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Müller, Jan-Werner. 2016. What is Populism? Filadelfia: University of Pennsylvania Press.
Nóesis. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, vol.. 27, núm. 54, 2018
Universidad Autónoma de Ciudad Juárez

Populismo no solo se ha convertido en el término del momento para la prensa internacional, también continúa rodeado de un halo de misterio para la teoría política que ha visto fracasar uno tras otro sus intentos por definirlo con precisión. Ante esta reconocida situación nadie negará audacia al título del libro de Müller. ¿Hay que sumar su esfuerzo a las fallidas tentativas del pasado? ¿O se logró esta vez despejar la densa niebla que rodeaba una noción a cuyo uso pocos se resisten?

Hay características no específicas del populismo, argumenta Müller (y por desgracia son muchas), mientras que otras (pocas) le serían intrínsecas. Comparte con diferentes corrientes su espíritu antielitista y antiestablishment, y tampoco es la única reacción emocional de rencor, enojo popular y simplismo emotivo a la que ciertos detractores lo quieren ver reducido. El autor rechaza fundar su caracterización en una lábil psicología política que parece inspirada en los prejuicios sobre el infantilismo emocional de las mayorías o las masas peligrosas heredados del siglo XIX. Toma distancia, asimismo, del desprecio de muchos comentaristas acerca del atraso rural y la escasa educación de una base social predominantemente masculina, si bien estas cualidades pueden manifestarse en ciertas variantes del populismo.

Lo central para una definición sería el antipluralismo. Los populistas sostienen que solo ellos representan de modo sustancial al pueblo; en su discurso, este término adquiere un valor moral que pretenden detentar de manera exclusiva. Los demás son rebajados a la categoría de inmorales exponentes de unas élites corruptas y antinacionales. A menos que el fascismo sea una clase de populismo, algo que Müller nunca señala, esta peculiaridad, tan esencial para su planteo, tampoco sería tal.

La consecuencia de ese antipluralismo supuestamente tan característico volvería a los populismos incapaces de tolerar la legitimidad de una disidencia interna, una competencia electoral o (cuando llegan al gobierno) de una oposición. La premisa implícita en el antipluralismo (“solo nosotros somos el pueblo”) deriva en un tipo de política identitaria. Existen otras, por cierto, de modo que tampoco lo identitario sería una cualidad distintiva. La falta de especificidad de los rasgos que presenta el populismo fue lo que tradicionalmente volvió tan ardua su definición. Cualquier lista de características se presenta, al menos en parte, en otros fenómenos políticos. Toda descripción derivada del análisis de ejemplos históricos se topa con excepciones y contraejemplos.

Al comienzo de la más original obra sobre el tema, La razón populista, Ernesto Laclau revisa críticamente esta inveterada dificultad a lo largo de la literatura especializada. Por este motivo evita el inventario empírico o histórico y ofrece una teoría formal del populismo al que entiende como mecanismo de construcción de una voluntad política en pugna por la hegemonía. Ello convierte a la concepción de Laclau en un modelo apto para diversos casos, acaso demasiados. De hecho, asegura que el populismo está presente de una forma u otra en cualquier corriente política.

Müller, quien apenas menciona a Laclau una vez en su ensayo, se vale, sin embargo, del recurso a su molde formal, al menos cuando arguye que el populismo “no es nada parecido a una doctrina codificada, sino un conjunto de demandas (claims) que poseen lo que podríamos denominar una lógica interna”. Las demandas quedan explicadas en su libro; la lógica interna, solo aludida.

La principal de esas demandas es la de pretender representar de manera esencial y exclusiva a un universo moralmente distinto y uniforme llamado pueblo. A diferencia de sus adversarios liberales (Müller diría “democráticos”), los populistas no admiten que el pueblo sea un término de connotaciones apenas jurídicas e institucionales o un resultado del agregado empírico de intereses expresados en guarismos electorales. Esta interpretación, que Müller toma de Hans Kelsen, permitiría evitar la ilusión metapolítica en la que incurren los populistas.

La consecuencia es que mientras los demócratas incluyen a quienes no obtuvieron los votos suficientes para asumir el poder, los populistas proceden a estigmatizarlos como antipueblo y a excluirlos una vez en el gobierno. Los reclamos de la población no surgen así del debate ni de la movilización democrática, sino que se generan por una imaginaria comunión de los líderes con el pueblo y de su supuesta capacidad para adivinar la auténtica voz de éste. Pese a ciertos parecidos de familia, esta visión no se inscribe en el linaje de la volonté génerale de Rousseau, aclara el autor.

Los populistas se resistirían a estimular la participación popular. Müller parece creer que, más allá de las declaraciones, las democracias de nuestro tiempo sí la promoverían, algo que su inclinación empírica podría fácilmente desmentir con la cifra de abstenciones electorales y las reiteradas alarmas por la apatía política general. Aplicada al pasado, dicha inclinación por los hechos permitiría constatar cuántos populismos se apoyaron en la actividad de las masas de un modo u otro (vale decir, liberando sus energías o controlando su despliegue).

Según Müller, los populistas suelen confeccionar constituciones a medida de sus ambiciones y no validadas por el voto. Pero la Unión Europea ha dado ejemplos similares durante los últimos lustros por motivos que el propio Müller analiza al final de su libro y explica por las suspicacias respecto de la soberanía popular de los arquitectos de la Unión, escaldados por el pasado fascista del continente, que pretendían dejar atrás. Ellos se orientaron a recortar incluso las soberanías nacionales, algo que el sur de Europa, donde florece diferentes tipos de populismo, conoce bien.

La idealización de la democracia realmente existente es una debilidad del libro. Porque la crisis del sistema tiende a subestimarse argumentando que es un rasgo constitutivo del mismo, dado que la democracia se funda en el cuestionamiento constante y el debate racional. Recién en la segunda mitad de su ensayo Müller admite que no todo está tan bien en el mundo democrático y reconoce la polarización social inédita que se desarrolló en las últimas décadas. Esta estrategia expositiva demora la respuesta acerca de las causas del resurgimiento del populismo, especialmente en Europa y EE. UU., mientras que abundan los elogios abstractos a las virtudes del pluralismo y los derechos constitucionales.

Esas virtudes y derechos se erigen en fundamentos para la crítica al populismo, pues este los negaría y haría peligrar. Müller, sin embargo, considera al populismo como un producto patológico específico de las democracias representativas, cuyas “promesas incumplidas” (la referencia es a Norberto Bobbio) terminan engendrándolo. Un populismo histórico y emblemático, el de Juan Perón, invalidaría esta tesis. Como sea, el detonante para la emergencia populista es la crisis del sistema de partidos, el cual garantizaba la diversidad y las necesarias mediaciones representativas sin marginar a los opositores. La mención a esta grave crisis, ausente en muchos análisis, resulta aquí muy pertinente.

En otra idealización, Müller asegura que los demócratas plantean sus propuestas partidarias como si fueran hipótesis sujetas a verificación empírica. De este modo se diferencian de las formulaciones asertivas de los populistas respaldadas solo en un aparente sentido común y presentadas como única solución posible y a la vez simple. Resulta difícil compatibilizar semejante afirmación con el inexorable fiscal compact de Merkel y de su ministro Schäuble, por no hablar de la previa e indiscutible guerra al eje del mal de Bush Jr. Cuesta creer que un politólogo alemán que profesa en Princeton esté desinformado respecto de estas dos políticas que de algún modo configuraron nuestra época y, cuyos complejos efectos enardecen a las bases del populismo en su continente de origen.

La idealización corre pareja con la demonización. Müller se respalda en ejemplos actuales. Hay escaso recurso a la historia en su ensayo, aunque allí se cite la frase de Nietzsche según la cual sólo se puede definir aquello que no tiene historia, y la del populismo es muy extensa y variada. En general, sus referencias preferidas son a los exponentes del poder populista vigentes en la zona OTAN, como el húngaro, el polaco y el turco, deplorados en su libro. Todos ellos, por supuesto, se caracterizan por mantener una fachada democrática puesto que, como explica el autor, los costos de un autoritarismo abierto serían demasiado altos de cara a la comunidad internacional. Dichos gobiernos comparten un franco espíritu antiliberal, que amenaza las elementales libertades de prensa, palabra y reunión, y en particular el respeto a las minorías. Apelan a un enfático conservadurismo cultural unido a un rancio nacionalismo.

Superando por un momento su tendencia a centrarse en los peores populismos –sin olvidar la debacle del boliviarianismo venezolano—, Müller reconoce que, a pesar de su constitucionalismo partisano, hay razones para ponderar el proceso boliviano encabezado por Evo Morales (¿qué calidad tenía la democracia “liberal” que desplazó? ¿cuánto reconocía al “otro”?). La izquierda “populista” latinoamericana pone en problemas estos análisis; la variante europea de derecha es una víctima más fácil para una anatomía patológica. Müller se siente obligado a aclarar que el excandidato demócrata Bernie Sanders no es populista. Las razones no quedan muy claras; las intenciones sí: es evidente que el presidente Trump encaja mucho mejor en la perspectiva que ofrece el libro.

Una visión demasiado eurocéntrica, determinada por experiencias recientes, ve en el populismo un síntoma del naufragio de las democracias y una antesala al fascismo que en el pasado asoló el continente. Si lo primero puede caracterizar la emergencia de Podemos en España, por ejemplo, lo segundo no parece ser imaginable como consecuencia. La lluvia de críticas que Podemos recibe desde todo el espectro político no incluye la de ser una especie de neofranquismo en ciernes.

El libro culmina con siete tesis sobre el populismo que condensan las reflexiones del autor. La tercera parte y última del ensayo que las antecede equilibraría mucho el análisis si se ubicara al comienzo. El problema de Müller es que su examen deriva de una visión moralista de la democracia –sistema superior por definición—y es selectivo en sus ejemplificaciones. Su método coquetea con la sociología y la historia, pero no emprende un análisis detallado en esa dirección, sino que confronta un tipo ideal de democracia con un desfavorecido tipo real de populismo. Se puede descontar quien sale beneficiado de esta confrontación “racional”. ¿Qué es el populismo? continúa siendo, por tanto, o bien una pregunta irrelevante o mal formulada (sobre un no-concepto), o bien un enigma que sigue suspendido en algún punto de su laberinto secular.

Notas de autor

[1] Grado: Doctorado en filosofía

Especialización: Filosofía



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