Perfiles militantes de la generación indignada en México. Notas al margen de un cuestionario1

Massimo Modonesi
UNAM ‐ México , México

Perfiles militantes de la generación indignada en México. Notas al margen de un cuestionario1

Theomai, núm. 36, pp. 179-186, 2017

Red Internacional de Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo

Número 36 (tercer trimestre 2017) - number 36 (third trimester 2017)

Theomai 36
Theomai 36

Revista THEOMAI / THEOMAI Journal Estudios críticos sobre Sociedad y Desarrollo / Critical Studies about Society and Development

Theomai

Con la finalidad de identificar algunos elementos constitutivos de los perfiles militantes que se configuraron en el ciclo antagonista de 2012-2014, entre el movimiento #YoSoy132 y #TodosSomosAyotzinapa, aplicamos un cuestionario de 31 preguntas a 37 jóvenes militantes de diversas organizaciones y colectivos políticos de izquierda radical.3

Seleccionamos jóvenes que tenían entre 20 y 31 años en 2016 (promedio 25.18) cuya politización fue marcada por las experiencias de 2012 o 2014, cuando tenían 21 y 23 años en promedio. Jóvenes universitarios principalmente de la UNAM -aunque solo en 62.2% eran estudiantes al momento de la entrevista- formados casi exclusivamente en escuelas públicas y cuyo padres ostentan títulos universitarios en altos porcentajes (más del 45%) la mitad de los cuales fueron, en algún momento de su vida, activistas o militantes –en organizaciones sociales y políticas generalmente de orientación socialista o comunista- son asalariados o profesionales que se ubican socialmente en estratos medios o medio-bajos, mismo nivel en el cual también dicen colocarse más de dos tercios de los jóvenes que contestaron el cuestionario.

Presento a continuación los resultados más notables del procesamiento de los datos obtenidos, intercalados con observaciones que tratan de evidenciar algunos rasgos sobresalientes de los jóvenes militantes antagonistas de la generación #YoSoy132-Ayotzi.

Entre #YoSoy132 y #TodosSomosAyotzinapa

Los encuestados indicaron, a la pregunta sobre su primera experiencia política, distintos acontecimientos puntuales (marchas, movimientos, organizaciones, etc..) vividos en edades muy juveniles (promedio 15.4 años) mientras que, a la hora de señalar la más significativa, las menciones más repetidas fueron el #YoSoy132, movimientos estudiantiles (35.1%) y movimientos sociales (como Atenco, lucha magisterial, SME) (48.6%). Solo en pocas ocasiones se mencionaron movimientos de tipo más claramente político, como el zapatismo (8%) y en ningún caso a un partido y a una circunstancia ligada a procesos electorales.

Al referirse a la experiencia más significativa, las más señaladas fueron Ayotzinapa y #YoSoy132 (17.5% y 12.8%) en medio de una gran dispersión de referencias más puntuales – SME, zapatismo, MPJD, Atenco- o generales (como “organización social”, “colectivo estudiantil” y “movimiento obrero”).

Al mismo tiempo, aun reconociendo un contexto de múltiples instancias de politización, aparece claramente la centralidad de los episodios de movilización masiva de 2012 y 2014, los momentos más significativos de un periodo de conflictividad que, en efecto, como lo hemos mencionado, contiene episodios donde los jóvenes, además de protagonizar experiencias de corte estrictamente estudiantiles - por ejemplo la de la COMECOM o del IPN que se revisan en otros capítulos de este libros- acompañaron luchas sociales como las de los electricistas, los maestros y las víctimas de la guerra al narco, para mencionar las más amplias y prolongadas.

Intensidad militante de tiempo parcial

A la pregunta sobre su actividad política, los jóvenes encuestados optaron por identificarse más como militantes (67.6%) que como activistas (27%), si bien esta última acepción obtuvo un número significativo que no deja de dar cuenta de un pasaje epocal en curso y, al mismo tiempo, de la persistencia de un formato o por lo menos de una denominación que sigue llevándose con orgullo y que no forzosamente representa una anacronismo destinado a desaparecer, aun cuando el militantismo como práctica y como autodenominación queden relegados en franjas juveniles más minoritarias de las de décadas anteriores.

En términos cuantitativos, a la pregunta sobre las horas semanales dedicadas en promedio a la política activa -excluyendo lectura e información, pero incluyendo activismo en redes)- las respuestas promediaron 21 horas y la distribución resultó muy desigual. Solo un número minoritario (22%) podría ser definido de militantes de tiempo completo (40 horas y más) y alrededor de un tercio afirmó dedicar un tiempo bastante limitado a la política (hasta 10 horas). Así que, aparentemente, estamos frente a una generación que no concibe, aún en sus núcleos más politizados y organizados –y salvo contadas excepciones-, la militancia de forma integral o totalizante en relación con los tiempos de vida, lo cual corresponde a uno de los rasgos señalados en términos del pasaje del militante integral al activista focalizado. Sin embargo, a la hora de caracterizar distintos perfiles de politización no hay que confundir intensidad con frecuencia o duración. La identificación como militantes, en los casos de los jóvenes en cuestión, parecería estar pasando por un perfil cualitativo, por una forma de hacer política y por una orientación radical que tiene vínculos de identificación –actitudinal más que ideológica, como veremos más adelante- con las generaciones militantes de ciclo anteriores, en particular en los años 60 y 70. Al mismo tiempo, salvo en el caso del grupo trotskista del MTS, los militantes encuestados se formaron en organizaciones y movimientos fundados en cultura militantes distintas y en algunos casos contrapuestas a los modelos leninistas o guevaristas. Por otra parte, no se puede obviar el peso de las circunstancias, del momento histórico, ya que no es lo mismo el sacrificio que se requiere o se está dispuesto a hacer en un clima revolucionario o de creencia en la proximidad de la revolución que en las circunstancias defensivas o resistenciales en las que reconocen estar los jóvenes militantes –como queda evidenciado en las respuestas a otra pregunta que mencionaremos más adelante.

Familia política

Respecto de los principales espacios de politización, uno de los datos más llamativo de toda la encuesta es que la primera opción resultara ser la familia (32.4% como primera opción y 12.5% como tercera), seguida por colectivo o movimiento (27% como primera, 30.3% como segunda y 31.5% como tercera), escuela (dominante como segunda opción, 51.5%) y amigos (principalmente como tercera opción). Estas respuestas dan cuenta de una mutación de fondo, solo parcialmente contrastada por un sector que hizo referencia al partido. Una transformación que no forzosamente atañe a las experiencias concretas ya que en las biografías de militantes de otras generaciones pueden rastrearse los mismos espacios de politización. La primera diferencia que puede apreciarse es, a mi parecer, más bien de una sensibilidad que traspasa las fórmulas del deber ser militante tradicional, es decir que se reconoce explícita y honestamente la influencia de la familia, la escuela y los amigos cuando en otras generaciones la postura rebelde tenía que expresarse contra la institución familiar -en tanto encarnaba un ordenamiento social asociado al capitalismo- y difícilmente se permitía reconocer la influencia de las relaciones de amistad. Aparecía aquí un rasgo generacional que habría que explorar más y que, a modo de hipótesis, podría formular como una mayor sensibilidad y disposición intimista, una valoración explícita de la afectividad y una menor sobreideologización de la esfera personal y emocional de los jóvenes militantes de hoy, los cuales, aun respetando e inspirándose parcialmente en patrones ideológicos y formatos de militancia revolucionaria del pasado, no heredan o francamente rechazan algunas de las rigideces que los caracterizaban. Al mismo tiempo, un segundo elemento de interpretación es que podría pesar el hecho que muchos de estos jóvenes crecieron en familias en donde no solo los valores tradicionales fueron trastocados por mutaciones epocales sino generalmente formadas por militantes, ex militantes o simpatizantes de ideas de izquierda, que no solo propiciaron relaciones más horizontales al interior de la familia sino que eventualmente alentaron la participación política de sus hijos. La militancia es este sentido no es el resultado de la ruptura intergeneracional a contrapelo de los valores y la autoridad paterna o familiar sino, por el contrario, de cierta continuidad o de condiciones propicias. Esta consideración no dejaría de dar cuenta de una etapa en donde los ambientes militantes son el reducto de una simple reproducción simple y no de una ampliación como en los años 60 y 70, que implicaba forzar o tensar ámbitos familiares despolitizados o conservadores.

En otro plano, pero también apuntando a la primacía de una dimensión interior de la militancia, van los datos obtenidos en otras preguntas.

Introversión militante: el piso firme del colectivo

Las respuestas a la pregunta sobre las principales actividades de militancia, los encuestados colocan en primer lugar a “discusión o reuniones” (32.4%), seguido de un patrón disperso de respuestas que formularon libremente. Resalta el hecho de que las actividades que corresponden a la conformación interna del colectivo militante (además de la anterior: organización, escribir-analizar, asambleas, labores administrativas) rebasan abrumadoramente las de otras actividades orientadas hacia fuera: de difusión y elaboración de propaganda (8.1%), trabajo comunitario o de base (10.8%), brigadas, actividades culturales, redes sociales, solidaridad con otros movimientos sociales. Además, la única mención a una manifestación pública conflictual, una acción política directa, es “movilizaciones” que obtuvo a penas el 2.7% y 8.5% como segunda y tercera mención. En segunda y tercera mención, ocupa el primer lugar la voz “difusión y elaboración de propaganda” que, en total, se convierte en la actividad más mencionada. Antes de interpretar estos datos, hay que considerar que el momento en que se realizó la encuesta era un momento de relativa ausencia de movilizaciones masivas. Al mismo tiempo, son muy evidentes las tendencias a un giro hacia la dimensión interior de la actividad política y la de pasar a un segundo plano la acción política en su sentido contencioso. Un segundo plano que puede depender de la coyuntura (es decir la ausencia de un escenario de conflicto), o de la conciencia de que se trata de una consecuencia (la acción puede darse una vez construido el sujeto, establecidas las condiciones), o que el sentido más profundo, importante y permanente de la politización se realiza en la conformación del colectivo y no en la acción directa, siendo que ésta es intermitente y su saldo incierto o tendencialmente negativo y eventualmente frustrante mientras que la acumulación de experiencias y de fuerzas que se sedimentan en el colectivo es más satisfactoria y menos incierta, lo cual asienta un piso firme de la politización, el piso firme del colectivo como lugar de pertenencia.

Organizarse es luchar

Otro dato que apunta en la dirección bosquejada en esta hipótesis es la referencia a la “organización” a la hora de responder respecto de las principales “formas de lucha”. Esta respuesta fue la primera elección (26.4%) como primera mención y la segunda (30.4%) como segunda mención, acompañada por “movilización” (23.4% y 39.8% respectivamente). Además, a la idea de organización pueden sumarse otras respuestas como autonomía, asambleas, formación política y discusión, con lo cual este rubro agregado se vuelve claramente predominante. Así que organizarse, para estos jóvenes militantes, es luchar y, si seguimos lo dicho anteriormente, como valor político en sí y como condición para poderse movilizar. Esto puede relacionarse a la concepción defensiva de las luchas, que se refleja en otra pregunta que veremos más adelante, pero también a la centralidad simbólica y práctica de un horizonte interior que no solo antecede sino cuyo valor e importancia es superior al universo exterior, el del conflicto y la lucha entendida como confrontación.

Regresando a las respuestas a esta pregunta, cabe señalar que, al interior de las formas de lucha propiamente entendidas como movilización o acción contenciosa, además de la predominancia de la fórmula genérica, aparecen esporádicamente referencias a la difusión de información, huelga, el paro, la batalla cultural o ideológica, bloqueos, tomas, confrontación y resistencia organizada y, en una ocasión, acción armada. La ausencia de referencias al formato de la marcha -recurrente en el repertorio de acción de estos años- hace pensar que se confunda con la palabra movilización.

Flexibilidad táctica

En la pregunta sobre las formas de lucha, la voz “elecciones” apareció solo dos veces como cuarta y quinta mención. Al mismo tiempo a una pregunta explícita sobre si alguna vez habían votado, el 73% respondió afirmativamente, lo cual indica que el voto útil ha sido una práctica frecuente o difusa aún en franjas militantes radicales anticapitalistas, incluida una fracción explícitamente autonomista. Esta actitud flexible que asume tácticamente el tema de las elecciones se confirma en las respuestas a la pregunta sobre si votarían a la cual el 91.9% respondió “dependiendo”, el 5.4% “siempre” y solo el 2.7% nunca. Caben aquí varias interpretaciones. Las más sencillas son las de la elasticidad ideológica o del cálculo táctico. Al mismo tiempo, se podría pensar que, detrás de ellas, juega una tendencia más de fondo, propia del escenario mexicano en donde la importancia de las elecciones y la frustración que provocaron en términos de fraudes (1988 y 2006), imposiciones presentadas como cambio (2000) o simplemente orquestadas mediáticamente (2012). Estas circunstancias pudieron haber propiciado, por una parte, una tendencia a querer intervenir en coyunturas de gran trascendencia y, por la otra, la conciencia de que se trata de un plano secundario de la lucha, poco relevante respecto de las tareas y las cuestiones de fondo que preocupan y ocupan a los jóvenes militantes radicales.

Finalmente, para terminar el punto de las formas de lucha, a la pregunta sobre si es necesaria la “violencia social y política” más que el previsible 83.8% del “a veces” son significativos el 5.4% del “nunca” y el 16.2% del “siempre”, lo cual habla de una generación tanto posguerrillera como pospacifista, para decirlo de una manera simple y provocadora.

Respecto a las redes sociales, la distribución obtenida corresponde a lo previsible, considerándose de núcleos militantes que, aun perteneciendo a una generación tecnológicamente avanzada, valoran la organización y la movilización colectivas. Los encuestados respondieron usarla mucho (51.4%), bastante (32.4%) y poco (16.2%) mientras que en cuanto al impacto la tendencia es a no sobrevalorarlas ya que solo el 21.6% las considera “fundamentales” mientras que el 62.2% “importantes” y el 18.9% “secundarias”.

Defensa anticapitalista

Al ser interrogados sobre la estrategia, la opción “toma del poder estatal” (no vía electoral, como quedó claro anteriormente) obtuvo el 45.9% respecto del 29.7% de “construcción de autonomía” y del 24.3% “construcción de contrapoder”. El matiz entre estas dos últimas opciones no es de menor importancia ya que podría colocar el tema del contrapoder en un lugar intermedio respecto del Estado y la Autonomía, teniendo además la noción de autonomía una connotación bastante precisa en los ambientes politizados donde existen corrientes explícitamente autonomistas. De todas formas, es significativa la persistencia de una línea que podemos llamar ortodoxa aún en tiempos donde la toma del poder estatal no solo es poco popular entre los jóvenes, sino que se ve muy poco probable, en particular en el corto plazo. Al mismo tiempo, y en eso radica el peso de una politización ideológicamente consistente en clave marxista, es posible que la toma del poder estatal siga estando coherentemente en el horizonte estratégico, al margen de las consideraciones anteriores. Por otra parte, en contraste con un pasado no tan lejano, no deja de quedar claro que el horizonte de la transformación es visualizado mayoritariamente afuera de la esfera estatal.

Estas consideraciones se conectan con la lectura que podemos hacer de las respuestas a la pregunta sobre el sentido del activismo, en la cual los encuestados escogieron las siguientes voces: revolución (26.5%), lucha social (19.38%), resistencia (18.36%), rebeldía (12.2%), presión social y democrática (6.1%), subversión (6.1%) y agregaron autonomía (5.1%), emancipación (4.1%) y en una ocasión dignidad y rabia e insurrección. Estos datos nos invitan a registrar algunas tendencias como la persistencia de la perspectiva revolucionaria, la dispersión semántica entre las alternativas a ésta –posiblemente propiciada por el formato de la pregunta que estaba cerrada con respuestas múltiples no excluyentes- y la baja incidencia de la perspectiva de la presión social y democrática lo cual es un rasgo de los tiempos y de la generación de militantes radicales que en ellos se forjó. Lucha, resistencia, rebeldía, subversión y autonomía no casualmente van de lo general a lo particular y son y, al mismo tiempo, no son sinónimos: pertenecen a una jerga militante y coexisten en un mismo horizonte de sentido político antisistémico y anticapitalista, pero incluyen matices importantes que no forzosamente tuvieron conscientes los encuestados.

Aparentemente en contraste con la pregunta anterior, según los encuestados, las luchas en las que participaron fueron defensivas (70.2%) mientras que solo el 24.3% le atribuyó un carácter mixto y el 5.4% las consideró ofensivas. Pesa aquí el horizonte inmediato de experiencias que, más allá de las proclamas revolucionarios y subversivos, correspondieron a prácticas de resistencia y rebeldía. La conciencia tan clara del carácter defensivo de las luchas no solo da cuenta de la lucidez de estos militantes sino de un clima de época, de un elemento constitutivo de la forma de ser militante de esta generación, una generación que eligió luchar y se politizó para defenderse, defender sus ideas y los espacios sociales de la ofensiva del Estado y el capital, sin tener garantía ni contemplar la posibilidad del socialismo o de una alternativa poscapitalista, salvo referirse un sector minoritario a una hipotético y vago horizonte revolucionario. Amén de la dimensión declaratoria y de la postura anticapitalista, el defensivismo o resistencialismo puede ser identificado un rasgo de época de las prácticas y, por lo tanto, de los perfiles militantes que les corresponden.

Constelaciones ideológicas

Otro rasgo de época, el trastrocamiento relativo del paradigma ideológico marxistaleninista, se visibiliza al analizar las preguntas sobre los “actores-sujetos de la transformación social y política”. Los encuestados (quienes escogieron en promedio 4 respuestas posibles) mencionaron a los trabajadores (19%), la clase (17.6%), el movimiento (12.7%), la comunidad (11.9%), el pueblo (10.5%), el partido (10.5%), el barrio (6.3%), las personas (4.9%), la ciudadanía (2.11%), la multitud (1.4%) y agregaron en una ocasión a mujeres, mujeres trabajadoras, clases trabajadoras, grupos oprimidos. Detrás de cada respuesta puede verse la sombra de uno u otro grupo, sus filiaciones ideológicas y su trabajo de base y, al mismo tiempo, trasluce el perfil diferenciado y multifacético de las luchas anticapitalistas de nuestros días con todos los problemas de articulación y convergencia que le corresponden.

En la misma óptica, aparecen las respuestas a la pregunta directa sobre la posición ideológica, frente a la cual los encuestados se definieron –pudiendo escoger hasta tres opciones- anticapitalistas (13.6%), trotskistas (13.6%), marxistas (10.9%), comunistas (9.1%), socialistas revolucionarios (8.2%), revolucionarios (8.2%), socialistas (7.2%); feministas (7.2%); autonomistas (6.3%), democráticos (3.6%), ecologistas (2.7%); antisistémicos (2.7%), anarquista (1.8%), zapatista (1.8%); nacionalista (0.9%) y agregaron ocasionalmente leninista y comunista libertario.

Además del manifiesto peso del grupo trotskista y la casi nula referencia al zapatismo, no deja de ser notable la dispersión entre 14 denominaciones en 37 respuestas (si restamos la de trotskista 13 denominaciones en 29 respuestas) en primera mención, la que implica una mayor definición identitaria. Sin mencionar la relativa reaparición del anarquismo –que en esta encuesta no logramos captar debidamente. Y la conclusión, obvia ya que puede observarse a ojo desnudo, es que el radicalismo anticapitalista de los jóvenes militantes está buscando una identidad transversal de referencia y deberá encontrar las formas de convivir con un pluralismo que parece serle consustancial, tratando de organizarlo y proyectarlo en términos de lucha y de elaboración de prácticas y escenarios poscapitalistas. Si es propio de un cambio de época rehuir etiquetas identitarias, en el caso de jóvenes militantes en búsqueda de claves y marcos para la acción, esto se traduce en la sobreposición de varias de ellas, en una constelación que, aún en el contexto de un firme posicionamiento ideológico, permite cierta movilidad y elasticidad.

Trazos de un perfil en construcción

Estos trazos gruesos que afloran de la lectura de los datos recopilados en la encuesta permiten delinear un perfil específico de participación política, el de una militancia juvenil antagonista, un perfil en (re)construcción en un pasaje de época particularmente delicado para las perspectivas radicales o anticapitalistas. La renovación del antagonismo no pasa por la simple réplica o reiteración ritual de formatos de un pasado heroico o glorioso, sino por la reconfiguración de algunos de sus rasgos y la superación de límites evidentes, como –por ejemplo- el culto al vuelco sacrificial, el martirio y la inmolación. Conscientes de las dificultades de una época en donde la correlación de fuerzas, no dejan márgenes para ilusiones, los jóvenes militantes optan tendencialmente por la esfera o dimensión interior de la acción política: su dimensión colectiva, la afectividad y los vínculos interpersonales, la organización como forma de lucha, el defensivismo, la apuesta a cierto grado de elasticidad táctica, estratégica e ideológica. Además de la contradicción más o menos flagrante respecto de discursos revolucionarios, este giro fortalece las convicciones y la consistencia de la acción colectiva en tanto está menos expuesta a los resultados inciertos de la lucha de clases, menos dependiente de la promesa revolucionaria. Al mismo tiempo, corre al filo de una pendiente que lleva al aislamiento autocomplaciente, evidencia los pliegues en los cuales se ensimisman militantes y colectivos, su dificultad para crecer y articularse, su tendencia a ser autoreferenciales e inclusive sectarios.

A contrapelo de la idea de disolución del perfil del militante radical, la renovación en curso parece dar cuenta de la posibilidad y la capacidad de sostener un recambio generacional con elementos importantes de una continuidad de fondo. En efecto, la tendencia a señalar las discontinuidades no puede desconocer que el hecho que el impacto del ciclo #YoSoy132- Ayotzi permitió no solo una experiencia puntual de politización en vastos sectores de la juventud estudiantil sino la simultánea consolidación de unos núcleos militantes de mayor consistencia y duración. Que en ellos se observen cambios respecto de formatos anteriores refleja una transformación en la cual se combina la relativa y paulatina disolución de algunos de los rasgos anteriores como de la persistencia de otros. En última instancia, en la conjunción de ambas tendencias no se diluye, sino que simplemente se desplaza y se reconfigura el perfil antagonista que constituye el aspecto más general y más característico de la participación y la politización militante en movimientos antisistémicos.

Notas

1 Este artículo es parte del libro Massimo Modonesi (coordinador), Militancia, antagonismo y politización estudiantil en el ciclo de movilización #YoSoy132-#TodosSomosAyotzinapa, de próxima publicación. Agradezco el apoyo de Paolo Marinaro en la elaboración del cuestionario, a Araceli González en su aplicación y el procesamiento de los datos obtenidos y a Enrique Pineda los atinados comentarios.
3 Los encuestados son militantes de los siguientes grupos: Movimiento de Trabajadores Socialistas (MTS), Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA), Colectivo Perspectivas críticas (PCs), Colectivo Desencanto y Revuelta (DyR) y CGH-Ho Chi Minh. La selección cubrió un grado significativo del espectro ideológico de la izquierda juvenil anticapitalista en particular en la línea leninismo-autonomismo, pero no se entrevistaron grupos anarquistas y el peso de los militantes del MTS fue particularmente grande (casi un tercio de los encuestados) ya que respondieron en mayor número a la convocatoria al llenado del formulario en línea. Por otra parte, aun cuando se logró un equilibrio de género de 51.1% masculino y 48.9% femenino, no se encuestaron integrantes de un grupo estrictamente feminista aun cuando –vía MTS- llenaron el cuestionario diversas activistas del grupo Pan y Rosas.
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