¿Existe un feminismo socialista en la actualidad? Apuntes sobre el movimiento de mujeres, la clase trabajadora y el marxismo hoy

Paula Varela 1
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina, Argentina

¿Existe un feminismo socialista en la actualidad? Apuntes sobre el movimiento de mujeres, la clase trabajadora y el marxismo hoy

Theomai, núm. 39, pp. 4-20, 2019

Red Internacional de Estudios sobre Sociedad, Naturaleza y Desarrollo

Resumen: Esta reflexión sobre la relación entre movimiento de mujeres, clase trabajadora y marxismo hoy se da en el marco de lo que ya podemos llamar una nueva ola feminista emergida en el contexto de la crisis capitalista que se extiende, de manera desigual, desde 2008. En cierta forma, es una reflexión obligada. Para hacerla, el movimiento feminista y el socialista, particularmente en la década del ‘70, han producido una serie teorías entre las que se destaca, a mi juicio, la visión marxista de la Teoría de la Reproducción Social. Hoy esta teoría vuelve a ser visitada y enriquecida a la luz de los cambios en el capitalismo en los últimos 40 años y la particular posición que tenemos las mujeres trabajadoras en él. Aquí presento los elementos centrales de esta teoría para pensar las posibilidades de un feminismo socialista en la actualidad.

Introducción

El contexto de esta reflexión sobre la relación entre movimiento de mujeres y clase trabajadora es dual. Por un lado, la crisis capitalista que se desató a partir de la crisis financiera de 2008 y que, planes de ajuste neoliberal mediante, ha dado una serie de fenómenos de lucha social que van desde las huelgas generales de 2010 y 2011 en Portugal o Grecia (con fuerte predominancia obrera), hasta los procesos del tipo de Occupy Wall Street en EE.UU., la Primavera Árabe y los jóvenes de Plaza Tahrir, los indignados del Estado Español e incluso las protestas del Passe Livre en Brasil. Estos últimos tienen como característica que, pese a que su composición social es mayoritariamente de trabajadores y sectores pauperizados, no se presentan como luchas del movimiento obrero (de hecho, en buena parte de los casos son desoídas o negadas por las organizaciones sindicales). Por otro lado, desde 2015 a la actualidad (por poner una fecha “de inicio”) asistimos a la que ya puede ser nominada como una nueva ola feminista a nivel internacional2 y que también es heterogénea: con sus orígenes en Argentina en las masivas movilizaciones por “Ni una menos” y en Polonia donde se desarrolló una lucha en defensa del derecho al aborto, el movimiento se extendió en demandas (como igualdad salarial, contra la violencia machista o para denunciar la carga por trabajo doméstico), y también en geografías (como EE.UU., Irlanda, México, Italia, Chile), volviendo a “las mujeres”3 en protagonistas, no sólo de luchas por sus derechos sino de fenómenos políticos como las movilizaciones contra Trump o el Ele Nao contra Bolsonaro.

La pregunta acerca de cuál es la relación entre estos dos movimientos es obligada. ¿Por qué ahora una nueva ola feminista? ¿Qué es lo que pone sobre la mesa esta emergencia? De allí que aparezcan, no sólo en el terreno de la academia sino también en el de militancia, las discusiones acerca de la relación entre capitalismo y patriarcado, entre clase y género y, de su mano, el retorno de la discusión entre marxismo y feminismo. Como dice Cinzia Arruzza (2010) el vínculo entre estas dos tradiciones no ha estado exento de conflicto y tensiones, sino que, más bien, ha constituido una suerte de “relaciones peligrosas” que atravesaron momentos de acercamiento y divorcio signados por los escenarios de las luchas sociales y las estrategias políticas (y elaboraciones teóricas) que tuvieron prevalencia en cada uno de ellos4.

Una de las mayores complejidades de esta discusión (y que vuelve a aparecer en la actualidad) es la tendencia intuitiva a considerar al capitalismo y al patriarcado como dos sistemas de opresión diferenciados, tendencia reforzada por el argumento de “la anterioridad histórica de la opresión de las mujeres”. Ese ha sido uno de los principales ejes (sino el principal) de los debates de la izquierda en la Segunda Ola feminista en la década del ‘70. El problema que presenta las que se llamaron “teorías del sistema dual” podría resumirse de este modo: si el patriarcado y el capitalismo son dos sistemas independientes, ¿cuál determina las relaciones sociales: ¿el género o la clase? ¿Cuál constituye el “enemigo principal”? ¿Cómo luchar contra ellos: de forma también independiente o subsumiendo uno en el otro a riesgo de negar la especificidad del subsumido? Como dice Iris Young (1992), en su ácida crítica al artículo de Heidi Hartmann “El infeliz matrimonio entre marxismo y feminismo: hacia una unión más progresista”5:

Yo plantearé, sin embargo, que la teoría del sistema dual no puede reparar el infeliz matrimonio del marxismo y el feminismo. Hay buenas razones para creer que la situación de la mujer no está condicionada por dos sistemas distintos de relaciones sociales que tienen estructuras, dinámicas e historias distintas. Es más, el marxismo feminista no puede contentarse con un mero “matrimonio” de dos teorías -marxismo y feminismo- que reflejan dos sistemas: el capitalismo y el patriarcado. Por el contrario, el proyecto del feminismo socialista debe ser el desarrollar una teoría única, aprovechando lo mejor del marxismo y del feminismo radical, para comprender el patriarcado capitalista como un sistema en el cual la opresión de la mujer es un atributo central6.

Un intento de teoría unitaria es el que desarrolla Lise Vogel, en Marxismo y Opresión de la Mujer7, sentando las bases de un desarrollo marxista de la Teoría de la Reproducción Social. No está demás decir, que los esfuerzos por pensar la especificidad de la opresión de las mujeres en el capitalismo no implican negar el carácter previo (históricamente hablando) de la opresión de género8, sino comprender las modificaciones sustanciales que ésta sufre bajo el capitalismo a los fines de no combatir contra una dominación que, por “ancestral”, se vuelva abstracta (el patriarcado sin más) y construya un enemigo también abstracto y escurridizo. Pero, además, sin el análisis de esta especificidad, la idea que sostenemos las marxistas de que no hay liberación de las mujeres sin destrucción del capitalismo, también se vuelve abstracta y por ende, arbitraria. En síntesis, dada la importancia del asunto, la importancia de mirar con atención a quienes intentan desarrollar esta teoría unitaria desde el campo del marxismo.

La relación entre producción y reproducción, o el capitalismo como unidad diferenciada

Quisiera plantear aquí, a modo de apertura de la discusión, algunos puntos por los cuales considero que es importante poner a debate la apropiación marxista de la Teoría de la Reproducción Social en tanto desarrollo de una teoría unitaria sobre la relación entre género y clase en la actualidad y, por ende, en tanto entrada analítica que permite pensar qué sería un feminismo socialista hoy. Señalo expresamente que me refiero a la visión marxista de la Teoría de la Reproducción Social (en adelante TRS) porque ésta es (y ha sido históricamente) una teoría en disputa9. Otros intentos de teorizar el ámbito de la reproducción social bajo el capitalismo es el de las feministas autonomistas, una de cuyas exponentes más importantes es Silvia Federici. Habiendo un punto de partida común consistente en destacar la importancia del trabajo de reproducción social, particularmente de reproducción de la fuerza de trabajo, las diferencias teóricas podrían situarse en tres aspectos: a) la forma de definir a qué se le llama Reproducción Social (su alcance, su locus, el sujeto que la lleva adelante); b) el modo de establecer y la importancia que se le otorga a la relación entre el ámbito de producción de mercancías y el de la reproducción de la fuerza de trabajo (y, a través de esa relación, la forma de caracterizar la sociedad capitalista en su conjunto); y c) las consecuencias estratégicas que estas diferencias teóricas implican para el movimiento feminista, pero también en relación a los caminos para el cambio social, la emancipación o, para decirlo con todas las letras, la revolución social.

En ese sentido, la visión marxista de la TRS a la que quiero referirme en este texto se introduce en un debate a “varias bandas” que recupera componentes que vienen de la década del ‘70, pero que los actualiza a la luz de las modificaciones sufridas en las sociedades capitalistas desde los ‘80 en adelante y los sitúa en un debate actual (y podríamos decir, urgente) que se expande en el movimiento feminista internacional.

El primer punto de la visión marxista de la TRS en el que quiero detenerme es que permite analizar la especificidad de la opresión de las mujeres sin negar a la clase trabajadora como sujeto central del capitalismo y, por ende, como sujeto potencialmente revolucionario. Así lo define Tithi Bhattacharya en su introducción a Social Reproduction Theory: Remapping class, Recentering Oppression:

estoy proponiendo aquí tres cosas: a) una reafirmación teórica sobre la clase trabajadora como sujeto revolucionario; b) una más amplia definición sobre la clase trabajadora que aquella que se refiere a los asalariados; c) una reconsideración de la lucha de clases que incluya a las luchas más allá de los salarios y las condiciones laborales (Bhattacharya, 2017: 86)10.

Esta propuesta no es poca cosa no sólo porque, como dijimos, la historia entre marxismo y feminismo no ha sido una historia exenta de problemas y tensiones. También porque obliga a pensar el actual ascenso del movimiento de mujeres a nivel internacional bajo la pregunta de en qué medida puede inscribirse en (o, por qué no, impulsar) el ascenso de un movimiento que exceda al feminismo. Es decir, implica dejar de pensarlo como un movimiento corporativo o sectorial y comenzar a pensarlo como parte de un movimiento más amplio, ¿lucha de clases?

Para hacerlo, la visión marxista de la TRS se postula, no como una teoría feminista, sino como una contribución crítica a la comprensión de las relaciones sociales capitalistas que, partiendo de Marx, pretende desarrollar y profundizar aspectos que están inscriptos en su teoría, pero no fueron desarrollados. El punto de partida teórico es el concepto de fuerza de trabajo y su reconocimiento en tanto mercancía única que produce valor y, a través de dicha producción, garantiza la reproducción de la sociedad capitalista como un todo. Hasta aquí nada nuevo. El problema empieza antes del momento en que la mercancía fuerza de trabajo llega al espacio productivo para producir valor (y plusvalor). La pregunta original que está en el centro de la TRS es cómo llega esa mercancía al espacio de la producción o, más precisamente, cómo se produce y se reproduce esa mercancía para que pueda llevar adelante el proceso de creación de valor. Esa es la pregunta central y allí reside uno de sus primeros hallazgos: el carácter especial de la mercancía fuerza de trabajo no está dado solamente porque es la única que produce valor sino también porque es la única mercancía que se produce por fuera del circuito de producción de mercancías, es decir, en un segundo circuito: el circuito de la producción y reproducción de la fuerza de trabajo. Es específicamente a ese circuito (que, como veremos, está subordinado al primero) a lo que se llama el de la Reproducción Social. Vale aquí, entonces, una primera precisión: la Reproducción Social no refiere al proceso de reproducción de la sociedad capitalista como un todo, sino que refiere específicamente al proceso de creación y reproducción de la fuerza de trabajo, sin el cual la reproducción de la sociedad capitalista como un todo se vuelve imposible. Esta noción de Reproducción Social en términos de reproducción generacional de la fuerza de trabajo envuelve dos aspectos11. El primero, la reproducción biológica dependiente de las mujeres y los cuerpos gestantes a través del parto. El segundo, toda la serie de trabajos necesarios para que esa fuerza de trabajo llegue al “punto de la producción”, los cuales van desde las llamadas tareas del cuidado12, el trabajo doméstico (cocinar, limpiar, hacer las compras, etc.) y también el trabajo que se lleva a cabo por fuera del ámbito doméstico (sistema de educación, de salud, de cuidado de adultos mayores, etc.). He aquí una segunda precisión: el trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo no se reduce a lo que sucede en el hogar, sino que lo excede hacia redes en la comunidad y también hacia todas las formas de socialización de esas tareas que el propio capitalismo ha generado, ya sea como servicios públicos o como servicios privados a los que se accede a través del mercado: colegios, clínicas, jardines materno-parentales, geriátricos. Como profundizaremos más adelante, desde esta perspectiva marxista, hablar de Reproducción Social no es lo mismo que hablar de lo que sucede en el “hogar” ni de una teoría de las “amas de casa”, es hablar de un trabajo necesario¸ una parte del cual es impago y otra parte del cual está asalariado. Es sobre toda esa serie de tareas que la TRS pone el foco. Johanna Brenner y Barbara Laslett lo definen así:

las actividades y aptitudes, comportamientos y emociones, y responsabilidades y relaciones directamente involucradas en el mantenimiento de la vida, en términos cotidianos e intergeneracionales. Envuelve varios tipos de trabajo socialmente necesario –mental, físico y emocional- dirigido a proveer histórica y socialmente, del mismo modo que biológicamente, de los bienes necesarios para el mantenimiento y reproducción de la población. Entre otras cosas, la reproducción social incluye el modo en que la comida, la ropa y vivienda se vuelven accesibles para el consumo, el modo en que el mantenimiento y la socialización de los niños se lleva a cabo, el modo en que el cuidado de los adultos mayores y a los enfermos es provisto, y el modo en que la sexualidad es construida (citado en Bhattacharya, 2017: 8).

El común denominador de este trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo (el impago y el asalariado) es que es llevado a cabo, en una abrumadora mayoría, por mujeres. El otro común denominador es que son trabajos “devaluados” en un doble sentido: para la porción que no está asalariado, la devaluación consiste en su invisibilización (no sólo en las estadísticas sobre “horas de trabajo” sino también en el seno de las relaciones familiares y de género); para la porción que se realiza a cambio de un salario, la devaluación consiste en su bajo precio asociado, la mayor parte de las veces, a la consideración de que son trabajos de “baja calificación”13. En resumen: estamos hablando de los trabajos indispensables para que la fuerza de trabajo esté en condiciones de producir valor (y plusvalor), que son mayoritariamente llevados a cabo por mujeres y que están doblemente devaluados (en el ámbito privado y en el mercado de trabajo). Esas son las características centrales del trabajo reproductivo.

Primera conclusión. la necesidad de poner la lupa en la reproducción social deviene de que consiste en toda una serie de trabajos variados que se llevan a cabo por fuera del ámbito de la producción de mercancías, pero que son necesarios para que este ámbito funcione. Y, justamente, porque este trabajo reproductivo está puesto en función de hacer llegar a la fuerza de trabajo al “punto de la producción”, lo que sucede en el ámbito de la reproducción social está subordinado al ámbito de la producción de mercancías. La visión marxista de la TRS es una teoría de la relación entre producción y reproducción social y, como tal, se opone a la idea de esferas separadas e independientes o de sistemas paralelos de opresión que se cruzan o intersectan14 en algún punto o algún momento. Lejos de dotar de autonomía al ámbito de la reproducción para entenderlo como un sistema propio de dominación (¿patriarcado?) o como un territorio con lógica de lucha propia (¿revolución de los hogares?), la visión marxista de la TRS lo entiende en tanto circuito fundamental para la reproducción de la sociedad capitalista en su conjunto cuyas especificidades son comprensibles en tanto y en cuanto estén puestas en relación con el circuito de producción de mercancías. He allí una cuestión central: “las teóricas de la reproducción social perciben la relación entre el trabajo dispensado en la producción de mercancías y el trabajo dispensado en la producción de personas como parte de la totalidad sistémica del capitalismo” (Bhattacharya, 2017: 1). Este esfuerzo por desarrollar una teoría que concibe al capitalismo como un sistema unitario que integra, de manera desigual, la esfera de la producción y de la reproducción presenta, a mi juicio, tres virtudes. La más evidente es la de mantener una idea de totalidad y la voluntad de explicarla, cuestión que se pierde en las teorías del sistema dual que tienen la virtud de poner de relevancia la multiplicidad de opresiones sociales en las sociedades contemporáneas, pero dejan sin resolución la pregunta por su articulación sistémica. La segunda es que esta voluntad holista no es en absoluto una voluntad homogenizante u homogenizadora (como puede observarse en ciertos intentos de subsumir mecánicamente el género –o la raza, la sexualidad, etc.- a la clase) como si la pura evidencia de que la explotación de clase estructura el sistema social alcanzara para comprender las características específicas del resto de opresiones contantes y sonantes. Señalar que el trabajo asalariado (como relación social) infunde su lógica en la esfera reproductiva no es lo mismo que decir que hay correspondencia entre un espacio y el otro (el espacio reproductivo no se rige, de hecho, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para la realización de x tarea). Esa diferenciación entre un ámbito y el otro, como veremos más adelante, tiene consecuencias a la hora de pensar escenarios de lucha de clases. La tercera es que al ser una teoría de la relación entre producción y reproducción pone la mirada en la frontera entre estas dos esferas y, al hacerlo, dispara contra una dicotomización naturalizada tanto en el campo de los estudios académicos como en el campo de los propios movimientos sociales: la dicotomía entre “mundo del trabajo” y “movimientos sociales”, entre “la fábrica” y “el barrio”, “la clase obrera” y “las multiplicidades de sujetos sociales”. Esta dicotomía, que he criticado en otro trabajo (Varela, 2015) es objeto de debate en la TRS, inscribiendo a esta teoría en un campo que excede al feminismo y se sumerge en las reflexiones acerca de las formas en que se expresan hoy las luchas sociales.

Volver a Marx, o la clase trabajadora no se reduce al asalariado

Ahora bien, este planteo que pone la luz sobre el ámbito de la reproducción de la fuerza de trabajo en relación con el de la producción de mercancías abre, al menos, dos discusiones al interior del propio marxismo sobre las que tuve la oportunidad de charlar con Tithi Bhattacharya en una entrevista hace unos meses15. La primera refiere a la propia definición de clase trabajadora y el peso que asume en ella el trabajo asalariado o la relación asalariada ¿Hablar de trabajador o trabajadora es lo mismo que hablar de asalariado o asalariada? La respuesta a esa pregunta es central para saber de qué sujeto hablamos cuando miramos toda una serie de trabajo reproductivo que es llevado a cabo por fuera del mercado de trabajo (el doméstico y comunitario), y para saber cómo caracterizar al nuevo movimiento de mujeres. En términos de Bhattacharya, su postulación de la necesidad de “una definición más amplia de clase obrera” no aparece como una discusión con Marx (como sí lo es en otras teorías que intentan en la actualidad reconceptualizar la noción de clase16) sino como una discusión que, de la mano de Marx, combate con reduccionismos posteriores en los que la noción de clase fue quedando progresivamente acotada a la de asalariado e, incluso, asalariado industrial17. Desamalgamar la noción de clase de la de trabajador asalariado (e industrial) no remite a un problema clasificatorio sino al corazón de la definición teórica acerca de la relación social a la que denominamos clase trabajadora. En términos de Daniel Bensaïd y su oposición a pensar la clase obrera de manera esencialista, los modos en los que la clase está determinada por las relaciones sociales capitalistas en la teoría de Marx son mucho más complejos que una concepción economicista. De ahí que se proponga reconstruir la posición de Marx mediante la crítica de la “razón sociológica” dominante en las últimas décadas del siglo XX:

Sería en vano buscar una definición simple de las clases en Marx, o un cuadro estadístico de las categorías socio-profesionales. Es decir que, para Marx, las clases aparecen en una relación de antagonismo mutuo, recíproco. Y se definen en y por sus luchas. Dicho de otro modo: la lucha de clases es una noción más estratégica que sociológica (Bensaïd, 2003: 159)18.

La posición metodológica de Bensaïd (que reconstruye la de Marx), es que la realidad concreta de la clase social no es un dato empírico auto-evidente (rastreable por ingresos, intereses individuales, u otro indicador), sino una construcción conceptual: la clase está definida por sus relaciones con el capital y mediante el conflicto social que la opone al mismo. Esta doble determinación se imbrica, a su vez, en distintos niveles en que el conflicto social se despliega. En El Capital comienza por la lucha incesante en el ámbito de producción (en torno a la extracción de plusvalía) lo que determina las clases en primera instancia (Tomo I); el proceso de circulación (Tomo II) las determina sobre el ángulo del contrato entre el asalariado vendedor de su fuerza de trabajo y el comprador capitalista (estableciendo una negociación conflictiva de la fuerza de trabajo como mercancía); finalmente en el proceso de reproducción en su conjunto (Tomo III) las clases son determinadas por la combinación concreta de nivel de extracción de plusvalía, de la organización del trabajo, de la distribución de los ingresos, de la reproducción de la fuerza de trabajo en todas las esferas de la vida social19. La complejidad de este proceso, que Marx analiza en los tres tomos de El Capital, supone entender que no sólo son formas distintas en las que aparecen las relaciones entre capital y trabajo (extracción de plusvalía, salario, tasa media de ganancia), sino que son también formas distintas del conflicto social, porque es la lucha la que define las condiciones precisas de esta reproducción. La relación asalariada, cuyo locus de lucha de clases es el ámbito de la producción en la medida en que allí se disputa el tiempo de trabajo necesario y el plustrabajo (a través de la lucha por el tiempo y condiciones de trabajo), es una determinación necesaria, pero no es suficiente. El otro conjunto de determinaciones (que Bensaïd organiza en torno al Tomo II y III de El Capital) están atadas a esta primera determinación (es decir que sin ella pierden sentido) pero la complejizan. Esta concepción de diversas determinaciones de la relación social “clase trabajadora” es compatible, a mi juicio, con la relación que la visión marxista de la TRS presenta entre el circuito de la producción de mercancías y el de la reproducción como circuito subordinado.

La segunda discusión (que está directamente relacionada con la anterior) refiere al peso relativo que tiene el ámbito de la producción y el de la reproducción en esta teoría: ¿Decir que el ámbito de la reproducción social es necesario para el de la producción es lo mismo que decir que son ámbitos equivalentes? Este interrogante reviste gran importancia porque otro peligro posible en el intento de articular clase y género es el de considerar que “toda lucha es lucha de clases” (sin distinguir jerarquías o importancias relativas) bajo la ilusión de que al nominar las luchas sociales como luchas de clases, el “componente común” entre ellas se hace presente y la potencia de su unificación, también. De la misma manera que al discutir el concepto de clase trabajadora es necesario reconstruir (y repensar) las distintas determinaciones (no solo la estrictamente económica en el lugar de la producción), al discutir los territorios de lucha de la clase trabajadora es necesario establecer las especificidades de cada uno de ellos y, por decirlo de un modo bélico, su poder de fuego. ¿Cuál es la relación entre estos dos territorios de lucha de clases (producción y reproducción) desde el punto de vista de la TRS? ¿Es lo mismo una huelga en una fábrica que una huelga de amas de casa? Podríamos decir que la respuesta de Bhattacharya a esta pregunta es contundente:

Como marxista, creo que el mayor poder de la clase trabajadora está en el lugar de trabajo. Es ahí donde el colectivo de clase es más fuerte y es ahí donde tiene la capacidad de dañar o colapsar este sistema. Y es así porque, en el lugar de trabajo, si el trabajador deja de trabajar, está parando el motor del sistema que es la extracción de la plusvalía. Todo el resto existe para que el sistema extraiga plusvalía. Si detiene esta extracción de plusvalía, el sistema debe cerrarse. Entonces, sí, creo que la importancia estratégica del lugar de trabajo es diferente y es mucho más poderosa que las luchas no laborales. Eso en términos de lo que es más perjudicial para el sistema en su conjunto” (Bhattacharya en Varela, 2018:18).

Sin embargo, establecer el carácter estratégico del “punto de la producción” (si bien es sustancial en términos teóricos) no resuelve el problema, de hecho, sólo ayuda a plantearlo más claramente. El problema recién comienza: si el ámbito de la producción es estratégicamente más “poderoso” para la clase trabajadora que el de la reproducción, ¿cómo establecer la relación entre ambos de modo tal que allí se golpee en reclamo de demandas tanto de la producción (salario, condiciones de trabajo, condiciones de contratación, etc.) como de la reproducción (trabajo doméstico impago, vivienda, salud, educación, cuidado de niños y adultos mayores, recreación, sexualidad, derechos reproductivos)? ¿Cómo articular las luchas en un territorio y en el otro, entendidas ambas como luchas de clase y no como lo que Lise Vogel llamó “movimientos paralelos”? Estas preguntas, que se derivan del marco teórico de la TRS no pueden resolverse en el estricto ámbito de la teoría. Es necesario recurrir al terreno del análisis concreto para mirar las características específicas del modo en que se constituye la clase trabajadora en la actualidad y sus territorios de lucha. En el apartado que sigue analizaremos elementos de esta relación bajo el capitalismo neoliberal.

La crisis de la reproducción social y las mujeres como puente

El segundo elemento que queremos poner a discusión es que la visión marxista de la TRS es una teoría que permite entender la relación entre ascenso del movimiento de mujeres con su heterogeneidad (Polonia, la Huelga Internacional de Mujeres en EEUU, el Ni una menos y la lucha por la legalización del aborto en Argentina, Irlanda) y la crisis capitalista que se desarrolla de 2008 en adelante. Esta relación podemos resumirla en lo que Nancy Fraser llama una crisis de la reproducción social20. Tomaremos esta idea de crisis de la reproducción social para pensar la relación entre las modificaciones que el capitalismo neoliberal produjo en el ámbito de la producción y en la morfología de la clase trabajadora, y el ascenso del movimiento de mujeres a nivel internacional. Nos concentraremos en los elementos que consideramos fundamentales, a sabiendas de que no son los únicos.

Habitualmente la metamorfosis del “mundo del trabajo” se ha analizado desde el punto de vista del ámbito de la producción, y la referencia nostálgica ha sido el “mundo del trabajo de la posguerra”. Desindustrialización relativa, fortalecimiento de los sectores de servicios, precarización laboral, caída del salario real, tercerización, flexibilización, desocupación masiva, han sido los vocablos asociados a este análisis. Las respuestas teóricas a esta serie de cambios fueron, esquematizando un poco, dos: a) la que supuso que la clase trabajadora (asimilada a la dominante en la posguerra en los países centrales) ya no podía pensarse como sujeto central del “capitalismo postindustrial” y mucho menos como sujeto potencialmente revolucionario21; b) la que, en minoría, siguió pensando que esa profunda metamorfosis no negaba la centralidad del trabajo ni tampoco la de la clase trabajadora como sujeto con potencia revolucionaria e intentó, con más o menos creatividad, explicar esos cambios y las alternativas que ellos abrían. Como parte de este segundo punto de vista, quiero reparar en tres características específicas por considerar que, de ese modo, puede establecerse una relación entre ese proceso y la nueva ola feminista.

La primera y más obvia es la feminización de la fuerza de trabajo. Esta característica que fue señalada hace más de diez años por Ricardo Antunes (2005) como uno de los componentes centrales de la nueva morfología del trabajo, es hoy un hecho incontestable. Desde la década del ‘80 se observa un crecimiento de la participación de las mujeres en el mercado de trabajo que la llevó alrededor del 40% a nivel mundial. Esto introduce una serie de diferencias importantes en relación a la década del ‘70, momento de la segunda ola feminista, cuando las distintas nociones de “reproducción social” y sus consecuencias estratégicas se colocaron en el centro del debate. Una de ellas es que la mayor asalarización de las mujeres modifica las condiciones de posibilidad del trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo que se lleva adelante en el hogar, obligando a cambios en las relaciones intra-hogar para el cumplimiento de dichas tareas y haciendo que la categoría de “ama de casa” se reduzca cada vez más, rompiendo la identificación entre las mujeres que llevan adelante el “trabajo reproductivo” y las “amas de casa”. Pero, además, esta participación masiva de las mujeres en el mercado de trabajo (que presenta particularidades según país) tiene, sin embargo, un común denominador a nivel internacional: la mayor incorporación de mujeres se da en los “nichos” que señalábamos antes como aquellos en que se desarrollan tareas de reproducción social asalarizada: escuelas, hospitales, geriátricos, guarderías, limpieza22. Esto hace que la condición de “trabajadora asalariada de la reproducción social” sea una condición obrera cada vez con más peso, la cual combina dos tipos de elementos diferenciados: a) aquellos propios del “trabajo asalariado”: un lugar de trabajo donde se concentran trabajadores, posibilidad de negociación colectiva y sindicalización, identificación de un patrón a quien presentarle las demandas laborales, relaciones con otros sectores de asalariados, etc.; b) con aquellos propios de la reproducción social: no sólo por la naturaleza de las tareas sino también por la relación que se establece con los territorios de la reproducción social: hogares, barrios, pueblos. Esta especificidad del “trabajo asalariado de la reproducción social” que es llevado a cabo muy mayoritariamente por mujeres es importante a la hora de pensar a las mujeres de la clase trabajadora como puentes entre producción y reproducción.

La segunda característica del capitalismo neoliberal que quiero destacar es la precarización laboral entendida como mecanismos de progresiva reducción del denominado “salario familiar” y, por ende, como crisis de la capacidad de reproducción de la fuerza de trabajo que tiene el salario obrero. Los distintos modos de precarización laboral han sido uno de los temas más discutidos en el campo de los estudios del trabajo. Aunque lo presentemos aquí de modo esquemático, es importante diferenciar tres dimensiones: la que hace al mercado de trabajo (contratos precarios, pasantías, tercerización laboral, subcontratación); la que hace al consumo productivo de la fuerza de trabajo (modificaciones en las condiciones de trabajo: extensión, intensidad y distribución de la jornada laboral, organización del proceso de trabajo, etc.); y la que hace a la organización sindical (ataque a la organización en el lugar de trabajo, cláusulas de des-sindicalización, procesos de independización de los recursos sindicales de su base de afiliación, el predominio del sindicalismo de servicios y el surgimiento del llamado “sindicalismo empresario”). Estas tres dimensiones han tenido, como consecuencia común, la caída del salario real y relativo23 de la clase trabajadora. Mirado desde el punto de vista de la reproducción social esto ha implicado el pasaje del “salario familiar” (es decir la concepción de que el salario del trabajador debía cubrir las necesidades de reproducción social de la familia obrera) al modelo de “familia de dos ingresos” o “familia de un pull de ingresos” en la que el ingreso por hogar se constituye con los aportes de todos aquellos que estén en condiciones de vender su fuerza de trabajo (con las modificaciones en el campo de las relaciones familiares y habitacionales que esto implica).

Por último, hay un elemento que parece externo al de las modificaciones en el “mundo del trabajo”, pero no lo es: la reducción presupuestaria y la tendencia a la privatización de los servicios públicos, particularmente la Educación y la Salud. ¿Por qué considerar este elemento como parte de la discusión? Porque es un ataque directo al nivel de vida de la clase trabajadora en el ámbito de su reproducción social y, por ende, un ataque directo a las mujeres trabajadoras por una doble vía: para aquellas que son las que sostienen esos servicios con su trabajo asalariado, porque las somete a condiciones laborales cada vez más imposibles (muchos usuarios, pocos recursos); para todas las mujeres trabajadoras, porque dificulta el trabajo de reproducción en la medida en que disponen de cada vez menos y peores escuelas, guarderías, hospitales, transporte, instituciones para el cuidado de adultos mayores. Es decir, todos esos “servicios” que el Estado presta cada vez menos y peor, implica más trabajo para las mujeres de la clase obrera que son (muy mayoritariamente) quienes se ocupan de las llamadas “tareas del cuidado”.

Para resumir, la metamorfosis del “mundo del trabajo” de la que estamos hablando, implica la combinación entre cada vez más mujeres en el mercado de trabajo, cada vez peores salarios para atender las necesidades de la familia obrera a través del mercado, y cada vez menos presupuesto estatal para atender dichas necesidades a través de los servicios públicos. Implica, en síntesis, una crisis de la reproducción de la fuerza de trabajo y, con ella, de la reproducción social en su conjunto. Y esta crisis tiene un género específico: las mujeres trabajadoras.

Sin lugar a dudas, esto coloca a las mujeres en un lugar diferencial respecto de los varones de su propia clase, el cual ha sido (y es cada vez más) documentado en las estadísticas sobre brecha salarial, doble jornada, precarización laboral, pobreza, etc. Pero también las coloca (nos coloca) en lo que voy a señalar como una ubicación privilegiada respecto de la separación entre el ámbito de la producción y el de la reproducción. Como señala Fraser, la división entre el ámbito de la producción y el de la reproducción constituye una de las fronteras fundantes de la sociedad capitalista. Es decir, no es una frontera contingente en el capitalismo, es su “alma permanente” porque de allí se derivan las dislocaciones (y la apariencia de independencia) entre la esfera de lo económico y lo político, lo privado y lo público, el trabajador y el ciudadano. Por ende, el análisis de los modos en que esa frontera se perfora es central. Y las mujeres trabajadoras juegan allí un rol que no juegan los varones de su clase. Su papel cada vez más protagónico en el mercado de trabajo en conjunto con su total protagonismo en la reproducción social, las coloca en una ubicación anfibia entre la producción y la reproducción social, es decir en el plexo de las relaciones entre la fábrica y el barrio como metáforas del ámbito de la producción y el de la reproducción.

Esta ubicación anfibia puede pensarse como potencial fuerza en la medida en que permite perforar la frontera entre estos dos ámbitos que se presentan (y suelen naturalizarse) como ámbitos diferenciados e independientes, frontera que opera disociando las llamadas demandas laborales de la clase obrera de aquellas que exceden lo “laboral” y que, aunque son parte central de su condición obrera, se presentan como opresiones desclasadas. A esa posición específica de las trabajadoras me refiero con la idea de las mujeres como puente: entre producción y reproducción, entre “fábrica” y “barrio”, entre demandas “corporativas” de los trabajadores y demandas “comunes” al conjunto de los trabajadores, como por ejemplo las que hacen al género.

Palabras finales

Este papel de las mujeres de la clase trabajadora como puente no es nuevo. Si una recorre la historia de la lucha de clases a nivel internacional, encuentra que siempre que las condiciones de vida de la clase obrera fueron atacadas a gran escala provocando procesos huelguísticos e incluso revolucionarios, las mujeres tuvieron un rol protagónico, justamente porque son las garantes de la reproducción de la fuerza de trabajo. Uno de los ejemplos más y mejor documentado es el proceso huelguístico cuya derrota se toma como “inicio” del neoliberalismo: el de los mineros ingleses contra el ataque del gobierno de Margaret Thatcher. En esos 9 meses de lucha, las mujeres de la clase obrera inglesa tuvieron un protagonismo tal que llegaron a conformar una organización propia a nivel nacional “Mujeres contra el cierre de las minas” (Women Against Pit Closures – WAPC) que operaba en los puntos neurálgicos de la lucha, con asambleas diferenciadas y la discusión de sus propias políticas. Una de sus principales tareas era “llevar la lucha minera a la comunidad”, establecer los lazos entre los obreros mineros y el resto de los trabajadores, buscar la solidaridad en las ciudades y pueblos, tejer alianzas. Este papel de puente puede encontrarse, con mayor o menor organización e impacto, en centenas de luchas obreras en la historia del SXX: la mujer de la clase trabajadora como representante de la “familia obrera” y, en tanto tal, como capaz de dirigirse al conjunto de la clase trabajadora más allá de las divisiones corporativas. Sin embargo, como surge de los muy buenos análisis de historiadoras y militantes del proceso en Inglaterra en la década del ‘80, este rol (que no tienen nada de “natural” sino que está directamente asociado al papel de las mujeres en la reproducción social de la fuerza de trabajo) presenta siempre una tensión. Como señalan Sheila Rowbotham y Jean McCrindle (1986), uno de los puntos centrales de debate en WAPC era el modo en que las mujeres se definían a sí mismas: ¿obreras y, en tanto tales, pares de los obreros en la lucha y en los perjuicios que traía el cierre de las minas, o como esposas de dichos obreros y, en tanto tales, “acompañantes”, “apoyo”, “soporte” de los obreros que detentan el papel de protagonistas? Esa tensión, que suele resolverse hacia la segunda definición, ha tendido a reforzar a las mujeres trabajadoras en un lugar que, incluso cuando es valorado, adopta un carácter de “acompañante”.

Las modificaciones en el “mundo del trabajo” y en la morfología de la clase trabajadora que hemos descripto antes permiten repensar este lugar de las mujeres trabajadoras sobre nuevas bases objetivas: la mayor feminización de la fuerza de trabajo en el marco de una crisis de reproducción social no solo fortalece este carácter de puente sino que coloca a las mujeres en un papel de protagonistas. Las mujeres trabajadoras están en el centro de la crisis y eso abre la posibilidad a que estén, también, en el centro de la respuesta a la crisis. Un ejemplo reciente de este doble papel protagónico es la llamada “Primavera Docente” (Teacher´s Spring) en EE.UU. en la que, en el cielo sereno de la lucha de clases norteamericana, las maestras sorprendieron a propios y ajenos con una oleada de huelgas que obligó a la izquierda norteamericana a volver a hablar de clase obrera, de sindicatos y de paros (afectando incluso el escenario electoral de medio término). ¿Cuál es la especificidad de las huelgas docentes norteamericanas? Que fueron medidas de lucha dirigidas por las mujeres (abrumadora mayoría en ese sector de la reproducción social) pero que, especialmente en el caso de West Virginia, involucraron a un sector de comunidad trabajadora local poniendo sobre la mesa el problema de la calidad de vida, una calidad de vida que no se mide solo en salario sino, también, en elementos centrales para la reproducción de la fuerza de trabajo: servicio educativo, servicio de pensiones, servicio de salud (todos tópicos que estuvieron en las demandas de las huelgas docentes)24.

Esto introduce el último punto al que quisiera referirme: las consecuencias de esta perspectiva teórica, que pone el foco en la relación entre producción y reproducción social para las prácticas y programas tanto de las organizaciones obreras como de los movimientos de mujeres. Me referiré a esas consecuencias como la necesidad de descorporativizar las prácticas y programas y, por ende, las luchas sociales25.

En el terreno de las organizaciones sindicales, la reducción de las demandas a lo estrictamente salarial correspondiente al sector o rama26 (o, en el mejor de los casos, a las condiciones de trabajo en las paritarias) no sólo ha sido un modo de naturalizar la profunda fragmentación entre distintos sectores de trabajadores (formales/informales, de planta/tercerizados, estables/bajo contrato, etc.), sino un modo de invisibilizar el trabajo reproductivo y el protagonismo de las mujeres de la clase obrera en él y, de este modo, reforzar el lugar subordinado de las mujeres y endurecer las barreras entre las luchas “laborales” y las de “género”.

En el terreno de las organizaciones de mujeres, la reducción de las demandas a un “feminismo corporativo”27, centrado en la idea de “empoderamiento de las mujeres” con predominancia de una mirada liberal, operó elitizando el movimiento y, como dice Bhattacharya, evitando la pregunta acerca de quién es la que se empodera y para qué fines, lo que de facto se transformó

en la idea de éxito de un sector muy pequeño de todo el mundo: éxito como políticas, éxito como mujeres de negocios, éxito como CEOs, etc. Cuando las mujeres escalan estas posiciones y tienen éxito, eso es considerado un éxito para el feminismo. Mientras que el verdadero problema es que, para la gran mayoría de las mujeres en todo el mundo, el neoliberalismo significó un empobrecimiento absoluto de las condiciones de vida y las condiciones de trabajo (Bhattacharya en Varela, 2018: 17).

Ahora bien, pero esta descorporativización no puede ser una apelación moral, sino que tiene que estar basada en un análisis de los modos concretos en que la opresión de género (que no solo refiere a las mujeres CIS sino a todas las personas que se identifican como mujer) forma parte de la configuración de la clase obrera, de sus debilidades pero también de sus potencialidades. La discusión sobre la visión marxista de la Teoría de la Reproducción Social aporta, a mi juicio, a ese análisis y con él a la posibilidad de un feminismo no corporativo que se piense como parte integrante y protagonista de un movimiento contra el capitalismo que restituya un horizonte de socialismo.

Referencias

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Notas

2. Existe un debate acerca de si estamos frente a la “tercer ola” feminista o la “cuarta”. Por supuesto, no es un problema de numeración sino del modo en que se conciben los ascensos previos del movimiento feminista. Me inclino a considerar que la actual constituye la Tercera Ola en la medida en que su carácter de masas la emparenta con la Primera Ola de fines del siglo XIX e inicios del XX, y la Segunda Ola de la década del ‘60 y ’70. Post ´70 ha habido toda una serie de debates y producción de teorías, como la Queer, de suma importancia para la reflexión sobre la opresión de género, pero no han estado acompañados de procesos masivos de movilización de mujeres como en la actualidad, sino que han circulado en ámbitos de la intelectualidad y la militancia feminista.
3. Colocamos el término entre comillas para marcar que, lejos de considerar que estamos ante una categoría “dada”, “natural” y/u “homogénea”, la propia aparición de colectivos masivos que reclaman diversos “derechos para las mujeres” ha puesto en discusión la propia noción de mujeres. Un ejemplo de ello en Argentina ha sido el debate al interior del colectivo de organización de la marcha del 8 de marzo de 2019, acerca de la incorporación (o no) de mujeres trans. Debate en el que la posición mayoritaria fue la de su inclusión (posición que comparto). Si bien excede por completo los objetivos y límites de este artículo, es importante señalar que esta nueva ola feminista también presenta una oportunidad para la revisión y reactualización de las teorías que discuten la construcción del género, y para la discusión sobre la relación entre el movimiento feminista y los colectivos LGBT.
4. El recorrido histórico sobre estas Dangerous Liaisons que realiza Arruzza tiene la virtud de prestar especial atención a las diferencias al interior del marxismo, destacando el papel central que jugó la estalinización de los partidos comunistas en el “divorcio” entre movimiento obrero y movimiento de mujeres, entre marxismo y feminismo, a diferencia de otras corrientes como el trotskismo que configuraron intentos por establecer puentes entre ambos. Para una lectura del libro de Arruzza en relación al actual movimiento de mujeres, véase Rossi (2018).
5. El artículo fue publicado en inglés en 1979 y en español en 1983 en la revista Teoría y Práctica, N°12-13.
6. Véase Young (1992). Otro elemento interesante es la diferenciación que Young realiza entre teorías del sistema dual materialistas e idealistas: “Todas las versiones de la teoría del sistema dual empiezan con la premisa de que las relaciones patriarcales designan un sistema de relaciones distinto e independiente de las relaciones de producción descritas por el marxismo tradicional. La descripción de cómo el patriarcado existe separado del sistema económico de las relaciones de producción, puede tomar dos orientaciones posibles. Por un lado, se puede retener el concepto feminista radical del patriarcado como una estructura psicológica e ideológica. En este caso, la teoría del sistema dual se esforzará por dar una explicación de la interacción de estas estructuras ideológicas y psicológicas con las relaciones materiales de la sociedad. Por otro lado, se puede desarrollar una explicación del patriarcado mismo como un sistema de relaciones sociales materiales que existen independiente e interrelacionándose con las relaciones materiales de producción” (op.cit).
7. Originalmente publicado en 1983, fue reeditado por Historical Materialism-Brill en 2013, con un prólogo de Susan Ferguson y David McNally en el que realizan un muy buen recorrido sobre este debate en la década del ‘60 y ’70. Los autores critican también el tipo de teoría unificada que propone Iris Young, posicionándose a favor de la propuesta de Vogel.
8. Al respecto, recomendamos la lectura de los trabajos clásicos de Meillasoux (1999) publicado originalmente en 1975, y de Rubin (1986), también del ´75.
9. El propio concepto de Reproducción Social ha sido terreno de discusión entre las feministas de la segunda ola en la década del ‘70. Uno de los puntos de debate más importantes fue acerca de si el trabajo doméstico, en las sociedades capitalistas, produce o no produce valor. Entre las que sostienen que sí produce valor se encuentran Dalla Costa y James (1975) y Federici (1975). Una posición diferenciada es la de Seccombe (1974) quien considera que el trabajo doméstico produce “indirectamente valor”. Entre quienes sostienen que no produce valor está Vogel (1983), véase la reedición reciente de Brill en 2013; Smith (1978). Esta discusión teórica tiene consecuencias en el terreno de las estrategias políticas dentro del movimiento feminista. Por ejemplo, en 1972 un sector del movimiento feminista comenzó una campaña conocida como “Salario para el trabajo doméstico” (Wages for Housework) como exigencia surgida de la concepción del trabajo doméstico como productor de valor.
10. Todas las citas de este libro son traducciones propias.
11. Hay también una reproducción no generacional de la fuerza de trabajo que tiene hoy un mecanismo privilegiado: la inmigración (como lo fue, previamente, la esclavitud). Muchos estudios que toman el marco teórico de la TRS se centran en el análisis de los procesos migratorios y, particularmente, de la migración de mujeres y su inserción en el mercado de trabajo de tareas reproductivas.
12. Es interesante señalar que, aunque no lo abordemos en este texto, Fraser realiza una crítica a la noción de “crisis del cuidado” y propone discutir la noción de “contradicciones socio-reproductivas del capitalismo” como base sobre la que puede explicarse la llamada “crisis del cuidado”, no como algo aleatorio (y mucho menos cultural), sino como parte de la tendencia de las sociedades capitalistas a producir crisis de reproducción social que asumen características diferenciadas en cada forma histórica de sociedad capitalista. Véase, Fraser (2016).
13. Danielle Kergoat analiza los mecanismos de desconocimiento de las calificaciones que las mujeres ponemos en juego en nuestros trabajos, como parte de lo que ella denomina “relaciones sociales de sexo” (Kergoat, 2003).
14. Como señala Lise Vogel, la visión marxista de la Teoría de la Reproducción Social ha sido tomada, en varias oportunidades, como antagónica a la de la Interseccionalidad. En sentido opuesto, la autora considera que la TRS toma productivamente las fortalezas de la perspectiva de la Interseccionalidad (y sus muy buenos desarrollos descriptivos e históricos de las diversas categorías de diferencia social), evitando considerar que estas diferencias responden a sistemas de opresión separados o independientes (Vogel, 2018).
15. Varela (2018).
16. Un ejemplo de este tipo es la teorización de Marcel Van der Linden en Workers of the World (de pronta salida en español en la Colección Archivos de Historia del Movimiento Obrero y la Izquierda). Para un debate con la posición de van Der Linden, véase Varela, 2015b.
17. De hecho, el ámbito de la reproducción de la fuerza de trabajo aparece en la teoría de Marx en el mismo momento de definir el valor de la fuerza de trabajo, valor que no es “fijo” sino que tiene un componente “histórico moral” que surge de la lucha de clases y sus resultados. Esta inclusión del ámbito de la reproducción social en la teoría marxista se encuentra también en Engels, como ha sido destacado (y criticado) por distintas autoras feministas. Pero decir que la dimensión de la reproducción de la fuerza de trabajo está inscripta en la teoría de Marx y Engels no es lo mismo que decir que está teorizado en su particularidad. A eso se refieren las teóricas de la TRS cuando se proponen desarrollarlo. En ese sentido, la TRS es una profundización de la teoría marxista.
18. Reponer esta noción estratégica supone polemizar, de un lado contra la deconstrucción posmoderna de las clases, en donde los colectivos sociales se disuelven en masas signadas por una movilidad aleatoria (ya sea desde un punto de vista optimista, como las multitudes de Antonio Negri; o de uno resignado, como el de los “nuevos filósofos” posmodernos André Glücksmann o Jean-Francois Lyotard); del otro contra el individualismo metodológico que se hizo sentido común en las ciencias sociales desde los ´80.
19. Ver Cambiasso, Mariela (2018).
20. Fraser analiza las crisis de reproducción social como crisis sistémicas en las sociedades capitalistas y los diversos modos en los que se han manifestado en el siglo XX. Véase, Fraser (2014).
21. De aquí derivan distintas teorías que también pueden dividirse en dos: los que sostienen que el cambio social aún es posible pero que hay que buscar otros sujetos –movimientos sociales, multitudes, sujetos contingentes-; los que sostienen que el cambio social ya no es posible ni deseable y proponen “fortalecer la democracia” o “llevarla hasta el final” –políticas identitarias, social-liberalismo, capitalismo humano-.
22. Esto no quita que haya avances de las mujeres trabajadoras en otros empleos como los industriales o de servicios no reproductivos.
23. Como cita Paula Bach en su trabajo sobre salario relativo en Argentina, Marx define el concepto de la siguiente forma “cuando hablamos del alza o de la baja del salario, no debemos fijarnos solamente en el precio en dinero del trabajo, en el salario nominal [...] ni el salario nominal, es decir, la suma de dinero por la que el obrero se vende al capitalista, ni el salario real, o sea la cantidad de mercancías que puede comprar con este dinero, agotan las relaciones que se contienen en el salario. El salario se halla determinado, además y sobre todo, por su relación con la ganancia, con el beneficio obtenido por el capitalista: es un salario relativo, proporcional” (Bach, 2008: 69).
24. Por supuesto, que la construcción de la “Teacher´ Spring” no puede explicarse únicamente por esta ubicación objetiva de las mujeres trabajadoras. Existieron orientaciones políticas que hicieron posible la constitución de dichas alianzas al interior de la comunidad de clase. Pero sería un error leer esas orientaciones en el vacío, en lugar de inscribirlas en sus condiciones objetivas específicas: la posición anfibia de las mujeres como protagonistas de la producción y la reproducción social.
25. Es interesante observar que esta posibilidad de descorporativización de las luchas obreras para la que encontramos nuevas bases objetivas, no es una novedad en la historia de la lucha de clases. Como señalan Salar Mohandesi y Emma Teitelman (2017) uno de los elementos notorios de las huelgas del “punto del consumo” (“point of consumption”) de inicios del siglo XX en Estados Unidos tenían como característica que articulaban distintos sectores de asalariados. El caso de la Huelga de las Lavadoras de 1881 por mayores salarios y control sobre su trabajo es ejemplo de eso. Comenzando en Atlanta, Georgia, por parte de una veintena de mujeres negras, basándose en el carácter comunal del trabajo de lavado, comenzaron a pedir la solidaridad de la comunidad, logrando que la huelga se amplíe. A las tres semanas, la Washing Society había crecido a 3000 huelguistas y simpatizantes, incluso incluyendo algunas lavadoras blancas (en plena época de la segregación racial). La huelga no sólo enfrentó una dura política de represión policial, sino que se expandió a otras industrias del trabajo reproductivo: enfermeras, cocineras, mucamas comenzaron a agitar por mejores salarios e incluso trabajadores varones de otras industrias de los servicios entraron en huelga.
26. El problema del corporativismo ha formado parte de los debates sobre la “revitalización sindical” como propuesta de superar la crisis de los sindicatos hacia fines de los noventa, hace ya 20 años. Para una recuperación crítica de esos debates, véase Varela, 2016.
27. Sobre la idea de “feminismo corporativo” véase Fraser (2018) y Brenner, Johanna y Fraser, Nancy (2017).

Notas de autor

1 UBA/CONICET
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