PAULO FREIRE MÁS QUE NUNCA. Una biografía filosófica
PAULO FREIRE MÁS QUE NUNCA. Una biografía filosófica
Espacio Abierto, vol. 29, núm. 2, pp. 247-253, 2020
Universidad del Zulia

Kohan, Walter (2020) PAULO FREIRE MÁS QUE NUNCA. Una biografía ftlosó- ftca.CLACSO. Buenos Aires, Argentina. Pp.
Kairós −en griego antiguo καιρός− es una antigua y vaga noción de la filosofía que sugiere la existencia de un lapso indeterminado del tiempo en cuyo interior sucede algo trascendente. Su significado remite al de ser un momento adecuado u oportuno, sin relación alguna con la utilidad o el provecho. Para la filosofía griega representa una temporalidad hacia la que confluyen la intensidad del aión y la regularidad del chronos, una suerte de resquebrajamiento de la medida usual o habitual del tiempo a la que desborda y le ofrece pliegues de diferencia. Si chronos es el principio fundamental por el que navega la ciencia –o cierta forma de entender la ciencia, aquella que pretende un conocimiento universal, matematizado, numérico−, kairós plantea un desorden o una desmesura, pues se concentra mucho más en la excepcionalidad que en la regularidad y, en ese sentido, resulta impredecible e imprevisible. Deja solo algunas huellas y no demasiado nítidas, apenas marcas sueltas sin una magnitud precisa en las que se habrá de ahondar.
El rasgo más notable del kairós tal vez sea aquella sensación de no dejar pasar la oportunidad, de no perder la ocasión, como si algo urgente y decisorio recorriese la piel y las entrañas, como si una ráfaga o un hachazo impulsase a la acción, como si hubiera que tomar una decisión impostergable aunque sea imposible su medición en los términos de conocimiento o reconocimiento.
¿Cuál es, entonces, la ocasión, la oportunidad, con la que Walter Kohan escribe Paulo Freire más que nunca? Habría que pensarlo con atención, con mucho cuidado, entre la coyuntura y fuera de ella, más acá y más allá de la exigencia de realidad, con saltos en el tiempo; prestando atención a detalles que solo en apariencia resultan menores, creando vida donde pareciera haber textos muertos, recreando y resucitando, en cierto modo, atmósferas de un tiempo distinto al actual; deteniéndose en el sentido de determinadas palabras que se suponen configuran el vocabulario-Freire y que se han endiosado o demonizado. Y es fundamental intentar entender, no exentos de perplejidad, el nacimiento del discurso de odio visceral que se ha ceñido sobre Freire en el Brasil antes de la asunción y en estos primeros tiempos del gobierno de Jair Bolsonaro. Todos hemos visto con asombro y dolor aquellas pancartas con el slogan: Basta de Paulo Freire. También nos ha causado una inmensa pena la sola idea de quitarle su título de Patrono de la Educación brasileña. Sin duda alguna nos ha generado repulsión y congoja la incitación al odio personalizada en su figura, ni más ni menos que la figura de un educador, de un educador cuyos ecos políticos y educativos o cesan en el presente y que deberían estar a resguardo de cualquier estigmatización provocadora o de toda sospecha vilmente agrietada.
Escribe Kohan, a este respecto, en su libro: Después de casi veinte años, los “reaccionarios pragmáticos” salieron a la calle: “No más adoctrinamiento marxista. Basta de Paulo Freire”, rezaba una bandera, preparada por el profesor de Historia del Distrito Federal Eduardo Sallenave, de veintisiete años, en las manifestaciones del 15 de marzo de 2013 contra Dilma Rousseff en Brasilia. En el fondo, el enemigo político declarado, el marxismo, el comunismo; en la línea de tiro, el colocado como responsable local de haber llevado el marxismo al sistema educacional brasileño: Paulo Freire.
Las consecuencias de un odio semejante están aún por verse, pero es insoslayable la impregnación empresarial-mediático-política en la cotidianidad de los individuos y la sociedad. Cuan- do los cancerberos de los medios aludían hasta hace poco a la educación, estaba claro que la circunscribían a los espacios escolares, omitiéndose ellos mismos de su vil papel formativo. Era allí y solo allí donde lo educativo debía tomar lugar y, en cierto modo, las instituciones podían sostener algunos márgenes de autonomía para pensarse a sí mismas. Sin embargo, el discurso de odio actual ya ni siquiera permite semejante libertad y las escuelas también se han vuelto focos de intervencionismo laboral-lucrativo-tecnocrático.
Pues bien, esto es lo que tenemos a nuestro frente: Paulo Freire, de ser Patrono de la Educación Brasileña a sindicarse como enemigo de la “democracia”, bastión pedagógico del adoctrinamiento marxista- comunista. La triste mutación es visible, el encarnizamiento está al alcance de la mano, y la ocasión para pensar filosóficamente la trascendencia del problema también. Kohan lo escribe de la siguiente manera en este libro:
De esta manera, entre tantas apologías y detracciones, pretendo trazar una apreciación filosófica de la vida de Paulo Freire que sea sensible a sus enseñanzas, que resista la doble tentación de reverencia o de difamación y que mueva su figura hacia otras relaciones, más allá de la adoración y del odio.
Para comenzar con la presentación en sí me gustaría hacer un breve comentario en referencia al título del libro o, en verdad, a su múltiple título. En la edición en lengua portuguesa se pueden distinguir tres niveles visuales y textuales que visten la portada: sobre un fondo azul se aprecia el rostro maduro de Freire que mira hacia adelante, que levanta su vista; luego aparece el nombre Paulo Freire inscripto en relieve con letras rojas intensas; por debajo del nombre aparece la expresión: Mais do que nunca –más que nunca, en castellano− en una tipografía un poco menor de color verde aguado; y hacia un costado, casi en medio de los otros títulos, se lee: Una biografía filosófica en letras cursivas blancas.
Queda definida así la centralidad del nombre, la centralidad del sujeto nombrado, y también queda evidenciada la idea de perdurabilidad de sus ideas acentuada con ese Más que nunca o, para decirlo de otro modo: más que otras veces, más que todo tiempo medible, más allá de su tiempo, incluso fuera del tiempo, todavía más que jamás, para siempre. Y tanto el nombre como la filiación con el tiempo están determinados por la idea de una biografía que no será lineal, que no será histórica en el sentido clásico de la expresión, que no será fielmente cronológica, que no la hará un historiador, sino un filósofo. Y puede ser interesante decir algo a propósito de este adjetivo “filosófico” para el sustantivo “biografía”.
Una clave posible la encontraríamos en los escritos de Nietzsche que se dieron a conocer bajo el título De mi vida. Escritos autobiográficos de juventud (1856/1869), donde el filósofo expone su percepción sobre cómo contar una vida. Allí se lee que: No debemos dejarnos guiar por los acontecimientos ocasionales, los dones de la fortuna, los giros caprichosos del destino, pues sólo son el resultado de la coincidencia de circunstancias externas que, similares a las cimas de las montañas, son las primeras que saltan a la vista. En cambio, precisamente aquellas experiencias mínimas, aquellos acontecimientos interiores a los que no damos importancia, son los que con más claridad muestran la totalidad del carácter de un individuo. (p. 18) Nietzsche plantea una oposición entre los acontecimientos fortuitos –todo lo que salta a la vista− y las experiencias mínimas, aquellos pequeños detalles de una vida que parecen pasar desapercibidos y a los cuales por lo general no prestamos demasiada atención. Pero tal vez son precisamente ellos, esos pequeños instantes o momentos, los que podrían definir una biografía filosófica.
Vayamos, entonces, a lo que creo es el corazón de este libro. ¿Qué Paulo Freire –y qué de su vida− es el que está, el que existe, el que se sugiere en la escritura de Walter Kohan? ¿Es acaso aquel que se Concentra en los tópicos ya instalados y repetitivos de los cuales nada se sigue pensando? ¿O se trata de uno bien diferente? ¿Diferente de sí o de otras lecturas de sus obras?
¿Tan diferente como para volverse irreconocible para los habituales lectores y hacerles ver la notable extensión y ramificación de una obra que todavía plantea dimensiones novedosas o no tan reconocibles a primera y segunda vista?
Digamos, en primer lugar, que en este libro se plantea un gesto inaugural no tan solo de lectura y de escritura, sino también de conversación.
De hecho, un par de sus capítulos incorporan la potencia del intercambio como ejemplo viviente de un modo de hacer teoría y de comprender la práctica educativa –y política y filosófica−. En intercambios con Lutgardes Costa Freire, hijo menor de Paulo Freire, y con Esther Pillar Grossi, una amiga entrañable –y además recuperando una entrevista con Matthew Lipman−, Kohan se propone conversar a propósito del educador brasileño, sobre los acontecimientos de su vida, sobre cómo Freire ha sido siempre, o se ha hecho, o se ha convertido, o se ha transformado en Freire.
Este tono conversacional no solo es necesario, sino también crucial para acompañar más de cerca esa esquiva relación entre biografía y obra, entre lo que se escribe y lo que se hace (o cómo se lo hace); esa ilusión o tentación de encontrar algunos signos de una difícil confluencia entre zonas de discurso, modos del vivir y territorios de experiencias. Además, puede ser comprendido como un esfuerzo de aproximarse a la idea de “diálogo”, tan presente en la obra revisitada.
En segundo lugar este es un libro que incorpora una pregunta, que se vuelve él mismo pregunta, que pone de relieve la pregunta por Paulo Freire o, incluso, que hace de la lectura y de la escritura sobre Freire y su vida una pregunta. Y esa pregunta –generosa, larga, incontenible, a veces imprecisa por inabordable− está dada por el sentido de una educación filosófica, así definida por Kohan: […] una educación filosófica (Freire tal vez habría llamado a esa educación de “emancipadora”, “liberadora” o “transformadora”) toca y afecta políticamente la vida −aumenta la potencia de vivir de los que de ella participan a partir del ejercicio de poner en cuestión, con otros y otras, el sentido de la propia vida−. (p. 76 en este volumen)
Para hilvanar esa noción de educación filosófica en Paulo Freire se nos propone aquí realizar un pasaje a través de cinco principios –como comienzos, como inicios, no como axiomas− o cinco formas o cinco gestos a través de las cuales se despliega un modo de pensar y vivir filosóficamente los vínculos entre educación y política. Ellos son: vida, igualdad, amor, errancia e infancia. Resaltaré algunos párrafos del libro que, en relación con esos principios, han llamado mi atención.
Vida:
Él [Freire] nos ayuda a pensar las posibilidades de la filosofía, siendo que esta puede ser tanto una teoría o un sistema de pensamiento como una forma de afirmar la vida, en conexión muy próxima con la educación y la política. Por eso es muy difícil separar una de otra. Es en ese sentido específico que Paulo Freire es un filósofo: no tanto por las teorías o sistemas en los cuales busca sustentar su práctica, ni siquiera por la calidad filosófica de sus teorías o pensamiento, sino por la forma con la que hace de su vida un problema filosófico y de su filosofía una cuestión existencial en la búsqueda de un mundo sin opresores ni oprimidos. (p. 93 en este volumen) Igualdad:
¿Qué es lo que significa afirmar que todas las vidas son iguales o que ninguna vida es desigual como principio de una política afirmada en la educación? ¿O en qué sentido es necesaria (y posible) la igualdad como principio de una política para la educación, cuando nuestras sociedades −y sus instituciones educativas− explotan de desigualdad? ¿Se trataría de una afirmación romántica, idealista? ¿La igualdad puede, de hecho, ser pedagógicamente practicada, vivida, en una realidad cargada de las más diversas desigualdades como la nuestra? ¿En qué sentido?
¿De qué manera?
Amor:
Paulo Freire recrea ese enigma o misterio del eros pedagógico, de una pedagogía invisible, inesperada, imposible. Es esto lo que más enseña: un eros tan imposible como necesario para una vida amorosa que no puede ser vivida y, al mismo tiempo, es la única que vale la pena ser vivida. Es lo irrenunciable de sus pedagogías, desde Pedagogía del oprimido hasta Pedagogía de la autonomía. De todas ellas. Ya de las primeras, las más asertivas, afirmativas y categóricas. Incluso antes, en la Educación como práctica de la libertad, en que define la relación de opresión como una relación violenta, “a un tiempo, desamor y un impedimento para el amor” (Freire, 2015 [1967], p. 43).
Errancia:
Las marchas son expresiones de una errancia, especie de viaje que sale del espacio de confort sin un punto fijo de llegada, pero con la esperanza de que cambiar el mundo es posible. En ese sentido, las marchas son educadoras.
Errantes de todos los colores, géneros, etnias, condiciones sociales, con su errancia, invitan a salir del lugar, a abandonar la comodidad del estado de cosas, la acomodación y el confort. Las marchas educan en el doble sentido de mostrar lo que está oculto y de hacernos vivenciar el propio estar en marcha como una forma de habitar el mundo, de no apreciar lo que nos fija o nos ata a un estado de cosas vivible apenas para algunos.
Las marchas nos educan, convidándonos a un habitar el mundo en estado de errancia. (p. 142 en este volumen)
Infancia:
Así, las formas con las que algunas inspiraciones nacen hacen que permanezcan mucho tiempo en Paulo Freire; quien sabe, nunca se acaben. Entre ellas, podemos incluir su intimidad con la naturaleza, su análisis crítico de la realidad política brasileña, su insatisfacción frente a esa realidad y un deseo irrefrenable de transformación, su gusto por las letras, su fascinación por todo lo que tuviera que ver con la lengua portuguesa. Todo eso nace en casa, en la infancia, y, por la forma y el modo en que nace, lo hace para permanecer, a través del tiempo que pasa, en otro tiempo que no pasa.
Los párrafos precedentes –que, confieso, pueden parecer arbitrario y ser otros bien distintos en virtud de la vastedad de este libro y de cada lectura personal y colectiva− muestran un hilo narrativo que se inicia con la vida y culmina con la infancia y, entre medio, desfilan la igualdad, el amor (o el eros) y la errancia. Se trata, en efecto, de un modo de contarse y de contarnos una biografía filosófica matizada por respiraciones, pensamientos, relaciones, movimientos, avatares, compromisos, sueños, filiaciones teóricas, polémicas y militancia.
Este modo de narrar inunda el texto de posibilidades e inspiraciones, haciendo de cada principio una suerte de oportunidad para pensar la obra de Paulo Freire como latente, trazando distintas variaciones de preguntas y de problemas, probando diferentes filiaciones teóricas, retrotrayendo y avanzando discusiones, saboreando qué podría pasar con ciertas ideas −en cierto modo anquilosadas o dadas por ya sabidas− si cobraran vida nuevamente, o de otra manera, con otras resonancias.
No es casualidad, por lo tanto, que el libro se inaugure con una conversación filial, que ofrezca aquellas experiencias mínimas de una biografía que comienza entonces a delinearse en términos de relación vida-mundo.
No es por acaso, tampoco, que el primer principio esbozado sea el de la vida, el de una vida entendida como filosófica, no ya un sistemafilosofía o una determinada cualidad teórica, sino la vida de un serexistente, una existencia que afirma la vida y, por lo tanto, que afirma la educación y afirma la política, o que se afirma en la educación y en la política.
El hecho de que a la vida le siga el gesto de la igualdad no hace más que poner de relieve un debate todavía vigente, con muchas aristas, y muchas veces mal formulado. Se trata de una igualdad primera, de la igualdad como condición primera, de la igualdad como atmósfera y como conversación; de una igualdad que hace posible la tarea educativa y política, y no ya de la igualdad como promesa o como insano artificio para el después −¿después, cuándo?−, para otro momento −¿cuál, dónde?−.
La igualdad es, al fin y al cabo, aquello que justifica por qué sentimos y pensamos la educación como un acto político en un mundo donde la desigualdad se ha vuelto moneda corriente e infaustamente naturalizada: porque creemos, pues, que no existe un destino natural, un destino inevitable o, dicho de otro modo, un destino inevitable e irreparable.
Y si la vida es el inicio, es lo fecundo, y la igualdad es el modo de encontrarse, de estar y permanecer (la ética y la estética de la reunión en comunidad), el amor sobreviene como esa misteriosa posibilidad de lo imposible, quizá la de hacer confluir las tres vertientes del sentido que los griegos daban a esta palabra: el eros –lo pasional, lo erótico−, el ágape –la ternura y la pureza− y la filia –el amor valorativo, la afición por algo, por alguien−.
Lo cierto es que hoy ciertas formas de la imagen, de la comunicación y en particular del consumo se han aglutinado en pos de celebrar lo efímero, el puro incendio de los sentidos, concentrándose con frecuencia en la torpeza de un debate insípido sobre el amor en torno de la fidelidad y la infidelidad, entre la estabilidad y la inestabilidad, etcétera. Como si esta época abominara de cualquier modo de trascendencia y solo elogiase la fugacidad, el aquí y ahora mezquino y estrecho, aquello que no existe cuando dejamos de prestar atención o, directamente, su imperativo, una búsqueda que equivoca el camino centrándose en el voluntarismo del afecto y de la conveniencia o inconveniencia.
Por ello, el principio del amor no puede ser otra cosa que la disposición a una batalla sobre lo que vale la pena o sobre la pena que vale; una batalla contra dos enemigos del amor: uno, el terremoto de las sensaciones espurias que parecen acabar incluso antes de comenzar, sin duración ni intensidad, en síntesis, el amor devaluado, adelgazado; otro, el amor sobrevaluado, el amor genérico, grandilocuente, que nunca termina de encarnarse o hacerse entrañable, el amor a todo, el amor a nadie.
Estos principios deberían entenderse en su movimiento, con su movimiento, desde su errancia: el movimiento de salir, el de salirse de no, el de quitarse de la comodidad, el de la rebeldía, el de marchar hacia fuera, marcharse y marchar con otros, darle movimiento al mundo, mostrarle las desgarraduras y las insatisfacciones, no permanecer quieto y aquietado, no contentarse con lo propio y delatar lo impropio, lo inapropiado. Educar, entonces, como una forma de marchar hacia otro mundo, hacer otro mundo, cuidar al mundo y cuidarse de él, cuidar a otros y otras, no reducir el mundo a una simple y funesta imagen de mercado, no marchar hacia el mercado como sinónimo de educación, disputarle al mundo el propio sentido de mundo.
Y el último principio, el de la infancia, nos hace girar el libro hacia su propio comienzo. Crea la sensación de que es un final por donde deberíamos comenzar, pensar lo conclusivo en términos de una apertura; otra vez una ocasión, una oportunidad para mantenerse atentos, en vilo. La infancia como una manera de estar en el mundo y de existir en la vida, como un tiempo que parece pasar de largo y que no deja de pasar; lo que quizá no concluya, la permanencia, la insistencia de un cierto modo de sentir la naturaleza, de atesorar las primeras letras, el deleite por la poética de la lengua, las primeras desilusiones y las primeras ilusiones de transformación.
La invitación a la lectura de Paulo Freire más que nunca, la lectura como invitación, queda hecha, con sus imperfecciones, sus caprichos, sus desvaríos y sus subrayados. Queda en mí la sensación de no haber podido estar a la altura del libro, pero, también, la de no haber querido dejarme guiar por esa falsa y desmedida exigencia.
Deseo, espero, eso sí, que el convite haya podido mostrar las profundidades y el relieve de esta travesía de Walter Kohan –amorosa, esforzada, amistosa, generosa: filosófica− y expresar algunos de sus efectos y afectos en mi torpe lectura.
Al fin y al cabo soy nada más −y nada menos− que un maestro que ha leído a un maestro que a su vez ha leído a un maestro, y que quisiera que otros y otras puedan contagiarse de esta múltiple voluntad y vitalidad: la de intentar que una obra como la de Paulo Freire, que una vida filosófica como la de Paulo Freire, no perezca, no se ahogue en discursos de odio, continúe, perdure, siga existiendo entre nosotros, pueda ser otra, más que nunca.
Buenos Aires, entre el 9 y el 15 de enero de 2020.
BIBLIOGRAFÍA
Handke, P. (1990). Ensayo sobre el día logrado. Madrid: Alianza Tres. Kohan,
W. O. (2015). Viajar para vivir: ensayar. Buenos Aires: Miño y Dávila. Kohan,
W. O. (2013). El maestro inventor. Buenos Aires: Miño y Dávila.
Nietzsche, F. (1997) De mi vida. Escritos autobiográficos de juventud (1856/1869). Madrid: Valdemar.