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Ejerciendo agencia en las cadenas agrícolas globales. Del modelo boliviano en la agricultura argentina a la situación de los migrantes marroquíes en la agricultura de la Piana del Sele (Salerno, Italia)1,2
Theomai, núm. 38, pp. 68-90, 2018
Red Internacional de Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo

Trabajo y migraciones postcoloniales en la agricultura capitalista global



Revista THEOMAI / THEOMAI Journal Estudios críticos sobre Sociedad y Desarrollo / Critical Studies about Society and Development



número 38 (segundo semestre 2018) - number 38 (second semester 2018)
Theomai

I. Introducción

La evolución del sector agrícola global a lo largo de la fase neoliberal del sistema-mundo capitalista ha estado intrínsecamente ligada al desarrollo y fortalecimiento de las llamadas “cadenas globales”. Este concepto, acuñado por Hopkins y Wallerstein (1986) ha sido largamente debatido por la comunidad académica dando pie a diversas manifestaciones del fenómeno (Bair, 2009). Al final podría reducirse su definición, tal y como hacen Mezzadra y Neilson (2013: 119) a ser un concepto que muestra “como el trabajo transnacional y los procesos productivos conectan materialmente economías, empresas, trabajadores y hogares en la economía del mundo contemporáneo”. La metáfora de la cadena permite por lo tanto entender los patrones de dispersión geográfica que conforman la economía capitalista global enlazando los territorios del centro y la periferia globales en eslabones productivos jerarquizados cuyo último fin es el de mantener la acumulación del centro global.

Si bien las cadenas existen desde los albores del capitalismo, en el siglo XVI (Hopkins y Wallerstein, 1986), no será hasta los comienzos de la época neoliberal y la aceleración del proceso de globalización, cuando estructuren y determinen la configuración del sistema agrícola global. Hoy día, la agricultura mundial se estructura en cadenas globales (Pedreño Cánovas, 2014) orientadas a la producción de comida a bajo coste como pilar fundamental del mantenimiento del capitalismo (Moore, 2015).

Uno de los eslabones fundamentales de las cadenas, es el eslabón del trabajo vivo, pues es donde tienen lugar los procesos productivos de las cadenas. Dicho eslabón está primordialmente formado por mano de obra migrante, cuya disponibilidad a bajo coste es central para la continuidad del proceso de acumulación (Molinero y Avallone, 2016). Sin embargo, como señalan Mezzadra y Neilson (2013), la perspectiva de las cadenas ha tendido a asumir que el stock de fuerza de trabajo está permanentemente disponible para el proceso productivo de forma pasiva y sin autonomía. Para estos autores, se trata de un grave error comúnmente reproducido en los estudios de las cadenas, dando la impresión de que la condición de ejército de reserva de los trabajadores anulara su capacidad de agencia. Esto convertiría en el caso de las cadenas agrícolas, a los migrantes en sujetos subalternos cuyas acciones no contribuyen a conformar el espacio del trabajo.

Este artículo toma esta crítica como acertada y busca demostrar mediante el estudio de dos casos radicalmente opuestos en cuanto al ejercicio de agencia por parte de los migrantes, no sólo la existencia de la misma, sino cómo su estudio es determinante para comprender la conformación de las cadenas en las que se insertan. El presente trabajo es fruto de dos trabajos de campo, uno realizado en julio-agosto de 2015 en Piana del Sele (Salerno, Italia) y otro realizado en marzo-abril de 2016 en Buenos Aires y en el Partido del General Pueyrredón (Argentina). Los métodos utilizados parten desde la revisión bibliográfica y la observación participante hasta la realización, en ambas zonas, de grupos de discusión4 y entrevistas en profundidad a actores y migrantes5.

Para desarrollar todo ello, en un primer momento se realizará un breve acercamiento al debate estructura-agencia con el fin de identificar qué estructura conforma la agricultura capitalista global y qué significa analizar la agencia de los migrantes en este contexto. Tras ello se pasará a estudiar el caso de los migrantes bolivianos en la agricultura argentina como un caso de despliegue máximo de agencia en el que los propios migrantes han ido escalando puestos en la cadena hasta terminar apropiándose de ella. Por otro lado, se estudiará el caso de los migrantes marroquíes en la agricultura de la Piana del Sele (Provincia de Salerno, Italia) como ejemplo de que, en un modelo de estructura rígida, aun así, los migrantes ejercen un tipo de agencia que conforma la estructura de la agricultura local. Finalmente se expondrán una serie de conclusiones.

II. Estructura y Agencia en las cadenas agrícolas globales de la ecología-mundo capitalista

Para entender la crítica que Mezzadra y Neilson (2013) realizan al concepto teórico de las cadenas globales y su endémica tendencia a no tener en consideración la producción de subjetividad existente en el eslabón del trabajo vivo, es fundamental realizar un acercamiento a la configuración de la agricultura global y al rol que los migrantes ocupan en ella. Ello lleva inevitablemente a introducirse en el clásico dilema estructura-agencia, un debate complejo (Block, 2013) de especial relevancia en el estudio de las migraciones (Bakewell, 2010; Castles, 2010) al existir una larga discusión entre académicos acerca de la capacidad de los migrantes de desplegar sus propios proyectos autónomos en estructuras a las que se insertan en calidad de subalternos. Como sugiere Stephen Castles (2010) una unanimidad de posiciones que lleven a una “gran teoría” sobre este aspecto no solo es imposible, sino que banalizaría el debate ocultando la complejidad de factores que en él intervienen. Así pues, dicho autor sugiere el empleo de teorías intermedias que integren diversas perspectivas y permitan entender los procesos migratorios en su propia constelación histórico-socio-económica. Más o menos Massey et al. (2005) vienen a sugerir algo similar al concluir que no existe una teoría única para estudiar la migración, sino que el propio contexto estudiado es el que debe sugerir la idoneidad en la utilización de una u otra perspectiva. Esta aseveración goza de pleno sentido si pensamos en las enormes diferencias que tipos de migraciones tan diferentes como por ejemplo las de trabajadores altamente cualificados o las de temporeros agrícolas acarrean.

Por todo ello, la identificación de la existencia de proyectos autónomos y producción de subjetividades por parte de los migrantes en las cadenas agrícolas globales, obliga a estudiar las estructuras concretas en las que estos procesos migratorios tienen lugar. Para ello se iniciará el análisis mediante un acercamiento a la articulación del sector agrícola dentro del sistema capitalista global, dónde la centralidad que éste ocupa en su mantenimiento es parte del proyecto que Jason W. Moore (2015) denomina como una “ecología-mundo”

II.I La agricultura como pilar de la ecología-mundo capitalista

El análisis de la ecología-mundo incide en reflejar el rol central que ha jugado el sector agrícola en el mantenimiento del sistema capitalista global desde sus inicios, en el siglo XVI, hasta la moderna etapa neoliberal. Jason W. Moore (2015) realiza un repaso histórico a las diferentes olas de acumulación que ha vivido el sistema desde sus orígenes siguiendo la tradición del sistema-mundo de Wallerstein (1974) pero argumentando que la división que los estudios sociales y económicos han hecho tradicionalmente entre la actividad humana y el medioambiente son erróneos. La ecología-mundo deconstruye así el dualismo cartesiano que ha permeado la ciencia en su acercamiento al sistema capitalista reflejando que su historia no es tan solo económica, política o militar sino también medioambiental (Moore, 2015). Si bien existe una larga tradición de estudios sobre marxismo ecológico con teorías como la Fractura Metabólica a la cabeza (Foster et al., 2010), Moore identifica que tradicionalmente fallan en su enfoque al replicar el dualismo cartesiano en su análisis6. Percibir la actividad humana, que Moore denomina como “naturaleza humana” (2015) como un elemento diferenciado de la naturaleza “extra-humana” impide identificar la naturaleza socio-ecológica del proyecto capitalista global.

Así pues, el capitalismo es una ecología-mundo pues la tasa de ganancia sobre la que se fundamenta no está solamente conectada con los procesos de capitalización, esto es, la tasa de explotación de la fuerza de trabajo y el capital invertido, sino que ésta requiere de la apropiación gratuita o a bajo coste de determinadas actividades humanas y extra-humanas. En palabras de Moore, “nos referimos al capitalismo como “ecología-mundo” [pues es un proyecto basado en] la acumulación de capital, la búsqueda de poder y la coproducción con la naturaleza en una unidad dialéctica” (Moore, 2016).

La explotación del trabajo humano y de la naturaleza extra-humana son ambos indispensables para mantener el proceso de acumulación donde, como identifica el análisis de la ecología-mundo (Moore, 2016) cada ciclo de acumulación se ha fundado en la apropiación gratuita o a bajo coste de los denominados Four cheaps: trabajo, alimentos, materias primas y energía (Moore, 2016). La constante obtención de estos factores a precios bajos ha permitido en cada fase la expansión del sistema de acumulación global y al contrario, cuando la manera en la que uno, varios, o todos ellos son producidos empieza a dar signos de agotamiento, los precios aumentan y el sistema entra en crisis (Moore, 2015). La solución del sistema ante su contracción siempre ha sido la reconfiguración mediante la apropiación de nuevas fronteras de producción que permitan mediante nuevos procesos o técnicas obtener de nuevo estos cuatro elementos a bajo coste.

Si alimentos y trabajo son dos de los Four cheaps, y por lo tanto, son centrales para el mantenimiento de la ecología-mundo capitalista, se entiende el rol central que ocupa la agricultura global en el sistema pues es la esfera donde se producen la mayoría de los alimentos que la fuerza de trabajo global consume. Existe una relación sistémica entre el precio de la comida y el precio del trabajo pues a menor precio de los alimentos, menores podrán ser los salarios por lo que generarán altas tasas de ganancia, indispensables para asegurar la acumulación. La reproducción de la fuerza de trabajo barata a nivel global depende de los bajos precios de los alimentos que a su vez garantizan el pago de bajos salarios y con ello la expansión del proceso de acumulación (Molinero y Avallone, 2016).

El hecho de que el sector agrícola cumpla un rol tan determinante para el funcionamiento de la ecología-mundo capitalista ha hecho que en cada fase histórica de acumulación, su reconfiguración hacia la adopción de nuevas técnicas productivas para producir comida barata haya sido una constante. Desde la utilización de mano de obra esclava en los campos de América a la colonización de territorios por parte de los estados del centro con el fin de configurar monocultivos de exportación, cada época histórica del sistema se ha fundamentado en apropiaciones de la frontera de producción que han ido adaptándose a las necesidades del sistema. En el periodo neoliberal actual, la producción agrícola se caracteriza por “la californización tendencial a nivel mundial de [sus] modalidades de producción” (Molinero y Avallone, 2016: 38), esto es la conversión del campo en una gran industria. La introducción de nuevas tecnologías como el invernadero y la conversión de espacios de agricultura tradicional en grandes fábricas agrícolas, como ha sido el caso de la agricultura en el Mediterráneo (Avallone, 2013a), son fenómenos que se han generalizado por todo el centro del sistemamundo. Las lógicas neoliberales aplicadas al campo, como la financiarización, flexibilización e inserción de los diversos actores del proceso productivo en cadenas globales orientadas a la acumulación del centro configuran el sector en la actualidad y determinan un modelo exclusivamente orientado a la producción de bienes alimentarios a baja composición de valor (y por lo tanto a la maximización de altas tasas de ganancias a quiénes controlan las cadenas, principalmente las grandes corporaciones).

Sin embargo, como señala Jason W. Moore (2016) podríamos estar ante “el fin de la naturaleza barata” pues la agricultura global está mostrando síntomas de agotamiento del modelo (hecho que el aumento de los precios de los alimentos desde 2003 demuestra) ante el fracaso de la última frontera de producción: la revolución de las biotecnologías. La crisis global del capitalismo iniciada por el quiebre de Lehman Brothers en 2007 no es sino el reflejo de una mayor crisis que afecta a varios de los pilares del sistema capitalista global y en ello la crisis de la agricultura tiene gran relevancia. Las biotecnologías, esto es, la introducción, ya en los años 30 del siglo XX, de innovaciones químicas y genéticas (OGMs, fertilizantes químicos etc.) en los campos, se concibieron para reducir los tiempos de producción y así obtener una mayor cantidad de alimentos a un menor precio. Sin embargo, ya en los setenta empiezan a verse los límites de esta revolución, mostrando no ser la nueva frontera de producción ya que dotó a los alimentos de mayor resistencia, pero no aumentó su producción ni disminuyó su precio. El fracaso de esta revolución y la falta de identificación de nuevas fronteras de apropiación están provocando el agotamiento del actual modelo productivo agrícola cuya particular crisis se engarza en la actual crisis global del capitalismo (Moore, 2015).

En este contexto, el rol de la mano de obra migrante ha sido fundamental para mantener la estructura agrícola global. Como argumentamos Gennaro Avallone y yo mismo (Molinero y Avallone, 2016), desde los años 70 hasta la actualidad, la agricultura del centro de la ecologíamundo (y ciertos enclaves agrícolas de la periferia conectados por cadenas globales al centro global de la acumulación) ha ido dependiendo cada vez más del trabajo ejercido por poblaciones provenientes de la periferia global. La ausencia de apropiación de nuevas fronteras productivas ha ligado estrechamente la rentabilidad de la producción agrícola del centro, y por lo tanto, la continua generación de comida barata, a una presión cada vez más intensa sobre el coste del trabajo. En este sentido, la utilización de mano de obra de origen migrante para trabajar la agricultura se ha convertido en un elemento sistémico (Molinero y Avallone, 2016) de la producción agrícola destinada a ser consumida en el centro global. Ello se debe a numerosos factores, donde están conectados desde el progresivo abandono del trabajo rural ejercido por las poblaciones autóctonas hasta la necesidad de los productores agrícolas de disponer de un ejército de reserva dócil, poco organizado y dispuesto a aceptar las duras condiciones del trabajo en el campo. La progresiva “desdemocratización” de las condiciones de trabajo en los enclaves globales (De Castro, 2014), esto es, la extensión global de una forma de trabajar la agricultura basada en la precarización, asalarización, temporalidad, informalidad y en el rol central de la intermediación (formal e informal) ha convertido a la población de origen migrante en un ejército de reserva central en los eslabones del trabajo. Esto ha provocado que “la periferia del mundo cumpl[a] así su función en la división internacional del trabajo, siendo reducida al rol de proveedora de recursos humanos empleados en tareas poco cualificadas” (Molinero y Avallone, 2016: 43).

En ausencia de nuevas fronteras de apropiación, los migrantes, mediante su trabajo barato, han permitido una relativa continuación de la producción de comida a bajo coste en la agricultura del centro. Cabe resaltar que el uso de mano de obra extranjera no constituye una nueva frontera, sino que se trata de una estrategia cortoplacista que ha permitido (y permite) al sector mantenerse en un contexto de crisis global (Molinero y Avallone, 2016). Se puede afirmar por lo tanto, que el trabajo barato migrante en la agricultura del centro es estructuralmente indispensable para el mantenimiento de la ecología-mundo capitalista.

La percepción de la arquitectura de la agricultura global mediante cadenas que se nutren del ejército de reserva migrante parece no dejar demasiado espacio para la existencia de proyectos autónomos y agencia en el eslabón del trabajo vivo. El propio concepto del ejército de reserva implica una serie de estructuras mentales que llevan a la percepción de la mano de obra migrante como un bloque sumiso disponible para la producción y sin margen para la autonomía. Sin embargo, como se argumentará en los siguientes apartados, la crítica de Mezzadra y Neilson (2013) no solo tiene sentido, sino que no entra en contradicción con estas categorías.

II.II Espacios de agencia en las cadenas agrícolas globales

Lo primero que debe plantearse en torno a este debate es ¿cómo definir la agencia? En su artículo “The structure and agency dilemma in identity and intercultural communication research” David Block (2013) hace un repaso a las definiciones que varios autores aportan. Así pues, por ejemplo, refleja que Sewell (1992) la define como una “propiedad relacional” donde ser un agente implica a la par ejercer algún tipo de grado de control sobre las relaciones sociales en las que se participa y disponer de algún grado de capacidad de transformarlas. Bakewell (2010) también apuesta por esta definición. En cambio, Ahearn (2001) propone una definición más reducida al definirlo como “la capacidad mediada de actuar socioculturalmente” (Ahearn, 2001 en Block, 2013: 128). Mientras que Patricia Duff, define la agencia como “la habilidad de la gente para hacer elecciones, tomar el control, autorregularse y perseguir sus objetivos como individuos orientados potencialmente hacia la transformación personal o social” (Duff, 2012 en Block, 2013: 128). Sin duda, todas estas definiciones hacen interesantes aportes al debate, pero en este artículo se tomará la definición de Duff como referencia pues no sobredimensiona las capacidades individuales respecto al poder de la estructura. Ello se ajusta más a un contexto en el que si bien existen espacios de agencia, no deja de haber una fuerte estructura que condiciona las acciones de los individuos insertos en ella.

Ahora bien ¿porqué poner el foco del análisis en la agencia de los migrantes? Por una parte, una batería de autores considera que sin comprender ésta, el análisis del fenómeno migratorio quedará altamente incompleto (como mencionan Mezzadra y Neilson (2013)) pero por otro lado, señalar a los migrantes como sujetos activos y con proyectos propios es parte esencial del análisis post-colonial de las migraciones (Avallone y Torre, 2013).

Entre los autores que destacan la importancia de introducir la agencia para realizar un análisis completo de las migraciones se encuentran Massey et al. (2005). En su obra, estos autores dicen que todo enfoque teórico sobre las migraciones internacionales debe incorporar cuatro elementos indispensables: tener en cuenta las fuerzas estructurales que impulsan la migración en origen, los factores estructurales que habilitan la migración en destino, las motivaciones, metas y aspiraciones de quiénes migran y analizar las estructuras sociales y económicas que han sido creadas para conectar las áreas de emigración e inmigración. Todo ello implica no solo tener en cuenta la estructura, sino también la agencia de los sujetos que migran para tener una comprensión holística del proceso migratorio a estudiar.

En una línea similar, Bakewell (2010) propone lo que él denomina una perspectiva “realista crítica” a la hora de estudiar procesos migratorios concretos. Esto implica plantearse cuatro preguntas fundamentales para el enfoque del análisis: ¿quién se mueve de A a B y por qué? ¿Por qué migran estas personas y no otras? ¿Por qué van a B en vez de a C? Y ¿por qué ahora y no después? Según el autor, estas preguntas permiten tener en consideración tanto las fuerzas estructurales que promueven la emigración y permiten la inmigración como las estructuras económicas y sociales que conectan ambas áreas mientras no se dejan de lado las motivaciones, objetivos y aspiraciones de los migrantes.

Por su parte, Stephen Castles (2010) retoma el análisis realizado por Sarah Collinson (2009) para reflejar que al final el proceso migratorio es de gran complejidad y una diversidad de factores influyen en él por lo que autonomía, agencia, percepciones, factores históricoculturales así como las restricciones institucionales y las complejas redes de relaciones deben ser consideradas en el análisis.

Todas estas posiciones insisten en otorgar un importante rol al estudio de la agencia con el fin de realizar estudios completos que tenga en cuenta la compleja amalgama de factores que intervienen sobre los procesos migratorios. Sin embargo, la perspectiva postcolonial busca ir más lejos.

Para el sociólogo argelino Abdelmalek Sayad los migrantes sufren la carga impuesta por el largo periodo de colonización ejercida por los estados del centro sobre los de la periferia. Un hecho que marcó la forma en la que el pensamiento occidental se acercó al fenómeno (Sayad, 2010a). De sus textos se extrae la idea de que la colonización no ha terminado, sino que es un proceso que aún se manifiesta en ámbitos tan diversos como las relaciones sociales de producción, la división internacional del trabajo o las relaciones entre los diferentes estados y pueblos del sistema-mundo. Este proceso muestra que la división maniquea del mundo colonial, donde el colonizado es deshumanizado, se convierte en un discurso jerarquizante en el mundo post-colonial en el que la posición de los migrantes refleja esas mismas relaciones de poder material y simbólico que el colonizador impuso (Avallone y Torre, 2013). Sayad hace hincapié en que este proceso inacabado requiere de una deconstrucción de los esquemas con los que occidente ha observado al migrante (o al colonizado), un ser que ha sido negado políticamente (Sayad, 2010a). De esta forma, al negarse su capacidad de acción, se le niega la posibilidad de tener una historia propia, un pasado, un presente y un futuro de los que apropiarse. El colonialismo remanente niega por lo tanto la propia existencia del migrante, eliminándole el derecho de poder dar sentido y razón a su propia acción (Avallone y Torre, 2013) o lo que es lo mismo, a disponer de agencia.

Las migraciones Sur-Norte son producto de la colonización donde trabajadores colonizados proveen de fuerza de trabajo barata al centro del sistema-mundo (Gil Araujo, 2010), perspectiva que el propio Sayad utiliza para describir la realidad internacional (Sayad, 2010b). Los migrantes son herederos de la división que el colonialismo creó y cuyo efecto más visible en la actualidad es el subdesarrollo en los países de la periferia (Sayad, 2010a). Todo inmigrado de la colonia “no puede olvidar que es en primer lugar y ante todo un colonizado” (Sayad, 2010a: 136) es por eso que se incorporan al espacio nacional del centro en condición de subalternos, como máquinas que funcionan de forma mecánica y carecen de espíritu, importados como mercancías (Sayad, 1995). Esto no hace sino despolitizar o apolitizar al migrante, negándole su autonomía y reforzando el pensamiento de estado (Raimondi, 2016), entendido como ese conjunto de estructuras mentales impuestas por el Estado que organizan nuestra forma inconsciente de enfocar los fenómenos sociales mediante sus propias categorías (Sayad, 1999).

Sayad empeñó su carrera en desmontar el pensamiento de estado, reclamando una verdadera sociología de las migraciones que considere el fenómeno como un hecho total cuyo análisis rompiera con el colonialismo. Por lo tanto, si el proyecto colonial se fundamentaba en negar la agencia de los sujetos colonizados, y los migrantes son la versión moderna de estos, una comprensión efectiva de todo fenómeno migratorio debe percibir a los migrantes como sujetos políticos dotados de agencia.

La perspectiva de Sayad entronca con la crítica que hacen Mezzadra y Neilson (2013), y refuerza la idea de la necesidad de explorar los proyectos propios que despliegan los migrantes dentro de las cadenas globales. Lo que se propone en los siguientes dos apartados es, mediante el estudio de dos casos que presentan situaciones radicalmente opuestas en términos de estructura agrícola local (aunque ambos estén sumidos en la lógica de la estructura agrícola global), demostrar no solo la existencia de agencia por parte de los migrantes, sino como su ejercicio modela la estructura de los enclaves agrícolas en los que están insertos. Para ello se ha seleccionado por un lado el caso de los migrantes bolivianos en la agricultura argentina y por el otro el de los migrantes marroquíes en la Piana del Sele (Provincia de Salerno, Italia). El interés en estudiar el primero de ellos radica en el hecho de tratarse de un caso extremo donde los propios migrantes al ejercer su agencia han conquistado progresivamente la cadena, apropiándose de sus diversos eslabones y tomando el control de los mismos. El segundo caso presenta un escenario radicalmente diferente, donde la existencia de una férrea estructura pareciera negar los espacios de agencia. Sin embargo, se argumentará que los proyectos propios de los migrantes son determinantes para explicar la conformación del trabajo en la agricultura del sur del Vesuvio.

III. Apropiándose de la cadena: migrantes bolivianos en la agricultura argentina

La agricultura ha sido tradicionalmente un sector con un peso importantísimo dentro de la economía de Argentina cuyo modelo agroexportador le valió en el siglo XIX el calificativo de “granero del mundo”. Si bien esta condición fue reduciéndose progresivamente a medida que el país se industrializaba y la ecología-mundo global experimentaba numerosos cambios en su estructura, el país mantuvo siempre un fuerte sector agrícola que progresivamente fue incorporando innovaciones tecnológicas como el desarrollo de la cadena de frío para el transporte. Ello permitió al sector incorporarse a las cadenas agrícolas globales haciendo valer principalmente el carácter austral del país que permitía producir de forma contraestacional para exportar a los países del norte global (Benencia y Quaranta, 2002).

Así las grandes empresas agrícolas argentinas instalan progresivamente desde los 60-70 cámaras frigoríficas, desarrollan dispositivos atmosféricos y adquieren maquinaria y productos agroquímicos con el objetivo de producir de manera industrial para la exportación conectando de esta manera áreas de producción en la periferia con el creciente consumo de frescos en el centro (Steimbreger, 2014). Esta concentración, ligada a los Planes de Ajuste Estructural conllevó consigo no solo la aplicación de lógicas neoliberales, como la flexibilización y precariedad laborales (Benencia et al., 2012), al ya de por sí duro trabajo agrario, sino que al centrarse en el lucrativo negocio de vender al centro del sistema-mundo, descuidó lo local (Benencia y Quaranta, 2002). Un pequeño número de empresas transnacionales conformó así un mercado oligopólico que concentró y centralizó la actividad económica agrícola en detrimento de pequeños y medios productores que fueron progresivamente absorbidos por los grandes capitales en lo que se denominó como el proceso de “concentración y transnacionalización” (Steimbreger, 2014).

Es con el inicio de esta época de neoliberalización del campo argentino cuando empieza a intensificarse la migración de trabajadores bolivianos hacia el país vecino (comienzos de los años 70). Esta migración contribuyó así “a resolver un problema histórico” (Benencia, 2014: 85) de la Argentina: el de la escasez de mano de obra en el campo. Sin embargo, lejos de convertirse este caso en un proceso común de sustitución de mano de obra nacional por mano de obra migrante, como se ha observado en un elevado número de enclaves del centro (Molinero y Avallone, 2016), la inserción de los bolivianos en la agricultura argentina constituirá un ejemplo paradigmático de ejercicio de agencia por su apropiación de cadenas enteras.

La llegada de los migrantes bolivianos a la agricultura argentina revitalizó por completo la cadena de distribución de comida cuya progresiva orientación al exterior estaba descuidando el mercado nacional. Así, modificando la organización tradicional del sector (Arce et al., 2014), generando nuevos territorios productivos (Benencia, 2011) y resistiendo a las crisis económicas mediante innovadoras estrategias emprendedoras (Arce et al., 2014) se avanzó hacia una “bolivianización” de la agricultura argentina (Pizarro, 2014) que ha redinamizado la actividad económica del sector primario nacional constituyendo un caso único a nivel mundial de despliegue de agencia de los migrantes. El proceso mediante el cual poco a poco esta mano de obra ha ido pasando de constituirse como ejército de reserva para los productores locales a subir progresivamente peldaños en los diversos eslabones de la cadena es lo que Roberto Benencia ha denominado como “la escalera boliviana” (1997).

La escalera boliviana ilustra como ningún otro ejemplo a nivel global lo acertado de la crítica de Mezzadra y Neilson (2013) a la perspectiva de las cadenas y es que, sin estudiar el proyecto migratorio desplegado por los bolivianos en Argentina, no podría entenderse la conformación actual de su sector agrícola.

La presencia de migrantes bolivianos en el trabajo agrícola argentino no es nueva pues ya en los años 30 un cierto número de estos trabajadores cruzaba la frontera para trabajar en la economía agrícola limítrofe, expandiéndose ya en los años 50 su presencia hasta Buenos Aires. No será sin embargo hasta finales de los 70, junto con el proceso de reestructuración del sector agrícola argentino, cuando empiecen a llegar a nuevas zonas del país y en mayor cantidad (Benencia, 2012). Su principal proveniencia serán las regiones de Tarija, Potosí o Cochabamba y su integración se dará principalmente en la producción de fresco de una inmensa mayoría de cinturones hortícolas del país (Benencia, 2005a).

Los primeros trabajadores agrícolas bolivianos, denominados como los “pioneros” (Benencia, 2005b) suelen ser migrantes establecidos en alguna región de Argentina que reciben la información de la existencia de oportunidades productivas en determinado lugar. También se ha dado el caso de pioneros que han viajado por haber dispuesto de esta información ya en origen o de algunos que ya trabajaban como peones agrícolas para empresarios argentinos (Benencia, 2005b). El pionero es quién sienta las bases para la migración de sus conciudadanos pues es quién pasa de una posición de trabajador raso a organizador de la producción, generalmente como “mediero” dando pie al establecimiento del enclave étnico7 (Benencia y Quaranta, 2009a).

La mediería es un sistema muy arraigado en la agricultura argentina (los primeros trabajadores agrícolas portugueses a inicios del siglo XX ya lo empleaban) que los migrantes bolivianos revitalizaron con su llegada. El sistema de mediería consiste en el establecimiento de un acuerdo verbal entre el trabajador boliviano y el productor argentino donde se acuerda que el migrante se encargue de explotar una parcela de terreno (organizando todas las actividades desde la siembra hasta la contratación de mano de obra) que el productor le cede a cambio de un porcentaje de en torno al 50% de los beneficios que produzca la cosecha8 (Benencia et al., 2009). Los productores suelen preferir estos acuerdos al ofrecerles grandes ventajas como evitar tener que preocuparse por cualquiera de las tareas del proceso productivo, incluida la negociación con los trabajadores. Para los bolivianos esto supone subir un peldaño de la escalera al pasar de peones (primer escalón) a organizadores de la producción. Cuando un migrante boliviano accede a un contrato de mediería trae a su familia de Bolivia para trabajar la tierra con él y solo cuando ésta no le basta, contratan oriundos de su tierra generalmente de manera precaria e irregular (Benencia y Quaranta, 2009b). A su vez, estos trabajadores recién llegados son potenciales futuros escaladores de la escalera.

El siguiente peldaño de la escalera viene cuando estos trabajadores medieros han logrado ahorrar una cantidad suficiente de dinero como para arrendar la tierra y trabajarla con su propia maquinaria. Otra opción es la de convertirse en propietarios, pero pareciera ser que en los últimos años esta opción pierde peso al ser más caro que arrendar (Benencia y Quaranta, 2009b). Una vez llegados a este escalón, las opciones de producción se amplían, al igual que el número de hectáreas disponibles por lo que la tierra se convierte en un territorio transnacional donde empiezan a arribar trabajadores bolivianos informados de la disponibilidad de trabajo directamente por el productor. Estos trabajadores, que empiezan como peones o “tanteros” (que trabajan a destajo) pueden ser o bien migrantes circulares (trabajan un período en Argentina y luego regresan a Bolivia) o fijos, que empiezan el proceso de ahorro para ellos mismos realizar la subida de la escalera boliviana. Cuando existe un exceso de medieros en la zona, los migrantes se dispersan por el territorio generando nuevos espacios productivos en zonas diferentes y replican las lógicas aquí descritas (Benencia, 2005).

Este proceso, que forma la escalera boliviana “tradicional” a partir del 2000 se amplía y complejiza al incluir además de la etapa productiva, la comercial, conquistando de esta forma el resto de la cadena de valor. Algunos de los trabajadores una vez han ahorrado lo suficiente, en vez de subir en la escala jerárquica del eslabón productivo, adquieren vehículos de carga, convirtiéndose en “rejuntadores”, un trabajo que consiste en recolectar la mercancía producida por diversos productores y comercializarla en su propio puesto en un mercado formal. Otra opción seguida es la de convertirse en “comercializador de productos primarios” tanto en mercados mayoristas como en su propio negocio en la ciudad, estos bolivianos reciben la verdura de los productores y la venden ellos mismos. Es lo que Benencia y Quaranta (2009a) han denominado como la “nueva escalera boliviana”.

Ambas escaleras bolivianas constituyen relevantes ejemplos de cómo han sido los propios migrantes quiénes se han apropiado progresivamente de los eslabones de la cadena, etnificando un mercado donde desde el peón, hasta el productor y el comercializador final son bolivianos y pueden no solo actuar con un alto margen de autonomía, sino que pueden imponer sus propias reglas de juego (cantidades, calidad de los productos, precios, formas de distribución…) a los mercados (Benencia, 2012).

Este caso resulta particularmente relevante como modelo de agencia dentro de una estructura agrícola globalizada, como es la argentina. El hecho de haber sido llevado a cabo por migrantes provenientes de un país periférico tanto a nivel global como continental, cuya condición inicial parte de la asunción de un rol subalterno en un estado donde la sociedad local los discrimina racialmente (Benencia, 2004) invita a reflexionar sobre los factores que pueden estar detrás de este proceso. De nuevo para ello es indispensable considerar algunos factores estructurales, así como rasgos propios de agencia en los proyectos migratorios de los trabajadores bolivianos.

Si bien enumerar todos los determinantes que han permitido que se produzca semejante fenómeno pueden ser infinitos, al menos se han identificado una serie de ellos que permiten explicar la conformación de la escalera. A nivel estructural, se hace evidente la manifestación del “gran enclosure global” (Araghi, 2000) impulsado por el cambio hacia el neoliberalismo en el campo argentino. La gran concentración de empresas productivas con el fin de conformar potentes conglomerados que pudieran insertarse en las cadenas agrícolas globales, ocupando el espacio de exportadores de contraestación, no solo acabó con la producción de tipo familiar, sino que descuidó el mercado nacional. Aquellos productores que siguieron trabajando la tierra en pequeñas y medianas parcelas para el consumo local, replicaron las lógicas de contratación mediante intermediarios llevadas a cabo por las grandes empresas para obtener mano de obra barata y disciplinada que garantizara la rentabilidad productiva reduciendo el coste del trabajo (Benencia y Aparicio, 2014). Esta presión salarial dificultó la obtención de mano de obra local mientras la rentabilidad de la producción se reducía, al tener que conformarse con vender en el menos lucrativo mercado nacional. Así, los productores argentinos empezaron a interesarse por arrendar sus tierras o establecer contratos de mediería.

Los bolivianos realizaron en este contexto una “lectura correcta de la realidad”, esto es que desplegaron un comportamiento económico y político que les permitió desarrollar con éxito su proyecto de negocio identificando la manera más acertada para poder llevarlo a cabo (Benencia y Ramos, 2014). Ellos supieron ver que existían oportunidades de crecer en el sector y desplegaron una serie de cualidades como son “la inteligencia, la tenacidad, la constancia en el trabajo, la conservación de las tradiciones, las redes de relaciones, la capacidad organizativa, el ahorro” (Benencia, 2011: 285) para ocupar su propio espacio. En ello también jugó un importante papel el prejuicio (positivo en este caso) que los productores locales tenían sobre los bolivianos a quiénes consideraban “mucho más dóciles que el criollo para trabajar” (Benencia y Quaranta, 2009b: 103) y con “mayor disciplina laboral” (Benencia y Quaranta, 2009b: 102). Además, los migrantes bolivianos (a excepción de los pioneros en los que influyen otra serie de factores) viajan ya con un proyecto en mente, un doble propósito, que es el de ganarse el sustento y aprender a trabajar para acumular los conocimientos y el dinero necesarios que les permitan convertirse en medieros (Benencia, 2005). Al repetirse este proceso no solo ejemplifica el éxito del proyecto migratorio, dando pie a que más connacionales lo repliquen, sino que expande los espacios productivos, engrosa la cadena en Argentina y multiplica la demanda de mano de obra en el mercado etnificado.

Los migrantes bolivianos en Argentina constituyen un ejército de reserva fundamental para la estructura agrícola local, pero han sabido llegar, por su capacidad para el trabajo y su disciplina (Arce et al., 2014) a escalar en la cadena y apropiarse de ella. Este fenómeno ha provocado que hegemonicen la oferta de productos en la inmensa mayoría de cinturones hortícolas del país siendo por ejemplo ya en 2003, el 80% de la mano de obra en las explotaciones de Río Cuarto, de las cuáles el 20% eran propietarios, o un 39,2% de todos los productores quinteros en la provincia de Buenos Aires en 2001 de los cuales un 75% eran arrendatarios y el 25% propietarios (Benencia y Geymonat, 2005).

Este caso constituye así un ejemplo paradigmático de la necesidad de considerar la agencia en el eslabón del trabajo para comprender la conformación de las cadenas. Sin embargo, este proceso es excepcional dentro de la ecología-mundo capitalista. Notablemente en el centro, la condición de ejército de reserva de los trabajadores migrantes está más remarcada y los espacios de agencia están mucho más limitados por la férrea estructura del sector agrícola neoliberal. El siguiente caso, el de los migrantes marroquíes en la Piana del Sele (Salerno, Italia), busca ilustrar cómo en un contexto mucho más restrictivo, aun así, los migrantes ejercen su agencia y ésta también determina la forma en la que se estructura el sector.

IV. Migrantes en la agricultura neoliberal del centro de la ecología-mundo capitalista. El caso italiano

IV.I La globalización de la agricultura italiana: generando un ejército de reserva clandestino

Prácticamente en el mismo periodo en el que la agricultura argentina se neoliberalizaba siguiendo el proceso de “concentración y transnacionalización” (Steimbreger, 2014), el sur de Europa experimentó también una intensa transformación del sector primario. Las diferencias con el primer caso vendrán principalmente marcadas por la posición ocupada por estos Estados dentro de la configuración de la ecología-mundo capitalista. Si Argentina era un estado periférico (o semi-periférico dado su carácter de potencia regional), aquí, estados como Grecia, España o Italia, geográficamente próximos al centro, se sumieron en un proceso de modernización cuyo objetivo era el de transformarse en verdaderos centros de acumulación de capital. En todo este proceso el sector agrícola, pilar fundamental del sistema capitalista (Moore, 2015) no podía quedarse atrás.

Así en los 80 la agricultura de la Europa meridional empieza a introducir nuevas tecnologías que cambian un modelo productivo por entonces de corte tradicional o familiar hacia un modelo industrial (Gërtel y Sippel, 2014). La idea era dinamizar la producción mediante el uso principalmente de maquinaria, fertilizantes químicos e invernaderos para producir todo el año, neoliberalizando la agricultura y orientándola a un consumo interno cambiante, pero sobre todo a la exportación hacia Europa continental (Avallone, 2013). Este proceso paradójicamente introdujo a los estados Mediterráneos en el centro global mientras remarcaba su carácter periférico dentro del bloque europeo.

Así se conformaron dinámicos enclaves agrícolas globales en zonas muy diversas como Huelva (España) cuya especialización en la producción de fresa convirtió la región en el segundo productor mundial detrás de California (Díaz Diego et al., 2014) o Almería (España), donde la instalación de plásticos de invernadero es ya una de las construcciones humanas visibles desde el espacio9. Como en España, en Grecia (caso de Manolada por ejemplo) o Italia (Foggia, Piana del Gioa Tauro etc…) se ha multiplicado desde los 80 hasta la actualidad el número de enclaves agrícolas globales, internacionalizando el campo tanto en lo productivo como en la configuración de sus mercados de trabajo (Avallone, 2013).

Como se comentó anteriormente, el efecto más destacable de la internacionalización del eslabón del trabajo ha sido la inserción masiva de mano de obra migrante para trabajar en los enclaves (Molinero y Avallone, 2016) cuyo rendimiento dentro de las cadenas es cada vez más dependiente de este hecho (Gadea et al., 2014). En Italia, los migrantes empiezan a trabajar en la agricultura desde los años 80 acompañando desde sus inicios al proceso de neoliberalización del campo y llegando en 2014 a ser un tercio del total de los trabajadores regulares en el sector10. Las cifras sin embargo no reflejan la realidad, sin duda mucho mayor, dada la alta incidencia que tiene la informalidad (tanto en lo que respecta a la contratación como a la condición legal de los trabajadores en el territorio) en el sector agrícola del país transalpino.

Santoro (2006) explica como el Estado Italiano optó, desde su conversión en país de inmigración en los 80, por adoptar un modelo de obtención de mano de obra barata de la periferia global que favoreciera la disponibilidad de un ejército de reserva disciplinado y sometido a la irregularidad. Este autor explica cómo, la condición de indocumentados de los migrantes permitió a los empresarios no respetar los salarios mínimos ni las condiciones laborales básicas impuestas por la ley, lo que extendió el trabajo en negro, la evasión de impuestos etc. El recorrido típico de la inserción de los migrantes en el mercado laboral fue así: entrada clandestina, aceptación de trabajos precarios faltos de garantías y en caso de ausencia de protestas (pues de otra manera se enfrentan a la deportación) al cabo de un tiempo, los trabajadores pueden ser premiados con la regularización y un permiso breve vinculado al contrato de trabajo. Según Santoro (2006), el mantenimiento de la misma arquitectura de vías de entrada a Italia, con leves modificaciones, desde los 90 hasta la actualidad, unido a una serie de regularizaciones masivas, comprueba que el legislador es consciente de este mecanismo y lo ha mantenido en el tiempo de forma deliberada.

El sector agrícola, por supuesto, no ha sido ajeno a este sistema y los diversos enclaves que se han articulado a lo largo del territorio italiano se han beneficiado de esta estructura que ha proporcionado grandes cantidades de trabajadores dóciles sumidos en la irregularidad. La norma de empleo de la agricultura neoliberal –esto es las condiciones de trabajo comúnmente extendidas en las cadenas– basada en la precarización, asalarización, temporalidad, flexibilidad e informalidad de las relaciones laborales (De Castro, 2014) pudo imponerse en la agricultura italiana por medio de lo que puede denominarse como “política del abandono”. Esto se refiere a la configuración de un modelo mediante el cual el Estado abandona su función de garante de la ley permitiendo que todo un sector, el agrícola, se estructure en torno a la extensión de la informalidad, el trabajo en negro y la explotación de personas en situación irregular. Estas condiciones han caracterizado la inserción laboral de los migrantes en la agricultura italiana (Avallone, 2013) pudiendo observarse como una lógica común que atraviesa en formas diferentes, pero con igual esencia, a las decenas de enclaves agrícolas que se han articulado en Italia (Colloca y Corrado, 2013).

Varias ONG’s y Organizaciones Internacionales han denunciado en diversos informes las jornadas de más de 10 horas, los ridículos salarios o las condiciones de trabajo pésimas11 existentes en la agricultura italiana. Frente a aquellos modelos, como los implementados en Nueva Zelanda, Canadá o Huelva en los que los estados han habilitado la creación de programas de contratación en origen de trabajadores extranjeros, el campo italiano no ha necesitado dotarse de dicha arquitectura. La propia configuración del sistema migratorio como un sistema que fomenta la clandestinidad (Santoro, 2006) ha permitido la disponibilidad de importantes bolsas de trabajadores migrantes dispuestos a trabajar en el campo. Este modelo ha articulado el sector agrícola italiano como un “sector refugio” (Molinero y Avallone, 2016) que atrae migrantes indocumentados, aunque también cada vez más documentados, al ofrecer un sector donde insertarse laboralmente sin que su condición de irregulares suponga un impedimento para ello.

El hecho de que los migrantes acaben trabajando en la agricultura bajo estas condiciones ha hecho que tanto organizaciones como prensa hayan definido a estos trabajadores como esclavos modernos12. Sin embargo, la utilización de esta definición, no solo niega la capacidad de agencia de los migrantes, sino que impide ver su condición de proletariado agrícola indispensable para la producción de comida y trabajo baratos, pilares sobre los que se asienta el proceso de acumulación global (Molinero y Avallone, 2016).

En el siguiente apartado se dará cuenta de cómo los migrantes no solo disponen de agencia en este contexto, sino que ésta misma conforma la articulación de las cadenas. Para ello se analizará una población concreta (los migrantes marroquíes) en un enclave concreto, la Piana del Sele, donde en 2015 realicé el trabajo de campo descrito al inicio.

IV.II Espacios de agencia en una estructura rígida del centro global: trabajadores agrícolas marroquíes en la Piana del Sele

La Piana del Sele es un enclave agrícola perteneciente a la provincia de Salerno y situado a unos 80 kilómetros al Sur de Nápoles, en la Italia Meridional. Ocupa un área de unos 500 kilómetros cuadrados aproximadamente y debe su nombre al río Sele, que atraviesa la zona irrigando las tierras y sirviendo como base para los cultivos (MEDU, 2015). Abarca once municipios que en 2012 contaban con unos 200.000 residentes, de los cuales, unos 9.000 eran extranjeros (Avallone, 2012a).

La economía de la zona reposa principalmente sobre su sector primario cuyo volumen de producción de fruta y verdura, sobre todo, pero también de flores y productos lácteos le ha valido el sobrenombre de la “California de Italia” (MEDU, 2015). Otros sectores como el industrial (potente a mediados del siglo pasado, aunque en progresivo declive), la construcción y los servicios también ocupan una importante parte del PIB local (Avallone, 2012a).

La agricultura de la Piana del Sele, como enclave Mediterráneo entró también de lleno en el proceso de neoliberalización del campo (Avallone, 2013) “industrializando” progresivamente su producción, principalmente con la construcción de invernaderos, e incorporando mano de obra extranjera de forma creciente desde los años 80 (Avallone, 2012a). En 2014, la región contaba con 4.000 empresas agrícolas abarcando unas 5.000 hectáreas de invernaderos de las cuales 3.000 producían el cultivo característico de la zona: la rúcula (MEDU, 2015). Este tipo de verdura de hoja se produce principalmente para la venta de productos de cuarta gama (ensaladas embolsadas de consumo directo). Según el CRA (2009) la Piana del Sele es la principal zona de producción de cuarta gama italiana, representando un 60% del total nacional.

Los productores de la zona se han especializado en este producto principalmente por dos razones: la creciente demanda de los consumidores (nacionales y europeos) y la posibilidad de producirla todo el año lo que explica cómo entre el año 2000 y el 2010 se ha doblado el área de invernaderos en la región (Avallone, 2017). La desestacionalización de la producción unida a la alta incidencia del trabajo irregular en la zona (Avallone, 2012a) convirtió a este enclave en un caso típico de “sector refugio” (Molinero y Avallone, 2016) para migrantes, ofreciendo trabajo todo el año sin necesidad de disponer de un estatus legal.

Así, el número de extranjeros en la zona creció exponencialmente pasando (siempre según datos oficiales) de 1.850 en 2002 a 10.903 en 2010 (Avallone, 2012a). Los primeros en llegar y los que conforman la principal nacionalidad presente en la zona son los trabajadores marroquíes13, en su mayoría varones de entre 20 y 30 años (Avallone, 2017). Las siguientes nacionalidades por número son los rumanos y después los indios (aunque estos principalmente trabajan en el sector ganadero con las búfalas). Los datos oficiales sitúan el porcentaje de trabajadores extranjeros en 42,6% del total (Avallone, 2017), sin embargo, al no tener en cuenta los irregulares, algunas estimaciones sitúan la realidad entre el 60% y el 80% del total de trabajadores agrícolas (MEDU, 2015) lo que alcanzaría cifras de entre 5.000 y 6.000 el número de migrantes que trabajan en la agricultura local (Avallone, 2017).

La producción desestacionalizada que ofrecen los invernaderos garantiza un trabajo estable para una parte de los migrantes, aunque la mayoría de los presentes trabaja días sueltos. La modalidad de trabajo que impera en la Piana del Sele es el just in time, un trabajo flexibilizado y adaptado a las necesidades productivas que permite jugar no solo con ajustar al máximo los días que se contrata, sino también fomentar la competición entre nacionalidades por conseguir trabajo (Avallone, 2012b). Si bien en el pasado la incidencia de la irregularidad era mayor, las consecutivas regularizaciones masivas (principalmente las de 2009 y 2012), junto con la posibilidad de utilizar las cuotas anuales como una forma de regularizarse de facto (Santoro, 2006) ha provocado que a día de hoy la mayoría de los migrantes que trabajen en la agricultura gocen de un permiso de residencia (MEDU, 2015). Sin embargo, la adopción de un estatus regular no ha acabado con las condiciones de explotación que caracterizan al enclave. “La situación general de los migrantes que trabajan en la agricultura [de la Piana del Sele] puede interpretarse con la categoría de plusvalía absoluta” (Avallone, 2013b, p. 82) esto es que el sector se articula sobre la base de una presión de los salarios al mínimo útil para la reproducción de mano de obra.

Las entrevistas realizadas durante el trabajo de campo realizado en agosto de 2015 confirman la continuidad de las condiciones ya descritas por Gennaro Avallone anteriormente (2013b). Las jornadas tienden a estirarse por encima de las ocho horas (alcanzando en casos hasta las 14 horas diarias) por salarios de entre 28 y 35€ diarios, poco más de la mitad de lo que dispone el convenio colectivo nacional (52€ diarios). Esto es posible debido a la extensión del “trabajo gris”, una modalidad mediante la cual trabajadores con permiso de residencia trabajan con un contrato legal, pero del que los empresarios declaran menos días de los realmente trabajados, no solo para cotizar menos por sus trabajadores, sino para justificar frente a las autoridades el pago de salarios mensuales más bajos. La totalidad de los trabajadores entrevistados durante el trabajo de campo dijeron estar sometidos a estas prácticas. A ello cabe añadir la extensión del “caporalato” en la región, un sistema mediante el que intermediadores ilegales14 gestionan la contratación, el pago y a veces hasta supervisan el trabajo realizado por la mano de obra (Avallone, 2013b; Avallone, 2017). Al cobrar por sus servicios detrayéndolo de los salarios de los trabajadores, los “caporali” ganan ingentes cantidades de dinero mientras quiénes trabajan por ellos cobran salarios todavía más reducidos que quiénes son directamente contratados por los empresarios.

La Piana del Sele es un enclave caracterizado por “la política del abandono”, es decir, por una ausencia casi total del estado, donde los migrantes, completamente separados de la sociedad de acogida, viven una “experiencia espacial subalterna” (Avallone, 2012b, p.104) donde priman las prácticas irregulares. Esto ha generado un submundo de intermediarios que gestionan todos aquellos servicios que los migrantes puedan necesitar (transportes, gestión de documentos, obtención de alojamiento) monetizando casi cualquier interacción posible y convirtiendo la Piana del Sele en “la tierra de la intermediación informal” (Avallone, 2017).

Todas estas condiciones muestran lo difícil que es la vida en la Piana para los migrantes, pero no permiten dar cuenta de porqué pese a todo ello se someten a esta estructura y no abandonan el enclave. Nuevamente, Gennaro Avallone (2017) explica que los migrantes ejercen diversas formas de agencia frente a esta situación como la resistencia o la resiliencia (por ejemplo, aceptando las duras condiciones de trabajo a cambio del respeto del empresario a su condición de “machos”). Un caso de ello sería el de H.15, migrante irregular que realiza trabajos estacionales discontinuos y reside en una chabola dentro de una fábrica abandonada de la zona. Su caso es uno de los más extremos que encontramos pues vivía en un alojamiento en pésimas condiciones higiénicas mientras ahorraba para comprar su regularización. Tras haber pagado 5.000€ a un intermediario y haber sido timado, declaró que él está tranquilo pues hace lo correcto mientras aquellos que le timan y explotan serán juzgados por dios. Frente a la dureza de su vida, H. utiliza el islam, su religión, para resistir con resiliencia.

Pero ¿qué significa realmente tener agencia en la Piana del Sele? Se argumentará mediante los resultados obtenidos en las entrevistas en profundidad que, si bien la resistencia y la resiliencia son una parte importante de ésta, solo adoptando una definición más amplia como la de Duff (2012), explicada anteriormente, puede comprenderse la influencia de los proyectos personales de los migrantes en la conformación del enclave. Se partirá del hecho de que, en este caso, disponer de agencia en una estructura más rígida, no implica que los migrantes, como en el caso argentino, se apoderen progresivamente de la cadena, sino que aquí la agencia tiene más que ver con una aceptación inevitable de las reglas de juego para conseguir objetivos personales.

Una pregunta de partida que surgió en las entrevistas realizadas a trabajadores marroquíes en la agricultura de la Piana del Sele era ¿porqué decidiste migrar a Italia? La respuesta más común, repetida por nueve16 de los entrevistados fue “para mejorar su situación”. Algunos partían de la idea de que Italia estaba bien económicamente y que como M. “podía venir un año o dos años, traerse de vuelta un coche, un poco de dinero y después ya se vería”. Ninguno de los entrevistados aseguró partir por necesidades económicas por lo que, la razón más comúnmente expresada para la migración fueron las expectativas de tener una mejor vida en términos económicos.

Resulta relevante para caracterizar el caso de Piana del Sele como sector refugio, el hecho de que ninguno de los entrevistados afirmara tener planeado ni trabajar en Piana del Sele, ni en el sector agrícola. Es el caso de Ha. quien inició su itinerario migratorio en Francia, entrando como turista, pero acabó ahí tras buscar trabajo en Padua y darse cuenta de que “no podía trabajar sin papeles en el norte de Italia, no como en Salerno, en el sur, donde podía trabajar sin papeles” puesto que “en Salerno hay demasiado trabajo y hay agricultura, y se puede trabajar en la agricultura sin papeles” información a la que accedió a través de un familiar que ejerce de “caporale” en la zona. En el caso de M.17 el trabajo en la agricultura surgió como medio “para ganar un poco de dinero, aunque se trata de un trabajo duro” o para K. que trabajó en el sector agrícola en España por no tener permiso y acabó en la agricultura de la Piana tras quedarse sin trabajo y ser su única opción de seguir en Europa. En el caso de J. si bien no existía un plan ideado de trabajar en la agricultura, sí que afirmó que cuando llegó a Piana del Sele y empezó a trabajar con los tomates “encontró lo que estaba buscando”.

Parte del carácter de Piana del Sele como sector refugio se refleja en el hecho de que algunos de estos trabajadores, como Ha. con diploma de técnico en electromecánica, A. con diploma de técnico en “calificación” y otro en “agricultura”18 o J. que estudió (sin terminar) Historia y Geografía en la Universidad estén sobrecualificados para el trabajo que realizan (peones agrícolas). Así, varios de los entrevistados manifestaron haberse equivocado al migrar, como Mo., otros tienen una respuesta ambivalente como Ha. que asegura que ha hecho bien por la parte económica pues cree estar ganando más que en su país de origen, pero mal por la parte de sus expectativas de vida. En cambio, otros como Ab. o Has. dicen que pese a todo les ha compensado haber partido hacia Italia.

Estos dos últimos casos son excepciones pues el resto manifestó en general sentir malestar por su situación. Sin embargo, esta disconformidad con la situación no les ha llevado ni a un abandono de la situación, ni al retorno. La tentación de pensar que esto puede ser provocado por el hecho de que, pese a todo, la situación para los entrevistados en Piana del Sele es mejor que la de Marruecos tampoco es válida ya que al igual que Ab., que asegura que vivía mejor en Marruecos que en Piana del Sele, otros tres entrevistados aseguraron que se está mejor en Marruecos que en Salerno. Tampoco hay nada que les fuerce a quedarse y pese a los bajos salarios, el viaje de vuelta es asequible por lo que tampoco se trata de que estén atrapados sin opciones de regreso. Se argumentará entonces que los migrantes marroquíes permanecen trabajando en la agricultura de la Piana del Sele como parte del ejercicio de su agencia.

A diferencia del caso argentino, donde los bolivianos actúan como grupo trazando redes transnacionales y buscando deliberadamente alcanzar una suficiente masa crítica como parte de una estrategia para copar el mercado, la migración de los marroquíes de la Piana del Sele tiene más que ver con proyectos individuales. La decisión de migrar de los entrevistados fue personal, más motivada por la esperanza de mejorar sus condiciones socioeconómicas que como parte de un proyecto de grupo. La heterogeneidad de formas de llegar a Italia escogida por los mismos (utilizando contratos falsos como Has., escondidos en un container de un barco como J. o pagando por cruzar en patera desde Libia como Al., H., S., M. o Mo) unida al carácter de sector refugio del enclave de destino hace que las llegadas principalmente sean disgregadas. Cada migrante tiene su historia y su propio proyecto migratorio. La desilusión provocada por la realidad en la que se insertan finalmente les impulsa a reconfigurar sus proyectos. Una vez entendida la rigidez de la estructura de la economía local que les impone estar en una posición subalterna con escasas opciones de movilidad social (Avallone 2012b), los migrantes ejercen su agencia reformulando sus estrategias. La ilusión del proyecto migratorio se desvanece y comienza una lucha por la supervivencia donde encontrar trabajo es fundamental no solo para tener ingresos sino para poder obtener el permiso de residencia (Avallone, 2013b), intrínsecamente conectado al contrato (Santoro, 2006). Esta situación genera competencia por el trabajo, hecho que, unido al resto de características ya especificadas del enclave, limita las posibilidades de organización de la mano de obra en torno a movimientos o sindicatos.

En este sentido lo dicho por Ha. es bastante ilustrativo de este hecho, “hemos venido aquí a trabajar […] no para otras cosas, hemos venido a trabajar y trabajar”. Se le planteó a este mismo trabajador si no habían pensado protestar u organizarse a lo que respondió que no porque si no “no tienen derecho a cobrar”. Preguntado por una protesta que se organizó en 2012 frente a la Prefectura de Salerno pidiendo permisos de residencia para todos, Ha. dice que “no hubo ninguna respuesta”. Comenta que estas iniciativas no son exitosas porque los migrantes “tienen miedo” de perder sus trabajos por lo que entre ellos no hablan del trabajo. Y los sindicatos formales como la CGIL-FLAI a juicio de Ha. “solo miran por el dinero”. H. comenta algo parecido sobre los sindicatos al decir que “En Milán hay sindicatos que hablan con la gente ¿entiendes? para ganar bien, incluso para ganar lo que marca la ley, los accidentes de trabajo, las enfermedades, 100% todo, pero aquí no”, para él también el sindicato CGILFLAI solo sirve para “hacerse la foto”.

Los migrantes, conocen la estructura, como refleja S.:“deben hacer una ley para los empresarios, no para ellos. Han hecho la ley para nosotros, son estrictos solo con nosotros, no son estrictos con el empresario. El empresario está tranquilo, trabaja […] y mientras nosotros estamos sufriendo aquí”. Pero en un contexto de desarticulación de la organización del trabajo, responden con su agencia diseñando sus propios proyectos personales.

Entre los entrevistados se encontraron cuatro tipos de proyectos personales, todos ellos ligados a la obtención del permiso de residencia de larga duración19. El proyecto más común (que expresaron cinco de los entrevistados) pasaba por mantener su situación hasta obtener el permiso de larga duración y con él poder moverse libremente por el espacio Schengen en busca de oportunidades laborales en otros países. Como Al. que aspira a “Alemania, Suiza o a cualquier parte”, H. que también aspira a migrar a Alemania, S. quiere en cambio ir a Francia (aunque otro país de la UE le vale) o K. y A. que volverían a España, o en el caso de A. probaría también en Francia.

El segundo proyecto más repetido es de volver a Marruecos, pero tras haber obtenido también el permiso de larga duración que les garantiza poder volver a Italia en cualquier momento o incluso combinar momentos del año alternando ambos países. En este caso el permiso es una garantía para no tener que repetir la entrada clandestina y poder planificar bien cualquier movimiento futuro sin estar condicionados por los papeles. Ha., M. y K.20 manifestaron este deseo.

Los otros tipos de proyectos personales identificados pasan o por traer a la familia a vivir a Italia, como es el caso de Moh. y Ma., o por quedarse hasta la jubilación y después volver a Marruecos, como es el caso de J.

Estos proyectos explican por qué los migrantes se mantienen trabajando bajo las duras condiciones que rigen en la agricultura de la Piana del Sele. Como se ve, no son esclavos, ni gente sin opciones, se trata de trabajadores que voluntariamente se someten a la estructura sabiendo que si aceptan las reglas de juego que imperan en el enclave, podrán conseguir los objetivos personales que se han marcado. Su agencia está condicionada por la conformación de la estructura, pero paradójicamente, su resiliencia frente las condiciones del sector qué les lleva a esforzarse por luchar pese a las dificultades que entraña ser peón agrícola en la Piana del Sele, es lo que explica que conformen el ejército de reserva indispensable para que el modelo desregulado de la Piana siga funcionando.

V. Reflexiones finales

Los dos casos estudiados han puesto de manifiesto la existencia de procesos de agencia dentro del eslabón del trabajo vivo de las cadenas agrícolas globales. Mediante la selección de ambos casos se perseguía demostrar que esto sucede tanto en el centro como en la periferia y que, si bien el caso argentino puede mostrar una estructura más porosa y flexible, ello solo condiciona la manera en la que dicha agencia se ejerce, pues en otros casos en los que la agencia de los migrantes parece ausente, es igualmente relevante para entender la conformación del enclave.

Mezzadra y Neilson (2013) tienen razón al hacer hincapié en la necesidad de que los teoristas de las cadenas globales tengan en cuenta esta matriz a la hora de realizar sus análisis. Pues, como se ha demostrado, no puede entenderse la agricultura argentina sin estudiar los procesos de agencia desarrollados por los migrantes bolivianos, pero tampoco puede entenderse la reproducción del ejército de reserva en Piana del Sele si no se entiende la aceptación consciente de la estructura por parte de los migrantes marroquíes como parte de sus proyectos personales.

El estudio de la agencia en el eslabón del trabajo vivo será cada vez más fundamental mientras las cadenas agrícolas globales que sostienen la ecología-mundo capitalista sigan basándose en la producción de comida barata (Moore, 2015) ejerciendo presión sobre el coste del trabajo migrante (Molinero y Avallone, 2016). En los dos casos presentados, destacar la agencia permite explicar tanto el abandono de la condición subalterna de los migrantes mediante la construcción de cadenas alternativas (Argentina) como la perpetuación de un rígido modelo de explotación (Piana del Sele). Lo relevante es que ambos modelos son parcialmente, pero fundamentalmente construidos y reproducidos por los migrantes por lo que a medida que su explotación se refuerce estructuralmente a nivel global, será interesante ver en qué medida se organizarán y hacia qué modelo de cadenas tenderá a articularse el sistema.

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Apéndices

Notas

1 Esta investigación se ha llevado a cabo en el marco del Proyecto ‘Temporary versus Permanent Migration’ (TEMPER), financiado por el 7º Programa Marco de la Comisión Europea, para el periodo 2014-2018 (grant agreement no. 613468).
2 Este trabajo ha sido realizado en el marco del Doctorado en Derecho, Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad Autónoma de Madrid y será parte de la tesis doctoral de Yoan Molinero Gerbeau.
4 En Piana del Sele se organizaron dos grupos de discusión post-entrevistas en profundidad con migrantes marroquíes que trabajan o han trabajado en la agricultura de la Piana del Sele. En Argentina se organizó un grupo de discusión en la estación experimental del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en Balcarce con actores destacados en el área de estudio provenientes del mundo de la investigación y el tercer sector. Los audios de los grupos de discusión en Italia y sus transcripciones literales (en caso de haberlas) están en manos del autor y archivadas en IEGD-CSIC. El grupo de discusión en Argentina no fue grabado, se tomaron notas de campo.
5 En Piana del Sele se realizaron catorce entrevistas en profundidad a migrantes marroquíes que trabajen o hayan trabajado en la agricultura de este enclave. Se realizaron además tres entrevistas a actores, dos miembros del principal sindicato agrícola operando en la región, CGIL-FLAI, y una a miembros del proyecto Presidio de Cáritas que realizan trabajo asistencial a los migrantes en la zona. Los audios de estas entrevistas y sus transcripciones literales (en caso de haberlas) están en manos del autor y archivadas en IEGD-CSIC. En Argentina se realizaron cuatro entrevistas en profundidad, en Buenos Aires, a actores destacados en el estudio del área provenientes del mundo de la investigación y tres entrevistas en profundidad a actores provenientes del mundo de la investigación, del mundo empresarial y del área del comercio en la ciudad de Mar del Plata y en Sierra de los Padres. Estas entrevistas no fueron grabadas, se tomaron notas de campo.
6 Jason W. Moore (2015) argumenta que la Fractura Metabólica al limitar su análisis a la fractura que el sistema generó entre campo y ciudad con la industrialización de la agricultura en el XIX es reducido e impide ver la existencia de una mayor división, que dicho análisis aún replica, entre humanidad y naturaleza.
7 Benencia y Quaranta (2009a) manejan la noción de enclave étnico tomada de Wilson y Portes (1980) para explicar la conformación de espacios distintivos que concentran empresas pertenecientes a miembros de una misma comunidad étnica generando una economía de oportunidades y autoempleo que protege a los miembros de la comunidad al generar una serie de oportunidades que el mercado nacional no les ofrece. El enclave, donde generalmente basta con hablar la lengua de origen funciona por redes de solidaridad que involucran a todos los miembros generando obligaciones recíprocas.
8 Los porcentajes varían en función del acuerdo alcanzado con el productor siendo generalmente mayores en campo abierto que en invernadero. Benencia y Quaranta (2009b), han observado un rango en los porcentajes de los acuerdos que varía entre el 20% hasta el 50%.
9 Véase por ejemplo “Por qué el Mar de Plástico se llama así”, noticia publicada por Verne-El País, el 23 de septiembre de 2015. Consultado en http://verne.elpais.com/verne/2015/09/23/articulo/1443003299_631218.html el 20 de noviembre de 2016.
10 Según los datos de FLAI-CGIL, sindicato agrícola más representativo en la región, se registraron 8680 trabajadores agrícolas extranjeros en la provincia de Salerno en 2014 sobre un total de 27688 trabajadores lo que representa en torno a un 30% de la mano de obra empleada en la agricultura de la zona.
11 Véase Medici per i diritti umani (MEDU) (2015), Amnesty International (2012), OIM (2010).
12 Los informes mencionados en la anterior nota usan recurrentemente el término “esclavo” para referirse a estos trabajadores. Otros documentos, como el reportaje “Io, schiavo in Puglia” (Yo, esclavo en Puglia) publicado por Fabrizio Gatti el 1 de septiembre de 2006 en un medio de amplia difusión nacional como es “l’Espresso” contribuyeron a extender esta idea de los trabajadores agrícolas migrantes como nuevos esclavos entre el público generalista. El reportaje está disponible en el siguiente enlace: http://espresso.repubblica.it/dossier/2006/09/01/news/io-schiavo-in-puglia-1.1306 [consultado el 22 de noviembre de 2016].
13 La provincia de Salerno es la provincia italiana con mayor número de migrantes marroquíes de todo el país según la OIM (Mghari y Fassi Fihri, 2010) que calcula que 1 de cada 8 migrantes marroquíes presentes en Italia residen en esta provincia.
14 El caporalato es desde 2011 una actividad ilícita que conlleva multas económicas y penas de cárcel en base al artículo 12 del Decreto-Legge 13 agosto 2011 n.138. En 2016, la Legge 29 ottobre 2016, n. 199 se aprobó para reforzar esta lucha imponiendo penas aún más duras y extendiendo la responsabilidad a los empresarios que utilizan este servicio.
15 La entrevista a H. se realizó en agosto de 2015.
16 Dos entrevistados migraron previamente a España, si bien respondieron lo mismo que los compatriotas que vinieron directamente a Italia, sus respuestas se refieren a su primera migración a Europa.
17 De ahora en adelante me referiré a los entrevistados solamente por la letra inicial de su pseudónimo para garantizar su anonimato.
18 El entrevistado nombró así sus titulaciones.
19 Este permiso se obtiene tras haber logrado renovar durante cinco años consecutivos el permiso de residencia temporal (cuya renovación depende exclusivamente de disponer de un contrato de trabajo que justifique la continuación de la presencia del inmigrante en Italia). Una vez obtenido puede renovarse sin necesidad de tener contrato de trabajo.
20 K. aspira a volver a España, pero dijo que, si no podía, le gustaría combinar partes del año en Marruecos y otras en España.


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