciones de control nacional del
sistema productivo, y por otro, las situaciones derivadas de economías de enclave. No se
trata de desviaciones respecto al patrón general de desarrollo, sino de procesos sociales y
económicos inherentes a la dinámica misma que se establece entre centro y periferia
(Cardoso y Faletto, 1987: 39-53).
En tercer lugar, el paso de una situación histórica de dependencia a otra, se funda en
la existencia de un sistema de relaciones entre clases o grupos generado en la situación
anterior, por lo que resulta fundamental dilucidar los objetivos e intereses que dan sentido,
orientan, o alientan el conflicto entre los grupos y clases y los movimientos sociales que
‘ponen en marcha’ las sociedades en desarrollo. Este análisis resulta fundamental para
superar las visiones economicistas del subdesarrollo, a la vez que otorga a las periferias una
dinámica
sociopolítica
interna
propia
que
sin
embargo
no
se
sustrae
a
los
condicionamientos que impone su relación con los polos hegemónicos externos.
Las diferencias entre las posibilidades estructurales básicas ofrecidas por las dos
situaciones mencionadas anteriormente, esto es, por situaciones de control nacional del
sistema exportador, y el enclave, enfocadas siempre en la perspectiva histórica de sus
transformaciones y su concreción en formaciones sociales específicas, se constituyen en el
punto de partida sobre el cual se construye todo el modelo; ahora bien, en la medida en que
la vinculación entre las economías periféricas y el mercado internacional, tras la ruptura del
pacto colonial asume un carácter distinto por la permanente contradicción “entre la nación
concebida como una unidad social relativamente autónoma (lo que obliga, por lo tanto, a
referirse de manera constante a la situación interna de poder) y el desarrollo como proceso
logrado o que se está logrando, a través de vínculos de nuevo tipo con las economías
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centrales, pero en cualquier caso, bajo las pautas definidas por los intereses de aquellas”
(Cardoso y Faletto, 1987: 38).
En el análisis presentado por Cardoso y Faletto cobra particular importancia el
proceso de desarrollo y cambio social en los momentos de transición; tanto en el que se
corresponde con la ruptura del pacto colonial, al cual ya hemos hecho referencia, como el
que ocurre en las primeras tres décadas del siglo XX, precisamente, antes de la crisis de
1929. Esta última transición es asumida como “el proceso histórico-estructural en virtud del
cual la diferenciación de la misma economía exportadora creó las bases para que en la
dinámica social y política empezaran a hacerse presentes, además de los sectores sociales
que hicieron posible el sistema exportador, también sectores sociales imprecisamente
llamados “medios”. (Cardoso y Faletto, 1987: 55). De este modo, los autores tratan de
contrarrestar el peso económico excesivo que atribuye el enfoque cepalino a la crisis de
1929, para mostrar cómo antes de la misma, el sistema de dominación oligárquica empezó a
deteriorarse y cómo, a consecuencia de ella, se reorganizó el sistema político-social en
función de los órdenes sociales y políticos.
Las preguntas que atravesarán entonces la reflexión en este período tiene que ver
con dos interrogantes: por un lado, ¿cómo superaron la crisis política social que se presentó,
tanto las sociedades estructuradas a partir de un ordenamiento económico social de tipo
enclave, como aquellas sociedades estructuradas a partir de un ordenamiento en el cual la
burguesía financiero-agroexportadora local tenía el control del sistema productivo?; y, por
otro, de acuerdo con la diferenciación interna del sistema productivo y el fraccionamiento
de los grupos sociales, ¿qué tipo de alianzas se formaron en función de una fuerte o débil
presencia de una burguesía urbana y las clases medias?
En síntesis, si bien es cierto que el trabajo de Bagú como el de Cardoso y Faletto
pueden ser inscritos en el campo de la sociología histórica, es claro que en aquél prima la
mirada histórica mientras que en éste toma centralidad el análisis sociológico, al cual se
incorporan conceptos teóricos de Marx, Max Weber. Esto explica por qué la mayoría de las
fuentes que apoyan este libro están referidas al debate con teóricos como Raúl Prebisch,
Celso Furtado, Gino Germani, y W. W. Rostow; y a estudios específicos sobre América
Latina, publicados en el Boletín Económico de la
CEPAL
.
Cabe relievar la presencia intelectual en la obra de Cardoso y Faletto, del sociólogo
español José Medina Echavarría. En particular su informe sobre el desarrollo social de
América Latina en la Postguerra (Medina, 1963) que en palabras del mismo Faletto
(coautor con Luis Ratinoff de dicho trabajo) constituye uno de los primeros trabajos
panorámicos sobre los cambios económicos y sociales acaecidos en el continente a partir de
la segunda guerra mundial y comienzos de los años sesenta (Rego, 2007) donde se analizan
comparativamente las tendencias del crecimiento urbano, el estancamiento social del
campo y el papel de las clases medias. Así mismo pueden rastrearse en el libro de Cardoso
y Faletto, las tesis del sociólogo del exilio español sobre el tema de la hacienda y los
obstáculos sociales y económicos del desarrollo. (Medina, 1964).
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Antonio
García: experiencias
históricas
y
sociología de la
Reforma
agraria en América Latina
La elaboración de una teoría científica social partiendo de las condiciones históricas
particulares de la sociedad latinoamericana, constituye la preocupación central de la obra
del Antonio García, la cual acompañó de un temprano interés por el tema agrario del cual
da cuenta una decena de artículos y numerosos libros en los que analiza los desarrollos y
frustraciones de la reforma agraria en diferentes países del continente (entre otros Bolivia,
México y Chile); el lugar de las cooperativas y la economía empresarial en los procesos de
transformación agraria; el papel de los medios de comunicación colectiva; las estructuras
agrarias latifundistas y el cambio social latinoamericano.
En sus investigaciones en torno a la reforma agraria en América Latina (García,
1973), el pensador colombiano recurre a una estrategia comparativa, que desarrolla a través
de dos procedimientos estrechamente relacionados: por un lado, la elaboración de una
tipología a partir de la observación de algunas variables históricas específicas; y, por el
otro, el análisis contrastante de experiencias históricas concretas de Reforma Agraria que se
han realizado en el continente, intentando dar respuesta a tres cuestiones fundamentales:
¿qué se reforma?, ¿cómo se reforma? y ¿para qué se reforma?
El primer interrogante (
¿qué se reforma?
) apunta a establecer la profundidad de la
reforma agraria en relación a los obstáculos estructurales que han impedido y configurado
el cambio, es decir, “la naturaleza social e histórica de la pluralidad de estructuras
latifundistas, arcaicas y modernizadas, emergentes del ciclo hispano-colonial o de los ciclos
posteriores de integración al sistema capitalista de mercado mundial y a las nuevas
relaciones de dependencia” (García, 1973: 18).
El segundo interrogante
(¿cómo se reforma?
) alude a “las fuerzas sociales que se
integran y movilizan políticamente con un sentido de remoción frontal o institucional de los
obstáculos y de canalización del esfuerzo interno de acuerdo con una ideología de
liberación y una estrategia global de desarrollo” (García, 1973: 17). Se trata entonces de
analizar los medios operacionales que están estrechamente vinculados con “la composición,
organización y niveles ideológicos de las fuerzas sociales protagónicas de los cambios, ya
que son estos factores los que determinan su capacidad política de modificar las relaciones
de poder y de constituir un elenco de nuevas clases dirigentes” (García, 1973: 19).
El último interrogante (
¿para qué se reforma
?) atañe a “los objetivos estratégicos o
finalistas de la reforma, en el supuesto de que la problemática consiste no solo en/modificar
o fracturar una estructura sino en sustituirla por otra de nivel históricamente superior y
articulada con el proyecto de una Nueva Sociedad” (García, 1973: 17-18). En este sentido
García considera que “La Reforma Agraria no es solo una política, un limitado instrumento
de cambio rural, sino también un proceso estratégico en cuanto supone y comprende tanto
la actividad del Estado como la movilización simultánea y conflictiva de las fuerzas
sociales motrices y conductoras del proyecto de cambio, de liberación y de creación de una
nueva sociedad. De acuerdo con este enfoque en profundidad, el proceso de la reforma
agraria comprende una serie de ciclos históricos y una diversidad de fenómenos de
confrontación y de conflicto” (García, 1973: 23).
Partiendo de estos elementos Antonio García define tres tipos de reformas agrarias:
estructural, convencional y marginal (ver Cuadro 1) Al mismo tiempo que analiza algunos
casos representativos de reforma agraria que se han dado en América Latina, entre ellos:
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México, Bolivia, Guatemala, Cuba, Chile en sus diferentes ciclos (antes de 1964; 1965-
1970 y Chile bajo la Unidad Popular), Perú (antes y después de 1969), así como las
reformas agrarias proyectadas de acuerdo con los propósitos de la Carta de Punta del Este y
de la Alianza para el Progreso. La atención de Antonio García se centra en las primeras
cuatro reformas, las cuales inscribe en el modelo de reforma agraria estructural ya
mencionado, en el que incluye los procesos –todavía inconclusos
de Chile bajo la
presidencia de Allende y Perú bajo el gobierno militar de Velasco Alvarado
10
; las reformas
inspiradas en el modelo de la Alianza para el Progreso, merecen una atención menor y son
tratadas como reformas de tipo marginal en relación con procesos de modernización a
través de una asociación estratégica entre las clases dominantes en América Latina y
Estados Unidos.
Cuadro 1
Tipos de reforma agraria en América Latina
ESTRUCTURAL
CONVENCIONAL
MARGINAL
DEFINICIÓN
Integran un proceso
nacional y global de
transformaciones
revolucionarias liderado
por nuevas fuerzas sociales
que toman la iniciativa de
la conducción política.
Parten del principio liberal o
populista que la sociedad
puede reformarse por
sectores, sin atacar la
estructura oligárquica de
poder sin la movilización
nacional de fuerzas sociales
de cambio, siendo
manipulada por un estado
paternalista de tipo
tradicional u operado con la
participación de las clases
medias
Expresan una estrategia de
preservación histórica de la
estructura latifundista, a
través de la colonización de
tierras baldías en zonas
periféricas, la redistribución
de latifundios marginales, la
ampliación de la
infraestructura física por
medio de la inversión estatal
y la creación de instituciones
a las que puedan transferirse
comercialmente tierras que
ya no pueden operar dentro
de las reglas normales de la
economía capitalista de
mercado
EJEMPLOS
HISTÓRICOS
México, Bolivia y Cuba,
Perú con Velasco Alvarado
(después de 1969) y Chile
bajo Allende (después de
1970).
Chile entre 1965 y 1970
Modelo conservador [vb. gr.
Ecuador, Perú (1960-1962),
Nicaragua u Honduras]
Modelo basado en alianzas
entre fuerzas conservadoras
y partidos de clases medias e
ideología populista, vb.gr.
Chile (gobiernos radicales o
de coalición); Perú
(gobierno populista y alianza
APRA-UniónNacional
Odrista).
10
Aclarando que cuando García concluye su libro, ya se había llevado a cabo el proceso en Chile que revierte
todo el proceso de reforma agraria y el del Perú estaba aún en ciernes.
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QUÉ SE
REFORMA
Integran un proceso
nacional de
transformaciones
revolucionarias en la esfera
de la economía, la cultura,
el Estado, la organización
social y política.
Intentan modificar el
monopolio latifundista sobre
la tierra y sobre los recursos
técnico-financieros de
crecimiento agrícola, sin
cambiar las normas
institucionales de la
sociedad tradicional ni las
pautas económicas de
sobrevaluación comercial de
la tierra.
No rompe el monopolio
señorial sobre la tierra ni
altera sus rasgos de
funcionamiento: opera en
una línea de modernización
tecnológica o de ampliación
de la infraestructura física,
ya sea por medio de recursos
estatales de inversión o de
reformas superficiales o de
carácter marginal.
CÓMO SE
REFORMA
Composición de las Fuerzas Sociales
Liderazgo asumido por
nuevas fuerzas sociales
(las más oprimidas y en
particular campesinado)
que desborda las
estructuras tradicionales de
poder y crea condiciones
para imponer nuevas reglas
institucionales de juego
Son producto de una
negociación política entre
fuerzas sociales antagónicas.
La iniciativa de diseñar y
ejecutar este tipo de
reformas proviene de las
propias fuerzas sociales
dominantes (vb. Gr.
Terratenientes o burguesías
de carácter señorial) para
desviar la presión campesina
sobre la tierra a las zonas
periféricas de colonización;
a la vez que desatan
presiones sobre el Estado a
fin de inducirlo a la
inversión en obras de
infraestructura o a la compra
de tierras conmocionadas
por el conflicto social.
Organización de las Fuerzas Sociales
Logran integrarse
nacionalmente a partir de
una ideología de cambio
estructural, esto es, en una
línea coherente en que
expresan sus aspiraciones
y sus sistemas de valores
Inicia el proceso de
organización social y
política del campesinado, de
acuerdo con los modelos
populistas de redistribución
del ingreso y de
condicionamiento político de
las trasferencias de recursos
estatales de financiamiento y
tecnología
Desvían la presión nacional
o campesina sobre la
estructura agraria
latifundista por medio de
operaciones de diversión
táctica, como la colonización
de tierras baldías en zonas
periféricas, la parcelación
marginal de latifundios, el
mejoramiento o
readecuación de tierras, la
introducción segmentada de
innovaciones tecnológicas,
entre otras.
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Niveles Ideológicos de las fuerzas sociales
Las ideologías que las
inspiran no son producto
del sistema
institucionalizado de
partidos, sino creaciones
originales del conflicto
social y de la hegemonía
política conquistada por las
nuevas fuerzas
protagónicas del cambio.
La negociación entre fuerzas
sociales se realiza por medio
del sistema
institucionalizado de
partidos (conservadores,
reformistas y
revolucionarios) dentro de
los modelos liberales o
populistas de democracia
representativa.
Negociación política
restringida a sectores de las
propias clases dominantes y
por intermedio del sistema
de partidos de la sociedad
tradicional, en cuanto estos
ejercen una plena hegemonía
sobre los aparatos
representativos y
operacionales del Estado –
con absoluta exclusión de las
fuerzas populares y del
campesinado, como en el
modelo colombiano- o en
cuanto participan
marginalmente partidos
populistas que han sido
contaminados
ideológicamente por el
sistema, como el modelo
peruano anterior a 1969
PARA QUÉ
SE
REFORMA
Económico
Demolición de la
Estructura Latifundista.
Abolición de las formas
arcaicas de latifundio
(sistema de propiedad,
relaciones serviles,
ideología de encomienda).
Proceso irreversible.
La reforma se diseña como
una operación de carácter
sectorial y limitada al ámbito
de la estructura agraria, en
particular a los procesos de
modernización social y
tecnológica. Los procesos
expropiatorios se ajustan al
sistema normativo de las
indemnizaciones y se
apoyan en los precios
sobrevaluados de la tierra
agrícola.
En el fondo lo que se trata
es de afianzar
económicamente la
estructura y consolidación
del mercado capitalista de
tierra agrícola, de allí que
son los propios
terratenientes los que toman
la iniciativa de ofrecer los
latifundios en venta a las
instituciones de Reforma
Agraria.
De otro tipo político, cultural, social
Creación de una nueva
imagen nacional del
Estado, que rompe con el
sistema tradicional del
poder y abre formas
nuevas, de representación
popular.
La transformación agraria se
enfoca como una cuestión en
sí, relacionada
exclusivamente con la tierra
y separada de la
problemática nacional de los
cambios estructurales
(económicos, sociales,
culturales y políticos)
Persiguen como objetivo
estratégico, la conservación
del statu quo, no solo dentro
del marco de la estructura
agraria, sino también en el
ámbito de la vida nacional o
de las relaciones
internacionales de
intercambio
Fuente:
cuadro elaborado por el autor con base en García (1973).
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Para establecer esta comparación Antonio García (1973) toma cuatro ejes de análisis:
1.
Las fuerzas sociales de cambio: esto es, la composición de las fuerzas motoras del
cambio y el grado de integración nacional de esas fuerzas en el proceso revolucionario.
2.
Las líneas ideológicas que han inspirado la reforma.
3.
Las Estructuras de Cambio Social, es decir, las estructuras organizativas que participan
en
el
proceso
de
cambio y su
capacidad
de
desempeñarse
como
vehículos
de
comunicación,
integración,
representación
y
movilización
del
campesinado
y
el
proletariado agrícola, en dirección a la conquista de los objetivos finalistas de la
revolución nacional en los países atrasados y dependientes.
4.
Articulación a un proyecto político nacional: la nueva tenencia de la tierra en términos
(formas,
alcances,
profundidad
y
ritmo
del
proceso)
encuadrada
dentro
de
las
condiciones estructurales específicas de determinada sociedad latinoamericana como
dentro de los marcos globales del sistema de relaciones internacionales de intercambio.
El análisis comparativo de estos cuatro factores permite a Antonio García establecer
algunas generalizaciones en relación con las reformas agrarias estructurales en América
Latina: Una primera generalización señala que éstas no han sido producto de un limitado
juego institucional o de una transacción negociada entre fuerzas sociales y partidos
políticos antagónicos; tampoco han sido desencadenadas por la acción de una sola clase o
de una élite mesiánica “sino por la movilización simultánea de las fuerzas sociales
identificadas con un propósito nacional de cambio e integrada en un arrollador proceso
revolucionario”(García, 1973: 117). En estas experiencias históricas, el proletariado se
constituye en una de las fuerzas sociales impulsoras del proceso, presentándose también
una alianza obrero campesina que “funcionó como parte de la integración nacional de las
fuerzas sociales de cambio, pero no como resultado de una deliberada estrategia de
movilización popular enderezada a crear un nuevo poder del Estado”(García, 1973: 118).
Una segunda generalización indica que las ideologías que han sustentado las
reformas agrarias estructurales, en sus fases de mayor radicalización, no son el resultado de
una elaboración sofisticada y convencional del sistema institucionalizado de partidos, sino,
muy por el contrario, una expresión de algunas corrientes de la sociedad que afloran con el
conflicto. En tal sentido las ideologías presentes en las reformas agrarias de América Latina
“es posible estudiarlas y comprenderlas como líneas emergentes de la práctica histórica,
que con frecuencia se entrecruzan, superponen o entran en conflicto. Nada más equivocado
que el intento de definir una reforma agraria como un proceso inspirado en una ideología
coherente y cerrada, cuando la experiencia histórica señala la existencia de una serie de
líneas ideológicas diferenciadas y contradictorias, tanto en México como en Bolivia, en
Cuba o en Chile”(García, 1973: 138). Esta situación nos permite comprender por qué en
América Latina ninguna reforma agraria estructural se ha mantenido dentro de los rígidos
marcos de una única línea ideológica, pese a que “no ha podido superarse la tendencia
ideológica hacia la adopción de esquemas ortodoxos y orientados radicalmente en una sola
dirección (la de la finca privada capitalista en México y Bolivia, o la de la empresa estatal
en Cuba) desestimándose la contribución de diversas estructuras y fuerzas de cambio
social”(García, 1973: 150).
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Una tercera generalización tiene que ver con que la reforma agraria estructural en
América Latina se inició como consecuencia de una revolución política contra una
estructura despótica que negaba los mecanismos de representación popular y obstruía el
funcionamiento de reglas de institucionalidad democrática. Esa revolución política permitió
fracturar los soportes y engranajes del sistema tradicional de poder, pero al mismo tiempo
desencadenó una revolución social, a través de los cambios operados en la estructura de las
fuerzas sociales, en las ideologías, en las reglas institucionales y en la constitución política
del Estado (García, 1973: 151).
Una cuarta generalización se refiere al papel de las estructuras sindicales y
cooperativas
en
el
proceso
de
cambio
económico
y
social,
dejando
claro
las
particularidades que tienen dichas estructuras en el contexto de América Latina y que la
apartan de los modelos occidentales del sindicalismo industrial y el cooperativismo de
granjeros independientes en los marcos de la economía capitalista. En este sentido puede
afirmarse que “los sindicatos agrarios y las cooperativas funcionaron como estructuras de
integración social, de ordenamiento económico, de comunicación nacional de ideologías,
de movilización de masas campesinas marginales y de reemplazos circunstanciales en las
primeras y explosivas fases de la movilización revolucionaria de las antiguas formas
latifundistas de economía de empresas” (García, 1973: 153)
El estudio de los casos particulares (México, Guatemala, Bolivia y Cuba), además
que le permite establecer, por las vías de la estrategia comparativa algunas proposiciones
generalizantes, hace posible identificar algunos elementos diferenciales
y establecer
algunas hipótesis en relación con la profundidad y alcances de estos procesos: Básicamente
a Antonio García le interesa explicar cuáles son los factores que permiten explicar la
frustración de la reforma agraria en Guatemala; los retrocesos y el estancamiento sufridos
por México y Bolivia, y finalmente el éxito que tiene la reforma cubana.
La clave para explicar estos avances y retrocesos en los procesos de reforma agraria
las encuentra en tres grupos de factores: en la fisonomía y composición de las fuerzas
motoras del cambio y el grado de integración nacional de esas fuerzas con el proceso
revolucionario; en el papel que adoptan las estructuras sindicales y cooperativas en el
proceso de cambio durante los ciclos más definidos y avanzados de la reforma y,
finalmente, en las líneas ideológicas que inspiran y conforman determinado modelo político
de desarrollo nacional y de reforma agraria (García, 1973:168).
Si bien para el desarrollo de sus hipótesis Antonio García recurre a una amplia
bibliografía secundaria sobre los procesos de reforma agraria en cada país (v
b.gr
.
Barraclough para el Perú; Cardoza y Aragón para Guatemala, Carlos Rafael Rodríguez en
Cuba; Jesús Silva Herzog en México, Luis Antezana y Jorge Echenique en Chile); así como
una línea clásica del pensamiento latinoamericano que pasa por Mariátegui, Gonzalo
Aguirre Beltrán, Hidelbrando Castro Pozo, las fuentes fundamentales son de carácter
primario, tomadas de boletines estadísticos, censos y estadísticas agrícolas, Informes de
organismos
internacionales como
la Organización
de
las
Naciones
unidas
para
la
Alimentación y la Agricultura (
FAO
) y el Banco Interamericano de Desarrollo (
BID
) sobre el
tema del desarrollo agrícola, la
CEPAL
, documentos de primera mano sobre la Alianza para
el Progreso; Informes Estadísticos de órganos nacionales vinculados con la temática agraria
como el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (
DANE
) en Colombia, el
Instituto de Desarrollo Agropecuario en Chile. Incorporando además su vasta experiencia
como consultor de la reforma agraria en México, Bolivia, Ecuador, Chile, Perú y República
Dominicana; su vinculación como asesor agrario de organismos internacionales como la
FAO
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la Organización Internacional del trabajo (
OIT
), y la
CEPAL
y el ejercicio de la cátedra docente
en diferentes universidades de América Latina.
Conclusiones
El objetivo central que nos hemos trazado en este artículo es tratar de demostrar que desde
el ensayo político o del pretendidamente científico, la escritura literaria o la “literatura de
ideas”
como hemos preferido llamarla
las imágenes de la “la Europa civilizada”, “la
España atrasada”, “la Norteamérica Libre”, “la América Hispana salvaje”, entre muchas
otras que nos aportan algunos pensadores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo
XIX, tienen como fundamento el análisis comparado que se plantea ya sea en un misma
franja de espacio o en diferentes segmentos de tiempo.
Estas comparaciones que surgen de una necesidad de legitimación de los proyectos
políticos
de
las
élites
criollas
decimonónicas,
revisten
formas
dicotómicas
(centralismo/federalismo; civilización/barbarie; caudillo/democracia; nacional/americano),
y comparten un interés común por establecer la complejidad y heterogeneidad de la región,
definiendo por un lado, el lugar de América Latina frente a España, Europa y los Estados
Unidos e invocando, por el otro, una comunidad imaginada que se proclama de manera
amplia como “latinoamericana” o, de modo particular, como parte de un estado cuyas
fronteras aparecen acotadas geográficamente dentro de los espacios nacionales.
Tras un largo período en que la producción del conocimiento social del continente
pareció ceñirse a los marcos establecidos por las fronteras nacionales, estas preocupaciones
decimonónicas aparecerán reformuladas sobre nuevas bases a partir de la segunda mitad del
siglo pasado, en el contexto del auge de proyecto desarrollista e industrializador y el
afianzamiento institucional de las Ciencias Sociales en América Latina. Estas últimas se
interesan
en
entender
las
particularidades
del
desarrollo
histórico
y
estructural
del
capitalismo en la región.
En este sentido la obra de autores como Sergio Bagú, Fernando Henrique Cardoso,
Enzo Faletto y Antonio García, entre otros, contribuirá al desarrollo y autonomización del
campo
intelectual
latinoamericano,
apartándose
de
las
miradas
predominantemente
eurocéntricas y recurriendo al análisis comparado, ya no desde las imágenes dicotómicas
que nos legó el siglo XIX sino desde una perspectiva teórica que busca integrar la historia y
la sociología, a través de construcciones conceptuales como el capitalismo colonial, las
situaciones de dependencia o las tipologías de la reforma agraria.
Infortunadamente en las décadas que siguieron a la publicación de estos estudios
clásicos, las Ciencias Sociales latinoamericana no privilegiaron la senda del análisis
comparativo
debido,
quizás,
al
influjo
preponderante
de
una
visión
estructuralista
interesada en dar cuenta
desde un enfoque teórico apriorístico
los problemas comunes
relacionados con el desarrollo y subdesarrollo de América Latina y que pretendió aplicar
para la comprensión de América Latina los mismos esquemas utilizados en el abordaje de
los procesos históricos europeos” (Coelho, 2005).
No obstante lo anterior, algunos campos temáticos concretos de la reflexión social
latinoamericana han incorporado en sus investigaciones el análisis comparativo como una
fértil estrategia para trascender los confinamientos de las historiografías nacionales y han
abierto las compuertas para una más amplia comprensión de fenómenos sociopolíticos
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como el autoritarismo (O’Donnell, 2009), el populismo (Capelato, 1998) y las transiciones
democráticas (O'Donnell, Schmitter y Whitehead, 1989); así como algunas problemáticas
del campo de la educación (Acosta, 2010) y la historia económica y social (Berquist, 1988;
Romano, 1993).
Aunque los estudios históricos comparativos ente países de la región, constituyen
todavía una rareza bibliográfica en el campo de la producción académica latinoamericana,
los pocos ejercicios investigativos que se vienen intentado en esta dirección (Devoto,
Fausto, 2008; Medina 2010), resultan prometedores en términos del planteamiento de
nuevas preguntas e hipótesis en relación con procesos históricos que tradicionalmente se
han enfocado desde los estrechos límites de las historiografías nacionales.
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