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Construir democracia: 45 años de periodismo de opinión Roa Suárez, Hernando. Bogotá, Co: Universidad Nacional-iepri/Universidad Javeriana-Instituto Pensar/Redunipaz/Domopaz, Ibáñez, 2016

Alfredo Sarmiento Gómez
Universidad Erasmo de Róterdam, Países bajos

Construir democracia: 45 años de periodismo de opinión Roa Suárez, Hernando. Bogotá, Co: Universidad Nacional-iepri/Universidad Javeriana-Instituto Pensar/Redunipaz/Domopaz, Ibáñez, 2016

Innovación Educativa, vol. 16, núm. 70, 2016

Instituto Politécnico Nacional

Leer el libro Construir democracia es conversar con un concienzudo y profundo trabajo en el que Hernando Roa Suárez supera con creces la sugerencia del subtítulo, que se ocupa solamente de presentar cerca de doscientos artículos publicados, entre abril de 1969 y el 2014, en diversos medios de comunicación. Se trata de dialogar con una vida. Una vida reflexiva comunicada por medio de la palabra, en el mejor sentido de la etimología griega del término diálogo. Son 45 años de reflexión sobre temas centrales que han afectado la historia contemporánea colombiana de un humanista a quien ningún tema relativo al desarrollo humano y a la construcción social del país le es extraño. El libro recoge el pensamiento crítico de cerca de medio siglo que acompañó la carrera fundamental de este reconocido maestro, con su objetivo básico de entender y transformar la realidad de Colombia.

La sistematización, o mejor, la reflexión de esos 45 años se orienta a impulsar ese reto inacabado de la sociedad colombiana de construir democracia, entendida como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, como nos lo recuerda la profunda expresión de Lincoln en Gettysburg, en 1863; o bien, reconocida como una finalidad fundamental de la actividad de los formadores expresada por el autor en su personal testimonio de fe en la juventud como “la vía óptima para alcanzar sociedades más igualitarias . . . que impulsen a nuestra juventud . . . a la construcción de una sociedad democrática real, participante, activa, justa . . . pacífica y libre” (p. 896).

El libro de Hernando Roa Suárez es una cátedra permanente sobre la democracia, la política y la administración pública, pero esta cátedra se construye con un mosaico de enseñanzas deducidas del análisis y el reconocimiento de vidas ejemplares de grandes maestros colombianos –como Fernando Hinestrosa Forero y Alfonso Borrero Cabal– en el marco de los liderazgos políticos universales y nacionales.

Hernando Roa lleva al lector a observar y reflexionar con una reiterada actitud de conciencia crítica sobre elementos fundamentales del desarrollo individual y colectivo de Colombia. Brinda una mirada que discute las coyunturas políticas de la promoción y la aprobación de la Constitución de 1991 y la reelección, pero también de los desarrollos y perspectivas de la economía y la actividad cultural y artística. Discute también los temas centrales de la administración pública como gestión de calidad y del ejercicio político, tales como la gobernabilidad y la participación. Presenta un selectivo panorama histórico de los liderazgos donde se encuentran Bolívar, Mussolini, De Gaulle y Obama; analiza la importancia de la ciencia y la pedagogía, pero igualmente el carácter de las diversas revoluciones latinoamericanas. Dedica, además, una buena parte de sus artículos a la literatura, la pintura, la música, la danza y el arte como elementos forjadores de la cultura del país. Es una mirada integral de la sociedad colombiana.

Es humanismo en su expresión universal que se fragua en los contextos cambiantes de la coyuntura histórica, en la vida y el pensamiento de colombianos ilustres, pero sumergido en el pensamiento cosmopolita diverso y multidisciplinario, así como en las lecciones que se deducen de grandes personalidades de muy diversos orígenes y tendencias, desde Hitler hasta Kennedy, desde Gandhi hasta Mussolini.

La columna vertebral que le da unidad a esta mirada enciclopédica es el convencimiento de que “escribir es un camino para aprender a pensar, a decidir, a comprometerse para servir, crear y ser” (p. 7). Es la necesidad de comunicar para enseñar a reflexionar, para promover cambios sociales e impulsar la construcción de nuevos conocimientos.

Hernando es ante todo un humanista académico. Un orgulloso docente universitario. Sus artículos reflejan que la comunicación se elige como una poderosa herramienta en la actual sociedad global del conocimiento. Una comunicación escrita, que es al mismo tiempo reflexión profunda y crítica sobre la realidad de la organización social, y que nos enseña a conocerla, entenderla e impulsar su perfeccionamiento. Los textos son una prolongación de la cátedra, con base en los medios de comunicación, para propiciar la controversia y el intercambio de pensamientos en una sociedad moderna poliideológica, polirreligiosa, y para entender críticamente la riqueza y las oportunidades que produce la heterogeneidad de culturas y naciones que constituyen nuestro país.

La comunicación se realiza no solo con ideologías múltiples, sino con expresiones de muy diversa naturaleza: la creación literaria, cuyas belleza y armonía no le restan fuerza a la crítica a la dictadura, como en El otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez; o como en su texto “Yo no vengo a decir un discurso” (p. 853). Con una calidad semejante presenta el asco por la barbarie de la violencia política expresada en la fuerza testimonial de un conjunto de pinturas de Botero (p. 868); y se escucha el rechazo visceral al autoritarismo en la obra de Vargas Llosa, a cuya excelente forma literaria solo le agrega más energía y poder de convicción para enseñar que este sistema político envenena el futuro de un país y crea hábitos y prácticas malsanas (p. 863).

Una comunicación que se expresa con la política, cuando es democrática y se ejerce con un liderazgo basado en el servicio a los demás, y no en el dominio de la fuerza de dementes que no han sido capaces de utilizar la fuerza de la razón. Una comunicación que crea puentes entre la academia, que reflexiona críticamente, y el periodismo, que defiende el estado de derecho capaz de producir –cuando sea necesario– el “Estado de indignación como fase superior del Estado de opinión”.

Esta obra es una vida convertida en testimonio periodístico al servicio de la comunidad. Cerca de la tercera parte de esta reflexión se dedica a la política. Una política leída y analizada en los protagonistas de los liderazgos universales, latinoamericanos y nacionales, en los periodistas que han alimentado la democracia colombiana con su papel de control social, conciencia, crítica y valor humano que no desfalleció ni se atemorizó ante la cobardía asesina en los casos de Luis Carlos Galán y Guillermo Cano, frente a la cual el llamado de Hernando fue “impedir que el vicio organizado y la absurda corrupción penetre en conciencias indiferentes” (p. 636).

Este es un libro al servicio de la formación pedagógica de los demócratas, lo cual se expresa muy claramente en la forma en que cada uno de sus 20 capítulos se acompaña de una bibliografía especializada, que se seleccionó con la intención explícita de alimentar diálogos y talleres de discusión, cuyos temas más amplios son el liderazgo político, la gobernabilidad y la cultura. Así, se induce a la reflexión sobre los demócratas paradigmáticos y los dictadores; sobre predicadores de la guerra, como Hitler, y profetas de la paz, como Gandhi. Definitivamente, este libro es un aporte que por su gran calidad deberá acompañar la docencia y la reflexión sobre la democracia en el periodismo, en las tertulias intelectuales y en las aulas universitarias.

Para el autor, un mensaje básico en la construcción de la democracia es la concepción de la política. No es accidental que más de la tercera parte –cerca de 351 páginas– aborde la teoría política, su relación con el periodismo, los liderazgos políticos y el análisis de casos latinoamericanos. Se trata de una concepción política que combina magistralmente la mirada de Platón, que en su diálogo, Protágoras, presenta a Sócrates discutiendo con el más famoso sofista de la época. Para Protágoras, el sofista, la política es un conocimiento, episteme, y como tal se puede enseñar como las demás técnicas. Para Sócrates la política es lo que permite la participación del honor y la justicia. La política exige una excelencia moral que va más allá del conocimiento hasta lo más profundo de la convicción de la verdad apropiada individual y colectivamente. Es necesario complementar la tejné del actuar con la filosofía como conocimiento consciente si se quiere transformar a las personas y la sociedad.

La concepción política que recoge la afirmación aristotélica “El bien en política es la justicia” es un mensaje que desarrolla Aristóteles en su tratado sobre la política, cuyas palabras tienen significado pleno para la Colombia de hoy, 25 siglos después de haber sido pronunciados por el estagirita:

La naturaleza arrastra, instintivamente a todos los hombres a la asociación política . . . porque el hombre, cuando ha alcanzado toda la perfección posible es el primero de los animales, pero es el último cuando vive sin leyes y sin justicia. En efecto, nada hay más monstruoso que la injusticia armada . . . Sin la virtud es el ser más perverso y más feroz, porque sólo tiene los arrebatos brutales del amor y del hambre. La justicia es una necesidad social, porque el derecho es la regla de vida para la asociación política, y la decisión de lo justo es lo que constituye el derecho.

Es necesario resaltar la importancia que le concede el autor a la construcción de la autonomía nacional basada en la participación democrática. La ciencia política, en su pensamiento, se debe impulsar y concretar para que “la relación dinámica docenciainvestigación, institucionalizada en los programas universitarios, sirva para abordar estrategias y formas de estudio y actuación profesionales que sean útiles para la consolidación de una nación y un Estado democráticos, justos, pacíficos y libres”.

En la aplicación práctica, Hernando considera la política como un arte y una ciencia social. Es decir, un pensamiento reflexivo y sistemático para entender la situación actual e identificar cuidadosamente sus causas; pero también, y sobre todo, dirigido a transformar la realidad en la cual se vive. La ciencia social entiende para aplicar; sistematiza las causas para poder realizar transformaciones; especialmente, es una forma de desarrollar a individuos capaces de autonomía y de reconocer su papel en la comunidad nacional para construir instituciones colectivas que multipliquen muchas veces la capacidad individual y le permitan generar normas de juego y organizaciones.

Los ensayos sobre Marx y Weber cumplen el objetivo académico que Hernando tiene como leitmotiv del trabajo que hoy pone a disposición de las sociedades colombiana y latinoamericana: “Como académicos debemos aprender de las reflexiones críticas serias del conocimiento, donde quiera que se encuentren”. No se demoniza ni se sacraliza ninguna ideología, el verdadero intelectual debe estudiarlas y discutirlas todas. Sin embargo, complementan el subjetivismo metodológico del liberalismo con el análisis de los efectos que se producen colectivamente sobre el desarrollo humano como contexto necesario que, para ser legítimo, debe ser discutido pública y democráticamente y, para ser eficaz, debe ser exigible socialmente.

El carácter pedagógico del mensaje de las características deseables de la política se aprecia en el aprendizaje sobre la reflexión de los casos de grandes líderes políticos colombianos enmarcados en los universales: Bolívar, quien impulsa la declaración de Angostura donde se afirma que el sistema de gobierno más perfecto es el que produce la mayor felicidad, seguridad social y estabilidad política (p. 325); Rafael Uribe Uribe, para resaltar la necesidad de lograr que los políticos sean más estadistas y, los intelectuales, más políticos y activos en el accionar democrático; la fuerza de Gaitán, quien denuncia la corrupción oligárquica; Gandhi y su capacidad de lograr una vía pacífica para superar la violencia que suponía una guerra de independencia contra una potencia como el Imperio inglés. Hernando expone también a los líderes del fascismo italiano y del nacionalsocialismo alemán para mostrar “los peligros, las inconsistencias y el destino de los regímenes irracionales conducidos por líderes totalitarios” (p. 393). Estos últimos contrastan con el liderazgo universal más democrático –sin dejar de ser nacionalista– de Charles de Gaulle y de John F. Kennedy.

En esta obra, la justicia es la base del Estado moderno. Esta manera de presentar la justicia, la paz, la libertad y el desarrollo sostenible como objetivos de la sociedad concuerda con la mayor parte de las constituciones modernas, incluida la colombiana de 1991, en la que el país se define como un “Estado social de derecho”. Ha quedado atrás la idea de Hobbes de que el miedo a la anarquía es la base de la sociedad. Muchos de los abusos de algunas sociedades se basan en esa idea de Hobbes, que podría expresarse de manera simple: si usted asusta lo suficiente a su pueblo, la seguridad está por encima de la justicia. Esta idea contrasta con la mirada del gran teórico político del siglo xx, John Rawls, quien demostró que en una sociedad moderna la justicia –entendida como imparcialidad– es la base del orden social. Una sociedad donde nadie está exento del cumplimiento de las normas colectivamente generadas y aceptadas. La expresión de nuestra Constitución se inscribe en este sentido, porque un Estado social de derecho significa que la organización colombiana se debe basar en la equidad, tal como Hernando Roa lo expresa en su texto.

También, en sus consideraciones sobre liderazgos políticos del siglo xxi se expresa el principio de realidad que ha agregado Amartya Sen en su Idea de la justicia: aun si no logramos crear instituciones perfectas, debemos luchar como sociedad contra situaciones abiertamente injustas, de manera que construyamos sociedades cada vez mejores. Una afirmación que converge con estas ideas la hallamos en su ensayo de gobernabilidad, donde sostiene:

Si entendemos que la gobernabilidad democrática es la capacidad del sistema para ejecutar políticas públicas, y un proyecto, que permita: la satisfacción de las necesidades fundamentales de la mayoría de la población; que asegure la estabilidad de un orden político democrático; facilite una comunicación ética entre el gobernante y los gobernados; y permita una acción eficiente y eficaz, se hace evidente que necesitamos líderes muy bien formados, para conducir este proceso con responsabilidad histórica. (p. 947).

El desarrollo del conocimiento teórico y aplicado se reconoce hoy como el verdadero motor del desarrollo de una sociedad. No son los recursos naturales ni la inversión física lo que permite que un país avance de manera sostenible. Es la capacidad de identificar, crear, adaptar y adoptar nueva ideas, entendidas como formas diferentes y más eficaces de realizar las actividades humanas. Esto, que se puede afirmar en todas las ciencias, es especialmente aplicable a la administración pública como ciencia social.

La reflexión moderna ha resaltado la importancia de aprender de la gestión privada el manejo eficaz y eficiente de los recursos humanos, físicos y financieros. Pero también ha mostrado la necesidad de reconocer que la rentabilidad es la meta dominante en la actividad administrativa privada; mientras que la administración pública debe combinar múltiples objetivos: equidad, eficacia, universalidad y satisfacción de expectativas sociales. Se deben entender y promover las especificidades propias de la administración pública, de modo que pueda formar profesionales capaces de combinar adecuadamente las múltiples finalidades de la actividad estatal. Para el autor, se requiere una formación interdisciplinaria y un impulso decidido hacia la investigación.

El desarrollo de los instrumentos propios de las ingenierías incorpora la tecnología, y basta con saber cómo utilizarlos para que funcionen correctamente. Por esta razón, la tecnología se importa con la maquinaria. Lo propio de la administración, en cambio, es conocer profundamente los comportamientos de los individuos y comunidades de cada país. La reflexión y el conocimiento profundo deben ocupar un lugar central en la actividad académica de la formación de administradores públicos. Además, se debe tomar conciencia de que en el presente siglo el cambio es más rápido y profundo, lo cual también exige que la formación sea continua y la visión universal, para que el país se pueda insertar en la sociedad global del conocimiento.

En esta dirección, Hernando pone énfasis en la entrevista a Mario Bunge acerca de la finalidad de toda reflexión científica. Como respuesta a la pregunta: “¿Cómo ve el futuro de la ciencia?”, Bunge hace notar que calificar el futuro de la ciencia depende de su orientación hacia los objetivos de la sociedad:

Soy muy optimista –contesta el entrevistado–, si la humanidad decide seguir investigando, la ciencia progresará. Si la humanidad en cambio, se vuelve filistea . . . ocupándose solamente de mejorar los beneficios de los próximos dos años; si no piensa en la posteridad . . . si aprecia la ciencia solo en posibles aplicaciones para la guerra, entonces soy pesimista. (p. 185).

Por tanto, la ciencia debe juzgarse según el objetivo que se busca como sociedad.

Así que la construcción continua de la democracia exige una ciencia política basada en la justicia y en la búsqueda de la equidad. Exige una sociedad que desarrolle la excelencia en el conocimiento, el comportamiento colectivo y la ética. Una sociedad que se dirija hacia un futuro colectivamente construido, profundamente reflexionado, y que busque el bien para todos, que es la justicia, la equidad y el cumplimiento de uno de los retos más difíciles para la construcción de la democracia: formar una nación de personas iguales en sus oportunidades, logros y derechos básicos, pero orgullosa de su diversidad, por la riqueza que significa su heterogeneidad de naciones, etnias, ideologías y regiones.

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