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El amor y sus imaginarios. Apuntes sobre los imaginarios amorosos, de la Antigüedad al Pre-Renacimiento en Occidente
The cultural context of love. Notes on the loving understanding, from Antiquity to Pre-Renaissance in the Western World
Sincronía, núm. 71, 2017
Universidad de Guadalajara

Letras



Recepción: 22 Septiembre 2016

Aprobación: 31 Octubre 2016

Resumen: El presente estudio muestra un recorrido histórico de la concepción del amor en varios momentos sobresalientes de la historia occidental, haciendo evidente la importancia de los imaginarios amorosos de cada época para las relaciones humanas basadas en el sentimiento de apego. La revisión se inicia en la antigüedad clásica haciendo hincapié en la filosofía aplicada sobre el tema. Se toma en cuenta como los dos principales teóricos de las relaciones de pareja: Platón, con una visión idealista y Ovidio apegado a los usos y costumbres de su época. Se destaca también las características de los imaginarios surgidos a partir del amor cortés medieval y los cambios que tuvo hasta el renacimiento.

Palabras clave: Imaginario amoroso, Amor en Occidente, Amor cortés, Amor platónico, Ovidio.

Abstract: The present study elaborates a historical overview about the context of love through several highlights of western history, promoting the comprehension of the understanding of love in each period of time considering attached human relationships. This text has as a philosophical basis the visions of Plato and Ovid: an idealistic visión and a cultural and social analysis. The present analysis, developes the main idea through classical antiquity, to medieval courtly love and the changes that the understatement of love has suffered until Renaissance.

Keywords: Cultural context of, Love, Love in the Western World, Courtly love, Platonic love, Ovid.

El amor [1] es un impulso natural de apego, una atracción imantada hacia otro, un término indefinible en su vivencia y definida mil veces desde el imaginario particular de cada época. El sentir querer a otro y ser correspondido en el sentimiento, es un impulso natural y necesario para el ser humano. Pero la forma de entender el amor de pareja cambia de acuerdo al contexto, a la época y a la civilización, añadiéndole características especiales a un sentir que no cambia. Para Octavio Paz el amor es tripartito, es apego sentimental, sexual y erótico, lo que los une es la imaginación, fuente primordial donde se crea y se recrea el concepto. Apunta que existe una distinción entre sexo, sensualidad y amor, el primero, nos remite sólo a los instintos de reproducción; el segundo es una trasformación de esto mismo, pero sublimado por la imaginación, el amor sería un apego al sentimiento (Paz, 1993, p. 10).

Desde épocas antiguas, el concepto de sentimiento amoroso ha sido transfigurado por la imaginación, lo que vendríamos a llamar aquí, “imaginario amoroso”, el cual responde a las necesidades y visiones de mundo de cada espacio y tiempo en particular. Sin embargo, hay cuestiones que no cambian, como el sentimiento de amor y sus manifestaciones, las cuales perviven a través de los tiempos, elementos primigenios que hacen al concepto “amor”, tan universal como insoslayable. El amor se fía de la valoración de los sentidos del amante sobre el amado [2] , todo un derroche de sensibilidad, aunado con un imaginario heredado por los siglos; el amado adquiere un halo de perfección ante el amante.

En su trilogía de libros sobre el amor, Irving Singer (1999a); (1999b) y (2006), propone, al inicio de su tratado, una forma de definir el sentimiento amoroso, esto es, por medio de otra serie de conceptos: “Valoración, apreciación y otorgamiento”. El otorgamiento, o bien el amor, inicia cuando esa apreciación se vuelve una valoración personal, que unida con nuestra imaginación sobre el ser perfecto, acuñado en nuestra memoria gracias a los imaginarios amorosos de la época y anteriores, nos hacen ver al amado, como un ente en el que se resume el ideal amoroso y de perfección que poseemos. El autor nos propone pues, que el amor consiste en la imaginación estimulada por el otorgamiento de una valoración, hacia el objeto amado. Necesidad y apasionamiento que nos lleva a querer el apego y el que nuestro sentimiento sea recíproco (Singer, 1999a).

Tomando en cuenta lo anterior, podemos decir que el concepto de amor es lo que cambia a través de las sociedades y las épocas, más no el sentimiento amoroso (Paz, 1993), el cual es inamovible y primigenio, pero la concepción que se tiene sobre el mismo podemos decir, junto con Ortega y Gasset (1971, p. 113), que es una cuestión de moda [3] . Daremos en los siguientes apartados en breve recorrido por los imaginarios amorosos más sobresalientes a lo largo de la antigüedad al prerrenacimiento, con la intención de dejar en claro algunos puntos interesantes acerca de los mismos.

Desde épocas muy antiguas tenemos vestigios de la concepción del amor, lo que nos deja verlo como algo connatural al hombre. Uno de los primeros escritos sobre el tema es un poema egipcio datado hacia el 1300 a.c. cuyos papiros fueron conservados dentro de jarrones, según Diane Ackerman en su Historia natural del amor (2000):



Más adorable que todas las demás mujeres, luminosa, perfecta, una estrella que cruza los cielos en año nuevo, un buen año de magníficos colores, con una atractiva mirada de soslayo. Sus labios son un encanto, su cuello la longitud perfecta y sus senos una maravilla; Su pelo lapislázuli brillante, sus brazos más espléndidos que el oro. Sus dedos me parecen pétalos, como los del loto. Sus flancos moldeados como debe ser sus piernas superan cualquier otra belleza. Su andar es noble (auténtico andar) mi corazón sería su esclavo si ella me abrazara

Fuente: (p. 33). [4]

Otro poema similar es citado a su vez por Anthony Giddens (1995), en su libro: La transformación de la intimidad:



¡Verla me conforta! Cuando ella abre los ojos mi cuerpo rejuvenece. Su voz me refuerza, abrazarla elimina mi enfermedad ¡Ya hace siete días que se marchó de mi lado!

Fuente: (p. 43)

Estos poemas confieren, para el presente trabajo dos puntos de interés, por un lado, el reforzamiento de que el sentimiento amoroso unido al discurso es sumamente antiguo, además de que conocemos a través de ellos algunos rasgos universales del amor, como es por ejemplo la idealización del amado y el sufrimiento por la ausencia, lo que nos remite a su vez al deseo de reciprocidad. Por otra parte, es llamativo hacer notar que estas ideas amorosas siguen siendo vigentes.

Muy cercano a estos poemas egipcios es El cantar de los cantares, texto bíblico cuya finalidad y contenido ha sido muy discutido por la descripción amorosa y de esponsales, según la introducción contenida en la Nueva Biblia de Jerusalén (1999, p. 1249), [5] a la par de la tradición que nos la presenta como una analogía de Dios con su Iglesia, hay otras interpretaciones más literales del texto (1999, p. 1249).

Lo que nos interesa resaltar de esto, es que El cantar de los cantares, son una serie de poemas de amor, cuyo discurso es uno de los más hermosos y logrados en torno al tema de las relaciones afectuosas, en este caso referente a las vísperas de una boda. Lo que nos demuestra la concepción sumamente antigua del amor de pareja, cuya característica principal es la idealización del amado (Cantar de los cantares I, 1-4):



¡Que me bese con besos de su boca! Mejores son que el vino tus amores, Que suave el olor de tus perfumes; Tu nombre es aroma penetrante, Por eso te aman las doncellas. Llévame en pos de ti: ¡Corramos! Méteme, rey mío, en tu alcoba, Disfrutemos juntos y gocemos, Alabemos tus amores más que el vino. ¡Con razón eres amado!

Fuente: (1999, p. 1253)

Es muy notoria la sublimación que se hace de la amada y la comparación de partes del cuerpo con elementos naturales, podemos observar un amor que admira la belleza, es decir que hay un reconocimiento de las virtudes, pero también otorga una valoración especial y propia, el amante confiere al objeto de su amor una calidad perfecta.

Aunque estos dos antiguos textos, uno egipcio y otro judío, son muy reveladores acerca del concepto de amor en épocas remotas. La cultura que llega, no sólo a producir poemas de amor, sino tratados sobre éste, fueron los griegos y por herencia los romanos.

La Grecia antigua, dadora de gran parte de la cultura de Occidente, establece también los inicios del concepto de amor como tal, es decir, teoriza y reflexiona profundamente sobre su naturaleza, su procedencia, su desarrollo y su manifestación en el plano real. En un principio para los griegos, el término amor designaba más aspectos metafísicos que relaciones humanas personales, teniendo como concepto general, una fuerza que une dos cosas, o bien, la aspiración de lo menos perfecto con lo perfecto: amante y amado (Ferrater-Mora, 1994). Según este autor, el primer filósofo en usar el concepto amor fue Empédocles, para quien el término designaba una lucha entre la unión y separación de las cosas esenciales del universo, entendidos como los cuatro elementos, hasta llegar al reino del amor, una esfera en la que se unen los anteriores en perfecta armonía (Ferrater-Mora, 1994); (Abbagnano, 2004).

Otros filósofos, cuyo concepto se asemeja al de Empédocles son Hesiodo y Parménides, para quienes el amor era también una fuerza cuya cualidad consistía en unir y mantener adheridas a las cosas. Como podemos ver, para los griegos, el amor más que un sentimiento humano es en términos cosmológicos y cosmogónicos una fuerza fundadora y primigenia. No debemos olvidar en este contexto, lo que de ello nos habla la mitología, en la que principalmente hay dos personajes involucrados directamente: Afrodita y Eros. Ambos son dos de los dioses primordiales del Olimpo, ella, diosa del amor, la reproducción y la belleza. Es capaz de producir el amor en los humanos y aunado a su hermosura, era poseedora de un cinturón, que la hacía irresistible a todo aquel que lo llevara puesto. Las historias sobre Afrodita son incontables, variadas y diversas en sus versiones.

Eros por su parte, es un dios contradictorio, unos mitos lo ponen como una de las principales fuerzas creadoras, pues sin él no podrían haber existido los otros dioses, de este modo no tiene padre ni madre. Otros mitos lo ubican como hijo de Afrodita y Ares o Hermes. Su representación fue, desde un niño pequeño, hasta un gracioso y gallardo efebo, lanzador de armas punzocortantes, las más conocidas entre ellas eran flechas amorosas, lanzadas sin mucho cuidado de las consecuencias que pudiera ocasionar. [6] Es de importancia tomar en cuenta los mitos griegos, porque es de ellos que se nutren los filósofos y teóricos del amor para ejemplificar y formular sus presupuestos.

Dentro de la cultura grecolatina hay dos discursos contrapuestos sobre el amor, uno representado por Platón, que podríamos llamar espiritual y otro abanderado por Ovidio, que es lícito nombrar como realista; el primero anhela la elevación del alma por encima de las relaciones humanas, el segundo es calculador y analítico. Junto a ellos se anexan otros autores clásicos que tratan el tema del amor. En el lado de Ovidio, se encuentra Aristóteles, quien, según Abbagnano (2004), reconoce el amor humano como la unión entre dos personas, la que definiría también como “philía”: amistad in lato sensu. El amor es pues una afección del alma, al igual que el odio, y tiene que ver con seres mortales, humanos imperfectos que buscan la perfección al unirse al otro; la divinidad no necesita unión, ya que se basta a sí misma. En el amor es primero el deseo que la posesión de la belleza, idea que tampoco difiere mucho de las de Platón.

Estas ideas pueden verse en los fragmentos que quedan de una obra perdida de Aristóteles: el Erótico (2005, pp. 121-124), donde se describen pequeños pasajes de amores filiales. El primero se refiere a la amistad entre Heracles y Yolao, quien lo acompañaba en sus trabajos, sintiéndose orgulloso de los mismos, en muestra de su compañerismo. Este personaje, según Aristóleles fue apreciado por amigos y parejas, quienes se hacían juramentos sobre su tumba. Pero el fragmento más sobresaliente, y en el cual se puede leer entre líneas la idea del amor que tenía Aristóteles, es el siguiente:

[...] Entonces Iso, su discípulo, dijo: ‘Dinos, maestro, cuál es la esencia del amor’. Y Aristóteles replicó: ‘el amor es un impulso que se genera en el corazón, una vez generado, avanza y crece y, posteriormente, madura. Cuando ha madurado, se añaden a él las pasiones de la sensualidad a la vez que el amante ve cómo aumentan en la profundidad de su corazón la excitación, la perseverancia, el afán, el empecinamiento y los deseos. Esto lo lleva a la concupiscencia y lo impulsa a hacer requerimientos, hasta que lo conduce a un pesar angustioso, a un continuo insomnio, a una pasión descontrolada y a la tristeza y la destrucción de su mente (2005, p. 124).

Es evidente que Aristóteles analiza son efectos del apasionamiento, consecuencias que considera no favorables y con fines trágicos. La definición de Aristóteles conforme a su espíritu investigador se parece más a un diagnóstico clínico que a una descripción del sentimiento amoroso. Es en Platón que el término amor adquiere una concepción parecida a la que tenemos actualmente. En los diálogos Fedro, Lisis y Banquete, Platón da inicio a una de las dos grandes rutas del concepto amor: la espiritual. Sobre todo en el Banquete, establece algunos tipos de concepción de amor que conservamos hasta ahora. En Platón el amor no es carnal, sino que es la necesidad de la posesión constante de lo bueno y lo bello, pero no en un sentido de placer, sino de alcanzar el ideal del conocimiento, por tanto el único amor posible y considerado bueno se da sólo en el plano de las Ideas. El amor platónico por tanto es aquel que busca lo similar como una complementación. La concepción del amor platónico es ideal y hasta cierto punto asexual. El amor se da pues entre seres afines.

En el siglo II d.C. en Roma, bajo el gobierno de Cómodo, surge Máximo de Tiro, filósofo que diserta, bajo la óptica platónica sobre el amor. Sus postulaciones sobresalen por la profundidad de sus conceptos, la utilización de mitos y ejemplos para recrear sus aseveraciones, además de un lenguaje poético y simple. La teoría sobre el amor que expone se centra en la diferencia sobre el amor bueno y racional y el fuera de razón, identificado con la pasión. Veamos algunos de sus fragmentos pertenecientes a sus Disertaciones filosóficas.

Pues entre los asuntos de los hombres sólo el amor, cuando surge de alguien con pureza, no se extasía ante la riqueza, no teme al tirano, no admira los palacios, no se guarda del tribunal, no rehúye la muerte. No hay para él bestia temible, ni fuego, precipicio, mar, espada o lazo, y hasta lo apuros son para él todos recursos, lo difícil, del todo dominable, lo temible, del todo asequible, lo arduo, del todo fácil; todos los ríos, vadeables, las tormentas, totalmente transitables, las montañas, totalmente accesibles. En todo lugar está animoso, todo lo desdeña, todo lo domina (2008, p. 50).

Es de notar el lirismo poético dentro de una obra filosófica, donde se quiere ejemplificar de tal modo la virtud de un amor puro que resulta una exposición literaria. Aparte de la belleza del lenguaje de Máximo de Tiro nos plantea una concepción del amor platónica aunque ya situada en las relaciones humanas y no tanto en el ideal. Cabe destacar el parecido, sobre todo estructural, con la concepción de amor de Saulo de Tarso (San Pablo), de hecho, la forma del filósofo de entender el amor humano tiene tintes cristianos, aun cuando vivió en una Roma todavía pagana.

El amor verdadero y valioso para Máximo de Tiro estaba ligado a la virtud y alejado de los deseos carnales, los cuales califica de forma negativa y aboga por un amor puro entre hombre y mujer, opinión que debió de enfrentarse a detractores en la sociedad romana. En sus disertaciones lucha por dejar en claro las buenas intenciones de Sócrates hacia los jóvenes, base de formulación de toda su teoría amorosa:

Para Sócrates, en cambio, el amor era semejante en su empeño a los otros, pero en cuanto al deseo, más recatado en cuanto al placer y más certero en cuanto a la virtud; en su principio, la flor del alma, que se trasluce en el cuerpo (2008, p. 37).

Más adelante, acercándonos a la idea del amor puro, virtuoso y unido a la belleza, nos dice el filósofo:

Dado que el alma está dividida en dos, como dice la doctrina de Platón, una de cuyas partes recibe el nombre de razón y la otra de pasión, necesariamente el amor, si es vicio, es pasión privada de razón; pero si es algo hermoso, una de dos: o hay que asignarlo a la razón exenta de pasión o a la pasión entreverada de razón. Pues bien, si el amor es un impulso de afecto y un apetito de lo semejante que se precipita hacia lo que le es por naturaleza semejante y a lo que debe unirse –pasión será en este caso, no razón-, ha de imponerse a esa pasión la supervisión de la razón para que resulte una virtud, no una enfermedad (2005, p. 51).

La visión de amor, plateada por Máximo de Tiro, nos demuestra cómo existían a la par dos acercamientos a la misma esfera humana, por una parte la filosófica platónica, punto de análisis y razonamiento filosófico; y otro más cercano a la cotidianidad, encabezado por otros filósofos y poetas, en este caso, también romanos. Dos de los principales pensadores acerca del amor en la antigua Roma son Ovidio con su Ars amandi (1968) y Partenio de Nicea con sus Sufrimientos de amor (1981).

Partenio es muy poco conocido, [7] pero por esta obra (p. 135), dedicada al poeta Cornelio Galo, consta de una serie de pequeños relatos sobre relaciones amorosas con un tinte trágico y tormentoso; los personajes son siempre castigados por su pecado. Cabe destacar que el amor es traducido en la necesidad de la posesión, justamente la visión contraria de la que plantea Máximo de Tiro

Publio Ovidio Nasón [8] , el gran poeta latino, es uno de los más importantes teóricos del amor, y no sólo eso, sino que al hacer un tratado sobre cuestiones amorosas y de conquista, corona uno de los dos ejes que ha tomado el tema, a saber, el espiritual por parte de Platón y el realista en el que se encuentra nuestro poeta. Entre sus obras con relación al amor destacan: Heroídas y El arte de amar. En el segundo expone toda una guía de instrucciones para el galanteo y la conquista por parte de mujeres hacia hombres y viceversa. Ovidio le confiere una gran importancia a las cartas de amor, pues de ellas depende el convencimiento definitivo de la dama, por lo tanto dedica un espacio especial para aconsejar cómo escribirlas (1989b, p. 372).

Escribe también en las Heroídas (1989a), una serie de cartas de amantes famosos de la literatura y la mitología griega, como de Penélope a Ulises, Briseida a Aquiles, Ariadna a Teseo, entre otras. Estas cartas, que muchos estudiosos han acusado de monodrama o de ser una incipiente novela con visión femenina, es una obra importante para el asunto del amor, pues con un verbo exquisito, plagado de intrincadas paradojas, nos da a conocer la visión del amor que se tenía desde aquellas épocas, haciéndonos ver en muchos de sus rasgos, una importante influencia en la literatura posterior, como por ejemplo en Shakespere, Cervantes, Góngora y Sor Juana, e incluso, alguno que otro elemento del amor cortés. Por lo anterior, podemos opinar, que Ovidio es una pieza central en las influencias que dieron el futuro y a partir del siglo XII principalmente, la concepción del amor que se desarrolló en el Virreinato mexicano novohispano y aún en nuestra época.

Es la imaginación con sus ideales de cada época, lo que perfila la concepción del amor, las relaciones sentimentales y el vínculo con el cuerpo. Cabe destacar que con “imaginario amoroso” no se hace referencia al sentimiento si no a las circunstancias culturales y tradicionales en relación a éste. La imaginación sobre el ideal de una relación de pareja no surge de la nada, sino que se forma a través de los tiempos, aprendida con las costumbres del entorno, y la educación propia de cada individuo. De esta manera, aunque cada persona tenga su forma particular de relacionarse con el sentimiento amoroso, así mismo no puede escapar de su tiempo y su circunstancia, repitiendo de esta manera patrones aprendidos.

Para el siglo XII se había cocinado un imaginario amoroso nacido de las fuentes principales de los teóricos sobre el tema: Platón y Ovidio, maquillado además por trovadores de la época, y claro está, dado a la práctica según las condiciones particulares de la pareja. El amor cortés surgió en el siglo XII en Francia, más concretamente en el oeste de esta región, sin embargo, su influencia pronto contaminó a Francia y Europa, llegando finalmente a todo Occidente. Dos ejemplos ilustres tenemos de este tipo de concepción de amor, una pertenece a la poesía, con Guillermo de Poitiers (Guillermo IX de Aquitania) [9] , y el otro con una literaria, que además tiene algunos rasgos de filosofía: las Cartas de Abelardo y Eloísa (2011).

El concepto de amor cortés, –según Irving Singer– nació no en la época en que se dieron dichas manifestaciones, sino en el siglo XIX, acuñado por el medievalista francés Gastón Paris, para describir los comportamientos amorosos que se dieron durante la Edad Media y específicamente en el siglo XII y XIII. Recalca también que este concepto no fue generalizado, ya que la falta de comunicaciones y las distintas condiciones y costumbres de un lugar a otro hacían grandes diferencias en la concepción del amor y sus imaginarios, pero ciertamente, hubo por lo general ciertas características que se hicieron, si no comunes sí más frecuentes (Singer, 1999b).

El amor cortés, según Singer y Paz, se volvió un tipo de vida; el amor tomó parte importante de la cotidianidad de los hombres, se volvió algo deificado y se sublimó hasta esferas impensables hasta ese momento (Paz, 1993). En su esencia profunda, y contrario a lo que antes eran las relaciones de pareja, que más obedecían a otro tipo de intereses (Cangas, 2006), el amor cortés era nacido de las teorías y obras literarias, era alimentado con discursos amorosos para quedarse en su estado puro, como una sutil y enervada imaginación, intercambio de cartas y galanteos, pero sin llegar a cuestiones íntimas, lo que sin más hubiese constituido un adulterio y una falta mortal.

Su fundamento está en la cortesía, en la fineza, en la devoción del amante a la amada, en la elevación de su persona a través de la palabra, el amor imposible, contrario a las leyes de los hombres, fruto de la pasión y hurtado de las instituciones, amor lisonjero. [10] El amor cortés no sólo era imaginario, sino también era una práctica. Su fundamento está en la fineza. Era pues una sublimación estética, cuyo espíritu estaba formado del magma de la literatura y el refinamiento de las cortes, y cuyo cuerpo se materializaba a través de la poesía al servicio a la dama. Servicio se hará sin esperar recompensa por parte de ella, y a quien se veía como algo sublimado, inalcanzable, pero que al mismo tiempo se consideraba solo dentro de su esfera femenina, pues la mujer medieval nunca llegó a tener un lugar igualitario al del hombre (Paz, 1993).

Partiendo de estos elementos generales del amor cortés, podemos hacer notar las opiniones de otros autores al respecto. Según la opinión de Denis de Rougemont (2006), es la exaltación del amor desgraciado, insatisfecho entre dos personas, un trovador y una dama que da eternamente su negativa, o que ni siquiera se entera de las intenciones del trovador. El apego a la mujer se relaciona con la Virgen María, –cuyo culto aumenta en el siglo XII–, la mujer se vuelve un ser etéreo, incólume e inalcanzable. El amor cortés era una dicotomía extraña, pues a la vez que era infeliz, nunca se plantea una relación real con la amada, pues dicha acción consistiría en relaciones ilícitas fuera del matrimonio. Dice Rougemont, al repecto: “significa sólo la unión de los cuerpos, mientras que el “amor”, que es el Eros supremo, es el impulso del alma hacia la unión luminosa, más allá de todo amor posible en esta vida. Por eso el Amor supone castidad” (De Rougemont, 2006, pp. 77-78).

Los involucrados en las relaciones corteses eran los trovadores, poetas cantores que se encargaban de exaltar las virtudes de las damas, haciéndolas ver casi desde un punto de vista ascético, contraponiendo la fineza de lo amoroso frente a lo mundano. Sin embargo los amados no eran precisamente los trovadores, sino estos en calidad de guerreros (Cangas, 2006). Los caballeros tenían códigos y entre ellos estaba la adoración a su dama; dice Diane Ackerman, como una forma de no desquiciarse ante los terrores de la guerra (Ackerman, 2000).

Pero a pesar de lo que pudiera creerse, los trovadores eran los encargados de cantar el amor y las gestas, no los caballeros personalmente, estos últimos eran los guerreros, los otros los poetas, aunque no por eso descartamos la conjunción de ambos, como por ejemplo Guillermo de Aquitania, quien después de haber participado en las Cruzadas se dedicó al amor cortés, convirtiéndose en uno de los primeros y más importantes de entre la corte de trovadores, quien en su mayoría, eran, según Diane Ackerman:

[…] plebeyos, el equivalente medieval a los cantantes populares que van de gira y cantaban tanto sus propias canciones como las de otros. Sí tenían talento y suerte, lograban encontrar a un caballero o una dama ricos y hospitalarios, quienes los invitaban a tocar regularmente en el castillo (2008, p. 81).

En el lenguaje, el amor cortés formó a su vez toda una retórica propia, basada en la perspectiva de dueño y vasallo, en cuyo principio está basada la relación amorosa, además de otros tópicos como por ejemplo la imposibilidad del disfrute físico del amor a causa de multiplicidad de obstáculos, como lo eran el matrimonio en dos perspectivas, por un lado, en ocasiones las relaciones cortes se establecían entre una mujer casada y joven galante, y por otro el amor cortés era reaccionario a la idea del matrimonio, que era visto como un acuerdo de posesión, debido a la tradición y costumbre medievales.

La cortesía era más libre y más íntima, sin contar que este tipo de relaciones se mantenían en el anonimato; en el momento en el que el amor era descubierto o formal, dejaba de ser amor cortés. Puede decirse que este tipo de relación es ambigua por pertenecía tanto a las cortes de la clase elevada, como a lo popular de la gente común, pues tenía el poder de resolver conflictos mundanos en un mundo regido por el orden social y político tan estricto, la cortesía escapaba airosa a estos dos gobiernos (Ackerman, 2008).

En el caso de Abelardo y Eloísa (2001), el juego cortés es claro; la relación comienza con la conquista de Abelardo, valiéndose de su inteligencia, su talento poético, su galanura y su agradable voz en el canto, Eloísa cae por supuesto, se enamora perdidamente de su maestro, que se convierte, no sólo en su amante y su esposo después, sino también en su razón de vida. Él abandona la conquista y la relación cuando la situación es infausta (le castran); se repliega en la lógica, en su pensamiento, en la filosofía, pero se olvida de Eloísa, quien queda vulnerable al amor, es entonces cuando ella debe cumplir los dos roles del amor cortés, la del amante y la del amado. Es la dueña, quien vuelve su dueño a quien debía ser su adorador según la usanza cortés; es ella quien escribe, quien se contesta, quien crea en su inventiva un amor y una correspondencia que ya no existe por parte de Abelardo. En ella se gesta el amor cortés de una de las formas más puras y exquisitas con que contamos en la historia y la literatura, pero en él se muere, se cercena al mismo tiempo que su masculinidad (2001). Pero Eloísa a su vez queda disminuida, amputada de su trovador. Abelardo se muestra duro, frío e indiferente en sus cartas; y al ya no poderla acompañar carnalmente, trata de encaminarla a la santidad dado el amor que dice tenerle (2001).

Según Zumthor, a diferencia de Abelardo, Eloísa es tierna en sus cartas, trata de echar mano del pasado para conmover, un pasado que sin embargo para ella es aún presente. Ella trata aún de persuadirlo, pero es inútil. Ella habla en términos sentimentales, pero se encuentra con una respuesta dura, puramente racional, pues no es ya al trovador al que habla, sino al lógico (2001).

Abelardo, al contrario de Eloísa, recuerda con horror su pasión de antaño y trata de que ella también lo haga, sin embargo no lo logra del todo, Abelardo sigue siendo parte fundamental en su vida. Nos dice Carme Riera: es el profundo enamoramiento por Abelardo el que da la cohesión a la personalidad de Eloísa; “es en esta ceguera donde ella encuentra la luz, la razón de su existencia reside, por tanto, en la sinrazón de seguir amando” (2001, p. 11). La relación de estos amantes, es el retrato perfecto del amor cortés, es importante destacar que pese a que tanto Abelardo como Eloísa son personajes históricos, él sobre todo uno de los filósofos medievales más importantes, las cartas parecen ser de naturaleza ficticia.

Es el siglo XII y XIII donde se gesta la concepción del amor sensual y afectiva entre dos personas que tenemos hasta ahora, a partir de las prácticas del amor cortés, de las novelas de caballería y de algunos otros libros que introducen el tema del amor, como por ejemplo, el célebre Libro del buen amor del Arcipreste de Hita (1968); la novela de Tristán e Isolda (Béroul y Thomas, 2002); los manuales de amor cortés; algunos romances como Razón de amor [11] ; las Cartas Abelardo y Eloísa (2001), y cuestiones mitológicas antiguas. No podemos dejar de mencionar una fuente literaria donde se hace presente el amor cortés: las jarchas mozarabes. Versión española de los asuntos corteses de Francia. Los autores de las jarchas son trovadores, que hacen de su obra una mezcla entre tradición popular y culta, popular por utilizar un idioma nuevo: el mozárabe, y culto porque su fundamento estaba en los poetas provenzales (1997). Estos escritos pueden ser un antecedente del tipo de discurso que se usará en España y que después se trasladará a América gracias a la conquista del Nuevo Mundo.

El Renacimiento heredó algunas de las prácticas corteses, pero también se fincó más en el amor ideal platónico, por lo menos en el discurso, el uso bien puede decirnos otra cosa. Dos ejemplos clásicos de este periodo son el estudio Sobre el Amor. Comentarios al Banquete de Platón escrito por Marcilio Ficino (1994), quien ve el amor como una enfermedad mental; Dante y Petrarca, en el extremo de los poetas.

Marcilio Ficino lo que hace es emular la técnica de Platón sobre los diálogos para hacer una disertación de los temas tratados por el filósofo en el Banquete. El banquete donde se tratarán dichos temas es convocado por uno de los Medici, que quiere revivir las fiestas platónicas y neoplatónicas, además de recrear la escena de la reunión donde –según Ficino– perdiera la vida Platón (1994).

Dante presenta un problema singular, tenemos en él dos cuestiones relacionadas con el amor, la primera de ellas es su amor totalmente ideal por Beatrice, una mujer noble y casada, que ni siquiera se dio por enterada del amor, o incluso de la existencia del poeta. Para ella escribe ochocientos poemas de amor y la pone en la cumbre de la corte celestial, ella, habitante del cielo, es digna y parte de la más alta esfera, dentro de su obra maestra La divina comedia (Alighieri, 1976).

Dentro de esta última trata de amor humano dentro de una de las habitaciones del infierno: el círculo de los lujuriosos, donde son castigados todos los que habían sido “pecadores carnales, que someten la razón al apetito”; estos penantes son castigados golpeándose en un interminable remolino, donde son llevados de un lugar a otro sin descanso. Dentro de este círculo, Dante menciona personajes legendarios involucrados con el amor, por ejemplo Tristán, Dido, Aquiles, Paris y Helena. Entre ellos se encontraba una pareja que acepta acercarse a los poetas (Dante y Virgilio) para mantener una entrevista. En este diálogo se destacan dos cosas: la explicación de que Francisca –una de las almas– sobre el amor y la historia de ésta y su amado, la cual incluye infidelidad y pasión arrebatada. El primer fragmento dice así:

Amor, que se entra de pronto en los corazones sensibles, infundió en éste el de la belleza que me fue arrebatada, arrebatada de un modo que todavía me está dañando. Amor, que no exime de amar a ninguno que es amado, tan íntimamente me unió al afecto de éste, que, como ves, no me ha abandonado aún. Amor nos condujo a una misma muerte [...] (Dante, 1976, p. 27).

El sentimiento amoroso, es visto todavía desde los términos del amor cortés, sublimado en su apego afectivo, pero es un amor fuera de norma y por lo tanto susceptible de severas consecuencias, como de hecho las padecen. Los dos amantes se verán destinados a un círculo del infierno donde podrán verse, al ser arrastrados por el remolino, pero nunca acercarse el uno al otro. Tanto Dante como Petrarca manejan un imaginario amoroso heredado por la historia y la literatura. Partiendo de la esencia del amor cortés, la sublimación de la dama que establecen estos dos poetas será a su vez la base literaria y teórica que se desarrolle en los siguientes siglos. La dama, como un ser casi etéreo e inalcanzable y el enamorado quien sublima a la dama, amando sin esperar una correspondencia.

El concepto de amor desarrollado por Dante y Petrarca lo veremos usado por los poetas del Siglo de Oro español e incluso con nuestros autores novohispanos, como Sor Juana y Juan Ruiz de Alarcón. Debemos recordar que a su vez estos autores serán los gestores y transmisores de los imaginarios amorosos futuros.

La descripción hecha a lo largo de estas páginas, nos permite hacer un acercamiento desde el punto de vista literario, histórico y filosófico, de los cambios que ha sufrido el concepto y por tanto la asimilación del imaginario amoroso desde la antigüedad hasta el renacimiento temprano, base de nuestras concepciones actuales. Las ideas alrededor del sentimiento amoroso que se corresponden con la cultura imperante de las distintas etapas históricas, determinan en alta medida la forma en la cual entendemos el amor actualmente y la forma de relacionarnos y entendernos a nosotros mismos.

Referencias

Abbagnano, N. (2004). Diccionario de filosofía. Actualizado y aumentado por Giovanni Fornero. México: Fondo de Cultura Económica, cuarta edición en español.

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Notas

[1] Amor, viene del latín, amor oris, y amare. Apareciendo como tal en 1140 en el Poema del Mio Cid. Amor, según su raíz, significa “afecto, cariño, ternura, entusiasmo, pasión” (Corominas, 1983, p. 47); (Gómez, 2006, p. 51).
[2] Los conceptos “amante” y “amado” serán usados aquí como quien ama y quien es amado.
[3] Ortega desarrolla el tema de los cambios en la percepción del amor en el capítulo “Para la historia del amor. 1. Cambio en las generaciones”
[4] Según Ackerman, estos poemas son anónimos, y escritos posiblemente por hombres o mujeres, y cuya estructura dialogada recuerda en ocasiones al Cantar de los cantares. Es importante anotar que Ackerman menciona la procedencia física de dichos poemas, pero no las fuentes donde las tomó.
[5] Introducción y notas de V. Morla y M. Revuelta. Inculido en la edición de Desclée De Brouwer de la Biblia de Jerusalén.
[6] Para estos dos mitos (Graves, 1988, pp. 57-68); (Garibay, 1997, pp. 14-102).
[7] En la Suda, la antigua enciclopedia bizantina del siglo X, se lo toma como nacido en Nicea o Mirlea, pero no hay seguridad sobre ello. Su poesía, al parecer fue muy extensa e incluso tuvo influencia en importantes poetas de su tiempo como por ejemplo Virgilio, de quien se dice fue preceptor.
[8] Publio Ovidio Nasón, nació en el 43 ac. En Sulmonia y murió en el 18 ac. en Tomes, ciudad a la que fue desterrado por Cesar Augusto, de quien antes había sido protegido. Las causas del destierro se desconocen, pero supuestamente fue a causa de la polémica causada por el Arte de amar. Pertenecía a una familia noble, llegó a tener cargos públicos, como el senado y su prestigio como poeta, aunado a una cuantiosa fortuna (Sainz, 1856, p. 870).
[9] Guillermo de Aquitania (1071-1126) poderoso noble francés que llegó a tener mayor territorio a su jurisdicción que el propio rey de Francia, participó en las cruzadas y se le considera el primer poeta en lenguas románicas, se conservan de él sólo 11 poemas, donde se perfila a la perfección la idea del amor cortés. García Peinado Miguel Ángel Y Juan Pedro Monferrer Sala (1998, p. 73).
[10] Octavio Paz lo define de la siguiente manera: “La cortesía no está al alcance de todos: es un saber y una práctica. Es el privilegio de lo que podría llamarse una aristocracia del corazón. No una aristocracia fundada en la sangre y los privilegios de la herencia sino en ciertas cualidades del espíritu. Aunque estas cualidades son innatas, para manifestarse y convertirse en una segunda naturaleza el adepto debe cultivar su mente, sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos momentos, a callar. La cortesía es una escuela de sensibilidad y desinterés [...] El “amor cortés” se aprende: es un saber de los sentidos iluminados por la luz del alma, una atracción sensual refinada por la cortesía” (Paz, 1993, p. 35).
[11] Por lo que se refiere a la Razón de amor, es un poema que fue compuesto a mediados del siglo XIII y donde se canta la historia de dos enamorados, aún al estilo de los trovadores, se sigue llamando dueño a la amada que ahora es doncella y no dama, y lo más importante, se pretende la celebración de un amor refinado, es decir, un amor cortés. En este poema podemos ver con claridad todos los elementos que integran la idea del amor cortés, el amor se da entre una dueña, quien posee un vergel, en cuyos prados posa una copa de vino encantada para que beba su amado, quien resulta ser un escolar quien ha estudiado cortesanías. Es de resaltar también el filtro de amor, al igual que es usado en Tristán e Isolda. Así pues, Razón de amor, reúne también todos los elementos necesarios para pintar en sus letras la concepción del amor cortés. Para conocer más sobre este tema, ver Barra, J. (1989) Razón de amor: texto crítico y composición.


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