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La Muerte Visitada: relevancia de los espacios funerarios. Cementerio San Juan Bautista. Ituzaingó. Corrientes. Argentina

Death Revisited: the relevence of funereal space. Cemetery San Juan Bautista, Ituzaingo, Corrientes, Argentina

César Iván Bondar
Universidad Nacional de Misiones, Argentina

La Muerte Visitada: relevancia de los espacios funerarios. Cementerio San Juan Bautista. Ituzaingó. Corrientes. Argentina

Boletín Antropológico, vol. 34, núm. 92, 2016

Universidad de los Andes

Recepción: 10 Marzo 2016

Aprobación: 06 Mayo 2016

Resumen: La siguiente presentación propone aproximarnos a la valorización y relevancia de los espacios funerarios desde las experiencias recabadas en el Cementerio Público Municipal de la localidad de Ituzaingó, Corrientes. El trabajo de campo comprende el periodo extendido entre los años 2006-2015; se han realizado entrevistas, observaciones y registros en diferentes dispositivos tecnológicos. “La Muerte Visitada” habilita a la re-consideración de los espacios funerarios como portadores de memoria, arte, genealogías y representaciones socio-religiosas en torno a la vida, la muerte, lo cotidiano y lo sobrenatural. Encadenan un conjunto de prácticas y performance que definimos bajo la idea de tanatosemiosis (Bondar, 2012): procesos comunicativos-creativos de los vivos para con los muertos.

Palabras clave: cementerio, muerte, morir, patrimonio funerario.

Abstract: The following paper proposes an approach to an assessment of the relevant aspects of funereal spaces. Information was gathered from experiences in the Municipal Public Cemetery in the town of Ituzaingo, Corrientes, Argentina. Fieldwork includes research over a period between years 2006 to 2015. During this time interviews, observations and records were uploaded to various digital devices. "Death Revisited" enables the consideration of funereal spaces as containing memories of the deceased. Elements of ancestor worship, symbols of collective religious life, as well as memories of death as an everyday occurrence are discussed along with symbols of the supernatural as they are portrayed in art. Such practices and ritual performance may be included under the head of thanatosemeiosis (Bondar, 2012) a compound word from the Greek coined to indicate creative and communicative processes between the dead and the living.

Keywords: cemetery, death, to die, funereal patrimony.

En el artículo presentado se aborda la problemática del patrimonio funerario como espacio de reflexión socio-antropológica en torno a la memoria de los pueblos. Puntualizamos, en esta instancia, en dos casos representativos vinculados a las familias fundacionales de Ituzaingó, Corrientes, Argentina, y su impronta en el Cementerio San Juan Bautista: Panteones y monumento funerario. Los casos refieren a familias pioneras, estancieros ganaderos y adherentes a una ideología progresista acorde a los lineamientos políticos de principios del siglo XX en la zona bajo estudio.

Con lo expuesto no pretendemos desacreditar el valor socio-histórico, cultural y político de los sectores poblacionales que no corresponden a esa pertenencia económica e ideológica. Simplemente, en lo que respecta a esta aproximación, puntualizamos en lo señalado atendiendo a una estrategia metodológica que nos permite un abordaje progresivo y de creciente complejidad, reservando información y registros para otras presentaciones en proceso de sistematización y análisis.

De esta forma proponemos re-visitar estos espacios habilitando la re-consideración del patrimonio funerario como portador de memoria, arte, genealogías y representaciones sociales y religiosas en torno a la vida, la muerte y lo cotidiano. Asimismo, proponemos observar cómo los cementerios encadenan un conjunto de prácticas y performance que definimos bajo la idea de tanatosemiosis (Bondar, 2012): procesos comunicativos-creativos de los vivos para con los muertos. De esta manera describir e interpretar los procesos de tanatosemiosis nos aproxima a uno de los primeros inventarios para considerar al Cementerio San Juan Bautista como portador de memoria antropológica, de la ciudad en particular y de la región en general.

El material empírico se ha recogido entre los años 2006 y el primer semestre del 2015. Exponemos, en algunos de los casos, imágenes de diferentes momentos del periodo de trabajo de campo dando cuenta de las transformaciones y deterioro que ha sufrido el patrimonio bajo estudio. Priorizando el método etnográfico se han realizado variados recorridos del campo, registros en diversos dispositivos tecnológicos, entrevistas a interlocutores clave y análisis de material secundario. En el desarrollo de la presentación se ha capitalizado el uso de varias imágenes con el objeto de priorizar el reconocimiento y difusión de parte del patrimonio trabajado, como pasos iniciales en torno al reconocimiento de este como elemento portador de significaciones socio-culturales, colectivas y diferenciales.

1. Referencias generales sobre los Cementerios

Ariès (1984, 2000) nos recuerda cómo el surgimiento del cristianismo, en su etapa incipiente, marca un giro relevante en lo que incumbe a la relación entre los hombres y sus muertos. Se instala la necesidad de inhumar los cuerpos en espacios cercanos a los lugares sagrados. De esta forma proliferan las catacumbas donde los primeros cristianos eran enterrados. Ahora bien, cuando el cristianismo se constituye en religión oficial del imperio ya no era necesario ocultarse y ocultar a los muertos, tanto las iglesias como los cementerios abandonan el inframundo y emergen hacia la superficie. Aunque, como expone Saguar Quer (1988), Antonio Pío prohíbe los enterramientos en los poblados del Imperio y Carlos III restituye la idea de los cementerios por fuera de las ciudades. Pero, por sobre estas mentalidades, los cementerios igualmente se localizaron junto a conventos, Iglesias, monasterios, catedrales como necesidad de salvación de las almas.

Como señala Foucault (1984), eran muy visibles las jerarquías mortuorias, las clases más distinguidas ocupaban capillas privadas, bóvedas. La nave central de la Iglesia era el espacio del clero y la realeza. La población restante ocupaba los cementerios parroquiales; en los bordes se inhumaban aquellos que no podían solventar una capilla privada y en los centros se instalaban las fosas comunes, vaciadas e incineradas cada tanto.

Menciona Blanco Sales (s/d) que

…el crecimiento demográfico, y por lo tanto de cadáveres, experimentado desde la Edad Media en ciudades, en su mayoría, amuralladas hizo insostenible la cohabitación con los camposantos, hasta tal punto que se consideraron como los focos de infección de muchas epidemias. Este clima de aversión se vio incrementado con el cambio de mentalidad, desde el Concilio de Trento se condena el apego al cuerpo en favor del alma. La religión ya no concedía tanta importancia a la tumba y por consiguiente, el cementerio perdía relevancia en la sensibilidad religiosa, se opera de este modo una progresiva laicización de los camposantos que irá en aumento en los siglos posteriores… 1 .

Por otra parte este olvido relativo del muerto poseía sus antecedentes en la mentalidad de la Edad Madia y la vida en las ciudades amuralladas, sumada a la proclamación del Concilio de Trento, con el cual se condenaba al apego al cuerpo y se establecía cuidar al alma. Ariès (1984) señala que

En las topografías urbanas, el cementerio ya no está visible o ya no tiene identidad; se confunde con las dependencias de la iglesia, con los espacios públicos. Esas largas alineaciones de monumentos que se alejaban de las villas romanas como los rayos de una estrella han desaparecido. Se podrá esculpir o pintar transidos en el suelo o los muros de las iglesias o en las galerías de los claustros: los signos de la muerte no son ya aparentes, pese a la frecuencia de la mortalidad y la presencia de los muertos. Éstos no hacen más que aflorar en el polvo o en el barro. Están ocultos. Reaparecen sólo, y además bastante tarde, en raras tumbas visibles. (…) Las civilizaciones de la Edad media y de la época moderna, hasta el siglo XVIII por lo menos, no concedieron a los muertos ni espacio ni mobiliario. Ya no son civilizaciones de cementerio… (Ariès, 1984: 395).

Subraya Foucault (1984) que recién a partir del siglo XIX se expande la individualización de las tumbas tal como las podemos conocer en la actualidad, del mismo modo es en este siglo donde los cementerios son trasladados a los límites de las ciudades. El traslado de los cementerios registra su causa más significativa, como señala Blanco Soles (s/d), en el aumento demográfico de vivos y muertos y la imposibilidad de que convivan en un solo espacio los cementerios y las ciudades; la aparición de lo que se ha dato por llamar “la obsesión de la muerte como enfermedad” (Foucault; 1984: 9). Así, hasta finales del siglo XVIII, se mantuvo la idea de que los muertos ocasionaban las enfermedades a los vivos y que la presencia del muerto en lugares próximos propagaba la muerte.

De este modo, añade Ariès (1984) que

Sin duda el cementerio de la actualidad no es ya la reproducción subterránea del mundo de los vivos que era en la Antigüedad, pero observamos perfectamente que tiene un sentido. El paisaje medieval y moderno ha sido organizado alrededor de los campanarios. El paisaje más urbanizado del siglo XIX y de principios del siglo XX ha tratado de dar al cementerio o a los monumentos funerarios el papel cumplido antes por el campanario. El cementerio ha sido el signo de una cultura… (Ariès, 1984: 396).

Agrega Foucault (1984) que a partir del siglo XIX, en consecuencia del traslado y de la escisión entre ciudad de los vivos y de los muertos, “los cementerios constituyen entonces no sólo el viento sagrado e inmortal de la ciudad, sino la otra ciudad, donde cada familia posee su negra morada” (Foucault, 1984: 10).

Del mismo modo percibimos los cementerios como condensados de memoria, como espacios que acrecientan su intensidad significante en determinadas fechas conmemorativas dispuestas en los calendarios oficiales (1 y 2 de noviembre), en respuesta a las memorias autobiográficas de los dolientes en relación a la necrología de sus muertos o en los momentos de las inhumaciones. De esta forma los cementerios se constituyen en espacios de visita, espacios que los deudos conciben como parte configurativa de su vida cotidiana 2 , contextos donde sus familiares o conocidos siguen vigentes, continúan en el presente –temporalidad vivenciada como entramado in-finito–.

A saber de Foucault (1984), los cementerios son espacios diferentes, otros lugares polémicos, míticos y reales. Otras ciudades que se complementan con los espacios en los que vive la gente.

Del mismo modo, como señalan Finol y Fernández

… en ese lugar tan particular de la ciudad el hombre ha elaborado una semiótica topológica, es decir, le ha dado un sentido que, como se verá, es homologable en varios aspectos con el espacio que se conoce como hogar o morada familiar. No se trata, pues, de lugares vacíos de sentido, sino que la presencia del ser humano y las prácticas que éste cumple han introducido discontinuidades espaciales, no sólo significantes sino también significativas. Villa Posse (1993: 91) afirma que “en mausoleos, tumbas y aún en el diseño las lápidas buscan en sus formas arquitectónicas la simulación de casas o templos”. Esta identificación entre tumbas y casas, también puesta de manifiesto por Thomas (1983), se confirma cuando se examinan las conductas que los visitantes dicen cumplir cuando van al cementerio… (Finol y Fernández, 1997: 210).

Queda claro cómo el Cementerio y la tumba parecieran perpetuar la vigencia y, paradójicamente, detener el tiempo. Por ejemplo, el caso de las fotografías y los epitafios que no hablan de degradación, putrefacción u horror, sino que exponen una variada iconografía de vitalidad, lucidez y presencia. Por el contrario, la fotografía pos-morten no se expone en los cementerios, en las cabeceras de las tumbas, sino que se guarda celosamente en los álbumes o altares domésticos.

2. Sobre el Cementerio San Juan Bautista. Ituzaingó, Corrientes

Al plantearnos describir brevemente los antecedentes históricos del Cementerio San Juan Bautista y nos hemos encontrado con la ausencia de registros que nos permitan desarrollar con más claridad este objetivo. En consecuencia se han recapitulado referencias teniendo como punto de partida las entrevistas en profundidad a referentes de la localidad que han formado parte de la historia institucional de Ituzaingó.

Estas entrevistas nos han llevado a las indagaciones en dos esferas institucionales claves en lo que respecta a la historia funeraria de la localidad, a saber: los archivos de la Municipalidad y los archivos de la Parroquia San Juan Bautista de Ituzaingó.

En lo que respecta a la parroquia de Ituzaingó, debemos considerar que el actual edificio data de principios del siglo XX y viene a suplir el antiguo templo destruido por un incendio a finales de la década del 60 del siglo XIX; este incendio habría ocasionado la pérdida de los registros que nos hubiesen ayudado a reconstruir la historia de las inhumaciones y así poder saber si existía un cementerio próximo al templo o la asignación de otro espacio en concreto. En los registros de la actual Parroquia no constan datos que permitan inferir sobre la memoria del Cementerio San Juan Bautista.

Según narran los informantes, la misma suerte ha sufrido gran parte del archivo de la Municipalidad local que en la década del 70, en tiempos del gobierno militar, fue arrojado a una hoguera en el patio del antiguo edificio municipal. La quema de esta documental pública ha incluido los archivos del Cementerio local.

Así, las referencias históricas del Cementerio San Juan Bautista constituyen un gran vacío en la memoria de la localidad, registrándose algunas referencias mínimas en el presente inmediato, referencias no sistematizadas. Empero queda claro, partiendo de las referencias históricas de las familias de la localidad, que la instalación de la Manzana Actual, como la manzana del Cementerio, no es un hecho reciente sino que dataría de avanzada la década del 70 del siglo XIX, si bien su desarrollo más populoso tendría lugar a principios del XX.

Debemos tener en cuenta que en Ituzaingó, como en gran parte de la provincia, era (y es) costumbre de las familias inhumar los restos mortales de sus familiares en las chacras o en los campos, dando lugar al surgimiento de los enterratorios 3 , muchos de ellos visibles a la vera de la Ruta N12.

Del mismo modo la usanza de “ser enterrado en el paraje de procedencia” motivaba que hasta inicios del siglo XX muchos habitantes de Ituzaingó decidiesen retornar pos-mortem a sus lugares de nacimiento: se moría aquí pero se era inhumado en CaaCatí, Loreto, San Miguel, ItaIbaté o cualquier otro lugar de procedencia. Esto implicaba un complejo protocolo de traslado en carretas u otro trasporte básicamente a tracción de sangre.

Estas particularidades influyeron en la consolidación tardía de un espacio público comunitario destinado a la muerte como tal y como lo conocemos en la actualidad. De esta forma en los primeros años de Ituzaingó los cadáveres transitaban por dos alternativas: eran inhumados en los campos, enterratorios o chacras, o eran regresados a su paraje o pueblo de nacimiento, o donde se tuviese más deudos arraigados. Consolidándose, como hemos señalado, un espacio comunitario destinado a la muerte avanzada la década del 70 del siglo XIX.

Esta inferencia la construimos partiendo de la idea de que en la Provincia de Corrientes la Iglesia Pos-Jesuítica se hace cargo de la administración de los Cementerio a partir de inicios del siglo XIX; tendríamos en este momento los enterramientos junto a las iglesias. Pero desde 1871, y en consecuencia de la epidemia de fiebre amarilla, los cementerios se trasladarían a las afueras del casco urbano, siendo una normativa generalizada a todas las comunidades (González Ascoaga, 2012). En consecuencia, y atendiendo a que Ituzaingó se funda en 1864 pero su desarrollo urbano es posterior, creemos que en esa insipiente planificación espacial de la comunidad ya habría operado esta lógica de organización de los espacios funerarios promovida por la Iglesia durante el período de la peste, a saber: los cementerios alejados del casco urbano. Con la salvedad de que en Ituzaingó no se registran enterratorios a la vera del primer templo.

Así, el Cementerio San Juan Bautista, que recibe ese nombre en las primeras décadas del siglo XX, aumentaría su popularidad de uso habiéndose afianzado la población urbana del arcaico Ituzaingó, atendiendo también a la creación formal de la estructura municipal en 1929 que permitía una administración diferencial de los espacios, una escasa referencia ilustra este proceso de ordenamiento: “…En marzo de 1925, el Sr Luis Caloso construyó el alambrado perimetral del cementerio, ya que existía en la localidad y el 10 de diciembre de 1930 se le designó con el nombre de “San Juan Bautista”…” (Liuzzi, 2006: 86).

En los inicios del Cementerio se podían distinguir claramente “los usos” según el sector social de procedencia y pertenencia. Las primeras tumbas fueron tumbas losa horizontales dispuestas en la tierra, ocupadas por “muertos comunes” como señalaban los interlocutores; desde el saber emic “no eran personalidades distinguidas o políticos reconocidos”. Recién avanzado el siglo XX aparecerían los primeros Panteones entre los que podemos citar los que referenciamos más adelante, todos actualmente en avanzado estado de deterioro.

2.1. Aspectos generales sobre la ubicación y sectorización según usos socio-históricos

En lo que respecta a la planificación y urbanización funeraria, el Cementerio San Juan Bautista presenta una organización disfuncional, ahora bien en términos de la cultura funeraria regionalizada la disposición de los entierros responde a lógicas “locales” de ubicación de las tumbas, más aún en los sectores arcaicos y previa intervención más sistematizada del gobierno municipal. Este último aspecto compete a la Dirección de Catastro por la necesidad de promover la consolidación de un área de trabajo que se dedique exclusivamente a la administración de la memoria funeraria de la localidad, espacio atendido por especialistas en trabajo transdisciplinar.

Si pensamos en la actual cartografía del Cementerio advertimos la presencia de una calle principal de ingreso que inicia en el pórtico actual, dirección NE. Esta nos ubica en el centro de una bifurcación: a mano derecha una calle se orienta hacia la Cruz Mayor en dirección NO y nos introduce en la zona antigua. Otra, a mano izquierda, ingresando por la entrada principal, en dirección SE recorre la zona más reciente.

Ingresando por la entrada principal, hacia la mano derecha, se disponen cuatro espacios marcadamente diferenciales (distinguibles con fines metodológicos-descriptivos): a) la zona arcaica, (significativamente deteriorada y desatendida); b) una zona intermedia que abarcaría las tumbas hasta 1970; c) la zona del periodo del Proyecto Hidroeléctrico Yacyretá, representada por tumbas/panteones instaladas a partir de la década de 1980 con una urbanización planificada de forma diferencial; y c) según un interlocutor, el sector de “las tumbas de moda”, más hacia la ribera del Paraná y que vienen a ocupar el último sector disponible en la imagen del viejo Cementerio San Juan Bautista. Acompañan este espacio un muro perimetral con la instalación de nichos.


Vista aérea del
Cementerio San Juan Bautista.
Imagen N° 1.
Vista aérea del Cementerio San Juan Bautista.
https://www.google.com.ar/maps .

Cabe señalar que de igual modo se siguen realizando entierros en la zona más antigua, ya sea por haber adquirido el lote con anticipación en el caso de los adultos, o inhumando a los angelitos sobre la tumba de un familiar en el caso de la muerte pequeña. Esto nos ubica en un fenómeno relevante: la construcción de las genealogías en las cartografías funerarias y nos imposibilita hablar de espacios impermeables, fijos o inertes; estos sectores nos hablan de la movilidad de la muerte, de la mantención de las redes parentales más allá de vida biofísica y de la territorialidad de la vida en la ciudad de los difuntos.

Por el mismo ingreso principal, a mano izquierda, se consolida un nuevo espacio instaurado con la intervención directa de las Casas Funerarias y las Prepagas, con lotes organizados según hablemos de muerte adulta o muerte pequeña o de angelitos; así es de reciente aparición el Sector de los Angelitos. Acompaña a esta nueva urbanización una Capilla y un sector de panteones.

Las sepulturas con más presencia son las tumbas de losa en la tierra, siendo los panteones y nichos muy escasos. La mayoría de los panteones se disponen sobre la calle central de la zona antigua y en la zona consolidada a partir de 1980.

Sin sostener la hipótesis de que los cementerios son el reflejo exacto de los pueblos, es relevante señalar que los panteones instalados a partir de la década del 80 del siglo XX, los vinculados a Yacyretá responden a la misma tendencia arquitectónica que la infraestructura urbana del “Nuevo Ituzaingó” (por ejemplo, el caso de las mil viviendas o Barrio General San Martín), respetando no sólo la tendencia sino además los materiales de construcción. Del mismo modo los panteones más antiguos siguen la misma lógica: responden a la tendencia de las grandes casonas observables en el casco histórico de Ituzaingó.

Estos aspectos no constituyen datos menores. Estamos frente a la complejidad de los procesos de muerte y a la refracción de algunos de los modos de vida a los modos de muerte, de los espacios de los vivos a los espacios de los muertos y viceversa. Este breve ejemplo permite aproximarnos a vislumbrar y dejar constancia de cómo los cementerios nos hablan de la historia de las comunidades y se constituyen en un reservorio de memoria, representaciones y mentalidades; del mismo modo en que se instaló un Nuevo Ituzaingó devenido de la impronta de la Represa Hidroeléctrica Yacyretá, así también se ha llevado esta distinción a la ciudad de muertos.

2.2. Generalidades sobre algunos aspectos de la iconografía funeraria

2.2. a. Panteones: tumbas colectivas

La opulencia y ostentación del éxito económico de algunas familias de la antigua sociedad local fueron refractadas en diferentes puntos, por ejemplo, en las viviendas familiares, pero estas no eran el único producto que operaba como insignia de una “diferencia” y “poder adquisitivo”. Vivir en la “opulencia” significaba también “morir y permanecer en ella”, es por ello que este tipo de tendencias arquitectónicas se proyecta a diversos espacios. En el cementerio de Ituzaingó la arquitectura funeraria (criptas, panteones o mausoleos), de las familias más pudientes que forjaron los inicios de Ituzaingó, refleja en gran medida la cara oculta de una “belle époque” local. Consecuentemente, en primera instancia se ha seleccionado esta imagen para ilustrar la influencia del patrimonio de tendencia neoclasicista en la funebria local 4 .


Panteón Familia Toledo-Esquivel. Fotografía de 2006
5
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Imagen N° 2.
Panteón Familia Toledo-Esquivel. Fotografía de 2006 5 .


Panteón Familia Toledo-Esquivel. Fotografía de 2012.
Imagen N° 3.
Panteón Familia Toledo-Esquivel. Fotografía de 2012.

Debemos destacar que las falsas columnas y el pedestal simulan sostener el peso de una naturaleza sintetizada en los trabajos del friso, toda la arquitectura posee como centinela la mirada cautelosa del querubín que en la tradición grecorromana ahuyentaba el asecho de los malos espíritus, siendo muy frecuente en otras tumbas.

Ubicado en una zona estratégica, con el frente orientado hacia el acceso antiguo del cementerio y de espaldas al río Paraná, pareciera que el significado social de este panteón –y de los demás semejantes– trasciende las meras características estilísticas propias de la época y nos evoca a una relación del hombre con sus posesiones, relaciones e ideales; claro es divisar en este tipo de arquitectura la ostentación de una opulencia que debía permanecer más allá de la muerte.


Panteón familia Oporto. Fotografía de 2006.
Imagen N° 4.
Panteón familia Oporto. Fotografía de 2006.


Panteón familia Oporto. Fotografía de 2015.
Imagen N° 5.
Panteón familia Oporto. Fotografía de 2015.


Panteón familia Duarte-Duarte-Alvarenga. Fotografía de 2006.
Imagen N° 6.
Panteón familia Duarte-Duarte-Alvarenga. Fotografía de 2006.


Panteón familia Duarte-Duarte-Alvarenga. Fotografía de 2012.
Imagen N° 7.
Panteón familia Duarte-Duarte-Alvarenga. Fotografía de 2012.


Panteón familia Duarte-Duarte-Alvarenga. Fotografía de 2015.
Imagen N° 8.
Panteón familia Duarte-Duarte-Alvarenga. Fotografía de 2015.


Panteón familia Oporto-Duarte-Gómez. Fotografía de 2015.
Imagen N° 9.
Panteón familia Oporto-Duarte-Gómez. Fotografía de 2015.


Panteón familia Esquivel. Fotografía de 2015.
Imagen N° 10.
Panteón familia Esquivel. Fotografía de 2015.

Otro de los elementos que deseamos señalar se vincula a la concepción de familia. Entre los primeros pobladores de Ituzaingó, principalmente italianos, españoles y franceses, el ideal de familia ocupaba un papel primordial en la escala de los valores y esta era sinónimo de unidad y perduración –además de operar como un símbolo distintivo de poder, imagen social, comunidad y solidaridad–. El hecho de que las familias permanecieran unidas, más allá de los simulados conflictos internos, era un bien simbólico profundamente capitalizado.

En la actualidad podemos notar la conservación de esta noción de “perpetuidad”. Algunos grupos familiares descendientes de estas primeras familias sostienen firmemente la idea de construir sus árboles genealógicos 6 probando así su “autenticidad ituzaingueña y correntina”, tratando de demostrar que el paso del tiempo, y los cambios sociales que ha sufrido la localidad –básicamente por el impacto de Yacyretá–, no influyeron en la disolución de los lazos de obligaciones, derechos y deberes atribuidos por afinidad y filiación –más allá de reconocer que las circunstancias actuales distan grandemente de aquellas vividas por sus familiares que hoy yacen en los panteones analizados–.

Estos aspectos pueden ser ilustrados desde la arquitectura de referencia: los panteones expuestos no son mausoleos dedicados a la “individualidad”, por el contrario, son tumbas colectivas, tumbas familiares. La unidad de la familia en los planos terrenos resaltaba ideales que eran admirados cotidianamente por la sociedad de la época; otorgaba aún más status la preservación de esta unidad pos mortem, podemos señalar este como otro de los objetivos que motivaba la edificación de tumbas de esta índole. Los miembros de un mismo grupo de filiación, y sus agregados por el matrimonio, dado su fallecimiento, eran depositados en un mismo espacio que comenzaba, desde ese momento, a operar como símbolo de una unidad entre los vivos y los muertos, asignando valores sociales a un fenómeno que pareciera, a simple vista, estar alejado de toda influencia colectiva.

Nos preguntamos que si el ideal de familia es un elemento tan arraigado entre los primeros ituzaingueños y sus descendientes, ¿por qué casi la totalidad de estas tumbas colectivas se encuentran en mal estado de conservación? La respuesta pareciera ser sencilla: desde el “florecimiento” de la primigenia sociedad local en 1864, a su afianzamiento y consolidación entre fines del siglo XIX y principios del XX, los aspectos socio-culturales se han modificado significativamente.

En primera instancia señalamos la modificación del poder adquisitivo de los descendientes de las familias pioneras. Uno de los factores que pudo haber brincado en contra de la conservación de los panteones es el costo que implica el mantenimiento de una arquitectura de este tipo, ya que en zonas climáticas como esta requiere de un tratamiento especial, además de costos monetarios elevados. Empero, no es el único factor que ha jugado a favor de esta decadencia, la movilidad de los familiares mediatos de los difuntos, y la permanencia de ramas laterales posteriores, ha afectado el interés en la conservación de este patrimonio.

Actualmente se vislumbra una significativa desidia de parte de la administración municipal en lo que respecta al rescate y puesta en valor de la memoria funeraria de la localidad, aún más en lo que refiere al Cementerio San Juan Bautista. Entrevistas con interlocutores clave nos han llevado a recoger datos sobre futuras intenciones de demolición de los panteones expuestos con el objetivo de “ganar terreno” ante la demanda de nuevos espacios para inhumaciones.

2.2.b. Sobre el “héroe”

Era un patrón bien liberal, fanático, altanero. Así como está en la tumba. Erguido. Ahí estaba su cajón y los liberales cuando le perseguían se escondían en esa tumba, eso se cuenta, se bajaba para abajo y se quedaban ahí. Ahí… si se corre esa tapa se puede bajar, ahora está clausurada, pero antes se metían. Hasta muerto le cuidaba a su gente

(Hombre de 65 años. Ituzaingó, 2015).

De forma exploratoria el interrogante que motivamos es: ¿existen en el cementerio de Ituzaingó monumentos que rememoren al héroe, al ilustre, al personaje?

En el contexto de la funebria local, uno de estos monumentos representa a un personaje íntimamente ligado a la dirigencia política “liberal” ituzaingueña: Juan Oporto. Es de saber difundido que Juan Oporto habría encargado el material para la confección de su tumba directamente desde Italia, llegando a Buenos Aires y de allí, vía fluvial, a Corrientes. El esculpido del busto se realizó en vida.

Las nociones de “gran político” y “buen dirigente” parecieran revitalizarse en el busto del “personaje” que al día de la fecha, por reiterativos intentos de hurto, ha sido extraído del Cementerio y depositado en el Museo Gobernador Manuel Ignacio Lagraña.

Este ejemplar nos lleva a visibilizar cómo el poder adquisitivo, prestigio social y representatividad política encuentran su perpetuidad en el ámbito de la funebria, que a su modo restaura cotidianamente un pacto con la memoria. Como señala Benavente Aninat (1996, 1997), la simbología en esta época mantiene claramente fórmulas arcaicas, que con el debido disfraz superficial se refieren a tradiciones disímiles. Parafraseando a la autora, aquí la muerte tiene un cierto significado heroico, pero mantiene la heroicidad de la vieja burguesía ganadera y política. Agrega que los símbolos del comercio y de la ganadería, de la beneficencia pública, del buen gobierno o de las profesiones sustituyen los antiguos esquemas, pero siempre con el mismo énfasis y con la misma tendencia a crear un monumento perpetuante.

Como hemos señalado, era propio de este sustrato de la burguesía en ascenso y de los comerciantes exitosos la simpatía y pertenencia a las políticas liberales y progresistas, los compromisos y pactos con las ideologías que se profesaban en vida eran renovadas post mortem, pero no eran necesarias manifestaciones tales como “colorear las tumbas con los colores distintivos del partido político adherente en vida”; aquí los colores “rojo o azul” hallan sus límites como indicadores de pertenencia. La trayectoria vital, la tendencia arquitectónica y la ubicación de los mausoleos fueron necesarios y suficientes para establecer las cualidades morales y políticas del difundo y su familia (Aguirre y Bondar, 2010).

Los apellidos, las propiedades y demás cualidades encausaban a los individuos en determinadas afiliaciones partidarias y no en otras, conservándose hasta el día de hoy la correspondencia entre apellidos y partidos políticos. El apellido de los “personajes” de la burguesía local –y de sus descendientes–, tallado en la lápida y epitafios, resulta indicador de adhesión a determinados valores, generando, a las más de las veces, un campo de lucha y naturaleza antagónica en la conciencia colectiva local (Ibídem).

La imagen del busto que exponemos nos habla de la “necesidad” de perdurar en el tiempo manteniendo la “figura” de lo que se “ha sido en vida”: un gran político, un buen patrón, un buen padre y marido. Podríamos afirmar que –debido a ello– este referente político talla, en mármol blanco, la “imagen” física correspondiente al momento de mayor auge económico de su vida, aunque al morir ya no conservase esas facciones.


Base del monumento. Fotografía de 2006.
Imagen N° 11.
Base del monumento. Fotografía de 2006.


Base del monumento. Fotografía de 2015.
Imagen N° 12.
Base del monumento. Fotografía de 2015.


Busto en
mármol de Carrara. Juan Oporto.
Imágenes N° 13 y N° 14.
Busto en mármol de Carrara. Juan Oporto.

Fotografías de 2006 y 2015.

Ello manifiesta la conciencia, como señala Caillois (1942), de que es imposible durar sin desgaste, sin desperdicio, imposible inmovilizarse en el ser. Para eso sería preciso no vivir “(...) como los durmientes de los cuentos a quienes un sueño mágico sustrae al curso del tiempo mientras envejece y se transforma lo que les rodea (...)” (Caillois, 1942: s/p).

Parafraseando a Morales Saro (1989) y Benavente Aninat (1996, 1997), cabe señalar que la muerte manifiesta la separación del hombre de sus bienes terrenos, de sus condiciones de vida, de las condiciones “de la vida”, pero por sobre todo esto es el “umbral” hacia lo sagrado: aquí, el respeto que se tenía hacia el status social del difunto en vida se suma a su nueva condición de “espíritu”, a su nueva territorialidad en la ciudad de los muertos, y al conocimiento por parte de los vivos de que puede estar “aquí y allá”.

3. Reflexiones breves

Las experiencias que hemos recabado hasta la fecha nos permiten dar cuenta, con fines descriptivos y propositivos, que los entramados expuestos hablan de lo que hemos dado por llamar “cartografía funeraria” (Bondar, 2015), es decir, al ordenamiento, trazado, configuración e imaginación en torno al Topos de los muertos entre los vivos. El trazado de las significaciones y lugares que los muertos, y la representación de la muerte. El lugar que ocupan los difuntos, los valores que se le asignan, las “rutas” que marcan y cómo señalizan e indican espacios, tiempos, apetencias, pertenencias. En otras palabras, la vida social humana incluye la vida social de los muertos, los procesos de muerte, la muerte del otro sobre la cual sí nos permitimos reflexionar, analizar, estudiar y conjeturar.

Esta cartografía funeraria no se encuentra solo en la imaginación socio-religiosa de las comunidades, sino además en la configuración del hábitat cotidiano, de la vida cotidiana de la gente. Es decir, que la muerte habla de la vida, de los procesos socio-históricos, cosmogónicos, sociopolíticos y resulta un condensado de cultura, ya que los modos del morir son relativos al contexto, al credo, a la procedencia étnica, etc.

De forma general, damos cuenta de cómo el Cementerio San Juan Bautista resulta un condensado de memoria, historia, arte funerario e iconográfico en los ordenases socio-religioso, políticos y genealógicos. Al mismo tiempo opera como reservorio de configuraciones memoriosas sobre las diversas formas relacionales entre los hombres y sus muertos, entre las sociedades y los espacios, asimismo sobre los usos de las modas y las tendencias en torno a la configuración de la funebria.

Igualmente, como hemos mencionado, este campo de acción resulta una fuente invaluable para la reconstrucción genealógica de la memoria funeraria de la localidad atendiendo a diferentes procesos socio-históricos, culturales y políticos, campo de contención de prácticas y creencias de la religiosidad y condensado patrimonial que se entrelaza con lo mitológico, la narrativa popular, lo sagrado y lo episódico en torno a las personalidades de la localidad. Claro es el caso del dirigente liberal citado, así como otros que no hemos trabajado, a saber: el referido a la “Madre ilustre y abnegada” a quien se dedica un especial apartado dentro de esta cartografía funeraria, temática que pretendemos abordar en otras aproximaciones.

Por otra parte, el espacio funerario en cuestión constituye uno de los únicos monumentos de la localidad que conserva elementos clave para la valorización de parte de la memoria de Ituzaingó, atendiendo a la ausencia de registros y la disminución significativa de la población de ancianos portadores de una fracción de la herencia oral que no ha sido recabada hasta la fecha.

Referencias bibliográficas

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Notas

1 Fuente: http://cement_valencia.en.eresmas.com/los___cementerios___como__fenome.htm#_ftnref4. Consultado el 28 de mayo de 2013.

2 Por ejemplo, como señalan Finol y Fernández: “…El empeño por la limpieza de las tumbas es comparable con el empeño por la limpieza de la propia casa. Vovelle y Bertrand (1983: 102) agregan que en los cementerios franceses de provincia ésta es una tarea que generalmente realizan las mujeres, y hay en ella una marcada división de clases: las clases populares limpian ellas mismas las tumbas, mientras que las clases económicamente mejor situadas contratan empresas que se encargan de esa tarea, así como de la colocación de flores…” (1997: 212).

3 Señala Salas (2004) que una pequeña cualidad diferencia los enterratorios de los cementerios urbanos. Constituyen una pequeña fracción de terreno con tumbas yuxtapuestas. Imagen de los parajes rurales, a cercanías de los lugares con población dispersa.

4 Exponemos aquí algunas de las imágenes recabadas, cabe destacar que elementos de este tipo no son muy recurrentes en el espacio bajo estudio.

5 Las fotografías corresponden a los registros de César Iván Bondar y Ramón Gabriel Aguirre.

6 Ilustrativo es el ejemplo de una familia extensa local que realizó el “II encuentro familiar” denominado “Su descendencia”, la mencionada reunión tuvo lugar el 25 de enero de 2003 en un club de la localidad. El objetivo del encuentro era lograr la reunión de todos los parientes y la construcción de la genealogía familiar desde la unión del matrimonio que originaría la familia, nacidos estos en los años 1874 y 1881, y los posteriores nacimientos de sus hijos, los enlaces matrimoniales de estos y consecuentes descendientes. La concreción de la genealogía permite observar la incorporación de nuevos grupos de filiación, el hecho garantizaba una mayor interacción comunitaria y perpetuidad de las relaciones. En el naciente Ituzaingó los vínculos matrimoniales entre los compueblerinos dieron origen a un fenómeno local de significativa importancia: estábamos frente a un poblado de escasos habitantes en el cual la mayoría de las personas compartían lazos parentales directos o indirectos.

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