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Laberintos de colores: juventud, subjetividad y cultura política en la sociedad de la información
Enrique Hernández García Rebollo
Enrique Hernández García Rebollo
Laberintos de colores: juventud, subjetividad y cultura política en la sociedad de la información
Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, vol. XXIII, núm. 45, 2017
Universidad de Colima
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Resumen: En este ensayo se hace un recorrido por los conceptos de las subjetividades juveniles y sus concepciones sobre temas como política y cultura, señalando, a partir de varias investigaciones contemporáneas, las formas en que las dimensiones de lo sociocultural se mezclan de formas interesantes con “lo político” en el contexto de la sociedad de la información, misma que se desenvuelve en dos esferas importantes: un capitalismo informatizado en lo económico, y una democracia meramente representativa en lo político. Las prácticas socioculturales juveniles, se plantea aquí, inciden en nuevas formas de subjetividad, así como en su experimentación de lo político.

Palabras clave: Juventudes, Subjetividad, Prácticas Socioculturales, Cultura Política y Sociedad de la información.

Abstract: Colorful Mazes: Youth, Subjectivity and Political Culture in the Information Society

In this essay I review concepts relating to the subjectivities of youth and their conceptions of topics such as politics and culture, suggesting –on the basis of various recent investigations– that in the society of information the forms of the sociocultural mix in interesting ways with “the political”. These forms can be analyzed in relation to two important spheres: an “informatized” capitalism and a democracy that is merely “representative”. It is argued that the sociocultural practices of youth result in new forms of subjectivity, as well as their novel experience of the political.

Keywords: Youth, Subjectivity, Sociocultural Practices, Political Culture and Information Society.

Carátula del artículo

Artículos y ensayos científicos

Laberintos de colores: juventud, subjetividad y cultura política en la sociedad de la información

Enrique Hernández García Rebollo*
UAM Xochimilco, México
Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, vol. XXIII, núm. 45, 2017
Universidad de Colima

Recepción: 01 Noviembre 2015

Aprobación: 06 Abril 2016

Laberintos de colores: juventud, subjetividad y cultura política en la sociedad de la información
Las juventudes: un actor heterogéneo

El tema de la juventud ha sido abordado desde diversas ópticas a lo largo del tiempo. Al usar la palabra juventud ya estamos siendo partícipes de nuestro contexto sociocultural actual. Una categorización ya clásica dentro del estudio académico de la juventud, es la de Feixa (1998) quien divide este fenómeno en cinco conceptos básicos: púberes (sociedades primitivas), efebos (la Grecia clásica), mozos (ámbitos rurales), muchachos (esferas urbanas industriales) y los actuales “jóvenes” de nuestras sociedades caracterizadas a su vez como “postindustriales” (Bell, 1973). Un punto fundamental en esta categorización, así como en el enfoque tanto de Feixa como de otros investigadores es la reivindicación de la juventud como un fenómeno sociocultural, deslindándose así del enfoque positivista médico que relaciona este fenómeno con la adolescencia, adscribiéndole toda una serie de características meramente fisiológicas, cuyo enfoque clásico fue el de Stanley Hall (1916). Yéndonos más atrás en el tiempo, de acuerdo a Isidoro de Sevilla (556-636 d. C.), en la sociedad romana de la etapa clásica existía una categorización muy interesante que prolongaba en demasía los conceptos tanto de adolescencia, (adulescentia: de los 14 hasta los 28 años), y la juventud (iuventa: de los 28 hasta los 50 años). Es interesante que la explicación de este fenómeno radica en una institución jurídica de la Roma clásica: la patria potestas (el poder de los padres). Los padres tenían un exagerado derecho sobre la vida e incluso la muerte de sus hijos en aquella sociedad. De acuerdo a Fraschetti (en: Levi, 1996), para Varrón en Roma se era puer hasta los 15 años de edad, la adulescentia iba de los 15 a los 30 años, y finalmente la iuventa de los 30 a los 45 años de edad. Ambas categorizaciones, importantes en un enfoque histórico de las juventudes, marcan una clara tendencia a prolongar en demasía, de acuerdo a nuestros criterios modernos, estas etapas de la vida. Por otro lado, Schnapp (en: Levi,1996 , señala que la institución llamada paideia jugaba un rol central en la constitución de lo que era la juventud en la sociedad griega clásica. En la misma, existía una segmentación muy demarcada entre lo que los jóvenes hacían como pertenecientes al género masculino o bien al femenino. Los llamados efebos eran instruidos en dos esferas muy importantes que vinculaban las artes militares y las filosóficas. En estas últimas, la homosexualidad no sólo era aceptada, sino parte fundamental de este proceso educativo en donde un hombre mayor instruía al joven (efebo). La “transmisión” de valores y conocimientos estaba atravesada así bajo una cierta relación muy particular con los adultos, paradigma singular que hoy en día sería visto con muy malos ojos por ejemplo.

Contextualizando un poco con nuestros tiempos, existe una serie temática de enfoques contemporáneos, dentro del estudio de la juventud, que podemos agrupar en siete grandes categorías, siguiendo a Alpízar y Bernal (2003): 1) como etapa de desarrollo psicobiológico; 2) como un momento clave para la integración social; 3) como un dato sociodemográfico; 4) viendo a los sujetos jóvenes como un agente de cambio social (los estudiantes como fuerza política significativa); 5) como un problema de desarrollo (generación de políticas públicas que “absorban” toda esa “energía mal canalizada”; 6) como un problema generacional (la famosa y popularizada “Generación X” del escritor Douglas Coupland y otras denominaciones más actuales); y 7) como una construcción sociocultural. Dentro de esta última esfera, en México se ha hecho investigación relacionada con variados ámbitos urbanos. En el norte, José Manuel Valenzuela (2004) a aportado múltiples trabajos en este sentido, que han develado cómo el fenómeno del rock puede ser abordado como una categoría de análisis sociológico, así como las formas en que un territorio en concreto, Tijuana, por sus peculiaridades de ser frontera y lugar “de paso”, conforman mucho de la identidad “híbrida” de ciertos sectores de la juventud mexicana. Rossana Reguillo (2000) ha realizado análisis muy agudos sobre culturas juveniles, uno de ellos ya un clásico en la materia: Emergencia de culturas juveniles. Las estrategias del desencanto. En dicho trabajo se sintetizan muchos de los problemas a los que se enfrenta esta población: la crisis de las instituciones políticas, el no acceso a la educación formal, los problemas de inserción laboral, así como las múltiples y desconcertantes formas en las que los jóvenes se han manifestado ante esto. Finalmente, Maritza Urteaga (2011) desde una perspectiva antropológica, ha estudiado variados temas de las juventudes, uno de los cuales es el uso y apropiación de los espacios o, mejor dicho, de los “territorios” por parte de las juventudes. Urteaga retoma, entre otros, a un autor francés, Marc Augé (2000) con su propuesta de los “no lugares” que serían espacios en donde la identidad se diluye y en donde se establecen relaciones meramente contractuales, poniendo como ejemplos paradigmáticos de este concepto a los medios de transporte, o bien lugares de servicios, como un banco.

Ahora bien, precisamente con este fenómeno, el de los “espacios”, podemos empezar a problematizar y vincular uno de los temas de nuestro interés en estas líneas, ya que el espacio de la sociedad de la información, denominado por varios autores (Levy, 1999; Lanier, 2011 como “virtual”, no es propiamente un “territorio”. Entonces existe una necesidad imperiosa de establecer nuevas categorías de análisis en este sentido, al igual que pasa con los llamados “hechos sociales” y la “interacción social” ya clásica de Goffman (1981) conceptualizada como una relación “cara a cara”. Una de mis hipótesis, junto con otros autores (Winocur, 2009; Morduchowicz, 2008) es que las juventudes contemporáneas actuales han aprendido nuevas formas de socialización que generan diferentes formas de subjetividad a las de hace tan sólo un par de décadas, facilitadas por las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), en donde la relación “cara a cara” es una más entre otras posibles.

Siguiendo con el tema de la aproximación al tema de las juventudes, de acuerdo a Náteras (2002) habría que diferenciar entre adolescencia y juventud, entendiendo a la primera como una categoría biológica-psicológica, y a la juventud como un universo relacionado con lo sociocultural. Queremos aquí adherirnos a este enfoque, con la pequeña salvedad de que nosotros sí intentaremos esbozar algunas de las características de la realidad psicológica que viven los jóvenes, ya que las consideramos indispensables para comprender un poco más los porqués acerca de la construcción de sus identidades actualmente. Ya de por sí una característica central en todo esto es la cuestión de que los jóvenes están en una fase en donde la búsqueda de sentido de sus vidas es tal vez una de sus motivaciones más primarias para desenvolverse socialmente. No considerar este aspecto tan elemental, que atañe de forma importante, aunque no exclusivamente, a los dominios de la psicología social, es una especie de mutilación salvaje de un campo teórico que busque agudeza en sus hallazgos y/o propuestas. En este breve ensayo intentamos no caer en ninguno de al menos dos reduccionismos muy frecuentes, propios de un planteamiento binario excluyentista muy característico de ciertos acercamientos teóricos de la modernidad tradicional: el psicologista y el sociologista. Ambas esferas, me parece, tienen que ser abordadas aquí para entender a las juventudes contemporáneas. Considero que aquí un tercer campo, mediante una fructífera tensión conceptual, pero sobre todo empírica, salva estas dos esferas: lo sociocultural. Un tercer elemento, a nivel lógico, permite una cierta movilidad entre los campos, funciona como puente articulador tanto entre los otros dos, así como él mismo con ellos en diversas circunstancias y posiciones, produciendo una riqueza dialéctica definida por los escenarios diversos que así se conforman. Esta riqueza dialéctica, cuya intensidad percibimos como potencia semántica, más que como un obstáculo teórico, es tributaria de la postura filosófica hegeliana, con todas las críticas y dificultades que pueda tener hoy en día esta opción desde otras ramas de la filosofía más contemporáneas. Es una elección, una opción más que deseamos aplicar a los temas y experiencias que pretendemos comprender en estas líneas, ya que, desde mi punto de vista, las lógicas de comprensión que su operación permite, en una especie de “espiralidad” siempre en movimiento (más que una mera “circularidad” cerrada), nos ayudarán en mucho a moldear teóricamente la dúctil realidad sociocultural y psicológica que pretendemos esbozar en el presente escrito: las juventudes, sus procesos de subjetivación en el contexto de la emergencia de la sociedad de la información, así como algunos de los rasgos que todo esto implica en su cultura política.

Ahora bien, un aspecto central en todo esto es que el uso de Internet en la población joven es un factor que cada vez más resulta una esfera indispensable a la hora de comprender el papel que juega este sector etario en los procesos sociales, mismo que ya han subrayado muchos autores desde diferentes dominios disciplinarios (Morduchowicz, 2012; Castells, 2001 Reguillo, 2012 Canclini, 2004). Es cada vez más notorio que las industrias culturales y la presencia que tienen mediante internet en la población joven, es un aspecto vital en la constitución de las subjetividades de este sector etario. Algunos autores, sobre todo desde la escuela británica de los estudios socioculturales, cuyo semillero es la Escuela de Birmingham, han vinculado a este tipo de sector económico con la producción de ciertos imaginarios colectivos, principalmente en poblaciones jóvenes. Son conceptualizaciones que pueden ser muy cuestionables por varios motivos, pero que, de cualquier forma, también ayudan a pensar el fenómeno emergente del tipo de subjetividades que se están manifestando hoy en día en gente muy joven en el contexto de la sociedad de la información. Consideramos que uno de los puntos vitales que faltan en este tipo de estudios socioculturales es la inclusión de las esferas psicológicas, mismas que, dadas las plásticas cualidades del fenómeno en cuestión, es decir, las conformaciones de nuevas lógicas subjetivas en el contexto de este tipo de sociedad, pueden ser enriquecidas con el lente teórico psicoanalítico. Es realmente sorprendente observar cómo a veces, en algunos de estos estudios se habla de fenómenos muy similares a aquellos explicados por el psicoanálisis precisamente en el tema de la constitución de la subjetividad de los jóvenes, aludiendo a temas en donde la “mezcla” de aspectos contradictorios y una serie de rasgos de hibridación se asemejan en mucho precisamente a una serie de aspectos psicodinámicos de este sector etario, sólo que en los estudios culturales se subraya casi exclusivamente el papel que la cultura juega en estos procesos, dejando de lado lo psicológico.

Subjetividades juveniles en el contexto de la sociedad de la información

Las categorías de análisis más presentes en algunas de las ramas de las ciencias sociales que las esferas académicas han desarrollado en los últimos veinte años, aproximadamente, nos han permitido visualizar una gigantesca gama de realidades socioculturales que han venido a desembocar, a últimas fechas, en un gran universo que, desde el punto de vista de quien esto escribe, las engloba de cierta forma: la subjetividad. O, para ser más precisos e ir señalando la gran diversidad que las caracteriza actualmente: las subjetividades (Hernández, 2009; Sibilia, 2008) En temas como la interculturalidad, la ciudadanía, los hábitos de consumo cultural, el género, así como en expresiones de la cultura en general, se manifiesta ineludiblemente el tema de las nuevas subjetividades, vinculándolas con la cuestión del sentido que le damos a nuestras vidas en tiempos con características como las que nos está tocando vivir. Si bien muchas veces se ha planteado el tema de las subjetividades muy relacionado con aquel de la identidad, por mi parte considero que el de subjetividad puede ser más holístico, incluyendo el de la identidad como una de sus vertientes vitales. De hecho, una de las críticas más contemporáneas a este concepto es que la identidad es un concepto que, al aludir a lo “único”, “igual o perteneciente a”, borra la gran diversidad de esferas y elementos que la experiencia humana implica. Por ejemplo, de acuerdo a Ramírez Grajeda (2009) después de revisar amplia bibliografía al respecto de la identidad, nos sintetiza una serie de esferas en las que ésta se desenvolvería como fenómeno sociopsicológico: las nociones de espacio y tiempo, la experiencia de continuidad, el sentido de pertenencia, un pasado de herencia y el cuerpo y su imagen. Al respecto, nos dice:

Cada vez es más frecuente encontrar la tendencia sociológica que advierte que la identidad constituye la dimensión subjetiva de actores sociales situados entre la libertad y el determinismo… (Ramírez, 2009:73).

Al disipar de forma un tanto brumosa la gran diversidad 1 que un fenómeno complejo denominado “Identidad” encierra dentro de sí, dicho término acabaría encorsetando mucho de dicha diversidad en elementos homogéneos por la carga etimológica y categorial que conlleva. Estos son temas que me interesa poner a discusión en el presente trabajo. Acá, precisamente estamos optando por el término subjetividad, que nos parece ser más abarcativo, aunque usaremos también colateralmente el término identidad por considerarlo de igual forma importante, sin entrar a profundidad en la realización de una definición tajante y el establecimiento de rígidas fronteras conceptuales, por salirse de los objetivos centrales de este escrito.

Respecto de esta misma diversidad de la vida social contemporánea, así como sus profundos vínculos con la población joven en particular, queremos subrayar la gran eclosión que existe actualmente en el ámbito de los estudios socioculturales, y más específicamente aquellos relacionados con el mundo de la cultura popular y los hábitos de consumo cultural entre población joven, fenómenos que nos hablan de una gran preocupación en la investigación que está abriendo nuevas brechas y descubriendo un abanico de posibilidades muy enriquecedoras para la gente que trabaja lo mismo en ámbitos universitarios y de investigación, así como aquellos que se desenvuelven en el diseño e implementación de políticas públicas (como es el caso de funcionarios públicos en particular y políticos en general). Las aplicaciones que se están detectando en estas esferas, si bien a nivel operativo algunas veces no resultan tan satisfactorias, lo que sí muestran es una riqueza potencial en múltiples niveles: políticos, sociales, culturales, de salud, en la educación, y también en la economía, algo que frecuentemente pasa desapercibido en varias esferas públicas como algunas universidades, y que no obstante es muy explotada por algunas compañías transnacionales, que se han caracterizado por ser productoras de contenidos hegemónicos dentro de las industrias culturales.

Un rasgo esencial en todo esto es, como decíamos, la gran diversidad a la que asistimos en dichas manifestaciones de las esferas culturales, misma que ha producido desde el pasmo intelectual ante tanta complejidad sociosemántica, así como actitudes que van del rechazo de algunas minorías con más grado de educación formal, a una aceptación acrítica y varias veces relativista de todo lo que se produce por parte de amplias capas de la población, una de ellas muy importante: la juvenil. Dentro de la diversidad de acercamientos, o más bien entre tantas definiciones, manifestaciones, enfoques y significados, surge otro concepto que nos resulta muy atractivo y fructífero: el híbrido. O, tal vez debiéramos decir, para hacer un poco más de justicia a esta rica, compleja y en muchos sentidos plural realidad sociocultural: los híbridos. Una referencia insoslayable en este campo, dentro del contexto mexicano contemporáneo, es el trabajo del antropólogo Néstor García Canclini. Trabajos clásicos como Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad (2009) y más recientemente Diferentes, desiguales y desconectados. Mapas de la interculturalidad (2004), entre algunos otros (véase la bibliografía), han tenido el mérito de difundirse en variadas capas de lectores, y no sólo aquellos limitados a las esferas universitarias académicas. La originalidad de sus planteamientos en lo referente a temas como modernidad vs. posmodernidad, alta cultura y cultura popular y las dimensiones e interacciones de lo público y lo privado, entre otros temas colaterales, si bien deben ser más problematizados señalando especificidades más agudas dentro de contextos de investigación académica, son plenamente convincentes en sus planteamientos, así como sólidamente sustentados también en datos y ejemplos cuya empiria no sólo es más que evidente, sino que circunda nuestras realidades como consumidores culturales que somos, en una u otra medida, día con día. Todos estos temas, desde mi punto de vista, encuentran una especie de instersección crítica a la hora de acercarnos al papel que están jugando hoy en día los jóvenes en manifestaciones políticas que se caracterizan, en un entorno como el que intentaré describir de forma más extensa en estas páginas, por la producción de una serie de manifestaciones estéticas así como esquemas cognitivos sumamente interesantes, que nos parecen hablar de formas de respuesta al medio social en el que estos jóvenes se están desenvolviendo: la sociedad de la información.

Como ya mencionábamos líneas arriba, otra fuente de conceptos teóricos importante para pensar en las subjetividades juveniles es el psicoanálisis. Las teorías psicoanalíticas ya en sí mismas han sido objeto de múltiples críticas por sus enfoques conceptuales que vinieron a romper con las ideas de unicidad del yo, algo actualmente tan evidente que ahora se acepta implícitamente en ideas como es este concepto de hibridación desde el campo de los estudios culturales, sin hacer ningún tipo de referencia a conceptos como disociación, proyección, estructuras fronterizas de personalidad y otros tantos más que, desde una perspectiva psicodinámica, permiten la comprensión de este tipo de fenómenos desde el universo del psicoanálisis. Pese a esto, no existen muchos puentes de investigación que vinculen de forma más cercana al psicoanálisis y los formas de subjetivación con los estudios socioculturales de una forma sistematizada y profunda. Desde un enfoque psicoanalítico, el yo no es un ente unitario y estable, sino plenamente dinámico y complejo, una instancia que constantemente tiene que lidiar con conflictos provenientes, desde el lado estrictamente psicológico, de las otras dos instancias teorizadas por Freud (1923) el superyó y el ello. Además de esto, no se “desenvuelve” solamente en las esferas psicológicas, sino que se desarrolla y cambia constantemente en el universo más amplio de lo sociocultural. Hay una interacción sumamente compleja entre los niveles micro (psicoanálisis) y macro (antropología, sociología y estudios socioculturales) que casi siempre se diluye, necesariamente, en los recortes metodológicos disciplinarios en cuanto a líneas tajantes de investigación. Por ejemplo, hay una evidencia insoslayable en el sentido de que así como la histeria tuvo una predominancia significativa en tiempos pasados, hoy en día las estructuras de personalidad llamadas fronterizas (Kernberg, 1999), precisamente por este carácter de “hibridación” psicodinámica, es decir con rasgos cognitivos tanto de estructuras neuróticas como psicóticas, son hoy en día muy prevalecientes. Si bien concuerdo en la crítica, realizada desde esferas académicas de la antropología y la sociología principalmente, en el sentido de que no habría que “patologizar” este tipo de fenómenos, también me parece muy parcial dejarlos de lado, ya que son muy significativos y en efecto tienen sustentos clínicos muy sólidos. Este tipo de situaciones son obstáculos muy importantes, pienso yo, para lograr la tan aspirada interdisciplinaridad, que se busca en muchos espacios académicos de unos años para acá, pero que, por un lado es muy difícil de lograr por cuestiones teóricas y metodológicas bastante áridas, pero más aún por las posturas personales de los agentes involucrados: académicos de carne y hueso, que muchas veces tenemos preferencias, “gustos” por ciertas ideas que nos son familiares, y aversión por las miradas que no comparten las nuestras. Es un problema muy complejo, más humano y estrictamente psicológico que epistemológico, pero me parece importante seguir trabajando en ese sentido, precisamente para lograr diálogos más fructíferos a nivel interdisciplinario.

Otro fenómeno de suma importancia en este contexto que atañe a la conformación de subjetividades juveniles contemporáneas, es el de las redes sociales, sobre todo tres de ellas: Facebook, Twitter y Youtube. En México, por ejemplo, traemos aquí a colación el movimiento #Yosoy132, mismo que fue posibilitado, en gran medida, por el uso de estas redes, tema que retomaremos más adelante, al explorar algunas facetas de lo que podemos ir vislumbrando como nuevas emergencias de culturas políticas dentro del sector de los jóvenes, mismas que contrastarían con lo que hemos pensado tradicionalmente como fenómenos políticos. En procesos sociales como éstos, pienso que lo que vemos hoy en día es una mutación en las formas de participación política y apropiación de espacios y regímenes de visibilidad por parte de las juventudes, que nos confrontan así con nuevos lenguajes a descifrar. Por ejemplo, un fenómeno muy interesante hoy en día son las formas en que convergen las esferas públicas y privadas en estas subjetividades juveniles a la hora de insertarse como voz de manifestación política, así como investigar más de cerca qué significan en lo profundo sus posturas éticas y estéticas ante fenómenos políticos actuales, que inciden de forma directa en sus futuros cercanos. La dimensión de la estética, me parece, cada vez es más visible en las nuevas formas de manifestación política como elemento indispensable en las culturas juveniles: las lógicas del carnaval, los disfraces irónicos y la confluencia de múltiples identidades culturales en movimientos políticos y sociales es más que interesante y contiene muchas claves para entender la emergencia de nuevas subjetividades, así como nuevas formas de inserción social y creación de sentido de pertenencia. Desde estas perspectivas, podemos ver claramente que el término subjetividades trae a colación múltiples realidades que intentaremos vincular aquí tanto desde un lente que atañe a la psicología social, así como a una mirada más de corte sociológico, puente de convergencia indispensable, insisto, si se busca una comprensión holística del fenómeno en cuestión. Los tipos de subjetividad contemporáneos, en este contexto de la sociedad de la información, han invertido, como veníamos sugiriendo, las lógicas de lo público y lo privado en varias dimensiones.

De acuerdo a un conjunto de autores clásicos dentro de la teoría política, podemos pensar que la constitución de una esfera de vida pública (la res pública), es de fundamental importancia para el funcionamiento de la esfera de la política, entendiendo a ésta como la forma por excelencia de organización social. Por ejemplo, Rousseau (2007; originalmente publicado en 1762) reflexionará ampliamente sobre la importancia del establecimiento de un contrato social que se caracterizará, entre otras cosas, por el predominio de lo que él denomina la voluntad general, que diferencia claramente de la voluntad de todos. Si bien esta última tendría que ver con una especie de suma de intereses individuales, la primera poseería la cualidad de ser más integral y abarcativa, así como colindante con la noción de ciudadano, más que de individuo. Ya otro autor clásico en estas esferas, Tocqueville (1963; originalmente publicado en 1835), señalaba en la figura del individuo una especie de obstáculo para la eclosión de un ciudadano. Esta observación, es importante subrayarlo, la realizaba en el contexto de su trabajo “de campo”, por decir de un modo, que fue en América, es decir los Estados Unidos, especie de Meca del individualismo occidental: La democracia en América (1835).

Ahora bien, autores más contemporáneos que han estudiado a las juventudes señalan un par de aspectos importantes para entender a este sector etario: la falta de oportunidades institucionales, que se refleja en el escaso acceso, primero, a una educación pública y, segundo, a un trabajo digno. Ante esto, las formas en que reaccionan muchas veces se reflejan mediante expresiones estéticas muy particulares, que Reguillo ha metaforizado con la expresión “las formas del desencanto”. Esta especie de interpelación estética también la han observado otros autores, como Marcial y Vizcarra (2014) enfocándose en este trabajo en particular en sectores juveniles de zonas urbanas conflictivas, es decir, con carencias materiales y educativas significativas. Tomando como referencia a estudiantes universitarios, Crespo (1989) señala las diferencias de percepción que existen frente al gobierno en torno a jóvenes universitarios de instituciones públicas y privadas, señalando en general que en las universidades públicas se forma un espíritu más crítico hacia el gobierno. Otro aspecto diferencial importante que él señala apunta al tipo de actividad laboral al que aspiran los estudiantes: aquellos que pretenden introducirse en las esferas de gobierno tienden a “defenderlo” un poco más que aquellos que les interesa insertarse en la iniciativa privada. La percepción que se van construyendo los jóvenes de nociones como lo público y lo privado, misma que es una especie de referencia vital para a su vez conceptualizar la dimensión de lo político, está atravesada por su educación, algo que de hecho es de una obviedad que tal vez encubra procesos más complejos como la tendencia mucho más generalizada en la esfera sociocultural de una individualización más generalizada. La modernidad primero, la posmodernidad después, la extensión de internet y luego la de las redes sociales montadas en la web misma son factores que han incidido, todos, en un proceso más general de individualización en nuestras sociedades occidentales sobre todo, aunque no exclusivamente, ya que precisamente gracias a fenómenos como la globalización y lo que Martel (2011) ha denominado Cultura mainstream, entre otras cosas, mucho del mundo oriental se ha estado impregnando de valores occidentales relacionados con el individualismo. La importancia de la esfera cultural dentro del ámbito de lo político ha sido un tema que ha tomado más fuerza en los últimos años gracias a las aportaciones de autores contemporáneos como Pierre Bourdieu. Una de las lecturas de este autor señala precisamente hacia la importancia en lo que aquí puedo sintetizar como la producción, almacenamiento y distribución de signos y símbolos, fenómenos relacionados con la esfera de lo sociocultural. Él conceptualiza esto como “capital cultural”. Bourdieu (1998) habla también de capital económico y social, y de hecho hay una especie de preponderancia del capital económico en la transmisión del capital cultural, sólo que la plasticidad social, por decir de un modo, de este último, lo hace una especie de herramienta interesante en los “campos” sociales. Al hablar de “campos” este autor se está refiriendo a posiciones dentro de la sociedad, donde una vez más el peso que tienen las esferas socioeconómicas son un factor un tanto predeterminante para observar cómo se “juega” el capital cultural. La obtención de este capital cultural es, de acuerdo a este sociólogo francés, un proceso arduo de obtener, en donde la inversión de tiempo y dinero son elementos centrales. Ahora bien, aquí a mí me parece importante el señalar las formas en que lo que Bourdieu denomina capital cultural están jugando un rol central en la constitución de la experimentación de lo político en los jóvenes. También me parece que las formas en que se apropian de este capital están cambiando gracias a una cierta democratización que internet está trayendo consigo. Me es claro que no puedo hablar con total contundencia en este sentido, ya que hay factores socioeconómicos como la llamada “brecha digital” que apuntan a la gran fuerza que el capital económico y social tienen a la hora de apropiarse de los recursos simbólicos que están disponibles en internet, ya que los mismos no son explotados de la misma forma cuando esto se hace por sectores de jóvenes que Reguillo (2012) llama “privilegiados” (un pequeño sector con excelentes condiciones socioeconómicas), a cuando dicho uso es realizado por aquellos que la misma autora denomina “marginados” (una mayoría con malas condiciones socioeconómicas). Lo que sí me parece importante y rescatable dentro de este trabajo, es la idea de que el capital cultural está teniendo mucha fuerza en ciertas maneras de experimentación de lo político, como decía más arriba. En esta perspectiva, me parece que los jóvenes, mediante recursos como la estetización de fenómenos de la vida cotidiana, la expropiación, modificación y diseminación de imágenes con gestos humorísticos (los memes como paradigma), y un sinnúmero de otros recursos donde el capital cultural es un ingrediente indispensable, están transformando en mucho las formas clásicas de participación e interpelación política. En este mismo movimiento, la importancia que adquiere la publicación en redes sociales como Facebook de aspectos de sus vidas privadas adquiere una significación fundamental en la forma en que se posicionan en el espacio público que es internet, fenómeno que es muy interesante en múltiples sentidos.

Tanto Giddens (1995) primero, como más recientemente Sibilia (2008) aluden a una importancia vital de la preponderancia de la vida privada e íntima en estos contextos socioculturales, fenómeno éste que parece estar magnificado en población joven y con el uso de redes sociales como Facebook, por ejemplo. De acuerdo a Sibilia, la clásica noción de intimidad ahora puede ser vista como una extimidad, en el sentido de que parece haber una necesidad imperiosa de publicar aspectos de la vida privada en una especie de reconfiguración epidérmica, virtual e informatizada de la identidad. Tal vez la manifestación más impresionante de este fenómeno es la red social Facebook. En este tipo de páginas, las personas, llamadas simplemente “usuarios”, se unen para organizar su grupo de amigos mediante la vinculación de las diversas redes sociales facilitadas por internet. En realidad, la mayoría de las veces la cantidad de “amigos” no refleja que los mismos sean verdaderamente “amigos”, sino muchas veces simplemente “conocidos”, sólo que en Facebook se da un fenómeno muy interesante que consiste en “ganar” fama mediante la popularidad que uno “acumula” en la página. Digo “ganar” porque es muy interesante el relacionar cómo una serie de fenómenos en Facebook parecieran reflejar una de las aspiraciones del capitalismo: “coleccionar” grandes cantidades de objetos que, aquí, serían precisamente dichos “amigos”. Esto implica un cambio muy importante en el sentido de cómo, mediante la exhibición pública de sus perfiles, los jóvenes llegan a más audiencia que, mediante una solicitud de amistad y una serie de clics (likes por ejemplo), privatizan como capital social en sus propios perfiles, sensación ésta que ha sido reportada en varias investigaciones contemporáneas como de popularidad estilo “estrella de Hollywood”(Lee, 2010). Existe también una especie de “obsesión relacional”, en términos de Fernández (2010) 2 en el sentido de que se quiere estar en las redes sociales, ser popular en las mismas, obtener “likes” constantemente. Es importante ir mencionando que, para muchos de estos jóvenes usuarios, este tipo de fenómenos son también actos políticos, ya que inciden en dos esferas fundamentales tanto de sus identidades, así como de lo que ellos entienden por “político”: por un lado tienen así una voz pública ante una audiencia también pública, 3 así como se vuelven también objeto de una visibilidad mayor a la de sus vidas presenciales (offline), de carácter mucho más numeroso y con cualidades distintas. Precisamente esto es un fenómeno muy interesante, ya que, de acuerdo a algunos autores (Boyd, 2011), las redes sociales han transformado la noción tradicional de “públicos” (por ejemplo, un público “tradicional” sería una audiencia televisiva que ve un mismo contenido al mismo tiempo, pero sin tener necesariamente conexión interactiva entre ellos mismos) posibilitando así la creación de “públicos interconectados” (la “audiencia” en las redes sociales está conectada ya sea mediante una cadena de amigos en común, o bien por algún otro tipo de vínculo facilitado por las posibilidades técnicas del medio que soporta las redes sociales: Internet).

Lo que percibimos claramente nosotros es una gran cantidad de cambios en la vida social y política contemporánea, en donde, entre muchas otras cosas, múltiples frustraciones “reales” son “satisfechas” mediante realizaciones “virtuales” en donde la representación está jugando un rol central, más que la “vida real”, “cara a cara”. La proliferación de comillas acá responde a que actualmente, más que hablar de realidad “virtual”, como algo opuesto a lo real, entendido como material, físico, presencial, podemos pensar, junto con otros autores, en una realidad “suplementaria”, es decir, no contrapuesta ni/o totalmente diferente a la “real”, sino que la misma complementaría mucho del mundo cotidiano, más que “contraponerse” al mismo. En breve, podemos afirmar que todas estas características cambiantes de las formas de percepción de espacio-tiempo, “estar junto con otros”, 4 convergen en un mundo lleno de incertidumbres y vulnerabilidades sociales, en donde el rol que juegan las llamadas “identidades” está varias veces mucho más determinado por procesos mediáticos facilitados por las TIC y la globalización de patrones de consumo cultural, en donde las gramáticas de la imagen y la “autorrepresentación” se dan cita, que por agentes socializadores “tradicionales” como la escuela y la familia.

Visto así, el tema de las subjetividades contemporáneas y sus culturas políticas, en definitivo plural, plenamente informatizadas y con un tipo de sensibilidad actual muy singular, nos confronta con la presencia de formas de subjetivación en donde la esfera del individualismo, como decíamos más arriba, parece ser preponderante. A tono con esto, surge un tipo de ética en donde los “derechos individuales” (Lipovetsky, 1994) adquieren carta de presentación tanto en los sujetos como en los medios de comunicación electrónicos, lo mismo que en los discursos políticos y los modelos de desarrollo económico. El neoliberalismo, en este sentido, es el gran fantasma que en el horizonte estructural ensombrece la configuración de estas nuevas subjetividades. Si ya Marshall Berman (1988) había sintetizado muchas de estas peculiaridades de la vida social en su clásico ensayo Todo lo sólido se disuelve en el aire, retomando unas palabras de Marx por cierto, Zygmunt Bauman (2003) ha explotado con gran imaginación sociológica la metáfora de los líquidos versus los sólidos en su obra Modernidad líquida, describiendo con mucha agudeza la práctica desaparición sólida de “objetos” que antes eran más palpables: instituciones, creencias, funcionarios, empresarios, pero sobre todo, la idea de responsabilidad social que antes el Estado representaba en su monumental, imponente figura jurídica, política y social. Desde este punto de vista, las subjetividades actuales se desenvuelven en un contexto sociopolítico en donde lo “transnacional” y el consumo global son también ejes rectores fundamentales en la conformación de sus subjetividades: la idea, tal vez más que contrapuesta, complementaria, de ciudadanos y consumidores al mismo tiempo y en el mismo lugar, abordada entre otros autores por García Canclini (1995), en su libro Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización.

Por otro lado, en este mismo movimiento sociohistórico, también se ha generado la idea de que los “individuos” somos los únicos responsables de nuestros éxitos, sí, pero también mayoritariamente de nuestros fracasos: desempleo, pobreza, enfermedad, sufrimiento y vulnerabilidad social en general. Todas estas problemáticas sociales aquejan hoy en día de forma sustancial a las juventudes, las cuales han generado, en palabras de Reguillo (2012) una serie de “estrategias del desencanto”: grafitis, arte circense, fotografía, vídeo y un largo etcétera de recursos estéticos que explotan en manifestaciones culturales que, vistas en su contexto sociohistórico amplio, son también nuevas formas de emergencia política. La producción de símbolos es, en este sentido, un rasgo que tiene una presencia constante y persistente en estos fenómenos. Pareciera que la dimensión de lo estético, dentro del universo multicolor de las juventudes contemporáneas, está funcionando como un eje articulador que es un tipo de respuesta a las grandes contradicciones, incertidumbres y vulnerabilidades que ha generado el modelo económico actual, soportado mediante un capitalismo informatizado que ha mutado en sus formas de funcionamiento y expansión precisamente también gracias a la extensión de internet (Castells, 2001).

Respecto de este escenario social agreste que experimentan los jóvenes, Ulrich Beck (2000) por su parte, ha analizado varias de las cualidades sociales de hoy en día desde un marco en donde, además de la sociología, se da cita la esfera económica de forma muy importante, y ha planteado un gran concepto que es la llamada sociedad de riesgo. Beck contrapone el concepto de “reflexión”, que desde su perspectiva sería más idóneo para adjetivar a la perspectiva de Giddens (1995) con aquel que el mismo Beck propone de “reflexividad”, analizando tanto las diferentes implicaciones de la terminología en inglés y en alemán, así como, sobre todo, subrayando que la postura de Giddens sólo hablaría de un mayor grado de autonomía y, así, conocimiento, es decir: “resultados deseados y esperables” por “individuos autónomos” (más que sujetos). 5 Por su parte, Beck, además de analizar esta faceta, dice que hay que incluir los resultados no esperados que nuestras decisiones pueden implicar, y así habla del riesgo intrínseco en cada decisión supuestamente “autónoma”. La crítica de Beck radica en que él afirma (y argumenta ampliamente) que la postura de Giddens, si bien convergente con la suya misma en varias vértices analíticas, descansa en el fondo en un enfoque epistemológico lineal, producto de la modernidad ilustrada, racional y positivista, esfera en la que la mayoría de los adultos, a diferencia de los jóvenes, podríamos estar muy anclados por cierto. Al respecto, dice:

Mientras que las teorías lineales del conocimiento asumen (más o menos) círculos cerrados de grupos de expertos formalmente responsables y de personas que actúan sobre el conocimiento, las teorías no lineales contemplan un campo abierto y múltiple de competidores que actúan sobre el conocimiento (Beck, 2000:180).

La metáfora del riesgo en este panorama es muy sugestiva y además potente en términos explicativos, y él pone a discusión las formas diversas en que los riesgos se han sabido administrar desde ciertas entidades, creando ámbitos de servicios como los seguros en la esfera económica, pero también todo esto ha traído consigo una sensación subjetiva de desamparo e incertidumbre social constante, misma que es fuertemente experimentada por las juventudes contemporáneas. Al reflexionar sobre el riesgo en múltiples esferas de la vida social, pero sobre todo en el sentido de su argumentación acerca de que el considerar el desconocimiento en los enfoques lineales de algunas posturas sociológicas que él así considera no toman en cuenta (Giddens, 1995), Beck propone una especie de brevísima agenda resumida en cuatro puntos, de los cuales aquí tomamos el primero:

1.- ¿Quién tiene que definir y determinar la inocuidad de productos, el peligro, los riesgos? ¿Quién tiene la responsabilidad: quiénes generan los riesgos, quiénes se benefician de ellos, quiénes se ven potencialmente afectados por ellos o los organismos públicos? (Beck, 2000:237).

Problematiza así, profunda y extensamente, una serie de características de la vida social contemporánea que nos parecen indispensables a la hora de intentar comprender la eclosión de nuevas subjetividades juveniles, así como su relación en las maneras en que muy probablemente experimentan, crean y viven formas de cultura política totalmente ajenas a lo que se pensaba hace tan sólo algunos años. Las experiencias de incertidumbre ante el futuro, no sólo en sus horizontes laborales, económicos y emocionales, sino también incluso en las preocupaciones (riesgos) que la dinámica social ha imprimido en la opinión pública, son determinantes para comprender muchas de las características de las culturas juveniles, mismas que han sido denominadas también, por otros autores, como tribus urbanas (Maffesoli, 1990). Uno de los sectores más afectados en este sentido, insisto aquí, son los jóvenes, que a muchos nos interesa estudiar en estas dimensiones sociales, políticas y culturales. Valenzuela (2004) ha planteado también un conjunto de ideas enriquecedoras a la hora de comprender lo que él ha denominado “identidades juveniles”. Al realizar un acercamiento tanto teórico como empírico a sectores concretos dentro de lo que más generalmente se ha dado en llamar “la juventud”, halla las mil y una formas en que una diversidad de factores socioestructurales, como las crisis económicas, la violencia intrafamiliar y los abusos de las policías en la calle, han empujado a la conformación de agrupaciones juveniles como los cholos, los punks o los maras, entre otros. Aspectos distintivos como la ropa, el habla y las formas de interrelación que cada uno de estos grupos establece están en función de posiciones sociales muy específicas, mismos que convergen en situarse en la marginalidad. ¿Qué lugares sociales son éstos? El barrio funge aquí un papel fundamental, en el sentido de ser un territorio que les otorga sentido de seguridad y fraternidad entre ellos, aunque al mismo tiempo los confronta con otros grupos identitarios en pugna por estos territorios. Dentro de estos sectores existen subgrupos que se disputan el territorio, como el caso ejemplar que Valenzuela analiza de los maras, cuyas dos bandas principales son La Mara 18 y La Mara Salvatrucha 13. El fuerte papel que posee la estética en estos grupos es más que interesante, ya que usan su cuerpo como una especie de pergamino en el cual imprimir mensajes mediante un sinnúmero de tatuajes, verdaderos signos carnales inscritos en códigos semánticos donde el honor juega un papel central.

En un contexto empírico diferente, Monsiváis-Carrillo y Álvarez-Torres (2015) nos hablan de la necesidad de realizar una inclusión de este sector etario en los procesos democráticos, y en este sentido abogan por la implementación de una democracia deliberativa, ya que la meramente representativa y electoral simplemente parece estar agotada en sus canales institucionales ante la complejidad socioestructural del mundo contemporáneo. Subrayan que los jóvenes, al no encontrar cauces formales ni, sobre todo, confiables para la participación política, se enfrascan mucho más en sus proyectos personales de vida y “parecen” no interesarse en la política. Entrecomillo “parecen” porque ahí radica una gran diferencia en cuanto a lo qué tal vez esté sucediendo en este sector etario, ya que por mi parte creo que es la noción de “lo político” lo que está mutando frente a nosotros hoy en día dentro de dicho sector etario. Tal vez Reguillo (2012) es una de las autoras que más finamente ha logrado captar este tipo de cambios en la percepción e, incluso, sensibilidad para la experimentación de lo político por parte de las juventudes. Se puede percibir, dentro de todos estos fenómenos, que si bien las esferas de la cultura y la política siempre han estado muy relacionadas, hoy en día se tejen relaciones más profundas entre las mismas, siendo el sector etario de los jóvenes uno de los que más se encuentran inmersos en este proceso.

Podemos ir viendo ya más claramente, entonces, cómo es que las esferas de lo sociocultural parecen entremezclarse constantemente con la dimensión de lo político, sólo que de formas a las que no estábamos acostumbrados hace tan sólo unas décadas, aspecto que deseamos desarrollar en el siguiente apartado.

Lo sociocultural y lo político: fronteras permeables

Pensamos así que es importante mencionar el universo de los llamados estudios socioculturales, ya que podemos afirmar que éstos han logrado conectar una serie de dispositivos teóricos de lo que Arjun Appadurai ha denominado “las dimensiones culturales de la globalización” (1996:12), 6 mediante un diálogo fructífero que ha posibilitado de forma contundente la indispensable politización de todos estos temas en tiempos en donde lo que podemos pensar como una despolitización se ha generalizado algunas veces incluso en discursos académicos que rozan con una mera actitud descriptiva respecto de los fenómenos de apropiación de sentido, sin generar un cuestionamiento crítico de las implicaciones socioeconómicas y estructurales profundas que ello implica en las subjetividades juveniles, como recién intentamos ilustrar con algunas de las ideas de Beck.

La perspectiva meramente informacionalista de los fenómenos comunicacionales adquirió en años pasados gran fuerza en los discursos académicos con mayor potencia política, es decir los de los Estados Unidos del norte, trayendo consigo una interpretación lineal y meramente mecánica de los fenómenos comunicacionales, borrando así la gran carga que éstos tienen en procesos de subjetivación de la población tanto joven como adulta, y ni se diga en niños, invisibilizando así también la carga ideológica y política que los medios de comunicación poseen en sus consumidores. De forma más reciente han surgido discursos en donde lo público, como esfera de discusión política, hace acto de aparición, como apuntan las preocupaciones actuales de Appadurai. Appadurai ha planteado tesis muy interesantes acerca de estas “dimensiones culturales de la globalización”, en el sentido de cómo fenómenos como las grandes migraciones de poblaciones, así como el papel central de los medios de comunicación electrónicos en diversos universos de la vida social, juegan en la constitución del sentido que adquiere el habitar un mundo que tiende tanto a la homogeneización de ciertos hábitos de consumo cultural, así como a la gran diversidad que esto conlleva en el papel de la imaginación como “combustible para la acción social” (1996:12) en múltiples actores sociales, entre ellos principal, aunque no exclusivamente, las juventudes. Los medios de comunicación, con su lógica de seducción constante mediante imágenes, sonidos y colores variados, a veces han logrado que el acto de la comunicación, en sí mismo, sea más fundamental que el “hecho social” de la comunicación, como lo veníamos entendiendo hace sólo algunas décadas. También, que la figura de emisor y receptor tiendan algunas veces hacia una extraña convergencia mediática (Lipovetsky, 2010), que nosotros no dudamos en calificar de narcisista en ciertos sentidos. 7 El fundamental papel que ha adquirido el fenómeno de la comunicación facilitado por las TIC nos plantea la eclosión de nuevas “formas de ser” (Sibilia, 2008); las cuales nosotros hemos conceptualizado aquí como subjetividades juveniles), en las que la representación y experiencia del sí mismo está totalmente atravesada por las configuraciones que posibilita un fenómeno imprescindible para la comprensión actual de nosotros mismos: la conexión. Al respecto, podemos ver que ésta puede significar muchas cosas (Winocur, 2009), aunque relacionado con el tema de la juventud uno es esencial: nuevas formas de subjetivación y procesos sociales y políticos emergentes. En su trabajo, Robinson Crusoe ya tiene celular (2009), esta autora sí empieza a vislumbrar algunos de los aspectos psicológicos que los jóvenes experimentan al respecto, vinculando las esferas subjetivas y políticas de forma implícita, al hablar de diversas significaciones de la “conexión”: como dispositivo simbólico para controlar la incertidumbre, como un espacio de vida, como lugar de visibilidad y trascendencia social, como un ámbito de consuelo y manipulación de la biografía y como estrategia de cohesión familiar, entre otras (Winocur, 2009). Relacionado con esto, las posibilidades de comunicación y expresión que han posibilitado las TIC, además de ser un medio de inclusión y visibilidad social, cuyo ejemplo máximo son las actuales redes sociales, han pasado a ser parte intrínseca de las identidades juveniles contemporáneas. Al respecto, Winocur sintetiza:

La exuberancia de las imágenes, el traslape de los tiempos, la exhibición cruda de las diferencias, la recreación del odio y del amor, del dolor, de la felicidad, de la enfermedad, de la muerte, de lo sobrenatural en diversas culturas, y la escenificación de las luchas por el poder en todas sus formas posibles que ofrecieron el cine y la televisión por décadas, pusieron a los jóvenes a desear el mundo, pero Internet les generó la ilusión de que pueden poseerlo y controlarlo instantáneamente (Winocur, 2009:56).

Asistimos a una nueva configuración en las subjetividades contemporáneas en donde los dispositivos de comunicación se acercan cada vez más a fungir como prótesis indispensables para la vida cotidiana de cualquier ser humano, 8 aunque en la gente joven esto es prácticamente vital. Vistas así las cosas, es importante atender los hábitos de consumo cultural de los jóvenes y vincularlos con sus formas de pensar y actuar, analizar las diversas formas en que se insertan en las esferas de la vida pública y privada, subrayando que estas categorías han venido a mezclarse de maneras muy interesantes, híbridas como ya lo he mencionado, haciendo convergencias extrañas, pero sumamente ricas en cuanto a la manifestación de fenómenos socioculturales, así como las plásticas modalidades en que un fenómeno como la ciudadanía presenta continuidades de fondo, pero muy probablemente rupturas en cuanto a sus formas de expresión, y en este sentido se han empezado a plantear una serie de intelecciones teóricas que apuntan a una mezcla y mutación de los espacios concebidos como “públicos”. 9 En este sentido, internet es un fenómeno cuyas implicaciones siguen rebasando todas nuestras expectativas y previsiones, ya que se ha planteado que es una revolución similar, aunque tal vez mucho más potente, que la invención de la imprenta hace ya un par de siglos. 10 El mundo de las llamadas TIC está siendo apropiado y reinventado constantemente por esta población de gente joven, que Morduchowicz (2008) planteara como La generación multimedia. Tal vez el único sector de la población que está más afectado por Internet es el de los niños, ya que algunos de ellos tienen acceso a computadoras, celulares, iPods, de una forma radicalmente innovadora desde sus inicios de vida. 11 Ahora bien, en todo esto, una problemática central es la llamada brecha digital, la cual contempla las grandes y nuevas formas de exclusión social que las diferencias socioeconómicas están trayendo consigo. Es éste un punto fundamental, de capital tanto político como económico y sociocultural, ya que una vez más encontramos posturas antitéticas respecto de las “bondades totales” o bien las “maldades intrínsecas” de una herramienta tecnológica como Internet. En lo personal, considero que actualmente coexisten las dos posibilidades, y está por verse qué predominará más y sus implicaciones.

Relacionado con las juventudes, uno de los mitos que se han construido acerca de internet es la posible forma que conlleva de aislamiento social, 12 sólo que, en investigaciones diversas, justo como las de Morduchowicz (2008) La generación multimedia, y Winocur (2009) Robinson Crusoe ya tiene celular, se llega a conclusiones bien distintas: se observa una construcción y reconstrucción de nuevas formas de socialización, las cuales inciden en la conformación de sus subjetividades, precisamente en gente muy joven. No obstante, no hay que dejar de lado que las lógicas de la inclusión-exclusión son algunas veces más complejas de lo que se plantea en estudios con corte meramente comunicacional, y he ahí nuestra propuesta de incluir el concepto de subjetividad con aportes psicoanalíticos a la hora de pensar las juventudes y sus formas de entender fenómenos como la política, entre otras cosas. A su vez, reiteramos que no por ello dejamos de considerar como algo muy importante, para comprender a las juventudes contemporáneas, el contextualizar a nivel sociológico el tipo de entorno en el que están viviendo. Nuestras sociedades actuales han sido catalogadas como posmodernas, mediante autores como Lyotard (1987) La condición posmoderna y Lipovetsky (1986 y 2006) La era del vacío y Los tiempos hipermodernos, o también como producto de una singular condición de “modernismo tardío” como propone Habermas (1989) en El discurso filosófico de la modernidad: parecemos habitar una época en la que las contradicciones inherentes a las lógicas de la modernidad, llevadas a su máxima tensión dialéctica, parecieran irresolubles con las herramientas intelectuales que poseemos actualmente, producto de la misma modernidad y de la Ilustración. Sin entrar directamente en este debate, cuya riqueza no sólo encuentro pertinente sino muy fructífero, sí percibo que nuestra sociedad es una sociedad compleja y cambiante, con características que invitan a una reflexión autocrítica para pensar qué es lo que somos, y qué son nuestros jóvenes en este escenario tan singular. En palabras de Cornelius Castoriadis (2001) las figuras de lo pensable nos están confrontando con un mundo en donde necesitamos mucha imaginación y creatividad para no anular el sentido tradicional de la experiencia humana en su extensa y profunda complejidad, en donde la dimensión de lo imaginario y de lo subjetivo están jugando, a mi parecer, un papel muy importante, que es ilustrado en las formas emergentes políticas juveniles contemporáneas.

El universo de los jóvenes y sus relaciones con aspectos socioculturales parecen interpelarnos mediante lenguajes que nosotros, los adultos, no sabemos todavía “hablar”. Es en este sentido que el fenómeno de “lo político” pareciera ser experimentado por la gente joven de maneras muy diferentes a las que estábamos acostumbrados hace tan sólo un par de décadas. El concepto de política, en un sentido tradicional, ha sido asociado a una serie de conceptos que hoy rigen de manera formal nuestras prácticas: Estado, instituciones, democracia, representatividad y ciudadanía, por mencionar un par. Las formas de participación política, en nuestras democracias occidentales, atravesadas por el régimen económico capitalista, han venido a desembocar en un tipo de democracia meramente representativa. Si bien que por supuesto que existen canales de participación más activa en nuestras sociedades, podemos afirmar que ésa no ha sido la norma generalizada. Instituciones supuestamente diseñadas para la activación y el empoderamiento ciudadano, como por ejemplo el IFAI en México, dejan mucho que desear en la práctica real por múltiples razones. En el mundo en general, y en países como el nuestro en particular, tanto la corrupción como la ineficacia de los funcionarios y políticos a cargo de nuestras instituciones han mostrado a las claras que siguen habiendo innumerables obstáculos para el susodicho fenómeno del empoderamiento. Poderes fácticos, más que legales y/o institucionales, como la televisión y empresas transnacionales, hacen sentir su poder mediante variadas dinámicas que producen un embotamiento en la participación política de la gran mayoría de la población. Esto se refleja en mucho de lo que desarrollamos más arriba cuando hablamos de la gran injerencia que tienen las llamadas industrias culturales a la hora de incidir en las conformaciones de las subjetividades juveniles. Ahora bien, algo interesante en todo esto es que algunas de las prácticas hasta cierto punto inducidas por estas mismas industrias culturales, para poder rentabilizar económicamente el gran universo de consumo en la población joven, han sido hasta cierto punto capitalizadas por algunos de estos mismos jóvenes como formas contestatarias ante dichos poderes fácticos. Es aquí que fenómenos como el uso y la producción de símbolos originalmente emitidos por dichas industrias culturales, son usados como herramientas estéticas de cuestionamiento al poder tanto político como económico. Es el caso de los llamados memes, por ejemplo, que han sido conceptualizados como unidad básica de información cultural, contraponiéndolos con los genes, que son la unidad básica de información biológica. Más allá de la fortaleza epistémica que puedan tener este tipo de conceptos, lo que sí considero es que logran ilustrar una serie de fenómenos interesantes del mundo contemporáneo, donde los jóvenes parecen estar jugando un rol importante. El poder de un par de elementos del diseño gráfico, por ejemplo, que han sido ampliamente explotados por la publicidad contemporánea, son también característicos de dichos memes: el uso de imágenes y textos breves que interpelan a lo humorístico. La Política, con mayúsculas, enmarcada por una serie de características formales como las instituciones y conceptos que muchas de las veces rayan en lo solemne, da paso aquí a una lógica del acontecimiento singular, a una política con minúsculas. Veamos un ejemplo muy claro y reciente de este tipo de fenómenos:



Embajadora en Educación

La popular actriz Carmen Salinas, quien de forma sorprendente fue nombrada “embajadora de la educación” por el SNTE en junio de 2014, aparece aquí en uno de tantos memes que la muestran con varios de los rasgos que de hecho la caracterizan: agresiva, vulgar, visceral. Los memes se apropian de varios de los recursos que los mismos medios de comunicación han usado, y sirven así como forma de interpelación burlona ante este tipo de actos. En efecto, este tipo de manifestaciones nos sitúan en un ámbito complejo en donde surgen muchas preguntas: ¿este tipo de actos pueden ser considerados como políticos?, ¿realmente “cuestionan” de forma efectiva las formas de ejercicio del poder político? Acá hay posturas encontradas, en el sentido de que unos piensan que este tipo de actos sean simples válvulas de escape y no consigan nada, y otros que intentan comprender el impacto que esto puede tener en la conformación de nuevas formas de participación política. Por supuesto que aquí, curiosamente, este tipo de posturas que se plantean en términos binarios y excluyentistas, rígidamente demarcados, entre una elección de sí o no, blanco o negro, obnubilan las posibilidades de comprensión de este tipo de fenómenos, que tal vez estén rebasando esta lógica dicotómica, característica de esquemas cognitivos que precisamente en gente joven tal vez estén mutando hacia otras lógicas más de tipo sintético y visual, por ejemplo. Los esquemas cognitivos que los caracterizan, como hemos venido diciendo, poseen una cierta plasticidad psicológica: síntesis más que análisis, uso de imágenes más que de palabras (el logos), y un cierto carácter altamente emocional, más que abstracto. Tanto el psicoanálisis como la psicología cognitiva poseen herramientas muy sólidas para comprender este tipo de dinámicas sociales desde sus soportes psicológicos, dadas las características de los jóvenes. Varios autores, desde diversas disciplinas, ya han abordado este tipo de temas. Peirone (2012) en su trabajo Mundo Extenso. Ensayo sobre la mutación política global, trae a colación a su vez a otros dos autores que han escrito al respecto: Alessandro Barico (2008) en su ensayo Los bárbaros, y Pierre Levy (2004) en su trabajo Inteligencia colectiva. Por una antropología del ciberespacio. Describiendo las prácticas sociales y el “pensar” de los jóvenes de hoy, escribe:

Barico extrae de Google lo que Pierre Lévy obtiene de la ‘transformación continua y rápida de los paisajes científico, profesional y mental’ para definir las bases de un nuevo ‘nomadismo’ antropológico. En el surfing está la clave para descifrar el pensamiento actual. Pensar es como navegar, la esencia de las cosas no está en un punto, sino en la trayectoria; no está escondida en el fondo, sino dispersa en la superficie; no reside en las cosas, sino por fuera de ellas, donde realmente comienzan, es decir, por todas partes (Perione, 2012:84).

Los conceptos y las instituciones de los tipos de regímenes políticos contemporáneos están asentados en planteamientos prototípicos de la Ilustración y la modernidad en sus sentidos más amplios, donde nociones como razón, centro, profundidad y universalidad son ejes rectores. Insistimos en el carácter solemne que se le ha atribuido tradicionalmente a la Política, con mayúsculas, como decíamos más arriba. La retórica política clásica, así como la extrema racionalización de fenómenos que presentan singularidades muy plásticas en la vida cotidiana, parecen no dar solución a este sector etario que se rige actualmente mediante otras formas tanto de pensar la realidad, como de accionar en un mundo en donde, además de lo público y lo privado, también se fusionan esferas que pudieran parecer antagónicas, como lo local y lo global, dimensiones que se acercan mediante el uso de redes sociales conectadas a Internet. Chantall Mouffe (1999) ha señalado un par de aspectos importantes para pensar hoy en día el fenómeno de lo político: polis (estar juntos) y pólemos (discusión). Si bien sus reflexiones no apuntan a relacionar este tipo de aspectos con el tema de las juventudes, a nosotros nos parece importante señalar cómo estas dos dimensiones pueden estar potenciadas por las redes sociales: espacios colectivos de discusión. Cierto, la mayor parte de este tipo de estar juntos y de discusiones la mayoría de las veces no produce fenómenos “políticos” claros, como sí sucedió con el ejemplo que decíamos más arriba del movimiento juvenil #Yosoy132 en México, el cual impactó de forma significativa en las elecciones presidenciales pasadas, en donde las encuestas se movieron bastante en días posteriores a la efervescencia de las manifestaciones. Si bien las encuestas no se lograron revertir del todo en el sentido de que se cumplieran sus predicciones de las mismas, sí hubo cambios significativos al respecto.

Las prácticas sociales de los jóvenes, asiduos consumidores de contenidos culturales, es decir de productos generados por las llamadas industrias culturales, están muy familiarizadas con una infinidad de símbolos visuales que los interpelan de diversas maneras, principalmente pensadas para incluirlos en el mercado como consumidores. El carácter colectivo del uso y producción de símbolos, ya señalado más arriba con la alusión a los memes, ha sido más ampliamente estudiado por otros autores, como Casacuberta (2003) quien ve en fenómenos como el “artivismo” semillas de potenciación política principalmente manifestadas en población joven. El término “artivismo” es un neologismo que combina dos palabras: “arte” y “activismo”, intentando dar cuenta de este tipo de acciones políticas. Las TIC, en efecto, posibilitan este tipo de fenómenos, donde un público “interconectado” (como decíamos más arriba, con investigaciones de Boyd, 2012 , no solamente es pasivo, sino que se convierte también en creador colectivo. Los memes en este sentido sí son un ejemplo muy claro de este tipo de fenómenos. Relacionado con esto, el carácter viral de algunos de los memes y otros contenidos, como videos, es otra de las grandes potencialidades que las redes están facilitando. En el caso del #Yosoy132 fue muy claro que la viralización de un vídeo, producido y emitido en redes por estudiantes de la Universidad Iberoamericana, fue un detonador explosivo y hasta cierto punto impensable de lo que después significó dicho movimiento. Algo más que interesante en el mismo #Yosoy132 es que las formas de enunciación también tuvieron un sello colectivo, y de hecho, el nombre mismo, que alude a un anónimo y singular, pero a la vez muy interpelador y colectivo “Yo”, es también un indicador interesante de estas nuevas dinámicas de emergencia política. Precisamente, en la configuración de un movimiento como éste, el #Yosoy132, podemos ver muchas de las características que he venido desarrollando en el presente trabajo. Sus formas de organización tuvieron mucho de lúdico y “personal”, algo que de hecho se expresa claramente en la forma de enunciación: #Yosoy132. Casi suena a un eslogan publicitario muy conocido: Soy Totalmente palacio. Es decir, pienso que estos procesos de individualización de los que he hablado se expresan en estas formas de enunciación, que interpela a un colectivo mediante el uso de un “Yo” muy particular. Las marchas de este movimiento se caracterizaron, en primera instancia, por la organización que permitió la vinculación de redes internas (por ejemplo estudiantes de la Ibero en primera instancia), con redes externas (la incorporación posterior de otras universidades, gracias a la viralización del vídeo que dio nacimiento al #Yosoy132). Asistimos a una configuración donde las redes privadas se compenetran con las públicas (Estrada, 2014) en aras de un fin en común. El uso de símbolos lúdicos en las redes fue también un factor muy importante, así como, sobre todo, una cierta lógica carnavalesca en las marchas en las calles, donde una dinámica de diversión jugó un rol importante. En este sentido, la producción de símbolos diversos, así como de productos mediáticos, como el caso del famoso vídeo, resultaron indispensables en la conformación de este movimiento. Algo muy interesante en la evolución del vídeo y del movimiento fue el intento de varios de los núcleos organizadores primarios de evitar la partidización del movimiento. También es muy interesante que haya sido una universidad privada, más que una pública como tradicionalmente se ha dado en muchos de estos casos, la que haya fungido como la chispa que encendió un fenómeno social tan atractivo desde mi punto de vista. Un rasgo un tanto generalizado en los trazos socioculturales que he venido dibujando a lo largo de este texto es una especie de inversión en las lógicas de lo público y lo privado. Una de las dificultades en el análisis de este movimiento es la gran proliferación de asambleas en diversas universidades del país, sitios de internet que se sumaron al movimiento desde diversos frentes, y una gran eclosión de productos mediáticos como videos y posts que se estuvieron “moviendo” a grandes velocidades en redes sociales como Facebook.

Parecemos asistir a una nueva lógica donde la producción de símbolos y de “obras” se caracterizan por este carácter de anonimato donde la autoría tiende a disolverse entre la gran maraña de acontecimientos digitales. Otra de las ideas que se han usado para caracterizar este tipo de fenómenos es el de los Smart Mobs, popularizados por el escritor inglés Howard Rheingold (2004), quien en su libro homónimo, traducido al español como Multitudes inteligentes. La próxima revolución social, aborda una serie de temas importantes para comprender las implicaciones que tienen las tecnologías digitales en la conformación de la sociedad contemporánea. El uso de tecnologías de información y comunicación, el acceso cada vez más generalizado a la conectividad, el diseño de interfaces cada vez más sofisticadas y sobre todo, el nacimiento de prácticas sociales inéditas que se han posibilitado en estos entornos son marcas que definen hoy en día a las subjetividades juveniles y sus formas de comprender y manifestarse en la esfera política. Podemos señalar un par de características importantes para entender todos estos cambios, y uno de ellos es aquel de las formas en que se toca lo personal mediante decisiones políticas. La hoy popularizada frase “lo personal es político”, que rescata el famoso título del ensayo de la feminista radical Carol Hanisch publicado a finales de los años 60, sintetiza esta sensibilidad juvenil a la hora de participar y experimentar lo que aquí podemos denominar su cultura política, subrayando que lo que entienden por política es muy diferente a lo que hace tan sólo un par de años se pensaba. Otro punto fundamental es que son prácticas que se caracterizan por ser también “anti-institucionales”, ya que existe una gran desconfianza ante los canales tradicionales de representación política, por considerarlos tanto obsoletos como “tramposos”, por decir de un modo. Las formas del ejercicio político tradicional, lo sabemos bien, están atravesadas por lógicas verticales y jerárquicas, que no son del gusto ni del interés de los jóvenes. Otra particularidad de sus formas de participación es que éstas sean horizontales, como también lo pudimos ver en el desenvolvimiento del #Yosoy132, cuando la aparición de “voceros” predominantes desmotivó e incluso deslegitimó en mucho al movimiento. Las formas de interpelación que los convocan parecen estar mucho más relacionadas con aspectos que subrayen el carácter personal que hay en todo fenómeno político, de formas cuyas emergencias se expresan mediante un conjunto de tonos estéticos, donde parece habitar mucho del espíritu publicitario que habita en productos y contenidos de las industrias culturales y otras afines. Como decía más arriba, es inevitable no pensar en la exitosa campaña publicitaria de la cadena Palacio de Hierro en México, cuyo eslogan de igual forma ha interpelado a un “Yo” implícito: Soy Totalmente Palacio. Parece existir una cierta similitud, como decíamos más arriba, entre las formas estéticas que la publicidad usa para seducir a los consumidores, y cómo éstas son usadas para cuestionar aspectos sociales mediante expresiones que hoy se asientan en las redes sociales facilitadas por internet. Son “lógicas” no necesariamente contrapuestas ni totalmente generalizables, y si bien por mi parte considero que es riesgoso apostar todo a este tipo de lecturas en donde se cae algunas veces en una apología de todo lo que se caracterice por ser descentrado, singular, anti-racional, también observo que hay fenómenos interesantes que nos confrontan a la hora de realizar una interpretación. Es decir, me parece que, si bien es indispensable adoptar una postura crítica que devele los riesgos (muy visibles y palpables de hecho) en este contexto, también es necesario apuntar nuestros enfoques hacia las dinámicas diversas que están posibilitando nuevas formas de acción política, por ejemplo. En el caso de la población joven es algo sumamente importante y que está por definirse qué tan negativo está siendo, y qué tan positivo puede llegar a ser, ya que, por un lado, son fenómenos bastante incipientes aún, y por otro lado, presentan características muy encontradas: son armas de doble filo. Las juventudes, al tener un horizonte inmediato de incertidumbre social, tal vez estén apostando por un tipo de vida que toma lo positivo de su entorno inmediato, y cuando ven la posibilidad de incidir en el mismo, lo hacen tal vez sin mucho pensar concretamente en un fenómeno “político”, como éste era pensado hace algunos años: con una organización sólida, con “bases” y “estructuras” ideológicas claras, con objetivos que apuntaran a las instituciones formales.

Para concluir, pensamos que la población joven en México es un sector estratégico no del futuro del mañana, sino del mundo de hoy, sólo que la misma se encuentra viviendo en un contexto de desolación e incertidumbre por la gran cantidad de problemas sociales y económicos que los afectan directamente, tales como la gran dificultad tanto de acceder a una educación media superior y superior de calidad, sea pública o privada, así como, en caso de acceder a ella, posteriormente insertarse en un escenario laboral que se presenta cada vez más constreñido. Fenómenos sociales tales como la juventud, sus subjetividades y sus culturas políticas se están transformando radicalmente en el contexto de una sociedad que tiende a la informatización en múltiples dimensiones, y los sectores jóvenes que tienen acceso a ella, si bien en nuestro país no tan significativos en términos cuantitativos (aunque con una tendencia clara al crecimiento), sí lo son desde una perspectiva cualitativa, mediante fenómenos muy interesantes como son las redes sociales, por ejemplo. Por ello consideramos fundamental comprender estas temáticas con mayor profundidad, como algo indispensable para la generación de un diálogo con las juventudes contemporáneas en aras de buscar soluciones de carácter más integral que tomen en cuenta todas las mutaciones que lo sociocultural y, por ende, lo político, están sufriendo en nuestro mundo de hoy.

Material suplementario
Referencias
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Notas
Notas
1. Al respecto, se pueden observar algunas ideas relacionadas con esto en: Hernández García R., E. (2009), 115-136.
2. Es interesante observar que se plantean similitudes de estos fenómenos mediáticos con una cierta ética y sensibilidad creadas por una especie de capitalismo emocional muy actual en: Fernández Porta, Eloy (2010) EROS. La superproducción de los afectos. Anagrama, Barcelona. Es importante mencionar que el término “capitalismo emocional” en realidad fue propuesto antes por: Illouz, Eva (2007) Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Katz, Barcelona.
3. Aquí es fundamental subrayar que cada red social tiene lógicas muy particulares de funcionamiento y estructuración. Por ejemplo, Twitter se caracteriza por ser más “viral” y llegar a más “audiencias” que Facebook, un poco más acotada a un universo de personas que sí se conocen “en persona”, es decir de forma presencial. Aunque estos límites tienden a difuminarse mucho, precisamente en población muy joven, dadas las cambiantes prácticas sociales que las redes sociales están trayendo consigo. En una investigación nuestra en curso, que está enfocada en Facebook, lo que hemos podido ver es que, en efecto, este carácter de “viralidad” es menor que en Twitter, por ejemplo.
4. De acuerdo a investigaciones personales anteriores, mediante entrevistas con jóvenes, coincidimos con autores como Morduchowicz, quien ha observado lo mismo: los jóvenes no contraponen el estar juntos “cara a cara” y el estar conectados online, sino que ven esto último como una herramienta más para socializar.
5. Es decir, individuos que se perciben como entes racionales, ilustrados, participativos, politizados y utilitaristas en su praxis, y no sujetos, es decir, situados en condiciones que los rebasan tanto a nivel macro, como lo sociohistórico (régimen político y sistema económico), como a nivel micro, por ejemplo sus estructuraciones psicológicas y esquemas cognitivos (sujetos del inconsciente, desde el psicoanálisis).
6. Appadurai, Arjun (1996). Los planteamientos de este autor, que vincula de forma muy significativa los cambios socioculturales que ha implicado la globalización con prácticas sociales contemporáneas, nos parecen una referencia muy enriquecedora. La traducción del breve fragmento citado aquí es mía.
7. Al respecto, véase un trabajo ya clásico: Lasch, Christopher (1979).
8. En un contexto más amplio, aquél de la filosofía de la tecnología, véase también: Sibilia, Paula (2005).
9. Para este tema, véase: Lins Ribeiro, G. (2004).
10. Al respecto, véase el trabajo tanto amplio como profundo en cuanto a historización e implicaciones socioculturales de: Piscitelli, A. (2005).
11. Obviamente sabemos que este “sector” es pequeño demográficamente hablando, pero no por ello menos significativo a nivel social y cultural, tomando en cuenta la brecha digital existente en las diversas realidades socio-económicas. Desde Reguillo (2012) y estudiado más en los jóvenes que en los niños, sería un pequeño sector que ella denomina privilegiados.
12. En este sentido, traemos a colación el más que interesante fenómeno sociopsicológico de los llamados hikikomori, sector joven de Japón que se caracteriza por un aislamiento prácticamente total de la sociedad.
Notas de autor
* Enrique Hernández García Rebollo. Mexicano. Doctorante en Ciencias Sociales, UAM Xochimilco. Licenciado en Psicología social por la UAM; maestro en psicoanálisis por Centro Eleia A. C. Además de desempeñarse laboralmente en el ámbito clínico, ha sido profesor en la UAM-Xochimilco, en el departamento de Educación y Comunicación, y en la UNAM, FES Iztacala, así como en otras universidades. Ha publicado artículos en revistas arbitradas, así como poemas y ensayos en revistas de difusión cultural. Algunos de sus intereses de investigación actualmente son: subjetividad y sus relaciones con las nuevas tecnologías, posmodernidad y procesos socioculturales y cine y psicoanálisis. Su última publicación es: “Cultura visual contemporánea, subjetividad y psicoanálisis freudo-lacaniano: de las sensaciones al pensamiento”, en: Katharsis 18, julio-diciembre 2014. Publicación de la Facultad de Ciencias Sociales. Institución Universitario de Envigado, Colombia. [ISSN 0124-7816]. Dirección postal: Calle D #29, Col. Alianza Popular Revolucionaria, Fovissste, Del. Coyoacán, México, D. F., C. P. 04800;kykoatl@yahoo.com.mx


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