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Conozco a los míos y los míos me conocen a mí (Jn 10, 1-21)
I Know Mine and Mine Know Me (Jn 10, 1-21)
Conozco a los míos y los míos me conocen a mí (Jn 10, 1-21)
Revista Iberoamericana de Teología, vol. XIII, núm. 26, pp. 99-124, 2018
Universidad Iberoamericana, Ciudad de México
Resumen: Este artículo muestra que para la interpretación y comprensión del texto de: El buen Pastor, es imprescindible una lectura integradora que tenga en cuenta el contexto inmediato y el más amplio de todo el cuarto evangelio. Parte del supuesto que éste responde a una obra única, la cual busca conducir a sus lectores al misterio de la persona de Jesús. El autor del artículo aborda esta pieza joánica, distintiva por su género y esquema literario, en la línea instaurada por la dinámica de comunicación a través del evangelio, al buscar contactar con sus hilos conductores para intentar ofrecer una traducción comprensible y fiel al texto original. No obstante que ninguna imagen es capaz de apresar todo el contenido del misterio del hombre venido de Dios, aparecen dos en labios del propio Jesús: ἐγώ εἰμι ἡ θύρα (Yo soy la puerta) (vv. 7.9) y “Ἐγώ εἰμι ὁ ποιμὴν ὁ καλός“ (Yo soy el pastor, el bueno) (vv. 11.14). Jesús, cuyo caminar es una pura referencia a Otro, al Padre, hasta convertirse en su rostro (cfr. Jn 14, 9b), establece una relación personal íntima entre él y sus seguidores. Esta relación engendra el sentido de pertenencia a través de un conocimiento recíproco, que entraña la confianza y el amor, que vibra entre el auténtico pastor y sus ovejas: “γινώσκω (conozco) mis ovejas y las mías me γινώσκουί (conocen) a mí” (v. 14).
Palabras clave: puerta, pastor, bueno, conocer, voz.
Abstract: This article shows that for the interpretation and comprehension of the text of: The Good Shepherd, an integrative reading is essential, taking into account the immediate and broader context of the entire fourth Gospel. It is based on the assumption that the Gospel of John is a unique work and seeks to lead readers to the mystery of the person of Jesus. The author of the article addresses this Johannine piece, distinctive for its genre and literary design, in the approach established by the dynamics of communication through the gospel, seeking to make contact with its conductive threads, and striving to offer an understandable translation. Although no image is capable of capturing the entire content of the mystery of the man that has come from God, two appear on the lips of Jesus himself: ἐγώ εἰμι ἡ θύρα (I am the door) (vv. 7.9) and “Ἐγώ εἰμι ὁ ποιμὴν ὁ καλός” (I am the shepherd, the good one) (vv. 11.14). Jesus, whose journey is a pure reference to Another, to the Father, until he emerges as his semblance (cfr. Jn 14, 9b), establishes an intimate, personal relationship between him and his followers. This relationship produces a sense of belonging through mutual awareness, that involves confidence and love, which reflect in the authentic shepherd and his sheep: “γινώσκω (I know) my sheep and my sheep γινώσκουί (know) me”.
Keywords: door, shepherd, good, to know, voice.
Introducción
El evangelio joánico es un relato vivo, tierno y evocador. El más profundo de los cuatro. “Es un rebelde (maverick) entre los evangelios”.1 Entraña un conjunto de signos, diálogos y discursos matizados en una obra única –precedidos por un prólogo poético–, la cual parece haber cristalizado sólo después de una larga meditación sobre el misterio del hombre venido de Dios, que se difunde por doquier a través de toda ella como una luz serena. En esta obra, semejante misterio ha quedado en parte expresado, en parte no y en parte inexpresable. “¡Una obra de amor incomparable!”.2 En fin, “es diferente”;3 como asegura Jean Guitton:
Esta obra no tiene comparación con ninguna obra humana, con ningún escrito inspirado, con ninguna filosofía o teología; una obra, en fin, que vive en una luz inaccesible y que se llama el evangelio según san Juan […] Clemente de Alejandría hacia el año 200 consideró que mientras que los primeros evangelios son de algún modo “corporales”, tenemos ahí, decía él, un evangelio inspirado por el Espíritu, un evangelio espiritual.4
La imagen del pastor es muy difundida en la antigüedad. Ésta se presta para designar a una figura mediadora entre la puridad del mundo divino y la confusión y corrupción del mundo humano, porque el papel del pastor en la sociedad antigua era ir y venir entre el mundo salvaje y la civilización.5 La imagen finca sus raíces de manera indudable en el Primer Testamento (cfr. Is 40, 10-11; Ez 34; Jr 23, 1-4; Sal 23). El pastor tenía que jugarse la vida para proteger a sus ovejas. Lo amenazaban los ladrones, los animales depredadores (cfr. I Sm 17, 34), y también otros pastores que querían los mismos pastos y pozos (cfr. Gn 13, 7-8; Ex 2, 19). La vida del pastor era ruda y peligrosa.
El pasaje del buen pastor “es una página de exquisitas cualidades literarias”;6 si bien es menester dejarnos impregnar por su atmósfera para comprender sus imágenes y metáforas. Es imprescindible conocer la situación vital de los textos bíblicos, y hacerlo de forma crítica, “con los instrumentos que las ciencias sociales ponen a nuestra disposición. Sólo de esta forma podremos evitar el anacronismo y el etnocentrismo en el que fácilmente se cae cuando se olvida que se trata de textos nacidos en una cultura diferente a la nuestra”.7
Inicia con la invitación a situarnos en el redil, un espacio cercado donde los pastores recogen las ovejas. Estamos, ni más ni menos, en un corral donde se juntaban los rebaños de varios pastores, que para pasar la noche se quedaban bajo el cuidado de un guardián. Al amanecer cada pastor o “el asalariado, que no es pastor” (v. 12) va a buscar a las ovejas. El vigilante abre la puerta. Las ovejas salen una por una. El pastor, a las suyas: “llama por su nombre” (v. 3). Las cuenta tocándolas con su cayado. Se pone al frente de ellas (cfr. Mt 26, 32). Y luego las conduce a los pastos.
El autor pudo hacer que desapareciera su propia persona en una obra que sin su singularísima experiencia nunca hubiera visto la luz. “La experiencia es una lectura –puntualiza precisa y preciosamente Emmanuel Levinas–, la comprehensión del sentido, una exégesis, una hermenéutica y no una intuición”.8
Al investigar esta singular pieza joánica, en primer lugar, me he propuesto analizar su género y esquema literario, sin dejar de tener en cuenta que responde a una obra excelentemente estructurada. Es una obra sin duda bien desarrollada, extendida, madurada, en la que “Jesús habla de un modo más elevado, hierático, hasta con pretencioso estilo”.9
En el apartado central, el objetivo es ofrecer una traducción comprensible y fiel al texto original, por lo que intentaré clarificar las palabras siempre en la línea instaurada por la dinámica de comunicación a través de todo el evangelio. En este momento buscaré contactar con sus hilos conductores, que no sólo dejan entrever el marco cultural en el que se redactó, sino que, por encima de todo, intenta responder a preguntas y cuestiones de su comunidad.
El capítulo final de este artículo constituye un intento modesto –convencido de que en este evangelio “todo es directo y de una inmediatez provocadora”–,10 por contactar y profundizar en algunos de los matices más significativos de la originalísima visión joánica, que presenta a Jesús como el Pastor auténtico, quien revela el designio de salvación y amor del Padre.
I. Género y esquema literario
El capítulo 10 es complejo por la relación que establece con el resto del evangelio, así como por ciertas dudas respecto al orden del mismo capítulo y por algunos elementos singulares: Aμὴν ἀμὴν (En verdad, en verdad) y ‘ϵγώ ϵἰμι (Yo soy) y el término παροιμἰα complican la labor interpretativa.11 El capítulo sigue al 9 sin transición, por lo cual es probable que la audiencia de Jesús sean los mismos fariseos, a quienes Jesús, cuando le preguntaron si ellos eran ciegos, contestó: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís que veis, vuestro pecado sigue en vosotros” (Jn 9, 41). “Ellos no eran solamente ciegos, sino también ‘guías ciegos’ (cfr. Mt 23, 16.24), que llevaron fuera del camino a quienes fueron confiados a su cuidado”.12
Los fariseos no están dispuestos a mirar, habitados por el enfado y la obstinación. Por el contexto concreto, vemos por tanto que alude a una contraposición entre Jesús y los fariseos.13 Los fariseos son los oyentes inmediatos en el plano de la narración, pero, al menos de forma indirecta, en segunda instancia también; si bien, “El discurso misterioso que nos presenta el evangelista es la respuesta concreta de la comunidad cristiana a los “judíos” que habían expulsado al ciego de nacimiento de la Sinagoga, por haberse defendido valientemente de ellos. Los responsables del pueblo con su actitud dura y hostil han dado pruebas de no ser guías iluminados y buenos”.14
El esquema composicional del texto consta de tres elementos:
Primera parte un discurso de tipo metafórico (vv. 1-6).
Segunda parte del discurso con el desarrollo de dos imágenes.15
2a) Jesús, puerta de las ovejas (vv. 7-10).
2b) Jesús, el buen pastor (vv. 11-18).
Conclusión: diferentes reacciones (vv. 19-21).16
La parte central del pasaje está estructurada por cuatro declaraciones: Yo soy (v. 7.9.11.14), cada una de las cuales va seguida de un breve comentario (v. 8.9b-10.11b-13.15-18). De modo que si los versos 7-10 se centran en la identificación de Jesús con la metáfora de la puerta, los versos 11-16 explotan la identificación de Jesús con la figura del buen pastor.17
La primera parte del discurso concluye con una significativa puntualización: “Jesús les dijo esta παροιμἰαν (parábola)” (v. 6a). Él designa como una παροιμἰα el discurso de los cinco primeros versos.18 No es lo que algunas veces se designa con el término ‘parábola’, por ejemplo una historia creativa que cristaliza en metáfora, con frecuencia con un final sorprendente, sino una descripción de una escena familiar de la Palestina del siglo i.19 Este término literalmente significa “‘discurso oculto’, metafórico o enigmático”.20 Luego, vemos que: “ellos no comprendieron lo que les hablaba” (v. 6b).
Raymond E. Brown considera que a partir del verso siete tenemos explicaciones alegóricas; si bien no es un indicio a priori de que no procedan del mismo Jesús, ya que “parte del material de 10, 7ss podría representar una explanación posterior de las observaciones del mismo Jesús”.21
II. En busca de una traducción comprensible y fiel al texto original
Jesús inicia su último discurso con la fórmula: “En verdad, en verdad les digo”. Esta fórmula señala el paso del diálogo al monólogo de igual manera que en la entrevista de Jesús con Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo que nosotros hablamos de lo que sabemos, y damos testimonio de lo que hemos visto” (3, 11a; cfr. 5, 19);22 y da pie a un acercamiento de interpretación más vigoroso como el discurso de Jesús sobre su misión: “En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, pues ha pasado de la muerte a la vida” (5, 24; cfr. 5, 25; 6, 26.34; 8, 34)”.23
Enseguida establece la distinción, por una parte: “el que no entra por la puerta en el αύλὴν (redil) de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un κλ‘ϵπτης (ladrón) y un λŋστἠς (bandido, insurrecto)” (v. 1), y por otra: “el que entra por la puerta pastor es de las ovejas” (v. 2). El significado del término λŋστἠς es ‘salteador’ (cfr. Mc 11, 17), aunque en los evangelios se emplea también para designar a los guerrilleros y bandidos revolucionarios al estilo de Barrabás, que se había visto envuelto en una insurrección (cfr. Lc 23, 19).24 Se contrapone el ladrón-salteador o insurrecto al pastor de las ovejas. El término αὑλἠ, significa ‘patio (cercado)’, ‘palacio’, ‘casa’, ‘redil’. Éste sirve para indicar “metafóricamente el lugar santo de Israel, el templo de Jerusalén (o su vestíbulo), que representa y simboliza el judaísmo teocrático”.25 El ladrón y el bandido o insurrecto se caracterizan porque no ingresan en el corral de las ovejas por la puerta, sino irrumpiendo por la cerca o por el muro. La tarea del pastor requiere dedicación, valor y vigilancia.26 A él, a diferencia del ladrón y el bandido o insurrecto, se le reconoce justo por entrar por la puerta.
Los siguientes tres versos representan a los mismos personajes pero ahora contrapuestos en el movimiento de la salida:
A éste le abre el portero,
y las ovejas escuchan su ϕωνηᴖς (voz);
y a las propias ovejas llama por su nombre y las
saca fuera.
Cuando ha sacado todas las suyas, va
delante de ellas,
y las ovejas le ἀκολουθϵî (siguen), porque conocen la ϕωνὴν (voz)
de él.
Pero no seguirán a un extraño, sino que
huirán de él,
porque no conocen la ϕωνὴν (voz) de los extraños (vv. 3-5).
Al pastor le abre el portero. Este mismo personaje aparece en la parábola marcana de los siervos vigilantes (Mc 13, 34).27 El pastor conoce el nombre de cada oveja, tiene una relación individual más que colectiva con ellas, ¿acaso no se manifiesta por el hecho de haberles puesto nombres? Es de suponer que no alude a centenares de cabezas, sino a grupos pequeños.28 C. S. Keener asegura que hay evidencia que los pastores palestinos ponían apodos (nicknames) a algunas de sus ovejas.29
Y el vigilante no es el único que conoce la diferencia entre el pastor y los extraños; también las ovejas conocen al pastor por su ϕωνηᴖς (voz), debido a su conocimiento habitual e íntimo, confían en él, con una seguridad instintiva. Se pone al frente (cfr. Mt 26, 32). Las ovejas le ἀκολουθϵî (siguen). El verbo ἀκολουθ‘ϵώ que significa ‘seguir’, ‘acompañar’, ‘ser discípulo de’, es un “término clásico en la tradición sinóptica, abre (1, 37) y cierra (21, 22) el evangelio de Juan”.30 Hay, de manera indudable, una referencia a los pseudopastores y los pastores auténticos (cfr. Ez 34, 1-10).
En la historia de Jesús tres cosas distinguen al verdadero del falso pastor: entra por la puerta, el vigilante le permite entrar, y las ovejas reconocen su voz. La más importante de estas características es la tercera que aparece reiteradamente en los versos tres, cuatro y cinco. El verdadero pastor, en contraste con el ladrón y el bandido (v. 1), es el que las ovejas al oír su voz lo reconocen y a quien escuchan.31
Entonces, encontramos una aclaración: “Jesús les dijo esta παροιμἰαν (parábola), pero ellos no comprendieron lo que les hablaba” (v. 6).
Jesús, ahora, habla de él, definiéndose, y emplea de nuevo la fórmula: En verdad, en verdad. Ésta introduce a la segunda parte, la cual “no es una interpretación de la primera, sino una interpenetración de sus elementos con afirmaciones sobre Jesús en primera persona”.32
Yo soy la puerta de las ovejas.33
Todos los que han venido delante de mí
son ladrones y salteadores; pero las ovejas no los escucharon (vv. 7-8).
“‘Yo soy…’ sugiere un significado más profundo, ya que Jesús no es el agua o el pan o el vino en su sentido usual, ni tampoco el pastor. Una vez más Jesús los llama desde donde se encuentran. Pero excediendo todos los ejemplos de los sinópticos, ellos permanecen en su propio mundo.34 La afirmación de que todos los que han precedido son salteadores y ladrones “se refiere a los fariseos (y sacerdotes) del tiempo de Jesús”.35 Jesús, luego, declara por segunda vez:
‘ϵγώ ϵἰμι ἡ θύρα (Yo soy la puerta);
si uno entra por mí, estará a salvo;
entrará y saldrá y encontrará pasto.
El ladrón no viene más que a robar,
matar y destruir.
Yo vine para que tengan vida
y la tengan abundante (vv. 9-10).
Esta segunda declaración en que se manifiesta Jesús de nuevo como “ἡ θύρα (la puerta)” (v. 9), es explicada en seguida como la puerta que conduce a la salvación a las ovejas. Se destaca la dimensión soteriológica: Jesús ha venido para que tengan “vida y la tengan abundante” (v. 10). La expresión ‘entrar y salir’ es “de origen oriental, significa que la persona se siente cómoda, haciendo en cada momento aquello que más le gusta”.36 Y encontrará pasto, que es la vida para las ovejas (cfr. Sal 23, 2; Is 49, 9; Ez 34, 14), designa “el don de la vida espiritual”.37
Después de haber declarado Jesús ser la puerta de las ovejas, encontramos otra autorrevelación, que nos acerca aún más a su misterio:
Ἐγώ ϵἰμι ο’ποιμὴν ὁ καλός (Yo soy el buen
pastor).
El buen pastor da su vida por las
ovejas.
El asalariado y que no es pastor,
a quien no pertenecen las ovejas,
ve venir al lobo,
y abandona a las ovejas y huye,
y el lobo hace presa en ellas y las dispersa.
porque es asalariado y no le importan nada
las ovejas (vv. 11-13).
El término καλός que identifica al pastor, significa: ‘bueno’; ‘correcto’, ‘propio’, ‘conveniente’; ‘mejor’, ‘honrado’, ‘honesto’; ‘fino’, ‘hermoso’, ‘precioso’.38 Una traducción literal de la expresión Ἐγώ ϵἰμι ο’ποιμὴν ὁ καλός podría ser: “Yo soy el pastor, el bueno”. En clara contraposición con el asalariado, que se parece a los responsables del pueblo, que desempeñan de modo opuesto su misión, y quienes son recriminados por los profetas (cfr. Jr 23, 1-3).
Yo soy el buen pastor;
y γινώσκω (conozco) mis
ovejas
y las mías me γινώσκονσί (conocen) a mí,
καθώς (como) me γινώσκϵι (conoce) el Padre
y yo γινώσκω (conozco) a
mi Padre
y doy mi vida por las ovejas (vv. 14-15).
Jesús declara la naturaleza de un conocimiento recíproco: “γινώσκω (conozco) mis ovejas y las mías me γινώσκονσί (conocen) a mí” (v. 14). Este conocimiento entraña el sentido de pertenencia. Estas palabras recuerdan la propia revelación de Jesús en Mt 11, 27.39 La voz del Pastor que oyen las ovejas (cfr. vv. 3 y 4), no sólo alude a la predicación de Jesús, sino también a su voz interior: “Se llegará a hablar de un conocimiento mutuo entre el Pastor y las ovejas, que Jesús comparará con el conocimiento que él tiene del Padre”.40 El καθώς (como) con que se expresa las relaciones del Padre, del Hijo y de los discípulos es muy significativo: Yo conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen καθώς (como) mi Padre me conoce y yo conozco al Padre.
El análisis del lugar de los pronombres ‘yo’–‘me’ en cada nivel muestra el papel mediador de Cristo –a través de tan fina observación, Annie Jaubert, nos cuestiona–. ¿Dónde se encuentra en cada preposición la iniciativa y la reciprocidad? El Padre es fuente, las ovejas no poseen nada. ¿Cuál es el valor del COMO? ¿Analogía? ¿Participación? […] Pero, ¿quién logrará penetrar en el misterio?, ¿en eso que no es un misterio fuera de la vida humana, sino un misterio en nosotros, entre nosotros.41
Este apartado concluye con la manifestación de Jesús, quien no sólo conoce a sus ovejas, sino da su vida por ellas” (v. 15), pues las ama hasta el extremo (cfr. Jn 13, 1).
Lo que deseo resaltar de este texto es especialmente su aspecto paradójico: el pastor bueno no es solamente aquel que apacienta, que defiende, que sabe guiar, que reúne (características del pastor descritas por Ezequiel 34, 11ss), sino aquel que da la vida –aclara Carlo María Martini–. El tema aparece cuatro veces: “El buen pastor da la vida por las ovejas” (v. 11b); “Doy la vida por las ovejas” (v. 15b); “Por eso el Padre me ama, porque doy mi vida” (v. 17); “La doy yo por mí mismo” (v. 18). El tema del apacentar, tal como se había entendido constantemente en la metáfora bíblica (ser rey, guía, buen maestro, responsable…), es superado con creces por el tema del don de la vida. Aflora aquí el misterio de la cruz: se abandonan las imágenes funcionales del pastor para entrar en el misterio de la ofrenda de sí.42
Luego introduce una nueva idea:
También tengo otras ovejas,
que no son del redil este;
también a estas tengo que conducir
y escucharán mi voz;
y habrá un rebaño,
y un pastor (v. 16).
Conducirá de entre los judíos a los que son suyos y, también tiene que guiar otras ovejas, que no son del redil este. Es decir, de otras naciones fuera de la judía. Es un concepto que lejos de defender una concepción de la salvación particularista, extiende sus horizontes a la salvación universal. “Una peculiaridad de la misión salvífica de Jesús (‘tengo que’) es que no sólo favorece a Israel sino a la humanidad entera”.43 Esas otras ovejas escucharán la voz de Jesús: el buen Pastor. Hasta desembocar en un rebaño, y un pastor; pastor cuya autoridad depende de que las ovejas escuchen su voz, al ser el evangelio el medio por el cual la voz de Jesús llama a sus ovejas a integrarse en un solo rebaño.44 Este único rebaño caminará a lo largo de la historia, sin identificarse con un pueblo en particular, y tampoco encerrarse en sus propias instituciones.
διἀ τοῦτὸ (Por
esto) μϵ ὁ πατὴρ άγαπᾆ (me ama el Padre),
porque doy mi vida,
para recobrarla de nuevo.
Nadie me la quitó;
yo la doy voluntariamente.
Tengo poder para darla
y poder para recobrarla de nuevo;
ésa es la orden que he recibido de mi
Padre (vv. 17-18).
“διἀ τοῦτὸ μϵ ὁ πατὴρ άγαπᾆ, literalmente: por esto me el Padre ama” (v. 17a), por primera vez aparece en el cuarto evangelio la muerte de Jesús en relación con el amor. Se había establecido ya en el relato un vínculo entre el amor de Dios y el mundo (cfr. 3, 16), y el amor de Dios y Jesús como afirma el Bautista (cfr. 3, 35) y, con posterioridad, en su testamento espiritual el mismísimo Jesús menciona este vínculo con su Padre, a quien dice: “porque me has amado antes de la creación del mundo (cfr. 17, 24).45
Su muerte se interpreta como una expresión del amor en acto: “Nadie me la quitó” (v. 18a). Quizá aluda a los que intentaron matarlo (cfr. 5, 18; 7, 25; 8, 59).46 Aunque podría tratarse de otro caso en el que se describe a “Jesús en tiempo pasado durante su ministerio acerca de su muerte y resurrección”.47 “Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo” (v. 18b). Detrás de este poder de Jesús está el Padre. Si Jesús tiene el poder de dar la vida y de volverla a tomar es porque el Padre, por amor, le ha colocado todas las cosas en sus manos: “El Padre ama al Hijo y todas las cosas ha puesto en su mano” (Jn 3, 35). Él expresa semejante amor en la obediencia total en clave de filiación: “ésa es la orden que he recibido de mi Padre” (v. 18c); y en la entrega libre de sí mismo a los hombres, a los que ofrece de forma espontánea su vida en la cruz, para recobrarla luego en el acontecimiento de la resurrección.48
En la conclusión son presentadas las diversas reacciones:
Se produjo otra vez una disensión entre
los judíos por estas palabras.
Muchos de ellos decían:
“Tiene un demonio y está loco, ¿por le
oís?”.
Pero otros decían:
“Esas palabras no son de un
endemoniado. ¿Puede acaso un demonio abrir los ojos de los ciegos?” (vv.
19-21).
Las palabras de Jesús produjeron de nuevo una disensión (cfr. v. 19), que “las palabras de Jesús originen una división, un pro y un contra, es algo característico del discurso joánico de revelación (cfr. 7, 43; 9, 16), porque este es precisamente su efecto”.49 Los fariseos ahora son llamados ‘judíos’.50 Ellos no ven a Jesús como el pastor o la puerta, sino como un demonio.51 Hacen el reproche de que está poseído por el diablo y de padecer una megalomanía (cfr. 7, 20; 8, 48-49.52), hasta concluir con el cuestionamiento: “¿por qué le oís?” (v. 20b). Por el contrario, otros acogen el mensaje al argumentar: ¿Puede acaso un demonio abrir los ojos de los ciegos?” (v. 21b).
III. Jesús, el Pastor auténtico, revela el designio de salvación y amor del Padre
Al abordar cada evangelio es imprescindible estudiar las líneas distintivas de cada uno de ellos, las cuales proyectan luz sobre la obra y, por supuesto, en todo momento, con la mirada fija en: “Jesucristo, al que los dos Testamentos miran –en la conocida sentencia de Pascal–, el Antiguo como su espera, el Nuevo como su modelo, los dos como su centro”. Si bien, conscientes de que “cada pintor tiene su paleta; no deja caer la luz en el mismo punto ni es sensible al mismo género de luz”.52
En el texto que estudiamos se describe una escena de la vida pastoril de cada día del pueblo elegido;53 pueblo del cual Jesús se siente orgulloso de pertenecer (cfr. Jn 4, 22). No es, pues, extraño que recurra con frecuencia a esta imagen para expresar la Buena nueva, en lenguaje parabólico (cfr. Mt 18, 12-14 // Lc 15, 4-7), en el logion sobre el pequeño rebaño (cfr. Lc 12, 32), las ovejas y los cabritos (cfr. Mt 25, 31-46), los falsos profetas que se hacen pasar por pastores (cfr. Mt 7, 15), el rebaño sin pastor (cfr. Mc 6, 34 // Mt 9, 36), el pastor al que se hiere para dispersar el rebaño (cfr. Mc 14, 27 // Mt 26, 31), las ovejas perdidas de la casa de Israel (cfr. Mt 10, 6; 15, 24).54
Karoline M. Lewis menciona que el texto veterotestamentario citado con más frecuencia como la base de Jn 10, 1-21 es el de Ezequiel 34. Para la mayoría de los exégetas es éste el texto primario y, si en Ezequiel Dios es descrito como el pastor del pueblo (34, 5-6), en Juan, Jesús mismo es el ideal del pastor.55
En su extensa obra en torno a la búsqueda del Mesías, John Painter invita a descubrir que el cuarto evangelio es en realidad “un rompecabezas (puzzle), un rompecabezas de dimensiones históricas, literarias, sociales y teológicas”56. Un primer aspecto del texto abordado que estimo significativo, en el latir de semejante rompecabezas, es que se destaca la dimensión soteriológica de Jesús: “Yo soy la puerta; si uno entra por mí, será a salvo” (v. 9a). No obstante que ninguna imagen es capaz de apresar todo el contenido del misterio del hombre venido de Dios, la declaración de Jesús de ser la puerta a través de la que se propicia la salvación, permite reconocer que no consiste en otra cosa su misión y el sentido de su venida en la historia de la redención.
¡La encarnación sin la salvación no tiene sentido!
Jesús declara haber venido para que tengan “vida y la tengan abundante” (v. 10b). “El significado pleno de su misión tiene que ver con traer el bienestar al rebaño de Dios”.57 Los salteadores y ladrones son aquellos que lo preceden y pretenden ser algo que en el fondo Jesús es en exclusiva: “El Salvador que da vida (the life-giving Saviour)”.58
Un segundo aspecto importante es ser conscientes de que el elemento distintivo entre el ladrón, el salteador y el pastor es la ϕωνἡ, (voz):
A éste le abre el portero,
y las ovejas escuchan su ϕωνηᴖς (voz);
y a las propias ovejas llama por su nombre y las
saca fuera.
Cuando ha sacado todas las suyas, va
delante de ellas,
y las ovejas le siguen, porque conocen la ϕωνὴν (voz) de él.
Pero no seguirán a un extraño, sino que
huirán de él,
porque no conocen la Φωνὴν (voz) de los extraños (vv. 3-5).
Las ovejas escuchan la voz del pastor, quien llama a las suyas por su nombre. Ellas lo siguen, porque “conocen la voz de él” (v. 4b). Sjef van Tilborg considera que “se puede hablar casi de una personificación.59 Es conveniente no perder de vista el trasfondo del Primer Testamento en cuanto a la espera del pastor mesiánico; pero lamentablemente no siempre los pastores han estado a la altura de sus responsabilidades (cfr. Jr 23, 1; Ez 34), por lo cual Dios mismo promete hacerse cargo de su pueblo y “suscitar un pastor que hará respetar el derecho y la justicia”.60
Jesús revela: “Ἐγώ ϵἰμι ο’ποιμὴν ὁ καλός (v. 11a). Como hemos visto si traducimos literalmente esta expresión diríamos: “Yo soy el pastor, el bueno”. Esto en el sentido de ser el ideal:
En su forma absoluta, quiere indicar no el buen pastor por oposición al malo, ni sólo el verdadero pastor por oposición al falso, sino que, por razón de su contexto, quiere significar el “auténtico”, el que realiza plenamente tal nombre, el pastor por excelencia que cumple las esperanzas y promesas de los profetas.61
Un tercer aspecto que quiero subrayar es que el amor de Jesús es de predilección (cfr. Jn 15, 16).62 Amor mantenido en una relación singularísima puesto que “a las propias ovejas llama por su nombre” (v. 3); al extremo de revelar la naturaleza de un conocimiento recíproco, que entraña la confianza y el amor, que vibra entre él y sus ovejas; confianza y amor expresado de manera explícita en palabras que emanan de los mismos labios de Jesús: “γινώσκω (conozco) mis ovejas y las mías me γινώσκουσί (conocen) a mí” (v. 14). Esta fórmula de mutualidad se extiende cristológicamente para expresar no sólo la relación con los suyos, sino también su relación con el Padre:
Como me γινώσκϵι (conoce) el Padre
y yo γινώσκω (conozco) a
mi Padre
y doy mi vida por las ovejas” (v. 15).
Así es desarrollado aún más el papel del buen pastor.
Un cuarto aspecto es que la muerte de Jesús no es sólo un asunto de darse voluntariamente él mismo como resultado de un amor, sino que también tiene una significación histórico-salvífica.63 Después de su resurrección será exaltado, sin embargo, es por otro medio que él cumple con su misión, ser glorificado por el Padre con vistas a dar vida a su mayor anhelo: la unión en la comunidad entre sus hijos.64
También tengo otras ovejas,
que no son del redil este;
también a éstas tengo que conducir
y escucharán mi voz;
y habrá un rebaño,
y un pastor (v. 16).
La confesión cristológica que Jesús es el Hijo de Dios desde la eternidad encuentra su subsecuente legitimación con la actitud de cuidado del pastor, quien para conducir a los suyos hasta se da a sí mismo. Esta confesión, insisto, cristológica, es vista como reveladora del amor de Dios al mundo, que tiene su paralelo más cercano en la conclusión de su obra, cuando leemos que: “Éstas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 31).65
Un quinto aspecto que considero significativo es que por primera vez aparece en el cuarto evangelio la muerte de Jesús en relación con el amor: “διἀ τοῦτὸ μϵ ὁ πατὴρ άγαπα –literalmente: por esto me el Padre ama” (v. 17a). El διἀ τοῦτὸ (por eso) que abre el versículo no debemos interpretarlo en el sentido que el amor de Dios sería la recompensa concedida a Jesús por haber aceptado de manera voluntaria la muerte en la cruz. Es todo lo contrario: porque Dios ama a Jesús de manera absoluta e incondicional, este último está en condiciones, a su vez, de amar a los seres humanos de la misma manera, es decir, hasta dar su vida (cfr. v. 15).
La relación entre el Padre y el Hijo es esencial y eterna. Juan no quiere decir que amó a Cristo por el hecho de haberse consumado la crucifixión. El amor del Padre al Hijo es un amor que desde toda la eternidad va unido, en mutua dependencia, a la plena y total identificación del Hijo con la voluntad del Padre y a su obediencia hasta la muerte.66
Estas cinco matizaciones que he destacado coinciden en que la imagen que hinca sus raíces en el Antiguo Testamento tiene un valor mesiánico.67 David o el mesías de la dinastía de él es con frecuencia reconocido como el ‘buen’ pastor (II Sm 5, 2; Sal 78, 70-72; Ez 37, 24).68 El buen Pastor que lleva a cumplimiento las promesas de Dios y las esperanzas del pueblo: “Pastoreará firme con la fuerza de Yahvé, con la majestad del nombre de Yahvé su Dios. Vivirán bien, porque entonces él crecerá hasta los confines de la tierra” (Mi 5, 3; cfr. Sal 23). Jesús prueba ser el Pastor auténtico con su bondad hasta entregar su vida, propone al hombre en nombre del Padre, revelación del entrañable designio de salvación y de amor.
Conclusión
Para la interpretación y comprensión de este texto he propuesto una lectura integradora que tome en cuenta el contexto inmediato y el contexto más amplio de todo el evangelio, no sin intentar profundizar, aunque sea un poco, en algunos matices teológicos. Ahora comprendo la máxima que Jean Guitton recuerda que al padre Lagrange le gustaba citar: “Es preferible una armonía invisible a una armonía manifiesta”.69
El propósito del autor, que la tradición identifica con el apóstol Juan, consiste en conducir a sus lectores al misterio de la persona de Jesús: el Cristo, el revelador de Dios, el único en quien Él es conocido y en quien su vida eterna se hace presente:
Yo vine para que tengan vida
y la tengan abundante (v. 10).
Esta declaración: ‘Yo vine’ es paralela a ‘Yo soy’, si bien no sólo da la vida; da su vida.
Este acercamiento al misterio de la persona de Jesús ha sido configurado en un texto revestido de un lenguaje muy simbólico, lleno de alusiones, que cristaliza en un par de imágenes: “Yo soy la puerta y Yo soy el buen Pastor”.
Hoy los exégetas creen, en todo caso, que esta palabra ‘Yo soy’ alude claramente a la identidad de Yavé, cuyo nombre es precisamente ‘Yo soy’. Juan nos presenta a Jesús que va a la pasión gloriosamente, plenamente consciente de ser Dios; por consiguiente, asumiendo su identidad divina, él nos revela el misterio del Padre.70
En una primera declaración relacionada con la imagen de la puerta, que aparece en los propios labios de Jesús: Yo soy la puerta (vv. 7.9), se plantea que el modo en que una persona puede encontrar acceso a Dios o a la vida es: ¡A través de Jesús! Si el misterio de Jesús, el hombre venido de Dios que en la obra joánica aparece como un presente eterno, en definitiva es irreductible a cualquier metáfora, al echar mano de una segunda imagen, se ilumina de manera inefable con su segunda declaración: “Ἐγώ ϵἰμι ο’ποιμὴν ὁ καλός” (vv. 11.14). En nuestro esfuerzo por realizar una traducción comprensible y fiel al texto original, si traducimos literalmente esta expresión, diríamos: “Yo soy el pastor, el bueno”, nos acercamos con bienaventurado asombro a uno de sus más fieles retratos: ¡Jesús es el auténtico Pastor!
Esto lo saben los verdaderos seguidores, quienes en voz de Pedro confiesan a Jesús que los interpeló: “¿A quién vamos a ir? ¡Tú tienes palabras de vida eterna! Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69). Esta confesión brota de la experiencia. Sí, experiencia, que como hemos indicado desde la introducción de nuestra investigación, en términos de Emmanuel Levinas, “es una lectura, la comprehensión del sentido, una exégesis, una hermenéutica y no una intuición”.71 Creer y conocer son un único y mismo acto de asentimiento que emana de la experiencia.
Cuando se establece la relación personal íntima entre Jesús y el creyente: “conozco a los míos y los míos me conocen a mí” (v. 14) –enseña el padre Hans Urs von Balthasar en un exquisita obra de madurez–, el conocimiento recíproco es, al mismo tiempo, una apertura mutua que descubre una imagen y permite una penetración que, en cuanto tal, no es una vida cualquiera, sino “vida eterna”: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tu enviaste, Jesucristo” (Jn 17, 3).72
Jesús, cuyo caminar es una pura referencia a Otro, al Padre, hasta convertirse en su rostro (cfr. Jn 14, 9b), establece una relación personal íntima entre él y sus seguidores, a quienes guía, a pesar de los peligros, para que vean en él al auténtico Pastor. Esta relación personal e íntima engendra el sentido de pertenencia a través de un conocimiento recíproco, que entraña la confianza y el amor que vibra entre Jesús, el auténtico pastor, y sus ovejas: “γινώσκω (conozco) mis ovejas y las mías me ginwskousi (conocen) a mí” (v. 14).
En los cinco años de pontificado de Francisco, en su sexto viaje pastoral a América Latina, el martes 16 de enero de 2018, el primer papa jesuita y latinoamericano, en la catedral de Santiago de Chile, advirtió sobre la importancia del sentido de pertenencia:
Uno de los problemas que enfrentan nuestras sociedades de hoy en día es el sentimiento de orfandad, es decir, que no pertenecen a nadie. Este sentir “posmoderno” se puede colar en nosotros y en nuestro clero; entonces empezamos a creer que no pertenecemos a nadie; nos olvidamos de que somos parte del santo Pueblo fiel de Dios y que la Iglesia no es ni será nunca una élite de consagrados, sacerdotes y obispos. No podemos sostener nuestra vida, nuestra vocación o ministerio sin esta conciencia de ser Pueblo.73
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Notas
Notas de autor
Dedico este artículo al padre Avelino Quijano Marcos, S. J., sacerdote justo y sabio, para expresarle mi gratitud por su preciso y precioso acompañamiento en los ejercicios espirituales, con filial afecto.