Artículo en PDF
Cómo citar el artículo
Número completo
Más información del artículo
Página de la revista en redalyc.org
Sistema de Información Científica
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Copyright 2004 by Sociedad Chilena de Psicología Clínica
ISSN 0716-6184
Diferencias de género en bienestar y malestar emocional:
evidencias contradictorias
Gender differences in emotional wellness: contradictory evidence
Félix Cova Solar.
Universidad de Concepción, Chile
(Rec: 05 - abril - 2004
Acep: 17 - agosto - 2004)
Existe amplia evidencia respecto a que las mujeres informan experimentar más estados emocionales negativos en compa-
ración a los hombres. Paradójicamente, en diversos estudios, las mujeres también informan experimentar más bienestar,
emociones positivas y satisfacción con la vida que los hombres. Se han desarrollado pocos esfuerzos explicativos de estos
hallazgos aparentemente contradictorios, con excepción de la hipótesis que plantea que las mujeres tendrían una mayor
intensidad emocional. Sin embargo, no es claro hasta dónde ello es un fenómeno real o un artefacto derivado de la mayor
tendencia de las mujeres a expresar verbal y no verbalmente sus emociones.
Palabras claves:
género-bienestar emocional-intensidad afectiva-psicopatología’
There are wide evidence that women report to feel more negative emotional conditions compare with men.
Paradoxically,
in different studies women also report to feel more welfare, positive emotions and life satisfaction than men.
There are few explanations about these contradictory findings, except about hypothesis of higher emotional intensity in
women.
Nevertheless is not clear if that is a real phenomenon o a device derived of
the tendency of women to show
verbal and non verbal their feelings.
Key words:
gender-emotional well-being-affect intensity-psychopathology
Correspondencia: Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Psi-
cología, Universidad de Concepción, Barrio Universitario s/n,
Concepción.E-mail:
fecova@udec.cl
Introducción
Los estudios de prevalencia poblacional de síntomas de
malestar emocional y de trastornos afectivos han mostrado
que las mujeres satisfacen los criterios diagnósticos de tras-
tornos depresivos y ansiosos en una proporción claramente
superior a los hombres (Caro, 2001). Estos hallazgos han
sido replicados en estudios realizados en diversos lugares
del mundo, con empleo de metodologías rigurosas de
muestreo y con elaborados procedimientos de identificación
de
casos
(Kessler, McGonagle & Zhao, 1994; Weissman et
al., 1993).
En Chile, los dos estudios de prevalencia de
trastornos mentales más relevantes muestran tasas en las
mujeres de trastornos ansiosos y depresivos que duplican
las de los hombres (Araya, Rojas, Fritsch, Acuña & Lewis,
2001; Vicente, Rioseco, Saldivia, Kohn & Torres, 2002 ).
Todo ello ha llevado a generar múltiples esfuerzos
explicativos de estas diferencias: factores sociales relativos a
las condiciones de vida y distribución de oportunidades para
hombres y mujeres, así como la diferente exposición a algu-
nos tipos de situaciones estresantes (experiencias de abuso
sexual, exposición a violencia intrafamiliar) factores biológi-
cos (genéticos, funcionamiento neuroendocrino); factores re-
lacionados con el desarrollo de la personalidad, derivados tanto
de determinantes biológicos y temperamentales como de los
patrones de socialización y estructura social.
Entre estas ca-
racterísticas de personalidad que favorecerían una mayor
vulnerabilidad femenina se ha señalado una autoestima más
frágil, estilos de afrontamiento
que
intensifican
la
reactividad
emocional negativa (como la
rumiación),
una mayor
focalización en los vínculos interpersonales y un centramiento
en las necesidades de otros y subvaloración de las propias
(Caro, 2001; Nolen-Hoeksema & Rusting, 1999).
Es probable que parte de estas perspectivas explicativas
sean de gran importancia para dar cuenta del fenómeno plan-
teado, aun cuando sea necesario clarificar el peso relativo
de cada una. Sin embargo, estas distintas perspectivas
no
han considerado suficientemente que también existen dife-
rencias en el ámbito del bienestar subjetivo y satisfacción
con la vida, y que en varias investigaciones las mujeres apa-
recen también como más felices y satisfechas con la vida
que los hombres (Alexander & Wood, 2000).
El desarrollo de un enfoque amplio que dé cuenta de
estos hallazgos aparentemente contradictorios aún no ha
sido posible. En el presente artículo se analizan las evi-
dencias existentes al respecto y se presenta la teoría de la
intensidad emocional -que es la única que ha intentado ex-
plícitamente una explicación de éstas-,
revisando
críticamente sus proposiciones.
Bienestar subjetivo y género
El concepto de bienestar subjetivo amplía la mirada
desde la atención a los síntomas de malestar emocional a
la consideración de las emociones positivas, y el grado de
satisfacción vital, entre otros factores (Diener, Suh, Lucas
& Smith, 1999). La investigación del bienestar emocional
TERAPIA PSICOLÓGICA
2004, Vol.22, Nº 2, 165 -169
166
COVA SOLAR
TERAPIA PSICOLÓGICA 2004, Vol.22, Nº2, 165 -169
ha mostrado que las mujeres no sólo informan experimen-
tar más problemas emocionales, sino que también infor-
man experimentar más bienestar y mayores emociones
positivas que los hombres (Alexander & Wood, 2000;
Wood, Rhodes & Whelan, 1989). El análisis de la expre-
sión no verbal y registros psicofisiológicos de respuestas
emocionales también ha mostrado resultados en esta mis-
ma dirección (Nolen-Hoeksema & Rusting, 1999). La sa-
tisfacción con la vida, considerado un componente más
cognitivo del bienestar,
se ha encontrado ligeramente más
alta en mujeres que en hombres en varias culturas (Inglehart,
1990; Lee, Seccombe & Shehan, 1991; Wood et al., 1989).
Este hecho ha sido opacado no sólo por la escasa rela-
ción entre los estudios centrados en el bienestar psicológi-
co y los centrados en la psicopatología, sino también por
un tipo de medida de bienestar frecuentemente utilizada, la
balanza de afectos. La balanza de afectos es el resultado de
la estimación de la diferencia entre las emociones positi-
vas y negativas que cada persona experimenta (Alvaro &
Páez, 1996). Cuando se emplea esta medida, no se han ob-
servado diferencias relevantes entre hombres y mujeres en
el grado de bienestar subjetivo (Diener et al., 1999). Pro-
bablemente lo que ocurre es que el mayor informe de emo-
ciones negativas en las mujeres está contrarrestado por el
mayor informe de emociones positivas también en éstas.
Al anularse entre sí ambos informes, se obtiene un prome-
dio semejante al de los hombres (Wood et al., 1989).
Estos datos obligan a modificar en cierta medida la for-
ma habitual de
interrogación respecto a la salud mental
emocional de las mujeres, centrada en general en sus as-
pectos negativos.
La hipótesis de las diferencias en intensidad emocional
Una de las pocas teorías que explícitamente ha inten-
tado dar cuenta de esta doble tendencia a informar de más
emociones negativas y positivas de parte de las mujeres
ha empleado el constructo de
intensidad afectiva.
Diener,
Sandvik y Larsen (1985) proponen que la intensidad
afectiva corresponde a diferencias estables que existirían
entre las personas en el grado de intensidad con que ex-
perimentan afectos de distintas cualidades. Esto implica
que algunas personas tendrían una mayor propensión a
experimentar emociones fuertes, tanto positivas como ne-
gativas. Este atributo sería algo distinto a la frecuencia
con que se experimentan ciertas emociones (Schimmack
& Diener, 1997). Los estudios existentes muestran que la
intensidad afectiva es mayor en las mujeres (Fujita, Diener
& Sandvik, 1991; Diener et al., 1985). De acuerdo con
estos autores, ello podría explicar que las mujeres infor-
men experimentar en mayor grado que los hombres
tanto
experiencias emocionales negativas como positivas.
La
mayor intensidad afectiva de las mujeres ha sido obser-
vada en estudios que consideran distintas formas de valo-
ración de ésta: autoinformes, observadores externos, ob-
servación de la expresividad emocional (conducta no ver-
bal) y registros psicofisiológicos (Alexander & Wood,
2000; Fujita el al., 1991). Debe tenerse en cuenta, sin
embargo, que la intensidad emocional no implica necesa-
riamente
todo,
el espectro emocional y que existen algu-
nas emociones que aparentemente son más frecuentes e
intensamente experimentadas por los hombres, como el
orgullo, la confianza y, en ciertos contextos, la rabia
(Brody & Hall, 2000).
Experiencia, expresión y autoinforme de estados
emocionales
De ser corroborada la hipótesis de la mayor intensidad
emocional de las mujeres resulta necesario lograr una ex-
plicación del motivo de esta. Por otro lado, esta hipótesis
está en concordancia con los estereotipos sociales existen-
tes, y tiene el gran riesgo de los sesgos implícitos en ello
(Madden, Feldman Barret & Pietromonaco, 2000).
El principal sesgo, y más complejo de determinar, es el
relativo a la relación entre la experiencia emocional que la
persona vive con lo que comunica verbal y no verbalmente
respecto a ésta. Podrían existir diferencias entre hombres y
mujeres en las formas de comunicar verbal y no verbal-
mente sus experiencias emocionales, y no necesariamente
en el grado en que las experimentan. También estas dife-
rencias podrían estar dadas por las formas de recordar y
valorar situaciones y experiencias vividas. Dado que tanto
los cuestionarios como las entrevistas dependen en gran
medida del informe de las personas y que son habitual-
mente retrospectivos, éstos son fuentes potenciales de ses-
go relevante (Brody, 2000).
La distinción entre patrones internalizadores y
externalizadores de expresión emocional sugiere que efec-
tivamente existe un sesgo en la comunicación emocional.
Se ha observado en los hombres una mayor frecuencia de
un patrón internalizador, esto es, a mostrar una reacción
fisiológica “emocional” relevante ante un evento sin ex-
presión emocional abierta de ello; en cambio, las mujeres
aparecen más externalizadoras (una expresión emocional
manifiesta sin un grado de activación psicofisiológica no-
torio) y generalizadoras (expresión manifiesta en todos los
planos) (Brody, 2000; Vergara & Páez, 1989).
También se
ha sugerido que las mujeres tienden más a reconocer sus
respuestas emocionales (más sensibilizadoras) y los hom-
bres a experimentar una baja vivencia subjetiva de la emo-
ción (más represores) (Vergara & Páez, 1989). Algunos
autores caracterizan la emocionalidad masculina como
inhibida o restrictiva, lo que determinaría una imposibili-
dad de expresar ciertas emociones dado que no serían re-
conocidas, o estarían enmascaradas por otras emociones
más aceptables para
la identidad de género masculina, como
la rabia (Janz, 2000).
DIFERENCIAS DE GÉNERO EN BIENESTAR Y MALESTAR EMOCIONAL: EVIDENCIAS CONTRADICTORIAS
167
TERAPIA PSICOLÓGICA 2004, Vol.22, Nº2, 165 -169
Otro tipo de diferencia ha sido mostrado por
estu-
dios que
comparan el registro
diario que hacen hom-
bres y mujeres de sus experiencias emocionales con
autoinformes retrospectivos de carácter global, donde
se ha encontrado una llamativa diferencia: hombres y
mujeres no difieren entre sí en el registro de emociones
negativas experimentadas diariamente; en cambio, al
solicitar a estos mismos grupos de hombres y mujeres
una evaluación retrospectiva global del estado emocio-
nal experimentado en el periodo estudiado, la evalua-
ción de las mujeres es más negativa. De acuerdo con
estos resultados, el autoinforme global de los hombres
es más concordante con el de sus experiencias diarias
que el de las mujeres
(Feldman Barret, Robin,
Pietromonaco & Eyssell, 1998). Lo mismo ocurre con
la medición de la intensidad emocional de ciertos even-
tos; cuando el informe de la experiencia se refiere a una
situación actual, hombres y mujeres describen la inten-
sidad en forma equivalente; en cambio,
retrospectiva-
mente, las mujeres describen su experiencia como más
intensa
(Seidlitz & Diener, 1998).
Una forma de explicación de estos hallazgos es que
las evaluaciones globales y
retrospectivas de las expe-
riencias emocionales son más susceptibles a la influen-
cia del estereotipo respecto a la mayor emocionalidad
femenina, que operaría tanto en relación con los estados
emocionales negativos como positivos. Ello concuerda
con estudios que indican que la forma de rotular las ex-
periencias vividas está influida por los estereotipos de
género. Page y Bennesch (1993) encuentran que los hom-
bres informan significativamente menos síntomas si les
aplican
un cuestionario titulado de “depresión” que uno
idéntico pero titulado como “adversidades cotidianas”.
También se ha encontrado que las mujeres que creen que
la emocionalidad es una característica femenina,
infor-
man de más intensas experiencias emocionales, y que lo
inverso ocurre con los hombres que suscriben esta mis-
ma creencia (Alexander & Wood, 2000; Grossman &
Wood, 1993).
Aun cuando las evidencias señaladas podrían suge-
rir que los estereotipos de género inciden sólo en la
comunicación de las emociones, se podría plantear que
esta distinta forma de comunicación también refleja una
experiencia distinta de ellas. No sólo sería el informe
y expresión de la emoción el distinto, sino que de las
situaciones emocionales diferiría en función de la exis-
tencia de formas de procesamiento emocional diferen-
ciadas. Seidlitz y Diener (1998) encuentran que las di-
ferencias en el recuerdo de experiencias afectivas se
debería a que las mujeres codifican sus experiencias
en forma más detallada. Una explicación complemen-
taria es que las mujeres tenderían a focalizar más su
atención en sus procesos anímicos, serían más
rumiadoras y compartirían más con otros sus experien-
cias afectivas, lo cual favorecería una intensificación
de estas experiencias y un mayor conocimiento de ellas;
todo ello explicaría que sean mejor recordadas (Fivush
& Buckner, 2000). Por otro lado, debe considerarse que
los estereotipos influyen tanto en el propio comporta-
miento como en el de otros a través de mecanismos de
retroalimentación tipo profecía autocumplida, implican-
do que no sólo la expresión emocional se puede ver
afectada por ellos sino también la experiencia vivida
(Fabes & Martin, 1991).
Otro factor insuficientemente considerado es que la dis-
tinta forma de procesamiento no sólo determine diferen-
cias en la intensidad de una experiencia emocional especí-
fica, sino en el tipo de experiencia. Hombres y mujeres
podrían experimentar en formas cualitativamente distintas
ciertas experiencias, lo que podría ser subvalorado si la for-
ma prototípica de experiencia de un género es aplicada a
otro. Así, por ejemplo, se ha planteado que la descripción
de trastornos depresivos al uso podría estar sesgada hacia
las formas de experiencia de disforia más habitual en la
mujer (Wilhelm & Parker, 1993; Sprock & Yoder, 1997).
O que en algunos casos, la respuesta de hombres y mujeres
a un evento es igualmente intensa, sólo que el hombre
externaliza
su disforia
(a través de conductas impulsivas,
consumo de sustancias, mayor
empleo de defensas
proyectivas, canalización de la disforia como rabia) y la
mujer las internaliza (Brody, 1985; Janz, 2000).
Factores sociales determinantes de las diferen-
cias en “emocionalidad”
Todas las líneas explicativas sugeridas, si bien con me-
canismos distintos, tienden a coincidir en que la comuni-
cación y experiencia de estados emocionales positivos y
negativos sería, en general, más notoria en las mujeres, y
que ello contribuiría a explicar
por qué la aparente parado-
ja de los estudios que muestran que tanto el malestar como
el bienestar emocional aparecen más destacados en éstas.
Como ya se ha indicado, esta mayor emocionalidad
no sólo implica una mayor intensidad efectiva de las ex-
periencias emocionales, sino también diferencias en el
modo de recordar y comunicar estas experiencias. Todo
ello sugiere tanto una mayor aceptación de las emociones
y un mayor
desarrollo afectivo las mujeres, con aspectos
positivos (mayor capacidad de disfrute, mayores capaci-
dades de decodificación emocional y de respuestas
empáticas) como negativos (más vulnerabilidad al sufri-
miento emocional). Por otra parte, el desarrollo emocio-
nal en los hombres sería más restrictivo. Ello tendría la
ventaja de operar protectoramente en cuanto a la expe-
riencia de estados emocionales negativos como la depre-
sión y ansiedad. Sin embargo, hace más probable una
mayor vulnerabilidad a presentar comportamientos y tras-
168
COVA SOLAR
TERAPIA PSICOLÓGICA 2004, Vol.22, Nº2, 165 -169
tornos externalizados
1
como la agresividad y el consumo
de sustancias, así como también un efecto en la salud físi-
ca negativo (Copenhaver & Eisler, 1996; Janz, 2000;
Nolen-Hoeksema & Rusting, 1999).
De acuerdo con diversos autores, estas diferencias en
la emocionalidad se derivan en gran medida de factores
relacionados con la socialización y la estructura social, aun
cuando es posible que también puedan influir algunos fac-
tores biológicos todavía no clarificados (Brody, 2000; Zahn-
Waxler, 2000).
Los roles sociales asignados en las socie-
dades a hombres y mujeres harían más funcional una ma-
yor emocionalidad de las mujeres, dada su mayor relación
con los vínculos interpersonales, y también sería coheren-
te con su menor estatus y poder en la mayoría de las socie-
dades (Fivush & Buckner, 2000; Vergara & Páez, 1989)
Discusión
La explicación de las diferencias de género en malestar
y psicopatología emocional es de crucial significación, dada
la alta prevalencia de éstos y las aparentemente marcadas
diferencias que muestran hombres y mujeres en su distri-
bución. Sin embargo, esta explicación no debe ignorar que
también muchos estudios muestran que las mujeres expe-
rimentan más emociones positivas, bienestar y satisfacción
con la vida que los hombres. La única hipótesis que ha
abordado explícitamente esta paradoja es la de la intensi-
dad emocional. Aun cuando esta hipótesis ha recibido res-
paldo, no está claro en qué medida esta mayor intensidad
es realmente una diferencia en la experiencia emocional
vivida o un producto de una distinta forma de comunicar
los estados emocionales entre hombres y mujeres. Los re-
sultados de las investigaciones sugieren que ambos aspec-
tos deben ser considerados. También se debe tomar en cuen-
ta que es posible que existan diferencias en la forma de
experimentar ciertos estados emocionales, o sea, que las
diferencias no sean sólo cuantitativas sino cualitativas.
Una implicación directa de los hallazgos presentados
es que la investigación epidemiológica de los trastornos
emocionales comunes, en particular los menos intensos
como los episodios depresivos leves y el trastorno mixto
ansiosodepresivo, debe tener presentes los posibles sesgos
de género en sus resultados. Estas investigaciones emplean
entrevistas retrospectivas de síntomas, que pueden ser des-
igualmente recordados y comunicados por hombres y mu-
jeres, existiendo además cierta tendencia a sobre-estimar
las vivencias negativas de parte de estas últimas. Dado que
estas investigaciones sólo exploran malestar, podrían estar
obteniendo una imagen más negativa de las experiencias
emocionales femeninas que si estuvieran complementadas
por estudios de salud mental positiva. Por otro lado, es
posible que ciertas formas de malestar emocional en los
hombres no sean adecuadamente pesquisado con los con-
ceptos y estrategias de investigación al uso.
La mayoría de los estudios en el tema han sido realiza-
dos en países de mayor desarrollo económico. La investi-
gación en nuestra realidad es particularmente importante,
dado que podrían existir especificidades culturales que no
han sido consideradas. Un ejemplo de ello lo sugieren los
estudios que muestran tasas más altas de trastornos emo-
cionales en Chile (Araya, 2001) y una encuesta reciente,
donde las mujeres chilenas señalan estar más insatisfechas
con su vida
que los hombres (Méndez,
2004).
Referencias
Achenbach, T. (1998). Diagnosis, assessment, and taxonomy. En T.
Ollendick & M. Hersen (Eds.),
Handbook of child psychopathology
(pp. 63-87). New York: Plenum Press.
Alexander, M. & Wood, W. (2000). Woman, men, and positive emotions:
A social role interpretation. En A. Fischer (Ed),
Gender and Emotion.
Social Psychological Perspectives
(pp. 189-210). Cambridge:
Cambridge University Press.
Alvaro, J.L. & Páez, D. (1996). Psicología social y salud mental. En
F.J.Morales (Ed),.
Psicología Social Aplicada
(pp. 387-407). McGraw-
Hill: Madrid.
Araya, R. Rojas, G.,
Fritsch, R., Acuña, J. & Lewis, G.( 2001). Common
mental health disorders in Santiago, Chile: Prevalence and socio-
demographic correlates.
British Journal of Psychiatry
, 178, 228-233.
Brody, L. (2000). The socialization of gender differences in emotional
expression: Displey rules, infant temperament, and differentiation. En
A. Fischer (Ed),
Gender and Emotion. Social Psychological
Perspectives
(pp. 24-47). Cambridge: Cambridge University Press.
Brody, L. (1985). Gender differences in emotional development: a review
of theories and research.
Journal of Personality, 53,
102-149.
Brody, L. & Hall, J. (2000). Gender, emotion, and expression. En M.
Lewis & J. Haviland-Jones (pp. 338-349). New York: The Guilford
Press.
Caro, I. (2001).
Género y salud mental.
Madrid: Biblioteca Nueva.
Copenhaver, M.M., & Eisler, R.M. (1996). Masculine gender role stress:
A perspective on men’s health. En P.M. Kato & T. Mann (Eds.),
Handbook of diversity issues en health psychology
(pp. 219-236). New
York: Plenum Press.
Diener, E., Sandvik, E. & Larsen, R.J. (1985). Age and sex effects for
emotional intensity.
Developmental Psychology, 21,
542-546.
Diener, E., Suh, E.M., Lucas, R.E. & Smith, H. (1999). Subjective well-
being: Three decades of progress –1967-1997).
Psychological Bulletin,
125,
276-302.
Diener, E., Larsen, R.J., Levine, S. & Emmons, R.A. (1985). Intensity
and frequency: The underlying dimensions of positive and negative
affect.
Journal of Personality and Social Psychology, 48,
1253-1265.
Fabes, R. & Martin, C. (1991). Gender and age stereotypes of emocionality.
Personality and Social Psychology Bulletin, 17,
532-540.
Feldman Barret, L., Robin, L., Pietromonaco, P.R. & Eysell, K M. (1998).
Are woman the ‘more emotional sex’? Evidence from emotional
experiences in social context.
Cognition and Emotion, 12,
555-578.
1
El concepto de externalización en este contexto se refiere a si la persona
manifiesta conflictos a través de comportamientos que resultan
disruptivos, y se opone a internalización, en que el conflicto
se mani-
fiesta a través de la experiencia vivida.
De allí que autores como
Achenbach conceptualicen los trastornos emocionales como trastornos
internalizados y los trastornos de la esfera conductual como trastornos
externalizados (Achenbach, 1998). Debe distinguirse este uso del tér-
mino del concepto de
patrón emocional externalizador, señalado ante-
riormente en el texto, que se refiere a la manifestación abierta de una
experiencia emocional.
DIFERENCIAS DE GÉNERO EN BIENESTAR Y MALESTAR EMOCIONAL: EVIDENCIAS CONTRADICTORIAS
169
TERAPIA PSICOLÓGICA 2004, Vol.22, Nº2, 165 -169
Fivush, R. & Buckner, J. (2000). Gender, sadness, and depression: The
development of emotional focus through gendered discourse. En A.
Fischer (Ed),
Gender and Emotion. Social Psychological Perspectives
(232-253). Cambridge: Cambridge University Press.
Fujita, F., Diener, E. & Sandick, E. (1991). Gender differences in negative
affect and well-being: The case for emotional intensity.
Journal of
Personality and Social Psychology, 61
, 427-434.
Grossman, M., & Wood, W. (1993). Sex differences in intensity of
emotional experience: A social role interpretation.
Journal of
Personality and Social Psychology, 65,
1010-1022.
Jansz, J. (2000). Masculine identity and restrictive emotionality. En A.
Fischer (Ed).
Gender and Emotion. Social Psychological Perspectives
(pp. 166-186). Cambridge: Cambridge University Press.
Inglehart, R. (1990).
Culture shift in advanced industrial society.
Princeton
University Press.
Kessler, R., McGonagle, K. & Zhao, S. (1994). Lifetime and 12-month
prevalence of DSM III-R psychiatric disorders in the United States:
Result of National Comorbidity Survey.
Archives of General Psychiatry,
51
, 8-19.
Lee, G.R., Seccombe, K. & Shehan, C.L. (1991). Marital status and per-
sonal happiness: An analysis of trend data.
Journal of Marriage and
the Family, 53,
839-844.
Madden, T., Feldman Barret, L. & Pietromonaco, P. (2000). Sex differences
in anxiety and depression: Empirical evidence and methodological
questions. En A. Fischer (Ed).
Gender and Emotion. Social
Psychological Perspectives
(pp. 277-298). Cambridge: Cambridge
University Press.
Méndez, R. (2004). Distribución de felicidad.
Revista El Sábado
, Diario
El Mercurio, edición del 2 de enero, p. 22.
Nolen-Hoeksema, S. & Rusting, C. (1999). Gender differences in well-
being. En D. Kahneman, E. Diener & N. Schwarz (Eds.),
Well-Being.
The foundations of Hedonic Psychology
(pp. 330-350). New York:
Russell Sage Foundation.
Page, S., & Bennesch, S. (1993). Gender and reporting differences in
measures of depression.
Canadian Journal of Behavioural Sciencie,
25,
579-589.
Seidlitz, L. & Diener, E. (1998). Sex differences in the recall of affective
experiences.
Journal of Personality and Social Psychology
, 74, 262-271.
Schimmack, U. & Diener, E. (1997). Affect intensity: Separating intensity
and frequency in repeatedly measured affect.
Journal of Personality
and Social Psychology, 73,
1313-1329.
Sprock, J. & Yoder, C. (1997).
Woman and depression: An update on the
report of the APA task force. Sex roles, 36
, 269-303.
Vergara, A. & Páez, D. (1989). Rol sexual y diferencias en vivencia emo-
cional: explicaciones psicológico-sociales. En A. Echevarria & D. Páez
(Ed.),
Emociones: Perspectivas Psicosociales,
(pp. 235-257). Funda-
mentos: Madrid.
Vicente, B., Rioseco, P., Saldivia, S.,
Kohn, R. & Torres, S. (2002 ).
Estudio chileno de prevalencia psiquiátrica (DSM-R/CIDI).
Revista
Médica de Chile, 130
, 527-536.
Weissman, M.M., Bland, R., Joyce, P.R, Newman, S., Wells, J.E., &
Wittchen, H. (1993). Sex differences in rates of depression: Cross-
national perspectives.
Journal of Affective Disorders, 29
, 77-84.
Wilhelm, K. & Parker, G. (1993). Sex differences in depressiogenic risk
factors and coping strategies in a socially homogeneous group.
Acta
Psychiatrica Scandinavica, 88,
205-211.
Wood, W., Rhodes, N. & Whelan, M. (1989). Sex differences in positive
well-being: A consideration of emotional style and marital status.
Psychological Bulletin, 106,
249-264.
Zahn-Waxler, C. (2000). The development of empathy, guilt and
internalization of distress: implications for gender differences in
internalizing and externalizing problems. En R. Davidson (Ed.),
Anxiety,
depression and emotion
(pp.
243-466). New York: Oxford Press.
logo_pie_uaemex.mx