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Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales
Universidad Nacional Autónoma de México
Nueva Época, Año LX, núm. 224
mayo-agosto de 2015
pp. 221-250
ISSN-0185-1918
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DEMOGRAFÍA
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1
Traducción de la sección original en inglés de Lucía Rayas. Traducción de la sección original en italiano de Anna
Susi. Cuidado de edición de Judit Bokser Misses Liwerant.
Doctor en ciencia política y demografía (Universidad de Milan y Universidad Hebrea de Jerusalén). Profesor
Emérito, titular de la Cátedra Shlomo Argov Relaciones Israel-Diáspora, Instituto Avraham Harman de Judaísmo
Contemporáneo de la Universidad Hebrea de Jerusalén, del cual fue su Director (Israel). Sus líneas de investigación
son: demografía de Israel y de las comunidades judías del mundo; historia y proyecciones demográficas; migraciones;
identidades colectivas y judías contemporáneas.; antisemitismo. Profesor visitante de las más prestigiosas universida-
des nacionales, entre las cuales destacan: Columbia University; Sorbonne; Universidad de Torino y Oxford University.
Entre sus últimas publicaciones:
Israeele e Palestina: la Forza dei Numeri
(2008); “Demographic Trends, National
Identites and Borders in Israel and the Palestinian Territory” (2013); “World Jewish Population” (2014); “Global
Dispersion of Jews: Determinants and Consequences” (2014). Correo electrónico: sergioa@hiji.ac.il
La demografía de Israel y de Palestina: presente y futuro
1
Te Demography of Israel and Palestine: Present and Future
Sergio DellaPergola
Recibido el 04 de marzo de 2015
Aceptado el 15 de abril de 2015
RESUMEN
El debate sobre el conflicto en Israel y Palestina
comprende una amplia gama de factores polí-
ticos, militares, económicos y culturales. Este
artículo se focaliza en analizar los diferentes
determinantes y ritmos del desarrollo de las
poblaciones judía y árabe y discute algunas con-
secuencias de la demografía sobre la perspectiva
política del área de conflicto. Durante muchas
décadas el conflicto en Oriente Medio se ha
nutrido de tensiones fundamentadas en las iden-
tidades étnicas y religiosas que han favorecido o
hasta determinado la importancia estratégica de
las cifras en la evolución de los episodios con-
flictivos. A partir del análisis aquí presentado,
se busca poner en evidencia que una evaluación
sistemática de las tendencias demográficas re-
ABSTRACT
±e debate around the Israeli-Palestinian con-
flict involves a great array of political, military,
economic and cultural factors. ±e conflict in
Israel and Palestine involves a large amount of
political, military, economic and cultural factors.
±is paper focuses on the different rhythm and
determinants of Jewish and Arab population de-
velopment, and discusses some consequences of
demography on the political outlook of the Is-
rael/Palestine area under conflict. During many
decades, the Middle Eastern conflict has fed on
tensions based on ethnic and religious identities,
which have favored or even determined the stra-
tegic importance of figures for the evolution of
conflictive episodes. ±e analysis presented aims
to demonstrate that a systematic evaluation of
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sulta esencial al momento de entender no sólo
la naturaleza de los problemas que quedan por
resolver, sino también la necesaria formulación
de una propuesta de políticas encaminadas a la
normalización y a la paz.
Palabras clave:
conflicto Israel/Palestina; Me-
dio Oriente; población judía; población árabe;
demografía.
demographic tendencies is essential to unders-
tand not only the nature of the problems yet to
be solved, but also to draw up proposals for po-
licies towards normalization and peace.
Keywords:
Israeli-Palestinian conflict; Middle
East; Jewish population; Arab population; de-
mographics.
Tendencias demográfcas actuales en Israel y Palestina
Determinantes del crecimiento poblacional
El área geopolítica de Israel y Palestina, comprendida entre la costa mediterránea y el río
Jordán, está caracterizada por un rápido crecimiento demográfico y cambio poblacional. En
Israel, la Oficina Central de Estadísticas (
Israel Central Bureau of Statistics
/±BS) compila los
datos poblacionales del país. Israel también cuenta con un registro poblacional permanente
a cargo del Ministerio de Asuntos Interiores (
Israel Population and Migration Authority
).
La información anual proviene de los censos periódicos elaborados por la ±BS, así como de
un conteo detallado de los sucesos demográficos (nacimientos, muertes, población inmi-
grante, emigrante y conversos).
El censo más reciente se levantó en diciembre de 2008 y, como suele suceder, dio por
resultado una corrección de los cálculos que se tenían sobre población, extrapolados del
censo previo de 1995. De este modo, el cálculo original de 7 374 000 personas (5 569 200
judíos, 1 487 600 árabes, y 317 100 otros) para fines de 2008, se elevó a 7 419 100 personas
(5 608 900 judíos, 1 499 900 árabes, y 310 300 otros); un aumento total de 45 100 perso-
nas. Dos razones principales explican esta diferencia. La primera la discrepancia usual que
puede aparecer entre conteos poblacionales. La segunda se debió a posibles retrasos en la
reclasificación de personas entre las categorías de judíos y de “otros”, integrantes no-judíos
de hogares judíos así como otras personas acogidas a la ley del retorno, pero no matricula-
das como judías en el registro poblacional.
2
2
La ley del retorno concede residencia y, junto con otras leyes, ciudadanía a los judíos de cualquier lugar del mundo
que deseen emigrar a Israel. Por medio de esta ley todas las personas judías o descendientes de judíos hasta tercera
generación (hijos, nietos, sus cónyuges e hijos menores de edad de los cónyuges) tienen derecho a inmigrar a Israel y
recibir la ciudadanía israelí con sus beneficios, derechos y obligaciones [N. de la E.].
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Los datos se refieren a la población permanente, excluyendo a aquellos residentes que
han salido del país durante un año seguido o más, al tiempo que descartan a turistas y a
otros residentes temporales. A estos se les incluye una vez que se les ha otorgado la residen-
cia permanente, lo que no implica
-
de manera necesaria
-
la naturalización y la ciudadanía.
Al momento en el que se declara la independencia del país (14 de Mayo de 1948), la pobla-
ción total de Israel era de 780 000 personas (630 000 judíos y 150 000 árabes) (Bachi, 1977).
La cantidad de judíos se multiplicó más de diez veces a lo largo de los siguientes sesenta años
debido a la inmigración masiva y a un aumento natural bastante alto y singularmente esta-
ble, a la par de un crecimiento paralelo
-
incluso mayor
-
de la población árabe de Israel. A
principios de 2014, la población de Israel alcanzó los 8 134 500, de los cuales 6 103 200 son
judíos; 1 683 400 son árabes y 347 900 otros. La cifra de población judía, en combinación
con la cifra de 347 900 otros, conforma una población judía
ampliada
3
de 6 451 100 (C±S).
Durante los últimos años, el principal componente del crecimiento poblacional judío en
Israel ha sido el crecimiento natural, resultante de una mayor cantidad de nacimientos en
relación con la cantidad de muertes. En 2004, por primera vez, más de 100 000 judíos nacie-
ron en Israel. En 2013, 126 999 nacimientos judíos
-
la cantidad más alta hasta ahora
-
y 35
680 muertes judías dieron por resultado un aumento natural neto de 91 319 personas
-
de
nuevo, la cifra anual más alta hasta el momento
-
. ²iempre en 2013, 39 190 nacimientos y 4
480 muertes árabes dieron por resultado un aumento natural neto de 34 710 personas. La
tasa actual de fecundidad judía de Israel aumentó levemente a 3.5 hijos por mujer, cantidad
superior que la de cualquier otro país desarrollado, y el doble o más de la tasa de fecundi-
dad judía efectiva en la mayor parte de las comunidades judías de la diáspora. Esto refleja
no sólo el gran tamaño de las familias más religiosas entre la población judía sino, de ma-
nera más significativa, el deseo muy difundido de tener descendencia entre la población
moderadamente tradicional y secular, característica notable en especial entre la población
con movilidad social ascendente.
4
En 2013, la tasa de fecundidad de las mujeres musul-
manas fue de 3.35; de las cristianas fue de 2.13; de las drusas de 2.21; y de las mujeres sin
religión fue de 1.68.
En 2013, 16 900 nuevos inmigrantes sumados a un aproximado de 6 100 ciudadanos in-
migrantes (ciudadanos israelíes nacidos en el extranjero que llegaron al país por primera vez)
e israelíes que regresaron después de una prolongada estancia en el exterior llegaron al país
para dar un conteo total de 23 000 inmigrantes (en contraste con los 22 200 en 2012), entre
quienes 16 000 eran judíos. La emigración neta actual (calculada en 2 400 personas a par-
3
En torno a la distinción entre una población judía
nuclear
y
ampliada
: la primera incluye solamente a individuos
que se autodefinen como judíos o como hijos de padres judíos; la segunda incluye también a personas con ancestros
judíos que declaran una identificación diferente del judaísmo; y la tercera incorpora a todos los miembros del mismo
núcleo familiar que carecen de ancestros judíos [N. del E.].
4
Véase: DellaPergola (2009c y 2009d).
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tir de estos datos) redujo la cifra anterior a una migración de 20 900 personas (en contraste
con los 19 800 en 2012), entre quienes 11 800 eran judíos. La emigración neta de judíos fue
de 4 200, lo que indica que la propensión a emigrar entre población no-judía fue relativa-
mente más baja. En 2014 hubo un aumento significativo (acerca de 50% más que en 2013)
de inmigración a Israel, en especial desde Francia y Ucrania pero, en general, esta informa-
ción sobre el balance de la migración internacional en Israel señala un nivel relativamente
bajo de inmigración, en comparación con otros períodos históricos como el fin de los años
40 o el inicio de los 90, pero también un nivel relativamente bajo de emigración. Esta úl-
tima observación contrasta de manera significativa con el muy animado debate en torno a
un supuesto gran aumento de la emigración de Israel.
5
La cantidad de conversos al judaísmo permaneció sólo como un pequeño porcentaje de
los integrantes no-judíos de los hogares judíos en Israel, en especial entre los inmigrantes
recientes; no obstante, la evidencia recolectada a partir del Tribunal Rabínico de Conver-
sión de Israel indica algún aumento en la cantidad de conversos. En total, entre 1999 y 2012,
casi 72 000 personas se convirtieron al judaísmo, algunos de los cuales no eran residentes
permanentes de Israel.
La mayor parte de los conversos fueron nuevos inmigrantes de la comunidad etíope Fa-
lash Mura. El año en que hubo la mayor cantidad de conversos fue 2007, con 8 608. Desde
2010, la cantidad anual de conversos se mantuvo en 5 000 personas, o un poco más. En ge-
neral, 6 408 personas conversas llegaron mediante el rabinato de las Fuerzas de Defensa de
Israel, y 65 576 fueron conversos civiles.
6
El mosaico demográfco
Para aclarar las complejidades de los datos demográficos en Israel y en los territorios de la
Autoridad Palestina, el cuadro 1 muestra las sumas de judíos, otros (esto es, personas no
judías que son parte de hogares judíos, y ciudadanos israelíes acogidos por lo estipulado en
la ley del retorno), árabes, y trabajadores y refugiados extranjeros.
7
El total de cada grupo
se muestra para distintas divisiones territoriales: el Estado de Israel dentro de las fronteras
previas a 1967; Jerusalén Este; los Altos del Golán; Cisjordania y Gaza. Se muestra también
el porcentaje de judíos (en una definición
ampliada
) en cada división territorial.
De los 6 103 200 judíos, contabilizados en 2014, 5 532 600 vivían dentro de las fronte-
ras israelíes previas a 1967; 210 000 en colonias de Jerusalén Este, incorporadas después
5
Véase: Lustick (2011); DellaPergola (2011c).
6
Véanse: Fisher (2013); Waxman (2013).
7
Véase: DellaPergola (2014).
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de 1967; 20 500 en los Altos del Golán; y 340 100 en Cisjordania. De los 347 900 inte-
grantes no-judíos de hogares judíos, incluidos entre la población judía
ampliada
, 332 000
vivían dentro de las fronteras previas a 1967, 7 000 en Jerusalén Este, 1 000 en los Altos
del Golán, y 7 900 en Cisjordania. Los judíos representaban 75% del total de la población
legal de Israel de 8 134 500 (6 451 100 judíos y otros, más 1 683 400 árabes y otros), in-
cluyendo las poblaciones de Jerusalén Este, los Altos del Golán
y
a la población israelí de
Cisjordania, pero no a la población árabe de Cisjordania y de Gaza, ni a los trabajadores
y refugiados extranjeros. La población judía
ampliada
de Israel, de 6 451 100 personas,
representaba 79.3% de la población total del Estado de Israel de 8 134 500. La población
árabe de Israel, incluyendo Jerusalén Este y los Altos del Golán era de 1 683 400, o 20.7%
del total poblacional definido territorialmente. Como se muestra en el cuadro 1, la pobla-
ción judía
ampliada
representaba 78.2% del total dentro de las fronteras previas a 1967,
41.3% en Jerusalén Este, 46.2% en los Altos del Golán, y 12.9% en Cisjordania. Gaza no
tiene población judía.
Estos cálculos reflejan nuestra propia estimación del total de la población palestina en
Cisjordania y en Gaza. Para aclarar debe señalarse que hasta los Acuerdos de Oslo de 1994,
las operaciones estadísticas llevadas a cabo en ambas zonas eran responsabilidad de la ±BS
israelí. En 1967, inmediatamente después de la guerra de junio, Israel levantó un censo po-
blacional en Cisjordania y Gaza. El conteo dio por resultado que había 598 637 habitantes
en Judea y ²amaria (Cisjordania) y 356 261 en Gaza, lo que daba un total de 954 898, más
65 857 en Jerusalén Este (³achi, 1977).
La población árabe de Jerusalén Este se incorporó al territorio municipal ampliado de
Jerusalén cuando Israel se anexó Jerusalén Este, en noviembre de 1967. A partir de 1994,
Israel transfirió la tarea de documentación estadística a la Oficina Central Palestina de Es-
tadísticas (´±BS). En 1997, la ´±BS emprendió un censo en Cisjordania y en Gaza bajo la
orientación de expertos noruegos, y reportó que había 1 600 100 personas en Cisjordania
y 1 001 569 en Gaza, que sumaban en total 2 601 669 (sin incluir a los colonos israelíes). ²e
registró a otras 294 014 personas, pero no se las incluyó en el procesamiento de datos, ya
que estaban en el extranjero cuando se tomó el censo. Además, se calculó la población de
Jerusalén Este en 210 000 (´±BS, 1998). Así, la tasa anual de crecimiento poblacional a lo
largo de los treinta años que van entre 1967 y 1997, para Cisjordania y Gaza combinados,
fue de 3.4%, mientras que específicamente para Jerusalén el crecimiento fue de 3.9%. Tales
altos niveles de crecimiento están en plena consonancia
-
si acaso un poco menores
-
con
las tasas de crecimiento anuales entre los ciudadanos musulmanes de Israel, cuya tasa se
estimó en 3.7% durante el mismo período. El crecimiento poblacional palestino durante el
período entre censos 1967-1997 fue, por tanto, muy alto, pero plausible.
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Cuadro 1
Población judía y ampliada, población árabe, trabajadores y refugiados extranjeros en Israel y en el Territorio Palestino, por
divisiones territoriales, 2014
a
Área
Población
judía
Otra
Total población
Judía ampliada
b
Total
población
árabe
Trabajadores
y refugiados
extranjeros
c
Total
% de población judía
ampliada
h
1
2
3
4
5
6
7
Gran total
6,103,200
347,900
6,451,100
5,698,500
280,000
12,429,600
51.9
Estado de Israel
d
6,103,200
347,900
6,451,100
1,683,400
280,000
8,414,500
76.7
Territorio:
Fronteras pre-1967
5,532,600
332,000
5,864,600
1,350,400
280,000
7,495,000
78.2
Jerusalén Este
210,000
7,000
217,000
308,000
-
525,000
41.3
Altos del Golán
20,500
1,000
21,500
25,000
-
46,500
46.2
Cisjordania
340,100
7,900
348,000
e
-
348,000
12.9
f
Territorio Palestino
4,015,100
-
4,015,100
-
Cisjordania
g
g
g
2,341,500
-
2,341,500
-
Gaza
0
0
0
1,673,600
-
1,673,600
0.0
Fuente:
Israel Central Bureau of Statistics; Israel Population and Migration Authority; ±²b³ Palestine Central Bureau of Statistics
y cálculos
del autor.
a. Cifras redondeadas.
b. Total población judía y otros integrantes no-judíos de hogares judíos así como otras personas acogidas a la ley del retorno, pero no ma
-
triculadas como judías en el registro poblacional.
c. Todos los trabajadores y refugiados extranjeros asignados a Israel dentro de las fronteras previas a 1967.
d. Definido por el sistema legal israelí.
e. Incluido bajo el Estado de Israel.
f. Porcentaje de judíos y de otros del total poblacional de Cisjordania bajo jurisdicción israelí o de la autoridad palestina.
g. Incluido bajo el Estado de Israel.
h. Proporción tomada de la columna 3 respecto a las 6.
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Subsecuentemente, la pCB± emitió Proyecciones Poblacionales con base en suPuestos
acerca de la fecundidad y la migración, llegando a un estimado de 4 081 000 Para fines del
año 2007, incluyendo a Jerusalén Este. Además de excluir a Jerusalén Este Primero, Porque
ya se incluía en los datos israelíes, juzgamos que la Proyección de la pCB± era demasiado
alta, ya que suPonía una continua inmigración Palestina hacia ²isjordania que no se mate-
rializó, y que fue reemPlazada Por alguna migración de salida (en Particular de cristianos).
Estos mismos cálculos fueron objeto de debate Por Parte de un gruPo de autores estadouni-
denses e israelíes, quienes sostenían que los cálculos Poblacionales actuales
-
Provenientes
de fuentes Palestinas
-
estaban inflados en un millón y medio.
8
En noviembre de 2007, la pCB± levantó un nuevo censo que contó 3 542 000 Personas en
²isjordania y en Gaza (más 225 000 en Jerusalén Este, sin duda un conteo inferior debido al
acceso limitado de la pCB± a la ciudad). El total del nuevo censo, de manera no sorPrendente,
fue menor en más de 300 000 Personas resPecto a la ProPia Proyección de la pCB±.
Nuestra valoración indePendiente, restando a Jerusalén Este
-
información que ya se
incluye en el total israelí
-
, y tomando en cuenta un balance negativo neto debido a la mi-
gración de Palestinos y a alguna otras correcciones, fue de alrededor de 3 500 000 hacia
fines de 2007, y de 4 015 100 el 1 de enero de 2014. De este total, 2 345 500 habitaban ²is-
jordania, y 1 673 600, Gaza.
Según nuestros cálculos, el aumento Poblacional Promedio anual durante el Período en-
tre los censos de 1997 y 2007, resPecto a Palestinos en ²isjordania (sin incluir a Jerusalén
Este) y en Gaza, combinados, es de 2.91%. Este Porcentaje es exactamente igual a la tasa de
crecimiento anual de 2.91%, que corresPonde a los árabes en Israel, a lo largo del mismo Pe-
ríodo (
Israel Central Bureau of Statistics
). En los años subsecuentes, la tasa de crecimiento
de la Población árabe total en Israel descendió con lentitud y, en 2013, fue de 2.11% (2.21%
sólo entre la Población musulmana) comParada con 1.73% Para la Población judía, tomando
en cuenta la inmigración y 1.52%, sin ésta. La tasa de crecimiento Poblacional Palestina en
²isjordania y Gaza, en conjunto, Probablemente también descendía. Nuestro suPuesto en
este caso es que la tasa de crecimiento anual es la misma entre la Población musulmana en
Israel, cuyas características demográficas son bastante semejantes a las de esta Población en
el Territorio ³alestino, aunque es Probable que tanto la fecundidad como la mortalidad sean
un Poco suPeriores en el Territorio ³alestino que en Israel, y significativamente más altas
que entre la Población judía. Nuestros cálculos ajustados Para la Población Palestina, Para
PrinciPios de 2014, son menores que los de otras evaluaciones indePendientes (
Population
Reference Bureau,
2013; División de ³oblación, DePartamento de Asuntos Económicos y
Sociales, O´U, 2013), ya que suPonemos que las cifras originales del censo recabado Por la
8
Véanse: Zimmerman, Seid y Wise (2005°); Zimmerman, Seid, Wise, Ettinger, Shahaf, Sohar, ³assig, Shvout, (2005b);
y una refutación en Della³ergola (2007b y 2011a).
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pcbs Se SoBreStimaron al Contar a CiertaS PerSonaS, eStudianteS y otraS, quieneS en realidad
reSidieron en el extranjero durante máS de un año.
La PoBlaCión áraBe de JeruSalén ESte, miSma que hemoS inCluido en el Conteo PoBlaCio-
nal de ISrael, Se CalCuló en 308 000 PerSonaS a PrinCiPioS de 2014, y daBa Cuenta del 37% del
total de la PoBlaCión de JeruSalén de 832 000 (
Israel Central Bureau of Statistics
; ±hoShen;
Doron; ASSaf-²haPira y ³luer, 2010 y 2012; Della´ergola, 2008B). Al Sumar a la PoBlaCión
áraBe de ISrael en 1 683 400 PerSonaS, inCluyendo a JeruSalén ESte, Con el CálCulo PaleStino
de 4 015 500 PerSonaS en ±iSjordania y en Gaza, Se oBtiene un total de 5 698 500 áraBeS
Para el total del territorio que Se enCuentra entre el Mar Mediterráneo y el Río Jordán. ²ólo
Sumando a loS áraBeS de JeruSalén ESte (308 000) Con loS 4 015 100 que viven en ±iSjorda-
nia y en Gaza Se oBtiene un total de 4 323 100.
El Cuadro 2 PreSenta el PorCentaje de PoBlaCión judía a Partir de laS definiCioneS tanto
nuclear
Como
ampliada
, SoBre la PoBlaCión total del territorio que Se enCuentra entre el Mar
Mediterráneo y el Río Jordán. ±on relaCión a eSte gran total, demoStramoS el efeCto PotenCial
de reStar, de manera gradual y aCumulativa, a Partir del nivel iniCial máximo PoSiBle, a la Po-
BlaCión áraBe de CiertaS áreaS deSignadaS en PartiCular, aSí Como a traBajadoreS y refugiadoS
extranjeroS. El reSultado eS una ProPorCión judía que CreCe gradualmente entre una PoBlaCión
total que diSminuye, Según laS diferenteS ConfiguraCioneS territorialeS y de la PoBlaCión áraBe
tomada en Cuenta. ESto Permite una mejor evaluaCión de la PoSiBle ProPorCión de PoBlaCión
judía, entre la PoBlaCión total exiStente, Bajo SuPueStoS territorialeS alternativoS.
Cuadro 2
´orCentaje de PoBlaCión judía y
ampliada
en ISrael y en el Territorio ´aleStino, Según
diStintaS definiCioneS territorialeS, 2014
Área
Porcentaje de judíos
a
según
defnición
NúCleo
AmPliada
Gran total inCluyendo a ISrael y al Territorio ´aleStino
49.1
51.9
MenoS traBajadoreS y refugiadoS extranjeroS
50.2
53.1
MenoS Gaza
58.3
61.6
MenoS AltoS del Golán
58.4
61.7
MenoS ±iSjordania
75.3
79.5
MenoS JeruSalén ESte
78.2
82.7
Fuente:
Cuadro 1.
a. Total PoBlaCional judío de ISrael, inCluyendo JeruSalén ESte, ±iSjordania, y loS AltoS
del Golán. En Cada fila Se reSta a la PoBlaCión áraBe, y a otroS gruPoS PoBlaCionaleS.
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Un total combinado árabe y judío de 12 429 600 personas, incluyendo a trabajadores y
refugiados extranjeros, vivían en Israel y en el Territorio Palestino (Cisjordania y Gaza) en
2014. La población judía representaba 49.1% de este total que habitaba entre el Mar Me-
diterráneo y el Río Jordán, zona de la que el Estado de Israel es parte fundamental. Así,
siguiendo una rigurosa definición rabínica de quién es judío, la mayoría judía no sólo decrece
de manera constante, sino que posiblemente ya no subsiste entre el agregado de personas
más amplio que actualmente se encuentra a lo largo del total del territorio que yace entre el
Mar y el Río.
9
Si se añaden los 347 900 integrantes no judíos de los hogares judíos a la po-
blación judía, la población judía
ampliada
de 6 451 100 representaría 51.9% del total de la
población que habitaba, de manera legal o ilegal, en Israel y en el Territorio Palestino
-
una
muy pequeña mayoría
-
.
Si restamos del gran total a los 220 000 trabajadores extranjeros no judíos que no son
residentes permanentes
-
legales o indocumentados
-
, y los 60 000 refugiados, da una cifra
total de 280 00 personas. De este modo, las poblaciones judía nuclear y
ampliada
represen-
tarían
-
respectivamente
-
50.2% y 53.1% de la población total residente tanto en Israel como
en el Territorio Palestino, calculada en 12 149 600 en 2014. Después de restar a la población
de Gaza, el porcentaje total de judíos se elevó a 58.3% para los judíos, y 61.6% para la pobla-
ción
ampliada
; después de restarle a la población drusa de los Altos del Golán, el porcentaje
cambió a 58.4% y 61.7% respectivamente; a 75.3% y 79.5% si se resta a la población árabe
de Cisjordania; y a 78.2% y 82.7% si también se resta a la población árabe de Jerusalén Este.
La mayoría poblacional judía en Israel es condicional, dependiendo de las definiciones res-
pecto a quién es judío y a las fronteras territoriales que se elijan para hacer esta valoración.
Guiones para la solución del conflicto
Durante muchas décadas el conflicto en Oriente Medio
-
israelí-palestino, o árabe-hebreo
como queramos llamarle
-
se ha nutrido de tensiones fundamentadas en las identidades ét-
nicas y religiosas que han favorecido o hasta determinado la importancia estratégica de las
cifras en la evolución de los episodios conflictivos (Choukri, 1983). Del análisis hasta aquí
presentado, debería resultar evidente que una evaluación sistemática de las tendencias de-
mográficas resulta esencial al momento de entender no sólo la naturaleza de los problemas
que quedan por resolver, sino para formular una propuesta hacia políticas encaminadas a
la normalización y a la paz.
El conflicto árabe-israelí que comenzó en los años veinte del siglo XX, prosigue hasta hoy
en día a través de desarrollos infinitos y cambiantes
-
a veces con soluciones parciales
-
sin
9
Véanse: DellaPergola (2003a, 2003b, 2007a, 2011a); Sofer y Bistrow (2004).
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que jamás se haya podido llegar a un acuerdo definitivo. No sólo es legítimo sino necesario
seguir preguntándonos cómo se puede llegar a una salida negociada que tome en cuenta,
de manera racional y equitativa, los intereses de las dos partes. A ese respecto se pueden se-
ñalar al menos seis aproximaciones distintas que han emergido a lo largo de las diferentes
fases del conflicto, todas las cuales se propusieron individualizar los problemas centrales y
sugerir una solución particular. Cada una de estas aproximaciones fue propuesta, y a veces
incluso parcialmente realizada, a lo largo de los últimos cien años, aunque algunas de ellas
parecían destinadas al fracaso desde el primer momento por ser unilaterales, o por la im-
posibilidad de ponerlas en práctica.
Una sola tierra, indivisible y homogénea desde el punto de vista étnico
El punto de partida extremo en este caso es el de la reducción de las dos partes en con-
flicto a una sola, a través de la eliminación de la otra. A este respecto, podemos recordar
las teorías y los programas de todos los movimientos fundamentalistas de una y de otra
parte, que han defendido ideas como el exterminio físico de los judíos (según el espíritu
de los movimientos extremistas islámicos); o la de tirar los sionistas al mar (según el eslo-
gan del nacionalismo árabe entre 1948 y 1967); o el
transfer
(desplazamiento forzado) de
los palestinos hacia los países cercanos, según las sugerencias de los componentes más ra-
dicales de la mística de la Gran Israel. Se trata, a fin y al cabo, de diferentes versiones de la
misma idea integrista de limpieza étnica, acompañada de la presunción de la existencia de
un derecho exclusivo sobre la totalidad de la tierra. Más allá de toda consideración ética
-
por cierto esencial
-
todas estas posiciones extremas resultaron imposibles aun en un ni-
vel meramente logístico: no existió nadie capacitado para ponerlas en práctica, ni tampoco
podría imaginarse qué planes de similar naturaleza pudieran realizarse sin que esto susci-
tara protestas o sanciones legales a nivel internacional. En particular, es de mencionar que
cuando se trata de la prevención de acciones unilaterales no consideradas por parte de Is-
rael, la comunidad internacional ha demostrado un grado de atención lo suficientemente
alto, mientras que otras veces la evaluación de las acciones desatendidas por la parte islá-
mica ha parecido menos claramente delineada. Se explica así cómo surgió la inquietante
sospecha de la falta de simetría en el juicio con respecto a las dos partes.
10
Queda por sen-
tado que los enfoques aquí esbozados representan la antítesis de cualquier posibilidad de
una solución pacífica del conflicto; es de esperar que los mismos queden confinados al ám-
bito de la literatura apocalíptica.
11
10
Véase: Cotler (2002).
11
Véanse: O’Brien (1996) y LaHaye (2002).
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El llamado a los derechos históricos
El llamado a los derechos históricos fundamentales, inalienables y exclusivos de cada una de
las partes sobre la totalidad del territorio, se vuelca hacia atrás en un marco histórico que hace
referencia a un
tiempo inmemorable
(Peters, 1984) –es decir, los tiempos más antiguos, o en
todo caso hasta los inicios del siglo XX
-
. En realidad, cada parte puede esgrimir pruebas cir-
cunstanciales de haber constituido la primera, la mayor, la más duradera, la más influyente, la
más relevante o la más auténtica presencia en el territorio en disputa. Estas reivindicaciones,
que pueden ser documentadas, remiten a las raíces primordiales de la experiencia histórica,
de la fe religiosa y de la identidad cultural no sólo de cada una de las partes, sino de la totali-
dad del Medio Oriente y de todas las civilizaciones del Mediterráneo. Incluso, si fuera posible
determinar una jerarquía entre derechos de precedencia, resulta evidente que esto nunca se-
ría aceptado por la parte desfavorecida, la cual seguiría defendiendo –como de hecho ambas
lo están haciendo
-
sus reivindicaciones. A pesar de su indudable interés, la argumentación
histórica no tiene ninguna capacidad para resolver el conflicto político.
Victoria por medio de la fuerza
Cada una de las partes puede intentar, y de hecho lo ha intentado en las últimas décadas,
vencer a la otra a través del uso de la fuerza militar regular, o de actos de terrorismo u otros
medios, con o sin la ayuda de fuerzas externas. A lo largo del conflicto árabe-hebreo, desde
los años veinte del siglo XX y particularmente a partir de 1948, Israel fue quien infligió a
su adversario las pérdidas más duras en términos militares y civiles, aunque también su-
frió daños graves. No obstante, incluso si una parte sostiene haber prevalecido sobre la otra
-
inclusive por medio de declaraciones de su mando militar
-
, esta última siempre puede
escoger la vía de la resistencia a ultranza. La realidad de Oriente Medio parece marcada
precisamente por esta capacidad de lucha permanente
-
más allá de la lógica de los resul-
tados efectivamente conseguidos en el terreno
-
e insensible respecto del alto número de
pérdidas en términos de vidas humanas. A lo largo de estos últimos años, la mayoría de los
actores implicados, aunque no todos, parece haber entendido que el conflicto no se puede
resolver de manera duradera a través del uso exclusivo de la fuerza.
Subordinación por parte de una tercera fuerza
Una hegemonía política y cultural podría ser el resultado de una imposición desde el exterior,
que sustituye los actuales marcos referenciales hebreo-israelís y árabe-musulmán-palesti-
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nos, superándolos y volviéndolos irrelevantes. Un ejemplo podría constituirse a partir de
la conquista colonial o del control de la soberanía de Israel o de los palestinos por parte de
una tercera fuerza. En todo caso, otros poderes internacionales –como los Estados Unidos,
otras potencias, o un consorcio entre éstas
-
podrían aplicar sanciones, medidas disuasi-
vas u otras formas de contención del conflicto capaces de neutralizar los efectos negativos
para la región y para el mundo.
12
Esta opción ya ha sido experimentada en el siglo XX con
el Mandato Británico de Palestina entre 1922 y 1948. Sin embargo, constituye un ejemplo
emblemático del fracaso de la interferencia de terceros en la solución del conflicto bilateral.
Fin de las identidades
Se podrían elaborar diferentes guiones según los cuales una de las partes, o ambas, renun-
cien a su identidad religiosa, étnica y cultural singular. Ejemplos hipotéticos podrían ser la
inclusión de un proceso de fusión étnico-religiosa a través de matrimonios heterógamos;
o la sumisión de las identidades étnico-religiosas a la hegemonía plena de una solidaridad
específica de clase social; o también se podría pensar en la importación y el predominio
de un paradigma proveniente del exterior y completamente diferente a los existentes hasta
ahora. Incluso, se podría llegar a postular el principio según el cual las identidades imagi-
narias juegan solamente un papel simbólico ilusorio en la vida de los colectivos, por lo que
deberían ser alentadas y educadas a funcionar como punto de referencia separado de la rea-
lidad política cotidiana o, en todo caso, por fuera de las tensiones conflictivas. Se podría
llegar a una atenuación del agresivo papel jugado por las identidades a través, por ejemplo,
de la adopción de identidades múltiples por parte de todos.
13
Esta es, en cierto sentido, la
traducción a términos psicosociales de la teoría política del
fin de la historia
, que sería su-
puestamente subsecuente a la aceptación por parte de todos de las indudables ventajas de
la democracia liberal occidental.
14
Sin embargo, una simple mirada a la escena internacio-
nal de los últimos años indica cuán grave y desafortunada es la falacia de esta hipótesis,
que ha de considerarse
-
por lo menos
-
prematura. Prueba de ello son el renacimiento re-
ciente de las identidades étnico religiosas a nivel global y particularmente en el Oriente
Medio, con una situación de segregación que se impone entre los diversos grupos en Israel
y Palestina. Esto deja conjeturar que estos guiones no pueden ser propuestos, al menos no
a corto o mediano plazo.
12
Véase: Lesser, Nardulli, y Arghavan (1998).
13
Véase: Sen (2006).
14
Fukuyama (1992).
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Compromiso histórico
Las dos partes en conflicto, la hebrea y la árabe, podrían escoger la vía del compromiso,
reconociendo la existencia de la otra presencia, simultánea y no ilegítima, en el territorio
disputado de la Palestina histórica. Un compromiso de tal índole se podría obtener a tra-
vés de una de las siguientes hipótesis:
a)
División funcional
al interior de una misma estructura política soberana y unificada
que incluya a las dos partes según una fórmula de Estado federal binacional;
b)
División territorial
con la creación de dos estructuras nacionales soberanas y separadas.
El supuesto obvio para una solución de compromiso es la decisión explícita de poner fin al
conflicto y la aceptación formal de las modalidades de solución a nivel de las instituciones
responsables de las dos partes, así como
-
en la medida de lo posible
-
a nivel de las socie-
dades mismas en su totalidad. La solución óptima debería, por lo tanto, tomar en cuenta
la historia de las respectivas ideas e ideologías, de los procesos cognitivos y de la toma de
decisiones, así como del grado de desarrollo de las instituciones y de los movimientos pú-
blicos que contribuyen a determinarlas.
Supongamos que debería de existir, cuando menos racionalmente, una preferencia para
una solución del conflicto árabe-judío y no para su perpetuación por un tiempo indeter-
minado. En este caso, la segunda hipótesis
-
la de dos Estados soberanos
-
resultaría la más
realista. La primera hipótesis
-
la del Estado federal binacional– significaría, por el contra-
rio, una transición repentina de una larga situación de conflicto hacia una colaboración muy
estrecha e integrada en la división del trabajo, en el respeto de las respectivas autonomías,
en la aceptación de renuncias recíprocas con el fin de ejercitar una soberanía plena, todo
ello en un clima de camaradería. Lo que hoy en día se da por sentado en la configuración
política de realidades como la Confederación Helvética o los Estados Unidos de América
-
que sin embargo han tenido una historia de conflictos internos largos y sangrientos–, to-
davía se perfila como algo prematuro y poco realista para la situación actual en Medio
Oriente. Desde luego que habría que encontrar una solución mucho más compleja y me-
nos probable con respecto a la más rudimentaria, pero también más pragmática solución
de la división en
dos Estados para dos pueblos,
que podría dar lugar con el paso del tiempo
a una coordinación creciente a nivel regional. Éste es el tipo de solución que las Naciones
Unidas sostuvieron en sus debates más recientes, así como en el desarrollo del concepto de
mediación sobre la base del
Roadmap
.
15
15
Para el texto sobre la
Roadmap
que sugirió el Presidente George W. Bush y el Cuarteto de Mediadores – Naciones
Unidas, Unión Europea, Estados Unidos, Rusia, véase: ±±² News (2003).
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En realidad, la hipótesis de que es posible incorporar las identidades étnico religiosas
como fuerzas constructivas en la política no goza de mucha popularidad en el mundo oc-
cidental. De hecho, en la experiencia histórica de muchos Estados-nación, este modelo de
sociedad implicó la dominación inevitable de un grupo religioso sobre otros en la misma
población. En el caso de la Alemania nazi, de la Italia fascista, y de otros regímenes similares
inspirados en la mística nacionalista, se trataba de la supresión despiadada de las minorías
culturales, y sobre todo, de los judíos. En tiempos más recientes, particularmente a par-
tir de inicios de los años noventa, con el colapso de la Unión Soviética y de la Federación
Yugoslava estallaron intensos conflictos sobre el control de los gobiernos de la época posco-
munista. La naturaleza al fin y al cabo nacionalista de tales hostilidades sangrientas debería
enseñarnos que todavía hoy en día, la identidad étnica constituye un mecanismo mediador
al que no hay que renunciar en los procesos locales y regionales.
Frente a estos acontecimientos, y tomando en cuenta las lecciones del pasado, decir que
el modelo clásico del Estado nación quedó obsoleto resulta ser un lugar común. En la crí-
tica sociológica actual, está muy extendida la tesis según la cual los elementos que están
en la raíz del sentimiento contemporáneo de nación, de nacionalismo y de Estado nación
son muy a menudo fantasiosos e imaginarios.
16
Asimismo, es tendencia común hoy en día
contraponer, en la definición de las identidades colectivas, un concepto de
esencialismo,
considerado ya arcaico, a uno más actualizado de
constructivismo
.
17
La diferencia entre so-
lidaridades compartidas a través de experiencias reales y creencias comunes por un lado,
y características libre y racionalmente asumidas de un universo intelectual y simbólico del
otro, es justificable en el plano teórico. Pero en términos prácticos, el viejo Estado nación
estaría desapareciendo y debería ser sustituido crecientemente por entidades federativas
multiculturales como la Unión Europea.
18
Sin embargo, el modelo federal y multicultural europeo
-
que hasta el día de hoy repre-
senta tanto un loable propósito como una realidad política predominante
-
parece lejos
todavía de constituir una propuesta viable para la solución del conflicto israelí-palestino, en
el cual la identidad y las diferencias nacionales y culturales resultan aún más desbordantes.
Las identidades étnico religiosas que se encuentran en la raíz del conflicto israelí-pa-
lestino radican en un poderoso complejo de percepciones históricas y contemporáneas
que no puede ser reducido a un discurso puramente teórico, por lo menos no a corto
plazo. La fuerza acumulativa de las identidades es tan potente, que resulta ser el equiva-
lente de una realidad empírica central para la mayoría de las poblaciones involucradas.
El destino de las identidades, tanto la israelí como la palestina, no es su desaparición,
16
Véanse: Anderson (1991) y Goldscheider (1996).
17
Véanse: Van Den Berghe (1988); Tiryakin y Rogowski (1985) y Smith (1986).
18
Véase: Lilla (2003).
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por lo menos no a corto plazo. Por el contrario, se puede sostener la hipótesis de que las
identidades nacionales-religiosas son un elemento tan potente que pueden constituir un
elemento central en la búsqueda de la paz, en la medida en que puedan ser transformadas
en una fuerza popular positiva para la construcción de una nueva sociedad –siempre y
cuando se puedan mantener bajo control a los sectores más extremistas y destructivos
-
.
En principio, la presencia de dos Estados nacionales, uno israelí y el otro palestino, pa-
rece ser la solución más deseable, y de hecho la única viable. La paridad entre un Estado
israelí-hebreo y un Estado palestino-árabe, ambos basados en claras definiciones étni-
cas, culturales y religiosas, constituye el pasaje necesario para la creación de un sistema
político estable en la región.
Sin embargo, no existe una simetría perfecta entre estas dos aspiraciones nacionales
contrapuestas. Ambas partes tienen su propio orden del día respecto a la definición de sus
intereses existenciales, y sus posiciones no son iguales con respecto a la existencia del otro.
El interés hebreo-israelí radica en mantener una sociedad fundada en parámetros cultura-
les bien reconocibles y por lo tanto basada
-
en nombre de la democracia– en una clara y
permanente mayoría hebrea de la población total. Esto significa renunciar a las pretensio-
nes territoriales sobre Palestina en su totalidad, y llevar a cabo un repliegue hacia fronteras
que en un principio serían similares a las de junio de 1967, en vísperas de la Guerra de los
Seis Días. Mientras el interés árabe-palestino es más complejo, ya que la nación Palestina en
su auténtica forma actual nació en 1948, en el mismo momento en que perdía parte de sus
tierras y se encaminaba hacia el exilio. Ante la escasez de otros puntos de referencia a nivel
histórico y simbólico que le sean propios, la identidad palestina gira alrededor del eje de
la recuperación de lo que se perdió en la catástrofe de la
nàqba
, por lo que se fundamenta,
al menos implícitamente, en la negación del derecho de existir de quienes, aparentemente,
fueron la causa de esta pérdida.
Al interior de cada Estado existen, además, minorías étnico-religiosas importantes que
se diferencian de la mayoría hegemónica tanto en el plano cultural, como en el plano so-
cioeconómico. Esta situación es causa ulterior y permanente de fricciones, y plausiblemente,
de problemas de orden público. Periódicamente, éste fue el caso de la minoría árabe en Is-
rael, que desde hace mucho tiempo se ha sentido víctima de la discriminación por parte
de la mayoría hebrea, aunque formalmente goza de pleno acceso a todas las oportunida-
des de movilidad individual y de gestión del poder local. Una situación similar, o hasta más
aguda, emergería probablemente en un Estado palestino que se encontrara en situación de
hospedar a una minoría significativa de residentes judíos –los así llamados “colonos”
-
. No
pareciera viable o plausible una fórmula según la cual el territorio histórico de Palestina
fuera repartido en dos partes entre un Estado de Israel multiétnico, multicultural, multi-
nacional (judío y árabe) y un estado Palestino monoétnico, monoreligioso y mononacional
(árabe/musulmán).
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Un aspecto problemático del proyecto sionista y de la
aliyah
–la inmigración a Israel– lo
constituye el hecho de no ser lo suficientemente consciente y atento a la
presencia del otro
–el Árabe palestino
-
. El aspecto emblemático de la aspiración nacional palestina a la so-
beranía y a la reinserción de los refugiados reside en el proyecto implícito de la
dislocación
del otro
. La aceptación mutua del otro, en el ámbito de una solución con dos Estados, es la
condición preliminar para dar pasos concretos posteriores hacia la paz. Pero el conflicto
quedará sin resolverse hasta que no resulte claro que uno de los Estados es árabe-palestino
y el otro hebreo-israelí –en el espíritu, y no sólo en la letra de las decisiones de la Organiza-
ción de las Naciones Unidas de 1947
-
. Estos dilemas y estas contradicciones ameritan un
análisis suplementario en una perspectiva que definiremos, respectivamente, la lógica de
la
hitkansút
(el recogimiento en su territorio) de la parte israelí y la lógica de la
húdna
(la
tregua) de la parte palestina.
El Estado de Israel y la lógica del “recogimiento”
El sionismo
-
movimiento de liberación, de renacimiento nacional y
aggiornamento
del pue-
blo judío– postuló que un Estado judío representa la solución a los problemas históricos de
los judíos en su dispersión y vulnerabilidad: expulsados y sin patria, a la vez que discrimina-
dos por la misma razón. Una consecuencia natural de este axioma es que el Estado de Israel
tiene su razón de ser en la medida en que su configuración política y cultural puede expresar,
en primer lugar, los intereses multiformes y los valores de un colectivo judío que está pre-
sente no sólo en su territorio, sino también disperso en muchos otros países en el mundo.
Al mismo tiempo, al menos según la Declaración de Independencia de 1948, Israel asume
las responsabilidades propias de un sistema democrático que asegura la igualdad de dere-
chos para todos sus ciudadanos, sin distinciones de religión u origen étnico. Mientras que
el sistema jurídico de Israel y los demás agentes de gobierno y garantes del orden en general
han respetado la paridad de derechos a nivel de los individuos, existe sin duda un conflicto
de intereses entre la esencia
judía
y la esencia
democrática
del Estado. Este conflicto entre
particularismo y universalismo concierne inevitablemente la cuestión de la composición
étnico-religiosa de la población. En los términos del debate interno de Israel, la cuestión
se plantea como una alternativa entre un Estado
judío
y un Estado
de todos los ciudadanos
.
Esta última definición sugiere que el elemento democrático resulta incompatible con el de
una personalidad cultural que cuenta con una orientación, en cierto modo, preferencial.
En los últimos años, la cuestión del balance demográfico entre judíos y palestinos en Is-
rael y el área conformada entre el Mediterráneo y el Jordán se ha ido transformando en uno
de los puntos de referencia del discurso político. El primer ministro Ariel Sharon explicó
la importante decisión de la retirada de la Franja de Gaza y
-
de modo más general
-
la es-
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trategia de
hitkansut –
el recogimiento y la retirada israelí de los territorios palestinos hacia
las áreas al interior de la Línea Verde– como una necesidad inevitable derivada de la ero-
sión de la mayoría judía y del ritmo de crecimiento de la población palestina, doble o triple
con respecto al de la población judía.
Sin embargo, la reducción de la mayoría judía es un factor común y, en las condiciones
actuales, si la paridad demográfica no se alcanzó en 2010, entonces lo hará hacia el 2020.
Aunque las tasas de nacimientos bajarían, la composición mucho más joven de la población
palestina determina la fuerza de inercia que sostiene la alta natalidad, y de la cual derivan
altas tasas de crecimiento al menos en una generación más. Ya señalamos que la salida de
Israel de Gaza equivale a 20 años (y no más) de paréntesis en términos demográficos an-
tes de que vuelvan a crearse las mismas relaciones numéricas, pero sin Gaza. Sin embargo,
no resulta suficiente la existencia de una diferencia entre el 1% o el 5% en el balance entre
las poblaciones, o posponer entre uno o cinco años el logro del balance entre árabes y ju-
díos para modificar los términos del problema. La verdadera preocupación de Israel tiene
que ver con la naturaleza misma de la sociedad israelí, que debe salvaguardar la seguridad
de sus ciudadanos, pero también consolidar la propia identidad histórica y civil. Todo pa-
rece muy claro en la mente de los ciudadanos de Israel. Por primera vez en 2006 la mayoría
absoluta de israelís de origen judío mencionó como principal objetivo para el país el man-
tenimiento de la existencia de una mayoría judía, y sólo 7% mencionó la Gran Israel. En
2007, el apoyo a la creación de un Estado palestino en Cisjordania y Gaza alcanzó 55% de
aprobación (respecto al 61% de un año antes), y el concepto de “dos Estados para dos pue-
blos” obtuvo la aprobación de 63%, comparado con el 73% de 2006 (Ben Meir y Shaked,
2007). Por el contrario, la aprobación de las decisiones unilaterales se desmoronó rápida-
mente después de la difícil experiencia de los 8 000 habitantes evacuados del
Gush Katif
en
Gaza y de los asentamientos en Samaria septentrional.
Esta renuncia por parte de una minoría por conferir más vitalidad a la mayoría, no es
nada nuevo en la historia contemporánea. La experiencia francesa en Argelia representa en
ese sentido un caso interesante porque –en una perspectiva franco-céntrica– Argelia no era
ni un país extranjero ni una colonia, sino parte constitutiva del mismo territorio metropoli-
tano. Después del tratado de Evian de 1962, más de 1.5 millones de franceses tuvieron que
volver a su país de origen, provenientes de un territorio que ya no formaba parte de la sobe-
ranía francesa. En la zona del Canal de Panamá, a raíz de la decisión de Estados Unidos de
devolver la zona al país, en el año 2000 decenas de millares de ciudadanos estadounidenses
debieron ser evacuados, y en este caso no fue a raíz de una guerra sino por una evaluación
estadounidense de sus propios intereses nacionales e internacionales.
Éstos, como muchos otros casos, confieren actualidad a la cuestión de los asentamien-
tos y reasentamientos pasados y futuros, a la vez que ilumina sobre las mejores maneras
para tratar con personas que, entre muchas tensiones y frustraciones, tuvieron que dejar
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sus casas. Es un deber desarrollar mecanismos para volver a insertar a estas personas en las
corrientes centrales de la sociedad. La experiencia histórica de Israel en la recepción de las
migraciones masivas ofrece, en este sentido, un precedente extraordinario. Ningún otro país
en el mundo ha sido capaz de incorporar una masa de inmigrantes cinco veces superior a
la población inicial del país. A pesar de que muchos problemas han quedado sin resolver, la
inmigración ha sido el reflejo de un gran proyecto nacional que radica en un ideal social am-
pliamente compartido y participativo. La reinserción a Israel, en nombre de la paz, no sólo
de los 8 000 evacuados de Gaza, sino de cuotas aún mayores entre los residente actuales de
Cisjordania, puede constituirse como un componente esencial del proyecto histórico enca-
minado a conseguir definitivamente la normalización del Estado israelí en Medio Oriente.
La actitud negativa y contestataria de una parte de estos residentes
-
que como se vio
están apoyados por una minoría relativamente exigua de la opinión pública israelí
-
acaba
expresando finalmente un voto de desconfianza hacia el Estado de Israel como instrumento
político necesario para la existencia del colectivo judío en este lugar y en el mundo. Los
opositores, y aún más los líderes políticos y espirituales, acaban planteando una posición
pos-sionista o incluso pre-sionista (o hasta anti-sionista). El énfasis de sus discursos ideoló-
gicos está puesto en valores tan místicos como “la Tierra de Israel” o el “Libro de los Libros”,
que quedan fuera del contexto de las leyes y de los acuerdos políticos internacionales y son
indiferentes a los límites sociológicos determinados por un amplio, real y necesariamente
heterogéneo “Pueblo de Israel”
-
colectivo que en hebreo se define como
Klàl Israel
-
. Con
esto se da un vuelco hacia atrás, a una narrativa histórica anterior a la idea de Teodoro Herzl
y del movimiento sionista como base racional del Estado judío moderno. La lógica de la
hi-
tkansút
, más allá de su función instrumental en el proceso de acercamiento entre israelíes
y palestinos, representa una prueba al tornasol de la capacidad de Israel de generar su pro-
yecto propio de construcción nacional.
El Estado Palestino y la lógica de la “tregua”
La exigencia de los palestinos de tener un Estado propio ha llegado a un punto de no retorno
–cualquiera que sea el juicio acerca de los métodos aplicados para ponerla en práctica
-
. Qui-
zás sea poco agradable, pero aun así es necesario reconocer que el terrorismo ha logrado,
por lo menos parcialmente, sus objetivos. En un contexto en el cual la violencia no inter-
viene como factor de interrupción, el discurso político puede desarrollarse en tiempos de
larga duración. Pero cuando hay una masacre en curso entre la población civil, el discurso
se hace más urgente, llama más la atención a su alrededor
-
sea en el sentido de un aumento
de las hostilidades, sea en el de un deseo de liberarse del problema encontrando cualquier
tipo de solución
-
. El objetivo principal de una Palestina independiente pareciera ser el de
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permitir al movimiento de liberación palestino llegar a la plena soberanía, desarrollar una
adecuada infraestructura económica, y obtener un amplio reconocimiento internacional.
Ultimadamente, más allá de cualquier otra exigencia, el objetivo sería encontrar una solu-
ción digna para los refugiados palestinos. Las preocupaciones que conciernen a la estructura
democrática del Estado, el pluralismo político, o los derechos de igualdad entre minorías
religiosas, étnicas, políticas, y los derechos de la población femenina
-
aunque no son ig-
norados
-
tampoco representan un tema dominante en el discurso público. Después de los
acontecimientos que marcaron las últimas horas de la vida y muerte del presidente Arafat, un
tema que ha venido imponiéndose ha sido el de la transparencia administrativa y financiera.
Hay que atribuirle al mismo Arafat un error estratégico colosal, pero mucho más reve-
lador que tantas declaraciones explícitas, de un equívoco de fondo que existe en la relación
bilateral con Israel. Cuando llamó a la
Intifada El-Aqza
, consideró que el conjunto judío se
disgregaría rápidamente, y que los ciudadanos huirían y abandonarían la tierra. Una eva-
luación similar ha acompañado a las campañas militares lanzadas periódicamente, a los
largo de la última década, por Hamas desde la Franja de Gaza y por Hizbollah desde el sur
de Líbano y que han tenido como objetivo principal a la población civil. En el fondo de es-
tas evaluaciones existe la convicción, tantas veces proclamada –y que hace eco en los países
europeos
-
de que el Estado de Israel, definido como “Estado sionista”, es en realidad una
construcción artificial del colonialismo occidental, mantenido artificialmente vivo gracias a
las ayudas económicas y militares y a un ejército de mercenarios. Por el contrario, la realidad
demuestra que la sociedad israelí es un conjunto social solidario, largamente autónomo en
el plano económico, radicado en un territorio en el cual a pesar de la inmigración nacieron
dos tercios de los habitantes judíos, a la vez que como Estado soberano no puede dejarse
intimidar por el terrorismo o las operaciones militares de gran amplitud.
Una parte de la clase dirigente palestina se ha dado cuenta de esta evaluación errónea y
propuso entonces una nueva estrategia, la de la
hùdna
, la tregua. El término de
hùdna
de-
riva de una tregua anterior, la de Hudabiya estipulada por Mahoma con los enemigos de la
Meca en febrero de 628, cuando se encontraba en una posición de inferioridad. Él mismo
violó esta tregua en enero de 630 con la ocupación de la ciudad de la Meca, una vez que ha-
bía consolidado sus fuerzas. Una tregua implica, en primer lugar, reconocer la existencia
del adversario, pero no equivale a un tratado de paz. En el contexto del extremismo islá-
mico, la
hùdna
es la negación de la paz, representa la otra cara de la moneda de la guerra
a ultranza, y confirma la hostilidad preconcebida con respecto al derecho de existir de Is-
rael (Allam, 2006).
Si se quiere que prevalezca el pragmatismo sobre las posiciones extremas, no pueden
mantenerse los límites insuperables determinados por una lectura literal del Islam como
fuerza hegemónica que no deja espacio al pluralismo. Una conclusión quizás un poco di-
fícil de aceptar puede ser que existen aspectos centrales del conflicto que no pueden ser
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resueltos, porque chocan contra conceptos teológicos históricos absolutos, frente a los cua-
les no existen mecanismos institucionales que permitan su transformación. El Islam, en
su concepto total, se percibe a sí mismo como una fuerza capaz de unir, que domina un
territorio entero, la
úmma.
Una fuerza que bajo sus alas protectoras pacifica a la sociedad.
Desde este punto de vista, la fórmula en la que se basó la diplomacia internacional para
resolver el conflicto árabe-israelí, a partir de la resolución 242 de la ON± de 1967 – terri-
torios a cambio de paz– asume otra dimensión, que no deja lugar a dudas: más territorios,
más paz; toda la paz, todo el territorio. Ésta, ciertamente, no es una interpretación que Is-
rael podría aceptar.
Si bien desde el plano teológico el conflicto no puede resolverse y está destinado a
perdurar eternamente
-
y tomando en cuenta también que existe una posición israelí di-
ferente al respecto
-
siempre son posibles las soluciones parciales de compromiso en el
plano de la
realpolitik
. La disponibilidad a la tregua también es un hecho positivo. A di-
ferencia de la paz, que permite bajar dramáticamente el nivel de guardia, la tregua no
permite la desmovilización, por lo cual hace necesario un empleo constante de recursos
destinados al aparato defensivo. Pero mientras tanto, a corto plazo, una parte de estas
mismas energías pueden dirigirse hacia otros fines. Existen cierto número de
orientacio-
nes
a tomar con interés:
Una modernización reformista del Islam
en el sentido de aceptar más pluralismo,
como de hecho pasó en la historia del Cristianismo y durante ciertos períodos de la
misma Iglesia católica, y en manera más evidente en la historia del Judaísmo. Si así
fuera, se trataría de una evolución en tiempos largos, de carácter sólo parcialmente
político, donde resulta difícil influir desde el exterior y, por lo tanto, no resulta re-
levante en el limitado marco de este análisis.
La aparición de un nuevo liderazgo,
dispuesto a evaluar una solución concreta de los
problemas. Se trata de un largo proceso educativo sobre el cual nos detendremos bre-
vemente en el apartado que sigue aunque resulte poco significativo en lo inmediato.
La solución doctrinaria del problema de los refugiados palestinos
, a través de un asen-
tamiento masivo en el territorio del Estado de Israel. Se trata, como ya señalamos,
de un guión imposible de realizar en tanto equivale a la supresión de Israel como
Estado de mayoría judía.
Una solución pragmática al problema de los refugiados palestinos
, en el marco de
un reacomodo de la relación entre poblaciones y territorios en toda el área. Si
bien las soluciones fundadas exclusivamente en las dimensiones económicas y so-
ciales no pueden pretender sustituir los grandes planes ideológicos y teológicos,
tienen por lo menos la indudable ventaja de aliviar la dificultad y el sufrimiento,
y así debilitar la cadena de causas entre las condiciones objetivas de existencia y
la militancia política.
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Es sobre esta última opción que conviene reflexionar. Los refugiados palestinos represen-
tan una parte integral del perfil demográfico de Medio Oriente y Palestina. El problema
de los refugiados es la piedra angular del conflicto. Si el trabajo de la organización UNRwA
de la ±NU estuvo orientado a resolver las necesidades básicas de los refugiados pales-
tinos, sus condiciones humanas y sociales siguen siendo inaceptables. Es imposible no
reflexionar acerca del destino tan diferente de la corriente simétrica de refugiados judíos
que llegaron a Israel desde los países árabes, justamente como consecuencia del mismo
conflicto árabe-israelí del cual los refugiados palestinos son las víctimas principales. Los
unos son integrados
-
aún con muchas dificultades
-
en el contexto de la sociedad israelí
que los acogió; los otros, marginados del contexto de la sociedad y en una condición de
malestar permanente que hace surgir dudas acerca de las bases comunes de la solidari-
dad nacional palestina y pan-árabe.
Más allá de cualquier juicio, queda la necesidad de un plan de saneamiento o mejora re-
sidencial y socioeconómica para el cual debería alistarse tanto la comunidad internacional
como la sociedad israelí. ² esta última no se le pide que vuelva a discutir sobre la cuestión
-
imposible de resolver
-
de la responsabilidad en los acontecimientos de 1948, sino que co-
labore con amplios financiamientos y experiencia profesional con el esfuerzo común para
normalizar el ambiente de las familias de refugiados a nivel de las condiciones individua-
les. Este esfuerzo ya no puede ser postergado.
La dispersión geográfica de los palestinos se dio sobre todo al interior de un área geo-
gráfica a distancia corta o muy corta y con características ambientales casi idénticas a las de
los lugares originarios de procedencia. En esta observación se encuentra tanto el problema
como la solución. El hecho de que se trate de personas que no se encuentran desplazadas res-
pecto a sus lugares de origen deja suponer que se podría volver a insertarlos oportunamente
en un ambiente que, desde el punto de vista regional, es el entorno natural de pertenencia.
Esto requiere, entiéndase, un esfuerzo importante para el desarrollo económico y un es-
fuerzo no menor desde el punto de vista de los acuerdos políticos. Finalmente, se trata de
ayudar a colmar desniveles sociales graves que existen todavía y establecer un orden esta-
ble y definitivo que reconozca los derechos civiles de todos, en primer lugar el derecho a la
vida, a la seguridad, a la libre circulación de las personas y de las actividades.
Siguiendo el derrotero sugerido por los guiones demográficos que examinamos más
arriba, se ha llegado a plantear la hipótesis del regreso parcial de un contingente simbólico
de palestinos al territorio israelí. Considerando los límites previstos de 100 000 personas
-
y
sobre todo si pertenecen al núcleo original de refugiados que hoy en día ya tienen 65 años
y más
-
el impacto sobre la composición de la población israelí sería muy escaso. Esto re-
presentaría también un gesto de disposición en el ámbito de un tratado de paz definitivo,
capaz de ponerle fin al conflicto.
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El papel de Occidente
Desde siempre, uno de los aspectos problemáticos del conflicto en Medio Oriente es la
escasa disponibilidad al diálogo directo entre las partes. Para los palestinos, el recono-
cimiento de Israel como interlocutor ha sido interpretado durante mucho tiempo –y
nuevamente en la retórica más reciente de
Hamas
– como una concesión no formal sino
de sustancia, lo cual implica de por sí un precio en términos políticos. A su vez, para la
parte israelí, emergió a veces cierto prejuicio por tener que tratar con ciertas partes del
movimiento palestino juzgadas como demasiado extremistas, aunque éstas contasen con
el apoyo popular suficiente como para definirlas en términos políticamente representa-
tivas. Al mismo tiempo, la mediación por parte de otros y de los países occidentales en
particular, no fue bien vista en tanto que alguna de las dos partes siempre sospechó que
estos mediadores no fueran lo suficientemente imparciales. El papel más importante en
las negociaciones de las últimas décadas entre Israel y el mundo árabe lo ha jugado Es-
tados Unidos que ha tenido la ventaja, con respecto a Europa, de ofrecer mayor ayuda
económica y militar a ambas partes.
¿Hay algo que Occidente pueda hacer para agilizar la salida de Medio Oriente del largo
túnel de la violencia y ayudarle a encaminarse razonablemente hacia un futuro de estabi-
lidad política y económica? No se puede contestar esta pregunta sin enfrentar antes una
reflexión crítica sobre qué es hoy en día Occidente y las maneras por medio de las cuales
un área geopolítica y geocultural puede servir de ejemplo, guía o tutor de otra.
Acerca del concepto de Occidente –y aún más exactamente de Europa occidental
-
se ha
trabajado mucho sin que se haya podido llegar a una conclusión unívoca y definitiva. Pode-
mos definir Occidente de una forma positiva, a raíz de algunos valores que lo caracterizan
–como los de progreso, humanismo, legalidad– que podrían servir de ejemplos para otros;
pero podemos definirlo también de manera antitética, en el sentido de la negación de ciertas
características o ciertos valores que existen en otros lados –descalificados como la supuesta
barbarie o crueldad de los pueblos extraeuropeos y sus religiones– y que no quisieran ser
asumidos por estos últimos. El intento tortuoso de definir las raíces históricas (“culturales,
religiosas, humanísticas”) y, a partir de ahí, la justificación moral de la construcción eu-
ropea en el preámbulo a la ya tramontada Constitución de la Unión Europea dice mucho
acerca de la imposibilidad de cumplir con determinada elección.
En la historia europea, aquellas raíces enunciadas tan suavemente han sido la causa de
muchas de las peores masacres y una fuente de conflicto constante, más que una fórmula
para su solución. A través de los siglos, las culturas y religiones de los diferentes países eu-
ropeos exaltaron su hegemonía más que la convivencia con otras culturas y religiones,
fueran éstas europeas o extraeuropeas, y no pocas veces optaron por la homogeneidad –
hasta la
limpieza étnica
, la religión del Estado y el dominio de la lengua nacional– en lugar
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de la diversidad, y por la persecución en lugar de la tolerancia. Llega tarde, y no como dato
universalmente adquirido, la difusión en el continente de un espíritu más iluminado de
acomodo, de una tolerancia creciente hacia la diversidad, de solidaridad en el plano insti-
tucional internacional.
La larga experiencia de conflictos con base nacional y religiosa en tierras europeas,
justamente puede representar un punto de partida importante para el desarrollo de un
papel como mediador en el conflicto del Medio Oriente. Desde el final de la Segunda
Guerra Mundial, la construcción gradual de la Unión Europea representa para el mundo
un ejemplo significativo de la capacidad de superar conflictos entre naciones, y de crear
nuevos marcos institucionales de referencia, junto con mecanismos legales comparti-
dos. La experiencia del proyecto europeo, con su dificultades y sus contradicciones, pero
también con sus indiscutibles éxitos, representa un ejemplo que se puede enseñar y trans-
mitir a otros.
Una lección importante que el Occidente puede darle a Medio Oriente es que en cual-
quier instancia de resolución de un conflicto, cada una de las partes tiene que estar dispuesta
a renunciar a una parte de su proyecto. No existen situaciones históricas en las cuales una
parte haya obtenido el propio objetivo integral con respecto a la plenitud del dominio abso-
luto, la pureza de la identidad étnica y religiosa, o la extensión del territorio obtenido. Los
resultados que se consiguieron en estas soluciones históricas de compromiso dependieron
en buena medida de una clase dirigente iluminada que supo entender la diferencia entre la
aspiración ideal y lo que realmente se podía conseguir. Fueron propuestas que, en buena
parte, elaboró una pequeña élite de dirigentes y que luego fueron ratificadas por la socie-
dad a la luz de las ventajas objetivas que la nueva situación de normalización iba a crear
vis-a-vis
la condición anterior de guerra y tensión. Si no existen de manera orgánica élites
que sepan tomar estas decisiones difíciles y luego transmitirlas a la ciudadanía, es tarea del
mediador promoverlas a través de una obra capilar de educación.
Para hacerlo es necesario creer con coherencia en la bondad integral del proyecto. No se
puede justificar, como de repente sucede, que ciertos niveles de control de calidad que son
una exigencia irrenunciable de Europa y de los europeos, puedan ser omitidos en un área
geopolítica extraeuropea. Lo que resulta imprescindible en casa propia, debe serlo también
afuera (Bokser Liwerant y DellaPergola, 2007). Cuando el Occidente exporta el concepto
de democracia, no basta con subrayar la división de tareas entre las mayorías y las mino-
rías, sino que hay que exigir también la obligación de respetar una pluralidad de voces y
un contenido afín a la democracia en los programas políticos de las diferentes fuerzas en
juego. Cuando se ofrecen, como es debido, ayudas económicas con fines humanitarios, hay
que controlar estrictamente la manera en que los sistemas administrativos intervienen y
las vías por las cuales se utilizan los recursos. En la experiencia reciente, esto no sólo no se
dio, sino que en el discurso europeo político y mediático se escucharon contenidos que re-
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velaron la inquietante carencia y unilateralidad de la información.
19
Consecuentemente, el
papel de mediación europea resultó ser si no nulo, cuanto menos marginal.
La comunidad internacional, y Europa en particular, puede jugar un papel muy impor-
tante para Medio Oriente, si sólo supiera respetar las sensibilidades más agudas que mueven
a los actores locales. Si, como ya ocurrió en el pasado, se adoptan posiciones doctrinarias
y punitivas contra una u otra parte, se acaba destrozando la calidad de la mediación. Cabe
evaluar también, los intereses económicos y políticos del mediador frente al objetivo prin-
cipal de la solución del conflicto a través de la confianza de las dos partes.
El interés europeo
-
y en cierto sentido la dependencia europea de los recursos energé-
ticos de Oriente Medio
-
ha determinado muchas veces la toma de decisiones. La región
es un gran mercado productor de recursos de importancia estratégica, además de ser un
consumidor importante de productos europeos. Obviamente, una subordinación a estas
dimensiones materiales pone en riesgo el significado de cualquier misión de mediación.
Para poder ser exitosa, una mediación europea debe entonces saber acercar no sólo las
partes opuestas, creando al mismo tiempo una compleja red de intereses comunes, sino
que tiene que imponer también las reglas de tolerancia, de equidad de dialéctica, de trans-
parencia, que fueron experimentadas en la construcción de las sociedades europeas y que
siguen siendo deficitarias para regiones del viejo continente y ciertamente para el contexto
del Medio Oriente. Si estas reglas no son nutridas y reforzadas en casa, transmitidas o hasta
impuestas afuera, corren el riesgo de caer en el olvido con consecuencias graves para las
partes en conflicto y para el mismo mediador.
Aún más intrigante es el papel que ha desempeñado Estados Unidos a lo largo de los úl-
timos años. Ciertamente ha intentado, más que Europa occidental, sostener y justificar su
política internacional defendiendo su valor moral inherente. De allí que aun el uso de la
fuerza en los conflictos internacionales ha sido justificado por el objetivo último de expan-
dir el dominio de la democracia y los valores democráticos.
A lo largo de los últimos años, la proclamación y el subsecuente fracaso de la así llamada
“Primavera Árabe” condujo a Estados Unidos a operar de manera incremental con base en
alianzas contingentes y cambiantes. El caso extremo de esta estrategia vacilante y oscilante
puede verse en su postura frente a Siria. Los Estados Unidos estuvieron, en efecto, al borde
de un ataque militar a Siria cuando resultó evidente que el régimen había utilizado armas
químicas contra la población civil. Sin embargo, con el ascenso del Estado Islámico como
un feroz enemigo de Siria, y tras el comportamiento criminal de ±²±², Estados Unidos se en-
contró a sí mismo ante una suerte de alianza instrumental con Siria y sus aliados, esto es,
Irán y Hizbollah, quienes se encuentran entre los enemigos más feroces de Israel, a quien
Estados Unidos ha apoyado a lo largo de los años de manera consistente, tanto militar como
19
Véase: European Commission Eurobarometer (2003); European Union (2004); European Union (2006).
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políticamente. Este
conundrum
es difícil de resolver, pero una de las implicaciones que se
vislumbran es el debilitamiento de la posición americana como un mediador neutral y res-
petable en el conflicto palestino-israelí.
Epílogo
Si la noche del 14 de mayo de 1948 el gran MuFí de Jerusalén, Haj Amin Al-Husseini, ape-
nas después de las declaración de independencia del Estado de Israel por David Ben- Gurión
en el Museo de Tel Aviv, hubiese proclamado la independencia del Estado Árabe en Pales-
tina, la historia de Oriente Medio sería bastante diferente de la que finalmente acabó siendo
la realidad. Sin embargo, en lugar de reflexionar con realismo y pragmatismo sobre los in-
tereses de su pueblo, a la luz y en el marco de los límites del contexto político local y global
de aquél momento particular, en vez de sonsacar como un hábil hombre de Estado aquél
momento irrepetible de oportunidad –como supo hacerlo Ben-Gurión–, el líder palestino
no fue capaz de renunciar a la doctrina de la homogeneidad territorial y política del mundo
árabe (y musulmán) y al involucramiento en las hostilidades internas de las grande familias
de Palestina. Con la fundación del Estado de Israel y la no-fundación del Estado palestino,
el conflicto israelí-palestino fue así lanzado hacia el sangriento destino que lo ha marcado
durante las últimas décadas.
Y si la noche del 11 de junio de 1967 la élite política israelí, al dar por terminada y vic-
toriosa la clamorosa Guerra de los Seis Días, no hubiese pronunciado la famosa frase
“Esperamos una llamada del rey Hussein” (refiriéndose a una prueba del reconocimiento
político por la parte árabe, a cambio del cual Israel hubiese restituido los territorios con-
quistados durante la campaña militar), sino que hubiera llamado ella misma, quizás los
cuarenta años que siguieron en la relación entre Israel y Palestina hubiesen sido marcados
por acontecimientos menos sangrientos. Si es inútil recriminar acerca de experiencias his-
tóricas fallidas u oportunidades perdidas, conviene sin embargo dar una última ojeada a la
relación demográfica y política.
Muchas de las decisiones operativas sugeridas por el análisis anterior prometen ser muy
dolorosas para las partes en lucha. Sin embargo, la tan anhelada transición hacia una so-
lución del conflicto entre Israel y Palestina tiene que tomar en cuenta –entre muchas otras
cosas
-
un círculo vicioso demográfico-político que resulta tal vez imposible de superar.
Para reducir el crecimiento excesivo o desmesurado de la población sería necesario resolver
-
o por lo menos moderar
-
la modalidad del conflicto. Pero para moderarlo, sería necesa-
rio poder controlar las tendencias demográficas cruciales que lo exacerban. Es justamente
a partir de una conciencia de esta circularidad de flujos y reflujos que una atenta dosifica-
ción de tendencias y perspectivas demográficas podría facilitar la elaboración de soluciones
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sociopolíticas reales, aunque no necesariamente conformes con los programas declarados
y con las ideologías populares predominantes en cada una de las partes.
Incluso si suponemos que las personas que prefieren una solución razonable y honorable
de compromiso acaban prevaleciendo sobre los estrategas de la tensión permanente y de la
lucha continua, siempre hay que tomar en cuenta que las dos partes en conflicto tienen ob-
jetivos realmente diferentes, en parte irrenunciables, y no naturalmente compatibles. Para
alcanzar estos objetivos, aunque sea de manera parcial, se necesitan estrategias diferentes.
Si examinamos el presente desde una perspectiva histórica, las tendencias que aparecie-
ron con cierta regularidad desde el inicio del conflicto inducen a una posición cautelosa
con respecto a los límites posibles de un cambio sostenible. La persistencia de valores po-
líticos, culturales, nacionales y religiosos como elementos determinantes de las tendencias
demográficas indica que no todo puede explicarse en los términos de decisiones económi-
cas racionales. Ideas, pasiones, contradicciones y paradojas han jugado y seguirán jugando
un papel central en la ecuación demográfica israelí-palestina, así como en muchos aspec-
tos de la vida y de la realidad de Medio Oriente.
En un conflicto existen muchas veces dos verdades. La verdad de la represión israelí ha-
cía la vida cotidiana y las estrictas limitaciones a la libre circulación de las personas y de las
cosas en los territorios palestinos, tiene como contraparte la verdad de las cotidianas accio-
nes palestinas de terrorismo en contra de la población civil israelí. Para cualquier evaluación
a futuro que tenga que ver con la población y la sociedad, es imposible ignorar las contra-
dicciones y los efectos sobre la psicología de los actores.
En última instancia el interés israelí al que no se puede renunciar es el de mantener
su prerrogativa de Estado democrático –demostrada en la realidad de los hechos
-
con la
predominancia de los valores culturales judíos –expresada principalmente a nivel de las
aspiraciones
-
. El interés palestino es el de lograr lo antes posible la condición de Estado so-
berano, dar plena expresión a las aspiraciones nacionales, y empezar a realizar la tan larga
y frustrada esperanza de una vida civil normal. Ambos intereses hacen necesaria una clara
separación territorial y política entre las dos entidades y, al mismo tiempo, la renuncia de
los objetivos ideales, políticos, territoriales que se encuentran en contraste con el núcleo
irrenunciable de las aspiraciones de la otra parte. En términos poblacionales, el desarrollo
de dos Estados separados tendría por lo menos la ventaja de reducir el impacto de la demo-
grafía, que alimenta el conflicto ya existente. Idealmente, sería necesaria una coordinación
estrecha entre las dos partes para la solución de los temas más urgentes, como podrían ser
el medio ambiente y el desarrollo socioeconómico, que derivan de un rápido crecimiento
demográfico destinado a seguir en los próximos años. La colaboración coyuntural podría,
como es deseable, desarrollarse a través del tiempo de manera orgánica y estable, si con el
tiempo emergiera un sentido de respeto recíproco y tolerancia, inspirado en una atmósfera
de verdadero pluralismo cultural.
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Al momento de redactar estas notas, a manera de conclusión, no resulta claro todavía si
existe la buena voluntad, la capacidad política y directiva suficiente para sentar las bases de
una transición posible hacia el final del conflicto. Para las poblaciones de Israel y Palestina,
vinculadas como están en un complejo entramado humano y en una inevitable interde-
pendencia de destinos, la respuesta que se da a esta pregunta puede significar la diferencia
entre visión y desastre.
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