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Silencios y palabras. Sobre/vivir al Holocausto y sus memorias
Silences and Words Surviving the Holocaust and its Memories
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, vol. LXI, núm. 228, 2016
Universidad Nacional Autónoma de México

Kichka, Michel, (2015) La segunda generación. Lo que no le conté a papá. Ciudad de México, Fundación Metta Saade.

En 1947, y motivado por la urgencia de relatar y dejar testimonio de su experiencia como prisionero del campo de concentración y exterminio de Auschwitz, Primo Levi publicaba en una pequeña editorial italiana una edición limitada de Si esto es un hombre, donde relataba en un tono intenso, pero también contenido y casi distante, lo que fueron sus terroríficos días en Auschwitz/ Birkenau, a fin de que el mundo tomara conciencia de un acontecimiento que significó un punto sin retorno en la historia política y cultural de Occidente. La misma urgencia por contar las vivencias de horror y muerte experimentados en Dachau, Buchenwald y Gandersheim estaba presente en Robert Antelme al momento de publicar, también en 1947, La especie humana, memoria de su experiencia personal y ensayo sobre la destrucción y supervivencia del ser humano. Un apremio similar aparece asimismo en el poema Fuga de muerte, de Paul Celan, en el que el poeta aludía, de manera enigmática y críptica, al dolor inhumano vivido por él como prisionero del campo de concentración de Janowska. Elie Wiesel tardaría, en cambio, diez años en escribir Noche, su desgarradora memoria de los horrores que presenció en Auschwitz cuando era apenas un adolescente, y Jorge Semprún, aunque ya en 1964 había publicado El largo viaje, referido a su travesía hacia Buchenwald cuando era un joven de veinte años, tardó medio siglo en escribir La escritura o la vida, su obra cumbre, en la que habla por primera vez con claridad de su experiencia en ese campo de concentración, confesando que después de la guerra, enfrentado a la alternativa entre escribir -y morir nuevamente en cada palabra- y vivir –olvidando-, prefirió la segunda.

La disyuntiva entre hablar o callar acompañó a los sobrevivientes del Holocausto desde la inmediata posguerra, necesitados de integrarse a la sociedad donde continuarían sus vidas, sea por voluntad propia, sea porque las circunstancias históricas los condujeron allí -Israel, Estados Unidos, Canadá, Francia, América Latina, Australia, entre otros países- y de resolver desafíos tales como reconstruir sus ejes de identidad, encontrar un nuevo sentido a la vida, lidiar con el desarraigo, y sobreponerse a la enormidad de sus pérdidas -familiares, comunitarias, culturales, etcétera-. Es cierto que muchos intentaron compartir abiertamente la experiencia traumática a través de testimonios, diarios y memorias a fin de exorcizar a sus fantasmas pero, al menos hasta la década de los sesenta, no había un clima social y cultural propicio para escucharlos. Pero tampoco la necesidad de contar y escribir pudo sanar las heridas que habían dejado los años de experiencia concentracionaria, como lo demuestran los suicidios de Primo Levi, Paul Celan y Robert Antelme, entre otros.

La familia fue otro ámbito en el que los supervivientes relataron profusamente sus vivencias. Pero la excesiva verbalización y la reiteración permanente del trauma se tradujeron en una suerte de hartazgo e insensibilidad ante el tema entre el resto de los miembros, no preparados todavía para compartir la experiencia. Sin embargo, la gran mayoría calló, congelados por la memoria de lo que habían dejado atrás y buscando en el silencio la preservación de la vida. Callaron por la imposibilidad de poner en palabras lo que habían vivido; por la incomprensión de lo sucedido; por la imposibilidad de creer que hubiera sido cierto; por la culpa de haber sobrevivido; porque pensaron que solo callando y olvidando podrían reconstruir su vida; porque el silencio les permitía recuperar una cierta normalidad; porque no querían lastimar a sus hijos; y también porque pertenecían a una generación no acostumbrada a ventilar públicamente temas perturbadores o a dialogar en torno a los conflictos familiares. Pero ciertamente, ni quienes hablaron lo contaron todo, ni quienes callaron lo silenciaron todo. El legado traumático se transmitió, a pesar del silencio verbal, en gestos, huellas, oraciones inconclusas, vocabularios extraviados o alusiones crípticas, que hacían llegar a sus hijos los duelos no realizados y la memoria de un pasado que continuaba habitándolos, interfiriendo la vida en el presente.

La segunda generación lleva consigo, así, la cicatriz, aunque no la herida. Crecieron sin raíces genealógicas, sin fotos de familia, entre los susurros de un pasado que no conocieron, entre insomnios, pesadillas y fobias; entre temas de los que no se hablaba. El silencio fue parte de sus vidas y el cristal a través del cual visualizaron la realidad. Se trataba de un silencio espeso, que permeaba la vida cotidiana y del cual emanaba una profunda tristeza que flotaba en el aire. Un silencio que transmitía sutilmente un tiempo detenido, que aislaba a los padres, que prohibía preguntar.

A la segunda generación, siendo inocente, le fue impuesta una carga de memoria con la que han tenido que vivir: ellos llevan los nombres de familiares muertos en el Holocausto. Crecidos entre las sombras de acontecimientos que tuvieron lugar antes que nacieran, sus propias biografías están modeladas por la historia de la generación previa, pero cuya narrativa sobre el pasado es confusa e imprecisa. Para ellos, el pasado se vuelve un país ajeno, imposible de visitar. Desgarrados del mundo de los orígenes, extranjeros en el mundo de sus padres, la distancia que los separa de sus antepasados es un quiebre radical. ¿A través de qué lenguaje llenar, entonces, los huecos y fracturas de la memoria? ¿Cómo trazar los puentes genealógicos cuando la filiación ha sido rota abruptamente? ¿Cómo re/construir memoria e identidad desde las trizaduras biográficas, los silencios y las medias palabras?

Michel Kichka es hijo de un sobreviviente del Holocausto. Nacido en Bélgica en 1954, residente en Israel desde 1974, destacado dibujante y caricaturista, a los cincuenta y cinco años se dio a la tarea de narrar en una novela gráfica -ciertamente, bajo el influjo de Art Spiegelman y su conocida novela gráfica Mausff la historia de su padre, prisionero en Auschwitz siendo un adolescente, y la suya propia. A través de un hilo narrativo autobiográfico entretejido con ilustraciones en blanco y negro que complementan la trama narrativa, Kichka confronta su propia experiencia de hijo de superviviente con el silencio de ese padre que (casi) no ha hablado sobre su devastadora experiencia, pero que es habitado por ese pasado. El texto comienza así:

De su familia, papá casi no hablaba. Solo le quedaron tres fotos: una de su padre, una de su madre, y una foto familiar tomada en Bruselas justo antes de la invasión nazi en la que se le ve en pantalón de golf a la tintín marchando junto a su madre Hannah, su padre Joseph y sus dos hermanas, Bertha y Nicha. De niño, me escabullía a menudo al cuarto de papá para sacar el álbum y mirar esa foto que me hacía derramar gruesas lágrimas, pero las enjugaba velozmente en cuanto lo oía acercarse.

La novela –gráfica- es, así, un intento por contraponer la historia de un padre –casi- mudo en torno a su pasado y los esfuerzos del hijo por recrear lo que significó crecer en un entorno silencioso que solo podía ser llenado con la fantasía. El padre ha perdido a su familia en Auschwitz; sus pies han quedado lastimados por la “marcha de la muerte” a través de la nieve cuando lo que quedaba del ejército nazi en ese campo de concentración emprendió el regreso a pie hacia Alemania; ha nombrado a sus cuatro hijos con los nombres de familiares muertos, cargándolos con el peso de la memoria en un esfuerzo por anular la sentencia de muerte a la que fueron condenados sus padres y sus hermanas. Empeñado en tener una familia perfecta, en los hijos deposita la posibilidad de vencer a Hitler, exigiéndoles casi lo imposible. Se comunica en ídish con su esposa para que los hijos no entiendan. Elude toda confrontación; sufre de úlceras sangrantes y, perseguido por el pasado -un campo minado- actúa autoritariamente, pues todo le estaría permitido por haber estado en Auschwitz. Es incapaz de entablar comunicación emocional con sus hijos y, sin embargo, de él hereda Michel el talento para el dibujo. Michel, a su vez, resucita, excava, recupera, recrea, reconstruye, inventa o conjura la casa del pasado desde una especie de extranjería que no ha sido la suya, reapropiándose de ella para traducirla a su propia lengua: el lenguaje gráfico. Su conexión con el pasado no está mediada por el recuerdo del trauma vivido, sino a través de un esfuerzo creativo y de imaginación. Quiere rehacer, investigar y conocer los inquietantes espacios en blanco de la vida de su padre; desea rearmar los huecos que ha dejado el silencio para darle sentido a un puzzle inconexo de relatos e imágenes descentradas y fragmentarias. Busca entre los intersticios para descifrar las vivencias silenciadas, para encontrar las huellas desaparecidas, desentrañar las claves de la historia familiar: la silenciada, la no escrita.

El suicidio del hijo menor, agobiado por la carga familiar, rompe el silencio del padre. Michel Kichka relata que la primera noche del duelo judío, abruptamente comienza a hablar: “El 3 se septiembre nos arrestó la Gestapo… y habló, habló, habló, habló, habló, habló, habló, habló, habló, habló…”. En ese momento coinciden la narración imparable del padre en torno a su experiencia en Auschwitz, y el enojo de Michel por lo que le parece una falta de respecto al duelo por el hijo muerto. La narración ininterrumpida del padre, en una época caracterizada por el vuelco hacia el pasado y el privilegio de la memoria en los debates culturales y políticos, así como por la metaforización del Holocausto como símbolo de memoria, lo lleva a dar conferencias y entrevistas, conducir grupos de estudiantes a Auschwitz, escribir un libro sobre sus propias experiencias, hasta convertir al Holocausto en el único tema de su vida y también, lamentablemente, a banalizarlo.

Con el paso de los años papá fue ablandándose un poco. El humor negro, el Holocausto y un buen vino empezaron a mezclarse alrededor de la mesa. ¡A su salud Herr Kommandant! Auschwitz fue mi club Med! Pusimos de moda los tatuajes en el brazo. ¡Cada uno anotaba el número de su celular! ¡De plato fuerte siempre había carne al horno!

Para Michel, en cambio, el enojo y la depresión tras el duelo fallido de su hermano, lo llevaron primero a confrontar a su padre, y más tarde, a escribir su novela gráfica para contar lo que fue su vida, recorrida por las sombras del silencio. La novela gráfica de Michel Kichka, estructurada en cuatro capítulos-“Lo que no fue dicho”, “Una familia ejemplar”, “Charly” y “Solo en el mundo”- no puede regresar a los muertos ni poner sus nombre en una tumba, pero sí reconstruir las huellas que, a pesar de los años, siguen alcanzando a sus herederos, a fin de ¿cicatrizar? las heridas y repararlas, de manera amorosa a la vez que crítica.

¿Memoria u olvido?

Escribe Michel Kichka: “Me pregunto: ¿qué es preferible: el silencio o la palabra? Ojalá tuviera la respuesta definitiva”.



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