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Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
[203]
TRADUCCIÓN
FURGÓN
AKUTAGAWA RY
Ū
NOSUKE
traducción directa del japonés e introducción de
MANUEL CISNEROS CASTRO
asesorado por la maestra
VIRGINIA MEZA HERNÁNDEZ
Akutagawa Ry
ū
nosuke (1892-1927) es uno de los escritores
japoneses más leídos y estudiados dentro y fuera de su país. Los
cuentos que escribió, inspirado en las antiguas colecciones de
historias japonesas
Konjaku Monogatarish
ū
(siglo
XII
) y
Ū
jish
ū
i
Monogatari
(siglo
XIII
), se encuentran entre los más famosos
(“Rash
ō
mon”, “En el bosquecillo”, “El biombo del infierno”,
“La nariz”, por mencionar algunos); éstos, junto con algunos
escritos en su etapa tardía (“Kappa”, “Los engranajes”) han sido
traducidos en incontables ocasiones a un sinnúmero de lenguas
extranjeras. No obstante, un tercer grupo de cuentos, el de
las historias infantiles —al que pertenece el texto que a conti-
nuación se presenta— ha sido generalmente relegado cuando
se emprende una traducción o una compilación de sus obras;
acaso porque los primeros cuentos sean más impresionantes, o
más perturbadores, pero no porque difieran en calidad.
Éste es el quinto escrito de Akutagawa Ry
ū
nosuke que se
publica en la revista
Estudios de Asia y África
. Se inserta, por lo
tanto, en una tradición continua que demuestra el vivo interés
que este fascinante creador literario despierta entre nuestra
comunidad académica. Invito al lector a consultar los núme-
ros 27 (vol.
X
, núm. 1, pp. 42-48), 59 (vol.
XIX
, núm. 1, pp. 91-
94), 74 (vol.
XXII
, núm. 4, pp. 561-619) y 132 (vol.
XLII
, núm. 1,
204
ESTUDIOS
DE
ASIA
Y
ÁFRICA
XLVIII
:
1, 2013
pp. 195-206), donde además encontrará más información sobre
la vida y el pensamiento del autor.
Akutagawa escribió este cuento en 1922. La historia se
desarrolla en 1906, año en el que se remodeló la vía que corría
entre dos ciudades costeras al oeste de Tokio: Odawara y
Atami; esta última famosa desde el siglo
VIII
de nuestra era por
sus balnearios. A mitad de camino se ubica el pueblo de Yu-
gawara, hogar del protagonista. Desde 1895 había un servicio
de pequeños tranvías turísticos empujados por hombres, pero el
ancho de vía era menor al que requería una locomotora, por lo
que se llevaron a cabo las obras de construcción aquí narradas.
AKUTAGAWA
RYÛNOSUKE
:
FURGÓN
205
FURGÓN
La colocación de las vías del tren ligero entre Odawara y Atami
comenzó cuando Ry
ō
hei tenía ocho años. Ry
ō
hei iba todos
los días a las afueras del pueblo para observar la obra. Le pare-
cía divertido ir a ver la construcción o, mejor dicho, el trans-
porte de tierra en furgones.
Dentro del vagón iban de pie dos peones, atrás de la tierra
que habían cargado en él. Como el furgón bajaba de la monta-
ña, corría sin necesidad de fuerza humana. La base del furgón
se sacudía, el faldón del
hanten
1
de los obreros ondeaba, las
angostas vías se arqueaban… mientras observaba esta escena,
Ry
ō
hei a veces pensaba que quería hacerse peón, que le gustaría
subirse junto con los peones, aunque fuera una sola vez. Al
llegar al terreno plano en las afueras del pueblo , el furgón se
detenía de forma natural; en el acto, los obreros saltaban con
agilidad fuera del vagón, e inmediatamente descargaban la tierra
en el final de la vía. Después, empujando el furgón, empezaba
el ascenso a la montaña de donde habían venido. “¡Si tan sólo
pudiera empujar, aunque no me subiera!”, pensaba Ry
ō
hei.
Cierta tarde, a principios de febrero, Ry
ō
hei fue a las
afueras del pueblo, donde se guardaban los furgones, con su
hermano dos años menor y con un vecino de la misma edad
de su hermano. Los vagones estaban formados, cubiertos de
lodo, en la penumbra. No se veía por ningún lado que hubiera
peones. Los tres niños empujaron temerosamente el vagón que
estaba en el extremo de la fila. El furgón comenzó a moverse
gracias a la fuerza de los tres; las ruedas giraron con un rechi-
nido. Ry
ō
hei sintió un escalofrío, sin embargo, la segunda
vez que se escuchó el chirrido de las ruedas ya no se asustó. El
vagón ascendió lentamente por las vías haciendo chucu-chucu,
empujado por las manos de los tres niños.
Después de subir unos dieciocho metros, la pendiente se
volvió muy pronunciada. No importó la fuerza unida de los
tres niños ni cuánto empujaban: el furgón dejó de moverse. Y, si
1
Parte superior del uniforme de los obreros, como un kimono corto. Común-
mente lleva bordado o impreso el escudo o nombre de la empresa. [N. del T.]
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Y
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se descuidaban, el carro los arrastraría de vuelta. Ry
ō
hei pensó
que era suficiente, e hizo una señal a los dos niños menores.
—Bueno, ¿nos subimos?
Entonces, los niños soltaron el vagón al mismo tiempo
y brincaron dentro. El descenso, al principio, fue lento, pe-
ro luego, en un instante, el vagón tomó fuerza y comenzó a
bajar con brío. Con velocidad y como si se dividiera en dos,
se desplegaba frente a los ojos de Ry
ō
hei, mientras sentía en
su rostro el soplo del viento del atardecer. Ry
ō
hei estaba casi
en éxtasis.
Dos o tres minutos después, el furgón se detuvo en el punto
final de la vía, de donde había salido.
—¡Bueno, vamos a empujarlo de nuevo!
Ry
ō
hei y los dos pequeños comenzaron a empujar nue-
vamente el vagón hacia la cima. Las ruedas aún no se movían
cuando oyeron las pisadas de alguien que estaba detrás de ellos.
No sólo oyeron las pisadas; también oyeron que un hombre
les gritaba.
—¡Bribones! ¿Quién les dio permiso para tocar el vagón?
Ahí estaba de pie un peón, alto, que vestía un
hanten
vie-
jo con una insignia; llevaba un sombrero de paja poco adecua-
do para la estación del año. La silueta del hombre se dibujó
en sus ojos; Ry
ō
hei y los dos pequeños escaparon corriendo a
nueve o diez metros de distancia… Tiempo después, cuando
Ry
ō
hei regresaba del mandado y observaba los furgones en
la obra desierta, no pensaba en intentar subirse una segunda
ocasión. La imagen del peón de aquel día permanece hasta
ahora en alguna parte de la cabeza de Ry
ō
hei, como un claro
recuerdo: un pequeño sombrero amarillo de paja se asoma en
la penumbra… La claridad de ese color parece diluirse con el
paso de los años.
Diez días habían transcurrido cuando, después del medio
día, se encontraba Ry
ō
hei solo, de pie en la obra, mirando el ir
y venir de los vagones. Aparte de un vagón cargado de tierra,
otro con durmientes subía por un ancho riel, que era la línea
principal. El vagón era empujado por dos jóvenes. Apenas los
vio, Ry
ō
hei sintió que sería fácil acercarse a ellos. Pensó: “No
me regañarán”, y fue corriendo hacia el furgón.
—¿Puedo empujar?
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FURGÓN
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Uno de ellos, de camisa a rayas, que empujaba el vagón con
la cabeza baja, sin cambiar de posición le respondió de buena
gana, tal y como Ry
ō
hei esperaba:
—Sí, sí. Empuja.
Ry
ō
hei se colocó entre ambos y comenzó a empujar con
todas sus ganas.
—Sí que tienes fuerza, ¿eh?
Era el otro hombre, que llevaba un cigarro detrás de la
oreja, quien animaba así el esfuerzo que hacía Ry
ō
hei.
Entre tanto, la pendiente se hacía poco a poco menos pro-
nunciada. Ry
ō
hei en sus adentros temía que de un momento a
otro le dijeran: “Ya no es necesario que empujes”. Los dos jóve-
nes trabajadores continuaban empujando el carro en silencio,
con menos esfuerzo que antes. Finalmente, Ry
ō
hei, sin poder
aguantarse más, aventuró con timidez:
—¿Está bien si sigo empujando?
—Sí, claro —contestaron ambos al unísono.
“Qué tipos tan amigables”, pensó Ry
ō
hei.
No habían empujado más de quinientos o seiscientos me-
tros cuando la vía, de nuevo, entró en una pendiente pronun-
ciada. A ambos lados, algunos frutos amarillos de los plantíos
de mandarinas recibían los rayos del sol. “El camino de subi-
da es mejor porque me dejan empujar todo el tiempo”, pensaba
Ry
ō
hei mientras empujaba el vagón con todo su cuerpo.
Llegando a la cima, entre los campos de mandarinas, la
vía descendía. El hombre de camisa a rayas le dijo a Ry
ō
hei:
—¡Oye, súbete!
Ry
ō
hei subió de un brinco. Con los tres arriba, el furgón
corrió por los rieles entregándose al descenso, lo que avivaba el
olor de los campos de mandarina. “Es mucho mejor ir arriba
que empujar”, concluyó Ry
ō
hei; mientras, el viento hacía que
se hinchara su
haori
.
2
“Cuantas más partes haya que empujar
a la ida, más tiempo podré venir sobre el vagón al regreso”,
pensó también.
El vagón detuvo su silencioso recorrido al llegar a una
espesura de bambú. Los tres bajaron a empujar el pesado fur-
2
Especie de chaqueta japonesa que llega hasta las caderas o hasta la mitad del
muslo; se lleva sobre el kimono como abrigo ligero o como elemento formal. [N. del T.]
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gón, como habían hecho antes. Pronto, la espesura de bambú
se convirtió en bosquecillo. En la empinada cuesta, no podía
percibirse en algunos sitios la herrumbre de la vía debido a la
hojarasca acumulada. Cuando dejaron de subir, se encontraban
más allá del alto acantilado donde abría el mar, vasto y frío.
Fue entonces que Ry
ō
hei sintió que estaba demasiado lejos.
Los tres abordaron el vagón, que ahora corría bajo el ra-
maje del bosque, con el mar a la derecha. A Ry
ō
hei ya no le
parecía tan divertido como hacía unos momentos. “¡Que ya
volvamos!”, le pidió al cielo, aunque entendía perfectamente
bien que ni ellos ni el furgón regresarían antes de llegar al lugar
a donde iban.
La siguiente parada del carro fue frente a un mesón con
techo de paja, a espaldas de una montaña desgajada. Los dos
obreros entraron a aquel lugar y, charlando con la dueña, que
llevaba a su bebé recién nacido a cuestas, comenzaron a beber
té con toda tranquilidad. Irritado, Ry
ō
hei daba vueltas alrede-
dor del furgón. El lodo que había salpicado la tabla de la sólida
base del carro se había secado.
Luego de un rato, el hombre con el cigarro en la oreja (en
ese momento no lo traía ya, por cierto) salió del mesón y le dio
a Ry
ō
hei, quien estaba junto al vagón, unas golosinas baratas
envueltas en papel periódico. Ry
ō
hei dijo “Gracias” con frial-
dad; inmediatamente se arrepintió de haber contestado con dis-
plicencia y, como para aminorar su falta, se metió uno de los
dulces a la boca. Estaba impregnado con olor a petróleo, que
parecía provenir del periódico.
Otra vez empujaban el furgón por un ligero declive.
Ry
ō
hei tenía las manos en el carro, pero su corazón pensaba
en otras cosas.
Al terminar de descender, en el lado opuesto a la pendiente,
había otro mesón, igual que el anterior. Los dos obreros entra-
ron allí, y Ry
ō
hei se sentó en el vagón preocupado únicamente
por el regreso. Frente al mesón, las flores del ciruelo recibían
la luz del ocaso, a punto de desaparecer.
“Ya se está haciendo de noche”, pensaba distraídamente; ya
no podía estar sentado y se entretenía pateando las ruedas del
carro. Aunque sabía que no podría moverlo solo, trataba de
empujarlo.
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Cuando los trabajadores salieron, colocaron sus manos en
los durmientes cargados en el coche y, sin mayor ceremonia,
le dijeron:
—Oye, ya deberías regresar. Nosotros vamos a pasar la
noche aquí.
—Si se hace muy tarde se van a preocupar en tu casa.
Ry
ō
hei se quedó atónito por un instante. Ya estaba casi
oscuro; a finales del año pasado había ido hasta Iwamura junto
con su madre, pero el camino de hoy era tres o cuatro veces
más largo; además, ahora debía volver caminando solo… todo
eso lo comprendió en un segundo. Estaba a punto de llorar, aun-
que hacerlo no ayudaría en nada; pensó que no era momento
para llorar. Les hizo una reverencia forzada a los dos obreros y
se lanzó a correr a lo largo de las vías.
Mientras corría se dio cuenta de que el envoltorio con los
dulces en el seno de su kimono era un estorbo; lo tiró al bor-
de del camino y de paso se quitó también sus sandalias de paja
con suela de madera. Las piedrecitas le picaban directamente
la planta de los pies a través de su delgado
tabi
,
3
pero así se
volvieron mucho más ligeros. A su izquierda, percibía el mar;
ascendió corriendo una pronunciada pendiente. De cuando
en cuando, las lágrimas brotaban de sus ojos y naturalmente
se le desencajaba el rostro… Se aguantaba a la fuerza, pero no
podía dejar de resoplar por la nariz.
Al pasar al lado de la espesura de bambú, el cielo carmesí
del monte Higane ya se estaba desvaneciendo. Ry
ō
hei se ponía
más y más nervioso. Debido a la diferencia entre la ida y la
vuelta, también le angustiaba que el paisaje fuera diferente.
Por si fuera poco, sentía que el kimono, empapado en sudor,
le incomodaba; mientras corría desesperadamente se quitó el
haori
y también lo arrojó al lado del camino.
Oscurecía cuando llegó al plantío de mandarinas. Aunque
resbalara y tropezara, Ry
ō
hei seguía corriendo. “¡Si pudiera
salir vivo de ésta!…”, pensaba.
Cuando, ya habiendo oscurecido, por fin apareció ante sus
ojos la construcción en las afueras del pueblo, Ry
ō
hei quería
3
Calcetín estilo japonés que se caracteriza por tener un espacio separado para
el dedo gordo, mientras que el resto de los dedos del pie entran en otro apartado.
[N. del T.]
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llorar. No obstante, siguió su carrera sin hacerlo, aunque la
cara se le desencajaba.
Entrando a su pueblo, las casas a ambos lados del camino
ya estaban iluminadas por las lámparas eléctricas. Ry
ō
hei se dio
cuenta bajo la luz de que el sudor que le caía de la cabeza se eva-
poraba. Las mujeres que extraían agua del pozo y los hombres
que volvían de los campos al ver que Ry
ō
hei corría jadeante lo
llamaban: “Oye, ¿qué te pasó?”, pero él continuó corriendo,
así, en silencio; pasó frente a la tienda de enseres domésticos,
frente a la peluquería, frente a las casas iluminadas.
Luego de entrar a su casa, Ry
ō
hei rompió a llorar a gritos; no
podía dejar de hacerlo. Su llanto hizo salir de inmediato a su
padre y a su madre. Su mamá, mientras le decía algo, lo abra-
zó, pero él agitaba brazos y piernas, al tiempo que lloraba y
moqueaba, lloraba y sollozaba. El llanto atrajo a tres o cuatro
vecinas que se juntaron en la oscuridad del umbral. Por supues-
to, los padres y las otras personas le preguntaron la razón por
la que lloraba; él no decía nada, lloraba a gritos sin remedio.
Sin importar qué tanto llorara, sentía el corazón comprimido
de pensar en la sensación de desamparo que lo había invadi-
do al regresar corriendo por aquel camino.
A los veintiséis años, Ry
ō
hei se fue a vivir a Tokio con su
esposa e hijos. Ahora trabaja en el segundo piso de una edito-
ra de revistas como corrector de estilo. En ocasiones, mien-
tras está haciendo alguna cosa, y sin ninguna razón, se ve a sí
mismo en aquel momento. ¿Sin ninguna razón?… Ante las cosas
fastidiosas de la vida, aún hoy, igual que entonces, continúa
intermitentemente frente a sus ojos un angustiante y oscuro
camino de bosquecillos y pendientes formando una angosta
línea.
Escrito en 1922;
traducido al español entre
septiembre y noviembre de 2010
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