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Trasfondo Trinitario de la obediencia Ignaciana en la Compañía de Jesús
The Trinitarian Underlay of Ignatian Obedience in the Society of Jesus
Trasfondo Trinitario de la obediencia Ignaciana en la Compañía de Jesús
Revista Iberoamericana de Teología, vol. XIII, núm. 26, pp. 41-77, 2018
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México
Resumen: Cualquier tarea de aggiornamento de la obediencia en la Compañía de Jesús será tanto más valiosa cuanto que tome en cuenta el trasfondo trinitario de esta doctrina ignaciana. El artículo empieza por describir los rasgos fundamentales de la doctrina; luego rastrea la significación de la obediencia en la persona de Cristo —con sus paradojas—, y en la vida intra-trinitaria, así como su papel en la creación y la elevación de la criatura a la vida divina. La obediencia se ubica en el contexto de la mística ignaciana. Se analiza la praxis de la obediencia jesuita, y si la doctrina de la obediencia está también destinada a los superiores, quienes, en todo caso, deben seguir el modo de gobernar de Ignacio. Se señalan las bases teológicas de la certeza de la identidad entre la voluntad del superior y la voluntad de Dios para el súbdito jesuita. Para finalizar, se explicita la plenitud de sentido de la obediencia en la inserción en la dinámica de la Trinidad Económica.
Palabras clave: Compañía de Jesús, voluntad de Dios, obediencia ignaciana, modo de gobernar, Trinidad Económica.
Abstract: Any aggiornamento of obedience in the Society of Jesus will be all the more valuable if it takes into account the Trinitarian background setting of this Ignatian doctrine. The paper begins by describing the main traits of the doctrine, and continues presenting the significance of obedience for Christ —including its paradoxes—, and in the intra-Trinitarian life, as well as the role it plays in the creation and the elevation of rational creatures into divine life. It places obedience in the context of Ignatian mysticism. It analyzes the Jesuit obedience praxis, and asks whether that the doctrine is also addressed to superiors, who in any case must comply with Ignatius’ style of governing. It explains the theological bases of the certitude a Jesuit has of the identity between the superior’s will and God’s will. Finally, it underlines the plenitude of meaning of obedience when it is practiced in the dynamics of the Economic Trinity.
Keywords: Society of Jesus, God’s will, Ignatian obedience, style of governing, Economic Trinity.
Es bien conocida la centralidad e importancia crucial que San Ignacio asigna a la obediencia en la espiritualidad y la praxis de la Compañía de Jesús.1 Ante este planteamiento tan determinante, conviene reflexionar sobre las razones que debió haber tenido el santo para esta decisión, sin duda muy deliberada.
I. El aggiornamento
En las últimas décadas, y en especial en las Congregaciones Generales, la Compañía ha aplicado el método ignaciano de la discreción de espíritus, el discernimiento espiritual, para revisar la doctrina de la obediencia en las circunstancias del mundo actual, en parte por los cuestionamientos de algunos jesuitas, tanto jóvenes como mayores, y en parte por el aggiornamento de la Iglesia realizado en el Concilio Vaticano II. En particular se está revisando un cierto enfoque conductista de la obediencia, además de expresiones un tanto mecanicistas, por ejemplo, “como bastón de hombre viejo” o “proinde ac cadaver”, sacadas de contexto, para entenderlas en el entorno contemporáneo de una búsqueda comunitaria de la voluntad de Dios. El proceso será más valioso si se toman en cuenta el trasfondo último y la máxima plenitud de la obediencia en la vida trinitaria, lo que este trabajo intenta.
II. La doctrina ignaciana de la obediencia2
En esencia, la doctrina ignaciana sostiene que un jesuita puede estar seguro de cumplir la voluntad de Dios al obedecer a su superior3 —donde no se viere pecado—, sin fijarse en la persona de éste, sino reconociendo en él a Cristo mismo [284, 424, 434], por cuyo amor y reverencia se hace todo. La obediencia deberá ser perfecta no sólo en cuanto la ejecución de lo ordenado —como bastón de hombre viejo—, sino en la voluntad y el entendimiento, al dejarse llevar y regir de la divina Providencia a través del superior, aunque no se viese sino la señal de la voluntad del superior sin expreso mandamiento [547], teniéndole reverencia y amor como a Cristo y manifestándole enteramente su conciencia para que pueda mejor regirlo [550]. Así mismo, la obediencia la deben observar los que han sido nombrados superiores de otros para con sus propios superiores, y todos para con el General [821].4 No se opone a la obediencia la representación de las razones propias al superior, con tal de que se haga con indiferencia y acatamiento de su voluntad. Es deseo de Ignacio que los jesuitas se destaquen por su obediencia por encima de otras religiones [Órdenes o Congregaciones].5
III. Razones ignacianas
Al preguntarnos sobre las razones que pudo tener San Ignacio para darle a la obediencia un papel tan central y un peso tal en su concepción de la Compañía, conviene empezar por las que se pueden deducir de manera explícita en sus escritos y documentos, para luego indagar por las raíces más profundas de esta decisión.
He aquí algunas de ellas:
Es la forma más eficaz de hallar y cumplir la voluntad de Dios, para su mayor gloria.
Es imitación y seguimiento de Cristo, quien dio ejemplo al ser obediente hasta la muerte y muerte de cruz.
Es necesaria para conservar la unión y el buen ser y proceder de la Compañía, a mayor gloria de Dios [659].
Garantiza la eficacia apostólica.
La obediencia por sí misma infunde en el ánima todas las otras virtudes, e impresas las conserva.
Presupone y fomenta la mayor abnegación y continua mortificación en todas las cosas posibles con la gracia divina.
Es la realización más perfecta de la tercera manera de humildad, sumisión a Dios.
Es piedra de toque del discernimiento espiritual: para un jesuita, una decisión propia contraria o al margen de la obediencia no puede provenir del buen espíritu.
Es clave en la misión apostólica de la Compañía, tal como se explicita en el cuarto voto de los profesos en la obediencia al Papa respecto de las misiones.
IV. Conveniencia de una reflexión teológica
Si se parte de estos planteamientos, ¿es posible emprender una reflexión teológica en búsqueda de las raíces más profundas de la concepción ignaciana de la obediencia jesuítica en la divinidad misma, en la Tríada divina6 y en sus relaciones recíprocas y con la humanidad? Tal intento con probabilidad apunte también hacia las profundidades de la mística ignaciana, de su conocimiento intuitivo de la intimidad de la vida divina, como fuente y origen de donde derivó Ignacio la centralidad de la obediencia para la obra que Dios le inspiraba, la Compañía de Jesús. En este intento de profundización trinitaria, el primer paso es contemplar la obediencia en Jesucristo mismo.
V. La obediencia de Jesús en la sagrada escritura
Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió ( Jn 4,34).
No busco mi voluntad sino la voluntad del que me envió ( Jn 5, 30).
Porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me ha enviado ( Jn 6, 36).
Es el Espíritu Santo el que impulsa a Cristo en su vida, en cumplimiento de la voluntad de su Padre (Mc 1,10, 12; Mt 4, 1; Lc 4,1).
No todo el que me diga “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21).
Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mt 12, 50; Mc 3, 35).
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo (Mt 26, 42; Lc 11, 2).
Así lo reportan los tres sinópticos en la oración del huerto, en intensidad creciente:
Lucas: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (22, 42).
Mateo: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (26, 39). Y más adelante: “Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad” (26,42).
La versión de Marcos es la más fuerte: frente a la perspectiva de la pasión, Jesús, el Hijo, apela a la ternura misericordiosa (Abbá) y a la omnipotencia de su Padre, y le pide evitarle tal sufrimiento; pero se somete a su voluntad: “¡Abbá, Padre!; todas las cosas te son posibles; aparta de mí este cáliz; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú”. No es posible concebir una representación más drástica para mover una voluntad superior, ni una sumisión mayor hacia esa voluntad.
Empezó a predicar y decir: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mc 4,17; Mt 1, 15).
La instauración del Reino de Dios en la tierra.
He sido enviado para que tengan vida y la tengan en abundancia ( Jn 10,10).
Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.
Que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad (1Ti 2,4).
Como el Padre me envió, así también los envío yo a ustedes ( Jn 20,21).
VI. Raíz intratrinitaria de la obediencia de Jesucristo
Esa insistencia de Jesús en obedecer en todo a su Padre, aunque en ello le vaya la vida, no es sólo por el cumplimiento de un deber moral, de una obligación propia de toda criatura. Es ontológicamente intrínseco a su realidad misma. Veamos:
1. El Verbo de Dios
A diferencia del concepto del Dios uno-y-trino de la tradición occidental —un solo Dios en tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo—, el Dios del Nuevo Testamento (ὁ θεός en griego —con artículo—) es en específico el Padre todopoderoso —la primera Persona de la Trinidad—. [El] Dios es su nombre propio:7 “[El] Dios es amor.”8 “Tanto amó [el] Dios al mundo que le envió a su Hijo único…”9 “La vida eterna es conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”.10
A partir de esta concepción teológico-escriturística original, los Padres griegos se plantearon la pregunta sobre la relación que el Verbo tiene con Dios —el Padre—, en el misterio trinitario, a partir tanto de los datos de la escritura como de la reflexión teológica. La respuesta la fueron dando los grandes teólogos de los primeros siglos —Ireneo de Lyon, Clemente de Alejandría, Orígenes—, así como los primeros concilios ecuménicos (Nicea, Constantinopla I, Éfeso), que combatieron las grandes herejías, sobre todo el arrianismo.
En efecto, según Arrio, el Verbo fue la primera creatura del Padre, subordinada a él. El Hijo es Dios, pero no un Dios verdadero. A su vez, el Verbo crea al Espíritu Santo por voluntad del Padre, y ambos crean las demás criaturas. El estribillo de Arrio: Ἦν ποτε ỡτε οὐκ ἧνὐ (“Hubo cuando [el Verbo] no era [antes de ser engendrado]”) fue de gran impacto. Se generó una polémica que abarcó a toda la cristiandad y aun provocó la intervención de la autoridad imperial. Nicea y Constantinopla abordaron el problema y formularon la ortodoxia. Siguieron después los defensores de la ortodoxia post-nicena como Atanasio, Cirilo de Jerusalén, y los Padres Capadocios (Basilio de Cesarea, Gregorio Nazianceno, Gregorio de Niza), entre muchos otros.
De acuerdo con la confesión de fe del Credo Niceno-constantinopolitano (cn-c), Jesucristo, el Verbo encarnado, fue engendrado por el Padre de su misma esencia, desde toda la eternidad; por lo mismo es consustancial al Padre (ὁμοούσιος τῷ πατρί); y es, por lo tanto, Dios de Dios (θεός ἐκ θεοῦ), luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero.11 Así pues, tanto en la escritura como en los Padres griegos, Jesucristo es ciertamente θεός; pero no ὁ θεός, puesto que ὁ θεός es el Padre.12
2. La obediencia intratrinitaria
Por lo tanto, el Hijo de ninguna manera es criatura ni tiene una relación de subordinación con el Padre; pero sí una relación de origen en su ser y su esencia, y de sumisión filial a su voluntad. Penetrando en el más profundo misterio de su generación eterna (tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy13), el Verbo es (ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος) por voluntad del Padre. Su existencia como Persona (hipóstasis), y su misma realidad divina (θεός) es, desde toda la eternidad, voluntad del Padre, y, por así decirlo, una respuesta de obediencia del Verbo al Padre. La obediencia es, pues, la relación primera del Verbo con Dios al ser engendrado en su seno desde toda la eternidad. En otras palabras, la obediencia, como sumisión filial, es la respuesta de amor del Verbo a la voluntad del Padre al engendrarlo “antes de todos los siglos”; la obediencia lo constituye en su ser mismo.
Desde siempre la realidad y la vida misma del Verbo es obediencia filial, amorosa, a la voluntad amorosa del Padre. Obediencia es su generación eterna y sempiterna, obediencia fue su encarnación (“el Padre que me envió”), obediencia fue su pasión y muerte (“no se haga mi voluntad sino la tuya”).
La respuesta del Padre a la perfecta obediencia de Cristo fue la resurrección y la glorificación a su derecha: “Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios [lo resucitó,] lo exaltó y le dio un nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra.”14 Fue la voluntad de Dios quien efectuó la resurrección y la glorificación de Jesucristo, y éste lo obedeció al resucitar y ascender al cielo.
La obediencia a Dios es, pues, la esencia de la realidad misma del Verbo (su hipóstasis) en el seno del Padre, y la razón de su encarnación, vida, pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, para la salvación del mundo, todo bajo la moción del Espíritu Santo.
3. La paradoja de la muerte en cruz
En su pasión, como en toda su vida, Jesucristo obedeció la voluntad de Dios al someterse a los dictados de las autoridades judías y romanas. Pero, ¿en qué sentido la muerte en cruz era voluntad del Padre? Tocamos aquí uno de los misterios más profundos de la relación entre el Criador y la criatura racional —un misterio de fe—. Para desentrañar este misterio de fe —en un esfuerzo acorde con el principio teológico “Fides quaerens intelectum”—, lo primero que se puede afirmar de manera tajante es que ciertamente quienes condenaron a muerte a Jesucristo no estaban cumpliendo la voluntad de Dios; sino que actuaban contra la voluntad de Dios.15
Pero, para Jesucristo, ¿qué se puede decir? Rozando el misterio, ¿se puede descartar que haya sido tal cual voluntad del Padre que su Hijo sufriera la pasión y muerte? ¿Cómo se puede entender el hecho histórico?
Es probable que se pueda sostener que la voluntad de Dios para Jesucristo consistía en la realización de la paradoja de la congruencia de Dios para con su criatura, hecha a su imagen y semejanza, es decir, creada para participar de la vida divina que es el amor infinito libremente ejercido. Por lo mismo, la criatura es dotada de libertad, que es condición de posibilidad del amor. La paradoja consiste en el respeto misericordioso de Dios para con la libertad del hombre, que al ser creado para participar de Dios tiene la libertad para rechazarlo y darle la espalda de la manera más cruel.
Así, la voluntad de Dios en la pasión consistió en que Jesucristo, siguiendo el ejemplo de su Padre, respetara la libertad del hombre, que lo sometía a un trato tan cruel y despiadado. Una libertad otorgada por Dios a su criatura para destinarla al amor, Dios la respeta aun cuando el hombre la use para la maldad.
Ya lo había predicho Jesús: “El Hijo del Hombre será entregado en manos de los pecadores…”16; y en el momento de su aprehensión: “Esta es su hora y el poder de las tinieblas”.17 Pudiendo pedir doce legiones de ángeles que lo defendieran, Jesucristo enfrentaba el misterio de la iniquidad18 —al que vencerá en su resurrección—. El respeto irrestricto de Dios a la libertad del hombre corresponde a su misericordia incondicional. La misericordia es la máxima expresión de la omnipotencia de Dios. Así cumplió Jesucristo la voluntad de Dios en su pasión y muerte. En lugar de bajar de la cruz como se lo pedían, pidió perdón para sus ejecutores.
Así pues, en el mismo evento, Jesús cumple la voluntad de Dios de respetar la libertad humana, al someterse a la muerte en cruz, mientras las autoridades judías y romanas la violan de manera flagrante. Como veremos más adelante, algún paralelismo puede existir con la obediencia del jesuita a un superior que ejerce su libertad indebidamente al mandar, salvo en el caso de que ordene un pecado.
Por su parte, si bien el Padre envió a su Hijo a predicar el Reino, al hacerse en todo semejante a nosotros, compartió en plenitud nuestra condición humana, menos en el pecado. Esto incluía, por una parte, el sufrimiento y el dolor propio de la vida humana en este valle de lágrimas, y, por la otra, el ser víctima del pecado ajeno, es decir, víctima de la maldad de sus semejantes, de la injusticia, de la crueldad y el sufrimiento infligido por otros —homo homini lupus—: el secuestro, la desaparición forzada, la tortura, el feminicidio, el asesinato.
La pasión de Jesucristo no sólo proporciona consuelo a las víctimas, sino le da un sentido al sufrimiento y dolor que padecen. Habrá forma en que los hombres completen en su cuerpo los sufrimientos de la pasión de Jesucristo.19
4. Sufrimiento y obediencia
De manera enigmática, Hebreos hace ver que el sufrimiento mismo le enseñó a Jesucristo —no obstante ser el Hijo de Dios— a obedecer. Con un cierto juego de palabras en griego entre aprender y padecer, dice “y no obstante ser Hijo, aprendió (ἔμαθεν), por las cosas que padeció (ἔπαθεν), la obediencia”: καίπερ ὤν υἱός ἔμαθεν ἀϕ’ ὧν ἔπαθεν τὴν ὑπακοὴν”.20 Jesucristo aprendió la obediencia por lo que padeció. Misteriosamente, la obediencia se aprende en el sufrimiento, también para el jesuita.
Conclusión
La obediencia a Dios es la existencia y la vida misma del Verbo Divino, desde su generación eterna en el seno del Padre, hasta su encarnación, muerte en cruz y resurrección, por la acción del Espíritu Santo.
Respecto a nosotros los seres humanos, la generación del Verbo como respuesta obediente a la voluntad del Padre es origen y principio de la auto-participación de la vida divina por parte del Padre hacia sus criaturas a través del Verbo y del Espíritu. Y, además, los padecimientos propios de la vida humana se han vuelto conducentes para una más perfecta obediencia, y preparación para recibir la vida divina en plenitud. En todo ello se encuentra la raíz trinitaria de la obediencia ignaciana.
VII. Obediencia y mística ignaciana
La reflexión teológica así expuesta es sólo un balbuceo inadecuado de la realidad divina que sobrepasa todo conocimiento humano. Más cercana es la intuición mística que Dios comunica a algunos hombres o mujeres privilegiados. Tal fue el caso de Ignacio. En efecto, la doctrina de la obediencia de Ignacio se debió haber gestado en una comunicación muy profunda, asidua y prolongada con Dios. Si bien al momento de su conversión en Loyola, Ignacio tuvo la influencia de un par de libros, de ahí en adelante fue el Espíritu quien lo guió hasta encontrar plenamente a Cristo, y por Él al Padre. Si bien tuvo confesores, y durante algún tiempo buscó personas espirituales con las cuales conversar, pronto desistió de ello. Más bien, Dios se comportaba con él como un maestro: “En este tiempo le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole…”.21Esto ocurría a través de iluminaciones, ilustraciones, visiones, consolaciones. Por ejemplo, la visitación de la Virgen y el Niño en la convalecencia, la ilustración del Cardoner —tras la cual redactó un escrito de 80 páginas sobre la Trinidad—, la visión de La Storta.
A lo largo de su vida, su trato con Dios se fue haciendo cada vez más hondo. Un barrunto de ello nos lo da el fragmento de su Diario Espiritual que se ha conservado. Su publicación en los años treinta del siglo pasado —cuatrocientos años después de su redacción— hizo patente el nivel místico de Ignacio. En palabras del P. J. De Guibert,22 “Nos encontramos en presencia de una vida mística en el sentido más estricto de esta palabra, en presencia de un alma conducida por Dios por las vías de la contemplación infusa en el mismo grado, si no de la misma manera, que un San Francisco de Asís o un San Juan de la Cruz”.23
A continuación enumera algunos de los rasgos de oración infusa en la mística ignaciana:
Visión simple e intuitiva de la divinidad, sin multiplicidad de conceptos ni discursos.
Experiencia de Dios presente bajo formas de conocimiento a la vez generales y obscuras, ricas y que “hartan y satisfacen”; y como un amor que penetra y domina pasivamente el alma en su fondo más íntimo.
Pasividad completa del conocimiento y del amor infusos, dados y retirados por Dios con soberana independencia de todos los esfuerzos propios; impotencia total de provocar, prolongar o renovar la experiencia, incluso de prever su llegada o término.
Impotencia, también, de traducir en forma de lenguaje ordinario lo que se ha experimentado, y de dar, sobre todo, una idea, aunque fuese un poco clara, a quien no ha experimentado todavía algo semejante.
Aplicación a nivel místico del discernimiento de espíritus en las decisiones: es el caso del fragmento conservado del Diario: el discernimiento sobre la renta en las casas profesas.
Místicamente contemplativo en la acción intensa; encontrar a Dios en todas las cosas.
Más aún, contemplatione activus: [intensamente] activo por razón de la contemplación.
Ahora bien, De Guibert sostiene que la mística ignaciana corresponde con exactitud a la espiritualidad de la Compañía de Jesús en los Ejercicios y las Constituciones:
Ausencia de imágenes de unión nupcial: ningún matrimonio espiritual, ninguna introversión de unión mística en el fondo del alma.
Es en esencia trinitaria y eucarística por lo que toca a su objeto; la humanidad de Cristo, la Santísima Virgen y los santos, como mediadores.
Mística de alabanza, reverencia y servicio a “su divina Majestad”. Más que una unión amorosa, es un servicio amoroso y magnánimo (magis) en pobreza y humildad.
Búsqueda incesante de la voluntad de Dios, y de su servicio en los próximos: “buscar y hallar la voluntad de Dios…”, “ayudar a las almas”; “Dios mío, ¡si los hombres te conocieran!”.
Podemos intuir que la doctrina ignaciana de la obediencia es fruto de esta comunicación mística de Dios, creciente a lo largo de su vida, más que de alguna reflexión o consideración de tipo humano u organizativo. Es posible sospechar que una parte del Diario Espiritual de Ignacio que no se conservó habrá contenido una muy larga sección sobre su oración mística y su iluminación infusa en relación con la obediencia en la Compañía.24 La obediencia ignaciana tiene, sin duda, un trasfondo trinitario; lo puede tener, también, su plenitud.
Las deliberaciones de los primeros padres
Pero no se debe pensar que la decisión de integrar la obediencia como central en la concepción misma de la Compañía fue sólo de Ignacio. Así se lo plantearon los primeros padres en sus deliberaciones de 1539, como parte de la decisión de formar un grupo con estructura estable.25
VIII. La praxis de la obediencia jesuita
Antes de exponer la plenitud trinitaria de la obediencia, conviene presentar algunos rasgos de la obediencia en la Compañía, tal como la describe Ignacio en sus principales documentos, y, en contraste, algunas deficiencias y distorsiones de la obediencia.
Las secciones de las Constituciones que describen la concepción ignaciana de la obediencia son muy ilustrativas:
Es muy expediente para aprovecharse y mucho necesario que se den todos a la entera obediencia, reconociendo al Superior, cualquiera que sea, en lugar de Cristo nuestro Señor, y teniéndole interiormente reverencia y amor, y no solamente en la exterior ejecución de lo que manda obedezcan entera y prontamente con la fortaleza y humildad debida, sin excusaciones y murmuraciones, aunque se manden cosas difíciles y según la sensualidad repugnantes, pero se esfuercen en lo interior de tener resignación y abnegación verdadera de sus propias voluntades y juicios, conformando totalmente el querer y sentir suyo con lo que su Superior quiere y siente, en todas cosas, donde no se viese pecado, teniendo la voluntad y juicio de su Superior por regla del propio, para más al justo conformarse con la primera y suma regla de toda buena voluntad y juicio, que es la eterna Bondad y Sapiencia [284].
[…]en todas cosas a que puede con la caridad extenderse la obediencia, seamos prestos a la voz de ella como si de Cristo nuestro Señor saliese (pues en su lugar y por su amor y reverencia la hacemos), dejando por acabar cualquier letra o cosa nuestra comenzada, y poniendo toda la intención y fuerzas en el Señor de todos, en que la santa obediencia, cuanto a la ejecución y cuanto a la voluntad y cuanto al entendimiento, sea siempre en todo perfecta, haciendo con mucha presteza y gozo espiritual y perseverancia cuanto nos será mandado; persuadiéndonos ser todo justo y negando con obediencia ciega todo nuestro parecer y juicio contrario en todas cosas que el superior ordena, donde no se pueda determinar (como es dicho) que haya alguna especie de pecado, haciendo cuenta que cada uno de los que viven en obediencia se debe dejar llevar o regir de la divina Providencia por medio del Superior, como si fuese un cuerpo muerto, que se deja llevar adonde quiera y tratar como quiera, o como bastón de hombre viejo, que en dondequiera y en cualquiera cosa que de él ayudarse querrá el que le tiene en la mano, sirve. Porque así el obediente para cualquier cosa en que le quiera el Superior emplear en ayuda de todo el cuerpo de la religión debe alegremente emplearse, teniendo por cierto que se conforma en aquello con la divina Voluntad, más que en otra cosa de las que él podría hacer siguiendo su propia voluntad y juicio diferente [547].
Asimismo sea a todos muy recomendado que usen grande reverencia, especialmente en lo interior, para con los Superiores suyos, considerando en ellos y reverenciando a Jesucristo. Y muy de corazón los amen como a padres en el mismo [551].
Con mayor abundancia se expresa Ignacio sobre la obediencia en su carta a los padres y hermanos de Portugal del 26 de marzo de 1553. La carta fue redactada por el P. Polanco, y revisada y firmada por Ignacio.26
1. Modalidades de obediencia
En estos párrafos, Ignacio señala al menos cinco grados o modalidades de la obediencia:
Obediencia de ejecución: “…en la exterior ejecución de lo que manda obedezcan”,
Obediencia de voluntad,
Obediencia de entendimiento: “pero se esfuercen en lo interior de tener resignación y abnegación verdadera de su propia voluntad y juicios, conformando totalmente el querer y sentir suyo con lo que su Superior quiera y sienta”,
Obediencia de intuición: aunque no se viese sino la señal de la voluntad del Superior sin expreso mandamiento,
Obediencia de afecto: con reverencia y amor al superior.
2. Características
De la exposición se pueden señalar algunas características de la obediencia ignaciana:
La ejecución deberá ser inmediata;
entera y pronta;
con mucha presteza, gozo espiritual y perseverancia;
deberá poner toda la intención y fuerzas en el Señor de todos;
proceder con amor y no turbados de temor;
persuadiéndonos ser todo justo;
deberá ser ciega;
obedecer alegremente;
con la fortaleza y humildad debida;
sin excusaciones y murmuraciones, aunque se manden cosas difíciles y según la sensualidad repugnantes.
3. Condiciones de posibilidad
Ahora bien, la verdadera obediencia requiere de ciertas condiciones de posibilidad, sin las cuales simplemente no se puede dar, entre otras:
El amor a Dios por sobre todas las cosas.
Una confianza ilimitada en Dios y su providencia.
Conciencia de la propia indignidad y limitaciones.
La máxima libertad interior de quien obedece, para eliminar toda limitación y todo obstáculo (aficiones desordenadas) al pleno ejercicio de la libertad.27 Sólo quien es plenamente libre puede obedecer de manera plena.
La cuenta de conciencia, como trasparencia personal de sí mismo ante el superior, para propiciar en él órdenes más adecuadas. Incluye la posibilidad de representar ante el superior las propias ideas y mociones, con total indiferencia y disponibilidad.
Una gran iniciativa personal inteligente. El superior no puede ordenar sobre todos los detalles de la vida, ni la obediencia los puede abarcar. Obedecer siempre implica desarrollar a plenitud la propia iniciativa, la inventiva, el ingenio para realizar lo mandado, y encontrar adecuación posible entre medios y fines. La obediencia constituye un marco conductual que ilumina y da sentido a todos los detalles de la iniciativa en la propia actividad, para cumplir la voluntad de Dios.
Por lo mismo, la obediencia implica el discernimiento espiritual y la discreción de espíritus para su mejor implementación.
Todo dentro de un espíritu de humildad y en ambiente de oración.
4. Obediencia y misión apostólica
En la fórmula del instituto aprobada por el Papa Julio III en las Letras Apostólicas Exposcit debitum de 21 de julio de 1550 se establece que la Compañía fue “fundada ante todo para atender a la defensa y propagación de la fe y al provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana por medio de…” y enumera una serie muy amplia de actividades apostólicas.28
Así pues, la labor apostólica misionera es de la esencia de la Compañía y de la obediencia jesuítica; pero su ámbito de acción es amplísimo. Por lo mismo, ni ningún jesuita puede abarcar toda la gama de actividades que incluye, ni ninguna de ellas está en específico asignada a ningún jesuita en particular. Hay, por lo mismo, una especie de indeterminación en la gama de posibilidades apostólicas, que es necesario acotar de algún modo, en general para la Compañía y en lo particular para cada jesuita. La solución a esta indeterminación es precisamente la obediencia, que permite acotar un ámbito tan amplio, y le da cauce a cada uno en su misión, destino y actividad específicos.
5. Desproporción entre medios y fines
En el Examen General que precede a las Constituciones se establece: “El fin de esta Compañía es no solamente atender a la salvación y perfección de las ánimas propias con la gracia divina, mas con la misma intensamente procurar de ayudar a la salvación y perfección de las de los prójimos”[3].
¿Cómo lograr un fin tan trascendente con los medios humanos a disposición de la Compañía y de sus miembros, cuando es obvia la total desproporción? El texto mismo apunta a la solución: la gracia divina. Ahora bien, la obediencia, en cuanto cumplimiento de los planes de Dios, es la forma óptima de superar esta desproporción entre fines y medios. Mediante la obediencia se logra la máxima eficacia para el fin que se pretende, “pues los medios que juntan al instrumento con Dios y le disponen para que se rija bien de su divina mano, son más eficaces que los que le disponen para con los hombres…”[813].
6. Sentido último de la obediencia
La obediencia en la Compañía no es un simple ejercicio ascético, ni un deber de disciplina institucional, ni resultado de un pragmatismo en razón de lograr una máxima eficacia en la acción colectiva. Como veremos más tarde, la obediencia inserta al jesuita en la plenitud misma de la vida trinitaria y en su acción salvífica, al continuar la misión de Cristo por el Padre.
La obediencia del jesuita es respuesta de amor al amor misericordioso, infinito de Dios, a su iniciativa de creación, redención y santificación, a sus planes personales, a su voluntad específica para cada uno. Es respuesta de fe en la providencia del Dios, que todo lo ordena para nuestro bien y el de nuestros semejantes.
IX. Obediencia y superiores
1. Una orden monárquica
Una característica propia de la Compañía es su estructura monárquica. Según las Constituciones, la autoridad suprema es la Congregación General. Es ésta quien elige al Prepósito General, le señala grandes directrices, y lo constituye como la sola y única autoridad de gobierno de la Orden. Es una monarquía —aunque no una autarquía—. Además, la forma como la Congregación General elige al P. General garantiza que el gobierno no sólo sea monárquico, sino también aristárquico. Es un gobierno de lo mejor que tiene la Compañía.
En la Compañía todo el mando proviene del P. General. Como en cascada la autoridad se deriva de la cabeza: a los provinciales, vice-provinciales, superiores mayores, superiores locales, hasta el último súbdito. Es una cadena de voluntades autónomas que con libertad obedecen en todos los niveles.29 Por su parte, se garantiza que no haya autarquía porque todos los superiores, aun el P. General, cuentan con un grupo denominado consulta —que en efecto tiene un carácter consultivo, no deliberativo—, que les ayuda a tomar mejor sus decisiones.
En adición a ello, los profesos en la Compañía hacen un cuarto voto de obediencia al Papa en cuanto a las misiones. Es decir que, además de la obediencia que todo católico debe al Vicario de Cristo, los jesuitas prometen obedecer al Papa cuando éste los mande a una misión en cualquier parte del mundo, entre fieles o infieles.
2. Mandar obedeciendo
Por lo mismo, dentro de la Compañía todos los superiores son a la vez súbditos. Aun el P. General está subordinado a la Congregación General, que es la autoridad suprema; e incluso ella está subordinada a la autoridad del Papa como cabeza de toda la Iglesia. Así que todos son sujetos de la obediencia; pero a su vez todos los superiores tienen autoridad delegada sobre otros jesuitas, aun el cocinero cuando se le delega autoridad. Por lo mismo, a todos se aplica la norma de “mandar obedeciendo”.30 Sin embargo, no se trata de una trasmisión mecanicista de una voluntad antecedente. El superior manda con libertad e iniciativa propia; pero siempre en un esfuerzo de mandar obedeciendo la voluntad de Dios, manifestada a través de sus respectivos superiores al mandar.
3. ¿La doctrina de la obediencia es también para los superiores?
La doctrina de la obediencia se aplica a todo jesuita sin excepción, pues todos son súbditos, todos tienen un superior; inclusive el Prepósito General está sujeto a la obediencia de la Congregación General. Todos reciben la voluntad de Dios a través de su superior.
Ahora bien, a contrario sensu, ¿puede todo superior tener la certeza de que cualquier cosa que ordene (fuera del caso de pecado) es voluntad de Dios, de que, al mandar, su orden es ipso facto voluntad de Dios? ¿No más bien debe ejercer su autoridad con temor y temblor, en la incertidumbre de si al mandar está en realidad trasmitiendo la voluntad de Dios, y consciente de que puede equivocarse?
Para discernir si lo que ordena puede considerar que sea la voluntad de Dios tiene varias fuentes:
Si está trasmitiendo de forma muy cercana la voluntad de su respectivo superior
El discernimiento espiritual
La cuenta de conciencia del súbdito
El resultado de la obediencia del súbdito
En cualquier caso, se aplica a la obediencia jesuita la paradoja de la pasión de Cristo: al padecer Cristo cumplía la voluntad de Dios al respetar la libre decisión de los verdugos, quienes, al ordenar su ejecución, de ninguna manera hacían la voluntad de Dios.
4. Deficiencia en la obediencia
Hay deficiencia en la obediencia cuando los superiores tienen que pedir a los súbditos que los obedezcan —a veces aun suplicar—, y tienen que insistir en ello.
5. Distorsión en la concepción de la obediencia
Hay una distorsión en la forma de concebir la obediencia religiosa cuando el superior considera que su voluntad, en automático y por principio, es la voluntad de Dios, y trata de imponerla al súbdito a como dé lugar, sin que éste actúe con libertad. Peor aún, cuando el superior considera que para lograr una verdadera obediencia hay que quebrantar la voluntad de un súbdito y someterlo a su propia voluntad,31 como si ello fuera una virtud. Esto es sometimiento, mas no obediencia. En este caso, la obediencia no se concibe como un ejercicio de la libertad en el amor, sino como una imposición autoritaria que coarta la libertad personal. Nada más contrario al pensamiento de Ignacio.32
6. Negarse a obedecer en caso de pecado
San Ignacio contempla la posibilidad de que un superior dé una orden que implique por parte del súbdito realizar una acción pecaminosa, cometer un pecado. Tal sería el caso, por ejemplo, que el superior le ordenara a su subordinado cometer un asesinato, o alguna otra acción grave contra los mandamientos de la ley de Dios, o algo semejante.33
7. Iniciativa y obediencia; licitud y conveniencia de la representación
Como ya se señaló, la obediencia en la Compañía no elimina ni excluye la propia iniciativa del jesuita, por el contrario, la exige —es condición de posibilidad de la auténtica obediencia—. ¿Cómo hacer compatible la iniciativa propia con la obediencia al superior? De varias formas:
El cumplimiento perfecto de una orden requiere una gran iniciativa para complementar un cúmulo de detalles no incluidos en la orden. Baste recordar la actividad de grandes misioneros jesuitas que cumplían la misión que se les encargó, como San Francisco Javier o Mateo Ricci. La orden fue ir a evangelizar en el oriente. De ahí en adelante una extraordinaria iniciativa propia hizo fecunda la orden.
Mediante un ejercicio de discernimiento espiritual para interpretar la voluntad del superior cuando no es posible conocerla directamente.34
La licitud de la representación al superior y la cooperación con él para hallar juntos la voluntad de Dios mediante la cuenta de conciencia.35 Ésta no es para objetar la orden del superior, sino para proporcionarle más elementos a su decisión.
La iniciativa requerida por la obediencia tiene otra dimensión adicional cuando el jesuita se siente inspirado por el Espíritu Santo para realizar alguna actividad en bien del pueblo de Dios, como ofrecerse para alguna misión. Tras el debido discernimiento espiritual y con la debida indiferencia, la iniciativa deberá presentarse al superior, para que, si es aceptada, cuente con la bendición de la obediencia.
El cuidado ha de ser siempre buscar cumplir la voluntad de Dios en la obediencia, y evitar el peligro de torcer la voluntad del superior para lograr lo que el súbdito quiere, como se señala en los ejercicios en el caso del segundo binario: “…de manera que allí venga Dios a donde él quiere” y no lo contrario [154].
8. Trasfondo trinitario de la doctrina/praxis de la autoridad en la Compañía: la paternalidad
No parece San Ignacio haber expuesto una especie de doctrina de la autoridad en la Compañía, como lo hizo con la obediencia. Sin embargo, hay suficiente material en su vida y en los comentarios de sus contemporáneos sobre su práctica de gobernar —y los consejos que daba a los superiores de aquel tiempo—, como para esbozar principios básicos en este tema.36
Si bien Ignacio era estricto en exigir a sus discípulos una plena abnegación de su voluntad en la obediencia, su forma de mandar era eminentemente paternal. Sus primeros compañeros y los jesuitas que convivieron con él dejaron amplios testimonios de su suavidad, comprensión y delicadeza al mandar. Al ser el Prepósito General de la Compañía procuraba conocer bien a sus súbditos, encontrarle a cada uno sus disposiciones e inclinaciones, y amoldar sus órdenes a lo que era cada uno de ellos, salvaguardaba siempre la disponibilidad y la docilidad, para así lograr de ellos una obediencia gustosa y dócil. Con gran maestría podía combinar la severidad, cuando era conveniente, con la suavidad y la flexibilidad. Aceptaba de buen grado que sus órdenes fueran interpretadas y adaptadas a los tiempos, lugares y personas, aunque a veces se perdiera la literalidad. Nunca nadie percibió en él autoritarismo ni imposición. Toda la autoridad la utilizaba para el bien de las personas y la misión apostólica de la Compañía.
En el mismo sentido, la licitud y aun conveniencia de la representación del súbdito exige de parte del superior una necesaria apertura y capacidad de escucha a la propuesta que el súbdito le presenta, misma que tiene que ser incorporada por el superior en su propio proceso de discernimiento de la(s) orden(es) que va a dar. Y si bien San Ignacio le pide al súbdito que en la representación mantenga la debida indiferencia, en el superior se debe dar la obligatoriedad de reflexionar con seriedad la propuesta del súbdito, aunque finalmente ordene lo que en su discernimiento considere que es de mayor gloria de Dios.
En esta forma de gobernar Ignacio refleja la relación paternal de Dios con sus creaturas, tal como se manifiesta en Cristo. Obedecer al superior como a Cristo es aceptar de forma plena el reinado de Dios sobre los hombres, un reino de amor, de justicia y de paz.
X. Una trasmisión lineal; bases teológicas de la certeza de la identidad entre la voluntad del superior y la voluntad de Dios para el súbdito jesuita
Ahora bien, es necesario abordar una cuestión básica: ¿cómo puede el jesuita estar seguro de que toda orden del superior —fuera del caso de pecado— es voluntad de Dios? Si la razón es que el superior —así sea el Padre General o el mismo San Ignacio—, o las normas de la institución, son quienes lo afirman, caemos en la falacia lógica de una petición de principio: se presupone que es verdad lo que se quiere probar como verdadero. O al menos se cae en la situación incómoda de superiores que tienen que convencer a los súbditos de que lo que ordenan es voluntad de Dios, porque así lo dicen las normas.
Tienen que ser otras las bases de la certeza jesuita. Se puede plantear que la razón de la certeza es la confluencia de al menos dos líneas de trasmisión:
A su vez, la primera se refleja en la espiritualidad de los ejercicios espirituales —“buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para salud de su alma”37—, y se explicita en las Constituciones, con la definición de la doctrina de la obediencia.
La segunda se deriva de la misión del Padre que Jesucristo trasmite a sus apóstoles y éstos a sus sucesores, que se plasma en la constitución de la Iglesia y la Tradición, y se concreta en los documentos de aprobación de la Compañía por parte de los sumos pontífices.38
La tercera se implementa mediante los tres pasos de: 1) el establecimiento de una Congregación General de la Compañía; 2) la elección del Prepósito General; y 3) el nombramiento que éste hace de los Prepósitos Provinciales y el resto de los superiores. De tal forma que cada jesuita recibe órdenes de un superior legítimamente constituido que le trasmite la voluntad de Dios.
La primera descansa en la voluntad divina individual manifestada por Dios a una persona como un llamado o vocación a la Compañía, en la disposición de su vida para salud de su alma: “no me escogieron ustedes a mí, sino yo los escogí a ustedes”.39
La segunda se concreta en la aprobación de la Compañía, primero al recibir los votos perpetuos pero simples que hace el jesuita, y, tras largos años de formación y probación, en la incorporación definitiva en la Compañía mediante los votos solemnes.
La tercera, cuando el jesuita recibe una misión y se le asigna el correspondiente superior.
Con esta doble confluencia se establece una trasmisión lineal de la voluntad divina de Dios al jesuita que obedece —sin solución de continuidad—; si bien no se trata de un proceso automático y mecanicista, como se señaló con anterioridad.
XI. La obediencia y la vida divina
Con estos preámbulos se puede ya entender mejor por qué la obediencia en la Compañía representa una inserción especial en la vida divina de quien obedece.
1. La obediencia y la creación
Toda la realidad parte de la voluntad creadora de Dios. De manera recíproca la creación entera es la respuesta obediente de la nada, y del ser de la creatura en cuanto contingente, a su voluntad omnipotente.
2. Obediencia y participación en la vida divina
En el caso del ser humano, destinado por Dios a participar en la vida divina, la obediencia es un elemento ontológico constitutivo de su naturaleza, como lo explica K. Rahner. Al no ser el hombre de naturaleza divina, su naturaleza humana no tiene la capacidad de acceder por sí misma a la vida divina; pero tiene la potencialidad de responder en obediencia a la voluntad de Dios cuando éste la convoca a participar de su propia vida. El hombre es ontológicamente potentia obedientialis,40 un ser con la capacidad de responder en obediencia a la voluntad de Dios de compartirle la vida divina, y por ello llegar a ser capaz de asumirla.
3. La obediencia como respuesta
Así pues, ese primer acto de obediencia pasiva en relación con la voluntad libre de Dios que dotó de esa potencia obediencial a la naturaleza humana para poder recibir la naturaleza divina por adopción es, a su vez, condición de posibilidad de la obediencia activa del ser humano como respuesta libre y meritoria a esa voluntad salvífica, divinizante, de Dios.
Por su incorporación a la Compañía, el jesuita adquiere el privilegio de contar con una línea directa, sin solución de continuidad, de trasmisión de la voluntad de Dios desde su origen mismo, a través de todas las instancias divinas y humanas, y tiene la posibilidad de responder de la misma manera directa mediante la obediencia.
4. La obediencia como contemplación
El término consagrado en la Compañía es el de “contemplación en la acción” (in actione contemplativus). Sin embargo, no cualquier acción facilita la contemplación. Para alcanzar la plenitud de la contemplación habría que perfeccionar esta proposición. Para el jesuita la vocación contemplativa sólo se realiza si es “contemplativo en la acción obediente”.
5. Obediencia y sufrimiento
Así como Jesucristo aprendió a obedecer, y ello por lo que padeció (Hb 5, 8), así también el jesuita sólo en el sufrimiento por amor a Dios y al prójimo aprende la verdadera obediencia, y con ello le da plenitud de sentido al sufrimiento, pues le permite completar en su vida lo que faltó a la pasión de Cristo (Col 1,24). Adquiere así su profunda dimensión el planeamiento de que se entra a la Compañía para “obedecer, humillarse y ganar la vida eterna” [102], y la recomendación del Examen: Para mejor venir a este tal grado de perfección [en el seguimiento de Cristo], tan precioso en la vida espiritual, su mayor y más intenso oficio debe ser buscar en el Señor nuestro su mayor abnegación y continua mortificación en todas cosas posibles; y el nuestro ayudarle en ellas, cuanto el Señor nuestro nos administrare su gracia, para mayor alabanza y gloria suya [103].
6. Obediencia y misión
Como el Padre envió a su Hijo para la salvación de los hombres, así la obediencia representa para el jesuita un envío, una misión que en esencia continúa la misión de Cristo en el ámbito de la Iglesia.
7. Obediencia y martirio
En los primeros siglos de la era cristiana los discípulos de Jesús daban testimonio de su fe padeciendo el martirio cruento a manos de los perseguidores. Los mártires eran testigos (μάρτυρες) de Jesús; el martirio era el testimonio (μαρτύριον) supremo: “nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).
Pasada la época de las persecuciones, los discípulos más fervientes de Jesús buscaron otra forma de martirio, es decir, de testimonio de su fe. Así se fue desarrollando la vida monástica, primero en oriente y después en occidente: una vida de penitencia y oración, de verdadero sacrificio, un auténtico martirio incruento. Toda Orden o Congregación religiosa incluye de alguna forma el seguimiento de Jesús en su pasión y muerte, al menos por la mortificación (mortem facere) y abnegación de sí mismo. En el caso de la Compañía, y por la inspiración de Ignacio, la obediencia es la forma más propia de martirio [testimonio] del jesuita, es decir del testimonio supremo del seguimiento de Cristo por amor. Ordinariamente es un testimonio [martirio] incruento.41 Sin embargo, en la historia de la Orden, la obediencia, sobre todo en el caso de las misiones, con frecuencia ha llevado a los jesuitas al martirio cruento, abrazado de manera voluntaria por amor a Jesús.
8. La obediencia y la unión de la Compañía
La parte octava principal de las Constituciones, en el capítulo 1º, trata “De lo que ayuda para la unión de los ánimos”, sobre todo dada la dispersión de los jesuitas. “Y porque esa unión se hace en gran parte con el vínculo de la obediencia, manténgase siempre ésta en su vigor…”.
Así pues, la obediencia es mecanismo y condición de posibilidad para la unión de la Compañía. Pero, más allá de una modalidad de unión organizativa o sólo pragmática para lograr determinadas finalidades en la coordinación de acción de un conjunto grande de personas, la unión de la obediencia en la Compañía es de naturaleza mística —como lo es la Iglesia como cuerpo místico de Cristo—. Así lo pidió Jesucristo en la última cena. Los jesuitas forman una unidad en la Compañía primordialmente por estar unidos todos a Cristo, por ser uno en Cristo, como Cristo es uno con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo.42 Y esa unión con Cristo la realiza con más plenitud la obediencia.
9. La obediencia en la Compañía y el Reino de Dios
“La voluntad de Dios —a quien el jesuita obedece— es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Mt 7,21).
En último término, la obediencia en la Compañía tiene el apostolado como sentido supremo al colaborar con Jesús en la instauración del Reino de Dios en la tierra, Reino de justicia y de paz, Reino de fraternidad y amor. En la actualidad colaborar en la instauración del Reino de Dios implica luchar por instaurar la justicia social desde la fe, así lo decretó la Congregación General XXXII. Ahora bien, la sociedad contemporánea se caracteriza por la injusticia en todos los ámbitos, nacional e internacional, por la desigual distribución de los bienes de este mundo —con una polarización creciente de extrema pobreza y extrema riqueza43—, por el saqueo depredador de los recursos naturales, en la destrucción de la naturaleza —un verdadero ecocidio—, por el conflicto social, la violencia, la inseguridad.
Como se señaló, un sentido de la obediencia de Jesús hasta la muerte y muerte en cruz fue asumir de forma cabal la condición humana como víctima del pecado, de la injusticia, y hacerse solidario hasta el extremo, para redimir a los pecadores, tanto víctimas como victimarios. La obediencia del jesuita en la lucha por la justicia lo inserta con plenitud en esa lógica de padecimiento y persecución —por causa de la justicia—; en la lógica del testimonio [martirio] hasta la muerte, para la redención del mundo.
XII. La obediencia en la plenitud de la dinámica trinitaria
¿En qué sentido la obediencia alcanza la plenitud trinitaria?
A lo largo de los siglos, la reflexión teológica sobre el misterio central del cristianismo, la Trinidad, ha tenido dos vertientes, la Trinidad en la historia de la salvación, y la Trinidad como misterio en sí misma. En los manuales de teología se suelen presentar estas dos vertientes en sendos tratados, De Deo uno y De Deo Trino.
1. La Trinidad económica, en la historia de la salvación humana
Durante los primeros siglos del cristianismo, una vertiente de la reflexión trinitaria retomaba los principios y volvía a ellos: a los planteamientos mismos de la revelación tal como los encontramos en la Escritura. En el Antiguo Testamento, Yahveh se manifiesta como el Dios que salva a su pueblo y lo conduce por el camino de la alianza. Al llegar a la plenitud de los tiempos, ese Dios (Yahveh) fue revelado por Jesús como su Padre y nuestro Padre, como su Dios y nuestro Dios. Al hacerlo, Jesús se revela a sí mismo como el Hijo de Dios, a quien Dios, el Padre, ha mandado al mundo para salvarlo mediante su cruz y resurrección. El Padre es el Dios de Jesucristo, y éste es su Hijo. Tras la pascua, Jesús nos envía al Espíritu Santo, que nos incorpora a Cristo y nos hace hijos de Dios por adopción y herederos del Reino, capaces de dirigirnos a Dios como Abba, Padre. En terminología teológica especializada a esta concepción se le llama la Trinidad económica, es decir, la Trinidad que irrumpe en la casa del hombre [οἰκονομία,a…a son “las normas de la casa”] en la historia de la salvación. En lenguaje más accesible se podría denominar la Trinidad [históricamente] salvífica.
2. La Trinidad inmanente, en sí misma
Casi podemos afirmar que, una vez logradas las definiciones básicas cristológicas y trinitarias como resultado de la solución de las controversias de los primeros siglos, la reflexión teológica sobre la Trinidad fue adquiriendo una dinámica propia. En efecto, se buscó profundizar y hacer lo más inteligible posible el misterio incomprensible y supremo de la divinidad cristiana. Así se desarrollaron los conceptos de trinidad de personas y unidad de sustancia (τρεῖς ὑποστάσεις μία οὐσία), que dieron lugar a los conceptos de procesiones, circuminsesión o perijóresis (περιχώρεσις 44), misiones, dentro de la vida íntima de la Trinidad, desde luego, siempre en la analogía del más profundo misterio. La visión resultante es lo que en terminología teológica especializada se llama la Trinidad inmanente o la Trinidad en sí misma, y que en lenguaje más accesible se podría denominar la Trinidad [dogmáticamente] contemplada: el Dios Uno y Trino.
Pero no se trata de dos realidades distintas, como parecerían implicar ciertos tratados de teología. Por el contrario, como hace ver K. Rahner, una es la otra y viceversa.45 Sin embargo, para efectos de una adecuada comprensión de la obediencia jesuita en la plenitud del misterio trinitario, resulta más conducente ubicarla en la dinámica de la Trinidad Económica.
3. La dinámica del doble movimiento
Esta concepción de la Trinidad nos revela que la vida divina que nos ha sido dada proviene del Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo, y que la respuesta humana arranca desde el Espíritu Santo, a través del Hijo, para volver al Padre. La dinámica trinitaria económica implica un doble movimiento:46
Katábasis (κατάβασις descenso)
Por un lado, la iniciativa parte de Dios (ὁ θεός), el Padre, creador todopoderoso, que no abandonó al hombre a las consecuencias de su desobediencia, sino que tanto amó al mundo que le envió a su Hijo único, para que el mundo viviera por él. Tras su encarnación, muerte y resurrección, Cristo, Dios y hombre verdadero, envía en misión a sus discípulos —como el Padre lo envió a él—, antes de regresar a sentarse a la derecha del Padre. Para consumar la intervención salvífica, ambos envían al Espíritu Santo para que habite en nuestros corazones y nos comunique la vida divina, que es símbolo de caridad y vínculo de unión fraterna: el reinado de Dios en este mundo, en la Iglesia.
Anábasis (ἀνάβασις, ascenso)
A la comunidad cristiana le toca, antes que nada, reconocer esta iniciativa divina del Padre eterno de descender a la historia humana en un proceso de salvación al enviar a su Hijo y al Espíritu Santo. Es decir, reconocer que «la vida eterna es conocerte a ti, solo Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo », y acoger al don de ambos, al Espíritu Santo. La respuesta humana es de agradecimiento al Padre por esta iniciativa que realiza por su Hijo en el Espíritu Santo. La Anábasis o ascenso se realiza, pues:
En el Espíritu Santo: es decir, a partir de la vida divina de la que somos partícipes por la inhabitación del Espíritu en nuestros corazones, que nos inspira y nos une entre nosotros y con Cristo en el Cuerpo Místico que subsiste en la Iglesia;
Por Cristo: por su mediación entre Dios y los hombres, “nadie llega al Padre sino por mí” ( Jn 14, 6); con él, con el seguimiento de Jesús y en su imitación, y en él, incorporados a él en la comunidad de los creyentes;
Al Padre: como un retorno a nuestro origen y destino, por quien fuimos creados para alabarlo, hacerle reverencia y servirlo.
Así pues, de la voluntad del Dios-amor fluye toda la realidad: el Verbo, el Espíritu Santo, la creación entera, y la auto-participación de la vida divina a los seres humanos.
En reciprocidad, el hombre responde a la iniciativa divina mediante la obediencia —buscando, hallando y haciendo la voluntad de Dios— en el camino de regreso a él. La aceptación y realización de esa voluntad perfecciona y culmina la plenitud de la realidad humana y divina. La obediencia es la relación trascendente que constituye al ser de toda criatura.
La obediencia es el punto de flexión entre el final del descenso y el principio del ascenso, entre la Katábasis y la Anábasis; es el cambio de dirección entre el Dios que desciende a encontrar al hombre y el hombre que responde ascendiendo hacia Dios. En ese punto de flexión se ubica también la acción misionera apostólica de la Compañía —el “ayudar a las almas” en terminología ignaciana—: ayudar al hombre a reconocer tanto bien que viene del cielo, para poder en todo amar y servir a Dios en el prójimo.
La obediencia religiosa apostólica es plenitud de vida divina en la dinámica de la Trinidad que nos salva.
4. La plenitud del Padre Nuestro
Con la obediencia, el jesuita empieza por cumplir en su persona la tercera de las peticiones del Padre Nuestro, “Hágase tu voluntad…”, colabora con eficiencia en la segunda, “Venga a nosotros tu reino”, y logra la primera, “Santificado sea tu nombre”, equivalente al Principio y Fundamento de los Ejercicios “Alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor”. De ahí fluyen las otras cuatro.
5. La plenitud eucarística
Por la obediencia, el jesuita se identifica de manera plena con el sacrificio de Cristo (obediente hasta la muerte) que la Iglesia ofrece al Padre por la acción del Espíritu Santo en la eucaristía, expresado sintéticamente en la doxología final del canon: unidos en la unidad del Espíritu Santo, por Cristo, con él y en él, te damos a ti, Dios Padre omnipotente, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos, Amen.47
6. La plenitud de la vida trinitaria en la obediencia
Sólo la acción obediente permite contemplar, y no sólo contemplar, sino, bajo la acción del Espíritu Santo, vivir la sumisión filial al Padre, que es la vida misma de Cristo. Al vivir obedeciendo el jesuita puede afirmar como San Pablo: vivo, mas ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí.48 Vive obedeciendo al Padre, vive dentro de la vida de la Triada divina, el amor.
La obediencia es en primer lugar acción del Espíritu Santo. Obedecer al Padre, seguir su voluntad por intermediación de Jesucristo, es la moción primera y fundamental del Espíritu. Es el primer mandamiento de la interior ley de la caridad que el Espíritu Santo escribe e imprime en los corazones.49 Así pues, por la obediencia el jesuita se identifica con Cristo a través de quien recibe la voluntad de Dios y a través de quien responde con una sumisión filial. Para el jesuita la obediencia, como la concibe Ignacio, es un privilegio especial, una particular elección y gracia de Dios.
La voluntad de Dios nace de su esencia que es amor. Su voluntad es auto-participación de amor (selbst-mittteilung50). La obediencia es aceptación activa de esa auto-donación divina. Empieza con la auto-donación de Dios en la generación del Verbo. Por la obediencia, el Espíritu Santo realiza la transformación no sólo moral, sino ontológica y existencial del jesuita en Cristo, lo convierte en otro Cristo para gloria de Dios, y le permite ser enviado para realizar su obra en este mundo. Tal es el poder de la obediencia. Así, la obediencia jesuita implica una relación personal con la Triada divina: con el Padre, cuya voluntad manifestada obedece; con Jesucristo, por quien, con quien y en quien obedece, y con el Espíritu Santo, bajo cuya inspiración y acción obedece.
Conclusión
Es en verdad conducente revisar la doctrina y práctica de la obediencia en la Compañía de Jesús en vistas a un verdadero aggiornamento, sobre todo para eliminar por completo algún resabio de conductismo o mecanicismo, para desterrar cualquier deformación de autoritarismo/sometimiento o de cuestionamiento rebelde, y para adaptarla a las circunstancias del mundo actual, en la búsqueda comunitaria de la voluntad de Dios. Con todo, en analogía con el planteamiento de las Constituciones respecto de la pobreza [553], si hay algo que modificar en la obediencia —en su doble naturaleza, religiosa y apostólica— será para reforzarla de forma adecuada, como rasgo distintivo de la Compañía, y para vivirla y practicarla con la profundidad de su plenitud en la vida trinitaria.
Notas
Este matiz se perdió en la tradición teológica occidental cuando se dejó de usar el griego y se adoptó el latín como la lengua de la teololgia —¡en latín no hay artículos!—, y por su parte en las lenguas modernas no se estila hablar de “el Dios” para designar al Padre (“El Dios es amor”, “Tanto amó el Dios al mundo…”) y “Dios” para designar a Jesucristo como Persona divina. En congruencia con este planteamiento, el término Dios en este documento designará siempre al Padre.
Notas de autor