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Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
I. G
ÓNGORA
He leído de cabo a rabo los
Gongoremas
de Antonio Carreira
1
,
colección de diecinueve estudios ya publicados anteriormente
casi todos, pero todos desconocidos para mí (¡a tal punto he
dejado de estar “al corriente” en cuanto a las actividades del
mundo hispanístico!). Sabía
quién
era Antonio Carreira: cono-
cía los artículos de la revista
Voz y Letra
que lo muestran como
gran conocedor del ancho campo de la poesía de los siglos de
oro
y también su impecable edición de
Nuevos poemas atribui-
dos a Góngora
que lo muestra como gran conocedor de ma-
nuscritos poéticos
, pero aún no sabía de
qué
era capaz
2
. Estos
diecinueve “gongoremas”, muy eruditos, con erudición jugosa,
y además de muy grata lectura, me han dejado deslumbrado.
Yo pensaba que no había sino
un
gongorista de primera magni-
tud “absoluta”, o sea Robert Jammes, y ahora descubro que son
dos
. Los
Gongoremas
están a la altura de los
Études
de Jammes.
Los dos primeros gongoremas son de enorme valor infor-
mativo (de manera especial para quien no está “al corriente”).
En el primero, “Góngora después de Dámaso Alonso”, hace
Carreira un repaso de los principales estudios gongorinos pu-
blicados en la segunda mitad del siglo
XX
(el más antiguo que
comenta es el de Emilio Carilla sobre
El gongorismo en América
,
de 1946), con buenos elogios para lo valioso, como las
Concor-
dancias
publicadas por los hispanistas de Wisconsin, y buenos
NRFH
, XLVIII (2000), núm. 2, 299-332
1
A
NTONIO
C
ARREIRA
,
Gongoremas
, Eds. Península, Barcelona, 1998; 454 pp.
2
Después de escritas estas palabras llegó a mis manos su edición de
los
Romances
de Góngora, sobre la cual hago algunos comentarios
infra
,
pp. 311-315.
pinchazos para lo hueco (sobre la
Poética semiológica
de Rafael
Ramos, p. 31: “No es la primera vez que un monte de abstrac-
ciones acaba por parir un ratón”; sobre los
Aspects of Góngora’s
Soledades
de John Beverley, p. 38: libro construido “con inter-
pretaciones arbitrarias o conjeturas descabelladas”)
3
. En el se-
gundo, “Defecto y exceso en la interpretación de Góngora”,
recoge un buen muestrario de esas dos maneras de errar el
blanco, pecar de menos y pecar de más. Igualmente instructi-
vos son el gongorema 12, repaso de las “tareas pendientes” en
el estudio de las
Soledades
, y el 4, sobre los manuscritos en que
hay poesías de Góngora. (Así como la “avalancha crítica” que se
ha desatado en los últimos tiempos se explica por el olvido en
que había estado hasta entonces Góngora, así los numerosos
descubrimientos de manuscritos, varios de ellos por Carreira
mismo, muestran el “retraso considerable” que existía: está su-
cediendo lo que debió haber sucedido en el siglo
XIX
.)
“La postergación de Góngora
dice Carreira, p. 20
había
sido tan escandalosa y había echado tan fuertes raíces, que no
se conoce caso similar en que el mayor poeta de una lengua pa-
sase por loco y se le tenga doscientos años en el purgatorio”
4
; y
poco después (p. 45): “Góngora se considera ya el poeta por
antonomasia entre nuestros clásicos”. (Yo también digo que
Góngora es el mayor poeta de nuestra lengua, muy por encima
300
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
3
El repaso se inicia con los
Études
de Jammes (1967), que siguen siendo
dice C
ARREIRA
“lo mejor que existe sobre Góngora” (p. 25). Cf. también
p. 268: los
Études
son una “fiesta para cualquier lector aburrido por tantas
obras llenas de exhibiciones bibliográficas, terminologías neotéricas y varia-
das frituras conceptuales”.
4
En efecto, no hay en la historia de la crítica en lengua española un ca-
so de semejante perduración. El juicio hostil de Menéndez Pelayo ya estaba
formado desde mucho antes de sus tiempos, y siguió vigente después. Don
Marcelino
no pudo
sentir de otra manera. El purgatorio de los poemas “difí-
ciles” de Góngora va trabado con el purgatorio del
Primero Sueño
de Sor Jua-
na. El juicio de los sorjuanistas puede resumirse en esta sentencia: “Sor
Juana imitó aquí al célebre Góngora, ¡y la discípula dejó atrás al maestro!”.
A propósito de la nota de la p. 231, donde lanza Carreira un dardo contra
Octavio Paz, cuyo “oído algo romo” le impidió apreciar las
Soledades
, añado
que en
Memorias y palabras
, México, 1999, p. 347, hay una carta de Paz a Pere
Gimferrer (abril de 1990) que muy categóricamente dice: “[El
Polifemo
es]
una de las obras centrales del siglo
XVII
europeo. En cambio, aparte de que
no las terminó, las
Soledades
son un poema divagatorio y no pocas veces
hueco… El juicio de Menéndez Pelayo es justo…; [Góngora es gran poeta],
pero no es Milton”. ¡Con razón tampoco pudo Paz tragar el gran poema de
Sor Juana!
de Lope y de Quevedo.)
5
Los gongoremas de Carreira desbor-
dan entusiasmo: entusiasmo de buen lector, de crítico cons-
ciente, de maestro que instruye y persuade. Y el objeto del
entusiasmo es siempre
la poesía
. Cuando Carreira aborda cues-
tiones de métrica y prosodia, cuando habla de manuscritos re-
cién descubiertos o pone de relieve la importancia única del
manuscrito Chacón, cuando se detiene en aspectos de la histo-
ria literaria (o de la historia social, como en las vívidas y bien
documentadas páginas sobre la relación de Góngora con los
grandes señores, en especial el duque de Lerma), nunca pier-
de de vista la meta: la comprensión
entera
de la obra de Góngo-
ra. A eso apunta su pasmosa erudición. Y hay algo que me
sorprende gratamente: los paralelos que todo el tiempo traza
Carreira entre poesía y música, muchísimo más elocuentes que
las presuntuosas jergas críticas de moda
6
. Abundan las aporta-
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
301
5
Paz le dice a Gimferrer (
loc. cit
.): “Me gustan… algunos sonetos [de
Góngora]; sin embargo, prefiero los de Lope y de Quevedo”.
En 1952 le
oí a Dámaso Alonso, en Madrid, una conferencia en que dijo más o menos:
“En estos trágicos tiempos ya no es el escapista Góngora nuestro poeta; aho-
ra nuestro poeta es el comprometido Quevedo”.
El caso de B
ORGES
es cu-
rioso. En 1927, tercer centenario de la muerte de Góngora, decía: “Yo
siempre estaré listo a pensar en don Luis de Góngora cada cien años…;
Góngora
ojalá injustamente
es símbolo de la cuidadosa tecniquería, de
la simulación del misterio, de las meras aventuras de la sintaxis…, es decir
de la melodiosa y perfecta no literatura que he repudiado siempre” (artícu-
lo recogido en
El idioma de los argentinos
, 1928, pp. 123-124; cf. también “Exa-
men de un soneto de Góngora”, en
El tamaño de mi esperanza
, 1926, p. 138).
Evidentemente, al escribir estas duras palabras
suavizadas, sí, por el
ojalá
injustamente
no conocía Borges las
Soledades
publicadas por Dámaso Alon-
so. Lo cierto es que siguió leyendo a Góngora y llegó a admirarlo. Su poema
“Góngora”, escrito después de casi sesenta años (y recogido en las
Obras com-
pletas
, 1989, t. 3, p. 492), muestra una honda comprensión de aquello que
desdeñosamente había llamado “tecniquerías”. En los versos “Veo en el
tiempo que huye una saeta/ rígida y un cristal en la corriente/ y perlas en la
lágrima doliente./ Tal es mi extraño oficio de poeta. // ¿Qué me importan
las befas o el renombre?…”, está hablando Góngora, pero también Borges.
6
En mis
Ensayos sobre crítica literaria
(1993), p. 23, cito el comentario de
Edward Sapir (
Language
, cap. 11) a lo que dijo Benedetto Croce sobre la im-
posibilidad de traducir poesía (de “transferir” los valores poéticos de una
lengua a otra). Es un hecho, dice Sapir, que “la literatura se traduce, y en
ocasiones con asombroso acierto”. Lo que pasa es que hay poemas y poe-
mas. “Un estudio de Chopin es inviolable; se mueve por completo dentro
del mundo acústico del piano; una fuga de Bach puede traducirse a un siste-
ma de timbres musicales diferentes sin que por ello disminuya gravemente
su significación”. Y copio mi comentario: “Admirable manera de invitarnos
a pensar sobre las distintas utilizaciones del medio lingüístico. La compara-
ciones interpretativas, las precisiones, las puntualizaciones, las
finezas de observación, así sobre el
yo
de Góngora (pp. 121-
159) como sobre su angustia, en 1625, por no poseer copia de
muchas de sus poesías (pp. 180-182)
7
, o bien sobre “la novedad
de las
Soledades
”, eso que dejó boquiabiertos por igual a un Pe-
dro de Valencia y a un Juan de Jáuregui (pp. 225-237), o sobre
el sentido de poemas como “Mal haya el que en señores idola-
tra…” o como “Tenía Mari-Nuño una gallina…”, o sobre la im-
portancia de las atribuciones, aun de cosas que decididamente
no son de Góngora
8
. De análogo interés son las contribuciones
de Carreira a la comprensión de “la controversia en torno a las
Soledades
” (pp. 239-266): da a conocer un “parecer” anónimo,
hecho seguramente poco después de 1613, pero conservado en
un manuscrito del siglo
XVIII
(y portugués), y hace una escrupu-
losa edición crítica de dos documentos de septiembre de 1613:
302
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
ción musical dice, breve y agudamente, más que cualquier larga disquisición
científica. Eso sí, para entenderla hay que haber penetrado, como desde
luego había penetrado Sapir, en los respectivos mundos sonoros del estudio
de Chopin y la fuga de Bach”. Lo mismo pienso de las comparaciones musi-
cales de Carreira.
No estoy calificado para juzgar la traducción que hizo
Gilbert Cunningham de las
Soledades
, pero si es tan buena como a mí me pa-
rece, Góngora estará más cerca de Bach que de Chopin.
7
Francisco de las Heras, editor de la
Inundación Castálida
, dice que el
volumen contiene “[los papeles] que pudo recoger Sóror Juana de muchas
manos en que estavan no menos divididos que escondidos, como thesoro”
(epígrafe del primer soneto). Según esto, tampoco Sor Juana conservaba
copia de sus versos.
8
Las poesías atribuidas nos dan una idea muy precisa de lo que, aun en
vida de Góngora, “se sentía” como gongorino.
En 1683 la Universidad de
México organizó un certamen en que se pedía, entre otras cosas, glosar cua-
tro versos de un romance de Góngora, “Mientras él mira suspenso/ sus be-
llezas…”, que Méndez Plancarte no encontró en la ed. de Millé, y con
razón, pues es de Antonio de Paredes (romance “La que Persia vio en sus
montes…”, publicado como de Góngora en la ed. de Hozes y Córdoba).
Lo curioso es que una de esas glosas fue publicada como obra de Sor Juana
en la
Fama y Obras pósthumas
(error de Castorena, pues Felipe Salaizes no es
pseudónimo, sino nombre de un oscuro poeta poblano: cf. la ponencia
de Salvador Cruz en el
Coloquio internacional
sorjuanino de México, 1995,
pp. 77-80).
A propósito de atribuciones: Carreira, p. 418, menciona el
“Epitalamio” burlesco publicado como de Quevedo por J. M. Blecua y resti-
tuido por J. L
ARA
G
ARRIDO
a su verdadero autor, Rodrigo Fernández de Ribe-
ra, en
NRFH
, 33 (1984), 380-395. Es raro que ni Blecua ni Lara Garrido
hayan visto que ya J. H
URTADO
y A. G
ONZÁLEZ
P
ALENCIA
,
Historia de la literatura
española
, § 430 (6
a
ed., Madrid, 1949, p. 483) hablan con toda naturalidad
de ese “Epitalamio” como obra de Fernández de Ribera.
la insolente carta anónima y la respuesta de Góngora. La auten-
ticidad de ésta, puesta por Jammes en tela de juicio, es reivindi-
cada por Carreira con excelentes argumentos. También son
buenos los argumentos con que prueba que el famoso y utilísi-
mo “Escrutinio” se debe a José Pérez de Ribas. Finalmente, son
muy de agradecer los comentarios que hace Carreira sobre las
inepcias que no pocas veces se imprimen. Hace falta, dice, “un
«flagelo de hispanistas memos», naturales y extranjeros”
9
, para
“separar el grano de la paja” en la “copiosa” bibliografía gongo-
rina. ¡Gran idea! Es preciso hablar claro. Es sano regresar a la
belle époque
de los palos bien dados (como los que daba, por
ejemplo, María Rosa Lida). Jammes lo hace en varios pasajes de
su ed. de las
Soledades
(cf. mi reseña,
NRFH
, 44, p. 70). Y creo
que Jammes y Carreira tienen en la mano materiales más que
suficientes para confeccionar ese “flagelo” o zurriago. No les
llevaría mucho tiempo
10
.
Es posible que en mi aplauso a Carreira haya influido una
razón muy personal. Me siento, en efecto, como identificado
con él. Es reconfortante la idea de que avanzamos por el mis-
mo camino y hacemos frente común. Entendemos de manera
muy parecida nuestra doble “misión” de investigadores y profe-
sores
11
, aunque yo la cumpla de manera imperfecta, más como
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
303
9
¿Habrá que entender que los “naturales” son los españoles, y que los
argentinos y peruanos y mexicanos somos “extranjeros”? Pero las cosas me-
mas pueden hacerse bajo cualquier cielo. En todas partes se cuecen habas. Y
si la oposición es entre hispanohablantes y angloparlantes o francófonos,
etc., ¿acaso un Bataillon o un Gillet no hicieron obra más sólida que cual-
quiera comparable realizada por hispanohablantes? Yo quitaría las palabras
“naturales y extranjeros”.
Claro que, así como no puedo dar un juicio so-
bre la traducción inglesa de las
Soledades
, puede ser que en algún caso la lec-
tura de Góngora sea más fácil para mí que para alguien que no habló ni
leyó español en la primera infancia.
10
Entre las “tareas pendientes”, dice C
ARREIRA
(p. 290), la número uno
es “una edición crítica de las
Soledades
”. Pienso que la edición de Jammes tie-
ne ya algo de “crítica”, de manera que lo mejor que puede suceder es que
entre él y Carreira nos den la edición crítica monumental. Les llevará más
tiempo que el “flagelo”, pero quizá no mucho, sobre todo si cuentan con co-
laboradores inteligentes. Dice Carreira (p. 320): “Los mss. gongorinos
inte-
gri
hoy localizados, de calidad comparable [a la del ms. Chacón], no llegan
a docena y media”. Pero una docena y media de manuscritos es ya cantidad
respetable. No creo que con añadir “otros cuya pista seguimos” (p. 24) cam-
bie sensiblemente la situación actual.
11
Mi seminario de poesía, en la Universidad Autónoma, suele ser un
“comentario de texto” a la manera del que hace Carreira en el gongorema
aficionado que como profesional. A los dos nos irritan las edi-
ciones hechas a la diabla, con malas notas y mala puntuación
del texto (cf. sus pp. 293-298). Los dos ponemos muy en alto la
edición de las
Soledades
por Robert Jammes, y también los
dos le hacemos uno que otro reparo
12
. En mi artículo-reseña
(
NRFH
, 44, 1996) sostengo que el poema de Góngora es más
“pagano” de como lo presenta Jammes (pp. 75-77); lo mismo
sostiene Carreira (pp. 272-274). Observa él (p. 277) que hasta
ahora no se ha emprendido “el estudio de la versificación de
las
Soledades
”, lo cual me hace pensar que lo que sobre esto dije
(pp. 60-66) quizá no sea inútil
13
. Por otra parte, subraya (pp.
287-289), como yo (pp. 82-83), lo “poco ortodoxo” de las ideas
de Góngora acerca de las hazañas españolas de descubrimiento
y colonización, y dice que “convendría hacer más pesquisas” so-
bre el particular, y esto me hace pensar que lo que dije sobre la
posible influencia del
De orbe novo
de Pedro Mártir quizá no
esté descaminado. Tampoco hay que olvidar a Las Casas. Segu-
ramente la “no ortodoxa” visión de las conquistas era comparti-
da por una
élite
de españoles cuerdos e independientes. Según
304
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
13, donde hay unas valiosas “reflexiones sobre la enseñanza de la literatura
en el bachillerato”. También he repudiado la crítica que Carreira llama
“neotérica” (p. 268) y yo “neo-académica” (
Ensayos sobre crít. lit
., pp. 54-77 y
89-108).
12
En el v. 160 de la
Soledad I
(el chivo que “redimió con su muerte tan-
tas vides”) ve Jammes un chiste “casi sacrílego” (alusión a Cristo Redentor).
En mi ejemplar escribí al margen: “No me convence”. Me agrada ver que
tampoco convence a C
ARREIRA
(pp. 64-65). También me parece “exceso” de
Jammes el sugerir que en “monóculo galán de Galatea” hay alusión al culo
(incluso propone leer
monoculo
, sin acento). Sería éste un chiste muy in-per-
tinente. En dos reseñas
la de la
Carajicomedia
y la del
Arte de putear
de Mo-
ratín (
NRFH
, 46, 469-473 y 488-495)
he criticado esta clase de excesos.
13
C
ARREIRA
defiende (pp. 279-280), como yo (
loc. cit
., p. 64), la pronun-
ciación bisilábica de
fió
en la
Soledad I
, v. 21. Observa (p. 94), como yo (p. 62,
nota), que en el ms. Chacón se colaron a veces indicaciones prosódicas
erróneas; pero Carreira da por buena la lección “Purpúreo creced, rayo lu-
cíènte”, que yo creo errata por “Purpúrëo creced, rayo luciente”, y también
“mucha enmelada hojúèla”, que según yo debe ser “mucha enmelada ho-
juela” (con
h
normalmente aspirada).
A propósito de los romances, dice
(p. 387) que, para Góngora, “la verdadera rima rica es la asonante”. Algo
parecido dije en mis “Avatares barrocos del romance”,
NRFH
, 26, p. 376,
nota: “Paradójicamente, las rimas difíciles de un Góngora suelen estar en
romances como «Arrojóse el mancebito» o «La ciudad de Babilonia»”. (Cf.
en ese mismo volumen de la
NRFH
, pp. 286-295, las agudas reflexiones de
T
OMÁS
S
EGOVIA
sobre el asonante.)
el conquistador Bernardo de Vargas Machuca (
Milicia indiana
,
1599)
14
, el “principal fundamento” que tienen los alzamientos
de indios, y los “estragos que han hecho y hacen”, es “
nuestra
codicia” (“como la sed que tenemos de plata y oro es tanta, ha
sucedido echarlo derretido por la boca a los cristianos, dicién-
doles que se harten de oro, como sucedió a Valdivia y a otros
capitanes”). Finalmente, Carreira muestra (pp. 66-70), como yo
(pp. 80-81), curiosidad por el
carbunclo
de la
Soledad I
, vv. 78-82
15
.
Hay algunos casos en que no estoy completamente de acuer-
do con él:
1) En las pp. 84-86 hace una lista de 53 sonetos que no fi-
guran en el ms. Chacón. (También Millé enumera 53 sonetos,
pero Carreira suprime tres de éstos, y añade otros tres.) Van
“señalados con asteriscos, desde uno para los dudosos, hasta
tres para los más seguros…; los restantes deben considerarse
simplemente como atribuidos”. Se entiende que estos últimos,
los que no merecieron ni un asterisco, son los de atribución
más dudosa. Pero yo creo que sonetos como “Embutiste, Lopi-
llo, a Sabaot…” y “Hermano Lope, bórrame el soné-…”, que no
llevan asterisco, tienen traza de ser tan auténticos como “Por tu
vida, Lopillo, que me borres…” y “Señor, aquel Dragón de in-
glés veneno”, que llevan tres asteriscos, o como “Vimo, señora
Lopa, su epopeia…”, que lleva dos. No cumplirán con el pri-
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
305
14
Milicia y descripción de las Indias
, ed. de Madrid, 1892, t. 1, p. 73. G
A
-
LLARDO
(
Ensayo
, t. 4, col. 911) pondera “la consumada ciencia y
prudencia
del autor”.
15
Puedo añadir ahora dos noticias:
a)
“La
Faula
de Guillem Torroella,
poeta mallorquí de la primera meitad del segle
XIV
, conta les aventures de
l’autor, que navegant sobre el llom d’una balena arriba a una bella platja,
on una serp amb un carboncle al front li diu que aquell és el país de la fada
Morgana i del rei Artur” (J
OAN
R
UIZ
I C
ALONJA
,
Hist. de la lit. catalana
, Barce-
lona, 1954, p. 154).
b
) Gracias a un texto de Borges en
The book of imaginary
beings
, London, 1970 (texto que falta en el original español), me eché a leer
la extraña
Argentina
de Martín del Barco Centenera (Lisboa, 1602), que des-
cribe en el canto III ciertos parajes sudamericanos: “…Y no lejos de aquí
por proprios ojos/ el Carbunclo animal vezes he visto” (apostilla marginal:
“El carbunclo es un animal; llámase este animal en lengua guaraní
Anagpi-
tán
, un diablo que reluze como fuego”); y prosigue: “Un animalejo es algo
pequeño,/ un espejo en la frente reluziente/ como una brasa ignita en re-
zio leño;/ corre y salta veloz y diligente…”. El poeta quiso cazar uno de esos
carbunclos (“mil penas padecí y mil enojos/ en seguimiento dél”), y cierto
Ruy Díaz Melgarejo estuvo a punto de apoderarse de uno muy “hermoso”,
con la idea de mandárselo a Felipe II; pero “perdiólo por avérsele bolcado/
una canoa en que iva bien gozoso”.
mer requisito que pone Carreira, que es haber sido “transmi-
tidos por buenos manuscritos”, pero sí, y ampliamente, con el
segundo: las “razones estilísticas y biográficas”. ¿Demasiados so-
netos contra Lope? Pues sí. Para Góngora, que limaba despacio
y con primor cuanto hacía, tenían que ser inaguantables la gra-
fomanía y la ramplonería de Lope (y el aplauso popular que lo
rodeaba). Son muchos sonetos porque Lope era incansable:
¡esos doscientos sonetos de las
Rimas humanas
!… (En la p. 185
el propio Carreira parece aceptar la autenticidad de “Embutis-
te, Lopillo, a Sabaot…”).
2) Dice Carreira (p. 298) que, “de todas las musas, la de la
poesía religiosa es la que menos asiste a Góngora”. Yo no lo veo
así. El soneto “Pender de un leño, traspasado el pecho…” es,
para mí, una de las grandes poesías religiosas españolas; la se-
rie de poesías de Corpus (1609) es una quintaesencia de teolo-
gía maravillosamente obsequiada a los no teólogos, y una sola
de las poesías de Navidad (1615) vale más que todas las de Lo-
pe en
Pastores de Belén
.
3) Las fábulas ovidianas burlescas (Hero y Leandro, Píramo y
Tisbe) son, desde luego, sensacionales. Pero no brotaron de la
nada. Según yo, Góngora siguió la pista esbozada por Baltasar
del Alcázar. Dice Carreira (p. 368) que “nada hay en [Alcázar]
que evoque el mismo concepto de burlesco” que tiene Góngo-
ra, y pone como ejemplo la “Cena jocosa”. Pero la sabrosa mor-
cilla de “Ándeme yo caliente…” y el vino sin aguar de “Buena
orina y buen color…” recuerdan de cerca el hedonismo de esa
“Cena jocosa”. Los denuestos de Alcázar contra Cupido, por
ejemplo en la letrilla “Conténtate ya, rapaz,/ de las travesuras
hechas…”, anuncian los de Góngora: “Déjame en paz, Amor ti-
rano…” y “Ya no más, ceguezuelo hermano…”. Además, ya Al-
cázar había puesto en solfa a Dido en dos sonetos y a Hero y
Leandro en las redondillas “Tiempo fue que se dudó…”.
4) Ciertamente, como dice Carreira (“Góngora y su aver-
sión por la reescritura”, p. 180), Góngora no es como Quevedo,
que “repite sin empacho una y otra vez cualquier formula-
ción que le parece lograda”
16
. En confirmación de esa regla de
no-reescritura menciona una veintena de excepciones. Una
de ellas es el verso “segunda invidia de Marte”, que está en el
romance de Angélica y Medoro (1602) y reaparece tal cual en
uno de 1609. Otras repeticiones son menos literales, por ejem-
306
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
16
Sobre esto puede verse lo que digo en
NRFH
, 47 (1999), p. 382 y nota 32.
plo “rey de los otros, río caudaloso” (1582) y “rey de las otras,
fiera generosa” (1584). Pero estas veinte excepciones son muy
pocas. No es difícil hallar otras: la imagen del Toro celestial, al
comienzo de las
Soledades
, reaparece en otros lugares, por ejem-
plo en una de las letrillas de Navidad de 1615 (el buey del por-
tal de Belén, “viéndose rayos su pelo…”); el chiste final de
“Duélete de esa puente, Manzanares…” (1588) se repite en el
final de “Señora doña puente segoviana…” (1609); la yegua an-
daluza de la
Soledad II
, v. 726 (“…cuya fecunda madre al geniti-
vo/ soplo vistiendo miembros…”) reaparece en el soneto “Las
que a otros negó piedras Oriente…”, de 1621 (“Miembros ape-
nas dio al soplo más puro/ del viento su fecunda madre be-
lla…”); dos imágenes del romance de Angélica y Medoro,
“Corona un lascivo enjambre/ de cupidillos menores…” y “su
vestido espira olores”, están también, respectivamente, en “A
un tiempo dejaba el sol…”, de 1605 (“…el aire/ la madre de
Amor corona;/ un dulce lascivo enjambre/ de hijuelos de la
diosa…”) y en “Esperando están la rosa…”, de 1609 (v. 49, “ám-
bar espira el vestido…”). Quizá la palabra “reescritura” no sea
la adecuada.
Si no tenemos aún la gran edición crítica de las
Soledades
, en
cambio tenemos ya la de los romances, por obra del admirable
Carreira. Comprende cuatro volúmenes
17
, dos para los roman-
ces auténticos, que son los 94 del ms. Chacón, y los otros dos
para los “atribuidos” con mayor o menor fundamento, que su-
man nada menos que 221
18
. El texto de las 315 composiciones
(y de cinco apócrifas), de limpidez absoluta, descansa en un
imponente aparato crítico y va acompañado de notas que acla-
ran o comentan muchos pasajes
19
. Pero no voy a enumerar to-
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
307
17
L
UIS DE
G
ÓNGORA
,
Romances
, ed. crítica de Antonio Carreira, Quaderns
Crema, Barcelona, 1998; 622, 558, 624 y 657 pp. Los cuatro estudios sobre
los romances que hay en
Gongoremas
, pp. 317-396, aunque contienen mate-
riales aprovechados en la edición, siguen siendo
proprio jure
muy dignos de
ser leídos.
18
Millé publicó sólo dieciocho romances “atribuibles”. Carreira elimina
nueve de ellos por decididamente apócrifos. Así, de la serie de seis roman-
ces sobre el niño Cupido (cf. mis “Andanzas de Venus y Cupido en tiempos
del Romancero nuevo”,
Estudios… dedicados a Mercedes Díaz Roig
, El Colegio
de México, 1992, pp. 337-390), el único que se salva es “Llegó a una venta
Cupido…” (# 117).
19
Las notas más jugosas son las que recogen los ecos de versos de Gón-
gora en autores contemporáneos y posteriores. Por ejemplo, la nota del t. 2,
do lo que hay en semejante monumento de erudición (“Esto,
Inés, ello se alaba;/ no es menester alaballo”). Me limitaré a
hacer unas cuantas observaciones, con la esperanza de añadir
una monedita al tesoro.
# 8, “Que se nos va la pascua, mozas…”. La
maravilla
del v.
17 (como la de la letrilla “Aprended, flores, en mí…” y la de un
pasaje de la
Isabela
, II, 1530
ss
.) se abre en la mañana y se mar-
chita al oscurecer. Según Jammes (citado por Carreira), se tra-
ta de una iridácea mexicana,
Tigridia pavonia
. Ésta, en efecto,
dura lo que dura el día. Su nombre mexicano es
cacomite
. Pero
al oír la copla de “La Llorona” que dice “Ay de mí, Llorona,/
Llorona de ayer y hoy,/ que ayer maravilla fui/ y ahora ni som-
bra soy”, un mexicano no piensa en el cacomite, sino en otra
flor, llamada justamente
maravilla
, que dura lo que dura la
no-
che
(se abre cuando el sol se pone)
20
.
# 10, “Diez años vivió Belerma…”. Siempre he querido sa-
ber qué son, exactamente, los
déligos capatuncios
(o
capotuncios
,
o
capituncios
) del v. 106. Cita Carreira el laborioso intento de
308
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
pp. 212-215, nos hace ver la extraordinaria fortuna que tuvieron los versos
“muchos siglos de hermosura/ en pocos años de edad” (romance “Apeóse
el caballero…”) y los versos “lo dejó por escondido/ o lo perdonó por po-
bre” (romance “En un pastoral albergue…”). En mi “Fortuna varia de un
chiste gongorino”,
NRFH
, 15 (1961), 483-504, reuní buen número de ecos
del “chiste de los huevos”, al final del romance “Arrojóse el mancebito…”;
C
ARREIRA
, t. 1, pp. 487-488, duplica sin esfuerzo aparente ese número.
En
pequeña correspondencia, he aquí una mínima adición. A propósito del
verso “vi marfil, vi plata y no” del romance “En la beldad de Jacinta…” (de
Paravicino), dice Carreira (
Gongoremas
, p. 409): “Si no recordamos mal, este
verso se propuso alguna vez como pie forzado en una glosa”. En efecto, no
recuerda mal: cf. M
IGUEL
H
ERRERO
G
ARCÍA
,
Estimaciones literarias del siglo xvii
,
p. 175 (la glosa es de 1680).
20
“Hubo varias
maravillas
”, dice Carreira. Una de ellas, el
Heliotropum
minus
, “flor azul listada de rayos roxos, de figura de campanilla” (
Dicc. Aut
.),
se marchita “inmediatamente que le da el sol”, ni más ni menos que la
mara-
villa
mexicana (cuyo nombre científico desconozco); pero ésta, en figura de
campanilla vuelta hacia arriba, y también “listada”, no tiene nada de azul;
sus listas o “rayos” combinan libremente el rojo, el amarillo y el morado. Por
otra parte, las flores del
Heliotropum minus
“suelen volver a vivir”, aunque no
más de tres días, mientras que las de la
maravilla
mexicana amanecen paté-
ticamente fruncidas y engurruñadas (“como roquete de obispo”) y nunca
reviven. Tal vez por eso no se cultiva la planta en los jardines; se da espontá-
neamente.
El
Dicc. Aut
. menciona otra
maravilla
que se abre de noche y se
marchita “con la venida del sol” (llamada también, por eso,
flor de la noche
).
No se ve bien en qué se distigue ésta del
Heliotropum minus
.
explicación de Ignacio Arellano, pero no parece aceptarla (ni
yo tampoco). Me pregunto si
-uncio
no será un sufijo semi-des-
pectivo, como en el
doctoranduncio
de “Tenemos un doctoran-
do…”, v. 28.
# 15, “Aquel rayo de la guerra…”. No veo que haya razón
para mantener en el v. 38 la grafía
overo
(que supone una absur-
da etimología
ovum
), siendo que hay testimonios de
hovero
,
aparte de que esta forma, con su
h
aspirada, le viene perfecta-
mente al octosílabo: “sobre un caballo
h
overo”.
# 18, “Ensíllenme el asno rucio…”, v. 28. El sentido primero
de
pan y nueces
debe de ser el mismo de
pan y pasas
, o sea ‘una
miseria’. Véase C
ASTILLEJO
,
Clás. Cast
., t. 2, p. 318: el buboso se
dirige al palo de Indias para quejarse del régimen a que lo han
sometido: “Pan y pasas,/ seis o siete onças escasas/ es la tasa la
más larga”. Cf. también “De su esposo Pingarrón…” (letrilla
“atribuíble” a Góngora, según Millé), vv. 50-51: “Pan y queso,
pan y nueces/ mi postre y principio son”.
# 22, “Triste pisa y afligido…”, vv. 65-66: “En esto, ya salteado/
de una varonil vergüenza”. Es recuerdo de Garcilaso, canción IV,
vv. 53-54: “Entonces yo sentíme salteado/ d’una vergüença libre
y generosa”. En el curioso romance de Góngora alternan riguro-
samente cuartetas líricas y cuartetas burlescas. La noble expre-
sión de Garcilaso, engastada en la penúltima cuarteta, se viene
ruidosamente al suelo por el chiste escatológico de la última.
# 24, “Hanme dicho, hermanas…”. Para el retruécano ‘Es-
toy muy sano, aun sin ser de los
sanos de Castilla
’ (v. 88), el senti-
do ‘ladrón disimulado’ (cuya primera documentación es el
Dicc. Aut.
) me parece menos convincente que ‘castellano sin
raza de moros ni judíos’ (cf.
Quijote
, ed. Rodríguez Marín,
1947, t. 1, pp. 117-118). En ‘Soy sano, aunque no de los de Cas-
tilla (sino de los de Andalucía)’, la contraposición es más lógica
que en ‘Soy sano, aunque no ladrón disimulado’.
#25, “Ahora que estoy de espacio…”. Pienso que en un par
de lugares pudo Góngora imitar los dísticos “Ad Cupidinem” de
Folengo: “Solus solettus stabam colegatus in umbra…,/ nulla
travaiabat vodam pensiria mentem…” (“Libre un tiempo y des-
cuidado,/ Amor, de tus garatusas…”); “cum mihi bolzoniger
cor, oymè, Cupido forasti,/ nec tuus in fallum dardus alhora
dedit…” (“Ésta era mi vida, Amor,/ antes que las flechas tuyas/
me hicieran su terrero/ y blanco de desventuras”).
#32, “Dejad los libros ahora…”. Es raro que entre los ejem-
plos de la expresión “cuando Dios en hora buena” (v. 85) no
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
309
incluya Carreira el del propio Góngora, “Aunque entiendo po-
co griego…”, v. 51.
# 40, “Moriste, ninfa bella…”. El hiato que hay que hacer en
el v. 71 (“dar
áa
tus cenizas”) es tan violento, que me pregunto
si no será conveniente adoptar la lección (atestiguada) “
les
dará
a tus cenizas”.
# 42, “Despuntado he mil agujas…”. Creo que no estaría de
más una nota sobre el
cerote
del v. 54. El poeta está exhortando
a los “mozalbitos” españoles a embarcarse en una expedición
punitiva contra anglicanos, calvinistas y hugonotes: “Haced en
Ingalaterra/ nobilísimo cerote”. Este
cerote
es evidentemente lo
mismo que
cera
en el sentido de ‘excremento’, y se dice mucho
en México. Así, pues, ‘Cagáos en Inglaterra: será una acción
nobilísima’. (Cf. en el
DRAE
la palabra
mojón
, acepción 5: ¡eso
es justamente el
cerote
mexicano!)
# 63, “Aunque entiendo poco griego…”. Sobre “muchos do-
nes a un candil” (v. 19) dice Carreira: “No sabemos a qué se re-
fiere esta expresión”. Pero se puede colegir: los padres de Hero
presumen de llamarse
don
Fulano y
doña
Fulana, pero esos
dones
de nada sirven. (Cf., en “Que pida a un galán Minguilla…”, el tris-
te caso del pobre diablo que se casa “con una
dama
sin dote” con
tal de ascender socialmente, y que no tarda en ver que un pan es
mejor que cualquier
damería
.) La de Hero es una familia de muer-
tos de hambre (“témporas todo el año”).
## 68 y 85, “¡Cuántos silbos, cuántas voces…!”. Yo sugiero
(muy tímidamente) quitar los signos de admiración y poner co-
ma en el cuarto verso: ‘Todas esas voces que resuenan en la na-
va de Zuheros las dan unos vaqueros’, etc. En la ed. de Millé, la
versión a lo divino carece de signos de admiración.
# 70, “Contando estaban sus rayos…”. Creo que el sentido
mejora si en el v. 18, “sorda tanto como bella”, se pone coma en
vez de punto. Los ocho versos hacen una oración, igual que los
ocho primeros, que terminan mencionando una barquilla y
unas quejas; y el poeta continúa: ‘Esas quejas las exhala un pes-
cador enamorado mientras su barca boga cerca de la orilla, co-
mo marcando el límite entre el mar y la playa’.
# 74, “La ciudad de Babilonia…”. Uno de los primores que hi-
cieron tan famoso este romance es la nada fácil asonancia en
ú-o
mantenida a lo largo de 500 versos. Carreira cita como imitado-
res de este
tour de force
a Agustín de Salazar y Torres y a Francisco
Bernardo de Quirós. Pueden añadirse Luis Martín de la Plaza
(“Aparte, la mi señora,/ de los oídos los tufos”), Quevedo (“Son
310
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
las torres de Joray/ calavera de unos muros…”) y Sor Juana (“Rey
coronado del año,/ ostenta su imperio Julio…”).
Id
., v. 212: “de seis argentados puntos”. A los
puntos
, medida
de longitud del pie, dedica Carreira una extensa nota a propó-
sito del v. 49 del # 32: “cinco puntos calza estrechos”, y dice
que, “a juzgar por textos concomitantes”, cinco puntos eran “la
medida normal del pie femenino”. Yo lo dudo. Esos textos
“concomitantes” son todos hiperbólicos: Lope de Vega llega a
hablar de cuatro y aun de tres puntos, y cuando Quevedo dice
que cierta muchacha “seis
solos
puntos calzaba” también está
ponderando la pequeñez del pie. Hay que tener en cuenta los
versos iniciales de “Que pida a un galán Minguilla…”: presu-
miendo de un pie muy menudo, Minguilla le pide a su galán
unas zapatillas de 5 puntos, cuando en realidad es un mujerón
(Menga) que calza 10. Cinco y diez son dos extremos, dos hi-
pérboles; la “medida normal” sería unos siete u ocho puntos. A
la negra de “La ciudad de Babilonia…”, retratada en plan cari-
caturesco, le están muy bien los
diez
puntos, que es como dice
el texto de Salazar Mardones
21
.
Id
., v. 235, “que velas hecho tu lastre”. No está claro, dice
Carreira, “por qué el lastre se convierte en velas”. Para mí sí es-
tá claro: el encerramiento de Tisbe era un lastre que impedía
avanzar al barco del amor; pero, gracias al venturoso hallazgo
de la grieta en la pared, no hay ya lastre, sino velas (hinchadas
por el viento).
Id
., vv. 297
ss
. Probablemente conocía Góngora la
Historia de
Píramo y Tisbe
de Antonio de Villegas, donde figuran ya los au-
gurios funestos (que faltan en Ovidio). El verso inicial de Ville-
gas, “De Píramo y de Tisbe cantar quiero…”, resuena en el
comienzo del otro romance de Góngora: “De Tisbe y Píramo
quiero/ …cantaros la historia”.
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
311
21
Queda por averiguar la equivalencia en centímetros. Tras recorrer en
el
DRAE
las definiciones de medidas antiguas de longitud, he obtenido los
siguientes resultados: una
vara
(83.59 cm.) consta de tres pies “de Castilla”;
un
pie
(27.86 cm.) tiene 12 pulgadas; la
pulgada
(2.32 cm.) se divide en 12 lí-
neas, y la
línea
(0.16 cm.) tiene 12 puntos. Si así es, el
punto
es casi nada. Al-
go anda mal. Según la
Enclopedia Espasa
, citada por Carreira, se llama
punto
“cada una de las partes de dos tercios de centímetro en que se divide el car-
tabón de los zapateros” (es lo que dice también el
DRAE
, 11
a
acepción de
punto
). “En tal caso
dice Carreira
es forzoso entender que los puntos se
contaban tan sólo a partir de una medida fija”. Pero ¿había esos cartabones
en el siglo
XVII
? ¿Y cuál sería la “medida fija”?
II. L
OPE DE
V
EGA
A falta de la edición de
Poesías líricas
de Lope editadas en Clás.
Cast. por José Montesinos, que no se halla en librerías, he utili-
zado últimamente la de Antonio Carreño (
Poesía selecta
, ed. Cá-
tedra) en mi seminario de poesía de los siglos de oro. Todos los
asistentes al seminario deben tener su ejemplar, pues se trata
de ejercicios de
close reading
. En mi ejemplar hay un buen nú-
mero de subrayados y anotaciones, de manera que, al llegar a
mis manos la edición de
Rimas humanas y otros versos
, al cuidado
del mismo Antonio Carreño
22
, lo primero que hice fue con-
frontarla con la susodicha
Poesía selecta
de Cátedra.
El formato sigue siendo el mismo. Las dos ediciones co-
mienzan con el romance “Gallardo pasea Zaide…” y terminan
con el soneto “A las perlas del alba descogían…”; pero el tama-
ño del nuevo libro es más del doble (en vez de 200 composicio-
nes, ahora son 436); Carreño incluye íntegras las
Rimas
humanas
(de las cuales había seleccionado sólo 36 sonetos) y
añade varias composiciones largas, entre ellas el
Huerto deshe-
cho
, la silva
El siglo de oro
y el
Arte nuevo de hacer comedias
, así co-
mo una serie de “epitafios” (bastante anodinos). Es, pues, una
antología generosa, que procura abarcar todas las facetas del
Lope lírico (o didáctico, o burlesco) a lo largo de su vida. El an-
tólogo tiene, desde luego, derecho a sus preferencias. Si ahora
Carreño omite varias composiciones importantes que figura-
ban, aunque fragmentariamente, en la ed. Cátedra (por ejem-
plo las églogas “Filis” y “Amarilis” y las epístolas a Gregorio
de Angulo y a Francisco de Herrera Maldonado), no hay sino
respetar su decisión. Pero, si se trataba de dar una idea de las
distintas facetas de Lope, ¿por qué no incluir poesías “de inge-
nio” como los esdrújulos y los sonetos en eco?
Las anotaciones que he hecho en mi ejemplar de Cátedra
atañen al texto de Lope (lecturas equivocadas, puntuaciones
insatisfactorias) y sobre todo a las notas de Carreño, que no
siempre le sirven de ayuda al estudiante: hay notas insuficien-
tes, que no aclaran el punto (y a veces faltan donde serían
oportunas); otras son “excesivas”: acumulan datos que no vie-
nen al caso. En cuanto al texto, la nueva edición es indudable-
312
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
22
L
OPE DE
V
EGA
,
Rimas humanas y otros versos
, ed. y est. prel. de Antonio
Carreño. Crítica, Barcelona, 1998; cv + 1210 [total, 1315] pp. (
Biblioteca clási-
ca
, 52).
mente mejor, mucho más correcta. En cuanto a las notas, al-
gunas son ahora más precisas y aclaratorias, pero siguen
echándose de menos otras que hubieran sido pertinentes: no
observa Carreño, por ejemplo, que el soneto “Este, si bien sar-
cófago, no duro/ pórfido…” (“A la sepultura de Marramaquiz,
gato famoso”, #365) es parodia del de Góngora, “Este en forma
elegante, oh peregrino,/ de pórfido luciente dura llave…” (pa-
ra la sepultura del Greco) y está todo él en lenguaje gongorino.
Es dato que importa para la cabal comprensión del soneto. Mu-
chas notas son meramente decorativas; están fuera de lugar, no
van al grano; son superfluas, “in-pertinentes”.
He aquí un caso. En el soneto “Vierte racimos la gloriosa
palma…” (#51), los cuartetos hablan de desamor y esterilidad
(en vez de punto, el v. 4 debiera llevar mejor punto y coma), y
los tercetos, en cambio, de amor y fecundidad. La palmera no
polinizada se queda sin racimos, “Dafnes se queja en su laurel
sin fruto, /Narciso en blancas hojas se desalma”, la tierra sin
lluvia está muerta, etc. Para que el estudiante entienda lo que
Lope está diciendo no hacen falta sino unas breves explicacio-
nes: la ninfa Dafne rechazó el amor del dios Apolo y quedó
convertida en laurel, árbol tenido por virginal; y Narciso, mu-
chacho bellísimo, rechazó el amor de la ninfa Eco y, enamora-
do de sí mismo, acabó convertido en una flor que se deshoja
sin dejar semilla (bonito verso, por cierto: “Narciso en blancas
hojas
se desalma
”). En la nota dice Carreño que el mito de Apo-
lo y Dafne figura en poesías de Garcilaso, Quevedo, Tomé de
Burguillos y Polo de Medina. Estos datos adolecen de arbitra-
riedad: si el propósito es instruir al estudiante sobre cuán gusta-
do fue el mito en los siglos de oro, hay ejemplos (Gregorio
Silvestre, Villamediana, Soto de Rojas, Jerónimo Cáncer, etc.)
mucho mejores que Burguillos y Quevedo. Y son, sobre todo,
datos superfluos: no sirven para la inteligencia del soneto. La
nota sobre Narciso comienza así: “Narciso se establece como
símbolo del culto al yo con ramificaciones psicológicas y psicoa-
nalíticas” (!), y continúa con una cita del tratado
De amore
de
Marsilio Ficino. Yo pienso que cualquier poseedor de un míni-
mo de cultura sabe lo que es el narcisismo. Y veo una especie
de contradicción: Carreño parece dirigirse a un estudiante
muy bisoño (a quien hay que explicarle, por ejemplo, qué es
postrero
y quién fue
Sísifo
) y a la vez muy ducho (capaz de leer,
sin traducción, una larga parrafada en latín).
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
313
Otros casos de “exceso”, entre muchos: la disertación (moti-
vada por un romance devoto bastante pedestre) sobre la estruc-
tura de “
la
composición barroca” (p. 1051: “dirige el espacio en
varios planos que corresponden, pictóricamente, al juego de lu-
ces y sombras…”, etc.); las noticias sobre “el simbolismo de la
mariposa” a propósito del soneto “La pulga” (p. 1076); y no po-
cos casos de información semi-enciclopédica muy prescindible,
parecidos al caso de Dafne, por ejemplo sobre Cupido (pp. 923-
924), sobre el cuento de Hero y Leandro (p. 925), sobre Dido
(pp. 929-930), sobre Endimión (pp. 953-954; ésta comienza con
una cita de Pérez de Moya: “Endymión según San Fulgencio fue
un gran sabio, el cual…”, y sigue con otras dos: una de Cicerón,
en latín, y otra del Brocense); sobre Píramo y Tisbe (pp. 954-955),
sobre el río Manzanares (p. 754); sobre el
epitafio
como género
literario (pp. 1021-1022), etc., etc.
Desde luego, en todos estos casos salta a la vista el admira-
ble tesón de Carreño, el empeño con que acumula tantas y tan
variadas noticias. La tarea debe de haberle llevado mucho tiem-
po. Si alguien califica de “monumental” esta edición, yo no me
sorprenderé. (La bibliografía ocupa 71 páginas de letra menu-
da.) Pero no puedo reprimir la pregunta que una y otra vez me
viene a la cabeza: ¿Valía la pena?
Las siguientes observaciones cubren menos de la mitad de
los textos editados aquí, pues casi todas proceden de los apun-
tes que hice en mi ejemplar de la ed. Cátedra. (He dedicado
poca atención a los materiales nuevos, salvo a algunos sonetos
de las
Rimas humanas
.)
# 1, “Gallardo pasea Zaide…”. El v. 5, “porque la vido sin ella”,
no tiene sentido. Es él, Zaide, quien “
se
vido sin ella” (sin Zai-
da) a causa de una larga ausencia. Al anotar este y otros roman-
ces no hay que olvidar la existencia de las erratas de imprenta:
el editor tiene el deber de meter mano cada vez que haya que
enderezar lo que está torcido en las
Flores
de romances (
Fuen-
tes
) y en el
Romancero general
23
.
# 4, “Ensíllenme el potro rucio…”. Este romance, que Mon-
tesinos creía atribuible a Lope, no es suyo, sino de Liñán (cf. A.
C
ARREIRA
,
Gongoremas
, p. 418). Si Góngora lo parodió memora-
314
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
23
En algún lugar me he referido al soneto en eco de
Pastores de Belén
que comienza en todas las ediciones con el verso “Dichoso aquel que en
un
comprado prado”, donde hay una errata nunca enmendada: tiene que ser
“en
no
comprado prado”.
blemente en “Ensíllenme el asno rucio…”, no es porque fuera
de su detestado Lope, sino porque andaba en boca de toda la
gente. En el v. 30, “de Zulemas” (
Fuentes II
) es mejor lección
que “de Zulema” (
Romancero general
): el poeta enumera las
buenas prendas del moro Azarque, y una de ellas es descender
del ilustre linaje de los Zulemas (no de una mujer llamada Zu-
lema). En el v. 45, “no le parezcas”, la corrección de Durán no
tiene vuelta de hoja: “no
te
parezcas a Venus”.
# 11, “De una recia calentura…”. Este romance (testamento
de Belardo) debiera ir seguido, como en la ed. Cátedra, por
“Después que acabó Belardo…” (codicilo del testamento).
# 12, “Amada pastora mía…”. En los vv. 5-8, en vez de “A la
noche me aborreces/ y quiéresme a la mañana;/ ya te ofendo a
medio día,/ ya por la tarde me llamas”, lo que se lee en otras
fuentes es “
Ya
a la noche me aborreces,/
ya
me quies por la ma-
ñana,/
ya
te ofendo…”, etc., y es lección más satisfactoria. (La
contracción
quies
‘quieres’ es bien conocida.)
# 14, “Mil años ha que no canto…”, v. 8: no “cubierto”, sino
abierto
, como se lee en
Fuentes V
: el laúd del galán está ‘hendi-
do’, ‘desvencijado’(además de polvoriento y “con cuatro clavi-
jas menos”).
# 19, “De pechos sobre una torre…”. En este romance no
sólo revive Belisa el drama de Dido abandonada, sino que el co-
mienzo mismo es reminiscencia del romance anónimo “La des-
esperada Dido,/ de pechos sobre una almena…” (
Romancero
general
). La asonancia es la misma.
# 22, “En una playa amena…”. Yo invitaría al estudiante a
comparar el irónico final de esta canción con el final del ro-
mance “Contemplando estaba Filis…” (# 10).
# 23, “¡Oh libertad preciosa…!”, v. 24: “donde veré” es erra-
ta por “donde
verá
” (el sujeto es “quien leyere mi historia”). Pa-
ra el v. 39, “lloro el ajeno mal y canto el mío”, cf. Petrarca: “e ò
in odio me stesso ed amo altrui”, v. 11 del soneto “Pace non tro-
vo…” (que por cierto imita Lope en
El príncipe perfecto
: “Yo mue-
ro y vivo…”).
# 27, “Serrana celestial de esta montaña…”, v. 4: la coma de
venció
hace decir a Lope que la blanca Aurora “venció a la no-
che” y “engaña el [=al] mundo”, lo cual no puede ser; sin la co-
ma, el significado es otro (y bueno): la Aurora venció a la
Noche, esa engañadora del mundo.
# 29, “Serrana hermosa, que de nieve helada…”. En vez de
“alcalde” (v. 158) hay que leer
alcaide
(de la fortaleza). El “mon-
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
315
te de la Luna” (v. 179) se merecía una nota. Cf. la de Rodríguez
Marín (ed. del
Quijote
, 1947, t. 2, p. 87) sobre los “montes de la
Luna” mencionados por don Quijote.
# 44, “Éstos los sauces son y ésta es la fuente…”. Los vv. 10-
11
“Mas ¡oh gran desvarío!, que este llano,/ entonces monte,
le dejé sin duda”
son mucho más claros si se quitan las comas
de
llano
y
monte
. El sentido es: ‘Cuando partí de aquí, éste era
un monte [sitio arbolado] y ahora es un llano’.
# 57, “Si culpa el concebir, nacer tormento…”. Carreño
propone esta lectura; ‘Si es culpa el concebir, el nacer es tor-
mento; y si el vivir es guerra, la muerte es el fin humano, etc.’.
Yo no veo esos como pequeños silogismos, sino una serie de
consideraciones conectadas por un
si
sobrentendido: ‘
Si
el con-
cebir es culpa,
si
el nacer un tormento,
si
la vida una guerra,
si
la muerte es el final del ser humano…’, etc. (Curioso soneto,
que presagia al Quevedo filósofo.)
# 64, “Bien fue de acero y bronce aquel primero…”. Hubie-
ra sido útil decir que aquí Lope recuerda a Horacio: “Illi robur
et aes triplex…” (
Od
., I: 3).
# 89, “Entre aquestas colunas abrasadas…”. Falta decir que
este soneto (al igual que los textos de diversos autores que se
mencionan en la nota) procede del célebre de Castiglione,
“Superbi colli, e voi, sacre ruine…”. También falta decir que el
soneto italiano inspiró otros dos de Lope: “Soberbias torres, al-
tos edificios…” y “Muros de Roma, plazas, teatros, cuevas…”
(cf. J. G. F
UCILLA
,
Estudios sobre el petrarquismo
, 1960, p. 249).
# 98, “Ir y quedarse, y con quedar partirse…”. Es éste, dice
Carreño, “uno de los sonetos de Lope que ha obtenido más lec-
turas”; y en la nota complementaria, larguísima (pp. 968-970),
hace un catálogo de esas lecturas “obtenidas” por el soneto.
Echo de menos a Góngora, “A la Mamora, militares cruces…”,
primer terceto.
# 103, “Pasé la mar cuando creyó mi engaño…”, soneto diri-
gido “A Lupercio Leonardo [de Argensola]”. Es respuesta a
cierta crítica de Lupercio expresada quizá, según Carreño, en
un soneto “que no se conserva”. Pero no hace falta postular un
soneto. Las poesías de los Argensola, como las de tantos otros
poetas, circulaban en cartapacios manuscritos, y bien pudo Lo-
pe leer en uno de ellos los tercetos que oportunamente cita Ca-
rreño, donde hay una crítica fuerte de los romances de Filis y
Belardo, “enfado general de nuestros días”. (Esta útil cita falta-
ba en la ed. Cátedra.) Lo que no dice Carreño es que los terce-
316
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
tos son en realidad de Bartolomé Leonardo (epístola “Pues ha-
blar de las cosas propriamente…”, vv. 58-63). Pero eran fre-
cuentes las confusiones entre uno y otro hermano: compartían
no sólo el apellido, sino también los ideales poéticos. Es claro
que
a los dos
les enfadaban esos romances, por ramplones. El
soneto de Lope, aunque muy mesurado, deja ver muy bien
cuánto le dolió esa crítica de algo que, para él, era un pedazo
del corazón. En el v. 6,
trabajos
no tiene por qué significar ‘im-
pedimentos’; quiere decir ‘penas’, ‘sufrimientos’.
# 107, “Quiero escribir y el llanto no me deja…”. El final de-
be leerse “bien entiende/ que cuanto escribo y lloro todo es
muerte” (estorban mucho los dos puntos de
entiende
). Y no es-
taría de más aclararle al estudiante que
le di
(v. 11) significa ‘di-
le’ (imperativo de
decir
).
# 121, “Encaneció las ondas con espuma…”. En el terceto
final dice Lope que la nave de Jasón acabó rompiéndose “por
dos manzanas de oro”, para que
el mar
no se alabara de “que
por lo mismo se perdió
la tierra
”. En verdad, este conceptillo es
un galimatías: ¿por qué manzanas de oro (y
dos
) en vez del ve-
llocino de oro que se robó Jasón? A guisa de explicación, dice
Carreño que este final “asocia el mito de Jasón con el de Hér-
cules” (y remite al verso final de las octavas “Náyades puras, que
de rojo acanto…”, donde Lope pondera la belleza del jardín del
duque de Alba diciendo “que es digno de las guardas de Me-
dea”). Pero esto no es “asociar”, sino
confundir
dos ciclos mito-
lógicos. Lope cree que el jardín de las Hespérides, con sus
“guardas”, es parte de la historia de Medea y Jasón. Yo diría sim-
plemente que aquí se le fueron los pies.
# 170, “Ya no quiero más bien que sólo amaros…”, v. 8: “y
para ser Eróstrato, abrasaros”. La nota explica que Eróstrato es
“símbolo de la fama
execrable
”, lo cual no viene al caso. Lo que
dice Lope es todo de signo positivo: él quiere vivir, quiere ser
venturoso, quiere que lo admiren y quiere ser Eróstrato para
incendiar ese templo de Diana que es el pecho de Lucinda.
# 188, “Gaspar, si enfermo está mi bien, decilde…”. Sería
bueno que la nota explicara dónde está Lope (¿en Sevilla?) y
dónde el contador Gaspar de Barrionuevo (¿en Madrid?), para
que se entienda por qué el poeta le hace un encargo a su ami-
go. En el v. 10, “que trueque” no significa ‘que altere’, sino jus-
tamente ‘que trueque’ (‘que me pase a mí su enfermedad y
tome en cambio mi buena salud’).
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
317
# 199, “Ya vengo con el voto y la cadena…”. Dice Carreño
que aquí el poeta está “a punto de emprender en la rota nave el
nuevo viaje”. No hay tal. El poeta ha llevado al templo del Des-
engaño los restos de su naufragio, y al final piensa agregar al
exvoto “ciertos papeles” que están aún en la encallada y destro-
zada nave. (Cf., en cambio,
infra
, #343.)
# 225, “Suelta mi manso, mayoral extraño…”. Podría aña-
dirse que fray Fernando Luján se inspiró en este y los otros
sonetos de la “serie de los mansos” para su soneto “Querido
manso mío regalado…” (
Flores
de Calderón, núm. 115)
24
.
# 228, “Es la mujer del hombre lo más bueno…”. Este sone-
to figura también en las
Flores
de Espinosa y en algunos cancio-
neros manuscritos. En el aparato crítico se limita Carreño a
registrar las variantes. Hubiera sido útil comentarlas, pues reve-
lan que el soneto tenía originalmente una estructura “dialogís-
tica”. Dos personajes,
A
y
B
, dicen lo que sienten acerca de la
mujer. El sentir de
A
es altamente encomiástico; el de
B
, pro-
fundamente negativo. A la declaración inicial de
A
, “Es la mu-
jer del hombre lo más bueno” (sería útil explicar que “lo más
bueno del
hombre
” significa ‘la mejor de las dos mitades en que
se divide el género humano’), replica
B
con un enfático “Es la
mujer del hombre lo más malo” (texto de las
Flores
). Y así si-
guen, verso a verso. (Al final hay un
accelerando
:
A
, “Es un án-
gel”;
B
, “¡Y a veces una arpía!”;
A
, “Quiere”;
B
, “¡Aborrece!”;
A
,
“Trata bien”;
B
, “¡Maltrata!”.) Los vv. 13-14 expresan el sentir
desapasionado de un tercer personaje (
C
): la mujer es “como
sangría,/ que a veces da salud y a veces mata”. Sobre esta es-
tructura nada dice Carreño; lo que hace es invitar al lector a
comparar el soneto con otros, que a mí me parecen muy distin-
tos. Más al caso vendría el final del soneto “Si en la parte duo-
décima tuviera…”, de Tomé de Burguillos: “Amor, ¿qué se ha de
hacer de las mujeres,/ que ni vivir con ellas ni sin ellas/ pue-
den nuestros pesares y placeres?”. En cuanto al sentido, Carre-
ño peca por “exceso” (de malicia): comentando el verso “Su
muerte suele ser y su veneno”, antítesis justa del verso anterior,
“Su vida suele ser y su regalo” (
vida/muerte
,
regalo/veneno
), hace
un extraño comentario sobre la palabra
veneno
, que según él
significa aquí “el órgano sexual femenino” (!).
318
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
24
El romance de Lope, “El tronco de ovas vestido…” (# 7), inspiró otro
soneto de Luján, “No os vuelva a hallar, palomos gemidores…” (
ibid
.,
núm. 116).
# 232, “Sit, o sancte Hymenæe, hæc dies clara…”, soneto en
cuatro lenguas. No estaría de más corregir las erratas: v. 2: no
“eas nimphas”, sino “
eas
nimphas”; y v. 3, no “girlande”, sino
ghirlande
.
# 237, “Siempre te canten, santo Sabaot…”. Lope estaba or-
gulloso de este soneto, pues lo puso como remate de las
Rimas
(1602). En realidad, la hazaña es muy tonta: la relación entre
verso y verso (y entre idea e idea) es prácticamente nula. El “in-
genio” está sólo en las rimas “difíciles”:
Sabaot
,
Lot
…,
Lamec
,
Abi-
melec
… (siempre voces agudas, y siempre nombres bíblicos).
Carreño explica laboriosa- (e inútil-) mente cada nombre, salvo
el “divino
Hilec
” y el “
dolo
Behemot” (“dolo” debe de ser errata
por
ídolo
, tal como “Tezabel” es errata por
Jezabel
). En cambio,
la burla de Góngora, “Embutiste, Lopillo, a Sabaot…”, es una
maravilla: él mantiene las palabras-rima de Lope y fabrica un
soneto que tiene sentido (y muy punzante). Carreño menciona
un soneto de Calderón (en
El divino Jasón
) que imita el “artifi-
cio” de Lope. Otra imitación se lee en el auto
Llamados y escogi-
dos
(“Bella Micol, dulcísima Raquel…”). Otros imitadores son
Mira de Amescua (auto
Las pruebas de Cristo
) y Francisco Álva-
rez de Velasco (“Si ha vuelto hoy a nacer en ti otro Acab…”:
Rh´ythmica sacra
, Bogotá, 1989, p. 332).
# 300, “¡Cuán bienaventurado…!”. En el v. 67, “el ave sacra
a Marte” no es el águila (ave de Júpiter), sino el gallo. El águila
no despierta a la gente.
# 311, “¡Con qué artificio tan divino sales…!”. La “basa pe-
regrina” en que se sienta la rosa no puede ser ‘el tallo’, como
dice Carreño, pues el tallo no está formado por “cinco puntas”.
Se trata evidentemente de los sépalos del cáliz. Al final toma
Lope a la rosa efímera como imagen de las esperanzas que se
fundan “en la tierra”, o sea ‘en este mundo transitorio’. Cierta-
mente
la tierra
no es metáfora de ‘la muerte’.
# 312, “Esta cabeza, cuando viva, tuvo…”. Para que se en-
tienda el final hay que quitar el acento de
dónde
(ni los gusanos
se dignan estar en una calavera
donde
en otro tiempo hubo mu-
cha presunción).
# 332, “Vengada la hermosa Filis…”. Las
cifras
del v. 41 no
son ‘inscripciones’, sino ‘iniciales enlazadas’ (bordadas en la
cinta). El ‘envidian’ del v. 72 es clara errata por
envidan
. Cf. C
O
-
VARRUBIAS
,
s.v
. “embidar” y también
s.v
. “falso”: “
Embidar de falso
,
treta de jugadores, para disimular los puntos que tienen y ame-
drentar al contrario” (o sea, hacer
bluff
).
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
319
# 337, “Boscán, tarde llegamos…”. Las comillas indicadoras
de diálogo están mal puestas en el v. 1: es sólo Garcilaso quien
lo dice. En el v. 4 hay que poner coma en
nocturnar
: “No hay
donde nocturnar, palestra armada”. Y esta
palestra armada
, en
idioma culto, significa simplemente ‘caballeros’; no viene al ca-
so decir que
palestra
es ‘el lugar donde se lucha’. El
madona
con
que Garcilaso se dirige a la criada del mesón (v. 6) no tiene
“función degradadora”, sino al contrario (Garcilaso era muy
cortés). En el v. 8,
depinge
no es “neologismo compuesto del pre-
fijo
de-
y del verbo latino
pendicare
‘colgar’, ‘gotear’”, sino simple
italianismo (
dipingere
‘pintar’). En el penúltimo parlamento
(que es tal vez de Boscán) hay que quitar el acento de
Qué
, y se-
ría bueno poner exclamaciones en vez de interrogaciones:
“¡Que en tan poco/ tiempo tal lengua entre cristianos haya!”.
# 339, “Claudio, si quieres divertir un poco…”. Según Carre-
ño, este Claudio fue uno “de los grandes amigos de Lope”. Yo
creo que es un nombre convencional, como Fabio, Clito, etc.
En el v. 20 falta explicar que “Sidonia” es el duque de Medinasi-
donia, comandante de la Armada Invencible. También conven-
dría explicar que los vv. 91-96 significan ‘¿Quién hubiera dicho
que después de tantas tormentas había de hacerme sacerdo-
te?’. El
Theos
del v. 96 significa ‘Dios’ (el Dios judeocristiano);
no veo ninguna reminiscencia de Zeus. En el v. 185, “
efímeras
poemas” debe de ser errata de imprenta.
# 340, “A mis soledades voy…”. Obviamente, el v. 101 debe
leerse “sin ser
pobres
ni ser ricos”.
# 342, “Corría un manso arroyuelo…”. Romance que termi-
na con una letrilla de versos consonantes, “Madre, unos ojuelos
vi…” (cabeza y dos coplas, con repetición del estribillo). La le-
trilla, que estaba íntegra en la ed. Cátedra, aquí ha quedado
trunca.
# 343, “Pobre barquilla mía…”. En el v. 6, “te engolfas” no
quiere decir ‘te refugias’, sino todo lo contrario: ‘te lanzas (te-
merariamente) a alta mar’. En el v. 48 convendría explicar que
fortunas
significa ‘tempestades’.
# 350, “A ti la lira, a ti de Delfo y Delo…”. Dice Carreño que
mariposar
, en el v. 8, significa ‘vagar a capricho’. Parece que no
entendió el chiste. Lope parodia el tópico de la mariposilla que
acaba quemándose al volar en torno al objeto de su amor: la
llama de una vela; Tomé de Burguillos deplora que la desdeño-
sa Juana no sea una llama, sino un hielo. (Convendría poner
punto y coma en
escama
, v. 6.)
320
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
# 352, “Bien puedo yo pintar una hermosura…”. No veo
que el epígrafe
“No se atreve a pintar su dama muy hermosa,
por no mentir, [lo cual] es mucho para poeta”
apunte “a la
vieja disputa” sobre la primacía de pintura y poesía:
pintar
,
aquí, es simplemente ‘hacer un retrato en verso’. En nota al v.
4 dice Carreño que Lope “se incluye como lector de sus versos
aunque bajo la máscara de Tomé [de Burguillos]”. No es exac-
tamente eso. El
presupuesto todo
de las
Rimas
de Burguillos es
que éste es persona distinta de Lope
25
.
# 353, “Érase el mes de más hermosos días…”. Ayudarían
unos signos de admiración en el v. 9: “¡No salió malo este versi-
llo octavo!” (Tomé se aplaude a sí mismo). En el v. 14 no hay
que leer “echárele”, sino
echaréle
(‘Si no me basta el soneto para
decir lo que quiero, le añadiré un estrambote’).
# 354, “Dormido, Manzanares discurría…”. Habría que ex-
plicar el v. 11. Tomé le ha pedido a Juana (lavandera) que le
lave el
cuello
(obviamente de la camisa), “y ella, sacando el ros-
tro del cabello” (bonito verso: al lavar, inclinada, el cabello le
ha estado ocultando el rostro), “me dijo que uno [el de la cami-
sa] de otro [el del cuerpo] me quitase”.
# 355, “Si entré, si vi, si hablé, señora mía…”. Los “poéticos
mochuelos” del v. 10 no son “los amantes venidos a malos poe-
tas”, sino los poetas criticones, que se lanzan contra el pobre
Burguillos tal como se lanzan los mochuelos contra los ojos del
búho (por envidia: cf. Góngora,
Soledad II
, vv. 891-901).
# 357, “Sulca del mar de Amor las rubias ondas…”. Conven-
dría advertir que
sulca
,
navega
, etc., son imperativos dirigidos al
peine. No explica Carreño qué es “barco
de Barcelona
” (v. 2): es
de suponer que los peines se fabricaban en Barcelona. En el
v. 10,
pararelos
debe de ser errata de imprenta.
# 358, “Quien supiere, señores, de un pasante…”. El v. 9 es-
tá mal: “
las
que del dicho Bártulo
supiere
”. Debe ser “
la
que”, co-
mo se lee en la ed. original. Y esto obliga a cambiar
señores
por
señoras
en el v. 1: “Quien supiere, señoras…,/ la que [aquella
de vosotras que] supiere…”.
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
321
25
Cf. “Lope, yo quiero hablar con vos de veras…” (# 380), donde Tomé
“discúlpase con Lope de Vega de su estilo”, y también el epígrafe del # 374,
donde se explica que el soneto “La pulga” se ha atribuido falsamente a Lo-
pe (siendo de Tomé). En “Bien puedo yo pintar…” (# 352), lo que dice
Burguillos es que los poetas suelen mentir, y, por ejemplo, Lope llamó “án-
gel de nieve pura” a Filis, que era morena. (Cf. en efecto # 11, “De una recia
calentura…”, donde Filis tiene “cabellos de oro”.)
# 359, “Pluma, las Musas, de mi ingenio autoras…”. El diálo-
go no está bien marcado: en los vv. 5-6 habla el poeta, y en los
vv. 7-8 la pluma.
# 361, “El galán de la linda bigotera…”. En el epígrafe
(“Aún no dejó la pluma, y prosigue”) advierte Burguillos que
este soneto es continuación del anterior. Hubiera estado bien
incluirlo aquí. En el v. 3, “no es como vos la imagináis agora”,
es obvia la errata de la ed. original; debe ser “
le
imagináis” (
le
=
ese galán a quien la dama imagina bigotudo, siendo lampiño).
# 363, “Juana, mi amor me tiene en tal estado…”. A propó-
sito de
sotana
(v. 13) dice Carreño que “el hablante declara su
condición de clérigo”; pero Burguillos no es clérigo, sino sacris-
tán (los sacristanes vestían sotana, como los acólitos); lo que
declara es que su sotana se le está cayendo de vieja y raída. (Cf.
# 368, final.)
# 364, “¡Aquí del rey, señores! ¿Por ventura…?”. Creo que
hay que explicar el chiste final: Despreocúpese Tamayo; no es-
tá por caer un rayo en su casa; es sólo que la palabra
rayo
busca
un consonante y lo encuentra en la palabra
Tamayo
. (Carreño
dice “una consonante”, pero debe ser “
un
consonante”.)
# 369, “Si habéis visto al Sofí sin caperuza…”.
Sofí
no es ‘su-
fí, musulmán’, sino título del rey de Persia (el
Shah
). El Sofí
persa está aquí en compañía del corsario turco Barbarroja.
# 370, “¡Tanto mañana y nunca ser mañana…!”, v. 10: “esta
mañana” tiene que ser errata por “
este
mañana” que nunca lle-
ga (¡
tanto
mañana!).
# 373, “Vete a roer legajos procesales…”, v. 5:
figonales
no
puede venir “del italiano
figato
”; es adjetivo creado por Lope
a partir de
figón
. La coma que inserta Carreño al final del v. 13
(y que
no
estaba en la ed. Cátedra) hace de
volviste
un verbo
intransitivo (‘regresaste’), lo cual indica que se le escapó el sen-
tido; es naturalmente verbo transitivo (‘transformaste’): “volvis-
te nieve las rosas” significa ‘te pusiste pálida’.
# 374, “Picó atrevido un átomo viviente…”. Las “dos puntas
de marfil” no son ‘las dos uñas entre las que perece la pulga’. A
la pulga no se la mata entre las uñas (como al piojo), sino retor-
ciéndola vigorosamente entre los dedos. Esas “puntas” son las
yemas del índice y el pulgar de Leonor. Cf. v. 7: “y
torciendo
su
vida bulliciosa…”.
# 375, “Dos cosas despertaron mis antojos…”. Dice Carre-
ño: “
antojos
: ‘juicios sobre una cosa sin fundamento’”. Esto no
puede valer aquí: buen fundamento tenía Lope para admirar
322
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
a Rubens y a Marino; “mis antojos” es ‘mis gustos’, ‘mis prefe-
rencias’.
# 378, “Puso tan grande amor (si amor se llama)…”. Aquí
cuenta Burguillos el caso de un hombre que se enamoró de su
gata, “décima de las nueve de la fama” (v. 4). En estas palabras
ve Carreño una ponderación de “la hermosura de la gata, la dé-
cima musa por quien pierde el seso el galán”. Pero aquí no vie-
nen al caso la hermosura ni las Musas. Se olvida Carreño de “
los
Nueve de la Fama” (a quienes dedica un amplio comentario en
el # 61). A las nueve más famosas cazadoras de ratones se suma
ahora esta insigne gata. Habría que poner mayúsculas: “las
Nueve de la Fama”.
# 380, “Lope, yo quiero hablar con vos de veras…”, v. 4:
“Musas
rateras
” no quiere decir ‘ladronas’, sino ‘pedestres’,
‘que no se levantan del suelo’.
# 414, “Mañanicas floridas…”. Este villancico tiene sólo 12
versos. Lo que viene después es un villancico distinto, “Ale-
gráos, pastores…”. Debiera haber separación entre uno y otro
(tal como en el # 417 están separados “En las mañanicas…” y
“Sale el mayo hermoso…”).
# 416, “Al villano se lo dan…”. Aquí se le escapó a Carreño
remitir a M. F
RENK
,
Corpus de la antigua lírica popular
, núm. 1540.
# 422, “¿De dó viene, de dó viene?…”. La nota al v. 35 dice
así: “
chapetón castellano
: nombre dado en México al castellano o
europeo pobre, recién llegado; también al que volvía de las In-
dias sin lograr fortuna”. Pero esto contradice lo que se lee en la
nota inicial: que el baile “¿De dó viene?” comenta “la llegada del
Amor bajo la máscara de un indiano
rico
procedente de Pana-
má”. Por lo demás, al español (pobre o no pobre) recién llega-
do se le dijo en México
gachupín
mucho más que
chapetón
(voz
sobre todo peruana). El Amor es no sólo “chapetón castellano”,
sino también “criollo disfrazado”. No hay que buscarles sentido
preciso a
chapetón
ni a
criollo
, voces de que se sirve Lope para po-
ner algún colorido americano en este “baile de Panamá”.
# 426, “A caza va el caballero…”. Aquí, como en el # 414,
presenta Carreño como una sola dos composiciones distintas;
la segunda comienza en el v. 21: “Por el montecico sola…”.
# 431, “Un soneto me manda hacer Violante…”. En la nota
inicial menciona Carreño “Pedís, reina, un soneto; ya le ha-
go…”, soneto “atribuido a Diego Hurtado de Mendoza”. Ya na-
die se lo atribuye. El autor es un Diego de Mendoza (sin
Hurtado
), contemporáneo de Lope.
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
323
III. Q
UEVEDO
La
Polimnia
, segunda de las seis
Musas
que integran el
Parnaso
español
publicado en 1648 por Jusepe Antonio González de
Salas, “canta poesías morales, esto es, que descubren y mani-
fiestan las pasiones y costumbres del hombre, procurándolas
enmendar”. Consta de 110 sonetos y dos poemas largos: “¡Oh
corvas almas, oh facinorosos…!” (o sea el “Sermón estoico de
censura moral” que, con sus 389 versos, es el poema más largo
que hizo Quevedo en metro de silva) y “No he de callar, por
más que con el dedo…” (o sea la famosa “Epístola satírica y
censoria”, en tercetos).
L. Astrana Marín y J. M. Blecua editaron en un solo conjun-
to toda la poesía “seria” de Quevedo, desmembrando la
Polimnia
y añadiéndole composiciones igualmente serias procedentes
de
Las tres Musas últimas
publicadas por Aldrete en 1670 (en
particular quince de los “salmos” del
Heráclito cristiano
y casi to-
das las silvas). Alfonso Rey ha decidido ahora “restaurar” la uni-
dad original, sin añadidos
26
, aunque las poesías entremetidas
por Astrana y por Blecua descubran también “las pasiones y
costumbres del hombre” y tengan la misma tónica grave y sen-
tenciosa que las de la
Polimnia
.
Algo que llama inmediatamente la atención es la
uniformi-
dad
de los 110 sonetos, la semejanza estructural de unos con
otros. Están, por así decir, cuidadosamente “programados”.
Han salido de un mismo tipo de molde. Suelen ser desarrollo
de una “sentencia” antigua, y muchos tienen como punto de
partida o trampolín la cita expresa de esa sentencia. Así, “Pró-
vida la Campania al gran Pompeo/ piadosas, si molestas calen-
turas…” (soneto 1) es traducción de un pasaje de Juvenal
(“Provida Pompeio dederat Campania febres/ optandas…”), y
“Quitar codicia, no añadir dinero,/ hace ricos los hombres…”
(soneto 2) es traducción de una máxima de Séneca (“Si vis divi-
tem facere, non pecunias adjiciendas, sed cupiditati detrahen-
dum est”). El proceso de composición es muy “visualizable”:
está Quevedo leyendo a Plutarco, a Epicteto, a algunos Padres
de la Iglesia, a los satíricos latinos (Marcial, Persio, Petronio y
324
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
26
F
RANCISCO DE
Q
UEVEDO
,
Poesía moral (Polimnia
), ed. Alfonso Rey, 2
a
ed., rev.
y ampliada, Tamesis, Madrid, 1999; 407 pp. (
Serie Textos
, 43). No conozco la 1
a
ed. (1992), pero, según la “Nota” de las pp. 11-12, y en palabras del propio Al-
fonso Rey, la 2
a
“constituye un libro nuevo, que reemplaza al anterior”.
sobre todo Juvenal), o bien a Séneca, su filósofo predilecto, y
de pronto se detiene ante una frase llamativa por profunda,
por lapidaria, por paradójica, etc., y piensa: “Aquí tenemos con
qué fabricar un soneto. ¡Ea, manos a la obra!”. Por regla gene-
ral, a partir del segundo cuarteto
y aun antes
abandona el
modelo inicial y continúa con desarrollos propios, condensa-
ción de otras lecturas, o mosaicos de ideas que le son muy que-
ridas, pues las repite aquí y allá, en verso lo mismo que en
prosa. Por supuesto, se esmera en la terminación del soneto,
haciéndola especialmente “memorable”, como “Pues asco den-
tro son, tierra y gusanos” (v. 14 del soneto “¿Miras este gigante
corpulento…?”), o como “Y no hallé cosa en que poner los
ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte” (final de “Miré los
muros de la patria mía…”). Pero entre el vistoso comienzo y el
vistoso final se apretujan, a menudo sin ilación aparente, ele-
mentos nuevos, digresiones, “conceptos”, de manera que la
comprensión del pequeño
pot pourri
suele ser bastante ardua.
A veces un solo tema da alimento a dos sonetos seguidos, v.
gr. 3 y 4 (palabras de Tácito sobre Séneca), 28-29 (sentencias
de san Agustín y san Ambrosio), 98-99 (la cortesana Frine) y
105-106 (pasajes del libro de Daniel). Hay otras agrupaciones
muy visibles: Séneca es el punto de partida de seis sonetos se-
guidos (33 a 38); Juvenal lo es de tres (98-100), y también de
ocho de los veinte iniciales. Algunos están hechos todos de tó-
picos de la filosofía estoica, Séneca en especial, y en varios de
ellos (82, 83, 84, 93) el senequismo está expresamente cristiani-
zado. Predominan el decoro “clásico” y el aire de
philosophia pe-
rennis
: tópicos consagrados, figuras ejemplares, alegorías,
emblemas: Astrea (9), Faetonte (23), el ostracismo ateniense
(71), Dionisio y Damocles (69), Seyano (98), la ruina del Impe-
rio romano (80), la nave (59, 63, 89), la tempestad (17, 101), el
peñasco azotado por las olas (74), el rayo (58), el águila (11),
el león y el ratón (30, apólogo de Esopo), etc. De manera ex-
cepcional, cuatro de los sonetos (19, 67, 77 y 107) comentan
sucesos del momento para sacar de ellos una lección moral. El
más famoso de todos, “Miré los muros de la patria mía…”, deja
la impresión de haber tenido como punto de partida una visita
de Quevedo a su ruinosa Torre de Juan Abad, aunque todo él
está amasado en pensamientos de Séneca.
La primera parte del libro (pp. 15-139) es un “Estudio” de
índole técnica: historia del texto, descripciones bibliográficas
(de impresos y de manuscritos) y finalmente edición de diecio-
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
325
cho poemas en que hay variantes de alguna consideración fren-
te a los impresos en el
Parnaso
. (El soneto 50, “Pise, no por des-
precio, por grandeza…”, figura en 13 manuscritos y en 3
impresos; el 68, “Miré los muros de la patria mía…”, en 7 ma-
nuscritos y en
Las tres Musas últimas
; una versión del “Sermón
estoico” tiene 322 versos, otra 384, y la del
Parnaso
389.)
Rey presta la debida atención a “la ordenación en
Musas
(pp. 21-24), esto es, la asignación de los distintos géneros de
poesías a su respectiva Musa “inspiradora” (cuáles le tocan a
Clío, cuáles a Erato, etc.), pero no dice nada en cuanto a la or-
denación interior de la
Polimnia
(por ejemplo, las agrupaciones
que antes señalé). Para González de Salas (prólogo del
Parna-
so
), tan importante era la decisión en cuanto a “las professiones
que se applicassen a las Musas” como la relativa a “la distribu-
ción de las obras” (o sea el lugar de las poesías dentro de cada
Musa
). Es imposible, desde luego, precisar el papel que en es-
tas dos ordenaciones tuvieron Quevedo y su editor, pero me
parece que Rey achica indebidamente el de González de Salas.
Yo creo que todo esto fue tarea de él más que del poeta. Me
convence la enfática declaración del prólogo: tras resolver mu-
chos problemas (tras limar muchas “aspereças”), finalmente
habemos
erigido este Español Parnaso”; y, muy a sabiendas de
que los mal pensados atribuirán este plural a “envidia” (a ganas
de vestirse de plumas ajenas), insiste: “Que
habemos
, digo”. Y no
sólo eso. Hay que pensar en los epígrafes y en las notas sobre
fuentes (Séneca, Juvenal, etc.), cosas ambas tan iluminadoras,
tan útiles
a menudo imprescindibles
para entender a un
poeta que, muy especialmente en la
Polimnia
, suele ser mucho
más intrincado que Góngora. (Dicho sea de paso, la labor de
González de Salas, primer editor de las poesías de Quevedo, es
muy superior a la de los dos primeros editores de Góngora.)
Se echa de menos en este “Estudio” inicial una sección de-
dicada a los aspectos propiamente literarios (el pensamiento
estoico, sus fuentes, su expresión poética), ya que, como dice
R
AIMUNDO
L
IDA
(
Prosas de Quevedo
, Barcelona, 1981, p. 13), si pa-
ra expresar sus pensamientos “sobre vida, muerte, condición
humana” suele servirse Quevedo de la prosa, “su pensar más
elevado puede «nuclearse»
mejor
en torno a una parte
me-
morable
de sus versos”. Claro que la falta de una visión de
conjunto está más que compensada por la riqueza verdadera-
mente deslumbrante de las notas que acompañan a cada poe-
ma (explicaciones léxicas, reminiscencias, pasajes paralelos de
326
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
otros autores y sobre todo de Quevedo mismo, etc.) Las obser-
vaciones que siguen son minucias, pero de algo pueden servir.
# 9, “Arroja las balanzas, sacra Astrea…”. El v. 9, “Ya militan
las leyes y el derecho”, recuerda a Góngora: “con bártulos y
abades la milicia,/ y los derechos con espada y daga” (soneto
“Grandes más que elefantes y que abadas…”).
# 14, “Lágrimas alquiladas del contento…”. El epíteto
To-
nante
del v. 14 no viene de
tonitrualis
, sino simplemente de
tonans
, participio de
tonare
‘tronar’.
# 19, “Si son nuestros cosarios nuestros puertos…”, v. 7:
acuerdan
la conciencia perezosa” no es propiamente ‘la hacen
cuerda’, sino ‘la despiertan’.
# 20, “Señor don Juan, pues con la fiebre apenas…”. El epí-
grafe dice: “A un amigo, enseñándole a morir antes”: ese amigo
debe de ser el mismo “ilustre señor don Juan” (Girón y Zúñiga)
a quien González de Salas dedica el “Sermón estoico” (p. 319),
tal como el “oh gran don Joseph” del # 109 es González de Salas.
# 26, “¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?…”. A propósito
del v. 11, “soy un fue y un seré y un es cansado”, cita Rey este
pasaje del
Chitón de las tarabillas
: “¿Hubo ánimo para subir el ve-
llón, que fue, es y será la desolación de todo, y ha de faltar para
bajarle?”. Esto no viene muy al caso, pues
fue
,
es
y
será
son en el
Chitón
verdaderos verbos, mientras que en el verso del soneto
están sustantivados. El verso es ciertamente impresionante, pe-
ro no tiene nada de “linguistically violent” (como cree Elias
Rivers, citado por Rey): “un
fue
”, “un
es
” y “un
será
” son tan lin-
güísticamente normales como “un
declaramos
”, “un
mirar
”, “un
”, “un
mientras
”, “un
etc
.”. Cf. la copla “¡Si mi
fue
tornase a
es
/
sin esperar más
será
…!”, de un cancionero de la Biblioteca Vati-
cana, citado por H. G. J
ONES
,
NRFH
, 21 (1972), p. 389.
La
idea de las muertes sucesivas (“presentes sucesiones de difun-
to”) está no sólo en Séneca, sino también en Plutarco,
De E
apud Delphos
, 18 (
Moralia
, 392 D-F).
# 34, “Un godo, que una cueva en la montaña…”. Los vv. 9-
10, “…Colón pasó los godos/ al ignorado cerco de esta bola”,
significan simplemente que Colón descubrió para los españo-
les una parte antes ignorada de nuestro globo. No veo que la
cita de Étienne Gilson venga al caso.
## 43 y 44, “Ven ya, miedo de fuertes y de sabios…”. En “hu-
ya el cuerpo indignado (o «irá la alma indignada») con gemi-
do/ debajo de las sombras”, no creo que haya que buscarle un
significado particular a la
indignación
: Quevedo se limita a tra-
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
327
ducir el famoso verso final de la
Eneida
. (Cf. también el final
del
Orlando furioso
: “bestemmiando fuggí l’alma
sdegnosa
…”.)
# 51, “Tuvo enojado el alto mar de España…”. Es éste uno
de los raros casos en que Rey no ha logrado precisar la fuente
indicada por González de Salas (“Agatón Samio, poeta trági-
co”); pero también una buena muestra de su empeño indaga-
dor. (En cambio, el # 56, “Si no temo perder lo que poseo…”,
se puede tomar como ejemplo de soneto pertinente y abun-
dantemente explicado en las notas.)
# 66, “¡Oh, fallezcan los blancos, los postreros/ años de Cli-
to!”. Dice González de Salas: “Este soneto es imitado de Per-
sio…, y ansí de sentencia dificultosa”. En efecto, Persio es
proverbialmente dificultoso por lo apretado de su lenguaje (y
aquí el de Quevedo no le va en zaga). Sobre
fallezcan
comenta
Rey: “Clito pide que su vejez no llegue, o que se acabe si ya está
en ella”, lo cual no tiene mucho sentido. Persio está dando
ejemplos de las súplicas imbéciles que muy en lo interior sue-
len dirigirse a los dioses, y el primero es: ‘¡Que se muera mi tío
[para quedarme yo con sus riquezas]!’. Ese tío (
patruus
) tiene
nombre propio en el soneto: ‘¡Ojalá se muera ya Clito!’ (cf. la
silva “Diste crédito a un pino…”, vv. 76-79). Parece inadverten-
cia de Quevedo el atribuir al mismo Clito, en el último terceto,
esos deseos asesinos. (El segundo ejemplo de súplica imbécil,
‘¡Que me encuentre un tesoro!’, está en los vv. 3-4 del soneto.)
# 68, “Miré los muros de la patria mía…”. Este soneto, y el
109, “Retirado en la paz de estos desiertos…”, son los más pro-
fusamente ilustrados por Rey. Las notas son un festín de erudi-
ción. Las del 109 no dejan nada sin aclarar. Pero en el 68 hay
dos problemas de comprensión. Por una parte, el segundo
cuarteto está interrumpiendo la continuidad entre lo que pre-
cede (“Miré los muros”) y lo que sigue (“Entré en mi casa”) in-
troduciendo imágenes muy extrañas: un
sol
que bebe arroyos y
unos ganados que se quejan del monte porque les tapa el
sol
.
Por otra parte, la palabra
patria
es enigmática: unos críticos in-
terpretan ‘España’, otros ‘una ciudad’, otros ‘una casa’. Yo creo
que la solución de los dos problemas está en el romance “Son
las torres de Joray…”, que es como la “versión jocoseria” del
grave y solemne soneto. Tras la descripción de las ruinas (“cala-
vera”, “esqueleto”), también en el romance se menciona la
enojosa sombra de un monte. Las torres de Joray, como se sa-
be, eran un castillo en ruinas, muy cercano a la torre de Juan
Abad, la “casa” heredada por Quevedo de sus antepasados, y de
328
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
la cual era “señor” (aunque no la habitaba, y por eso estaba
también en ruinas). En el romance añade Quevedo un dato de
interés: “Este monumento bruto/ me señalaron por cárcel”.
Me parece que soneto y romance se refieren a la llegada del
poeta a su casa cuando fue desterrado de la corte. El soneto re-
gistra sus impresiones al apearse frente a eso que va a ser su
“cárcel” el tiempo que dure el castigo: ve ante todo lo ruinoso
de la fábrica (paredes a punto de caerse, etc.); en seguida echa
una mirada al desolado entorno (la sombra del monte, que en
el soneto motiva la queja de los ganados, y que en el romance
cae directamente sobre la casa, para “vestirla de luto”); y final-
mente se anima a entrar (culminación de toda esa melancolía).
Pero Quevedo es el maestro de la hipérbole. La torre (de Juan
Abad) se convierte en las torres (de Joray). La ruina de la casa y
la del castillo se funden en una sola, espectacular y patética: lo
que era el “homenaje” es ahora un bulto informe y amenaza-
dor; donde había “alcaides” ahora hay búhos. Y, además de esta
fusión, en el soneto hay otra: los sentimientos de Quevedo son,
ni más ni menos, los de su admirado Séneca la vez que visitó su
muy abandonada casa campestre (su
suburbanum
). La vida
coincide punto por punto con la literatura en este extraordina-
rio soneto. El romance no menciona al sol que bebe arroyos re-
cién “desatados” del hielo, pero sí habla de un arroyo, el
Guadalén, que, como corre al pie del monte, sabe cuántos pun-
tos calzan sus juanetes. (Donde sí hay un sol que bebe el agua
de una “corriente clara” desatada por el hielo es en la silva “A
una fuente”.) Otro interesante detalle del romance está en los
versos donde dice Quevedo que ese esqueleto de casa “me se-
ñalaron por
cárcel
,/ yo le tomé por
estudio
”; y prosigue: “Aquí,
en cátedra de muertos,/ atento le oí discursos/ [al] bachiller
Desengaño/ contra sofísticos gustos”,
lo cual apunta hacia el
otro soneto famoso, el 109: “Retirado en la paz de estos desier-
tos…/ vivo en conversación con los difuntos”.
# 81, “Harta la toga del veneno tirio…”. No recoge Rey la
sugerencia de M
ARÍA
R
OSA
L
IDA
,
RFH
, 1 (1939), p. 373, en cuanto
a la fuente de este soneto (anécdota del filósofo Aristipo reco-
gida por Diógenes Laercio).
# 87, “No digas, cuando vieres alto el vuelo…”. Soneto diri-
gido, como dice el epígrafe, “contra los hipócritas y fingida vir-
tud de monjas y beatas”. No está de más recordar que en
tiempos de Quevedo (y aun después: cf. la
Virtud al uso y mística
a la moda
de Fulgencio Afán de Rivera) fingir virtud era buena
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
329
forma de medrar: devotos que se lucen, mujeres que no salen
de la iglesia, monjas que se las arreglan para criar fama de san-
tas y aun de extáticas. Rey no encuentra en el soneto mismo nada
que justifique la mención de “monjas y beatas” (“O González
de Salas se excedió en su explicación, o conocía la verdadera, y
algo enmascarada, intención de Quevedo”). Pero el significado
del v. 8, “traza es la cuerda y es rebozo el velo”, no puede ser si-
no éste: las beatas y monjas hipócritas se azotan con una disci-
plina (
cuerda
) y se tapan el rostro con un
velo
; pues bien, ese
azotarse es un truco bien calculado (
traza
), esa modestia es una
tapadera (
rebozo
). El propio Rey observa que las palabras “mon-
jas y beatas” se suprimieron en la edición de 1654 (señal de que
el censor las halló reprobables). Dice también que en la
Polim-
nia
hay condenas de “la ambición y vanidad”, no de “la hipocre-
sía o la impiedad”; pero ¿qué cosa es la virtud fingida sino una
forma de ambición y vanidad? Por lo demás, el soneto 37 (“Si el
sol, por tu recato diligente…”) se dirige expresamente a los hi-
pócratas impíos
27
.
Creo que Rey no interpreta bien el v. 11,
equivoca
su sitio y su semblante”: gracias a la altura (
sitio
) y al
resplandor (
semblante
) que adquiere al lanzarse al aire, el cohe-
te parece confundirse (
equivocarse
) con las estrellas, pero no
tarda en deshacerse en humo.
# 69, “Tirano de Adria el Euro, acompañada…”. Buena
muestra del gongorismo que muy
malgré lui
se le infiltra a Que-
vedo: “bien presumida y mal aconsejada”, “líquida muerte be-
be”, “la playa procelosa/ infamó, en mil naufragios dividida”,
“que repita su ruina lastimosa”. (Cf. # 95, v. 2: “y tanta invidia
en poco bulto encierra”).
# 90, “Esa frente, oh Giaro, en remolinos/ torva, y en rugas
pálida y funesta…”: se trata, como dice el epígrafe, de la frente
de un ignorante que, “severo y misterioso de figura”, quiere pa-
recer un sabio sumido en profundas meditaciones pero a nadie
engaña. Según Covarrubias, citado por Rey, “el remolino en
medio de la frente tienen [los fisionómicos] por mejor que los
demás, y arguye ánimo leonino”; pero, naturalmente, este re-
molino no está
en
la frente, sino donde nace el cabello. Parece
más bien que los
remolinos
equivalen a las
arrugas
y a los “sem-
330
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
27
El exhibicionismo de los disciplinantes de Viernes Santo es denostado
por Quevedo en la “silva” (en tercetos) “Deja la procesión, súbete al paso…” y
en el romance “Fulanito, citanito,/ entremés de la Pasión…”. Cf. también “No
sé si es alma, si almilla…”.
blantes
ceñudos
” (v. 5). Y no viene al caso decir que existe un
sustantivo
torva
‘remolino de lluvia o nieve’, puesto que aquí se
trata sin duda del adjetivo
torva
‘fiera’, ‘aterradora’ (más que fi-
lósofo, ese ignorante parece toro: v. 3)
28
.
# 109, “Retirado en la paz de estos desiertos…”. El adjetivo
músicos
del v. 7 no significa ‘poéticos’, sino precisamente ‘músi-
cos’ (califica a
contrapuntos
, tecnicismo musical). Lo que dice
Quevedo es que los grandes libros (en prosa o en verso) son
una música silenciosa, pero perdurable: “hablan despiertos”,
mientras nosotros dormimos el “sueño” de la vida.
# 111, “Oh corvas almas, oh facinorosos…”. Conviene leer
el comentario de A. C
ARREIRA
,
Gongoremas
, p. 374. El inicio pro-
cede de Persio, “O curvae
in terris
animae…” (‘Oh espíritus de-
masiado encorvados hacia la tierra’), pasaje aprovechado
asimismo, como observa Carreira, en el
Sueño del Infierno
: “Oh
corvas almas inclinadas
al suelo
”. Pero la supresión de
in terris
en
el poema “deja la expresión
corvas almas
desnuda, desprovista
de sentido”. A Quevedo esto “no le importa: lo que pretende es
que alguien igual de sabio que él o su amigo don Jusepe, con
los vestigios de la cita, recuerde la fuente. Los demás lectores
quedan excluidos no sólo del juego en sí sino también de la
comprensión”. (Yo diría más: las sentencias de moralistas y satí-
ricos antiguos que sirven de punto de arranque en estos eruditos
poemas le fueron comunicadas a Quevedo, probablemente,
por su devoto González de Salas, lector “profesional” de auto-
res clásicos. Las palabras “
habemos
erigido este Español Parna-
so” parecen aplicarse muy especialmente a la musa
Polimnia
.)
Termino con algunas otras minucias: p. 11, no “146.l”, sino,
evidentemente,
106.l
;
p. 18, no “Permesso”, sino
Parnasso
;
p. 22, § 3, falta acento en
Melpómene
;
p. 215, n. 2, lín. 2, “
unas
espectros”, y lín. 7, no “dicera”, sino
dicere
;
p. 216, n. 9, no
“animan” ni “in pulvis”, sino
animam
y
in pulverem
;
p. 277, n.
8, las palabras “Quevedo así” parecen errata por “Quevedo
hi-
zo
”;
p. 311, n. l, no “res”, sino
rex
;
# 71, “Miedo de la virtud
llamó algún día…”: en el epígrafe hay que quitar el acento de
NRFH
, XLVIII
DE GÓNGORA, LOPE Y QUEVEDO
331
28
El sustantivo
torva
es moderno (C
OROMINAS
,
s.v
. “turbar”, lo fecha en el
siglo
XIX
); lo antiguo es
tolva
, como se lee en
La hora de todos
, X, donde pinta
Quevedo una buscona piramidal que, sorbida por su “inmenso contorno de
faldas”, queda en figura de “campana vuelta del revés, con facciones de
tol-
va
”. Esta
tolva
(‘remolino’, ‘vórtice’), que no aparece en el
DRAE
ni en C
O
-
ROMINAS
, es evidentemente lo mismo que
tolvanera
.
“los
scholiastés
” (se trata de ‘los escoliastas’); en el v. 7 también
hay que quitar el acento de
Aníbal
(era voz aguda); en el 10, en
cambio,
ostraco
debe ser
óstraco
;
# 82, “Esta concha que ves,
presuntuosa…”: en general, Rey marca gráficamente las diére-
sis; debiera ser, pues,
presuntüosa
; también debiera leerse
Gïaro
en el verso inicial del # 90.
A
NTONIO
A
LATORRE
El Colegio de México
332
ANTONIO ALATORRE
NRFH
, XLVIII
logo_pie_uaemex.mx