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Formas comunes: animalidad, cultura y biopolítica
Papeles del CEIC. International Journal on Collective Identity Research, núm. 2, 2018
Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea

Revisión Crítica

Los contenidos de Papeles del CEIC se distribuyen bajo la licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España (CC BY-NC-ND 3.0 ES)
Giorgi Gabriel. Formas comunes: animalidad, cultura y biopolítica. 2014. Buenos Aires. Eterna Cadencia. 302 pp.

Dentro de la oleada de publicaciones surgidas en torno a la idea de vida en la época contemporánea, la aportación que Gabriel Giorgi hace a través de este texto resulta novedosa dada la importancia que en ella tiene la animalidad como vector explicativo a la hora de pensar temas tan recurridos como la muerte, el vínculo social o el humanismo. Todo ello a través de la inmersión en obras literarias lationamericanas producidas entre el siglo pasado y la década actual, hasta un punto desconocidas para cualquier lector europeo, contexto desde el que escribo. En los siguientes párrafos trataré de analizar los contenidos más destacados del texto respetando el orden de su desarrollo teórico, recalando en aquellos aspectos más sugerentes y siendo consciente de la dificultad que conlleva someter a síntesis un libro como este, cuya propuesta requiere —o permite— más de una lectura para ser abarcada en su complejidad.

El libro comienza con una extensa introducción en la que el autor fija reflexiones que posteriormente articulará mediante la incursión en obras de la esfera cultural latinoamericana que vertebrarán los temas distribuidos entre los capítulos del texto. La noción de animal constituye desde esta primera parte la pieza central de todo el desarrollo teórico, erigiéndose como una falla constitutiva, el remanente necesario que surge de tomar la idea de persona como agencia de referencia. A este respecto, la animalidad debe entenderse como cualidad inherente a todo ser subalterno, una propiedad latente presente en el interior de cualquier forma de vida social, que se establece a través de una relación de contigüidad y que posteriormente derivará en exclusión. No es tanto pues un tipo de criatura separada sino una suerte de “amenaza” indisociable a una forma de vida entendida aquí como multiplicidad, no reducible a una propiedad individual. El libro, entonces, nos ayuda a pensar la vulnerabilidad de ciertos seres animalizados como parte de su propio potencial, en la medida en que constituyen la sobra inquietante de lo social.

Bajo el título de “La rebelión animal”, Giorgi dedica la primera parte del corpus teórico del texto a pensar el potencial subversivo del animal como forma de agencia. El entramado conceptual de este punto se desarrolla sobre el análisis del cuento “Meutio o Iauaretê”, de João Guimarães Rosa (1950), fijando el interés en reflexionar en torno a la posibilidad de una alianza “salvaje” y a la vez táctica entre humanos y animales. Una suerte de biopolítica menor, con elementos propios de raigambres culturales no-occidentales, pero que el autor trata en todo momento de desvincular la creación de nuevas cosmologías. En este punto, resulta sugerente la forma en la que el profesor de la Universidad de Nueva York plantea el contacto con lo salvaje como devenir, una inercia capaz de producir formas de comunidad no-humanistas censuradas por el conjunto social, incluso bajo peligro de muerte. El contenido de este punto abre la posibilidad de pensar un tipo de enlace entre subjetividades sin identidad, surgidas en función de distingos como la clase o la raza que instan a interpretar la animalidad como una escala y no tanto como un estado. Esta reflexión permite comprender a este tipo de seres como agencias activas pese a su ambigüedad, rompiendo con la relación entre vulnerabilidad y pasividad mantenida por algunas vertientes teóricas. Por un lado, la animalidad se erige aquí como una suerte de agencia carente de habla —y por ello también iletrada— pero no silenciosa, sino todo lo contrario, capaz de emitir gritos cuya estridencia le otorga un lugar dentro del contexto social, desmarcándose de formas de subalternidad enmudecidas por el repertorio categorial moderno (Spivak, 2003) y del mutismo derivado por los procesos de violencia inherentes a dicha condición (Das, 2008). Por otro lado, la vulnerabilidad de este tipo de criaturas dista mucho de ser un estado de exposición surgido tras el repliegue del Estado, la colonia o cualquier metáfora estructural, sino más bien una suerte de convivencia no localizable en un solo margen. Eso da lugar a vidas autónomas frente a la desatención producida por el abandono, bien sea en su forma occidental (Wacquant, 2011) o en un grado más extremo (Biehl, 2001). En definitiva, lo animal es aquí un tipo de agencia que nos permite pensar formas de existir expulsadas, si se quiere, pero no inmóviles, desvinculadas de la necesidad de llevar a cabo alianzas internas que las integren a través de vías políticas convencionales (Butler, 2017).

Otro aspecto interesante en esta parte del libro es la figura del bárbaro como idea antropomorfa que popularmente ha venido a encarnar la mixtura entre ser humano y bestia. Un ser capaz de escabullirse de la afirmación de una distinción estricta entre bios y zoe como herramienta de análisis, siendo el producto de un común intraducible cuyo sentido se establece más allá del lenguaje, a través del contacto mudo entre-cuerpos. Lo que posibilita un tipo de relaciones mediadas únicamente a través de un “gruñido” a medio camino entre el ruido y la palabra, que abre la posibilidad de generar filiaciones mestizas, más allá de la especie y la lengua como principales puntales de separación. Esto implica pensar tipos de filiación capaces de transcender la noción de un lazo social adjunto a la posibilidad de relación desde un punto de vista sociológico. El bárbaro es así una suerte de buen salvaje trasnochado cuya irrupción en el entorno civilizatorio debe entenderse como un acto impulsivo, sin mediación, se llame esta contrato social o solidaridad (Alvaro, 2017), lo cual hace de la animalidad la sombra de ciertos consensos epistémicos, abriendo la posibilidad de pensar formas de vida en común problemáticas y desatadas del troquel conceptual del pensamiento social.

Giorgi acaba relacionando esta serie de disertaciones con una concepción del animal entendida como un ser virtual con una presencia constante en la cultura latinoamericana. Una pulsión indómita extraída de la naturaleza para ser recluida en la ficción como nuevo contexto de existencia, trufando la reflexión con referencias a obras pertenecientes a nombres universales como Cortazar o Borges, en las cuales el animal viene representado a través de taxonomías fantásticas que permiten imaginar un bios descarnado de cuerpo.

A lo largo de la segunda parte, titulada “Una nueva proximidad: las casas, los mataderos, el pueblo”, el texto trata de profundizar teóricamente la percepción de lo animal entendido como una presencia que irrumpe como interioridad de lo humano y no como una intrusión llevada a cabo desde sus márgenes. En primer lugar, a través del análisis del cuento “A Paixão Segudo G.H.” de Clarice Lispector (1964), el autor traslada esta idea al espacio del hogar como dimensión de análisis, representando un lugar donde lo salvaje irrumpe de forma directa —a través de la presencia de criaturas domésticas— o figurada —a través de la presencia de empleados en régimen interno—. Todo ello contribuye a que se constituya como un espacio de saber biopolítico dentro de la aparente banalidad. En este punto cobra relevancia respecto a otros aspectos la idea de pliegue como herramienta para representar las relaciones en un continuo social, invitando a sustituir la distinción espacial de agencias (la separación de lo animal como una exterioridad, en función de un esquema dentro/fuera) por una idea de lo viviente como vacío en la frontera entre-cuerpos (representado a lo animal como dimensión íntima, conformada en el establecimiento de dobles dentro de una membrana común). Esto permite entender la convivencia como un contagio continuado capaz de fracturar todo contorno corporal, siendo la vida una suerte de “plasma interior” que anula la producción de identidad. Hasta el punto de suponer no solo el cuestionamiento de la humanidad como un universal sino también la posibilidad de un yo autobiográfico y, por lo tanto, de un sujeto individual. Este planteamiento cobra importancia respecto a otras perspectivas, dado que supone entender el bios desde lo común, pensando la realidad a través de nuevas matrices de sentido, más allá de todo sociologismo.

Gabriel Giorgi continúa en este punto introduciendo un conjunto de disertaciones vertebradas en torno a la figura del matadero en la cultura. Es un espacio especialmente llamativo en la medida que en su interior tienen lugar procesos de mezcla entre diferentes constituciones, generando una argamasa orgánica donde el distingo entre especies y cuerpos se distorsiona. En este tipo de factorías la ocultación es un factor clave dada la importancia que adquiere el hecho de aislar la muerte respecto al transcurrir social. No obstante, las pautas del capital propias de toda actividad llevada a cabo en su interior hacen que sea inevitable la disposición de un anudamiento entre animalidad y política, lo cual produce el establecimiento de una relación vida-valor insoslayable por todos los seres vivos presentes en ese contexto. Es un tipo de vínculo disimulado que, a mi juicio, permite cuestionar la separación entre el animal y lo humano a través de dos vías: por un lado, las personas presentes en este entorno, bajo su condición de proletario, adquieren una agencia pasiva como los propios cuerpos que manipulan convertidos ahora en carne; por otro lado, y derivado de esta pasividad, se abre la posibilidad de pensar tipos de relación social inter-especie mediadas por el intercambio mercantil dentro del ensamblaje productivo, en un espacio de mixtura solo de puertas para adentro.

Dicho esto, si bien en las primeras partes del texto de Giorgi la asimetría entre humano y animal se trastoca por la capacidad de conspirar de este segundo dentro de lo civilizado, ahora dicho equilibrio es cuestionado a través del otro polo mediante la bestialización de la agencia humana. En este sentido, volviendo otra vez a la percepción del animal como ser “vulnerado”, la distinción entre agredido y agresor se vuelve entonces problemática. El desarrollo teórico del texto continúa tomando como referencia el texto El Matadero de Martín Kohan (2009) para tratar de ilustrar esa proximidad entre muerto y matarife. En dicho libro la trama se desarrolla en el camión de transporte de ganado, una suerte de matadero móvil compuesto por diferentes partes, consolidadas entre sí a través de un rumor capaz de vincular al transportista con la “cosa viviente” que es distribuida. En línea con el tipo de temas abiertos dentro de este apartado, el autor introduce la novela Bajo ese sol tremendo de Carlos Busqued (2009) para hablar de la imposibilidad de duelo en estos entornos donde la muerte está presente por doquier, dificultando —paradójicamente— lenguajes apropiados para nombrarla.

En el tercer bloque, “Series”, el desarrollo teórico del libro pasa a orientarse hacia el análisis del cuerpo muerto en la cultura contemporánea. En este punto, cobran importancia las referencias al rito funerario como proceso a través del cual tiene lugar una separación entre la imagen del muerto como ser reconocido y la condición del cuerpo muerto como remanente biológico. Dentro de esta reflexión, la figura del cadáver acaba representando aquí nuevamente otro anudamiento problemático, esta vez entre lo animal y lo inorgánico, constituyéndose como una resistencia sin un espacio propio. En este sentido, el cuerpo es puesto a distancia de su biografía y el anterior universo personal, entrando así en un estado de anonimia del mismo como materia situada entre la vida y la muerte. Tiene lugar así una nueva visibilidad surgida irónicamente a partir de la desaparición de los cuerpos entendidos ahora como materia abandonada, sin memoria y por lo tanto abandonados de toda sujeción convencional.

El autor utiliza la novela 2.666 de Roberto Bolaño (2004) para ilustrar este tipo de cuestiones. En ella la proliferación de cadáveres es descrita como un proceso expansivo en el cual cuerpos irreconocibles flotan sobre el territorio fronterizo y cuya identificación únicamente hace más evidente su abandono. Aquí la muerte es entendida como un proceso complejo, cuya indistinción respecto a la propia vida da lugar a procesos de contagio y deslocalización. Esta idea es desarrollada posteriormente a través de la figura del fósil, en referencia a aquellos restos orgánicos aún presentes en la realidad, pero despojados de toda vitalidad 1 . Un tipo de elementos capaces de ampliar el umbral conformado entre lo vivo y lo muerto, modificando la idea de vida social representada como una linealidad biográfica, abriéndola a procesos mucho más complejos que trascienden toda idea de individualidad.

A través de la referencia a obras como La Mujer Araña de Manuel Puig (1994) o al estilo literario de João Gilberto Noll, este bloque se cierra con la exposición de situaciones donde la idea de animalidad se entrelaza con la presencia de sexualidades abyectas, ejercidas contra la especie. Aquí se reitera una vez más la idea de lo animal no tanto como instancia nostálgica, en referencia a una suerte de estado pre-social, sino más bien como una instancia política capaz de disputar la autoevidencia de lo humano. Algo que dota a la animalidad de operatividad desde el punto de vista del análisis social, alejándose así de la reivindicación de viejas cosmologías quizás más interesantes desde un punto de vista político. En relación con este tipo de aspectos, la construcción de relaciones sexuales no reproductivas a través de la cultura constituye una forma de invalidar el especismo como matriz de distinción, produciendo a su vez la generación de cuerpos abiertos. Tiene lugar entonces la apertura de formas de existencia queer, por medio de las que la vulnerabilidad de los agentes implicados supone la presencia de un pálpito amenazante, más allá de su simple exposición a un orden donde no están incluidas. En este punto, acaba consolidándose una concepción del animal comprendido como umbral de desfiguración y no como algo consistente en su propia realidad, un espectro encerrado en la cultura y que deambula entre cuerpos marcando líneas de indeterminación.

El libro completa su análisis con el apartado “La rebelión animal (II)”, dirigido a pensar la interacción del animal en la ciudad por medio de la novela La ciudad de las ratas de Copi (2009). Lo destacable aquí es cómo el animal es comparado directamente con el conjunto de categorías agrupadas bajo la referencia del no-ciudadano, entendiendo el entorno urbano como un espacio múltiple pero continuo en el que coexisten dos realidades sin la necesidad de caer en esquemas clásicos de confrontación. La animalidad es pues entendida como propiedad de aquellos seres incontables, capaces de soslayar los aparatos estatales de visualización, pero no por ello excluidos de la realidad, sino más bien todo lo contrario.

En definitiva, la principal aportación que hace Giorgi a través de este libro quizás sea la apertura de nuevos caminos de reflexión en temas no tan recientes, aportando nuevas herramientas a aquellas lindes teóricas centradas en estudiar la producción de identidad en nuestro tiempo. Lo animal se erige aquí como grieta biopolítica capaz de cuestionar la idea consensuada de humanidad desde su adentro, generando una potencia salvaje pese a enmarcarse en situaciones de vulnerabilidad y demasiado abstracta como para derivar sujetos “rescatables” desde su margen. Una categoría latente, no permanente, a través de la cual pensar situaciones de ambigüedad categorial y que supera el riesgo de caer la búsqueda de nuevas consistencias (lo queer, el cyborg, lo mestizo, etc.). Todo ello a través de escrituras poco afines a la ortopedia del manual, de lectura exigente y capaces de transmitir ideas pendientes de ser ejercidas —o ejercitadas— en lo que llamamos trabajo de campo. A fin de cuentas, que plantean la necesidad de cuestionar el uso de viejos esquemas interpretativos que permitan poner nombre y analizar la realidad desde puntos de vista hasta hora inexplorados.

Referencias

Alvaro, D. (2017). La metáfora del lazo social en Jean-Jacques Rousseau y Émile Durkheim. Papeles del CEIC. International Journal on Collective Identity Research, 2017/1(papel 173).

Biehl, J. (2001). Life in a Zone of Social Abandonment. Social Text, 19/3, 131-149.

Butler, J. (2017). Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea. Buenos Aires: Paidós.

Das, V. (2008). Lenguaje y cuerpo. Transacciones en la construcción del dolor. En F. Ortega (Ed.), Veena Das. Sujetos de dolor, agentes de dignidad (343-373). Bogotá: Instituto CES.

Giorgi, G. (2009). Política del monstruo. Revista Iberoamericana, 75(227), 323-329.

Giorgi, G. (2017). Políticas de la supervivencia. Kamchatka, 10, 249-260.

Spivak, G. C. (2003). ¿Puede hablar el subalterno? Revista colombiana de antropología, 39, 297-364.

Wacquant, L. (2011). Desolación urbana y denigración simbólica en el hiperguetto. Astrolabio, 6, 4-18.

Notas

1 Idea desarrollada más en profundidad en Giorgi, 2009 y 2017.


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