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EL AMANTE LU HANMING/EL SOMBRERO DE IRINA
Estudios de Asia y África, vol. LI, núm. 1, 2016
El Colegio de México, A.C.

Ye Zhaoyan nació, en 1957, en Nanjing. Después de terminar la preparatoria, en 1974, trabajó durante cuatro años como obrera en una fábrica. En 1978 entró en la Facultad de Lengua China en la Universidad de Nanjing y, en 1986, obtuvo el grado de maestría. Su prolífera labor literaria comenzó en la década de los ochenta. Entre sus publicaciones destacan: Antología de Ye Zhaoyan, Selección personal de Ye Zhaoyan, El amor de 1937, El amado, El amor ajeno, El invernadero sin vidrios, ¡Qué terco es nuestro corazón! , “La noche de los llaneros”, “La vieja película de Qinhuai”, Ensayos de Ye Zhaoyan , “Árboles” y otros.

El cuento corto “El amante Lu Hanming” es una pequeña muestra de su fecunda labor literaria. Esta sencilla e inocente historia nos abre una pequeña ventana hacia la actualidad china, un país donde a raíz de los vertiginosos cambios económicos y sociales, la tradición y la modernidad comparten los mismos tiempos y espacios. Ahora que el mundo se ha globalizado, ahora que el individuo busca la manera de transgredir los límites impuestos por la tradición, aún persisten muchas barreras en el subconsciente, heredadas del pasado. Muchos hombres todavía quieren una novia emancipada y desinhibida, y una esposa conservadora y recatada. Y las mujeres, por su parte, luchan por ser modernas y tradicionales a la vez.

Mientras Lu Hanming arde en las llamas de un amor platónico, jamás consumado, Jiang Feifei navega entre la modernidad y la tradición para terminar como víctima del arma más poderosa en China, el rumor y las habladurías.

Tie Ning nació, en 1957, en Hebei. Después de la preparatoria pasó unos años en el campo de China y, en 1979, regresó a Baoding, donde trabajó como editora de la Federación China de Arte y Literatura. Desde 2006 desempeña el cargo de presidente de la Asociación Nacional de Escritores de China y es la primera mujer en la historia de la República Popular China que ocupa este puesto.

Comenzó a publicar en 1975 y su especialidad es el cuento corto. “Oh, nieve perfumada”, en 1982, ganó el premio nacional de cuento. “La camisa roja sin botones” y “La temática de junio” también fueron galardonados con diversos premios nacionales de literatura. En 1986 y 1988 publicó, respectivamente, “Pilas de paja” y “Racimos de algodón”, dos obras que reflejan la historia y la cultura ancestral de China desde la perspectiva femenina. En su cuento “La puerta rosada”, Tie Ning abandona su predominante estilo suave, armonioso, idealista y romántico para describir la despiadada lucha entre mujeres de diferentes generaciones.

El cuento corto “El sombrero de Irina” dibuja a dos mujeres, la voz narrativa e Irina, la protagonista de la historia. La narradora es una mujer divorciada, frustrada, caprichosa e intolerante, como muchas chinas en la actualidad, altamente educadas, autosuficientes y muy solas. Irina es una rusa provinciana, casada y con un hijo, que regresa a casa después de un viaje. En el avión de regreso, ella experimenta una aparente y muy secreta aventura. Tie Ning describe con gran habilidad y belleza la lucha encarnada entre el deseo y el deber, entre el instinto y la razón, entre las palabras y el silencio.

EL AMANTE LU HANMING

YE ZHAOYAN

La gente comenzó a decirle “el amante” y, de tanto repetirlo, se convirtió en el apodo oficial de Lu Hanming. Ese hombre afable nunca se enojaba ni se disgustaba con la gente y, con el tiempo, no le quedó más que acostumbrarse a su sobrenombre. En la fábrica, todos sabían que amaba en secreto a Jiang Feifei; a veces, incluso, bromeaban con eso; él siempre se sonrojaba y les pedía no divulgar esas habladurías. Jiang Feifei era una mujer muy hermosa con unos ojos que no podías dejar de ver. Cuando recién llegó a trabajar a la fábrica, las víctimas del amor no correspondido proliferaron como epidemia. De eso pasaron ya más de veinte años. Los jóvenes de aquel entonces nada tenían que ver con la juventud actual. En el ambiente conservador de ese tiempo cualquier historia de amor era como las de las obras clásicas.

Jiang Feifei, una joven estudiante de Nanjing, fue enviada a los campos de trabajo en la cercanía de la ciudad de Mei y luego a la fábrica. Dos años mayor que Lu Hanming, entró en la planta un año después que él. Lu Hanming aún recordaba los rayos brillantes de aquella primavera. Los rosales afuera de la ventana estaban en pleno florecimiento cuando el jefe del taller, el maestro, acompañó a Jiang Feifei a la oficina de Lu Hanming y formalmente los presentó. Balbuceó algo y luego miró a Lu Hanming: “Qué suertudo, ahora tendrás una hermosa compañera a tu lado”.

Con la presencia de Jiang Feifei, la primavera llegó para quedarse; los jóvenes de la fábrica comenzaron a frecuentar el taller de Lu Hanming y los colegas de su taller empezaron a asediarlo. El propósito de todos era muy claro: iban a ver a la bella mujer. Nadie se atrevía a charlar con ella; el pretexto siempre era Lu Hanming. Mientras pretendían conversar con él, recorrían con la mirada a Jiang Feifei. El jefe de Lu Hanming, un hombre de asimilación tardía, sin preguntar pormenores se ponía a regañarlo: “Si vuelven a buscarte, los correré”.

Lu Hanming ansiaba que su jefe hiciera eso. La gente siguió llegando sin jamás atreverse a dirigirle la palabra a Jiang Feifei. En aquellos tiempos se decía que si uno sentía miedo delante de una mujer hermosa era porque ésta le atraía. Jiang Feifei, misteriosa y enigmática, jamás hablaba con nadie, aunque sabía que todos iban para verla y admirarla. Reservada y altanera, raras veces hablaba con el maestro o con su colega Lu Hanming, y a nadie más le hacía caso.

Lo reservado y lo altanero le duró poco; un día, de repente, se unió a la conversación de los hombres. Sentada en un banco al lado de ellos, comenzó a reír al unísono con los demás. Su repentino cambio hizo más listos a los ya listos y más mudos a los callados. Frente a los demás, Jiang Feifei reía y charlaba abiertamente con Lu Hanming. En la envidia de los demás, Lu Hanming vio las intenciones de Jiang Feifei: ella hacía eso para despertar aún más el interés de todos. Dicho y hecho, en poco tiempo lo lanzó al olvido. El maestro ya estaba muy molesto con las constantes visitas que recibía su discípula. Una vez habló seriamente con ella, pero Jiang Feifei le respondió:

—Ellos me buscan a mí, ¿qué quiere que haga?

—No les hagas caso —dijo el maestro.

—Si no me han hecho nada malo, ¿por qué no les iba a hacer caso? —reviró la mujer.

El maestro jamás esperó esa respuesta y, frunciendo las cejas, comentó:

—En realidad, te gusta que te busquen.

—Me gusta, ¿y qué? —respondió Jiang Feifei airadamente.

Lu Hanming jamás imaginó que Jiang Feifei sería capaz de responder de ese modo ni que fuera tan arrogante. El jefe de Lu Hanming era un viejito algo obstinado; desde entonces, cada vez que alguien iba a ver a la doncella, él dejaba el trabajo y se salía. El jefe de la planta comentó esa situación con Jiang Feifei. Después de eso, ella se convirtió en la enemiga número uno del maestro de su taller. La gente que iba a verla disminuyó; sólo se atrevían a ir en los descansos, durante la hora de comer o cuando se iba la luz. En una ocasión, el jefe se peleó con alguien y estuvieron casi a punto de golpearse; como Lu Hanming sabía que la culpa era del otro, quiso intervenir en favor del jefe. Entonces, Jiang Feifei lo jaló.

—Se lo merece. No es tu asunto; no te metas.

Jiang Feifei tenía muchos defectos muy evidentes: además de enfrentar a su jefe, le gustaba hacer cosas a sus espaldas. Le puso el apodo de “jefe de jornaleros”, puesto que se parecía mucho a su ex jefe en los campos de trabajo. Cuando no tenía nada que hacer, les inventaba apodos a todos sin fijarse si ofendía a alguien. Lu Hanming, a pesar de que no estaba de acuerdo con ella, en su corazón le perdonaba todas esas faltas. Al año y medio de trabajar Jiang Feifei en la fábrica, hubo quienes se atrevieron a invitarla al cine. Un joven del taller número dos, mucho más feo que Lu Hanming, un día se armó de valentía y le pidió a éste que le llevara a Jiang Feifei unos boletos del cine. Lu Hanming pensó que la mujer rechazaría la invitación; sin embargo, ella aceptó sin pensar. Días después, Lu Hanming no dejó de pensar ni de arrepentirse por haber sido intermediario en aquel asunto. Lo bueno fue que todo quedó como en una película. Después de eso, el joven de los boletos del cine, igual de decepcionado que Lu Hanming, jamás volvió a buscarla. Lu Hanming sospechaba que entre ellos había pasado algo o, a lo mejor, no había sucedido nada. Aún más descarado fue cuando alguien le pidió que le llevara una carta a Jiang Feifei y le dijera que quería ser su novio. Lu Hanming le contestó:

—Si quieres decirle eso, dícelo tú mismo. Yo no lo haré.

Pero luego, inexplicablemente, Lu Hanming llevó la carta. Jiang Feifei, sorprendida y sonrojada, dijo:

—¿Cómo puede ser tan estúpido este hombre? Dile que le agradezco, pero que no quiero ser su novia.

Aquel suceso tan embarazoso lo hizo sentir como si él mismo fuera el rechazado.

El apodo de “el amante” surgió, al principio, como respuesta a su disposición de entregar las cartas de amor. Él sólo era el puente, un simple emisario del amor. Que ella rechazaba a todos a la ligera era algo de dominio público, por lo que nadie se atrevía a perseguirla abiertamente. Debido a ello, Lu Hanming se convirtió en la punta de lanza de todas las aspiraciones amorosas. Si ya había entregado boletos del cine y llevado cartas y recados, ya no podía negarse ante otras peticiones de ese tipo. Los rechazados, uno tras otro, le colgaron su vergüenza al pobre de Lu Hanming, quien poco a poco se convirtió en corredor de la bolsa del amor.

Poco antes de completar su entrenamiento Jiang Feifei, se supo que tenía novio. Lu Hanming no lo creyó hasta el día en que la vio del brazo de un marino. Entonces comprendió cuántas tonterías había cometido en el pasado. Era fácil entender por qué ella no le hacía caso. El marino era muy apuesto. Lu Hanming se sintió como un tonto e, incluso, algo estafado; creyó que Jiang Feifei tenía que haberle avisado que tenía novio; pero de inmediato supo que en realidad no tenía ninguna obligación de hacerlo. ¿Por qué tenía que habérselo dicho? Entre ellos no había nada, eran simplemente colegas.

Era un 9 de septiembre cuando los vio pasear del brazo. Los altavoces anunciaron una importante noticia a las cuatro de la tarde de ese día, y la gente comenzó a especular. Justo cuando miraba a dos o tres hombres charlando, escondidos en un rincón, vio venir a Jiang Feifei del brazo de su novio. La mujer, sonriente, primero no lo notó; pero luego, cuando lo vio, lo saludó amablemente asintiendo con la cabeza. Lu Hanming quedó paralizado, como golpeado por un rayo.

Cuando los altavoces anunciaron la muerte del presidente Mao, Lu Hanming permaneció parado en la calle como un tronco durante casi veinte minutos. Llanto y lamentos invadieron las calles; la gente se apresuraba a volver a casa. Lu Hanming, anonadado, no diferenciaba el sabor de sus sentimientos. Sentía que no debía sufrir porque su compañera tuviera novio, pues siempre había estado consciente de que ese día iba a llegar tarde o temprano y él tenía que estar preparado. Hacía tiempo que había experimentado esa sensación; sentía lo mismo cada vez que llevaba y traía recados de amor. ¿Acaso no era previsible que ese día llegaría? Al regresar a casa vio a su padre llorar por la muerte del presidente Mao. Lo conmovieron las lágrimas de ese hombre de casi sesenta años. Él también sentía que tenía que llorar, pero las lágrimas simplemente no brotaron.

Jiang Feifei, como sin nada, siguió trabajando a su lado y, con frecuencia, creaba oportunidades para que él le preguntara cosas. Con sólo abrir la boca, ella le contaría todo. Le tenía confianza y quería decirle todo acerca de su novio. Jiang Feifei estaba lejos de su hogar y, en la ciudad de Mei, no tenía parientes: sus familiares estaban en el lejano Nanjing. En Mei, compartía el dormitorio con otras jóvenes con las que no se llevaba bien. Lu Hanming sabía que, en ese lugar, él era su único confidente.

Al casarse Jiang Feifei se mudó con su esposo; al divorciarse, regresó a vivir de nuevo a la fábrica. Entre lo primero y lo segundo apenas pasaron un poco más de dos años. Ya habían llegado los años ochenta y Lu Hanming y Jiang Feifei planearon entrar en la universidad. Ninguno de los dos logró pasar los exámenes. El matrimonio y el divorcio ensuciaron la reputación de Jiang Feifei. Pero ella no se casó ni con el marino ni con el sobrino de un vicedirector de la fábrica; su marido fue un maestro de arte de secundaria. En una ocasión, cuando Jiang Feifei cortó con el sobrino, éste llegó a la fábrica y armó un gran escándalo. Parado en las puertas de la oficina, despotricaba enfrente de muchos curiosos en contra de Jiang Feifei; sus palabras dejaban ver que ya habían tenido relaciones sexuales. Su único propósito era desprestigiarla.

Lu Hanming también estaba entre los curiosos. Molesto por el espectáculo de tan mal gusto, sintió ganas de golpear al individuo. Pero jamás en su vida había peleado; ni siquiera sabía cómo comenzar una discusión. Otro obstáculo era la multitud, curiosa y entretenida, que malinterpretaría su intervención. ¿Qué derecho tenía él de intervenir en favor de Jiang Feifei? Tantos hombres de la fábrica, que alguna vez la amaron, ahora se limitaban a observar cómo un hombre a medias, un hombre que no merecía esa denominación, insultaba en público a la mujer de sus sueños. Finalmente, una mujer madura brincó y, como a una mosca apestosa, corrió al sobrino del vicedirector.

La culpa corroyó a Lu Hanming, y no se atrevió a mirar a Jiang Feifei durante varios días. Tenían que hacer muchas cosas juntos, pero él buscaba maneras para evadirla. En una ocasión, ella le preguntó con mucha seriedad si él, al igual que los demás, la despreciaba. Lu Hanming negaba con la cabeza, sin poder entender cómo era posible que ella pudiera pensar eso.

—Entonces, ¿por qué me evades? —le preguntó ella.

Él, sonrojado, le explicó que estaba muy arrepentido de no haberle propinado una paliza a aquel patán. Aunque no hubiera podido con él, debía haber intervenido. Le dijo que estaba muy apenado porque ese día nadie tuvo el valor de detener las calumnias del cobarde. Al oír todo eso, Jiang Feifei le preguntó conmovida.

—¿En verdad piensas eso? A decir verdad, no me importa que no te hayas levantado a defenderme. Me conformo con saber que piensas así.

Lu Hanming fue el único en toda la fábrica que visitó la nueva casa de Jiang Feifei. Poco después de romper con el sobrino, ella se casó con el maestro de arte de secundaria de pelo largo.

Una muchacha de nombre Xu Yin, obrera en el taller número dos, se hizo novia de Lu Hanming. Se la presentó el maestro y después de ir juntos al cine dos veces, su relación se formalizó. Los que entraron en la fábrica junto con él, ya tenían novias; los más desesperados por tener una relación, incluso, ya estaban casados y tenían hijos. La muchacha chaparrita, de lentes, no le pareció mal. Cuando Jiang Feifei se enteró, le dijo riendo:

—Esa Xu Yin no está tan mal.

Jiang Feifei, después del divorcio, regresó a vivir a la fábrica. Luego de aquella decepción, la hermosa mujer de antaño, de pronto cual una flor, se secó. Lu Hanming, lleno de tristeza, quería consolarla, pero no sabía cómo. Si hubiera sabido que ella se divorciaría, tal vez jamás habría andado con Xu Yin. Era una buena muchacha, pero, ante los ojos de Lu Hanming, siempre flotaba la cara triste y desolada de Jiang Feifei. Todos le aconsejaban desposar a Xu Yin; ella incluso se desesperó y sin esperar que le propusiera matrimonio, en broma, le preguntó si él no tenía intenciones de desposarla. Entonces, Lu Hanming le dijo a Jiang Feifei que planeaba casarse; quería su opinión. Si tan sólo ella hubiera expresado la mínima objeción, él de inmediato habría roto el compromiso.

A los dos años de casado Lu Hanming, Jiang Feifei le abrió su corazón y le contó sus sentimientos. Trabajando todos los días juntos en el mismo taller, en la misma unidad, después de esa confesión ambos supieron que ya no sería fácil convivir como si nada. Como si una hoja delgada se hubiera roto, sus corazones quedaron vacíos. Todo indicaba que Jiang Feifei quería que él fuera el tercero. En una ocasión, cuando estaban solos, ella se armó de valor.

—Lu Hanming, divórciate y casémonos.

Él empalideció. La mujer, armada de valor, continuó.

—Siempre supe que me querías. ¿O no me quieres?

La cara de Lu Hanming se puso blanca; luego enrojeció y, finalmente, se tiñó de verde. No supo qué decir. Por suerte, algunos compañeros entraron en ese momento. Al ver su cara lívida, le preguntaron:

—¿Qué tienes? ¿Por qué te ves tan mal?

Lu Hanming tartamudeó. Jiang Feifei contestó cínicamente.

—Tiene problemas del corazón, toda la sangre se le fue allí y ahora hierve como una caldera.

Los presentes, sin entender, seguían mirando a Lu Hanming, que pronto recuperó la cordura y dijo estar bien. Entonces, la cara de Jiang Feifei se descompuso.

—¿Cómo que estás bien, si casi te mueres de susto?

Lu Hanming le pidió que dejara de decir insensateces, pero ella no quiso detenerse.

—Déjame decirte algo: lo que comenté hace un instante es la pura verdad; no lo olvides.

Los presentes, aún más confundidos, sintieron que allí había gato encerrado.

Sin poder dormir durante varias noches, Lu Hanming daba vueltas en la cama como imbécil. Ante sus ojos flotaban las palabras de Jiang Feifei. Él sabía que a ella le gustaba bromear con los hombres de la fábrica. Ese tipo de bromas no ofensivas eran frecuentes con los colegas, pero ella no solía jugar con él. A veces las mujeres muestran exceso de valentía para protegerse de los hombres. Esta mujer divorciada, ante los hombres se mostraba abierta y desinhibida intencionalmente. Lu Hanming, incluso, sentía que ella exageraba un poco. A los hombres les gusta que las mujeres bromeen, pues sienten que de esa manera tienen el camino libre para lanzarse al ataque. No era extraño que en la fábrica corrieran todo tipo de chismes sobre Jiang Feifei. Ésta era la primera vez que ella hablaba así con él, por lo que no sabía si lo hacía en serio o sólo bromeaba como lo hacía con los demás. Jiang Feifei no debía jugar con él de esa manera.

Sin importarle si se trataba o no de una broma, Lu Hanming sentía que le debía una respuesta. Jiang Feifei tenía razón: desde un principio, él la quiso en secreto. Se decía a sí mismo que sólo sentía simpatía por ella, pero se engañaba: simpatía y nada más. Amarla era algo que no podía imaginar; no podía permitirse llegar tan lejos: él era un hombre casado y tenía la obligación de aclarar las cosas. Después de retorcerse el cerebro por más de dos semanas, pensó que aquel asunto espinoso ya estaba enterrado.

—Estoy pensando que tal vez debería divorciarme —le dijo cobrando valor, mirándola a los ojos, como escupiendo las palabras.

—¿Qué quieres decir? —le respondió Jiang Feifei soltando una sonrisa algo falsa.

Él, estupefacto, quedó muy confundido cuando ella añadió:

—Ya pasaron tantos días, ¿cómo es que lo recordaste hasta ahora?

Lu Hanming comentó, casi tartamudeando:

—No bromeabas aquel día, ¿o sí? Tú me pediste que me divorciara.

Jiang Feifei soltó una amarga carcajada, al grado de que casi le salían lágrimas.

—¡Claro que estaba bromeando!

Lu Hanming se alegró por no haberle dicho la verdad a su esposa. Poco le había faltado para decírsela. Ella, incluso, ya presentía algo: primero pensó que él se sentía mal, pero luego supo que, en realidad, le dolía el corazón. No imaginaba que su esposo podía experimentar ese tipo de penas. Una vez se lo preguntó, pero él no dijo nada. Luego, se lo volvió a preguntar, pero ante su silencio decidió dejar las cosas en paz. Fue al hospital y recibió la buena nueva: estaba embarazada. Lu Hanming sentía culpa, sentía que Xu Yin no merecía que él le hiciera daño, por lo que no se atrevió a decirle la verdad. Entre más callaba, más sufría.

Jiang Feifei hacía todo lo posible para pretender que entre ellos no había nada, pero no lo lograba. Ambos sentían miedo de quedarse a solas. Jiang Feifei comenzó a enloquecer y bromeaba con más descaro con los hombres; incluso, armaba chismes sobre ella misma. A sus espaldas, los hombres decían que le urgía aquella cosa y usaban las palabras más altisonantes para referirse a ella. Lu Hanming culpó al maestro de arte de secundaria por haber dañado a esa hermosa mujer que lo había amado tanto; no, ella no sólo lo amaba: lo veneraba. Los artistas suelen tomarse las relaciones muy a la ligera y echar a perder a gente buena.

Lu Hanming sentía la obligación de hablar seriamente con Jiang Feifei; deseaba de todo corazón que ella encontrara un marido decente. Ella decía:

—Si quiero encontrar a un hombre, ¿acaso tengo que casarme con él?

Lu Hanming se mordía los dientes mientras ella continuaba diciendo:

—No des vueltas. Dime abiertamente lo que piensas, ¿será que sientes que soy una descarada? —Y remató—: Déjame decirte algo, ahora ya es tarde, sé que tienes buenas intenciones. Aquella vez, cuando abrí mi corazón, si hubieras reaccionado pronto las cosas habrían sido distintas. Ahora es tarde, muy tarde.

Un mes después, Lu Hanming supo que Jiang Feifei andaba con un obrero novato, casi niño, que tenía una pésima reputación. Jiang Feifei le llevaba varios años a este soltero con novia. Era el colmo. Las noticias corrieron como pólvora. Todos hablaban pestes de Jiang Feifei. A pesar de que la gente decía la verdad, Lu Hanming no quería creer que ella fuera capaz de hacerse tanto daño. Recordaba a una mujer hermosa que, al llegar a la planta, atrajo la atención de casi todos los hombres. No podía creer que, sin razón aparente, de pronto se convirtiera en un ogro. El divorcio es lamentable para una mujer: las divorciadas siempre incitan la lujuria de los hombres. Lu Hanming quería creer que Jiang Feifei amaba locamente al joven obrero, pero tal y como todos sospechaban, al poco tiempo, la pareja rompió. Jiang Feifei iba a trabajar como sin alma, ausente, pálida, como alguien muy golpeado por la vida. Un día, le pidió a Lu Hanming que le llevara un recado al joven: lo citaba a un último encuentro para romper con él.

—Lu Hanming, sé que eres un buen hombre. Antes solías traerme recados de los demás; ahora te pido que lo hagas para mí. Dile que lo esperaré en el lugar de siempre. Si no viene, aunque me muera de frío o me ataquen los rufianes lo esperaré toda la noche.

Lu Hanming esperó al joven en el camino de regreso a casa. El joven, en compañía de varios colegas, montado en su bicicleta, venía a su encuentro. Lu Hanming lo llamó y aquél, sorprendido, sin ganas, se detuvo y le preguntó que qué quería. Cuando Lu Hanming le explicó el asunto, el joven, como niño irreverente, lo barrió con la mirada y comenzó a reír. Lu Hanming, avergonzado, le preguntó por qué se reía.

—¿Qué no puedo reír? Así soy yo: cuando tengo ganas de reírme, me río. ¿Cómo es que ella te pidió traerme el recado? ¿No será que ustedes dos tuvieron algo que ver?

Lu Hanming enrojeció en un instante y se enfureció cuando el joven profirió:

—No te enojes, perdóname; es que yo suelo hablar así.

—No me importa. Yo ya cumplí con traerte el recado.

—Eres muy extraño; cuando entré a la fábrica supe que todos te decían “el amante”. Me dijeron que te gustaba llevar y traer este tipo de recados. Ya que es así, te pido de favor que le digas a Jiang Feifei lo siguiente de mi parte: si espera allí todo un año, a mí me importa un bledo. Dile que no le debo nada. Desde el principio le dije que era un juego, que no me interesaba nada serio; que no piense que me atrapó; dile que ya está muy vieja.

Lu Hanming sintió que la sangre le hervía en la cabeza; quería aventársele, quería golpearlo. Sabía que ese joven era un rufián; incluso lo habían castigado por peleonero. Sintió un dolor en el pecho; odió su cobardía y se arrepintió por no haber estudiado artes marciales. Quería aventársele y golpearlo en la nariz; no comprendía cómo Jiang Feifei podía fijarse en alguien así. Las mujeres, a veces, simplemente son un misterio. Lu Hanming, lleno de coraje y algo derrotado, dijo:

—Esas porquerías, dícelas tú mismo.

—Me da lo mismo si le pasas o no el recado. Yo, por mi parte, jamás volveré a verla.

Jiang Feifei renunció y regresó a Nanjing, su tierra natal. Unos dijeron que volvió a casarse; otros, que vivía arrejuntada con alguien. Años después dejó Nanjing para unirse a las hordas tras el oro en la nueva zona económica de Shennzhen. Lu Hanming solía escuchar a los colegas hablar seguido de ella; decían que ya era vieja, adondequiera que fuera ya no sería interesante; las mujeres, a diferencia de las obras de arte o las antigüedades, entre más viejas suelen tener menos valor. Ella sólo se distinguía por ser más aventada, más descarada, más fácil que las demás. Lo que más venera el hombre es a la mujer; lo que más estropea, también, es a la mujer. Las mujeres colman los criterios de belleza y fealdad de los hombres. A Lu Hanming le molestaban esos comentarios. Habría querido levantarse y defenderla, pero, como siempre, le faltaba valor. Esa falta de agallas le hizo perder la oportunidad de su vida; por ello, sólo se limitó a soñar. En sus sueños, Jiang Feifei, recién llegada a la fábrica, era hermosa, era buena.

1 de marzo de 1994.

EL SOMBRERO DE IRINA

TIE NING

Parada en el aeropuerto Domodédovo de Moscú, estaba esperando el vuelo hacia Jabárovsk. Los que entendían ruso me dijeron que Domodédovo significaba “casita”; o sea que ese aeropuerto se llamaba La Casita.

Era el verano de 2001. Mi prima y yo decidimos tomar un tour de diez días por Rusia. Siempre nos habíamos considerado las mejores compañeras de viaje. ¿No fue acaso nuestra maestra de secundaria quien nos preguntó antes de las vacaciones de verano que cuál era la ruta más corta entre Beijing y Londres? La respuesta no tenía nada que ver ni con el avión ni con la Internet, sino que se trataba de viajar a Londres junto con un amigo. Al principio se oye bien, pero, en realidad, durante los viajes los amigos suelen convertirse en enemigos feroces. Mi prima y yo, camino a Moscú, no éramos grandes amigas, pero de Moscú a San Petersburgo ya éramos enemigas. El problema fue que yo, erróneamente, supuse que nos llevaríamos muy bien, pues ambas estábamos recién divorciadas y pensé que tendríamos mucho en común; que ambas, libres y sin lastres, podríamos despotricar a gusto en contra de los ex maridos. Sin embargo, inesperadamente, mi prima inauguró su nuevo amorío rumbo a Moscú.

Al lado de nosotras estaba sentado un caballero del mismo tour y ellos comenzaron a charlar con gran entusiasmo. Pensé que sólo era un juego, pero pronto me enteré de que el caballero también era soltero y estaba disponible, así que ambos coincidieron en un momento oportuno. Fue cuando me di cuenta de que mi prima era una optimista sin remedio, buena para caerles bien a los demás. El optimismo definitivamente no es mi característica: cuando conozco a alguien, primero le busco los defectos; si quiero estar triste no elijo ni tiempo ni espacio para estarlo; cuando estiro las cejas, la piel de mi cara parece almidonada, dura, seca y arrugada; con frecuencia me deprimo; cuando me odio y desprecio mi comportamiento suelo desquitarme peleando con los demás. En el aeropuerto había mirado fríamente al caballero y noté que las uñas de sus dedos meñiques estaban muy largas. De vez en cuando tenía el hábito de levantar la mano derecha y, con la uña, aventar hacia la nuca los cabellos que le cubrían la frente. Su uña verdosa y transparente arrastraba sin querer el recuerdo de las imágenes de la emperatriz Ci Xi pintadas por extranjeros, en las cuales resaltan sus uñas largas llenas de adornos; por cierto, extrañas, algo sucias y muy coquetas. Aunado a eso, la sonrisa repentina de aquel hombre, de plano, me sacaba de quicio. Al llegar a Moscú, después de hospedarnos en el hotel Universal, no pude aguantarme y le conté a mi prima todas mis impresiones. Ella sonrió y comentó:

—A decir verdad no eres muy objetiva. Objetivamente hablando, él tiene algunos puntos de vista muy interesantes.

Entonces descubrí una muletilla de mi prima: “objetivamente hablando…”. ¿Qué es eso de “objetivamente hablando…”? ¿Quién puede asegurar que los que usan esa frase son objetivos? Siempre, cuando comenzaba con “objetivamente hablando…”, quería en realidad destacar algún comentario algo torcido, por eso yo odiaba esa frase. Parada en el aeropuerto La Casita, esperando el vuelo hacia Jabárovsk, resumí las razones del irremediable conflicto entre nosotras. Al parecer, todo se centraba en el caballero de uñas largas y en la frasecita “objetivamente hablando…”. Esas razones, tal vez insignificantes, para mí fueron intolerables con el tiempo.

Al llegar a San Petersburgo, con la cara desencajada, hice un esfuerzo para visitar la casa de Dostoievski en el viejo barrio de los herreros. Una señora grande y delgada, con expresión muy seria, contaba algunas historias sobre el gran maestro. No escuché nada; lo único que recuerdo son los innumerables pliegues alrededor de los labios de esa mujer, que parecían ravioles recalentados muchas veces. También recuerdo que mencionó que un nieto de Dostoievski manejaba un tranvía en el barrio del museo. Su drama me alegró un poco: uno de los descendientes del gran Dostoievski manejaba un tranvía. Recordé a mi madre, una escritora conocida cuya descendencia tampoco sobresalió. Mi profesión y mi matrimonio, hacía tiempo, la habían desencantado; pero yo era una empleada pública en la capital del país. Nunca me interesaron ni la biblioteca ni las novelas de mi madre. Cuando vi a mi prima y a su nuevo novio comprar diversos recuerdos e impresos del maestro a la puerta de su casa, con las cabezas casi pegadas, decidí irrevocablemente dejar el grupo y regresar a casa. Sin poder esperar regresar al hotel Smolny, con los labios alargados en una falsa sonrisa, le comenté mi decisión a mi prima. Ella, muy sorprendida me dijo:

—Objetivamente hablando, te comportas como una niña malcriada; en cuatro días todos regresaremos a casa.

Por dentro pensé: “No me salgas con tu ‘objetivamente hablando’…”. Yo quería viajar directamente a Beijing, pero los de la agencia de viajes me dijeron que debía salir por la frontera estipulada en las cláusulas del contrato: primero debía volar de Moscú a Jabárovsk; luego atravesar Siberia en tren, para cruzar a China hasta Mudanjiang. Ésa era una ruta complicada, pero muy barata, por lo que decidí obedecer los arreglos de la agencia. Esa noche del verano de 2001, en el viejo, destartalado y repleto aeropuerto La Casita, mientras esperaba el vuelo hacia Jabárovsk, tomé dos botellas de Kvas , 1 de sabor algo extraño. Finalmente, llegó el vuelo 154 de un Tupolev. Mientras abordábamos el avión, me di cuenta de que la mayoría de los pasajeros eran de la parte oriental de Rusia; había muchos de Jabárovsk, unos cuantos moscovitas y algunos extranjeros como yo. Como no sé ruso no podía diferenciar el habla de los pasajeros; pero, curiosamente, mi intuición me permitió distinguir a los moscovitas de los de Jabárovsk. Me tocó sentarme atrás, en un asiento sobre el pasillo, desde donde podía ver a mis anchas la alfombra roja con azul en medio de las dos hileras de asientos. Las flores de la sucia alfombra palidecían detrás de las manchas de vino, caldos, carnes… Aeromozas gorditas, ya no tan jóvenes, paradas a los lados, de vez en cuando ayudaban con desgana a los pasajeros a cerrar los compartimentos superiores. La pintura de sus labios, desparramada en sus rostros, mostraba su despreocupación; tal parecía que daban señales a los pasajeros: “Éste, señores, es un avión poco serio, aquí pueden hacer lo que se les venga en gana”.

En la fila de enfrente estaban sentados un hombre y dos mujeres jóvenes. Desde que entré en el avión los oí reír y gritar. El hombre, evidentemente, era un moscovita nuevo rico; tenía los cachetes rojos, el cabello limpio y bien peinado; sus uñas, arregladas, lucían cual conchas brillantes selectas incrustadas en sus dedos. Meneándolo entre sus manos, presumía su teléfono móvil a color de la marca Nokia a las dos jóvenes acompañantes. En el año 2001, los teléfonos móviles en Rusia aún eran novedad. Quién sabe cuánto admiraban estas niñas al nuevo rico. Parecía que, sólo por ese teléfono, estaban dispuestas a dejarse pellizcar y morder; a que les sambutieran licor con la nariz tapada o a que las obligaran a fumar. Sentada detrás de ellos, veía enfrente tres títeres mecánicos que parecían perritos pequineses con la cuerda al tope. Este nuevo rico seguramente tenía negocios en Jabárovsk, una ciudad principal en el extremo oriente de Rusia y un importante nudo ferroviario, puerto, aeropuerto; por allí pasaban los ductos petroleros; la petroquímica, construcción naval y maquinaria, todo estaba muy desarrollado. Tal vez este nuevo rico estaba en la industria petrolera, pero a mí no me importaba su profesión, lo único que me inquietaba era la seguridad de la nave. Al darme cuenta de que no tenía la mínima intención de apagar su teléfono, usé mi pobre inglés para pedirle que lo hiciera. Al parecer, mi expresión era espantosa, puesto que el hombre de inmediato me hizo caso. Mientras apagaba su aparato se volteó y me miró como queriendo decir: “Y tú, ¿por qué estás tan enojada?”.

En ese momento entraron en la nave los últimos dos pasajeros: una mujer y un niño como de cinco años. Entre las múltiples bolsas y bolsitas de mano de la mujer destacaba una enorme caja redonda con un sombrero adentro. La caja con el sombrero, la primera entre todas las bolsas y las bolsitas, parecía jalar a la mujer. Al verlos venir hacia mí supuse que se sentarían en mi fila, al otro lado del pasillo; entonces vi que la cinta marrón de la caja color crudo con el sombrero estaba amarrada a su dedo meñique. En la caja estaba pintado un elegante sombrero de hombre. Otra vez entró un meñique en acción, pero esa vez no sentí repulsión. El meñique amarrado a la caja la hacía verse frágil y muy casera. Una madre y su hijo habían viajado de Jabárovsk a Moscú para visitar a sus parientes y venían de regreso a casa cargados de regalos y cosas que compraron en Moscú. El marido se había quedado en casa y ella le había comprado un regalo muy especial: un sombrero.

Mientras intentaba adivinar la historia de la madre y su hijo, miraba cómo ella acomodaba las bolsas y las bolsitas con mucha prisa. Primero puso la caja con el sombrero en su asiento; con sumo cuidado liberó su enrojecido dedo meñique de la presión de las bolsas. El sombrero en el asiento parecía un pasajero plácidamente dormido. Después de acomodar las otras bolsas en el compartimento superior, tomó la caja con ambas manos y buscó un sitio apropiado para guardarla. En los compartimentos superiores, atascados con sus bolsas, ya no había espacio libre. Dio una vuelta como buscando lugar y les pidió ayuda a las aeromozas, pero ninguna llegó. Yo, la pasajera más cercana, tampoco tenía la intención de ayudarle; además, ¿qué podía hacer yo? Si hubiera estado mi prima, segura y simbólicamente se habría levantado tratando de hacerlo. En ese instante, un hombre alto y delgado, sentado en la fila anterior, se levantó; abrió el compartimento superior, sacó una bolsa, la tiró al suelo, tomó la caja de las manos de la mujer y la acomodó.

Después de cerrar el compartimento, el hombre alzó las manos en señal de “¡El problema ya está resuelto!”. Luego intercambiaron algunas frases, posiblemente sobre la bolsa del piso. Ella le preguntó que dónde la pondría. El hombre la tomó y, mientras la aventaba debajo de su asiento, probablemente le respondía que esa bolsa no merecía ocupar un sitio arriba. La mujer, muy agradecida, sonrió y llamó a su hijo:

—¡Sasha!

Eso sí lo entendí. Sasha estaba parado a mi lado, devorando con los ojos el Nokia en las manos del nuevo rico. El niño obedeció a su madre sin ganas, no sin rezongar un poco. Supuse que se molestó por tener que sentarse pegado a la ventana, lejos del Nokia. Claro que finalmente el niño con cabellos de trigal y expresión noble obedeció a su madre. En el mar azul de sus ojos vi ojeras. En los ojos de los niños europeos con frecuencia veía esas ojeras que también aparecen en los ancianos, lo que les da un toque de melancolía y los hace parecer filósofos sofisticados.

El avión partió. Observando de lado a la mujer, me pareció algo conocida. Recordé que en la biblioteca de mi madre, la escritora, había visto un viejo libro titulado La historia de Zoya y Shura . Mi vecina se parecía a la Zoya de ese relato: pelo castaño, mentón ovalado, ojos claros muy juntos. Zoya, la heroína de la generación de mi madre, para nosotros, los nacidos en la década de los años sesenta del siglo XX, estaba muy lejos; yo sólo la recordaba por su peinado. Aunque era una heroína de la guerra de liberación de la patria, desde la perspectiva de la moda su cabello corto se ajustaba perfectamente a los estándares actuales. Me gustó cuando la vi y por eso la recordé en ese momento. Para no repetir el nombre, decidí llamarla Irina. ¿Será un nombre ruso? No importa; yo sentía que a mi vecina le quedaba bien ese nombre: Irina. Su chongo en la nuca, sus hombros medio encogidos, su anticuado vestido largo a cuadros, sus manos blancas de articulaciones rojizas, comparativamente gruesas, sus ojos marrones, profundos y semicerrados, su serenidad de regreso a casa, la hacían parecer más a Irina que a Zoya. Nos informaron el tiempo de vuelo y nos avisaron que llegaríamos en la madrugada a Jabárovsk. A los diez minutos sirvieron la cena; las bebidas tenían un costo.

Medio probé la cena semicruda: tres pepinos agrios y unas bolitas de carne de cordero en sopa de remolacha. Tenía que cerrar los ojos y dormir un poco, pues Jabárovsk no era mi destino; aún tendría que viajar en tren durante toda una noche. “¡Qué cansancio!”, pensé, “¿Por qué la gente tiene que pasear?”. Cuando abrí los ojos observé cambios a mi alrededor. Los pasajeros en su mayoría dormían. Los cambios ocurrieron en la fila delantera. El hombre alto y flaco, hincado en su asiento y mirando hacia nosotras, estaba conversando con Irina. Su boca desproporcionada estaba llena de dientes blancos, tamaño caballo. Hincado sobre su asiento, mirando hacia atrás, se veía algo rijoso y necesitado; su chaqueta de mezclilla, por cierto muy pequeña para él, de por sí desvelaba su lujuria. Se veía muy feliz. Si hubiera traído una rosa en la mano, de plano habría parecido la estatuilla de un hombre enamorado de los que se ve en cualquier parque público.

A Irina no parecía molestarle aquel hombre aunque no lo miraba a los ojos. Al parecer, comentaban sus impresiones de Moscú, o tal vez no; su conversación era muy animada. Las aeromozas no vinieron a callarlos; sólo Sasha, con mirada suspicaz, veía fijamente al flaco, aun cuando sus párpados luchaban por no cerrarse. Finalmente, el flacucho se percató de la mirada inquisitiva de Sasha; llamó a la azafata, compró una lata de Coca Cola y una salchicha rusa, y se las dio al niño. Claro que la mirada de Sasha se suavizó después de recibir los regalos con la anuencia de su madre. Ante semejante banquete, no podía decidir si comer primero la salchicha o tomar la Coca Cola. Vi que el flacucho, aprovechando la situación, extendió sus largos brazos y le pidió al niño intercambiar sus asientos. Al parecer, tartamudeando, trataba de convencerlo de las bondades de su asiento pegado al pasillo, cerca del Nokia. Mientras el niño vacilaba, la cara de Irina se tiñó de rojo como si tramara algo al lado del flacucho. Sin resistirse ante la propuesta y sin decir nada, Irina se frotaba las manos. El flaco tomó eso como incentivo; se levantó, cogió al niño y lo acomodó en su lugar. Su viejo asiento auguraba, probablemente, el inicio de su relación con Irina. ¿Quizás entre ellos ya había pasado algo?

Al flacucho se le hizo sentarse al lado de Irina. Cruzó las piernas y se recargó hacia ella. Traía puestos unos zapatos de cuero con la suela ya algo desgastada; usaba calcetines de hilo de seda, hechos en China, aunque los chinos ya no solían usarlos; un calcetín tenía un hoyo del tamaño de un chícharo. Me di cuenta de que, aunque mostraba cosas carísimas, no era rico, pero sí gastaba dinero. Nuevamente, llamó a la aeromoza y compró vino tinto para los dos. La aeromoza trajo el vino y las copas, y ellos las levantaron como queriendo brindar; no lo hicieron. Al parecer querían decir algo; tampoco lo dijeron. Todo hacía pensar que algo estaba por suceder. Vi a Irina, algo nerviosa, llevarse la copa a los labios; como si estuviera frente a un plato de sopa hirviendo, sólo sorbió un trago. El flaco también bebió y, pegando su hombro al de ella, golpeó la copa de Irina. Su vino se agitó y salpicó un poco; ella le sonreía como regañándolo. No me gustó su sonrisa, pues presagiaba un coqueteo o su aceptación.

Me acomodé en mi asiento, tal vez para ver mejor a la pareja a mi lado. Reconozco que en ese momento sentí un poco de morbo dentro de mi corazón perturbado, como cuando las personas disfrutan ver caer en desgracia a la gente famosa. Irina no era famosa, pero, ante mis ojos, era una mujer decente. Ver coquetear a una mujer decente me provocaba un curioso placer. Mirando alrededor, anhelaba que Sasha se asomara para ver a su madre en aquella pose, pero el niño estaba muy concentrado en su salchicha. Desde mi ángulo pude ver su carita.

Las “tres marionetas eléctricas” de la fila delantera, después de dormir un rato, despertaron a la vez. Tan pronto abrieron los ojos, compraron casi todo lo que se vendía en el avión y comenzaron a comer y a beber. No necesitaron copas; tomaban directamente de las botellas. Su escandaloso despertar hizo que Irina y el flaco recuperaran de pronto una postura recta y algo inhibida; incluso imprimieron algo de frialdad entre ellos. Justo cuando pensé en eso, el vino hizo su efecto; Irina y el flaco, ya muy relajados, sustituyeron la charla con murmullos. El chongo de la nuca, después de restregarse en el asiento, se soltó. Los cabellos sueltos, que tapaban su oreja, mostraban su deseo.

Sí, sentía su deseo en mi corazón. El olor de ese deseo colmó el aire que me rodeaba. Pero no era un olor subjetivo producto de mi imaginación, era un olor verdadero que se desprendía de otro lado. Efectivamente, dos hombres bien vestidos venían por el pasillo. Al mirarlos, me di cuenta de que el olor a perfume de la marca Burberry emanaba de ellos. Sé poco de perfumes, pero esa exactitud en la percepción se debió por completo a mi madre, puesto que ella usaba ese perfume. Recuerdo que una vez me burlé de ella al preguntarle por qué usaba perfume de hombre. Me explicó que ése era un aroma neutral tanto para hombres como para mujeres. Recordé La historia de Zoya y Shura en el estante de mi madre y me di cuenta de que no comprendía a esa mujer que de joven admiraba a Zoya , y de vieja adoraba el perfume Burberry. Los dos hombres en el viejo y destartalado avión, de pronto, aunque en el aire, trajeron a mí aquel olor familiar. Eran jóvenes, robustos, guapos, elegantes, refinados. En el mundo sólo hay dos especies de hombres que se visten así: modelos de pasarela o rateros profesionales, viajeros frecuentes de hoteles de cinco estrellas. Esparcen perfume al caminar; las gruesas cadenas de oro macizo que adornan sus muñecas, fuertes y peludas, deslumbran las miradas. Después de rozarme a su paso, desaparecieron en los baños de la parte trasera del avión.

Mi oscura curiosidad me impulsó a voltear hacia atrás. Los hombres entraron juntos al baño; conste, subrayo, “juntos”. La aeromoza, sentada en la hilera vacía de la última fila, casi sin mirarlos, mordía semillas de girasol. Estaba acostumbrada a ver esas cosas. A los quince minutos, los caballeros, uno detrás del otro, salieron del baño; uno de ellos, mientras caminaban, le acomodaba la corbata al otro. Estaba algo contenta, primero por ver esa escena y, segundo, porque los hombres decidieron encerrarse en el único y minúsculo baño del avión frente a tantas miradas. Vaya que era un avión hundido en el deseo; dos caballeros elegantes usaron el baño para darle rienda suelta a su deseo carnal, deseo desbocado que en ese avión se convirtió en espectáculo. Media hora después, nuevamente se levantaron y, caminando uno detrás del otro, de nuevo entraron juntos al baño frente a nuestras miradas. Dije “nuestras” debido a que mientras pasaban al lado de nuestra fila, Irina y el flaco también los miraron. Para ese entonces, la mano del flaco estaba sobre el hombro derecho de Irina. A la media hora, ya estaba alrededor de su cintura. Media hora después la mano dejó la cintura para posarse encima de sus muslos.

En la profundidad de la noche, el sueño se apoderó de mí; pero no quería apartarme del espectáculo secreto. Para recuperar fuerzas comí unos pedazos de chocolate Dove que había comprado en casa. En China, ese chocolate no me parecía nada particular; pero en Rusia devoré todas las cosas traídas de casa. En ese instante, Sasha, quien al parecer no tenía sueño, se levantó y vino a buscar a su madre. Tal vez quería que lo durmiera, pero al verla acurrucada junto al flaco volteó la mirada y la clavó sobre mí. Cuando nuestras miradas se toparon, vi algo de enojo en sus ojos. Entonces se dio cuenta de que yo sabía por qué me miraba, y yo supe que él sabía que yo intuía algo sobre su madre. Durante esos instantes, Sasha parecía un huérfano abandonado. Yo, una mujer fría e insensible, en ese instante le ofrecí chocolate; pero Sasha, ávido de alimentos interesantes, no aceptó mi oferta; ni siquiera agradeció mi gesto; al parecer lo enojó aún más. Giró y rápidamente regresó a su asiento de la fila anterior; se sentó y, como viejito amargado, cerró los ojos.

A la media hora, la mano del flaco aún estaba encima de los muslos de Irina, ¿o sería que había avanzado unas pulgadas hacia arriba? Como un apetito anhelado que ha tomado cuerpo y forma postrado en su falda, me obligaba a mantener abiertos los ojos por el temor de perderme algo de aquel espectáculo. Después de un largo rato, Irina, como recuperando la cordura, se levantó y se dirigió a la fila anterior para ver a Sasha. Éste, al parecer, ya estaba dormido, o tal vez pretendía estarlo; entonces Irina se tranquilizó y regresó a su lugar. La mano del flaco, inmediatamente, se posó de nuevo en los muslos de ella, que miró esa mano sin decir nada; cerró los ojos como si quisiera descansar o darle a entender que no le estorbaba. La mano comprendió la señal y con desesperación encontró el camino entre los muslos.

El cuerpo de Irina se sacudió. La mujer abrió los ojos y con su mano cubrió la mano traviesa del flaco en señal de retirarla. El flaco, sin embargo, debatiéndose entre la anuencia previa y el rechazo actual, no tenía la más mínima intención de ceder los territorios conquistados. Las manos de ambos comenzaron a forcejear. Ante la fuerza de la mujer, el hombre pareció ceder. Entonces, inesperadamente, éste tomó la mano de Irina y la colocó en su entrepierna. Irina trataba de liberar su mano mientras que el flaco usaba todas sus fuerzas para retenerla allí, como si la necesitara desesperadamente para consolar su ansiedad ahogada. Las manos forcejearon con más vehemencia. Irina, algo agotada, intentaba mantener el equilibrio sobre el asiento, mientras que desesperadamente trataba de retirar su mano maltratada. La expresión de los dos se tornó seria; sus cabezas ya no estaban pegadas. De pronto, ambos se levantaron y comenzaron a mirar alrededor como si intentaran ver una cinta dramática.

Yo estaba cansada; el avión también estaba cansado. Entonces vi cómo Irina por fin logró retirar su mano y me miró. Con ojos serenos, respondí a su mirada como diciéndole que no tenía ningún interés en sus asuntos. Suspiró y de nuevo giró hacia el flaco. Como disculpándose, sacudió la mano adolorida y nuevamente la dejó caer en la mano del hombre. Éste ya no forcejeó. Las manos de ambos, después de la resistencia, la lucha, la negociación, finalmente, lejos de la furia, encontraron su sitio: los diez dedos se cruzaron y las manos se estrecharon. Así, con los dedos cruzados, en lo que quedaba de la noche, se durmieron. Se durmieron tal vez porque Irina dejó en claro que allí ya no había lugar para un nuevo inicio.

Llegamos a Jabárovsk. No vi cuándo se despertaron ni cómo se despidieron. Al abrir los ojos, como dos extraños, tomaron caminos separados. Irina, cargada de bolsas y con Sasha de la mano, estaba parada cerca de la salida del avión, como queriendo marcar distancia con el flaco. Detrás de ellos había muchos pasajeros somnolientos. Pegado a ella estaba el nuevo rico, que hacía rato había encendido su Nokia y hablaba en voz alta con alguien. Detrás estaban los dos apuestos caballeros, muy arreglados, bien peinados, como estatuas de museo: el largo viaje no había hecho estragos en esos hombres que ya habían dejado atrás, cual sueño, todo lo sucedido esa noche. La fresca madrugada de Jabárovsk se parecía a las madrugadas de la pradera. Yo temblaba mientras respiraba el aire frío. Los pasajeros, cada uno entretenido en encontrar sus maletas, se miraban sin verse. Entre la ocupada multitud de los aeropuertos, de hecho, nadie ve a nadie. Mientras buscaba al guía de mi agencia de viajes, vi una silueta conocida que cargaba la caja del sombrero de Irina. Irina lo había olvidado en el compartimento superior del asiento del flaco. El sombrero tiñó de realidad los sucesos de la noche. Guiada por la curiosidad, seguí al flaco. Vi que quería llamarla, pero no lo hizo. Creo que ni siquiera se dijeron sus nombres, por lo que no sabía cómo hacerlo.

Pero, ¿dónde estaba Irina? No había tanta gente como para no poder ver a la madre y a su hijo, que, al parecer, se habían evaporado. Caminamos unos pasos, cuando el flaco se detuvo de pronto mirando hacia el frente. Seguí su mirada: en el estacionamiento, a unos metros de nosotros, Irina abrazaba a un hombre; mejor dicho, un hombre la abrazaba a ella. El hombre nos daba la espalda, por lo que no pude ver su cara. Era un hombre de estatura mediana, fuerte, cabezón, de cuello grueso, por donde se asomaba el cuello de su camisa. Irina había dejado las bolsas en el piso al lado de su hijo, quien, complacido, observaba a sus padres. El flaco estaba incómodo. Entonces, Irina levantó la mirada y vio la caja y al hombre que la sostenía; de paso, seguramente también me vio a mí. Sasha, exaltado de alegría, también nos reconoció. Precavido y muy confundido, nos miraba como si el flaco y yo pudiéramos traerle un desastre a él y a su madre. Todo pasó en unos instantes; no había tiempo y tampoco valía la pena aclarar algo. Simplemente, no había nada que aclarar. Sentí que yo era la persona más apropiada para entregar el sombrero. Obligada a tomar una decisión rápida, me acerqué, lo saludé con la cabeza, y arrebaté, o más bien arranqué la caja de las manos del flaco y la colgué en las de Irina, que rodeaban el cuello de su marido. En ese instante parecía que el flaco, Irina y yo apenas habíamos concluido satisfactoriamente una carrera entre Moscú y Jabárovsk. Cuando le llevé la caja tal vez le sonreí. No lo sé; tampoco vi la expresión del flaco: sólo quería salir de ahí.

No me alejé de inmediato porque Sasha me hizo una seña; levantó la cara y colocó su delgado dedo índice de la mano derecha sobre sus labios, como queriendo decirme “No digas nada”. Era una seña amenazadora: ninguno de los dos había olvidado el encuentro de nuestras miradas de reconocimiento sin palabras. Era imposible no obedecer aquella seña colmada de la frágil inocencia de Sasha. Irina ya no pudo ignorarme y no sabía cómo agradecerme ni cómo ser cortés. Vi cómo apartó al marido y comenzó a desamarrar el listón de la caja. Sólo yo pude percibir el temblor de las manos que lo sujetaban. El marido volteó y, con sorpresa, miró la caja en las manos de su mujer. Ese hombre de cara noble se parecía mucho a Gorbachov. Irina abrió la caja y sacó un fino sombrero de color gris, como plumas de paloma que vuela bajo resplandecientes rayos del sol. El hombre que se parecía a Gorbachov sonrió, esperando a que Irina le pusiera el sombrero; pero ella tiró la caja y, repentinamente, colgó el sombrero sobre su propia cabeza. Digo “colgó” porque el enorme sombrero, comprado para el marido, le quedaba muy grande. Debajo de ese sombrero que como olla tapaba su delicada cabeza se asomaba una sonrisa indefinida. El sombrero, además de taparle la cara, tapó su vergüenza; la separó de su alrededor y le permitió ignorarnos a mí y al flaco: ya no tendría que saludar a ningún extraño ni desconocido, era muy probable incluso que ya no fuera la misma. El marido, al ver a su mujer ataviada con aquel enorme sombrero, sonrió complacido, como si se tratara de la cosa más chistosa del mundo. Luego, los tres se alejaron hacia un sedán color negro cargando las bolsas y las bolsitas.

Yo jamás pensaría en contarle a alguien lo de la noche anterior. ¿Y qué había sucedido la víspera? A decir verdad: nada. La seña de Sasha y el sombrero en la cabeza de Irina me colmaron de una agradable e indescriptible sensación de complicidad, especialmente porque presentía que jamás en la vida los volvería a ver. El sentido de complicidad era muy intenso; al fin y al cabo, las personas necesitamos ser necesitadas por alguien. Mientras pensaba en eso, nuevamente miré a Irina, que se veía muy graciosa con el sombrero en la cabeza; pero, objetivamente hablando, no perdió ni pizca de dignidad. Sé que acabo de usar la frase predilecta de mi prima, pero en esas circunstancias estaba muy bien aplicada. Entonces vi a un joven chino lleno de acné que levantaba un letrero con mi nombre. Era mi guía de Jabárovsk. Por fin nos encontramos.

Notas

1 Bebida alcohólica fermentada, muy suave, popular en Rusia, Ucrania y otros países de Europa oriental.

Información adicional

Traducción del chino: LILJANA ARSOVSKA



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