"Esto ya no es crisis, es pobreza"1 Experiencias de descenso social de la clase media Venezolana.

"It is not crisis, it is poverty." Experiences of social decline of the Venezuelan middle class.

Marisela Hernández
Universidad Simón Bolívar, Venezuela

"Esto ya no es crisis, es pobreza"1 Experiencias de descenso social de la clase media Venezolana.

Espacio Abierto, vol. 25, núm. 3, pp. 311-322, 2016

Universidad del Zulia

Recepción: 13/01/16

Aprobación: 28/04/16

Resumen: Desde una preocupación vivencial y psicosocial por la actual situación de la clase media en Venezuela, se presentan los referentes, método y resultados de un estudio orientado por la perspectiva hermenéutica, cuyo objetivo ha sido la comprensión e interpretación de algunos de los sentidos que están configurando la vida cotidiana de un conjunto de personas que se ubican a sí mismas en la clase media llamada tradicional. Conjeturamos que la vida actual de esta gente se teje alrededor de núcleos de significado como los siguientes: Los valores como eje identitario; los afectos que ensombrecen la vida, o el sufrimiento; la estética del desagrado; la (in)certidumbre de estar en crisis o el piso que se mueve. Y finalmente, las estrategias para lidiar con esa crisis, es decir, las acciones y desplazamientos del día a día. Este conjunto de resultados ha sugerido preguntas en torno a la tonalidad política de dichas prácticas.

Palabras clave: Clase media, clase media Venezuela, Revolución Bolivariana.

Abstract: Starting from experiential and psycho social concerns about the current life of the Middle Class in Venezuela, we present the referents, method and results from a study aimed to understand some of the meanings that are building the Daily Life of people who define themselves as belonging to “traditional” Middle Class. This study is oriented by an Hermeneutical perspective and the results suggest that the life of these persons is being weaved around some nuclear meanings such as: Values as defining Identity, dark feelings or suffering, aesthetics of displeasure, the (un) certainty of living a crisis, and finally, the strategies to deal with it: actions and movements. Some questions about the political tonality of such actions arise out of these results.

Keywords: Middle Class, Venezuelan Middle Class, Revolución Bolivariana.

“… Alberto sólo sabe que no quiere andar con la camioneta rayada, porque está conteniendo, con lo que le queda de fuerza, la pauperización que se cierne sobre su modo de vida”

(Héctor Torres, Caracas muerde, 2012:55)

Introducción

Es vox populi que la clase media en Venezuela se encuentra en extinción, proceso que cada día es más aparatoso. Los procesos inflacionarios que dibujan curvas en ascenso acelerado, vacían el bolsillo y la existencia de no pocas personas cuya forma de vida ha sido definida, medida y también vivida, como “clase media”. Adicionalmente, una serie de decisiones tomadas por el gobierno bolivariano ha limitado a dicho grupo sus espacios de producción, sus ingresos y por ende sus patrones de consumo: estamos hablando de la expropiación de medianas y pequeñas empresas, y de severos controles en el mercado de divisas, entre otras. A todo ello se suman políticas ambiguas de protección ciudadana, con las implicaciones de altísimos niveles de violencia contra las personas y sus propiedades, que han colocado a Venezuela, durante la última década por lo menos, entre los países de más alta tasa de homicidios, y que en 2014 lo ubicaron como segundo en el mundo con 58 muertes por 100 mil habitantes (Observatorio Venezolano de Violencia, 2014).

Es bien conocido que los discursos populistas, como los que caracterizan a la revolución bolivariana, se centran en el “pueblo” y la “oligarquía” en sus estrategias polarizantes. Al pueblo lo purifican y a la oligarquía la satanizan. La clase media es invisibilizada por estas estrategias discursivas (López, 2011), es decir, tratada como inexistente, cercada silenciosamente. Una de las consecuencias más lamentables de este cerco, ha sido el éxodo de profesionales, quienes casi por definición pertenecen a las clases medias: un estudio ubica la cifra en 1.6 millones para 2014.

“La mayoría de los emigrantes venezolanos se fueron con el grado de instrucción universitaria, de acuerdo a los datos que ha arrojado el estudio. En porcentajes, aproximadamente 36% de los venezolanos que residen fuera del país son licenciados, 46% posee maestría, 12% doctorado, 4% son técnicos superiores universitarios y tan solo el 2% se van siendo bachilleres. En sumatoria, al menos el 94% poseen un altísimo nivel de preparación” (Páez y col. 2014).

A manera de paréntesis debe señalarse que por supuesto también se han ido vaciando rápidamente, los ya gastados bolsillos de los llamados sectores populares, aunque el gobierno bolivariano proclamaba compensar los ingresos de dichos sectores con las “Misiones”: un conjunto de programas dedicados a la distribución y venta de alimentos, la atención de salud, la educación primaria y secundaria, la vivienda y su equipamiento, entre otros (Aponte, 2007). Para 2014 sin embargo, solo el 12% de la población pobre y 8,4% de la pobre extrema, recibía algún beneficio de las Misiones, y casi exclusivamente en términos de alimentos y salud. El resto de las misiones mostraba una cobertura bastante limitada: menor a las 300 mil personas cada una (ENCOVI, 2014).

Otro paréntesis que debe insertarse aquí, es el que se refiere a una “nueva” clase media: la que ha ido ascendiendo gracias a sus vinculaciones, de diversa índole, con el Gobierno Bolivariano (práctica tradicional en el país, en todos los gobiernos): son los nuevos empleados públicos incluyendo los militares, y los nuevos comerciantes principalmente importadores de bienes; actividad frecuente y de altos márgenes de ganancia, favorecida por los controles cambiarios. La presente investigación no incluye estos nuevos sectores entre sus sujetos de estudio, ya que se concentra en lo que podría denominarse la clase media “tradicional”.

Es también vox populi que, en aparente contradicción con el discurso de la revolución bolivariana, las medidas gubernamentales han afectado poco a la clase alta, a la cual ya pertenecen no pocos integrantes del gobierno y sus “nuevos” grandes comerciantes/importadores. Tanto estos ricos nuevos como los más consolidados, formados a la sombra de otros gobiernos, quedan eximidos de muchas de las limitaciones que ya se han vuelto cotidianas para buena parte de la población, comenzando por las relativas a alimentos y medicinas.

Una serie de estadísticas publicadas recientemente, dan cuenta del crecimiento de la pobreza en el país: el 33% de los pobres actuales por línea de ingresos, son pobres recientes; el número de personas pobres por línea de ingresos, pasó de 10 a 16 millones en apenas un año (del 2013 al 2014), es decir, aumentó en un 60%. Pudiera pensarse que esos nuevos pobres salieron de la clase media (ENCOVI, 2014). Debe señalarse que la pobreza en nuestro país, medida por línea de ingresos, había comenzado a descender desde el año 2004 y hasta el 2008: 47% de hogares pobres y 27,5 respectivamente, según el INE (Instituto Nacional de Estadística). Este último porcentaje se mantuvo hasta el año 2011. Pero tal elevación de los ingresos no supuso mejoras en la calidad de vida durante esos ocho años de bonanza petrolera.

Nuestro interés por comprender los cambios que no pocas personas de la clase media están encontrando y construyendo en sus vidas, dialoga con el interés de otros investigadores en América Latina, quienes por cierto se quejan de la carencia de estudios cualitativos en la región. Hace unos cinco años, desde Perú, se señalaba que:

“Normalmente las clases medias fueron abordadas desde modelos de estratificación social (..) Actualmente las preocupaciones son otras. Por ejemplo, se intenta resaltar la emergencia de nuevos riesgos para los sectores medios, afectados por condiciones de deslizamiento hacia abajo en la escala social (…) se presta ahora atención a la generación de vulnerabilidades entre estos sectores medios y sus estrategias de adaptación (lo cual) ha exigido una atención cada vez mayor a los aspectos subjetivos (…) cualitativos (…) aproximación que ha sido poco utilizada entre nosotros” (Toche, 2009:144-145).

Pero hay una diferencia importante en los contextos donde estas reflexiones han ocurrido: los deslizamientos de las clases medias en América Latina, se han estudiado fundamentalmente en democracias con economías neoliberales desde comienzos de la década de los 90. En contraste, el caso de Venezuela se ubica en un gobierno militarista que se instala finalizando esa década -1998- y con una “economía socialista”. No obstante, ambos modelos coinciden en su marginamiento de la clase media.

La (difícil) noción de clase media

“Existen, en consecuencia, por lo menos dos grandes maneras de abordar el tema de las clases medias. La primera, ligada a la diferenciación social, recurre a los niveles de ingreso y poder, anclándose en el trabajo y la economía; la segunda, basada en la identidad social y en el universo de valores, costumbres y comportamientos compartidos, anclada en la cultura y en el orden simbólico (…) En cualquier caso, es claro que estamos frente a una “categoría” difícil y compleja que por instantes resulta inasible” (Gamero y Zeballos, 2003:12).

Quizás sea necesario advertir al lector que nuestra investigación, de corte psicosocial, se centra en el segundo énfasis del abordaje.

Son bien conocidas las dificultades teóricas y metodológicas que se han enfrentado para definir y medir las clases sociales. Si bien a nuestra investigación le interesa construir una definición que provenga de la misma gente, estamos conscientes de que esa definición no ocurre por generación espontánea: la gente la elabora a partir de lecturas y conversaciones; en sus contactos con los medios de comunicación y desde muchos otros contextos, textos y versiones que le provee la cultura. Y encontrarla en la cultura supone que el sentido común o saber cotidiano, la re-interpreta, apropiándosela así a su “real saber y entender” (Fernández Ch., 1994).

Vamos ahora a referirnos a la noción de clase en general y de clase media en particular, desde las ciencias sociales. No es nuestra intención profundizar acá en tan problemática noción; intentamos más bien acotarla brevemente como un referente para nuestro estudio, que es principalmente un estudio sobre el descenso social o el empobrecimiento de la vida; o, desde una mayor distancia con lo vivido, un estudio sobre reconfiguraciones sociales.

Las clases sociales planteadas por la teoría marxista son las archiconocidas burguesía (propietarios) y proletariado (no propietarios de los medios de producción), supuestas a mantenerse en conflicto. La clase media queda definida como residual, sin identidad, solo como “intermedia”. Sería una pequeña burguesía, integrada por dueños de medios de producción que no emplean proletariado sino a sí mismos: pequeños empresarios y comerciantes y profesionales independientes. En esta posición intermedia, la clase media se encontraría constantemente en tensión: el capitalismo la empuja hacia el proletariado al explotarla como mera “empleada” de la burguesía. El comunismo, por su parte, la identifica con la burguesía y por tanto, se propone eliminarla. Ha sido harto señalado el alto nivel de abstracción de estos conceptos y por tanto las dificultades para su operacionalización y medición.

Por su parte, las teorías de la estratificación social se originan en los planteamientos de Weber, y a partir de cuatro variables ampliamente manejadas (ocupación, ingresos, nivel de escolaridad y estilo de vida) han derivado en refinadas mediciones con debilidades de anclaje teórico. Los estilos de vida, según Weber, acumulan distintos montos de “honor social o estatus: una positiva o negativa valoración de los grupos, un deseo de distancia y exclusividad y de monopolios materiales” (Briceño-León, 1992:80, 107 y 109). La clase media, en función de esta idea de estrato que supone jerarquías, se ubica “por debajo” de la clase alta y “por encima” de la clase baja.

Los artificios estadísticos que presionan por homogeneizar al interior de cada estrato y por diferenciar los estratos entre sí, son puestos en jaque por los “nuevos” o “recién llegados”, quienes muestran claros incrementos en sus ingresos y en ciertos patrones de consumo, por ejemplo en lo relativo a vehículos e indumentaria; pero se demoran un poco más (si es que les interesa) en los procesos de (re)socialización que los llevan a adquirir otros rasgos tradicionales de la clase media tales como altos niveles de escolaridad, junto a ciertos “refinamientos” en el lenguaje y en los gustos:

“El gusto, al funcionar como una especie de sentido de la orientación social (sense of one´s place) orienta a los ocupantes de una determinada plaza en el espacio social, (…) hacia las prácticas o los bienes que convienen -que les van- a los ocupantes de esa posición”. (Bourdieu, 1979/1998:477-478).

Y es que no necesariamente interesa, al ascender por la vía de ingresos a la clase media, adoptar sus valores y prácticas: algunos autores señalan “la ausencia creciente de fantasías de clase media en los sectores (…) populares, que tienen como ideal la ostentación y no la cultura de clase media” (Nugent, 2003:27; Toche, Rodríguez y Ceballos, 2003:129). Por su parte, los “nuevos pobres”, que provienen de clases medias en descenso, ven mermados sus ingresos significativamente, pero mantienen ciertos valores, actitudes y hábitos del estrato que los expulsó.

La clase media venezolana de otros tiempos

Un estudio ampliamente conocido en nuestro país, anterior al de Briceño-León (1992), fue realizado en el año 1965 con datos cuanti y cualitativos para un conjunto de dimensiones económicas, socio culturales y psicológicas; irradiando hacia las clases sociales desde las “necesidades y aspiraciones de los hombres singulares y genéricos de la especificidad venezolana” (Abouhamad, 1970/1980:1). De este estudio tomamos una de “las vidas” allí narradas: la de un “hombre de clase media” (las denominaciones entre comillas aparecen tal cual en el estudio), con miras a identificar sus peculiaridades y contrastarlas con la situación actual de la clase media.

El hombre clasificado como de clase media,

“tiene un nivel primario de instrucción, habita en un apartamento alquilado en una de las zonas residenciales de la ciudad. Sus ingresos son de 3.000 bolívares mensuales como director de televisión (...) con posibilidad de tomar decisiones, manejar personal, usar equipos técnicos, y crear (…) Goza de posibilidad de ascenso, de aumento de sueldo, de seguridad y de estabilidad” (pg. 255, 262).

Su apartamento tiene 155 metros cuadrados y allí viven cinco personas: él, su esposa y sus tres hijos. Tiene vehículo propio. Sus hijos asisten a una escuela privada. Reciben asistencia médica privada. Va frecuentemente al teatro, a los museos y al cine. En términos de aspiraciones, él quisiera una vivienda propia, hubiese querido ser médico, y espera que todos sus hijos se gradúen en la universidad. Los gastos básicos mensuales del hogar, expresados en porcentajes de su sueldo, único ingreso del hogar (equivalente a 700 USD para la fecha del citado estudio), son los siguientes:

Solo para iniciar el contraste con la situación actual de la clase media, sacamos a colación la situación de los profesores universitarios, ahora llamados “pobresores”: para marzo de 2015 un profesor titular (máximo escalafón, con título de doctorado) gana un equivalente a 89 dólares mensuales, calculando el dólar a tasa oficial (SIMADI, marzo 2015). Su sueldo (15.297 Bs según www.nomina.usb ) no alcanza a cubrir la canasta básica calculada para la fecha (30.176 Bs. para enero 2015, según CENDA). A manera de ejemplo, alquilar un apartamento de 80m2. en una zona de clase media de la ciudad, cuesta para la misma fecha, el triple de ese sueldo ( www.Century21.com ) y no el 19% del sueldo del señor de clase media en nuestros años ´60. La oferta de vehículos nuevos actualmente es casi nula, y comprar uno de segunda mano equivale a 100 salarios de ese profesor ( www.Tucarro.com ).

Hasta donde hemos podido explorar, no encontramos estudios realizados recientemente sobre la clase media venezolana, particularmente de tipo cualitativo. Sí encontramos algunos trabajos de corte cualitativo para los casos de Perú (Toche, 2009) y de Argentina (Kessler 2009; Lvovich, 2009), cuyos resultados muestran resonancias con los nuestros, aunque, como ya lo señalamos, estamos ubicados en distintos marcos político-económicos. A lo largo de la presentación de nuestros resultados, dialogamos con las reflexiones que de ellos hemos seleccionado.

Planteamiento y perspectiva de nuestra investigación

Desde una preocupación vivencial y psicosocial por la clase media en Venezuela, y volviendo a nuestras experiencias y cifras elocuentes, surgen preguntas como las siguientes ¿Cómo está viviendo actualmente la gente de clase media, particularmente la gente que se ubica en la clase media “tradicional” o de “vieja data”, es decir, aquella que habita la clase media desde antes de la revolución bolivariana? ¿Qué sienten que ha cambiado? ¿A qué factores asocian esos cambios? ¿Cómo están lidiando con esas “nuevas” formas de vida? Buscamos gente de carne y hueso para que las respondieran desde sus sentires y decires; desde sus acciones cotidianas.

Inmediatamente se preguntará el lector ¿Cómo define este estudio la clase media venezolana? Como hemos indicado, pedimos a los mismos participantes que lo hicieran, ya que resulta importante destacar, desde su propia perspectiva, aquello que los hace identificarse como “clase media”. Nuestra aproximación al tema es hermenéutica, visto que nos centramos en interpretar los sentidos que tejen, en nuestro caso, la vida cotidiana de personas de clase media en un contexto histórico particular: aquel que ha sido configurado por la Revolución Bolivariana a partir de 1998, particularmente durante los últimos 3 años, y que no vamos a detallar acá. El lector interesado puede consultar la extensa bibliografía disponible sobre el particular.

La perspectiva hermenéutica se adopta cuando estamos interesados en explorar lo que las acciones humanas significan para sus protagonistas y también para sus observadores; para ello entendemos la acción humana como un texto a ser comprendido e interpretado, es decir, como un texto cuyos sentidos se “apuestan”, tratando de responder a la pregunta “¿Qué quieren decir?” mientras se dialoga con ellos, en un proceso que es a la vez intuitivo y argumentativo, al poner en juego la sensibilidad y el pensamiento (Gadamer, 1977; Ricoeur, 1992).

El sentido o los sentidos se sitúan en los cruces entre la experiencia personal y los horizontes históricos y culturales: entonces lo que nos dice la gente que participa en este estudio, es la interpretación que ellos hacen de su vida como clase media en este contexto venezolano bolivariano, y esa interpretación a su vez, entra en relación con la interpretación que yo apuesto como investigadora venezolana de clase media.

A partir del supuesto de que la vida cotidiana es la vida del ser humano entero, en su particularidad y su historicidad (Heller, 1970/1991), hemos conversado con un conjunto de personas, acerca de su vida actual: vida ‘parapeteada’ que parece sostenerse en una cuerda floja, intentando con esfuerzo y fragilidad mantener las “formas” de la clase media: la vivienda, el carro, la vestimenta, el lenguaje, el binomio trabajo-ingreso, la educación de los hijos, el seguro médico.

Sobre el método

Hemos querido entonces aproximarnos a la vida cotidiana o la suprema realidad (Berger y Luckman, 1967) de gente que actualmente se ubica a sí misma en la clase media venezolana. Y como ya señalamos, exploramos/interpretamos con ellos:

¿Qué los hace sentirse/ubicarse en la clase media?

Qué cambios han experimentado sus vidas en estos últimos años, dejando que sean ellos mismos quienes marquen los momentos y circunstancias de esos giros

¿Cuáles son los sentires y quehaceres que han acompañado a tales cambios?

Para tal fin organizamos tres grupos focales:

Uno de seis personas (identificadas como A,B,C,D,E,F) todas con educación universitaria, y con edades entre 55 y 58 años, con miras a acercarnos a sus vivencias actuales y su comparación con memorias de tiempos pasados, probablemente comunes dada su cercanía generacional. La reunión, de unas 4 horas, ocurrió en abril de 2013.

Uno de cinco profesores universitarios (identificados como G,H,I,J,K), con edades comprendidas entre los 35 y los 60 años. Los profesores han sido particularmente afectados por las reducciones de los presupuestos para las universidades públicas. Esta reunión de unas 3 horas, tuvo lugar en septiembre de 2014.

Y uno de cuatro jóvenes (identificados como L,M,N,O) entre 27 y 31 años de edad, con nivel universitario y desempeñándose como pequeños empresarios. Los jóvenes están emigrando en cantidades significativas, particularmente durante los dos últimos años. Conversamos durante unas dos horas un día de enero 2015.

Hemos señalado que los participantes se ubican a sí mismos en la clase media “desde antes de Chávez” es decir, pertenecen a la llamada clase media “tradicional”. Las vivencias de la “nueva clase media” no se trabajan acá. Tampoco se profundizan las categorías socio-políticas “oficialismo-oposición”, aunque todos los participantes se definen como “no chavistas” “no oficialistas” u “opositores”.

Como señalan los protocolos para grupos focales, las sesiones fueron grabadas con el consentimiento de los participantes, luego transcritas en su totalidad, para ser interpretadas partiendo de la delimitación de temáticas, densificaciones o áreas de significado que fuesen emergiendo de la lectura repetida de las transcripciones, las cuales fueron luego validadas con por lo menos un participante de cada grupo, en términos de si tales interpretaciones “hacían sentido” para ellos.

Los resultados

A grandes rasgos, las temáticas que surgieron en las conversaciones con los participantes, han sido reunidas en los siguientes núcleos de significado, estrechamente vinculados entre sí:

Somos clase media porque tenemos ciertos valores

Los participantes se auto-ubican inequívocamente en la clase media, principalmente a partir de lo que ellos mismos denominaron los valores, entre los cuales destacan:

El trabajo sostenido de abuelos y/o padres, junto al esfuerzo propio por estudiar y trabajar. Estudiar hasta alcanzar niveles de educación superior; trabajar a diario en tareas profesionales o profesionalizadas por ellos mismos. Ese esfuerzo llevó a niveles de ingreso que permitieron ciertas posesiones materiales y junto a ellas, ciertas formas de vida teñidas por sensaciones de comodidad más que de lujo; todas actualmente percibidas en riesgo. Se adquirió vivienda propia en urbanizaciones o zonas formales de la ciudad, y también vehículo; y al mismo tiempo un conjunto de gustos, hábitos, maneras de hablar, vestirse, comer y divertirse, que se suponen cónsonas con dichos valores.

“Gracias al trabajo de mis abuelos y de mis padres, yo nací y crecí en una urbanización que se estaba formando en los años 60 en Caracas. Todavía vivo allí. La gente que me rodea en mi edificio y en mi zona es gente que con trabajo y sacrificio compró su vivienda (…) y que siguió haciendo cosas para mantenerse en ese nivel. No tengo bienes de fortuna (…) lo que tengo lo he conseguido con estudio y con trabajo (…) aprendí a vestirme y comer bien sin gastar demasiado” (I).

“Yo también tengo esa sensación como de haber llegado a la clase media a lo largo de la trayectoria familiar. Mis padres se casaron y alquilaron una casita, y fueron subiendo hasta llegar a donde estamos ahora (…) pero yo, en las actuales circunstancias, con estudios universitarios y una profesión, apenas pude comprar un carro. Vivo todavía con mis padres porque no puedo comprarme un apartamento decente” (H).

“Yo era de clase media por criterios tanto económicos como sociales y culturales. Ahora lo soy únicamente por lo socio cultural. En lo económico ya soy pobre porque mis ingresos ya no me alcanzan sino escasamente para comer. El pago del colegio de mis hijos lo hago con mis bonos vacacionales. O sea que ya no puedo disfrutar de vacaciones (…) Pero nos seguimos ubicando en la clase media por nuestra formación, por la manera como hablamos, por la forma como gastas tu dinero e incluso por quejarnos de que ya no podemos ir al teatro” (G).

“Ser de clase media es una forma de vida aunque no tengas formación universitaria. Lo has aprendido en tu casa, lo has visto (…) los hábitos, la visión a futuro, las comodidades, el acceso a ciertos bienes y servicios que puedes pagar, o que podías pagar (…) Tu viandita del almuerzo puede ser pequeña. Pero se come proteína, porque es más nutritivo” (J).

Otro conjunto de valores alude al conjunto orden-disciplina-controles-postergaciones: ser clase media supone también haber sido socializado con límites en cuanto a rutinas y gastos; con miras a aprender a postergar gratificaciones inmediatas a favor de un futuro mejor, es decir, acompañado de sentimientos de optimismo. Se valora el ahorro, la planificación. Estos valores se vinculan a una cierta lógica moderna que supone la confianza en la razón, y el control sobre la propia vida.

“Además de la comodidad, está el valor de la superación, las normas o una vida con disciplina, orden, horarios, límites, ahorro (…) la calidad por encima de la cantidad, la prioridad en los gastos: primero la comida, el techo propio, la educación de los hijos” (K).

“Siempre se busca planificar, organizar, ahorrar, quizás porque también hay -o había- optimismo, esperanza” (I).

“La idea de futuro es o era muy importante… progresar… educarse para tener un buen trabajo y buenos ingresos… para tener un techo propio, una familia con ciertas seguridades” (B).

Espontánea y prontamente surge el tema de los recién llegados a la clase media, haciendo hincapié en que se llega por la vía de los ingresos más no de los valores y las costumbres.

“La clase media antes era más orgánica, estaban incluidos los valores, el nivel educativo, hábitos, ingresos, trabajos. Ahora creen que son clase media solo por los ingresos” (D).

“La clase media tradicional está bajando. La clase media nueva, está subiendo, pero todavía no tiene las costumbres de la clase media como tal” (A).

La clase media parece ser entonces un lugar al que se accede a punta de acciones honestas o deshonestas. Honestamente se alcanzaría con esfuerzos de varias generaciones, y también con esfuerzo se mantendría uno dentro de sus límites. Deshonestamente se llegaría a él “rápidamente, solo a punta de dinero” (D). Quienes llegan a punta de trabajo lo harían lentamente, ritmo que daría la oportunidad de ir adquiriendo hábitos y gustos característicos de la clase media, que son a su vez los que históricamente han sido señalados para la pequeña burguesía.

Estas nociones-imágenes de lugar y de distinción que se manejan en el discurso de los participantes, dan cuenta de la apropiación por el lenguaje cotidiano, de los conceptos especializados de “estrato social” y de “clase social”. La presencia del concepto de estrato/estatus se nota en la imagen apalabrada de la clase media como lugar que se alcanza, se mantiene y/o se pierde; como territorio que se intenta defender de los recién llegados no legitimados; como espacio que es ubicado por arriba del estrato “bajo” y por debajo del “alto” en una representación evidentemente jerárquica. Esta localización se vivía como natural, normal o dada por sentado hasta que ha entrado en crisis o en jaque (Berger y Luckman, 1967; Schutz, 1964).

Por su parte, la “clase” convoca una identidad y una valoración positiva del grupo al cual se siente pertenecer (Soy clase media); pertenencia legitimada solo para quienes llegaron y se mantienen “honestamente” en ella. A los que “tienen clase”, es decir formas y hábitos, estética y ética de pequeños burgueses, se les considera de buen gusto y correctas maneras en el vestir, hablar, comer.

Sumado a lo que hemos mencionado hasta acá en relación a los valores considerados característicos de la clase media, marcados por lo que es deseable, bueno y correcto socialmente, destacamos otra dimensión ética mencionada por no pocos participantes: la que supone no mantener vínculo alguno con el gobierno de turno, que implique enriquecimientos considerados corruptos; comportamiento que uno de los líderes de oposición, Enrique Capriles, llamó hace un par de años “enchufarse”:

“Si viene alguien y me dice que aquí todo está bien, que se va de viaje la semana que viene, yo lo pongo bajo sospecha: este anda en un negocio sucio, está enchufado con el gobierno (…”) (G).

El sufrimiento como conjunción de sentires sombríos

Este núcleo de sentidos refiere a un conjunto con-fuso, simultáneo, de sensaciones-emociones-sentimientos teñidos y tejidos de sufrimiento, de mal-estar. Vivir(se) como clase media estos días, se encarna (Merleau Ponty, 1952), entre nuestros participantes, en un cuerpo que siente incertidumbre, agotamiento, miedo, ira, tristeza, soledad, indefensión.

Produce agotamiento la lucha diaria por abastecerse de alimentos y medicinas, de repuestos para los artefactos de la casa y para el carro; de libros, ropa y zapatos y de cualquier otra cosa que se da por sentada cuando la vida transcurre “normalmente”. Ese agotamiento se acompaña de ira porque las limitaciones diarias se atribuyen a la muy generalizada corrupción de gente conectada al gobierno, cuyo ícono es la importación de cualquier cosa necesaria o innecesaria, a punta de grandes comisiones y enormes márgenes de ganancia: Venezuela ha sido ubicada en el primer lugar en cuanto a percepción de corrupción en el sector público para América Latina en el año 2015 y según la ONG “Transparencia Internacional”.

La inseguridad también generalizada ha llevado a una especie de toque de queda autoproclamado por la gente, que sale apresurada, con miedo, a encerrarse en su casa cuando comienza a oscurecer. Ese encierro, sumado a la ausencia de familiares y amigos que se han ido del país, sumerge en soledades y tristezas.

La indefensión por su parte, viene de la mano de movedizas legalidades que cambian casi a diario según las conveniencias del gobierno, y de la inexistencia de instancias confiables para la protección y defensa institucional de los ciudadanos.

“Yo tengo una mezcla de rabia y preocupación, más por mis hijos que por mí (…) Ayer mi hija me pidió unos libros y se los tuve que comprar, gastando todo ese miserable cupo que tenemos para compras por Internet (…) Y siento mucha soledad: mis hermanos y mis sobrinos se fueron (…) también muchos de mis amigos. No tienes con quién conversar (…) Y todo es tan incierto. Y el miedo por razones de seguridad (…) y eso también suma a la soledad: la gente ya no sale, no se reúne. Estamos todos encerrados y solos (G).

(…) Uno como clase media, cree en la ley, pero aquí ¿a dónde vas a hacer una denuncia, cuál ley te protege? ¡Hay inseguridad legal! Uno se siente indefenso (…)” (G).

“Yo también siento rabia y frustración (…) y una sensación casi permanente de agobio, de cansancio. Como que estás remontando una ola, para aguantar hasta el día siguiente… cada día. La quincena no me alcanza… y las tarjetas hasta el cuello (…) Un sentimiento que tiene que ver con el agobio es la incertidumbre” (J).

“Yo ando con la cabeza agobiada. Todo el tiempo problemas con el dinero. Estoy agobiada, estoy sufriendo. Y la angustia no te deja avanzar con el trabajo (…) Y pienso en los chamos, en los que se fueron y en los que se quedaron (…) Mis dos hijos y mis sobrinos están todos fuera (…) No tienes libertad: cuando quiero transmitir algo por twitter, me refreno (…) Yo siento miedo, mucho miedo” (K).

“Ya se ha ido tanta gente cercana que sientes soledad, vacío (…) Y tantos padres huérfanos de hijos, porque se han ido del país, o porque se los han matado los delincuentes (…) me da rabia tener que contenerme por temor.

Este año (2014), con lo que le sucedió a los estudiantes y a la gente que salió a apoyarlos, que están presos, torturados o muertos, yo me convencí de los riesgos que corro al decir y hacer lo que pienso” (I).

“Y sobre el tema del agotamiento, no sé cuántos fines de semana llevo sin descansar: por eso de andar rebuscándose, trabajo en muchas cosas a la vez” (H).

El sufrimiento se siente individual y colectivo a la vez: “yo lo siento y lo sienten todos…” (C). Y las atribuciones son también colectivas/políticas: “el gobierno lleva una clara política de exterminio de la clase media, por la vía de la inseguridad y la inflación” (D).

Este complejo afectivo que hemos llamado sufrimiento, se configura socio-políticamente, acontece en función de unas ciertas prácticas ejercidas desde el poder (Foucault, 1991): en nuestro caso, el sufrimiento de la gente está imbricado con discursos gubernamentales que actúan desmovilizándola: un cuerpo cansado y replegado, un alma aterrada, una psique entristecida y desesperanzada, difícilmente se embarcan en movimientos de protesta, de construcción de alternativas de gobierno y de vida.

Dice Sawaia que “por ser sociales, las emociones son fenómenos históricos, cuyo contenido y cualidad están siempre constituyéndose. Cada momento histórico prioriza una o más emociones como estrategia de control y coerción social” (2001:102). Entonces, las estrategias para la eliminación política de la clase media, están actuando para empobrecerla y asustarla: El miedo aísla. La lucha permanente por el sustento diario, agota. La modificación incesante e imprevista de marcos normativos (anomia), o leyes fabricadas a la medida de la conveniencia del gobierno, crea incertidumbres y desesperanzas: “No sabes a qué atenerte. Cada día hay una ley distinta, según lo que le convenga al gobierno en ese momento” (A).

El gobierno administraría el miedo como arma política; miedo que no se vincula únicamente con el riesgo de perder la vida y los bienes, sino con el de morir socialmente, con ser eliminado como ciudadano cuando se adversa al gobierno. Y también se administra la sensación de desorden, de anomia, al tomar decisiones ambiguas y cambiantes en materia económica y de seguridad, con las consecuentes crisis de legitimidad, credibilidad, confianza y convivencia (Urreiztieta, 2015). Estas crisis, con la violencia sistemática que suponen, han fracturado el tejido social (Lozada, 2015) configurándonos como una (anti) sociedad de masas, donde se han ido disolviendo las clases sociales, “entendiéndolas con Hanna Arendt, como unidades que dan consistencia interna a todo orden social (…) aunque sea por la vía de relaciones antagónicas (…) Bajo un Estado populista (…) el derrumbe de la sociedad de clases no lleva a la igualdad sino a la desintegración social” (Mires, 2015:4).

Ya hemos aludido a la destrucción de la clase media por parte de la retórica y otras prácticas gubernamentales que vuelven anónimo ese grupo social al eliminarle nombres y rostros a su gente; esta estrategia fue resumida en la siguiente frase: “Ya no nos vemos las caras sino las bolsas(F), elocuente alusión a las indignas compras de comida y medicamentos básicos, realizadas en medio de largas colas, enorme escasez y altos precios. Tal des-personalización de la clase media pasa también por desconocer, invisibilizar su sufrimiento, y entonces nos preguntarnos si estamos ante una tortura “por defecto” o por lo que “no hay”: instituciones, justicia, comida, medicamentos, libertades.

El derrumbe de los lazos, la fractura de los tejidos que se llaman sociedad, han sido conceptualizados también como movimientos del poder hacia las fronteras, hacia los bordes de la convivencia con las consiguientes sensaciones de angustia, destrucción, horror y sombra. A esas fuerzas-movimientos vienen a oponerse las del contra-poder, hechas de vínculos, de creación; de esperanza (Fernández-Ch. 1999) Pero ¿Cuánta fuerza despliega el contra-poder aquí y ahora?

Sin intentar establecer límites entre un afecto y otro, visto que la afectividad tiene la forma de un magma, de “una bola de vida sin diferencias ni fisuras” (Fernández-Ch., 1999:41), vale la pena matizar el descontento que manifiestan nuestros entrevistados ¿Se asemeja a un enfado o más bien a la rabia? Byung-Chul Han llama rabia, a la emoción que “cuestiona el presente (que) requiere (…) énfasis y (…) energía (…) capaz de interrumpir un estado y posibilitar que comience uno nuevo (…) representa un estado de excepción”. La rabia se diferencia del mero enfado que no rompe ni reinicia aquellas circunstancias que lo motivan (2012:56 y 57).

También vale la pena matizar otra de las sensaciones subrayadas por la gente: el cansancio. Hay un cansancio negativo que separa y enmudece, pero hay uno positivo que puede pensar y sentir detenidamente, y “decir No” (Chul Han, 2012:73) ¿Nuestra clase media está cansada en soledad y silencio?

Una estética des-agradable

Junto a ese sentirse empobrecido y asustado, se mantienen distinciones y distancias de clase, ya que los comportamientos buenos y también los bonitos parecen ser exclusivos de esta clase media que se siente descender, desaparecer.

Si entendemos la estética desde su etimología, como lo percibido y por tanto evaluado por los sentidos, la estética clase media o pequeño burguesa, ha sido largo tiempo normada desde la urbanidad, que impone y supone discreción en colores, voces, comidas, música, y perfumes. La discreción en las formas o estas formas controladas, ordenadas, ha ido de la mano con otro control: el ético (Carreño, 1853/2002). Se cuestionan por lo tanto, modos que se consideran escandalosos: ropas demasiado ajustadas, voces que gritan, grandes cantidades de comida y bebida, enormes carros nuevos, música a alto volumen, y abuso de mascotas.

“Hay en todas partes mucha gente fea, mal vestida aunque lleven todo de marca y carísimo, que no sabe hablar ni comer. Hablan gritado y piden demasiada comida y bebida, como para echar en cara que pueden pagarlo. Los ves en la calle en sus carrotes nuevos que nosotros no podemos comprar (…) en los restaurantes a los que no podemos ir” (C).

Este subrayar la discreción ha ocultado discursivamente al esnobismo (durante las discusiones grupales), comportamiento que también caracteriza a la clase media en su fuerte tendencia al consumo, ahora limitada por la crisis económica, pero que la asalta en cualquier momento: en la navidad por ejemplo.

La crisis: ya no, todavía, ahora sí que…

La idea de crisis apunta a una situación en la que ya no funcionan los sentidos ni las prácticas de otrora, y aún no (o todavía no) se dispone nuevos sentidos y prácticas que permitan acoplarse a las circunstancias en proceso de cambio. Ya hemos hecho mención de la crisis múltiple señalada por algunos analistas: de legitimidad, credibilidad, confianza y convivencia; teñida por el sufrimiento y en menor medida por la esperanza, junto a los intentos por cambiar ciertas estrategias de vida, como veremos más adelante.

Etimológicamente la palabra crisis, en griego, alude a decidir, separar, juzgar. La crisis convoca al análisis, a la reflexión, a tomar decisiones, puesto que los dados por sentado o las normalidades, se quiebran. La crisis ha llevado entonces a cambiar hábitos de consumo, de salud, de entretenimiento, de trabajo; a cambiar formas de vida. Pasa quizás por una redefinición de lo que es una necesidad y lo que es un capricho o un lujo, con el sentido de dignidad por delante: “el sentido de dignidad personal es una de las dimensiones que configura la experiencia del descenso social de la clase media” (Lvovich, 2009:77-79).

“Antes no me preocupaba por lo que iba a comprar: compraba lo que yo quería comer… pero ahora me está pasando que tengo que escoger: ya el otro día compré queso y no pude comprar jamón … ya no encuentro qué más sacar del carrito del supermercado (…)” (J).

“Yo ya no puedo comprar libros… imagínate, una profesora que no pueda comprar libros (…) Yo no puedo hacer una torta porque no hay harina de trigo (…) Tampoco pude llevar a mi hija al médico que nos gustaba (…)” (G).

“Yo ya no estoy comprando ropa ni zapatos. Tampoco puedo comer en un restaurante” (I).

“Hasta hace poco, vivía alquilado en un anexo. Ya no puedo pagarlo y vivo en una habitación. Y como también perdí mi carro, me muevo ahora en transporte público” (M).

“Ahora estamos haciendo anexos en las casas para los hijos porque ellos no pueden pagarse una vivienda digna aunque hayan estudiado en la universidad y estén trabajando como profesionales. No estoy hablando de lujos sino de dignidad” (D).

Para la interpretación de la experiencia de crisis, dialogamos con Kessler (1998:27-28) quien nos dice:

“Los nuevos pobres no dudan que todo ha cambiado, pero ignoran dónde están y cuál es la naturaleza de ese nuevo mundo al que han llegado sin saber muy bien cómo ni por qué (…) El empobrecimiento afecta intensamente la vida cotidiana, trastornando el universo de sentido de los individuos. Todas y cada una de las prácticas habituales, directa o indirectamente relacionadas con lo económico, son evaluadas, modificadas y a veces suprimidas. Tal alteración de prácticas rutinarias arrastra consigo tramos de sentido sedimentados, es decir creencias, ideas, expectativas, que no resisten la dislocación de la cotidianidad (…) sin que la cultura les ofrezca un nuevo marco de legibilidad”.

Estrategias para lidiar con la crisis: Los quehaceres y desplazamientos del ahora

Las acciones que ese cuerpo afectado tiene que desplegar para lidiar con este nuevo presente, son llamadas “de supervivencia” en todos los grupos focales, y se realizan con desagrado; a ratos con ira; y podrían condensarse en la imagen del “parapeteo”: Las tres acepciones de parapetear que señala la Real Academia Española, se refieren a usos coloquiales en Venezuela: 1. Asistir a un enfermo sin llegar a curarlo completamente. 2. Arreglar algo a medias. 3. Ingeniárselas para cubrir con pocos recursos las necesidades, en especial las económicas. Destacamos acá:

Pocos participantes (C,B,A) añaden a las prácticas de supervivencia, las prácticas de resistencia: Sumada a los intentos por sobrevivir, usualmente cortoplacistas, la resistencia está cargada políticamente, ya que supone el rechazo activo al régimen político y económico imperante:

“Hay una política gubernamental contra la clase media, contra los logros de la democracia aunque sean pocos y puedan discutirse… Por primera vez quizás, como clase media hemos salido a la calle a protestar, votamos más masivamente que antes, y han surgido partidos políticos nuevos, que aunque también pueden criticarse, apuntan, al menos en el discurso, a valores de clase media, incluyendo por supuesto a los sectores populares… pero no para alimentar sus resentimientos, que son comprensibles, sino para abrir caminos para que realmente vivan mejor a más largo plazo. Para que todos (énfasis) vivamos mejor… Tenemos que resistir, que luchar contra estas formas totalitarias” (B).

La clase media: ni tan buena.

Vamos a referirnos a tres tópicos que tuvieron una escasa o nula presencia en las discusiones de los grupos focales que protagonizan este estudio y que ponen en jaque la insistencia de los participantes en valoraciones positivas. Ellos son la corresponsabilidad de la clase media en el actual contexto sociopolítico del país; las transgresiones mayores y menores en las que ella incurre; y los comportamientos esnobistas de enchufados y no enchufados, característicos de la clase media en un país petrolero como el nuestro, y particularmente chocantes en estos días de grandes dificultades económicas.

Si bien los tópicos de discusión planteados a los grupos focales, no incluyeron explícitamente el asunto de las responsabilidades políticas de la clase media en el pasado y el presente del país, llama la atención que ese asunto no haya sido señalado por ninguno de los participantes, ni siquiera por los de mayor edad: Es bien conocida la corresponsabilidad de la clase media en las actuales condiciones socio-políticas, dada su ausencia en los escenarios públicos de los últimos años de la IV República (aquella que precede a la V, fundada por Chávez en el año 1998), junto al significativo apoyo electoral que prestó a Chávez, por lo menos en su primera elección.

Por su parte, las transgresiones de la clase media ocupan un amplio espectro entre los delitos propiamente dichos y las faltas: entre los primeros destacan su frecuente y demostrado enriquecimiento por vías i-legales y/o in-morales, tanto en la IV como en la V Repúblicas, por la vía de comisiones, sobreprecios y otras “prácticas de negocio”. Las segundas, también frecuentes, ya sea por comisión o por omisión, alimentan la crisis de convivencia, una de las caras de la disolución de institucionalidades en este país, y una de cuyas consecuencias es el frecuente irrespeto (sin castigos) de las normas de tránsito, y las de vecindad, por nombrar algunas.

Finalmente hay que mencionar los consumos banales, tenidos por deseables por nuestra clase media: en este contexto de pobrezas experimentadas hoy y anunciadas para mañana por la inflación, siguen haciéndose fiestas suntuosas, continúan las visitas a los restaurantes costosos e incluso se hace la compra por internet en algún hipermercado de los Estados Unidos (por ejemplo a través de la página Umercado.com).

Reflexiones de cierre

Entendemos entonces la clase media como espacio de “construcción constante de prácticas, identidades y fronteras tanto al interior de ella como en sus relaciones con otras clases” (Visacovsky, 2010:3). Desde el relato de nuestros participantes, esta clase se encuentra sumida en una experiencia de caída, de descenso tanto personal como del grupo al que se siente pertenecer: es un yo y un nosotros el que se empobrece, diferenciándose económica, moral y estéticamente del “otro”, del “ellos” (Schutz, 1964): del pobre de larga data, y, con mayor énfasis, del recién llegado al lugar de donde se es expulsado cada vez con mayor celeridad. “Situación (que) exige una modificación radical de toda estrategia social, permutando la búsqueda de la movilidad ascendente por la amortiguación de los efectos de la caída” (Kessler, 2009:29).

Se trata de una nueva pobreza, de una forma de vida que no era habitual; es decir una crisis, que se experimenta con una mezcla de dignidad (¿arrogancia?) y sufrimiento. Sin embargo

“A diferencia de los generalmente denominados pobres estructurales (…) los nuevos pobres tienen, en general, sus necesidades básicas satisfechas (…) se trata de una pobreza dispersa, de puertas adentro, dado que pese al cambio de su situación, continúan en general viviendo en los mismos barrios en los que habitaban con anterioridad. Conforman un grupo heterogéneo pues su situación depende de una multiplicidad de factores (o) del lugar de donde comienza el descenso: nivel educativo, ahorros, vivienda propia, conocimientos, (…) capital social y cultural (Lvovich, 2009:52-53).

Nuestro cierre contiene más preguntas que afirmaciones: Tenemos dudas sobre la calidad y los alcances del disgusto y de las estrategias disparados por dicha crisis, en el sentido de preguntarnos si resultan más bien individuales/adaptativos para el día a día, que propiamente de resistencia y ruptura de lo político/colectivo. Nuestras interrogantes dialogan con las planteadas por los investigadores argentinos también para la clase media:

“Nos preguntamos por qué ninguno se inclina por un mundo que suponga transformaciones del existente.(…) tratan más bien de estabilizarlo (…) quizás porque no existe en el horizonte social otro alternativo (…) sería tal vez demasiado exigente pretender que individuos aislados construyan su propia utopía” (Kessler, 2009:50).

¿La clase media en Venezuela está, en medio de tal desconcierto, esperando que cambien las condiciones político-económicas que la habrían llevado al descenso, más que urdiendo un mundo diferente? Las atribuciones de responsabilidad por tal descenso son importantes: si el responsable es fundamentalmente el gobierno, como enfatizan nuestros participantes, entonces al cambiar el gobierno, cambiarían también las condiciones y formas de vida ¿No es ésta una visión cómoda, confortable?

Por otra parte: ¿Cómo puede resistir activamente, políticamente, un cuerpo cansado, aislado, entristecido? ¿Cómo puede una subjetividad ocupada en sobrevivir; apalabrar y llevar su sufrimiento al ámbito de lo público? ¿Cómo pasar de la queja y la adaptación, a la exigencia y construcción de una vida social distinta? Sobre este particular, Martínez (2014) se ha referido al deliberado desmantelamiento institucional, normativo, en la Venezuela actual, una de cuyas implicaciones toma forma en el “discurso del menos mal que” (una muestra del) “vacío de prácticas políticas en (…) el hacerse de un bien puntual que resuelve momentáneamente la situación (…) mitigando la urgencia y (…) reconfortando la estructura que debería cuestionar (…) Se privatiza el problema: cada cual resuelve su crisis” (pg.118). Su estudio enfatiza los frecuentes cortes de electricidad, ante los cuales la gente, en lugar de exigir colectivamente al Estado el servicio eléctrico, compra velas y plantas eléctricas, según sus posibilidades, y casi se contenta con el “menos mal que” las tengo.

Concentrarse en sobrevivir, no da tiempo para otras prácticas sociales. Dice Ranciere que “La política sobreviene cuando aquellos que no tienen tiempo se toman ese tiempo necesario para erigirse en hablantes de un espacio común y para demostrar que su boca emite un lenguaje que habla de cosas comunes y no solamente un grito que denota sufrimiento” (2005:14-15).

En el caso de nuestra clase media, observamos prácticas insuficientes desde el punto de vista político: aunque la gente haya vuelto público y notorio su sufrimiento cotidiano, esa transformación de lo individual en colectivo va de la mano de prácticas desmovilizadoras como el atrincheramiento en la nostalgia, en un pasado del que solo se percibe lo bueno, insistiendo en las pérdidas y renuncias; olvidando sus contribuciones al desgraciado estado actual del país y su gente, comenzando por su participación -o su silencio- en las inacabadas y excluyentes maniobras de nuestra modernización.

La ya señalada exclusión de algunos de los sectores medios por parte de Estados con políticas tanto neoliberales como comunistas, exige de dichos sectores nuevas prácticas sociales vinculadas a la identidad, la educación, el trabajo; nuevas rutas, movimientos o redes (Latour, 2005); otras representaciones e imaginarios ¿Habrá que explorarlos entonces en las clases medias emergentes? ¿Estas últimas despliegan solo artimañas es decir únicamente prácticas condenables moralmente?

En América Latina, el surgimiento de la clase media se asocia a los movimientos modernizadores característicos de los años 30 y 40 del siglo XX, vinculados a procesos de urbanización y democratización, donde surge la figura prototípica del empleado (de cuello blanco), la cual se suma, actualizándolas, a las ya conocidas del pequeño propietario y el profesional independiente (López, 2011). De allí que hablar de clase media es hablar de modernidad, por sus apuestas al orden y el progreso, al individuo en libertad económica, al valor del trabajo, el ahorro y el confort; a la integración social, la ciudadanía, la disminución de las brechas entre ricos y pobres. A la vida estable y previsible. La defensa de la política, el espacio público y la democracia. Sin embargo, en la práctica, se deslizó hacia el individualismo, la exclusión del diferente, la privatización de la vida, el consumismo, el esnobismo. Entonces ¿Las amenazas provienen solo de la revolución bolivariana, o también del fin de una cierta manera de entender y vivir la modernidad? Y por ende ¿Más que atrincherarse, corresponde re-ensamblarse, como diría Latour?

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Notas

1 Frase enunciada por J, una de nuestras participantes.
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