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Revista THEOMAI / THEOMAI Journal Estudios críticos sobre Sociedad y Desarrollo / Critical Studies about Society and Development

La invención de lo ambiental
Existe un amplio consenso en el campo de los estudios ambientales en relación con que dicha problemática emerge, en términos de una cuestión societalmente significativa, entre los años `60 y ´70. Como evidencia se suele mencionar una diversidad de sucesos que acontecen en los países del viejo centro del sistema capitalista en dicho período. Se hace referencia así a una lista de accidentes o graves hechos de contaminación y degradación del ambiente; a una serie de artículos, informes científicos y declaraciones intergubernamentales que denuncian o reflexionan sobre estos procesos de contaminación y deterioro ambiental; al despliegue de políticas públicas referidas a la problemática ambiental –creación de agencias estatales sobre dicha cuestión, sanción de legislaciones y regulaciones-; y al surgimiento e intensificación de procesos de acción colectiva y conflictividad relativas a las condiciones de existencia marcados particularmente por la aparición de los llamados movimientos ambientalistas y/o ecologistas (Foladori, 2000 y 2005; Gudynas, 2004; O’Riordan, 1976; Pepper, 1986;Dobson, 1997)
Examinamos críticamente la construcción y naturalización de estas series de hechos y la significación que constituyen respecto de la cuestión ambiental en un trabajo anterior (Seoane, 2017) A partir de esta labor, precisamos el término cuestión ambiental en tanto invención sociohistórica referida al gobierno de las conductas de individuos y poblaciones que emerge y opera en las condiciones históricas de conflictividad sociopolítica y crisis de hegemonía características de las décadas de los ´60 y ´702. En esta dirección, siguiendo la reflexión propuesta por Donzelot sobre la cuestión social (Donzelot, 2007), definimos la cuestión ambiental como la (gestión de la) contradicción entre ciertas promesas y compromisos societales y su realidad efectiva; en este caso, entre las promesas de bienestar y paz asociadas a la sociedad de posguerra y sus narrativas de desarrollo, bienestar y modernización; y la realidad efectiva característica de este período de deterioro, degradación, amenaza y tecnomercantilización de las condiciones de existencia (Seoane, 2017).
En el marco de la emergencia de esta cuestión ambiental, en el campo del pensamiento social ocupó un lugar cada vez más importante una serie de corrientes y reflexiones que plantearon, como parte del tratamiento de dicha problemática, una reformulación de los límites disciplinares de las ciencias sociales incorporando al interior de las mismas la preocupación sobre la dimensión ambiental. En esta dirección, la reconfiguración de las disciplinas sociales a partir de la crítica a la escisión sociedad-naturaleza (o cultura-naturaleza) y la integración de las problemáticas de la naturaleza (y sus matrices teórico-científicas) a las ciencias humanas se constituyó en uno de los ejes del abordaje progresista de la cuestión ambiental cuyos efectos e influencias se prolongan hasta el día de hoy. Este abordaje de la problemática ambiental se hizo presente particularmente en el campo de la economía donde el cuestionamiento a su formulación keynesiana o neoclásica reposó, en muchos casos, en la consideración de los aportes de las ciencias naturales y de los límites ambientales y naturales de la actividad económica y su dinámica de expansión y crecimiento.
En relación con ello, el presente trabajo propone una serie de reflexiones críticas sobre los límites emancipatorios de estos abordajes así como sobre las afinidades y el relleno estratégico de que éstos son objeto bajo el despliegue de las racionalidades neoliberales de gobierno de la cuestión ambiental. Sobre esta problemática a lo largo de estas páginas se presentan cuatro breves consideraciones. En la primera, se examinan algunas de las propuestas de reformulación de la ciencia económica a partir de la incorporación de matrices teóricas de las ciencias naturales y que fueron planteadas en el contexto de emergencia de la cuestión ambiental. La segunda consideración que se propone desarrolla una reflexión sobre las tres principales corrientes de la economía que emergen entre los años ´70 y ´90 que abordan o incorporan en su formulación la dimensión ambiental. El tercer punto del artículo presenta una reseña sobre las significaciones y efectos que plantea la noción de capital natural y sus mutaciones en el campo de la economía ecológica. Finalmente, el cuarto subtítulo retoma los señalamientos anteriores para presentar una reflexión crítica sobre la estructuración del campo de los estudios sociales que habitualmente se propone desde los estudios ambientales. Comencemos entonces por el primer punto.
La reformulación de los límites entre economía y ambiente ante la emergencia de la cuestión ambiental
En el contexto de la emergencia y tratamiento de la cuestión ambiental, a partir de los años `60, se plantearon una serie de diferentes intentos de repensar y reformular la relación entre economía y ambiente. En esta dirección, tres textos publicados entre fines de los años ’60 y principios de los `70 se han transformado y fueron canonizados por la literatura del campo de los estudios ambientales como íconos de esta recodificación. Nos referimos al artículo de Keneth Boulding “La economía de la futura nave espacial tierra” de 1966 (originalmente en inglés The economics of the coming spaceship), a la contribución de Herman Daly de 1968 “Sobre la economía como ciencia de la vida” (On economics as a life science) y al libro de Nicholas Georgescu-Roegen de 1971 titulado La ley de la entropía y el proceso económico (The entropy law and the economic process) cuyas principales ideas ya habían sido publicadas en 1966.
En su contribución, Boulding (2012) planteó un escenario de transición entre la concepción de la Tierra como sistema abierto a otra como sistema cerrado y afirmó la necesidad de pasar de una economía del cowboy basada en el crecimiento de la producción y el consumo a una economía del astronauta que reposara en la conservación o mejoramiento de la cantidad y calidad del stock de capital; en función de ello la economía debía reconfigurarse a partir de incorporar el principio de la entropía. Por otra parte, Daly (1968) en su texto argumentó las similitudes existentes entre la biología y la economía que suponen no sólo un parecido superficial sino en sus propias raíces, en tanto ambas disciplinas tienen como objeto el proceso de vida. Desde esta perspectiva, se planteó la reformulación del pensamiento económico a partir de las ideas del estado de equilibrio (the steady-state analogy) y de la evolución (the evolutionary analogy) propias de la biología. Finalmente, Georgescu-Roegen fundamentó la idea de que el proceso económico está íntimamente vinculado y condicionado por la ley de la entropía en tanto esta es considerada base de la economía de la vida en todos sus niveles. Desde estas diferentes consideraciones, planteó la reformulación de la ciencia económica partiendo de la crítica a la matriz mecanicista, a la aritmetización generalizada y al uso de conceptos aritmórficos.
Como puede verse, profundas afinidades vinculan estas tres reflexiones. Las tres sostienen un cuestionamiento al pensamiento económico tradicional a partir del reconocimiento de los límites que impone el ambiente y la naturaleza a la actividad económica y proponen la reformulación de la economía en base a la utilización de los principios, leyes y métodos de las ciencias naturales o, en particular, de los principios de la termodinámica. El propio Daly reflexiona sobre ello al valorar los trabajos de Boulding y Georgescu-Roegen, resaltando el uso de las analogías biológicas en la economía, en una dirección en la que reconoce también los aportes formulados por Alfred Marshall (Daly, 1968: 393)
De esta manera, la crítica a cierta racionalidad económica planteó una reformulación de la misma basada fundamentalmente en la incorporación de los aportes de otras disciplinas del saber científico, como la ecología, la biología y la termodinámica, así como en el cuestionamiento a su configuración bajo el paradigma mecanicista.
Esta perspectiva, sin embargo, no puede asimilarse como una característica exclusiva o propia de un abordaje emancipatorio de la cuestión ambiental. No sólo por el hecho de que los autores mencionados o, por lo menos algunos de ellos con claridad, no se inscribirían en estas perspectiva. Recordemos, por ejemplo, la biografía político intelectual del propio Georgescu-Roegen.
Dos otras razones resultan aún más significativas para fundamentar esta apreciación. Por una parte, en los tres casos, la reformulación de la disciplina económica no supone una crítica superadora de la racionalidad de mercado, como quedará más claro en el apartado siguiente. Por la otra parte, porque la crítica al homo economicus, al mecanicismo y la matematización de la economía presentes en el pensamiento económico dominante durante gran parte del Siglo XX y en la síntesis neoclásica marshalliana constituye también una reflexión propuesta por la escuela austríaca de economía, desde los aportes de Carl Menger hasta los de Frederik von Hayek.
En esta dirección, los cuestionamientos a la matematización de la economía y su concepción basada en el puro determinismo distinguieron a la contribución de Menger del resto de las corrientes de la llamada teoría subjetiva del valor emergida a fines del Siglo XIX. Una perspectiva que se prolonga en la trayectoria de la escuela austríaca hasta las reflexiones de Frederik Hayek de los años ´60 y ´70 en las que defiende la necesidad de una teoría para los fenómenos complejos que se diferencia de los modelos de la física, del simple determinismo y del mecanicismo cuyos efectos en la disciplina económica se hicieron sentir en “la incapacidad de los economistas para guiar la política económica con mayor fortuna [que] se liga estrechamente a su inclinación a limitar en la mayor medida posible los procedimientos de las ciencias físicas que han alcanzado éxitos tan brillantes, un intento que en nuestro campo puede conducir directamente al fracaso. Es este un enfoque que…como lo definí hace cerca de treinta años, es decididamente anticientífico en el verdadero sentido del término, ya que implica una aplicación mecánica y nada crítica de hábitos de pensamiento a campos distintos de aquellos en que tales hábitos se han formado“ (Hayek, 1974: 57; Hayek, 1964) En similar dirección, la escuela austríaca en la pluma de varios de sus representantes formuló también una profunda crítica al homo economicus de la escuela clásica y neoclásica postulando una concepción diferente respecto de la acción económica (Mises, 1968)
Estas particularidades de la escuela austríaca que, como ya dijimos, la distingue de las otras teorías que afirmaron el carácter subjetivo del valor y de la síntesis neoclásica propuesta por Marshall, resultan más significativas para nuestro estudio en tanto esta escuela constituye una de las corrientes centrales –para algunos estudiosos la más importante- de la construcción del pensamiento neoliberal (Anderson, 2003; Foucault, 2007; Murillo, 2015). En esta dirección, las racionalidades neoliberales de gobierno promueven también una mutación del pensamiento económico clásico y neoclásico que guarda muchos elementos comunes con los planteos que hemos reseñado propios de una crítica de la economía en base a sus límites ambientales y naturales. Consideremos ahora cuales son las corrientes específicas que desde los años ´70 plantean una reformulación de la disciplina económica desde la perspectiva del ambiente y la cuestión ambiental.
Las nuevas corrientes de la reformulación ambiental de la economía
La significación de la cuestión ambiental motivó también la emergencia de tres corrientes de pensamiento que, en este caso desde el campo del pensamiento económico, plantearon el abordaje de la problemática del ambiente, ambiental o ecológica. Por una parte, se planteó explícitamente una reelaboración neoliberal de la ecología. Así, entre los años ’70 y ’80 surgió lo que se ha dado en llamar el “ambientalismo de libre mercado” o “ecología de mercado” (en inglés, free market environmentalist) que propuso la consideración de los problemas ecológicos a partir de los aportes de la escuela austríaca, de la escuela de Chicago, de las teorías de la elección pública vinculadas a la obra de Coase, y la de los derechos de propiedad (Anderson, 1993; March, 2013; Gudynas, 1995). Esta corriente3 se caracteriza por cuestionar y responsabilizar de la cuestión ambiental al accionar del Estado, la burocracia y la propiedad común; defender la transferencia de los recursos ambientales al mercado; y, cuando la regulación fuera necesaria, considerarla desde el modelo de costo-beneficio (Asserson, 2007; Anderson, 1992)
En segundo lugar, y con mayor predicamento y difusión, en los años ´60 surgió la llamada economía ambiental4 que parte de reconocer que el sistema económico no puede operar sin el soporte de los sistemas ecológicos y, en ese sentido, la economía real no puede ser considerada un sistema cerrado en sí mismo sino que debe pensarse como un sistema abierto integrando así el examen del balance de materiales y energía (ingreso-consumo, egresos-residuos) resultado del intercambio con el ambiente basado en la idea de la interdependencia entre economía y ambiente. Sin embargo, esta apreciación no implica, para esta corriente, un cuestionamiento al pensamiento económico tradicional. Por el contrario, su labor se basa en el uso de conceptos y modelos de la teoría neoclásica (microeconomía) así como el ambiente y la naturaleza son considerados por sus funciones económicas y el tratamiento de la cuestión ambiental se vincula a su valorización mercantil ya que su destrucción es explicada por el no reconocimiento de los precios positivos de esas funciones económicas en la medida que no hay mercados y, en consecuencia, precios de mercado para muchos bienes y servicios ambientales (Turner, Pearce y Bateman, 1993) En este sentido, la economía ambiental es uno de los campos que más ha impulsado los procesos de construcción de mercado para los bienes naturales y, en particular, ha dado vida a la llamada economía verde, uno de los paradigmas actuales de las racionalidades neoliberales de gobierno de la cuestión ambiental (AA.VV., 2009; Seoane, 2017).
Finalmente, en tercer lugar, en los años `80 tomó forma colectiva y pública una nueva disciplina bajo el nombre de economía ecológica5 aunque parte de sus ideas centrales ya habían aparecido entre las décadas de los `60 y `70, particularmente con los trabajos seminales de Daly ya mencionados y con la afirmación de que las leyes de la termodinámica y el análisis de los intercambios físicos en términos de materia y energía eran claves para repensar ambientalmente las leyes económicas (Van den Bergh y Gowdy, 2000; Martínez Alier, 2010). Sin embargo, más allá de ciertas similitudes, la nueva disciplina de la economía ecológica se diferenciaba de la economía ambiental en la afirmación de la economía como un subsistema dentro de un sistema mayor que es la biosfera, realzando así la valoración de los límites ambientales-naturales del proceso económico (Kapp, 1978; Martínez Alier, 2010; Van den Bergh, 2010).
En este sentido, de las tres tradiciones sin duda la economía ecológica es la que propone un cuestionamiento más acentuado a las concepciones económicas tradicionales y la que mayor influencia ha tenido en el campo del pensamiento crítico y las perspectivas emancipatorias. Sin embargo, su examen no escapa a los cuestionamientos que hemos formulado anteriormente. Examinemos, por ejemplo, el papel y significaciones que le otorga esta disciplina a la noción de capital natural y los cambios que la significación de la misma experimentó, constituyéndose así en uno de los campos de prácticas discursivas y extradiscursivas propio de las racionalidades neoliberales de la cuestión ambiental. Veamos esta cuestión con más detalle.
La economía ecológica y el capital natural: de la metáfora crítica a su valorización monetaria
La labor de la economía ecológica desde fines de los años ´80 se asocia estrechamente al esfuerzo de significación y operacionalización del concepto de desarrollo sostenible, paradigma del tratamiento internacional de la cuestión ambiental planteado por el Informe Bruntland y consagrado en la Conferencia de Naciones Unidas de Río de Janeiro de 1992 (Daly, 1994). En esta labor, la economía ecológica va a hacer uso especialmente del concepto de capital natural cuyos antecedentes se remontan a la obra de Ernst Friedrich Schumacher (Schumacher, 1983) Se va a afirmar así que “la idea clave de la sostenibilidad del desarrollo” es “la constancia del capital natural total” resultado de la suma del renovable y del no renovable (Constanza y Daly, 1992; Daly, 1994). Dicha condición signa a su vez la llamada sostenibilidad fuerte que resulta del mantenimiento intacto del total del capital natural disponible, independientemente de la variaciones del capital manufacturado (Daly, 1994)
Ello otorga una significación particular a la apreciación del capital natural ya que, desde esta perspectiva, resulta una dimensión clave para la planificación y elaboración de las políticas capaces de asegurar el desarrollo sostenible (Daly, 1994). En las obras de la economía ecológica de la primera mitad de la década de los ´90, la valorización del capital natural si bien se basa en las funciones de costo y beneficio se diferencia claramente de la microasignación atribuida por las tradiciones liberales al subsistema económico y cuestiona así la noción clásica de homo economicus6. Es decir, su valorización no puede ser obtenida a partir del mercado existente y del simple funcionamiento del subsistema económico sino por métodos diferentes (Daly, 1994). Así la relación entre el subsistema económico y el ecosistema es considerada desde la perspectiva del estudio de una macroasignación que fundamenta una serie de intervenciones del Estado sobre el mercado (impuestos, regulaciones) que en cierta medida recurren a una justificación similar a los controles centrales keynesianos o a las externalidades pigouvianas (Seoane, 2017). En esta dirección, para Daly, los principios para lograr la sostenibilidad fuerte se traducen fundamentalmente en la iniciativa de un impuesto a la disminución del capital natural (NCD). Sin embargo, como sucede también con la matriz keynesiana, la intervención estatal no suprime sino que supone la continuidad del funcionamiento del mercado, del interés individual egoísta y del propio homo economicus, en el ámbito de la microasignación que sigue reconociéndose válida (Constanza y Daly, 1992: 43).
Como ya señalamos, la noción del capital natural fundamenta, en estos planteos, el significado atribuido al desarrollo sostenible y la intervención-regulación estatal propuesta. A su vez, su valorización efectiva no es considerada necesaria e, incluso, es vista como extremadamente difícil. Para graficar el lugar que le otorgan a estos procesos de valorización del capital natural (de los bienes comunes naturales), se recurre, por ejemplo, a una alegoría afirmando que “sería de gran ayuda llevar un altímetro cuando saltamos desde un avión” -en referencia a la valorización del capital natural-, “pero todos nosotros preferiríamos un paracaídas más que un altímetro si pudiéramos tomar sólo una cosa” -resaltando la importancia del tratamiento de la cuestión ambiental propuesto (ob. cit.: p. 45)
Sin embargo, años después el enfoque de este campo de estudios va a mutar significativamente. En 1997, Robert Constanza y otros publicaran otra contribución sobre el capital natural que va a proponer justamente su valorización monetaria y que tendrá una influencia decisiva en los estudios ambientales promoviendo incluso la posterior difusión y relevancia de la problemática de los servicios ecosistémicos (Contanza et al, 1997). En dicha contribución la crítica ya no aparece orientada hacia las formulaciones de la escuela neoclásica, como había sido el caso del artículo anterior que examinamos, sino que los cuestionamientos se dirigen ahora hacia los que “…argumentan que la valoración de los ecosistemas es imposible o imprudente, que no se puede asignar un valor a cosas intangibles como la vida humana, el medio ambiente, la estética, o beneficios ecológicos a largo plazo. Pero, de hecho, esto se hace todos los días” (ob. cit.: 260). En la misma dirección, también son cuestionados aquellos que afirman que los ecosistemas no necesitan ser valorizados monetariamente ya que deben conservarse y protegerse simplemente por razones puramente morales y estéticas.
Por otra parte, sobre los métodos de medición del valor del capital natural también puede apreciarse un cambio entre la contribución de 1994 y la de 1997. En la primera se enfatizaba el análisis de los flujos de energía en el examen de la relación entre la actividad económica y el ambiente-naturaleza; mientras que en la segunda se plantea el criterio de “disposición a pagar” para la valorización monetaria, en virtud de que “muchas de las técnicas de valuación utilizadas…se basan, ya sea directa o indirectamente, en los intentos de estimar la disposición a pagar de los individuos por servicios ambientales” (ob. cit.: 261). La publicación de este artículo en 1997 tuvo, para algunos, una influencia tan significativa en el campo de los estudios ambientales que “…desde entonces, gran parte de los esfuerzos académicos por la sostenibilidad ambiental se han centrado en el desarrollo de métodos que permitan visualizar el papel de aquellos servicios del capital natural cuyo valor era sistemáticamente subestimado o ignorado por los mercados y la toma de decisiones” (Gómez-Baggethun y de Groot, 2007: 10). Por otra parte, para otros, por la metodología de valorización utilizada, el estudio contribuyó decisivamente a colocar la atención sobre la valorización de los sistemas ecosistémicos así como a proyectar las herramientas de la economía neoclásica sobre la consideración de lo ambiental (Ferrer, La Roca y Gual, 2012; Thompson, 2012; Chichilnisky y Heal, 1998)
En este sentido, la valorización de la naturaleza y el ambiente a partir de la significación dada al capital natural por la economía ecológica se convirtió crecientemente en parte central del tratamiento de la cuestión ambiental en una dirección coincidente y concordante con la promovida por las racionalidades neoliberales de gobierno. En la misma dirección, la mutación de la noción de capital natural, desde un uso metafórico crítico de la microeconomía liberal y su homo economicus a la afirmación de la necesidad de su valorización monetaria desde los propios mecanismos de esta microasignación, marcan la parábola sufrida por la economía ecológica a lo largo de la década de los ´90 en un contexto de afirmación global de la hegemonía del neoliberalismo y de profundización de sus transformaciones.
En este marco, resulta evidente que la reformulación de los límites y oposiciones entre economía y ambiente –tal como aparece claramente expresado en la economía verde- más que contribuir a la reformulación crítica de la primera implicó la integración subordinada de la segunda, expresión en el terreno del pensamiento social de los procesos de subsunción real de la naturaleza al capital propios del periodo neoliberal (Gilly y Roux, 2009)
Revisando la estructuración tradicional del campo de los estudios ambientales ¿antropocéntricos vs. biocéntricos?
Por último, proponemos examinar brevemente los efectos de una visión que estructura el campo académico de los estudios sociales y sobre el ambiente a partir de un ordenamiento basado en la apreciación de la relación entre la actividad (económica) humana y la naturaleza; en un sentido similar a lo desarrollado anteriormente en referencia a la reformulación ambiental de la economía. De esta manera, esta estructuración del campo de los estudios sociales se basa en la construcción y oposición entre dos polos considerados antitéticos; uno de ellos se identifica con la afirmación de la potencia de la actividad humana (particularmente su hacer económico, productivo y científico-tecnológico) y el otro enfatiza los condicionamientos que impone el ambiente y plantea la revisión de las disciplinas que abordan la actividad humana desde la centralidad de la naturaleza. Esta oposición suele presentarse como la tensión entre las visiones prometeicas o antropocéntricas, por un lado, y las bio o ecocéntricas, por el otro.
En este sentido, el eje biocéntrico fundado en el reconocimiento de los límites naturales de la actividad humana, por ejemplo, suele reconocer y asignar un papel relevante y casi fundacional de la crítica ecológica al informe titulado “Los límites al crecimiento” (en inglés The Limits to Growth) realizado por un equipo de investigadores dirigido por Dennis Meadows en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts o, en inglés, Massachusetts Institute Technology) por encargo del Club de Roma y publicado en 1972. La idea principal que sostiene dicho informe es que en un planeta limitado, las dinámicas de crecimiento (exponencial) de la población y del PBI per cápita no son sostenibles en el tiempo. Se trata así de un enfoque neomalthusiano que reconoce comienzos anteriores. Entre otros, por ejemplo, la publicación del libro de Paul y Anne Ehrlich La bomba demográfica (en inglés The population bomb) en 1968 que intentaba fundar la vinculación entre el crecimiento demográfico (particularmente centrado en los pueblos del Sur del mundo) y el agotamiento de los recursos naturales, la contaminación ambiental e, incluso, el cambio climático. Así, como señalan los Ehrlich -y se reitera en tanta bibliografía sobre la cuestión ambiental- “la explosión demográfica [es] el principal problema ecológico” (Ehrlich y Ehrlich, 1993: 123).
De esta manera, el tratamiento neomalthusiano de la cuestión ambiental formó parte, en esos años, de la política del gobierno estadounidense, de las corporaciones empresariales y de, como ya dijimos, una parte de la elite mundial –que se expresó, entre otros ejemplos, en la conformación y labor del Club de Roma- hasta convertirse en uno de los paradigmas impulsados por los países capitalistas centrales desplazando la responsabilidad sobre la cuestión ambiental a la periferia y dando forma a una miríada de programas internacionales de control de la natalidad de las poblaciones pobres en el Sur del mundo como parte del tratamiento de la cuestión ambiental, iniciativas que se prolongan hasta la actualidad en la acción de diferentes fundaciones corporativas –entre ellas la Fundación Bill y Melinda Gates y la Fundación Rockefeller, de carácter eugenésico- e instituciones internacionales –entre ellas, incluso al interior de Naciones Unidas.
En este sentido, resulta innegable que este abordaje neomalthusiano de la cuestión ambiental da cuenta del carácter biopolítico que adquiere la configuración y tratamiento de dicha problemática -el modo biopolítico en el que se constituye la cuestión ambiental- así como también del carácter colonial que implica esta configuración de lo ambiental (Seoane, 2017). Por otro lado, este enfoque de la cuestión ambiental no sólo sirve, en clave colonial, a cuestionar el crecimiento económico y demográfico en el sur del mundo, sino que también no es incompatible e incluso promueve el paradigma de capitalización de la naturaleza, tal como puede apreciarse en la reflexión sobre la “tragedia de lo común” que plantea Garret Hardin y la amplia influencia ganada por esa argumentación (Hardin, 1995).
En esta misma dirección, en la construcción de los antecedentes de esta visión ambiental que resalta los límites físico-naturales del proceso económico, se mencionan habitualmente los aportes de David Ricardo, Thomas Malthus e incluso del propio John Stuart Mill y su elaboración alrededor del “estado estacionario” de la economía; e incluso, en algunos casos, se rescata el pensamiento de algunos de los economistas neoclásicos como Alfred Marshall y Jevons (Naredo, 2004; Georgescu-Roegen, 1996; Turner, Pearce y Bateman, 1993).
La estructuración tradicional del campo de las ciencias humanas desde la perspectiva ambiental que estamos examinando opone así este reconocimiento de límites físicos-naturales planetarios de carácter objetivo que obligan a moderar el crecimiento económico y/o transformar la actividad económica con las visiones que defienden el progreso, el desarrollo y/o el crecimiento económico incluso como respuesta a la cuestión ambiental. Esta perspectiva supone, como estamos intentando mostrar, la construcción de un linaje específico que ordena y agrupa autores y libros en cada uno de los dos polos del debate que ya presentamos: el biocéntrico y el prometeico.
En este sentido, se suele ubicar a la contribución de Marx en el bando de las visiones prometeicas en tanto se le atribuye no reconocer ni el papel de los límites físico-naturales del proceso económico ni el valor que tienen la naturaleza y el ambiente. Sin embargo, estas afirmaciones no se corresponden con una lectura atenta de su obra. En su pensamiento, como ha sido señalado por varios estudios, conviven en tensión –y con distintas temporalidadesreflexiones profundamente críticas del patrón tecnológico-productivo capitalista con caracterizaciones agudas de la fractura del metabolismo social que significan los procesos de urbanización-industrialización y la revolución capitalista en el agro del siglo XIX en Europa con otras apreciaciones sobre la necesidad del desarrollo de las fuerzas productivas y de la expansión de las relaciones sociales capitalistas, como presupuesto del cambio social (Löwy, 2011; Seoane, 2017). El reconocimiento de estas tensiones está muy lejos de ser suficiente para situar al pensamiento de Marx en el campo que los carnucopianos o de las visiones prometeicas.
De esta manera, esta estructuración del campo de las ciencias humanas polarizadas entre estos dos grandes enfoques -el antropocéntrico y el biocéntrico- guarda efectos soiopolíticos significativos sobre la potencialidad del pensamiento crítico y su posibilidad de abordar las llamadas problemáticas ambientales desde una perspectiva efectivamente emancipatoria.
Una conclusión provisoria
Alrededor de esta serie de cuestiones problemáticas que abordamos en los puntos precedentes, hemos intentado plantear una perspectiva crítica del proceso multiforme de redefinición de las relaciones entre economía y naturaleza como parte nodal del tratamiento de la cuestión ambiental a partir de su emergencia en los años ´60 y ´70. Sobre ello, hemos señalado los límites emancipatorios de un abordaje de la cuestión ambiental centrado en el señalamiento de los límites naturales y ambientales de la actividad humana o, de su expresión en el terreno del pensamiento social, como reelaboración de la escisión disciplinaria entre las ciencias humanas (o, en particular, de la llamada ciencia económica) y las ciencias naturales; así como hemos referido las afinidades, continuidades o el relleno estratégico de estas perspectivas por las racionalidades neoliberales de gobierno de la cuestión ambiental. En este sentido, hemos argumentado sobre el posible derrotero de una perspectiva que no profundice la crítica a la matriz económica dominante en tanto profundización de la dinámica de economización de un mundo natural y, consecuente y complementariamente, de naturalización del ambiente. Ambos procesos –distintos y complementarios- son característicos de las racionalidades neoliberales de gobierno de la cuestión ambiental y contribuyen a la constitución y despliegue del paradigma de capitalización de la naturaleza (Seoane, 2017).
En este sentido, es necesario reconocer los límites epistémicos e históricos de una crítica externa –desde, por ejemplo, las ciencias naturales o la termodinámica- a la economía capitalista; o, para decirlo desde otra dimensión, los efectos y alcances de una crítica basada en el señalamiento de los límites físicos-naturales de la actividad económica humana. No sólo por los cuestionamientos que despierta la de-socialización y des-historización de dichos límites (O`Connor, 2001; Fundación Bariloche, 1976) sino también por sus consecuencias en el plano de los procesos de naturalización de la problemática del ambiente que, en realidad, remiten al proceso diverso de deterioro y destrucción de las condiciones de existencia de la vida humana y no humana bajo el neoliberalismo. En este sentido, estas visiones contribuyen también a la significación –o asimilación- de una cuestión ambiental en términos de un mundo natural, de la naturaleza, de un mundo físico-natural externo a la sociedad y, claro, a la economía.
Esta consideración señala, en definitiva, los efectos de abordar la cuestión ambiental desde la naturalización del propio proceso de dualización sociedad-naturaleza y de sus raíces sociales e históricas, aun si ese abordaje se plantea como un intento de repensar esa escisión. En referencia a ello, el pensamiento crítico despliega un extenso acervo en el señalamiento del carácter sociohistórico de dichos límites o escaseces; por ejemplo, en la crítica que Marx formula a Malthus o, más contemporáneamente, en el señalamiento de que es el capital el que crea “sus propias barreras o límites al destruir sus propias condiciones de producción” (O`Connor, 2001: 87). Por otra parte, en el examen histórico del despliegue de este proceso de dualización sociedad-naturaleza el pensamiento crítico ha establecido una serie de vinculaciones, no siempre coincidentes pero sumamente potentes, entre los procesos de explotación social, dominación racial y de género y explotación-dominación de la naturaleza (Marx, 1982; Quijano, 2014; Federici, 2010). Las prácticas y luchas de estos sujetos subalternos son ciertamente un estímulo insustituible para abordar críticamente la cuestión ambiental desde las programáticas y horizontes societales emancipatorios.
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Notas