Mapa de los movimientos antisistémicos de América Latina1

Carlos Antonio Aguirre Rojas
Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, México

Mapa de los movimientos antisistémicos de América Latina1

Theomai, núm. 36, pp. 128-147, 2017

Red Internacional de Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo

Número 36 (tercer trimestre 2017) - number 36 (third trimester 2017)

Theomai 36

Theomai 36

Revista THEOMAI / THEOMAI Journal Estudios críticos sobre Sociedad y Desarrollo / Critical Studies about Society and Development

Theomai

Introducción

Hablar hoy de los movimientos antisistémicos de América Latina, en estos primeros lustros del Siglo XXI cronológico, es hablar de un conjunto de potentes y sólidos movimientos sociales que, en las últimas dos décadas transcurridas, se han constituido en actores sociales de primer orden, dentro del vasto conjunto de las naciones que hoy conforman al semicontinente de América Latina. Actores sociales tan importantes, que no sólo han logrado en varias ocasiones derrocar con movilizaciones pacíficas a sus respectivos gobiernos nacionales, sino que también y por múltiples y complejas vías, han estado definiendo durante los últimos tiempos, la agenda general del debate político y social de sus propios países.

Además, y como una clara manifestación de su creciente potencia, son ellos los que gestaron en Latinoamérica la importante iniciativa mundial de organización y de celebración de los Foros Sociales Mundiales, iniciativa que si hoy está en franca decadencia, sí logró en sus inicios ser el foro de convergencia mundial más importante del entero conjunto de luchas y de movimientos antisistémicos de todo el planeta Tierra.

También, y no por casualidad, son estos recientes movimientos antisistémicos latinoamericanos, los que en distintos territorios de nuestro semicontinente, están desarrollando ahora mismo experiencias radicales y fundamentales de construcción de nuevos mundos no capitalistas, es decir, de espacios sociales inéditos, en donde ya no rige la ley del valor ni la lógica de la acumulación de capital, y en donde ya no existen las clases sociales, ni el Estado, ni los partidos políticos o las corruptas clases políticas contemporáneos, pero tampoco las absurdas jerarquías culturales entre alta y baja cultura, ni las formas diversas de discriminación social por razones de género, de raza, de preferencia sexual, de edad, de lengua o de origen social.

Potentes movimientos antisistémicos de América Latina, que en los últimos veinticinco años han estado muchas veces en el centro de la atención mundial, y que después de la caída del Muro de Berlín en 1989, y de la concomitante crisis de las izquierdas europeas de aquellos tiempos, mantuvieron viva la vigencia de la amplia movilización y protesta sociales, para relanzar después al conjunto de las luchas y los combates anticapitalistas y antisistémicos, no solamente en la propia Europa, sino también en todo el mundo. Por eso, es que estos movimientos anticapitalistas y antisistémicos latinoamericanos han funcionado durante los últimos veinte años y hasta hoy, como el verdadero frente de vanguardia mundial de las luchas antisistémicas actuales, tomando así el relevo de la función que después de 1917 cumplió la revolución rusa, y que en tiempos de la revolución mundial de 1968, cumplió a su vez la revolución china.

Sin embargo, si queremos comprender adecuadamente estas diversas funciones y roles que hoy cumplen los movimientos rebeldes de Latinoamérica, así como su trazos y características principales, es necesario, previamente, tratar de definir el contexto específico dentro del cual se afirman y se desarrollan hoy estos movimientos, contexto que no es otro que el actual mapa político y la actual situación social general de la propia América Latina.

Sobre el mapa político actual de América Latina

Si observamos con atención el mapa político de Latinoamérica en los últimos veinticinco años, veremos que se trata de un mapa muy cambiante y muy dinámico en varios sentidos. Pues en estos cinco lustros mencionados, no solo hemos visto emerger y afirmarse a esos nuevos y potentes movimientos antisistémicos ya referidos, sino que también hemos visto girar rápidamente la naturaleza de los gobiernos de muchas de las naciones latinoamericanas, los que han pasado en lapsos muy cortos de tiempo, de gobiernos de derecha y hasta de ultraderecha, como los de Carlos Menem, o Fernando Henrique Cardoso, o Rafael Caldera, o Gonzalo Sánchez de Losada, o Lucio Gutiérrez, a gobiernos tenuemente socialdemócratas y neokeynesianos como los de Néstor y Cristina Kirchner, los de Lula y Dilma Rousseff, los de Hugo Chavéz y luego Nicolás Maduro, o los de Evo Morales y Rafael Correa.

Pero luego, y también muy rápidamente, hemos visto en los tiempos más recientes el agotamiento y la crisis de legitimidad de esos gobiernos que fueron llamados ‘progresistas’ en América Latina, lo que ha permitido el retorno de las derechas y las ultraderechas atrasadas y agresivas, hoy presentes en el gobierno argentino de Mauricio Macri, y en el espurio gobierno brasileño de Michel Temer, pero también en el control del actual parlamento venezolano, y en ciertos grupos de las belicosas oposiciones políticas de Bolivia y Ecuador. Hasta el punto de que hoy se discute si estamos o no frente al ‘fin del ciclo de vida’ de esos gobiernos progresistas, o si se trata de algunos reveses importantes, pero más bien coyunturales y efímeros, más que permanentes y duraderos.

De este modo, ese cambiante y mutable mapa político latinoamericano, abre una doble interrogante, que nos cuestiona tanto sobre el sentido profundo de este evidente ‘giro a la derecha’ reciente, posterior al anterior y supuesto ‘giro a la izquierda’, como también respecto de las tendencias más profundas que ahora mismo y hacia adelante están definiendo los rumbos futuros de nuestro semicontinente. Por eso, y para poder evaluar ese sentido más profundo de estos cambios recientes, y también de esas tendencias más estructurales subyacentes, vale la pena recuperar primero una radiografía o diagnóstico más preciso de cuáles son las fuerzas políticas principales que hoy configuran a este mapa político contemporáneo de América Latina.3

¿Cómo está conformado hoy, en este año de 2017, este mapa político de la América Latina contemporánea? ¿Y qué papel juegan dentro de ese mapa, los movimientos genuinamente antisistémicos y anticapitalistas? Para responder a estas preguntas, debemos ubicar a ese mapa político dentro de la coyuntura histórica que no sólo América Latina sino todo el planeta Tierra ha estado viviendo durante el último medio siglo transcurrido, es decir, a partir de la importante irrupción de la revolución cultural mundial de 1968. Pero también y mirando igualmente desde una perspectiva temporal más amplia, desde los horizontes de la larga duración histórica, debemos igualmente preguntarnos sobre las estructuras más profundas y durables de la historia de América Latina, y sobre el modo en que ellas determinan algunos de los rasgos fundamentales que hoy definen también a la situación actual latinoamericana.

Sobre la coyuntura abierta en 1968, y que en varios sentidos continúa aún vigente y abierta, podemos recuperar una de las tesis importantes desarrolladas por Immanuel Wallerstein, que siendo válida a nivel planetario, se aplica también sin duda para el caso de América Latina. Y esa tesis afirma que entre 1968 y 1989 (lo que para el caso de México y América Latina se desplazaría un poco, para abarcar hasta enero de 1994), lo que sucedió es que el dominio fuerte y la hegemonía que el liberalismo había logrado construir y afirmar desde el siglo XIX, y especialmente desde la revolución de 1848, y que se mantuvo a lo largo de los dos primeros tercios del siglo XX, ese dominio social e ideológico del liberalismo comenzó a colapsar seriamente, para hacerse pedazos, definitivamente, en las fechas de la caída del Muro de Berlín y de la saludable irrupción neozapatista mexicana.4

Así, y marchando a contrapelo de las explicaciones dominantes y superficiales, que decretaron que después de 1989 habían muerto el socialismo, el comunismo y el marxismo, lo que Wallerstein propone es precisamente lo contrario, es decir, que la caída del Muro de Berlín lo que simboliza es más bien el colapso definitivo del liberalismo, como geocultura dominante del moderno sistema-mundo capitalista actual. Lo que no sólo ha sido demostrado en los más de cinco lustros posteriores a 1989 ya transcurridos, sino que también es una de las claves esenciales para entender el panorama político mundial actual, y junto con él, el mapa político latinoamericano hoy vigente.

Porque si durante más de un siglo, ese dominio de la ideología liberal logró contener, tanto a la ideología conservadora de derecha, atrasada, racista y retardataria en muchos sentidos, como también y de otra parte a las distintas izquierdas sociales radicales, las que bajo este dominio atemperaron su radicalidad y sus distintas demandas de cambio social, entonces ese colapso del consenso liberal impuesto, lo que provocó claramente fue el también doble resurgir, de un lado, de esa derecha conservadora y reaccionaria, ahora nuevamente belicosa, desvergonzada y militante, y del otro lado de las nuevas izquierdas recientes, otra vez genuinamente radicales y rebeldes, y encauzadas en un sentido claramente anticapitalista y antisistémico.

Entonces, si este colapso del liberalismo desencadena una nueva situación de polarización ideológica a nivel mundial, relanzando de una parte a las nuevas derechas, y de la otra a las nuevas izquierdas, mientras el centro liberal decae y degenera en las ridículas posturas de las ‘terceras vías’ o del centrismo político, este proceso es fundamental para entender hoy los mapas políticos nacionales y regionales de todo el planeta. Pues luego de 1989, la derecha mundial va a empezar a perder los mecanismos de autocontención que desarrolló y mantuvo hasta 1968, para mostrar otra vez crudamente sus verdaderos perfiles profundos. Pues la derecha siempre fue conservadora, represiva y autoritaria, además de racista, clasista, sexista, elitista y discriminatoria. Pero si en los años posteriores a la segunda guerra mundial, y gracias a múltiples luchas sociales de las minorías y de los grupos discriminados y oprimidos, esa derecha se moderaba en sus expresiones sociales, y tenía vergüenza y temor de mostrarse como era, en cambio después de 1989, ella ha comenzado otra vez a ser abiertamente racista y supremacista, perdiendo la vergüenza de defender sus atrasadas posiciones sociales, y militando activamente por ganar gobiernos nacionales en todas partes del mundo.

Por eso, padecemos hoy el absurdo y fascista gobierno de Donald Trump en Estados Unidos, y hemos padecido también recientemente los gobiernos de Aznar y hoy de Mariano Rajoy en España, o de Sarkozy en Francia, o de Berlusconi en Italia, o de Georg Bush Jr. en los mismos Estados Unidos, o incluso el de Jörg Haider en Austria, gobiernos que son y eran abiertamente de derecha o de ultraderecha, o a veces incluso abiertamente racistas, y en otro caso declaradamente admiradores de los nazis. Gobiernos europeos de la derecha y la ultraderecha más atrasadas y reaccionarias, que tienen sus equivalentes latinoamericanos en los gobiernos de Carlos Menen y hoy de Mauricio Macri en Argentina, o en los terribles y trágicos gobiernos mexicanos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, o ahora en el impresentable y golpista gobierno de Michel Temer en Brasil, o en el gobierno de Sebastián Piñera en Chile, o el de Alberto Fujimori y hoy el de Pedro Pablo Kuczynski en Perú, o los de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos en Colombia, entre otros.

Y vale la pena señalar que una aliada importante de esta derecha latinoamericana es la institución de la Iglesia católica, la que ya lejos de los tenues aires progresistas de la teología de la liberación de los años sesentas y setentas del siglo XX, y cuando esta teología de la liberación está hoy en absoluta decadencia en general, esa Iglesia se ha convertido en un puntal ideológico y social importante de estos gobiernos de derecha. Lo que explica el hecho de que, más allá de su falsa retórica supuestamente progresista, el Papa Francisco se haya negado, en su visita a México de comienzos de 2016, a recibir a los padres de los 43 muchachos desaparecidos de Ayotzinapa, o también se haya negado a pronunciar incluso la palabra de ‘feminicidio’ en su visita a Ciudad Juárez, ciudad mundialmente famosa, tristemente, por ese mismo fenómeno absurdo e irracional de los feminicidios.5

Así, un primer actor importante del mapa político actual de Latinoamérica, es esta derecha atrasada y belicosa, que hoy gobierna en México, en todos los países de Centroamérica, en Colombia, en Argentina, en Perú, e incluso de modo encubierto también en Chile, y de modo ilegítimo y espurio ahora también en Brasil.

De otra parte, esa misma polarización ideológica resultante del colapso del dominio liberal, es la causante del surgimiento de múltiples nuevas izquierdas, las que de manera embrionaria nacen y comienzan a madurar directamente como fruto de la revolución cultural mundial de 1968, y que irrumpen ya estructuradas y con claros perfiles marcados, a partir del 1 de enero de 1994. Pues hasta antes de 1968, la mayoría de las izquierdas dominantes en todo el mundo se habían dejado subsumir dentro de la lógica global del sistema capitalista, volviéndose izquierdas reformistas o economicistas, que olvidaron la radicalidad y el objetivo central del cambio estructural del sistema social, a cambio de pequeñas demandas de mejoras salariales, de mejores condiciones de vida, o del incremento de ciertos servicios estatales de salud, de educación, de pensiones o de seguridad social.6

Pero 1968 confrontó, entre muchas otras cosas, a esas izquierdas domesticadas y funcionales al sistema capitalista, reivindicando nuevamente la dimensión radical profunda de sus orígenes, y volviendo a plantear como objetivo principal el del cambio total del sistema social imperante. Por eso los movimientos de 1968 criticaron a la Unión Soviética calificándola de socialimperialismo, a la vez que reclamaban que había que ser realistas para ‘exigir lo imposible’, y declaraban que la imaginación era la que debía de tomar el poder, afirmando que ‘lo queremos todo, y lo queremos de inmediato’. Además, criticaron la separación y la esquizofrenia de los militantes en sus comportamientos, de una parte públicos y de otra parte privados, a la vez que afirmaban gozosos que ‘Mientras más hago la Revolución, más ganas tengo de hacer el amor, y mientras más hago el amor, más ganas tengo de hacer la Revolución’.

De este modo, 1968 representa la recuperación orgánica de esa radicalidad profunda por parte de las nuevas izquierdas, marcusianas, maoístas, trotskistas, anarquistas, autogestionarias y libertarias, las que serán la transición hacia los nuevos grupos de izquierda que, después del 1 de enero de 1994, comenzarán a florecer a todo lo largo y ancho del planeta Tierra. Y dentro de los cuales, ocupa un lugar protagónico central el neozapatismo mexicano de los dignos indígenas rebeldes del sureste mexicano en el Estado de Chiapas. Porque es claro que este neozapatismo mexicano es, en México, el más reciente heredero de esas izquierdas que nacieron en 1968, y que también incluyen, a nivel planetario, a la mayoría de los grupos y tendencias que se manifestaron en el emblemático año de 2011, en el movimiento de los ‘indignados’ españoles, o en ‘Ocupa Wall Street’ en Estados Unidos, igual que en los movimientos estudiantiles y populares griegos, o en la mal llamada ‘primavera árabe’, o en el movimiento estudiantil chileno, entre otros varios.7

Nuevas izquierdas radicales, que son las que están vinculándose realmente con los movimientos sociales anticapitalistas y antisistémicos actuales de todo el mundo, y que van más allá del tibio y reformista partido de Podemos, o del fracasado y fallido Syriza, para continuar preparando por ahora las cercanas y futuras rebeliones antisistémicas de sus respectivos países. Izquierdas antisistémicas que están igualmente presentes en América Latina, por ejemplo en los grupos autonomistas más radicales de los piqueteros argentinos, los que nunca aceptaron pactar con los Kirchner, o en las bases, aunque no en los líderes, del vasto Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, o en el sector heredero de la Coordinadora Arauco Malleco de los mapuches chilenos, o en ciertos sectores del movimiento indígena del Cauca colombiano, o en los indígenas bolivianos del Movimiento Pachakutik de Felipe Quispe, o en los indígenas amazónicos de la CONAIE ecuatoriana, entre otros ejemplos posibles.

Una izquierda antisistémica radical, que encuentra en el neozapatismo mexicano a uno de sus referentes modélicos o paradigmáticos más importantes. Porque más allá de la propia voluntad de los compañeros neozapatistas, que insisten en que no quieren ser la vanguardia de ningún movimiento, ni darle recetas a nadie, ni dirigir o acaudillar a ningún compañero, ellos han estado cumpliendo, durante sus más de veintitrés años de vida pública, el papel de referente modelo para el vasto conjunto mundial de las luchas y los movimientos anticapitalistas y antisistémicos de todas partes. Por eso Immanuel Wallerstein afirma que el ciclo de protestas mundiales que hoy vivimos, comenzó el 1 de enero de 1994 en las montañas de Chiapas,8 y por eso ciertos grupos kurdos que luchan contra la opresión turca, o siria, pueden hablar de un zapatismo a la kurda, mientras los italianos de verdadera izquierda aprenden de la autonomía zapatista para tratar de replicarla en Italia, y los activistas argentinos debaten con pasión cada nueva iniciativa o aporte del neozapatismo, por citar solo unos pocos ejemplos, de entre los muchos posibles. Y por eso también, las demandas centrales de las principales revueltas de 2011, coincidieron y no casualmente con las antes once y hoy trece demandas neozapatistas principales.

De este modo, un segundo actor central dentro del mapa político actual de América Latina, que también hunde sus raíces en la revolución mundial de 1968, y que coagula más orgánicamente después del 1 de enero de 1994, es este conjunto de nuevas izquierdas radicales y de los movimientos antisistémicos a ellas vinculados, movimientos e izquierdas que plantean explícitamente que la causa fundamental de todos nuestros problemas actuales es la existencia misma del sistema social capitalista, y que el objetivo central de nuestra lucha es eliminar a ese capitalismo mundial de la entera faz de la Tierra. Con lo cual, la lucha no estriba en cambiar a unas personas por otras, apoyando a tal o cual candidato, y ni siquiera en cambiar al grupo o al partido político en el poder por otro, tomando el Estado actual y utilizándolo de modo diferente para otros objetivos, sino claramente en eliminar las relaciones sociales capitalistas dentro de todos y cada uno de los niveles del entero tejido social y civilizatorio de las sociedades de todo el planeta.

También, y entre esta derecha atrasada y profascista, y estos movimientos e izquierdas genuinamente anticapitalistas y antisistémicos, se ha desarrollado un tercer actor político que en los últimos lustros y dentro de América Latina, se encuentra representado por esos gobiernos que se han llamado ‘progresistas’, o gobiernos del ‘giro a la izquierda’, los que más allá de su engañosa retórica, que a veces reivindica un supuesto ‘Socialismo del Siglo XXI’, y otras una ‘Revolución Ciudadana’ o un gobierno ‘anticolonial y descolonizador’, en los hechos mantienen y reproducen ágilmente al conjunto de las estructuras capitalistas, aunque sustituyendo las políticas del neoliberalismo salvaje de los gobiernos de derecha y ultraderecha, con un neoliberalismo moderado, que en lo económico se compensa y matiza con políticas claramente neokeynesianas y neodesarrollistas, y en lo político se expresa como políticas tibiamente socialdemócratas, que solamente amplían de modo limitado la democracia representativa y delegativa burguesa, para cooptar e integrar a los movimientos sociales dentro de esos proyectos abiertamente procapitalistas.

Gobiernos ‘progresistas’ latinoamericanos que son el equivalente, en nuestro semicontinente, del decadente centro liberal o de la tercera vía europea, con la diferencia de que en nuestras naciones, esos gobiernos llegaron al poder con el apoyo del voto popular, muchas veces después de agudas y devastadoras crisis de sus países, en las que los movimientos sociales habían derrocado por vía pacífica a los gobiernos anteriores, siendo entonces un fruto indirecto de amplias y radicales movilizaciones sociales, las que los apoyan y sostienen durante periodos diversos, hasta que con sus tibias políticas terminan por decepcionar a esos mismos movimientos y al conjunto de los sectores y clases subalternos de sus respectivos países.

Proyectos y gobiernos que según el Subcomandante Insurgente Marcos, ‘hacen con la mano izquierda, lo mismo que otros gobiernos [de derecha] hacen con la mano derecha’ y que declaran también abiertamente que ellos no quieren eliminar ni al capitalismo, ni al Estado, ni a las clases sociales, ni tampoco la explotación económica, o el despotismo político, o la desigualdad social o las mil formas de la discriminación, sino solamente construir un ‘capitalismo andino’, decolonial y antimperialista, o también un gobierno de la ‘revolución ciudadana’, que no disminuya el papel del Estado sino que lo incremente, o un ‘socialismo del siglo XXI’ que al respetar la propiedad privada de los medios de producción, y la existencia de clases sociales, y las relaciones de explotación económica y de dominación política de las mayorías, de verdadero socialismo no tiene más que el nombre.9

Porque en los hechos, lo que esos gobiernos han hecho, no es tratar de eliminar el capitalismo en todas sus formas y expresiones —como si lo intentan hacer, en sus respectivos territorios, los piqueteros argentinos autonomistas, o los Sin Tierra brasileños, o los mapuches chilenos, o los neozapatistas mexicanos, antes mencionados—, sino solamente tratar de nacionalizar para el Estado el petróleo y el gas, el litio y los recursos mineros, las líneas áreas o la banca, es decir ciertas ramas o empresas económicas importantes que les permitan más ágilmente implementar las políticas neokeynesianas y socialdemócratas antes referidas. Políticas que por lo demás, no se implementan pensando en el bienestar de sus respectivas poblaciones, o en el mejoramiento de las condiciones de vida de las clases y sectores subalternos, sino en la lógica de reactivar y ensanchar sus respectivos mercados internos, y de potenciar el consumo interno, para fortalecer a sus respectivas burguesías nacionales.

Estos gobiernos llamados ‘progresistas’, que hoy la derecha latinoamericana está asediando y atacando muy frontalmente, con el apoyo total de Estados Unidos y de ciertos sectores del capitalismo europeo, es el tercer actor principal del complejo mapa político de la América Latina contemporánea.

Las clases y la lucha de clases en la América Latina contemporánea

Para avanzar un poco más en la caracterización y en el desciframiento, tanto del mapa político latinoamericano, como de la naturaleza esencial de los movimientos antisistémicos de América Latina, vale la pena preguntarse ahora acerca del fundamento material y las bases sociales que subyacen a ese mapa político y a esos movimientos sociales referidos. Porque esos fundamentos sociales y materiales son, como hace mucho lo explicó Marx, la clave fundamental para entender no sólo las diferencias entre los tres actores políticos mencionados, sino también los distintos proyectos y políticas, tanto económicas como sociales que dichos actores impulsan y encarnan. Pues es claro que detrás de cada uno de esos actores políticos, se encuentran clases y sectores de clases diversos, los que expresándose a través de dichos actores, definen los perfiles y aristas de sus proyectos políticos y de sus políticas económicas, sociales, culturales y también políticas, lo mismo que los comportamientos y las tomas de posición profundas de sus personajes principales.

En esta lógica, es claro que detrás de las derechas y ultraderechas latinoamericanas actuales, se encuentra el sector de la burguesía trasnacional, es decir el sector de la burguesía de cada país que funciona en alianza directa con el capital extranjero y con el capital trasnacional, sirviendo como el intermediario local de sus intereses económicos, o también como socio menor y subordinado de los mismos, lo que muchas veces nos remite a sectores de la burguesía más bien comercial o financiera, pero igualmente a veces de la burguesía industrial. No obstante, y en virtud de este vínculo privilegiado con el capitalismo trasnacional, esa derecha y ultraderecha será siempre un actor político antinacionalista y antiestatista, siendo abiertamente proclive a la inversión extranjera directa y a las privatizaciones de los bienes estatales, en beneficio de ese mismo capital trasnacional.

Derecha apoyada en esa burguesía entreguista y trasnacional, que ahora está privatizando en México a PEMEX, una de las compañías petroleras más importantes del mundo, igual que antes entregó el agua boliviana a la empresa francesa Total, o el petróleo peruano y ecuatoriano a la española Repsol, mientras hace años privatizaba para los extranjeros las gasolineras, las líneas áreas, los bancos y el servicio de correos en Argentina, o entregaba el cobre chileno a las mineras canadienses y norteamericanas. Y que ahora mismo amenaza de nuevo con varias desestatizaciones y privatizaciones importantes, siempre en beneficio del capital trasnacional, bajo los gobiernos de Macri en Argentina y de Michel Temer en Brasil.

Burguesía trasnacional de los distintos países de América Latina, que es el sector económico que apuntala y sostiene a los gobiernos de derecha y ultraderecha de todo el semicontinente, cuya presencia dentro de cada una de las economías latinoamericanas es variable y muy diferente, al estar determinada entre otros factores, por el mayor o menor grado de industrialización de un país, pero también por su mayor o menor autosuficiencia e independencia económica real, respecto de las economías centrales e imperialistas europeas y estadounidense, lo mismo que por la fortaleza o debilidad de sus mercados internos, y por la distinta diversificación de sus economías internas. Peso específico muy variable de esas burguesías trasnacionales, que también influye en el rol político de esas derechas y en los límites y posibilidades de acción de esos gobiernos de derecha en cada nación latinoamericana.

Por otro lado, detrás de las izquierdas y de los movimientos antisistémicos y anticapitalistas, están los diversos sectores y clases subalternas de la población, los que cotidianamente son víctimas de la explotación económica, de la desigualdad e injusticia social, del despotismo y el engaño constante de los partidos políticos, de la clase política en su conjunto y del Estado mismo, así como de las múltiples variantes del desprecio y de la discriminación social en todas sus expresiones posibles. Pero también de las distintas formas de la exclusión social, y de las consecuencias de ser parte de lo que los compañeros neozapatistas llaman el ‘abajo’ social. Movimientos antisistémicos como el proyecto de La Sexta en México, que crece día a día y se fortalece cada vez más, o también el movimiento mapuche anticapitalista que se reorganiza actualmente para luchar en contra del capitalismo chileno, o los movimientos autonomistas radicales de los barrios piqueteros argentinos que siguen trabajando en lógicas antisistémicas, o el movimiento Pachakutik boliviano, que crítica desde la izquierda al tibio gobierno de Evo Morales, y que busca rearticular en sentido anticapitalista a todos los sectores populares y subalternos de Bolivia, o los sectores más radicales dentro del proyecto Frente Brasil Popular, que quieren avanzar hacia el proyecto de un verdadero y diferente Brasil socialista, o los sectores más de izquierda de la CONAIE ecuatoriana, que confrontan al gobierno de Correa, y preparan nuevos levantamientos indígenas y populares en su país, entre otros varios que es posible mencionar.10

Por eso, son estos movimientos e izquierdas antisistémicos los que plantean un proyecto de verdadera transformación social radical, que al eliminar al sistema capitalista, primero en cada país, luego en cada continente, y finalmente en todo el globo terráqueo, anule así a la explotación económica, a las clases sociales mismas, al Estado y a la propia actividad de la política, a las jerarquías culturales y a la absurda distinción entre ‘alta’ y ‘baja’ cultura, lo mismo que a las relaciones patriarcales y al machismo, al racismo y a la discriminación étnica, a la homofobia y al rechazo a la diferencia, entre varias de las terribles relaciones asimétricas e injustas que todavía hoy padecemos.

Movimientos e izquierdas realmente antisistémicos, que al expresar al complejo y variado conjunto de todas las clases y sectores subalternos, en su amplia diversidad, sólo han ido madurando lentamente, para empezar a construir estructuras organizativas no centralizadas ni verticales, sino horizontales y flexibles, que a la vez que incluyen demandas y luchas de muy distinto orden, van aprendiendo a crear relaciones internas de respeto y de apoyo mutuo donde nadie trata de homogeneizar ni a las luchas ni a los participantes, ni tampoco de hegemonizar sobre los demás, para imponerles su ‘dirección’, o su proyecto, o su estrategia o táctica, o incluso su propia cosmovisión o punto de vista sobre la realidad o sobre la misma lucha.

Por otra parte, y entre esas derechas atrasadas y beligerantes y estos movimientos e izquierdas genuinamente antisistémicos, están los gobiernos llamados progresistas o del reciente giro a la izquierda. Gobiernos que en sus inicios gozaron de un amplio apoyo popular, que se ha ido desgastando seriamente conforme ellos se reelegían y se mantenían en el poder, y que más allá de sus discursos y declaraciones, han llevado a cabo una política que expresa claramente y promueve enérgicamente los intereses de sus respectivas burguesías nacionales. Pues a diferencia de las derechas y de la burguesía trasnacional, la burguesía nacional vive sobre todo del fortalecimiento y de la expansión de su correspondiente mercado interno nacional, para lo cual necesita controlar los recursos naturales de su país, ensanchar y promover el consumo interno popular, disponer siempre de una abundante fuerza de trabajo nacional para explotar, y para ello, debe también asegurar un mínimo nivel de vida de sus propias poblaciones, las que son a la vez esos trabajadores siempre explotables, y los consumidores cotidianos de sus propias mercancías producidas.

Además, esas burguesías nacionales latinoamericanas, necesitan igualmente contar con un Estado que construya y mantenga en buen funcionamiento toda la infraestructura económica del país, y que manteniendo el control político de los sectores subalternos en general, defienda el mercado interno, y se oponga a los intereses imperialistas de las potencias extranjeras, salvaguardando para esa burguesía nacional las riquezas y los recursos de su propio país. Por eso estas burguesías nacionales, ubicadas en las antípodas de la burguesía trasnacional, si son realmente nacionalistas, y genuinamente antimperialistas, y por eso, defensoras de las estatizaciones y nacionalizaciones de sus propios Estados.11

Y es claro que en los hechos, lo que los diferentes gobiernos progresistas de América Latina han llevado a cabo en los últimos tres lustros, es precisamente un conjunto de políticas que han recuperado, mediante nacionalizaciones o estatizaciones, los distintos recursos naturales antes entregados al capital trasnacional, a la vez que mejoraban moderadamente los salarios y las condiciones de vida de los sectores populares, para incrementar el consumo interno y el crecimiento económico hacia adentro, y fortalecer y ensanchar así sus respectivos mercados internos. Por eso Hugo Chávez nacionalizó el petróleo venezolano, mientras que Evo Morales renegociaba los acuerdos de las concesiones para producir y explotar el gas boliviano, y Rafael Correa desconocía parte de la deuda externa ecuatoriana contraída por los gobiernos de derecha precedentes. Igual que Kirchner renacionalizaba la línea aérea de bandera argentina, algunos bancos y Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), y Lula implementaba su famoso programa ‘Hambre Cero’ en todo el territorio brasileño.

Medidas todas que, además de servir como mecanismo de legitimación popular de esos gobiernos socialdemócratas y tibiamente progresistas, y también como forma de cooptación y de aplacamiento de ciertos movimientos sociales populares, beneficiaban siempre a sus propias burguesías nacionales, recuperando para ellas los recursos naturales nacionales, incrementando sus mercados internos respectivos, y aceitando y ajustando sus correspondientes capitalismos nacionales, en detrimento de sus competidores capitalistas extranjeros.

Entonces, si detrás de las derechas atrasadas latinoamericanas están las burguesías trasnacionales de cada país, y si los gobiernos progresistas son la expresión política de sus respectivas burguesías nacionales, mientras que los sectores subalternos y populares son la base de apoyo de los movimientos y de las izquierdas antisistémicas de toda América Latina, resulta más sencillo entender los acontecimientos más recientes, y el hoy tan debatido posible ‘fin del ciclo de los gobiernos progresistas’, y del supuesto giro a la izquierda que ellos representaban.

Pues en nuestra opinión, si parece estar llegando a su fin dicho ciclo. Pero con la misma facilidad que se conformó este supuesto giro a la izquierda, y con la misma rapidez con la que está siendo desmontado, a veces de manera ‘legal’ como en Argentina, y a veces de modo espurio e ilegal como en Brasil o como se intenta hoy en Venezuela, con esa misma agilidad y sencillez podría volver a reconformarse un nuevo ciclo de gobiernos ‘progresistas’ en toda Latinoamérica.

Porque la contradicción y el rejuego entre el sector de la burguesía trasnacional y la burguesía nacional en cada nación latinoamericana es un dato permanente, y la crisis actual de la política, que aleja cada vez más a los sectores populares y subalternos, tanto de las elecciones como de la actividad toda de la política en general, hace posible que los sectores que aún se animan a ir a votar, sectores en rápido decremento, ayer hayan elegido a Cristina Kirchner y hoy al terrible y nefasto Mauricio Macri, pero quizá mañana nuevamente a Cristina Kirchner o a cualquier personaje equivalente a ella. Lo que no significa para nada, que estos cambios políticos sean irrelevantes o sin ninguna significación para cada país de América Latina, pero sí en cambio refleja el hecho de que una manifestación importante del proceso planetario de crisis de la política, y de su acelerada degradación y descomposición, es también el de su profunda inestabilidad y el de la fragilidad de sus estructuras principales, las que permiten esos cambios súbitos, recurrentes e inesperados, desde gobiernos de derecha y hasta ultraderecha, hacia gobiernos socialdemócratas y tenuemente progresistas, y viceversa.12

De modo que mientras los dos sectores principales de las clases económica y políticamente dominantes se disputan y reparten por ahora los gobiernos de Latinoamérica, ubicados entre el entreguismo y el proimperialismo de un lado, y el nacionalismo y el neokeynesianismo del otro, los sectores y las clases subalternos de nuestro semicontinente se alejan cada vez más del mundo de la política oficial, descreyendo de las elecciones, pero también de la función y capacidad del Estado, lo mismo que de la honradez o seriedad de principios de todos los partidos políticos, sin excepción alguna, y de sus clases políticas en conjunto. Por eso los movimientos antisistémicos, que expresan a esas clases subalternas, combaten abiertamente las políticas entreguistas, pero no se ilusionan demasiado, falsamente, con las políticas nacionalistas. Y si son abiertamente enemigos de los grupos y sectores proimperialistas, y naturalmente simpatizan sin hacerse falsas ilusiones con las posturas antimperialistas, sin embargo y mirando más profundamente y hacia el futuro, lo que ellos asumen y defienden de manera central y radical, son planteamientos y posturas genuinamente anticapitalistas, y también y cada vez más, radicalmente antisistémicos.

Movimientos anticapitalistas y movimientos antisistémicos en América Latina

Para caracterizar adecuadamente a los movimientos antisistémicos latinoamericanos actuales, es importante plantear previamente una aclaración conceptual. Pues aunque muchos autores manejan como términos sinónimos o equivalentes los de movimiento anticapitalista y movimiento antisistémico, existe sin embargo una diferencia clara y fundamental entre ambos. Y la confusión aumenta porque este término de movimiento antisistémico, que fue acuñado por Immanuel Wallerstein a principios de los años ochenta del siglo XX, se ha vuelto hoy muy popular y utilizado, hasta el punto de que una pancarta del movimiento de los ‘indignados’ españoles en la Plaza del Sol de Madrid afirmaba: “Yo no soy antisistémico, es el sistema el que es antinosotros".

Pues puede haber movimientos que sean realmente anticapitalistas, pero sin llegar a ser también antisistémicos, aunque en cambio todo movimiento genuinamente antisistémico será también y obligadamente un movimiento anticapitalista. Y aquí la distinción entre ambos, se establece una vez más a partir de la enorme fractura histórica simbolizada en la revolución mundial de 1968.13 Pues todos los movimientos realmente alternativos que se desarrollaron después de la Revolución francesa de 1789, y hasta la fecha simbólica de 1968, eran realmente anticapitalistas, en la medida en que luchaban explícitamente en contra de las relaciones económicas y la explotación capitalistas, y contra la burguesía en particular, y en contra del Estado capitalista, y de la cultura y la ideología igualmente capitalistas.

Pero 1968 crea en este sentido una nueva e inédita situación social, al inaugurar el periodo de la crisis terminal del capitalismo, y con ello, al agudizar la actualidad de la pregunta de exactamente en contra de qué estamos luchando, pero también, de qué es exactamente lo que en lugar del mundo burgués y de la civilización burguesa actual que queremos destruir y superar, vamos entonces a construir. Y aquí, reaparece una vez más la genialidad de Marx, y su capacidad enorme de previsión. Porque es precisamente esta nueva situación posterior a 1968, la que nos permite finalmente comprender el sentido y las implicaciones de una aguda tesis suya, planteada en 1847, y que fue ignorada y olvidada por los marxistas posteriores a Marx y hasta la actualidad.

Y esa aguda tesis marxista, es la que nos anunciaba que, con el fin del modo de producción capitalista y de la sociedad burguesa que le corresponde, no iba a terminarse solamente un modo de producción más, o una estructura social más, sino que el fin del capitalismo era también y necesariamente, el fin de toda posible sociedad basada en el antagonismo de clases, y por ende el fin de toda posible sociedad clasista, pero además y simultáneamente, también el fin de la larga ‘prehistoria humana’ como la calificó Marx. Y con esto, el fin del reino de la necesidad natural, y el inicio tanto de la verdadera historia humana, como del verdadero reino de la libertad. Tesis radical y profunda de Marx, que implica que lo que hoy vivimos en escala planetaria es precisamente no una transición simple, como la que implicó el paso del feudalismo al capitalismo, por ejemplo, sino una compleja y triple transición, desde una sociedad burguesa a una nueva sociedad comunista, pero también de una familia de sociedades clasistas a una nueva familia de sociedades sin la existencia de clases sociales, e incluso y más allá, un tercer tránsito desde el reino de la necesidad hacia el reino de la libertad.

Triple y compleja transición, que no sólo explica la dificultad y complicación de la lucha actual, tanto en el mundo entero como también en América Latina, sino que funda la mencionada diferencia entre un movimiento solamente anticapitalista, y otro qué además de ser anticapitalista es también antisistémico. Pues mientras los movimientos anticapitalistas lucharon antes de 1968 y luchan ahora solo contra la explotación, las clases, el Estado, la cultura y la ideología, todos ellos capitalistas, en cambio los movimientos antisistémicos luchan en contra de todo tipo posible de explotación económica, y por la abolición de las clases en general, y por la destrucción y desaparición del Estado e incluso por la muerte de la actividad misma de la política, igual que en contra de toda forma de ideología y de jerarquía cultural posibles. Por eso, y no casualmente, estos nuevos movimientos antisistémicos, además de ser, obligadamente y también, movimientos anticapitalistas, son movimientos que luchan en contra de todas las formas múltiples del racismo y de la discriminación social, y también en contra del patriarcado y del machismo, o de las estructuras del saber poder, o de las mil formas de los micropoderes, o de la división entre trabajo manual e intelectual, o de las formas actuales del arte, o de la destrucción humana de la naturaleza y del clima, o del miedo a la diversidad y a la diferencia, o un largo etcétera posible.14

Y es precisamente para ser capaces de enfrentar con éxito esta triple y compleja transición histórica, que los movimientos rebeldes anticapitalistas se han visto obligados o inducidos a convertirse también en movimientos radicalmente antisistémicos. Pues ya no es suficiente estar en contra de la explotación económica y de la propiedad privada capitalistas, sino que ahora hace falta estar en contra de toda forma de explotación económica y de toda propiedad privada y de sus múltiples y nefastos efectos sociales. Igualmente, el combate actual ya no puede limitarse a combatir y tratar de eliminar a la clase burguesa capitalista, sino que ahora debe estar dirigido hacia la eliminación de la propia división de la sociedad en clases sociales distintas y antagónicas, y en contra de la existencia misma de clases sociales. Además, la lucha ya no es solo en contra del Estado burgués o de la política capitalista dominante, sino que ahora es una lucha por la abolición del Estado mismo, y por la muerte total de la actividad misma de la política. Y finalmente, la confrontación actual ya no es solo en contra de la cultura y de la ideología burguesas, sino también y mucho más allá, en contra de la división misma entre las supuestas ‘alta’ y ‘baja’ cultura, y en contra de toda jerarquía cultural posible, además de en contra de todas las deformaciones sesgadas de cualquier posible ideología social.15

Lo que, por mencionar solo un ejemplo entre muchos posibles, implica también profundizar la lucha actual, trascendiendo la crítica del arte burgués moderno, para llegar a la crítica misma del arte y a la reivindicación de la muerte del arte, mediante su absoluta universalización dentro del género humano, es decir, mediante la conversión de todos los seres humanos en artistas verdaderos. E igualmente sucede con la crítica de la ciencia actual, la que más allá de criticar el uso capitalista de la ciencia, tiene ahora que poner en cuestión la figura misma del 'científico', y la atribución sesgada de la actividad científica a sólo unos pocos seres humanos, junto a la exclusión de la inmensa mayoría de la humanidad del ejercicio y potenciación de sus respectivos talentos científicos. Porque igual que es necesario cuestionar la división entre trabajo manual y trabajo intelectual, así es necesario también criticar la división entre de un lado los artistas, o en otro caso los científicos, como seres supuestamente excepcionales y extraordinarios, y del otro lado una masa de pasivos y limitados consumidores de arte, o de espectadores asombrados de los grandes descubrimientos de la ciencia. Pues si todos poseemos cabeza, y manos, y cuerpo, y por ende todos podemos desarrollar por igual el trabajo manual que el trabajo intelectual, también todos poseemos diversas habilidades artísticas y creativas, y también científicas y de investigación, que podemos cultivar y expresar de manera amplia y universal.16

Por eso, los actuales movimientos antisistémicos de América Latina, igual que los movimientos genuinamente antisistémicos de todo el mundo, a la vez que retoman las banderas y las luchas de los movimientos anticapitalistas anteriores a 1968, para criticar y cuestionar al Estado capitalista, a la explotación social burguesa, a la clase dominante capitalista, y a la ideología y a la cultura burguesas hoy prevalecientes, también critican y se confrontan con el patriarcado y con el machismo, con el modo instrumental degradante de vínculo del hombre con la naturaleza, con el antagonismo entre el campo y la ciudad y sus irracionales efectos, contra el saber poder y contra todos los micropoderes sociales, contra el uso degradado capitalista de la ciencia y de la tecnología, o contra las formas excluyentes y jerárquicas del arte, entre otros de sus muchos combates importantes.

Sobre los perfiles específicos de los movimientos antisistémicos de América Latina

Si tratamos, finalmente, de preguntarnos sobre los rasgos comunes que caracterizan al conjunto de los movimientos antisistémicos de América Latina, más allá de sus obvias singularidades y especificidades irrepetibles, podremos ubicar varios elementos compartidos por todos ellos, elementos que incluso están también presentes en varios de los movimientos antisistémicos de otras partes del planeta Tierra. Por eso, algunos de esos elementos se han hecho evidentes en algunas de las revueltas del año de 2011, pero también anteriormente, como en el caso de las revueltas parisinas de los suburbios del año de 2005, por ejemplo.

Así, un primer rasgo claro de estos nuevos movimientos latinoamericanos genuinamente antisistémicos, se conecta directamente con sus raíces históricas ya mencionadas, que nos remontan a la revolución cultural mundial de 1968. Y ese rasgo es el de estar siempre impregnados de una nueva radicalidad global, la que al haber sido actualizada por los movimientos de 1968, se mantendrá y heredará hasta la actualidad, distanciando a estos nuevos movimientos de Latinoamérica del anterior reformismo político y social de algunas izquierdas pre68, pero también de las supuestas ‘izquierdas’ políticas actuales, domesticadas y cómplices del capitalismo, que en ciertos casos sostienen a los gobiernos ‘progresistas’ o del ‘giro a la izquierda’, y en otros sólo persiguen pequeños cambios cosméticos del actual sistema capitalista, cambios que no ponen en cuestión su existencia y que por el contrario le permiten sobrevivir todavía unos pocos lustros más.17

Por eso, estos movimientos antisistémicos de nuestro semicontinente, nos recuerdan que la lucha por pequeñas reformas, económicas, o sociales, o políticas, no es un objetivo en sí mismo, y también que nuestro objetivo final no es el de conquistar el poder del Estado, o el de estatizar los medios de producción sociales, sino simple y radicalmente, ¡simple y radicalmente!, el de cambiar el mundo de manera profunda y total, destruyendo totalmente al Estado, eliminando por completo la actividad misma de la política, devolviéndole a los productores la autogestión completa de sus propios medios de producción colectivos, y edificando un mundo no capitalista, no clasista y no prehistórico, es decir, y tal y como plantean los dignos indígenas rebeldes neozapatistas, ‘un mundo en el que quepan muchos mundos’.

De este modo, y para poder dar curso práctico a esta nueva radicalidad global, un segundo trazo compartido por todos estos movimientos antisistémicos latinoamericanos, es el de cultivar, defender y mantener una también nueva lógica, anticapitalista y antisistémica radical. Una lógica que remonta, en sus versiones modernas, a la propia herencia de Marx y a las tradiciones del marxismo crítico del siglo XX, y que reivindica la necesidad de pasar todo el tiempo ‘el cepillo de la historia, a contrapelo de los hechos históricos’, pero también de las diversas situaciones actuales que esos movimientos enfrentan, para escapar de la lógica legitimadora y envolvente del enemigo, que siempre nos llevará a justificarlo y a reproducirlo, y para crear de modo efectivo tanto las estrategias eficaces para combatirlo, como también para ir construyendo, aquí y ahora, los nuevos mundos que genuinamente lo trascienden y superan.

Una lógica que aprende a ‘mirar hacia y desde abajo, y hacia y desde la izquierda’, para ser capaz de entender y de explicar de otro modo la realidad, pero también para encontrar en ella, desde ahora, el ‘lado malo’ que la corroe y que habrá muy pronto de negarla y superarla, siendo además el germen de las nuevas realidades futuras por venir. Lógica que desde el mecanismo del ‘extrañamiento’ frente a la realidad y frente a la lógica capitalista, se dedica a ‘impensar’ nuestras categorías habituales y nuestras explicaciones cotidianas, para desmontar los supuestos no explicitados de nuestras concepciones y explicaciones, y para desandar los caminos del pensamiento hacia atrás, abriendo así el ejercicio de la razón realmente crítica, y desde ella, de otra explicación y asunción igualmente críticas de la realidad.18

Nueva radicalidad global y nueva lógica antisistémica radical, que en parte se apoyan en el tercer rasgo común a los movimientos latinoamericanos, que es el de la clara ampliación de los sujetos revolucionarios que constituyen su base social de apoyo. Porque después de 1968, y vinculado a la entrada del capitalismo mundial en la etapa de su crisis terminal, se actualiza la vigencia de la tesis de Marx antes mencionada, respecto de la inminencia del triple tránsito que ahora confronta la humanidad entera. Y si de lo que se trata hoy es de enterrar al mundo capitalista, pero también a toda posible sociedad de clases, e incluso y más allá de cerrar la larga prehistoria humana hasta hoy vivida, entonces esta tarea implica multiplicar y complejizar los sujetos sociales de la rebelión, sumando a actores, sectores, grupos y estratos antes no protagónicos, e incluso a veces no considerados en absoluto, dentro del horizonte del cambio social radical.

Pues hoy, aunque la clase obrera y los campesinos pobres siguen siendo centrales e imprescindibles para cualquier cambio revolucionario radical, también lo son igualmente esos nuevos sujetos que, a todo lo largo y ancho del tejido social, alimentan y construyen a los nuevos movimientos antisistémicos, tales como el movimiento estudiantil, o los movimientos indígenas, o los movimientos feministas, o ecologistas, o pacifistas, o urbanos, o de jubilados, o de homosexuales, o antirracistas, o un largo etcétera posible. Movimientos de nuevos actores o sujetos rebeldes, ya antes existentes pero no protagónicos, a los que se suman también ahora, en estos lustros más recientes, las múltiples figuras de los excluidos sociales, los que compartiendo el prefijo de los ‘sin’, han llevado a cabo en los últimos tiempos muchas de las principales rebeliones antisistémicas en todo el mundo.19

Por ejemplo, los ‘sin trabajo’ argentinos, o también los ‘sin tierra’ de Brasil, pero igualmente los indígenas de toda Latinoamérica, que son los ‘sin visibilidad, sin ciudadanía y sin derechos’. Pero también, y en otras zonas del planeta, los ‘sin papeles’ en Europa o en Estados Unidos, o los que en 2011 se autodeclaran ‘sin trabajo, sin casa, pero también... sin miedo’ en la revuelta de los indignados españoles, o ‘sin libertad’ en Egipto, en Estados Unidos o en Túnez, o ‘sin democracia’ en Grecia, o ‘sin educación gratuita y de calidad’ en Chile, entre otros.

Variedad y complejidad mucho mayor de los nuevos sujetos de la rebelión social actual, que se expresa, lógicamente, en el cuarto perfil compartido por los movimientos antisistémicos de América Latina, y que es el de la también multiplicación y diversificación de las demandas radicales que ellos enarbolan. Pues si los sujetos de la transformación social se multiplican, a tono con ello se pluralizan también sus demandas, las que ya no serán sólo e incluso ni siquiera predominantemente de orden económico, o político, sino también demandas estudiantiles, y antirracistas, y contra la discriminación social, o de género, de preferencia sexual, de raza, o pacifistas, o ecologistas, o feministas, o por el derecho a la diferencia, o a la cultura, a la información, a la autonomía, a la educación, o a la salud, etc.

Nuevas demandas radicales, que no sólo son nuevas por los contenidos que reclaman y por los temas que abordan, sino también por la carga profundamente antisistémica que asumen en el modo mismo de su formulación. Nuevo modo que, de manera indirecta, replantea además a las viejas demandas de tipo económico o político que antes reivindicaron los movimientos sociales precedentes. Así, estos nuevos movimientos latinoamericanos no piden solamente reparto agrario o reforma agraria, ni tampoco reclaman tan sólo la propiedad de la tierra, sino que más allá y de modo mucho más profundo, plantean la total desmercantilización y desinstrumentalizacion de la tierra, a partir de concebirla y reivindicarla como ‘Madre Tierra’, es decir como fuente misma de la vida y como condición imprescindible de la existencia misma de la humanidad, lo que se retrata muy bien en la consigna neozapatista que clama: ‘¡La tierra no se compra ni se vende, se ama y se defiende!’.20

O también el feminismo realmente antisistémico de estos movimientos, que más allá del absurdo lema del ‘empoderamiento’ o de la limitada lucha de cuotas o de equidad de espacios, lo que cuestiona es la división binaria misma y la asignación polarizada de roles, de funciones y de atributos, para ‘hombres’ y para ‘mujeres’, a partir de un combate unido de hombres y mujeres en contra de su real y verdadero enemigo común, que es el sistema capitalista, con su trasfondo de la sociedad de clases y con toda la nefasta estela y herencia que ambos implican. O igualmente la lucha por la democracia, la que no es una vulgar lucha electoral, o de partidos o de parcelas de poder, sino una radical crítica de la actual democracia representativa burguesa, siempre delegativa, derivativa y suplantativa, y una defensa de la verdadera y genuina democracia, directa, asamblearia y autogestiva, y por ende, idéntica al autogobierno popular. Y ello, desde una crítica igualmente radical de la propia actividad de la política, la que secuestra para una minoría, la gestión y la decisión, de y sobre, los asuntos comunes de las grandes mayorías de todo tipo.21

Una quinta arista de estos movimientos, es la de que al estar constituidos, en una parte importante de sus bases sociales, por los nuevos sectores sociales de los excluidos, ellos son, por el contrario, movimientos muy inclusivos de todos los sectores sociales y de todos los estratos de las sociedades civiles de sus países respectivos. Movimientos muy abiertos y tolerantes, que además de dialogar con la sociedad civil, y de escucharla y consultarla, y luego convocarla a trabajar unidos, son también movimientos muy flexibles e inventivos en la adopción o creación de nuevas tácticas de lucha, de nuevos métodos de acción y de protesta, de nuevas estrategias frente al poder, y de nuevas formas de desplegar y de organizar en la práctica sus distintos combates.

Movimientos que plantean consignas como la de luchar por ‘un mundo en el que quepan muchos mundos’, que por lo tanto, aceptan en sus filas a personas con ideologías plurales y diversas (aunque siempre, con la única condición de que sean genuinamente anticapitalistas y antisistémicas), a la vez que organizan frentes amplios con sectores, grupos y actores muy diferentes entre sí. Y si, como lo planteó Marx, ‘riqueza es diversidad’, entonces estos nuevos movimientos son muy ricos, en la medida en que no sólo aceptan, sino que incluso reivindican y cultivan en los hechos la tolerancia, la diversidad, la diferencia y la pluralidad, lo más amplias y abarcadoras posibles.

Y si estos movimientos antisistémicos latinoamericanos son, frente a sus sociedades civiles y frente a la sociedad en general, tan abiertos, dialógicos, tolerantes e inclusivos, también son, lógicamente, y es este su sexto trazo característico, movimientos que internamente se organizan de modo muy horizontal, y por lo tanto de modo muy poco jerárquico, rígido y piramidal, creando más bien estructuras de organización muy flexibles, laxas, horizontales y desconcentradas. Por lo cual, y a diferencia de las estructuras del tipo de organización como partidos, anteriores a 1968, en ellas los liderazgos tienden a ser más colectivos que individuales, pero también más rotativos, efímeros, y sustituibles en cualquier momento. Lo que implica que el reparto de tareas y de funciones es lo más amplio y desconcentrado posible, además de ágil y movible, renunciando a los pomposos términos jerárquicos antes utilizados de Presidente, Vicepresidente, Secretario General, o Jefe, para sustituirlos por los más sencillos y comunes de Responsable, Encargado, Titular, Coordinador o Comisionado.

Estructuras organizativas laxas y abiertas, conformadas por el principio de no homogenizar y no hegemonizar a sus distintos miembros, que en general funcionan internamente a partir de la ya mencionada democracia directa y asamblearia, en la que las bases del movimiento deciden los rumbos y las grandes encrucijadas del mismo, y los ‘representantes’, o delgados, o responsables, o voceros o coordinadores o comisionados solamente expresan, transmiten ejecutan y operacionalizan en la práctica las decisiones de las asambleas, desde el principio del ‘mandar obedeciendo’. Y esto, dentro de un esquema en el que esos representantes o comisionados pueden en todo momento ser elegidos, o llamados a cuenta, y son siempre potencialmente revocables y removibles, además de trabajar sin ningún sueldo y sólo con el ánimo de servir al colectivo, de una manera que no casualmente, nos recuerda fuertemente a la Comuna de París.22

Un séptimo elemento que está presente en los movimientos antisistémicos que aquí analizamos, es el de Ios nuevos lenguajes y los nuevos discursos políticos que los caracterizan. Pues lejos del lenguaje de los políticos oficiales, sean de derecha, de centro o de supuesta izquierda, que es siempre un lenguaje acartonado, monótono, vacío, rígido, repetitivo y retórico, resalta por contraste el lenguaje de estos nuevos movimientos, al ser un lenguaje que es festivo, burlón, jocoso, florido, inventivo y desacralizador, es decir, un lenguaje que reproduce las formas y los códigos de construcción de la cultura popular y subalterna, caracterizada muy brillantemente, por ejemplo, por Mijail Bajtin. Un lenguaje y unos discursos frescos e incisivos, que además de romper con el lenguaje oficial y mostrar por contraste su vacuidad y limitación, son capaces de resignificar los términos que usan, resemantizando los contenidos de las palabras y renovando la percepción de lo que ellas connotan, desde la nueva radicalidad global recuperada, y desde la nueva lógica antisistémica que también caracterizan a estos movimientos.

Nueva ‘habla’ de los movimientos antisistémicos de nuestro semicontinente, que además es muchas veces oxymorónica, al estar obligada a conformarse a contracorriente de la racionalidad dominante, y por ende, a ser profundamente paradójica. Como cuando los piqueteros argentinos se autobautizan como ‘trabajadores desocupados’, o cuando los compañeros brasileños se llaman a sí mismos ‘trabajadores rurales sin tierra’, o también cuando los neozapatistas nos hablan de que se cubrieron el rostro para ser vistos, o que mueren para vivir, o que se quitan el nombre para ser nombrados, o que son el ejército más pacífico del mundo, o que son la tierna furia, o que construyen el mañana con el ayer, etc. Y un habla que además de todo, es también bella y profundamente poética y agradable, e igualmente, es floridamente estética.

El octavo rasgo que, de manera compartida y universal, caracteriza a estos nuevos movimientos antisistémicos de América Latina, es el de la peculiar noción de autonomía que ellos sostienen, y por la cual luchan y se desvelan cotidianamente. Pues dado que una parte importante de sus bases sociales son los sectores más excluidos de la sociedad, y dada también su radical postura antisistémica, entonces es comprensible que estos movimientos se confronten radicalmente con sus respectivos gobiernos, pero también y más allá, con sus respectivos Estados, y con los Partidos políticos con los que coexisten, y con las corruptas clases políticas que los intentan cooptar, o corromper, o desviar de sus objetivos, o anular, y también muchas veces combatir y hasta directamente reprimir y destruir. Aunque igualmente, y por las mismas razones, estos movimientos antisistémicos latinoamericanos también se oponen radicalmente a los poderes económicos, o a los grupos de presión social, o a los medios de comunicación masivos o a la opinión pública manipulada y deformada de sus respectivos países.

Oposición y confrontación radicales, desde las cuales ellos construyen una nueva noción de autonomía, la autonomía global integral que ejemplifican paradigmáticamente los neozapatistas mexicanos, y que trasciende con mucho a las nociones limitadas de la autonomía sólo jurídica, o sólo política, o incluso sólo identitaria o antropológica. Porque si bien la autonomía global integral incluye también la idea jurídica de regirse de acuerdo a sus propias leyes, y la dimensión política de elegir a sus propias autoridades y de ser independientes del Estado, e incluso el nivel antropológico de vestirse, educarse y vivir de acuerdo a sus propios ‘usos y costumbres’, sin embargo esa noción de autonomía global va mucho más allá, para incluir también la definición de su propia economía deseada, y las relaciones de género elegidas, y el establecimiento de su propia cultura, y de su arte, y de su educación, y de su salud, y de su vida toda. Pues esa autonomía global e integral es nada menos que la capacidad de decidir, libremente y sin injerencias externas, el tipo de vida que ellos quieren vivir, y el tipo de sociedad que ellos desean construir, en absolutamente todos los niveles del tejido y de la realidad social en su conjunto y en su totalidad.

Finalmente, un noveno trazo de todos los movimientos latinoamericanos genuinamente antisistémicos, es el de plantarse frente al poder y los poderes de una manera nueva y radical, confrontándolos además de un modo también nuevo y original. Pues más allá de combatir radicalmente a los gobiernos burgueses, de plantear la abolición del Estado, y de promover enfáticamente la muerte misma de la política, para sustituirlos por gobiernos que manden obedeciendo, desde los principios de la democracia directa y asamblearia, y desde la reabsorción de lo político por lo social, estos movimientos plantean que lo que hace falta es ‘revolucionar el poder desde abajo y a la izquierda’, para eliminar las condiciones mismas que hacen posible la existencia de cualquier relación de poder asimétrico o jerárquico, y para devolver ese poder y esos poderes a las comunidades mismas, las que son la fuente primigenia de su generación y de su constitución, como nos lo enseño hace tiempo el propio Marx, y como lo refrendó más recientemente Michel Foucault.23

Lo que implica que no se trata de querer cambiar el mundo ignorando al poder, sino de cambiar el mundo y también cambiar el poder, generando contrapoderes desde abajo y a la izquierda, que combaten y disuelven, en los hechos, las peculiares condiciones que han permitido establecer las formas antagónicas, jerárquicas, asimétricas e impositivas del poder y de los poderes sociales, actualmente existentes y dominantes. Y ello, para reconvertir esas formas destructivas y opresivas del poder, en las primigenias formas unitarias y afirmativas del poder social de las comunidades y de las sociedades humanas, frente a la naturaleza, frente a sus problemas comunes, o frente a las encrucijadas diversas de su propia historia.

Estos son, brevemente enunciados, algunos de los perfiles principales que hoy caracterizan a los movimientos antisistémicos de América Latina, movimientos que al ser actualmente el frente de vanguardia mundial de las luchas antisistémicas de todo el planeta, son también movimientos que están, muy feliz y promisoriamente, igual que la poesía, ‘cargados de futuro’.

Notas

1 Este texto es la versión escrita y corregida, de la Conferencia Magistral impartida sobre este mismo tema, en el Seminario Permanente de Psicología Social Comunitaria, el 22 de febrero de 2016. Agradezco a la Dra. Katherine Herazo, Coordinadora de ese Seminario, la invitación para impartir esta Conferencia.
3 Sobre este mapa político actual de América Latina, en lo que se refiere a sus estructuras más profundas y a sus tendencias de mediano y largo plazo, así como a sus efectos sobre los nuevos movimientos antisistémicos de Latinoamérica, cfr. Raúl Zibechi, Autonomías y emancipaciones. América Latina en movimiento, Ed. Quimantú, Santiago de Chile, 2008, Movimientos sociales en América Latina. Entrevista, Ed. La Crujía Ediciones, Buenos Aires, 2008, y (en coautoría con Decio Machado), Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo, Ed. Desde Abajo, Bogotá, 2016, y Carlos Antonio Aguirre Rojas, L’Amérique Latine en rébellion, Ed. L’Harmattan, Paris, 2008, y “Les nouveaux mouvements antisystemiques en Amérique Latine: une brève radiographie générale”, en Review, vol. XXXI, núm. 1, 2008.
4 Para entender más adecuadamente este contexto posterior a 1968 y hasta hoy, cfr, Immanuel Wallerstein, La crisis estructural del capitalismo, Ed. Quimantú, Santiago de Chile, 2016, y Horizontes del análisis del sistema-mundo moderno, Ed. Instituto Politécnico Nacional, México, 2015, Carlos Antonio Aguirre Rojas, Para compreender o século XXI. Uma gramática de longa duração, Ed. Universidade de Passo Fundo – Editora da Pontificia Universidade Catolica de Rio Grande do Sul, Porto Alegre, 2010, y “‘Globalization’ and ‘Mondialization’: A Critical – Historical Perspective”, en Stiinte Politice, tomo 2, Iasi, Rumania, 2007, y también Immanuel Wallerstein, Charles Lemert y Carlos Antonio Aguirre Rojas, Uncertain Worlds. World-Systems Analysis in Changing Times, Ed. Paradigm Publishers, Bouldon, 2012.
5 Sobre este triste y complejo fenómeno de los feminicidios en Ciudad Juárez, cfr. Dalia Barrera Bassols, “Las ‘muertas’ de Ciudad Juárez. Reflexiones desde el punto de vista de género”, en Contrahistorias, núm. 4, México, 2005.
6 Sobre esta polarización ideológica y sobre sus múltiples consecuencias, cfr. Immanuel Wallerstein, Después del Liberalismo, Ed. Siglo XXI, México, 1996, y para sus efectos específicos sobre Latinoamérica, véase Carlos Antonio Aguirre Rojas, América Latina. História e Presente, Ed. Papirus, Sao Paulo, 2004, capítulos 1 y 5.
7 Sobre estas revueltas del año de 2011, y sobre sus conexiones, tanto con las raíces profundas de la revolución mundial de 1968, como con el neozapatismo mexicano, véanse los ensayos compilados en el número 18 de la revista Contrahistorias, del año de 2012, y en particular el de Immanuel Wallerstein, “Las contradicciones de la Primavera Árabe”. Véase también, Carlos Antonio Aguirre Rojas, “2011 népfölkelésel - történeti távlatban” (en lengua húngara o magyar: La rebeliones de 2011 en perspectiva histórica), en Eszmelet, núm. 94, Budapest, 2012.
8 Sobre esta tesis, cfr. Immanuel Wallerstein, “Capítulo 5. Cuatro acercamientos al neozapatismo mexicano”, en su libro Historia y dilemas de los movimientos antisistémicos, Ed. Contrahistorias, México, 2008, y “Entrevista sobre los nuevos movimientos antisistémicos en México y en el mundo (enero de 2015)”, en Contrahistorias, núm. 24, México, 2015.
9 Para ampliar la caracterización de estos gobiernos llamados ‘progresistas’, cfr. Bolívar Echeverría, “El Socialismo del Siglo XXI es un Capitalismo Cristiano Corregido”, en Contrahistorias, núm. 16, México, 2011, Subcomandante Insurgente Marcos, “De redentores e irredentos”, discurso del 16 de julio de 2007, en el sitio de ‘Enlace Zapatista’, http://www.ezln.org.mx, la entrevista Corte de Caja, Coedición Ed. Alterno y Ed. Bunker, México, 2008, y la entrevista “El elemento extra: la organización”, en Rebeldía, núm. 42, 2006, Raúl Zibechi, “Crítica de los gobiernos ‘progresistas’” en Contrahistorias, núm. 26, México, 2016, y Carlos Antonio Aguirre Rojas, Antimanual del Buen Rebelde, Ed. El Viejo Topo, Barcelona, 2015, especialmente el capítulo 3, y “Lateinamerika heute: Eine Darstellung aus der Sicht den ‘langen Dauer’”, en Comparativ, año 12, núm. 5/6, 2002.
10 Sobre algunos de los movimientos mencionados, cfr. Subcomandante Insurgente Marcos, “V. La Sexta”, en el libro Ellos y Nosotros, Ed. Equipo de Apoyo de la Comisión VI del EZLN, México, 2013, o también en el sitio de ‘Enlace Zapatista’ ya antes mencionado, Carlos Antonio Aguirre Rojas, “La nueva etapa del neozapatismo mexicano”, en Contrahistorias, núm. 21, México, 2013, Coordinadora Arauco Malleco de Chile, “El pensamiento emancipatorio de la Coordinadora de Comunidades Mapuche en Conflicto (CAM)”, en Contrahistorias, núm. 25, México, 2015, Miguel Mazzeo, “Piquetes y construcción nacional alternativa. Entrevista”, en Contrahistorias, núm. 18, 2012, Oscar Olivera y otros, “Carta Pública Abierta a Evo Morales y a Álvaro García, contra el Gasolinazo y por el Autogobierno de nuestro Pueblo”, en Contrahistorias, núm. 16, México, 2011, Felipe Quispe, “Entrevista sobre la situación actual de Bolivia (junio de 2015)”, en Contrahistorias, núm. 26, México, 2016, Militantes del MST, “Carta de salida de los 51 Militantes del MST de Brasil”, en Contrahistorias, núm. 18, México, 2012, y Marlon Santi, “Un nuevo giro hacia la izquierda: la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador. Entrevista” en Contrahistorias, núm. 11, México, 2008.
11 Sobre el vínculo esencial entre el desarrollo de la burguesía nacional y la consolidación del mercado interno nacional, siempre es bueno releer el texto clásico de Vladimir Ilich Lenin, El desarrollo del capitalismo en Rusia, Ed. Estudio, Buenos Aires, 1973. Véase también, para los casos italiano y mexicano, respectivamente, Emilio Sereni, Capitalismo e mercado nazionale in Italia, Ed. Riuniti, Roma, 1966, Giovanni Levi, La herencia inmaterial, Ed. Nerea, Madrid, 1990, y Carlos Antonio Aguirre Rojas, Contrahistoria de la Revolución Mexicana, 2ª edición, Ed. Universidad Michoacana, Morelia, 2011.
12 Sobre esta crisis aguda de la política contemporánea, que es de escala claramente planetaria, cfr. Carlos Antonio Aguirre Rojas, Immanuel Wallerstein. Crítica del sistema-mundo capitalista, Ed. LOM, Santiago de Chile, 2004, y “La Otra Política de la Otra Campaña: la muerte de la política y el renacimiento del poder social”, en Contrahistorias, núm. 6, México, 2006. También Sergio Rodríguez Lascano, La crisis del poder y nosotr@s, Ed. Rebeldía, México, 2010, y “La forma zapatista de hacer política. Entrevista”, en Viento Sur, núm. 83, 2005.
13 Sobre la relación y a la vez diferencia entre los conceptos de movimiento anticapitalista y movimiento antisistémico, así como sobre los diversos significados que pueden atribuirse a ambos términos, cfr. Immanuel Wallerstein, Historia y dilemas de los movimientos antisistémicos, antes citado, en particular el capítulo 2, “Las nuevas rebeliones antisistémicas: ¿un movimiento de movimientos?”, Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi y Terence Hopkins, Movimientos Antisistémicos, Ed. Akal, Madrid, 1999, y Carlos Antonio Aguirre Rojas, “O que são os movimentos antisistêmicos?”, en História em reflexão, vol. 7, núm. 13, 2013, en: http://www.periodicos.ufgd.edu.br/index.php/historiaemreflexao, Movimenti Antisistemici. Pensare un'alternativa nel XXI Secolo, Ed. Aracne Editrice, Roma, 2013, y Antimanual del Buen Rebelde, ya citado, en especial el capítulo 2.
14 Marx expresó muy claramente la idea aquí desarrollada de la triple transición, en su pasaje final de la Miseria de la Filosofía, pero también abundó en sus diversas consecuencias, en el capítulo 1º de su Ideología Alemana, en donde habla de la tarea del comunismo de abolir el trabajo, o de provocar la muerte del arte, por la vía de convertir a todo el género humano en artistas, lo mismo que en varios pasajes importantes de El Capital, o de sus Elementos fundamentales para la crítica de la economía política. Grundrisse, en donde desarrolla las tesis de la disolución del antagonismo entre el campo y la ciudad, o entre el trabajo manual e intelectual, o del necesario fin de la prehistoria humana actual y de su paso hacia el reino de la libertad.
15 Sobre este complejo tema de la cultura, y de las relaciones entre culturas hegemónicas y culturas subalternas, cfr. Bolívar Echeverría, Definición de la Cultura, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 2010, Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos, Ed. Muchnik, Barcelona, 1991, Mijail Bajtin, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais, Ed. Alianza Editorial, Madrid, 1987, Edward P. Thompson, Costumbres en común, Ed. Crítica, Barcelona, 1995, y Carlos Antonio Aguirre Rojas, “Hegemonic cultures and Subaltern cultures: Between Dialogue and Conflict”, en Review, vol. XXVIII, núm. 2, 2005.
16 Esta postura radical y antisistémica, frente a los complejos fenómenos del arte y de la ciencia, es la que se hizo evidente en las ricas experiencias recientes del Festival 'CompArte por la Humanidad' y del Encuentro 'L@s Zapatistas y las ConCiencias', promovidos por el neozapatismo mexicano en julio y agosto de 2016, y en diciembre de 2016 y enero de 2017, respectivamente. Sobre este punto, cfr. todos los Comunicados correspondientes a este Festival y a este Encuentro, del Subcomandante Insurgente Moisés y del Subcomandante Insurgente Galeano, en el sitio de Enlace Zapatista: http://www.ezln.org.mx, y también Carlos Antonio Aguirre Rojas, "Arte, Ciencia y Saberes neozapatistas. Nacer desde abajo el nuevo mundo no capitalista", en Contrahistorias, número 27, México, 2017.
17 Sobre los efectos inmediatos, pero también duraderos de la revolución mundial de 1968, que crean el contexto para los nuevos movimientos antisistémicos de América Latina y de todo el mundo, a la vez que son una de sus raíces principales, y el modelo de su nueva radicalidad global, cfr. Fernand Braudel, “Renacimiento, Reforma, 1968: revoluciones culturales de larga duración”, en La Jornada Semanal, núm. 226, 10 de octubre de 1993, Immanuel Wallerstein, “1968: Revolución en el sistema-mundo. Tesis e interrogantes”, en Estudios Sociológicos, núm. 20, 1989, y Carlos Antonio Aguirre Rojas, “Revoluţia culturală de la 1968 ca moment de transformare profundă în gândirea istorică: schimbări în istoriografia Americii Latine şi de Vest”, (en lengua rumana: La revolución cultural de 1968 como momento de transformación histórica profunda de los estudios históricos: el caso de la historiografía de América Latina), en Stiinte Politice, tomo 3, Iasi, Rumania, 2008, y “La revolución mundial de 1968, cuatro décadas después”, en Contrahistorias, núm. 11, 2008.
18 Sobre esta lógica antisistémica y crítica, vale la pena revisar el libro de la Comisión Sexta del EZLN, El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista I, Ed. EZLN, México, 2015, y el conjunto de los textos incluidos en el número 25 de la revista Contrahistorias, en especial los de Michel Foucault, “¿Qué es la crítica? Crítica y Aufklärung”, Bolívar Echeverría, “Definición del discurso crítico”, y Carlo Ginzburg, “Extrañamiento. Prehistoria de un procedimiento literario”. También, Carlos Antonio Aguirre Rojas, “La contribución del neozapatismo mexicano al desarrollo del pensamiento crítico contemporáneo”, en El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista III, Ed. EZLN, México, 2016 y “A Mirada neozapatista: olhar (para e desde) baixo e à esquerda”, en História e Luta de Classes, año 7, núm. 11, Paraná, 2011.
19 Un mérito del neozapatismo mexicano está en haber captado, desde siempre, la importancia actual de estos nuevos grupos de excluidos, como nuevos sujetos de la rebeldía y del cambio social radical.
20 Esta idea de la tierra como ‘Madre Tierra’, aún muy presente y vigente en los pueblos indígenas actuales de México, Bolivia, Ecuador, Perú, Colombia o Chile, es en realidad una idea que todas las sociedades humanas desarrollaron y mantuvieron en alguna etapa de su desarrollo. Sobre este punto, cfr. Mircea Eliade, Tratado de Historia de las Religiones, Ed. Era, México, 2004, y Carlos Antonio Aguirre Rojas, “Latin America's Antisystemic Movements and its Struggle for the Land in the Twenty-First Century”, en Review, vol. XXXIII, núm. 4, 2010.
21 Sobre esta concepción radical de la democracia, como democracia directa, asamblearia e idéntica al autogobierno del pueblo, y sobre sus conexiones con la idea de otro gobierno, de otra política, y del principio del 'mandar obedeciendo', cfr. Carlos Antonio Aguirre Rojas, Les leçons politiques du néozapatisme mexicain. Commander en obéissant, Ed. L’Harmattan, Paris, 2010, y “Noua démocratie to noilor antisistemice din America Latina miscari” (en lengua rumana: La nueva democracia de los nuevos movimientos antisistémicos de América Latina), en Stiinte Politice, vol. III, Iasi, Rumania, 2008.
22 Sobre las profundas lecciones de la Comuna de Paris, hoy enormemente vigentes para los nuevos movimientos antisistémicos de todo el mundo, siempre es útil releer el agudísimo análisis de Carlos Marx en su libro La guerra civil en Francia, Ed. Desde Abajo, Bogotá, 2011. Véase también, Carlos Antonio Aguirre Rojas, “Releyendo La guerra civil en Francia desde la América Latina del Siglo XXI”, en Contrahistorias, núm. 16, México, 2011.
23 Sobre este tema complejo del poder y de los poderes, cfr. Carlos Marx y Federico Engels, La ideología alemana, Ediciones de Cultura Popular, México, 1974, Carlos Marx, La guerra civil en Francia, ya antes citado, Michel Foucault, Vigilar y castigar, Ed. Siglo XXI, México, 1993, y El poder, una bestia magnífica, Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, 2012, y Carlos Antonio Aguirre Rojas, “Gerando o contrapoder, de baixo para cima e à esquerda”, en Lutas Sociais, núm. 17/18, Sao Paulo, 2007.
HTML generado a partir de XML-JATS4R por