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Sistema de Información Científica
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
Universidad Nacional Autónoma de México
Nueva Época, Año LX, núm. 223
enero-abril de 2015
pp. 265-286
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Doctora en Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México. Profesora-investigadora en
el Centro de Estudios en Ciencias de la Comunicación, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la ±²³´ (Méxi-
co). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Ex presidenta de la Asociación Mexicana de Investigadores
de la Comunicación. Sus principales líneas de investigación son desarrollo de los medios de comunicación y las
telecomunicaciones en México, legislación de la radio, televisión y telecomunicaciones, Sociedad de la Información
y el Conocimiento. Entre sus más recientes publicaciones destacan:
La Ley Televisa y la lucha por el poder en México
(co-coordinadora, 2010);
Los medios electrónicos de difusión y la Sociedad de la Información
(coautoría, 2011
); Brecha
e inclusión digital en México: Hacia una propuesta de políticas públicas
(2012). Correo electrónico: alvadelaselva@
hotmail.com
Los nuevos rostros de la desigualdad en el siglo xxI:
la brecha digital
Te New Faces of ±nequality in the 21
st
Century:
Te Digital Gap
Alma Rosa Alva de la Selva
Recibido el 30 de junio de 2014
Aceptado el 5 de septiembre de 2014
RESUMEN
En el contexto del desarrollo de la Sociedad de
la Información y el Conocimiento (µ¶·) y de las
crisis mundiales del capitalismo global, el tra-
bajo aborda la problemática de la brecha digital
como una expresión de las desigualdades del si-
glo XX¶. Se presentan los antecedentes del auge
que comenzó a cobrar ese proceso en los últi-
mos años del siglo XX, así como las propuestas y
proyectos formulados por los países latinoame-
ricanos para construir esa nueva organización
social. Se hace énfasis en el carácter estructural
del problema de la brecha digital, en tanto “nue-
va desigualdad”. Se señalan las transformaciones
fundamentales de dicho concepto para luego,
con el apoyo de algunas estadísticas, presentar en
un contexto general algunos puntos de análisis
ABSTRACT
In the context of Information and Knowledge
Society (¶kµ) and global capitalism’s world crisis,
this wor¸ addresses the problems of the digital
gap as an expression of inequalities in the 21
st
century. Te precedents of the boom that this
process began to gain in the last years of the 20
th
century are presented, as well as the propos-
als and projects developed by Latin American
countries in order to build this new social order.
Te structural nature of the digital gap prob-
lem is emphasized, understanding it as a “new
inequality.” Te fundamental transformations
of this concept are pointed out and, based on
statistic data, some broad analysis points on the
digital gap in Latin America and Mexico are
presented.
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sobre la brecha digital en América Latina y en
México.
Palabras clave:
desigualdad social; Sociedad de
la Información y el Conocimiento; brecha digi-
tal; agenda digital; Estrategia Digital Nacional;
México.
Keywords:
social inequality; Information and
Knowledge Society, digital gap; digital agenda;
National Digital Strategy; Mexico.
Introducción
Como parte de una investigación más amplia cuyo objetivo fue identificar y analizar los
factores de incidencia en la llamada brecha digital
,
este artículo propone un abordaje dis-
tinto al usualmente aplicado
-
según el cual se le entiende como un problema de falta de
acceso a la tecnología
-
, para estudiarlo desde la perspectiva de la desigualdad, visión que
justamente permite entender el carácter estructural de dicho problema y reconocer los múl-
tiples agentes que lo generan.
El trabajo se desarrolla con base en el supuesto de considerar la brecha digital como una
nueva expresión de la desigualdad, en términos de las inequidades sociales en materia de
acceso, uso y apropiación de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (±²³).
La metodología aplicada es el análisis histórico-estructural, “una forma de apropiación dia-
léctica al estudio de la sociedad”, que surgió en los años setenta con el fin primordial de
estudiar los procesos de desarrollo capitalista y cambio social (Sánchez Ruiz, 2011: 155).
El artículo consta de cinco apartados; en el primero se plantea el contexto bajo el cual
está tomando cuerpo esa nueva desigualdad; en el segundo se describe, en términos gene-
rales, el problema de la inequidad en el siglo XX², con particular énfasis en América Latina,
la región del mundo donde ese problema asume mayores proporciones. El tercero se con-
centra en comprender la brecha digital como la nueva desigualdad del siglo XX². El cuarto
apartado se refiere al estado de situación de este tema en el contexto específico latinoa-
mericano donde, si bien se ha buscado corregirlo por medio de estrategias nacionales y
regionales, no se ha conseguido superarlo sustantivamente. Un quinto apartado introduce la
problemática de México en el asunto; se hace referencia a algunos de los programas guber-
namentales puestos en marcha en los últimos años, los cuales, desde un enfoque reducido
del fenómeno, han buscado “cerrar” o “eliminar” la brecha digital
.
Como última parte se
incluyen algunas reflexiones generales sobre el tema.
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Antecedentes
Mientras la sociedad mundial se interna en el segundo decenio del nuevo siglo, en me-
dio de la duradera crisis del capitalismo avanzado –un capitalismo inmaterial
-
se develan
y perfilan las auténticas características de procesos y fenómenos cuyos primeros rasgos se
esbozaron a fines del siglo xx.
Uno de esos grandes procesos ha sido el orientado a construir la llamada sociedad de la
información. A pocos años de distancia de su impulso como uno de los conceptos novedosos
y deslumbrantes de la etapa de la globalización, ese proceso ha mostrado sus insuficiencias
frente a uno de los más graves problemas de la sociedad contemporánea que en su llama-
tivo discurso pretendía resolver: la desigualdad.
El concepto de Sociedad de la Información
1
ingresó al pensamiento académico, político
y económico a partir de finales de los años sesenta, en el marco de una progresiva interven-
ción por parte de los Estados Unidos de América en el sector informativo y en la industria
cultural, así como en medio de la creciente importancia de las telecomunicaciones y la in-
formática en el ámbito de la comunicación.
El derrumbe del bloque socialista y el término de la Guerra Fría sacudían la geopolí-
tica. Comenzaba, así, un debate sobre el proyecto de sociedad a futuro en medio del cual,
entre los asuntos de fondo, se encontraban el ascenso del proceso de globalización y las
transformaciones de la figura del Estado. Progresivamente, el concepto “Sociedad de la In-
formación” fue siendo adoptado en los espacios internacionales. En 1975 la Organización
de Cooperación y Desarrollo Económico (±²³´), integrada entonces por los 24 países más
ricos, comenzaba a utilizar el concepto. Tres años más tarde, el tema se vería impulsado por
el célebre
Informe Nora-Minc,
a partir del cual el gobierno francés puso énfasis en la impor-
tancia de contar con un “proyecto de sociedad” para un “nuevo tipo de crecimiento” a partir
de los esquemas de servicio público. “La creciente
informatización
de la sociedad está en el
corazón de la crisis. Puede agravarla o contribuir a resolverla”, señalaba en sus primeras lí-
neas el informe (Gifreu, 1996: 52).
Eran los tiempos en los que, en el marco del surgimiento del llamado Tercer Mundo
,
la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencias y la Cultura (µ¶´·²±)
imponía un debate sobre la comunicación, reconocido como uno de los factores de rele-
vancia en la estructura de poder internacional. En confrontación con la doctrina del
free
1
Cabe diferenciar el concepto Sociedad de la Información
-
entendido como un discurso que ha presentado a la
nueva sociedad en desarrollo como una sociedad avanzada y en camino asegurado al progreso por obra de la tec-
nología
-
del término Sociedad de la Información y el Conocimiento (·¸²), consolidado y generalizado después del
anterior, y entendido como una sociedad donde la información se constituye en una importante fuerza productiva
y generadora de valor, en medio de una dinámica de participación social e intercambio de saberes, con las ¹¸² como
“asistente” de los cambios sociales, organizacionales y culturales.
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flow of information
(impulsada por los Estados Unidos como uno de los baluartes de una
sociedad libre), los países en vías de desarrollo demandaron la creación de un Nuevo Or-
den Internacional de la Información (±²³³), donde hubiese mayor equilibrio en los espacios
informativos.
A partir de los ochenta, los aspectos fundamentales del discurso sobre la “nueva socie-
dad” comenzaron a reflejarse en los programas de acción encaminados a tal fin. En 1987,
la Unión Europea buscó generar una política pública regional para las telecomunicaciones
con la presentación de un documento sobre políticas públicas denominado
Libro verde
(Li-
nares y Ortiz Chaparro, 1995: 138). La postura de los países miembros, en ese momento,
era de abolición de los monopolios nacionales con el objeto de dirigir las redes de informa-
ción como elemento de construcción de un mercado único.
Otro hito a registrar en el ingreso del concepto a los proyectos estatales lo constituyó el
proyecto norteamericano conocido como las autopistas de la información. Promovido en
los años noventa, en el contexto de la desregulación del sector de las telecomunicaciones
y la progresiva apertura del espacio mundial a los movimientos de capitales, este proyecto
daba continuidad a la política de los Estados Unidos iniciada ya en el período presidencial
de Richard Nixon.
Poco después, la Unión Europea dio a conocer el documento titulado “Crecimiento,
competitividad, empleo. Retos y pistas para entrar al siglo XX³”. Más conocido como el
Li-
bro blanco
o
Plan Délors,
el proyecto enfatizaba la importancia de las políticas públicas en
el proceso. En contraste, el
Informe Bangemann
, planteado como complemento del anterior,
se pronunciaba por una rápida liberalización de las telecomunicaciones, en aras de apoyar
incrementos en la productividad, el desarrollo tecnológico y el pluralismo cultural (Lina-
res y Chaparro, 1995: 139).
En 1995, el concepto obtiene carta de naturalización al aglutinar intereses, cuando reu-
nidos en Bruselas, en el seno del G7, los países desarrollados ratifican el término de
Global
Society of Information
para la sociedad por venir. Ese organismo reitera la importancia de
liberalizar el sector telecomunicaciones como necesario para construir las infraestructu-
ras informacionales, que habrán de confiarse a la iniciativa del sector privado y adscribirse
a “las virtudes del mercado”.
Ante el ascenso del tema y las disparidades a nivel mundial de las que partía la cons-
trucción de la nueva organización social, la Organización de las Naciones Unidas (²±´),
apoyándose en la Unión Internacional de Telecomunicaciones (´³µ), decidió llevar a cabo
la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información (¶·¸³), para discutir acerca de la ne-
cesidad de una “regulación global” en el tema, en relación con el carácter de “bien público
global” que, desde su perspectiva, habrían de tener la información y el conocimiento.
En América Latina, el tema se había convertido en un punto recurrente de la agenda
pública a partir del año 2000, cuando los gobiernos de los países de la región generaron
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planteamientos iniciales para integrar una postura ante la realización del primer cónclave
mundial sobre el tema, la CMSI, a realizarse en dos fases (2003 y 2005).
En junio del 2001, en la ciudad brasileña de Florianópolis, los representantes de los go-
biernos caribeños y latinoamericanos emitieron una declaración en la que establecieron
como objetivo común “llegar al año 2005 integrados como miembros plenos de la socie-
dad de la información con eficiencia, equidad y sustentabilidad, en el marco de la economía
global basada en el conocimiento” (C±PAL, 2003: 52). Generada en un momento en el cual
el debate en ²mérica ³atina sobre el tema se había intensificado, la
Declaración de Floria-
nópolis
captó el interés internacional. ³os representantes de los diversos gobiernos de la
región llegaron con interesantes propuestas para colaborar conjuntamente en el desarrollo
de la organización social del futuro, que se presentaba como la nueva posibilidad para re-
solver el arribo de nuestros países al
progreso.
³as reuniones y debates llevados a cabo, que
conllevaron importantes esfuerzos de integración entre los países participantes, proyecta-
ron el propósito de éstos de trascender, a partir del nuevo paradigma, las etapas de la larga
búsqueda de los países de la región hacia el desarrollo, la gran asignatura pendiente del si-
glo xx latinoamericano.
Un segundo pronunciamiento sobre el tema se produciría apenas meses después. En oc-
tubre de ese mismo año, en el marco del tercer ´ongreso µnternacional de la ¶N±SCO sobre
“Desafíos éticos, jurídicos y sociales del ciberespacio”, esos países suscribieron una serie de
recomendaciones, conocidas como la
Declaración de Itacurucá,
en la cual se refrendaron
varias de las posturas asumidas en Brasil.
También en el 2001, en Quebec, ´anadá, los mandatarios asistentes firmaron los com-
promisos de la
Agenda de Conectividad para las Américas.
El tema fue planteado asimismo
en la x Reunión ·inisterial del Grupo de Río y la Unión Europea, en el marco de la reunión
internacional denominada “¸ueva economía, brecha tecnológica y empleo”. ²llí se sostuvo
que “el proceso de transición de ²mérica ³atina hacia la sociedad de la información eXigirá
acciones coordinadas entre el sector público y el privado”, con el objetivo de “reducir la in-
equidad en la difusión de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones”.
Bávaro, en la República Dominicana, fue la sede de la ´onferencia ·inisterial Regional
¹reparatoria de ²mérica ³atina y el ´aribe en la que se formuló el que quizás sea el posicio-
namiento latinoamericano más completo hasta ahora sobre el asunto. En dicho documento,
las naciones participantes dieron a conocer sus posturas al respecto y suscribieron acuer-
dos significativos. Entre los puntos más relevantes de la
Declaración de Bávaro
resalta el
que apunta a “superar la brecha digital, la cual refleja e incide en las diferencias económi-
cas, sociales, culturales, educacionales, de salud y acceso al conocimiento, entre los países y
dentro de ellos” (C±PAL, 2009: 57). ºtro punto importante de la
Declaración
fue el “acceso
universal” a internet y las »IC como un objetivo fundamental para “todos los actores invo-
lucrados en la construcción de la sociedad de la información
en las diferentes naciones.
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Fue así como desde
los últimos años del siglo xx y los primeros del siglo xxI, varias na-
ciones fueron generando proyectos para construir la sociedad de la información, abriendo
una etapa de auge para el tema, que fue cobrando relevancia en diversos foros y espacios in-
ternacionales. Ante la promesa del progreso alcanzado, incluida en el discurso global de la
nueva sociedad, los gobiernos
-
pero también importantes consorcios de telecomunicacio-
nes
-
se integraron a la órbita de quienes comenzaron a mirar el futuro desde esa perspectiva,
sin reparar en los grandes problemas estructurales y rezagos pendientes aún no resueltos.
Entre éstos se encontraban, en el plano económico, el agotamiento del patrón fordista
de acumulación, problema que eXigía la reconfiguración de los mecanismos del orden ca-
pitalista. Justamente las TIC se revelarían entonces como una de las vías más útiles para ello,
por sus aplicaciones a la automatización fleXible de los procesos productivos que fueron
sustituyendo las condiciones anteriores de automatización rígida. Esa fue la etapa, como ha
señalado Manuel ±astells, en donde el capital comenzó a requerir de una eXtremada movili-
dad, fenómeno que eXigía incrementar espectacularmente las capacidades de comunicación.
“La desregulación de los mercados y las nuevas tecnologías de la información, en estrecha
relación, proporcionan esas condiciones”, afirmaba el estudioso español.
Esa transformación de las fuerzas productivas no sólo generó importantes cambios en el
conjunto de las condiciones de la producción, sino que su impacto se eXtendió también al co-
mercio, el consumo y el crédito. ±omenzó a surgir una nueva división del trabajo que se
trasladó a escala global, con impacto en las relaciones entre países y regiones del mundo.
Se inicia un nuevo ciclo industrial, encabezado por el sector electrónico-informático, que
empezó a propiciar una lógica diferente de acumulación del capital.
La primera etapa de la ±umbre se llevó a cabo del 10 al 12 de diciembre del 2003 en
Ginebra, con la asistencia de 175 países. Una de las refleXiones medulares ahí planteadas
fue la del acceso desigual a las innovaciones tecnológicas en materia de comunicación
que, se sostenía, acentuaba las diferencias entre países pobres y ricos. Resultaba indispen-
sable encontrar opciones para resolver dicho problema. Los países africanos, secundados
por otros, presentaron la propuesta de creación del
Fondo de Solidaridad Digital
(²³D)
cuyo propósito sería el de dotar de recursos a los países más pobres del mundo para que
estuviesen en posibilidad de desarrollar infraestructura de telecomunicaciones y gene-
rar contenidos propios. Los representantes de los países avanzados rechazaron destinar
recursos para reunir un fondo de las proporciones recomendadas por los impulsores de
tal iniciativa y propusieron la creación de un grupo de trabajo que eXaminase las posi-
bles salidas al problema.
2
La segunda fase de la ±umbre fue realizada en ´únez, en el 2005. Los temas princi-
pales de ese cónclave estuvieron orientados a revisar los avances del plan de acción de la
2
Véanse los documentos de trabajo del
Task Force on Financial Mechanism
, grupo creado en el marco de la Cµ³I.
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primera etapa
-
entre los cuales destacaba el compromiso de impulsar la elaboración de “ci-
berestrategias nacionales”
-
, discutir el complejo tema del “gobierno de internet” y revisar
nuevamente el problema de los mecanismos de financiamiento para el proceso de cons-
trucción de la nueva organización social. La Cumbre, en este punto
-
habiendo reconocido
que las TI± y las telecomunicaciones son un instrumento fundamental de desarrollo para
los países
-
asumió que el financiamiento se obtendría a partir de compromisos en la ma-
teria asumidos previamente.
En los primeros años del siglo xxI, para un creciente número de países
-
sobre todo los
avanzados
-
la llamada Sociedad de la ²nformación fue establecida como el siguiente punto
de su itinerario. Con el impulso de un discurso que la presentaba como “el paso al progreso
universal” gracias a la intervención de la tecnología, la nueva organización social se con-
virtió en la promesa del futuro a conseguir. Se anunciaba el arribo de una nueva sociedad,
necesariamente más progresista y democrática, imparable en su ascenso e impulsada por
las TI± y las telecomunicaciones, base tecnológica y cultural sobre la cual habría de cons-
truirse aquélla.
Desigualdades en el siglo xxI
Con el auge de la llamada Sociedad de la ²nformación como núcleo de las aspiraciones
mundiales, y en tanto “discurso promocional” y promesa que certificaba alcanzar por fin el
progreso universal gracias a las TI±, el “sueño del desarrollo” retornaba a América Latina.
Con las sucesivas crisis acontecidas a lo largo de la década de los ochenta y las reestructu-
raciones promovidas desde entonces por el Consenso de Washington
,
se buscó asegurar la
supervivencia del orden económico prevaleciente. Fue así como se recurrió al eXpediente
del neoliberalismo, un proyecto económico y político con una dimensión ideológica con-
vertido en:
La estrategia política en la cual el capital monopólico y las burocracias políticas o élites guber-
namentales de las grandes potencias se adaptan al conteXto de la globalización y promueven una
forma de inserción de las naciones, las comunidades y los individuos en ella y un modo particu-
lar de regulación mundial en su seno (Ramo, 1999: 100).
Entre otras medidas aplicadas, el esquema neoliberal conllevó la desregulación econó-
mica (con los procesos de privatización de las empresas estatales y los bienes públicos de
por medio), la liberalización de los flujos de mercancías y capitales, así como el impulso
a los intereses del capital financiero. Lo anterior se tradujo, por ejemplo, en el adelgaza-
miento del Estado y la disminución de su papel regulador en la economía, la reducción del
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gasto público y un notable fortalecimiento del capital privado transnacional y global. La
implantación de ese esquema conllevó el predominio del capital financiero sobre el pro-
ductivo, una fuerte reducción del poder adquisitivo de los salarios, precios bajos para los
productos agropecuarios y la puesta en marcha de modalidades “flexibles” y superexplo-
tadoras de la fuerza de trabajo. Tal modelo incluyó también el estímulo a las estructuras
de concentración en la economía, que derivaría en el fortalecimiento y expansión de los
oligopolios y monopolios.
Mientras tanto, el proceso de globalización reclamaba una conectividad sin fronteras
que permitiese los intercambios instantáneos de información, sobre todo con los actores
empresariales, en un proceso que requería de condiciones económicas, jurídicas y polí-
ticas compatibles. Sin embargo, transcurrida la primera década del siglo XXI –a lo largo
de la cual, con los Estados Unidos como epicentro, se registraron al menos dos grandes
colapsos económicos mundiales
-
, la promesa deslumbrante del “progreso universal” y la
equidad, radicada en el advenimiento de la sociedad de la información
,
comenzó a per-
der el brillo de que la dotó el tecnodeterminismo. Las realidades económicas, políticas y
sociales que se desprenden del desarrollo del capitalismo inmaterial
y del conocimiento
comenzaron a mostrar con crudeza a los entusiastas del “discurso promocional de la So-
ciedad de la ±nformación” las razones de fondo de las advertencias según las cuales el
“progreso generalizado”, al que se apostaba, no estaría al alcance, pues la construcción de
la nueva organización social se estaba generando en el marco de las necesidades de ajuste
del capitalismo, y por lo tanto, expuesta a sus problemas y crisis. En tales condiciones,
comenzaron a colocarse los cimientos de la organización social emergente, en la cual la
información empezó a sobresalir notablemente como un nuevo paradigma que atraviesa
las actividades humanas. En medio de aquel “discurso promocional” y de los episodios de
entusiasmo ante el progreso que se anticipaba, las realidades estructurales se abrían paso
y contradecían la tesis del progreso universal y del arribo a una sociedad más democrática
por obra y gracia de las tecnologías. Entre esas persistentes realidades sobresalía particu-
larmente una: la desigualdad social.
Lejos de las promesas de la Sociedad de la ±nformación, la pobreza, la exclusión y la des-
igualdad se encuentran entre los más graves problemas de la sociedad global del siglo XXI.
Y si bien en América Latina la desigualdad constituye un problema de larga data, es reco-
nocido que en los últimos años se ha agravado, surgiendo desigualdades nuevas de tipo
económico, social y cultural. Se advierten nuevas y diferentes exclusiones sociales y prácticas
discriminatorias que se suman a las existentes en el siglo pasado. Viejas y nuevas desigual-
dades cruzan las coordenadas del espacio latinoamericano. Herencia de tiempos remotos,
los contrastes sociales salen al paso en múltiples dimensiones de la vida social, como reflejo
de las condiciones estructurales inequitativas. Se asoman y reafirman los rostros de la des-
igualdad: el desempleo, la precarización del trabajo, las diferencias de inserción de los países
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en las redes globales, las disparidades en la distribución de la riqueza, etcétera (Reygadas,
2008a: 99). Así, las “viejas causas de la desigualdad”
-
los factores estructurales que la expli-
can
-
continúan operando al tiempo que surgen nuevos tipos de desigualdades propias de
las sociedades del conocimiento y la globalización. Son aquellas inequidades que se relacio-
nan con el conocimiento científico y tecnológico y la participación o no de los ciudadanos
en las redes globales. A las desigualdades prexistentes se están sumando otras, radicadas en
“procesos de exclusión y precarización, que dejan a la mayoría de la población fuera de las
redes de educación de calidad, de producción y apropiación de conocimientos valiosos, de
empleos dignos y de ciudadanía económica” (
Ibíd
., 2008a). Lo que se produce entonces es
“un desplazamiento del eje central de la desigualdad”: a la par que continúan funcionando
diversos dispositivos de explotación y discriminación, cada vez actúan con mayor fuerza
otros mecanismos generadores de desigualdad, como la concentración de oportunidades y
las diferencias entre distintos niveles de inserción en las redes globales, que reflejan lo que
Reygadas llama “una desigualdad por desconexión”.
Ciertamente, la desigualdad en sus antiguas y nuevas expresiones continúa siendo una
asignatura pendiente en la región. Sin embargo, es muy importante tener claro que no se
trata de un problema “inherente” a las sociedades latinoamericanas. Cabe oponer aquí una
visión diferente del asunto, siguiendo a Reygadas, que pueda permitirnos avanzar en su
resolución: lejos del “fatalismo” o la “inexorabilidad” de tan lacerante problema social, es
indispensable identificar los aspectos en los cuales la región es menos desigual que otras, y
con un enfoque dialéctico, concentrarnos en el análisis a fondo de los procesos que gene-
ran la inequidad, así como de aquellos que pueden disminuirla.
Parte relevante de tal postura es la que logra comprender que las “redes de la desigual-
dad” no se auto-reproducen al infinito, sino que son configuraciones que se transforman,
aun cuando ello sea lentamente, a partir de los procesos sociales. De acuerdo con lo an-
terior, la desigualdad se presenta como una construcción histórica: los niveles y tipos de
desigualdad “cambian de una sociedad a otra y a lo largo del tiempo, son fruto de proce-
sos complejos y contradictorios, y no de una fatalidad cultural y económica” (Reygadas,
2008b: 112).
Desde esa pertinente perspectiva, en lugar de asumir solamente y por principio de cuen-
tas que la desigualdad es irreversible, es indispensable llevar a cabo un análisis a fondo del
problema y emprender la búsqueda de rutas alternas ante ese fenómeno, que constituye una
construcción histórica mediada por relaciones de poder.
Vista desde ese mirador, la brecha digital
,
uno de los “nuevos rostros” de la desigualdad
en el siglo XXI, no se aprecia como una condición ineluctable y que habrá de prolongarse
para los tiempos por venir, sino una construcción histórica mediada por relaciones de po-
der, un complejo problema generado y sostenido por estructuras económicas, políticas y
sociales de largo alcance sobre las cuales es preciso actuar.
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La brecha digital: la “nueva desigualdad”
Al conjunto de desigualdades acumuladas a lo largo del tiempo hoy se suma una más, aque-
lla que conlleva la marginación de amplios sectores sociales del acceso, uso y apropiación
de los bienes y servicios de las telecomunicaciones y las TIC que le permiten o no participar
en el desarrollo de la nueva sociedad que se construye. Esa nueva desigualdad la consti-
tuye la brecha digital
.
Las desigualdades en la sociedad, antes radicadas en estratos y niveles, o bien en dis-
tinciones según identidades étnicas o nacionales, como señala Néstor García ±anclini, es
pensada ahora desde la metáfora de la red: “Los incluidos son quienes están conectados;
sus otros son los excluidos, quienes ven rotos sus vínculos al quedarse sin trabajo, sin casa,
sin conexión” (García ±anclini, 2006: 73).
En la ruta de la inclusión social que exige el desarrollo de la región es necesario inver-
tir esfuerzos en identificar en qué consiste el problema, es decir, cuál es la naturaleza de la
desigualdad de la brecha digital, cuáles son los factores que inciden en ese problema y sus
diversas manifestaciones.
±abe preguntarse entonces, ¿cómo definir la brecha digital
?
¿±uáles son los factores
que la originan o la detonan? ¿±ómo se explica este problema? Para comprender el fenó-
meno es importante responder a éstas y otras preguntas. Un primer paso necesario es revisar
los conceptos formulados y reflexionar también sobre los enfoques aplicados en el análi-
sis del tema. A pesar de que la brecha digital constituye un fenómeno relativamente nuevo
(si se considera que se relaciona de forma central con la penetración de internet que cobró
impulso a finales del siglo XX), en la medida en que fue revelando su complejidad, su con-
ceptualización se ha modificado.
Puede decirse que existen dos etapas en la conceptualización del fenómeno de la bre-
cha digital. En una primera fase, se le identificó casi exclusivamente con la conectividad y,
en concreto, con la posibilidad de acceso a internet. Desde esa perspectiva, se entiende la
exclusión de la sociedad de la información y el conocimiento como un problema predomi-
nantemente de acceso a las tecnologías y el cual, por tanto, puede resolverse por la expansión
de las infraestructuras, la disponibilidad de equipos y conexiones.
Existe un vasto número de investigaciones y trabajos académicos y empíricos que conti-
núan asumiendo ese concepto de brecha digital, a pesar de su drástica bifurcación respecto
de la realidad. Pero la idea de la
digital gap
-
descrito por primera vez en el 2001 por Pipa
Norris
-
se ha extendido también a otros ámbitos de magnitud, como lo son muchos de
los proyectos nacionales para el desarrollo de la nueva organización social, tanto en paí-
ses desarrollados o emergentes, que se concentran en extender la conectividad y enfatizar
el acceso a las redes, para dejar de lado aspectos de primera importancia vinculados con
esta
nueva desigualdad
.
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Cabe puntualizar que esa visión de la brecha digital, al no considerar ni partir del carác-
ter estructural de dicho fenómeno (habiendo quedado claro ya que la mera disponibilidad
de equipos no garantiza el paso a la sociedad de la información y el conocimiento), puede
derivar en una inconveniente interpretación del problema, con su cuestionable resultante:
la de alcanzar el “acceso universal” sin generar un cambio social (Servon, 2002: 15).
En ese orden de ideas, resulta interesante subrayar que ante el argumento de que la pro-
gresiva disminución en el costo de los dispositivos de acceso y el avance de las conexiones
a internet tendrá impacto en la disminución de la brecha digital, los estudiosos que han op-
tado por una visión más profunda de la conceptualización del fenómeno han afirmado que
aun en medio de tales circunstancias éste muestra tendencias a prevalecer e incluso a pro-
fundizarse, tanto entre los países avanzados como en los llamados emergentes.
Ante tal perspectiva, conviene recuperar la propuesta de una “visión social de las TI± ”,
surgida en la Fundación Acceso
3
y basada en dos principios fundamentales: “La sola co-
nectividad es importante, pero no suficiente para contribuir al desarrollo”, y “para sacar
provecho de las oportunidades y posibles resultados positivos se necesita de
acceso equita-
tivo
,
uso con sentido
y
apropiación social
de los recursos de las TI± ”.
Una segunda etapa en la definición del concepto se abrió paso en la medida en que el
propio desarrollo de la sociedad del siglo XXI fue revelando que el factor tecnológico no era
el único involucrado en la configuración del problema, como tampoco el único indispensa-
ble de atender en la búsqueda de la solución del mismo. Ante las grandes diferencias entre
los usos y aplicaciones de las herramientas tecnológicas existentes, tanto para el crecimiento
económico o social como en lo que se refiere al ocio
-
que distinguen a unos usuarios de
otros a partir de múltiples variables como el nivel educativo, la edad, el género y la situa-
ción socioeconómica
-
, se puso en evidencia que era indispensable “ir más allá del acceso”.
Fue evidente, entonces, que más difícil de superar que la carencia de equipo y conexión es
la “barrera de los usos”, dado que ésta se relaciona con la capacidad de cada individuo para
lograr explotar los recursos de las TI± y aplicarlos a sus necesidades. Esa es, de acuerdo con
Cecilia Castaño, la segunda
brecha digital; una desigualdad que depende de las habilidades
y capacidades de los cibernautas para participar y desarrollarse en la Sociedad de la ²nfor-
mación y el Conocimiento (Castaño, 2008: 19).
No obstante, con la divisoria de los usos no se agotan las expresiones de la brecha di-
gital. Es importante continuar explorando las profundidades de las múltiples diferencias
de los usos que realizan unos y otros usuarios con implicaciones para ser partícipes de la
nueva organización social e identificar otras expresiones de desigualdad en los nuevos es-
pacios de la convergencia. Uno de ellos, aun insuficientemente conocido, es el ámbito de la
3
La Fundación Acceso es una organización no gubernamental con sede en Costa Rica dedicada a impulsar progra-
mas de desarrollo en América Central. ²nformación disponible en: <
www.acceso.org.cr>.
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apropiación social, con su variedad de aplicaciones en función de las necesidades sociales,
profesionales y de la vida cotidiana.
Así, a medida que las TIC se incorporaban en las prácticas de la sociedad mundial se ad-
virtió la presencia de nuevas brechas, y con ello, en la discusión académica internacional se
produjo un alejamiento de las nociones originarias de la
digital gap.
En los primeros años
del siglo xxI surgieron concepciones más profundas sobre el tema, con la reformulación o
ampliación de la perspectiva inicial. La investigación comenzó a centrarse en las condicio-
nes de las capacidades y habilidades de quienes usan las tecnologías. Uno de los trabajos más
interesantes en ese momento fue el de Lisa Servon (2002), que incluyó el “analfabetismo di-
gital” como uno de los elementos obligados a considerar en la configuración del problema.
En cuanto a los organismos internacionales relacionados con el tema, puede reconocerse
que manifestaron un mayor interés por ampliar su visión sobre esta nueva desigualdad. Así,
por ejemplo, la ±omisión Económica para América Latina (C²P³´) ofreció la siguiente de-
finición de brecha digital:
La brecha es la línea divisoria entre el grupo de la población que ya tiene la posibilidad de bene-
ficiarse de las TIC y el grupo que aún es incapaz de hacerlo. En otras palabras, es una línea que
separa a las personas que ya se comunican y coordinan actividades mediante redes digitales res-
pecto de quienes aún no han alcanzado ese estado avanzado de desarrollo. (…) La brecha digital
es, en esencia, un subproducto de las brechas socioeconómicas preXistentes (C²P³´, 2009: 11).
µor su parte, en el 2003, en el marco de la ±umbre Mundial de la Sociedad de la ¶nforma-
ción, la Unión ¶nternacional de ·elecomunicaciones había presentado un concepto donde
los aspectos del acceso fueron englobados, al igual que los relativos a los usos de las TIC.
De hecho, el organismo generó una tipología del fenómeno, según la cual eXisten: la bre-
cha digital
del acceso
(basada en la diferencia entre las personas que pueden acceder a las
TIC y las que no); la brecha digital
de uso
(a partir de quienes saben utilizar las TIC y quie-
nes no) y la
brecha de calidad del uso
(basada en las diferencias entre los propios usuarios).
La ¸N²¹CO hizo énfasis en otra esfera de la nueva desigualdad al subrayar la importan-
cia de lo que denominó la
brecha cognitiva
(
knowledge
gap
) definida como las desigualdades
en “la producción de conocimientos y la participación en ellos” (¸N²¹CO, 2005: 39). µara
la ¸N²¹CO, abatir la
brecha cognitiva
constituye uno de los más grandes desafíos en la edi-
ficación de las sociedades del futuro.
Fue así como comenzaron a surgir otras posturas que visualizaron claramente a la bre-
cha digital como una cuestión central del desarrollo. ºo obstante lo anterior, son escasos
los estudios que abordan el problema desde la perspectiva de la desigualdad. En algunos
casos, específicamente se relaciona el fenómeno con situaciones de pobreza y eXclusión. A
partir de identificar cuál es el papel que desempeña el acceso a la información y la comuni-
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cación a través de las TIC dentro de las causas estructurales de la pobreza, se ha desarrollado
el concepto de
pobreza de información y comunicación
, con el fin de “llegar a una mejor
comprensión de los factores clave que determinan si una sociedad está preparada para to-
mar ventaja de las TIC, a fin de lograr el desarrollo económico y la reducción de la pobreza”
(Galperin y Mariscal, 2009: 25).
Desde la perspectiva de las capacidades que resultan indispensables para el desarrollo de
los individuos en la Sociedad de la ±nformación y el ²onocimiento, la
pobreza de comuni-
cación e información
(pobreza digital) se constituye como “la privación de las capacidades
básicas de participación en la sociedad de la información” (Barja y Soren, 2009: 26).
En esta línea, la
pobreza digital
es definida como “una carencia de TIC, de acceso y de
utilización de la información y comunicación que las tecnologías permiten”, con la conse-
cuente necesidad de que “se averigüe no solamente el componente de conectividad, que es
el más estudiado, sino el componente que muestre los usos que se dan a la conectividad”
(Barrantes, 2009: 79). A su vez, el enfoque de la
marginación digital
sostiene “la trascenden-
cia de las redes digitales que se encuentran posicionadas, por el discurso dominante, en el
centro de varios aspectos de la cotidianidad, y la ineludible universalidad del acceso a las
tecnologías de la información y la comunicación” (³oudert, 2013: 154).
Por último, en lo que respecta a las principales perspectivas de investigación que se
han dedicado a la brecha digital, cabe citar la propuesta por Martin Hilbert, quien se orienta
a definir el problema “en la práctica, para las políticas públicas” (Hilbert; 2011: 715). Desde
su perspectiva, basada en la difusión de innovaciones, el comportamiento de la brecha di-
gital conlleva una dinámica de tiempos y velocidades diferenciados, a partir de una serie de
variables (tipos de tecnología, sujeto en estudio, niveles de conectividad, ingreso per cápita,
educación de los individuos, nivel de adopción de las TIC, entre otras). Es así como el autor
propone una matriz con cuatro vertientes, cada una de ellas con diversas variables que se
resumen en la siguiente formulación: “¿Quiénes, con qué características, cómo se conectan
y por qué?” Si esa matriz se relaciona con los niveles de adopción digital del caso (acceso,
uso y adopción efectiva) y con seis tipos de tecnologías (teléfono fijo, teléfono móvil, com-
putadora, TV digital, internet y banda ancha), el resultado puede ser útil para el diagnóstico
de
una determinada
brecha digital (Hilbert; 2011: 727).
A partir de lo expuesto, la brecha digital habrá de definirse a partir del reconocimiento
de la existencia de desigualdades estructurales y como inequidad antepuesta a los individuos
en las esferas del acceso, uso y apropiación de las TIC, con consecuencias para su participa-
ción y desarrollo en la sociedad de la información y el conocimiento.
Asimismo, se considera con base en el enfoque conceptual amplio, que se trata de un
fenómeno multifactorial y multidimensional, compuesto de seis esferas o dimensiones: eco-
nómica, política, sociocultural, cognitiva, tecnológica y social. ²ada una de ellas con un
peso específico en el comportamiento del problema a partir de las mediaciones
o factores
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de influencia, y de donde se desprende un conjunto de fenómenos de exclusión, es decir,
brechas
específicas sobre las cuales es posible realizar un diagnóstico, insumo indispensa-
ble para la formulación de políticas públicas eficaces.
Así, por ejemplo, entre los factores de la dimensión económica de la brecha digital ha-
bría que considerar el costo de servicios de TIC (costo de acceso) y el poder adquisitivo de
la población, en tanto que en la dimensión política habrán de tomarse en cuenta las carac-
terísticas y orientación de las políticas para las telecomunicaciones y las TIC, así como el
marco legal y la estrategia digital en cuestión.
±on respecto a la dimensión sociocultural, implica aproximarse a los imaginarios simbóli-
cos que construye la sociedad sobre la tecnología, a partir de comprender que las tecnologías
transmiten significados, se relacionan, se involucran con la cultura y la permean, vinculán-
dola con los patrones de pensamiento de los grupos sociales y las actitudes sociales frente
a los artefactos tecnológicos. En este rubro habrán de considerarse también las experien-
cias de apropiación social de las TIC.
Los procesos cognitivos relacionados con los usos de las TIC constituyen una dimensión
más de la brecha digital, que se expresa en las diferencias en los conocimientos y capacida-
des de apropiación de los instrumentos tecnológicos, así como en cuanto a las competencias
o capacidades requeridas para un uso significativo de dichas herramientas, vía la alfabe-
tización digital múltiple (Gutiérrez Martín, 2003: 36), de carácter crítico-reflexivo y no
puramente instrumental.
En tanto que la dimensión tecnológica se refiere a los modelos de uso y modelos de
acceso a las TIC, con la calidad de la conexión (y con la velocidad de banda ancha dis-
ponible para el usuario como una de sus variables), la dimensión social reviste especial
importancia por su relación intrínseca con los grandes problemas nacionales, con la des-
igualdad y la pobreza encabezando la lista.
Es indispensable considerar en esta instancia las inequidades sociales con repercusión
en el comportamiento de la brecha digital como la insuficiente oferta educativa, el desem-
pleo y la concentración de la riqueza, así como la disminución de los índices de calidad de
vida y desarrollo humano en el país en los años recientes. A partir de dicha dimensión se
desprenden, entre otras, la brecha digital de usos, la brecha digital de género y la brecha di-
gital etaria (surgida entre los llamados “nativos” y “migrantes” digitales).
En este orden de ideas, lejos de reducirse al factor tecnológico, la brecha digital se pre-
senta como un nexo de múltiples dimensiones, articulaciones y agentes que se vinculan y
cruzan entre sí con una interacción dialéctica.
Pensar el problema desde tal perspectiva permite comprenderlo en su complejidad, y
por tanto definirlo en términos más precisos: la brecha digital es la nueva desigualdad so-
cial surgida en el siglo XXI en el marco del modelo económico del capitalismo global, que
consiste en las inequidades entre diferentes grupos sociales en términos del acceso, de las
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diferencias cognitivas, de conocimiento o de competencias para los usos de las TIC; de las
significaciones y experiencias simbólicas de dichas herramientas y de experiencias de apro-
piación que construyen los ciudadanos, favorables o no a la inclusión digital; las diferencias
en las condiciones institucionales que permiten a aquéllos desarrollarse y participar en la
Sociedad de la ±nformación y el ²onocimiento, o bien, que no están siendo incorporados
a ésta en función de su edad, género o etnia.
²omo se aprecia a partir de lo antes señalado, en razón de las propias transformaciones del
problema, el concepto de brecha digital es cambiante y está en revisión continua. En lugar
de reducirse a la esfera del acceso, debe entenderse desde una visión integral que considere
sus diferentes manifestaciones. Acercarse a la brecha digital desde un enfoque amplio es in-
dispensable para comprender su compleja naturaleza. Pero no sólo eso: mirarla desde
esa perspectiva nos permite comprenderla como una de las manifestaciones actuales de la
desigualdad, ese problema atávico de los países latinoamericanos y remite, como subrayan
Hilbert y otros autores, a la “pregunta fundamental” de cuáles son los componentes nece-
sarios y suficientes para el desarrollo.
La “nueva desigualdad”
latinoamericana
Hoy, en América Latina, en medio de los continuos estragos generados por la crisis global y
la posible construcción de un orden posneoliberal, las inquietudes de los países ante la per-
sistencia en la región del problema de la brecha digital se han acrecentado.
Una de las razones de tal preocupación es la complejidad que reviste esa nueva des-
igualdad, de carácter multidimensional y multifactorial, que abarca diversas dimensiones
y ámbitos. Las cifras disponibles y las estimaciones relacionadas con la brecha digital con-
firman las inquietudes sobre la persistente presencia del problema en el contexto regional.
Más allá de las evidencias que en ese sentido han arrojado datos de diversos indicadores
que reflejan una amplia distancia con respecto a los países avanzados en materia de acceso,
uso y apropiación de las TIC
-
con lo que se configura una profunda brecha digital inter-
nacional
-
, una situación desfavorable en la región se encuentra en lo relacionado con la
esfera del acceso. De hecho, si hace años la C³´µ¶ había establecido que entre los países de
América Latina y el ²aribe la “brecha digital interna” es aún más seria que la “brecha digital
internacional”, un informe del 2012 del Sistema de ±nformación de ·endencias Educativas
(¸IT³µ¶) reiteró que las oportunidades de acceso a internet en los países latinoamericanos
son muy desiguales entre sí, por lo que es necesario concentrarse en ofrecer soluciones que
resuelvan la brecha digital
interna de la región.
Otros datos documentan el carácter duradero del problema. De acuerdo con las cifras
del Monitoreo del Plan e-¶µC2015 de la C³´µ¶, al comparar la posición de los países latinoa-
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mericanos y caribeños durante el 2009, en el subíndice “acceso a internet” se encontró que
con respecto a los datos de dos años atrás, sólo 30% de los países de la región había mejo-
rado en el ranking respectivo (Chile y Colombia, entre otros), 9% se mantuvo en el mismo
sitio (Brasil y México) mientras que 61% descendió (±EPAL: 2011, 20).
²as heterogeneidades entre los países latinoamericanos se extienden a otros rubros de las
TI± (por ejemplo, penetración de telefonía fija y móvil). Sin embargo, uno de los renglones
donde actualmente más se refleja la brecha digital interna latinoamericana es el del acceso
a internet en banda ancha. De acuerdo con datos del 2011, si bien ningún país de la región
en esa fecha contaba con 10% de la población con acceso a dicho servicio, existe un grupo
de países donde ese índice no alcanzaba 1% (³cuador, Guatemala, Haití).
²a persistencia de la brecha digital en ´mérica ²atina se explica, también, a partir del fac-
tor educativo, dado que en la región el analfabetismo digital presenta tasas considerables aún,
que varían de país a país y se incrementan en el caso de los grupos marginados o minoritarios.
µor cierto, se distingue la pertenencia a una etnia como factor relevante en este problema, una
de cuyas más claras manifestaciones se encuentra en que los pueblos indígenas registran cifras
sensiblemente menores en cuanto a acceso a equipos. Ésas y otras evidencias parecen alejar los
propósitos de la ya citada Declaración de Florianópolis del año 2000, equidad y sustentabilidad.
²a Declaración de µanamá, emitida en julio del 2013 en el marco de una importante re-
unión de jefes de ³stado, donde se estableció el objetivo de cerrar la brecha digital en la
región en el año 2020, plantea varias propuestas de políticas para alcanzar ese objetivo. Sin
duda, todas ellas pueden ser útiles para avanzar en el tema. Sin embargo, se considera indis-
pensable que tales cursos de acción tengan como punto de partida la noción del desarrollo
con las TI±
,
que concibe a la tecnología como un medio a favor del desarrollo humano y so-
cial más inclusivo, y justamente coloca a los diferentes aspectos del desarrollo (educación,
salud) como elementos centrales de la transición hacia la nueva organización social, y así
lograr avanzar en la ruta de una sociedad más equitativa y justa.
La brecha digital en México
México es un país de desigualdades. ²a inequidad presenta aquí varias facetas y expresio-
nes a las que se está sumando la brecha digital. ´ pesar de la creciente trascendencia de este
problema y sus manifestaciones como una desigualdad emergente, existe un déficit de inves-
tigación, tanto en términos teóricos como empíricos (nivel atendido de forma significativa
por empresas consultoras y de telecomunicaciones, que proveen parte considerable de los
datos disponibles sobre el tema).
³l conjunto de los grupos sociales del país que debido a múltiples factores no cuentan
con posibilidades de participar y desarrollarse en la Sociedad de la ¶nformación y el Cono-
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cimiento es de tal magnitud que puede señalarse el problema de la brecha digital como una
de las grandes asignaturas pendientes para el México del siglo XXI. La brecha interna en el
país se expresa claramente con algunas estadísticas básicas. Más de la mitad de la población
nacional no tiene acceso, uso y apropiación de internet (el servicio más característico de la
Sociedad de la ±nformación y el Conocimiento): de una población de 112 millones 336 mil
habitantes, sólo 51.2 millones son usuarios de la red (A²IP³I, 2014: 5), mientras que se-
senta millones se encuentran desconectados.
En cuanto a la dimensión de género, el estudio citado asegura que la distribución de
usuarios de internet se distribuye en 50% entre hombres y mujeres; en lo que respecta a los
grupos de edad se advierten diferencias importantes: en el 2013 el mayor número de usua-
rios se localizó en el grupo de 13 a 18 años (24%), mientras que el de menor acceso fue el
correspondiente a mayores de 55 (4%) (A²IP³I, 2014: 7).
Éstos y otros muchos datos hacen ver que, con respecto al conjunto de la población, el
uso de internet está concentrado de forma notable en los mexicanos jóvenes, así como en
las grandes ciudades. En cuanto al nivel socieconómico predominante en los cibernautas,
los datos son escasos; no obstante, algunas estadísticas (A²IP³I; 2010: 12) han referido que
el único nivel que ha continuado en ascenso en cuanto a número de usuarios en la red es el
de mayor poder adquisitivo (AB³+), en tanto los segmentos que le siguen en la escala (³yD+)
han reflejado un estancamiento, o incluso un descenso (segmento D+´).
Más allá de la visión optimista que, a partir sólo de algunos datos cuantitativos afirman
periódicamente un sustantivo incremento de internautas en el país, es imperativo atender
el problema a partir de los recursos de la investigación científica. Contar con datos fidedig-
nos y recopilados sistemáticamente con categorías de análisis pertinentes para el caso (en los
ámbitos nacional, regional y local; por niveles socioeconómicos, educativos, etnia, grupos
de edad, estrategias de apropiación, entre otras), haría posible aproximarse a una caracte-
rización de la brecha digital en México, así como conocer su comportamiento e identificar
su evolución y tendencias.
En cuanto a la brecha digital externa
-
el sitio que ocupa México con respecto a otros países
en cuanto al acceso, uso y apropiación de las TI³
-
, los datos reflejan una distancia significativa,
incluso frente a naciones con un desarrollo similar al nuestro (entre ellos, varios países lati-
noamericanos). µe acuerdo con datos de la O³D´, nuestro país se ubica en el lugar 32 de los
34 países pertenecientes a dicha organización en el rubro de banda ancha, con velocidades de
transmisión muy inferiores a las registradas en promedio en esas naciones (O³D´, 2012:14).
¶tras estadísticas difundidas por el ·anco Mundial reflejan un rezago importante del
país en cuanto a conectividad a internet y a TI³, que ubica al país en la posición 76 entre
142 economías del mundo (·anco Mundial, 2013b).
¸or lo que toca a los países latinoamericanos, de acuerdo con los indicadores del de-
sarrollo mundial (·anco Mundial; 2013a), los índices de penetración de internet que se
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registran en México son menores incluso que los de los países de menor o similar desarro-
llo: si Chile aparece con un índice de 61.4 y Argentina 56, Brasil con 50, Colombia con 49,
Jamaica con 47 y Venezuela con 44, México aparece con 38, al lado de Perú, superando a
Ecuador (35), Honduras (18) y Haití (10).
Resultaría extenso exponer aquí los programas gubernamentales que se han propuesto
a partir del año 2000 para abatir la brecha digital. Baste con señalar que el primero de ellos,
denominado Sistema Nacional e-México y planteado por el gobierno de Vicente Fox, fue
diseñado desde una perspectiva neomodernizadora y tecnodeterminista, al conferir a las
TI± la capacidad de resolver los problemas estructurales del país vía “la generalización de
las tecnologías de la información”. En efecto, esa estrategia planteaba dar un “salto cuán-
tico” en el desarrollo y no sólo “cerrar la brecha digital, sino también la de educación, salud,
acceso a los mercados y la existente con el gobierno, en especial la que prevalece entre el fe-
deral y los locales” (²±T, 2001: 229).
La propuesta educativa del e-México, llamada Enciclomedia, fue puesta en marcha en el
2003 y fue presentada como un conjunto de acciones que revolucionarían ese ámbito.
Con
una visión conceptual desde el enfoque limitado, el sistema confería un carácter central a
la esfera del acceso a las TI±, sin considerar en sus planteamientos centrales la problemática
de los usos sociales, las expresiones culturales y los procesos de apropiación de tales herra-
mientas, entre los muchos aspectos o facetas de la brecha digital. Una de las acciones más
relevantes de dicho programa fue el despliegue de un importante esfuerzo de conectividad.
El tema no figuró entre las prioridades del gobierno siguiente, que no se interesó en gene-
rar un nuevo proyecto o bien en dar continuidad al anterior. De éste se conservó solamente,
como un fin específico, el propósito de abatir la brecha digital. Se pretendió conseguir esa
meta especialmente por medio de tres programas que vinieron a constituirse como sucesores
del proyecto Enciclomedia
en la búsqueda de “cerrar” la brecha en determinados sectores:
Vasconcelos 2.0 (orientado a adultos de entre 20 y 54 años, sin acceso previo al aprendizaje
y uso de las TI± ); Habilidades Digitales para ³odos (´µT, dirigido a la población de entre 6
y 17 años de edad, altamente receptiva a la tecnología y que cuenta con atención escolar en
el tema) y el programa Servicio Aula Base ³elemática
(²¶·T), que buscó impulsar un mo-
delo educativo vía la incorporación de las TI± a los procesos de aprendizaje y desarrollo de
habilidades digitales de los alumnos de quinto y sexto de primaria.
En noviembre del 2013 se dio a conocer la Estrategia Digital Nacional (¸µ¹), propuesta
de la administración de gobierno de Enrique Peña Nieto y cuyo objetivo es el de “lograr un
México Digital en el que la adopción y uso de las TI± maximicen su impacto económico,
social y político en beneficio de la calidad de vida de las personas”.
Derivado del análisis de dicho programa gubernamental, puede decirse que, contrario a
la necesidad de una redefinición a fondo de los planteamientos centrales de la primera estra-
tegia de su tipo, antes citada, la ¸µ¹ presenta significativos paralelismos con el e-México que
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desestimulan la posibilidad de una etapa diferente en el importante asunto de lograr remontar
la brecha digital en el país. Varios de sus puntos fundamentales reflejan la visión tecnodeter-
minista y neomodernizadora que ha venido permeando notoriamente las nociones sobre ese
proceso en determinados círculos de la administración pública y de los consorcios de tele-
comunicaciones, e incluso en ciertos espacios legislativos, en el sentido de que la tecnología
tiene capacidad, por sí misma, de transformar los grandes problemas del país. En la ±DN se
confiere a la digitalización ese papel y se le presenta como “el concepto que describe las trans-
formaciones sociales, económicas y políticas con la adopción masiva de las TIC ”.
²abe destacar, entre otros puntos de la ±DN, su insistencia notable de tomar como refe-
rencia para avanzar en la materia a los países desarrollados, en medio de un vacío en cuanto
a las condiciones particulares del país y, en consecuencia, de sus verdaderas necesidades.
Por otra parte, la inclusión digital, el gran objetivo de las políticas en el tema, aparece en
la ±DN sólo en el ámbito de los “habilitadores”, es decir, en términos de “herramientas”, le-
jos de plantearla como una meta superior. En un México como el de hoy, donde sobresalen
las desigualdades sociales, ese objetivo habría de figurar como piedra angular y contribuir
a la construcción de una sociedad más equitativa, donde la brecha digital, la nueva des-
igualdad, vaya siendo desterrada.
Remontar la brecha digital es una tarea de grandes proporciones pero indispensable de
asumir, si es que realmente se pretende frenar el avance de una nueva desigualdad social y
aprovechar las oportunidades para el desarrollo del país que pueden aportar las TIC, en tér-
minos de generación de conocimiento y de apoyo a las actividades productivas.
Colofón
Superar la brecha digital en sus múltiples facetas es uno de los grandes asuntos por resolver
en América Latina, donde es indispensable revisar y, en su caso, reformular las estrategias
regionales de frente a la persistencia en muchos países de esta nueva desigualdad. Esa re-
formulación posible para acometer el problema habrá de partir de la perspectiva de “las
TIC para el desarrollo”,
4
que concibe a la tecnología como una herramienta para el desen-
volvimiento humano y social.
En cuanto a la problemática de nuestro país en la materia, entre muchas otras acciones
es indispensable
-
además de hacer efectivo el derecho constitucional de acceso a las TIC
para todo ciudadano
-
contar con una estrategia que garantice la ampliación de los proce-
sos sociales de uso y apropiación de la tecnología, como parte de un necesario avance en la
compleja ruta de la inclusión digital.
4
Véase: Sunkel (2010).
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
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