Artículos

Lenin, el imperialismo como fase y reflexiones sobre el imperialismo hoy [1]

Lenin, imperialism as a phase and reflections on the imperialism today

Lenin, o imperialismo como fase e reflexões acerca do imperialismo hoje

Marisa Silva Amaral
Uberlândia (IEUFU), Brasil

Lenin, el imperialismo como fase y reflexiones sobre el imperialismo hoy [1]

Cuadernos de Economía Crítica, núm. 6, 2017

Sociedad de Economía Crítica

Recepción: 15 Junio 2016

Aprobación: 17 Marzo 2017

Resumen: En este trabajo pretendemos situar el debate en torno a la idea de que el imperialismo está experimentando una nueva fase, abierta a partir de 1970, cuando el sistema de producción capitalista comienza a mostrar cambios sustanciales en su estructura operativa. El rasgo distintivo respecto de años anteriores es el exacerbado aumento de la importancia del capital financiero y ficticio, así como las formas ficticias de la valorización del capital que encarnan el llamado proceso de financierización de la economía. Esta característica distintiva habría dado lugar a una especie de complejidad de las cuestiones relacionadas con el imperialismo en su fase actual, como lo elegimos definir.

Palabras clave: financierización, capitalismo contemporáneo, nueva fase del imperialismo.

Abstract: In this article we intend to situate the debate around the idea that imperialism is experiencing a new phase, inaugurated since the 1970s, when the capitalist system of production began to show substantial changes in its operating structure. The distinctive feature compared to previous years is the exacerbated increase of importance of financial and fictitious capital, as well as forms of valorization of capital which embody the so-called process of financialization of the economy. This distinctive feature would have led to a kind of complexity of issues related to imperialism in its current phase, as we choose to define.

Keywords: financialisation, contemporary capitalism, new phase of imperialism.

Resumo: Neste trabalho pretendemos situar o debate em torno da ideia de que o imperialismo vive uma nova fase, inaugurada particularmente a partir dos anos 1970, quando o sistema capitalista de produção passa a apresentar transformações substanciais em sua estrutura de funcionamento, assumindo como traço distintivo essencial em relação aos anos anteriores o exacerbado aumento de importância do capital financeiro e fictício, bem como das formas fictícias de valorização do capital que dão corpo ao que se convencionou chamar processo de financeirização da economia. Esse traço distintivo teria levado a uma espécie de complexificação dos aspectos relacionados ao imperialismo em sua fase atual, tal como optamos por definir.

Palavras-chave: financeirização, capitalismo contemporâneo, nova fase do imperialismo.

Introducción

Este artículo pretende poner en discusión la idea de que, entendido como la fase superior del capitalismo según lo propuso Lenin, el imperialismo también contiene dentro de sí diferentes fases, mientras sostiene los rasgos esenciales que lo definen como la etapa más reciente del desarrollo capitalista. La propuesta es debatir el injustificado silencio respecto del tema registrado en el período de la segunda postguerra y demostrar su vigor posterior a 1970 en una serie de discusiones que buscan aprehender sus determinaciones más recientes, configuradas a partir de las transformaciones ocurridas en el propio desarrollo del capitalismo, lo que se conoce como proceso de financierización de la economía. Argumentamos, en este sentido, que las interpretaciones contemporáneas refuerzan la propuesta de Lenin, incluso a veces cuando asumen como premisa la invalidación de sus tesis.

Para ello, en la primera sección mostramos interpretaciones que buscan enterrar el debate sobre el imperialismo, basadas en la percepción de que, en la fase contemporánea de desarrollo del sistema capitalista, el imperialismo generó su opuesto a partir de los cambios provocados por el llamado proceso de globalización, que habría llevado a una etapa de cooperación intercapitalista y, por lo tanto, al fin de las rivalidades interimperialistas.

En la segunda sección, buscamos rebatir esa construcción con interpretaciones marxistas de los elementos constitutivos de la nueva fase de imperialismo, que cada una a su modo muestra una intensificación, profundización y complejización de las relaciones imperialistas, y no su fin.

Concluimos con visiones que tratan de poner en jaque la interpretación de Lenin en torno al imperialismo como fase del capitalismo, bien porque lo entienden en términos muy diferentes a los de Lenin, o bien porque exageran las novedades en la forma de funcionamiento del sistema que invalidan algunas de sus características centrales apuntadas por el revolucionario ruso. Nuestra intención es, entonces, demostrar que el núcleo esencial de la interpretación de Lenin permanece válido, y de hecho con mayor vigor y complejidad. De esta forma, haremos un esfuerzo por situar las interpretaciones contemporáneas del imperialismo como referidas a la noción leninista de fase del capitalismo, a pesar de las propias discordancias que se van generando en torno a esta cuestión en el seno del debate.

1. La “muerte” del imperialismo en las manos de Hardt y Negri

Después de revisar los temas de discusión más significativos dentro del marxismo –sobre el impacto causado por las obras de Hilferding (1985), Lenin (2009), Bukharin (1985) y Luxemburgo (1985), se puede señalar que el tema del imperialismo desaparece de la escena a partir de mediados de la década de 1970, exactamente (e irónicamente) en un contexto de creciente dependencia externa y de pérdida de la soberanía nacional en las economías periféricas. Esta constatación acerca de la desaparición de las discusiones sobre el imperialismo ya fue hecha en la década de 1990 por Prabhat Patnaik, quien afirma que

Curiosamente, esto no se da porque alguien haya teorizado contra el concepto. El silencio sobre el imperialismo no es el resultado de un debate intenso a partir del cual la balanza se inclinó decisivamente hacia un lado; no es un silencio teóricamente auto-consciente. Tampoco se puede considerar que el mundo cambió tanto en la última década y media para que hablar de imperialismo se haya convertido en un anacronismo (Patnaik, 1990: 73, traducción propia)

El punto es paradójico, ya que el sistema de relaciones cubierto por el concepto de imperialismo no cambió ni un poco en la última década y media, y cuestiones fundamentales son discutidas hoy, al contrario de lo que ocurría antes, incluso entre marxistas, sin ninguna referencia al término (Patnaik, 1990: 75).

Lo que justifica tal silencio incluso en el discurso marxista del período, de acuerdo con el argumento de Patnaik, no es el fin del imperialismo o su pérdida de importancia, sino, por el contrario, su extraordinario vigor, reforzando su capacidad de hacer frente a cualquier amenaza a su hegemonía. Es como si la certeza de su existencia hiciera que cualquier mención al término es una mera tautología, como si reafirmar insistentemente que la fase del capitalismo prevaleciente en ese momento es imperialista fuera lo mismo que decir obviedades sobre las que no hay objeciones.

Nos parece que el fenómeno que ocurre es algo más amplio que lo que sugiere Patnaik. Se trata, sin duda, de una revitalización del imperialismo, y su capacidad de afirmar su hegemonía. Este hecho se presenta encubierto en el discurso de la globalización, que oculta su naturaleza al propagar la idea de que todas las naciones son interdependientes y de que, por ello, todas se benefician de la lógica de la acumulación global. Se rescata así con fuerza el conocido argumento de las ventajas comparativas, travestido ahora en un ropaje moderno por medio del modelo Heckscher-Ohlin-Samuelson y las nuevas teorías del comercio internacional, según los cuales el patrón de intercambio es determinado por la diferencia en la disponibilidad de factores [2] . El acceso al mercado internacional elevaría así la productividad y la competitividad, ampliando el bienestar colectivo de las masas. Todo ocurre como si el imperialismo se hubiera convertido en su opuesto.

Es justamente en esta trampa en la que caen Michael Hardy y Antonio Negri que, con su Imperio publicado originalmente en Estados Unidos en 2000, traen de vuelta el debate en torno al tema. Se trata de una especie de retorno posmoderno a las discusiones sobre el imperialismo, con un argumento que hace desaparecer el propio significado histórico del término. No es extraño, pues, que la obra fuera celebrada en el propio corazón del imperialismo mundial, ya que “la propuesta de Hardt y Negri es completamente inofensiva y en nada lesiona los intereses del bloque imperial dominante”, siendo en cambio “perfectamente funcional a sus planes de control y dominación mundial” (Borón, 2006: 484).

Hardt y Negri (2002) parten de la tesis que las relaciones de producción típicas del imperialismo se habrían agotado, tanto como su capacidad de control de la reproducción del capital por parte de los Estados-nación. Esta pérdida de control representaría, así, la pérdida de soberanía de los Estados en la forma en que esta era comprendida en la fase moderna (o imperialista) del capitalismo. El Imperio habría emergido como una nueva forma de soberanía en la actual fase (posmoderna) del capitalismo, definido en líneas generales como “la sustancia política que, de hecho, regula (los) cambios globales, el poder supremo que gobierna al mundo” (Hardt y Negri, 2002: 11). Se trata de

algo completamente diferente al “imperialismo”. Las fronteras definidas por el moderno sistema de Estados-nación fueron fundamentales para el colonialismo europeo y para la expansión económica: los límites territoriales del país delimitaban al centro de poder a partir del cual era ejercido el control sobre los territorios externos. (…) El imperialismo era, en realidad, una extensión de la soberanía de los Estados-nación europeos más allá de sus fronteras. (…) La transición al Imperio surge del crepúsculo de la soberanía moderna. En contraste con el imperialismo, el Imperio no establece un centro territorial de poder, ni se basa en fronteras o barreras fijas. (Hardt y Negri, 2002: 12)

En este sentido, emerge lo que los autores consideran un orden verdaderamente mundial, ocasionado por un proceso de informatización de la economía en el período posterior a 1970, que trajo como consecuencia un movimiento de desterritorialización de la producción proporcionado por las TICs (nuevas tecnologías de información y comunicación). Más aún, produjeron una transformación sustancial del proceso de trabajo, que dio particular importancia al “trabajo inmaterial” realizado en sectores de servicios (en lugar del trabajo industrial propio del período moderno), en los cuales las actividades típicas del trabajador dejan de ser predominantemente físicas, volviéndose cada vez más “analíticas o simbólicas” [3] . De este modo, tanto la producción como el trabajo dejan de ocurrir exclusivamente en bases fijas y concentradas espacialmente, dando lugar a una estructura de red.

En esas circunstancias, las estructuras del Estado pierden gradualmente el poder de regular y direccionar la circulación cada vez más libre del dinero, las personas, las mercancías y la tecnología, un contexto en el cual los organismos supranacionales, conducidos por regla uniforme de interferencia en la lógica global, son quienes detentan la soberanía. Se trata de una especie de aparato de gobierno descentralizado, desterritorializado y, por esto, impersonal, que incorpora progresivamente a toda la esfera global, expandiendo poderes y eliminando las rivalidades entre las potencias. El Imperio estaría así por sobre todo antagonismo nacional, trascendiendo las rivalidades interimperialistas. En palabras de los autores, el Imperio es

un aparato de descentralización y desterritorialización que incorpora gradualmente al mundo entero dentro de sus fronteras abiertas y en expansión. El Imperio administra entidades híbridas, jerarquías flexibles y cambios plurales por medio de estructuras de comando reguladoras. Los distintos colores nacionales del mapa imperialista del mundo se unen y mezclan, en un arcoíris imperial global (Hardt y Negri, 2002: 12-13, cursiva en el original)

Aunque reconocen el peso de los Estados Unidos en la lógica del Imperio, entienden que ni el Estado norteamericano ni ningún otro podrían posicionarse como autoridad regente del proceso de globalización y del nuevo orden mundial, ya que este puesto fue extirpado de los muros de los Estados-nación. Con esto, se habrían “disuelto las desigualdades sustantivas entre las naciones, las diferencias de poder y económicas, y, aunque de modo disfrazado, también la propia esencia de la producción capitalista” (Corrêa, 2011: 172).

Más allá de voces disonantes aisladas, haciéndose eco de los cantos de la periferia incluso antes de que las ideas de Hardt y Negri fueran puestas en escena, el abordaje de estos autores puede ser refutado por los hechos posteriores a los ataques del 11 de septiembre de 2001, que desataron la inmediata invasión de Afganistán y de Irak. El gobierno de George Bush expuso con la mayor claridad posible sus intenciones de utilizar su conocido poder militar para llevar la dominación global estadounidense hasta sus últimas consecuencias. Creemos que las contribuciones a exponer a continuación son contrapuntos que refuerzan estos hechos que, por sí mismos, son ya evidentes.

2. Las contribuciones marxistas anti-Imperio

2.1. Divergencias en torno a la multipolaridad económico-política en el imperialismo contemporáneo

Panitch y Gindin (2006) realizaron un influyente análisis acerca de las características contemporáneas del imperialismo, donde se proponen demostrar la invalidez de sus tesis clásicas para explicar el período reciente, en especial en lo referido a sus conclusiones sobre una rivalidad interimperialista fundada en la separación económica del capitalismo en diferentes etapas. Los autores argumentan sobre la constitución de un imperio informal estadounidense, que adquirió una gran capacidad de incorporar eventuales rivales y conducir con puño de hierro “la difusión de relaciones sociales capitalistas a todos los rincones del mundo” (Panitch y Gindin, 2006: 22).

Panitch y Gindin (2006) identifican las crisis estructurales del capitalismo en las definiciones de las relaciones que se van estableciendo entre los diferentes Estados-nación y sus contornos en términos de soberanía y competencia entre grandes potencias. De este modo, la primera gran crisis estructural del capitalismo ocurrida luego de 1870 habría acelerado la rivalidad inter-imperialista que dio sustrato a la Primera Guerra Mundial y a la revolución comunista. La Gran Depresión de 1929 (la segunda crisis estructural) revirtió las tendencias internacionalistas del capitalismo y provocó un enfriamiento de los conflictos entre las grandes potencias, escenario que, aunque interrumpido por la Segunda Guerra Mundial, se extendió posteriormente hasta el fin de los “años dorados” del capitalismo. La globalización capitalista que siguió a la tercera crisis capitalista ocurrida en la década de 1970, si bien reanuda un cierto nivel de competencia, especialmente económica entre regiones, provoca un impulso nuevo y más profundo, guiado especialmente por la intensificación de las relaciones comerciales entre naciones, por la aceleración de las inversiones extranjeras directas (IED) y por la creciente internacionalización financiera, produciendo algo distinto a las antiguas rivalidades interimperiales.

En opinión de los autores, luego de la Segunda Guerra Mundial, debido a la recuperación de la economía norteamericana durante el conflicto y, en particular, a la necesidad de la reconstrucción de los estados enumerados en el núcleo de la rivalidad interimperialista (particularmente Europa y Japón), Estados Unidos asume en el puesto de imperio informal, capaz de “integrar a todas las otras potencias capitalistas dentro de un eficaz sistema de coordinación bajo su patrocinio” (Panitch y Gindin, 2006: 34).

El rasgo informal está, por ende, ligado a la idea de que este tipo de imperio no se basa en la disolución de las fronteras nacionales (como proponen Hardt y Negri) o su transposición, sino en la penetración de dichas fronteras, la integración de los diferentes Estados como elementos componentes del imperio informal de Estados Unidos. Aún más, los utilizó como instrumentos mediante los cuales puso en marcha la globalización de los mercados y la lógica de la acumulación capitalista mediante el control sobre las normas que rigen todo el proceso. Por lo tanto, el imperio informal coordina todas las otras potencias capitalistas, y domina utilizando a los Estados bajo su tutela a fin de volverlos responsables de “crear las condiciones internas necesarias para sostener la acumulación internacional, tales como la estabilidad de precios, restricciones a la militancia laboral, trato nacional a la inversión extranjera y la salida sin restricciones del capital” (Panitch y Gindin, 2006: 43, cursiva en el original). El ascenso del imperio estadounidense se basa precisamente en los principios de la exportación de capital y la consiguiente integración internacional. “Por lo tanto, los Estados-nación no estaban desapareciendo, sino sumando responsabilidades” (ibid.: 43) [4] .

Lo interesante es que la expansión de este imperio informal “no era tanto una imposición unilateral (o meramente coercitiva), sino sobre todo un ‘imperialismo por invitación” (Panitch y Gindin, 2006: 34). Nada más emblemático de esta situación que el despliegue de la conferencia de Bretton Woods en 1944, con el establecimiento de instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que se mantuvo desde el principio bajo la clara coordinación estadounidense.

Una idea presente en Panitch y Gindin (2006) que puede ser utilizada para refutar la perspectiva de Hardt y Negri es el hecho de

que el imperio estadounidense se haya reconstituido con tanto éxito en las últimas décadas del siglo XX no quiere decir que el capitalismo global ha alcanzado un nuevo plan de estabilidad. De hecho, es evidente que la dinámica de la inestabilidad y la contingencia se incorporan sistemáticamente en la forma reconstituida del imperio. En gran parte, debido a que la competencia intensificada propia del neoliberalismo y que la hipermovilidad de la liberalización financiera agravan el desarrollo desigual y la extrema volatilidad inherente en el orden mundial. Por otra parte, esta inestabilidad se ve amplificada de forma espectacular por el hecho de que el estado americano sólo puede dominar este sistema a través de otros estados, y tornar en “efectivos” para el capitalismo global a todos los estados no es un asunto sencillo. (Hardt y Negri, 2006: 46-47)

Con una postura crítica sobre esta perspectiva, Callinicos (2005) parece forzar una convergencia de las conclusiones de Panitch y Gindin con las de Hardt y Negri, aproximación injusta ya que se trata de lecturas opuestas. A diferencia de Hardt y Negri, Panitch y Gindin atribuyen la actual debilidad de la rivalidad interimperialista no a una retracción del imperialismo o a un exceso de “hermandad” entre naciones, sino a la extraordinaria posición de ganancias de Estados Unidos desde mediados del siglo XX y al fortalecimiento sin precedentes de su poder geopolítico desde al menos los últimos treinta años.

Para entender lo que caracteriza el período imperialista actual, Callinicos (1994) parte de la definición de tres fases principales en la historia del imperialismo:

Contrariamente a la percepción de Panitch y Gindin (2006), Callinicos (1994) considera que en esta última fase del imperialismo se rompe con la tendencia a la creación de una única superpotencia mundial. En este sentido, admite que el colapso del estalinismo emerge como el acontecimiento histórico de gran importancia, precisamente por la suspensión de una división bipolar rígida del mundo y aclara los contornos de una nueva fase de la competencia interimperialista. El punto principal de la revitalización de esta tendencia sería la aparición de nuevos centros de acumulación de capital fuera del núcleo imperialista, surgidos de la industrialización parcial de estructuras económicas, dando lugar a subimperialismos del Tercer Mundo. Esta última solo avanzó gracias al apoyo de las grandes potencias, ya que los subimperialismos pudieron asumir un papel regional central desde el punto de vista de la dominación política y militar gracias a la convergencia de intereses entre las clases dominantes imperialistas y subimperialistas. Este juego de intereses y la consiguiente aparición de potencias regionales en el Tercer Mundo no promovieron la abolición de la jerarquía mundial establecida sino apenas cierta alteración ya que, según la opinión del autor, fueron las políticas de las grandes potencias las que permitieron a los países subimperialistas ganar cierto espacio y no sus virtudes en términos de desarrollo capitalista.

La visión de Callinicos parece algo problemática. Atribuir un peso tan grande a la participación de las potencias medias en el juego imperialista mundial hace parecer que dichos países subimperialistas cuentan con elevado margen de intervención y poder suficiente para rivalizar con las potencias hegemónicas, algo que se refuta con la simple observación de lo que ocurre en las cúpulas de los principales organismos multilaterales como la ONU y el FMI. Aparece aquí otro punto de desacuerdo importante: el propio Callinicos reconoce que los acuerdos que llevaron a la creación de los centros de poder regionales demuestran una conexión intrínseca entre ellos y las grandes potencias. No hay, pues, una clara rivalidad entre ambos que justifique la visión de que los países subimperialistas representen una amenaza para la superpotencia mundial. En este sentido, las percepciones de Panitch y Gindin (2006) parecen más próximas a la realidad.

Para ser justos con Callinicos, hay que reconocer que, en sus últimos trabajos (Callinicos, 2003; 2005; 2009), el autor converge hacia la percepción de la constitución de una única potencia imperialista. En especial, a partir de la guerra de Irak, como un modo de reforzar la hegemonía estadounidense y como camino para el control sobre la producción petrolífera de la región (Harvey, 2003: 11-30). Respecto de su trabajo de 1994, no queda claro si Callinicos entiende que esos nuevos desarrollos representarían una cuarta fase en la historia del imperialismo o si se trata de una revisión de los rasgos de la tercera fase.

Sin embargo, a pesar de esta reformulación, Callinicos (2005) mantiene el cuestionamiento de las tesis de Panitch y Gindin (2006): la hegemonía estadounidense puede ser válida desde el punto de vista político y militar, pero no desde el punto de vista económico. Por ello, no debe subestimarse el potencial desestabilizador de las rivalidades económicas entre grandes corporaciones transnacionales, cuyas inversiones y mercados se concentran en uno de los puntos de la tríada América del Norte, Europa Occidental y Japón junto con China. El soporte estatal de sus luchas competitivas sigue siendo un rasgo estructural de la economía política global contemporánea, con tal suerte que los conflictos potenciales que podrían surgir siempre están en germinación.

2.2. Reafirmaciones en torno al “imperialismo solitario” estadounidense

En consonancia con la interpretación de Panitch y Gindin acerca de la constitución de una única superpotencia imperial y de la extinción de las rivalidades entre varias potencias imperialistas, Borón destaca que Estados Unidos se presenta como “un tipo de imperio benévolo que no oprime ni explora, sino que atraviesa los siete mares para liberar a los pueblos de las corrientes del atraso y de la opresión y para sembrar el libre comercio y la democracia” (2006: 461). Reconociendo estos rasgos (poderío militar, capacidad de articular a los diversos Estados centrales, control de las tendencias globales), Borón (2006) sostiene que las teorías clásicas del imperialismo se habrían tornado obsoletas por tres razones: la expansión imperialista, que ocurre no solamente en las crisis, sino también en los períodos de prosperidad; la competencia, que no se traduce necesariamente ahora en conflictos armados, y la acumulación capitalista, que se mundializa hacia los rincones más distantes del planeta. En este sentido, Borón (2006) sugiere que los elementos centrales para la caracterización del imperialismo contemporáneo pasan por el acelerado proceso de financierización mundial, por la introducción de nuevos instrumentos de dominación tales como el FMI, BM, BID y OMC, y por aspectos de un tipo de imperialismo cultural.

Desde el punto de vista de la periodización histórica, Borón parece alinearse con Sotelo Valencia (2007), quien sostiene que la definición clásica del imperialismo tiene su vigencia desde inicios del siglo XX hasta la caída de la URSS en 1989-1991, constituyéndose desde entonces una nueva fase de imperialismo que se extiende hasta el presente. Aunque Valencia y Borón contemplan similares elementos como novedad del imperialismo contemporáneo, el primero entiende que conducen a la necesidad de ampliar las categorías clásicas de imperialismo en lugar de su refutación, como opina el segundo.

Harvey (2004) se encuentra entre los que reconocen la mayor hegemonía de Estados Unidos, especialmente en el último cuarto del siglo XX y, en esa línea, identifica un tipo de actuación imperialista muy peculiar conseguida mediante la utilización de instrumentos de desposesión. La interpretación de Harvey es que el capitalismo está en permanente estado de sobreacumulación, necesitando por ello de territorios dominados por formaciones precapitalistas hacia las cuales pretende expandirse, convirtiéndolos en capitalistas[5]. En esa tesitura, el autor retorna a la idea de acumulación primitiva, propuesta por Marx, como una característica permanente del capitalismo contemporáneo e introduce el término “acumulación por desposesión” como hilo conductor del proceso de globalización.

La acumulación por desposesión sería la solución a los problemas de sobreacumulación, es decir, la salida encontrada por el capital para el uso de los excedentes ociosos sin aplicación lucrativa. Esto provoca un desarrollo geográfico desigual, fruto de la intensificación de la competencia internacional, consolidando múltiples centros dinámicos de acumulación de capital que compiten en el mercado mundial, incluso por la vía de los conflictos geopolíticos. Esta disputa exige la mediación de las instituciones financieras o estatales capaces de generar crédito, algo que genera las bases para el predominio del capital ficticio y la constitución de un capitalismo de rapiña, dedicado a la apropiación y desvalorización de activos más que a su producción. En estos términos, Harvey explica que:

[lo] que hace la acumulación por desposesión es liberar un conjunto de activos (incluido la fuerza de trabajo) a muy bajo costo (en algunos casos, nulo). El capital sobreacumulado puede apoyarse en esos activos y darles inmediatamente un uso lucrativo. […] El colapso de la Unión Soviética y después la apertura de China involucraron una inmensa liberación de activos hasta entonces no disponibles en la corriente principal de la acumulación de capital. […] como el capitalismo viene atravesando una dificultad crónica de sobreacumulación desde 1973, el proyecto neoliberal de privatización de todo adquiere sentido como modo de resolver el problema. Otra opción sería inyectar materias primas baratas (como el petróleo) en el sistema. El costo de los insumos se reduciría y las ganancias, por ende, aumentarían [...] El mismo objetivo puede ser alcanzado por la desvalorización de activos de capital y de la fuerza de trabajo existentes. Dichos activos desvalorizados pueden ser adquiridos a precios de ganga y reciclarse con lucro en el circuito de circulación del capital por el capital sobreacumulado. (Harvey, 2004: 124)

Sintéticamente, es posible sostener que, para Harvey, el problema está relacionado con la desvalorización de activos de modo que estos puedan ser reutilizados de manera lucrativa por parte del capital sobreacumulado. Como señala Stathakis, “[…] parece un capitalismo de robo, en vez de un capitalismo de reproducción ampliada, inversión, aumento de la productividad del trabajo, etc.” (2008: 116-117, traducción propia).

El punto clave del argumento de Harvey es que este proceso de acumulación por desposesión ocurre con patrocinio estatal, caracterizando este predominio al imperialismo contemporáneo, respecto del proceso clásico de reproducción ampliada. En palabras del propio Harvey,

[...] las intervenciones militares son la punta del iceberg imperialista. El poder hegemónico del Estado frecuentemente se emplea para garantizar y promover acuerdos institucionales internacionales y externos por medio de los cuales las asimetrías de las relaciones de intercambio puedan funcionar en favor del poder hegemónico. Es por medio de esos recursos que, en la práctica, se extrae un tributo del resto del mundo. El libre mercado y los mercados de capitales abiertos se tornaron en el mecanismo primario de crear ventajas para los poderes monopolistas con sede en los países capitalistas avanzados que ya dominan el comercio, la producción, los servicios y las finanzas del mundo capitalista. El vehículo primario de acumulación por desposesión ha sido por consiguiente la apertura forzada de mercados en todo el mundo mediante presiones institucionales ejercidas por el FMI y la OMC, apoyados por el poder de Estados Unidos [...] negando el acceso a su propio mercado interno a los países que se rehúsan a desmantelar sus protecciones. (Harvey, 2004: 147, cursiva en original)

Por ende, la desposesión se convierte en la forma elemental de acumulación y sería la práctica del “nuevo imperialismo”, una reedición del “viejo imperialismo” que Gran Bretaña había puesto en práctica en el pasado (el robo que volvió posible la acumulación de capital originaria) y que ahora es conducido por Estados Unidos.

En esta dirección, Gowan (2003) señala la centralidad de los intereses estadounidenses, desde el título de su obra Una ruleta global: una apuesta faustiana de Washington para la dominación del mundo. Su punto central es que tanto la globalización como la financierización son impulsadas por el Estado norteamericano, siendo sus principales instrumentos el sistema monetario internacional emergente con el fin de Bretton Woods, el denominado “régimen del dólar Wall Street” y el intenso proceso de apertura y liberalización de las finanzas desde los ‘80. En otras palabras, la financierización del proceso de acumulación atiende los intereses del Estado y del gran capital productivo-financiero estadounidense, asociados, luego de un incómodo inicio, con los principales países de Europa Occidental.

Así, la globalización sería una transformación del ambiente externo inducida por Estados Unidos mediante la apertura de las economías domésticas al ingreso de productos, empresas, flujos y operados financieros de los países centrales, volviéndose cada vez más dependientes de decisiones y acontecimientos que ocurren en los centros del sistema. Por otro lado, el neoliberalismo sería la denominación de las transformaciones impulsadas en el ámbito interno de cada país, alterando las instituciones en beneficio de acreedores e inversores, de subordinar los sectores productivos a los financieros y de alejar a la mayor parte de la población trabajadora de la riqueza y del poder.

Por su parte, Wallerstein (2003) interpreta que el desarrollo capitalista tiene estricta relación con una dinámica histórica dividida por grandes fluctuaciones, como lo concibe la teoría de los ciclos de Kondratiev. En este sentido, reconoce que estamos ante un período de transformación, que no se trataría del ingreso a un mundo globalizado, sino, en realidad, de una fase de transición del denominado sistema-mundo. Así, en la década de 1960 se habría asistido a la saturación del mercado mundial, debido a la recuperación de Europa Occidental y de Japón, y a la consecuente disminución de la rentabilidad. Esto habría provocado un cambio en el destino principal de los recursos capitalistas desde la esfera productiva a la financiera, al tiempo que provocó una dislocación de la producción desde los grandes centros capitalistas hacia regiones periféricas.

Se configura así un período de recesión desde los años ‘70, indicando la salida de la fase expansiva A del ciclo de Kondratiev y el paso a una fase recesiva B. Su profundización y perturbaciones ponen en duda la existencia de mecanismos estabilizadores que conduzcan al restablecimiento del equilibrio y la restauración de la fase A. Wallerstein entiende que esa restauración ocurrirá, pues “[…] el equilibrio nunca es restaurado inmediatamente, sino que solamente pone un desvío suficiente frente a la norma. Además, la corrección jamás es perfecta” (Wallerstein, 2003: 84-85). Para Wallerstein, este sería el momento actual: una nueva fase del sistema capitalista mundial que, lejos de representar una fase imperialista, se relaciona más con una fase de transición a algo nuevo, desconocido e indefinido.

3. ¿Una nueva fase del imperialismo?

Todas las contribuciones referidas varias de las más influyentes en el campo marxista en torno al tema discuten si los elementos novedosos son suficientes para indicar que entramos en una nueva fase del imperialismo. ¿Podemos hablar de imperialismo en el mismo sentido que lo discutido por los teóricos clásicos? Habría indicios de que ya no estamos lidiando con el mismo tipo de imperialismo estudiado por Lenin, Hilferding o Bukharin.

En la tentativa de confirmar esta conclusión, sugerimos otra pregunta: ¿tenemos todavía imperialismo? Antes de discutir esto, es necesario notar que, según Corrêa (2011), las tesis clásicas del imperialismo en los abordajes de Hilferding y Bukharin se aproximan de una interpretación de imperialismo como conformación política necesaria para lidiar con la era del capital financiero, mientras que en la conceptualización de Lenin se reconoce en el imperialismo algo más que un arreglo político, concibiéndolo como una fase particular del desarrollo capitalista, la monopolista, de modo tal que su análisis lleva implícita una propuesta de periodización histórica del desarrollo capitalista.

3.1. La línea principal del imperialismo clásico y el predominio del capital financiero

El imperialismo aparece, tanto para Hilferding (1985) como para Bukharin (1985) como una política del capital financiero que subordina al mundo al dominio del capital financiero. Lo definen como la fusión entre el capital industrial y el bancario o la coexistencia de ambos tipos en una misma forma de capital, donde el bancario asume un papel dominante. Aunque ambos consideran apenas lo más visible del fenómeno, pasible de “corrección” por medio de la mera implementación de una política no imperialista, Bukharin (1985: 107) aclara que “(…) del mismo modo que el capitalismo financiero […] constituyó una época históricamente acotada a las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX, el imperialismo político del capitalismo financiero es una categoría específicamente histórica”. No se trata, por ende, de una mera política de conquista, algo que el imperialismo de hecho es. Se trata de una percepción de que para que la política de conquista sea imperialista, debe estar vinculada con la lógica expansiva y de conquista inherente al capital financiero.

Esta lógica es intrínseca al funcionamiento de esta “forma” de capital, dado que el capital financiero es el resultado de la tendencia a limitar la competencia, devenida del propio desarrollo de las economías capitalistas: el paso del capitalismo competitivo a su fase monopolista. El punto es que lo que nos expone Marx al tratar de la ley general de acumulación capitalista, es decir, la tendencia al incremento de la composición orgánica del capital por medio del aumento relativo del capital constante (o fijo) respecto del capital total, trae como consecuencia obstáculos a veces inamovibles para la plena movilidad de entrada y salida de capitales en varias ramas de la actividad. Para derribar esas barreras, se recurre a la movilización de capital, expresado en la capacidad del capital bancario de reunir y poner en disponibilidad los recursos ociosos de la sociedad.

Como resultado, ocurre un aumento de la centralización del capital que viene acompañado de la peculiar relevancia que asume el terreno económico y el plano mundial como esfera de actuación adecuada del nivel que toma la acumulación de capital en esta etapa de desarrollo del sistema. El capital bancario se convierte en motor de los movimientos de exportación de capitales llevados a cabo por el capital industrial. La competencia internacional entre las grandes potencias echa raíces, exacerbando violentas disputas por los territorios y el proteccionismo se convierte en política axiomática del capital financiero, favoreciendo los procesos de cartelización y trustificación de capitales, lo que eleva a niveles aún más concentrados la propia acumulación de capital.

Partiendo de esta base, Lenin ofrece un esbozo preciso de lo que sería el imperialismo en los años anteriores a 1914. Aunque su famoso panfleto fuese un “esbozo popular”, su ambición era la de presentar “un análisis exclusivamente teórico y económico de los datos”. Lo escribió con el fin de exponer las causas económicas de la guerra de 1914-1918, explicando que el conflicto fue una guerra imperialista llevada adelante con el fin de conseguir una violenta redivisión del mundo entre las grandes potencias imperialistas europeas. En este sentido, Lenin ofrece una definición sucinta del imperialismo como

una fase de desarrollo en que ganó cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, adquirió marcada importancia la exportación de capitales, comenzó el reparto del mundo por los trusts internacionales y terminó la división de todo el globo entre los países capitalistas más importantes (Lenin, 2009: 90).

A continuación, identifica los cinco trazos fundamentales del imperialismo de la siguiente manera:

1. la concentración de la producción y del capital llevada a un grado tan elevado de desarrollo que crea los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica. 2. la fusión del capital bancario con el capital industrial y la creación, basada en dicho capital financiero, de la oligarquía financiera. 3. la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere gran importancia. 4. la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, que se reparten el mundo y 5. la división territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes. (Lenin, 2009: 90)

Al ofrecer esta definición, resaltando el papel decisivo de los monopolios en la vida económica, fija una clara filiación con relación a las ideas de Hilferding sobre la concentración y centralización del capital, y sobre el ascenso del poder de los monopolios con patrocinio de los bancos.

3.2. El capitalismo contemporáneo y el imperialismo en debate

Panitch y Gindin (2006: 25) sugieren que el error fundamental de Lenin fue justamente considerar al capitalismo recortado en diferentes fases. Siendo así, lo correcto sería considerar al capitalismo imperialista como una extensión de la teoría capitalista del Estado en lugar de una derivación directa de la teoría de etapas o crisis. En el mismo sentido, Powell (2011) sugiere que el imperialismo no representa una etapa del capitalismo, sino

un conjunto de prácticas dentro del cuadro global cuyas características precisas reflejan las realidades de una etapa particular del capitalismo (mercantil, competitivo, monopolista, financiero), o, igualmente, de formaciones sociales pre-capitalistas. (…) En cuanto a la concentración y la formación de monopolios, en el centro y en la periferia, son características del capitalismo contemporáneo, (pero) no hay relación causal entre estas características y el imperialismo. De la misma forma, en cuanto a la sobreacumulación de capital y/o la caída de la tasa de ganancia pueden coincidir con un aumento del imperialismo en una coyuntura particular, pero eso no las vuelve características que definen el fenómeno. Para eso, todo lo necesario es la búsqueda fundamental de los agentes capitalistas por mayores ganancias y por la expansión del proceso de acumulación dentro de una desigual jerarquía global de Estados. (Powell, 2011: 26, traducción propia)

A nuestro modo de ver, al llamar imperialismo a una etapa particular del capitalismo en que se consolidan los grandes monopolios, la exportación de capitales y la dominación del capital financiero, con el consecuente reparto del mundo entre las potencias, Lenin buscaba demarcar una etapa de concentración de la riqueza y del poder económico y político absolutamente nueva en la historia mundial. Siendo así, el término imperialismo parece tener pleno sentido para dar cuenta del momento en que se hacen presentes al extremo todas las tendencias del capitalismo apuntadas por Marx. Estar de acuerdo con Lenin o no parece decir más respecto de la comprensión que se tiene de la idea de imperialismo –si el término refiere a una política de expansión territorial o a una transformación sistémica más amplia– que del desacuerdo con el hecho de que el mundo se ha transformado profundamente desde fines del siglo XIX. En cuanto a esto, no parece haber tantos desacuerdos.

Sea que Powell (2011) estuviera en lo cierto respecto de que los imperialismos son varios, no nos parece inadecuado asumir la noción leninista del término, en el sentido de iluminar una clara división entre los imperialismos antes y después de 1880. No entendemos como una contradicción ni un equívoco tratar al imperialismo, en el sentido de Lenin, como una etapa del capitalismo, ni tampoco considerar que el propio imperialismo puede, él mismo, atravesar diferentes fases. En estos términos, no parece absurdo que estemos ante una nueva fase del imperialismo.

Lo que se torna válido, en cambio, es percibir que el imperialismo actual ya no es el mismo que el descrito por Hilferding, Lenin y Bukharin (al menos, no exactamente el mismo). Algunos de esos trazos todavía están presentes, pero otros perdieron importancia frente a las transformaciones ocurridas en los últimos 50 años de la historia del capitalismo mundial, como es el caso de la noción de capital financiero.

En este aspecto, el abordaje de Hilferding es validado por el predominio de las grandes corporaciones multinacionales en la economía mundial actual, pero no consigue explicar la habilidad de estas para financiar sus inversiones sin depender fuertemente de los bancos. De modo que esa noción de capital financiero –como fusión de capital industrial y bancario– pierde sentido en el momento actual (Lapavitsas, 2011: 13). Siendo así, es posible decir que si seguimos a Hilferding en la percepción de que el imperialismo es la conformación política necesaria para lidiar con la era del capital financiero, incurrimos en una clara limitación que nos llevaría a concluir en favor del final del imperialismo, pues la era del capital financiero se agotó. Lo que defendemos aquí es que, a pesar de este agotamiento, e incluso por cuenta de aquello que tomó el lugar del capital financiero, el imperialismo sigue imperante, más fuerte que nunca.

Los mecanismos que eximen a las empresas no financieras de recurrir a los bancos suponen la retención de sus propias ganancias y, en mayor medida, el acceso a los mercados financieros abiertos, enormemente facilitado por la flexibilidad otorgada a estas operaciones y su bajo costo. Por esta situación, los “(…) capitales monopolistas se tornaron “financierizados”, es decir, ellos mismos son más independientes en relación a los bancos y más fuertemente desarrollados en sus propias actividades financieras” (Lapavitsas, 2011: 14).

Ese movimiento forzó a los bancos a reestructurar sus actividades, volcándose con más énfasis en las familias e individuos –que se presentan como importantes fuentes de ganancia, gracias a la expansión de los mecanismos de crédito que captan parte de sus ingresos– y a las actividades de mediación financiera, a través de las cuales los bancos reciben tasas y comisiones. El impacto de esta reestructuración es lo que Lapavitsas identifica como “financierización de los ingresos personales”, resultante tanto del crecimiento de los créditos tomados para el pago de hipotecas, gastos de educación, salud y bienes de consumo, así como de la adquisición de activos financieros como los fondos de pensión y seguros. Esto revela un extenso movimiento de mercantilización del consumo de los trabajadores, que de aquí en más pasan a contar, de manera casi infalible, con la mediación del sistema financiero.

De este modo, se configura una extracción de ganancias por parte de los bancos y otras instituciones financieras directamente de los salarios en lugar de hacerlo de la plusvalía. Esta sería la característica más evidente y perniciosa de todo el proceso de financierización, que es el emblema de la actual fase de desarrollo capitalista. Lapavitsas (2008) lo define como una transformación estructural y sistémica de las economías capitalistas maduras. Más precisamente, se trata de un cambio de rumbo que lleva un mayor grado de autonomía de este sector financiero frente a los demás.

Comentarios finales

No resulta erróneo decir que algo de lo referido por Lenin, Hilferding y Bukharin aún caracteriza al período actual, pero la afirmación resulta insuficiente, en particular si aceptamos las interpretaciones que entienden la financierización como principal regente del proceso de acumulación mundial de capital, que produce una división jerárquica aún más concentrada y desigual entre países. En tanto estructura de control y dominación, se vuelve algo más nebulosa, oscura y, por lo mismo, difícil de percibir, tal como sugieren algunas interpretaciones contemporáneas del imperialismo. Por todo lo que hemos dicho hasta aquí, es necesario notar que el imperialismo hoy es mucho más robusto de lo que era en el pasado, tanto desde el punto de vista de la práctica imperialista propiamente dicha como por la incorporación ideológica de nuestras mentes y corazones.

Concluyendo, a despecho de las controversias sobre el tema, nos parece que algunos elementos pueden ser asumidos como irrefutables en la fase actual del desarrollo capitalista, puesto que salta a la vista su consideración en casi todos los análisis considerados. Los repasamos a continuación:

Estos cuatro puntos justifican las impresiones que indican la constitución de una nueva fase del capitalismo a partir del último cuarto del siglo pasado. En este sentido, vale aclarar que la forma política asumida por el imperialismo contemporáneo ya no pasa por las disputas militares directas, sino por instrumentos informales de penetración consentida en los Estados nacionales. Identificar movimientos como el de la financierización, mucho más sustantivos, autónomos y, por ello, desestabilizadores del capitalismo actual; reconocer las innumerables formas de desposesión que hacen parte del sistema capitalista desregulado y liberalizado; y entender que las nuevas configuraciones diseñadas en esta fase se presentan como estructurales y que, por ello, ya no habría paso atrás con ellas, sirve para afirmar –junto con todos elementos desarrollados en este texto–no solo que la fase imperialista del capitalismo no se agotó, tal como la trataron los autores de ayer (Hardt y Negri), sino también que el diagnóstico de que la dependencia debida al desarrollo desigual del capitalismo se intensifica desde los años ’70.

Asimismo, la superación del imperialismo (y, por lo tanto, de la dependencia) solo podrá darse a través de la supresión del sistema del capital. Cualquier lucha antiimperialista que no tenga presente esto es mero reformismo y, desafortunadamente, la forma por la cual el sistema se desarrolla atrofia las bases por las que este proceso de transformación se podría dar: el sofocamiento de la clase trabajadora en el período actual parece imponer serios límites a su horizonte de acción en la lucha entre capital y trabajo.

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Notas

[1] Traducido por Valentina Viego y Francisco J Cantamutto.
[2] Cabe observar que, a pesar de la similitud con el viejo argumento ricardiano de las ventajas comparativas asentado en una supuesta “vocación natural” de cada país y el argumento moderno que apela a la desigual disponibilidad de factores, este último es aún más contradictorio. La “vocación natural” remite, bien o mal, a determinaciones provenientes de la naturaleza, mientras que la “disponibilidad de factores” (léase, factores de producción) remite a la cuestión nada natural de la disponibilidad de capital dentro de cada país.
[3] Vale aquí comentar la interpretación equivocada de Hardt y Negri en cuanto a la categoría de capital industrial presente en Marx. En este último, el capital industrial no se refiere a la industria como sinónimo de fábrica y “se define cuando un capital acciona los medios de producción y la fuerza de trabajo con el fin de generar y realizar plusvalía. Luego, lo que define al capital industrial y, por lo tanto, al trabajo productivo, es un criterio de valorización, por medio de una relación social, y no un criterio de producción material” (Carcanholo y Baruco, 2009: 135).
[4] Al respecto, es interesante notar que Panitch y Gindin (2006) hacen una diferencia en relación al pensamiento de Hilferding. Para este, se presentaba como una ventaja para los países exportadores de capital que estos pudieran ejercer el control directo de sus territorios de interés, a través del propio poder estatal. Según Panitch y Gindin, en cambio, la única potencia imperialista actual –Estados Unidos– ejerce su dominio a través de Estados nacionales, con los que hay cierta interdependencia.
[5] En este sentido, Harvey retoma las ideas de Rosa Luxemburgo respecto de la necesidad capitalista del uso de formaciones no capitalistas para llevar adelante su expansión. A diferencia de Harvey, Luxemburgo (1985) entiende que este proceso es resultado de crisis de subconsumo.
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